¿Necesitas buscar frases que contengan las palabras tan y bien aquí tienes ejemplos de oraciones con estas 2 palabras.
Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.
- A la sombra me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien relacionado.
- Dio también en pensar que maldito lo que le importaba que la conciencia fuera la intimidad total del ser racional consigo mismo, o bien otra cosa semejante, como quería probar, hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez.
- Era el hijo de Don Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos.
- Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las paradojas eran más bonitas que las verdades.
- Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo.
- A Don Baldomero le pareció muy bien el viaje del chico, para que viese mundo.
- Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación.
- ¡Dios mío, qué soso era! Ya tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino que usted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie.
- Tú bien te acuerdas.
- Salió bien.
- ¡Caramba, qué sudores pasé! Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es que usted lo pase bien, y en saliendo de ahí soy hombre perdido.
- Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir una palabra sino cuando alguien me ayudaba.
- No hay muchos casos como yo, bien lo sabes.
- El refrán de el buen paño en el arca se vende era verdad como un templo en aquel sólido y bien reputado comercio.
- Antes bien, se ayudaban cuanto podían.
- Iii Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás, peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en un portal de la calle de Postas para pedir el cuartito para la Cruz de Mayo, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una mesilla forrada de damasco rojo.
- Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los faldones.
- La decadencia del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid (mayormente el día de San Lorenzo, para la parroquia de la chinche ) y tenían regular salida para Valencia y Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna parroquiana se atreviera con ellos.
- La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz.
- Baldomero era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían contar siempre que hablaba.
- Su timidez no decía bien con su corpulencia.
- Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas, la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si ella se salía con la inocentada de querer más o menos.
- Él era un señor de muy buena presencia, el pelo entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella de perrazo de Terranova.
- Parecía pelo empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni Cristo que lo fundó.
- Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel.
- Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos, no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su aplicación.
- Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de la China.
- ¿Y cómo casarlas bien a todas?
- El quid estaba en colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no podía haber grandes ahorros.
- Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas.
- Era también de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena cachemira.
- Era muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente al establecimiento.
- Su principal, que le conocía bien, hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando por su cuenta.
- ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la familia era su vida, y todo lo demás era muerte.
- Aquel un sombrero o bien comestibles y golosinas.
- Ninguno como él poseía el arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda.
- Conocía bien, por opinión de su padre y por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
- Ya iba a la plaza de la Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas, donde vivían la planchadora y la encajera de la casa.
- Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes que consentir que nadie tocase al Delfín (así le solía llamar) en la punta del cabello.
- Pero los llevaba muy bien.
- Y cuando le preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias.
- Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas con ella.
- Poníase por las noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes.
- Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.
- Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso de recibirlos que deseoso de ellos.
- Esto va bien.
- Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su elección.
- Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas.
- Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y hacerlos mentira.
- No se trataba de amor, porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.
- Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí.
- Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación impertinente produce efectos contrarios a los que pretende.
- ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que hoy poseo, tú, niña mía?
- Bien conozco que los hombres la han de correr antes de casarse.
- Pero la curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba.
- El hombre bien criado y la mujer ordinaria no emparejan bien.
- Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado.
- Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que sentase bien en su boca.
- Pero durase más o durase menos, bien podría suceder que.
- Eso, eso, guárdalo bien.
- Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si descubrimos algo.
- Bebió el Delfín muchas cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener.
- Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio.
- Hoy acababa en bien, mañana no.
- No las entendí bien.
- Lo demás bien clarito estaba, demasiado clarito.
- Con la actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas, se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, que por la tarde ya estos se habían desvanecido.
- Fíjate bien.
- Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por convicción.
- Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las esferas, desde la más alta a la más baja.
- Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un socialismo atenuado e inofensivo.
- Mas, ¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un follaje densísimo?
- Era una habitación muy bien puesta y cómoda.
- El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que de tan bien pintadas parecía que olían mal.
- Juan solía tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y también tenía caballo de silla.
- Comían bien.
- No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con cualquier jefe.
- Y la ayudaban dos pinchas, que más bien eran alumnas.
- Pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza.
- El resto de su renta lo capitalizaba Don Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada año, bien amasando para hacerse con una casa más.
- Y los diez y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por un duro de más o de menos.
- Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos.
- No obstante, la Delfina lo oía siempre bien claro.
- Después, bien embozado en la pañosa, se iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán abriera la puerta.
- Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de suprimirlo por pronto pago.
- Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba, olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
- Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como Don Baldomero, dejándola comer lo que quisiese o no comer nada.
- Pero bien dichas.
- Veremos si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse y ser buenos cristianos.
- Mas no llevaba tan bien los años.
- Esto quien lo hace bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del bolsillo del chaleco sin que él lo sienta.
- El pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía en familia que no revelara una conducta regular y correctísima.
- Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo digo, bien sabido me lo tendré.
- Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi mercantil.
- ¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay otro más salado.
- Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y en trato me parece.
- Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que perdía.
- Después de bien cosida a puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras.
- Bien sabes que no soy callejero.
- Mi cabeza no puede apreciar bien.
- Miró estas cosas Ido con estupor famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que llamaba eléctrico.
- Muy bien, señor mío.
- Un hombre de bien, tan desgraciado como yo.
- Abrígate bien, infame.
- En el salón vio a varias personas, Casa Muñoz, Ramón Villuendas, Don Valeriano Ruiz Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de terror, que más bien parecían conspiradores.
- ¿Estás bien?
- Pasmábase la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantón.
- Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda la pillería que en el patio quedaba.
- Bien era un brasero que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para hacer tiro.
- Bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de ropa.
- Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se conocía que nunca había sido hermosa.
- Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo.
- No puso él la moneda en el bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para abrigarse la boca del estómago.
- Porque conviene fijar bien las cosas.
- Tiempo hacía que no habían cenado tan bien.
- Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse bien se había ido bastante tiempo.
- Muy bien, señor mío.
- Parecía más bien italiano que español, y no es maravilla que haya sido, en época posterior al 73, en plena Restauración, el modelo predilecto de nuestros pintores más afanados.
- Izquierdo debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso.
- Nicanora le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano el palo.
- Bien dicen, señora, que la carne es uno de los enemigos del alma.
- La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe.
- ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.
- A todos les daba alientos y prometía ampararles en la medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizás insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad.
- Los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal una obra maestra de pulcritud.
- Severiana dejó el cesto de la compra, que bien repleto traía, arrojó mantón y pañuelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad.
- También solía preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada de escarola, bien cargada de ajo y comino.
- Lo que es usted, bien lo sabemos.
- A mí me ha enterado quien le conoce a usted bien.
- Pues bien claro está que es pae natural replicó Izquierdo de mal talante, pae natural del hijo de mi sobrina, verbo y gracia, Juanín.
- ¡Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda ninguna nea, ¿estamos?
- Pero no se veía bien.
- Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación.
- Si tenía que salir, eso bien lo veía yo afirmó Samaniego con esa convicción que es resultado del gozo.
- Se están poniendo bien las cosas, a fe mía.
- Lo que sobra de los diez mil reales es para mí, que bien me lo he sabido ganar.
- Aquello podría ser muy bien una niñería.
- ¡Qué bien me encuentro ahora! le dijo con dulzura.
- Estoy bien.
- Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana por Rafaela en los bazares de Liquidación por saldo, a real y medio la pieza, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces.
- Había quien preparaba su banquete con un hocico con carrilleras, una libra de tapa del cencerro, u otras despreciadas partes de la res vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios aún peores.
- Los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa.
- Buena falta le hace dijo Guillermina, y de los de acebuche, que escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.
- Sonreía Benigna, y si no hubiera sido por consideración a su querida hermana, habría dicho del Pituso lo que de las monedas que no sonaban bien.
- Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que estaba guapo.
- La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla usado toda su vida.
- Se me figura dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia, que los pavos de la escalerilla no están todo lo bien cebados que debíamos suponer.
- La señora lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.
- Pues bien.
- Fue verdadero festín de cardenales, con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar, todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
- Bien se ve entre qué gentes se ha criado.
- Con que portarse bien todos, y no regañar.
- Preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se le caía la baba, como vulgarmente se dice.
- Agregó la señora examinando más las facciones del chico, bien se le conoce en este espejo que es guapa.
- Bien sabía yo que usted cuando le viera.
- ¡Qué bien le estará! Hijo de mi corazón, ven acá.
- Bien, vida mía, bien roto está.
- Tenía bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse.
- Estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque estuviese bien hecha no había de servir para nada.
- Entonces callé, y creo firmemente que hice bien en callar.
- Vii No, no, no gritó Jacinta más bien airada que impaciente.
- Y ahora siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas, despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del Sagrario y José Izquierdo.
- Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?
- Y bien podría, que este encierro me va cargando ya.
- El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el enfermo podía salir bien abrigado.
- Es que no se fijan bien.
- No, que estoy bien cuerda.
- Pero en el Hospicio, bien recomendado, no lo pasaría mal.
- Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.
- Yo bien sé que se debe aspirar a la perfección.
- ¡Bien por los chicos valientes! dijo Santa Cruz, a punto que Ramón Villuendas se despedía para bajar al escritorio.
- Bien, bien por los hombres bravos gritó Juan en presencia de la fiera.
- A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien.
- Pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela.
- Me parece muy bien pensado.
- Pero muy bien pensado.
- Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
- Allí estará tan ricamente, bien comido, bien abrigado.
- ¡Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana.
- Ya quisieran muchos niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí, estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina.
- Pues chico, ahí la tienes bien labrada.
- Y no puedes figurarte lo bien que le cae.
- Yo bien, ¿y usted?
- Mire usted bien, ¿no será una fila de hombres?
- Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted con nosotros.
- Le caía tan bien.
- ¡Qué bien dicho! El único que se resistía a dejar el local fue Díaz Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias civiles.
- Iba de pañuelo a la cabeza, bien anudado debajo de la barba, y con un mantón negro de mucho uso, y un gran lío de ropa en la mano.
- Iba perdiendo la serenidad de su carácter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien equilibrado como él le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad del ánimo, desazón de la curiosidad no satisfecha.
- Fijarse bien en sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.
- Juan Pablo era guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil en el decir, de inteligencia flexible y despierta.
- Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante.
- El amigo era diputado de los que llamaban cimbros, y Juan Pablo, que era hombre de mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo creyó, y hágote empleado.
- Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.
- Cuando iba al café con los amigos, estaba muy bien si no había más que dos o tres.
- En estas excursiones podía muy bien emplear dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo aventuras y ser muy otro de lo que era.
- Y como encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo que aquellas eran honradas, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.
- Bien era oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña, mucha fuerza muscular y una cabeza.
- O bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua.
- Feliciana era de Valencia, y ponía muy bien el arroz.
- Bien puedes abrigarte indicó Feliciana a su amiga.
- Pero más bien parecía indiferente que indignada de oírlos.
- ¡Que siempre se enamoraran de ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel terreno.
- Miraré bien esta para tomarle bien las medidas.
- La luz iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña Lupe.
- Bien lo decía él.
- Se miró bien de pies a cabeza.
- No, más bien mayor, mucho mayor.
- Me parece que tú no andas bien.
- El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente.
- Por evitar este ruido inoportuno, Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba las orejas, no percibió nada, absolutamente nada.
- Fíjate bien.
- Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más bien por probar.
- El generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la más grande empresa de la voluntad humana.
- Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva.
- Si le viera en un peligro, le sacaría en bien, aunque me perdiera yo.
- ¿Por qué no se le ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y presentarse a doña Bárbara y a Don Baldomero y contarles allí bien clarito la gracia que había hecho su hijo?
- Fíjate bien en esto.
- Lo demás bien lo sabía Maximiliano.
- Porque bien claro lo había dicho Fortunata.
- Si Fortunata se prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al bien por la atracción de su alma.
- Aseguraba estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer.
- Pero cuando me marché díjome que me abrigara bien.
- Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera.
- Ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y más velos sobre lo pasado.
- Si la Providencia no tenía en cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe?
- Bien ganada se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.
- De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer bien.
- Cuando yo era tonto decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana, cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida.
- Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de decencia.
- Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un poco.
- Esas cosas se calculan bien.
- Pero muy bien pensado.
- Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado.
- Maximiliano estaba muy bien de la cabeza.
- Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se hizo repetir el concepto para enterarse bien.
- Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla.
- Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal criada y una calamidad.
- Pero convenía proceder con tacto y diplomacia, pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.
- Pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por ellos sin vacilación ni tropiezo.
- ¡Casarme yo, y casarme con un hombre de bien, con una persona decente.
- Señor Paco, pésemelo bien.
- Tu comportamiento decidirá de su suerte afirmó él, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle.
- Fíjate bien y verás que no es nada, cuando no es la conciencia.
- A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos.
- Piensa bien lo que haces le dijo, y no comprometas por mí tu.
- Mira, hijo, este es el camino del bien.
- Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le clareaba la buena índole al través de la máscara.
- Y por falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente.
- Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
- Deseaba hablar bien y ser persona fina y decente.
- Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación en que puso la mano no bien tomaron el café.
- Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.
- , aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París.
- Muy bien, Sr.
- Don Maximiliano, muy bien dijo doña Lupe mirando severísimamente a su sobrino.
- Repitió el muy bien, Sr.
- Es menester que usted se entere bien dijo Maximiliano al sentarse en el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para empezar.
- Se entere bien de las cosas.
- ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre.
- Te parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una mujer de mala vida?
- Perfectamente bien dijo la señora observando con ansiedad el semblante de Torquemada.
- A bien que a nosotros no nos importa.
- Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que mire bien el plazo.
- ¡Buena ha sido, buena! exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el papel por entre los dedos.
- Yo te digo estas cosas por tu bien.
- Bien lo decía ella.
- Bien claro explicaba él su conducta, chismorreando consigo mismo.
- Pero mi voluntad podrá más que mis nervios, y lo que es la voluntad, bien firme la tengo ahora.
- Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vería muy bien pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por allí.
- Frisaba ya doña Lupe en los cincuenta años, mas estaba tan bien conservada, que no parecía tener más de cuarenta.
- Era una de esas personas que, no habiendo recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las brutalidades del egoísmo humano.
- Si te pierdes, bien perdido estás.
- No juzgue usted las cosas tan de ligero insistió Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien.
- Es que yo no me expreso bien.
- Bien, bien.
- El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca.
- Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de algodón en rama.
- La otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que le doliese.
- Pero el tal se lo tenía muy bien merecido.
- Pero ya apenas corría, y doña Lupe la echaba muy de menos, porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumplía siempre bien.
- Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los pasillos.
- Gozosa estaba aquel día la señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento de trabajo.
- ¡Bien merecido lo tengo por meterme con esa gente!
- Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien segura.
- Podría suceder muy bien que cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas mistiquerías propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y alborotando la casa.
- Bien decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de ella.
- Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo, bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo.
- Había comido muy bien el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año.
- Estamos bien.
- Yo sé bien lo que debo hacer.
- Bien, muy bien murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una consulta.
- Bien, muy bien.
- Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su sobrino.
- Pero muy bien, perfectamente bien dijo el cura apoyando las manos en los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo.
- Pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella.
- Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.
- Doña Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té, porque era preciso que tomase algo.
- Y bien mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas?
- El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida con la virtud.
- Bien, muy bien, perfectamente bien dijo Nicolás, orgulloso de lo que creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con mostrarse.
- Nada, señor, pero nada declaró ella, disgustada ya del papel de Dama de las Camelias, porque si el casarse con Maximiliano era una solución poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que todo le parecía bien antes que volver a ella.
- Bien, perfectamente bien afirmó Nicolás dándose aires de persona que medita mucho las cosas, y razona a lo matemático.
