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Frases que tengan las palabras: ”con y ojos”

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Frases con: ”con y ojos”

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Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.

  • Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales.
  • Tanto hablar de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que a todos dejaba pasmados.
  • Como se recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver.
  • También había por allí una persona a quien la niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino.
  • No se dejaba ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles, ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en los ojos.
  • En la caja habían entrado ya los primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos.
  • Aquel encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno, aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de Zaragoza.
  • Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos.
  • La forma de la cabeza, la sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona, que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la imagen de Polichinela.
  • Sus lindos ojos estaban ya declarando la sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
  • Su tez finísima y sus ojos que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente agradable.
  • ¿Y esa tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?
  • Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.
  • Y corrieron ambos por el desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella coloradita y con los ojos húmedos.
  • Parecía que le adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra que andaba por dentro.
  • Y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a Valencia.
  • Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro del tren.
  • Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda.
  • Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés.
  • Dando una rápida vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los ojos y diciendo con voz cavernosa.
  • Jacinta se quería comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran sinceras.
  • Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido.
  • Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos.
  • Preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y apuntándole con la aguja de media.
  • Pero ven acá, pillo dijo secándose las lágrimas que la risa había hecho brotar de sus ojos, si contigo no valen buenos medios.
  • Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas que son para sus poseedores un diploma de talento.
  • Pasaba mucho tiempo así, el niño hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de ella con el rayo de sus ojos.
  • El estremecimiento que aquel contacto le produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo cargo de que estaban allí sus hermanas.
  • Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que bajan el testuz para acometer.
  • Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado.
  • Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual estrellas.
  • Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates.
  • ¿Cierras los ojos?
  • Ya estás deseando que cierre yo los ojos para irte.
  • Pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante.
  • El bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos.
  • Por los desiguales tejados paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas, los ojos dormilones, el pelo erizado.
  • Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar los ojos de su trabajo.
  • Cuando estaba alegre, los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura.
  • Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el labio inferior muy echado para fuera.
  • Los ojos saltándosele del casco.
  • Se asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no lo impidiera.
  • La cabeza del músico oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos cuajados, sin descansar un punto.
  • Si en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y metérselo por los ojos, la cosa era hecha.
  • Estaba como asustado y clavaba en la señora las estrellas de sus ojos.
  • Jacinta había visto ojos lindos, pero como aquellos no los había visto nunca.
  • Pero su corazón sintió como un repentino golpe, y se le nublaron los ojos.
  • Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel rencorcillo, querían interpretar en el rostro inocente del niño las aborrecidas y culpables bellezas de la madre.
  • El chico clavó sus ojos en Izquierdo.
  • No habían visto una niña tan bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella.
  • Con que vamos a ver prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre que exponía un asunto importante.
  • Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían picarescos.
  • Los ojos del chalán se iluminaron.
  • Quedábase estática y lela delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que le entraba fiebre.
  • Jacinta no quitaba sus ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía, si murmuraba alguna queja, si sudaba.
  • Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices.
  • Sí, te lo conozco en los ojos.
  • Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de hombre.
  • Gruñó el Pituso frotándose con mal humor los ojos.
  • ¡Que si se parece! observó Barbarita tragándole con los ojos.
  • Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir.
  • Aquel bestia no le permitía que me viera y hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del suelo los ojos.
  • ¡Dichosos los ojos.
  • Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención picaresca.
  • Tendrías que verla por tus propios ojos.
  • Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos.
  • Aún me parece que estoy viendo aquella cara de hijo del desierto, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la gallardía de los gestos.
  • Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los ojos y decir.
  • Pero al llegar, la imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se desvanecía en la realidad.
  • En la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda, que cuidaba como a las niñas de sus ojos.
  • Al despertar, en ese momento en que los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las imágenes que se dispersaban.
  • Feliciana había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces habían visto sus ojos.
  • Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se mira a los bichos raros.
  • Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios, daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de aquel semblante que le parecía angelical.
  • Vio en sus ojos una lealtad y una honradez que la dejaron pasmada.
  • Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más estrafalario y grotesco que se puede imaginar.
  • Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes.
  • Pero si, basta tener ojos decía, para conocer que esta hucha no es aquella.
  • Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una máquina aquello de que lo mejor era el desprecio.
  • El sucesor de Camps había sido él, y ya se le conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le produjera.
  • Estuvo la señora de Jáuregui un ratito haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la cual Maximiliano no se hizo cargo.
  • A lo que Papitos contestaba echando lumbre por los ojos.
  • Tomaba su revancha en los cuentos, pues sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador.
  • Al oír la campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos.
  • Estaba orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella misma, le daban la puñalada al Espiritui Santo.
  • A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos.
  • La enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos.
  • Esto era un colmo, el colmo del buen fin, y en semejante acto había una mezcla horrenda de ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel fondo de vulgaridad en que estaba.
  • Que donde quiera que se pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la manera más extraordinaria y magistral.
  • El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa.
  • Sus ojos pardos conservaban la viveza de la juventud.
  • Doña Lupe no había visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animación semejante en aquella cara.
  • Ya te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o amarillos.
  • Era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las ofensas y hasta las injurias.
  • No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba el sueño con sus ronquidos.
  • Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita.
  • ¡Qué par de zopencos sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender que te resistieras.
  • Ambas familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.
  • Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor falda para él era la que da nombre al guisado.
  • Ilusionarse con un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio de hembras salvajes.
  • Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus ojos a la realidad del alma humana.
  • Para que usted sea digna de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos a la religión, empezando por edificarse interiormente.
  • A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que sería ella convertida de chica en señora, la imaginación limpia de aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería.
  • Los ojos le brillaban.
  • El único que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que le volvieron tarumba los ojos de una mujer.
  • Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.
  • Véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías.
  • Maximiliano se la comía con los ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.
  • Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de estrabismo.
  • Que se han convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que luego no ha habido más remedio que canonizarlas.
  • La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él los tristes ojos un buen cuarto de hora.
  • Así como los ojos de Maximiliano miraban con inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros, tallando con sus escoplos la dura berroqueña.
  • Pero muy luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.
  • Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él.
  • Porque ejercían indecible fascinación sobre el observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y melancólica.
  • A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar.
  • Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura, chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de algunas bestias de la raza cuadrumana.
  • A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en un grito estridente.
  • Desde que Jacinta apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos, examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el vestido.
  • De modo que si le propusieran a la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta.
  • Pero a ella se le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los santos.
  • A ti, Fortunata, te miré con indilugencia entre las descarriadas, porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de enmienda.
  • Como ella sintiera en la soledad de su celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda la noche.
  • Las monjas que las vigilaban permitían aquella infracción a la regla, porque ellas tampoco podían resistir, y cerrando dulcemente sus ojos y arrullándose en un plácido arrobo, conservaban en las facciones, como una careta, el mohín de la maestra, cuya obligación es mantener la disciplina.
  • Mas la otra pudo observar que su rostro estaba tan bañado en lágrimas como si le hubiesen echado por la frente un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandísima humedad igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena.
  • Ello podría ser ilusión, pero los ojos de Mauricia parecían dos ascuas.
  • Notaba gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos físicos del apreciable joven.
  • Preguntó Belén toda ojos, pálida como una muerta.
  • Sus ojos despedían fulgor de inspiración.
  • La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera ojos.
  • Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son.
  • ¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo indicó Sor Antonia con franca risa y bizcando más los ojos, que Mauricia había visto a la Virgen! La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca.
  • Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de júbilo y gritó.
  • Extendió y cerró los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que veían sus ojos.
  • Era cosa de ver aquella mujerona descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano.
  • En los ojos se les leía este pensamiento.
  • Los ojos parecían más grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo la ceja recta y negra.
  • Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.
  • Sí que la tengo replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos.
  • La sirviente clavaba en la señora sus ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto cómico de la escena que el más terrible y dramático.
  • La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en ella, cerró los ojos.
  • Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja o un velo que sube.
  • Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti.
  • Siempre que estaba en casa, no quitaba los ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y hasta el respirar.
  • ¡Haber comprado aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano.
  • Dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado.
  • Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le doblaron.
  • Hacía días que apenas levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran pesadumbre.
  • Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo.
  • Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados.
  • Los ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una misma persona.
  • Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún señales evidentes de lo bien que había dormido.
  • Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un pañuelo en la mano.
  • Tenía bigote blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa entre picaresca y bondadosa.
  • Entornaba los ojos cuando daba una respuesta difícil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas.
  • Uno de los más chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubín, tomando ese tonillo de unción y ese amaneramiento de cuello torcido y ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa, cualquiera que sea.
  • Su piel era como la cáscara de un limón podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los espiritistas, parecía uno de aquellos seres muertos hace miles de años, que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de un velador.
  • Como se expresaba muy bien, oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían buenos ojos.
  • El ciego volvió hacia él sus ojos vacíos y muertos, su cara que parecía un quinqué sin encender, y le dijo con profundísima tristeza.
  • Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro.
  • ¿No ves cómo se me cierran los ojos?
  • No desconocía él la situación poco airosa en que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos para darle la medida de su pequeñez.
  • No mires esto con ojos de mujer.
  • Me refiero a la falta de maderas en los balcones y ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede usted pegar los ojos.
  • III La revolución vencida i Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible.
  • Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy grave que de él esperaba oír.
  • Ya me lo decía el corazón exclamaba, apretando el pañuelo contra sus ojos.
  • Casi no se le veían más que los ojos, y como estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas.
  • Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían hecho siempre muchísima gracia.
  • Al buen señor se le ponían los ojos encandilados oyéndole contar aquellas cosas con tan encantadora sinceridad.
  • Feijoo hizo con los labios, con los ojos, con todos los músculos de su cara un mohín muy humano y expresivo, signo perteneciente al lenguaje universal y a la mímica de todos los países, el cual quería decir.
  • Fortunata le oía embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria más fresca y las ideas más claras.
  • La frente se apergaminaba, y tenía los ojos enrojecidos y llorones.
  • Algunos objetos se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los ojos.
  • Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su meditación.
  • Este despertó como a la media hora de haberse dormido, y restregándose los ojos y gruñendo un poco, hubo de asombrarse de ver allí a su amiga, y alargó la cabeza para mirarla.
  • Y sus cejas arqueadas en mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la importancia que daba a este punto de la lección).
  • Por supuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna, quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios.
  • Cuando la prójima le vio entrar aquel día con el sombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientos ágiles, comprendió que las noticias eran buenas.
  • Y en actitud cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habló de algo que debía ser los maldecidos dos meses.
  • La desgracia me ha hecho a mí volver los ojos a las cosas que no se ven ni se tocan.
  • Maximiliano le miraba con ojos atónitos.
  • Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos.
  • ¡lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!
  • Era más fina la nariz, la quijada inferior abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos.
  • Los ojos, hermosos y ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar.
  • Después clavó sus ojos en el techo, rezongando.
  • Dijo la fundadora, uniendo la cortesía a la modestia, y permitiéndose el característico guiñar de ojos, un tanto picaresco.
  • Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas, respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.
  • Pero cállese usted hombre, por amor de Dios esto se lo decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento.
  • Mauricia estaba en aquel instante blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al sacerdote y lo que entre manos traía.
  • Eran un comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que Adoración acababa de decirle.
  • Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella.
