Palabras

Frases que tengan las palabras: cada y vez

Si necesitas ejemplos de frases donde aparezcan los términos cada y vez aquí tienes una lista de oraciones.

Frases con: cada y vez

¿Necesitas buscar frases que contengan las palabras cada y vez aquí tienes ejemplos de oraciones con estas 2 palabras.

Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.

  • Cada cual en su época.
  • Por el contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe exclusivamente actuar.
  • La concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas.
  • Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su opinión.
  • Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos tocar.
  • El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta.
  • Cada día, cada mes y cada año, eran más tórtolos, y se querían y estimaban más.
  • El teatro no lo cataba sino el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se ponía más que los domingos.
  • Se les dejaba concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones de cada uno.
  • Las galeras aceleradas iban trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que pretenden ser signo de cultura.
  • En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada año.
  • Pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas.
  • Doña Isabel estaba siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.
  • A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto ocurriera en la familia de cada una de ellas.
  • Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones.
  • El ser todas de piedra, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles peldaños de palo, como cada hijo de vecino.
  • Gustavito hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué pasaban el tiempo?
  • Porque si cada cual en sí tenía el desarrollo moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban en la edad del pavo, muy lejos de sospechar que su destino les aproximaría cuando menos lo pensasen.
  • Rocas formidables, olas, playa con caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos, helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban cumpliendo.
  • Ni preguntarle a cada momento si era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría hasta el día del Juicio final.
  • Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de pelo.
  • Cada uno por su estilo, aquella pareja valía un imperio.
  • El paisaje era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba los refinamientos de la civilización agrícola.
  • Los campos de viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo que estaban en la adusta Castilla.
  • Es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad.
  • Cada día me pesaba más la carga que me había echado encima.
  • De cada población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos.
  • Iban muy gozosos, deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo.
  • Cada cual tiene su destino.
  • Daba además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital para que emprendiera negocios por sí.
  • El resto de su renta lo capitalizaba Don Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada año, bien amasando para hacerse con una casa más.
  • De aquellos mil duros que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria.
  • Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones.
  • Y Candelaria, que apenas tenía con qué vivir, ¡uno cada año!
  • A cada instante decía Barbarita que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las perlas del Nizán, el gluten de la estrella, las salsas inglesas, el caldo de carne de tortuga de mar, la docena de botellas de Saint Emilion, que tanto le gustaba a Juanito, el bote de champignons extra, que agradaban a Don Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras menudencias.
  • Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre mi asilo el pan de cada día.
  • Diez ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una tómbola.
  • En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
  • Cada país tiene el Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté siempre con una estaca en la mano.
  • Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el temblor del párpado y la mejilla.
  • Naturalmente decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en redondo por ver si aparecía la chuleta.
  • Pasmábase la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantón.
  • Ii Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo.
  • Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en paz a quien no se mete con ustedes.
  • Vadita murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al fin se desplomó sobre el jergón boca abajo.
  • Comprendiendo aquello, el muy tuno ¡abría cada ojo.
  • Cogidos los palillos uno en cada mano, empezó a dar porrazos sobre el parche, corriendo por aquellos muladares, envidiado de los demás, y sin ocuparse de otra cosa que de meter toda la bulla posible.
  • Pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasión nueva.
  • Tú has nacido para un gran oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada día.
  • Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba.
  • Deogracias, Rafaela y Blas han jugado diez reales cada uno.
  • Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra.
  • Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez que los pronunciaban.
  • Al fin venció Semíramis, que resonaba orgullosa marcando sus nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.
  • Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete.
  • La noche avanzaba, y el tránsito se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando a cada instante con la gente que la invadía.
  • Una peseta de premio por cada una.
  • Le frotaban para secarle y sus brazos torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante exclamaciones de admiración.
  • Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando cada cual su queja en los términos más difamatorios.
  • Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por la tierra sin dar un traspié a cada paso.
  • Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para oponerse a las razones de aquel excelente hombre.
  • Cada día más dominado por su frenesí investigador, visitó Santa Cruz diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas, estas al alcance de todo el público.
  • Súpose más tarde que había ido a Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del 73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno soplaba.
  • Su dentadura había salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, donde le daba la gana.
  • ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar.
  • Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar, mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si fueran un programa que había que cumplir sin remedio.
  • Y cuando tomé la medicina aquella que sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar purga un durito o medio durito.
  • Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, lo peor de cada casa.
  • Cada instante estaba preguntando el significado de tal o cual palabra, e informándose de mil cosas comunes.
  • Repetir a cada instante pa chasco es costumbre ordinaria, etc.
  • Estaba muy distraído, y cada vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de su mente.
  • Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano.
  • Y ahora no habrá el realito de vellón por cada toma.
  • Pues si le dijera yo que cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla.
  • Descollaba doña Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a cada instante.
  • Los dos mil duros de doña Lupe crecieron como la espuma en el término de tres años, renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada año desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro.
  • Cada vez que Don Francisco le llevaba dinero cobrado, un problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que se le abrían los poros, y por aquellas vías se le entraba el carácter de Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo.
  • Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento.
  • Cada hermano cobraría nueve mil.
  • La única persona que no participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día le trataba con familiaridad más chocarrera.
  • Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita.
  • Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte.
  • Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la religión, de la dignidad de la familia.
  • Esto para Papitos que está con cada ojo como los de un besugo.
  • No se dio cuenta de que su hermano y Don León Pintado, entretenidos en una conversación interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás.
  • Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía menos.
  • Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.
  • Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a todo el personal del convento.
  • Después de cumplir una condena, lo que ocurría infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras, poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y obediencia que encantaban a las madres.
  • Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una línea de paisaje.
  • Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que borraban.
  • Los hombres, como si no tuvieran bastantes vicios, los inventan cada día.
  • Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las Filomenas, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes, que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas.
  • ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar.
  • Papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y segundo.
  • El juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que decir más que sí.
  • ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás de cada esquina?
  • Patatas y jabón, una arroba de cada cosa.
  • Maxi se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en ella, y la llamaba a cada instante.
  • Cada uno por su lado, beberemos los vientos para impedir que le plantifiquen en las islas Marianas.
  • Desvelados estuvieron ambos largo rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.
  • Desconociendo el motivo de la zaragata, cada cual decía lo que le parecía.
  • Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, y él, mirando con estupidez a sus conductores, repetía.
  • Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los tres juntos van a acabar conmigo.
  • Cada instante se abría la puerta de cristales para dar paso a algún parroquiano (que entraba quitándose la bufanda o desembozándose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos.
  • Teniendo todos la misma manía, cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un día y otro infaliblemente, noticias de crisis.
  • Los amigos que le oían quejarse, comparando la exigüidad de la paga con la muchedumbre de bocas que constituían su familia, le consolaban cada cual a su manera.
  • Cada uno piense como quiera.
  • Después se incautaba con disimulo de todos los terrones de azúcar que podía, y se marchaba a su casa, despidiéndose de cada uno particularmente con apretón de manos a espaldarazo.
  • La ráfaga de ambición que pasa por la mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir si yo fuera poder, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien como sueño que como esperanza.
  • La conclusión de este meneo mental era que aquí lo que hace falta es un hombre de riñones, un tío de mucho talento con cada riñón como la cúpula del Escorial.
  • Llevando cada cual un bocado sabroso al festín de la murmuración pasaban dulcemente las horas, amigos allí, distantes unos de otros en el comercio de la vida ordinaria.
  • Saldrá el hombre que hace falta, un tío con un garrote muy grande y con cada riñón.
  • A pesar de esto, en ciertos pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o las campanadas de incendios que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a última hora le pedían siempre habaneras.
  • A lo mejor se lleva uno cada chasco.
  • ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro más tocada?
  • Cada uno es dueño de condenarse.
  • Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora.
  • Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy.
  • En la cuestión de bucólica, sí que no le ponía tasa, y le recomendaba que trajese siempre lo mejor y más adecuado a cada estación.
  • Pero ella no necesitaba que su señor le hiciera estas advertencias, porque, madrileña neta y de la Cava de San Miguel nada menos, sabía lo que se debe comer en cada época.
  • Cada día más guapa pensaba, y yo cada día más viejo.
  • Hacia los taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren soltar.