- Bien, bien.
- Pero temiendo no pronunciar bien palabra tan difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí.
- Deje usted que me acuerde bien.
- Piénselo usted bien.
- La carne que a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más, en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con guisantes.
- Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa.
- Para ella edificar era lo mismo que hacer casas, Bien.
- Imagínese usted lo bien que estará cuando se nos reforme.
- Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.
- Otras salen ya edificadas, bien para casarse, bien para servir en casas de personas respetabilísimas.
- Bien pudiera ser que allí se cerrase por completo la herida de su corazón.
- Pero me sienta bien, conozco que me sienta bien.
- Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.
- Tan bien le pareció el plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque levemente.
- Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa, bien escondido entre la mantilla.
- Concluida la comida, y mientras Nicolás leía La Correspondencia o El Papelito en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar.
- Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la señora.
- Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que en lo moral parecía ser de buena madera, con lo que llegó a su colmo la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo el papel desdeñoso que representaba.
- Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso manifestarle indiferencia.
- Y su condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del lado de la indulgencia.
- Por esto cuando se corrió entre las familias amigas que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía la de los Pavos cómo arreglarse para quedar bien.
- Pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las iglesias católicas.
- Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte inmenso que parecía la mar.
- Y bien podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del demonio.
- De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de sillas reclinatorios.
- Maximiliano se la comía con los ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.
- El piso era de baldosín, bien lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.
- Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de donativos o limosnas de esta y la otra casa.
- La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su compañera.
- Bien podría suceder eso le dijo con acento de convicción, que turbó más a Maximiliano, y no sería el primer caso de mujeres malas.
- Pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y quedarme yo in albis.
- Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas.
- Añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que más purifica y ennoblece las almas.
- Mas no había en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal.
- ¡Ah!, entonces sí que estaba yo bien.
- Bien enterada estás.
- Dispuso que antes de entrar los muebles los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera.
- Y como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor seriedad cuál era su sistema.
- La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas.
- Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para cumplir bien con los deberes.
- ¡Y cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más.
- Se la dejaba sola con una o dos filomenas durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta.
- Pues no sabe usted lo mejor añadió Manolita, gozándose en el asombro de la otra, el cual más bien parecía espanto.
- Y en ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella, para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar su generosidad.
- Por esta parte bien podía estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la idea de volverse santa a machamartillo.
- Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino había visitado al basilisco, no había podido averiguar si estaba ya bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar, como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento.
- Tú bien puedes hacer caso de lo que yo te diga, pues tengo yo mucha linterna.
- Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.
- Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a sus fronteras.
- ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!
- Yo te he dado el único bien que puedes esperar.
- Soy infinitamente misericordioso contigo, dándote un bien que no mereces, deparándote un marido honrado y que te adora, y todavía refunfuñas y pides más, más, más.
- Y tú, Fortunata, agradéceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no te mereces, y déjate de hacer melindres y de pedir gollerías, porque entonces no te doy nada y tirarás otra vez al monte.
- Viii Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las traiga a cuento en una relación verídica y grave.
- Pues, hija arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.
- Pues dilo todo, rebaña bien.
- Pero al cabo de un rato más bien parecía reírse con contenida y satánica risa.
- Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda.
- Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida, mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a hacerse querer de las jóvenes.
- La puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada.
- Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no había podido hacer despierta, y prosiguió la acción interrumpida por una puerta bien cerrada.
- Verás, verás, qué bien te saco yo, monín.
- Bien lo sabe usted.
- Es preciso ajustarle bien las cuentas.
- El día señalado estaba ya muy próximo, y si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca.
- Torquemada les recomendó una que servía para todo y que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.
- Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles, porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo.
- Pues bien, ya podía anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio.
- En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonreía.
- Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.
- Durante la visita, que no fue breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un hombre que se expresaba tan bien.
- ¡Y qué bien calzada!
- No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien.
- Tú mira bien lo que te digo.
- Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal.
- Lo que yo te diga es por tu bien.
- Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza, comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y permitiéndose doler.
- Pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la tranquilizadora cifra de doce.
- A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía bien.
- Su mujer le arropó bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té.
- Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío, lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco lisonjeras.
- Yo iré con Papitos a la plaza de San Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien.
- ¿Le parece a usted bien que abra?
- Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se habían hecho como ella mandara.
- ¡Qué bien sirve! ¿verdad?
- Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien.
- Y aunque Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad.
- Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!
- Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a la cual había una alcoba perfectamente arreglada.
- Has hecho bien.
- Este has hecho bien le cayó a la prójima como una gota fría en el corazón, trayéndola bruscamente a la realidad.
- ¿Y por qué hice bien?
- Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o más bien, el espectro de su perversidad.
- Fortunata no entendía bien los conceptos.
- Pero bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron otro cuarto.
- Por el lado económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la herencia.
- Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia acudieron a él creyendo que le daba algún accidente.
- Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien y portarse mal todo es lo mismo.
- Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos.
- La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien dispuesta.
- Maxi no lo pudo penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban presunciones que bien podrían contener la verdad.
- Parose en firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin dudar un momento.
- Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le estaban muy bien merecidos.
- Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y llamar un médico.
- Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla.
- Que usted es culpable, bien a la vista está.
- Bien claro se ve que es usted una bribona.
- Hace usted bien en largarse añadió la otra ya en la puerta.
- Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y se lo guardó.
- Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún señales evidentes de lo bien que había dormido.
- El mozo le saludaba en el momento de dar un restregón con el paño a la mesa, y él, contestando con cierta dignidad, frotábase las manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los hombros.
- Entornaba los ojos cuando daba una respuesta difícil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas.
- Bien claro se lo dijo al director.
- Les conozco bien.
- Pues bien.
- Pero conservaba las ideas autoritarias y la opinión de que no se puede gobernar bien sino dando muchos palos.
- La ráfaga de ambición que pasa por la mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir si yo fuera poder, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien como sueño que como esperanza.
- Se presentaba sin máscara, tal como era, empezando por decir que el Superior había hecho muy bien en quitarle las licencias.
- Pues bien.
- Pero una noche que llevó Rubín, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de mundos habitados, Pedernero empezó a despabilarse.
- Pero en retirada se defendía bien con su flexibilidad y agudeza.
- Bien se veía la reproducción de los mismos mitos y símbolos.
- En dos o tres días refrescó sus lecturas, rehízo su erudición descompuesta en los viajes y en la vida de libertino, y bien preparado acudió al torneo a que el otro le retaba con sabidurías de tercera mano, aprendidas en los libritos franceses de ciencia popular a treinta céntimos el tomo.
- El local se quedaba medio a oscuras, no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venían a cenar los bolsistas.
- Al principio cambiaba frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas.
- Pasando con desdén por junto a los espiritistas, se sentaba en el círculo de los empleados, oyendo más bien que hablando, y permitiéndose hacer tal cual observación con voz de ultratumba, que salía de su garganta como un eco de las frías cavernas de una pirámide egipcia.
- Rubín se encontraba bien en aquel círculo, pero una noche acertó a ver en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcertó por completo.
- Doña Nieves, bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro.
- Estudiando bien la vida total, el entendimiento se limpia de las telarañas que en él han tejido los siglos.
- Como se expresaba muy bien, oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían buenos ojos.
- Porque eso de que todos seamos todo no lo calo yo bien.
- Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien el tono familiar con que se había expresado S.
- Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía.
- Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era demasiado fuerte para luchar con él.
- Pero aún me vendría bien un poquito más de ira.
- Bien, me acuesto porque quiero, no porque tú me lo mandes.
- Aquí me viene bien un rasgo.
- Lo que él quería era quedar bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando sus faltas como méritos, y retocando toda la historia de modo que pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y el cabello era negro y deshonroso.
- Pero bien merecido le está por su mala conducta.
- Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien.
- Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita.
- Bien me lo puedes creer.
- Para mentira estaba demasiado bien hiladito.
- Y después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?
- Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también.
- Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de su protectora.
- Pero bien la podrían poner, si a mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera malos ejemplos.
- A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la puerta.
- Caramba, también es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien.
- El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben emplear los superiores bien educados.
- Bien, padrino.
- Él querrá hacerlo bien.
- Hablando ahora con toda seriedad dijo, después de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general.
- Saca la conversación como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos.
- Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora.
- Estamos bien.
- Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de ella.
- La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de timidez y más bien como ensayo.
- Está bien limpia.
- Ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.
- Yo no quiero más que tu bien.
- Por mi parte, bien lo sabes tú, seguiríamos lo mismo.
- Yo quisiera que tú te penetraras bien de esto.
- Bien merecido me lo tengo declaró en un arranque de dolor combinado con la rabia, porque los dos hemos sido malos.
- Bien, bien.
- Pañuelo a la cabeza, mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle.
- Los que obran bajo la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les da su deseo.
- Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su voluntad.
- ¡Y ella que pensaba clavarles las puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás.
- El frío y la impresión de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su mantón y tapándose la boca.
- ¿Pero usted sabe bien lo que yo he hecho?
- Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, sí, bien ganado me lo tengo, ¡porque cuidado que he hecho yo perrerías en este mundo.
- Hija mía, párese usted y piense bien lo que hace dijo el amigo, acercándose cariñosamente a ella.
- No lo digo bien.
- ¡Ah!, este mundo es una gaita con muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien.
- Y como avanzara la noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien.
- No sabe usted bien lo torpe que soy.
- Fíjate bien en aquel aire de abandono o de viveza según los casos.
- Lo demás de la cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle.
- La frente espaciosa y de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas.
- Otro más derecho y bien plantado no había.
- Bien, muy bien, dale duro.
- , me parece muy bien.
- Aquí me tiene usted fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado.
- Bien lo comprenderá cuando le pasen las tristezas, que ojalá sea pronto.
- Y bien podría ser que hubiera usted descubierto la cuadratura del círculo.
- Mecánica, mucha mecánica, y mientras tanto, piense bien en esto, y mañana o pasado mañana.
- Bien sabía él que no podía ser de otro modo, a menos que aquella mujer estuviese loca.
- Verás qué bien vamos a estar.
- Hallábase más bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de su desgracia no había solución mejor que aquella, y de que vale más caer sobre un montón de paja que sobre un montón de piedras.
- Si te portas bien, no dejaré de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera preciso dejarte.
- No por economía, pues bien podía él pagar una casa como la que Santa Cruz pagaba.
- Si Fortunata, empezando por conformarse, acabó por sentirse bien, Don Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida.
- Con este sistema de cautela y recato, les iba tan bien que Don Evaristo no cesaba de congratularse.
- Yo bien sé que lo mejor es que uno sea un santo.
- Fíjate bien en esto.
- Pero sí inteligente en víveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid.
- Es el arrabal alegre y bien asoleado, y corriéndose al Portillo de Gilimón, se ve la vega del Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo.
- ¡Qué cosas hacen las mujeres! Bien dicen que somos el Demonio.
- No se hacía ella de rogar, y como tenía la virtud de la franqueza, y no apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significación buena o mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba.
- A bien que ella se tomará la revancha.
- Ya saben tapar bien esas señoras ricas.
- Yo me explico que no la quieras bien.
- Se vio allí bien claro, cual vestigio honroso conservado sólo por indulgencia del tiempo.
- Dos días después notó Feijoo que no oía bien.
- Si me descuido, no tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y de las propias debilidades de su carácter.
- Bien contestado.
- Pero Fortunata no entendía bien estas teorías, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo.
- Te estoy mirando, y al paso que te envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida.
- No te dé vergüenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplícate todo lo que puedas, que día vendrá.
- Figúrate si con esas tragaderas estarás bien dispuesta para el amor.
- El bien y la gratitud son limitados.
- De lo que en la alcoba observó, hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta.
- Soltero y con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo mismo de su santísima voluntad.
- Fíjate bien en una cosa, y es que doña Lupe la de los Pavos, que es la persona de más entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si tienes tacto.
- Mira, chulita, no me muero hasta que no te deje esta idea bien metida en la cabeza.
- Y aquí viene bien un dato.
- Vamos bien, vamos bien.
- ¡Oh!, entiendo bien a mi gente.
- Ya te daré una lección larga sobre el tole tole con que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia, haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole.
- Después llamó la atención de Don Evaristo la facha de un hombre que iba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animada por arte de brujería.
- Poco mal y bien quejado afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en el hombro.
- Deje usted que me emboce bien.
- Fíjese usted bien.
- El hombre que como usted prosiguió don Evaristo, no se deja engatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer el bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!, mirando para el cielo, no para la tierra.
- En este bulle bulle de las pasiones de los hombres del día prosiguió Maxi con cierto énfasis, llega uno a olvidarse de que vivimos para perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.
- A un espíritu tan bien fortalecido le dijo, se le puede hablar sin rodeos.
- Piénselo bien, piénselo bien.
- Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano se llenó de confusiones.
- Bien veo que no es fácil que tu marido te sea simpático.
- De tener un marido, un nombre, una casa decente, a andar con la alquila levantada, como los simones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no te pares a pensar bien lo que haces.
- Supongamos que al poco tiempo de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos los actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algún cariño.
- Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada, tan bien hundida que no la podía desclavar.
- Te lo presento en la previsión de que falle el primero, lo que bien pudiera suceder.
- Oye bien lo que te digo, y apréndetelo de memoria.
- Hay que discurrir, y sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el ajeno.
- Aquí Don Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le decía.
- Todos se pasmaron de verle risueño y de oírle afirmar que no le dolía nada y que se sentía bien y contento.
- Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros, no quiero dejar de cumplir ningún requisito de los que ordena toda sociedad bien organizada.
- Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no cabía más.
- Ambas quedaban muy bien atendidas en el testamento.
- ¿Y esas elecciones, van bien?
- Y Don Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado, saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la Providencia ha concedido a la iniciativa humana.
- Así, pues, la gran doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un determinado sitio.
- Admirábala mucho, no exclusivamente por sus santidades, sino más bien por aquel desprecio del mundo, por su actividad varonil y la grandeza de su carácter.
- Porque ella tenía la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de las tales señoras en punto a buena crianza y modales.
- Esto fue poco antes de la guerra de África, bien me acuerdo.
- Ven acá, y atiende bien a lo que te encargo.
- Fíjate bien, y no salgas luego haciendo lo contrario de lo que te mando.
- Doña Lupe, que ya la conocía bien, estaba segura de que sus órdenes serían cumplidas.
- Cuando las cosas vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas.
- A algunas personas la miseria les prueba bien.
- Porque estás acostumbrado a que todo te lo den bien amasado y cocido.
- Me parece bien tu severidad.
- Esto último lo dijo en alta voz, saliendo ya al pasillo, de modo que lo oyeron muy bien, Papitos en un extremo de la casa, y Fortunata en otro.
- Al noveno la señora de Rubín se interesaba porque su marido se abrigase bien al salir, y al décimo estuvieron como un cuarto de hora secreteándose a solas en un rincón de la sala.
- Bien hago yo en no meterme en nada, bendita de mí.
- Y ten cuidado de limpiarte bien los pies en los felpudos que hay en la portería, porque hay muchos barros.
- ¿Te has restregado bien las patas?
- , refregarte bien en el limpia barros del vecino, en ese que está ahí.
- ¿Pero la viste bien?
- Bien decía mi Jáuregui que él era muy liberal, pero que no le petaba por la libertad de cultos.
- En la casa se hallaba muy bien.
- Llevábase muy bien con doña Lupe, y con su marido le pasaba lo más extraño que imaginar pudiera.
- Encargábase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir bien y en atender a ciertos perfiles de que sólo se ocupan los dandys.