  • Y mirando con extraviados ojos al techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las ideas como si fueran moscas.
  • A mí no me puede nadie gritó la infeliz con frenesí, los ojos desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían sujetar.
  • Así, así, y te arranco la nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo.
  • Y a lo mejor se quedaba como un gato que acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía.
  • Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.
  • Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y movilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padecería enajenación mental.
  • La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó.
  • La otra se apartó, echando llamas de sus ojos y resoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin que las palabras llegaran a articularse.
  • Cerrando los ojos, invocó a Dios y a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella insana antipatía.
  • A la madrugada abrió los ojos.
  • Después creyó ver ojos, que en aquella profunda oscuridad la miraban.
  • Pero ni tuvo tiempo de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo, el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio un fuerte abrazo.
  • Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.
  • Hoy estaba haciendo una medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de atropina puse el de eserina, que es la indicación contraria.
  • Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular bien el terror que aquellos ojos le causaban.
  • La cara la tenía muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes.
  • Los ojos de Mauricia se le habían hundido hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le afiló como un cuchillo.
  • ¡Qué mujer esa! prosiguió la de Jáuregui, después de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco.
  • Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón negro por los hombros.
  • Desde que dio esta el primer paso en la sala, fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo.
  • Preguntó la santa, guiñando los ojos.
  • El deseo de ser creída resplandecía de tal modo en sus ojos, que Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia.
  • Las lágrimas salían a sus ojos, y el nudo de la garganta volvió a apretársele de un modo horrible.
  • Y la rata guiñaba más los ojos, y en su bondad quiso abrir camino a la confesión.
  • Abra esos ojos, por amor de Dios.
  • Al decir yo, Guillermina se ponía la mano en el pecho y daba a sus ojos la expresión más hermosa.
  • A los diez minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se ventilara la casa.
  • Ya no hay salvación afirmó él quitándose los lentes y frotándose los ojos, cansados de tanto escribir.
  • No, Jacinta no se mete en esos enredos dijo Moreno mirándola fijamente en los ojos.
  • En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa.
  • Anoche y anteanoche, y todos los días desde aquel en que hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando duermo y cuando no duermo.
  • Pues ayer refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el acento, pues ayer.
  • Es una idea mía, una idea muy perra, una idea negra como las niñas de los ojos de Satanás.
  • Alzó los ojos al techo, cruzó las manos, su cara se puso muy encendida y sus ojos iluminados.
  • Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcón, parecía que se le volvían verdes, arrojando un resplandor de luz eléctrica.
  • Sus ojos se fijaron en un punto del suelo.
  • Después de permanecer allí largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a quien dijo cuatro cosas, y estaba rezándole, cuando sus ojos, al resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de los baldosines de mármol.
  • Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.
  • No sé qué tienes en esos condenados ojos.
  • ¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío! exclamó la joven, con semblante y ojos iluminados.
  • Tan abstraído estaba y tan apartado de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos y con sus ojos su espíritu.
  • Después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que activaba la circulación de su poca sangre.
  • Tenía ella los ojos encendidos como de haber llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena.
  • Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la farmacia.
  • Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y viendo a su mujer acostada, dijo.
  • Pero entreabriendo los ojos le vio encender la vela.
  • Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme dijo clavando en ella sus ojos que relampagueaban, es que usted consienta esto y lo encubra y me quiera matar, porque sépalo usted, para mí el honor es primero que la vida.
  • No sé cómo me va usted a convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no valen.
  • Dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados.
  • Las dos mujeres se miraban, comunicándose con los ojos malas impresiones.
  • Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y que se mira en las niñas de sus ojos.
  • A pesar de sus notables prendas, doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más lucrativo.
  • Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su costura.
  • Lo mismo ella que su tía se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a Don Francisco advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma.
  • Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a Don Francisco que guiñaba los ojos de una manera entre burlesca y compasiva.
  • Tú me ayudarás prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en sus ojos encandilados, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser completamente mía sin el auxilio del Cielo.
  • A Fortunata se le humedecieron los ojos.
  • Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada de lo que a su alrededor pasaba.
  • A pesar de esto, Fortunata se ponía tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo algunos ratos de día.
  • Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
  • Allí se va por las mañanas, y no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.
  • Llevo más de diez noches sin pegar los ojos, y tu dichoso digital no me alivia nada.
  • ¡Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta gracia.
  • Después cayó otra vez su cabeza en el sofá y se puso la mano sobre los ojos.
  • Cerraré los ojos.
  • Iv Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abriéndola un poco, asomó por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos.
  • Creo que Dios te toca en el corazón dijo la dama guiñando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tenía el libro de misa y el rosario.
  • Necesito verlo para creerlo dijo Guillermina, echando de sus ojos chispazos de alegría.
  • Si ella viera los originales, ¡qué desilusión! Esta pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para la sentimental y romancesca mistress Mitchell, que pone los ojos en blanco al hablar de España, el país del amor, del naranjo y de las aventuras increíbles.
  • Ser desgraciado y no volver los ojos a Dios es lo último que me quedaba que ver.
  • Era horriblemente fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto.
  • Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le asaltaron.
  • Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo.
  • ¡Cómo me requemaba oyendo esto y cómo me requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan de lágrimas.
  • Te has rebajado a mis ojos.
  • Los ojos abiertos.
  • ¡Pero qué infame! volvió a decir Fortunata, mirando a su tía con los ojos llenos de lágrimas.
  • Abres ahora los ojos y te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin mí.
  • ¡Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin que tú la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a mí.
  • Doña Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados por el vivo resplandor de la llama de petróleo, dijo, sin duda por animar a Maxi con una broma.
  • Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron estremecer.
  • Maxi tenía la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecían carbones encendidos.
  • Pero Fortunata no pegó los ojos en toda la noche.
  • Aquel barrio y los sitios aquellos éranle tan familiares, que a ojos cerrados andaría por entre los cajones sin tropezar.
  • Conocía sus apetitos parlamentarios, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz podía contarle ella en el número de sus enemigos, le miraba ella con buenos ojos, teniéndole por hombre inofensivo y bondadoso.
  • Viendo en la cara y en los ojos de su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la conversación.
  • ¡Muerta! dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos.
  • Balbució ella cortadísima, bajando los ojos.
  • En esto llegó La Correspondencia, y a las primeras ojeadas conspicuas que arrojó sobre las columnas de ella el buen Don Basilio, tropezó con la combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se restregó los ojos creyendo que leía mal.
  • Ballester se había sentado en una silla junto al lecho, y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más hermosa que nunca.
  • Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le digo a su novio.
  • Izquierdo se dejó caer sobre el sofá de Vitoria y dormía como un verídico bruto, el sombrero sobre los ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas.
  • No le quitaba los ojos, siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar preparada a cualquier agresión.
  • Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido.
  • Llevándose la mano a los ojos, dijo a su marido.
  • La mato, le saco los ojos, le arranco el corazón.
  • ¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco! gritó la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.
  • Fortunata abría los ojos con espanto.
  • La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener niñas en los ojos.
  • Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas, y escupiendo más hostias que palabras.
  • Después dio un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así.
  • Tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su padre y en lo otro a su madre.
  • Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
  • Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo.
  • Dando resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían realizar.
  • Murmuró Aurora con los ojos cerrados.
  • Sentose el regente dos escalones más abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle.
  • Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca había visto tan de cerca.
  • ¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice! (tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
  • Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama ante los ojos.
  • De repente, cual movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho, echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con los ojos, le gritó de este modo.
  • La máscara fría y estoica parecía deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.
  • Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron.
  • Las manos le temblaban, sus ojos echaron chispas, y cuando dijo matarles, matarles, su voz sonó en falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que fue víctima en Cuatro Caminos.
  • Pero el chico siguió chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en brazos, le acercó a su seno.
  • Fortunata había vuelto a cerrar los ojos.
  • Pero desde que me lo contaron, la bribona antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la moderna.
  • Pero de eso a que me mire con buenos ojos.
  • Y al que me diga que este no es el hijo de la casa, le saco los ojos.
  • Se le nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando vino al mundo Juan Evaristo.
  • Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan tontamente.
  • Abre los ojos y le busca con las miradas.
  • Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda le sacara los ojos).
  • Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.
  • Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno.
  • Nones habló cariñosamente a la enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a sus palabras.
  • Era el rostro como de marfil, tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en vida.
  • Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que nunca engañaban.
  • Sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye usted?
  • Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida.
  • Y al poco rato, un llanto tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio, brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable.
  • Todas mis penas me están saliendo por los ojos.
  • La Ròcha, que así apodaban á la vaca por sus rubios pelos, mugía dulcemente, estremeciéndose bajo una gualdrapa de arpillera, herida por el fresco de la mañana, volviendo sus ojos húmedos hacia la barraca, que se quedaba atrás, con su establo negro, de ambiente pesado, en cuya paja olorosa pensaba con la voluptuosidad del sueño no satisfecho.
  • Tras los árboles y las casas que cerraban el horizonte asomaba el sol como enorme oblea roja, lanzando horizontales agujas de oro que obligaban á taparse los ojos.
  • ¡La lleeet! Jarro en mano bajaba la criada desgreñada, en chancleta, con los ojos hinchados, á recibir la leche, ó la vieja portera, todavía con la mantilla que se había puesto para ir á la misa del alba.
  • Los ojos húmedos, el moño torcido, y en las mejillas manchas del colorete de la noche anterior.
  • Fijó por primera vez sus ojos en la mujerzuela, y también pareció dudar.
  • Pero la mirada fija de los ojos claros de Pepeta acabó por avergonzarla, y bajó la cabeza como si fuese á llorar.
  • Sus ojos, antes mortecinos, chispearon al recordar el pasado.
  • Brillaban en sus ojos chispas de ferocidad.
  • En la cumbre de este revoltijo veíanse tres niños abrazados, que contemplaban los campos con ojos muy abiertos, como exploradores que visitan un país por vez primera.
  • Al ver llegar á su mujer con los ojos asombrados y el pobre pecho jadeante, Pimentó cambió de postura para escuchar mejor, recomendándola que no se aproximase á las varitas.
  • El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y demencia laboriosa, quedábase en los huesos, encorvado como un octogenario, con los ojos hundidos.
  • Le despertaron los primeros rayos del sol hiriendo sus ojos y el alegre parloteo de los pájaros que saltaban cerca de su cabeza, aprovechando para su almuerzo los restos de la destrucción nocturna.
  • Sus ojos se vetearon de sangre.
  • Veía con los ojos cerrados un gran huerto de naranjos que existía á más de una hora de distancia, entre Benimaclet y el mar.
  • Los domingos iban como en peregrinación hombres y mujeres á la cárcel de Valencia para contemplar á través de los barrotes al pobre libertador, cada vez más enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.
  • Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola de arrugas.
  • Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenía por imposible.
  • Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja.
  • Luego volvía los ojos hacia su enemigo Pimentó, que se contoneaba altivamente, como hombre acostumbrado á comparecer ante el tribunal y que se creía poseedor de una pequeña parte de su indiscutible autoridad.
  • Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de cólera mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
  • Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados.
  • Al pasar él junto á ellos, callaban, hacían esfuerzos para conservar su gravedad, aunque les brillaba en los ojos la alegre malicia.
  • Este zagal no parecía tener otra ocupación que vagar por los caminos para saludarle y metérsele por los ojos con blanda dulzura.
  • Miró á su hija, que enrojecía bajando los ojos.