  • No me vuelvo atrás de lo que esta expresión indica, pues el buen señor llegó a sentir por su protegida un amor entrañable, no todo compuesto de fiebre de amante, sino también de un cierto cariño paternal, que cada día se determinaba más.
  • Al amanecer, inquieta y rebelde al sueño, oíales hablar y reconocía hasta los gestos más insignificantes que modelaban la personalidad de cada uno.
  • Quizás cada día la conformidad era menor.
  • Habían hecho un reglamento humorístico, del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo.
  • Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de sus cabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía si reír o echarse a llorar.
  • El coche corría por la Cava Alta, y Feijoo se sentía cada vez peor.
  • Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el Cielo.
  • Que cada cual haga lo que quiera.
  • Asomáronse las dos señoras y vieron que en la parte baja de la calle, cerca de la esquina de la de San Carlos, había un gran corrillo que a cada momento engrosaba más.
  • Sentía inexplicable miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocían, figurábase que la conocían todos, y que de cada boca salía un comentario acerca de ella.
  • Segundo, para que la maternidad desgastase un poco aquella hermosura espléndida que cada día deslumbraba más.
  • Pero los achaques le pesaban cada día más, y ya en Abril no salía a la calle sino acompañado de un criado.
  • Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la calle.
  • Pero aquello pasó, y la infeliz volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada palabra.
  • Haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, y Dios verá.
  • Y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos.
  • Mas de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a sí mismo.
  • El tilín sonaba cada vez más cerca.
  • Tenía escalofríos, dolor de cabeza y ganas de bostezar a cada momento.
  • Feijoo expuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muy sesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretón de manos.
  • Tenía el color arrebatado, estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos.
  • Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento.
  • Y entonces vería esa si aquí hay perfecciones o no hay perfecciones, y que cada una es cada una.
  • Guillermina estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a nosotros.
  • Llevaremos cada una nuestro duro, por si piden para el entierro.
  • Cada uno se muere cuando le toca, y nada más.
  • Pero vamos a ver, ¿usted qué se ha llegado a figurar, que estamos aquí entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da la gana, y que no hay ley, ni religión, ni nada?
  • Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.
  • Eres la pesadilla de todas las familias y cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, ¡te echan de dientes adentro cada maldición.
  • Avanzaba tímidamente, deteniéndose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera.
  • Pues ayer refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el acento, pues ayer.
  • Subió por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a otra sin saber lo que hacía.
  • ¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa! Para ti toda afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.
  • Luego en cada comida se atiza una píldora de hierro reducido por el hidrógeno, con extracto de ajenjos.
  • A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.
  • No puedo ver tanta tontería (exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera).
  • Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de coco.
  • Un pensamiento se le salía del magín a cada instante.
  • No es mal nombre si usted se lo quiere dar dijo el pobre chico, exaltándose más a cada palabra.
  • Me parece que no volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.
  • El tenido por justo hace setenta y dos barbaridades cada día.
  • Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada droga.
  • Cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro como en los desafíos.
  • A cada bestia le llega su San Martín repetía, con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no las hicieran lúgubres.
  • Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche.
  • ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada día un desengaño.
  • Le dan dos duros por cada uno.
  • Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se pusiese en otra parte.
  • Con tus misas por la mañana, y el resto del día dando cada sablazo que tiembla el misterio.
  • Cada día más.
  • ¡Cada día! ¿Pero no se va usted mañana?
  • El trabajo de su cerebro era una calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían.
  • A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres.
  • Exclamó Fortunata con toda su alma, es que si no fuera honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y que cada cual puede hacer lo que le da la gana.
  • Pues sí señor, ¡bonita noche! repetía doña Lupe, echando un suspiro por cada palabra.
  • Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el cuarto entresuelo y después el segundo tenían ese revestimiento de una capa espiritual que es propio de los lugares consagrados por la religión o por la vida.
  • Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y parándose a cada instante.
  • ¡Y hay cada agujero!
  • No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque sería el cuento de nunca acabar.
  • Cada una tiene su aquel de honradez.
  • Fortunata encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante.
  • Y que cada uno piense como quiera, pero sin desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley.
  • Daba un sonsonete de autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección.
  • Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él da a cada criatura lo que le conviene.
  • El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos.
  • Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño, y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
  • Las dos somos ángeles, cada una a su manera.
  • Ya me he enterado del artículo de amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como el de una vaca suiza.
  • A donde quiera que mira una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos temerosa de Dios.
  • Pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente.
  • Los alaridos que la madre y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le enderezaba un cañón.
  • ¡pero de qué manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo ver lo que no existía.
  • Segismundo no participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos.
  • Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez más ruidosos.
  • Pepeta, insensible á este despertar que presenciaba diariamente, seguía su marcha, cada vez con más prisa, el estómago vacío, las piernas doloridas y las ropas interiores impregnadas de un sudor de debilidad propio de su sangre blanca y pobre, que á lo mejor se escapaba durante semanas enteras, contraviniendo las reglas de la naturaleza.
  • Pepeta, apoyada en el lomo de su vaca, les veía avanzar, poseída cada vez de mayor curiosidad.
  • Allí se arrodilló, se echó sobre el vientre, para espiar por entre las cañas como un beduíno al acecho, y pasados algunos minutos volvió á correr, perdiéndose en aquel dédalo de sendas, cada una de las cuales conducía á una barraca, á un campo donde se encorvaban los hombres haciendo brillar en el aire su azadón como un relámpago de acero.
  • Cuando toda la huerta dormía aún, ya estaba él, á la indecisa claridad del amanecer, arañando sus tierras, cada vez más convencido de que no podría con ellas.
  • Y mientras ellas, que ya comenzaban á llamar la atención de los mozos de la huerta, asistían con pañuelos de seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas á las fiestas de los pueblecillos, ó despertaban al amanecer para ir descalzas y en camisa á mirar por las rendijas del ventanillo quiénes eran los que cantaban les albaes 2 ó las obsequiaban con rasgueos de guitarra, el pobre tío Barret, empeñado cada vez más en nivelar su presupuesto, sacaba, onza tras onza, todo el puñado de oro amasado ochavo sobre ochavo que le había dejado su padre, acallando así á don Salvador, viejo avaro que nunca tenía bastante, y no contento con exprimirle, hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del arrendamiento.
  • Y el pobre hombre, que consideraba el no pagar como la mayor de las deshonras, volvía á sus faenas cada vez más débil, más extenuado, sintiendo en su interior el lento desplome de su energía, convencido de que no podía prolongar esta lucha, pero indignado ante la posibilidad tan sólo de abandonar un palmo de las tierras de sus ascendientes.
  • Barret se enfurecía cada vez más con el mozo.
  • Los domingos iban como en peregrinación hombres y mujeres á la cárcel de Valencia para contemplar á través de los barrotes al pobre libertador, cada vez más enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.
  • Su vida pasada era un continuo cambio de profesión, siempre dentro del círculo de la miseria rural, mudando cada año de oficio, sin encontrar para su familia el bienestar mezquino que constituía toda su aspiración.
  • Y Dios premió su laboriosidad enviándole cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes, según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir pan á todas horas.
  • En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de pasar meses enteros lejos de la familia, á la que adoraba con el afecto reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó pérdidas y vió su situación cada vez más comprometida.
  • Fué su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en el horizonte.
  • Cada cual que se meta en su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar á nadie.
  • Pimentó, acostumbrado á que le temblase toda la huerta, se mostraba cada vez más desconcertado por la serenidad de Batiste.
  • Cada uno llevaba tras sí un cortejo de guardas de acequia, de pedigüeños que antes de la hora de la justicia buscaban predisponer el ánimo del tribunal en su favor.
  • 11 ¡Judío! ¡Ah! Si él no tuviera sus puños de gigante, las espaldas enormes y aquel gesto de pocos amigos, ¡qué pronto hubiera dado cuenta de él toda la vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se contentaban con hostilizarle desde lejos.
  • La pobre Teresa escuchó á su marido, pálida, con la emoción de la campesina que siente punzadas en el corazón cada vez que ha de deshacer el nudo de la media guardadora del dinero en el fondo del arca.
  • Pasaban los grupos de airosas hilanderas con un paso igual, moviendo garbosamente el brazo derecho, que cortaba el aire como un remo, y chillando todas á coro cada vez que algún mocetón las saludaba desde los campos vecinos con palabras amorosas.