- Todo iba bien, perfectamente bien, y ya se habría convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos.
- Ya se sabe que la vivienda de Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su capacidad y arreglo bien podía pasar por lujosa en semejante vecindad.
- Bien mala he sido, bien re mala.
- Ya sabemos que te tratan muy bien dijo, para variar la conversación.
- No le dé usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien.
- Me ha dicho que te confesaste bien.
- La flor estaba bien ideada.
- Me vendría bien que alguien me los diese a mí.
- ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que bien lo merece.
- Ya están bien sujetas las cortinas.
- Paréceme que no está muy bien dispuesta.
- Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerían los testigos de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya de bien trajeado y limpio.
- Y barrerme bien todo el corredor.
- Ahora está bien preparada le dijo el clérigo que, por su alta estatura, tenía que encorvarse para hablar con ella.
- Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien.
- Tú no sabes bien lo malas que somos.
- Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado rematado en quiquiriquí con peina de bolas, el calzado de la más perfecta hechura y ajuste.
- Si han venido por devoción, me parece muy bien.
- Si estuviéramos como usted, entre personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo.
- Muy bien.
- Pero muy bien.
- ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado todo tan bien, que daba gusto.
- Niña de mi alma, bien haces en querer a la señorita más que a mí, porque yo he sido más mala que arrancada, ¡re.
- Eso, saboréate bien, y relámete.
- El que llevaba el copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero, poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento mismo de tomar la vertical.
- , y lo que él hace, bien sabido se lo tiene.
- Verás qué bien vamos a estar las dos allá.
- Bien podría ser que me muriera pronto.
- ¡Bien por las valentías!
- Bien debe saber que no somos potentadas.
- En efecto, se oía bien clara, aunque lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.
- Pues bien se había descompuesto aquel día.
- Hubiera sido mucho mejor pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de escalón a escalón, decirle aquello de yo soy Fortunata, con calma, reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido es un tunante.
- Pero bien sabía la otra que no era nada de esto, y sin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá de su cuarto.
- Porque lo primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para que se olviden las maldades que he hecho.
- Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían la ira o el contento.
- Y desde ahora lo digo, me he de llevar bien con mis compañeros de cabildo.
- Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo he pagado y no te debo nada.
- Primero fue doña Casta Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas o que se lo creían ellas.
- Casó con Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo hacerse rico.
- Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas.
- Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular bien el terror que aquellos ojos le causaban.
- Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido.
- , o bien que dejaban los balcones y las puertas abiertas para que entrase un aire colado y le partiese.
- A Maximiliano le pareció bien la idea.
- Bien sabía yo que la santa no había de ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación.
- No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo dijo la sobrina, a quien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria.
- Tantas veces me ha pasado ver que una persona con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos se piensa.
- Se me figura que usted, si la sacuden bien, así como otros cuando los apalean sueltan bellotas, si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor.
- Bien sé que abuso y que me pongo insoportable y machacona.
- No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien reflexión deliberada estas palabras suyas.
- Bien sé que es difícil mandar al corazón.
- Era además una necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no estaban bien lloradas todavía.
- ¡Pobre Mauricia! dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase.
- ¿le parece a usted bien?
- ¡Cosa más rara! ¡El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!
- ¿Pero no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan pura como la misma santa fundadora.
- Mírame bien, mírame la cara, los pies.
- Estoy bien.
- A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma, contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario.
- Leña, que te den leña es lo que a ti te viene bien.
- Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da.
- ¡Ah!, yo le conozco bien.
- De todas suertes, ya la sermonearé bien para que le reciba a cajas destempladas, si él intentara.
- Busque usted bien.
- No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted.
- ¡Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habría explicado ella bien, enseñando a la atrevida cuántas son cinco.
- Bien quisiera poderla oír, consolarla.
- Muy bien hecho, muy bien hecho.
- Añadió, saliendo a la puerta, bien comprenderá que debe retirarse.
- Pero no sé, no recuerdo bien si le arañé la cara.
- ¡Oh!, bien hecho está.
- Fijándose bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doña Lupe que la observaba.
- Edificios y carros se van, y en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi, colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal por encima.
- Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor de la familia.
- Bien lo sabes tú, y por eso abusas.
- Vea usted la receta y fíjese bien.
- Pero hombre, en tantísima droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para todos los enfermos?
- No recuerdo bien el nombre.
- También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero.
- Este es el único bien positivo.
- ¡qué bien haces el papel!
- Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la entrada las suelas de unas botas de persona fina.
- Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo mismo, si bien en tono más tranquilo.
- Él podrá tener veneno, pero bien rico está.
- No creas, me vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho que nos haces sufrir.
- En el bien entendido de que venga Padilla esta noche a quedarse de guardia.
- Al poco rato entró Aurora, la mayor de las Samaniegas, que era muy distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de carnes incoloras.
- Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de los brazos.
- La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
- Tenía nociones claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio bien montado, y hablaba el francés a la perfección.
- V Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se habían hecho muy amigas.
- Habrías de empezar por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles, entiéndelo bien, hasta los menores detalles.
- Bien merecido tienes lo que te pasa.
- Valiéndose del sin fin de llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien examinadas, en la misma disposición que antes tenían.
- Allí venía bien decir que el difunto era más chico.
- Servíale el sombrero de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda tropical tan bien manejada.
- Yo bien, ¿y usted?
- Sí, está muy bien.
- ¿Te sientes bien?
- Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en su tono y semblante la placidez de su alma).
- No me duele nada, me siento bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir.
- Por las noches no se movía de la cama, y si bien es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los chicos que se aprenden la lección.
- Pocas veces se vio en un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que había caído bien en la gracia y atención del público.
- Pero bien podría ser.
- Pepe le había ofrecido una cantidad para su obra, si salía bien la inauguración, y nada.
- No, ya sabrás tú manejarte bien.
- Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar.
- Lo primero que hizo Maxi fue sacar de un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien doblados, como los que en Farmacia se llaman papeletas, forma en que se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo.
- Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era bien aguda.
- Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío.
- Bien afilado.
- Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me lo dices con franqueza.
- Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada droga.
- Todo está muy bien.
- Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche.
- Tocante a esos polvos, encárgate tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida.
- Dices bien.
- Pues que bien le pasean a usted la calle.
- Bien merecido te está.
- Más bien parecía un convaleciente que un enfermo.
- ¡Ah!, le conozco bien.
- Bien merecido le está.
- Aquel día, no obstante, el cansancio que experimentaba, determinando en él un trabajo mental comparativo, permitíale apreciar bien la situación efectiva y el escenario en que estaba.
- Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y paludismo.
- Que me ausculte bien, porque este corazón parece un fuelle roto.
- Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada.
- Hoy me vas a examinar bien.
- En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fíjate bien, tal como ahora estoy, ¿podría yo tener hijos?
- ¿Por qué no hace caso de lo que le dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?
- Pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento más bien parecían de aquiescencia que de protesta.
- Jacinta siguió hablándole en un tono dulce, tiernísimo, y más bien parecía una madre que una amiga.
- Así me lo dijo su primo, y viene bien esta opinión con lo que yo creía.
- Por un niño, bien se podría dar la virtud.
- Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta viveza, que casi casi creía verle en su alcoba.
- Bien podría ser.
- Bien puede haber dicho.
- Abrígate bien, que las mañanas están frescas.
- Pasé un rato muy agradable, en un estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien.
- Quería yo mirar bien las imágenes.
- Pero dentro de mí está naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio humilde.
- ¿Por qué no dedicas tu dinero, tu actividad y todo tu espíritu a una obra grande y santa, no a una obra pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de Dios?
- Sentíase muy bien aquella mañana, el espíritu confortado, la palpitación muy adormecida, el apetito despierto.
- Bien, bien.
- Bien podéis andar aquí con mucho pulso en eso de acuñar tanta plata, porque este metal va para abajo y ha de ir mucho más.
- Regular, casi bien.
- Pero bien pedido.
- De París telegrafías, para que sepamos si vas bien.
- Esta noche sí que voy a dormir bien anunció Don Manuel con esa esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía.
- Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien curadas, dirás ¡milagro, milagro! y no hay tal milagro, sino que tienes el padre alcalde, como se suele decir.
- Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus palabras le producían mucho bien.
- Mi niña adorada bien vale una misa.
- Esta noche voy a dormir muy bien.
- Maximiliano permanecía largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni siquiera a los pasillos, sumergido en una meditación que más bien parecía somnolencia, por lo común echado en el sofá, la vista fija en un punto del techo, al modo de penitente visionario.
- Y allá por Junio, sí, bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos para el toldo de la procesión del Corpus, me dijo que nunca más me dejaría, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, ¡y qué sé yo cuántas mentiras más!
- Mi mujer, entiéndelo bien, está muy por encima de todas las calumnias.
- En Junio, sí, bien me acuerdo, todo era te quiero y te adoro, y bastante que nos reíamos de la mona del Cielo, aunque siempre la teníamos por virtuosa.
- Y bien merecido le estaba, por pillo.
- ¡Oh!, yo le conozco bien las mañas.
- Pues bien, yo te lo prometo.
- Pues estamos bien.
- Yo bien callada entré.
- Bien empleado te está todo lo que te pasa, muy bien empleado.
- Serénate le decía, que ahora no te he de reñir, aunque bien lo mereces.
- Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido.
- Dígame usted algo, siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien.
- Sí, me portaré bien.
- Matemos a la bestia cuando de ella esté completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del erizo se desprende la castaña bien madura.
- ¡Morir, acabar de penar, desprenderse de todas estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! ¿Hay nada que pueda compararse a este bien supremo?
- ¡Sentir luego la irradiación del bien en sí, y contemplarse uno en aquel todo etéreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso, transparente y placentero.
- Esto era ya un poco metafísico, y Fortunata no lo comprendía bien.
- Y para que te penetres bien de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelación celestial.
- El padre de la criatura es hombre rico y habrá pagado bien el alijo.
- Bien lo vaticinó doña Lupe.
- Insistió más la otra en dejarlo en manos que tan bien lo sabían aumentar, y así quedó el asunto.
- Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un rincón de la cómoda.
- Se pasaba las horas muertas haciendo el juego del bilboquet, o bien entretenido en enredar con los muchos gatos que había en la casa.
- Vii De aquel anciano chocho y que más bien parecía un niño, no podía la esposa de Rubín esperar ya ninguna protección ni amparo moral.
- Pero no conservaba tan bien como este la hermosura de aquella raza de gente guapa, porque las miserias, las enfermedades y la vida aperreada de los últimos años habían hecho efectos devastadores en su cara y cuerpo.
- El jardín lucía muy bien desde arriba, con sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata veía los cuartos traseros, como los de un cebón, y el Rey aquel encima, con su canuto en la mano.
- Pues no está tan guillati como pensé, y lo que dijo antes revela más bien talento agudísimo.
- Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo ver los errores y maldades que cometieron en él.
- Y si ella se hace cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría por donde cogerla.
- Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me vendría muy bien.
- Conque fíjate bien en lo que te mando.
- Venía vestido con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy lustroso.
- Preparémonos, porque estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal.
- V La razón de la sinrazón i La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de quicio.
- Al principio, cuando no le sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de notar lo bien concertados que eran sus juicios.
- En aquella, la mente trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan de sí las ideas bien batidas.
- Dichoso el que piensa bien, porque él está en grande.
- Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le aplaudo.
- Vamos bien, vamos bien.
- Bien, no me falta más que averiguar la casa.
- Ido del Sagrario se negaba a tomar copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual aseguró haber comido fuerte y no hallarse muy bien del estómago.
- Eso está muy bien discurrido.
- Si no dudo que estés bien.
- Y viéndoles ir por el callejón adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima curiosidad.
- Pero tan fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy grande, pero muy grande.
- V El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre de la insigne señora.
- Que aquello no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni favoreció jamás los desvaríos de Fortunata.
- Por consiguiente, bien podía la señora estar tranquila sobre este particular.
- Lo primerito que yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien leída.
- No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un inclusero.
- Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer nada por sí.
- Dices bien.
- Creo que iremos bien.
- Mas convencido de que no era error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.
- Si se hubiera tratado de la dirección económica de una provincia, Don Basilio habría sentido tristeza del bien ajeno.
- Muy bien.
- Todos los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto físico.
- Es una mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se viene en tres minutos.
- No obstante, algo había que no se atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
- Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo soy madre del único hijo de la casa, madre soy, bien claro está, y no hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo aquí.
- ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy requetefinos.
- Bien sabe Dios que esto que pienso, no es porque yo sea interesada.
- Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien, ordenaba que no se levantase.
- El hablador murmuraba algo que no se oía bien.
- Después rompió a hablar con Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por conciliadora.
- Lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y a hacerte un gran bien.
- Porque yo perdí la razón, bien lo sabes.
- No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo.
- Bien lo pagué perdiendo la razón.
- Los ratos que te di te los tenías bien merecidos.
- No sé decir bien si soñé que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
- Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos fermentados y en putrefacción.
- Con ella me penetré bien de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de homicidio.
- Fíjate bien.
- Dices bien.
- ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así! Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.
- Bien, bien dijo la esposa con ferocidad.
- Y después de saludar a Segunda como si fuera esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo.
- Segunda acercaba una vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.
- Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle el pensamiento, el cual bien podía ser este.
- Es preciso criarle bien.
- Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario).
- Estoy bien así.
- Vamos, que ahora, si usted estuviera mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel.
- Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro), porque si no le cría bien, le pondremos ama.
- Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
- Vamos pensó la fundadora, ¿a que tirando por la calle de en medio salgo bien?
- Híceme cargo de todo lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho siempre.
- ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A qué usurparle sus funciones?
- Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la joven había caído tras la ruidosa alegría.
- Por tu bien es.
- Veo que me crees y haces bien.
- Bien lo sabes, y recordarás que te anuncié todo lo que iba a pasar.
- Pero ahora, si haces lo que te pido, me portaré bien.
- Bien seguro.
- Pero bien seguro.
- Crea que me siento regular esta noche, casi bien.
- Bien está, bien.
- Y lo peor es que lo que hizo ayer me parece muy bien hecho.
- Conque bien puedes darte prisa.
- Hay interés en que le críe bien.
- Yo le calenté bien la cabeza.
- Jacinta no desea el mal del prójimo, y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen.
- ¡Que me desea bien a mí! Tie gracia.
- Pero bien se conocía que aquellas palabras habían hecho en su espíritu un efecto desastroso.
- Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de nuestras entrañas.
- Y bien saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan.
- No pudo apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida.
- Y ello será por tu bien.
- Voy por el tintero y no tardó cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual venía a ser como un canasto.
- , ¿va bien así?
- El chico está donde debe estar, y bien saben que yo no miento.
- Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen.
- Lo será, si se purifica bien.
- Busque, rebusque bien en su espíritu y verá cómo la encuentra.
- Usted no la conocía bien.
- Con la muerte de por medio, la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de darse un abrazo.
- Recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el de Moreno.
- Porque bien podría Moreno haber sido su marido.
- No toleraba él que la vida se llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien.
- Segismundo no participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos.
- Pero no desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida).
- Ya está bien.
- Doña Lupe, hágame el favor de traerle la ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.
- Aquí es dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda, en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien tallada, debajo del R.I.P.
- ¡Bien claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía de Rubín.
- Yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento que no sea encaminado al bien y a la virtud.
- Levantábase á las tres, cargaba con los cestones de verduras cogidas por Tòni al cerrar la noche anterior entre reniegos y votos contra una pícara vida en la que tanto hay que trabajar, y á tientas por los senderos, guiándose en la obscuridad como buena hija de la huerta, marchaba á Valencia, mientras su marido, aquel buen mozo que tan caro le costaba, seguía roncando dentro del caliente estudi, bien arrebujado en las mantas del camón matrimonial.