  • V Todos los días, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de Batiste, y con los ojos hinchados por el sueño, extendiendo los brazos con gentiles desperezos que estremecían todo su cuerpo de rubia esbelta, abría la puerta de la barraca.
  • El vaho ardoroso de los pucheros donde se ahogaba el capullo subíasele á la cabeza, escaldándole los ojos.
  • Esta devoción no les impedía que riesen cantando, y por lo bajo, entre oración y oración, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro arañazos á la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la rígida tiranía que reina en la familia labriega y obligadas por preocupación hereditaria á estar siempre ante los hombres con los ojos bajos, eran allí verdaderos demonios al verse juntas y sin freno, complaciéndose sus lenguas en soltar todo lo oído en los caminos á carreteros y labradores.
  • Era una exhalación, una sombra blanca que no llegaba á fijarse por su rapidez en los turbios ojos de los parroquianos de Copa.
  • En ciertas ocasiones, al volver bruscamente la cabeza, creía haberle sorprendido con los ojos fijos en ella.
  • Y así seguía desbarrando su imaginación, pero viendo siempre en las atropelladas escenas de su ensueño al nieto del tío Tomba, con sus ojos azules y su cara de muchacha cubierta por un vello rubio, que era el primer asomo de la edad viril.
  • Y sin saber por qué, se deleitaba contemplando sus ojos de un verde claro.
  • En la plaza de Alboraya, al entrar y al salir de la iglesia, Roseta, levantando apenas sus ojos, escudriñó la puerta del carnicero, donde la gente se agolpaba en torno á la mesa de venta.
  • Lo dijo aproximándose á ella hasta lanzarle su aliento á la cara, brillándole los ojos como si por ellos se le saliera toda la verdad.
  • Y siguiendo el camino lentamente, comían y comían, mirándose el uno en los ojos del otro, sonriendo como unos tontos sin saber de qué, sentándose muchas veces en un ribazo sin darse cuenta de ello.
  • La firmeza del padre surgió de pronto en Roseta, trémula, balbuciente de rabia y con los ojos veteados de sangre.
  • Los había de ellos que llevaban dos meses en la escuela y abrían desmesuradamente los ojos y se rascaban el cogote sin entender lo que el maestro quería decirles con unas palabras jamás oídas en su barraca.
  • Después se presentaba el tío Tomba caminando con seguridad por aquella tierra conocida, pero con el cayado por delante, único auxilio de sus moribundos ojos.
  • El arrugado viejo se erguía, sus mortecinos ojos brillaban como débiles pavesas.
  • Y al dar estos consejos feroces guiñaba sus ojos, que en el fondo de las profundas órbitas parecían estrellas moribundas próximas á extinguirse.
  • Tonet partió sumiso, con los ojos húmedos, como uno de los borregos que tantas veces había llevado á rastras hasta el cuchillo de su amo.
  • Se acostó un día sobre la paja, negándose á salir, mirando á Bastiste con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del amo los votos y amenazas de la indignación.
  • Batiste fué afeitado con bastante suerte, mientras escuchaba, hundido en el sillón de esparto y teniendo los ojos entornados, la lectura del maestro, hecha con voz nasal y monótona, sus comentarios y glosas de hombre experto en la cosa pública.
  • Caballos de labor, fuertes pero tristes, cual siervos condenados á eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos á todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal que las mantenía atadas al muro.
  • Los gitanos, secos, bronceados, de zancas largas y arqueadas, zamarra con remiendos y gorra de pelo, bajo la cual brillaban sus ojos con resplandor de fiebre, hablaban sin cesar, echando su aliento á la cara del comprador como si quisieran hipnotizarle.
  • ¿Es que no tiene usté ojos para apreciarla?
  • Hizo emprender al rocín un trotecillo presuntuoso, cual si fuese un caballo de casta, y vio cómo después de pasar él se asomaban á la puerta Pimentó y todos los vagos del distrito con ojos de asombro.
  • Su mujer salió á la puerta del cuarto con los ojos hinchados, enrojecidos, y el pelo en desorden, revelando en su aspecto cansado varias noches pasadas en vela.
  • El niño quedó abandonado en el camón del estudi, revolviéndose con los ojos empañados por la enfermedad, y balando débilmente.
  • Sus ojos casi cerrados dejaban entrever un globo empañado ó inmóvil.
  • Eran unos ojos que ya no miraban, y su morena carita parecía ennegrecida por misteriosa lobreguez, como si sobre ella proyectasen su sombra las alas de la muerte.
  • La falsa calma del hombretón, sus ojos secos agitados por nervioso parpadeo, la frente inclinada sobre su hijo, ofrecían una expresión aún más dolorosa que los lamentos de la madre.
  • En sus ojos inyectados de sangre brillaba la fiebre del asesinato.
  • Sus ojos inyectados ya no podían ver.
  • Y entre las nieblas del sueño creían ver á Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con ojos de reproche á los que tan duros habían sido con él y su familia.
  • Volvían á caer, cubriendo los ojos mates, entelados, sin reflejo, con la tristeza gris de la muerte.
  • Interrumpiendo su ristra de lugares comunes, dichos campanudamente, como si estuviera en la escuela, añadió en voz baja, guiñando maliciosamente los ojos.
  • ¡Adentro, adentro! Y ayudada por otras mujeres, Teresa y su hija fueron metidas casi á viva fuerza en el estudi, revolviéndose desgreñadas, rojos los ojos por el llanto, el pecho palpitante á impulsos de una protesta dolorosa, que ya no gemía, sino aullaba.
  • Cuatro muchachas con hueca falda, mantilla de seda caída sobre sus ojos y aire pudoroso y monjil, agarraron las patas de la mesilla, levantando todo el blanco catafalco.
  • Era el perro despidiendo al pobre albaet, lanzando un quejido interminable, con los ojos lacrimosos y las patas estiradas, cual si quisiera prolongar el cuerpo hasta donde llegaba su lamento.
  • Batiste, solo bajo la parra, sin abandonar su postura de oriental impasible, mordía su cigarro, siguiendo con los ojos la marcha de la procesión.
  • Y hasta los viejos rocines mostraban los ojos alegres, marchando con mayor desembarazo, como fortalecidos por el olor de los montes de paja que, lentamente, como un río de oro, iban á deslizarse por sus pesebres en el curso del año.
  • Pasaban las viejas por las sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silleta en un brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos, sobre los tejados del pueblo.
  • Vió Batiste á Pimentó y á sus contrincantes sentados en taburetes de fuerte madera de algarrobo, con los naipes ante los ojos, el jarro de aguardiente al alcance de una mano y sobre el cinc el montoncito de granos de maíz que equivalía á los tantos del juego.
  • Pero tenía los ojos enrojecidos, brillaba en sus pupilas una chispa azulada é indecisa, semejante á la llama del alcohol, y su cara iba adquiriendo por momentos una palidez mate.
  • Se iban cerrando sus ojos y dejaba caer pesadamente la cabeza sobre su hermano, el cual pretendía reanimarle con tremendos puñetazos en los ijares, dados en sordina por debajo de la mesa.
  • Y seguía firme, impasible, cada vez más pálido, con los ojos entumecidos y rojos, preguntando si Copa había ya matado un par de pollos para la cena y dando instrucciones sobre el modo de guisarlos.
  • Además, Pimentó le miraba con demasiada frecuencia, con sus ojos molestos y extraños de borracho firme.
  • ¡Y en qué momento resurgía esta animosidad! Brillaban los ojos, fijos en él con el fuego del odio.
  • Sus ojos estaban inflamados, como si fuesen á manar sangre.
  • Así salió de la plazoleta, mirando con ojos de reto al grupo que rodeaba al caído Pimentó.
  • Y cuando, finalmente, aparecía Batiste, gritaban los pequeños de alegría, sonreía Teresa limpiándose los ojos, salía la hija á abrazar al pare, y hasta el perro saltaba junto á él, husmeándolo con inquietud, como si olfatease en su persona el peligro que acababa de arrostrar.
  • El único que le hablaba era el tío Tomba, el pastor loco, que le reconocía con sus ojos sin luz, como si oliese en torno de Batiste el ambiente de la catástrofe.
  • Ante sus ojos cruzábanse las cañas, formando apretada bóveda, casi al ras del agua.
  • Los ojos de Batiste, habituados á la lobreguez de la bóveda vegetal, vieron con toda claridad á un hombre que, apoyándose en la escopeta, salía tambaleándose de la acequia, moviendo con dificultad sus piernas cargadas de barro.
  • Creyó morir, quedar enterrado en aquel lecho de fango, y al fin, con un esfuerzo poderoso, consiguió enderezarse, sacando fuera del agua sus ojos ciegos por el limo, su boca que aspiraba anhelante el viento de la noche.
  • Roseta se colgaba de su cuello, suspirando amorosamente, con los ojos todavía húmedos.
  • La buena mujer abría los ojos con expresión de espanto, suspiraba pensando en el peligro arrostrado por su marido y lanzaba miradas inquietas á la cerrada puerta de la barraca, como si por ella fuese á filtrarse la Guardia civil.
  • Los chicos, con los ojos enrojecidos por el insomnio, permanecían inmóviles en el corral, sentados sobre el estiércol, siguiendo con atención estúpida todos los movimientos de los animales encerrados allí.
  • Pero al fin volvió lentamente los ojos hacia la casa de su adversario.
  • Molestábale esta visión, y cerró los ojos para dormir.
  • Pero los cerrados ojos empezaron á poblar su densa lobreguez de puntos ígneos, que se agrandaban formando manchas de varios colores.
  • Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente, dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.
  • Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma.
  • Se restregó los ojos, movió los brazos, se incorporó en la cama.
  • Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni una voz que dijera.
  • ¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veía cerrando los ojos y podía ir describiéndola sin olvidar un solo detalle.
  • La mitad de los polvos y menjurjes que sus niñas tenían en el tocador los consumía la mamá, que en la madurez de su vida comenzó a saber como se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cómo se da color a las mejillas cuando éstas adquieren un fúnebre tinte de membrillo, y cómo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en la barba cual película de melocotón, convirtiéndose después en espantosas cerdas.
  • Aquel rebaño sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y la locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, los parias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipio la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y la gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, como los rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera, empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendo para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que obstruía la plaza.
  • Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente, y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillares pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculos asomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos que recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar un Herodes exterminando la inocencia.
  • Un maniquí vestido de labradora, con tres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a los transeúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.
  • La bondad extremada hasta la estupidez retratábase en su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos.
  • ¡Déjame en paz! susurraba indignado el fabricante sin volver los ojos.
  • ¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba tener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el Fandanguito de Cádiz, entonando después melancólicamente el ¡ Triste Chactas.
  • Ser dueño de la voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.
  • Otro, hizo la observación de que sus ojos eran ardientes ascuas, imagen del dominio común de todos los novelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar, revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don Manuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su exterior escultural otra frase cien veces leída, y el resultado de estas y otras observaciones fue confesarse a sí mismo que era esclavo de Manolita y la amaría hasta la muerte.
  • Hubieran resultado insignificantes a no ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía gran parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad insolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenue y azul, aureola de pasión.
  • Linda cabeza de bebé, boca graciosa, hoyuelos en la barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frente y ojos que en vez de mirar parecían sonreír a todo, revelando el inmenso contento de ser joven y que la llamasen bonita.