  • Y el mozo, cada vez más triste, más encogido, como un reo convicto que oye su acusación, nada contestó.
  • Las que ya habían llenado sus cántaros sentábanse en los bordes de la balsa, con las piernas colgando sobre el agua, encogiéndolas luego con escandalizados chillidos cada vez que algún muchacho bajaba á beber y miraba á lo alto.
  • Allí cayó Roseta con su cántaro, sin haber encontrado al novio en el camino, á pesar de que anduvo lentamente, volviendo con frecuencia la cabeza, esperando á cada momento que saliese de una senda.
  • Las mentiras fraguadas por los perdidos de casa de Copa, toda una urdimbre de calumnias inventada por Pimentó, que cada vez se sentía menos dispuesto á atacar cara á cara á Batiste, y pretendía hostilizarlo, cansarlo y herirlo por medio del insulto.
  • Instintivamente, movida por el dolor, se agarró también á los rubios pelos de la hilandera, y durante algunos minutos se las vió á las dos encorvadas, lanzando gritos de dolor y rabia, con las frentes cerca del suelo, arrastrándose mutuamente con los crueles tirones que cada una daba á la cabellera de la otra.
  • La luenga caña que el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el cañaveral vecino, siendo una felicidad que el género resultase tan barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas de aquellos pequeños salvajes.
  • ¡Cómo sufría el pobre señor! ¡Él que cifraba los triunfos de la enseñanza en su finura, en su distinción de modales, en lo bienhablado que era, según declaración de su esposa! Cada palabra que sus discípulos pronunciaban mal y no decían bien una sola le hacía dar bufidos y levantar las manos con indignación hasta tocar el ahumado techo de su vivienda.
  • Tan á ciegas iban los golpes, que los demás muchachos se apretaban en los bancos, se encogían, escondiendo cada cual la cabeza en el hombro del vecino.
  • Vamos cada vez peor.
  • A la caída del sol soltaban los muchachos su último cántico, dando gracias al Señor porque les había asistido con sus luces, y recogía cada cual el saquillo de la comida, pues como las distancias en la huerta no eran poca cosa, los chicos salían por la mañana de sus barracas con provisiones para pasar el día en la escuela.
  • El chiquitín cada vez peor, temblando de fiebre en los brazos de su madre, que lloraba á todas horas, y visitado dos veces al día por el médico.
  • Más allá de los puentes, al través de sus arcos de piedra, veíanse los rebaños de toros, con las patas encogidas, rumiando tranquilamente la hierba que les arrojaban los pastores, ó andando perezosamente por el suelo abrasado, sintiendo la nostalgia de las frescas dehesas, plantándose fieramente cada vez que los chicuelos les silbaban desde los pretiles.
  • En torno á cada caballería cuya venta se estaba ajustando se formaban grupos de gesticulantes y parlanchines labriegos en mangas de camisa, con una vara de fresno en la diestra.
  • Y allá fué Monote otra vez, trotando y tirando del ronzal delante del pobre caballo, cada vez más aburrido de tantos paseos.
  • Y el niño siempre igual, con una fiebre que devoraba su cuerpecillo cada vez más extenuado.
  • Allí lloró y lloró, sintiendo con esto un gran alivio, acariciado por las sombras de la noche, que parecían tomar parte en su pena, pues cada vez se hacían más densas, ocultando su llanto infantil.
  • Sintióse cada vez más anonadado por el dolor.
  • Pero cada uno, con hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la enconada persecución, cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño.
  • Cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por enemiga.
  • Dios, que lo ve todo, ya daría á cada cual lo suyo.
  • Algunas viejas se habían apoderado de la alacena, y á cada momento preparaban grandes vasos de agua con vino y azúcar, ofreciéndolos á Teresa y á su hija para que llorasen con más desahogo.
  • Pero los ruegos de su hija y la voluntad de Pepeta pudieron más, y escoltada por muchas mujeres, salió de la barraca con el delantal en la cara, gimiendo, tambaleándose, sin prestar atención á las que tiraban de ella disputándose el llevarla cada una á su casa.
  • Afluía cada vez más gente á la barraca.
  • Y la cabeza, cada vez más fría y lívida á pesar del colorete, movíase de un lado á otro de la almohada, agitando su diadema de flores, entre las manos ansiosas de la madre y de la hermana, que se disputaban el último beso.
  • Cada vez deseaba abarcar más con su trabajo, y aunque era algo pasada la sazón, pensaba remover al día siguiente la parte de terreno que permanecía inculta á espaldas de la barraca, para plantar en ella melones, cosecha inmejorable, á la que su mujer sacaría muy buen producto llevándolos, como otras, al Mercado de Valencia.
  • Los tres valentones pujaban en brutalidad, ansioso cada uno de alcanzar renombre sobre los otros.
  • A cada jugada, alguno de los tres agarraba el jarro, bebía en él reposadamente y lo pasaba á los compañeros, que lo iban empinando igualmente con no menos ceremonia.
  • Los espectadores más inmediatos miraban los naipes á cada uno por encima del hombro para convencerse de que jugaba bien.
  • Comenzaba á acostumbrarse á la atmósfera de la taberna, encontrando cada vez más graciosa la porfía.
  • Por cada guindilla que se comía el otro, el marido de Pepeta se zampaba tres, y así dieron fin á la ristra, verdadero rosario de demonios colorados.
  • Y seguía firme, impasible, cada vez más pálido, con los ojos entumecidos y rojos, preguntando si Copa había ya matado un par de pollos para la cena y dando instrucciones sobre el modo de guisarlos.
  • Y cada cual se imaginaba ver á su amo, al panzudo y meticuloso rentista ó á la señora vieja y altiva, enganchados á la reja, tirando y tirando para abrir el surco, mientras ellos, los de abajo, los labradores, chasqueaban el látigo.
  • Esto es lo que deseaba Batiste, cada vez más pálido, más arrepentido de verse allí.
  • Que perdiese para siempre la barraca donde había muerto su chiquitín, y en la cual cada rincón guardaba un recuerdo de las luchas y alegrías de la familia en su batalla con la miseria.
  • 25 preguntaba Pimentó, cada vez más fosco y amenazante.
  • Quedó revuelta la gente en la plazoleta, rodaron las mesas, enarboláronse varas y garrotes, poniéndose cada uno en guardia contra el vecino, por lo que pudiera ocurrir.
  • Los demás seguían inmóviles, puestos á la defensiva, capaz cada uno de despedazar al vecino sin saber por qué, pero no queriendo ser el primero en la agresión.
  • Pero hacía esfuerzos para sonreir, y á cada excitación de venganza contestaba con un gesto arrogante, afirmando que corría de su cuenta el castigar al enemigo.
  • Cada vez que veía á su marido limpiando los dos cañones del arma, cambiando los cartuchos ó haciendo jugar la palanca para convencerse de que se abría con suavidad, pasaba por su memoria la imagen del presidio y la terrible historia del tío Barret.
  • Y después venían las horas de inquietud por la ausencia de su marido, unas tardes interminables, de angustia, esperando al hombre que nunca regresaba, saliendo á la puerta de la barraca para explorar el camino, estremeciéndose cada vez que sonaba á lo lejos algún disparo de los cazadores de golondrinas, creyéndolo el principio de una tragedia, el tiro que destrozaba la cabeza del jefe de la familia ó que le abría las puertas del presidio.
  • Y Batiste, sereno, firme, sin arrogancia, reía de la inquietud de su familia, mostrándose cada vez más atrevido según iba transcurriendo el tiempo desde la famosa riña.
  • Dejó atrás el pueblo, y según avanzaba Batiste hacia su barraca marcábase cada vez más la hostilidad.
  • Ladraban los perros, cada vez más furiosos.
  • Un brazo de Roseta se había apoyado en su hombro izquierdo, en el mismo sitio donde sufrió el desgarrón de la uña de acero, y en el que ahora sentía un peso cada vez más abrumador.
  • Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible, las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen pronto lo que tenía.
  • La prueba estaba en que podía mover el brazo, aunque cada vez sentía mayor peso en el hombro.
  • Tenía fiebre, agitábase furioso, como si aún corriese por el cauce de la acequia cazando al hombre, y sus gritos asustaban á los pequeños y á las dos mujeres, que pasaron la noche de claro en claro, sentadas junto al lecho, ofreciéndole á cada instante agua azucarada, único remedio casero que lograron inventar.