- Los que compraban las hortalizas al por mayor para revenderlas conocían bien á esta mujercita que antes del amanecer ya estaba en el Mercado de Valencia, sentada en sus cestos, tiritando bajo el delgado y raído mantón.
- La labradora, apretando los labios con un mohín de orgullo y desdén para que las distancias quedasen bien marcadas, comenzó á ordeñar las ubres de la Ròcha dentro del jarro que le presentaba la moza.
- Y si alguien quería apoderarse de aquello, bien sabido era el remedio.
- ¡Pobrecita! Bien se veía que no era feliz.
- Aunque bien mirado, todos los hombres eran iguales.
- En el centro de estos campos desolados, que se destacaban sobre la hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo verde, alzábase la barraca, ó más bien dicho, caía, con su montera de paja despanzurrada, enseñando por las aberturas que agujerearon el viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera.
- Y su tétrica miseria aún resaltaba más al contrastar con las tierras próximas, rojas, bien cuidadas, llenas de correctas filas de hortalizas y de arbolillos, á cuyas hojas daba el otoño una transparencia acaramelada.
- Llevaba siempre el bolsillo de su faja bien apretado sobre el estómago, y si bebía, era cuando alguno de los gananciosos convidaba á todos los presentes.
- Si su familia estaba ciega, en las barracas vecinas bien adivinaban la situación de Barret, compadeciendo su mansedumbre.
- Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal.
- Pues bien.
- Enredos de los hombres para perder á las gentes de bien.
- ¡En seguida! Bien se adivinaba en la arruga vertical hinchada entre sus cejas el propósito firme de hacer polvo al autor de su ruina.
- ¡Que se lo llevase todo el demonio! Al fin era suyo, bien lo sabía Dios, y podía destruir su hacienda antes que verla en manos de ladrones.
- Cuando despertó era ya bien entrada la tarde.
- Bien sabía él lo que era aquello.
- Bien se lo había ganado.
- Debía creer á los hombres que le querían bien, á los conocedores de las costumbres de la huerta.
- Le había dicho que su riego era á las cinco (se acordaba muy bien), y ahora afirmaba que á las dos.
- Colocaba la mísera comida en una cestita, se pasaba un peine por los pelos de un rubio claro, como si el sol hubiese devorado su color, se anudaba el pañuelo bajo la barba, y antes de salir volvíase con un cariño de hermana mayor para ver si los chicos estaban bien tapados, inquieta por esta gente menuda, que dormía en el suelo de su mismo estudi, y acostada en orden de mayor á menor desde el grandullón Batistet hasta el pequeñuelo que apenas hablaba, parecía la tubería de un órgano.
- Bien sabía la pobre lo que eran sus compañeras, hijas y hermanas de los enemigos de su familia.
- Hasta aquí todo iba bien.
- Pimentó, su tío, lo sabía bien, y en casa de Copa no se hablaba de otra cosa.
- Bien se notaba en el aspecto de su persona, que parecía dividida en dos partes.
- ¡Cómo sufría el pobre señor! ¡Él que cifraba los triunfos de la enseñanza en su finura, en su distinción de modales, en lo bienhablado que era, según declaración de su esposa! Cada palabra que sus discípulos pronunciaban mal y no decían bien una sola le hacía dar bufidos y levantar las manos con indignación hasta tocar el ahumado techo de su vivienda.
- Aguardar la pelota, y cuando viene bien, jugarla con fuerza.
- No recuerdo bien.
- ¡Usted lo pase bien! ¡Hasta mañana si Dios quiere! Acompañábales el maestro hasta la plazoleta del molino, que era una estrella de caminos y sendas, y allí deshacíase la formación en pequeños grupos, alejándose hacia distintos puntos de la vega.
- Y la madre tenía que curar á alguno de los mayores aplicándole una pieza de dos cuartos bien apretada sobre el chichón levantado por una piedra traidora.
- Pero fíjese usted bien en la jaca.
- Bien se ve que usted conoce las buenas bestias.
- Por ser para usted, que es un amigo dijo el gitano palmeándole en la espalda, por ser para usted, persona simpática que sabrá tratar bien á esta prenda.
- Que el señor se fije bien.
- Treinta, y bien sabe Dios que nada gano.
- Bien podían verlo.
- Bien venida, y si entraba para gozarse en su desgracia, podía reir cuanto quisiera.
- Bien se adivinaba viendo la turba de muchachos atrevidos y pegajosos que se iban colando en la barraca, y cansados de contemplar, hurgándose las narices, el cadáver de su compañero, salían á perseguirse por el camino inmediato ó á saltar las acequias.
- ¡hay que resignarse! Nunca sabemos cuáles son los designios de Dios, y muchas veces, del mal saca el bien para las criaturas.
- Ayer hablaban pestes de usted y su familia, y bien sabe Dios que en muchas ocasiones les he censurado esa maldad.
- Créame á mí, que los conozco bien.
- Don Joaquín sabía hacer bien las cosas.
- ¡Bien emprendía el pobre albaet el camino del cielo de los inocentes! La vega, desperezándose voluptuosa bajo el beso del sol primaveral, envolvía al muertecito con su aliento oloroso, lo acompañaba hasta la tumba, cubriéndolo con impalpable mortaja de perfumes.
- Bien había pagado esta ventaja con largos meses de alarma y de coraje y con la muerte del pobre Pascualet.
- Empezaron el viernes al anochecer, y aún estaban los tres en sus silletas de cuerda el domingo por la tarde, jugando la centésima partida de truque, con el jarro de aguardiente sobre la mesilla de cinc, dejando sólo las cartas para tragarse las sabrosas morcillas que daban gran fama al tabernero Copa por lo bien que sabía conservarlas en aceite.
- Además, ¡qué demonio! después de tanto trabajo y tan buena cosecha, bien podía un hombre honrado permitirse un poco de expansión.
- Bien era verdad que no podía volverse la vista á ningún lado sin tropezar con alguna obra maestra, cuyos rabiosos colores parecían alegrar á los parroquianos, animándoles á beber.
- Los espectadores más inmediatos miraban los naipes á cada uno por encima del hombro para convencerse de que jugaba bien.
- Cuando un padre de familia ha trabajado y tiene en el granero la cosecha, bien puede permitirse su poquito de locura.
- ¡Oh! Se estaba muy bien en casa de Copa oyendo á este hombre.
- Pero bien adivinaba el significado de aquel imperioso ¡Vete! del valentón, apoyado por las muestras de asentimiento de todos.
- Las mismas que horas antes hablaban pestes de él, escandalizadas por su apuesta de borracho, le compadecían, se enteraban de si su herida era grave, y clamaban venganza contra aquel muerto de hambre, aquel ladrón, que, no contento con apoderarse de lo que no era suyo, todavía intentaba imponerse por el terror atacando á los hombres de bien.
- No t escaparás! 28 rugió Batiste, disparando su segundo tiro desde el fondo de la acequia con la seguridad del tirador que puede apuntar bien y sabe que hace carne.
- Bien sabía él que no había errado el tiro.
- Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse.
- Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma.
- Despierto y bien despierto.
- ¡Recordóns! ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!
- ¡Adiós, Pimentó! Bien servido te alejas del mundo.
- Aquel mercado extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba una festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un pueblo que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas que satisfacen la voracidad humana, regocijábase al pensar en los atracones del día siguiente.
- Conocía bien la plaza.
- Pero era tan arrogante y bien plantada, unía a su elevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba cierta ilusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la hermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta y juvenil.
- Y atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros.
- Que compres mucho y bien.
- Y ¡mire usted que estaba bien.
- Pero no era más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de pelo veíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y la sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento moral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos de voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño.
- En otros tiempos se vendía bien el vino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.
- ¡Cuánto me alegro de verla! Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que se sentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor a decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como modelo de finura y bien decir.
- Le habían arrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y lo conducían a Valencia para hacer suerte, o más bien, por librar a la familia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro.
- Pues bien.
- Que bien sabe Dios que a mí no me gustan estos negocios.
- Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien, doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.
- Créeme a mí, que conozco bien ese ganado.
- ¿No marchaban bien sus negocios?
- Sus negocios no marchaban bien en los últimos años de su vida.
- Yo sé bien lo que es eso.
- ¿lo entiendes bien?
- Ahí tenéis unas personas sin educación, pero que saben hacer bien las cosas.
- Allá, en la huerta, se estaba bien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia.
- Aquel chico que andaba a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases, pues bien, ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra.
- Bien sabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica.
- Bien puedes servir a las siñoras.
- A ver si te portas bien.
- Bien puedes trabajar.
- Dice usted bien, Antonio.
- Mi hermano es un ente raro, un extravagante, que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en aquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si los hubiera de llevar a la fosa.
- Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se ve obligada a buscar los auxilios de ese avaro.
- Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de que estaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que a ella le parecía la última palabra del buen tono.
- ¿Está todo bien preparado, Visanteta?
- Todo estaba bien.
- Para él, cualquier cosa estaba bien.
- Bien está todo.
- El paseo estaba muy bien.
- Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañar dignamente a la gallina en su bajada al estómago.
- ¡Qué bien se estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan abundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy agradables a los que tienen casa y cocinera.
- ¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que se encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y de los dos sobrinos! Todos estaban bien.
- Decididamente, no tenía la cabeza bien.
- En casa de doña Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente por Conchita.
- A ti de seguro que no le parece bien dar un duro a cada criado.
- Había tenido su época de apuros, como él sabía muy bien, y conocía el valor de un duro.
- Le daremos bien a comer, procuraremos emborracharlo, y después, cuando esté tierno.
- El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse de San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algo que bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objeto dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la falla.
- Bien entendía sus negocios el cafetinero.
- Pero bien mirado, era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muías de su batería.
- Mientras hubiese petróleo refinado como el de casa Espantagosos, el estómago iría bien.
- Y para que quedase bien sentada esta afirmación, se tragaron el aguardiente de un sorbo.
- Era la rebusca furiosa de los céntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldas de sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de bien se diviertan en la taberna.
- ¡Lo que quisieran! Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva cara por el revés chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña, dándose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetín y hablando a gritos para que quedase bien sentado que la casa grande era una cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vida privada.
- Bien comenzaba la entrevista.
- Y mientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas para que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de enagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban los charcos con una graciosa ligereza de pájaro.
- Tónica vivía en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras.
- Todo iba bien.
- El decoro de la familia, la necesidad de sostener el buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las niñas.
- Está bien arreglado, ¿verdad?
- Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animándose con la imaginación, hacía ademanes tan enérgicos como incorrectos para manifestar el desprecio que le merecía el progreso condenado.
- Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto, venga el señor Progreso y lo eche a perder con su afán de revolucionarlo todo.
- Esto está muerto y bien muerto.
- Y bien, muchacho.
- Óyeme bien.
- Está bien, mamá dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no se cegaba.
- Vendrán amigos, y hay que quedar bien.
- Bien sabía hacer las cosas aquella señora.
- Pero a mamá no le parecía bien nuestro noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.
- ¡Vive Dios, que se estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía adormecerse! Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.
- Ya sabían que la dueña de la casa arreglaba bien las cosas.
- ¡no me deje usted feo! Y procediendo como niñas buenas y bien educadas, incapaces de desear la fealdad del prójimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando con superioridad satisfecha a las amigas.
- Pero ¡qué diablo! hay que saber vivir, y aquella fiesta, pensando egoístamente, bien podía resultar un medio seguro de proporcionarse auxilios en el porvenir.
- Todo marchaba bien.
- Bien habían bromeado con Nelet y el cochero del señor López.
- Aquella borrachera de dinero no podía acabar bien.
- Y para probarlo, no había más que fijarse en don Ramón Morte, un filántropo, que hacía el bien encaminando a la ganancia los pequeños capitales que yacían muertos y dedicando las ganancias propias a obras de beneficencia.
- En la plaza de la Constitución vio a don Eugenio, que miraba de lejos el milacre, apoyado en el viejo bastón y mostrando su carita de pascua por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el verano.
- ¡Y qué bien sabe hacerlo el muy ladrón! Se confiesa a menudo, entrega cantidades en las sacristías, diciendo que las ha cobrado de más por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se murmura si es él ese ramoso sujeto que, con el incógnito de Un cualquiera, envía dinero a la Junta de Instrucción Obrera cuando ésta sufre apuros.
- Si ese hombre es continuó don Eugenio quien tiene que evitar la ruina de Antonio, bien estamos.
- Y el viejo se animaba, se erguía, apoyándose en su bastoncillo, y al hablar de su querida tienda, una oleada de sangre daba color a su cara fresca de anciano bien conservado.
- El muchacho, antes tan sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto y nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a expansiones infantiles.
- ¡Qué bien se estaba allí! El sol comenzaba a caldear la plaza.
- ¡Oh, qué bien se sentía caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica, distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros, que a cada momento reproducían un rincón del paisaje.
- Conocía bien a Juanito.
- La quería bien.
- Pero tratándose del hijo de Melchor Peña, el tendero del Mercado, todo resultaba bien.
- Sí él quiere, el capitalito de ustedes quedará bien colocado.
- Bien es verdad que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su Antonio.
- La portera me la enseñó estando en su balconcito, con una bata muy lujosa, que bien puedo decir que me la ha robado a mí.
- Los cocheros, enfundados en sus blancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus caras afeitadas y carrilludas de cómicos obesos o párrocos bien conservados, y miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba a pasar unas cuantas horas de tedio.
- Y en todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa, encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria.
- El desaliento las tuvo hasta bien entrada la noche clavadas en sus asientos del salón, silenciosas, sin otra luz que el escaso resplandor de los reverberos públicos que entraba por los balcones abiertos, produciendo una débil penumbra.
- ¡Vaya unos parientes! Podía una morirse en medio de la calle, bien segura de que nadie acudiría en su auxilio.
- Los innumerables casos de señoras tan decentes como ella, bien consideradas por la sociedad, y que habían hecho sacrificios iguales para salvar el prestigio de sus casas.
- Y en cuanto a Rafael, no había que esperarle hasta bien entrada la noche.
- Ahora te va muy bien para que pueda convencerte.
- Mira, chico, todo eso que me dices son líos de Rafaelito, y harás bien no metiéndote en nada.
- ¡Vaya que le está bien a ese señorito meter cisco en la familia! Más le valdría no emborracharse, o por lo menos que sus borracheras no las pague yo.
- Aparentó indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de inmensa bondad que tan bien le sentaba.
- No tuerzas el gesto, que no intento defender a ese muchacho, aunque me extraña mucho que un joven distinguido y bien educado haya podido decir tales infamias.
- Decía bien su tío don Juan.
- Él sólo era el hijo de Melchor Peña, con toda la inocencia, la hombría de bien, la ruda dignidad del montañés de Aragón.
- Pero él echaba la culpa de todo a la maldita ambición, que la sumía en los enredos y trampas, donde dejaba a jirones poco a poco, por sostener el boato de familia, aquella altivez que tan bien le sentaba.
- Bien conocía aquella chaqueta.
- Pensaba con envidia que allí dentro, en las mazmorras lóbregas y húmedas, se estaría muy bien, rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban la existencia.
- También debía estarse bien allí.
- ¡Bien les había dejado el célebre banquero con su pretendida infalibilidad! Su principal, el señor Cuadros, podía tenerse por hombre al agua.
- Estoy bien.
- Bien adivinaba ella el concepto en que ahora la tenían las familias amigas.