  • Y como si sus ojos no fueran bastante grandes todavía enmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves líneas al extremo de los párpados.
  • Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena de pasteles que Miss había aplastado en su caída, y además le dio un duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia.
  • E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente tenía seis ojos, y ella dos solamente.
  • Sentados en los mullidos sillones del salón, encontrábanse como en la gloria, sacando hacia fuera los rellenos vientres, que hervían como calderas al fuego de la digestión, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasar por los ojos tomaba un delicioso tinte rosa.
  • Sus ojos, entornados voluptuosamente, volvían a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, y se agitó varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres.
  • Un gruñido dio a entender a doña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados.
  • Se hundió él en su sillón, mirando a los chicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido y las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese erisipela.
  • Allí permaneció toda la noche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra, fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella música era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie ni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta, los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el nirvana, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un ratero les hurtase el bolsillo.
  • Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de comerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabeza con el escalofrío de la ambición.
  • Era una criatura tímida, dulce, encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como pidiendo perdón.
  • Y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a Juanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía el menor atrevimiento.
  • Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo caído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada siempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de los transeúntes.
  • La cara redondita y pálida, la nariz algo corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas, que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea.
  • Para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna, ella, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, le mirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos.
  • Y miró al balcón, procurando dar a sus ojos la más insolente expresión de reto.
  • Frailecillo blanco y melancólico, vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como si filase el lamento tierno, interminable, de las almas heridas.
  • Habíase llevado un dedo a los ojos y lo retiraba mojado de lágrimas.
  • Eran dos buenos parroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriosos y lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda.
  • Miraban al trasluz el aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les hipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrando las sílabas trabajosamente.
  • Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, hacía pasar ante los ojos risueños espejismos.
  • Los de los pisos bajos cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el ambiente abrasador, saltaban con estrépito.
  • Rozaba al andar un lado de su busto, se sentía envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veía cerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando la brillante dentadura con graciosas sonrisas.
  • El pobre muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamente el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo a meter una varilla por los ojos de la joven.
  • Y el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su situación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos, que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda.
  • Encogíasele el corazón al verla tan hermosa, tan señora, con los ojos llorosos y la frente surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para sacarla de la situación.
  • Y el viejo se conmovía, coloreábase su tez, gesticulaba con entusiasmo, y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos.
  • Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos, como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado.
  • Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los mongólicos ojos echando chispas, se movía y braceaba furioso, como si arrojara su indignación a la cara de un ser invisible.
  • Pero le turbaban tanto los ojos interrogantes de éste, la calma con que esperaba su respuesta, que se le embrollaban sus pensamientos y no sabía cómo empezar.
  • Para ocultar su despecho, fingía contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios.
  • Y él percibía con los ojos el misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus maravillosas funciones.
  • Y Andresito, con la imaginación perturbada, iba siguiendo el curso de la sinfonía extraña que sólo sonaba para sus ojos.
  • ¡Oh, qué criatura! Había que creerla y él se lo tragaba todo a ojos cerrados, incluso la afirmación de que sus relaciones con el teniente sólo fueron para aumentar sus rabietas.
  • Los ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecían enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acariciándose los inflamados rostros, besándose ruidosamente, parecía notarse algo de desprecio por los hombres que iban detrás.
  • ¡Vive Dios, que se estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía adormecerse! Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.
  • El vocerío era grande en torno de los ojos inflamados de los coches, y el público esperaba impacientemente el momento de emprender el viaje, entonando canciones a coro, en las cuales, sobre las voces aguardentosas, destacábanse otras jóvenes, claras, argentinas.
  • Y Andresito, cerrando los ojos, despreciando los punzantes recuerdos del pasado, se sentía feliz, tanto casi como Conchita, que en los días de Pascua, en la agitación de las alegres meriendas, había conseguido turbar a Roberto hasta el punto de arrancarle la deseada declaración.
  • Sólo que las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos.
  • En el fondo de los ojos de Tónica veía él la reducción del paisaje, las verdes charcas del río, los cañares, la arboleda, el azulado cielo.
  • ¡Oh, qué bien se sentía caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica, distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros, que a cada momento reproducían un rincón del paisaje.
  • Algunas veces, la pobre mujer sonreía, como si ante sus ojos moribundos pasasen seductoras visiones.
  • Pero ahora ya no hacía calceta, ni aparecía dentro de sus ojos patiabierta ante el brasero, echando firmas en la lumbre.
  • Y la pobre mujer conmovíase tanto al soñar despierta, que las lágrimas titilaban en sus ojos, haciendo brillar las pupilas sin vida.
  • Doña Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendió fijando los ojos en Tónica con expresión curiosa e interrogante.
  • Hablaba golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo más notable del rostro, por su expresión extremadamente bondadosa y atenta.
  • Pero con unos ojos de desvergonzada, que es sin duda lo que les gusta a los hombres.
  • ¡Mi Antonio, un hombre tan serio, con esa mala piel! ¡Ay, doña Manuela de mi alma, yo creo que me va a dar algo! Y la pobre mujer, no pudiendo resistir más, cubríase con el abanico los lacrimosos ojos, mientras doña Manuela le recomendaba la serenidad.
  • Y la verdad es que debía hablar a mi marido para abrirle los ojos, pues aunque resulte un malvado en casa, es un tonto fuera de ella.
  • Detrás iban los enanos, con sus enormes cabezas de cartón, que miraban a los balcones con los ojos mortecinos y sin brillo.
  • Pasaban los mártires con el rostro contraído por un gesto de fiero dolor, los místicos con los brazos extendidos y los ojos velados por el éxtasis de la felicidad.
  • Los seminaristas con la frente baja y los ojos en el suelo, cruzadas las manos sobre el pecho.
  • Y sus ojos se iban deslumbrados tras las fajas de los generales, las placas que centelleaban como soles, los bordados de caprichoso arabesco, las empuñaduras cinceladas y brillantes y las bandas de moaré que cruzaban los pechos como un arroyo ondeante de colorines.
  • Las mujeres llevábanse las manos a los ojos, humedecidos sin saber por qué, y las viejas golpeábanse con furia el pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un ¡Señor, Dios mío! que hacía volver con inquietud la cabeza a los más próximos.
  • Pero había que repetir la frase sacramental, las excusas de rúbrica, y mientras todos aseguraban que no tenían sed y preguntaban con enfado a los dueños de la casa por qué se molestaban, la lengua, seca por el calor, parecía pegarse al paladar, y los ojos se iban tras las tazas de filete dorado que contenían el humeante chocolate, las anchas copas azules, sobre las cuales erguían los sorbetes sus torcidas monteras rojas o amarillas, y las maqueadas bandejas cubiertas de dulces.
  • Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la bondadosa amiga.
  • Del señor Cuadros, de aquel honrado padre de familia que contestaba a sus palabras con melosos gestos y parecía medirla de arriba abajo con sus ojos encandilados.
  • Y cegadas por la vanidad herida, recordando sin duda las burlas que ellas habían dirigido a otras familias, turbábanse por momentos, creyendo ver miles de ojos rijos en ellas y que las señoras desde los carruajes las sonreían desdeñosamente, como si fuesen criadas disfrazadas.
  • Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento, viéndolo con los ojos de la imaginación tal como estaba en su cuadra al salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas.
  • Y la pobre mujer, toda susceptibilidad y orgullo, sintió que algo caliente se agolpaba a sus ojos, y hubo de hacer esfuerzos para no llorar.
  • Parecía que el cadáver tendido abajo, en la suciedad de la cuadra, estaba allí, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e inmóviles a sus antiguos amos.
  • Y el afortunado majadero, al hablar de la altura, cerraba los ojos como si sintiera el vértigo de los que se hallan en la cúspide.
  • Y sostenida por el pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto había censurado, miró a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor razonado y tranquilo.
  • No había más que verlas en el palco abanicándose con negligencia, mientras una gran parte de los señores del tendido, puestos de pie y volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de deseo.
  • Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba pálido también y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos.
  • Llevóse la mano a la frente como si fuera a arañarse con cruel impulso, y sus ojos se dilataron con espanto.
  • Y abrumado por la sorpresa, permaneció erguido, con los ojos desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si temiera desplomarse.
  • La madre aparecía a los ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral.
  • Llevaba abiertos los ojos, miraba a todas partes, y nada veía.
  • Sus ojos estaban fijos en el féretro blanco y dorado que se mecía con el traqueteo de las ruedas, dejando en su memoria la impresión de una nubecilla surcada por rayos de sol.
  • El guardavía mirábale con ojos interrogantes, en los que era visible la sospecha de un intento de suicidio.
  • Sus ojos cándidos y virginales deshonráronse con una viva chispa de malicia.
  • Al alejarse el tierno grupo, las lágrimas habían asomado a sus ojos, y no hacía ningún esfuerzo por contenerlas, sintiendo al llorar una sensación voluptuosa, como si sus pulmones, con extraordinaria dilatación, hubiesen expelido aquel nudo que le oprimía la garganta.
  • Y miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la mejor habitación para trasladarse a ella.
  • Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes, que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los encarnados y redondos ojos de sus faroles.
  • Pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el arrugado rostro.
  • Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada.
  • Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a llorar.
  • ¡Dios sabe lo que pasó en aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente abiertos como los de un ciego! De pronto, doña Manuela abandonó su asiento al ver a su hijo vacilar, llevándose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo.
  • Toda la noche la pasó tendido en su cama como una masa inerte, con la pesada cabeza hundida en las sábanas, el rostro envejecido, la barba alborotada y los ojos cerrados.
  • Con los ojos enrojecidos por un sordo lloriqueo, iba la madre de un punto a otro de la alcoba cumpliendo lo dispuesto por los médicos, preparando los sinapismos que aplicaba por debajo de las sábanas a las míseras piernas del enfermo.
  • ¡Yo! gritó doña Manuela poniéndose en pie, con llamaradas en los ojos y la majestuosa nariz agitada por la indignación.
  • Doña Manuela, lloriqueando, fijaba sus ojos con expresión interrogante en el implacable hermano, como si le pidiera misericordia.
  • gimoteaba tristemente la más vieja, moviendo sus grandes ojos mates y sin luz.
  • Y hasta el emblema de la casa, aquel maniquí vestido de labradora, parecía mirar al través de los cristales la extensa y alegre plaza con ojos de muerto.
  • Y el pobre octogenario, con su arrugado rostro de una palidez de marfil, tembloroso y flácido, sin el bastón muleta que le ayudaba ordinariamente en su marcha, los ojos inyectados de sangre y los ademanes descompuestos, parecía un pobre loco.
  • Le temblaban las piernas, pasaban tenues nubecillas ante sus ojos y veía confusamente a los dueños de las tiendas, que le seguían con un gesto de compasión o le llamaban con amistosas señas.
  • Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes.
  • Que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca.
  • Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron.
  • Un viejo mercader y avariento procurando olvidarse de cenar andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas.
  • Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel viendo venir rescatados por la Trinidad sus compañeros.
  • Destapéme por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos.
  • Pero, volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó acabar.
  • Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije.
  • Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres géneros de gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales públicos de esta arte, con tal que puedan tener carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes, limitando a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan las trazas con papeles o cintas, y a los de ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos, desterrándoles estos vocablos.
  • En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los ojos, a pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me contradecía el contento.