  • El viento, cada vez más fuerte, trajo hasta la barraca un lejano eco de lamentos y voces furiosas.
  • Pero los oía cada vez más hondos, como si una fuerza misteriosa se llevase lejos, muy lejos, la barraca, y él, sin embargo, permaneciese allí, inerte, sin poder moverse por más esfuerzos que intentaba, viendo la cara de Pimentó junto á la suya, sintiendo en su rostro la cálida respiración de su enemigo.
  • La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso.
  • Y soñando con la inmensa felicidad de volver a casa con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la mujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cada minuto su grito melancólico como una queja.
  • Un martilleo estridente, un incesante trac trac del latón aporreado salía de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas con candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios romanos.
  • Las nueces lanzaban en sus sacos un alegre cloc cloc cada vez que la mano del comprador las removía para apreciar su calidad.
  • Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza.
  • Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguían con dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto que se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plena tarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva.
  • La señora la hizo callar, muy contrariada por el escándalo, y siguieron la marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompía lo monótono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha en qué sitio la habían pellizcado, y sentía un escalofrío de gusto cada vez que ella, ruborizándose, le llamaba animal y descarado.
  • Cada vez estoy más orgullosa de él.
  • El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tienda de Las Tres Rosas, don Eugenio García, el decano de los comerciantes del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, como él decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero, contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo de la honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y cachazudo.
  • Cómo un motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo las tiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores, atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbrado pasaban del aceite al petróleo y de éste al gas.
  • Se comenzaba a decir con expresión respetuosa don Baldomero cada vez que se nombraba al general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.
  • Gustábale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estas hazañas enfurecía al Fraile, haciéndole gritar que aquello era robarle el dinero, y que el mejor día de un puntapié en tal parte iba a poner en la calle al desvergonzado sobrino.
  • Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de cuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cada uno de sus individuos.
  • ¡Qué adoración tan constante la del pobre muchacho! Dos años estuvo lanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos del comercio iba a casa del Fraile.
  • Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias con una frialdad complaciente.
  • Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros e inmuebles cada uno de los hijos del Fraile, y mientras el primogénito se quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto a aumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salir de su estado de tendera.
  • ¡Tengo una liga rota! Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos y protestas, mientras las dos jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando a cada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidas por el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada.
  • Pero fuera de esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las arqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela.
  • La que se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlar con las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar en las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba riéndose toda una semana.
  • Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunas palmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurando que cada vez estaba más gorda y hermosota.
  • A cada cual lo suyo.
  • La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos.
  • Y mientras seguía su curso la conversación, sonaba a cada instante la campanilla de la puerta.
  • Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se dignaba mirarla.
  • El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana, fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpes de bastón en cada peldaño.
  • Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar con la presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados.
  • Y el tío, cada vez más encarnado y alegróte, engullía cuanto le ponían en el plato, y como le llenaban el vaso así como lo dejaba vacío, el resultado era que empinaba continuamente el codo.
  • Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su hermana por tenerle contento.
  • Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente.
  • Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que estaba de su mérito como cocinera.
  • A ti de seguro que no le parece bien dar un duro a cada criado.
  • Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienes el pobre papá cantaba la antigua copla.
  • Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con Miss, cada vez más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían fantásticamente.
  • Además, un novio no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que ella era hija de un doctor famoso según afirmaba la mamá, y los padres de Andresito eran unos ordinarios también según doña Manuela, confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponía conquistar el chico lo allanaría todo.
  • Y la mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar del cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía a cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba con el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores.
  • Cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los que la hipérbole dilatábase hasta lo desconocido.
  • La vida cada vez más cara, las exigencias del rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ¡ay, los hijos.
  • Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo incómoda con la toilette de teatro y estremeciéndose de impaciencia, mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del patio y los tirones que daba a la galerita.
  • ¡Alguna vez había de ser calavera! Y empujado por la muchedumbre, asaltó las alturas, el paraíso de fuego, donde, acoplándose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato, formaba el público un mosaico apretado y sólido.
  • Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cada vez que éste le consultaba, respondía con displicencia.
  • Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez más atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirse dominado por una preocupación.
  • Era una criatura tímida, dulce, encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como pidiendo perdón.
  • Y partiendo del descubrimiento del famoso tupé, fue señalando a su hermana cada bebé por su nombre, riéndose como una loca al ver que el ministro de Hacienda tocaba el violón.
  • Las dos hermanas reían contemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimiento de batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automática y grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una muda sinfonía, que causaba gran algazara en el gentío.
  • Cada vez que, volteando en el aire sus piernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanse risas y berridos.
  • Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura y los chiquillos desertaban en grupos, bucando otras fallas que no hubiesen llegado al período de la agonía.
  • ¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno por lado distinto, encontráronse en lo más alto de su salto.
  • Andresito se afirmaba cada vez más en la realidad de su visión.
  • Unas perchas, según Amparito, a las que caían rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con que las obsequiaba el papá a cada operación afortunada en la Bolsa.
  • Sólo que las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos.
  • Cada día eran más respetados.
  • Además, cada época trae sus costumbres, y no es justo que usted se queje porque las cosas no estén lo mismo que en su juventud.
  • Allí esperaba Juanito la aparición de Tónica, que todos los domingos, por hallarse libre del trabajo, se encargaba de la compra, evitando esta operación a su compañera, cada vez más falta de vista.
  • En el centro del corro los enormes jaulones, donde aleteaban inquietos los pajarracos de la Albufera o los pardos palomos, estremeciéndose a cada descarga, temiendo que les tocase el turno de volar por entre la lluvia de plomo.
  • ¡Oh, qué bien se sentía caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica, distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros, que a cada momento reproducían un rincón del paisaje.
  • Ya se atrevía algunas noches a hacerles tertulia hasta las diez, y como la presencia de Micaela daba a la conversación un tinte de seriedad, Juanito hablaba del comercio, de los triunfos de la Bolsa, de la buena fortuna de su principal, y sobre todo, de don Ramón Morte, su grande hombre, al que cada vez tributaba una adoración más vehemente.
  • Las rocas, una tras otra, fueron desfilando por la plaza, produciendo cada una de ellas una verdadera revolución.
  • Cada roca esparcía el terror y el regocijo a un tiempo.
  • Cada vez que caía un cartucho o un ramo sobre la gente, mil manos se levantaban ansiosas, originándose disputas por su posesión.
  • En fin, cada una tiene su carácter.
  • Doña Manuela experimentaba una profunda conmiseración cada vez que se fijaba en la pobre esposa.
  • Detrás, el señor Cuadros dando el brazo a doña Manuela, apretándola intencionadamente el codo sobre su cadera cada vez que soltaba una palabrita atrevida y contoneándose como un invencible conquistador.
  • decía Nelet entre dientes, sintiendo que cada espasmo de la larga agonía de su Brillante era una verdadera puñalada para él.
  • Al terminar la cena, los dos hermanos salieron, marchando cada uno por su lado.
  • Enamorado cada vez más de Tónica, le halagaba la idea de casarse inmediatamente.
  • La gente abría paso con curiosidad cada vez que algún picador empaquetado sobre la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero.
  • Enfrente, bajo el sol que agrietaba la piel en fuerza de sacar sudor, que hacía humear las ropas y ponía un casco de fuego sobre cada cabeza, enloqueciéndola, estaba la demagogia de la fiesta, el elemento ruidoso que aguardaba impaciente, tan dispuesto a arrojar al redondel los sombreros en honor al diestro, como los bancos y los garrotes en señal de protesta.
  • Las tintas rabiosas de los trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de seda granate que parecían robados de una antigua sacristía, los gigantescos abanicos de papel moviéndose con incesante aleteo, las botas de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas, los gritos, las protestas porque se hacía tarde, todo daba a aquella parte de la plaza un aspecto de locura orgiástica, de brutalidad jocosa.
  • Insistió, cada vez más escandalizado.
  • Cada vez se sentía más alejado de la familia.
  • Juanito, sin dejar de andar, despertó del extraño sonambulismo que le hacía correr en torno de la ciudad, agitado a cada instante por los más diversos pensamientos.
  • El ronquido angustioso del enfermo seguía sonando, cada vez más desgarrador.