- Sus hijas eran unas señoritas que sólo habían aprendido a figurar como muñecas bien educadas en un salón, y aun esto sin poder evitar cierta cursilería que saltaba a la vista apenas salían de su esfera.
- Oye bien lo que te digo.
- Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien.
- Parecióles bien lo que decía, aunque lo gruñeron un rato entre los dos.
- Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.
- Yo, con esto, por no desmentirle di muy bien la lición aquella mañana.
- Muy bien hiciste.
- Bien muestras quién eres.
- Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir.
- En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre.
- Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para otro año en el lodo, bien cerca de expirar.
- Escribí a mi casa que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal, y que así, desde luego renunciaba la escuela por no darles gasto y su casa para ahorrarlos de pesadumbre.
- Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije.
- Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo.
- Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos.
- Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando y dándole un abrazo apretadísimo, dijo.
- No bien se lo dijeron, cuando se sentó.
- Bien haya el licenciado.
- Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres.
- Y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya, declarando la burla.
- Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y comenzaron a decir.
- Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
- Bien me anima V.
- Y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.
- Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó.
- Haz como viere dice el refrán, y dice bien.
- Md., que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad.
- Iban y sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien.
- Confieso que nunca me supo cosa tan bien.
- No os sabré encarecer cuán bien pareció a todos.
- ¡Bien me decían a mí que este era un trampista!
- Bien ve V.
- Ese tengo yo, por cierto le dije, de oír cosa tan nueva y tan bien fundada, pero advierta V.
- Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada.
- No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir.
- Bien lo entiende me dijo.
- Y parecíanme a mí tan bien estos pensamientos honrados, que yo me los agradecía a mí mismo.
- Suene el lindo sacabuche, pues nuestro bien consiste.
- ¡Miren qué bien le estaría a un hombre lampiño como yo la ermita! ¡O a un hombre vinajeroso y sacristando ser mozo de mulas! Ea, señor, que son grandes pesadumbres esas.
- Que por estorbar los grandes hurtos, mandábamos que no se pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese, y, si reincidiese, de andar limpio un hora.
- A todos los que oyeron la premática pareció cuanto bien se puede decir, y todos me pidieron traslado de ella.
- Más quiero, ¡voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta, hecho un reloj, comiendo madera, que sufriendo las supercherías que se hacen a un hombre de bien.
- ¡Voto a Dios!, ni lo que García de Paredes, Julián Romero y otros hombres de bien, ¡pese al diablo! Sé que entonces no había artillería, ¡voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para un hora en este tiempo.
- Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi propio oficio.
- No juren decía, que a mí, porque me encomendaba a Dios, me ha sucedido bien.
- Comenzó a nombrar a Visanzón, y si era bien dar dineros o no a Visanzón, tanto que el soldado y yo le preguntamos que quién era aquel caballero.
- Enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con punta de barba, bien vestido.
- Holgué mucho de ver tantos hombres de bien en mi pueblo, cuando, estando en esto, oí al precursor de la penca hacer de garganta y a mi tío de las suyas.
- Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos.
- A fe, Alonso, que lo han pagado bien el Romo y el Garroso.
- Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien puesto, el cuello abierto más de roto que de molde, el sombrero de lado.
- Y aunque parta muy bien el ave, pan o carne el que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos.
- ¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en no probarlo.
- Bien ve V.
- Parecióme bien.
- Pusiéronle por toquilla unos algodones de tintero muy bien puestos.
- Vino la olla y comímela en dos bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan fiera, que parecía que aun entre los dientes no la tenía bien segura.
- Ellos bien debían notar los fieros tragos del caldo y el modo de agotar la escudilla, la persecución de los huesos y el destrozo de la carne.
- Quitáronselo a los otros mendigos para dárselo, y ellos, con el enojo, siguiéronle, y vieron que en un rincón detrás de la puerta estaba sorbiendo con gran valor, y sobre si era bien hecho engañar por engullir y quitar a otros para sí, se levantaron voces y tras ellas palos y tras los palos chichones y tolondrones en su pobre cabeza.
- Acordaos de la muerte, y haced bien para las ánimas.
- Le dije que se duela de un hombre de bien.
- Tenía menos las orejas y pegadas las narices, aunque no tan bien como la cuchillada que se las partía.
- Dijo, después de haber pescado la mosca, que en nosotros está todo el juego, y que si uno da en no ser hombre de bien puede hacer mucho mal.
- Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de comer y cama en su casa, y el escribano, solicitado de él y cohechado con el dinero, lo hizo tan bien, que sacaron a la vieja delante de todos en un palafrén pardo a la brida, con un músico de culpas delante.
- Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla, con muy buena ropa, a tres moradores.
- Granjeé una voluntad en todos agradecida, pero no enamorada, que, como no estaba tan bien vestido como era razón, aunque ya me había mejorado algo de ropa por medio del alcaide, a quien visitaba siempre, conservando la sangre a pura carne y pan que le comía, no hacían de mí el caso que era razón.
- Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no había tal donaire como el mío.
- Agarró la correa y tornóme a repasar las costillas, reprehendiéndome el mal vicio de hurtar como quien tan bien le sabía.
- Y aún añadieron que ellos me encaminarían parte conveniente y que me estuviese bien, y con algún arcaduz por donde se guiase.
- ¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y mujer de casta, que le prometo que con ser yo no muy rica, no he querido casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no ser de calidad.
- Eso creo muy bien dije yo.
- Que cuando sea boba, harto sabe si me sabe bien.
- Me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su nombre, por bien diferente de lo que es.
- Yo le conozco muy bien al señor don Filipe, que es el que nos hospedó por orden de mi marido, que fue gran amigo suyo, en Ocaña.
- Ellos levantaban bien.
- Esto no me parecía bien, porque si los prendían, habían de aclarar lo del hábito y otras cosas y era morir en la horca.
- Porque yo apretaba en lo del casamiento, por papeles, bravamente, y él, acosado de ellas, que tenían deseo de acabarlo, andando en mi busca, topó con el licenciado Flechilla, que fue el que me convidó a comer cuando yo estaba con los caballeros, y este, enojado de cómo yo no le había vuelto a ver, hablando con don Diego, y sabiendo cómo yo había sido su criado, le dijo de la suerte que me encontró cuando me llevó a comer y que no había dos días que me había topado a caballo muy bien puesto, y le había contado cómo me casaba riquísimamente.
- Estuvímonos en conversación tratando de lo que sería bien hacer a la noche, hasta el avemaría.
- No bien me aparté de él con su capa, cuando ordena el diablo que dos que lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla, entendiendo por la capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de espaldarazos sobre mí.
- He aquí a la mañana amanece a mi cabecera la huéspeda de casa, vieja de bien, arrugada y llena de afeite, que parecía higo enharinado, niña si se lo preguntaban, con su cara de muesca, entre chufa y castaña apilada, tartamuda, barbada y bizca y roma.
- Anda, bobillo que si te inquietaban mujeres, bien sabes tú que soy yo fiel perpetuo en esta tierra de esa mercaduría, y que me sustento de las posturas, así que enseño como que pongo, y que nos damos con ellas en casa, y no andarte con un pícaro y otro pícaro, tras una alcorzada y otra redomadona, que gasta las faldas con quien hace sus mangas.
- ¡Qué bien os estará una mitra, madre, y lo que me holgaré de veros consagrar tres mil nabos a vuestro servicio! Otro.
- Aunque, según las cosas que contaba una criada que quedó en casa, yo desconfié de su prisión, porque me dijo no sé qué de volar, y otras cosas que no me sonaron bien.
- A esta mujer ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?
- Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había parecido bien la moza, concertéme por dos años con el autor.
- Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz.
- Hubo un víctor de rezado, y al fin parecí bien en el teatro.
- Tomámoslas para verlas, llevámonoslas y con añadir una necedad y quitar una cosa bien dicha, decimos que es nuestra.
- En fin, mi comedia se hizo y pareció muy bien.
- Tenía mi casa muy bien aderezada, porque había dado para tener tapicería barata en un arbitrio del diablo, y fue de comprar reposteros de tabernas, y colgarlos.
- Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desmembramos todos y echó cada uno por su parte.
- Yo, si va a decir verdad, aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, ya que me veía con dineros y bien puesto, no traté de más que de holgarme.
- Estaba con dos varas de gaznate más del que tenía cuando entré en los amores, a puro estirarme para ver, gran compañero del sacristán y monacillo y muy bien recibido del vicario, que era hombre de humor.
- Fuime a las vistas, y allá, con ser una plazuela bien grande, era menester enviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva.
- No hay tal maestro como el bien acuchillado.
- Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo, de comedimiento suyo no se llamaba espada, que bien podía.
- No bien la columbraron, cuando, sacando las espadas, la embistieron.
- Súpome bien y mejor que todas esta vida.
- Está bien.
- Estudiaba para abogado, y salía bien por recomendaciones.
- La familia de Hurtado estaba bien relacionada.
- Apenas había tiempo de enterarse bien.
- Allí, en su celda, se encontraría muy bien, muy tranquilo y a gusto.
- No se les veía bien la cara, porque el anteojo, además de ser de poco alcance, no era acromático y daba una gran irisación a todos los objetos.
- Salir bien en los exámenes es una cuestión mnemotécnica, que consiste en aprender y repetir el mínimum de datos hasta dominarlos.
- Bien y tú, contestó el otro.
- No era una manera de alentar los entusiasmos médicos de los alumnos, pero indudablemente el profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.
- Muy bien contestó Iturrioz.
- Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus indignos sacerdotes.
- Qué más quisiera yo replicaba el cura que cambiar la estola por una muleta, y en vez de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.
- A Hurtado no le parecía bien este egoísmo.
- Estará bien.
- Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable.
- Creía que nunca llegaría a vivir bien.
- ¿Vivía usted bien?
- Estoy bien así dijo el chulo.
- Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado y culto, que había caído en la miseria.
- Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un príncipe decía el pobre.
- Muy bien, siéntate.
- El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.
- Está bien.
- Yo veo la casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando un telegrama diciendo.
- Si ese chico se pusiera bien murmuraba.
- Por Junio, Andrés se examinó del curso y de la licenciatura y salió bien.
- Por ahora veré si se pone bien esa criatura.
- El chico estaba bien.
- La primera noche Andrés no pudo dormir bien en la casa por el olor a raíz desprendido de la tierra.
- Solía ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo en el aire, y vestía con colores un poco chillones, pero que hacían muy bien en aquel ambiente claro y luminoso.
- Luisito parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre.
- Porque el chico no estará bien.
- Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tíos.
- Luisito pasaba el invierno bien.
- No me encuentro bien aquí.
- Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un grueso bastón.
- Está bien.
- Está bien.
- Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.
- Pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte.
- Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada.
- Realmente aquel joven había estado bien.
- Muy bien, vamos.
- En la fonda, al principio se encontraba bien.
- Pero él se confesaba ingenuamente a sí mismo, que, a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un diagnóstico bien.
- Sólo un cementerio bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.
- Tenía el convencimiento de que él era el único que hacía bien las cosas.
- Ellos tienen veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad.
- Como médico he quedado bien.
- Creo que no ejerce, pero vive bien.
- Mi mujer me trata bien.
- De manera que nadie ha marchado bien de nuestros condiscípulos.
- Y Julio Aracil, ¿vive bien?
- Hombre, según lo que se entienda por vivir bien.
- Haces bien.
- La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener trajes, joyas.
- Me parece bien que gaste, que se adorne, que se luzca.
- Tengo dos o tres patentes de cosas pensadas por mi, que creo que están bien.
- Estaba todo muy bien arreglado y en orden.
- Según me han dicho en esa casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.
- ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho bien.
- Pues bien.
- Era el único sitio agradable donde se encontraba bien.
- Está usted muy bien hoy, muy guapa dijo de pronto Andrés.
- Está usted muy bien.
- Todo eso está bien murmuró Andrés.
- Muy bien.
- Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su nueva ocupación de traductor.
- Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores.
- Se entendían muy bien.
- Según decía, se encontraba bien.
- ¡Es lástima! exclamó Iturrioz ¡Este muchacho ahora, marchaba tan bien! Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma.
- Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.
- Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas.
- Mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
- ¡Hideputa! Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí.
- En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano.
- Para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien.
- Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo.
- A cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia.
- Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era, y como no vi sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, díjele.
- Y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.
- Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener spíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante V.M.
- Por esto te quiero bien.
- Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo.
- Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste como quien espera tope de toro, y díjele.
- Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar, como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro.
- Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me hartaban.
- Porque en todo el tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi recuesta.
- Mas de lo que al presente padecía, remedio no hallaba, que si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cuotidiana hambre, más lo sentía.
- En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco si me remediásedes, dije paso, que no me oyó.
- Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida, y aun, porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se me osaba allegar.
- Esto bien se sufre.
- Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo.
- Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.
- Y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.
- Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden.
- Bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto, y que ya la comida estaría a punto tal y como yo la deseaba y aun la había menester.
- Virtud es ésa dijo él y por eso te querré yo más, porque el hartar es de los puercos y el comer regladamente es de los hombres de bien.
- ¡Bien te he entendido! dije yo entre mí ¡maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre! Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.
- Y mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo, y desque hubo bebido convidóme con él.
- Bien puedes beber.
- ¡Bendito seáis vos, Señor quedé yo diciendo, que dais la enfermedad y ponéis el remedio! ¿Quién encontrara a aquel mi señor que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aun agora es de mañana, no le cuenten por muy bien almorzado?
- Pero como sintieron dél que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago.
- Ellas, que debían ser bien instituídas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que era.
- Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné a casa, de la cual pensé barrer alguna parte, que era bien menester, mas no hallé con qué.
- Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo, y ansí Él me ayude como ello me parece bien.
- Y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido.
- Aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido.
- Pensaba si sería bien comedirme a convidalle.
- Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.
- Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad.
- A lo menos, en casa bien lo estuvimos sin comer.
- Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el miedo y alteración, y me torno a encaminar.
- Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color.
- Eres mochacho me respondió y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien.
- Mas ¡vótote a Dios!, si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo.
- Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona.
- Vos, don villano ruin le dije yo ¿por qué no sois bien criado?
- Mayormente dijo que no soy tan pobre que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas.
- Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas.
- No me matar por no hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba.
- Decirle bien de lo que bien le estuviese y, por el contrario, ser malicioso, mofador, malsinar a los de casa y a los de fuera.
- Y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el señor se puede descuidar.
- Bien está dicen ellos, pues di todo lo que sabes, y no hayas temor.
- Bien está dicen ellos.
- Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
- Mas aprovechábase de un gentil y bien cortado romance y desenvoltísima lengua.
- Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba cómo por mal se las tomasen, y para aquello hacía molestias al pueblo e otras veces con mañosos artificios.
- Y porque todos los que le veía hacer sería largo de contar, diré uno muy sotil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia.
- El señor comisario se subió al púlpito y comienza su sermón, y a animar la gente a que no quedasen sin tanto bien e indulgencia como la santa bula traía.
- Y si es verdad lo que yo digo y aquél, persuadido del demonio, por quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice maldad, también sea castigado y de todos conocida su malicia.
- Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.
- Y así bajó del púlpito y encomendó a que muy devotamente suplicasen a Nuestro Señor tuviese por bien de perdonar a aquel pecador, y volverle en su salud y sano juicio, y lanzar dél el demonio, si Su Majestad había permitido que por su gran pecado en él entrase.
- Y desque fue bien vuelto en su acuerdo, echóse a los pies del señor comisario y demandóle perdón, y confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer a él daño y vengarse del enojo, lo otro y más principal, porque el demonio recibía mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula.