  • Yo, que estaba notando esto con un hombre a quien había dicho, preguntando por él, que era yo un gran caballero, veo a mi buen tío que echando en mí los ojos (por pasar cerca), arremetió a abrazarme, llamándome sobrino.
  • Cenó conmigo el dicho hidalgo, que no traía blanca y yo me hallaba obligado a sus avisos, porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas, inclinándome a la chirlería.
  • Sucedió, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos, según dijo, por una deuda, mas no podía el dinero.
  • Asomábase uno de a ocho tostado, y con aquel resuello del horno tropezóme en las narices, y al instante me quedé del modo que andaba como el perro perdiguero con el aliento de la caza, puestos en él los ojos.
  • Abrí los ojos oyendo que no había comido.
  • Nombréme don Álvaro de Córdoba y entréme por la puerta delante de sus ojos.
  • No levantaba los ojos a las mujeres, pero las faldas sí.
  • Yo me disculpaba con decir que en toda la noche me habían dejado cerrar los ojos.
  • Di en poner en ella los ojos.
  • No cerré los ojos con toda la noche, considerando mi desgracia, que no fue dar en el tejado sino en las manos del escribano, y cuando me acordaba de lo de las ganzúas y las hojas que había escrito en la causa, echaba de ver que no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano.
  • Blanca, rubia, colorada, boca pequeña, dientes menudos y espesos, buena nariz, ojos rasgados y verdes, alta de cuerpo, lindas manazas y zazosita.
  • A buenos ojos, lindos bailes con las niñas y dormidillos, cerrándolos, y elevaciones mirando arriba.
  • No me daba manos a trabajar, porque acudían a mí enamorados, unos por coplas de cejas y otros de ojos, cuál soneto de manos y cuál romancico para cabellos.
  • Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego empecé a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era diablo y en hora mala, oigo la seña antigua.
  • Los ojos derribados, la vista fuerte.
  • Aracil se encontraba en compañía de un muchacho de más edad que él, a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros.
  • Durante algún tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.
  • Era moreno, de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la palabra fácil, la inteligencia rápida.
  • Miraba los bienes de la tierra con ojos de tasador judío.
  • La nariz corva, los ojos hundidos y brillantes.
  • Era una mujer que debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio.
  • Uno de ellos, Ernesto Álvarez, un hombre moreno, de ojos negros y barba entrecana, habló en aquel mitin de una manera elocuente y exaltada.
  • Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus indignos sacerdotes.
  • Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.
  • Tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados por ojeras negruzcas.
  • Unos ojos que a Andrés le parecieron muy humanos.
  • Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de malicia.
  • No había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.
  • Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y la cara roja.
  • Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.
  • Los vicios, las enfermedades, las costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus ojos.
  • Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.
  • Era chato, muy delgado, algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la barba y ojos de besugo.
  • Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
  • El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos.
  • Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos.
  • Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.
  • La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un rato.
  • El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y los ojos vivos.
  • Era un hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, de aire poco inteligente.
  • Ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.
  • El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó al patio.
  • Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.
  • Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que ésta abrió los ojos y pareció darse cuenta de lo que le pasaba.
  • Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras.
  • Los trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el ámbito de la sala.
  • No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con las lágrimas en los ojos.
  • Ahora míreme usted a los ojos.
  • Ya le miro a los ojos.
  • Los ojos de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban señales de haber llorado.
  • Andrés la contemplaba con lágrimas en los ojos.
  • Andrés, al tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada, sintió una impresión de dolor agudísimo, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
  • Andrés la miraba con los ojos secos.
  • Un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer.
  • Mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
  • Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí.
  • Aquélla le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo.
  • Bailábanle los ojos en el caxco como si fueran de azogue.
  • Con baja y enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me parecía.
  • Y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella sazón servían de plato.
  • A todo esto, el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces que en la iglesia había no eran parte para apartalle de su divina contemplación.
  • Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.
  • Le es preciso tener una figura presentable ante los ojos del mundo.
  • ¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amable sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te verán más! ¡Oh, días de calma! ¡Oh, momentos de indolencia! ¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a luz de la luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas! III TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO Tengo que hablar de mí mismo.
  • Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos.
  • Tenía la cara expresiva, los ojos grises, la nariz aguileña, la barba recortada.
  • Era flaca, acartonada, la boca sin dientes, la cara llena de arrugas, los ojos pequeños y vivos.
  • El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba en la mano un huevo de avestruz, pintado de rojo.
  • ¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus ojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horribles brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente repugnantes.
  • El pelo blanco, patillas muy cortas y los ojos pequeños y brillantes.
  • Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los ojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.
  • Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba.
  • (¿Onentzaro, el de los ojos encarnados, dónde has cogido ese pez?
  • ) Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar la pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad.
  • (Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.) No sé a punto fijo en qué categoría colocaba Yurrumendi a su gigante de los ojos encarnados.
  • Otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en una jaula y con los ojos vaciados.
  • Veía el terror representado en los ojos de mi compañero.
  • Pero era más pequeña de estatura, de ojos más negros y de tez algo más morena.
  • Al mismo tiempo, y refiriéndose a Dolorcitas, dijo que ésta se casaría con un hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese poner los ojos demasiado alto.
  • En el teatro había ópera, y más de una vez de pie, en el palco junto a ella, se me arrasaron los ojos de lágrimas oyendo al tenor en Lucía, aquello de.
  • Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el pelo rubio y los ojos ribeteados.
  • Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la hija del confitero de la plaza, muñequita con los ojos azules, muy modosita y formal.
  • Y la Cashilda, mientras decía esto, le miraba a Recalde sonriendo, con sus ojos azules.
  • Son unos canallas añadió Argonz, con los ojos fuera de las órbitas.
  • Las gaviotas juegan por encima de las olas, se meten en las concavidades abiertas entre unas y otras, descansan sobre las espumas, se acercan a la playa a mirar con sus ojos grises, en donde se refleja la luz apagada del día, y lanzan ese grito salvaje parecido al áspero chirriar de la lechuza.
  • De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba con sus ojos azules obscuros, con una expresión de temor y desconfianza, como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño a su padre.
  • La hija del capitán tenía los ojos como de haber llorado.
  • El capitán se hallaba en un sillón, envuelto en un capote azul, viejo y raído, con los ojos cerrados.
  • Los ojos, pequeños, grises y vivos, debajo de unas cejas largas y amarillentas.
  • Los ojos brillantes, obscuros.
  • En sus ojos se leía una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.
  • Solía encerrarme en mi camarote, teniendo su retrato delante de los ojos.
  • Tenía la nariz larga, los ojos pequeños, las cejas como pinceles y un rictus sardónico en los labios.
  • Tenía una mirada de través, con sus ojos encarnados, poco agradable.
  • Era un buen muchacho, grandullón, con los ojos azules y el pelo de color rojo, pesado, pero excelente persona.
  • Los marineros fueron a ver al capitán enardecidos, como locos, con los ojos inyectados, fuera de las órbitas.
  • Dejó de hablar el viejo y se me quedó mirando con sus ojos grises.
  • Los ojos se quemaban contemplando las playas arenosas, las dunas amarillentas, los estanques rodeados de pinos y la reverberación del mar.
  • Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
  • ¡Que venga la Shele! Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
  • Su hija, una muchacha delgada y muy pálida, con el pelo negro y los ojos azules.
  • Parecía aquella cabaña la cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con sus dos ojos encarnados.
  • El otro, pequeño, de pelo negro y ojos vivos.
  • Yo le solía escuchar con las lágrimas en los ojos.
  • Tellagorri, tío abuelo de Martín, hermano de la madre de su padre, era un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y la pipa de barro siempre en la boca.
  • Y el señor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes ojos turbios, y decía.
  • Era sombrío, joven, con aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote alargado en las puntas por una especie de patillas pequeñas y la expresión de maldad siniestra y repulsiva.
  • ¡Y qué alegrías! ¡Qué triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia.
  • Llevaba éste la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera que le mirasen a los ojos.
  • Joshé creía que, cuando él se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia rompería a reir a carcajadas, pero fué todo lo contrario, porque el señor Arizmendi, mirándole con ojos terribles, le dijo.
  • Joshé veía que la muchacha le miraba con buenos ojos.
  • La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos.
  • Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareció entre ellas.
  • Se fué el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrió las cortinas y Martín se encontró en una habitación grande, algo baja de techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno.
  • La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su madre.
  • Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, así como dura.
  • Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.
  • Martín se sintió halagado y, como Rosa le indicó que callara, llevándose el dedo a los labios, cerró los ojos.
  • ¿Y tiene hermosos ojos?
  • A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvió a Martín en una de sus miradas enigmáticas.
  • Los ojos de Rosita prometían mucho.
  • Tenía un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua, pómulos salientes, la boina pequeña echada sobre los ojos, como si instintivamente quisiera ocultar su mirada.
  • Era una mujer pequeña, de ojos vivos y tez tostada.
  • La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, preguntó.
  • La superiora lanzó una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba los ojos, exclamó.
  • Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.
  • ¡Adiós! murmuró débilmente, se le nublaron los ojos y quedó muerto.
  • Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día.
  • Ya ves añadió mirando a su marido con centelleantes ojos.
  • Sus grandes ojos más vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble.
  • Varias veces noté que al subir una escalera delante de mí, cuidaba de no mostrar ni una línea ni una pulgada más arriba de su hermoso tobillo, y este sistema de fraudulenta ocultación era una ofensa a la dignidad de aquel cuyos ojos habían visto algo más arriba.
  • Al menor rumor que indicase la aproximación de alguno, se encendía su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban con ansiedad y esperanza.
  • No quitaba los ojos de su novio, y a no impedírselo la etiqueta y el buen parecer, habría llorado ruidosamente, desahogando la pena de su corazón oprimido.
  • Como yo servía la mesa, pude oír la conversación, y entonces conocí mejor el carácter del viejo Malespina, quien si primero pasó a mis ojos como un embustero lleno de vanidad, después me pareció el más gracioso charlatán que he oído en mi vida.
  • Eran grandes y azules sus ojos.
  • El mar azul estaba tranquilo, y sobre este mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes, emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede presentarse ante humanos ojos.
  • Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas, rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama del combate.
  • Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo.
  • Salí como pude, busqué a Marcial, no le hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar, noté que el comandante ya no estaba allí.
  • La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone.
  • XII Cuando el espíritu, reposando de la agitación del combate, tuvo tiempo de dar paso a la compasión, al frío terror producido por la vista de tan grande estrago, se presentó a los ojos de cuantos quedamos vivos la escena del navío en toda su horrenda majestad.
  • Cerré los ojos con espanto, y no los abrí hasta que el violento salpicar del agua me indicó que había desaparecido para siempre ante la vista humana.
  • La sangre que corría por mis venas era su sangre, y esa voz interna que nos incita a ser benévolos con las faltas de los nuestros, no podía permanecer callada después de la escena que pasó ante mis ojos.
  • ¡a las lanchas, a las lanchas!, exclamaron algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación, corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que volvían.
  • Y yo busqué con ansiosos ojos a Marcial, y le llamé con toda la fuerza de mis pulmones.
  • Entonces paréceme que perdí la sensación de lo que ocurría, me aturdí, se nublaron mis ojos y no sé lo que pasó.
  • Eran los pobres heridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre el abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse, comunicándose con los ojos la angustia de los corazones.