  • Doña Manuela levantábase para pasar una mano por la frente sudorosa del enfermo, cada vez más fría, y volvía a ocupar su asiento, mirando a lo alto con una expresión desesperada.
  • Al angustioso movimiento de los pulmones uníanse ahora nerviosos estremecimientos, cada uno de los cuales parecía repercutir en los dos hermanos.
  • Y agitado en su interior por estos pensamientos, avanzaba penosamente, trazando zigzags como si estuviera ebrio, cada vez más pálido y extendiendo sus brazos al pedir mentalmente que lo arrancasen del mundo.
  • Había llegado frente a San Juan, y su mirada, cada vez más indecisa y obscura, se fijó en la célebre veleta, en el pajarraco que doraba el sol, dándole el brillo de un ave del Paraíso.
  • Íbame a su casa a jugar los días de fiesta y acompañábale cada día.
  • Y así luego (aunque señora le rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no aprovechó), mandóme desatacar y azotándome, decía tras cada azote.
  • Las manos como un manojo de sarmientos cada una.
  • Cada zapato podía ser tumba de un filisteo.
  • Decía Cabra a cada sorbo.
  • Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes.
  • Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas, y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez.
  • ¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna.
  • Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos.
  • En todas las imágines decía que rezaba cada noche por sus bienhechores.
  • Cada día traía la pretina llena de jarras de monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas.
  • Porque si hasta agora tenía como cada cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.
  • Un pedacito de un librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas, cosa rica.
  • Y por aquí discurrió, recibiendo ocho reales de señal de cada uno.
  • Y mandándoles que, para decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes, que no hagan los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del vocablo, ni hagan los pensamientos de tornillo, que mudándoles el nombre, se vuelvan a cada fiesta.
  • Y en llegando a ese lugarcito del diablo nos remiten a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe donde cada día en corrillos se hace consejo de estado, y guerra en pie y desabrigada.
  • Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de su desnudez, y con tanto llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el rosario de una carga de leña hecha bolas, de manera que a cada avemaría sonaba un cabe.
  • El soldado echaba a cada suerte doce votos y otros tantos peses, aforrados en por vidas.
  • He ahí para cada uno el suyo.
  • A cada puerco le viene su San Martín dijo el demandador.
  • Acostámonos mi tío y yo cada uno en su cama, que ya había prevenido para mí un colchón.
  • Yo vi el cielo abierto, y en son de entretenimiento para el camino, le rogué que me contase cómo y con quiénes y de qué manera viven en la Corte los que no tenían, como él, porque me parecía dificultoso en este tiempo, que no solo se contenta cada uno con sus cosas, sino que aun solicitan las ajenas.
  • Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sea en pollino por las calles públicas.
  • Traía cada una un real de porte, y eran hechas por él mismo.
  • Y esto hacía cada mes, cosa que me espantó ver la novedad de la vida.
  • Era de ver a uno ponerse la camisa de doce veces, dividida en doce trapos, diciendo una oración a cada uno como sacerdote que se viste.
  • Si vos queréis seguirme, venid, y si no, cada uno a sus aventuras.
  • Cada uno eche por su calle.
  • Y ya tenía para cada cosa su embuste y su trapaza.
  • Lloraba la vieja a cada paso, enclavijaba las manos y suspiraba de lo amargo, llamaba hijos a todos.
  • Echáronnos, en entrando, a cada uno dos pares de grillos y sumiéronnos en un calabozo.
  • Sacábanlos a la vergüenza y cada uno, de puro roto, llevaba la suya de fuera.
  • Llegáronse dos caballeros, cada cual con su lacayo.
  • Cada oveja con su pareja.
  • Y era que hurtábamos niños, cada día, entre los dos, cuatro o cinco.
  • Para cada cosa tenía su precio, aunque, como había otras tiendas, porque acudiesen a la mía, hacía barato.
  • Ciegos me sustentaban a pura oración, ocho reales de cada una.
  • Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desmembramos todos y echó cada uno por su parte.
  • Levantóse entre ellos alarido disforme, y desnudando las dagas, lo juraron poniendo las manos cada uno en el borde de la artesa, y echándose sobre ella de hocicos.
  • Los cincuenta o sesenta alumnos se repartían en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada una.
  • En cada autor francés se le figuraba a Hurtado ver un señor cyranesco, tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal.
  • Por las mañanas, cuando bajaba la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrés.
  • Después de las fiebres Luisito quedó débil y a cada paso daba a la familia una sorpresa desagradable.
  • En este curso, Andrés se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya bastante viejo, a quien cada año de carrera costaba por lo menos dos o tres.
  • La inacción, la sospecha de la inanidad y de la impureza de todo arrastraban a Hurtado cada vez más a sentirse pesimista.
  • Cada cual debe hacer lo que quiera decía.
  • ¡Ous, figues! Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada momento decía.
  • La sabiduría del judío se comprende cada vez más que se insiste en este punto.
  • En el patio seguía cantando el canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes.
  • La traían en carros desde una distancia de cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos.
  • Antes éramos ricos se dijo cada alcoleano.
  • Cada ciudadano de Alcolea se sentía tan separado del vecino como de un extranjero.
  • Sus tierras se extendían cada vez más, y él se colocaba entre los ricos.
  • Tenían frases hechas, que las empleaban a cada paso.
  • Los días iban sucediéndose a los días y cada uno traía la misma desesperanza, la seguridad de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por una mala inteligencia.
  • El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga.
  • Cada hombre no es una estrella con su órbita independiente.
  • Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron del café y cada cual se fué a su casa.
  • Cada uno vive como puede.
  • ¡Yo que siento este desprecio por la sociedad se decía a sí mismo, teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que me alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a doscientos hijos de familia! Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte también para que el que se lo había dado no le considerara como un fatuo.
  • Mientras el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, degenerando cada vez más.
  • Cada instinto subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su gendarme.
  • Cada ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones de mujeres.
  • Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras, y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta.
  • Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de su casa.
  • Cada vez trabajaba con más gusto.
  • El que se encontraba cada vez peor era Andrés.
  • Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba al médico a cada momento.
  • Con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.
  • Y como iba tentando si era allí el mesón, adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de un cuerno, y con un gran sospiro dijo.
  • Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días.
  • Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo.
  • Y tomo uno y dejo otro, de manera que en cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco.
  • Pues ansí, como digo, metía cada noche la llave en la boca, y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella.
  • Tanta lástima haya Dios de mí como yo había dél, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día.
  • Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco y asentóseme al lado, y comienza a comer como aquel que lo había gana, royendo cada huesecillo de aquéllos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
  • Acuérdome que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise ponerle las manos, porque cada vez que le topaba me decía.
  • Y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos.
  • Una lechuga murciana, si era por el tiempo, un par de limas o naranjas, un melocotón, un par de duraznos, cada sendas peras verdiniales.
  • Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís.
  • Basta poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.
  • Cada paso en el camino de la vida lo llevan contado y calculado.
  • Ilustración La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
  • De cada cosa de éstas, mi abuela, o mi tía Úrsula, podían hablar media hora.
  • Lo que más me chocaba y admiraba de toda la sala era una pareja de chinitos, metidos cada uno en un fanal, que movían la cabeza.
  • Las olas verdes y mansas iban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez más cerca de nosotros.
  • La posibilidad de ir a explorar la gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez mayor.
  • La hostilidad entre los dos se hizo cada vez mayor.
  • En su cabeza, cada idea tosca y primitiva lleva como atornillada una serie de cuentos y de chistes.
  • ¿para qué hablar, si por cada palabra mía ellos soltaban diez o doce?
  • Cada edad tiene sus preocupaciones.
  • Discutían los tres para demostrar que sólo lo que cada uno de ellos decía era la verdad, y me preguntaron mi opinión.
  • Sobre las dunas de la playa de las Ánimas la vegetación se hace cada día más tupida, y van llegando las praderas y las heredades de Izarte hasta el borde mismo de la cornisa.
  • Mi tío marchaba cada vez peor.
  • Llovía cada vez más fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la Egan suguia.
  • Unas cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para las hamacas, colgadores para cada uno de nosotros y los cofres de cinc.
  • Yo me figuro que Zaldumbide debía quedarse con más de la mitad de la ganancia en cada expedición.
  • Cada cual tenía su vicio.
  • Cuál de nuestros pueblos era mejor, y llegábamos hasta contar las casas que había en cada uno.