- Y, ya que hubo acabado la misa y echada la bendición, tomóla con un pañizuelo, bien envuelta la cruz en la mano derecha y en la otra la bula, y ansí se bajó hasta la postrera grada del altar, adonde hizo que besaba la cruz, e hizo señal que viniesen adorar la cruz.
- Y el primero que llegó, que era un alcalde viejo, aunque él le dio a besar la cruz bien delicadamente, se abrasó los rostros y se quitó presto afuera.
- Y ansí nos partimos alegres con el buen trueque y con haber negociado bien.
- ¡Cuántas destas deben hacer estos burladores entre la inocente gente! Finalmente, estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé también hartas fatigas, aunque me daba bien de comer a costa de los curas y otros clérigos do iba a predicar.
- Fueme tan bien en el oficio que al cabo de cuatro años que lo usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para me vestir muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubón de fustán viejo y un sayo raído de manga tranzada y puerta, y una capa que había sido frisada, y una espada de las viejas primeras de Cuéllar.
- Desque me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo se tomase su asno, que no quería más seguir aquel oficio.
- Hame sucedido tan bien, yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano.
- Y visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de lo hacer.
- Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad.
- Y así quedamos todos tres bien conformes.
- Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco.
- Tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en una ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien.
- Ilustración A pesar de que yo era muy niño, recuerdo bastante bien a mi padre.
- Hablaba bien el inglés, era muy liberal y se reía de las mujeres.
- Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre, a ponerse en contra de su marido.
- Entonces no podía comprender bien la terrible acusación encerrada en esta semejanza.
- Realmente, esta muchacha discurría muy bien.
- El orgulloso francés llevaba dos barcos bien pertrechados de armas.
- Recuerdo muy bien el día del funeral.
- El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñado en enseñarnos a hablar y a pronunciar bien.
- A Recalde no le pareció bien la idea.
- IX YURRUMENDI, EL FANTÁSTICO En mi tiempo, el muelle largo de Lúzaro, que en vascuence se llama Cay luce, no era tan ancho ni tan bien empedrado como ahora.
- Para aparecer colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien.
- Como las cuerdas estaban empapadas en brea, servían muy bien.
- Al principio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa.
- Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no había riñas.
- Tipo de marino a la antigua, conocía muy bien su derrota, pero en lo demás estaba poco enterado.
- Muy bien contestó el capitán.
- Después de todo hacía bien.
- Después estúdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien.
- Tenía sobre mí la ventaja de hablar castellano bien, y se valía de ella para humillarme.
- El dependiente principal, que le conocía bien, un jerezano muy chistoso, decía del señor Cepeda que se pasaba el tiempo cortando papeles para llevarlos al retrete, o haciendo punta a los lápices lo más despacio posible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado.
- Me dan la impresión de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentro de él no se pueden estirar las piernas sin tropezar en algo.
- Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la España del siglo XIX por cultivar la mezquindad.
- Mi asunto marchaba bien.
- Me empezaba a encontrar bien allí.
- Ahí siguen todas esas viejas casas bien agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de pedruscos.
- El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí.
- No se lo explica uno bien.
- Estamos todos bien.
- Pues bien.
- Muy bien.
- ¿Y si les enseño el inglés tan bien como otro profesor?
- Si había ido a pescar calamares con la hija del torrero, probablemente no sería por capricho, sino más bien por necesidad.
- Me chocó que Mary hablase el vascuence tan bien.
- Me preguntó allí, confidencialmente, cómo estaba el padre de Mary, y al decirle que no andaba bien y que no sabía qué iba a ser de aquella muchacha, me dijo.
- Es que la indicación está en vascuence, y no comprendo bien el sentido.
- Está bien.
- Entonces fuí a ver a Cashilda, la mujer de Recalde, e hice un convenio con ella de pagarle un tanto por tener en su casa a Mary, siempre que la muchacha se portara bien.
- Muy bien.
- Sabrá usted tan bien como yo que los vascos nunca hemos sentido gran entusiasmo por el Ejército ni por la Marina de guerra.
- Estaba limpio, bien arreglado y dispuesto.
- El creía, como los hombres antiguos, que el hombre va del bien al mal.
- Que va del mal al bien.
- Usted sabe muy bien, mi oficial, que el hombre que manda durante mucho tiempo un barco de vela, llega a mirarle como una cosa viva.
- Aquí me dijo el primer día, el que cumple vive bien.
- Comíamos bien, teníamos tabaco.
- A él no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque estuviese teñido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien organizado.
- Bien es verdad que, a cambio de esa pequeña molestia de arrancar a los negros algunas piltrafas insignificantes de carne, se les bautizaba, y eso salían ganando.
- Zaldumbide, que conocía bien a la gente, le trataba con gran consideración, y el piloto y el capitán se reemplazaban en las guardias, como iguales.
- El teniente contestó que podíamos atacarlos y vencerlos, porque estábamos bien armados.
- Era cosa bien difícil, porque casi toda estaba en la convalecencia.
- Se podía escapar bien.
- Yo había tomado el camino derecho, y desde entonces me empezó a salir todo bien.
- Si no le parece bien.
- Muy bien puede ser.
- Está bien, muchas gracias murmuró él.
- Muy bien.
- A las cuatro, si le parece bien.
- Para momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a popa, haciendo de espadilla.
- ¡Qué bien han hecho la maniobra! Sí, el barco es bueno dijo el criado.
- La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades del espíritu.
- Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.
- Te lo advierto, para que sepas que soy tu amigo, que te quiero bien.
- Era una escena triste, daba una idea bien miserable de la humanidad.
- Decía Machín padre, rascándose la cabeza como la chica ha quedado en ese estado, yo no sé si estará bien.
- Está bien, señora.
- Conocía muy bien sus procedimientos y sus argucias.
- No pude llegar a comprender bien si en su fondo había un inmenso desprecio o un gran cariño por los hombres.
- Para Wilkins el mal no era más que la cantidad de sombra necesaria para que brille el bien.
- Zaldumbide los trataba bien.
- Estaba bien estudiada la capacidad de aire, la cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infección y los miasmas pútridos.
- Durante la travesía de las Canarias a Plymonth me trataron bien los ingleses.
- All is vell (todo va bien).
- All is vell (todo va bien), podíamos decir también nosotros.
- La noche del viernes navegábamos por el canal de San Jorge, que yo conocía bastante bien.
- Si trabajáis bien os pagaré como a los demás.
- Al último cogió tan bien el viento, que se alejó, dejándonos estupefactos.
- Después de haberle prometido que nos iríamos en seguida, no comprendía bien su malhumor.
- Por algún bien intencionado que le ha dicho a Sandow qué clase de gente somos nosotros y de dónde venimos.
- Regularmente, no, muy bien.
- El señor Smiles traspasó su establecimiento, yo abandoné mi empleo, y, en compañía de Allen, los tres bien armadas, fuimos a Las Palmas.
- En el frente de la decrépita y pobre casa, un agujero indicaba dónde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de él se adivinaban, más bien que se leían, varias letras que componían una frase latina.
- (Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aquí.
- No había manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien.
- Esos son curas, no como los de aquí, que no quieren más que vivir bien y buenas profinas.
- (Los malos pasos de Napoleón, bien los has aprendido).
- A Martín no le pareció bien, porque el pobre oso estaba sin defensa alguna.
- Se trasladó a la madre de Martín a su casa, y fuera que las contusiones y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no estuviese bien atendida, el caso fué que la pobre mujer murió a la semana del accidente de la barraca, dejando huérfanos a Martín y a la Ignacia.
- Bien contestaba él rudamente, haciéndose más el hombre.
- A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzó a levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyó en el caso de hacer locuras, a pesar de sus años, y anduvo de noche entre la nieve y cogió una pleuresía.
- Al principio, el Cacho se defendía bien y remataba el juego con golpes furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzó a hacer faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualó.
- ¡Bien! Corre, Martín gritaba Bautista.
- ¡Muy bien! ¡Muy bien! Hemos hecho lo que hemos podido contestó él sonriente.
- Todo lo que intentaba lo llevaba bien.
- Praschcu era un mocetón grueso, barbudo, sonriente y rojo, que, a juzgar por sus palabras, no pensaba más que en comer y en beber bien.
- Está bien dijo fríamente Zalacaín.
- Éste tenía aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.
- Si cumplís bien, nada os pasará.
- Dentro de un momento vendrá el médico y, si le encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar.
- ¡Hombre! A mí, bien contestó el cuñado.
- A ti quizá no te haya parecido tan bien.
- Nunca fuera caballero De damas tan bien servido Como fuera Lanzarote Cuando de su aldea vino.
- Pero se pagaría bien.
- ¿Todo bien?
- Todo bien respondió la voz.
- Está bien, no hablemos, me voy.
- Está bien.
- A Bautista le extrañaba esta ambición obscura de Martín, porque él era claro y ordenado y sabía muy bien lo que quería.
- Muy bien.
- Aquí hay que hacer como si a uno le fuera indiferente la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.
- Está bien.
- Está bien.
- No había palabra que empleara bien.
- Esperó Martín a que despachara el Señor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbón, con su aire de hombre bien cebado, salió de la ermita, rodeado de su Estado Mayor.
- Estaban bien.
- ¿Quiere usted verlo bien?
- Ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.
- Yo voy bien.
- En este polígono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni campanarios, no parecía aquello un pueblo, sino más bien una fortaleza.
- Está bien dijo refunfuñando el aludido.
- En la enorme chimenea redonda se echaron montones de leña, y los invitados cantaron y bebieron hasta bien entrada la noche, al resplandor de las llamas.
- Creo que no habrá otro que las conozca tan bien.
- Hay que añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la más desarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos años después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame en disposición de poder pasar por persona bien nacida.
- Francamente, yo no considero como ingénito aquel iracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que la ocasionó la desabrida profesión de su esposo.
- Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista.
- Corneta tenga bien provistos los pañoles de la pólvora contestó Marcial señalando al corazón, ya se van a reír esos señores casacones.
- De eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobra a babor, hubiéramos salido victoriosos.
- Aunque bien empleado les está, por andarse en esos juegos.
- ¡Oh!, ¡y qué bien os la jugaron! dijo la dama.
- Entonces yo no los quería bien.
- En la travesía me curaron bien.
- Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos está fastidiando con sus guerras marítimas.
- Bien digo yo añadió doña Francisca, que ese Príncipe de la Paz se está metiendo en cosas que no entiende.
- Pero yo, bien porque la sangre juvenil no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo.
- Pues bien.
- Pues bien.
- Sus grandes ojos más vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble.
- Pero ninguno de estos accidentes me confundió tanto como la transformación de su voz, que adquirió cierta sonora gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me llamaba antes, trastornándome el juicio, y obligándome a olvidar mis quehaceres, para acudir al juego.
- El herido curó, y como Malespina fuese también persona bien nacida y rica, se notaron en la atmósfera política de la casa barruntos de que el joven Don Rafael iba a entrar en ella.
- VI Recuerdo muy bien que al día siguiente de los pescozones que me aplicó Don Francisca, movida del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi amo en su paseo de mediodía.
- Era una aguja imantada, que a pesar de su fuerte potencia y exacto movimiento, no podía hacer navegar bien el casco viejo y averiado en que iba embarcada.
- Pero no recuerdo bien si mi ama desahogó su furor en mi humilde persona, demostrándome una vez más la elasticidad de mis orejas y la ligereza de sus manos.
- A ti todo te parece bien con tal que sea para los dichosos barcos de guerra.
- Bien dicen que ese Godoy es hombre sin estudios.
- Tomé bien la puntería con una de las piezas, dirigiendo la mira a la cabeza del primer soldado.
- La defensa de Boulou, no nos salió bien, porque se nos acabaron las municiones.
- Conservábase muy bien con un específico que inventé, cuya receta tengo en casa.
- Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando un cañón que destruyera de un disparo la escuadra inglesa.
- Como tenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron orgullo que pena.
- Has hecho bien en no seguir su consejo y en venir a la escuadra.
- ¡Ah! Napoleón debiera confiar el mando de la escuadra a algún español, a ti por ejemplo, Alonsito, dándote tres o cuatro grados de mogollón, que a fe bien merecidos los tienes.
- Me parece que está muy bien parlado.
- Su nariz muy fina, de perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara, antes bien, parecía ennoblecer su expresivo semblante.
- Su barba, afeitada con esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía.
- Le acompañaba en tan dulce ocupación un criado de su prima, y en tanto yo, sin libertad para correr por Cádiz, como hubiera deseado, me aburría en la casa, en compañía del loro de Doña Flora y de los señores que iban allá por las tardes a decir si saldría o no la escuadra, y otras cosas menos manoseadas, si bien más frívolas.
- No se les veía la barba, porque la tapaba la corbata, especie de chal, que dando varias vueltas alrededor del cuello y prolongándose ante los labios, formaba una especie de cesta, una bandeja, o más bien bacía en que descansaba la cara.
- La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de la escuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile o fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes alabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailando la gavota.
- Bien haiga quien te puso Rayo decía irónicamente mirando al navío de este nombre, que era el más pesado de toda la escuadra.
- Bien por papá Ignacio añadía dirigiéndose al Santa Ana, que montaba Álava.
- Por la noche no me separé de él, una vez que dejé a mi amo muy bien arrellanado en su camarote.
- Lo que digo es que Dios nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús.
- Y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aquí una lista de nuestros navíos, indicando los desviados, que dejaban un claro, la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados.
- Antes bien, indica el consorcio fecundo de la delicadeza de sentimientos con la energía de carácter.
- No acabó aquella travesía sin hacer, conforme a mi costumbre, algunas reflexiones, que bien puedo aventurarme a llamar filosóficas.
- Pues bien.
- Esto de que las islas han de querer quitarse unas a otras algún pedazo de tierra, lo echa todo a perder, y sin duda en todas ellas debe de haber hombres muy malos, que son los que arman las guerras para su provecho particular, bien porque son ambiciosos y quieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos.
- Y si bien estaba desarbolado de todos sus palos y sin timón, el casco no se conservaba mal.
- Así es que cuando entramos en él se encontraba en situación bien crítica, aunque no desesperada, y flotaba a merced de las olas, sin poder tomar dirección alguna.
- Antes bien, todo su empeño consistía sobre todo en que la oficialidad no conociera la gravedad de su estado, y en que ninguno faltase a su deber.
- Durante el sueño, que debió de ser largo y no tranquilo, antes bien agitado por las imágenes y pesadillas propias de la excitación de mi cerebro, sentía el estruendo de los cañonazos, las voces de la batalla, el ruido de las agitadas olas.
- Sensible es que hecho tan heroico no haya ocupado en nuestra historia más que una breve página, si bien es verdad que junto al gran suceso que hoy se conoce con el nombre de Combate de Trafalgar, estos episodios se achican, y casi desaparecen como débiles resplandores en una horrenda noche.
- Marcial cayó herido, si bien en los primeros instantes apenas sintió dolor y abatimiento, porque su vigoroso espíritu le sostenía.
- Si llegas antes que yo, como espero, di a Paca que el buen marino es esclavo de su patria, y que yo he hecho muy bien en venir aquí, y que estoy muy contento de haber venido, y que no me pesa, no señor, no me pesa.
- ¿No te parece a ti que hice bien en venir?
- Usía ha hecho muy bien en venir.
- Si yo no hubiera apuntado tan bien aquellos cañones, quién sabe, quién sabe.
- En fin, yo creo que he hecho muy bien en venir a la escuadra.
- Yo creo, lo repito, que he hecho muy bien en embarcarme.
- Ellos que lo dicen, bien sabido se lo tendrán.
- Pues bien.
- Pues bien.
- ¿Usted comprende bien lo que quiero decir?
- Manifesté con timidez, arguyéndole más bien por cortesía que porque el asunto me interesase.
- A nuestra derecha quedó bien pronto Rota, Punta Candor, Punta de Meca, Regla y Chipiona.
- Antes bien inclinaba la cabeza con gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos.
- Casi toda la popa estaba hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.
- Bien que cuando uno se muere así.
- De los palos que le daba a mi mujer hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados estuvieron, porque era más mala que las churras, y con un genio más picón que un alacrán.
- Gabrielillo, abrázate conmigo, y apriétate bien contra mí.
- Bien empleado le está el fin que ha tenido.
- Las esperanzas se desvanecían, las sospechas se confirmaban las más de las veces, y el número de los que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bien pequeño, comparado con el de los que perdían.
- En honor del pueblo de Cádiz, debo decir que jamás vecindario alguno ha tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el amplio pabellón de la caridad.
- Pero bien sabía yo que no.
- ¿Te parece bien que hubiéramos pasado por cobardes?
- Esta opinión, que entonces me pareció un desacato a la honra nacional, más tarde me pareció muy bien fundada.
- Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole.
- ¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te conoce el colorete!
- Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de la tierra constantemente removida y bien regada.
- Y el zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata, sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.
- Más bien parecía estucado.
- La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor jugador de bolos, el mozo de más partido.
- Si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones hechas, las factorías establecidas han dado muy buen resultado, y no desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.
- No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de lo mudéjar.
- En cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro, cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba juego de damas, blanco y negro.
- El cuerpo bien torneado se lo ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su beneficio.
- Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes.
- Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho, convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre.
- Después de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide el Evangelio.
- ¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me invita! Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a casa de doña Obdulia.
- Pues bien, oiga usted el secreto.
- En una fonda de la calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa del Marqués de Vegallana.
- Son bien escandalosos.
- Digería muy bien, pero no discurría.
- Conozca bien a esa mujer, psicológicamente, como dicen los pedantes de ahora.
- Sin enterarse bien de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los pecados que la atribuían a ella.
- No veía bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí, estaba mala, iba a darle el ataque.
- Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala contigua esperando órdenes.
- Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella chica.
- Le conocía bien.
- Bien, pero suponiendo ese absurdo.
- Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.
- Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que ella estaba resuelta.
- En muchas batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a coronel de ejército, comandante del cuerpo.
- El coronel contestó que por Dios y todos los santos continuasen viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la misma finca, que sin ellas se vendría a tierra.
- Sabía que su difunta esposa era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
- Unos decían que bien podía ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
- Recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido culpable de todo aquello que decían.
- Yo quiero concluía que mi hija sepa el bien y el mal para que libremente escoja el bien.
- Bien había hecho ella en vivir prevenida.
- El capellán quería dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.
- Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que hablasen, para bien se entiende, de religión.
- Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos que ella conocía bien.
- El desarrollo contenido, la crítica y misteriosa metamorfosis, la crisálida que se rompe, todo eso estaba bien.
- Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada.
- Todo estaba bien.
- Pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías.
- Ana sintió brasas en las mejillas empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de manteca.
- Pero una vez que el siglo estaba metalizado y las muchachas no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los Ozores, pues lo traían de raza.
- Sí, era preciso darle bien de comer, engordarla.
- Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno, ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo.
- El cuidarse mucho, el alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo.
- Pero poco después de comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más despacio y con armónico movimiento.
- Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y de los embutidos caseros.
- Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había recobrado el tipo de la raza.
- Más bien que la de Milo la de Médicis rectificaba el joven y ya sabio Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.
- Bien lo comprendió su tía.
- Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no menos elogios del público que tu palmito y buen talle.
- Pero había cenado muy bien.
- Pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume.
- No he conocido ninguna literata que fuese mujer de bien.
- Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto bien.
- Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones improvisadas.
- Pero estaba muy bien conservado.
- Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había adivinado en Anita tesoros espirituales.
- Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el teatro.
- Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que vamos a hacerte contestaras con una negativa.
- Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien interpretado podía tomarse por un saludo.
- Había allí muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza solía oírse frases como estas.
- Miraba bien.
- Pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser elegido presidente de un Ateneo de infantería, y vístose en la necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de la patria, ser un erudito.
- Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada.
- Se pusieron por unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba demasiado.
- Por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le sentaban bien las levitas.
- Bien sabía su papel.
- Y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja le constaba que no le quería bien ni mucho menos.
- La esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el peligro en la exageración adocenada.
- Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.
- Pues bien, había empezado a minar aquella fortaleza.
- Bien lo había conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y en el sistema de ataque.
- Queriendo tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en corresponderle.
- ¡Quién lo pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si es no es romántico!
- Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la muerte.
- Las prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los asientos, basteada, turgente, blanda y muda.
- Salvo el haberla despertado, todo le había parecido bien.
- Tenía cuarenta años muy bien cuidados.
- Y sin embargo, bien lo sabía Dios, ella le había sido fiel a Mesía, por supuesto.
- Parecían un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.
- Necesitaba la atención para la prosa de la vida que era bien difícil.
- Pues bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas.
- O no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
- Ella misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había vivido siempre.
- Bien se acordaba.
- En el confesonario aprovechaba las palabras familiares que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los libros llenos de retórica.
- Estaba muy bien puesta la comparación.
- Bien, bien, adelante.
- La virtud comienza por un esfuerzo ligero, si bien contrario al hábito adquirido.
- Al día siguiente el esfuerzo era menos costoso y su eficacia mayor por la velocidad adquirida, por la inercia del bien, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De Pas.) La virtud podía definirse.
- De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una rutina.
- ¿Estaba bien absuelta?
- A ellas les solía parecer bien un piropo de un estudiante o de un hortera.
- Bien merecido lo tiene.
- Sin embargo, bueno era ilustrarse, fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo.
- Hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma.
- Decía bien el poeta, pero aquello era muy largo.
- En materia de amor la criada no creía en las clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia.
- ¡Oh de qué manera tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella, pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura, una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía.
- Ha venido un actor de Madrid, Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien.
- Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.
- Esta historia no la sabía bien Obdulia.
- También ella era bien necia.
- No pretendían más que tener bien sujeto al delincuente cogido infraganti.
- No siempre salen bien las corazonadas.
- Bien, vida mía, no serán.
- Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor amigo.
- Entonces vestía don Fermín un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre.
- Él viste bien, eso sí, con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser insignificante.
- Doña Paula con su hábito negro de Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está vestida para todo el año.
- Era suyo, bien suyo.
- ¡Y qué ambición! Bien mezquina, bien miserable.
- Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía.
- Bien está, señorito, bien está respondió la criada, muy seria, con voz gangosa y tono de canto llano.
- ¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor?
- Fermo, yo bien sé lo que me digo.
- Bien lo sabes.
- Si yo conozco bien esta comedia.
- Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él quería, sino lo contrario, añadió.
- Bien hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal hombre, a aquel santo, pensaría mejor.
- Y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy bien a sus hijas.
- Si es preciso sufrir por bien de la fe una prueba terrible, se sufrirá.
- En cuanto al zapatero, que era de los más humildes, aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.
- Pues bien decía Glocester allí no se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca.
- Canteros, albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este fue su pueblo de penitentes bien pronto.
- Comprendió el señor Guimarán que los tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y presentó su dimisión sacrificándose, decía, no a las imposiciones del fanatismo, sino al bien de los niños abandonados.
- Por el bien parecer pidió que en su visita le acompañase otra dama de viso.
- Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las garras de la disciplina.
- Lo pagaríamos en el Lábaro que él inspira y que ahora te trata bien.
- Algunos millones más tenía don Frutos, pero al Vespucio de las Águilas ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.
- El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo.
- A Quintanar le pareció bien la ocurrencia, pero dijo que él se lavaba las manos, por lo que había de irreverente en el propósito.
- Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el brillo y originalidad de las ideas.
- Se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza.
- Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y bien cortadas.
- No podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era agradable, parecía bien y debía ser así.
- Si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba.
- (Eran sus frases) los placeres del mundo pueden ser, para un alma firme y bien alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante.
- Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias como el oro.
- También adornaban las paredes, allí donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples industrias que tienen relación con el comer bien.
- Yo bien sé lo que me digo, y ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de moralidad.
- Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella muy niña y él un adolescente.
- Después de la escena de la Catedral donde creía haber adelantado tanto bien a costa de su conciencia no había vuelto a ver a Obdulia.
- Y aquella mañana, al acercarse a ella para decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado estilo Feuillet pasado por la sacristía Obdulia le había vuelto la espalda y no una vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que non erat hic locus, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.
- ¡Bien, bien! gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y a los acordes de la marcha real (decía el ex regente), que tocaba allá dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor con una corona de azahar.
- Ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno, que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser debajo de una sotana.
- Siempre se le había figurado, por no haberlo pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se les podía abofetear impunemente.
- Aquel canónigo, que tal vez era un poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien podía ser una saludable advertencia.
- Seguía figurándoselo como un escudo bien labrado y fuerte.
- Bien sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos.
- Bien lo comprendió y lo agradeció De Pas.
- XIV Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo absoluto Rege Carolo III, grabado en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza años y más años.
- Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron, a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los hoteles que se construían, de la barriada colonial que se levantaba como por encanto, según El Lábaro, para el cual diez o doce años eran un soplo por lo visto.
- Lo cual demuestra que la civilización bien entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la Vetusta católica de Bermúdez.
- Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón.
- Pero esto no engañaba a los que le conocían bien los más muy a su costa.
- Yo no veo bien.
- Parecía alta, bien formada.
- Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado.
- Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en estas cosas miserables de tejas abajo?
- ¿Te fue bien?
- Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien pronto.
- Mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había vencido, bien o mal, una honra verdadera.
- Empezó bien el comercio gracias a su inteligencia, a su actividad.
- Pagaban bien, derrochaban y comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y caros.
- Demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P.
- El párroco de la Virgen tenía la imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad, su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a la mesa, después de comer bien y beber mejor.
- Se respiraba bien.
- ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba sintiendo él! De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu.
- Bien sabía que les atribuía a él y a su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía.
- Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os ocultéis.
- Bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones.
- Pues bien, ese dinero es mío.
- Pues bien.
- Se enteró bien de las tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí, mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la otra.
- En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por la grandeza de alma.
- Mientras las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.
- únicamente cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad.
- Pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que si mi mujer hipótesis absurda me faltase.
- Pues bien, como decía, al cómplice lo traspasaba.
- Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y bonachona de don Víctor.
- Qué decía! no se entendía bien.
- ¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!
- El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía ya bien, no era malo estar al aire libre.
- Pues bien prosiguió don Fermín nosotros necesitamos toda la verdad.
- No sé explicarlo bien.
- Pues bien, ella de una en otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada.
- Bien contestó la Regenta.
- No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina.
- ¡Ah! Bien, bien.
- Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación.
- Aquel programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y por el tiempo que a su esposa le parecían bien.
- Si la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a trabajar, frase suya, tan bien como cualquiera de esos otros primeros galanes que recorren las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.
- En su lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia o en la Alemania del Norte por lo menos.
- Pero sus íntimos le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que el frío.
- El elemento devoto era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios de Viernes santo, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas.
- Pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.
- No, él no se dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el de su amiga.
- Mientras pensaba en el marido abstracto todo iba bien.
- Hay que estudiarla bien.
- Con un camisolín de su mujer, que simulaba bien o mal un cuello marinero.
- Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el libro con desdén sobre un banco.
- Por que sí, por que él lo necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien, que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén sobre los bancos de la huerta.
- Se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.
- Perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide de apariencias.
- Él no estaba alarmado, bien lo sabía Dios.
- ¿Y los paseos largos que necesitaba para hacer bien la digestión?
- Una intuición singular le decía al ex regente que pagaba bien al amigo su atención llevándoselo a casa.
- Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don Álvaro.
- Fue muy bien recibida.
- ¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo merecía?
- Y don Saturnino Bermúdez, el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas, íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el abdomen.
- Bien sabía Dios que sí.
- Esto de que bien lo sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en Dios.
- Ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas de tejas arriba.
- Bien decía él que estaba completamente solo, que era el único.
- No le quería bien.
- El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe, a doña Paula, que le pagaba bien.
- Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es sentirse bien.
- Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire, Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos.
- Y no iré con ustedes, aunque bien quisiera.
- Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa bien puesta.
- ¡Admitido! ¡Aprobado! Pues bien prosiguió Juanito.
- Pues sabe que en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal.
- ¡Bien, muy bien! dijeron todos, incluso Joaquín.
- La vida, de todas maneras, es bien triste.
- Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y tierno fray Luis de León.
- Sí, bien encendido tenía el suyo Ana.
- Registrándole el baúl, en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos mil reales.
- Todo estaba bien.
- El metal de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía, expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban para el convento.
- Y Ana se sentía bien en medio de la vida.
- El mundo, bien mirado, era un montón de escorias.
- La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba.
- Y bien, lo normal, lo constante, lo que debía ser ya siempre, era aquello.
- Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano sentaba bien, y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos.
- Sí, sí, bien.
- Pues bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes.
- Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas.
- Aunque don Víctor otros veranos, si bien pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora echaba de menos todos los días la frescura de las olas.
- Aquella misma verdura de los árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero causaba ahora hastío.
- Mejor, más valía que alguno lo pasara bien.
- Bien venido fuera.
- Bien venido.
- Si bien seguía creyéndose profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo.
- Sí, sí, pensaba, yo combatiré la inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de esta abnegación.
- Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien calzados.
- La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen grado le hubieran socorrido.
- Pues bien, a ese precio ¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las medicinas que necesita?
- Oh el hombre que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable, merecía la pública execración.
- Esto leyó la Regenta sin entenderlo bien.
- La cosa era bien clara, la religión no podía ser más sencilla, más evidente.
- Por consiguiente, el organista hacía muy bien en declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes bulliciosos a cielo abierto.
- ¡Bien, hombre, bien! Conste que esto no es una abdicación.
- No estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana claridad.
- Déjela usted dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta siempre le sonaba bien.
- Ella procura mi bien por un camino.
- ¡qué sé yo! Bien, pues si todavía se obstina.
- Lo cierto es continuó el ex alcalde que nos exponemos a un desaire, como dice muy bien el presidente.
- Las conozco bien.
- Bien se lo envidiaba Ronzal.
- ¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran.
- Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y.
- Después de esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está allí, en el fuero interno bien sabe él que lo que busca es un rincón de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada navegación por los mares del gran mundo.
- Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté.
- De todas maneras estaba bien don Álvaro.
- Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa.
- ¡Fermín! Bien, bien.
- Pero de no amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura.
- Sí, bien segura.
- Y después que el órgano dijo lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían de arriba como lluvia de flores frescas.
- La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho.
- Laurent decía bien, estábamos nosotros mucho más adelantados que los bárbaros.
- A bien morir.
- Está bien, hija mía.
- ¡ El Ateo llamaba al Magistral para que le ayudara a bien morir!
- Pero dice usted bien.
- Habló mucho y bien don Fermín.
- No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto fijo, pero le sonaba bien.
- No dice bien.
- Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido.
- Benítez es enérgico, habla poco pero bien.
- Esto no iba bien.
- Él lo niega, dice que todo aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis pensamientos y desaires.
- ¿Disimulaba él bien?
- La horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal.
- Está bien así.
- ¿Qué es esta esperanza de un bien incierto?
- Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué nos falta a nosotros en él?
- Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica orilla del Soto, llamada por la voz del ex regente que gritaba.
- Bien a la vista está.
- Aquí se está bien.
- Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no quiere.
- Ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores.
- Pues es bien claro.
- ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?
- Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención muda, intachable.
- Adiós, adiós, dormir bien dijo Ana, detrás de las vidrieras.
- Ana sabía mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos, carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre.
- Ahora bien.
- Ahora bien.
- Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el gallo vetustense ya no podía ser manirroto.
- Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa.
- Teresina saldría pronto bien colocada y entraría ella en su puesto.
- Ella entraría en casa de don Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo que podía pensar.
- Si don Álvaro no se portaba bien, podía ocurrir el caso, llegar la oportunidad.
- Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien.
- Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa.
- ¡Bien temía don Fermín!
- Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención del canónigo.
- Y por fin el Magistral ofreció a la moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a los traidores como tenían bien merecido.
- Pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable.
- Se le antojó que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el silencio de la casa.
- Bien claras estaban en ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición.
- ¡Oh! una venganza bien cumplida.
- ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero no, no se paraba.
- ¡Ay, Ana también va a ser bien infeliz!
- Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de Quintanar apoyada en el hombro del amigo.
- Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te acordarás, creí hacer la felicidad de ambos.
- Pero en último caso, si tan irritado estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu conciencia que bien claro te habla.
- Bien, sí.
- ¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas del alma.
- Aquello había salido bien.
- Tenía la conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto.
- Fue, con la prisa que pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose borrosa en el cielo negro.
- En general, Joaquinito estaba bien enterado.
- Pero decía bien Joaquín Orgaz al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro.
- Callar, vivir, sin hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal vez lo mejor.
- Bien, Ana, bien.
- Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores.
- De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien.
- Pero aquella piedad mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le parecía la religión compatible con el marasmo de su alma.
- Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos.
- Si la bestia anda bien, el camino que queda pronto se pasa.
- Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
- Va bien, va.
- Alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas.
- ¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués de Ulloa?
- Las señoritas, muy bien, muy contentas y muy saludables.
- A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un instante con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego, pues no bien advirtió que venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde.
- El primer día de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse un poco, atendido el polvo de la carretera que traía adherido a la piel.
- Bien, bien.
- Julián abría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda la ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado.
- No está nada bien, no.
- Era esto en Julián aprensión no razonada, que se transformaría en convicción si conociese bien algunos antecedentes de familia del marqués.
- Eran veinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.
- O la señora no había atesorado más desde el robo, o lo había ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.
- Bien ajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesión había pagado religiosamente su impuesto de lanzas y medias anatas, lo disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia.
- él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente las nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercer con inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, no podía.
- Más bien tenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, a quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes.
- Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastró hacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas y jabón.
- Por aquel respeto que profesaba a la carne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria en verdad.
- Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo en limpio de semejante hereje.
- El ama, viejecilla llorona, estorbosa e inútil, que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedades había servido a un canónigo compostelano, y era célebre en el país por su destreza en batir mantequillas y asar capones.
- La monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas.
- A bien que ya le observaban menos, pues la conversación se calentaba.
- Aunque bien mirado.
- Usted bien lo sabe, Eugenio.
- Bien sabe Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habré mirado a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.
- Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con los ojos abiertos de par en par.
- Cinco verdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómo había sido derribada la intrépida bailadora.
- Pero si quiere que le hable con el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está bien maltratar así a nadie.
- ¿No la ha encontrado usted a la vuelta, bien acompañada?
- , y cuando pienso en que esa tunanta me aborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acuden descalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes de aplastarle los sesos como a una culebra! Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y se admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.
- Bien se habla.
- Siquiera aquí, mal o bien, es uno el rey de la comarca.
- Andando bien, tenemos tiempo de coger el coche.
- Bien como el agricultor que ante un terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el estío.
- ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien! ¡A ver con qué cara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas.
- Pero si lo contrario supiese, me guardaría bien de propalarlo, toda vez que yo.
- Todo se le vuelve aconsejar bien a las hermanas.
- Bien sabe usted que sobre lo bueno está lo mejor, y la señorita Marcelina raya en perfecta.
- Las sobremesas eran para él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel, que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes (costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuas inconveniencias del primo con la prima.
- Jamás se atrevía a llamarla por el diminutivo, pareciéndole Nucha nombre de perro más bien que de persona.
- Acerca de Carmen y Manolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba.
- Tan bien informado individuo consiguió encender más recelos en el ánimo del suspicaz señor de Ulloa, bastándole para ello unas cuantas palabritas, de ésas que tomadas al pie de la letra no llevan malicia alguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.
- Cuadra bien, que yo también le iba a pedir que le escribiese al señor marqués de traer quien cocinase.
- Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz de educación adquirido en dilatados años de existencia ciudadana y el consiguiente trato de gentes, así como por aquel bien entendido orgullo de su nacimiento y apellido, que le salvaba de adocenarse (era su expresión predilecta).
- Tampoco allí se encontraba bien.
- Traía del ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil y segura.
- Mujer ésa, bien comprendo que rabia por largarse.
- Ya le he encargado a Nucha que se libre bien de traerme otra cosa más que un varón.
- ¡Horrible familia ilegal, enraizada en el viejo caserón solariego como las parietarias y yedras en los derruidos muros! Al capellán le entraban a veces impulsos de coger una escoba, y barrer bien fuerte, bien fuerte, hasta que echase de allí a tan mala ralea.
- La cocinera enviada de Santiago empezó a malhumorarse, quejándose de que no entendía la cocina, de que la leña no ardía bien, del humo, de todo.
- Pues hay que encargarle unos zuecos bien fuertes, de álamo.
- Salieron de los Pazos tempranito, porque bien necesitaban toda la larga tarde de verano para cumplir el programa.
- Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con su esposa durante aquella temporada de expectación.
- Reapareció a poco pidiendo una taza de café bien caliente, pues con la prisa de venir se encontraba en ayunas.
- Yo bien me figuré que era un disparate.
- Bien mantenida, bien regalada, sin trabajar.
- ¿Y no sería bien dar una vuelta a ver cómo lo pasa la señorita?
- Si tuviésemos privilegio para no pecar, estábamos bien.
- Precisamente me gusta a mí bien poco ese sopor en que cae.
- Porque si me desgracio me echarán la culpa, y si salimos bien dirán que fue milagro suyo.
- No se inventó el modo de escribir al cielo encargando y explicando bien el sexo que se desea.
- ¡Angelito! Lloró bien cuando le pusieron la sal y cuando sintió el agua fría.
- Pues bien, el santo grupo estaba disuelto.
- La cosa era bien clara.
- Bien mirado, él era un extraño en aquella casa.
- Bien decían en el Seminario murmuró con despecho que soy muy apocado y muy.
- Sólo una fiera puede besar a un angelito y no quererlo bien.
- Pero yo no tengo agallas, como dice muy bien el señorito, y ellos pueden y saben más que yo, a pesar de ser unos brutos.
- A bien que el cinco del mismo palo profetizaba después unión feliz.
- Bien presumía antes a cuántos riesgos se exponían Nucha y su hija viviendo en los Pazos.
- Al fin toma esas hechuras extravagantes aun no bien apago la luz y enciendo la lamparilla.
- Que respire bien el vinagre.
- ¡A escotar! Me meto por el monte arriba, y llegando a donde hay unos tojos más altos que un cristiano, me tumbo así (con perdón) y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera (reparen bien) sobre la yerba.
- , que las intenciones bien se las conocí.
- Bien se dejaba comprender que Barbacana no tenía fe en el éxito.
- Sus mismos correligionarios no estaban a bien con él, por conceptuarle más hombre de bufete que de acción e intriga.
- Y como no hay secreto bien guardado entre tres, y menos entre tres docenas, el país y el gobierno supieron pronto la gran noticia.
- Bien entendía que Primitivo estaba entre bastidores.
- Él también porque los candidatos noveles tienen su época de cortejos en que rondan la diputación como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y tratan de lucir sus prendas físicas cuidó algo más de su persona, lamentablemente desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba entonces en el apogeo de su belleza, más bien masculina que varonil, las muñidoras electorales se ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso.
- Bien, eso para la elección importa un rábano.
- Prestando a réditos del ocho por ciento al mes, y más los años de hambre, y metiendo miedo a todo el mundo para que le paguen bien y no le nieguen una miserable deuda de un duro.
- Bien, hombre, bien gruñó, dejémonos de murmuraciones.
- Los aldeanos lo querían bien.
- Julián ponía a Dios por testigo de que deseaba esto último, si bien al pensar qué podía suceder le entraba una hipocondría mortal.
- No habrían transcurrido cinco minutos cuando Barbacana, que por detrás de los visillos registraba el teatro del combate, sonrió silenciosamente, o más bien regañó los labios, descubriendo la amarilla dentadura, y apretó con nerviosa violencia la barandilla de la ventana.
- Al frente de la portada había un grabado, bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba al capellán mucho alivio cada vez que fijaba sus ojos en él.
- Cuando llegares al punto de que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que te va bien, porque hallaste el paraíso en la tierra.
- Bien sabe Dios que no puse nada de mi parte para que Pedro se fijase en mí.
- , bien, paciencia, sería cuestión de tener paciencia, de sufrir, de dejarse morir.
- Andando bien llegarían a Cebre en tres horas escasas.
- Eran pisadas humanas, bien distintas de la corrida de la liebre por entre las hojas, o de los golpecitos secos y reiterados que sacuden las patas unguladas del zorro o del perro.
- Asegura Perucho que no ha sabido jamás si fue el miedo o su propia voluntad lo que le obligó a descolgarse del murallón y descender, más bien que a saltos, rodando, los atajos conocidos, magullándose el cuerpo, poniéndose en trizas la ropa, sin hacer caso de lo uno ni de lo otro.
- Disfrutemos de este bien que siempre nos han dado con tasa.
- Después se entera bien del contenido, y sin embargo no llora, no da señal alguna de pena.
- ¡Qué iglesia tan pobre! Más bien parece la casuca de un aldeano, conociéndose únicamente su sagrado destino en la cruz que corona el tejadillo del pórtico.
- Era un lugar sombrío, aunque le faltasen los lánguidos sauces y cipreses que tan bien acompañan con sus actitudes teatrales y majestuosas la solemnidad de los camposantos.
- Antes bien porque Azorín se duerme a sus roncos sones.
- ¿Hace bien la arrebolera?
- Azorín cree que a Ron le ha parecido bien la nueva casa.
- Ron la tiene bien cogida.
- Pues bien.
- Digo que se ha atrevido, porque también antes de poner los dedos en el teclado parecía irresoluto, bien así como si fuese a cometer una enormidad.
- Y bien cometida.
- Entonces la vieja piensa que ella padece también de asma y que bien puede suceder que un día le falte el aire como a don Pedro Antonio.
- Pero, después de todo, si se piensa bien, puede haber jardines que tengan empalizadas.
- Después le ha parecido bien mirar quién era el autor de este libro, y ha visto que se llama Bergier.
- Y si no le pegaban un bofetón al mozo cacoquímico, como hizo San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el procedimiento me parezca contraproducente).
- ¡Qué bien hacía! ¡ Quién es el loco !
- ¿Usted cree que esta escena está bien preparada?
- Mejor es que le parezcan bien todas las escenas y hasta las tres obras enteras.
- Lo recuerda bien.
- Defendí siempre los derechos e intereses provinciales de una manera que no está bien que yo lo diga.
- No hubiera estado bien no proporcionarle tabaco después de haberle dado de comer.
- El mantel es blanquísimo, y sobre su blancura resaltan los anchos ramos de flores bien olientes y la loba morada del obispo.
- El bien y el mal son creaciones nuestras.
- Y bien.
- Hay algunos a quienes les parece bien la inteligencia.
- Pues bien.
- ¡Ah! La tengo muy bien guardada en casa.
- He amado sin ser amada, y ahora soy amada sin corresponder, bien a pesar mío.
- Pues bien.
- Pues bien.
- Quiero reflexionar, me esfuerzo en hacer una cosa bien hecha, y me desespero y me aburro.
- Las cosas bien hechas salen ellas solas, sin que nosotros queramos.
- ¡Aquellos oradores sí que hablaban bien! exclama este viejo.
- ¿Hace bien doña Teresa?
- Indudablemente, hace bien.
- Pues bien.
- Por esta puerta se entraba a un zaguán, que más bien era pasadizo estrecho, de apenas dos metros de anchura y ocho o diez de largaria, por el que discurre, soterrado, un arbellón que conduce las aguas llovedizas desde el patio a la calle.
- XVI Sin embargo, no parece bien que estando Sarrió en Madrid, yo me acueste tranquilamente sin haberle visto.
- Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de goce.
- Y bien, ¿qué te parece de Ramiro?
- ¡No, no volveré! Y bien, ¿qué le digo?
- Ramiro está muy bien, es hijo solo.
- Y dirán bien.
- Parézcanos bien o mal, nuestra carrera es el matrimonio o el convento.
- ¡Bah! bien abiertos los tienen, sobre todo las mujeres.
- , le digo que la constancia, que la fortaleza está más bien de parte nuestra.
- Pues bien, los casaremos, no sea que se vuelva él.
- Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?
- ¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad! No tienes que decirme más verdad le atajó severamente.
- Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido comadrona.
- Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos casi.
- ¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula! ¿De veras?
- ¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no.
- Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
- Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros.
- Pero y esto sí que lo recordaba bien ahora pero para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y conciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos, amor fecundo siempre.
- Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta.
- ¡bien has trabajado, pobrecilla!
- Pues bien, sí, es cierto.
- Bien he hecho en dejarle.
- No sabes bien qué días tan malos estoy pasando desde que murió la pobre Rosa.
- No sabes bien con cuánta pena te lo digo, pero no pueden continuar nuestras relaciones.
- Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y mira bien por qué lo hago.
- Bastan éstos para bien criarlos.
- Bien está que hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto.
- Pero lo primero es educarlos bien.
- Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?
- Lo sé, lo sé bien.
- Pues bien, mira, Tula.
- ¡Claro que sí! Pues bien, Ramiro.
- Bien sabe aquí Manuela dijo Ramiro que nunca he pensado en abandonarla.
- Sí, sí, bien lo comprendo ahora decía, no ha habido más remedio, pero.
- Y murió como había vivido, como una res sumisa y paciente, más bien como un enser.
- Tengo que estar alerta se decía Gertrudis para cuando en él se despierte el hombre, el macho más bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento.
- ¿No más bien el de él?
- Le observo a usted singularidades que me hacen temer que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
- Muy bien.
- Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
- Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
- Pero cuando supo que don Juan se remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más el corazón.
- Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en conocer la ciencia del bien y del mal.
- Ni ella misma lo sabía bien.
- Que no se equivoque como él se decía, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto y bien alumbrado, a la luz que le sea propia.
- ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la demostración.
- Fíjate bien, hijo le decía y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no debes dejarla.
- Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas.
- ¡Su madre fuiste tú, lo sé bien! Bueno, pero no llores.
- Sí, has dicho eso, te lo he oído bien.
- Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que hayáis de hacer, pensadlo muy bien.
- Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y al porvenir que podía depararle otros y a sus negocios civiles, y Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar.
- ¡Otra tía! exclamaban sus hermanos, y no siempre llevándoselo a bien.
- Bien, bien, tiíta exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso, no te enfades así.
- ¡En efecto, chiquillos! ¿Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho?
- ¿He hecho bien, Tía?
- Lo sé, lo sé muy bien.
- ¡de reina! ¡Muy bien! ¡Ni la Tía.
- Lo sé muy bien.
- Aquí Caridad duerme confiada y hace bien.
- ¿Hace bien.
- ¿Hace bien.