  • Yo seguí viendo aquella gran masa informe, aunque sospecho que era mi fantasía, no mis ojos, la que miraba el Trinidad en la obscuridad de la noche, y hasta creí distinguir en el negro cielo un gran brazo que descendía hasta la superficie de las aguas.
  • Todo se acabó, cuando abrí los ojos y advertí mi pequeñez, asociada con la magnitud de los desastres a que había asistido.
  • Las peripecias todas del terrible día 21 se renovaron a mis ojos.
  • Luego, como si el esfuerzo empleado en mostrar su herida y en decir aquellas pocas palabras fuera excesivo para su naturaleza debilitada, cerró los ojos y quedó sin habla ni movimiento por algún tiempo.
  • Pero en el instante mismo en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda obscuridad del agua.
  • Volví los ojos a todos lados, y no vi más que las olas que sacudían los restos del barco.
  • Cerré los ojos y pensé en Dios.
  • He visto con estos ojos al padre de ese joven, quejándose amargamente, y refiriendo los pormenores de la desgracia con tanta angustia que partía el corazón.
  • Repitieron la pregunta, y entonces vi a mi amita que salía de una pieza inmediata, con el rostro pálido, espantados los ojos y mostrando en su ademán la angustia que la poseía.
  • Cada vez se crecía ella más ante mis ojos, y cada vez me encontraba yo más humillado ante la doble superioridad de su hermosura y de su clase.
  • Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos, con cien matices.
  • Esto preguntaban los ojos del delantero a los del acólito.
  • Sus ojos eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y trataba.
  • Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada, como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral pública.
  • La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los aspavientos de los ojos.
  • Aquel don Fermín que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al canónigo.
  • En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de rapé, lo más notable era la suavidad de liquen.
  • Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía.
  • Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos.
  • Y era de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
  • A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos.
  • Los ojos de cristal, tristes, brillaban en la obscuridad.
  • El Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos.
  • Tenía los ojos cargados de una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha.
  • Con los ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías que tomaba de la Biblia y otros libros orientales.
  • Pero la señora de sus amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las alegorías ni las parábolas.
  • ¡Y ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas.
  • Todo esto quiso decir con los ojos.
  • Esto es, que los mezclaba y confundía, siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y significativas curvas que él nunca viera más que en sueños.
  • Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios.
  • Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su piedad pareciese espontánea y sencilla.
  • Y separándose un poco, para ver el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de los labios.
  • Véase si no continuaba lo que salta a los ojos, a los del alma quiero decir, de toda persona de gusto.
  • No le había visto los ojos.
  • Se tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los ojos.
  • Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos.
  • Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta mojar la sábana.
  • Si comió carne, volvieron a ver sus ojos cargados de sueño.
  • Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría, detrás de las nubes.
  • Había encontrado después del molino un bosque y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos llenos de llanto, pero cantaba de miedo.
  • Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.
  • Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a ella, pero nunca quiso dárselos.
  • Su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su cuerpo ceñido por la manta de colores.
  • Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella imperiosos, imponentes.
  • Añadió la rubia azafranada, con ojos provocativos.
  • Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella chica.
  • Sus ojos se fijaron de un modo impertinente en los de su amo y no quiso reconocerle.
  • Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos, con todo lo demás del argumento.
  • Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades, bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio.
  • Más de dos años hacía que ella lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.
  • La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa que centelleaba en su cerebro.
  • Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida.
  • Y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido, triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.
  • Y se la devoraba con los ojos.
  • Aquella turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento.
  • Pero de cuantos podrían recordarle aquella vergüenza, sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger los frutos.
  • Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila.
  • Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos.
  • Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta, soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles.
  • Los ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
  • No osaba levantar los ojos.
  • Y con los ojos abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral y pasar sobre su frente.
  • ¡Qué gentes trataba mi hermano! decía poniendo los ojos en blanco.
  • Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno, ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo.
  • Doña Águeda con unos ojos dulzones, inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
  • ¡Lo que habían visto aquellos ojos!
  • En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir decía el baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.
  • Buenos ojos tienes.
  • Se encontraron los ojos de Ana y de Mesía.
  • Buenos ojos pensó el Tenorio no sabía yo a lo que saben, hasta ahora.
  • Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en medio los ojos de la sobrina.
  • ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas, en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y un caballero que se la comía con los ojos.
  • Frígilis tenía lágrimas en los ojos.
  • Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos gritos de la despedida.
  • Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno de ser querido.
  • Todos los que habían producido en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran cualquier cosa menos proporciones.
  • Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente, algo arrugado el entrecejo, El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén, del inmortal Calderón de la Barca.
  • Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los ojos.
  • Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.
  • Ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía siempre que quería, sino cuando podía.
  • Hablar con Ronzal, verle a él animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte, daba escalofríos.
  • ¡Este va a reina! exclamó clavando con los suyos los ojos del adversario.
  • A Ronzal ya le echaban chispas los ojos montaraces.
  • ¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel gallo rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero candentes para dar hechizos a una mujer.
  • Aquella pechera, aquel plastón (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos del diputado provincial como la luz a las mariposas.
  • Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.
  • Pero otras veces, y esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos, su manera de entender los placeres.
  • Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.
  • Los ojos fríos del dandy se animaron.
  • Ahora se empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la Regenta.
  • ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación.
  • Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño tenía lágrimas en los ojos.
  • Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la muerte.
  • Cuando alguno salía garante de una virtud, la Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase negaciones.
  • Levantaba los ojos.
  • Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores.
  • Sus ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles, tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que ella suponía.
  • Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos maliciosos y manos listas.
  • No tardó en ver por sus ojos que la donna è movile, como cantaba él a menudo.
  • Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma, arrancándoles reflejos de fingida pasión.
  • ¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida.
  • ¡Hola, hola! ¡el pintor! Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero aventado.
  • ¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas subterráneas.
  • Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas que saltaban de los de Visita.
  • Y puso los dedos sobre los ojos.
  • En el teatro, en el momento en que tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los gemelos.
  • En sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se difundían en reflejos por todo el rostro.
  • ¡Ana, sube, anda, tonta! gritó la viuda mientras devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza.
  • Un momento se habían encontrado sus ojos con los de Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces.
  • Ana entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por aquella frescura del suelo.
  • Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos.
  • Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de inquisidor.
  • El mozo echaba fuego por los ojos.
  • Pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
  • ¡Eran los celucos ! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal, sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana! Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del Comercio.
  • El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos cerrados.
  • Siempre sentía apretada la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres admirar los dulces o los juguetes de los escaparates.
  • Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
  • ¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material! responde ella, turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree que echan chispas.
  • El catalán finge que se deja seducir por aquellos ojos y en cada vara rebaja un perro chico.
  • Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos.
  • Si sus ojos estarían distraídos al fijarse en mí?
  • ¡Una hermosísima mujer! añadió el materialista en sus adentros al mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.
  • Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra, buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como lluvia benéfica en el alma de la Regenta.
  • La doncella se comía con los ojos a la señora.
  • Sintió en los ojos un polvo de claridad argentina.
  • Hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas de araña.
  • Se lo había metido por los ojos.
  • Al amo no hay que ocultarle nunca nada dijo la Regenta clavando los ojos altaneros en la criada.
  • Detrás de la celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto, dos ojos que brillaban en la obscuridad.
  • ¡Y si no hubiese más que los ojos! ¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento, pero no sin vergüenza ante un confesonario!
  • Muchas veces, en las casas donde era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo.
  • La palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos bruscos.
  • Unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza y falsificada.
  • En esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne, hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un perfume elocuente de todo el cuerpo.
  • Los ojos azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la posibilidad de toda sospecha.
  • Por los ojos se le conocía que no toleraba que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la inocencia de su sueño.
  • Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un poco la boca, y añadió.
  • El Magistral seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su pensamiento estaba muy lejos.
  • Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su amo.
  • Petra se presentó sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa en los labios.
  • Los ojos de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un contacto frío, eran ojos mudos.
  • Doña Paula la midió con los ojos, sin disimulo.
  • Petra envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.
  • ¡Jesús, qué carta! exclamó doña Paula con los ojos clavados en su hijo.
  • Por eso todos piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.
  • Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores.
  • Iba con las mejillas encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
  • Parecía olfatear con los ojos.
  • ¡Oh, señor de Pas, fácil victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos.
  • Traía los ojos húmedos de recientes lágrimas.
  • Dejaba los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca.
  • Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
  • El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.
  • Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos.
  • Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de merecer.
  • El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo.
  • Gritó la Marquesa incorporándose un poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos negros.
  • En aquel momento entró Visitación en el gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y con permiso de aquellos señores a la Marquesa y a Obdulia.
  • ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se quiere metérselo por los ojos!
  • Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella para meterle por los ojos a ese.
  • Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa.
  • Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra vetustense.
  • Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín, quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse.
  • Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
  • Miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran más que un modo de puntuación de las palabras.
  • Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que daba a entender algo como esto.
  • Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita, mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los ojos brillantes y las mejillas encendidas.
  • Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca.
  • Y entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
  • Y entonces precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro.
  • Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el Magistral muy quedo.
  • La blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó mirando con chispas de que él no se dio cuenta.
  • Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje.
  • Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias, y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se transformase de día en día, de modo que a la vuelta de veinte años no hubiera quien la conociese.
  • Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón.
  • Sin embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos cada cual le acababan de ver al lado de la Regenta.
  • El Magistral tenía aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!
  • Le brillaban los ojos.
  • De Pas se hizo todo ojos.
  • Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un pensamiento que debía de ver ella en el suelo.
  • Y acarició a la criada con los ojos.
  • Ella no levantó los ojos.
  • Tu madre te da su sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti.
  • Pero tú no eres un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación.
  • Los ojos apagados casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de experiencia.
  • Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos.
  • Tenía los ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de razón, toda la codicia del pueblo junta.
  • Leía a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros del P.
  • Era el canónigo incapaz de gobernarse en las necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos, sus manos, sus oídos, hasta su sentido común.
  • Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos.
  • La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida.
  • El Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.
  • Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro del otro para encontrar el secreto.
  • El borracho sintió en los ojos la claridad viva y desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe, su buen amigo.
  • A él se le cerraban los ojos, pero no sabía qué fuerza le clavaba al balcón.
  • ¡Sus pecados! dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en la llama del quinqué ¡si yo tuviese que confesarle los míos!
  • Aunque la inercia la obligaba a pasar por allí los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros versos, sin saber lo que querían decir.
  • Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas, asperezas en los labios.
  • Veíala mirarle de hito en hito, levantar después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho.
  • ¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente sonrisa.
  • Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que tenía allí debajo.
  • Pensaba esto y casi lo decía con los ojos.
  • ¡Demonio de animal, me ha metido la cola por los ojos!
  • En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía, prometió solemnemente ir al teatro.
  • Las que son o se tienen por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan los de las demás.
  • El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres almohadones en un palco contiguo al de Mesía.
  • Era muy guapa, y con el hábito blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la figura, interesaba profundamente.
  • Clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las paredes.
  • La proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba, producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.
  • Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su interlocutor.
  • Edelmira, a pesar de no haber desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro.
  • Ana preguntó el motivo con los ojos.
  • La Regenta abrió los ojos mucho, como diciendo irreflexivamente.
  • Quintanar miró con ojos penetrantes de puro distraídos a Petra.
  • La vida de una monja puede caer en la rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para satisfacer las ansias de un alma ardiente.