  • Se temía el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que eran muchos en aquellas costas, huían de todo buque, temiendo encontrar en cada uno un crucero inglés.
  • Cada cual se llamaba como le parecía.
  • Cada libra se pagaba a cuatro y cinco libras esterlinas.
  • En seguida el piloto nos mandó encender la linterna de la Santa Bárbara, bajamos al pañol de las armas y de la pólvora y tomamos cada uno nuestro rifle y cartuchos en abundancia.
  • Además, nos explicó lo que cada uno podía alegar en su propia defensa.
  • Ella no le hacía por ahora el menor caso, pero él la perseguía y la asediaba cada vez con más ahinco.
  • Las velas se teñían por el rojo sol naciente y se hinchaban cada vez más.
  • La brisa era cada vez más débil.
  • Hubo que comprar una rueda de rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de Quenoveva y al niño de la Cashilda.
  • Después de cada baile, en que yo me cubría de gloria con gran risa de Mary, dábamos una vuelta por la Alameda.
  • Los dos hombres, dejándome a mí atado y con la boca tapada, cogieron cada uno un remo y, apalancando en las paredes y remando, llevaron el barco hasta las puntas.
  • Si las señales son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de ir avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las puertas de sus casas.
  • Cada patrón echa su cartoncito en el lado de la lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros.
  • La mañana iba poniéndose cada vez peor.
  • El aspecto del mar iba siendo cada vez peor.
  • El mar seguía cada vez más furioso.
  • Yo, en el estado de pesadez que me encontraba entre los vapores del alcohol y el humo del tabaco, perseguía estas melodías atropelladas, monstruosas, que salían de la filarmónica y que iban cambiando a cada instante.
  • Cada cual buscaba el entretenimiento más en armonía con sus gustos e inclinaciones.
  • Siempre había gran vigilancia en esta galería, y las rondas circulaban por ella cada cuarto de hora.
  • Como los presos estaban aburridos de su inacción, cada cual buscaba el mejor modo de entretenerse.
  • Cada uno llevaría su ropa, una lima y cuatro o cinco chelines en una bolsa, todo envuelto en un trozo de tela impermeable, formando un paquete, atado a la espalda.
  • Vamonos de aquí nos decía a cada paso.
  • Creo que lo mejor les dije a uno y a otro es que cada cual tire por su lado, y luego nos reuniremos en Francia.
  • El capitán Sandow estaba cada vez más brutal y más despótico con su hija.
  • Yo cada día me siento más indolente y más distraído.
  • Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda decía.
  • Llevaba cada una un cestito de flores, hacían una escobilla con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lápidas en donde estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con rosas y con azucenas.
  • Linda se abrazó al oso y hacía que luchaba con él, pero el domador tiraba a cada paso de una cuerda atada a la nariz del plantigrado.
  • A cada jugada maestra del navarro, los señoritos y los carlistas aplaudían entusiasmados.
  • Bautista gritaba irónicamente a cada paso.
  • Cada cual fué a acostarse donde pudo, y Martín le dijo a Bautista en francés.
  • El extranjero y Martín tenían cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos.
  • El extranjero, la señorita y Martín se guarecieron cada uno detrás de un árbol y se repartieron los cartuchos.
  • En pagarés de mil duros cada uno.
  • Si cobra usted advirtió de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras.
  • Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenían que ver y estar consultando a cada paso lo que podía comprometerles, Bautista, que tenía magnífica memoria, se la aprendió de corrido.
  • Cada pueblo del tránsito le parecía una estación de calvario para su estómago hambriento.
  • Cada minuto le parecía un siglo.
  • Lo malo era que aclaraba cada vez más.
  • Un ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada cual se aprovechaba cuando podía.
  • Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año, y alguna escaramuza cada mes.
  • Junteme con la gente más perdida de aquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé cómo ni por qué motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallándonos cierto día en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina que hacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo.
  • La culpa de tu obstinación en ir a la escuadra añadió la dama cada vez más furiosa, la tiene el picarón de Marcial, ese endiablado marinero, que debió ahogarse cien veces, y cien veces se ha salvado para tormento mío.
  • Cada uno a su puesto.
  • Todos jurábamos como demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedo para contestar al ataque.
  • A todo esto, las otras tres fragatas enemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada una de las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento.
  • Quede, pues, cada cual en su lugar.
  • Es preciso que cada cual quede en su lugar.
  • Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesia del Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicó lindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tan devotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas que revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora.
  • ¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando cada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que remataba la operación en poco tiempo.
  • Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios sobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados, animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.
  • (Rumores.) Dice también que no hará señales y que todo lo espera de cada capitán.
  • Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana.
  • Comprendiendo que la destreza había de suplir a la fuerza, economizaba los tiros, y lo fiaba todo a la buena puntería, consiguiendo así que cada bala hiciera un estrago positivo en los enemigos.
  • Rindiose el San Juan, y cuando subieron a bordo los oficiales de las seis naves que lo habían destrozado, cada uno pretendía para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto.
  • Por lo que oí, pude comprender que a bordo de cada navío había ocurrido una tragedia tan espantosa como la que yo mismo había presenciado, y dije para mí.
  • La mar, cada vez más turbulenta, furia aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable voracidad pedía mayor número de presas.
  • Pues vete con esas razones a Paca, y verás lo que te contesta replicó él cada vez más agitado.
  • Pero a pesar de esto y de su avanzada edad, que frisaba en los cincuenta y seis años, como se hallaba en buen estado, no parecía correr peligro alguno, pues si el vendaval era cada vez mayor, también el puerto estaba cerca.
  • Lo cierto es que nos envolvió y nos dividió y nos fue rematando barco a barco de tal modo, que no podíamos ayudarnos unos a otros, y cada navío se veía obligado a combatir con tres o cuatro.
  • En las calles ocurrían a cada momento escenas de desolación, cuando un recién llegado daba cuenta de los muertos que conocía, y nombraba las personas que no habían de volver.
  • Mi corazón, al aproximarme a la casa de Doña Flora, palpitaba con tanta fuerza, que a cada paso me detenía para tomar aliento.
  • Cada vez se crecía ella más ante mis ojos, y cada vez me encontraba yo más humillado ante la doble superioridad de su hermosura y de su clase.
  • Si él hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un delantero, y sabía su oficio, huir de los mainates de Vetusta.
  • No renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de la ambición a largo plazo, propias de la juventud.
  • Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona, era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
  • Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba en El Lábaro, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de haberlos leído.
  • En ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era todo un monumento.
  • Frente a cada una de estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento de colocarse enfrente de ellos.
  • Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka) repetían.
  • Uno tras otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de cada día.
  • Si llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el Palomo hacía un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a su casa.
  • Cada día un perifollo nuevo añadió el Arcediano.
  • Ya empezaba a usarse el nombre de Presidente y pronto habría nombre distinto para cada cual.
  • Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo los días fastos y nefastos, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y cuándo no.
  • Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno pensaba ¡pero en una catedral! El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
  • La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza la libertad de los demás.
  • Prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero.
  • Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las conspiraciones cuestan caras al que las paga.
  • A los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una parte.
  • Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
  • A pesar de que Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante, en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como un buen animal doméstico.
  • Fuera por lo que fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos libre pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez pasos.
  • De cada concepto amoroso y rítmico brotaban enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.
  • Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana que estaba a los pies de su butaca.
  • Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la sobrinita de sus pecados, como ella decía.
  • Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que prohibir a su novio formal el futuro esposo hacer el amor a la huérfana, a lo menos en presencia de su futura.
  • Cada vez que faltaba a su propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de remordimiento, como el del artista que se equivoca.
  • Su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más solemnemente las viejas.
  • Pues cada día le encontraría más gracia.
  • ¡Hasta en latín sabe maldecir el pillastre!, pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios que le costaba aquel enemigo.
  • Por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le sentaban bien las levitas.
  • Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo diría.
  • Cada cual a su asunto.
  • Cada mueble le contaba una historia en íntimo secreto.
  • Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase.
  • Ella, sin embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones anteriores, menos las de Mesía.
  • Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones humorísticas que ya no hacían reír.
  • La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el espíritu de aquella loca al positivismo vulgar, y había atajado las demasías eróticas de su fantasía juvenil.
  • Al anochecer, hora en que dejaban el trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era difícil andar sin pararse a cada tres pasos.