  • En la puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que pasara él para cerrar.
  • ¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?
  • Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo hasta los ojos.
  • Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín.
  • Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante dandy la tarde memorable de Todos los Santos.
  • Llegaba a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes.
  • Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.
  • ¡Buenas noches! sin levantar los ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.
  • La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la Regenta, y a su rostro rosas encarnadas.
  • Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo.
  • Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por dentro.
  • Lloró con los ojos cerrados.
  • Ella le miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego.
  • Se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño.
  • Don Víctor se le colgaba del brazo, levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra.
  • Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne.
  • Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana.
  • En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de dos almas a través de tres siglos.
  • Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con nieblas en el pensamiento y en los ojos.
  • Y estaba seguro de que los ojos de los hombres se irían tras ellas.
  • Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años, el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano, exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el capitán Bedoya.
  • Los ojos animados, húmedos, llenos de reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el techo.
  • Inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con silencio de iglesia.
  • Los ojos brillaban secos.
  • Don Frutos expuso sus creencias con una palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las cláusulas.
  • Y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones cerrados.
  • Al cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se sublevaba bajando y subiendo.
  • Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a la tentación de años y años.
  • La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban el cielo azul entre las nubes pardas.
  • No veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la cabeza sobre las almohadas y dejarse desvanecer.
  • Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos relucientes y las mejillas como brasas.
  • Petra reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables de su amiga.
  • Aunque algunos celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga, estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
  • Los catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que vienen con propósitos profanos.
  • Y detrás de estas las señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias, mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de malicia disimulada.
  • Y los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban, entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad quinti esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los del kirschen o del ajenjo.
  • El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran suyas y no del Ayuntamiento como las del Paseo grande, se recreaba en los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia.
  • Tenía los ojos azules claros.
  • Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre, con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
  • ¡Si vieses qué ojos en cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia.
  • Pensaba que aquellas lágrimas dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los ojos en raudal inagotable.
  • Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo.
  • Daba gana de cerrar los ojos al verla acercarse.
  • Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió.
  • ¡Usted nunca me habla de sí mismo! le decía Ana con tono de reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos.
  • Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo, cardenal, pontífice.
  • Teresina había tomado un poco de color, y los ojos, rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas.
  • Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados, aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre, la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez, que el tiempo no pasara.
  • Dejaron de confesar con él algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de acero.
  • Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que la ponía en cuidado.
  • Él respondía sonriendo, echando fuego por los ojos, que no tenía nada, que era aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable.
  • Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de vivir.
  • La consolaba, y ella levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar.
  • Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín con los ojos arrasados en lágrimas.
  • Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario.
  • La joven, roja como una cereza, con los ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.
  • Las hachas de los acólitos dejaron a Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que con los ojos medio cerrados, semi dormido, con la cabeza inclinada, y cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.
  • Cerró los ojos, que se le habían llenado de lágrimas.
  • Sin que lo viese ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos y llevó los puños crispados a los ojos.
  • El vestido, según pudo entrever acercando los ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el conjunto.
  • No pensaba más que en lo que pasaba ante sus ojos.
  • La del Banco echaba fuego por ojos y mejillas.
  • Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían.
  • A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos ojos que ella sabía que in illo tempore mareaban a cualquiera.
  • Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía.
  • Y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina! En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta.
  • En el bouquet del vino, en el sabor del queso Gruyer, y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena.
  • Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o sopor le embargó el ánimo.
  • En los ojos traía fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias íntimas, espirituales.
  • ¡Todo era polvo allá dentro! Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una imagen confusa del recuerdo formidable.
  • Sí, quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.
  • No le seguían ni con los ojos.
  • Saludó como diciendo con los ojos.
  • A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años, sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos, cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil.
  • Y separando los ojos de aquella podredumbre en fermento, de aquella gusanera inconsciente, volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con un punto de luz roja señalaba al cielo.
  • ¡De Guimarán! dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía los ojos cerrados.
  • El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos.
  • Los ojos de Guimarán tenían una humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se asomaba el asombro mudo.
  • Obdulia tenía la boca seca y los ojos inflamados.
  • El miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por completo.
  • Se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.
  • Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.
  • Pero ya abrirá los ojos.
  • No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.
  • Sus ojos no veían.
  • Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el topetazo de su mirada con la de don Álvaro.
  • Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que contestaba y que tenía delante de los ojos.
  • Y encarnada como su saya bajera, se atrevió a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.
  • La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados, no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del pozo.
  • Petra se encargó de presidir el servicio de la mesa de aldea, aún vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes, llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y de algunos clérigos rurales.
  • En el momento de entrar él, don Víctor (con una montera picona en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán, rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos brillantes que el humo del cigarro cegaba.
  • Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.
  • ¡Santa Bárbara! gritó Quintanar cerrando los ojos y poniéndose en pie de un salto.
  • ¡al monte! ¡al monte! Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
  • De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex regente, que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.
  • También él llevaba la boca y los ojos envueltos en hilos pegajosos, tenues, entremetidos.
  • No él que no la ve aun puesta delante de los ojos.
  • Una música que le salía de los ojos y de la boca.
  • Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta el cachipote, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en látigo y buscarlo por las señas conocidas de.
  • A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes y envueltos en humedad de lágrimas.
  • En su voz había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco.
  • Quintanar tenía los ojos inflamados y las mejillas encendidas.
  • Otras veces, las más, los ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se decían amores, cada vez más elocuentes.
  • Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico, de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era deshonesto y grosero.
  • La última flor decía la leyenda de un grabado en que clavó Ana los ojos.
  • Ana y Álvaro se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.
  • Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos.
  • Teresina, a quien esperaba para muy pronto una colocación de señorona allá en cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo, Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua.
  • Pero entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural, querría vengarse, castigar a los culpables.
  • Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía.
  • Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada.
  • Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía los ojos humillados.
  • Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo que jamás hubiera creído.
  • Pero tenía los ojos cerrados.
  • Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca.
  • Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la rubia que enjugaba lágrimas villanas.
  • Porque el amo está ciego, ve por sus ojos.
  • Y por fin el Magistral ofreció a la moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a los traidores como tenían bien merecido.
  • Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano.
  • Y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto.
  • El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la puerta por donde salía Anselmo.
  • Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos y pasmados.
  • Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un resplandor amarillento de cirios lejanos.
  • Porque sus ojos se clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre.
  • Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín habló.
  • Pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de Dios, aunque la tenga a los del mundo.
  • Sus ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba escalofríos.
  • El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los tendría.
  • Que así como se alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana, le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una espada o una pistola en la mano.
  • Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de remordimientos.
  • Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas.
  • ¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí! Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los ojos.
  • Salieron lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de las almas.
  • La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una idea inmóvil, eterna.
  • Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús del altar.
  • Cayó sentada en la madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.
  • A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un instante con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego, pues no bien advirtió que venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde.
  • Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza.
  • Sabel, por su parte, a medida que el banquete se prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridad mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacían bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.
  • Sus ojos azules, húmedos y sumisos, su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas y caía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a la muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo y bajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz.
  • Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en la claridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo ensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones.
  • Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.
  • Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julián alzaba los ojos al techo y los bajaba al piso, y tosía, tratando de buscar una fórmula, un modo discreto de explicarse.
  • Julián abría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda la ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado.
  • Volvió a su sitio el volumen, con los labios contraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le hería o escandalizaba.
  • Sentía pesar sobre su alma la ojeada escrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba su rostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero, sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.
  • Sofocada por la llama, con los brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de las adulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos de caldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en la esquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar el hirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara.
  • Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegados en caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento, comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudo sorprendía clavados a hurtadillas en su rostro.
  • Julián recordaba a su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y suave, con su casabé abrochado hasta la nuez, sobre el cual, para mayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra.
  • Que muchos hablaban de lo que no entendían, a lo cual el médico replicó, vertiendo bilis por ojos y labios, que pronto iba a llegar el día de la gran barredura, que luego se armaría el tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo a casa de su padre Judas Iscariote.
  • Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con los ojos abiertos de par en par.
  • En una esquina, Perucho, con los puños metidos en los ojos, sollozaba.
  • ¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a pasarte las horas en las romerías sacudiéndote, perra! Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permanecía parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el cual debía tener alguna dolorosa contusión.
  • ¡Ja, ja! Yo la he visto, con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el de no haberle roto una pierna, para que no baile más por unos cuantos meses! Guardó silencio el capellán, sin saber qué responder a la inesperada revelación de celos feroces.
  • ¡Hay tantas señoritas buenas y honradas! A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear los ojos del marqués de Ulloa.
  • ¡Mal rayo que te parta! vociferó el marqués echando fuego por los ojos.
  • Ni una liebre brincaría por allí sin que sus ojos linces de cazador la avizorasen.
  • Una pendencia entre borrachos, al volver de la feria respondió secamente don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar los matorrales.
  • Sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales.
  • Y don Pedro reparó también que al surgir detrás de un pilar o por entre los árboles el rondador perpetuo, la cara triste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos.
  • El pobre Julián, con los ojos fijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de Caín.
  • Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbres por ojos, boca y mejillas.
  • Pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente y secar el llanto con su pañuelo.
  • ¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena! Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí, trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que denunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer, conferencias con amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa que apaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de una cortina, todas las dramáticas menudencias que acompañan a un grave suceso doméstico.
  • Bendito seas, Dios mío pensaba para sí, pues me has permitido cumplir una obra buena, grata a tus ojos.
  • Hacía un frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo, se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido la interpeló con poca blandura.
  • La total inocencia, que se pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo interior, no había menguado con el matrimonio.
  • ¡Qué guapo!, ¡qué pelo!, ¡qué ojos! ¿De quién es esta criatura?
  • Sus ojos, menos vagos y más húmedos.
  • ¡Vaya una ocurrencia, don Julián! El capellán bajó los ojos y frunció el rubio ceño.
  • Mas sus ojos se cerraban, su cabeza, ebria de sueño, caía sobre el pecho.
  • Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca, y las floridas carnes de su arremangado brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su pelo, la melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecían contrastar con la situación, con la mujer que sufría atroces tormentos, medio agonizando, a corta distancia de allí.
  • Alzó los ojos, buscando a Dios más allá de las estampas y de las vigas del techo.
  • Abría los ojos con travesura incomparable.
  • Al referirlos, el rostro exangüe de Nucha se animaba, sus ojos brillaban, y la risa dilató sus labios dos o tres veces.
  • Al otro día cupo a Julián la honra de encender la efímera lucecilla de la inteligencia naciente en la criatura, paseándole no sé qué baratijas relucientes delante de los ojos.
  • No se cansaba de admirarla, de devorarla con los ojos, de considerar sus pupilas líquidas y misteriosas, como anegadas en leche, en cuyo fondo parecía reposar la serenidad misma.
  • Pero la maldita casualidad se empeñó en abrirle los ojos cuando no quisiera.
  • ¡Mire usted que estaba encariñado con la tal muñeca! Se le llenaron de lágrimas los ojos.
  • Y mirándole a la cara y viéndola tan consumida, con la piel terrosa, los ojos mayores y más vagos, la hermosa boca contraída siempre, menos cuando sonreía a su hija, calculaba que la señorita, por fuerza, debía saberlo todo, y una lástima profunda le inundaba el alma.
  • Encorvada la horrenda sibila, alumbrada por el vivo fuego del hogar y la luz de la lámpara, ponía miedo su estoposa pelambrera, su catadura de bruja en aquelarre, más monstruosa por el bocio enorme, ya que le desfiguraba el cuello y remedaba un segundo rostro, rostro de visión infernal, sin ojos ni labios, liso y reluciente a modo de manzana cocida.
  • Nucha de pie, pero arrimada a la pared, con el rostro desencajado de espanto, los ojos no ya vagos sino llenos de extravío mortal.
  • Pero notó que Nucha, cerrando los ojos y apoyándose en la pared, se cubría la cara con el pañuelo.
  • Sus grandes ojos estaban dilatados.
  • Luego su efecto sombrío les fue entrando, mal de su grado, por los ojos hasta el alma.
  • Los ojos de Nucha se animaron, como si el capellán le hubiese adivinado un sentimiento que no se atrevía a manifestar.
  • El hidalgo animal parecía preguntar con los ojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
  • Él se estaba quieto, inmóvil, con los ojos muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan hermoso, que daban ganas de comérselo.
  • En aquellos ojos vagos, de ancha pupila y córnea húmeda, cercados de azulada ojera, vio Julián encenderse y fulgurar tras las negras pestañas una luz horrible, donde ardían la certeza, el asombro y el espanto.
  • ¡Largo de aquí! decía más pálida que nunca y con los ojos llameantes.
  • La esposa hincó más sus ojos en los del capellán e hizo dos o tres interrogaciones concretas, terminantes.
  • La señora de Moscoso cerró los ojos y apoyó la faz en los vidrios de la ventana.
  • Nucha se volvió, con los ojos secos y los nervios domados ya.
  • Obtuvo también que se hiciese la vista gorda en muchas cosas, que se cerrasen los ojos en otras, y que respecto a algunas sobreviniese ceguera total.
  • De esta vez decía el cura de Boán, viejo terne y firme, que echaba fuego por los ojos y gozaba fama del mejor cazador del distrito después de Primitivo, de esta vez los fastidiamos, ¡ quoniam ! Nucha no asistía a las sesiones del comité.
  • Sus ojos se hallaban encendidos y abultados, como de haber llorado mucho tiempo seguido.
  • Alzó Nucha los ojos, y en ellos lució un rayo instantáneo, un impulso de gritar, de quejarse, de pedir auxilio.
  • Pero acaso fuesen éstas vanas cavilaciones, y quizás soñaba también al imaginarse que, a la mesa, don Pedro seguía continuamente la dirección de sus ojos y acechaba sus movimientos.
  • No me apartas los ojos de ella, así se hunda el mundo.
  • Su cabeza redonda, peluda, sus salientes mandíbulas, sus ojos que no pestañeaban, parecían imagen de la misma obstinación.
  • El abad de Boán los descorrió impetuosamente, el Tuerto sacó la tranca, giró la llave en la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados, chispeantes los ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes.
  • En la mesa, mientras comía poco y sin gana, guardaba silencio, y a veces Julián, que no apartaba los ojos de la señorita, la veía mover los labios, cosa frecuente en las personas poseídas de una idea fija, que hablan para sí, sin emitir la voz.
  • Mascaba firme, bebía seco, y tenía los ojos fijos en el plato, cuando no en las vigas del techo.
  • He de abrir los ojos, que para eso tengo la luz de la fe, negada a los incrédulos, a los impíos, a los que están en pecado mortal.
  • Estimase como merece, y la pusiese sobre las niñas de sus ojos, ¿se libraría por eso de contrariedades, enfermedades, vejez y muerte?
  • Al frente de la portada había un grabado, bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba al capellán mucho alivio cada vez que fijaba sus ojos en él.
  • Es preciso declaró Nucha sin apartar de él sus ojos, más que vagos, extraviados ya que me ayude usted a salir de aquí.
  • Por primera vez durante la conversación se encendió el descolorido rostro de Nucha, y sus ojos se velaron, cubriéndolos la caída de las pestañas.
  • Además, ¿qué cosa en el mundo dejaría él de intentar por secar aquellos ojos puros, por sosegar aquel anheloso pecho, por ver de nuevo a la señorita segura, honrada, respetada, cercada de miramientos en la casa paterna?
  • Recostada en el altar se encontraba la señora de Moscoso, con un color como una muerta, los ojos cerrados, las cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo.
  • , y de repente, renunciando a la súplica, se colocaba, encendido y con los ojos chispeantes, dando cara al marqués, como desafiándole.
  • Ya se fingía encolerizado, espantaba los ojos, hinchaba los carrillos, cerraba los puños y resoplaba fieramente.
  • La había ganado en buena lid, la poseía por derecho de conquista, ¡ese derecho que comprenden los mismos salvajes! Adelantó mucho el hocico, igual que si fuese a catar alguna golosina, y tocó la frente y los ojos de la pequeña.
  • La música de las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados.
  • El chiquillo abre los ojos.
  • Sus ojos se empañan.
  • Idénticas largas trenzas negras, idéntico rostro pálido, pero más mate, más moreno, de óvalo más puro, de ojos más luminosos y mirada más firme.
  • Y sus ojos distraídos, vagorosos, parecen mirar estúpidamente toda la irremediable decadencia de un pueblo.
  • Sus mejillas están secas, arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con melancolía a quien frente por frente a él va embujando palabras en las cuartillas.
  • Tienen la cabeza ancha, las antenas breves, los ojos saltones, las alas diáfanas.
  • De cuando en cuando se frota los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo.
  • ¡Caramba!, yo creía que se había usted muerto, entonces se pone pálida y cierra los ojos.
  • El loro la mira con sus ojos de vidrio.
  • Este señor recuerda Azorín se yergue, entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos con modulación rítmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios extraños, mezcla de imprecación y de plegaria.
  • Y yo veo a este señor de pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza enhiesta.
  • Ya ante el enfermo, el que no tenía barba bajó los ojos, cruzó las manos sobre el pecho y dijo.
  • ¡El espíritu es inmortal! ¡El espíritu es indestructible! Y luego, exaltado, abriendo mucho sus ojos tristes, golpeándose la frente.
  • Tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la cara, tintadas las mejillas de vivos rojos.
  • Es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos y luego contrae los labios y chasca la lengua.
  • Esta muchacha tiene la cara ovalada, largas las pestañas, los ojos dulcemente atristados.
  • Sus ojos brillan.
  • ¡Y esto es contradictorio! La buena imitación de los clásicos consiste en apartar los ojos de sus obras y ponerlos en lo porvenir.
  • Y sus ojos están entornados.
  • Sus ojos se abren intranquilos.
  • ¡Ay, Antonio! ¡Ay, Antonio! Ha llegado la unción hace un momento y han ido poniendo sobre sus ojos, sobre sus oídos, sobre sus labios, sobre sus manos, sobre sus pies los santos óleos.
  • Y de pronto el maestro se agita nervioso, abre anchos los ojos y grita con angustia.
  • Si me oyes aún, yo te deseo la paz! Y el clérigo ha levantado los ojos al cielo y ha dicho.
  • Tenía los ojos grandes y los dientes muy blancos.
  • Azorín ha visto que la monja gruesa le enseñaba el papel a la morena y que ésta sonreía con una sonrisa suave, con una sonrisa divina, enseñando sus blancos dientes, poniendo en éxtasis los ojos.
  • La menudita se llevaba el pañuelo a los ojos y apretaba los labios para reprimir un sollozo.
  • Y Sarrió, que sudaba y trasudaba tratando de cortar inútilmente un enorme rosbif, ha levantado los ojos.
  • Pepita mira a Azorín con sus bellos ojos azules.
  • XVIII Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo así como unos vislumbres que fascinan.
  • Pepita levanta los ojos al cielo.
  • Sus ojos son azules.
  • Y pasando y repasando las grandes páginas, sus ojos caen sobre algo interesante.
  • Azorín ha añadido, tras breve pausa en que contemplaba los ojos de Pepita.
  • Y Pepita ha bajado sus hermosos ojos limpios y azules.
  • Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules.
  • Y cuando me acuerdo de ese cielo azul, me acuerdo también de unos ojos anchos y azules.
  • Y al día siguiente, cuando al levantarme la veo en el periódico, aparto los ojos de ella avergonzado, y meto el periódico en el cajón de la cómoda.
  • Por eso no es extraño que ante mi artículo abrieran espantados los ojos.
  • Sus ojos son pequeñuelos y azules.
  • Pasa una moza con el mantón subido, pálida, ornados los ojos de anchas ojeras lívidas.
  • Una cierra los ojos y echa la cabeza sobre el pecho.
  • Mi compañero suspira, levanta los ojos al cielo, se pasa la mano por la ancha frente como para disipar una pesadilla terrible, cruza los brazos en las largas esperas de plato a plato como pidiendo a sí mismo serenidad y calma.
  • Abro de nuevo los ojos, exasperado.
  • ¡Sarrió! Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeños y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarrió.
  • He aquí lo que mis ojos han leído.
  • Pero eran luego los ojos tenaces de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos y los que a la par les ponían raya.
  • Mas tuvo que contenerse al tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban mudamente de seriedad.
  • Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
  • ¿Es que no tienes ojos en la cara?
  • Lo mejor es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos.
  • El rato que pasé, Jesús Santo! ¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por no cortarme.
  • Esta chica o hace un gran matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en la cara.
  • A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar enamorado de ella.
  • Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube de borrasca, y si se hubiera podido oir el silencio habríase oído que en las bóvedas de los sótanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va perdiéndose a lo lejos aquello de o ella.
  • ¡sí o no! Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz tartamudeó.
  • ¡pareces un confesor! Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo.
  • Pero Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana.
  • Y le clavó los ojos.
  • Es verdad, sí dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas, como sencillo no he conocido otro.
  • Besaron, primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y abrazáronse luego con los ojos ya enjutos.
  • Le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o sobrina que de seguro tenía en el regazo.
  • Y levantando los ojos se los clavó en los suyos.
  • Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos.
  • Un milagro, Virgen Santísima gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas.
  • Metióse el pecho, lo cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir.
  • Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz.
  • Aquel cojerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le decía.
  • Y allí, sobre la cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos.
  • Mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos apacibles.
  • En los trances del ahogo miraban sus ojos, desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro.
  • En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz.
  • Quería abrirse con las uñas la garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire.
  • Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre.
  • ¿Es justo que me reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma llena de cuerpo?
  • Eso es corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver.
  • Era Manuela una hospiciana de diez y nueve años, enfermiza y pálida, de un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas palabras, triste casi siempre.
  • ¡Pero qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué sagacidad! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo! ¡Irradia fuego! Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la alcoba, y le dijo.
  • Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas.
  • Cerró los ojos al muerto, no sin decirse.
  • Murió Manuela clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde vagaban figuras de niebla sobre las sombras del Hospicio.
  • ¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen.
  • Y no sé de dónde ha sacado esos ojos.
  • No son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre.
  • ¿Sabes de quién parecen esos ojos?
  • ¡Pues son tus ojos.
  • ¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo.
  • Sacó el brazo de la cama, lo alargó como para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó con los claros ojos empañados, le dijo.
  • Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal, pero tú no has visto cosas feas, no puedes verlas.
  • Y si es caso, cerrando los ojos.
  • ¡Si no lloro! y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la medicina.
  • Preguntó Elvira mirándole a Manolita a los ojos.