  • Cada cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho algo útil, de haber trabajado.
  • El catalán finge que se deja seducir por aquellos ojos y en cada vara rebaja un perro chico.
  • Cada cual, según su imaginación, atribuye a los que pasan la figura que quiere.
  • Así se explica aquel entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto.
  • Ana creía ver en cada rostro la llama de la poesía.
  • Paco padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
  • A cada paso tropezaba con un mueble.
  • A la tertulia de la Marquesa cada cinco o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno.
  • Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla.
  • Por un acto de fe, aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la vida.
  • Después el rosario con su coronilla, un padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial.
  • Cada vez que necesitaba repetir lo de.
  • Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba como siete.
  • Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor de un desaire.
  • Le era muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban estrechaban los lazos de una amistad incipiente que amenazaba ser íntima y duradera.
  • Ana los vio juntos, los dos altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según su género.
  • Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando, contentos, sin ceremonias, que eran excusadas en casa de doña Rufina, pasaron al comedor.
  • En cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras, jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y un gran sofá arrimado a un testero.
  • Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella, reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo.
  • Claro, como allí cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.
  • XIV Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura, revelando su origen en el ablativo absoluto Rege Carolo III, grabado en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza años y más años.
  • Sin embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos cada cual le acababan de ver al lado de la Regenta.
  • También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.
  • Deben de ser dos, pensó el Magistral, que cada vez que veía al animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.
  • Cada vez más cerca.
  • Las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y volvían a aparecer, cada vez más pequeñas.
  • Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre, gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a aprender latín con el cura de Matalerejo.
  • Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.
  • El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable.
  • ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba sintiendo él! De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu.
  • Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro del otro para encontrar el secreto.
  • Ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no quería caer.
  • Cada palabra iba cubierta con un velo.
  • En opinión de la dama vetustense, en general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.
  • En Madrid y en el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día.
  • Vuelta a leer, y cada vez el libro sabrá mejor, y dará más frutos.
  • Cada cual buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.
  • Cada cual se iba al agujero de costumbre y era de oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa de Visita los que la favorecían una vez por semana honrando sus salones, que eran sala y gabinete.
  • Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle.
  • Su don Víctor, a quien en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día.
  • Y cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a ser, en cuanto mejorase el tiempo, una beata en el sentido en que el Magistral lo había solicitado.
  • Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la plaza por sorpresa.
  • Quintanar, en cambio, le abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado, como él decía, de aquel hermoso figurín.
  • Aquel anhelo villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la confitería.
  • La inercia de Ana le presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.
  • Y a veces se me antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por probarme a mí misma la presencia de Dios?
  • Entraba y salía a cada momento en la alcoba de Ana.
  • Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo.
  • Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila.
  • Pero él había seguido hablando de su despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y en el aliento.
  • Cada cinco años se hacía una levita, cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso.
  • Cargos gratuitos los desempeñaba siempre que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición, sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo.
  • Don Pompeyo, más abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar o no chocar tres bolas de marfil.
  • Allí oía el nombre de Dios a cada momento, pero en términos que no le parecían nada filosóficos.
  • Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de La Cruz Roja había empezado a labrar su ruina, iba sintiendo cada día más vacilante el alcázar de su fe.
  • No le agradaba verle cada vez más enfrascado en el aguardiente y el cognac.
  • Cada paso era un triunfo.
  • Le costaba lágrimas cada bocado.
  • Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le cuenta sus culpas.
  • Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa.
  • Que cada cual barría para adentro.
  • En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar.
  • En la panera dormía Ramona, aldeana, y cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón deleznable que subía al techo.
  • La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves.
  • Crespo subía una vez cada tarde a verla.
  • Porque fray Luis de León me enseñó en su Perfecta casada que en cada estado la obligación es diferente.
  • El Magistral, perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire.
  • Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada momento que tenía.
  • Y se quedara delgado, delgado, y cada vez más florido.
  • Después se secaban las raíces, el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas, venían al suelo con la leña seca.
  • Cada día encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas finitas.
  • Necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que el alma penetra, pero.
  • Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente.
  • Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y hembra.
  • ¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en Palomares enamorado de la ministra?
  • Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal suerte, que el peligro cada día era mayor.
  • Don Víctor estaba cada día más triste.
  • En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable.
  • Cada cual hacía lo que quería.
  • Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de formas llenas, fuertes y armoniosas.
  • Yo soy tan católico como el primero, esta era su frase cada vez que decía alguna herejía o algo parecido.
  • No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires disimulados.
  • Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero Kempis seguía cubierto de polvo entre libros profanos.
  • Y cada día se encontraba más incapaz de oponerse a la perniciosa influencia.
  • En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente.
  • Cuando creían conocerse uno a otro hasta el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción que cometía callando lo que callaba.
  • En vano pensaba esto, porque agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia.
  • Pero la tentación cada día más formidable.
  • Lo que pudiera traer una solución al terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y de la eternidad pura de su pasión, eso amaba.
  • Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de gente, de enemigos del Magistral.
  • Requiescat in pace, decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada oración.
  • ¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso.
  • Pero llegaba la ronda y el racimo de pillos se deshacía, cada cual corría por su lado.
  • ¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más antipática, y más servicial.
  • Cada cual ofreció traer a quien pudiera.
  • A cada momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la camisa y lo que él llamaba mi pescuezo cuando apostaba la cabeza por cualquier cosa.
  • Se dejaban caer sobre su silla respectiva, como si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo.
  • Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono vetustense, decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y cada vez más cerca de la jamona.
  • Supo hacerse el interesante, lo cual poco trabajo le costaba tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle, más encantos diabólicos.
  • A esta modestia material y grosera le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme.
  • Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro.
  • Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios extraviados.
  • Vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.
  • ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla! Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el corazón como un dardo envenenado.
  • Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don Carlos el libre pensador venían a atormentarla a cada instante.
  • Los escalofríos que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de cuando en cuando.
  • ¡Pero había cada pillo todavía! ¿Y la amistad?
  • Pero no sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en aquella exhibición anual la pícara vanidad.
  • A cada paso creía caer sin sentido.
  • Hay parejas que se juntan por costumbre, por deber, pero se aburren como si cada cual estuviese en el desierto.
  • Allí hemos dormido, cada cual con entera independencia, más de veinte personas advirtió Álvaro.
  • Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo.
  • A buscarlas cada cual por su lado.
  • Oh, cada vez que me acuerdo se me crispan los.
  • Repetía a cada instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.
  • Otras veces, las más, los ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se decían amores, cada vez más elocuentes.
  • Pero, además, solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días.
  • Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía.
  • Ana se encontraba, sin buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro, apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada semana.
  • Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio.
  • Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos, más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las propinas y encareciendo las caricias, pero al fin amores señoritos, que la tenían orgullosa.
  • Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse y se había quedado solo en el comedor para dar el ataque a Petra y proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de amos.
  • Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra consentía en salir de la casa.
  • Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo.
  • Cediendo cada cual un poco de su tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y vil.
  • Cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del pacto.
  • Sí, de todo corazón, más cada día.
  • Volvió a pasear y volvió a escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
  • Veinticinco pasos, pudiendo avanzar cinco cada cual.
  • Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían enfermedades nuevas cada vez.
  • Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en cada mano una botella cubierta de polvo y telarañas.
  • Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceaban inertes, a cada movimiento de su madre.
  • Arrodillóse, y rezó la media corona, contando por los dedos de la mano cada diez.
  • Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud aprendidos de su madre, que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par de calcetines una manzana camuesa cogió fama de seminarista pollo, máxime cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara.
  • Quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa.
  • A cada paso se le confundía más en la cabeza toda aquella papelería trasconejada.
  • Su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cada paso.
  • Tomábase el trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de los cultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, las bodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincón.
  • Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible, encogiéndose de hombros.
  • Cada superfluidad que intentaba suprimir, la declaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa.
  • Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba al pobre presbítero.
  • Y se endiosaba, y tardaba un buen rato en bajar, entreteniéndose en arreglar cosas que no estaban revueltas, o poniéndose de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota, alardeando de una confianza que Julián, cada día más reservado, no autorizaba en modo alguno.
  • ¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tarde hermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese, deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardó mucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tan oportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de la gaita, bombo y tamboril, a la luz de los fachones de paja de centeno encendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijos patronales.
  • Pero a mí me están embromando también a cada rato con las primas.
  • Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que quiere.
  • Cada cual dice lo que se le antoja.
  • ¡Dios sobre todo! murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
  • ¿Soy estúpido acaso para no ver que esa desvergonzada huye de mí, y cada día tengo que cazarla como a una liebre?
  • Pero en vez de cargar ambos objetos a hombros, entregó cada bulto a un mozo de campo, diciendo lacónicamente.
  • Cada pie suyo parecía una lancha, cada mano un mazo de carpintero.
  • Lo cierto es que, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel, cada niña se escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento al forastero y platos selectos para la mesa.
  • Francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí muy simpáticas, yo, puesto a escoger, no lo niego.
  • Temblaba como la hoja en el árbol, y al través de sus crispados nervios corría a cada instante el escalofrío de la muerte chiquita, no por miedo razonado y consciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado.
  • Desde que se armó la revolución y andan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites en el país.
  • Parecía que con la joven señora entraban en cada rincón de los Pazos la alegría, la limpieza y el orden, y que la saludaba el rápido bailotear del polvo arremolinado por las escobas, la vibración del rayo de sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las espesas telarañas no lo habían dejado penetrar desde años antes.
  • Nucha le plantó un beso en cada carrillo.
  • La cría de las golondrinas piaba dulcemente en sus nidos, cobijados en el sitio más favorable, tras el blasón de los Limiosos, repetido en el capitel de cada pilar en tosca escultura tres peces bogando en un lago, un león sosteniendo una cruz.
  • Cada tablón en que sentaban el pie se alzaba y blandía, descubriendo abajo la negra profundidad de la bodega, con sus cubas vestidas de telarañas.
  • Que se largaba cada pedazo del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia.
  • A pesar de la asiduidad en la labor, no se desmejoraba, al contrario, parecía que cada pasito de la criatura hacia la luz del día era en beneficio de su madre.
  • Figurábasele este culto mariano muy adecuado a las circunstancias, por la convicción cada vez más firme de que Nucha era viva imagen de Nuestra Señora, en cuanto una mujer concebida en pecado puede serlo.
  • Cada vez se me pone más débil.
  • Además, la señorita Carmen estaba cada día más chocha por su estudiante, y se creía en el pueblo que, si don Manuel Pardo negaba el consentimiento, la chica saldría depositada.
  • Fue una penitencia enseñarle el nombre y uso de cada objeto, aún de los más sencillos y corrientes.
  • Aunque le disparen al oído un cañón de a ocho no se mueve haría a cada paso escenas por el estilo si no me dominase.
  • Pero mire usted, en cada tiempo hay su legua de mal camino.
  • Antes de arrodillarse, cerraron las maderas de la ventana, para evitar que la ojeada fulgurante del relámpago les deslumbrase a cada minuto.
  • Las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y tono ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
  • No se sabe lo que aquel galopín discurría para encontrar a cada paso cosas nuevas, ya fuesen flores, ya pajaritos vivos, ya ballestas de caña, ya todo género de porquerías, que era lo que más entusiasmaba a la pequeña.
  • Desde que madrugando había visto a Sabel salir del cuarto de don Pedro, dábale un vuelco la sangre cada vez que tropezaba al chiquillo y notaba el afecto con que lo trataba Nucha a veces.
  • Y cada quince días o cada mes, se agitaban, se debatían, se querían resolver definitivamente cuestiones hondas, problemas que el legislador, el estadista y el sociólogo necesitan madurar lentamente, meditar quizás años enteros antes de descifrarlos, y que una multitud en revolución decide en pocas horas, mediante una acalorada discusión parlamentaria, o una manifestación clamorosa y callejera.
  • Afirmábase también que las señoritas de Molende estaban ocupadísimas construyendo cartucheras y no sé qué más arreos bélicos, y a cada paso recibían secretos avisos de que se iba a practicar un registro en su casa.
  • Mas, por necesidad estratégica, representaba y encarnaba cada cual una tendencia y un partido.
  • Cada viaje era una viña para el bueno del secretario, y muy beneficioso para los suyos.
  • Día y noche estaba el insigne cacique atravesado en la carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba más dudosa, más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar, prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se largaba de entre las manos.
  • Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dará cuenta de ellos.
  • Tardó aún cosa de dos minutos en recobrar la expedición de la lengua y en poder escupir al ventarrón, cada vez más desencadenado y furioso, una retahíla de injurias contra los infames calumniadores del partido de Trampeta.
  • Iba la criatura saliendo de esa edad en que los niños parecen un lío de trapos, y sin perder la gracia y atractivo del ser indefenso y débil, tenía el encanto de la personalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos y conciencia de sus actos.
  • Cada uno de estos grandes progresos en el camino de la vida era sorpresa y placer inefable para Julián, confirmando su dedicación paternal al ser que le dispensaba el favor insigne de tirarle de la cadena del reloj, manosearle los botones del chaleco, ponerle como nuevo de baba y leche.
  • Preocupado y de peor humor a cada instante, torcía el gesto cuando algún cura entraba en su despacho frotándose las manos de gusto, a noticiarle adhesiones, caza de votos.
  • Estos señores se vuelven cada uno a su casa.
  • Al frente de la portada había un grabado, bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba al capellán mucho alivio cada vez que fijaba sus ojos en él.
  • También él había tenido y tenía a cada instante miedo, miedo cerval, no sólo por la niña, sino por la madre.
  • Cada vuelta de la rueda les alejaría de los tétricos Pazos.
  • La mesa y el cuarto en general atraían a Perucho con el encanto que posee para la niñez lo desordenado y revuelto, los sitios en que se acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montón de objetos es un mundo desconocido, un depósito de tesoros inestimables.
  • El ángel malo y el bueno le tiraban cada uno de una oreja, y no sabía a cuál atender.
  • Ciernen la claridad del sol pardos crespones cada vez más densos.
  • Y junto a éstos, a cada lado, otros dos más pequeños.
  • Encima del cantarero se yerguen cuatro cántaros, y encima de cada cántaro, acomodadas en su ancha boca, cuatro alcarrazas que rezuman en brilladoras gotas.
  • He aquí dos o tres seres humanos que viven en un caserón oscuro, que van enlutados, que tienen las puertas y las ventanas cerradas, que mantienen vivas continuamente unas candelicas ante unos santos, que rezan a cada campanada que da el reloj, que se acuerdan a cada momento de sus difuntos.
  • Una tarde fuimos los dos a una joyería de la calle de la Montera a comprar cada uno una cadena.
  • Azorín se ha ruborizado, pero ha convenido interiormente en que algo benévolo debe de ser cuando se apresta a oír la lectura que el viejo va a hacerle de tres zarzuelas suyas, cada una en un acto.
  • Pero los tres pensaron seriamente en que había que socorrer al pobre enfermo, y los tres se encaminaron a su casa, cada uno por distinto camino.
  • V Verdú está cada vez más débil y achacoso.
  • Y por eso, yo cada día te escribo más, aunque sea poquito, y deseo que tú me escribas.
  • Y cada vez que por la mañana o por la noche ellas ríen o lloran, vienen a mi espíritu recuerdos de otros días, un poco más felices que estos en que me veo tan solo.
  • Dos columnas dóricas a cada lado de la puerta sostienen el largo balconaje de ancho saliente.
  • Viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceños, viejos que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico.
  • Ha dificultado la cultura, en cada región, de las especies más convenientes.
  • Falta, para dejar completa la plantilla, consignar que el alcaide de Cárcel cobra maravedís 12.000, que el fiel ejecutor disfruta de un sueldo de 6.000, y que cada regidor y no olvidemos que son diez y siete percibe por sus respectivas barbas, 600.
  • Durante todo el mes consagrado cada uno a un santo, durante todo el año, las novenas suceden a las novenas.
  • Cada vez le entiendo menos.
  • Gertrudis, teniendo a cada uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su rodrigón.
  • Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos.
  • Era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no un raro manjar de turbadores jugos.
  • ¡Dos, dos, me ha entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, niño y niña! Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón, él.
  • Cada cosa de estas que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto.
  • Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
  • Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
  • Cada mujer puede ser un cielo.
  • Cada persona es un mundo y algunas varios mundos.
  • Y así es como se vió desde un principio en conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que cambiar de ellas cada cuatro días.
  • Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual.