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Frases que tengan las palabras: con y que

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Frases con: con y que

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Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.

  • Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de asentimiento a todo lo que dice.
  • Todos ellos, a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de San Daniel.
  • Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias.
  • ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no eran viejos.
  • El insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista.
  • Entrole la comezón de cumplir religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique declamatorio entre amiguitos.
  • No sólo iba a clase puntualísimo y cargado de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo.
  • Con estas dudas declaran los tales su furibunda aplicación.
  • Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras.
  • Era el hijo de Don Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos.
  • Vestía con elegancia y tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado.
  • Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero botarate.
  • Barbarita estaba loca con su hijo.
  • Al contrario, los más brutos, los más feos y los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma muerte no quiere nada con ellos.
  • Del tormento que estas ideas daban a su alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa.
  • No trataba a su hijo con mimo.
  • En la sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la cortesía con la confianza, hay algunos Pepes, Manolitos y Pacos que, aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la llaneza castiza del carácter español.
  • En algunas personas, puede relacionarse el diminutivo con el sino.
  • Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito.
  • Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría.
  • Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.
  • Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura, otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos los actos del joven, tundiéndole a preguntas.
  • ¿A dónde vas con ese cuerpo?
  • Ponía una de cal y otra de arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las zalamerías.
  • Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación.
  • ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón de estos que rece el rosario con la familia?
  • Así me crié, así salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya ya.
  • Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales.
  • Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había oído contar horrores de lo que allí pasaba.
  • Como que estaba infestada la gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos de la moda.
  • Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso de Juanito.
  • Tanto hablar de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que a todos dejaba pasmados.
  • ¡Vaya con París!
  • Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de Don Baldomero I, y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más, retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer.
  • No sólo realizó contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa historia de la sastrería moderna.
  • Aparecía como contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por introducir paños extranjeros con mala fortuna.
  • Albert murió el 55, dejando una gran fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.
  • Los detallistas no necesitaban que se les llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes charlatánicas.
  • Se había hecho pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843.
  • Con esto tenía lo bastante para no aburrirse.
  • Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso fiscal, mientras que Don Baldomero, que en todo era templado, pretendía que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria española.
  • Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su opinión.
  • Pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo.
  • Le he dicho que adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga.
  • Los techos se cogían con la mano.
  • Las escaleras había que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían destinadas a la premeditación de algún crimen.
  • Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez.
  • Como se recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver.
  • También había por allí una persona a quien la niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino.
  • Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión.
  • Es el ingenio bordador de los pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos con flores y rimados con pájaros.
  • Envolverse en él es como vestirse con un cuadro.
  • La industria moderna no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general.
  • Esta prenda hermosa se va desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto.
  • Y tan agradecido era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo chicos y las uñas increíbles también por lo largas.
  • Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en ellas el rocío.
  • Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de las varillas.
  • Y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le parecían personas, sino chinos, con las caras redondas y tersas como hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que parecían matitas de albahaca.
  • Objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes con que los ángeles se divertían en el Cielo.
  • Eran al modo de torres de muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por una y otra banda.
  • Por el respeto con que su mamá los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia cuando comulgan.
  • Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.
  • Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres.
  • Las niñas con quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el comerciante de hierros de la calle de Tintoreros.
  • Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una toalla.
  • Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se carteaba con el fabricante.
  • Pero lo que tenía en más estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el leopardo y el unicornio.
  • Este señor Bermingán es el que se cartea con mi papá todos los días, en inglés.
  • La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de barnices o de ingredientes para teñirse el pelo.
  • Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el fuerte olor de agua de Colonia o de los siete ladrones, que el pañuelo tenía.
  • Pero poco a poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con el cual decía que iba a hacer un espejo.
  • Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal.
  • Quedábanse Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la admiración y la envidia.
  • Barbarita no gustaba de prodigar su tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia, temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea.
  • Por último, las dos amiguitas y otras que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas, reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.
  • Iii Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás, peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en un portal de la calle de Postas para pedir el cuartito para la Cruz de Mayo, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una mesilla forrada de damasco rojo.
  • Los dueños de la casa llamada del portal de la Virgen, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de nacimiento.
  • A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se ponía la montera y el chaleco encarnado.
  • Las pequeñuelas, si los mayores se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener el ochavito.
  • Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre.
  • No había más remedio que cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la generalización de los abrigos confeccionados, notándose además en la clase popular tendencias a vestirse como la clase media.
  • La decadencia del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid (mayormente el día de San Lorenzo, para la parroquia de la chinche ) y tenían regular salida para Valencia y Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna parroquiana se atreviera con ellos.
  • Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o remitidas por las casas de Cádiz.
  • Pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil colores.
  • Este innovador fue Senquá, del cual puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a Mozart.
  • Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud, variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida, combinaciones nuevas y atrevimientos admirables.
  • A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.
  • Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.
  • La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.
  • Su timidez no decía bien con su corpulencia.
  • Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el dinero que le daban sus papás.
  • A pesar de estas raras dotes, Barbarita, si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos.
  • Así es que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito.
  • Y no empleó para esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto con estilo llano y decidido.
  • Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas, la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si ella se salía con la inocentada de querer más o menos.
  • Callose, pues, como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de humilde aquiescencia.
  • Pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas.
  • Interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no le quería absolutamente nada.
  • Palabra tras palabra, fue soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.
  • Iv A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar, alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio.
  • Bárbara manifestaba a su madre con gozo discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto.
  • Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente a estos excelsos casados.
  • Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841 en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León, salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de aquel cristiano casamiento.
  • Él era un señor de muy buena presencia, el pelo entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella de perrazo de Terranova.
  • Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo.
  • , a no ser lo que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les chorrea por la corteza todo el azúcar.
  • Los felices esposos contaban con él este mes, el que viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos al Mesías.
  • A veces se entristecían con la tardanza.
  • No se dejaba ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles, ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en los ojos.
  • Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo.
  • ¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por Don Baldomero I, era todo blanduras con su hijo?
  • Todas las noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la casa.
  • Hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en corporación con los susodichos dependientes.
  • Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos, no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su aplicación.
  • Que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba riendo que con estos teje manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.
  • En la caja habían entrado ya los primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos.
  • Se hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles, los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.
  • Para que el progreso pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato, debido al pincel de Don Vicente López, hemos contemplado con satisfacción en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se transformase.
  • Dos años después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con Isabel Cordero, hija de Don Benigno Cordero, mujer de gran disposición, que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de aquel acreditado establecimiento.
  • Comprometido éste del 40 al 45, por los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los mahones, aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54.
  • Las galeras aceleradas iban trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que pretenden ser signo de cultura.
  • La aristocracia los cedía con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata, entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos.
  • Aquel encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno, aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de Zaragoza.
  • El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea.
  • Ha transigido con los gabanes y aun con el polisón, a cambio de las toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo de Nápoles.
  • Otros mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de la industria española.
  • Al fundar los ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones.
  • El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado King Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus precios en libras esterlinas.
  • La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados con el ferrocarril de Suez.
  • Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no podían competir con las que lo encargaban a Liverpool.
  • Pues apechuguemos con las novedades dijo Isabel a su marido, observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán que todos los madrileños sentían de ser elegantes con seriedad.
  • Era un payo con casaca de gentil hombre y la camisa desgarrada y sucia.
  • Isabel Cordero, que se anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos.
  • En aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.
  • Este Madrid, que entonces era futuro, se le representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran la misma pulcritud.
  • No sabían hacerlo sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo, por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y visible en el cuartel superior el dibujo central.
  • Pero Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la fisonomía lela y honrada del Sr.
  • Y aseguró que si su hermano se obstinaba en quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor, haciendo juego con los aparadores.
  • Vi Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad prodigiosa.
  • En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada año.
  • Mi Jacinta nació cuando se casó la Reina, con pocos días de diferencia.
  • En no sé qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses.
  • ¡Vaya una plaga que le había caído al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas?
  • Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase de parir hembras como de una responsabilidad.
  • Pero los esposos Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como debiera.
  • Ya está ahí doña Isabel con el muestrario.
  • La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por delante como los paveros en Navidad.
  • Los varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van tirando.
  • ¡Y con estas modas de ahora y este suponer!
  • Para llenarles la barriga, me defiendo con las patatas y las migas.
  • Pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas.
  • Doña Isabel estaba siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.
  • Era forzoso hacer el artículo, y aquella gran mujer, negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con su género a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía, ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar.
  • Era también de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena cachemira.
  • Basta con que el chico sea formal y trabajador.
  • Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela ofrecía variedad chocante en orden de riqueza.
  • Su tío Don Cayetano Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa Muñoz, y poseía muchos millones.
  • El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía muy claro.
  • Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos mandarines.
  • ¡Qué hermosotes iban esta mañana los del tercero de fusileros con sus pompones nuevos!
  • Iba con Linaje y con San Miguel.
  • Cuando entraba le recibían con exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la conversación.
  • Una sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se aprende con los ojos.
  • Era muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente al establecimiento.
  • Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en volver, que muchas veces creyó Don Bonifacio que le habían llevado preso.
  • Por esto sintió mucho Arnaiz que Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con los dineros de una pequeña herencia.
  • Como él pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le cortaran la lengua que la hebra.
  • Si el género pedido estaba sobre el mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la interrupción.
  • Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor palabrero con que se embriagaba.
  • Era muy fino con las señoras de alto copete.
  • Ayer vi a las niñas con el Sr.
  • Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el dintel de la tienda.
  • Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida, el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio.
  • Pasábanse el día entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas tácticas.
  • Lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería humana.
  • Un día le embargaron todo, y Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.
  • En su aspecto y en el reposo de su semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
  • Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando religiosamente a todo el mundo con las existencias.
  • Se había quedado con lo puesto y sin una mota.
  • Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel esmero de detalles que encantaba.
  • No había otro como él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa, figurándose mendigo con un niño a cuestas.
  • Ninguno como él poseía el arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda.
  • La moral del pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía feliz remate a una de aquellas empresas.
  • Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha tenido también sus héroes y sus mártires.
  • Plácido la profesaba con no menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de infantería, y además no quitaba la vida a nadie.
  • Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los puestos de la plaza de Santa Cruz.
  • Su posición junto a tan noble familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones que él sabía desempeñar con exactitud suma.
  • Ya iba a la plaza de la Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas, donde vivían la planchadora y la encajera de la casa.
  • Tal ascendiente tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho.
  • Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte, que se preciaba de entender como buen madrileño.
  • El niño y el viejo se entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar ninguna regla.
  • Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás con personas ordinarias y de baja estofa.
  • Una sola vez en su vida tuvo que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera.
  • Y fue que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una piedra.
  • ¡Infames, burlar así a quien era la misma sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como grosería.
  • Iii Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al ras con los sesenta años.
  • La forma de la cabeza, la sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona, que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la imagen de Polichinela.
  • La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto parentesco con el de las cotorras.
  • En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por repugnancia a introducir novedades en su guardarropa.
  • Usaba un sombrero chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de Julio a Septiembre.
  • Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés.
  • Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones.
  • Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.
  • No existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso apechugar con ciento veinte escalones, todos de piedra, como decía Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio.
  • Barbarita le mandó en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.
  • Retorcía los pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra para hacerle la misma caricia.
  • Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima, Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y gastados.
  • La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.
  • Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas con ella.
  • Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la llevaba a la boca.
  • ¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.
  • Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo.
  • ¡Fortunaaá! Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un yia voy con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba el tímpano.
  • Y al soltar aquel sonido, digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las escaleras abajo, que parecía rodar por ellas.
  • Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas palabras.
  • Abriolo Estupiñá con respeto, ¿y qué era?
  • Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
  • Las pastorales, sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo era de Paul de Kock.
  • Si hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más amor.
  • Con un cimiento de pedernal que es una gloria.
  • Y si no le conoces, con decir.
  • Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería, Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el establecimiento de huevos de la Cava.
  • La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy particulares de su voz y lenguaje.
  • Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con qué casta de gente se juntaba.
  • El Delfín se encajó una capa de esclavina corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería.
  • Poníase por las noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes.
  • Un día se presentó en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen ropa ajustada para toreros, chulos y matachines.
  • ¿Es posible dijo a su niño, sin disimular la ira, que se te antoje también ponerte esos pantalones ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de cigüeña?
  • Pero la inflexible mamá le cortaba la retirada con preguntas contundentes.
  • Respondía él que los de siempre, lo cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no aportaban ya por la casa.
  • , en adquirir hábitos ordinarios y en tratarse con zánganos de coleta.
  • Estos furores solían concluir con risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.
  • Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole cuentos, dichos en voz baja y melodramática.
  • , de estos de sombrero redondo y capa con esclavina ribeteada.
  • Preguntó con ansiedad Barbarita.
  • Dos, señora, dos dijo Plácido corroborando con igual número de dedos muy estirados lo que la voz denunciaba.
  • Lo sé por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado que esté con mucho ojo.
  • Iba con Villalonga.
  • Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para qué decirlo.
  • Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los desvaríos de su hijo con tal que se reformase.
  • Pero todo lo perdonaba, todo, todito, con tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de las edades.
  • Hablando de esto con su marido, Don Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que mereció la aprobación de ella.
  • Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro.
  • Nos mandará acá una pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza.
  • Pero Barbarita, con aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a primeras le dijo.
  • Instaláronse en su residencia de verano, que era como un palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables que todos estaban.
  • Pues sí dijo ella, después de una conversación preparada con gracia.
  • ¡Y qué casualidad! Al día siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva menuda.
  • Pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un verdadero caso de infalibilidad.
  • Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y filosófico del mundo.
  • Mamá, he meditado profundísimamente sobre este problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted dispuesto a complacerla.
  • Su madre había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia, descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y la voluntad de su madre.
  • Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.
  • Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal.
  • Mas para todo hay remedio menos para la muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis, que las dificultades se desleían como la sal en el agua.
  • Rocas formidables, olas, playa con caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos, helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban cumpliendo.
  • Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se llama en lenguaje corriente una mujer mona.
  • Pero sabía triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.
  • Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su elección.
  • No sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de boda, al equipo y demás cosas.
  • ¡Qué proyectos hacía, qué cosas inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza.
  • Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y sucumbió a su primera embriaguez.
  • En su muerte la perseguían las fechas célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia la rondara deseando tener algo que ver con ella.
  • Isabel Cordero y Don Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.
  • Dijo Don Baldomero con muy buen juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos lugares dignos de ser vistos.
  • Juanito se manifestó enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial, verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto, sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá, cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra.
  • Dadas las despedidas, con sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la estación.
  • Porque la idea de que se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la ponía temblorosa y asustada.
  • Pero las consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor.
  • Con los mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las revelaciones.
  • La educación del hombre de nuestros días no puede ser completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las pasiones todas.
  • Ella no, porque fundaba su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y diplomático.
  • Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al mugir de la máquina humeante, gritaba.
  • Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa.
  • Pues una chica huérfana que vivía con su tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel.
  • Era viuda, y estaba liada, así se dice, con un picador.
  • Consolé a la pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.
  • ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que hoy poseo, tú, niña mía?
  • Revivió con fuerza en Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la Seo.
  • Anoche pensé en ellas, y aun soñé un poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío.
  • Me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el pelito sobre la oreja.
  • Sigue con tu conquista.
  • Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una burla, una estafa, una villanía.
  • ¡Ah, tuno! exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente cómica.
  • Con que casarte.
  • ¡a mí! La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos esposos se admiraron de oírla.
  • Formaban la rinconada aquella vetustos caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y tristísimo.
  • Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada.
  • Y corrieron ambos por el desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella coloradita y con los ojos húmedos.
  • Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda de un platero y se casó con ella.
  • Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos.
  • Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza.
  • Pero como había otros viajeros en el vagón, los recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y tonterías de amor.
  • Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les dejó ponerse babosos.
  • En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
  • Durante tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en el triquitraque de los telares.
  • Los de Jacquard con sus incomprensibles juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer.
  • No puedes figurarte decía a su marido, al salir de un taller, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para vestirse.
  • ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi marido con esa mujer?
  • Esta era la palabra difícil de pronunciar, ¡chiquillo!, Jacinta no se atrevía, y aunque intentó sustituirla con familia, sucesión, tampoco salía.
  • A trozos, el paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos.
  • Más allá las viñas lo alegraban con la verde gala del pámpano.
  • Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o parecidas expresiones.
  • ¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido que ver con el Gran Turco ni con la capitana de Don Juan de Austria?
  • Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro del tren.
  • A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza.
  • Ya se acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla.
  • Ya se escondían tras un otero, para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al escondite con los palos del telégrafo.
  • Las cinco rayas parece que están grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.
  • Ánimo chica, y dame un beso, que las hambres con amor son menos.
  • Ya te contentarás con naranja y media.
  • Por fin, en no sé cuál apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores, rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos.
  • Ambos se colocaron rodillas con rodillas, poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel montón de cadáveres fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre les daba.
  • ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote, viendo pasar el tren y diciendo allá van esos brutos.
  • Él le rodeaba la cintura con el brazo.
  • Vaya con lo que sales ahora.
  • ¿Con que, nenito, desembuchas eso, sí o no?
  • ¿Qué me meto yo en el bolsillo con saber un nombre más?
  • No me hagas pensar en lo que quiero olvidar replicó Santa Cruz con hastío No te digo una palabra, ¿sabes?
  • Las tierras labradas encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas.
  • Los variados verdes, más parece que los ha hecho el arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible.
  • Los hombres con zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco.
  • Las mujeres frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de pelo sobre las sienes.
  • ¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma.
  • No te entusiasmes, hijo, y tómalo con calma.
  • Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las cabañas de paja con una cruz en el pico del techo.
  • Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo, la falda, el polisón, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas y sillas del aposento.
  • Estaba rendida y no veía las santas horas de dar con sus fatigadas carnes en la cama.
  • Pero con la condición de que en tu vida más.
  • Las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre, que parece el camino de lo infinito.
  • Pasaron allí creo que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento, viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las miradas de los transeúntes.
  • Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez convertida en broma, se hace más llevadera.
  • Bebió el Delfín muchas cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener.
  • Después un inglés muy pesado, que chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados, como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de tomar unas cañas.
  • El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su boquita cerrada que tuvieran fundamenta.
  • Me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo.
  • Porque si bajo, y vuelve el mister con sus finuras, le pego.
  • Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de que lo primero de todo es la familia.
  • Te amo con delirio como se dice en los dramas.
  • Jacinta le observaba con atención recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir.
  • Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas.
  • Es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad.
  • Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella.
  • El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas.
  • Y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles.
  • Hay momentos en la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez.
  • La grosería con gracia seduce algún tiempo, después marca.
  • Por fin resolvimos Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más.
  • Y con la cabeza para abajo.
  • Le había entrado mortal frío, y daba diente con diente.
  • Dando una rápida vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los ojos y diciendo con voz cavernosa.
  • Y sus nervios, que habían empezado a calmarse, luchaban con la sedación.
  • A media noche pudo Jacinta con no poco trabajo llevarle hasta la cama y acostarle.
  • Tenía conciencia vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo.
  • Por último, no pudo mi hombre resistir el afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de zalamerías, le dijo.
  • Vamos, con franqueza.
  • Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.
  • Jacinta se quería comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran sinceras.
  • ¿Habló Juan con verdad?
  • Hacía rayas en el suelo con el bastón.
  • ¿Con quién?
  • Con la actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas, se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, que por la tarde ya estos se habían desvanecido.
  • Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las bocas con aquella mujer.
  • Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las circunstancias.
  • Dijo Santa Cruz preparando todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se prueba todo lo que se quiere.
  • Pero la vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.
  • La sociedad no se gobierna con las ideas puras.
  • , pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que hubiera cumplido mis compromisos con la Pitusa.
  • Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un emético muy fuerte.
  • Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había que pensar en la besadera ), y cuando vino la noche sobre España, cuyo radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y de repartir los regalos.
  • Pero lo que la hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y benévolo con que iluminaba su rostro.
  • Mas atendía con ansia a todo lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión.
  • Ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les hacen decir y hacer muchas tonterías.
  • Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con un pobre, había tenido dos de un vientre.
  • Insensiblemente, con la ayuda de la burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que amarra y solidifica la masa nacional.
  • Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio siglo.
  • El primer conde de Trujillo está casado con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo colosal fortuna vendiendo fardos de Coruñas y Viveros para vestir a la tropa y a la Milicia Nacional.
  • La una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la otra con uno de los Morenos de Madrid, co fundador de los Cinco Gremios y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de donde vino Pepito Trastamara.
  • El hijo único de Bonilla casó con una Trujillo.
  • Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una Isla Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y después en la plazuela de Pontejos.
  • Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los vaivenes de la vida, a los Morenos pobres.
  • Se casó con un farmacéutico de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su puesto aquí.
  • Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego.
  • Ved ahora cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la vista.
  • Don Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz.
  • Su hijo, que después fue marqués de Casa Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las contratas de paños y lienzos con el Gobierno.
  • Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz, hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista arruinado de la Concepción Jerónima.
  • La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de Madrid que más trabaja en el negocio de moneda.
  • Un hermano de este casó con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue dependiente Pepe Samaniego.
  • ¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y cruzados vástagos de esta colosal enredadera?
  • Hay quien dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es primo hermano de Don Manuel Moreno Isla, uno de los Morenos que atan perros con longaniza.
  • Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta complicada enredadera.
  • En un mismo día, al salir de paseo o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.
  • Ocupaban los dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y mucha comodidad interior.
  • Tenían un salón algo anticuado, con tres balcones.
  • A la derecha del salón estaba el despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas librerías.
  • El gabinetito de Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante de la casa y la única tapizada con tela.
  • Todas las demás lo estaban con colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola con oro.
  • Los muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni tampoco por rutinario.
  • Sus dos camas de palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul.
  • La de los padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas como las de un sagrario de Jueves Santo.
  • La alcoba de los pollos se comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas que Jacinta destinaba a los niños.
  • Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo.
  • El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que de tan bien pintadas parecía que olían mal.
  • No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con cualquier jefe.
  • Pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza.
  • El resto de su renta lo capitalizaba Don Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada año, bien amasando para hacerse con una casa más.
  • De aquellos mil duros que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria.
  • Llegaba el fin de mes y siempre había un superávit con el cual ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
  • Mas aceptó con gozo para que fuera Jacinta.
  • Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con seis amigos, a un palco alto de proscenio.
  • Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer término con simetría de escaparate.
  • La envidiada de todos, envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en brazos liado en trapos.
  • Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido.
  • Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones.
  • Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos.
  • Las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura.
  • Y Candelaria, que apenas tenía con qué vivir, ¡uno cada año!
  • Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su alma se hicieron fuerza activa para responder al miiiii subterráneo con otro miiii dicho a su manera.
  • Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz hablando con un conductor del coche correo, y al punto oyó la voz de su señorita.
  • Después se puso de cuatro pies, mirando a su ama con semblante de marrullería y jovialidad.
  • Sácalos dijo la dama con voz de autoridad indiscutible.
  • Llovía más, y por el absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de freidera que apenas permitía ya oír el ahilado miiii.
  • No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
  • Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel gaznate.
  • ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle ¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano, poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita diciéndole con su maleante estilo.
  • Y Juan, que tenía talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la maternidad sin hijo.
  • Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia.
  • Abierta esta, se metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una función de gran lleno, y empezaban las misas.
  • ¡Con estas malditas aguas.
  • Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones, Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel santo lugar.
  • Vaya un modo de portarse con los parroquianos.
  • Otras mañanas iba con esta monserga.
  • No vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
  • Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y el dinero copioso de la otra.
  • Barbarita interrumpía un Padrenuestro para decir, todavía con la expresión de la religiosidad en el rostro.
  • , sí, y con golpes de oro.
  • A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la tienda obra de ochocientos o novecientos reales.
  • Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento a casa decía con despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.
  • Vaya, quedaos con Dios decía doña Barbarita, levantándose de la silla a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.
  • Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la horca.
  • Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido.
  • Los de Santa Cruz no transigían con los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a brazo.
  • Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se hacía a toda conciencia, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo.
  • Jacinta recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo traspaso no le permitían.
  • Estupiñá se encargaba de traer estos peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de ocultis, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos tiempos juveniles.
  • Los miradores de las dos casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer la correspondencia.
  • Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se movía de allí ni tenía que ver con nadie.
  • Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.
  • No me vengas a mí con cuentos.
  • La de Pacheco, que tenía buenas despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas las bromas sin enojarse nunca.
  • Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que está casado con una de las chicas de Ruiz Ochoa.
  • Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su corazón.
  • Un espíritu con ideas propias y con iniciativas varoniles.
  • No se reconocía con bastante paciencia para encerrarse y estar todo el santo día bostezando el gori gori, ni para ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad.
  • Era mujer que cuando se proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y serena.
  • Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y adelante, con los pies ensangrentados.
  • Aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se le fue la mitad de su legítima.
  • Pero la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo fue hecho, sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de sus parientes ricos.
  • Desde aquel momento pediría a todo bicho viviente, iría de puerta en puerta con la mano así.
  • Recibiome con cierto recelo.
  • Algunos me recibían casi con palio.
  • El Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones.
  • Hija, me llenaron de injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba para pegarme.
  • La más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a los dos días a mi casa a llevarme un napoleón.
  • Esto me da tantos ánimos que me atrevo con todo.
  • Me miraba con afabilidad.
  • Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre mi asilo el pan de cada día.
  • Hoy les he dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen.
  • Veremos si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse y ser buenos cristianos.
  • Ii Un edificio ad hoc dijo con incredulidad el marqués de Casa Muñoz, que era uno de los presentes.
  • Con que a ver.
  • Preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de berroqueña.
  • Preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y apuntándole con la aguja de media.
  • Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los acepto y a la obra con ellos.
  • ¿Con qué creen ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo?
  • Guillermina dijo Casa Muñoz algo conmovido, cuente usted con doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.
  • La primera piedra no hay quien me la quite expresó Aparisi con toda la hinchazón de su amor propio.
  • Apuntó Barbarita, por ejemplo, toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes.
  • Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones de alegría.
  • La santurrona les está embaucando con las fantasmagorías del asilo que va a edificar.
  • Cuidado, mucho cuidado con los timos.
  • Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has sacado, me salvo díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.
  • Si crees que eso te vale, gran miserable, usurero, recocho en dinero repitió Guillermina con tono y sonrisa de chanza benévola.
  • La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su alma.
  • No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón llamaron a Moreno con enérgica insistencia.
  • Fue a ver y volvió con el cuento.
  • ¡Qué dices, mujer! Que Don Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la ventana y dice.
  • Oye le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban con picardía.
  • Con veinte duros que le sonsaques hay bastante.
  • Señores, no seamos impresionables indicó el marqués de Casa Muñoz, que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta.
  • No podía dudarse de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.
  • ¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?
  • Saltó el marqués incómodo, anonadando a su contrario con una mirada.
  • Pero con el marqués de Casa Muñoz no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era capaz de poner puntos sobre las haches.
  • Su dentadura era artificial y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la cabeza sin pintar.
  • Vaya con la descuidera.
  • Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y arrugando el billete que estaba en ellas.
  • En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
  • Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza, vaya.
  • Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata.
  • Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo.
  • ¡Ah! Barbarita soñaba ya con hacer provisiones.
  • Trataba a su mujer con un cariño tal, que.
  • ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su suegra cuando le venía con aquellas historias.
  • Con qué cara le diría.
  • Los más insignificantes gestos de su esposo, las inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el trabajo de las abejas.
  • Jacinta se reía con esto.
  • Llevaría ambas penas con paciencia, con tal que no saltara algo más fuerte.
  • Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.
  • Vicioso y discreto, sibarita y hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el donaire, la extravagancia.
  • Cuando se casó, hízole proposiciones don Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera.
  • Recreábase aquel buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las manos con que la ha hecho.
  • Gastaba, sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando empezaban a exigirle algo de disipación.
  • Tenía cierto respeto ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no era él seguramente quien daba tres.
  • De la cantidad con que cualquier manirroto se proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.
  • Es decir, que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a todos los que van a la política a hacer chanchullos.
  • Cada país tiene el Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté siempre con una estaca en la mano.
  • Por gradaciones lentas, Juanito llegó a defender con calor la idea alfonsina.
  • Por Dios, hijo decía Don Baldomero con inocencia, si eso no puede ser y sacaba a relucir los jamases de Prim.
  • Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados del corazón.
  • Porque yo decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia, no soy de lo peorcito de la humanidad.
  • La pobrecilla me quiere con delirio.
  • Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones intelectuales.
  • Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la obediencia del espíritu.
  • Con lo que no se conformaba era con no tener chiquillos, porque todo se puede ir conllevando decía, menos eso.
  • Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en ciertas cosas.
  • Los lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía desde la otra cama.
  • Cuando por las noches veía entrar de la calle a Don Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que hubiera lógica en el mundo, y decía para sí.
  • Lo último que oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las noches de verano.
  • Todo estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había visto ella y Barbarita en casa de Sobrino.
  • La miraba con sus ojazos vivos y húmedos, expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad cabe.
  • Pasaba mucho tiempo así, el niño hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de ella con el rayo de sus ojos.
  • Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas, con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible.
  • Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento de pudor y miedo.
  • Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos, y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano, con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con sordina.
  • Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él, hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos o estocadas con el dedo índice muy tieso.
  • Después de bien cosida a puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras.
  • Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de seriedad, prosiguió.
  • Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el cual quería decir.
  • No me quiero meter en discusiones contigo, porque saldría con las manos en la cabeza.
  • Y era verdad, porque el Delfín hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.
  • Venía yo con Cantero de la Junta del Banco.
  • Es Aparisi que viene a almorzar con nosotros.
  • En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que había de almorzar el enfermo.
  • Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.
  • Veremos con lo que sale.
  • Aparisi está indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque no ha seguido sus consejos.
  • ¡Los consejos de Aparisi! Sí, y al marqués lo que le tiene con el alma en un hilo es que se levante la masa obrera.
  • El criado anunció a un hombre que quería hablar con el señor joven.
  • Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato social.
  • ¡cuánto gusto de verle! le dijo Santa Cruz con fingida seriedad.
  • Con permiso.
  • Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
  • Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad profunda.
  • No sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de hueso?
  • Que le traigan dos dijo el señorito gozando con la idea de ver comer a un hambriento.
  • Jacinta entró con un plato en la mano.
  • Tras ella vino Blas con el mismo velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta, panecillo, copa y botella de vino.
  • Miró estas cosas Ido con estupor famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que llamaba eléctrico.
  • Después exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar con bronca voz estas palabras.
  • ¡Una santa!, ¡una santa! repitió Ido, con la barba pegada al pecho y echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz.
  • Pues la voz pública se engaña gritó Ido alargando el cuello y accionando con energía.
  • Replicó Ido con entonación trágica de actor de la legua.
  • ¡adúuultera! Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando echan una maldición.
  • Hay que llevar estas cosas con paciencia.
  • ¡Con paciencia, con paciencia! exclamó Ido, que en su estado eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la mascase, a pesar de no tener muelas.
  • Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que bajan el testuz para acometer.
  • Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le convierte en animal feroz.
  • Si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con frenesí, esa dama que fue tan pura.
  • Si usted descubre, repito, que falta a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal.
  • Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.
  • Duelitos a mí! replicó Ido con sarcasmo.
  • Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre de los adúlteros y decir a gritos.
  • Su demencia es que su mujer se la pega con un grande de España.
  • Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su amiga para que en sus excursiones le socorriese.
  • Quería hablar con la señorita.
  • Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y la suya puesta sobre las sábanas.
  • Pero créame la señora, se lo digo con la mano puesta en el corazón.
  • Más me convendría ropa de niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que mis chicos estén vestidos.
  • Yo no tengo niños dijo la dama con tanta pena como el otro al decir no tengo camisa.
  • Usted está loco exclamó la dama con arranque de enojo y despecho.
  • Pretendía que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no le era habitual, decíale con enojo.
  • Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.
  • Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con estrépito y cólera.
  • ¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes.
  • Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates.
  • Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como una confitería.
  • Tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.
  • Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus pensamientos.
  • Porque empezaba a creer que el loco, con serlo tan rematado, había dicho verdades.
  • Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de coscorrones.
  • Y a Juanito no se le ocultó la seriedad con que lo decía.
  • Doña Bárbara entró diciendo con autoridad.
  • ¿Y me voy a quedar solo con Blas?
  • Me va a aburrir con su edificio.
  • Anoche me dio la gran jaqueca, con que si sacó las maderas de seis a treinta y ocho reales, y las carreras de pie y cuarto a diez y seis reales pie.
  • Que venga Placidito, para que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el zurriago.
  • No contento con esto, quería divertirse a costa de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían contado, decíale.
  • A lo mejor, saltaba Juan con esto.
  • En el salón vio a varias personas, Casa Muñoz, Ramón Villuendas, Don Valeriano Ruiz Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de terror, que más bien parecían conspiradores.
  • En el gabinete de Barbarita y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media con hilo crudo.
  • En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del plan que tenía para la mañana siguiente.
  • Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá.
  • Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados observó Jacinta riéndose con cierta melancolía.
  • Pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante.
  • Cuando se durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.
  • Había dejado a su esposo con Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen de la Paloma a oír una misa que había prometido.
  • Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo.
  • Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir.
  • De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes.
  • El verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta.
  • Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas.
  • Eran maniquís vestidos de señora con tremendos polisones, o de caballero con terno completo de lanilla.
  • Chaquetas ahuecadas con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres humanos sin piernas ni cabeza.
  • Telas rojas, arneses rojos, collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco.
  • Pasmábase la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantón.
  • Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los transeúntes.
  • Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a secar, y oyó un zumbido como de enjambre.
  • Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con agujeros, o con orificios, como diría Aparisi.
  • Otra, toquilla blanca, y otra estaba con las greñas al aire.
  • Esta llevaba zapatillas de orillo, y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón torcido.
  • Estaba el que va para la escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más que vagar.
  • Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.
  • Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas pardas, con reflejos irisados en el cuello.
  • Nos basta con saber que están en casa.
  • Estaban jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce.
  • La niña, que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí.
  • Estaban jugando con arena fina de fregar.
  • El mamón estaba fajado y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que nadie le hiciera caso.
  • Las dos niñas habían extendido la arena sobre el piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con cuerdas y trapos.
  • ¡Qué tropa, Dios! exclamó la zancuda con indignación de celador de ornato público, que no causó efecto.
  • Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron oídas con el más insolente desdén.
  • El otro cogía puñados de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la arena representaba el agua.
  • Vamos, hijos, quitaos de en medio les dijo Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero, gritando.
  • ¡Vaya con la canalla esta.
  • Bien era un brasero que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para hacer tiro.
  • Veían las cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas fotografías.
  • Algunas vecinas conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto.
  • Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en paz a quien no se mete con ustedes.
  • Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los nudillos.
  • Comparado con el segundo, el primero tenía algo de aristocrático y podría pasar por albergue de familias distinguidas.
  • El revoco se caía a pedazos, y los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante.
  • Por los desiguales tejados paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas, los ojos dormilones, el pelo erizado.
  • Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado, horribles caras.
  • Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo, tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón.
  • Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando toscamente las sílabas finales.
  • Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros, hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte.
  • Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes, cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en heces de tintero.
  • Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.
  • Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras producían en aquellas señoriticas tan requetefinas.
  • Que mancháis a estas señoras con esas manazas.
  • Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba, contestaron quecon sus cabezas de salvaje.
  • No tardó en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a mancharse ella también.
  • A otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de luto.
  • Ya no se defendía más que con la paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba considerablemente.
  • La Venus de Médicis tenía los párpados enfermos, rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de ella que con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre.
  • Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido, engomado y puesto con muchísimo aquel.
  • ¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?
  • Hombre dijo a su marido, haciéndole estremecer, ¿qué haces ahí con la boca abierta?
  • Como Jacinta observaba atentamente el trabajo de Don José, este se esmeró en hacerlo con desusada perfección y ligereza.
  • Después empezó a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los estarcidos.
  • Pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un buen rato con la boca abierta.
  • No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con tanto pingajo.
  • Está aprendiendo con una vecina maestra.
  • Pero Jacinta no se conformó con salir tan pronto.
  • Había ido allí con determinado fin, y por nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo.
  • Y saliendo rápidamente del cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano.
  • Exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio, y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño, con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color de su carne por parte alguna.
  • Yo tengo que hablar con él.
  • Señora replicó Don José con finura, la puerta de su domicilio está cerrada.
  • Pues quiero verle, quiero hablar con él.
  • ¡pobre niño! Debe de estar en un martirio horrible con ese emplasto en la cara.
  • El Pituso dijo quecon la cabeza.
  • Por fin una mujer agitanada y con faldas de percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el pelo lacio y la tez crasa y de color de terra cotta, se pareció por allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para despercudir y chovelar a aquel ángel.
  • Se le llevaron en burlesca procesión, él delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los suelos, que empezaba a dar jipíos.
  • Los chicos detrás haciendo una bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con endiñarles si no se quitaban de en medio.
  • Pero Guillermina la sofocaba con sus prisas.
  • Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba una rápida conversación con Don José.
  • Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo.
  • ¿Con que lo hará usted?
  • Temía que su mujer descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura.
  • Pero al acostarse volvió Ido a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan fijo como tres y dos son cinco.
  • Durmió, pues, tan mal que en realidad dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su contrabando.
  • Llegó por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta presunción.
  • Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse bien se había ido bastante tiempo.
  • Luego el cielo espléndido y aquellos lejos de Carabanchel, perdiéndose en la inmensidad, con remedos y aun con murmullos de Océano.
  • ¿Le gustan a usted tanto las úes que se las come con arroz?
  • Ido les conocía, porque vivían en su patio, siempre que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con semejante gentuza.
  • Allá van los buenos días le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la carne como la de las gallinas, porque se acordó del duro y temió que se lo garfiñaran si entraba en parola con ellos.
  • Pasando de largo, les dijo con mucha cortesía.
  • Cerca de la puerta de Toledo se encontró con un mielero alcarreño que paraba en su misma casa.
  • Un rato estuvo Ido del Sagrario ante el establecimiento de El Tartera, que así se llamaba, mirando los dos tiestos de bónibus llenos de polvo, las insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso señalando la puerta, y no se decidía a obedecer la indicación de aquel dedo.
  • Colose dentro del ventorrillo, y tomando asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empezó a palmotear para que viniera el mozo, que era el mismo Tartera, un hombre gordísimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de negro.
  • Allí se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina en tan viva lumbre, despedían un olor apetitoso.
  • A cuenta que voy a echar un espotrique con mi tocayo.
  • Con que no se corra mucho.
  • Hizo el otro un gesto tranquilizador y cuando el Tartera puso el servicio, si servicio puede llamarse un par de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidió órdenes acerca del vino, le dijo, dice.
  • ¡Santiago y a ellas! y sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia.
  • Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo.
  • ¡Re hostia con la Repóblica!
  • Ido asintió con una cabezada.
  • Pillos, buleros, piores que serviles, moderaos, piores que moderaos! prosiguió Izquierdo con fiera exaltación.
  • Con tal palabra Izquierdo expresaba una colisión sangrienta, una marimorena o cosa así.
  • Y aluego jui con el propio Don Pascual a Palacio, y Don Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos.
  • ¡Ay!, tocayo, si no es porque se me terció encontrarme allí con mi sobrina Fortunata, no la cuento.
  • Es buena chica, y con los cuartos que me dio, trinqué el judío tren, y a Madriz.
  • Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro.
  • Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos mequetrefes?
  • Con que yo no sé leer ni escribir.
  • Los escribidores, los periodiqueros, y los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía tierra, maestro.
  • Pero Izquierdo le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.
  • Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a Cartagena.
  • A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma.
  • ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el gran turco con su gorro colorao.
  • Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por moderaos.
  • El otro José estaba muy aturdido con la bárbara charla del grande hombre, el más desgraciado de los héroes y el más desconocido de los mártires.
  • Había casado dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte.
  • Principiaba a creerse una nulidad, y allá en sus soliloquios desesperados, cuando le salía mal alguna de las bajezas con que se procuraba dinero, se escarnecía sinceramente, diciéndose.
  • No ocultaba su dolor por esto, y aquel día se lo expresó a su tocayo con sentida ingenuidad.
  • Lo más peregrino es que aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro.
  • El héroe dio un suspiro, a que contestó el poeta con otro suspiro más tempestuoso.
  • Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosió dos o tres veces, y con una vocecilla que sonaba metálicamente, le dijo, poniéndole la mano en el hombro.
  • Púsose en acecho, el oído en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abrió con estrépito, y echó un vocerrón muy tremendo.
  • ¡Adúuultera! ¡Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso dengue.
  • Don José entró a pasos largos y marcados, con desplantes de cómico de la legua.
  • Y repetía con un tono cavernoso la terrorífica palabra.
  • Le miraba con más lástima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa, como se miran los males ya muy añejos y conocidos.
  • Apartola él lejos de sí con enérgico ademán, y siguió dando aquellos pasos tragicómicos sin orden ni concierto.
  • Se asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no lo impidiera.
  • La vecindad, que se divertía mucho con el dengue del buen ido, empezó a congregarse en el corredor.
  • Nicanora le sujetó por ambos brazos, y él, sacudiéndose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas.
  • Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el palillo, pronunciando torpemente estas palabras.
  • Se estará dos años sin probar el pan, con tal que sus hijos lo coman.
  • Dos años hace que José empezó con estas incumbencias.
  • , todo tocante a damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques muy adúlteros.
  • ¡Qué cosas inventaba! Y por la mañana las ponía en limpio en papel de marquilla con una letra que daba gusto verla.
  • Cuidado con lo que saca.
  • ¡Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!
  • Miren que yo con esta facha.
  • Quisiera hablar con ese señor que llaman Don.
  • Para servir a vuecencia dijo una voz en la puerta, y al mirar, encaró Jacinta con la arrogantísima figura de Platón, quien no le pareció tan fiero como se lo habían pintado.
  • Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la cortesía de que era capaz a pasar a su habitación.
  • Tocaba al revés, pisando las cuerdas con la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las rodillas, boca y cuerdas hacia arriba.
  • La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe.
  • Después de mucho y mucho puntear y rasguear, rompió con chillona voz el canto.
  • Aquel iiii no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo como una rúbrica trazada con el sonido.
  • Junto al niño cantor había otro ciego, viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela.
  • Era el Pituso, que asomando por entre el ciego grande y el chico, atendía con toda su alma a la música, puesta una mano en la cintura y la otra en la boca.
  • Lo más particular fue que si cuando la fisonomía del Pituso estaba embadurnada creyó Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente limpia, el parecido se había desvanecido.
  • De la pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero.
  • De la hija de mi mujer replicó Platón con gravedad, echando una mirada de desdén al cuadro de las trenzas.
  • En el cementerio gruñó Izquierdo con acento más propio de bestia que de hombre.
  • Cosa rara, volvió a advertir parecido con el gran Pituso.
  • ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura.
  • Ven, ven le dijo llamándole con ese movimiento de las dos manos que había aprendido de las madres.
  • Y él tan serio, con las mejillas encendidas por la vergüenza infantil, que tan fácilmente se resuelve en descaro.
  • Con la risa del gracioso chiquillo resurgía de un modo extraordinario el parecido que la dama creía encontrar en él.
  • Pensó con profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo.
  • Empezó por tocar con los dedos tímidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta llevaba, y viendo que no le reñían por este desacato, sino que la señora aquella tan guapa le apretaba contra sí, se decidió a examinar el imperdible, los flecos del mantón y principalmente el manguito, aquella cosa de pelos suaves con un agujero, donde se metía la mano y estaba tan calentito.
  • ¡Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies casi desnudos.
  • ¡Pobrecito! exclamó con vivo dolor Jacinta, observando que el mísero traje del Pituso era todo agujeros.
  • ¡Con cuánto amor pasó la mano por aquellas finísimas carnes, de las cuales pensó que nunca habían conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de noche como de día! Toca, toca dijo a la criada.
  • Soy pobre, señora refunfuñó Izquierdo con la sequedad de siempre.
  • Juanín, cuya audacia crecía por momentos, atrevíase ya nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchísimo respeto, eso sí.
  • Te voy a traer unas botas muy bonitas le dijo la que quería ser madre adoptiva, echándole las palabras con un beso en su oído sucio.
  • Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos rosados.
  • Pero con la condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa.
  • La señora se aboca con Castelar.
  • O con el Sr.
  • ¡hostia! declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose.
  • Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con las palabras.
  • No sé tratar con esta clase de gente.
  • Mañana vuelvo con Guillermina y entonces.
  • Preguntó Jacinta al pequeñuelo, que apenas oída la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza.
  • Jacinta sacó un paquetito de caramelos, y él, con ese instinto de los golosos, se abalanzó a ver lo que la señora sacaba de aquellos papeles.
  • Era conveniente averiguarlo y no proceder con precipitación.
  • Dile que sí pero a cuenta que no te vas con ella.
  • Que no te vas con ella, porque quieres más a tu papá Pepe, piojín.
  • Volvió el bárbaro a cogerle, y Jacinta se despidió, haciendo propósito firme de volver con el refuerzo de su amiga.
  • Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el pequeño en brazos.
  • Viii A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella, esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas.
  • Había recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la Compañía del Norte que le hicieran la descarga gratis con las grúas de la empresa.
  • ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.
  • Las miraba desde lejos, riendo, con media mano metida dentro de la boca.
  • Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponían sus necesidades con hiperbólico estilo.
  • El pariente de estotra no trabajaba, porque se había caído de un andamio y hacía tres meses que estaba en el catre con un tolondrón en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la boca.
  • Después de visitar varias casas, saliendo de ellas con el corazón desgarrado, hallábase otra vez en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando sintió que le tiraban suavemente de la cachemira.
  • Volviose y vio una niña como de cinco o seis años, lindísima, muy limpia, con una hoja de bónibus en el pelo.
  • Señora le dijo la niña con voz dulce y tímida, pronunciando con la más pura corrección, ¿ha visto usted mi delantal?
  • Señora dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su pronunciación celestial.
  • No, no me pinté repitió acentuando tan fuertemente el no con la cabeza, que parecía que se le rompía el pescuezo.
  • Vivía en una de las habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón más para que Jacinta simpatizase con ella.
  • Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama para con la pequeña.
  • Entre las habitantes de las casas domingueras es muy común que la que viene de la plaza con abundante compra la exponga a la admiración y a la envidia de las vecinas.
  • Un pico de carnero con carrilladas.
  • Jacinta creyó que la cortesía la obligaba a lisonjear a la dueña de la casa, mirando con muchísimo interés las provisiones y elogiando su bondad y baratura.
  • Cuando va por la calle, hace unos meneos con el cuerpo que.
  • Pues pintándose las cejas con un corcho quemado.
  • Jacinta admiró la cómoda, bruñida de tanto fregoteo, y el altar que sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografías de gente de tropa, con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo.
  • Había un gran cromo con la Numancia, navegando en un mar de musgo, y otro cuadrito bordado con dos corazones amantes, hechos a estilo de dechado, unidos con una cinta.
  • Grande fue su sorpresa al encarar, no con el señor Platón a quien esperaba encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo engrasado y de un negro que azuleaba.
  • Echose a reír aquel vestiglo, enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y dijo a las señoras que Don Pepe no estaba, pero que al momentico vendría.
  • No tardó en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando mentalmente un Padre nuestro porque se marchara pronto.
  • Venía el bárbaro dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como entre manos traía, y arrojando su pavero en el rincón y limpiándose con un pañuelo en forma de pelota el sudor de la nobilísima frente, soltó este gruñido.
  • Ix Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él.
  • La tal doña Guillermina, con toda su opinión de santa y su carita de Pascua, se le atravesaba.
  • Ya estaba seguro de que le volvería tarumba con sus tiologías porque aquella señora debía de ser muy nea, y él, la verdad, no sabía tratar con neos.
  • Con que Sr.
  • ¡Hostia, con la tía bruja esta! dijo para sí Platón, revolviendo las palabras con mugidos.
  • Pues como dije a la señora, si la señora quiere al Pituso, que se aboque con Castelar.
  • Izquierdo, no nos venga usted con sandeces.
  • ¡Vaya con las tías estas.
  • Jacinta daba diente con diente.
  • Vaya con el excelentísimo señor.
  • Con que vamos a ver prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre que exponía un asunto importante.
  • ¿Y qué hago yo con un triste estipendio?
  • ¿Con que destino, y si no no?
  • Porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree la gente.
  • Parecía confirmar con una mirada de sinceridad lo que la fundadora declaraba.
  • Parola, parola, parola murmuró Izquierdo con amargura.
  • Platón no decía nada, y pasó y repasó su hermosa mirada por los ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella.
  • Las palabras de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas.
  • Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitín de licencia para el mal.
  • Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían picarescos.
  • Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una cruz?
  • Usted que se las echa de hombre perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a hacer archipámpano, se contentará.
  • Dígalo con franqueza, se contentará con que le den una portería.
  • A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la rodilla con la mano, repitió.
  • Se le escapó una sonrisilla y dijo con viveza.
  • Lo que él quería era ponerse uniforme con galones.
  • Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén a una parte y otra, dijo.
  • Este se había levantado, y poniéndose a dar paseos por la habitación con las manos en los bolsillos, expresó sus magnánimos pensamientos de esta manera.
  • Jacinta discurría ya cómo se las compondría para juntar los mil duros, que al principio le parecieron suma muy grande, después pequeña, y así estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra.
  • ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros.
  • Pues nada, quédese usted con su angelito.
  • Replicó él con aquella rabia superficial que no pasaba de las palabras.
  • Con las finuras que usted gasta no es posible que nos entendamos.
  • Por nada, sí, alma de Dios, y con agradecimiento encima.
  • Con que abur.
  • Ahora mismo nos vamos a contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de leche de Salmerón.
  • Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y contundentes.
  • Después de empujar hacia la puerta a Jacinta y a Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y echándose a reír con angélica bondad, le habló en estos términos.
  • No sirves ni para barrendero de las calles, ni siquiera para llevar un cartel con anuncios.
  • Presunciones de gloria le pasaron con ráfagas de hoguera por la frente.
  • Con que no lo olvides.
  • Con tu piojín a cuestas, serías el San Cristóbal más hermoso que se podría ver.
  • Tú no sabes tratar con esta gente.
  • Si ese bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos.
  • Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los dos patios.
  • Díjole Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo parlamento con el endivido, quien tenía al chico montado en el hombro, ensayándose sin duda para hacer el San Cristóbal.
  • Los de Ido llevaban la voz cantante en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a Don José tan elegante, con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi nuevo de color café.
  • Quedábase estática y lela delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que le entraba fiebre.
  • Su manera de expresar lo que sentía era dar de cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un hueco.
  • Aquel día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un garbanzo.
  • Entró Don Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería.
  • Oyó Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de la suerte loca no le hacía mucha gracia.
  • La señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco reales le habían caído lo menos tres millones.
  • ¡Y él no se había sacado nada! Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que el caso requería.
  • Te acordarás que estuvo con el medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su avaricia pudo más que la ambición, y dijo.
  • Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad.
  • Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz.
  • Plácido gritó Jacinta riéndose con mucha gana, es el que nos ha traído la suerte.
  • Cómo tendrás esa cabeza dijo Barbarita con mucho fuego, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la lotería.
  • manifestó Don Baldomero con orgullo.
  • Si tenía que salir, eso bien lo veía yo afirmó Samaniego con esa convicción que es resultado del gozo.
  • ¡Tres cuatros seguidos, después un cero, y acabar con un ocho.
  • El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas.
  • Lo que se rió con esto no hay para qué decirlo.
  • Eso, eso, déjame solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas.
  • Con la lotería no puede haber prosperidad pública.
  • La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró diciendo a voces.
  • Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.
  • Con que elige.
  • No puedes figurarte lo que bregué con aquel Iscariote.
  • ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios.
  • Por fin se contenta con seis mil quinientos reales.
  • Con que mañana, yo iré después de medio día.
  • Ve tú también con los santos cuartos.
  • Ii Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un tazón de té con coñac.
  • Ahora dijo la mamá, han pegado la hebra con la política.
  • Este parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso.
  • Mas no era delirio, sino inquietud con algo de impertinencia.
  • Procuró calmarle con palabras cariñosas.
  • Temerosa de que se enfriara, apuró todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se durmiera.
  • Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia cuando estaba desvelado.
  • ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en aletargarse con la virtud de estos melindres.
  • Jacinta no quitaba sus ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía, si murmuraba alguna queja, si sudaba.
  • En esta situación oyó claramente la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa.
  • De repente acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma se estremecía con el placer de su pueril venganza.
  • Si creía notar que se estremecía con escalofríos, apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor posible.
  • ¡Qué bien me encuentro ahora! le dijo con dulzura.
  • Dale con las tiendas.
  • Competencia con mamá y Estupiñá.
  • Vaya, te hablaré con formalidad.
  • Estas cosas no son para bromas dijo Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.
  • ¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los sordos.
  • Tan pegados estaban el uno al otro, que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este sudaba por los poros de las sienes de su mujer.
  • ¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado! añadió con incredulidad.
  • ¿Con que fuera de cuenta?
  • Lo que harías tú, con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a La Correspondencia.
  • Güeno replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un niño a quien arrullan.
  • Ambos se divertían con tales simplezas.
  • Y él se lo chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.
  • Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.
  • Pidiole perdón por no haberle confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín.
  • Barbarita, cejijunta y preocupada, le dijo con frialdad.
  • Después de esta conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que Juan y Don Baldomero lo supieran.
  • Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la calle de Toledo abajo.
  • Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana por Rafaela en los bazares de Liquidación por saldo, a real y medio la pieza, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces.
  • Algunas, como Severiana, que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con un saludo afectuoso.
  • Otros no se daban por satisfechos con lo que recibían.
  • Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas.
  • Vio a muchas subir con el jarro de leche de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los almireces.
  • Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo.
  • Había quien preparaba su banquete con un hocico con carrilleras, una libra de tapa del cencerro, u otras despreciadas partes de la res vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios aún peores.
  • Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen cuidado de que la vieran.
  • Pero ningún habitante de aquellas regiones de miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.
  • No me olvidaré de ti, Adoración le dijo la señorita, que con esta frase parecía anunciar que no volvería pronto.
  • En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical, como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las uñas de sus notas.
  • Replicó el Pituso con brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.
  • Pero al fin se dejó llevar, seducido con la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas para que se las comiera todas.
  • De Izquierdo dijo Guillermina, que se le procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está pintando ahora un magnífico Buen Ladrón.
  • Quédese con Dios.
  • Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era posible, y salieron.
  • El frío era intenso, penetrante y traicionero como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían escalofríos.
  • Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento.
  • Estuvieron batiéndose con ferocidad, a distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios sonidos.
  • Al fin venció Semíramis, que resonaba orgullosa marcando sus nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.
  • Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo.
  • Los obreros llevaban el saquito con el jornal.
  • Los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa.
  • Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra.
  • Otras salían de las tiendas de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.
  • En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta.
  • Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas.
  • En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría.
  • Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados con escobones de dátiles.
  • Por arriba y por abajo banderas españolas con poéticas inscripciones que decían.
  • En la misma puerta uno o dos horteras vestidos ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a probar a todo el que pasaba.
  • Con que ya lo veía el público.
  • Gruñó el Pituso frotándose con mal humor los ojos.
  • La noche avanzaba, y el tránsito se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando a cada instante con la gente que la invadía.
  • No puedes ya con tu alma.
  • ¡mil onzas! iv Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de Banco, sujetos con un elástico.
  • Otro contaba sobre una mesa pesetas gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas.
  • Manejaban el género con absoluta indiferencia, cual si los sacos de monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de estraza.
  • A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía nerviosa.
  • Es el vivo retrato afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.
  • Usted sí que tiene hoja replicó la santa con gracia, y los demás se reían.
  • Con que buenas noches.
  • Jacinta mojaba sus dedos en ella diciendo con temor.
  • El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos, cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la infancia al salir del agua.
  • ¡Patata! gritó con ardor famélico.
  • Vamos a tener un disgusto con este salvajito.
  • Pero con seguridad le tenemos.
  • Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con devoción, yo no lo creo.
  • Se me figura dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia, que los pavos de la escalerilla no están todo lo bien cebados que debíamos suponer.
  • Sin cuidado ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller.
  • Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los nacimientos.
  • Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los chicos de la parentela de Santa Cruz surtidos de aquel artículo.
  • La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio.
  • ¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza.
  • La señora lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.
  • Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos con que se había olvidado lo más importante.
  • Llegada la noche, inquietó a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima, el vestido mojado y toda hecha una lástima, se encerró un instante con ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad.
  • Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar que allá se iban compras con compras y manías con manías.
  • Pues si lo reclama, no se lo daré manifestó Jacinta con una resolución que tenía algo de fiereza.
  • Fue verdadero festín de cardenales, con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar, todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
  • Estaba el marqués de Casa Muñoz, de la aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.
  • Por otro lado nos encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de Ruiz Ochoa, o sea la alta banca.
  • Y Estupiñá, con su levita nueva de paño fino, ¿qué representaba?
  • Pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel.
  • Mas a sus tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado.
  • Desde su asiento al extremo de la mesa, Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de pescados.
  • El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado y otro su perfil de cotorra.
  • El pícaro del Delfín hacía beber a Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino muy divertido, y al fin consiguió con el Champagne lo que con el Jerez no había conseguido.
  • Pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus papás y que olían muy mal.
  • ¡Vaya con lo que había hecho Juanín!
  • Así lo atestiguaban Isabel, Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la indignación no les permitía expresarse con claridad.
  • ¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que había visto más.
  • Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.
  • Juanín tenía el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con él.
  • Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias, aunque con tono indulgente.
  • Llegué yo y me lo encontré con las enaguas levantadas.
  • (Juan decía quecon la cabeza y examinaba un pendiente de Jacinta).
  • No hay medio de hacerle comer más que con las manos apuntó Benigna riendo.
  • Villuendas entró con las figuras.
  • Mirábalas el Pituso sonriendo con malicia, y los demás niños se apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre adoptiva.
  • Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas, estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma.
  • Con ayuda de Guillermina pensaba, voy a hacer la pamema de que he sacado este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar.
  • Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo su movimiento de ataque.
  • Lo más particular fue que cuando se despidió, el Pituso quería irse con ella.
  • Con que portarse bien todos, y no regañar.
  • Pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba tan severa y suspicaz como el día precedente.
  • Contempló Barbarita sin decir palabra al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta.
  • Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el Pituso no pudo menos de protestar con un chillido.
  • ¡Que si se parece! observó Barbarita tragándole con los ojos.
  • Pues nada, hija añadió después con resolución, a casa con él.
  • ¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco?
  • Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un vestidito de marinero con su gorra en que diga.
  • Después se había quitado su propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con las patas sobre el suelo.
  • Ángel, ven, ven con tu abuelita.
  • ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo.
  • Indicó Jacinta con orgullo.
  • Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza.
  • El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el cuarto del Delfín.
  • Jacinta no pudo hablar con este.
  • Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos.
  • Caramba con la ventana pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo daño el almuerzo.
  • Me gustaría de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos.
  • Pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en tono cariñoso.
  • Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?
  • Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en la cuenta.
  • Jacinta estaba desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole.
  • Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles con una servilleta, como se hace con las moscas.
  • O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un novelista que se alimenta con judías.
  • Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que tendría el mío si viviese.
  • , que la infeliz había venido a Madrid con su hijo, con el mío.
  • , y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no tiene nada de particular.
  • Le compré la cajita azul más bonita que había en la tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y el marido, o lo que fuera, de la patrona.
  • Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de la Montera abajo el carro con la cajita azul.
  • Lo único que sentía era compasión por sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar.
  • ¿Cómo es que vives con este animal y le aguantas?
  • ¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero.
  • Y con tal de verles marchar, no me importaba el sablazo que me dieron.
  • No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás lo que con más bravura se defiende de la muerte.
  • Pero lo esgrimió con brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más.
  • Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?
  • Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan recomendada, y.
  • Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanándose por tranquilizarla.
  • No me vengan a mí con cuentos.
  • Pero cuando les vio entrar subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera patética y teatral.
  • Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.
  • Vengan ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a mí.
  • Eso, eso no indicó Jacinta con rabia.
  • Viii El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor, como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su estirpe.
  • Insinuó el Delfín con severidad.
  • ¡En el Hospicio! exclamó Jacinta con la cara muy encendida, ¡para que me le manden a los entierros.
  • Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.
  • Había en el comedor una bandeja de arroz con leche.
  • Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con leche a puñados.
  • ¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche! Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.
  • Bastante tengo con los míos.
  • Mano al arroz con leche.
  • Volvió al fin Jacinta, trayendo de la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo con la mayor severidad.
  • Baldomero está incomodado con tu bromazo.
  • Hablando con franqueza, hija.
  • Y aquella boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.
  • Te juro que si no le veo con el letrero en la frente, voy a tener un disgusto.
  • Jacinta oyó y vio esto con melancolía.
  • Y contó el lance del arroz con leche.
  • A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien.
  • Pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela.
  • Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria dijo Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están concertando una travesura.
  • Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
  • Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué hacer con ese muchacho.
  • No estaba conforme con estas ideas Jacinta.
  • Ya he hablado con la santa.
  • Paréceme que no te entusiasmas con mi idea.
  • Aquí donde me ves agregó Santa Cruz con jovialidad, yo también le tengo cariño a ese muñeco.
  • Cuando tú me saliste con que lo del nieto era una novela, flin flan, me dio la idea de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera.
  • Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caían sobre un espíritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la que por sí tenían.
  • Pero acentuaba tanto la postura, que parecía querer olvidar con una conducta sensata las chiquilladas del periodo catarral.
  • Con su mujer mostrábase siempre afable y atento, pero frío, y a veces un tanto desdeñoso.
  • Pensaba primero en la institutriz de las niñas de Casa Muñoz, por ciertas cosillas que había visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una conversación de Juan con su confidente Villalonga.
  • Después tuvo esto por un disparate y se fijó en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo, tendero de novedades de muy reducido capital.
  • Farsante, con todo lo demás que en su gresca matrimonial se acostumbra.
  • Cerciorose el compinche de que la esposa se había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domésticos.
  • Eran un señor y una mujer vestida con una elegancia.
  • , con una elegancia improvisada.
  • Yo me acercaba con disimulo.
  • ¡Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no sé qué de pueblo, cierta timidez que se combina no sé cómo con el descaro, la conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente, unida a la seguridad de esclavizar.
  • ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico arriba y la lazada?
  • Sospechaba quizás que en su ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de volver y aproximarse cautelosa.
  • Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles encargados a Inglaterra.
  • ¡y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros?
  • Oyose la voz de Barbarita, que entraba con su nuera.
  • Me asomé con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y no vi nada.
  • Soldados son dijo en voz baja el general, y en el mismo instante entró Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo.
  • Me parece dijo con socarronería que esto se lo lleva Pateta.
  • Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor tranquilidad del mundo, que por la calle del Florín había tropa.
  • Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted con nosotros.
  • ¡Ah, aquella! Sí, sombrero, y de muchísimo gusto dijo el compinche con tanto énfasis como si continuara narrando el suceso histórico, y vestido azul elegantísimo y abrigo de terciopelo.
  • Y con pieles, un abrigo soberbio.
  • Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera.
  • Venga acá dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.
  • Entró Jacinta con el chaleco.
  • ¡Estómagos, a defenderse! Algunas palabras había cogido la Delfina al vuelo que no tenían, a su parecer, ninguna relación con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias y el ministerio Palanca.
  • En la mesa versó la conversación sobre el mismo asunto, y Villalonga, después de volver a contar el caso con todos sus pelos y señales para que lo oyera Don Baldomero, añadió diferentes pormenores que daban color a la historia.
  • ¡Qué bien dicho! El único que se resistía a dejar el local fue Díaz Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias civiles.
  • Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florín, y retirose a su casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis.
  • La portera declaraba con notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el tren, y la individua, señora.
  • Con todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con repulsión.
  • Para acabar de aburrirle y trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos.
  • Iba vestida con la mayor humildad.
  • Iba de pañuelo a la cabeza, bien anudado debajo de la barba, y con un mantón negro de mucho uso, y un gran lío de ropa en la mano.
  • Como si lo viera apuntó Juanito con rápido discernimiento.
  • Verde y con asa.
  • Pero considera, alma cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y precisamente había junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al ministerio con la puntualidad de un Pez.
  • Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendo arreciar los síntomas del mal que padecía, y que principalmente se alojaba en su imaginación, mal de ánimo con mezcla de un desate nervioso acentuado por la contrariedad.
  • Este se mostraba siempre considerado y afectuoso con ella.
  • Y con las turquesas aquellas en las orejas.
  • Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas más hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta ni con todo el plomo del mundo.
  • Sus explicaciones parecían lo que no eran por el ardor con que las practicaba y el carácter humanitario de que las revestía.
  • Y quería cohonestar su inquietud con razones filantrópicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento rico en sofisterías.
  • Iba con la certidumbre de encontrarla en tal o cual parte.
  • ¡Parece que donde quiera que voy decía con profundo tedio llevo su desaparición, y que estoy condenado a expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!
  • Dejose caer en un sillón y se inclinó de un lado con muestras de intensísimo dolor.
  • Acudió a él su amante esposa, muy asustada de verle así y de oír los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto con una expresión fea que se perdona fácilmente a los hombres que padecen.
  • El Delfín se oprimía con la mano el costado izquierdo.
  • Te daremos friegas con.
  • Con árnica.
  • Juan entonces se puso a tiritar, dando diente con diente.
  • La madre y la esposa se miraron con terror consultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos síntomas.
  • Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna España (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores de la Revista que los publicó gratis), sostenía que el apellido de Rubín era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí después de la expulsión.
  • Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público no lee y que los editores no pagan.
  • Bastante hacen con publicarlos.
  • Y me consta que Don Nicolás Rubín, último poseedor de la mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.
  • El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia, fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que hablar por sus devaneos y trapisondas.
  • Se la llevó Dios en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda.
  • Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire de familia.
  • Como que había nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.
  • Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo (para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su tío Don Mateo Zacarías Llorente, capellán de Doncellas Nobles, el cual le metió en el Seminario y le hizo sacerdote.
  • Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante.
  • Pero en los primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio.
  • Durante un par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de muestras.
  • Por su diligencia, su honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus comitentes le apreciaban mucho.
  • Pero no se sabe cómo se las componía, que siempre estaba más pobre que las ratas, y se lamentaba con amanerado pesimismo de su pícara suerte.
  • A los funestos resultados de este sistema llamaba él haber nacido con mala sombra.
  • Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro.
  • Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que el pobre chico padecía.
  • No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le limpiaron otra vez el comedero.
  • Y he aquí a mi hombre paseándose por Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los espíritus alborotados y tempestuosos.
  • Y por aquella vez no había esperanzas para Juan Pablo, porque los suyos, los que él llamaba con tanto énfasis los míos, estaban por los suelos, y había lo que llaman racha en las regiones burocráticas.
  • No sabía fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo llamaba doctrinario a cualquiera sin saber lo que la palabra significaba.
  • De resultas de esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante.
  • A los que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda.
  • El amigo Rubín dijo, en ausencia de él Don Basilio Andrés de la Caña, que era uno de los puntos fijos en la mesa, me parece a mí que no juega limpio con nosotros.
  • Muchas personas que no hacen más que disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los del prójimo.
  • En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María), prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase al frente del establecimiento.
  • Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras materias.
  • El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba conforme.
  • Pero el halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y mirando al cielo.
  • Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces no se daba por entendido de tal estruendo.
  • Luego le hacía cosquillas, acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida precaución para que no se enfriase.
  • El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber.
  • Doña Lupe le ayudaba a estudiar las lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se iba a hablar con los profesores.
  • Tales cosas les decía, que el chico pasaba, aunque con malas notas.
  • Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no perdía sílaba de lo que el profesor decía.
  • Su piel era lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y clorótica.
  • Su dentadura había salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, donde le daba la gana.
  • ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar.
  • Como ya iba aprendiendo el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, demonios o no sé qué.
  • Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.
  • Y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el cuello, y la espada.
  • ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y hablaba dormido.
  • Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes.
  • En la clase misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a provocar y encender la ilusión.
  • Y además de libertad, dábale su tía algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de gastarlo sino con mucho pulso.
  • Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.
  • Temía encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada.
  • Cuando iba al café con los amigos, estaba muy bien si no había más que dos o tres.
  • Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían quedar con él o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi hombre como la grana y tartamudeando.
  • La calle con su bullicio y la diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de que dan muestras algunos enfermos graves.
  • Las mismas con quienes pasó ratos agradables le repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el bulto.
  • Y como encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo que aquellas eran honradas, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.
  • ¡Si cuando iba a su casa y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a saludarlas.
  • iii De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna que con la externa.
  • Pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y otros fenómenos sublimes del alma.
  • Al despertar, en ese momento en que los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las imágenes que se dispersaban.
  • Vas a pasar mala noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de Materia farmacéutica animal.
  • De todos los compañeros de Rubinius vulgaris, aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño que tenía algo de respeto.
  • Últimamente vivía con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con ello, como si el entretener mujeres fuese una carrera en que había que matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho.
  • Dábale él lo poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.
  • Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba a sus amigos a tomar un bacalao en su hotel, dándose unos aires de hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock.
  • Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino, cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido.
  • Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo tácitamente.
  • Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana.
  • Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con otras ideas y otra manera de ser.
  • ¡Con que no es honrada!
  • ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace mucho tiempo con un barbián.
  • Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto se entiende.
  • Feliciana había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces habían visto sus ojos.
  • Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media.
  • Puso Feliciana sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón alfombrado.
  • Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, dijo.
  • No podía decirse la hora con exactitud más escrupulosa.
  • Con que salgas de aquí a las diez menos cuarto.
  • Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios, daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de aquel semblante que le parecía angelical.
  • ¿Cómo será el decir esta mujer un te quiero, diciéndolo con verdad y con alma?
  • Su hucha con todo lo que contenía.
  • Al acordarse de su tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.
  • Salió Fortunata despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal.
  • Pero aquel condenado Ulmus sylvestris le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse con los chillidos de dolor que daba el pobre Rubinius vulgaris.
  • ¡Qué asno eres! exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los dedos pegados unos a otros.
  • No te hagas ordinario dijo Rubín con bondad.
  • Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado.
  • Irse a su casa sin encontrarla y darse un buen trote con ella.
  • Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que fueran maliciosas.
  • Y por este estilo otras frases vulgares que Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso.
  • Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna, y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos, como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato.
  • Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole una mano, le dijo con voz temblorosa.
  • Pero él no se desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale un valor desconocido.
  • Dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece mentira!, un tornasol de hermosura.
  • Me contento con eso por hoy.
  • Esta noche quiero hablar con usted dijo Rubín categóricarnente.
  • Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así concluyó la entrevista.
  • Pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas.
  • Iba por la calle sin ver a nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un árbol del paseo de Luchana.
  • Nunca, ni aun con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco respeto.
  • Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su segunda madre.
  • Pero con un solfeo que le dieron no le quedaron ganas de repetirlo.
  • Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal que le llegaba a los pies.
  • Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes.
  • Desde el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas, haciendo con las manos gestos de mico.
  • El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa.
  • La culpa la tienes tú añadió severamente doña Lupe, en la puerta, porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves.
  • Como que acabadita de oírse llamar con las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.
  • Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro.
  • Lo primero era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva la calderilla, con más de dos pesetas en perros que al objeto había cambiado en la tienda de comestibles.
  • Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama, con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser víctima.
  • La luz iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña Lupe.
  • Con aquellas cosas se había vuelto de repente hombre de talento.
  • Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la llave, tapó el agujero con un pañuelo.
  • Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo.
  • Con mano trémula, el asesino lo recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
  • Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar.
  • Puso la nueva hucha en el sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea de contar el dinero.
  • Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no andar con tapujos.
  • Pero cuando le llamaron a comer, y fue al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la cara lo que había hecho.
  • Ahora recuerdo que oí el tin, como si un casquillo saltara en el momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro.
  • Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran más que la inspección médica de todos los días.
  • Por evitar este ruido inoportuno, Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba las orejas, no percibió nada, absolutamente nada.
  • II Afanes y contratiempos de un redentor i Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez la suma, apartando el oro de la plata.
  • Esta idea la mortificó mucho, haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba.
  • En los días siguientes Olmedo confirmó esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.
  • Vivir con una persona decente despertaba un poco su curiosidad.
  • Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el excelente chico había aprendido de doña Lupe.
  • Porque no ha habido princesa de cuento oriental ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles.
  • De tal modo se sutilizaron los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación, sino también la delicadeza llevada hasta la castidad.
  • Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos.
  • Las peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga.
  • Por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas y decentes.
  • Eso no tenía duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era pecado.
  • Pero Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas de académico.
  • Reconociendo el otro con caballeresca lealtad que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, que trastornaba por un instante sus planes de redención.
  • Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud.
  • Fortunata no ocultaba nada, eso bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de lo necesario para la prodigiosa cura.
  • Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era, según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del arroyo con su chiquillo o con las vísperas.
  • Oía estas cosas Maximiliano con mucho placer.
  • Pero con todo, mandábala que fuese al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había tenido.
  • ¿Por qué no se le ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y presentarse a doña Bárbara y a Don Baldomero y contarles allí bien clarito la gracia que había hecho su hijo?
  • Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad.
  • Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.
  • Lo que quiero saber ahora es qué sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.
  • Era un hombre traicionero y malo dijo Fortunata con desgana, como si el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable.
  • Me fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme.
  • Primeramente tuvo un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y armaba tiendas.
  • Yo estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a baños.
  • Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla pronto.
  • Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia.
  • Hubiérase resistido a seguirle, si no le empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían maldita gana de mantenerle el pico.
  • Con el mundo entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida.
  • Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez arreglar su comercio.
  • A los dos días, vendió sus cuatro trastos y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona.
  • Había hecho juramento de no volver a tratar con animales.
  • Lo que más quemaba a este era que la infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor del cuadro de David mirando a.
  • Por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se compraran con dinero.
  • Desde que engañó al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito Santa Cruz.
  • Había sido general carcunda en la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana.
  • Era muy vicioso y le daba muchas jaquecas con tantismas incumbencias como tenía.
  • Sucesor, Camps, que le puso casa con gran rumbo.
  • De esta necesidad de amor previo emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si le quería ya algo, si le iba queriendo.
  • Algunas veces contestaba ella quecon esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que se saben la lección.
  • Aseguraba estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer.
  • Y esperaba con paciencia el cumplimiento de esta dulce profecía.
  • ¿Qué querría expresar con aquella reticencia?
  • En el piso principal radicaba una casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los balcones ventilación de capas empeñadas.
  • Lo alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.
  • La sorpresa y confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba.
  • Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera.
  • Observó con satisfacción que Fortunata salía a la calle lo menos posible.
  • Por la mañana bajaba a hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía.
  • Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a calentarlo con el ardor de su febril zozobra.
  • A veces invocaba al Cielo con íntimo fervor de oración.
  • Ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y más velos sobre lo pasado.
  • Pronto diré cómo se salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía.
  • Entraba siempre con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda copa.
  • Pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida se desarrollaban sus talentos caligráficos.
  • No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.
  • Decía con tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no la hubieran puesto a la escuela.
  • Arrojaba con desprecio el libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para tafetanes.
  • Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía mal con la quietud.
  • Planchar y lavar le agradaba en extremo, y entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin cansarse la fuerza de sus puños.
  • Tenía las carnes duras y apretadas, y la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera imaginar.
  • Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño, la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga.
  • Creció su admiración al observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas.
  • Devoró el Fausto y los poemas de Heine, con la particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le hizo pronto fácil.
  • Cuando yo era tonto decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana, cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida.
  • No pudo retener más tiempo aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, sí, reventaba.
  • Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano basta y estrechándola contra su corazón, le dijo.
  • Ella se echó a reír con incredulidad.
  • Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez.
  • Pronto seré mayor de edad afirmó Rubín con brío.
  • La generosidad de su amigo no le era indiferente, y contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las caricias de amor con otras de amistad.
  • , ¡y con este encanijado.
  • ¡Vivir siempre, siempre con él, todos los días.
  • Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata les conocía como si les hubiera tratado.
  • Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no era partidario de aquella manera de constituirse una renta.
  • Pero él ¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía?
  • En cuanto a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta.
  • Mas era porque el entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y además poníale candelas encendidas en el cerebro.
  • Su tía estaba con él un poco seria.
  • A los dos días de aquel en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo con él una grave conferencia.
  • El semblante de la señora no revelaba tan sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor.
  • Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró.
  • Ya se ve, con esos estudios que haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de ciencia.
  • A mí no me vengas con fábulas.
  • Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla.
  • Le mandaban esto y se salía con lo otro.
  • Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para descuartizarla si preciso era.
  • Doña Lupe la amenazaba con mandarla a la galera o con llamar una pareja, con escabecharla y ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta que se quedaba como un guante.
  • Vi Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos.
  • Había dejado a Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las chafalditas de su tía y a explicarse con ella.
  • Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía.
  • Si me niega el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son cinco.
  • Pero convenía proceder con tacto y diplomacia, pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.
  • Tomaba su revancha en los cuentos, pues sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador.
  • Sentíase con impulsos de protección hacia ella.
  • La cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las hojas sucias y reviradas.
  • El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.
  • Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza, que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.
  • Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación.
  • La confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras palabras.
  • Porque verás tú continuó Rubín, expresándose con alma.
  • Si yo encuentro la mujer que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella?
  • Porque tú no me has de salir con argumentos tontos.
  • Papitos, después de asombrarse mucho de la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles que le decía, empezó a aburrirse.
  • Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y aprovechara la lección para cuando le tocara.
  • Apoyando las cláusulas con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos de la familia si las oyeran.
  • La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos por público y envalentonándose con su fácil éxito.
  • ¡Qué despabilado está el tiempo! dijo la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas.
  • Pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas, sino que iban con ella a donde quiera que iba.
  • ¡Casarme yo, y casarme con un hombre de bien, con una persona decente.
  • ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza, sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y seguramente la haría feliz.
  • ¡Pero vivir siempre con este chico.
  • Pero no le podré querer aunque viva con él mil años.
  • Si tuviera algún hijo me acompañaría con él.
  • Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo.
  • Salió a abrir con la peineta en una mano y la toalla por los hombros.
  • Eres una alhajita le decía su amante con orgullo.
  • A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos.
  • Pero no dio con la palabra por el poco uso que en su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza.
  • Pero como te estimo no quiero verte con.
  • Quería decir con un estigma en la frente.
  • Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una caña.
  • Ya podían apuntarle con un cañón rayado.
  • Por la noche avisaron para que les trajeran café, y vino el mozo de la Paz con él.
  • Y es que si los estados más sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter permanente era el déficit.
  • Hallábase en la situación de uno de esos chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él.
  • Pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de él, pero sin chupar cosa mayor.
  • Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar café dijo con su habitual desenfado.
  • Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él contento y achantado.
  • Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el arroz con menudillos.
  • De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola.
  • ¡Dios, con la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a abrirle su amiga con semblante risueño.
  • Ya estaba la mesa puesta, porque la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia con facilidad y prontitud.
  • Pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón.
  • Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, que casarme con semejante hombre.
  • Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de dómine.
  • Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor sólo.
  • Pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino de cordilla! Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado, caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella.
  • Con tal que no me hables, estudiaré.
  • Ya estoy de misionero hasta aquí, usando la palabra misionero con un sentido doble, a saber.
  • ¡Casarse con una.
  • Pero no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con la punta de los dedos.
  • Pero en aquella ocasión pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el gran secreto fue revelado a Narciso Puerta (Pseudo Narcisus odoripherus) con la mayor reserva, y previo juramento de no transmitirlo a nadie.
  • En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción.
  • Cuidado con lo que te encargo.
  • Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne que guardarían aquel profundo arcano.
  • Ni que fuéramos chiquillas, para ir con el cuento y comprometerle a usted.
  • ¡Pobre señora! Era un dolor verla con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba.
  • ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás.
  • Se peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre grueso, calentándolo hasta el rojo.
  • La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse con entera libertad a la peluquería elegante.
  • Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el pelo con tanta perfección, que.
  • ¡hija, ni que fueras a un baile! se había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar toda.
  • Puerca, fantasmona, mamarracho gritó doña Lupe destruyendo con manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho en su cabeza.
  • ¿No te da vergüenza de andar con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por atusarte las crines?
  • Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre con tus peinados indecentes.
  • Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el criminal flequillo.
  • Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de escultura.
  • Me la dio el sito Maxi respondió Papitos con humildad.
  • Dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo.
  • Pero no había dado diez pasos, cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito.
  • No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía.
  • He conocido una mujer, me gusta y me quiero casar con ella.
  • Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no compadecerle.
  • Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza, mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos que sus pasos eran como los de un gato.
  • Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a Don Pedro Manuel de Jáuregui, alias el de los Pavos, vestido de comandante de la Milicia Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando.
  • Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.
  • Don Maximiliano con retintín sarcástico.
  • Dama ilustre con quien te quieres casar.
  • En ciertas situaciones apuradas y en los grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo insignificante y que nada tiene que ver con la situación.
  • Maximiliano contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego, Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy adusta, la otra sentimental.
  • ¡Vaya, que un chico delicadito como tú, meterse con esas viciosonas.
  • ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre.
  • Te parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una mujer de mala vida?
  • El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces.
  • La veía y no la veía, y sólo confusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía cargo de la actitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino y figurando que estaba en una barca.
  • Con todo, ni por un instante se le ocurría ceder.
  • A usted la han informado mal insinuó con torpeza, respecto a la persona.
  • Ea, ya estoy yo en funciones con mis disciplinas.
  • Sólo doña Lupe, en virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo militar con visos clericales.
  • Torquemada había sido alabardero en su mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos, tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que adulteraba su grosería innata.
  • Su cabeza calva, crasa y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla.
  • Por ser aquel día domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero la capa era el número dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes deshilachados.
  • Perfectamente bien dijo la señora observando con ansiedad el semblante de Torquemada.
  • ¡Ay! No me lo diga usted, Don Francisco exclamó doña Lupe con incredulidad, cruzando las manos.
  • Lo que yo le decía a usted observó doña Lupe casi sin poder hablar, con la alegría atravesada en la garganta.
  • Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal Joaquinito está, según oí, con el agua al cuello.
  • Mire usted, doña Lupe dijo Torquemada, haciendo una perfecta o con los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora.
  • Ii Doña Lupe contempló la o con veneración y escuchó.
  • Hay que tener mucho ojo con ellos.
  • Ofreció a Maximiliano, y doña Lupe respondió bruscamente por él diciendo con desdén.
  • Cuando me ven entrar, ¡si viera usted qué cara me ponen! No reparan que están trabajando con mi dinero.
  • Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51.
  • Cobrábale una comisión insignificante, y se tomaba por los asuntos de ella tanto interés como por los propios, en razón a la gran amistad que había tenido con el difunto Jáuregui.
  • Y con esta fecha y con esta facha me voy dijo levantándose y colgándose la capa que se le caía del hombro izquierdo.
  • Quédate con Dios dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al saludo con un ju ju.
  • Yo, realmente repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a él mismo que a doña Lupe, no me he sofocado.
  • Abriendo después la puerta, mas sin salir de la alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino.
  • Luego seguiremos con el fosfato, otra vez con el fosfato.
  • Con que ya sabes dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir.
  • El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba siempre con veneración, sería remedio eficaz y pronto del desorden de aquella cabeza.
  • Presentose con una patata en la mano y el cuchillo en la otra.
  • Mira le dijo su ama con voz queda.
  • Figúrese el lector cuál sería el asombro de doña Lupe la de los Pavos, cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas encarnadas, su chaqué azul y su honguito de color de café.
  • Tía dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa, no pue.
  • Yo no sé defenderme con palabras.
  • Pero me defenderé con hechos.
  • Quitose con pausa los trapitos domingueros que se había empezado a poner, y volvió a llamar a la mona para decirle.
  • Pero la calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con ella, son de muy poco tránsito.
  • Lugar y ocasión admirables eran aquellos para reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una pelota de sueño a los pies de su ama.
  • En todas sus aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el número uno de los maridos.
  • Había sido en su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto parecido remoto con Juan Pablo.
  • Por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz brillaban retorcidos como hilillos de cobre.
  • Era una de esas personas que, no habiendo recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las brutalidades del egoísmo humano.
  • ¡Yo que tenía la ilusión de casarle con Rufina o al menos con Olimpia!
  • Al verle tan huraño, y que se escondía cuando entraba doña Silvia con su hija, creía que hablarle a este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz.
  • Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y se pasa el día entero con ella y.
  • La hucha está allí con su peso de siempre.
  • Empezó a comer con apetito la sopa fría, echando miradas indagatorias e inquietas a su señora tía, que evitaba el mirarle.
  • A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su tía, cual si deseara tener una explicación con ella.
  • Estaba el pobre chico encendiendo el quinqué de su cuarto, cuando la señora apareció en la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones.
  • Tenía un palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca con nerviosa presteza.
  • Como ciertos cobardes se vuelven valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que rompió el fuego con la hombrada de aquella mañana, sentía su voluntad libre del freno que le pusiera la timidez.
  • Roto el cascarón, Maximiliano se encontró más valiente y dispuesto a medirse con la fiera.
  • ¡Cuántos argumentos se podían oponer a los que la buena señora disparaba con más ardor que lógica! Pero lo que es en argumentar con palabras ¡qué diablo!, todavía no estaba él fuerte.
  • Argumentaba con hechos.
  • Iv Este símil hubo de impresionar vivamente a la gran doña Lupe, que contempló un rato a su sobrino con más lástima que ira.
  • No me vengas a mí después con arrumacos.
  • Tienes buenas tragaderas afirmó doña Lupe con crueldad.
  • ¡Y tú, tú chilló la de Jáuregui con espanto, persignándose, te has metido a pastor! Pero aguárdese usted, tía.
  • Creyó el pobre muchacho que había puesto una pica en Flandes con este argumento, y observó el efecto que en su tía había hecho.
  • Al fin le contestó con desdén.
  • No me engatusarás con palabritas.
  • Tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia, porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo preciso.
  • Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado dijo Maximiliano con fe.
  • Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la tía las envolvió en un número de La Correspondencia, y arrojando el paquete sobre la cómoda, dijo con soberano menosprecio.
  • Aquella mujer que dormía a pierna suelta después de haber estrangulado, en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila ante los problemas de conciencia que le había planteado su sobrino tan candorosamente.
  • Si quería tanto a esa mujer, ¿con qué derecho oponerse a que se casara con ella?
  • Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma?
  • Al día siguiente, después de otro altercado con su sobrino, apuntaron vagamente en su alma las ideas de transacción.
  • Pensó entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo que en el público, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lógico, motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica en las circunstancias, es locura plantársele delante.
  • Lo práctico es sortearlo y con él dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo.
  • De esta idea provino la relativa tolerancia con que habló a su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maña con que le fue sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad, aventurándose a darle algunos consejos.
  • A mí no me vengas con zalamerías.
  • Aquel día leyó el joven en el corazón de doña Lupe y apreció sus disposiciones pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quería disimular.
  • Era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las ofensas y hasta las injurias.
  • El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca.
  • Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de algodón en rama.
  • La índole de las relaciones que con las personas tuviese determinaba el predominio de tal o cual mitad.
  • No mediando ningún pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora.
  • Mas como las circunstancias la hicieran inglesa, ya estaba fresco el que se metiese con ella.
  • Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen interés y toda la seguridad posible.
  • Los primeros años de esta vida pasó la señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no le bastaban al sostenimiento de su casa.
  • Pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y ennoblecerse el egoísmo humano.
  • Cayó en las combinadas redes de los dos prestamistas un pobre señor, más desgraciado que perverso (que había sido director general y vivía con gran rumbo a pesar de estar a la cuarta pregunta), y no quiero decir cómo le pusieron.
  • Después se rehízo con un destino en la administración de Cuba.
  • En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad de la percibida por el deudor.
  • El ex alabardero era enemigo del materialismo de las hipotecas con seguridad legal y rédito prudente.
  • Los préstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la víspera del Juicio Final, la mayor parte de las víctimas caían atontadas por el miedo al escándalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo.
  • Tenía olfato seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas se metía hasta el fondo, se atracaba de deudor.
  • Y con el trato frecuente que las dos señoras tenían, doña Silvia llegó también a ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos rasgos de su fisonomía moral.
  • Más de una vez aguardó en la calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin piedad delante de la gente que pasaba.
  • Un centro de plata, dos bandejas del mismo metal y una tetera que la señora mostraba con orgullo, habían ido a la casa empeñadas también por una amiga íntima y allí se quedaron por insolvencia.
  • Esta iba a la casa con frecuencia en otros tiempos.
  • Asimismo había podido observar Maximiliano en su propia casa lo implacable que era su tía con los deudores, y de este conocimiento vino el inspirado juicio que formuló de esta manera.
  • Si me caso con Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por las calles que pedir a mi tía un préstamo de dos pesetas.
  • Oyó a su tía regateando con los mozos por si eran tres o eran dos y medio.
  • Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y se estuvo un ratito con la mano en el picaporte.
  • Pero si se ponía en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la inercia, entonces.
  • Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón.
  • Pero con mi sistema la voy enderezando.
  • El joven observó que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un niño.
  • Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto lo llevaba con paciencia.
  • Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde, y al fin descansó con sosegado sueño.
  • En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén con que Juan Pablo recibiera la noticia de aquello.
  • ¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?
  • Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y decir que ahí se las den todas.
  • El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran consuelo.
  • Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras con cuchara.
  • Estoy yo divertida con mis sobrinos.
  • Todos están con murria.
  • Pero como presumía fuese cosa de política, no quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa extraña, liberal en toda la extensión de la palabra.
  • ¡Bien merecido lo tengo por meterme con esa gente!
  • Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas morales y económicas.
  • Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que llevaba aceleró su vuelta.
  • Juan Pablo, al llegar a Madrid, escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.
  • He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo.
  • Había respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír hablar de absolutismo.
  • Pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor.
  • Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no quiso doña Lupe volver a mentar a los carcundas delante de Juan Pablo.
  • Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla.
  • Se acordaba de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que acostarse con niños.
  • Síntoma de conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón.
  • Por lo demás, doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud.
  • Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con su neísmo.
  • En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras.
  • La única persona que no participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día le trataba con familiaridad más chocarrera.
  • No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba el sueño con sus ronquidos.
  • Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de Jericó con diferentes registros a cual peor.
  • Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como un enemigo más con quien tendría que batirse.
  • Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada de política, por no chocar con doña Lupe.
  • Estos se conformaron con lo que su hermano proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto.
  • Yo quiero saber cómo te las vas tú a gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que dicen que te toca.
  • ¡Qué par de zopencos sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender que te resistieras.
  • Cuando murió Don Nicolás Rubín, todos los ingleses cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días buenos y malos.
  • Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por ciento, a sesenta y tantos mil reales.
  • Ambas familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.
  • Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte.
  • Podría suceder muy bien que cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas mistiquerías propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y alborotando la casa.
  • La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo.
  • Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás.
  • Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería entremezclada con la soberbia clerical.
  • Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la sangre con esto.
  • Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más antipático de sus sobrinos que con el más simpático.
  • Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo, bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo.
  • Le diré a usted, tía murmuraba con el gruñido que la masticación le permitía.
  • Los gruesos labios le relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran.
  • Tenía puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba.
  • Con que.
  • Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la religión, de la dignidad de la familia.
  • Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con varonil arranque.
  • Pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y enfáticas su firme propósito de independencia.
  • ¡Bah! exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento desdeñoso de la cabeza.
  • Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su obligación.
  • Hay que ver por dónde sale este demonches de chico pensaba con cierta travesura.
  • Pensó doña Lupe volviendo la cara con desdén.
  • ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con.
  • Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.
  • Preguntó en el comedor, resobándose las manos una con otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.
  • El chocolate había de ser con canela, hecho con leche, por supuesto, y en ración de dos onzas.
  • Le habían de acompañar un bollo de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo.
  • Además él está hoy con jaqueca.
  • ¿Con jaqueca?
  • Provocado sin duda por las emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás, y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el temido acceso.
  • La atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la ceja.
  • Oye, adviértele que tenga mucho cuidado con lo que dice.
  • Que hable sin miedo y con sinceridad.
  • Basta con esto.
  • No se conceptuaba, además, con bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad.
  • ¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?
  • Despachados los más urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su vestido negro, las botas nuevas.
  • Púsose también su pañuelo de lana oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer honesta.
  • Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas había de decir.
  • El cuerpo fornido, las manos largas, negras y poco familiarizadas con el jabón.
  • El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida con la virtud.
  • Parece que está usted como asustada dijo Nicolás con fría sonrisa clerical.
  • Maximiliano es un tarambana afirmó el clérigo con la seguridad burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil, y usted lo debe conocer como lo conozco yo.
  • Ahora ha dado en la simpleza de casarse con usted.
  • Bien, muy bien, perfectamente bien dijo Nicolás, orgulloso de lo que creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con mostrarse.
  • ¿De modo que usted cree que no adelantamos nada con darle esquinazo?
  • Nada, señor, pero nada declaró ella, disgustada ya del papel de Dama de las Camelias, porque si el casarse con Maximiliano era una solución poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que todo le parecía bien antes que volver a ella.
  • ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi hermano?
  • No tengo más camino manifestó la joven con humildad.
  • En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia clerical.
  • Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello.
  • Al pensar esto, Nicolás creía estar hablando con sus colegas.
  • En otros casos semejantes, aunque no de tanta importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de envidia entre el clero toledano.
  • El curita Rubín había reconciliado dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las respectivas seducidas.
  • Preguntó el presbítero llevándose la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también ciertos gases.
  • Quiero decir tratar con intimidad.
  • Hombres con quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos.
  • ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos, si la solicitara?
  • Con ninguno.
  • Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con que se confesaba mostráronse en esta declaración.
  • Con uno.
  • La carne que a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más, en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con guisantes.
  • Pero no necesitaba andar a cachetes con el demonio para triunfar.
  • Las embestidas del sillón eran simplemente un hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.
  • Puedo llegar a quererle con el trato.
  • Ilusionarse con un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio de hembras salvajes.
  • No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con alma.
  • Viendo que hacía indicaciones afirmativas con la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis.
  • A la imaginación se la mira con desprecio, y se hace lo contrario de lo que ella inspira.
  • Para que usted sea digna de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos a la religión, empezando por edificarse interiormente.
  • Propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.
  • Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que dicen algunos médicos.
  • Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana.
  • Formó del hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy bonitas.
  • Ya sabe usted lo que Jesús le dijo a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación parecida a la que ahora tenemos usted y yo.
  • Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos peros al casorio con mi hermano.
  • Conseguido esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión espiritual, no de los sentidos.
  • Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía quecon la cabeza.
  • ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad, esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?
  • Sí señor respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por aquello de los gusanos.
  • Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura.
  • Quiero entrar en las Micaelas afirmó con arranque.
  • Dijo el clérigo con alegría, levantándose.
  • Tenemos ya una gran base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande este pobre sacerdote.
  • Lo tomo hasta con asco.
  • Cubriole su amiga la mitad del cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole precipitadamente todo.
  • Así, lo mismo fue presentársele la idea religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y fresca onda.
  • Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.
  • Pero en aquel instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le pasaba.
  • Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda, habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que habría otras lo mismo, pero más no.
  • Puede que sí replicó él con seriedad.
  • ¡Quién sabe se dijo, lo que pasará después de estar allí tratando con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me volveré otra sin sentirlo.
  • Pues lo mismo será con lo bueno.
  • Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia futura.
  • En la partición dijo con cierto énfasis Maximiliano, me tocan fincas rústicas.
  • Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza.
  • Había preguntado doña Lupe a Nicolás con vivísima curiosidad.
  • Hizo con los dedos de su mano derecha un manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo.
  • Las mujeres casadas no deben ser muy hermosas dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción profunda.
  • Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.
  • Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer, y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego.
  • ¡Qué podrás tú disimular delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya.
  • La dignidad de su pasión había hecho del niño un hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo autócrata con respeto, pero sin miedo.
  • Concluida la comida, y mientras Nicolás leía La Correspondencia o El Papelito en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar.
  • En cuanto el cura se echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con el platito y la cucharilla.
  • Mirábale comer su tía con expectante atención, y cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo quitaba de las manos diciendo.
  • Esto para Papitos que está con cada ojo como los de un besugo.
  • La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.
  • Entraba de noche muy tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe, pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto de la casa.
  • Con su pan se lo coma.
  • Hay que ir allá, como he ido yo, para hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a los que verdaderamente trabajan.
  • Que Dorregaray andaba en tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez millones de reales, en fin, mil indecencias.
  • Estuve tres días en cama con un amago de ataque cerebral.
  • Agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo si amenazar con los puños o simplemente con las palabras, yo te digo que eres un chisgarabís.
  • ¡Vaya con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros, que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.
  • Es que con este bruto no se puede discutir.
  • Porque si te salió mal el pase a la infame facción, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, ¿qué culpa tenemos los demás?
  • ¿Que se quiere casar con una.
  • Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que en lo moral parecía ser de buena madera, con lo que llegó a su colmo la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo el papel desdeñoso que representaba.
  • Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso manifestarle indiferencia.
  • Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.
  • Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha.
  • Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.
  • Trataba doña Lupe a su presunta sobrina con urbanidad.
  • Había de conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada.
  • Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle.
  • No se apure usted le decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico.
  • Eso vendrá con el tiempo y el uso y el trato.
  • Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de tantismo cumplido, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria.
  • Por fin llegó el instante de la despedida, que Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de la casa.
  • No hacía más que estar al quite, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro por torpeza de lenguaje.
  • Parece que la han cogido con lazo.
  • Los deseos de aprender que Fortunata manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de protectora y jefe de familia.
  • Véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías.
  • Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, domaríamos a la fiera.
  • Pero con las amigas tenía que representar otros papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer en situación desairada o ridícula.
  • Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a donde quiera que fuese.
  • Pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos que con repiques.
  • Por esto cuando se corrió entre las familias amigas que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía la de los Pavos cómo arreglarse para quedar bien.
  • Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro para acudir con el siguiente ardid estratégico.
  • No he hablado con ella más que una vez.
  • Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto se dice.
  • Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos.
  • Maxi salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su inventiva.
  • Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte inmenso que parecía la mar.
  • Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días.
  • Y bien podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del demonio.
  • No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión de hormigas.
  • Los hay para monjas reclusas, y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger ancianos, asistir enfermos o educar niños.
  • Las Hermanitas de los Pobres, las Siervas de María y otras, tan apreciadas en Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata.
  • Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos, combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la francesa.
  • Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de la basílica de Lourdes.
  • El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.
  • Las casas son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería.
  • A derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas, terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas modernas.
  • De allí venían los flauteados de un harmonium tañido candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las modulaciones más elementales.
  • En esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen permitiendo novedades en el severo culto católico.
  • Molestia semejante sentía en los días de exámenes, pero no con tanta intensidad.
  • Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima.
  • Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya dispuesta, vestida con la mayor sencillez.
  • Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que no es decible la entrada y la salida.
  • Maximiliano se la comía con los ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.
  • Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático.
  • Adornada con sencillez rayana en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe.
  • La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su compañera.
  • Rubinius vulgaris dio un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada, a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada.
  • Revelaban estas interrogaciones tanto interés como curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las afiladas púas que le rasguñaban el corazón.
  • Tenía un presentimiento vago de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín.
  • Esto lo expresó irreverentemente con medias palabras.
  • Bien podría suceder eso le dijo con acento de convicción, que turbó más a Maximiliano, y no sería el primer caso de mujeres malas.
  • El motivo de aquella doméstica zaragata fue que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza.
  • ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con invitados, porque es Alejandro en puño y no le gusta ser rumboso sino con dinero ajeno.
  • Rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le aporrea el cráneo con la mano del almirez.
  • Había llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.
  • Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el momento de decir que ya podían pasar.
  • Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para llenar aquel inmenso estómago.
  • La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del almuerzo.
  • ¡Miren la tía bruja decía para sí, bebiéndose las lágrimas, con su teta menos.
  • Se le ocurrió poner, colgado en el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la cosa falsa con que doña Lupe engañaba al público.
  • Y al fin la chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a su criada las dos cosas de verdad que pensaba tener.
  • Hacia aquel ejido, en el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas.
  • La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él los tristes ojos un buen cuarto de hora.
  • Por el Sur la huerta lindaba con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se trabajaba mucho.
  • Así como los ojos de Maximiliano miraban con inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros, tallando con sus escoplos la dura berroqueña.
  • La vista de la sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve.
  • Pero muy luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.
  • Cuando el motor daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso.
  • Pero luego llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba el viento con más fuerza.
  • Iba siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza.
  • Como en uno de los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo.
  • Se le ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más, porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo fundó.
  • Las recogidas que encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy colorada y no sabía qué expresión dar a su cara.
  • Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de lazareto.
  • Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de música.
  • En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual era casi tan grande como una sábana.
  • El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva para el alma y para el cuerpo.
  • Ponían las maestras especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio.
  • Había algunas a quienes no se permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las horas de recreo.
  • Gustábale calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos retozos de alegría por todo el cuerpo.
  • Indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza.
  • Cuando se agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y Egipto era perfecta.
  • Su voz era bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación y de afabilidad.
  • Ii Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con igual ahínco.
  • Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la muy ladrona sinvergüenza.
  • ¡ras!, le trinqué la oreja y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo.
  • Ya me acuerdo de aquella trifulca dijo Fortunata mirando a su compañera con miedo.
  • Pues allá se me vino con unos chismajos, porque yo hablaba entonces con el chico de Tellería y.
  • Me dijo una tía muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas al aire.
  • Aquel día que tuve la zaragata con Visitación.
  • Calla hija, si han dicho aquí anoche que está con plumonía.
  • Por ti pregunté a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario.
  • Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me ha de socorrer.
  • Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a la otra filomena.
  • Después no volví más porque me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar.
  • Con una basta.
  • Pero si una habla con otro, ya el de antes quiere arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva.
  • Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero.
  • Pues verás, él cayó con la pulmonía en Febrero, y en este entremedio conocí yo al chico con quien hablo.
  • Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.
  • Y como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor seriedad cuál era su sistema.
  • Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van acentuando y recorren después todo el proceso morboso.
  • El periodo prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo hizo con mala intención.
  • Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de mujeres formales.
  • Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo.
  • Mauricia dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión de su tierra, déjese usted de chínchirri máncharras, y obedezca.
  • Ya sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas.
  • Las recogidas la miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla respetar.
  • Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada.
  • Vaya con las señoras virtuosas y santifiquísimas.
  • Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor Natividad y sus compañeras.
  • Se encierran aquí para retozar a sus anchas con los curánganos de babero.
  • Y con los que no son de babero.
  • Su fealdad sólo era igualada por la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia.
  • Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no dijo más que esto.
  • Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles.
  • A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no ha de morder.
  • A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en un grito estridente.
  • Echa, echa más veneno murmuraba Sor Marcela con tranquilidad, abriendo la puerta de la prisión.
  • Pero con tanto furor de palabras no hacía resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la manejaba como a un niño.
  • Cuando atravesaba el patio en dirección a la escalera, oyó el ja ja ja de Mauricia, que estaba asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta tenía en su parte superior.
  • Iii La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la reja a la caída de la tarde.
  • El patio, que era pequeño y se comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta, estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja, que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación en un mar muy agitado.
  • Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos, alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera.
  • Allá va el patito con sus meneos.
  • A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no contestaba ni siquiera con una mirada.
  • Pero ¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! Paice que me están arrancando el estómago con unas tenazas de fuego.
  • Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja con un cordón hecho de tiras del refajo.
  • Anda, ángel, mira que te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me quiere quitar, y parece que me voy a morir.
  • Tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres en el Cielo con tu patita coja.
  • Hiriendo los guijarros con aquel pie duro que debía ser como la pata de una silla.
  • Al anochecer, bajó con la cena para la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento.
  • Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con el pie para que se despierte.
  • Mauricia alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras truncadas y balbucientes para expresar su gratitud.
  • Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para cumplir bien con los deberes.
  • La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo, inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más de lo conveniente.
  • Ya sé dijo tapando cuidadosamente la botella, que con este consuelo de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del cuerpo ayuda la del alma.
  • En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.
  • Y después de hacer un poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de tablas.
  • Con Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas.
  • Está con mi hermana Severiana, porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer, ¿tú sabes?
  • , y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo.
  • Fortunata se manifestó conforme con estas ideas.
  • Al ponerse el sol, aquel magnífico cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del ópalo.
  • Algunas tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de aquellas músicas populares.
  • ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos benditos horteras iban todos con buen fin.
  • Pero la mujer aquella con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía esta tesis.
  • Que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente permitirlos de vez en cuando con mucha medida.
  • Y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el cigarro, le dijo.
  • Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un ojo con otro en el cerrarse y en el mirar.
  • Si la Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la arma.
  • Y con razón.
  • Mauricia tiró el cigarro y apagolo con el pie.
  • Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó bastante.
  • Se la dejaba sola con una o dos filomenas durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta.
  • Pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa, sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos.
  • Como aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos y buenos vestidos que usaba.
  • Ya sabrá usted dijo luego, que cayó malo con pulmonía en Febrero de este año.
  • ¿Se ha fijado usted en aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de plata?
  • Sí replicó Fortunata que atendía con toda su alma.
  • Y el manto de la Virgen, el manto de brocado con ramos.
  • ¡Cosa más rara! ¡Y ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural, sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar, no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social, con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.
  • Si hubiera ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse puesto bueno el tal.
  • Las señoras que protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren.
  • Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con avidez.
  • Desde que Jacinta apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos, examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el vestido.
  • Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin, aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria.
  • Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro muy distinto y más acentuado.
  • El mucho pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su cerebro con el relieve de las cosas reales.
  • Veía la joven con gusto llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había desligado de los intereses y afectos mundanos.
  • Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir.
  • A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le había venido el fortalecimiento de aquella idea.
  • Lo que allí aprendían, decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas.
  • Vi Con las Josefinas no tenía Fortunata relación alguna.
  • Toda la mañana estaban las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y plañidero que se oía en toda la casa.
  • Para ir a la iglesia, salían de su departamento procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas maestras.
  • Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado.
  • Pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las tareas de piedad.
  • Guillermina las gastaba así, y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos individuales.
  • Belén ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir.
  • Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando estaba en el ataque.
  • Enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba extraordinariamente de su conversación íntima.
  • Estaban en traje de mecánica, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y el fresco del aire sobre sus cuellos robustos.
  • Fortunata hizo a su amiga algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con quien iba a casarse.
  • En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, que chillaba con los hervores del jabón.
  • Puestas una frente a otra a los dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar por eso la lengua.
  • Al oírlas, un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.
  • Mauricia dio salida al agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con el agua limpia del depósito de palastro.
  • El gran disco que transmitía a la bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose tan sólo a ratos con indolente majestad.
  • Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta saldría para casarse.
  • Había adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o tortuosos del mundo.
  • En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la enseñanza.
  • Pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que fuera mala.
  • En aquel instante parecíale su dichoso novio más antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído tantismos sermones.
  • Pero a ella se le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los santos.
  • De este modo vino a mostrarse complacidísima con la salida próxima, y dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de la batería de cocina.
  • Despidiéronse muy gozosos, y Fortunata se retiró con la mente hecha a aquel orden de ideas.
  • ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!
  • Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar a la realización cumplida y total de nuestros deseos.
  • Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, la idea blanca, le decía con familiar lenguaje semejante al suyo.
  • Con ser poco, es más de lo que te mereces.
  • ¿Te parece fácil que Yo haga casar a los señoritos con las criadas o que a las muchachas del pueblo las convierta en señoras?
  • , ¡y con quién!, con uno de mis ángeles hembras.
  • Lo que importa es dirigirse a Mí con el corazón limpio y la intención recta, como os ha dicho ayer vuestro capellán, que no habrá inventado la pólvora.
  • A ti, Fortunata, te miré con indilugencia entre las descarriadas, porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de enmienda.
  • Pero ahora, hija, me sales con que sí, serás honrada, todo lo honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te dé el hombre de tu gusto.
  • Ya salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no, no.
  • ¡Para hombres bonitos está el tiempo! Con que resignarse, hijas mías, que por ser cabras no ha de abandonaros vuestro pastor.
  • Tomad ejemplo de las ovejas con quien vivís.
  • Con que, cuidadito.
  • En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta guerra a la madrecita, que esta se levantó al amanecer con la firmísima resolución de cazarlo y hacer el más terrible de los escarmientos.
  • Era tan insolente el tal, que después de ser día claro se paseaba por la celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y pillines.
  • Verás, verás dijo esta subiéndose con gran trabajo a la cama, porque la idea de que el ratón se acercase a uno de sus pies, aunque fuera el de palo, causábale terror, lo que es hoy no te escapas.
  • Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras.
  • Otras se iban a la iglesia que era lo más fresco de la casa, y sentadas en las banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o descabezaban un sueñecillo.
  • En la sala de escuela había dos o tres grupos de mujeres sentadas en los bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas.
  • Algunas roncaban con estrépito.
  • La monja se había dormido también con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.
  • Pues, hija arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.
  • Qué cosas tienes, mujer observó Belén muy apurada, acordándose de cuando fue corista y representándose con terror el escenario de la Zarzuela.
  • Pero con la humedad del lloro y del sudor era ya como una pelota.
  • Pero no podía conmigo ni con mi fe, y tanto hice que lo metí en un puño, y ahora, que se atreva, ¿a que no se atreve?
  • Sor Antonia, la madre que gobernaba allí, se despertó, y para disimular su descuido, dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y añadiendo que hacía un calor horrible.
  • Tenía Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus compañeras.
  • Las Filomenas ocuparon su sitio detrás de las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza.
  • Pero al cabo de un rato más bien parecía reírse con contenida y satánica risa.
  • Volvió a mirar con disimulo, haciendo que se volvía para ahuyentar una mosca, y.
  • Le vio con simpatía.
  • ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar.
  • Pero no así de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del alma.
  • Las estrellas parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido sobre aquel azul intensísimo.
  • Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel.
  • En otro tiempo hubo allí un cubil, y en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios.
  • Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda.
  • Parecía lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un estado medio entre la modorra y el éxtasis.
  • Le preguntó la ex corista con ansiedad muy viva.
  • He visto a la Virgen repitió Mauricia con una seguridad y aplomo que dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa.
  • Te lo juro por estas cruces dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos.
  • Yo creo dijo Belén, después de una grave pausa, que eso debes consultarlo con el confesor.
  • Creyeron las otras dos que se había ido a acostar, y quedáronse allí haciendo comentarios sobre el extraño caso, que Belén transmitió a Fortunata con todos sus pelos y señales.
  • Miráronla con recelo y se alejaron.
  • Belén se había puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leída y escribida, bondadosa e inocente hasta no más, directora de todas las funciones extraordinarias, camarera de la Virgen y de todas las imágenes que tenían alguna ropa que ponerse, muy querida de las Filomenas y aún más de las Josefinas, y persona tan candorosa, que cuanto le decían, sobre todo si era bueno, se lo creía como el Evangelio.
  • Basta decir en elogio de la sancta simplicitas de esta señora, que en sus confesiones jamás tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado nunca.
  • Ello fue que Belén, temblando de emoción y con la cara ansiosa, dijo a la monja.
  • Y poco después repetían las otras con indefinible asombro.
  • Mauricia le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que en ella equivalía a la gracia divina.
  • Se apretó el pecho con ambas manos en actitud semejante a las que la escultura ha puesto en algunas imágenes, y dijo con acento conmovedor estas palabras.
  • Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto desapareció.
  • Sor Facunda habló con las otras madres.
  • ¿Con quién hablaba?
  • Con nadie, porque estaba enteramente sola.
  • Habla más alto, que con el ruido del órgano no se oye.
  • Entró por la puerta pequeña que comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez allí pasó sin obstáculo al vestíbulo, tentando la pared porque la oscuridad era completa.
  • Por fin llegó palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la cerradura con las manos, empezó a rasguñar en el hierro.
  • ¡Peines y peinetas, dónde estará la condenada llave! murmuró con un rugido de hondísimo despecho.
  • La cabeza dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que quedaba el cuerpo al caer doblándose con violencia, fue causa de que el resuello se le dificultara, produciéndose en los conductos de la respiración silbidos agudísimos, a los que siguió un estertor como de líquidos que hierven.
  • Si voy a llevarte con tu mamá que está ahí fuera llorando por ti y esperando a que yo te saque.
  • No quieres ir con tu mamaíta.
  • Tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito lleno de estrellas y los pies encima del biricornio de la luna.
  • Llegó por fin y subió los dos, tres, cuatro escalones, y le causaba tanta extrañeza verse en aquel sitio mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finísimo y albo lienzo, que un rato estuvo sin poder dar el último paso.
  • ¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la custodia.
  • Con exquisito cuidado, más con gran decisión, empuñó la custodia bajando con ella por una escalera que antes no estaba allí.
  • ¡Cómo brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qué misteriosa y plácida majestad la de la hostia purísima, guardada tras el cristal, blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser más que una sustancia de delicado pan! Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno.
  • La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera ojos.
  • ¡A casa con tu mamá.
  • ¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su mamá?
  • Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son.
  • Consultaré ahora mismo con Don León.
  • Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que sonreír con bondad.
  • , con estos calores, cuidado que suda una.
  • Seguían las Filomenas con cierto orden, las más diligentes dando prisa a las perezosas.
  • Dijo la misa Don León, que parecía el padre fuguilla por la presteza con que despachaba.
  • Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de pan.
  • Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo.
  • ¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo indicó Sor Antonia con franca risa y bizcando más los ojos, que Mauricia había visto a la Virgen! La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca.
  • Tres o cuatro Filomenas de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden expresa de traer a la visionaria.
  • Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se acercaba con semblante extraordinariamente afligido.
  • ¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?
  • Sí replicó Sor Natividad con un poco de humorismo, y el capellán me ha dicho que la meta en la perrera.
  • Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y golpeando el suelo duramente con su pie de madera.
  • Con la prisa que traía apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca desmenuzadas por el enojo.
  • Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas puso una cara que daba miedo.
  • La esgrimía como si fuera una pistola, con amenaza homicida.
  • Aplicó después su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con lastimera entonación.
  • Ya, ¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente! Nunca nos había pasado otra.
  • Púsose Mauricia de un salto en el rincón frontero al corredor donde las madres estaban, y desde allí las miró con insolencia, sacando y estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentísimos.
  • ¡Tiorras, so tiorras! gritaba, e inclinándose con rápido movimiento, cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos con tanto vigor como buena puntería.
  • ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba respondía la tarasca con aullidos salvajes.
  • Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella endemoniada mujer.
  • Tenía un pecho medio descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el brazo derecho.
  • La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina salió al patio por la puerta que lo comunica con el vestíbulo.
  • A usted, sí, y a todo el género mundano gritó con voz tan ronca, que apenas se entendía, so tía pastelera.
  • En esto, Don León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la sacristía.
  • Saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos.
  • Tras el capellán salió también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve herida.
  • Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora dijo a sus amigas.
  • Yo venía a que me dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me he salido con la mía.
  • Bajarlo, hijas, bajarlo dijo desde el patio la Superiora, mirando hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus órdenes.
  • Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa.
  • ¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia.
  • La última que cambió algunas palabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movida de lástima y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración de arrepentimiento.
  • Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de júbilo y gritó.
  • Respiró después con fuerza, parose mirando azorada a todos lados, como el toro cuando sale al redondel.
  • Era cosa de ver aquella mujerona descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano.
  • Las pocas personas que por allí pasaban, miráronla con asombro.
  • Al llegar junto a los almacenes de la Villa, pasó junto a varios chicos, barrenderos, que estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano.
  • A los barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y poniéndose en marcha con las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrás de Mauricia, como una escolta de burlesca artillería, haciendo un ruido de mil demonios y disparándole bala rasa de groserías e injurias.
  • El día señalado estaba ya muy próximo, y si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca.
  • Pues bien, ya podía anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio.
  • Por cierto que las alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza espléndida.
  • Ya había cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido las prendas empeñadas.
  • Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con una querida.
  • Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
  • Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a ser primero, y por fin amo del establecimiento.
  • Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.
  • Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado.
  • La preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel caso con gran solicitud y atención.
  • Allí donde la penitente no podía llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de gancho.
  • Diole consejos sanos y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.
  • La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.
  • Sor Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían dado menos que hacer.
  • Despidiéronla con sentimiento de verla salir.
  • Mientras más pobreza de educación revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e ilusiones de su plan.
  • Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a aplicar sus enseñanzas.
  • Y rara vez abría la boca Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre autoritaria, aunque con estudiada suavidad.
  • Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con serenidad y sin atropellarse.
  • Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella.
  • Durante la visita, que no fue breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un hombre que se expresaba tan bien.
  • La inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel instante en su alma con mayor fuerza.
  • Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.
  • Traía Mauricia un mantón nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul turquí y rojo vivo, delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con un pañuelo por las cuatro puntas.
  • Ya le he dicho que no replicó Papitos con mal modo.
  • No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien.
  • Todo se sabe replicó la Dura con malicia.
  • Si el botón es como este, blanco y con cuatro ujeritos, buena señal.
  • Pero si es negro y con tres, mala.
  • Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía sin saber por qué, vio tras el sabes una cosa una confidencia de extraordinaria gravedad.
  • Lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y candados, eso, eso es lo que se les antoja.
  • No me vengas con cuentos.
  • Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía el humorismo de un hermoso y tentador demonio.
  • Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.
  • Hace media hora que he estado hablando con él en casa de una amiga.
  • Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu señor me le ha colocado en el tren.
  • En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, pero realmente con el único objeto de curiosear.
  • La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada.
  • Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en la mano.
  • Y este es negro, con tres ujeros.
  • Te digo que no me caso repitió la joven, sintiendo que se renovaba en su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín.
  • Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce perversidad.
  • Exclamó Fortunata con nuevo terror.
  • Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, expresada de una manera cariñosa y fraternal.
  • Otra cosa se me ocurre indicó luego con la alegría del náufrago que ve flotar una tabla cerca de sí.
  • Dijo Mauricia con expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su hija.
  • Y como no hay más que dos o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por encapricharte con alguno de ellos.
  • En último caso, tanto te aburres, que te da un toque y caes con el señor cura.
  • Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.
  • Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.
  • Como era tan idealista, quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito.
  • No se decidía ni a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes.
  • Durmiose al fin rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares.
  • Dio varias disposiciones a la novia para que trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el cesto más grande que en la casa había.
  • La de Jáuregui se puso su visita adornada con abalorio, y doña Silvia se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda, porque parecía boda de pueblo.
  • Llevaba el hongo nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de Casa Bojío.
  • Dentro de casa, creía que tocaba con su sombrero al techo.
  • Las botas miraban con envidia al sombrero por el lustre que tenía.
  • Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea, y Pseudo Narcissus odoripherus presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles.
  • Ya recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con doña Silvia.
  • Ya se liaba con Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en la sala, en la despensa y en los pasillos.
  • Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza, comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y permitiéndose doler.
  • A Don Basilio le parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña Lupe.
  • Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando no tenía más remedio.
  • Temía no comer con bastante finura y revelar demasiado su escasa educación.
  • Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía de decir.
  • que la tengo replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos.
  • Es mal de familia observó Nicolás, y con nada se quita.
  • Las mías han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza.
  • Pero de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón.
  • Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones.
  • Allí tropezó con doña Lupe, que le dijo.
  • Torquemada procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo con la bulla que hacían.
  • Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían, confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le daba a entender.
  • Pero no se atrevía a mirar para atrás con objeto de cerciorarse.
  • Y cuidado con dejar de tomarle la cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y no hay que fiar.
  • Yo iré con Papitos a la plaza de San Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien.
  • Los demás días su chuletita con patatas fritas.
  • Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón que Judas.
  • Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás temblar.
  • Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de verdadera ama y canciller de toda la familia.
  • Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con Patricia.
  • Tomola Maxi y al poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que lo mismo podía ser de dolor que de ironía.
  • Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero, veíase otra ventana igual con visillos en los cristales.
  • Allí lucía una lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras, borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.
  • Tiene una gorra con galones y letras.
  • Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas palabras.
  • Con confianza, y que de noche están jugando a la brisca hasta las doce.
  • No abra usted, no abra usted dijo con presentimiento de un cercano peligro.
  • Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos.
  • Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas entremezcladas con términos de farmacia.
  • Y la muy picarona quería entablar conversación con su ama.
  • Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho cuidado para no hacer ruido.
  • Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer.
  • Patria le decía con sus ojuelos que arañaban.
  • Fue como una concesión a las ideas malas que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes.
  • En aquel acto, todo lo que constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del alma de la infortunada mujer.
  • No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía.
  • Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la señora.
  • Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y.
  • El otro salía embozado en su capa con vueltas encarnadas.
  • Todo esto se decía con un cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí un enfermo cuyo sueño había que respetar.
  • Maxi había dado vueltas en el lecho y dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala.
  • A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las palabras en la boca para preguntarle.
  • No me venga usted con cuentos de.
  • Parecía que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra.
  • Y el pobre chico no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y con el corazón.
  • Fortunata le dijo con expresión fraternal y consoladora.
  • Entraron los de la policía en la casa de esa mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?
  • Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con Don Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la chica de Ruiz Ochoa.
  • Vistiose el joven a toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para estar de este modo reunidos en día de tanto trajín.
  • Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno.
  • Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos quedaron encargadas de hacer el almuerzo.
  • De Feijoo, que era amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación.
  • Ha ido con Don León Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato.
  • La idea de poder ir a donde gustase la excitaba haciendo circular su sangre con más viveza.
  • Miraba todo con la curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la persona salida de un largo cautiverio.
  • Su pensamiento se gallardeaba en aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas.
  • Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con estrecheces, le causaba envidia.
  • No le importaba trabajar como el obispo con tal de poseer lo que por suyo tenía.
  • Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.
  • Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre, vago el mirar.
  • Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y.
  • Fortunata estaba como embriagada, con cierto desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes.
  • Su amante le dijo con simpática voz.
  • Pues sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji.
  • Aquella misma noche fue cuando Juárez el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón.
  • Puedes hacer lo que quieras, siempre que lo hagas con discreción.
  • Y ni podía dejar de hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese, era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna consecuencia, y se conformaba, tal era su idea, con ir al infierno.
  • Pero la relativa elegancia con que estaba puesta no la afectó.
  • En miserable bodegón, en un sótano lleno de telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía.
  • ¡Ah!, no repuso ella con cierta coquetería.
  • ¡Pueblo!, eso es observó Juan con un poquito de pedantería.
  • Me parece mentira dijo él, que te tengo aquí, cogida otra vez con lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te he hecho.
  • En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó decir estas arrogantes palabras.
  • Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones que le habían enseñado en su juventud.
  • Cuando la cerilla cae prendida se dijo y con la llama vuelta para una, buena suerte.
  • Alma mía le dijo su marido cuando acababan de comer, veo con gusto que no te falta apetito.
  • A la madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a su amante a todas horas.
  • Iba a estudiar con un amigo para tomar el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego.
  • Háblame con franqueza.
  • Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti.
  • ¡Quién sabe lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que deben ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala.
  • ¿No me guardas rencor por haberte abandonado, dejándote en la miseria, con tus vísperas de chiquillo y en poder de Juárez el Negro ?
  • La rabia y la miseria me llevaron con Juárez el Negro.
  • Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía.
  • Me vengaré yéndome con este animal.
  • Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él.
  • Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería saber respecto a la intimidad de los esposos.
  • Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín.
  • El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto donaire.
  • Preguntó Fortunata con la mayor buena fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir.
  • Habría preferido él mil veces que su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella cortesía desdeñosa y glacial.
  • ¡Haber comprado aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano.
  • Le preguntó una noche, con semblante ceñudo.
  • Indagaba con febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para pedirle su remedio.
  • Ya no me quieres le dijo un día con inmensa tristeza, ya tu corazón voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula.
  • Cuando crees que no me fijo en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con alguien.
  • Lo que desorientaba más a Maxi era que ella no tomaba varas con nadie, y siempre que él decía vámonos, estaba dispuesta a retirarse.
  • Ideó consultar el caso con su tía.
  • Fortunata mostrábase con todos tan fría como con él.
  • Y después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.
  • Ándate con mucho ojo.
  • Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con mucho trabajo se preparaba para la licenciatura.
  • Por el lado económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la herencia.
  • ¡Tú lo has dicho! exclamó Rubín con la mirada terrorífica.
  • Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía.
  • Déjame en paz replicó ella con un despego que a su marido le llegó al alma.
  • No podía hablar y se golpeaba la cabeza con los puños.
  • Cuando su mujer se quedó sola con él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor cobarde.
  • Ten piedad de mí le dijo con aflicción más de niño que de hombre.
  • Dilo con un poquito de calor, siquiera como me lo decías antes.
  • Allí viviré con tranquilidad.
  • En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado terminantemente el celibato.
  • Aconséjate con tu tía, y ella te dirá que lo que estás pensando es un disparate.
  • Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba.
  • No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar a su proposición autoridad indiscutible.
  • Tú te has vuelto loco observó Fortunata riendo con cierto descaro.
  • ¿Pero lo dices con formalidad?
  • Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños.
  • Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había hecho su esclavo.
  • Después de guardarlo con llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad y la ineficacia de su desmayada acción.
  • Pero a la tarde siguiente, Pseudo Narcissus odoripherus, fue a buscarle a la botica de Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de la Villa.
  • Detúvose en la puerta buscando con la vista su carruaje.
  • ¡indecente! exclamó Rubín con más fiereza en el tono que en la actitud.
  • No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó a su antagonista.
  • Santa Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera ahogarle de veras.
  • Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo.
  • La única defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del vencedor.
  • Y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de hacerle molinete para derribarle.
  • Y con desdén que tenía algo de lástima, hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una especie de hoyo o surco.
  • Pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca la piel.
  • Acercose a Maxi y le miró con recelo.
  • Creyendo que estaba mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia.
  • Las mujeres le miraban con más interés.
  • Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, y él, mirando con estupidez a sus conductores, repetía.
  • Le cogieron por el cuello de la americana con esa paternal zarpa de la justicia callejera.
  • Maxi contestó con la misma risa insana y delirante.
  • Viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los criminales.
  • Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de gente tras sí.
  • Este no decía más que ¡machacárselo! con aquella voz de falsete, que era otra novedad para su tía.
  • Acostáronle con no poco trabajo, y le llenaron de bizmas.
  • Pero probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca.
  • Fortunata había entrado, y hablaba muy bajito con Patria.
  • Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados.
  • Quería observar lo que hacía su sobrina, y por de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva.
  • El silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única persona que aquella noche mandara en la casa.
  • Si el estado del enfermo permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora.
  • Mas tanto la apremiaron la curiosidad y el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y decir a Fortunata, con voz oprimida.
  • Tú entrando en casa tan tarde y con esos modos de traidora de melodrama.
  • ¡Las diez dadas! dijo con aquella voz tan severa que habría hecho estremecer a una piedra.
  • Me dio vergüenza de decirle que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de entrar te declaras culpable.
  • Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma paciencia.
  • Expresó doña Lupe con un gesto iracundo.
  • Ni con Micaelas ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente.
  • Reparó entonces que hablaba con una sombra.
  • Dígale usted replicó la esposa en voz más baja y expresándose con mucha dificultad.
  • Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás, que aquel día había llegado de Toledo.
  • Mas adelantaba muy poco en el arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa.
  • El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba.
  • Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida dentro de la pasión que la dominaba.
  • Las ansias amorosas se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya, sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la empujaba de un modo irresistible.
  • Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo dejo aquí sobre la cómoda.
  • Es probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar hasta la mañana siguiente.
  • ¡Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más gordo.
  • Sí señor replicó la voz con miedo y turbación indecibles.
  • En lo de los golpes no he tenido parte apuntó con rápida frase la voz.
  • Interrogó Nicolás con acento airado.
  • Ya veo afirmó Rubín con ira, que nos ha engañado usted a todos, a mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi familia después.
  • ¡No haber visto esto, Señor, no haberlo visto! Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones.
  • ¿Con cuántos hombres?
  • Con uno solo.
  • ¡Con uno sólo!
  • Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un pañuelo en la mano.
  • Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse.
  • ¡Oh!, no señor replicó la pecadora con prontitud.
  • Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio gritó el clérigo con gesto de menosprecio.
  • Manifestó Rubín, manoteando con groseros modales.
  • ¡Vaya con la muy.
  • Y me lo dice así, con ese cinismo.
  • Allá se entenderá usted con Dios.
  • Sí señor dijo Fortunata con pena.
  • Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con su boca negra, más fea que la boca de un dragón.
  • ¡Ah, mujer infeliz! añadió el clérigo con solemnidad, levantándose.
  • Váyase usted luego allá con sofismas y con zalamerías de amor.
  • Ni yo tengo que hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.
  • Después oyeron ruido, sintieron la voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa.
  • Como sus amigos no eran tan constantes, pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de hierro y las mediascañas doradas.
  • Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual.
  • Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, había cambiado de café bastantes veces en el espacio de cinco años.
  • Otras la emigración era motivada por una cuestión muy desagradable con aquel señor de la mesa próxima.
  • Cada instante se abría la puerta de cristales para dar paso a algún parroquiano (que entraba quitándose la bufanda o desembozándose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos.
  • Entrada del individuo con su puro de estanco en la boca.
  • Dirigía el paso gravemente hacia las mesas de la derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemática exactitud.
  • El mozo le saludaba en el momento de dar un restregón con el paño a la mesa, y él, contestando con cierta dignidad, frotábase las manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los hombros.
  • Después cogía la cuchara con la mano izquierda y con la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas indulgentes a todo el local y a las personas que entraban.
  • Como veterano del café sabía tomarlo con aquella lentitud y arte que corresponden a todo acto importante.
  • La moral política es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe ya cuál es el paño primitivo.
  • Vestía con mucho esmero y limpieza, y su palabra era sumamente instructiva, porque había viajado y servido en Cuba y en Filipinas.
  • Lo mismo al partidario de la inquisición que al petrolero más rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benévola.
  • Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque él también los había padecido.
  • Cuando alguno se expresaba ante él con fe y calor, oíale con la paciencia compasiva con que se oye a los locos.
  • Tenía algún parecido con Cavour, de lo que provenían las bromas un tanto pesadas que le daban.
  • Siempre que discutía tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con respeto.
  • Su primer destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas hasta el periodo largo de la Unión Liberal.
  • Y respondiéndose con la más deliciosa buena fe.
  • Nada más que para tratar de las cuestiones financieras, con exclusión absoluta de toda idea política.
  • Pero no así como se quiera, sino con números.
  • Con los números no se juega decía él, y le metía mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la cuenta de la lavandera.
  • Después de expresar con un gran suspiro la lástima que tenía de este pobre país, seguía tomando su café con indolencia, pero con apetito, porque para Don Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo después frío al vaso.
  • Los amigos que le oían quejarse, comparando la exigüidad de la paga con la muchedumbre de bocas que constituían su familia, le consolaban cada cual a su manera.
  • La conversación del círculo, que empezaba casi siempre con el tema de la guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos.
  • Leopoldo Montes, cesante eterno, Relimpio, y otros que tenían entre los dientes alguna piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famélico sobre aquel tema picante.
  • Fulano, que estaba por debajo de mí en la Ordenación de pagos, tiene ya veinte, y yo llevo diez años con catorce.
  • Con este desbarajuste que hay ahora, no se sabe ya por dónde anda uno.
  • ¡qué país! Yo entré en Penales con ocho, después me pasaron a Instrucción Pública con diez, luego cesante, y al fin, para no morirme de hambre, tuve que aceptar seis en Loterías.
  • He pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde retirarme a descansar con doce.
  • La jorobada y un su hermano, también algo cargado de espaldas, entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas del centro, iban alargando periódicos a todo el que los pedía.
  • A las doce vuelve a animarse el local con la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate o de cenar antes de irse a la cama.
  • Después de la una sólo quedan los enviciados con la conversación, los adheridos al diván o a las sillas por una especie de solidificación calcárea, las verdaderas ostras del café.
  • Federico Ruiz iba por allí muy a menudo, y como era hombre tan comunicativo, metía baza con los curas, de lo que resultó que estos se familiarizaran por una banda con la gente de pluma, y por otra con los amigos de Rubín y Feijoo.
  • Descuide usted replicaba Juan Pablo con suficiencia.
  • Yo creí que nos iba usted a dar noticia de la conferencia del Duque con Elduayen.
  • Y ahora sale con que Sagasta está malhumorado.
  • Don Basilio solía llevar en la boca un palillo de dientes, y tomándolo entre los dedos lo mostraba, accionando con él, como si formara parte del argumento.
  • Lo que yo sé afirmó con acento patético, ofreciendo el palillo a la admiración de sus amigos, lo que yo sé es que esto está muy malo.
  • Digo con Lorenzana.
  • Volvió a poner el palillo entre los dientes y miraba a sus amigos con cierta lástima.
  • Dijo Rubín con desabrimiento.
  • Del tuyo que con el viento no se oye.
  • Amigo manifestó Feijoo con su franqueza habitual.
  • Dijo con rabia Juan Pablo.
  • Pero yo pregunto añadió con exaltación, dejando caer la capa y echando atrás el sombrero, yo pregunto.
  • Contentábase con tomar aires de hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le zumban en el cerebro.
  • El alfonsismo es un crimen afirmó con la mayor suficiencia Leopoldo Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinión.
  • Pero Rubín se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada.
  • Don Basilio pegó la hebra con los curas de tropa y con Nicolás Rubín.
  • Don Basilio, inclinándose de aquel lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchísima reserva.
  • Después se incautaba con disimulo de todos los terrones de azúcar que podía, y se marchaba a su casa, despidiéndose de cada uno particularmente con apretón de manos a espaldarazo.
  • Toda la parte religiosa del programa carlista la descartaba, quedándose tan sólo con la política, porque ya había visto prácticamente que los curas lo echan todo a perder.
  • Decía que su ideal era un gobierno de leña, que hiciera las leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano.
  • Este socialismo sin libertad, combinado con el absolutismo sin religión, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un revoltijo de mil demonios.
  • Castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el único fin de hacer chanchullos.
  • La ráfaga de ambición que pasa por la mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir si yo fuera poder, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien como sueño que como esperanza.
  • Pero en sus horas de soledad se adormecía con aquella idea y la trabajaba, batiéndola, como se bate la clara de huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos.
  • La conclusión de este meneo mental era que aquí lo que hace falta es un hombre de riñones, un tío de mucho talento con cada riñón como la cúpula del Escorial.
  • Salió de la cárcel con la cabeza más aturullada y los ánimos más encendidos.
  • El móvil de esto no era simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos con qué apabullar a los curas de la mesa próxima, que sólo por ser curas, aunque sueltos, le eran antipáticos, pues odiaba a la clase entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte.
  • El ex castrense se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que daría espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario.
  • Bebía aguardiente aquel clérigo como si fuera agua, y su lenguaje era un ceceo con gargarismos.
  • Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla.
  • El otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una oficiala del Fijo, joven y simpático, de modales mucho más finos que sus colegas, listo como un chorro de pólvora, y con un pico de oro que daba gusto.
  • El llamado Pater afectaba cierto magisterio episcopal con los otros dos.
  • En este círculo fue donde se coló Juan Pablo, con su clerofobia y su pegadizo saber de teología y filosofía católica.
  • El Pater y Quevedo tomaban la cuestión con calma, oponiendo a los ataques de Rubín argumentos evasivos en estilo joco serio.
  • Pero una noche que llevó Rubín, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de mundos habitados, Pedernero empezó a despabilarse.
  • Pero en retirada se defendía bien con su flexibilidad y agudeza.
  • En dos o tres días refrescó sus lecturas, rehízo su erudición descompuesta en los viajes y en la vida de libertino, y bien preparado acudió al torneo a que el otro le retaba con sabidurías de tercera mano, aprendidas en los libritos franceses de ciencia popular a treinta céntimos el tomo.
  • Pues amigo, una noche el ex capellán del vapor correo se lió la manta y le dio tal paliza a Rubín, que este hubo de salir con las manos en la cabeza.
  • Un agente de Bolsa riquísimo que, con el Pater, llevaba diez años de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un bajo de ópera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueño de un acreditado molino de chocolate.
  • El bajo de ópera se creía en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla expresado tantas veces con su sábana por la cabeza, haciendo el respetable papel de sumo sacerdote.
  • Trincando una botella, Rubín apuntó al cura con tal desacierto que quedó descalabrado.
  • Don Basilio tiró de los faldones a Rubín y por poco se queda con ellos en la mano.
  • Viole Rubín, y se acercó a la tertulia, teniendo el gusto de discutir con los individuos más entusiastas de aquella secta.
  • Pero lo del periespíritu no lo tragaba, ni la guasa de que vengan Sócrates y Cervantes a ponerse de cháchara con nosotros cuando nos place.
  • A aquel círculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el tiempo tasado, porque a tal hora tenía que asistir a una junta para tratar de la erección del monumento a Jovellanos.
  • Hombre más atareado no se vio jamás en nuestro país, y como tenía tantas cosas en el caletre, para no olvidar muchas de ellas se veía obligado a apuntárselas con lápiz en los puños de la camisa.
  • Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre todo a fundar un órgano en la prensa.
  • Iba también a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenían ya medio trastornado los apóstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba embaucar, y Dámaso Trujillo, el dueño de la zapatería titulada Al ramo de azucenas, que todo se lo creía como un bendito, y a solas en su casa hacía experimentos con una banqueta de zapatero.
  • Pasando con desdén por junto a los espiritistas, se sentaba en el círculo de los empleados, oyendo más bien que hablando, y permitiéndose hacer tal cual observación con voz de ultratumba, que salía de su garganta como un eco de las frías cavernas de una pirámide egipcia.
  • Pero Ramsés II, cuyo verdadero nombre era Villaamil, no tenía más consuelo que aplicar su oreja seca y amarilla a la conversación, por si escuchaba algo de crisis o de trifulca próxima que diese patas arriba con todo.
  • Indicó Ramsés II con timidez.
  • Saldrá el hombre que hace falta, un tío con un garrote muy grande y con cada riñón.
  • Por supuesto añadía, tiene que venir con la estaca de que habla el amigo Juan Pablo.
  • Muchas veces renovó a Juan Pablo sus pagarés, y últimamente le había apremiado con cierta acritud.
  • Pero con intención de aproximarse a Juan Pablo, ver lo que hacía y cruzar con él algunas palabras.
  • éste porque San Joaquín estaba donde Cristo dio las tres voces, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la Restauración.
  • El mismo Don Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y que el género y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas alturas.
  • No se recataba ya para estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra.
  • Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación con ellos.
  • ¡Ah!, como guapa, ya lo es agregó Don Evaristo con cierto entusiasmo.
  • Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel parroquiana del café de nueve a doce.
  • Iba algunas veces sola, otras con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada.
  • El mozo mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y aplaudir.
  • Era casado y con ocho de familia.
  • Tocaba piezas de ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil, aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento.
  • En cambio, Feliciana y Olmedo iban con más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San Juan de Dios.
  • Quería instruirse a todo trance, labor inmensa y difícil por carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le estorba el latín, no le permitió aprender más que las cuatro reglas y un poco de francés.
  • Tantas ideas adquirió que se sentía con vivas ansias de devolverlas por medio de la propaganda.
  • Sociedades con barbas, en una palabra, y también con algunas canas.
  • Encontrábase mi hombre con fuerza dialéctica y entusiasmo bastantes para predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades.
  • Pero como no tenía más público que la tertulia del café, con ese inocente auditorio tuvo que contentarse.
  • Como se expresaba muy bien, oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían buenos ojos.
  • Lo primero, hijas mías decía con unción el expositor, es limpiar el intellectus de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y muletillas.
  • ¡María Santísima!, con lo que sale usted ahora.
  • Ni abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograría meter la luz de la verdad.
  • El ciego volvió hacia él sus ojos vacíos y muertos, su cara que parecía un quinqué sin encender, y le dijo con profundísima tristeza.
  • ¿Lo cree usted así, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes?
  • Juan Pablo miró al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofía.
  • Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego volviese a preguntarle con insistente afán.
  • He hablado largamente con él.
  • Al retirarse a casa, se comparaba con Wamba y decía para su sayo.
  • Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de Don Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura.
  • Sabía que la tarasca que le robaba su marido era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del Pituso muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas jaquecas.
  • Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y Don Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos.
  • Había tenido la dicha inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y el Rey habló con él.
  • Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien el tono familiar con que se había expresado S.
  • Retorciendo en su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía.
  • Pero a este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?
  • Aquella mañana fue con Barbarita a casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del Rey.
  • Pero la noticia, dada así con tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un jicarazo tremendo.
  • Y lo hará, porque le hemos traído con esa condición.
  • Ya cerca de las doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada.
  • No me engatusarás con tus zalamerías.
  • Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era demasiado fuerte para luchar con él.
  • Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera dijo el señor de Santa Cruz con patriarcal buena fe.
  • Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que ninguna Restauración había prevalecido.
  • ¡Pillo, tunante! pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las palabras la hiel que se le quería salir.
  • Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena sombra otra frase de las comedias.
  • No aguanto más, no puedo aguantar más era lo único que ella decía con angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta lágrima.
  • Lo que Amalia me ha dicho afirmó Jacinta con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un gesto admirable su aseveración, es verdad.
  • Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado, que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios.
  • También esto concordaba con un pensamiento de Don Baldomero, que decía.
  • Cuando el país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas.
  • Con que lo dicho, déjame en paz.
  • Pero con nobleza.
  • Abur, hombre dijo en alta voz con despecho.
  • ¡con lo que sale ahora este bobo.
  • Lo saqué con las puntas de los dedos y lo estuve mirando.
  • Otra noche dijiste en sueños palabras de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro.
  • Fue aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo.
  • Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un borracho, y tuviste que andar a trompazos con él.
  • Me acuerdo, sí dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con Maximiliano.
  • Era de níquel, labrado, con muchos garabatos.
  • Con una buena propinilla, Manuel no me habría ocultado lo que supiera.
  • Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre.
  • Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del fatuo que se da tono con una cruz.
  • Lo que él quería era quedar bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando sus faltas como méritos, y retocando toda la historia de modo que pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y el cabello era negro y deshonroso.
  • Rápidamente, con aquella presteza de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van las confidencias.
  • Haz el favor de no nombrarla suplicó Jacinta con viveza.
  • ¡Casada! Sí, con un simple.
  • ¡si ha vivido siempre con tunantes.
  • Después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser marido de nadie.
  • En tal situación prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su tesis y con los cubiletes en la mano, yo te planteo el problema a ti.
  • Yo quiero que me digas con lealtad qué harías, qué harías tú en este trance.
  • Pero ciertas deudas, señora mía dijo Santa Cruz triunfante, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.
  • Procurarle una manera de vivir con independencia y honradez.
  • No mires esto con ojos de mujer.
  • Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con la presteza de su flexible ingenio.
  • Preguntó con la picardía de un juez de instrucción.
  • Porque si yo viera que coqueteaba con otros hombres, anda con Dios.
  • A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál quedarse, y estaba perpleja y muda.
  • ¿Con que te vas enterando?
  • Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has divertido en grande con ella.
  • Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.
  • Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también.
  • Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad es lo que importa manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en el lecho.
  • Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande alegría.
  • Que se vaya con su constancia a los quintos infiernos.
  • Iv A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo aparente.
  • Al volver de San Ginés, me encontré con Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres.
  • Pero no siendo posible esto, se consolaba vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito con ella.
  • Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo le dijo la señorita, atrayéndola a sí con maternal cariño.
  • Dice que lo que le pide a la Virgen declaró Severiana con esa adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más, es no separarse nunca, nunca de la señorita.
  • Anoche soñaba con la ropa nueva dijo Severiana, y ayer, cuando se la puso, no hacía más que mirarse al espejo.
  • Nos tiene mareados con lo que hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con tantos animales como metió en ella.
  • Pero ya la tenemos otra vez en danza con el maldito vicio.
  • Dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el repique del timbre con que su marido llamaba.
  • A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la puerta.
  • Estaba muy envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes.
  • Me canso horriblemente dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como afecto.
  • El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben emplear los superiores bien educados.
  • Apenas se pone el pie en España, no se da un paso sin tropezar con bandoleros.
  • Llegó entonces Don Baldomero, anunciándose antes de entrar con estas alegres voces.
  • Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos, fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.
  • Vaya, vaya con este perdis decía Don Baldomero mirando mucho a su amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy desmejorado.
  • No quiere nada con nosotros dijo Barbarita, examinándole la ropa.
  • Ya saben ustedes que no transijo con la patria dijo sonriendo.
  • Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y Don Baldomero, que defendía todo lo del Reino con sincero entusiasmo.
  • Vamos a ver dijo Don Baldomero con alegría, que le retozaba en la cara.
  • Hablando ahora con toda seriedad dijo, después de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general.
  • Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones, las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar.
  • ¡Hombre, en qué tonterías te fijas! observó Don Baldomero, continuando la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con benevolencia.
  • Con el ruido del tren, no oigo el mío.
  • Tengo que irme al momento a la obra le dijo con secreteo.
  • Moreno ayudará díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para hablar con más libertad.
  • ¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad! Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos a risa.
  • Pero en fin, allá se entenderá con Dios.
  • Con que a ver si me le catequizas.
  • Quédate con Dios.
  • Cuando ella salió del convento con corona de honrada para casarse.
  • Hízolo así con éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro.
  • Habla con sinceridad.
  • Con decir que hace días le dio por estar rezando toda la tarde.
  • Antes de que llamara, se abrió la puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza.
  • La salida de aquel señor le produjo en un instante dos sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad.
  • Recíbele todo lo que quieras dijo él variando de táctica con la rapidez del genio.
  • Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de ella.
  • Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad.
  • Pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con verde limón.
  • Y las jardineras de bazar, con begonias de trapo, cojeaban.
  • Era dorado, con figuras como de pastores, haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas.
  • Había laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte.
  • Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un testimonio de su esplendidez.
  • Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última vez.
  • Si esta pavisosa pensó Santa Cruz mirándola también, viera con qué donaire se sienta en un puff Sofía la Ferrolana, tendría mucho que aprender.
  • Jormiguita para cuando vengan los malos tiempos dijo el Delfín con benévola ironía.
  • Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad.
  • Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere hacer tomar una medicina.
  • Mira que yo estoy con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido.
  • Pero así, con esta manera de vivir.
  • Pero ella no lo seguiría jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con tanta palabra fina.
  • ¡A buenas horas y con sol! quería decir aquella mirada.
  • Después que hemos cometido todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos.
  • Bien merecido me lo tengo declaró en un arranque de dolor combinado con la rabia, porque los dos hemos sido malos.
  • ¡Dios, con la que yo hice!, ¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era nada, cuando yo me ponía triste.
  • Que procures unirte otra vez con tu marido.
  • exclamó la señora de Rubín con indecible terror.
  • Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la suavidad con que ha venido.
  • Gritó Fortunata con la voz ronca de despecho y dolor.
  • ¡Fuera, fuera! gritaba ella empujándole con ruda energía.
  • A eso de las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó su mantón.
  • Salió con rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción terminante.
  • Fortunata atravesó con paso ligero la calle de Hortaleza, la Red de San Luis.
  • Vio el portal de la casa de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas.
  • Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo uno.
  • Era un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias.
  • Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después volvió a su acecho.
  • Un caballero con botines blancos que parecía extranjero.
  • Pues porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras.
  • El lacayo entró en la casa, y Deogracias se puso a hablar con el cochero.
  • Oyó el ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla.
  • Un individuo de Orden Público la miró con aire suspicaz.
  • ¡Por aquí! exclamó Feijoo con asombro.
  • La acompañaré a usted dijo Don Evaristo con bondad.
  • La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante no chistaba.
  • Alguna vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.
  • Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño.
  • ¡Ay, Dios mío! murmuró el buen Don Evaristo con hondísimo disgusto.
  • Dorotea, que se quedó junto a ella, la oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas de las Micaelas.
  • Pero sigue con la misma idea añadió no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada.
  • Y que está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya.
  • ¡Vaya con los males de esta señora!
  • Ayer estuve muy malita dijo ella con voz apagada.
  • La cabeza se me partía, y como no me podía quitar de entre mí aquella idea, y dale con lo mismo.
  • Con que déjese usted de rasgos si no quiere que la silbe, porque esas simplezas no se ven ya más que en las comedias malas.
  • Eso es, y coma usted mimitos dijo el coronel, haciendo también con sus labios la trompeta más larga que le fue posible.
  • Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo de pensarlo y vivir algunos meses.
  • Con que a guardar los monises, y no se hable más del asunto.
  • Y como a los que me querían afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos.
  • He visto mucho mundo afirmó Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario.
  • ¡Ah!, este mundo es una gaita con muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien.
  • Dijo Fortunata con expectación supersticiosa, como si le estuvieran echando las cartas.
  • ¡Práctica! replicó ella arrugando la nariz con salero, como hacía siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo tiempo.
  • Y volvió cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco después fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos.
  • De lo que sobre plantas se habló aquella tarde, coligió Don Evaristo que su amiga tenía gustos un poco desacordes con el gusto corriente.
  • Con no moverme de aquí.
  • Dijo Feijoo con socarronería.
  • Lo que le conviene a usted ahora es reírse con las piececitas de Lara y Variedades.
  • Este año me llevó Juan dos veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprendía pegándomela con algún trasto.
  • ¿Y cuando me sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoñita, esa que está con Villalonga, y otra que llaman Sofía la Ferrolana?
  • Tú cuando vas por ahí con tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de casa en casa pidiendo para una misa.
  • ¿Y cuando se empeñaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceñidos, tan ceñidos que con ellos parece que enseña una todo lo que Dios le ha dado?
  • Al buen señor se le ponían los ojos encandilados oyéndole contar aquellas cosas con tan encantadora sinceridad.
  • Su cara, que era siempre sonrosada, poníasele encendida, con verdaderos ardores de juventud en las mejillas.
  • La frente espaciosa y de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas.
  • Ii Pues lo que es hoy sí que no me quedo con esto dentro del cuerpo pensó mi hombre al otro día, entrando en la sala, hecho un sol de limpio y despidiendo, como todas las mañanas al salir de su casa, un fuerte olor a colonia.
  • ¡Cuánto me hace esperar! Paréceme que oigo trastazos como de dar con el zorro en los muebles.
  • Dispénseme usted, amigo Don Evaristo dijo Fortunata apareciendo en la puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y pañuelo liado a la cabeza.
  • Cuando me siento con ganas de llorar y dada a todos los demonios, ¿sabe usted qué hago?
  • Con esto no me acuerdo de otras cosas.
  • Mire que ahora empezaremos con la sala.
  • No me importa replicó el buen señor con sonrisa inefable.
  • Es una falta recibir visitas con esta facha.
  • ¿Piensa usted pedir perdón a su marido y reconciliarse con él?
  • Antes que volver con Maximiliano afirmó Fortunata poniendo la cara más seria que sabía poner, todo lo paso, todo.
  • O a casa con su marido, o a la calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algún primo con quien ir tirando.
  • Yo quiero ser honrada afirmó la joven con la mayor seriedad del mundo, atormentando más la punta del delantal.
  • Y dígame usted con toda franqueza.
  • ¿Sin volver con su marido?
  • Sin volver con mi marido.
  • Feijoo hizo con los labios, con los ojos, con todos los músculos de su cara un mohín muy humano y expresivo, signo perteneciente al lenguaje universal y a la mímica de todos los países, el cual quería decir.
  • Iii Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad, las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de Don Evaristo González Feijoo.
  • ¿Qué honradez era aquella que apetecía, no sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo malditas ganas de irse a un yermo a comer raíces?
  • Hallábase más bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de su desgracia no había solución mejor que aquella, y de que vale más caer sobre un montón de paja que sobre un montón de piedras.
  • En los primeros días tuvo horas de melancolía intensísima, en las cuales su conciencia, confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser adúltera con pocas horas de diferencia.
  • Con estos diferentes estados de su espíritu se relacionaban ciertas intermitencias de manía religiosa.
  • Acordábase de cuanto le enseñaron Don León y las Micaelas, y volvían a su mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad pasmosas.
  • Estaba muy agradecida al señor de Feijoo, que se portaba con ella como un caballero, y no tenía nada de quisquilloso, ni las impertinencias que suelen gastar los hombres.
  • ¡Y cuánto sabía! ¡Qué experiencia del mundo la suya, y con qué habilidad se las gobernaba! Para poner en ejecución aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole tomar un cuartito modesto.
  • A poco de instalada en su nuevo domicilio, Don Evaristo le compró una buena máquina de Singer, con lo que ella se entretenía mucho.
  • Y ella declaraba con su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito autor de sus desgracias.
  • Pero que si la buscaba otra vez, ya sabría ella resistir y darle con toda la fuerza de su honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo.
  • Con este sistema de cautela y recato, les iba tan bien que Don Evaristo no cesaba de congratularse.
  • Al mundo hay que tratarlo siempre con muchísimo respeto.
  • No transijo, pues, con nada que sea apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que dañan al honor del prójimo, ni con nada que sea vil y cobarde.
  • Tampoco transijo con menospreciar la disciplina militar.
  • Pero en todo aquello que se relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro.
  • Pero vienen y me cuentan que tal mujer le faltó a su marido, que tal niña se fugó de la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco.
  • Pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella había pensado.
  • ¿Creerás que voy a venir con un revólver para pegarte un tirito y pegarme yo otro?
  • En nombre de la humanidad y de la especie te miraré con benevolencia.
  • Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente práctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota que daba gloria verla.
  • Pero nunca, como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con tanta plenitud y lozanía.
  • Comunícase, de una parte con San Andrés, y de otra con el Rosario y la V.O.T.
  • En el principal había una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao, decoraban la escalera con tiestos y le ponían alfombra.
  • Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con su ídolo.
  • Así como otros estropearon con sus manos inhábiles esta preciosísima individua, yo le hubiera dado una configuración admirable.
  • Fortunata le oía embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria más fresca y las ideas más claras.
  • En esto era la de no acabar, y de la cuenta total salían a siete aventuras por año, con la particularidad de que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que también había estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con joloanas.
  • ¡Ay, qué bueno! exclamaba Fortunata riendo con toda su alma, al oír ciertos lances.
  • Contó el ex coronel aventuras con solteras y casadas, que a su amiga le parecían mentira, y no las habría creído si no las oyera de labios de persona tan verídica y formal.
  • Pero de todas estas sesiones salía al fin con impresiones de tristeza, y pensaba así.
  • Es preciso que te acostumbres prosiguió con cierta severidad, a no hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una familia respetable.
  • Te diré una cosa que ha de pasmarte indicó Fortunata con la expresión grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi increíble sinceridad.
  • Una noche me acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz.
  • Y los síntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora.
  • El sonido se le escapaba, como si el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido más lejos.
  • La locurilla me ha cogido ya con los huesos duros y con muchas Navidades encima.
  • Sesenta dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba algo corta.
  • Lo que más me carga dijo Don Evaristo con rabia, dando un puñetazo en el brazo del sillón, es que la vista.
  • A mí no me vengas tú con zalamerías.
  • Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos, haciendo mucha fuerza en él.
  • Fijó sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos cruzados, mirábale atenta, contemplando los estragos de la degeneración senil en su fisonomía, mientras se alejaban y extinguían en la calle los picantes ritmos del baile.
  • Se visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la inmediata, gente muy llana, muy neta.
  • Como que a todas las visitas iba la prójima con mantón y pañuelo a la cabeza.
  • En el tiempo que duró aquella cómoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas maneras, que había perdido con el roce de otra gente de más afinadas costumbres.
  • La gente más fina de aquella vecindad, o la que más procuraba serlo, era la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesiásticas se esforzaban en hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina.
  • La mayor, que es la más estirada, levantó las cejas, y mirándome como con lástima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que parece que se la han hecho las arañas, fue y me dijo, dice.
  • ¿Pero ese señor, no se casa con usted?
  • Yo le contesté puede y siguió con el sermón.
  • Lo que llaman infidelidad no es más que el fuero de la naturaleza que quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso verás que soy tan indulgente con los y las que se pronuncian.
  • Figúrate si con esas tragaderas estarás bien dispuesta para el amor.
  • Después de esto y mientras Fortunata se comía una cantidad inapreciable de pasas y almendras, cogiéndolas del plato una a una y llevándoselas a la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano siguió sus habladurías con cierto desconcierto, y como desvariando.
  • Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa, derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una almendrita.
  • Feijoo le cogió la barbilla entre sus dedos, diciéndole con cariño.
  • No murmuró ella frotándole el pecho con su cabeza, no.
  • Fortunata se reía, y para calmarle aquel desasosiego que sus estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella noche, hasta que se separaron, los cariños y cuidados de una hija amantísima con el mejor de los padres.
  • Fortunata no pensaba más que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina.
  • Dos días después, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar llegó el criado con una breve esquelita, llamándola.
  • Preguntó la señora de Rubín con los labios muy secos.
  • Si tú no te has de morir dijo Fortunata irguiéndose con brío, en son de protesta.
  • Con aquella sonrisa, que parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto, contestaba Don Evaristo mejor que con palabras.
  • Todo se perdona, hija, todo, todo dijo el enfermo con indulgencia empapada en escepticismo.
  • A ti te asusta el hacer vida común con tu marido porque no le quieres.
  • Soltero y con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo mismo de su santísima voluntad.
  • Pues con el sueñecito que he echado perdí la situación, chica, y al despertar, no me acordaba de que habías quedado ahí.
  • En último caso, si algún día tuvieras un choque con ella, te plantas y le dices.
  • Feijoo llamó para que trajeran luz, y cuando la trajo doña Paca, la primera claridad que se esparció por el aposento sirvió al ama de llaves para examinar con rápida inspección el rostro de la amiga de su señor, diciéndose.
  • Aquel curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de diferentes pretextos para permanecer allí con idea de pescar algo de la conversación.
  • Para atenuar el efecto de esa salida un tanto descortés, estando presente una visita, la señora aquella agració a la intrusa con una sonrisilla forzada.
  • Que me dé lo que quiera gruñó Feijoo con burlesca incomodidad.
  • Vii Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no podía con la gusanera de pensamientos que le llenaba toda la caja de la cabeza.
  • ¡Volver con su marido! ¡Ser otra vez la señora de Rubín! Si un mes antes le hubieran hablado de tal cosa, se habría echado a reír.
  • Eran ellos que salían nuevamente a luz, primero como espectros, después como seres reales con cuerpo, vida y voz.
  • Levantose la chulita muy tarde y recibió un recado de su amigo diciéndole que estaba mejor y que se levantaría y saldría a la calle con permiso del tiempo.
  • La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún que antes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, pues aunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otra mejor.
  • Quizás veía con agrado en las lontananzas de su imaginación algo nuevo y desconocido que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus facultades, que se desentumecían después de una larga inactividad.
  • Esmerose ella en esto, y cuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras cosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo, planteándole la cuestión resueltamente.
  • Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con ellos.
  • Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que tienes, que otro de mejor lámina, porque con un poco de muleta harás de él lo que quieras.
  • Te idolatra, y los que aman así, con esa locura, se pirran por perdonar.
  • Lo que no podía era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia que se le recomendaba.
  • Decidido a hablar con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo.
  • No estaba contento ni mucho menos con esto del orgulloso Rubín, y se quejaba de que una amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrón alfonsino.
  • Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda su mugre, testimonio lustroso de luengos años de cesantía y de arrastrar las mangas por las mesas de las redacciones.
  • Por eso cuando pasa mucho tiempo sin cambio político, cogen el cielo con las manos los sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los descontentos y azuzan a los revolucionarios.
  • A poco entró Don Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los dientes, y se dirigió al mostrador con ademanes gubernamentales.
  • Facilillo era compaginar la lozanía de la señora de Rubín con su desgracia.
  • Saludáronse los dos amigos con el afecto de siempre.
  • Después de oír, acerca de su salud, todas las vulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, como aquello de es nervioso.
  • ¡Probrecilla! dijo Rubín, echando los terrones de azúcar en el vaso, con aquella pausa que constituía un verdadero placer.
  • Hágase usted cargo de lo que sufrirá una criatura con la conciencia alborotada y en esta situación.
  • Mire usted, compañero le dijo con reposado acento.
  • Es poco delicado en usted suponer que he tenido algún lío con esa señora, y que lo disimilo con la hipocresía de querer reconciliar el matrimonio.
  • ¡Pues estoy yo bueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques.
  • Este excelente hombre, viendo sus angustias, halló una manera delicada de suministrarle la cantidad necesaria para librarse de Cándido Samaniego, que le perseguía con saña inquisidora.
  • Estas caridades discretas las hacía muy a menudo Feijoo con los amigos a quienes estimaba, favoreciéndoles sin humillarles.
  • Juan Pablo no era de estos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso inglés, en ese estado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dan todas las largas que él quiere tomarse.
  • Demasiado sabía que un hombre de quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que dice, y que se contrae con él la obligación tácita de ser de su opinión en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando él recomienda la seriedad.
  • Yo estoy un poco torcido con ella.
  • Después se enteró Feijoo con mucha maña de ciertas particularidades de la familia.
  • El filósofo cafetero dijo a su amigo que cuando quisiera echar otro párrafo no le buscase más en el Café de Madrid, porque allí había caído en un círculo de cazadores que le tenían marcado y aburrido con la perra pechona, el hurón, y con que si la perdiz venía o no venía al reclamo.
  • De los antiguos cofrades sólo iban a Madrid Don Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes y el Pater.
  • También charló Juan Pablo de política, diciendo con mucho tupé que el Gobierno estaba de cuerpo presente, y que la situación duraría.
  • No me llama la atención que te quedes con la boca abierta.
  • ¿De esos que hablan con las patas de las mesas?
  • Cualquiera que sea la secta o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos.
  • Desde que tomara con tanto cariño las funciones paternales, se había dejado toda la barba, usaba hongo y una gran bufanda alrededor del cuello.
  • Cuando la prójima le vio entrar aquel día con el sombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientos ágiles, comprendió que las noticias eran buenas.
  • Con estos alegrones dijo él abrazándola, se rejuvenece uno.
  • Vengo de hablar con la mismísima doña Lupe la de los Pavos.
  • Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella, pues yo estimaba muy conveniente esta vida común.
  • Ya te daré una lección larga sobre el tole tole con que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia, haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole.
  • He hablado pocas veces con él, apenas le trato.
  • No lejos de estos, un grupo de empleados en la Contaduría central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la Armada, discutían si eran más bonitas las mujeres con polisón o sin él.
  • Jacinto alzaba los hombros, respondiéndole con benevolencia quejumbrosa.
  • Con más leche que café.
  • Las nueve serían de la siguiente, cuando entró en el establecimiento de la Plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósfera espesa y sofocante que se podía mascar, y un ensordecedor ruido de colmena.
  • Ya tropezaba con un mozo encargado de servicio, ya su capa se llevaba la toquilla de una cursi.
  • La indivudua eran el amor de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no histórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la encía superior.
  • Maximiliano saludó a Don Evaristo, preguntándole con mucho interés por su salud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza.
  • Preguntó Maximiliano con presunción de médico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven por ser útiles a la humanidad.
  • Nada, es que me quiere convencer manifestó Maximiliano con calor, de que todo es fuerza y materia.
  • La muchacha sentía vergüenza de verse tan observada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labios al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.
  • Estos señores materialistas creen que con variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba.
  • Se expresaba con exaltación sin dejar meter baza a su hermano, y este, en cambio, no se la dejaba meter a él, y simultáneamente se quitaban la palabra de la boca.
  • ¡Buen par de chiflados estáis los dos! dijo para sí Don Evaristo mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.
  • Enfrente una trinca en que se disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y manotazos.
  • Si se me permite dar una opinión dijo Feijoo, que empezaba a marearse con tanto barullo, voto con el pollo.
  • En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café, con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido.
  • Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín.
  • ¿Hacia dónde va usted con su cuerpo?
  • Don Evaristo dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquella espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las hojas de los libros.
  • En este bulle bulle de las pasiones de los hombres del día prosiguió Maxi con cierto énfasis, llega uno a olvidarse de que vivimos para perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.
  • ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tan fresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre, después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen, concluyendo por renunciar a ello.
  • ¿Doña Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto.
  • Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contestó afirmativamente con embarazo y turbación.
  • ¡Toma! ¿Ahora salimos con eso?
  • No se puede proceder con simple criterio de justicia.
  • Convendría que usted hablase con ella.
  • Quien tiene ideas como las que usted tiene, ¡caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras.
  • Eso es, con esa espiritualidad de la.
  • Maximiliano le miraba con ojos atónitos.
  • Porque con un poco de juicio, nada más que con un poco de juicio, no se pueden hacer las tonterías que ella ha hecho.
  • Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano se llenó de confusiones.
  • Despidiose Don Evaristo, dejando al pobre chico en tal grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver en su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el respetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo.
  • ¿Has hablado con él.
  • Replicó él con cierta severidad.
  • Lo digo con toda mi alma.
  • Sujetose ella en la coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello, porque no era posible repicar y andar en la procesión.
  • Don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá, y con voz clara y firme le habló de esta manera.
  • Hay que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son.
  • La vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija mía, y la ilusión.
  • De tener un marido, un nombre, una casa decente, a andar con la alquila levantada, como los simones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no te pares a pensar bien lo que haces.
  • Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un gran sentido de la realidad.
  • Supongamos que al poco tiempo de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos los actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algún cariño.
  • indicó con viveza Fortunata.
  • Y con chiquillos, ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás, y no harás más tonterías.
  • Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoo lo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceño fruncido y la vista fija en el suelo.
  • Suponiendo que no te sea posible encariñarte con ese bendito, y que ni el trato ni las buenas prendas de él te lo hagan menos antipático.
  • Saliendo al fin de su perplejidad, dijo con voz cautelosa.
  • Con ellas marcha la sociedad, no te diré que a pedir de boca, pero sí de la mejor manera que puede marchar.
  • Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin formas, no sé yo con cuál me quedaría.
  • Hacía signos afirmativos con la cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprimía a su cuerpo movimientos de balancín o remadera.
  • ¿Hablo con claridad?
  • Fortunata entendía, y seguía balanceándose de atrás adelante, acentuando las afirmaciones con su cabeza despeinada.
  • Esto es muy delicado, tan delicado como una pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar.
  • Siempre es preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo cumples con la Naturaleza y con el mundo.
  • Si yo tuviera tiempo ahora, te contaría infinitos casos de pecadillos cometidos con una reserva absoluta, sin el menor escándalo, sin la menor ofensa del decoro que todos nos debemos.
  • Aquí Don Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le decía.
  • Mucho cuidado en ver con quién.
  • De la puerta volvió hacia Fortunata, y alzando el bastón con ademán de mando, le dijo.
  • Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar físico, con algo de temblor y escalofríos, acompañado de terror supersticioso.
  • Con el ajetreo que traía aquellos días, en los cuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias con Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desalado detrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad.
  • Doña Paca advirtió en él, juntamente con los síntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimo agüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malito estaba, señal era esto de la proximidad del fin.
  • A la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el conocimiento, se despidió del mundo sensible con este varonil concepto que apenas salió del magín a los labios.
  • Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara, pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabaría pronto con el enfermo.
  • Creyeron los más que Don Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre pensador.
  • Mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo más sereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismo tiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimiento del mayor número.
  • Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas que tenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios, botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que había traído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando con puño de oro.
  • Hizo la distribución de todo con un acierto que declaraba su gran delicadeza y el aprecio que hacía de las amistades consecuentes.
  • Indicáronle los clérigos de la parroquia si no dejaba algo para sufragios por su alma, y él, con bondadosa sonrisa, replicó que no había olvidado ninguno de los deberes de la cortesía social, y que para no desafinar en nada, también quedaba puesto el rengloncito de las misas.
  • ¡pero qué quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamaño.
  • La noche que me dieron el Viático, en el momento aquel, miré para este lado y lo primero que vi fue a Ramsés II, con una vela en la mano.
  • Así, pues, la gran doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un determinado sitio.
  • La costumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la señora los garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de números y veía claro en sus negocios, si le convenía o no tal préstamo, si debía quedarse o no con tal o cual alhaja.
  • Al levantarse, por la mañana temprano, preveía todos los sucesos y acciones del día que empezaba, y se preparaba para ellos con una evocación mental de su energía, y con la distribución metódica de las horas para todo lo previsto y probable.
  • Era de esas personas que aborrecen lo desconocido y que se encariñan con el rincón en que viven.
  • Cargó, pues, la señora de Jáuregui con sus penates, y se instaló en un segundo de la calle del Ave María.
  • Pero no había allí ningún cuarto con papeles.
  • Poco a poco se fue adaptando a su nuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentada junto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, en una fecha que debe caer allá por Marzo del 75, ya no se acordaba de la vivienda de Chamberí en que la conocimos.
  • Siempre que había función pública en la capilla del asilo, iba doña Lupe, deseosa de introducirse y de hacer migas con la santa.
  • Sólo le había hablado una o dos veces en las funciones del asilo, así como por entrometimiento y oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veíala rodeada de damas de la grandeza y de señoronas ricas, que tenían el coche a la puerta, doña Lupe habría dado el único pecho que poseía por meter las narices entre aquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios.
  • No había razón para que ella, que sabía presentarse como la primera, dejase de alternar con las damas que seguían a Guillermina cual las ovejas siguen al pastor.
  • Con su talento y su economía se había agenciado un abrigo de terciopelo, con pieles, que la más pintada no lo usara mejor.
  • Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como los Evangelios, y cosa que él decía poniéndose formal era como si la escribieran notarios.
  • Con todo, ¡lo que me ha venido contando estos días me parece tan extraño.
  • Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que parece tan verosímil.
  • ¡Vaya con la santa esta! Algo que le han dado.
  • ¡Vaya con lo que me ha dicho esta mañana Nicolás.
  • ¡Dar una canonjía a un clérigo joven, que entra en su casa a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el café con los curas de caballería que andan por ahí sueltos y sin licencias! Pero en fin, allá te la dé Dios, y si pescas el turrón, hijo, buen provecho, y escribe en llegando, y no parezcas más por aquí, egoistón, tragaldabas.
  • ¡Si comparado con sus hermanos, Maximiliano es un ángel de Dios y un talentazo.
  • Que Don Evaristo es un cristiano rancio, y que cuando le administraron, recibió al Señor con una edificación y una santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco y baba.
  • Ahora lo que falta saber es si con toda esa cristiandad nos querrá dar gato por liebre.
  • ¡Vaya con lo que me decía anoche! Tía de mi alma, a fuerza de pensar y padecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentir en mí ni odio ni venganza.
  • Papitos hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonreía la muy tunanta, pensando sin duda, ¡aquí que no peco!
  • Doña Lupe permaneció un rato en la sala, sin moverse del sillón en que se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla, pensando en lo mismo.
  • Él dirá qué hacemos con todo este guano.
  • Dirá, y con razón, que peor es meneallo.
  • Cuando entró en el comedor, ya Maxi no estaba allí, y media hora después encontrole en su cuarto, sin luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo quisiera arrancar.
  • Dijo Maxi dejando al fin aquella posición violenta, y mirando con ansiedad a su tía.
  • Preguntó el chico, moviéndose con inquietud en la silla.
  • Será penitencia tal vez replicó la viuda en aquel tono de convicción ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, como el gato con la bola de papel.
  • Ya ves el bueno de Don Juan Prim qué lucido ha quedado con sus jamases.
  • Volvió a insistir doña Lupe con lenguaje duro en que él debía decidir por sí mismo aquel asunto de la reconciliación, ver a Fortunata y proceder en conciencia según las impresiones que recibiera.
  • Y al día siguiente, en un rato que le dejó libre la botica, tomó el camino de la calle de Tabernillas, más muerto que vivo, pensando en lo que diría y lo que callaría, con la penita muy acentuada en la boca del estómago, lo mismo que cuando iba a examinarse.
  • La tentativa del tercer día no tuvo mejor éxito, y aburrido al fin y desconcertado, resolvió expresarse con su mujer por medio de una carta.
  • Pero que con el tiempo.
  • Excitado por estas ideas y propósitos, entró en su casa, y al dirigirse a su cuarto y oír la voz de su tía que desde la sala le llamaba, sintió en el corazón como si se lo tocaran con la punta de un alfiler.
  • Bastante servicio os hago con prestaros mi casa para que os toméis el pulso hasta ver si hay paces o no hay paces.
  • Al sexto, Fortunata le miraba con atención cortés cuando decía algo.
  • Una tarde estaban doña Lupe y Fortunata en la sala cosiendo unas anillas a las magníficas cortinas de seda con que se había quedado la señora por préstamo no satisfecho, cuando Papitos, que se había asomado al balcón para descolgar la ropa puesta a secar, empezó a dar chillidos.
  • Pero hija observó doña Lupe volviendo a asomarse con oficiosidad.
  • Pero esto ya era mucha libertad, y aunque la chiquilla imaginó diferentes pretextos para bajar, no se salió con la suya.
  • Don Horacio llama a los de Orden Público, y la tarasca se mete en la capilla, rompe el púlpito, vuelca el tintero, hace pedazos todos los libros, arma una barricada con las sillas, y coge la copa en que ellos comulgan, y.
  • Todos se pasmaron del cuento, y doña Lupe compadeció a la Dura, deplorando que con vicio tan inmundo malograse las cualidades de inteligencia corredora que poseía.
  • Llevábase muy bien con doña Lupe, y con su marido le pasaba lo más extraño que imaginar pudiera.
  • Y así como se supone y casi se entrevé una tierra lejana cuando se va navegando a la aventura, así entreveía ella la contingencia de quererle con amor más firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando a no desear nunca otra mejor.
  • ¿Llegaría a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto desabrido del amor sin apetecer otro más dulzón y menos sano?
  • Pero ni con tales seguridades acababa de tranquilizarse.
  • Encargábase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir bien y en atender a ciertos perfiles de que sólo se ocupan los dandys.
  • Pero Maxi veía con gozo que su esposa se cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdén las modas, y se alegraba por dos razones también.
  • Aquel ascetismo y aquel ver a Dios en sí fueron nada más que obra fugaz de la tristeza, o quizás de las circunstancias, y existían en su mente como esas lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los apuros del examen.
  • Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del lado de la química y de la farmacia, y se dedicó a esto con verdadero ardor, deseando aprender.
  • Decíale doña Lupe que inventase algún específico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino y nuevo pasase por prodigioso hallazgo.
  • Lo que importa es descubrir algo y plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato.
  • Pocas veces veía Fortunata al señor de Feijoo, que iba a la casa de visita, ceremoniosamente, y se estaba allí como una hora, charlando más con la señora de Jáuregui que con la de Rubín.
  • En una de sus visitas habló a solas con su amiga, en términos tan paternales que a ella le faltó poco para llorar.
  • La infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que parecía otra, curada de sus maldades y arrepentida en toda la extensión de la palabra, diciendo que se quería morir lo más católicamente posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan fervientes que partían el corazón.
  • Sobre estos particulares habló largamente con Casta Moreno, que algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubín, y la viuda de Samaniego se hacía lenguas de Guillermina, conceptuándola sobrenatural.
  • Tiempo tenía de darse pisto con el abrigo, la capota y otras prendas.
  • Encargó a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella se puso algo más apañadita, de modo que resultase siempre la conveniente distancia.
  • Llevaba un vaso con medicina, tapado con un papel a estilo de botica antigua.
  • Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la calle.
  • Severiana tenía su cama en la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, el cuadrito de los dos corazones amantes, el de la Numancia en mar de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el Rastro por una bicoca.
  • Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y representaban asuntos que nada tenían de español, por cierto, las batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos de Horacio Vernet y el barón Gros.
  • La frente era espaciosa, con un mechón de pelo negro.
  • Pero con tiempo, con tiempo.
  • Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse.
  • Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez.
  • Las tres mujeres la miraban con pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo.
  • Era doña Guillermina, que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino.
  • Doña Lupe y Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los mendigos.
  • Pero sí la reconoció, y aun la nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen memoria felicísima de nombres y fisonomías, y soldado con quien hablan una vez, no se les despinta.
  • Con que prepararse.
  • Con la cabeza dijo que sí.
  • Con que ya sabes.
  • La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decía estas cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oían.
  • Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que había entre ella y la ilustre señora.
  • La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponía, dictó a Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba.
  • Póngase usted de acuerdo con Severiana.
  • Verdaderamente manifestó doña Lupe con adulación.
  • ¡Sabe Dios las misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con esta misma Mauricia tal vez.
  • ¡pero compararme con usted.
  • Entre tanto, la de Rubín estaba sola con la enferma, porque Severiana se fue a la cocina.
  • Estas casadas ricas, como viven con tantismo regalo, no quieren a sus maridos.
  • Despidiéronse con promesa de volver al día siguiente, y salieron.
  • Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas, respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.
  • El doctor había mandado que se le diera doble dosis de la nuez cómica, seguir con las cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el Jerez o Pajarete.
  • Frente a la ventana y formando ángulo recto con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración proyectada.
  • La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que habían sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos usos.
  • Con aquella tela se forraría la pared, formando la bandera española, y en el centro se pondría una lámina del Cristo del Gran Poder, propiedad de la portera.
  • Había también allí cintas de cigarros, y esas rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San Isidro.
  • Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la escalera.
  • Al ver a la santa parlamentando con ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les dijo.
  • A la cárcel van atados codo con codo, si no se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el.
  • Si yo no tratara de enseñar a esta gente la buena crianza, vendría usted luego con el Santísimo y tendría que entrar pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.
  • Se limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando viene el.
  • Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre Nones.
  • Llevaba gorra con galón, y de la bufanda para abajo toda la ropa era de purísimo verano, y además adelgazada por el uso.
  • Temblaba de frío, y con el brazo derecho oprimía los aros broncíneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.
  • El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose a la gorra la temblorosa mano.
  • ¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave María Purísima exclamó Guillermina con benevolencia.
  • A las niñas que debían salir al portal con velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la que tenía botas nuevas se las calzaba.
  • La que no, salía como estaba, con las alpargatas llenas de agujeros.
  • Ahora está bien preparada le dijo el clérigo que, por su alta estatura, tenía que encorvarse para hablar con ella.
  • Luego cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de gran habilidad, había hecho para rifarla.
  • Era de cuadros de malla, combinados con otros cuadros de peluche carmesí.
  • Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados.
  • Era papelista, y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas.
  • Y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al enemigo.
  • Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto.
  • Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar, que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del pueblo.
  • Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la admiración que producía el bronce en los circunstantes, y después salió a dar órdenes a Estupiñá.
  • A las preguntas que le hizo, respondía con la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea enfrenaba sus labios.
  • Pero observando al punto que el profano instrumento molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el apetito que algunos sentían de ponerse a bailar, bajó al portal y habló con el de Orden Público que allí estaba.
  • El altar estaba hecho un ascua de oro con tantísima luz, que reflejaba en el talco de las flores.
  • Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas.
  • Todas las demás, lloriqueando, la felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la enferma se afectaba mucho, y podría resultarle algún retroceso peligroso.
  • Desde la edad de doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no había vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.
  • Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado rematado en quiquiriquí con peina de bolas, el calzado de la más perfecta hechura y ajuste.
  • La que dicen mató a su marido con una aguja de coser serones.
  • Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus visitas benéficas con un regimiento de señoras.
  • Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los cristales, y allí estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su abstracción.
  • Traía de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin pizca de afectación de elegancia.
  • Interrogándola con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podía olvidar.
  • La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que comunicaba con la otra sala.
  • Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda.
  • Pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar conversación.
  • Si estuviéramos como usted, entre personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo.
  • Eran un comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que Adoración acababa de decirle.
  • Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba con la presencia de la niña.
  • Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba sentada, examinó con curiosidad a la esposa de aquel, fijándose detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero.
  • Pase usted con la pequeña.
  • A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades, Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de Jacinta a presentarse con la niña.
  • El licor brillaba con reflejos de topacio engastado en oro.
  • Entonces sí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevado en sus entrañas.
  • ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la señorita que conmigo en el Cielo.
  • Eran algo antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el despecho combinado con un vago deseo de ser buena, sin poderlo conseguir.
  • Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto había impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto.
  • Contole su mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoria todos los pormenores.
  • Al farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y diversiones.
  • La de Jáuregui decía con deliciosa modestia.
  • El que llevaba el copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero, poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento mismo de tomar la vertical.
  • Y mirando con extraviados ojos al techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las ideas como si fueran moscas.
  • Más presente que la administración del Sacramento tenía el paso con su hija.
  • Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado a ti con esa pastelera.
  • Si me la veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas.
  • A mí no me puede nadie gritó la infeliz con frenesí, los ojos desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían sujetar.
  • Loba, más que loba, so asquerosa, judía, con más babas que un perro tiñoso.
  • No pudiendo librar sus brazos de los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y la colcha.
  • Sin duda por esta frecuencia de los accesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que se acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas.
  • A poco de tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que debía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa encima.
  • Despertó luego, y con voz sosegada dijo a su amiga.
  • Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de una nube con un velo blanco.
  • Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.
  • De repente determinose una brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su querida amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror.
  • ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales! repitió Mauricia con voz patética.
  • Con un hombre que no quieres.
  • En tanto doña Lupe sostenía una gallarda disputa con Severiana.
  • Aviada está la enferma con las vecinas.
  • La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe pensó de esta suerte.
  • Con quedarme a velar, cumplo.
  • A las doce, Fortunata se retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla.
  • Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa, Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra, indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en la plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río.
  • Encontró a su tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las bromas.
  • Con retintín, de Sor Natividad?
  • Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su baúl, o qué sé yo qué.
  • ¡Qué guapo estás con tu cara blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!
  • Te falta con el Padre Pintado.
  • Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo quedaba, y conseguido esto al fin, acabó así.
  • Con estos disparates sacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago revuelto, y deseando que el día llegara.
  • Pero sospechando que la fundadora iba a sacar el temido guante, se despidió con prisa.
  • Que ella, aunque se le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de merengue.
  • V Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con la comandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron.
  • Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá, desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte de cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas más repugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre de hacerlo.
  • Fortunata no se creía con valor para tanto.
  • La tortillita en la fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro.
  • Mucho agradeció esto doña Fuensanta, y poniéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y las gruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue a pedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de polvo.
  • Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos de comida en la mano.
  • La señora de Rubín había desempeñado su cometido con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo en ella.
  • Antes de partir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole que aquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dos días.
  • Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidió luego.
  • Pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le sacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la friolera de catorce litros.
  • En efecto, se oía bien clara, aunque lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.
  • Porque verdaderamente parte el corazón ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de los que traen los soldados de Cuba.
  • Pero la de Santa Cruz, después de hablar con su amiga de varias cosas, le dijo.
  • Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.
  • No señora replicó la de Rubín con alguna sequedad.
  • ¡Qué cobarde soy! Con una palabra la haré caer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas de volverme a hacer preguntitas.
  • Al verse sola, creyó sentirse la otra con más valor para dar un escándalo.
  • Obedecía a un empuje superior a su voluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de un perro de presa.
  • En tanto Fortunata movía la cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo.
  • Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder a la ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo.
  • Al cabo de un cuarto de hora, apareció por la boca calle la berlina con las dos damas.
  • Hubiera sido mucho mejor pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de escalón a escalón, decirle aquello de yo soy Fortunata, con calma, reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido es un tunante.
  • Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos, sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela le produjo.
  • Fortunata comprendió que también quería meterse con ella.
  • Nada, en cuanto yo me descuido, ya no das pie con bola.
  • Conociole doña Lupe en la cara la desazón, y le preguntó con gran interés.
  • Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, que la llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena aquella con varias adiciones de importancia.
  • ¿Eran estas algo que con la prisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplemente desvaríos de su cerebro encendido por la calentura?
  • ¡Vaya con el modelo!
  • ¡Vaya con la mona del Cielo ! Ea.
  • Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus miradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo, pero apreciando mejor la realidad de las cosas.
  • Lo mismito, con aquel tableado.
  • ¡Bah!, esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello de que es ángel.
  • Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y le dijo que era preciso tomara algo.
  • Pero él, moviendo la cabeza con expresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó la frente a su mujer.
  • Se volvió del otro lado respondiendo con sequedad.
  • Subiré esta noche un antiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unas pildoritas de sulfato de quinina.
  • O te habrás atufado con algún brasero.
  • Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero.
  • Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a prima noche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo con desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a la hora de cenar.
  • Mejor es que no tomes nada, si no tienes gana le dijo Maxi, que entró mascando el postre y con un higo pasado en la mano.
  • La peor de las medicinas era esta, pues gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos.
  • Jacinta, yo te quisiera ver casada con este.
  • Todas sus coyunturas funcionaban con trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tan ralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelen verse en jóvenes de poca y mala sangre.
  • Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y con diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho obstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas.
  • Pues con aquel dinero tenía bastante.
  • Y quedose un rato sentada en la cama, con la mano en la mejilla.
  • Maximiliano, al revolverse, le dio un encontronazo con un omoplato.
  • Pero yo no sé a dónde voy a parar con estas cosas.
  • Y si piensas que yo cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas.
  • Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían la ira o el contento.
  • Y desde ahora lo digo, me he de llevar bien con mis compañeros de cabildo.
  • Una vida descansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana y tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, y vengan penas.
  • Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muy salida.
  • Tú la echas a perder con tus benevolencias.
  • Quedose sola Fortunata con la chiquilla.
  • Primero fue doña Casta Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas o que se lo creían ellas.
  • Casó con Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo hacerse rico.
  • Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con Barbarita.
  • Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno Isla, el cual, a pesar de ser Moreno rico, mantenía cierta comunicación de familia con aquella Moreno pobre, visitándola alguna vez.
  • Su mamá quería que fuese profesora consumada, y para demostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar una pieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante meses y aun años.
  • Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con Olimpia.
  • Reconociendo que le eran las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras finas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentía con movimientos de cabeza.
  • Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de pasmo y asentimiento.
  • El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha de llamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero para montarlo mi primo Don Manuel Moreno Isla, el hombre más bueno y más generoso del mundo, y con un capital.
  • Pero no habían pasado diez minutos cuando entró Don Evaristo, con su criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.
  • Estoy sola, puede usted hablar con libertad.
  • Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita se sentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolencia que sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres.
  • Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aquel desorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras que cruzó con Jacinta.
  • ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y con sus sentimientos?
  • Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagaz conocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba los sesos y no podía dar con la razón de que la mona le trastornase su espíritu.
  • ¿Por qué era con ella lo que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el mal?
  • Contestó Maxi que no, que la cabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneo vacío, desalquilado, como una casa con papeles.
  • Hace poco dijo con desaliento amargo, perdí la memoria de tal modo.
  • No salta aquí una idea aunque me dé con un martillo.
  • En cuanto muevo un brazo decía con terror, me aumentan de tal modo las palpitaciones que no puedo respirar.
  • Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su mujer le quitara también las botas.
  • Pero después de la risa, Maximiliano dio un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo.
  • que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolate con mojicón.
  • Pero él, en vez de calmarse, siguió quejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar con él.
  • Llegó día en que Maxi se expresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuando no le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en la hoguera de su ira.
  • Y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpe formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños.
  • Creeríase que la fuerte inervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos de la persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en el estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho.
  • Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano había expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no tienen hijos.
  • Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo, porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido.
  • Pero doña Lupe, aunque no la contradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella.
  • Los chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes disgustos con sus enfermedades y travesuras.
  • Aunque expuso estas ideas con mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le había metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niño huérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla.
  • ¡Manía de imitación! ix Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque con Jacinta, a volver a visitar a Mauricia.
  • ¡Qué diría doña Guillermina si no volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fue sola doña Lupe.
  • ¡Preguntome por ti con un interés.
  • ¿Creerás que la amortajó con sus propias manos?
  • Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y vivaracho.
  • A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramente ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina.
  • Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba doña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros.
  • Por un resquicio de la puerta que comunicaba la sala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura en el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más.
  • Aunque se tenía por desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida.
  • Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó de sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de caña clara.
  • Tengo que hablar con usted.
  • Sí, con usted y al decir esto le volvió a tocar.
  • En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con ciertas.
  • Vamos al caso prosiguió la otra, dando un castañetazo con los labios.
  • Me he comprometido a hablar con usted.
  • Tantas veces me ha pasado ver que una persona con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos se piensa.
  • Fortunata dijo quecon la cabeza, y el dogal que en el cuello sentía empezó a aflojarse.
  • Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano puesta en el corazón, si esta temporada, en estos días, tiene algún trato con el esposo de mi amiga.
  • Con que a ver, dígame usted si.
  • ¡Yo! exclamó Fortunata, que casi perdió el miedo con el empuje de la verdad que quería salir.
  • Aquel modo de mirar extraía la verdad como con tenazas.
  • Y olvidándose de los buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besárselos jurando por esta.
  • No diga usted más manifestó Guillermina con cierta solemnidad.
  • Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extraño, porque usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos así lo parece.
  • Es que usted, si no tiene ahora trato con aquel sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener.
  • Con que a ver.
  • ¿No sabe que es pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende con sólo mirarla?
  • Pues estaríamos lucidos con esas ideítas, sí señor.
  • En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una soga.
  • Hija mía, ese argumento guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.
  • Me casaron agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el pañuelo me casaron sin que pueda decir cómo.
  • ¡Qué monísima es la criatura! exclamó la fundadora con amable ironía y gracejo.
  • Pues lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con apariencias de legalidad.
  • ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De veras que le cayó la lotería.
  • Vamos, no llore usted le dijo con bondad, poniéndole la mano en el hombro.
  • Ya le recomendé a usted que me llevara con paciencia.
  • Ese día, iré a confesarme con usted como usted se confiesa ahora conmigo.
  • Miraba con verdadero espanto a la rata eclesiástica.
  • Nunca, en tiempo alguno, ni en el confesionario, había sentido la prójima su corazón con tantas ganas de desbordarse, arrojando fuera cuanto en él existía.
  • A los diez minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se ventilara la casa.
  • La comandanta empezaba a disponer el tren de limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.
  • Mire usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara.
  • Repuso la fundadora con cierto aturdimiento.
  • Le recomendó la paciencia, y tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella.
  • Todos los que usted quiera replicó la señora de Rubín, encantada con la indulgencia y cortesía de la ilustre dama.
  • Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido y desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de Lavapiés.
  • El dueño del establecimiento avanzó a recibir a la señora, con su mandil de cuero ennegrecido, la cara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas por no haber entregado los clavos bellotes.
  • El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de dar los gatillos para el jueves, sí, para el jueves, con toda seguridad.
  • Había tenido un encargo con muchas prisas.
  • Pero en seguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, los tendría por encima de la cabeza de Cristo para el día señalado.
  • Volvió la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con ellos.
  • Con tal claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante.
  • Estoy loca con este asilo pastelero, y no hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba.
  • La pícara idea i Guillermina vivía, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos, pared por medio con los de Santa Cruz.
  • Allí estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos, y allí está todavía con la razón social de Ruiz Ochoa y Compañía.
  • En el segundo vivía Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el tercero, dos señoras ancianas, también de la familia, hermanas del obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno Isla y Bonilla.
  • Pasa, rata replicó Moreno, que se acababa de dar un baño y estaba sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los lentes de oro en el caballete de la nariz.
  • Todo lo llevo con paciencia.
  • ¡Cuándo querrá Dios que acabes tu dichoso asilo, a ver si descansa el género humano! Mira, no sabes lo antipática que te haces con tus petitorios.
  • A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma, contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario.
  • Carga con ellos y así te perniquiebres repuso Don Manuel sonriendo.
  • Diciendo esto, cogía de la papelera un pliego timbrado y se lo ponía delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio escribir.
  • ¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para nada.
  • ¡Cristiano yo! exclamó el caballero enmascarando su benevolencia con una fiereza histriónica.
  • Está hablando con tu hermana.
  • Esta se reía de ver a su hermano enzarzado con la santa, y riéndose se retiró.
  • Dijo él moviéndose en el sillón con gran desasosiego.
  • Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, echó mano a la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa.
  • No, no dijo Guillermina con ardor, ya no puede volverse atrás.
  • Dichas otras cuantas bromas, retiráronse las dos santas fundadoras, dejando al hereje con su médico.
  • Después de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolución.
  • Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido común.
  • Para salir diciendo luego con voz hueca.
  • Ya me figuraba yo que habías de salir con alguna tontería.
  • Guillermina, no conformándose con el escondite, quiso salir con ánimo de recibir la visita en otra habitación.
  • Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entró como entraría una planchadora que va a entregar la ropa.
  • Su aire de modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su inferioridad, hacíanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de clase superior.
  • Mucho la cohibía el temor de no saber usar términos en consonancia con los que emplearía la confesora, pues en todas las ocasiones difíciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la memoria las pocas enseñanzas de lenguaje y modales que había recibido en su corta y accidentada vida de señora.
  • Pero así como los niños, que confiesan por primera vez, no confesarían si el cura no les sacara los pecadillos con cuchara, así yo voy a ayudarle a usted preguntando y echándole el anzuelo de la respuesta.
  • Cuando usted se determinó a casarse, ¿no hizo allá en el fondo de su pensamiento, la reserva de que el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con el otro, sino con el que usted quería?
  • Puede que sí la hubiera dijo la otra al fin, con voz muy apagada y trémula.
  • Pero también le diré a usted que yo no contaba con volverle a ver.
  • No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted.
  • Y sobre todo, los derechos que usted podría tener, los ha perdido con su mala conducta.
  • Yo no habría sido mala dijo la de Rubín envalentonándose, al ver en su confesora un inexplicable aturdimiento, si él no me hubiera plantado en medio del arroyo con un hijo dentro de mí la santa vacilaba.
  • Dijo Fortunata con cierto extravío en la mirada.
  • Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese hombre está casado con una mujer angelical, y que.
  • Es idea mía prosiguió la otra con la inspiración de un apóstol y la audacia criminal de un anarquista.
  • Y la virgen y confesora llegó a tal grado de confusión, que no daba ya pie con bola.
  • Con esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me vaya.
  • La santa la miraba con verdadero espanto.
  • No era la misma mujer con quien había hablado dos días antes.
  • Ya tenía la palabra en la boca para despedirla con buen modo, cuando se sintió ruido como de mano golpeando en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a Guillermina.
  • Estaba la pobre señora, con aquellos escrúpulos, como pez a quien sacan de su elemento, y aún le pasó por el magín la pavorosa idea.
  • Dijo la anarquista con pena.
  • Pues ayer refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el acento, pues ayer.
  • Pero aguárdese usted dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas.
  • Con esas ideas, pronto volveríamos al estado salvaje.
  • Con sonrisa sarcástica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender Fortunata que por ella no había inconveniente en que la sociedad volviera al estado salvaje.
  • Únicamente expresó algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas.
  • Quedose atónita la anarquista oyéndole decir estas palabras con un acento que parecía ser de otro mundo.
  • Después se llegó a ella y le cogió una mano, diciéndole con profunda lástima.
  • Tuvo que hacer como que escupía las palabras para poder decir con gritos intermitentes.
  • La ira, la pasión y la grosería del pueblo se manifestaron en ella de golpe, con explosión formidable.
  • Volvió a la niñez, a aquella época en que trabándose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se agarraban por el moño y se sacudían de firme, hasta que los mayores las separaban.
  • ¡buen peine está! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa catoliquísima y meterse en el confesonario.
  • Púa de sacristía, amancebada con todos los clérigos.
  • Con el Nuncio y con San José.
  • Por más que digan, tú eras un ángel en la tierra, y ahora estás divirtiéndote con los del Cielo.
  • A las reiteradas y capciosas preguntas de su tía, contestaba evasivamente y con mucha torpeza.
  • A la media hora le entró, como el día anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se emborrachaban con tragos de dolor y se dormían.
  • Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrán rojo y turbante, alimaña de transición que se ha quedado a la mitad del camino darwinista por donde los orangutanes vinieron a ser hombres.
  • El vehículo, cargado de pellejos de aceite, con un perro atado al eje, la sartén de las migas colgando por detrás, se planta, a punto que llega por detrás el carro de la carne con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a echar por aquellas bocas las finuras de costumbre.
  • No hay medio de abrir paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es cogido un simón que baja con dos señoras.
  • A poco llega un coche de lujo con un caballero muy gordo.
  • Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma.
  • Otro que vende los lápices más fuertes del mundo (como que da con ellos tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), también recoge los bártulos, porque la mula delantera se le va encima.
  • La capa del señorito de Santa Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa de dos semanas.
  • Entonces ella se deja caer sobre él, y le dice con efusión cariñosa.
  • Con que me sirvas para ir a entregar, basta.
  • Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no está ya de capa sino con un gabán muy majo.
  • Edificios y carros se van, y en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi, colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal por encima.
  • Completó su pensamiento, amenazando con el puño cerrado a un ser invisible.
  • Con rápido impulso saltó hacia aquel punto y recogió un objeto.
  • Mirolo tristemente, y después lo arrojó con fuerza lejos de sí, diciendo.
  • Me lo trago, y me voy con Mauricia.
  • Nada, hija, que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aquí perecemos todos achicharrados.
  • Hablando con verdad, lo que más disgustada tenía a doña Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo que pensaba o sentía.
  • Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor de la familia.
  • Desde el simón en que iba con uno de los chicos, el gran Plácido le echó una mirada de indignación y desdén.
  • El cielo, el horizonte, las fantásticas formas de la sierra azul, revueltas con las masas de nubes, le sugerían vagas ideas de un mundo desconocido, quizás mejor que este en que estamos.
  • Estará con su papá pensó ella, y aunque al volver me vea, no ha de decirme nada.
  • Después de permanecer allí largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a quien dijo cuatro cosas, y estaba rezándole, cuando sus ojos, al resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de los baldosines de mármol.
  • Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como un pistoletazo esta voz que sonó a su lado.
  • Hace tiempo, nena negra, que me estoy acordando mucho de ti dijo Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un muslo.
  • Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no salieron a la Ronda.
  • Después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por ahí algún devaneo.
  • ¡Yo! exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida.
  • Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar de besos).
  • ¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío! exclamó la joven, con semblante y ojos iluminados.
  • Y pasado mañana también dijo tras una pausa y con ansiedad la insensata mujer.
  • Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea de que los días venideros desmintieran aquel en que estaba.
  • Lo que tú tienes, nena negra, es toda la sal de Dios (besándola con romanticismo).
  • Junto con la sal está la idea.
  • FIN DE LA PARTE TERCERA Parte cuarta I En la calle del Ave María i Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi por los garrafales errores en que este incurría.
  • ¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los alcoholatos con las tinturas alcohólicas, apaga y vámonos.
  • Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía.
  • Dijo luego con enojo, llevándose el potingue a la nariz.
  • Luego en cada comida se atiza una píldora de hierro reducido por el hidrógeno, con extracto de ajenjos.
  • Con estos calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?
  • Tan abstraído estaba y tan apartado de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos y con sus ojos su espíritu.
  • En los dobleces del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las manos servía de almohada a la nuca.
  • La silla, sustentada en las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de deshacerse.
  • Y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos extravagantes escorzos del cuerpo del lector.
  • Tan pronto aparecía por arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo de donde estaban las rodillas.
  • Ya se le veía abierto con las hojas al viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de desencuadernarse.
  • Era un hombre simpático, no muy limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente, terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica y laboratorio.
  • ¿a usted qué le va ni qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla?
  • Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas.
  • Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho.
  • Ha hecho un capitalazo con ese jarabe.
  • ¿Y qué tiene que ver la moral con esto?
  • También me salió el otro día con esa música.
  • Casta bufaba con esto.
  • Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no expresaba su impaciencia con palabras.
  • Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos posible su tardío regreso al hogar doméstico.
  • Maxi habló con su mujer en un tono que indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no hubiese entrado antes.
  • Con cierta timidez, se aventuró Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse a ir a San Sebastián a tomar baños de mar.
  • Mostrándose muy apático, dijo el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las algas marinas del Cantábrico, a lo que respondió su mujer con energía.
  • Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno, la señora de Jáuregui se decía lo siguiente.
  • Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales.
  • Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
  • Fuese doña Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la realidad.
  • Pero con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años.
  • Dicha luz reproducía en el techo de la habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una butaca con la cabeza echada hacia atrás.
  • Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un cerebro dado a los demonios.
  • Este fenómeno desapareció con el restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando la estancia.
  • Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.
  • Yo estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo.
  • Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se aplacara.
  • Que no me vengan con tonterías.
  • , a jugar con el gato, ¿verdad?
  • Pues esa víbora de Papitos, con su cara de mona.
  • Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester, chocolate con hierro dializado.
  • Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como antes.
  • dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza de obtener así mejor efecto.
  • No creas, me vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho que nos haces sufrir.
  • ¡Tomarla así con la pobre Papitos!
  • Las dos mujeres se miraban, comunicándose con los ojos malas impresiones.
  • Yo no lo he soñado gritó él levantándose con golpe de resorte.
  • Ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes.
  • Mira dijo la viuda, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la distracción se te despejará la cabeza.
  • Bajó rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera.
  • Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo molinete con el bastón.
  • En una de estas vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto imperativo.
  • Contestó Segismundo con cara de muy mal genio.
  • Y cuidado con equivocarse.
  • Las etiquetas rojas son las del jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico.
  • Las verdes el mismo con hierro dializado.
  • Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de diferentes colores.
  • Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo.
  • Supongo dijo él con trémulo labio, que no me lo negarás ahora.
  • En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y huella, señores, que no se pueden confundir con nada.
  • Pero con nada.
  • ¡Pues estamos divertidas! dijo doña Lupe a Fortunata, que daba suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.
  • Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y correccional.
  • ¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él?
  • Pero con gran sorpresa de ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular.
  • Hiciéronle café y esto fue lo único que tomó con gana.
  • Mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta de su alma no estaba del todo extinguida.
  • Se fue derecho a él, y arrebatándole el libro, le amenazó con castigarle.
  • ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran muchos dioses?
  • ¡Qué melodramáticos estamos y qué simples semos ! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a quien está casado con una mujer, que es la casta Susana, sí señor, me ratifico, la casta Susana, mujer que antes se dejaría descuartizar que mirarle a la cara a un hombre.
  • Vamos, no sé con qué compararlo.
  • Nada, yo le voy a curar a usted con esta vara.
  • Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad.
  • Mucho cuidado con este precioso mercurial.
  • Pero a fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado.
  • Cuidado con las dosis.
  • El quid está en saber herir con la composición la parte sensible.
  • Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de sílfide.
  • No había logrado Olimpia decir toda, toda la pieza, desde el adagio patético hasta el presto con fuoco, sin equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía.
  • La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante, porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la familia para incorporarse.
  • A pesar de sus notables prendas, doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más lucrativo.
  • Leía todos los artículos de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
  • Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y los mechones de pelo.
  • Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal, arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida o de mal genio, según el pasaje.
  • Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los críticos la oía desde la calle.
  • Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón, salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que se paseaba en la acera de enfrente.
  • Vestía con esa sencillez airosa de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant.
  • A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca, que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna.
  • Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido no pudieron tener empleo por no existir aquí grandes almacenes, y los que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida.
  • Pero todos estos méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca con arreglo a los últimos adelantos del extranjero, y llevar a él a persona tan inteligente y para el caso como su prima.
  • De sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá, gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.
  • Verán, verán el nuestro, con todo lo que hay de más lindo, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y entre a comprar algo.
  • Yo creo dijo doña Lupe con expresión avariciosa, que Pepe Samaniego va a hacer un gran negocio.
  • Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que salga por ahí con su poco de panacea.
  • Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual se había desviado un poco con aquello de la panacea.
  • Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y en este una gran hebilla.
  • Fue un rato para adentro a tomarse la colación o golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en una mano y una cucharilla en la otra.
  • Era compota de ciruelas lo que tomaba, con un pedazo de rosca.
  • El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con puntilla ordinaria.
  • Pues el faldón de bautizo, por ejemplo, que estamos arreglando con encaje valenciennes, no se podrá poner menos de quinientos francos.
  • ¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua.
  • Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la cintura y ambas salieron al balcón de la sala.
  • Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se secreteó con Fortunata.
  • El primo Manolo va también con ellos.
  • Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía, y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin, con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos.
  • Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle.
  • Merecería en castigo casarse con él.
  • Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con ellos.
  • Toma Lozoya, y créeme insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano.
  • Y también influye el hábito arguyó Casta con la suficiencia y formalidad de un catador de vinos.
  • Como usted se trata con autoridades.
  • Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que saliera del canon ordinario.
  • Con las murrias de estos últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba pareciendo a los poetas melenudos.
  • Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
  • Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma.
  • Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia la señora para decirle con retintín.
  • Sí, no puedo menos de deplorar prosiguió el regente inflándose, que usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen.
  • Yo no tomo píldoras sin saber la composición indicó Maxi con la mayor buena fe.
  • ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos.
  • Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.
  • Pero mientras no llegase a un grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos mujeres podían llevarlo con paciencia.
  • Ballester había conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.
  • Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en ella el señorito de Santa Cruz.
  • Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado prosiguió la viuda con serenidad que espantaba, después de tu enmienda verdadera o falsa.
  • No vengas ahora con lagrimitas que han de parecer de hipocresía.
  • Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar.
  • Ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar para nada con las personas que deben guiarte.
  • Esta mujer quiere ser el Papa pensaba, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo.
  • No se conformaba esto con las ideas absolutas de la joven criminal.
  • Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono menos catilinario que los anteriores.
  • Yo creo que en cosas tan delicadas se debe proceder con cierto ten con ten.
  • Doña Lupe se entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus facultades profesionales, y terminó así.
  • ¡Vaya, con el caballerito! Es cosa de dar parte a la policía.
  • Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas.
  • Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un registro en la cómoda y baúl de Fortunata.
  • Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba segura de dar con los billetes si los había.
  • Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña Lupe se sentó a meditar, y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí donde principia el cabello, como quien estimula la generación de una idea, y dijo.
  • Vii Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían, reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la forma.
  • Los espasmos de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de programa.
  • Con su traje de verano, tenía el buen Don Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
  • Servíale el sombrero de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda tropical tan bien manejada.
  • Él no se sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero, se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a todos como quien espera recibir felicitaciones.
  • Expresó la tía con incredulidad.
  • Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza.
  • Exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un trabajo abrumador.
  • Para exponer el sistema completo con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse las cejas.
  • El problema que quedaba por resolver dijo Maxi acercándose a su tía y dando castañetazos con los dedos, era el de la emanación de las almas.
  • ¿Es parte de la sustancia divina, que se encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su origen?
  • Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático), si en este via crucis de trabajos y persecuciones que me espera.
  • En este punto creyó oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas razones enderezaran el torcido intellectus del desdichado joven.
  • Ganarás el pan con el sudor de tu frente, dijo quien dijo, y no hay más.
  • Comprendido dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la contrariedad que experimentaba.
  • Apoyando la mano en el hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano sobre un papel.
  • Bastante has trabajado hoy con esos cálculos tan difíciles.
  • Tú también discurres le dijo con dulzura.
  • Tú me ayudarás prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en sus ojos encandilados, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser completamente mía sin el auxilio del Cielo.
  • Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes mi honor.
  • Yo le diré que se largue con su materialismo a los infiernos.
  • Le dijo su mujer con cariño.
  • Desde que di con la tan rebuscada fórmula, paréceme que soy otro.
  • Por fin, doña Lupe obtuvo resultado con este argumento.
  • Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino.
  • Vaya con la que saca ahora.
  • ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?
  • Anteayer me dio usted la gran jaqueca con aquello de la cosa en sí.
  • Parece mentira que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane los sesos por cosas que no le importan.
  • En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo, por la mañana y por la tarde.
  • Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos.
  • Estaba tranquilo, y como hablara de algo distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire.
  • Poco a poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta naturalidad.
  • Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión.
  • Doña Lupe solía encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana.
  • Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso, la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con extraordinaria curiosidad y atención.
  • Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene también mañana con ellos.
  • Se fue con ellos y con ellos vuelve.
  • ¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos.
  • Comprendo expuso la señora con acento parlamentario, que tengas cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca.
  • Preguntó Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.
  • Las fórmulas de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente suaves y hasta empalagosas.
  • Si en la conversación, o en aquellas polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la timidez le ponía un freno.
  • Vaya con la chiquilla esta.
  • Y al salir de la casa sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le faltaba poco para derramar una lágrima.
  • ¿Qué más da que estén las botas con o sin betún?
  • ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical criatura! Soy un animal.
  • Trabajillo cuesta el desprenderse de esta sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que llega la hora de la liberación.
  • Le dijo Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz tratamiento.
  • ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco.
  • Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.
  • Mañana se casa mi hermanita con Federico Ruiz, un chico de mucho talento.
  • Porque usted no piensa con juicio y él sí.
  • Hay una escena en que todos se desmayan, porque sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le fusilen.
  • Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada.
  • Ahora baja la cuerda con un dulce.
  • Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada.
  • Padilla se desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.
  • Y entretanto, yo, con muchísimo disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el bramante con el dulce.
  • Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar.
  • Mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio, diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por excelencia.
  • Como en estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de coco, y el crítico se la estaba comiendo.
  • Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo.
  • Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que volvía casi intacto.
  • Presentábase aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas veces se había sentido con menos ganas de conversación.
  • El ligero ruido estridente que hace el papel al ser desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba a Fortunata atrayendo su atención.
  • Él la miró con gran tranquilidad.
  • Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se puso a dar diente con diente.
  • ¡Miedo! exclamó él con asombro y desconsuelo.
  • ¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo! ¿Ahora salimos con eso?
  • Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.
  • No, si no tengo miedo dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque observó que se exaltaba.
  • ¡Ay qué miedo tan grande! El momento de la liberación es aquel en que uno se considera suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a otro, y dar ese paso por sí mismo.
  • Es el sacramento, es la suprema alianza con la divinidad.
  • Por eso conviene que la liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e intercede por ella.
  • Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me lo dices con franqueza.
  • Suele suceder que la bala no toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio cuerpo muerto y medio cuerpo vivo.
  • Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada droga.
  • Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera envenenarse.
  • La citutina tiene una ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la hace venerable.
  • Porque sabe que con esto no hay bromas.
  • Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y un asombro compasivo.
  • Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me traigas acá venenos.
  • Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le hizo acostar.
  • A cada bestia le llega su San Martín repetía, con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no las hicieran lúgubres.
  • Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche.
  • Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole.
  • Todo lo que quieras, con tal que te tomes ahora este chocolatito.
  • Una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir nuestras obligaciones mientras no llega el momento dijo doña Lupe con naturalidad.
  • Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas.
  • Ahí tiene usted la que nos preparaba su amigo le dijo con desabrimiento.
  • En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa picaresca.
  • Hoy se casa mi hermana con ese a quien llaman el distinguido pensador, Federico Ruiz.
  • Es usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con picadillo de mi corazón, al momento se la hago.
  • ¿Ya está usted con sus guasas?
  • Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se asustó.
  • ¿Y con qué la mantiene?
  • ¿Con los artículos?
  • Y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con otros.
  • El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y usted atormentándole con su ausencia.
  • Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir.
  • Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba con una cara de mal humor.
  • Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los polvos, sería para verle.
  • Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a los transeúntes.
  • Desde entonces iba todas las semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con comida sobrante o alguna prenda de vestir.
  • Pues aquella tarde, después de mucho tiempo de entrar allí con las manos vacías, puso en las de Fortunata una esquelita.
  • Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.
  • La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester.
  • Él, por una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba Don Francisco de Quevedo (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien conocimos en la tertulia del café, junto con el Pater y Pedernero).
  • Su mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en el mar para amarrar de ellas los barcos.
  • Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester doña Desdémona, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra.
  • Y para colmo de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que contaba las cosas con mucha sal.
  • Xii Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, riéndole las gracias a doña Desdémona, se fueron al balcón.
  • Espera, te contaré dijo Aurora con cautela, asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para acecharlas.
  • Tuvo mamá en un tiempo la ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él.
  • Fortunata atendía con toda su alma.
  • ¿Quieres que te hable con franqueza?
  • Mamá y papá hechos unos tontos con aquella esperanza.
  • Preguntó la de Rubín, que con la idea del querer resolvía todos los problemas.
  • Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de baños de mar.
  • Y para mayor desgracia, se engolosina ahora con Jacinta.
  • Con Jacinta debe de haber sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda.
  • ¡Qué infamia! Y miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama de virtud.
  • Solamente que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no sospechaba de nadie más que de los prusianos.
  • Ahora da con un hombre templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad?
  • Te aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de corazón y su extranjerismo.
  • Responde la equivocación del narrador al quid pro quo del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que por aquel entonces tenía su espíritu, solía confundir las impresiones positivas con los recuerdos.
  • ¡Ah!, ya están regando esos brutos, y tengo que pasarme a la otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de riego.
  • Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas, más.
  • A no ser que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aquí madres sajonas.
  • Sale al mirador Barbarita para hablar con la rata eclesiástica.
  • Vestía el caballero americana oscura y pantalón de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables botines blancos cubriendo las botas holgadísimas, con suelas de un dedo de grueso.
  • Aquí me tienes como un muerto, con las manos cruzadas.
  • Con tus guasitas de mal gusto.
  • ¿Quieres romper de un golpe la armonía del mundo espiritual con el mundo físico?
  • Huir de las emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no dejártela crecer más.
  • Las dos cosas afirmó el otro con serenidad y energía.
  • Si hay algún colega que encuentre el medio de poner de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana función vascular, llámalo, y entiéndete con él.
  • Quiero decir, si tal como estoy, con la tubería descompuesta.
  • Primo le dijo el otro mirándole con socarronería.
  • Me basta con tener conciencia de mi aptitud.
  • Comió en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron sombrío, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo, que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a relucir algún tema de entretenida polémica sobre este punto.
  • Obedece durante diez minutos, y de repente vuelve otra vez con el señor alcalde mayor.
  • Barbarita I había concebido el loco proyecto de casar a Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el pensamiento a Jacinta, esta lo encontró de lo más insensato que se le podría ocurrir a nadie.
  • Ándate con repulgos y verás cómo le cae a tu hermana un subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotería semejante.
  • Me enfada esta niña con su inocencia y su cara bonita.
  • Pero a esas no las quiero replicó Moreno con la ingenuidad de un niño.
  • Esta mujer con su frialdad y su ironía me ha puesto el pie sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la serpiente.
  • No me acuerdo dijo el misántropo con todas las apariencias de un estúpido.
  • Notaban en Moreno palidez mortal, gran abatimiento, y un cierto olvido, extraño en él, de la atención constante que se debe prestar a las señoras cuando se platica con ellas.
  • ¡Cuánto nos alegraríamos de verle a usted bueno y sano, y qué fácil sería con buena voluntad!
  • Así me lo dijo su primo, y viene bien esta opinión con lo que yo creía.
  • Márchese a su Londres, estese allí quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de buen genio, cásese, apechugue con ella, aunque sea protestante.
  • Me contento con ser madrina del primer Morenito que nazca, y le diré a mi marido que me lleve a Londres para el bautizo.
  • Moreno salió con paso inseguro.
  • Iii En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera de la casa de Santa Cruz.
  • Acudían entonces a su memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su situación presente.
  • Sea lo que quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, y es que si fuera soltera, me casaría con ella.
  • ¡Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta gracia.
  • En la región cardiaca, o cerca de ella, más al centro, sentía el golpe de sangre, con duro y contundente compás.
  • Era un hombre cubierto de andrajos, y que andaba con un pie y una muleta.
  • Pues cuando se volvía para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su ágil muleta, se le ponía otra vez delante, mostrándole la pierna.
  • Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta viveza, que casi casi creía verle en su alcoba.
  • Mira, si no te marchas con tu pierna podrida.
  • La flor gris alterna con la flor azul.
  • Miró la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con rico tapete.
  • Ambas luces tenían pantallas verdes, con añadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caían por una sola parte de las dos circunferencias.
  • La claridad se esparcía por la mesa, y el resto de la habitación estaba en penumbra manchada, con verdosa pátina de tapiz viejo.
  • Me ha entrado de repente y con un empuje.
  • ¡Ay, qué feliz me siento con esta idea que me ha dado! ¡Irme!
  • Me contentaría con esto, con que la idea hubiera pasado una vez.
  • Por agradarle, ¡cuántas funciones y misas había de costear yo! Y no haría esto con hipocresía, porque amándola, vendría la fe, la fe, sí, que se ha ido yo no sé adónde.
  • Volvió a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las paredes de la habitación.
  • Se asociaba a las impresiones de su niñez aquel santo tan guapote, reclinado sobre nubes, con su vara, su niño, y aquella capa amarilla cuyos pliegues hacían competencia al celaje.
  • Con tus misas por la mañana, y el resto del día dando cada sablazo que tiembla el misterio.
  • Jacinta lo ha tomado con tanto calor, que hoy trabaja más que yo, y maneja el sable con un garbo que me deja tamañita.
  • Si empiezas con tus bromitas, me voy.
  • Me pidió limosna y le arrojé una moneda de cobre, diciéndole con horror.
  • Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad, disfruta él de una tranquilidad que yo no tengo.
  • ¡Pobre de mí!, cambiaría con él.
  • Y si vivieras siempre con nosotras y no te pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro.
  • Con vivo desconsuelo.
  • No, si aquí es donde no me quieren manifestó Moreno con aire sombrío.
  • Vaya con lo que sales.
  • Vamos a ver dijo la virgen y fundadora, con resolución.
  • (disponiéndose con actividad febril).
  • Seguía tan pensativo.) El mendigo de la pierna se irá al Cielo derechito, con su muleta, y muchos de los ricos que andan por ahí en carretela, irán tan muellemente en ella a pasearse por los infiernos.
  • Mientras esta duró, la ilustre dama, aunque no apartaba su atención del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella, cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillándose y levantándose en las ocasiones convenientes.
  • Esto la disgustó, y tal fue su incomodidad, que no se atrevió a comulgar aquel día, porque no se encontraba con el espíritu absolutamente sereno y limpio.
  • Volviose y vio a su lado a Estupiñá, calado hasta las orejas el gorro negro de punto, señalando la imagen con gesto de cicerone.
  • Pero, hijo, me has quitado la devoción con tus paseos por la iglesia.
  • Me gusta verlas tan hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto.
  • ¡Qué tonto! le dijo la santa con desconsuelo.
  • Moreno se echó a reír con gana.
  • ¡yo charlaría con las beatas.
  • Pero dentro de mí está naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio humilde.
  • Ni te conviene el andar siempre de viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las estafetas del mundo.
  • Si no lleva usted panderetas con figuras de toros, chulos u otras porquerías así, se lo comen vivo.
  • Esta suerte de picas con el caballo pisándose las tripas está pintiparada para las de Simpson, que son tan marimachos.
  • Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para miss Newton.
  • Lo quiero para un amigo que sueña con ponérselo en un baile de trajes.
  • Por esto le dio Moreno el encargo de buscarle alguna moña, de las que guardan los aficionados como veneradas reliquias, y convenía que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones, con señales de la trágica brega.
  • , ¿molinillos que dan vueltas con el viento, y que los niños compran por dos o tres peniques?
  • Reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados.
  • Con el fraude propuesto por su amo se cometían dos graves faltas, engañar a una nación y ultrajar el respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero sport trágico.
  • En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y panderetas, y Moreno escogía y pagaba, entreteniéndose luego en envolverlos en papeles y en ponerles rótulos con el nombre del destinatario.
  • Pero aquel día pareció que se le despertaban las aficiones, porque habló largamente de negocios con Ruiz Ochoa, recomendándole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de oro para el Banco.
  • Bien podéis andar aquí con mucho pulso en eso de acuñar tanta plata, porque este metal va para abajo y ha de ir mucho más.
  • Este pico, dádselo a Guillermina dijo Moreno al ver, en la cuenta de alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba.
  • A eso de las cinco fue el misántropo a una tienda de la Plaza Mayor a ver las mantas granadinas con que quería obsequiar a sus amigos ingleses.
  • Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese.
  • ¿Con que al fin se va usted?
  • Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle.
  • Pero con usted siempre contento.
  • Al poco rato, sintiendo que Jacinta salía, acercose a la puerta con ánimo de verla.
  • Le dijo con mucho cariño.
  • ¿Ahora sales con eso?
  • Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente.
  • No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada le dijo Moreno con énfasis, complaciéndose en mortificarla.
  • Con un cartelón que dijese.
  • Mira, sobrino, me voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastón.
  • Vi Comió con regular apetito en compañía de su hermana y de Guillermina.
  • Cuando concluyeron, dijo a esta que había dado orden en el escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con cuya noticia su puso la fundadora como unas castañuelas, y no pudiendo contener su alegría, se fue derecha a él, y le dijo.
  • Con no comprárselo si no te gusta.
  • No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran replicó Moreno con energía.
  • Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia.
  • Después llegó Tom, y la hermana de Moreno se retiró a punto que entraba Guillermina con la misma cantinela.
  • Esta noche sí que voy a dormir bien anunció Don Manuel con esa esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía.
  • Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien curadas, dirás ¡milagro, milagro! y no hay tal milagro, sino que tienes el padre alcalde, como se suele decir.
  • Le dio varios palmetazos en los hombros, y él la vio salir con desconsuelo.
  • ¿Quieres agua con azúcar?
  • Al ir a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo, tropezó con una ciega que pedía limosna.
  • Era una muchacha, acompañada por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella.
  • Los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de punzadora nostalgia.
  • Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le asaltaron.
  • Se dijo con cierta convicción enfática.
  • Yo me consolaré con mi soledad, que es el mejor de los amigos.
  • Y su Dios, aquel buen Señor que está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima, aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera.
  • Y me llamarán la Providencia de los desgraciados, y pasmaré al mundo con mi devoción.
  • Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con fuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica.
  • Pero me salí con la mía.
  • Sin duda tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el pecho.
  • Amiga mía le dijo Ballester, no tema usted que la mortifique con consuelos vulgares.
  • Vaya Ballester dijo Fortunata con malísimo humor.
  • Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretando con una soga.
  • Exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco para echarse a llorar.
  • Lo mío no va con píldoras.
  • Quédese con Dios.
  • Mientras más trabajaba, con más energía y claridad repetía su mente lo que le había pasado aquella mañana.
  • Sin que se interrumpiera la acción mecánica, el espíritu de la pobre mujer reproducía fielmente la escena aquella, con las palabras, los gestos y las inflexiones más insignificantes del diálogo.
  • El trabajo de su cerebro era una calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían.
  • Él está hace tiempo muy frío, y como con ganas de romper.
  • Tu mujer te ha faltado con aquel señor de Moreno, que se murió de repente, una noche.
  • Tú misma me estás castigando con eso de decirme que mi mujer es como tú, o que en algo puede parecerse a ti.
  • Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti la culpa.
  • ¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada, para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es! ¿Habrá visto visiones Aurora?
  • ¡Sagrada! Ahora sales con eso.
  • Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti misma la culpa.
  • Ándate con cuidado con ella.
  • Ya empiezas con tus mañas.
  • Sí, tú, por salir con alguna patochada ordinaria.
  • Y al cabo de un rato, su mente saltó de improviso con una idea nueva, expresada en medio de los ahogos de la desesperación, como un rayo que atraviesa las nubes y momentáneamente las horada, las ilumina con sus refulgentes dobleces.
  • ¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?
  • Papitos, que entró en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el choque que la hizo salir de su abstracción.
  • Fueron las Samaniegas con doña Desdémona, Quevedo y otros amigos.
  • Sólo faltaba Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase.
  • Brindose la de Rubín a ayudarla, y con la venia de las dos señoras mayores se fueron a la casa próxima.
  • Fortunata deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre diferentes cosas.
  • Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atención de artista, cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya derecha y mirando desde lejos el efecto del corte.
  • El inglés entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo.
  • Subí con Pepe.
  • Allí estaba la santa, todavía con el manto puesto y el libro de misa en la mano.
  • Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, rígido y sin sangre.
  • Apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando a su amiga con intención picaresca.
  • ¡Ay, qué pena tengo! Porque si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia! Calumnia no dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte.
  • Pero te lo dije como una suposición nada más replicó la astuta mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación.
  • Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré que la tengo por virtuosa.
  • Quizás le miraba con alguna simpatía.
  • Exclamó Fortunata con toda su alma, es que si no fuera honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y que cada cual puede hacer lo que le da la gana.
  • Tenla por honrada, y cuando hables de esto con él, hazle entender que lo crees así, y no aspires a que él te dé su respeto.
  • Conténtate con el amor.
  • Me está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos.
  • Esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri, o Antonia, esa que estaba con Villalonga.
  • Iré tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber.
  • Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín.
  • Y haz el favor, para otra vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa.
  • Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las casas de vecindad.
  • Señora, déjeme usted en paz, que yo no me meto con usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener.
  • Salió un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la gresca, y a poco volvió al gabinete, diciendo.
  • Tanta turbación había en el alma de la esposa de Rubín, que la ira estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una nada, determinaba la transición de la rabia al dolor, y de la energía convulsiva a la pasividad más desconsoladora.
  • Ahí tienes le dijo doña Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos de ella muy tiesos, en ademán enteramente episcopal.
  • ¡Pero qué infame! volvió a decir Fortunata, mirando a su tía con los ojos llenos de lágrimas.
  • ¿Pues no ha tenido el atrevimiento de decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester?
  • Acudiendo con tiempo, no digo que no.
  • Fortunata, con un pánico semejante al de quien se está ahogando, agarrose a la falda de doña Lupe, y vuelta a soltar un raudal de lágrimas.
  • Oía los suspiros que daba el infeliz, y en una de aquellas aproximaciones, Maxi cogiéndole las manos, se las apretó con afecto.
  • Doña Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados por el vivo resplandor de la llama de petróleo, dijo, sin duda por animar a Maxi con una broma.
  • ¿Verdad que comerás con tu mujer?
  • Tengo hoy un arroz con menudillos que es lo que hay que comer.
  • En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el servicio y la sopa, Maxi endilgó a su mujer algunas frases enteramente ceñidas al endiablado asunto que constituía su demencia.
  • ¡Vaya con el cáñamo ese! Pero los disparates son los mismos.
  • Volvió al lado de él, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y él se los comía con gana, sin cesar de hablar y aun de reír.
  • ¡Ay, Cristo, qué remordimiento tan grande! Iré con este peso a todas partes, y no podré ni respirar.
  • Como entraran doña Silvia y Rufinita, de visita, doña Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos.
  • Iv Vida mía le dijo en el tono más dulce del mundo, gracias mil por el consuelo que me has dado con tus palabras.
  • Dijo Fortunata, que aun sabiendo con quién hablaba, oía con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte.
  • Reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran todo.
  • Morirse, desprenderse de las lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idéntica a la persona viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con arrobamientos que no se acaban nunca.
  • Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi decía lo que decía con expresión de la más grande seguridad.
  • Pero lo último que a Fortunata le quedaba que oír fue esto, dicho con exaltación de iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la cabeza.
  • Tal temor sentía ella, que hasta se encontró con fuerzas inferiores a las de su marido, que era tan débil.
  • Moñuca mía le dijo apretándole el brazo con nerviosa energía, y mirándola con una expresión en que la desdichada veía confundidos al amante y al asesino.
  • Mátate tú, si quieres, que yo tengo que vivir para criarlo, ¡y voy a ser tan feliz con él.
  • ¿Ves cómo me salí con mi idea?
  • Dijo asustada doña Lupe, viéndole apoyar las manos en el sofá y doblar luego la cabeza hasta tocar con ella la gutapercha.
  • Lo anunciará una estrella que ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarán con himnos de alegría.
  • Pero lo mismo da salir con la cabeza descubierta.
  • Del salto se plantó Maxi en la cama, quedándose un instante con los brazos y las piernas en alto.
  • Se les escapaba de las manos, con viveza de niño, que a veces parecía agilidad de mono.
  • Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se quedó quieto en el sofá, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la cabeza debajo de un cojín, y los brazos extendidos en cruz.
  • V Creo que fue el día de la Concepción cuando Rubín salió de su cuarto con un cuchillo en la mano detrás de Papitos, diciendo que la había de matar.
  • El susto de la tía y de Fortunata fue muy grande, y les costó trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa, con el cual no era fácil quitar la vida a nadie.
  • La resistencia de él era puramente espasmódica, y mientras se defendía de los cuatro brazos que querían contenerle y arrancarle el cuchillo, decía con voz ronca.
  • Doña Lupe lo sospechó así, y mientras Fortunata se le llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la señora cogió a la chiquilla por su cuenta, y con la persuasión de tres o cuatro pellizcos, hízole confesar que ella era culpable de lo ocurrido.
  • Pero dimpués salió con unos disparates muy gordos.
  • Después de una larga pausa, Fortunata, con muchísimo trabajo, se determinó a responder esto.
  • Un sin fin de ideas se le metió en la cabeza, y estuvo aturdida largo rato, sin saber con cuál de ellas quedarse.
  • El rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazón, con dolor agudísimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata había puesto en sus manos.
  • Devolvería, pues, lo que se le había entregado, con los aumentos que a su buena administración se debían.
  • Y cuando la pájara repitió que se marchaba, doña Lupe no pudo menos de decirle con acritud.
  • Fortunata dijo con mucha calma y frialdad que no se llevaba el dinero y que sólo tomaría los réditos.
  • ¡Oh!, no, esto parecía como transacción con la afrenta.
  • Precisamente en los días últimos del año, cuando ocurrió lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y la tenía la señora en su cómoda, esperando una proporción, que Don Francisco tenía en tratos con un señor comandante.
  • Para tratar de esto y acordar lo más conveniente, llamó a Juan Pablo, que a la sazón había pasado de Penales a Sanidad, y podría tal vez poner a su hermano en Leganés, en un departamento de distinguidos, con pago de media pensión o quizás sin pagar un cuarto.
  • ¡Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que la chulita había hecho mangas y capirotes de la doctrina práctica expuesta con tanto ardor y cariño por el simpático anciano, cuando dispuso la separación! ¡Cuánto mejor no haberse separado de aquel hombre sin igual! ¡Ella le habría soportado en su vejez caduca, y habría sido feliz cuidándole como se cuida a un niño inocente! Al llegar a la Plaza de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pensó que no tendría valor para contarle a su amigo sus últimas calaveradas.
  • Subió temblando por la ancha escalera, que estaba aquel día alfombrada y con muchos tiestos, porque la noche antes se había celebrado en la legación, con gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador.
  • Al centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra.
  • Se pasaba las horas muertas haciendo el juego del bilboquet, o bien entretenido en enredar con los muchos gatos que había en la casa.
  • Sentado al sol junto al balcón en su sillón muy cómodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un hilo, y se divertía con las monísimas cabriolas y morisquetas que hacían los pequeñuelos.
  • Dos o tres gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen señor.
  • Otro estaba en su regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregándose las patas con la lengua y el hocico con la pata.
  • Y un tercero se le había subido a un hombro y allí seguía con vivaracha atención los brincos de la bola del bilboquet, marcándolos con la pata en el aire.
  • Contrariábala mucho tener que decir las cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y hasta el embajador con toda su gente extranjera.
  • Para hacerle comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurría, sacó la inscripción, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en un papel.
  • Ha habido rompimiento con ese bendito?
  • Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta.
  • Fortunata hizo con sus dos dedos índices un signo muy expresivo, poniéndolos punta con punta.
  • El gatito que se había subido en el hombro del señor, estaba muy preocupado con la trompetilla.
  • Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresión de duda o sorpresa.
  • Cansada de inútiles esfuerzos, la joven se calló, mirando a su amigo con hondísima pena.
  • Ella decía quecon la cabeza.
  • Salió, pues, Fortunata de la triste visita con la impresión de haber perdido para siempre aquel grande y útil amigo, el hombre mejor que ella tratara en su vida y seguramente también el más práctico, el más sabio y el que mejores consejos daba.
  • Le lloró por muerto con verdadera efusión de hija desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando más necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera.
  • En la Cava Baja pasó por junto a un pianito que tocaba aires de ópera con ritmo picante y amoroso.
  • La música aquella le retozaba en la epidermis, haciéndola estremecer con un sentimiento indefinible que no podía expresarse sino llorando.
  • A mí me parece que, cuando la oigo, me aporrean los oídos con la mano del almirez.
  • Había resuelto Fortunata, de acuerdo con su tía Segunda, albergarse en la casa de esta, que vivía otra vez en la Cava.
  • Allá se encaminó desde la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollería, el mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la plazuela, comiendo con unas amigas.
  • Fuese allá, y vio a su tía con otras dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos de Talavera.
  • Las tres damas estaban con los moños al aire, hablando a un tiempo en alta voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la voz hecha a la gritería de los pregones.
  • Segunda Izquierdo era una mujer corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano.
  • El ojo derecho no estaba ya todo lo abierto que debía, a causa de una rija, y el párpado inferior del mismo había adquirido notoria semejanza con un tomate, a consecuencia de la aplicación de un puño cerrado, de lo que resultó una inflamación que vino a parar en endurecimiento.
  • Las otras dos tiorras miraron a la joven con descarada curiosidad.
  • En ella, desde el portal hasta lo más alto de la escalera de piedra, veía pintada su infancia, con todos sus episodios y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasión y Muerte de Cristo.
  • ¡Las vueltas del mundo! decía dando las de la escalera y venciendo con fatiga los peldaños.
  • Miro todo esto con cariño.
  • Conocía sus apetitos parlamentarios, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz podía contarle ella en el número de sus enemigos, le miraba ella con buenos ojos, teniéndole por hombre inofensivo y bondadoso.
  • El gran Rossini no se dignó volver hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuñando algo que la nueva inquilina no pudo entender, siguió por la escalera abajo, haciendo sonar con desusado estrépito los peldaños de piedra.
  • Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros y enormes grietas que por todas partes había, empapelar el gabinete, que iba a ser su alcoba, y pintar las puertas.
  • Con todo, pienso decirle algo, porque en último caso, con dejarle el cuarto hemos concluido.
  • El jardín lucía muy bien desde arriba, con sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata veía los cuartos traseros, como los de un cebón, y el Rey aquel encima, con su canuto en la mano.
  • Viii Como antes se ha dicho, a los pocos días de la desaparición de su mujer, Maxi empezó a echarla de menos, mostrándose receloso, y apeteciendo su compañía con cierta mimosidad impertinente que ponía furiosa a doña Lupe.
  • Y siguió echando términos de medicina por aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y con una idea tomada de aquí y otra de allá hacía unos pistos que eran lo que había que ver.
  • Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido últimamente en su cerebro.
  • Pero como saltase en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, se le veía caer en sombrías meditaciones y en un mutismo tétrico del cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar.
  • Una mañana, al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo.
  • ¡Muerta! dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos.
  • No quería ir por la acera, sino por el empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes.
  • Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento pareció desmentirse.
  • Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y le dijo.
  • ¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con ruedas de molino.
  • Conviene apuntar, antes de pasar adelante, que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la ciencia que llaman financiera.
  • Lo que restaba era que doña Lupe se prestase a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia.
  • Iba de continuo a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara.
  • Explanó acaloradamente la necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de año nuevo vida nueva, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa.
  • Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofía, dijo lo siguiente.
  • Mira, tú dijo Maximiliano con el acento más grave del mundo y como quien hace una confidencia importante.
  • En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesión de lo que se me había metido entre ceja y ceja.
  • Empezó a tomar su café, y en tanto Juan Pablo se decía con tristeza.
  • A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con extrema hilaridad los donaires que Montes contaba.
  • Después tomó parte en la conversación, expresándose con tanta serenidad y con juicios tan acertados, que se maravillaban de oírle todos los presentes.
  • IV Vida nueva i El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro con agujeros (estilo primitivo).
  • Abrió la joven, y el gran Plácido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que tenía un sello.
  • Pase, Don Plácido (sonriendo con gracia).
  • Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un bastón de autoridad.
  • Qué ha de ser! replicó Estupiñá con sarcasmo.
  • Cuidado con los tiestos de la ventana.
  • Con tanta agua.
  • Pero señora, con que me dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería de Botín.
  • Total, que con caseras como la mía, estos bribones de inquilinos están como quieren.
  • Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para que entrara, le tuvo que echar con buen modo.
  • Se preguntaba sin acertar con la respuesta.
  • Por fin, a fuerza de meditar en ello, amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a prevalecer la afirmativa.
  • ¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno?
  • Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era Juana como Petra.
  • Porque en mi terreno, yo soy también virtuosa, quiere decirse que yo no le he faltado con nadie.
  • Los curas y los abogados, ¡mala peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale.
  • Todas las líneas horizontales de la arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas líneas de nieve.
  • Los árboles ostentando cuajarones que parecían de algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir.
  • El suelo, a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo todo a la alcantarilla.
  • Divertido era este espectáculo, sobre todo cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas.
  • Sin duda va al café de Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario.
  • Yo tengo que estar con mucho cuidado.
  • En el estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el viento venía a la plaza a jugar con la hora.
  • El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes.
  • Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado.
  • Venía vestido con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy lustroso.
  • Habla de todo con tino, y no hace ningún disparate.
  • Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín.
  • Estas cosas deben prepararse con tiempo.
  • Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto.
  • Con mandarme un recadito.
  • Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de muy poquito tiempo.
  • Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días, contando con su permiso.
  • Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre.
  • Fortunata encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante.
  • Recibía esquelas y recados a toda hora, y le desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al arte.
  • En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no acababa.
  • Aquí de un tío en pelota que le llaman Eneas, con su padre a la pela.
  • Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos.
  • A su sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran compatibles con sus tareas artísticas.
  • Solía ella enviarle con algún mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras.
  • En Febrero ya le permitieron salir solo, pues no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la timidez y la docilidad.
  • Era como un retroceso a la edad en que estudió los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.
  • Esta era diurna, y a causa de las buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más sana y más conforme con la higiene cerebro espinal.
  • En aquella, la mente trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan de sí las ideas bien batidas.
  • En esta trabajaba en la razón, entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y obteniendo consecuencias con admirable facilidad.
  • Rechazaba de su mente con tenaz repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes.
  • La gente me mira con lástima, como a un enfermo.
  • Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima), y además porque la sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza.
  • Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de café.
  • Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese.
  • En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera estrella de la moda, Dábase mucho lustre, tomando aires de señora, alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás estaban en la obligación de reír.
  • Cuando Maxi iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho, con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose también tutearle y darle consejos higiénicos.
  • Él se dejaba querer, y apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba.
  • Era Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó.
  • Primero se hablaba de política, después de que la guerra se acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido guillotinadas muchas almas.
  • Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy distintos del gárrulo lenguaje de su amigo.
  • Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93.
  • Y yo también dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel hombre razonaba discretamente.
  • Este hombre tiene mucho talento pensaba Rubín, apoyando con movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.
  • Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era profesor de primeras letras en las escuelas católicas, Maximiliano discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba.
  • Mirolo el joven con disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un pañuelo.
  • Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se descubrió una bota elegante con caña color de café.
  • Con la lógica y sólo con la lógica lo averiguaré.
  • Con mi cabeza me gobierno yo solo.
  • Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató, que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo que se iba a poner y otras menudencias.
  • En seguida voy al café dijo el modelo, mostrando varios paquetes a su amigo, que los miraba con curiosidad.
  • Se te ha dicho que tengas cuidado con lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo.
  • No cuentas con que mi cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio.
  • ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi tía, que me dijo ayer.
  • Con mi lógica me las arreglo admirablemente y me río del mundo.
  • Basta con eso por ahora.
  • Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad.
  • Lo he pulverizado yo mismo con el mayor esmero.
  • Conversando estuvieron largo rato, y la señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la casa.
  • Yo lo pensé, yo lo concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas enteramente absurdas.
  • Procedamos con estricta lógica, y no aseguremos nada que no esté fundado en un dato real.
  • Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después en el de Gallo con Refugio.
  • Amigo le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando su cara descompuesta, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho?
  • Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal, diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y compasión.
  • Denle un poco de agua con aguardiente.
  • Amorraba la cabeza entre los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento, mirándole con sorna, le decía.
  • Y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con marrasquino.
  • Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría de aquella gente.
  • Iii Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole algo de lo que había visto y oído en el café, a lo que respondió la gran señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría una sociedad inculta y ordinaria.
  • El joven parecía conformarse con esta idea, y aseguró que no volvería más.
  • Después fue con su tía a casa de Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella, labrando y puliendo su idea.
  • Ahora, hay que proceder con sigilo y decisión.
  • Aceptada esta fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el otro volátil pláticas muy cariñosas.
  • Con algunos sostenía doña Desdémona conversaciones maternales.
  • Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando en su cabeza las ideas de la noche anterior.
  • Hay que perdonarla replicó Maxi con humorismo, porque no sabe lo que se hace.
  • Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él, diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en ello.
  • Ella, con mucho miedo.
  • Por la tarde, la señora encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo.
  • Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la alegría, señales todas de reparación indudable.
  • Se pasmará usted al ver que si buena comedia han hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes.
  • Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas y con el papel de ellas entre las manos).
  • Haciéndome el tonto, mientras con la sola fuerza del cálculo, descubría la verdad.
  • Todo con la pura lógica, tía, con la lógica seca.
  • ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con tu lógica.
  • Con franqueza.
  • Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con muy buen fin, es mi señora tía.
  • Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto, absolutamente con nadie.
  • Estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los números, pues estos son la pura esencia de la lógica.
  • Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad, y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito.
  • Que salió Juan Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio de las olas, y ya no podía más, ya no podía más.
  • Iv En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en el café del Siglo las teorías más disolventes.
  • Con gran estupefacción de Don Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas.
  • La mesa de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche, con la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en los cuales la mano afanadora de Don Basilio no había dejado más que polvo de azúcar.
  • Con admiración de todos, Juan Pablo se lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza de la madre.
  • Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa, con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de Don Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de sí aquel marcador de sus argumentos.
  • Las conteras de los bastones, golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban cayendo de la mesa, expirantes.
  • Creeríase que Juan Pablo las estrujaba con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.
  • Antes de ir al café había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le revolvió más la bilis.
  • Sus amigos no podían con él.
  • Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le oían.
  • Argumentaba con frialdad, y sus nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con libertad y holgura.
  • Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse derechito a su casa.
  • Determinose en él con poderosa fuerza el rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos cerebrales.
  • Perdulario, cobarde, que te ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden tener.
  • A ti se te contesta con una bala.
  • que entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con esta impresión espantosa en mi cerebro.
  • Vaya con las cosas que sueña uno.
  • Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente.
  • El Miércoles Santo enviole su tía con un recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con Aurora.
  • Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna.
  • Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre sus dedos el andante cantabile molto expresivo, que si llega a coincidir con el allegro agitato, ni Dios pesca una letra de lo que hija y madre hablaron.
  • Durante el presto con fuoco, Maxi se decía.
  • Ahora no me basta con la lógica, necesito ver algo más.
  • Con toda felicidad.
  • Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, la pájara mala dijo con acento de niño mimoso, enséñemela usted.
  • V El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre de la insigne señora.
  • Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los principios en la medida de lo posible.
  • Esto lo había aprendido en la experiencia de los negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía.
  • No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un inclusero.
  • Las acciones del Banco se las comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta mil reales no tienen ni para sopas.
  • Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y.
  • ¿Apostamos a que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre?
  • Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hábil profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos.
  • Vaya, que lo toma con calma.
  • Le preguntó después el chico con la mayor naturalidad.
  • Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa.
  • Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la palabra, y elevarse sobre las miserias humanas dijo la viuda con emoción verdadera o falsa.
  • Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto sentido de tenacidad maniática.
  • Pero Maximiliano se apresuró a tranquilizarla con otro argumento.
  • Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor estaría empleado en ella! Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?
  • Vi Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
  • Daba un sonsonete de autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección.
  • Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad puede vivir siempre soñando con trastornos?
  • Seamos prácticos, señores, seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el verdadero país.
  • En esto llegó La Correspondencia, y a las primeras ojeadas conspicuas que arrojó sobre las columnas de ella el buen Don Basilio, tropezó con la combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se restregó los ojos creyendo que leía mal.
  • Mas convencido de que no era error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.
  • El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y tristezas de tantísimos meses.
  • Toda la gente que próxima estaba, mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien es, ha sido o va a ser algo en el mundo.
  • Ya le había dicho a Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la persecución y exterminio de los pillos.
  • A muchos que mangonean ahora, les he de llevar codo con codo a la cárcel de partido.
  • Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le dijo que no la podía llevar.
  • ¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con una mujer que no es mi mujer?
  • Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de persona que cree ser útil.
  • Estaba la joven incorporada en su lecho, con chambra y pañuelo a la cabeza.
  • Ayer no pasó usted le dijo ella con amabilidad, porque yo no sabía quién era, y no quiero recibir visitas.
  • A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo.
  • Así lo hizo con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.
  • Transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no paso.
  • Después empezó a dar noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran curiosidad.
  • Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted.
  • Estoy loca con él.
  • Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni supiera que estoy viva.
  • Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora la interpretación conveniente.
  • Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho.
  • Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque no come.
  • La noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces.
  • Sin leerla, le diré que es magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de que en los círculos literarios se habla mucho, etc.
  • ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce! Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy con él un lustre que no hay más que ver.
  • Fuera de estas tonterías de la crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos se puede casar con semejante inutilidad.
  • ¿Con qué se van a mantener?
  • ¿Con la pieza?
  • ¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen chico, y usted empeñado en darle la morcilla.
  • Es mi tío José dijo Fortunata, que está jugando al mus con su amigo.
  • Pero a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos, ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles a los tres con apretado lazo.
  • Siempre que iba por las noches el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos lo indecible.
  • Y aunque alentara, con respecto a la señora de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo atractivo personal.
  • Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus pensamientos sobre diferentes cosas.
  • Si las leyes son unos disparates muy gordos, yo no tengo nada que ver con ellas.
  • Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto.
  • Como que se volverá loco con él.
  • ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy requetefinos.
  • El gozo, algunas noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el bilboquet.
  • ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía.
  • Pero, tía, ¿no se ha tropezado usted en la escalera con Plácido?
  • A cuanto le decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos.
  • No se puede tratar con estas tías farfantonas.
  • Obedeciendo a un impulso instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con mucha necesidad.
  • Después rompió a hablar con Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por conciliadora.
  • De seguro que ahora mismo va con el cuento.
  • Pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de este hijo.
  • Y la otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito.
  • Pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones.
  • Tan segura estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.
  • Iii El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo y algunos más.
  • Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo.
  • Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.
  • Miraba a su mujer con seriedad, pero sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su expresión era casi indulgente.
  • Parece que me tienes miedo, y que pides socorro le dijo Maxi con fría bondad.
  • Con gran serenidad habló así.
  • Fortunata respondió quecon la cabeza.
  • Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos por respuesta.
  • Con ella vi los hechos.
  • Con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba.
  • Con ella reconstruí mi ser, que había pasado por tantos cataclismos.
  • Con ella me penetré bien de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de homicidio.
  • Con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y conformidad.
  • Más te asombrarías si pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con que veo a tu hijo.
  • Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo.
  • Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle, permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus manos.
  • Después volvió a su asiento y estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha, ligeramente fruncido el ceño.
  • Mirando al profesor con lástima, Maxi dijo a su esposa.
  • Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido.
  • Tiene a quien salir añadió Maxi con lúgubre ironía.
  • Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.
  • Es preciso que lo sepas volvió a decir Maxi con cierta frialdad implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato.
  • Tu verdugo no se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.
  • ¡Con otra mujer! dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a la cual no se saca sentido.
  • Sí, con otra mujer a quien tú conoces.
  • Ahí tienes la maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.
  • ¡Amiga mía! Sí, y su nombre empieza con A.
  • Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes con esta historia.
  • Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo manifestó Rubín con implacable frialdad.
  • Bueno, defiéndete con eso.
  • (con sonrisa glacial).
  • (con extremada inquietud y ráfagas de ira).
  • (tomándole las manos y tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira).
  • ¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco! gritó la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.
  • Tú no eres nada exclamó la joven con desprecio.
  • Bien, bien dijo la esposa con ferocidad.
  • Fortunata abría los ojos con espanto.
  • La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener niñas en los ojos.
  • Y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro hasta la raíz del pelo.
  • ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y cómo me trata! ¿No sabe quién soy?
  • V Cállese usted, so guillati chillaba Segunda, que por los movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con un par de bofetadas la frágil persona del profesor idumeo.
  • Por fin, su hermana le tiró de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del modelo, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el piso.
  • Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas, y escupiendo más hostias que palabras.
  • Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con la santísima.
  • Se armó tal zaragata, que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi.
  • Y fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos, mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja.
  • Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente.
  • Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería hacerlo a todo trance.
  • Segunda acercaba una vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.
  • Habló de si la joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
  • No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con reprensión graciosa).
  • Cuando usted esté buena, hablaremos indicó la santa con ánimo ya de retirarse.
  • Y cuidado con hacerme disparates.
  • Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo que suceda, no estarás nunca solo.
  • Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle muerte, le quitaban a su hijo.
  • Después era Aurora sola la que cometía el nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
  • Se sentía mal, propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con muchísima sed.
  • Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse en busca de agua.
  • Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.
  • Mucho se incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y calor hubo de negar lo que su amigo contara de la Samaniega.
  • Y por fin dijo tomando el tono festivo y maleante que empleara con Maxi en otra ocasión, ¿para qué hacemos caso de lo que diga ese desventurado?
  • Semos ! Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso, está más tocati que nunca.
  • Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza.
  • Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la semana que viene.
  • Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie.
  • Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber triunfado.
  • Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro, pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados, sus botas de caña clara, y.
  • Pero antes de salir dedicó un gran rato a su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita.
  • Con esto y las uñas.
  • Pero tuvo una idea, y dijo Cabeza, 10, sacando la suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero.
  • Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de las ventanas, llevando telas en la mano.
  • Buenos días dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con mirada fugaz todas las caras que delante tenía.
  • Pero en la cual no era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la víctima antes de devorarla.
  • Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó.
  • Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas.
  • Y diciendo verás, hizo con el brazo derecho un raudo y enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara, que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al suelo.
  • Pero por pronto que acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente.
  • Y después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y tiró con toda su fuerza.
  • Dando resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían realizar.
  • Gritó Fortunata con desesperación.
  • Quien va a ir a la cárcel es esa chilló la agresora, frenética, revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había disimulado en ella.
  • dijo Samaniego, llegándose a ella con ademán amenazador.
  • La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando gritos.
  • Murmuró Aurora con los ojos cerrados.
  • Allá se entenderá con el juez.
  • Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer con la agresora.
  • Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.
  • Echó la llave con dos vueltas.
  • Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló.
  • Tiene más ascendiente con esta mujer?
  • Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia).
  • Está muy entusiasmada con él.
  • Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón.
  • Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el que subía diese la vuelta.
  • El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.
  • La del campo indicó Ballester con mal humor, discurriendo que maldita la falta que hacía Maxi allí.
  • Señora dijo el modelo con un gruñido, cuando el endivido tiene necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.
  • De Platón, según he oído, ganando unos grandes dinerales con la pintura.
  • Y no con moneda falsa, sino con legítima.
  • Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud.
  • Pero aún hablaba con Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal.
  • Esta subía jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara, y levantándose las faldas para no pisárselas.
  • La santa no atendía más que al pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de satisfacción.
  • Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche.
  • Después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le pegué un achuchón con la llave, y la descalabré.
  • ¡engañar a dos, a dos, señora, a mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted que su cuenta con la Samaniega está ajustada.
  • Ni con latines ni sin latines me lo quitan.
  • Y en último caso, hasta le recogeremos para tenerlo con nosotras.
  • Yo no lo suelto (con gran excitación y desbordamientos de alegría).
  • No quiero cuentas con ninguno.
  • ¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice! (tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
  • Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero.
  • Bebió con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le decía.
  • Por eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza, me escamo mucho.
  • Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual, quiero decir, con la Fenelona.
  • Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a Platón para contarles lo que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.
  • Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar.
  • Es favor replicó ella con gracejo.
  • Pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección que usted.
  • Si con padecer se llegara, ya estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora.
  • Y me encontré entonces con la novedad de un gran talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar de todas las cosas.
  • Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.
  • Híceme cargo de todo lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho siempre.
  • Ix Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del café de Gallo con un grande de limón, ponchera y copas.
  • La señora dijo él queriendo ser amable, va a tomar un vasito de cerveza con limón.
  • Pero todo se volvía contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga una saña implacable.
  • No sabiendo ya qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios.
  • Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón estaba jugando a las damas con Izquierdo.
  • Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.
  • Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la joven había caído tras la ruidosa alegría.
  • Con disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los bolsillos, temeroso de que llevara algún arma.
  • A pesar de todo, no quería Ballester irse sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.
  • Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga afirmó Rubín con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían de hacer en ella.
  • Respondió con despecho.
  • La querrá con locura, más que a ti, más que a su mujer.
  • Y hará con ella lo que no hizo con ninguna.
  • Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus anchas con ella.
  • Después se tapó la cara con la mano.
  • Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad para que la lección escueza.
  • Tu conciencia se purificará, y ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo.
  • La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.
  • ¿Acerté a descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían, etcétera?
  • Dijo Fortunata amenazándole con el puño, y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido le inspiraba.
  • Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del vicio.
  • De repente, cual movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho, echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con los ojos, le gritó de este modo.
  • , ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?
  • Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.
  • Repetía la diabla con exaltación delirante.
  • Pero ha de ser con una condición.
  • Para que se te quiten los celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos, ¿sabes?
  • , a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro mundo!
  • ¿Con que lo harás?
  • Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho de ver al filósofo otra vez allí.
  • Hay que tener mucho cuidado con él y no perderle de vista cuando entra aquí.
  • Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.
  • Con la intención más pura del mundo.
  • Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.
  • La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la antiespasmódica.
  • Todo y mucho más se lo merece usted, carambita replicó el farmacéutico con efusión de cariño.
  • Me pondré a leer La Correspondencia o a jugar al tute con el señor de Izquierdo.
  • Agotó la madre todos sus medios y Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas palabras de que los niños deben estarse calladitos.
  • Paréceme dijo Fortunata con terror, que me estoy secando.
  • Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.
  • A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia con un interés del cual Segunda sabía sacar partido.
  • Ya me he enterado del artículo de amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como el de una vaca suiza.
  • Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el rosario y el libro de rezos en la mano.
  • La casera y el administrador cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en la puerta.
  • Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje.
  • Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir cien veces si fuese menester.
  • Guillermina estuvo aún un ratito en casa de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda honrada con persona tan excelsa.
  • Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa.
  • ¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de esa mujer?
  • Creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha redimido parte de sus culpas.
  • , estaba encantada con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar.
  • Replicó Jacinta con tedio.
  • Barbarita se echó a reír con donaire.
  • Repuso Barbarita con humor festivo, y se separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.
  • Xi El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre.
  • En fin, señora agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda.
  • Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad, demostrando un gran interés por ella y por su niño.
  • Pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.
  • Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras.
  • He hablado con él y me ha parecido muy razonable.
  • Toda aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le dije.
  • Le prometí quererle como él me quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.
  • Él, si los mata, peca menos que usted, por haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.
  • Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.
  • Dígame usted, ¿qué se pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?
  • Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, no supo si indignarse o tomarlo a risa.
  • (con febril impaciencia y ardor).
  • También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de todas las cosas.
  • Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se le había ocurrido y que creía de gran fuerza.
  • Pues con todo su mérito y su santificación, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de en medio?
  • Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que mentir para no darle la razón.
  • Con un ju ju melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.
  • Pero de eso a que me mire con buenos ojos.
  • Con que la perdone debe darse por satisfecha.
  • En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la mañana.
  • Dígame (bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?
  • ¿con qué caballero?
  • Con aquel que se murió de repente.
  • (con soberano desprecio).
  • Usted no puede figurarse lo mala que es (con la mayor buena fe).
  • Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di con la llave por afrentar a nuestra amiguita?
  • Aquí no se hace más que lo que yo mando declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los cuales nadie se podía oponer.
  • No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de relaciones con ella.
  • En la sala cuchicheó la ministra con Segismundo contándole lo ocurrido.
  • Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre papeles.
  • Fuese la de Jáuregui desconsoladísima, con intento de ver al Sr.
  • No sabe usted lo mal que me sienta verle y hablar con él.
  • ¡Estoy tan tranquila aquí solita con mi hijo, y los amigos que me protegen.
  • Lo pedía con terror suplicante.
  • Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla iban.
  • ¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de la corte celestial.
  • Depende también de las personas con quien uno se junta le dijo su amigo muy serio.
  • Yo rompería con todo, si no fuera porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted que un periodo de vacaciones me balda.
  • Pero no sea usted tonto dijo Fortunata con aquel arranque de generosidad, que en ella era tan común.
  • Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud.
  • Poco después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los hermanos Izquierdo con respecto a visitas.
  • Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que diese con la puerta del cerebro en los hocicos a toda idea triste que se presentara.
  • Ahora mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta chafarle la nariz.
  • Y yo le he de refregar la jeta con la suela de mis botas.
  • Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su deseo y el sentimiento de la imposibilidad.
  • Él no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer.
  • Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la lengua con unas tenazas de hierro echando fuego.
  • Y mi niño es el rey de España, y nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más.
  • Pero la leche no parecía, por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas expresiones de tan poco valor en la práctica.
  • Mira que te estrello, si das en hacer funciones de comedia le dijo con aquellas formas exquisitas que usaba.
  • Segunda, con determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad un par de copas) y probó a dárselo al chico.
  • Hizo algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó con la teta artificial.
  • La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad.
  • Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de nuestras entrañas.
  • Si están los Santa Cruz con tu hijo como chiquillos con zapatos nuevos.
  • Pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la cara anegada en llanto.
  • Fue a coger a su hijo en brazos, y apenas podía con él.
  • Dio algunos toques con los nudillos en el tabique.
  • Daba golpes con ella, y los golpes no sonaban.
  • Todas sus ideas sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron, cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo.
  • Creyó ver a Segunda y oírla hablar con Encarnación.
  • El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.
  • Díjole la chiquilla que la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para el niño, y después se volvió a marchar.
  • Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico infalible, semejante a inspiración o numen profético.
  • Pero mientras la personalidad física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se determinaba con desusado vigor y fortaleza.
  • En aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión clara y enérgica de él.
  • Si me descuido pensó con gran ansiedad, me cogerá la muerte, y no podré hacer esto.
  • Con ella no necesito Sacramentos.
  • Sí, señora dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes más oficiosos del mundo.
  • Voy por el tintero y no tardó cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual venía a ser como un canasto.
  • Le pusieron entre las manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo finísimo de seda.
  • Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía.
  • Don Plácido dijo Fortunata con mucha animación.
  • Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y ahora se me alcanza lo mala que he sido.
  • ¿Está con finura?
  • Yo cargo con él, y que tiren por donde quieran.
  • Cogió la cesta, y bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara.
  • ¡Y yo solo aquí con ella!, y el crío allá abajo.
  • Cuidado con las drogas, Plácido, y no hagas una barbaridad.
  • Voy a tocar otro registro (con malicia).
  • Abre los ojos y le busca con las miradas.
  • Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo vivir, y sin duda con intenciones de pecar.
  • Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación).
  • Llame usted al médico indicó Plácido con ira.
  • Dale con gracia.
  • La santa y la placera, ambas con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba.
  • Fortunata miraba con expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, trataba de hablarle.
  • Y como le pida perdón de sus pecados con verdadera contrición, se lo dará.
  • Fortunata dijo quecon la cabeza.
  • Fortunata dijo quecon la cabeza, y sus miradas daban a entender que aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.
  • ¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?
  • Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el techo.
  • Hay que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño).
  • Basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza.
  • La moribunda movió la cabeza de un modo que podría pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma, sino una parte de ella afirmase.
  • Amiga querida, es preciso prepararse con formalidad.
  • Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la confiese.
  • La Pitusa no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al ataque con más brío y pasión.
  • Bueno, esa convicción me gusta (con inquietud).
  • Nones habló cariñosamente a la enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a sus palabras.
  • Pero es preciso, hija mía, confesar la fe de Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el corazón que nos perdone.
  • Xv Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía cierta corrección.
  • Ella misma, con los disparates que hacía.
  • Con permiso de usted, la voy a besar otra vez.
  • Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba.
  • Poco a poco fue tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.
  • Segunda y sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín, y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente.
  • Al mediodía estaba solo en ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los Dolores, yacía en el lecho.
  • Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.
  • Está furioso el infeliz, y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con el cual quiere fusilar a las pobres Samaniegas y a otra persona que suele pasear por el barrio.
  • La célebre doña Lupe estaba con el alma en un hilo.
  • Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle.
  • Y se ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera, coche de lujo con seis caballos.
  • Pero entró Plácido, sombrero en mano, y con ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había llegado doña Bárbara.
  • Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa.
  • Con la muerte de por medio, la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de darse un abrazo.
  • Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento ingenioso.
  • Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y legítima esposa.
  • Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida consorte.
  • Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna, cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño.
  • Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que nunca engañaban.
  • A solas con él, la dama se entretenía fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea.
  • Y tanto podía la imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al echarle al mundo.
  • También ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco.
  • Recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el de Moreno.
  • Xvi En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo constaba de dos o tres.
  • No toleraba él que la vida se llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien.
  • Segismundo no participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos.
  • Y créalo usted, me hubiera salido con la mía.
  • A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a Aurora, y no quiso más cuentas con él.
  • Segismundo fue el primero que penetró en la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el rostro y las ropas en desorden.
  • Ello es que yo he dormido, amigo Ballester dijo Rubín con relativa serenidad levantándose.
  • Sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye usted?
  • Volveré dijo Maxi con gravedad suma, cuando haya cumplido la promesa que a mi mujer hice.
  • ¿Apostamos a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está?
  • ¡Ay, Dios mío!, ya siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento vuelve.
  • Y ahora también, y ahora también afirmó Rubín con maniática insistencia.
  • Doña Lupe, hágame el favor de traerle la ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.
  • Una lápida preciosa, con el nombre de la difunta y una corona de rosas.
  • ¡Corona de rosas! exclamó la de los Pavos, que con toda su diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.
  • Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del morir.
  • Cuando salían del cementerio, entraba un entierro con bastante acompañamiento.
  • En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, expresó a su amigo estas ideas.
  • La quise con toda mi alma.
  • No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.
  • Calma, calma, amigo mío (con bondad).
  • Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón.
  • Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me hizo tanto daño.
  • Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
  • Ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros.
  • Desaparecieron las asquerosidades de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.
  • ¡Y conmigo! repitió Segismundo, con igual calor.
  • ¡Dichosos los que se consuelan así! ¡Dichosos mil veces, amigo mío! exclamó Rubín con entusiasmo, los que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.
  • Tía de mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde pueda vivir a solas con mis ideas.
  • Pero al llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible.
  • Los últimos ruiseñores, cansados de animar con sus trinos aquella noche de otoño, que por lo tibio de su ambiente parecía de primavera, lanzaban el gorjeo final como si les hiriese la luz del alba con sus reflejos de acero.
  • De las techumbres de paja de las barracas salían las bandadas de gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, y las copas de los árboles empezaban á estremecerse bajo los primeros jugueteos de estos granujas del espacio, que todo lo alborotaban con el roce de sus blusas de plumas.
  • Los campanarios de los pueblecitos devolvían con ruidoso badajeo el toque de misa primera que sonaba á lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la distancia.
  • Animábanse los caminos con filas de puntos negros y movibles, como rosarios de hormigas, marchando hacia la ciudad.
  • En las acequias conmovíase la tersa lámina de cristal rojizo con chapuzones que hacían callar á las ranas.
  • La vida, que con la luz inundaba la vega, iba penetrando en el interior de barracas y alquerías.
  • Chirriaban las puertas al abrirse, veíanse bajo los emparrados figuras blancas que se desperezaban con las manos tras el cogote, mirando el iluminado horizonte.
  • 1 ¡Buen día nos dé Dios! ¡Bòn día! Y tras este saludo, cambiado con toda la gravedad propia de una gente que lleva en sus venas sangre moruna y sólo puede hablar de Dios con gesto solemne, se hacía el silencio si el que pasaba era un desconocido, y si era íntimo, se le encargaba la compra en Valencia de pequeños objetos para la mujer ó para la casa.
  • En los rojizos surcos saltaban las alondras con la alegría de vivir un día más, y los traviesos gorriones, posándose en las ventanas todavía cerradas, picoteaban las maderas, diciendo á los de adentro con su chillido de vagabundos acostumbrados á vivir de gorra.
  • Levantábase á las tres, cargaba con los cestones de verduras cogidas por Tòni al cerrar la noche anterior entre reniegos y votos contra una pícara vida en la que tanto hay que trabajar, y á tientas por los senderos, guiándose en la obscuridad como buena hija de la huerta, marchaba á Valencia, mientras su marido, aquel buen mozo que tan caro le costaba, seguía roncando dentro del caliente estudi, bien arrebujado en las mantas del camón matrimonial.
  • Miraba con envidia, de la que no se daba cuenta, á los que podían beber una taza de café para combatir el fresco matinal.
  • Y con una paciencia de bestia sumisa esperaba que le diesen por las verduras el dinero que se había fijado en sus complicados cálculos, para mantener á Tòni y llevar la casa adelante.
  • Y tirando del ronzal de una vaca rubia, que llevaba pegado al rabo como amoroso satélite un ternerillo juguetón, volvía á la ciudad con la varita bajo el brazo y la medida de estaño para servir á los clientes.
  • La Ròcha, que así apodaban á la vaca por sus rubios pelos, mugía dulcemente, estremeciéndose bajo una gualdrapa de arpillera, herida por el fresco de la mañana, volviendo sus ojos húmedos hacia la barraca, que se quedaba atrás, con su establo negro, de ambiente pesado, en cuya paja olorosa pensaba con la voluptuosidad del sueño no satisfecho.
  • Pepeta la arreaba con su vara.
  • Por los ribazos laterales, con un brazo en la cesta y el otro balanceante, pasaban los interminables cordones de cigarreras é hilanderas de seda, toda la virginidad de la huerta, que iban á trabajar en las fábricas, dejando con el revoloteo de sus faldas una estela de castidad ruda y áspera.
  • Saltaban en las sendas los pardos conejos, con su sonrisa marrullera, enseñando, al huir, las rosadas posaderas partidas por el rabo en forma de botón.
  • Y sobre los montones de rubio estiércol, el gallo, rodeado de sus cloqueantes odaliscas, lanzaba un grito de sultán celoso, con la pupila ardiente y las barbillas rojas de cólera.
  • Pepeta, insensible á este despertar que presenciaba diariamente, seguía su marcha, cada vez con más prisa, el estómago vacío, las piernas doloridas y las ropas interiores impregnadas de un sudor de debilidad propio de su sangre blanca y pobre, que á lo mejor se escapaba durante semanas enteras, contraviniendo las reglas de la naturaleza.
  • Pepeta pasó entre los obreros de los arrabales que llegaban con el saquito del almuerzo pendiente del cuello, se detuvo en el fielato de Consumos para tomar su resguardo unas cuantas monedas que todos los días le dolían en el alma, y se metió por las desiertas calles, que animaba el cencerro de la Ròcha con un badajeo de melodía bucólica, haciendo soñar á los adormecidos burgueses con verdes prados y escenas idílicas de pastores.
  • ¡La lleeet! Jarro en mano bajaba la criada desgreñada, en chancleta, con los ojos hinchados, á recibir la leche, ó la vieja portera, todavía con la mantilla que se había puesto para ir á la misa del alba.
  • Pero su espíritu de mujer honrada y enferma sabía sobreponerse á esta impresión, y continuaba adelante con cierta altivez vanidosa, con un orgullo de hembra casta, consolándose al ver que ella, débil y agobiada por la miseria, aún era superior á otras.
  • La labradora, apretando los labios con un mohín de orgullo y desdén para que las distancias quedasen bien marcadas, comenzó á ordeñar las ubres de la Ròcha dentro del jarro que le presentaba la moza.
  • ¡Pepeta! dijo con voz indecisa, como si no tuviese la certeza de que era ella misma.
  • Lo afirmaba con tristes movimientos de cabeza.
  • La ramera, por costumbre del oficio, intentó acoger con cínica sonrisa, con el gesto excéptico del que conoce el secreto de la vida y no cree en nada, las exclamaciones de la escandalizada labradora.
  • Rosario se animó con la conversación.
  • Resucitaba dentro de la ramera, pasiva bestia acostumbrada á los golpes, la hija de la huerta, que desde que nace ve la escopeta colgada detrás de la puerta y en las festividades aspira con delicia el humo de la pólvora.
  • Le temblaban todos en la taberna de Copa, los domingos por la tarde, cuando jugaba al truco con los más guapos de la huerta.
  • Era exigencia del oficio cambiar el nombre, así como hablar con acento andaluz.
  • Y remedaba con rústica gracia la voz del marimacho invisible.
  • Recordaba, como si hubiera sido el día anterior, la espantosa tragedia que se tragó al tío Barret con toda su familia.
  • Ésta sólo interesaba á los muchachos, que, heredando el odio de sus padres, se metían por entre las ortigas de los campos yermos para acribillar á pedradas la abandonada vivienda, romper los maderos de su cerrada puerta, ó cegar con tierra y pedruscos el pozo que se abría bajo una parra vetusta.
  • Una selva enana, enmarañada y deforme se extendía sobre aquellos campos, con un oleaje de extraños tonos verdes, matizado á trechos por flores misteriosas y raras, de esas que sólo surgen en las ruinas y los cementerios.
  • Lagartos verdes de lomo rugoso, enormes escarabajos con caparazón de metálicos reflejos, arañas de patas cortas y vellosas, hasta culebras, que se deslizaban á las acequias inmediatas.
  • Y aunque causasen algún daño á los vecinos, estos los respetaban con cierta veneración, pues las siete plagas de Egipto parecían poca cosa á los de la huerta para arrojarlas sobre aquellos terrenos malditos.
  • En el centro de estos campos desolados, que se destacaban sobre la hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo verde, alzábase la barraca, ó más bien dicho, caía, con su montera de paja despanzurrada, enseñando por las aberturas que agujerearon el viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera.
  • La puerta estaba rota por debajo, roída por las ratas, con grietas que la cortaban de un extremo á otro.
  • Y su tétrica miseria aún resaltaba más al contrastar con las tierras próximas, rojas, bien cuidadas, llenas de correctas filas de hortalizas y de arbolillos, á cuyas hojas daba el otoño una transparencia acaramelada.
  • Era un pobre carro de labranza, tirado por un rocín viejo y huesudo, al que ayudaba en los baches difíciles un hombre alto que marchaba junto á él animándole con gritos y chasquidos de tralla.
  • En la cumbre de este revoltijo veíanse tres niños abrazados, que contemplaban los campos con ojos muy abiertos, como exploradores que visitan un país por vez primera.
  • Su exterior grave delataba al niño que, acostumbrado á luchar con la miseria, es un hombre á la edad en que otros juegan.
  • ¡Virgen Santísima! El carro se salía del camino, atravesaba el ruinoso puente de troncos y tierra que daba acceso á las tierras malditas, y se metía por los campos del tío Barret, aplastando con sus ruedas la maleza respetada.
  • La familia seguía detrás, manifestando con gestos y palabras confusas la impresión que le causaba tanta miseria, pero en línea recta hacia la destrozada barraca, como quien toma posesión de lo que es suyo.
  • Pimentó estaba tendido á un lado de su barraca, fumando perezosamente, con la vista fija en tres varitas untadas con liga, puestas al sol, en torno de las cuales revoloteaban algunos pájaros.
  • Al ver llegar á su mujer con los ojos asombrados y el pobre pecho jadeante, Pimentó cambió de postura para escuchar mejor, recomendándola que no se aproximase á las varitas.
  • Pepeta, con la emoción y el cansancio, apenas pudo decir dos palabras seguidas.
  • Pimentó, cazador de pájaros con liga, enemigo del trabajo y terror de la contornada, no pudo conservar su gravedad impasible de gran señor ante tan inesperada noticia.
  • II Cuando en época de cosecha contemplaba el tío Barret los cuadros de distinto cultivo en que estaban divididas sus tierras, no podía contener un sentimiento de orgullo, y mirando los altos trigos, las coles con su cogollo de rizada blonda, los melones asomando el verde lomo á flor de tierra ó los pimientos y tomates medio ocultos por el follaje, alababa la bondad de sus campos y los esfuerzos de todos sus antecesores al trabajarlos mejor que los demás de la huerta.
  • Cinco ó seis generaciones de Barrets habían pasado su vida labrando la misma tierra, volviéndola al revés, medicinando sus entrañas con ardoroso estiércol, cuidando que no decreciera su jugo vital, acariciando y peinando con el azadón y la reja todos aquellos terrones, de los cuales no había uno que no estuviera regado con el sudor y la sangre de la familia.
  • Hacía muchos años, muchos en los tiempos que el tío Tomba, un anciano casi ciego que guardaba el pobre rebaño de un carnicero de Alboraya, iba por el mundo, en la partida del Fraile, disparando trabucazos contra los franceses, estas tierras fueron de los religiosos de San Miguel de los Reyes, unos buenos señores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos, dándose por satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, les recibiera la abuela, que era entonces una real moza, obsequiándolos con hondas jícaras de chocolate y las primicias de los frutales.
  • Cuando toda la huerta dormía aún, ya estaba él, á la indecisa claridad del amanecer, arañando sus tierras, cada vez más convencido de que no podría con ellas.
  • Y no pudiendo con todo el trabajo, dejaba improductiva y en barbecho la mitad de su tierra feraz, pretendiendo con el cultivo de la otra mantener á la familia y pagar al amo.
  • Y mientras ellas, que ya comenzaban á llamar la atención de los mozos de la huerta, asistían con pañuelos de seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas á las fiestas de los pueblecillos, ó despertaban al amanecer para ir descalzas y en camisa á mirar por las rendijas del ventanillo quiénes eran los que cantaban les albaes 2 ó las obsequiaban con rasgueos de guitarra, el pobre tío Barret, empeñado cada vez más en nivelar su presupuesto, sacaba, onza tras onza, todo el puñado de oro amasado ochavo sobre ochavo que le había dejado su padre, acallando así á don Salvador, viejo avaro que nunca tenía bastante, y no contento con exprimirle, hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del arrendamiento.
  • Todas las tardes, envuelto en una vieja capa, que llevaba hasta en primavera, con aspecto sórdido de mendigo, y acompañado de las maldiciones y gestos hostiles que dejaba á su espalda, iba por las sendas visitando á los colonos.
  • Era la tenacidad del avaro que desea estar en contacto á todas horas con sus propiedades, la pegajosidad del usurero que siempre tiene cuentas pendientes que arreglar.
  • Los hombres se escondían para evitar penosas excusas y las mujeres salían á la puerta de la barraca con la vista en el suelo y la mentira á punto para rogar á don Salvador que tuviese paciencia, contestando con lágrimas á sus bufidos y amenazas.
  • Con gente así siempre pierde el pobre.
  • Sólo contaba con lo que produjesen los campos.
  • Parecíale que sus hortalizas crecían con menos rapidez que las de los vecinos.
  • El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y demencia laboriosa, quedábase en los huesos, encorvado como un octogenario, con los ojos hundidos.
  • El rocín del tío Barret, un animal sufrido que le seguía en todos sus desesperados esfuerzos, cansado de trabajar de día y de noche, de ir tirando del carro al Mercado de Valencia con carga de hortalizas, y á continuación, sin tiempo para respirar ni desudarse, verse enganchado al arado, tomó el partido de morir, antes que permitirse el menor intento de rebelión contra su pobre amo.
  • ¡Entonces sí que se consideró perdido irremisiblemente el pobre labrador! Con desesperación miró sus campos, que ya no podía cultivar.
  • Las hileras de frescas hortalizas, que la gente de la ciudad consumía con indiferencia, sin sospechar las angustias que su producción hace sufrir á un pobre padre en continua batalla con la tierra y la miseria.
  • El insufrible tacaño, el voraz usurero, al conocer su desgracia le ofreció ayuda con una bondad paternal y conmovedora.
  • Pues allí estaba él para ayudarle, demostrando con esto cuán injustos eran los que le odiaban y hablaban mal de su persona.
  • Y prestó dinero á Barret, con el insignificante detalle de exigirle una firma los negocios son negocios al pie de cierto papel en el que se hablaba de interés, de acumulación de réditos, de responsabilidad de la deuda, mencionando para esto último los muebles, las herramientas, todo cuanto poseía el labrador en su barraca, incluso los animales del corral.
  • Barret, animado por la posesión de un nuevo rocín joven y brioso, volvió con más ahinco á su trabajo, á matarse sobre aquellos terruños, que parecían crecer según disminuían sus fuerzas, envolviéndolo como un sudario rojo.
  • Estaban regados con el sudor da la familia.
  • Y ahora venía á apretarle la argolla, á hacerle morir con sus recordatorios, aquel viejo sin entrañas que era el amo, aunque no sabía coger un azadón ni en su vida había doblegado el espinazo.
  • ¡Ah! Y por esto mismo le recordaba que habría que hacer efectivo el préstamo para la compra del rocín, cantidad que con los réditos ascendía á.
  • El pobre labrador ni se fijó en los miles de reales á que subía su deuda con los dichosos réditos.
  • Y continuó embozando su crueldad con frases de hipócrita sentimiento.
  • Fué varias veces á Valencia á la casa del amo para hablarle de sus antepasados, de los derechos morales que tenía sobre aquellas tierras, á pedirle un poco de paciencia, afirmando con loca esperanza que él pagaría, y al fin el avaro acabó por no abrirle su puerta.
  • ¡A ver quién era el guapo que le hacía salir de su barraca! Y siguió trabajando, aunque con recelo, mirando ansiosamente siempre que pasaba algún desconocido por los caminos inmediatos, como quien aguarda de un momento á otro ser atacado por una gavilla de bandidos.
  • Tan inaudito resultaba esto para el pobre tío Barret, que sonrió con incredulidad.
  • ¡quiá! ¡Ni que viviera uno entre salvajes, sin caridad ni religión! Pero en la tarde, cuando vió venir por el camino á unos señores vestidos de negro, fúnebres pajarracos con alas de papel arrolladas bajo el brazo, ya no dudó.
  • Salieron corriendo su mujer, enferma, y las cuatro hijas, gritando como locas, y se abrazaron á él, intentando arrancarle la escopeta, tirando del cañón con ambas manos.
  • Y tales fueron los gritos de este grupo, que luchando y forcejeando iba de un pilar á otro del emparrado, que empezaron á salir gentes de las vecinas barracas, y llegaron corriendo, en tropel, ansiosas, con la solidaridad fraternal de los que viven en despoblado.
  • Pero el valentón sonreía bondadosamente, satisfecho de mostrarse prudente y paternal con este viejo rabioso.
  • ¡Mucho ojo, tío Barret ! Aquella gente era de justicia, y el pobre siempre pierde metiéndose con ella.
  • Y al mismo tiempo los negros pajarracos escribían papeles y más papeles en la barraca de Barret, revolviendo impasibles los muebles y las ropas, inventariando hasta el corral y el establo, mientras la esposa y las hijas gemían desesperadamente y la multitud agolpada á la puerta seguía con terror todos los detalles del embargo, intentando consolar á las pobres mujeres, prorrumpiendo á la sordina en maldiciones contra el judío don Salvador y aquellos tíos que se prestaban á obedecer á semejante perro.
  • á la familia del tío Barret la querían todos, y con ella partirían un rollo si no había más.
  • La mujer y las hijas del arruinado labrador fuéronse con unas vecinas á pasar la noche en sus barracas.
  • Contestaba con secos monosílabos á las reflexiones de aquel terne, que ahora las echaba de bonachón.
  • ¡Tórnam la escopeta! Y Pimentó sonreía con cierta admiración.
  • Barret se enfurecía cada vez más con el mozo.
  • Aún se destacaba en la obscuridad la blancura del nítido enjalbegado con que sus chicas las cubrieron tres meses antes.
  • Y aquella montera de paja, tan alta, tan esbelta, con las dos crucecitas en sus extremos, la había levantado él de nuevo, en sustitución de la antigua, que hacía agua por todas partes.
  • Continuaba rugiendo en su cabeza el ansia de destrucción, y para satisfacerla se metió con la hoz en la mano en aquellos campos que habían sido sus verdugos.
  • ¡Nadie se aprovecharía de su trabajo! Y así estuvo hasta cerca del amanecer, cortando, aplastando con locos pataleos, jurando á gritos, rugiendo blasfemias.
  • Barret les contestó con desprecio.
  • ¡Ladrón! ¡Después que se había quedado con su escopeta!
  • Se mostró con los carreteros que le compadecían expresivo y confiado.
  • Hasta que, molestado por la dura mirada de los dueños, que adivinaban su estado, sintió una vaga impresión de vergüenza y salió sin saludar, andando con paso inseguro.
  • Veía con los ojos cerrados un gran huerto de naranjos que existía á más de una hora de distancia, entre Benimaclet y el mar.
  • Allí había ido él muchas veces por sus asuntos, y allá iba ahora, á ver si el demonio era tan bueno que le hacía tropezar con el amo, el cual raro era el día que no inspeccionaba con su mirada de avaro los hermosos árboles uno por uno, como si tuviese contadas las naranjas.
  • Ya no sabía con qué objeto había llegado hasta allí, tan lejos de la parte de la huerta donde vivían los suyos, y acabó por dejarse caer en un campo de cáñamo á orillas del camino.
  • Ya alcanzaba á contemplar su huerto, ya se reía del miedo pasado, cuando vió saltar del bancal de cáñamo al propio Barret, y le pareció un enorme demonio, con la cara roja, los brazos extendidos, impidiéndole toda fuga, acorralándolo en el borde de la acequia que corría paralela al camino.
  • ¡Barret! ¡hijo mío! dijo con voz entrecortada.
  • Como tenía la acequia detrás de él, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo atrás, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos.
  • ¡Embustero! ¡embustero! contestaba con una voz semejante á un ronquido.
  • Quedó colgando de los tendones y la piel, y el rojo muñón arrojó la sangre con fuerza, salpicando á Barret, que rugió al recibir en el rostro la caliente rociada.
  • Y mientras tanto, la cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda brecha y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde.
  • ¿Habéis visto el gesto hipócrita, el regocijado silencio con que acoge un pueblo la muerte del gobernante que le oprime?
  • Los domingos iban como en peregrinación hombres y mujeres á la cárcel de Valencia para contemplar á través de los barrotes al pobre libertador, cada vez más enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.
  • Y la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marchó al Hospital, muriendo al poco tiempo.
  • La gente de la huerta, con la facilidad que tiene todo el mundo para olvidar la desgracia ajena, apenas si de tarde en tarde recordaba la espantosa tragedia del tío Barret, preguntándose qué sería de sus hijas.
  • ¡A ver quién era el guapo que se atrevía á meterse en aquellas tierras! Y toda la gente de la huerta, hasta las mujeres y los niños, parecían contestar con sus miradas de mutua inteligencia.
  • Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron á surgir de la tierra maldita que el tío Barret había pateado y herido con su hoz la última noche, como presintiendo que por culpa de ella moriría en presidio.
  • Un labrador habitante en otro distrito de la huerta, hombre que las echaba de guapo y nunca tenía bastante tierra, sintióse tentado por el bajo precio del arrendamiento y apechugó con unos campos que á todos inspiraban miedo.
  • Iba á labrar la tierra con la escopeta al hombro.
  • Con enemigos así no era posible luchar.
  • Hasta viejas achacosas que jamás salían de sus barracas declararon que aquel día, á la misma hora en que sonaron los dos tiros, Pimentó estaba en una taberna de Alboraya de francachela con sus amigos.
  • Nada se podía contra estas gentes de gesto imbécil y mirada cándida, que rascándose el cogote mentían con tanto aplomo.
  • Todos sabrían en adelante que el cultivo de aquellas tierras se pagaba con la piel.
  • Y por la noche, cuando se retiraban con el azadón al hombro, no faltaba una buena alma que los llamase desde la puerta de la taberna de Copa.
  • Los hacían entrar, los convidaban á beber y luego les iban hablando al oído con la cara ceñuda y el acento paternal y bondadoso, como quien aconseja á un niño que evite el peligro.
  • Los hombres en los campos, encorvados, con la vista en el suelo, sin dar descanso á los activos brazos.
  • Y el duro pan parecía más sabroso, el vino mejor, el trabajo menos pesado, imaginándose las rabietas de los dos avaros, que con todo su dinero habían de sufrir que los rústicos de la huerta se burlasen de ellos.
  • ¡él! fuese quien fuese estaba allí con toda su familia, instalándose sin reparo.
  • Y Dios premió su laboriosidad enviándole cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes, según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir pan á todas horas.
  • Si algún animal caía enfermo á causa de las lluvias era seguramente de Batiste á pesar del cuidado paternal con que se apresuraba á cubrir los flancos de sus bestias con gualdrapas de arpillera apenas caían cuatro gotas.
  • En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de pasar meses enteros lejos de la familia, á la que adoraba con el afecto reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó pérdidas y vió su situación cada vez más comprometida.
  • Fué su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en el horizonte.
  • Siempre verdes, con las entrañas incansables engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja á todas horas como vivificante sangre por las innumerables acequias y regadoras que surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias.
  • Fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo pequeños, parecían pañuelos de follaje.
  • Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas si se fijó en la curiosidad de los vecinos.
  • Los vecinos burlábanse de todos ellos con una ironía que delataba su sorda irritación.
  • Teresa la mujer y Roseta la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente.
  • El hijo mayor hacía continuos viajes á Valencia con la espuerta al hombro, trayendo estiércol y escombros, que colocaba en dos montones, como columnas de honor, á la entrada de la barraca.
  • Batiste las entabló y labró con ayuda del viejo y animoso rocín, que parecía de la familia.
  • Y con la alegría del que después de una penosa navegación descubre el puerto, la familia procedió á la siembra.
  • Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola de arrugas.
  • Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el cayado por delante tanteando el terreno.
  • La familia le miró con atención.
  • Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenía por imposible.
  • Y el pastor llamó á su rebaño, le hizo emprender la marcha por el camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus descarnados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el porvenir ó de profeta que husmea la ruina, le gritó á Batiste.
  • Todos hablaban únicamente de los respetos que merecía el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades se comía los franceses crudos, que había visto mucho mundo, y cuya sabiduría, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes, inspiraba un respeto supersticioso á la gente de las barracas.
  • Los montones formados por Batistet se agrandaron considerablemente con las expediciones del padre.
  • Contempló con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena maña de los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda.
  • Hasta las crucecitas de sus extremos fueron sustituídas por otras que la navaja de Batiste trabajó cucamente, adornando sus aristas con dentelladas muescas.
  • Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta, pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran allí en las horas de la tarde.
  • El pozo, después de una semana de descensos y penosos acarreos, quedó limpio de todas las piedras y la basura con que la pillería huertana lo había atiborrado durante diez años, y otra vez su agua limpia y fresca volvió á subir en musgoso pozal, con alegres chirridos de la garrucha, que parecía reirse de las gentes del contorno con una estridente carcajada de vieja maliciosa.
  • Aquel hombre parecía poseer con sus membrudos brazos dos varitas mágicas que lo transformaban todo al tocarlo.
  • El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza purpúrea.
  • Una fila de pucheros desportillados pintados de azul servían de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y por la puerta entreabierta ah, fanfarrón veíase la cantarera nueva, con sus chapas de blancos azulejos y sus cántaros verdes de charolada panza.
  • Y Pimentó se rascaba la frente oyéndoles, con cierta confusión.
  • Las palabras de Pimentó tranquilizaban á los vecinos, y éstos seguían con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en silencio que llegase pronto la hora de su ruina.
  • Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de la barraca, no servía para gran cosa, y gracias á la protección de los hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de sedas.
  • Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
  • Batiste se detuvo, lamentando en su interior no llevar consigo ni una mala navaja, ni una hoz, pero sereno, tranquilo, irguiendo su cabeza redonda con la expresión imperiosa tan temida por su familia y cruzando sobre el pecho los forzudos brazos de antiguo mozo de molino.
  • Conocía á aquel hombre, aunque jamás había hablado con él.
  • El valentón midió con una mirada al odiado intruso, y le habló con voz melosa, esforzándose por dar á su ferocidad y mala intención un acento de bondadoso consejo.
  • Había que seguir su consejo, é irse á otra parte con su familia.
  • No había guapo que le hiciera abandonar lo que era suyo, lo que estaba regado con su sudor y había de dar el pan á su familia.
  • Cada cual que se meta en su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar á nadie.
  • Luego, pasando ante el matón, continuó su camino, volviéndole la espalda con una confianza despectiva.
  • Llegaban unos tirando de sus caballejos con el serón cargado de estiércol, contentos de la colecta hecha en las calles.
  • Y mientras los viejos conversaban con las mujeres, los jóvenes se metían en el cafetín cercano, para matar el tiempo ante la copa de aguardiente, mascullando su cigarro de tres céntimos.
  • El alguacil del tribunal, que llevaba más de cincuenta años de lucha con esta tropa insolente y agresiva, colocaba á la sombra de la portada ojival las piezas de un sofá de viejo damasco, y tendía después una verja baja, cerrando el espacio de acera que había de servir de sala de audiencia.
  • En el tímpano aparecía la Virgen con seis ángeles de rígidas albas y alas de menudo plumaje, mofletudos, con llameante tupé y pesados tirabuzones, tocando violas y flautas, caramillos y tambores.
  • Arriba, al final de la portada, abríase, como gigantesca flor cubierta de alambrado, el rosetón de colores que daba luz á la iglesia, y en la parte baja, en la base de las columnas adornadas con escudos de Aragón, la piedra estaba gastada, las aristas y los follajes borrosos por el frote de innumerables generaciones.
  • Allí se había agitado en otros siglos, vociferante y rojo de rabia, el valencianismo levantisco, y los santos de la portada, mutilados y lisos como momias egipcias, al mirar al cielo con sus rotas cabezas, parecían estar oyendo aún la revolucionaria campana de la Unión ó los arcabuzazos de la Germanías.
  • Iban llegando, solemnes, con una majestad de labriegos ricos, vestidos de negro, con blancas alpargatas y pañuelo de seda bajo el ancho sombrero.
  • La gente labradora miraba con respeto á estos jueces salidos de su clase, cuyas deliberaciones no admitían apelación.
  • El otro, grueso y majestuoso, con ojillos que apenas si se veían bajo los dos puñados de pelo blanco de sus cejas, era Mislata.
  • La de la izquierda del río, la de las cuatro acequias, la que encierra la huerta de Ruzafa con sus caminos de frondoso follaje que van á extinguirse en los límites del lago de la Albufera, y la vega de la derecha del Turia, la poética, la de las fresas de Benimaclet, las chufas de Alboraya y los jardines siempre exuberantes de flores.
  • Descubriéronse las siete acequias, quedando con las manos sobre las rodillas y la vista en el suelo, y el más viejo pronunció la frase de costumbre.
  • La ausencia del papel sellado y del escribano aterrador era lo que más gustaba á unas gentes acostumbradas á mirar con miedo supersticioso el arte de escribir, por lo mismo que lo desconocen.
  • Los jueces guardaban las declaraciones de los testigos en su memoria y sentenciaban inmediatamente, con la tranquilidad del que sabe que sus decisiones han de ser cumplidas.
  • Al que se insolentaba con el tribunal, multa.
  • Con este tribunal no jugaba nadie.
  • Y el público, no queriendo perder palabra, hombres, mujeres y chicos estrujábanse contra la verja, retrocediendo algunas veces con violentos movimientos de espaldas para librarse de la asfixia.
  • El alguacil les recogía las varas y cayados, considerándolos armas ofensivas, incompatibles con el respeto al tribunal.
  • Los empujaba luego hasta dejarlos plantados á pocos pasos de los jueces, con la manta doblada sobre las manos.
  • Era el desfile una continua exposición de cuestiones intrincadas, que los jueces legos resolvían con pasmosa facilidad.
  • Los guardas de las acequias y los atandadores encargados de establecer el turno en el riego formulaban sus denuncias, y comparecían los querellados á defenderse con razones.
  • El viejo dejaba hablar á los hijos, que sabían expresarse con más energía.
  • ¡Querían perderle! Pero las siete acequias acogían estas interrupciones con furibundas miradas.
  • Sin abandonar su asiento, los jueces juntaban sus cabezas como cabras juguetonas, cuchicheaban sordamente algunos segundos, y el más viejo, con voz reposada y solemne, pronunciaba la sentencia, marcando las multas en libras y sueldos, como si la moneda no hubiese sufrido ninguna transformación y aún fuese á pasar por el centro de la plaza el majestuoso Justicia, gobernador popular de la Valencia antigua, con su gramalla roja y su escolta de ballesteros de la Pluma.
  • Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja.
  • Parle vosté 8 dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por vicio secular, el tribunal, en vez de valerse de las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.
  • ¡Mentira y recontramentira! El tribunal se indignó ante la energía y la falta de respeto con que protestaba aquel hombre.
  • Quedó inmóvil, con la cabeza baja y los ojos empañados por lágrimas de cólera mientras su brutal enemigo acababa de formular la denuncia.
  • Pero en las miradas de los jueces se notaba poco interés por este intruso alborotador que venía á turbar con sus protestas la solemnidad de las deliberaciones.
  • Batiste salió ciego del tribunal, con la cabeza baja, como si fuera á embestir, y Pimentó permaneció prudentemente á sus espaldas.
  • ¡Cuatre sòus de multa! Vio á lo lejos, en la puerta de la taberna de Copa, á su enemigo Pimentó, con el porrón en la mano, ocupando el centro de un corro de amigos, gesticulante y risueño, como si imitase las protestas y quejas del denunciado.
  • Hasta pensó novedad extraña entrar por primera vez en la taberna para beber un vaso de vino cara á cara con sus enemigos.
  • Al pasar frente á la taberna, se ocultó Pimentó con la excusa de llenar el porrón, y sus amigos fingieron no ver á Batiste.
  • Hasta de día evitaba el abandonar sus campos, rehuyendo el roce con los vecinos.
  • Pero, como hombre prudente, evitaba las cuestiones con ellos.
  • De noche dormía con zozobra, y muchas veces, al menor ladrido del perro, saltaba de la cama, lanzándose fuera de la barraca escopeta en mano.
  • Temía por su cosecha, por el trigo, que era la esperanza de la familia, y cuyo crecimiento seguían todos los de la barraca silenciosamente con miradas ávidas.
  • Los hombres que trabajaban en los campos cercanos al camino llamábanse unos á otros con expresiones insolentes que indirectamente iban dirigidas á Batiste, y los chicuelos, desde lejos, gritaban.
  • 11 ¡Judío! ¡Ah! Si él no tuviera sus puños de gigante, las espaldas enormes y aquel gesto de pocos amigos, ¡qué pronto hubiera dado cuenta de él toda la vega! Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se contentaban con hostilizarle desde lejos.
  • Cerca ya de la barraca, cuando oía los ladridos de su perro, que le había adivinado, vió un muchacho, un zagalón, que, sentado en un ribazo, con la hoz entre las piernas y teniendo al lado unos montones de broza segada, se incorporó para saludarle.
  • ¡Bòn día, siñor Batiste! Y el saludo, la voz trémula de muchacho tímido con que le habló, le impresionaron dulcemente.
  • Miró con cariño sus ojazos azules, su cara sonrosada cubierta por un vello rubio, y buscó en su memoria quién podía ser este mozo.
  • Le faltaba el riego, la tanda que le había robado Pimentó con sus astucias de mal hombre, y no volvería á corresponderle hasta pasados quince días, porque el agua escaseaba.
  • La pobre Teresa escuchó á su marido, pálida, con la emoción de la campesina que siente punzadas en el corazón cada vez que ha de deshacer el nudo de la media guardadora del dinero en el fondo del arca.
  • Después enrojeció con repentina rabia, mirando el pedazo de vega que se veía á través de la puerta, con sus blancas barracas y su oleaje verde, y extendiendo los brazos gritó.
  • Mirábanse unos á otros con indecisión y extrañeza, hurgábanse las narices por hacer algo y acabaron todos por imitar á la madre, llorando sobre el arroz.
  • Casi volcó la pequeña mesa con una de sus patadas, y se lanzó fuera de la barraca.
  • Quiso distraerse con el trabajo, y se entregó con toda su voluntad á la obra que llevaba entre manos.
  • Y con las manos llenas de barro volvió á salir de la barraca, quedando plantado ante su bancal de mustio trigo.
  • Y su pobre trigo allí, arrugándose, languideciendo, agitando su cabellera verde, como si hiciera señas al agua para que se aproximara y le acariciase con un fresco beso.
  • ¡Si no hubiera Guardia civil! Y como los náufragos agonizantes de hambre y de sed, que en sus delirios sólo ven mesas de festín y clarísimos manantiales, Batiste contempló imaginariamente campos de trigo con los tallos verdes y erguidos y el agua entrando á borbotones por las bocas de los ribazos, extendiéndose con un temblor luminoso, como si riera suavemente al sentir las cosquillas de la tierra sedienta.
  • Se alejó de sus campos, de su barraca, yendo insensiblemente camino abajo, con paso lento, hacia la taberna de Copa.
  • Ya no pensaba en la existencia de la Guardia civil y acogía con gusto la posibilidad de un encuentro con Pimentó, que no debía andar lejos de la taberna.
  • En el fondo, sobre las obscuras montañas, coloreábanse las nubes con resplandor de lejano incendio.
  • Con el canto monótono de ranas y grillos confundíase el chirrido de carros invisibles alejándose por todos los caminos de la inmensa llanura.
  • Batiste vio venir á su hija, separada de las otras muchachas, caminando con paso perezoso.
  • Creyó ver que hablaba con un hombre, el cual seguía la misma dirección que ella, aunque algo separado, como van siempre los novios en la huerta, pues la aproximación es para ellos signo de pecado.
  • Éste permaneció inmóvil, con el deseo de que el desconocido siguiese adelante, para conocerle.
  • Este zagal no parecía tener otra ocupación que vagar por los caminos para saludarle y metérsele por los ojos con blanda dulzura.
  • Y con la terrible majestad del padre latino, señor absoluto de sus hijos, más propenso á infundir miedo que á inspirar afecto, empezó á andar seguido por la trémula Roseta, la cual, al acercarse á su barraca, creía marchar hacia una paliza segura.
  • Y Batiste seguía pensando en su campo, sentado ante la mesilla enana, rodeado de toda su familia menuda, que á la luz del candil miraba con avaricia una cazuela humeante de bacalao con patatas.
  • La mujer todavía suspiraba pensando en la multa, y establecía sin duda comparaciones entre la cantidad fabulosa que iban á arrancarle y el desahogo con que toda la familia movía sus mandíbulas.
  • Batistet, el hijo mayor, hasta se apoderaba con fingida distracción de los mendrugos de los pequeños.
  • La familia sentía el alborozo de un pueblo que con la rebeldía recobra la libertad.
  • Batiste se metió en la acequia hasta las rodillas, colocando la barrera que había de detener las aguas, mientras su hijo, su mujer y hasta su hija atacaban con los azadones el ribazo, abriendo boquetes por donde entraba el riego á borbotones.
  • La tierra cantaba de alegría con un goloso glu glu que les llegaba al corazón á todos ellos.
  • Batiste mugió con la satisfacción cruel que produce el goce de lo prohibido.
  • Con el arma sobre el brazo y el dedo en el gatillo, estuvo más de una hora junto á la barrera de la acequia.
  • Se derramaba en los campos de Batiste, que bebían y bebían con la sed del hidrópico.
  • La huerta se había enterado de que en la antigua barraca de Barret el único objeto de valor era una escopeta de dos cañones, comprada recientemente por el intruso con esa pasión africana del valenciano, que se priva gustoso del pan por tener detrás de la puerta de su vivienda un arma nueva que excite envidias é inspire respeto.
  • V Todos los días, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de Batiste, y con los ojos hinchados por el sueño, extendiendo los brazos con gentiles desperezos que estremecían todo su cuerpo de rubia esbelta, abría la puerta de la barraca.
  • Con esto y tres sardinas que encontraría en el vasar tenía bastante.
  • Cuidado con romper la cazuela, como el otro día.
  • Colocaba la mísera comida en una cestita, se pasaba un peine por los pelos de un rubio claro, como si el sol hubiese devorado su color, se anudaba el pañuelo bajo la barba, y antes de salir volvíase con un cariño de hermana mayor para ver si los chicos estaban bien tapados, inquieta por esta gente menuda, que dormía en el suelo de su mismo estudi, y acostada en orden de mayor á menor desde el grandullón Batistet hasta el pequeñuelo que apenas hablaba, parecía la tubería de un órgano.
  • Pasaban los grupos de airosas hilanderas con un paso igual, moviendo garbosamente el brazo derecho, que cortaba el aire como un remo, y chillando todas á coro cada vez que algún mocetón las saludaba desde los campos vecinos con palabras amorosas.
  • Rodaban poleas y tornos con un estrépito de mil diablos.
  • Y por si no bastase tanto ruido, las hilanderas, según costumbre tradicional, cantaban á coro con voz gangosa el Padre nuestro, el Ave María y el Gloria Patri, con la misma tonadilla del llamado Rosario de la Aurora, procesión que desfila por los senderos de la huerta los domingos al amanecer.
  • Esta devoción no les impedía que riesen cantando, y por lo bajo, entre oración y oración, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro arañazos á la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la rígida tiranía que reina en la familia labriega y obligadas por preocupación hereditaria á estar siempre ante los hombres con los ojos bajos, eran allí verdaderos demonios al verse juntas y sin freno, complaciéndose sus lenguas en soltar todo lo oído en los caminos á carreteros y labradores.
  • Tenía tal facilidad para aprenderlo todo, que á las pocas semanas ganaba tres reales diarios, casi el máximum del jornal, con grande envidia de las otras.
  • Mientras las bandas de muchachas despeinadas salían de la fábrica á la hora de comer para engullirse el contenido de sus cazuelas en los portales inmediatos, hostilizando á los hombres con miradas insolentes para que les dijesen algo y chillar después falsamente escandalizadas, emprendiendo con ellos un tiroteo de desvergüenzas, Roseta quedábase en un rincón del taller sentada en el suelo, con dos ó tres jóvenes que eran de la otra huerta, de la orilla derecha del río, y maldito si les interesaba la historia del tío Barret y los odios de sus compañeras.
  • En las primeras semanas, Roseta veía con cierto terror la llegada del anochecer, y con él la hora de la salida.
  • Pero después caía en la huerta obscura, con sus ruidos misteriosos, sus bultos negros y alarmantes que pasaban saludándola con un ¡Bòna nit! lúgubre, y comenzaban para ella el miedo y el castañeteo de dientes.
  • Recordaba con pavor ciertas historias de la huerta oídas en la fábrica.
  • Y Roseta, que ya no era inocente después de su entrada en la fábrica, dejaba correr su imaginación hasta los últimos límites de lo horrible, viéndose asesinada por uno de estos monstruos, con el vientre abierto y rebañado por dentro lo mismo que los niños de que hablaban las leyendas de la huerta, á los cuales unos verdugos misteriosos sacaban las mantecas, confeccionando milagrosos medicamentos para los ricos.
  • Realizaba un esfuerzo de voluntad, como el que va á arrojarse de una altura, y siguiendo el borde de la acequia, con paso ligerísimo y el equilibrio portentoso que da el miedo, pasaba veloz ante la taberna.
  • No se serenaba hasta escuchar el ladrido del perro de su barraca, aquel animal feísimo, que por antítesis sin duda era llamado Lucero, y el cual la recibía en medio del camino con cabriolas, lamiendo sus manos.
  • La pobre muchacha componía el gesto al entrar en la barraca, y á las preguntas de su madre, inquieta, contestaba echándola de valerosa y afirmando que había llegado con unas compañeras.
  • La taberna de Copa con su gente pendenciera le inspiraba mucho miedo.
  • Y al día siguiente volvía á la fábrica, para sufrir los mismos temores al regreso, animada únicamente por la esperanza de que pronto vendría la primavera, con sus tardes más largas y los crepúsculos luminosos, que la permitirían volver á la barraca antes que obscureciese.
  • ¡Bòna nit! Y mientras la hilandera iba por el alto ribazo que bordeaba el camino, el hombre marchaba por el fondo, entre los profundos surcos abiertos por las ruedas de los carros, tropezando en ladrillos rotos, pucheros desportillados y hasta objetos de vidrio, con los que manos previsoras querían cegar los baches de remoto origen.
  • Todo á cambio de malcomer él y su abuelo y de ir hecho un rotoso, con ropas viejas de su amo.
  • La hilandera se animó con su compañía.
  • Le habló, preguntándole de dónde venía, y el joven sólo supo contestar vagamente con su habitual timidez.
  • En ciertas ocasiones, al volver bruscamente la cabeza, creía haberle sorprendido con los ojos fijos en ella.
  • Y la muchacha, como si estuviera hilando un capullo, agarraba estos cabos sueltos de su memoria y tiraba y tiraba, recordando todo lo de su existencia que tenía relación con Tonet.
  • Y Tonet, halagado por el servicio que prestaba á la joven, despegó los labios al fin, para decirla que la acompañaría con frecuencia.
  • Se despidieron con el laconismo del día anterior.
  • Después salía un lobo á morderla, con un hocico que recordaba vagamente al odiado Pimentó, y reñían los dos animales á dentelladas, y salía su padre con un garrote, y ella lloraba como si la soltasen en las espaldas los garrotazos que recibía su pobre perro.
  • Y así seguía desbarrando su imaginación, pero viendo siempre en las atropelladas escenas de su ensueño al nieto del tío Tomba, con sus ojos azules y su cara de muchacha cubierta por un vello rubio, que era el primer asomo de la edad viril.
  • Roseta comenzó á arreglarse para ir con su madre á misa.
  • Sentíase otra, con distintos pensamientos, cual si la noche anterior fuese una pared que dividía en dos partes su existencia.
  • Cantaba alegre como un pájaro, mientras iba sacando la ropa del arca y la colocaba sobre su lecho, aún caliente y con las huellas de su cuerpo.
  • Mucho le gustaban los domingos, con su libertad para levantarse más tarde, sus horas de holganza y su viajecito á Alboraya para oir la misa.
  • Pero aquel domingo era mejor que los otros, brillaba más el sol, cantaban con más fuerza los pájaros, entraba por el ventanillo un aire que olía á gloria.
  • Y como si fuese una gala nueva que veía por primera vez, metióse por la cabeza con gran cuidado, cual si fuese de sutiles blondas, la saya de percal de todos los domingos.
  • Luego se apretó mucho el corsé, como si no le oprimiese aún bastante aquel armazón de altas palas, un verdadero corsé de labradora, que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues en la huerta valenciana es impudor que las solteras no oculten los seductores adornos de la Naturaleza para que nadie pueda pecaminosamente suponer en la virgen la futura maternidad.
  • Por primera vez en su vida pasó la hilandera más de un cuarto de hora ante el medio palmo de cristal con azogue y marco de pino barnizado que le regaló su padre, espejo en el que había que contemplar la cara por secciones.
  • El pelo rubio blanquecino, con la finura flácida de la seda.
  • Mientras tanto, Roseta se peinaba con calma, para deshacer á continuación su obra, poco satisfecha de ella.
  • Luego se arreglaba la mantilla con tirones de enfado, no encontrándola nunca de su gusto.
  • Al pasar ella por segunda vez, quedó como encantado, con una pierna de cordero en la diestra sin dársela á su panzudo patrón, que en vano la esperaba, y el cual, soltando un taco redondo, llegó á amenazarle con su cuchilla.
  • Y torpemente, acompañando sus expresiones con muecas y arañazos en las perneras del pantalón, fué explicándose, aunque entre palabra y palabra transcurrían á veces dos minutos.
  • Seguía su marcha con el contoneo airoso de las hilanderas, la cesta en la cadera izquierda y el brazo derecho cortando el aire con un vaivén de péndulo.
  • Algo tímido y encogido, eso sí, con la cabeza baja, como si las palabras que aún tenía por decir se le hubieran deslizado hasta el pecho y allí estuviesen pinchándole.
  • Habló con la misma violencia que había callado.
  • Al amanecer le vió Roseta en el camino, casi oculto tras el tronco de una morera, mirándola con zozobra, como un niño que teme la reprimenda y está arrepentido, dispuesto á huir al primer gesto de desagrado.
  • El panzudo carnicero bramaba de coraje con el repentino cambio de su criado, antes tan diligente y ahora siempre inventando pretextos para pasar horas y más horas en la huerta, especialmente al anochecer.
  • Pero con el egoísmo de su dicha, Tonet se preocupaba tanto de los tacos y amenazas de su amo, como la hilandera de su temido padre, ante el cual sentía ordinariamente más miedo aún que respeto.
  • Su novio no sabía presentarse con las manos vacías, y exploraba todos los cañares y árboles de la huerta para regalar á la hilandera ruedas de pajas y ramitas, en cuyo fondo unos cuantos pilluelos, con la rosada piel cubierta de finísimo pelo y el trasero desnudo, piaban desesperadamente, abriendo un pico descomunal jamás ahito de migas.
  • Otras veces aparecía Tonet con un bulto en el vientre.
  • ¡Siempre gastando dinero! Eran dos reales ó poco menos lo que en una semana había dejado en la taberna con tantos obsequios.
  • Era el primer amor, la expansión de la juventud apenas despierta, que se contenta con verse, con hablar y reir, sin sombra alguna de deseo.
  • La hilandera, que en sus noches pavorosas tanto había deseado la llegada de la primavera, vio con inquietud desarrollarse los crepúsculos largos y luminosos.
  • Ahora se reunía con su novio en pleno día, y nunca faltaban en el camino compañeras de la fábrica ó mujeres del vecindario, que al verles juntos sonreían maliciosamente adivinándolo todo.
  • En la fábrica comenzaron las bromas por parte de sus enemigas, que le preguntaban irónicamente cuándo se casaba, y la llamaban de apodo la Pastora, por tener amores con el nieto del tío Tomba.
  • Su padre, contento de haber librado su cosecha, limitóse á mirarla varias veces con el entrecejo fruncido.
  • Luego la advirtió con voz lenta, un índice en alto y el acento imperativo, que en adelante cuidase de volver sola de la fábrica, pues de lo contrario sabría quién era él.
  • Tonet le tenía cierto respeto al señor Batiste, y se contentaba con emboscarse cerca del camino, para ver pasar á la hilandera ó seguirla después de muy lejos.
  • Monumento de la época en que los apóstoles iban bautizando pillos por el mundo, según declaraba con majestad de oráculo el tío Tomba.
  • Al atardecer avanzaban por los caminos, orlados de álamos con inquieto follaje de plata, grupos de muchachas que llevaban su cántaro inmóvil y derecho sobre la cabeza, recordando con su rítmico paso y su figura esbelta á las canéforas griegas.
  • Recordaba la poesía árabe cantando á la mujer junto á la fuente con el cántaro á sus pies, uniendo en un solo cuadro las dos pasiones más vehementes del oriental.
  • La fuente de la Reina era una balsa cuadrada, con muros de piedra roja, y teniendo su agua mucho más baja que el nivel del suelo.
  • En la cara del rectángulo de piedra fronterizo á la escalera destacábase un bajo relieve con figuras borrosas que era imposible adivinar bajo la capa de enjalbegado.
  • Pero unas generaciones picando la piedra para marcar mejor las figuras borradas por los años, y otras blanqueándola con escrúpulos de bárbara curiosidad, habían dejado la losa de tal modo que sólo se distinguía un bulto informe de mujer, la reina, que daba su nombre á la fuente.
  • Más de treinta muchachas agolpábanse con sus cántaros, deseosas todas ellas de ser las primeras en llenar, pero sin prisa de irse.
  • Empujábanse en la estrecha escalerilla, con las faldas recogidas entre las piernas para inclinarse y hundir su cántaro en el pequeño estanque.
  • Estremecíase éste con las burbujas acuáticas surgidas incesantemente del fondo de arena, donde crecían manojos de plantas gelatinosas, verdes cabelleras ondeantes, moviéndose en su cárcel de cristal líquido á impulsos de la corriente.
  • Los insectos llamados tejedores rayaban con sus patas inquietas esta clara superficie.
  • Las que ya habían llenado sus cántaros sentábanse en los bordes de la balsa, con las piernas colgando sobre el agua, encogiéndolas luego con escandalizados chillidos cada vez que algún muchacho bajaba á beber y miraba á lo alto.
  • La juventud, libre de la severidad paternal, se desprendía del gesto hipócrita fabricado para la casa, y se mostraba con toda la acometividad de una rudeza falta de expansión.
  • Aquellos ángeles morenos, que tan mansamente cantaban gozos y letrillas en la iglesia de Alboraya al celebrarse las fiesta de las solteras, enardecíanse á solas y matizaban su conversación con votos de carretero, hablando de cosas internas con el aplomo de una comadrona.
  • Allí cayó Roseta con su cántaro, sin haber encontrado al novio en el camino, á pesar de que anduvo lentamente, volviendo con frecuencia la cabeza, esperando á cada momento que saliese de una senda.
  • Saludó Roseta á dos ó tres que eran de su fábrica, y apenas si le contestaron, apretando los labios y con un retintín de desprecio.
  • Roseta alzó los hombros con expresión de indiferencia.
  • Era un infeliz, un muerto de hambre, pero muy honrado é incapaz de emparentar con una familia de ladrones.
  • Enrojeció, como si estas palabras, rasgándole el corazón, hubieran hecho subir toda la sangre á su cara, y después quedóse blanca, con palidez de muerte.
  • 14 preguntó con una voz temblona que hizo reir á todas las de la fuente.
  • La firmeza del padre surgió de pronto en Roseta, trémula, balbuciente de rabia y con los ojos veteados de sangre.
  • Instintivamente, movida por el dolor, se agarró también á los rubios pelos de la hilandera, y durante algunos minutos se las vió á las dos encorvadas, lanzando gritos de dolor y rabia, con las frentes cerca del suelo, arrastrándose mutuamente con los crueles tirones que cada una daba á la cabellera de la otra.
  • Pero Roseta, más fuerte ó más furiosa, logró desasirse, é iba á arrastrar á su adversaria, tal vez á propinarla una zurra interior, pues con la mano libre pugnaba por despojarse de un zapato, cuando ocurrió algo inaudito, irritable, brutal.
  • Salieron todas corriendo en diversas direcciones, con los cántaros en la cabeza, y al poco rato no se veía en las cercanías de la fuente de la Reina mas que á la pobre Roseta, con el pelo suelto, las faldas desgarradas, la cara sucia de polvo y sangre, caminando llorosa hacia su casa.
  • Ya no les bastaba á los de la huerta con que los hombres molestasen á su pobre Batiste, calumniándolo ante el tribunal para que le impusieran multas injustas.
  • Batiste, al ver á su hija ensangrentada y llorosa, palideció, dando algunos pasos hacia el camino con la vista fija en la barraca de Pimentó, cuya techumbre asomaba sobre los cañares.
  • Ellos debían evitar todo roce con los demás.
  • Unos cuantos bancos, tres carteles de abecedario mugrientos, rotos por las puntas, pegados al muro con pan mascado, y en el cuarto inmediato á la escuela unos muebles, pocos y viejos, que parecían haber corrido media España.
  • Canto y repetición, hasta meter las cosas con un continuo martilleo en las duras cabezas.
  • Y los gorriones, los pardillos y las calandrias, que huían de los chicos como del demonio cuando los veían en cuadrilla por los senderos, posábanse con la mayor confianza en los árboles inmediatos, y hasta se paseaban con sus saltadoras patitas frente á la puerta de la escuela, riéndose con escandalosos gorjeos de sus fieros enemigos al verlos enjaulados, bajo la amenaza de la caña, condenados á mirarlos de reojo, sin poder moverse y repitiendo un canto tan fastidioso y feo.
  • ¡Y pensar que les trato con toda finura, como en un colegio de la ciudad, para que aprendan ustedes buenas formas y sepan hablar como las personas!
  • Una corbata de colores chillones sobre la sucia pechera, bigote cano y cerdoso partiendo su rostro mofletudo y arrebolado, y una gorra azul con visera de hule, recuerdo de uno de los muchos empleos que había desempeñado en su accidentada vida.
  • Y las comadres de la huerta, sin perjuicio de olvidarse alguno que otro sábado de los dos cuartos de la escuela, respetaban como un ser superior á don Joaquín, reservándose un poco de burla para la casaquilla verde con faldones cuadrados que se endosaba los días de fiesta, cuando cantaba en el coro de la iglesia de Alboraya durante la misa mayor.
  • Empujado por la miseria, había caído allí con su enorme y blanducha mitad como podía haber caído en otra parte.
  • Ayudaba al secretario del pueblo cercano en los trabajos extraordinarios, preparaba con hierbas de él tan sólo conocidas ciertos cocimientos que operaban milagros en las barracas.
  • Los había de ellos que llevaban dos meses en la escuela y abrían desmesuradamente los ojos y se rascaban el cogote sin entender lo que el maestro quería decirles con unas palabras jamás oídas en su barraca.
  • ¡Cómo sufría el pobre señor! ¡Él que cifraba los triunfos de la enseñanza en su finura, en su distinción de modales, en lo bienhablado que era, según declaración de su esposa! Cada palabra que sus discípulos pronunciaban mal y no decían bien una sola le hacía dar bufidos y levantar las manos con indignación hasta tocar el ahumado techo de su vivienda.
  • Estaba orgulloso de la urbanidad con que trataba á sus discípulos.
  • Pero con la ayuda de Dios, han de salir ustedes de aquí como personas cumplidas, sabiendo presentarse en cualquier parte, ya que han tenido la buena suerte de encontrar un maestro como yo.
  • Y los muchachos contestaban con furiosas cabezadas, chocando algunos la testa con la del vecino, y hasta su mujer, conmovida por lo del templo y la antorcha, cesaba de hacer media y echaba atrás la silleta de esparto, para envolver á su esposo en una mirada de admiración.
  • Interpelaba á toda aquella pillería roñosa, de pies descalzos y faldones al aire, con desmesurada urbanidad.
  • Y el señor de Llopis, un granuja de siete años, con el pantalón á media pierna sostenido por un tirante, echábase del banco abajo y se cuadraba ante el maestro, mirando de reojo la temible caña.
  • Y el de las pelotillas lo aprobaba todo, contento con salir de la advertencia sin cañazo, cuando otro grandullón que estaba á su lado en el banco y debía guardar antiguos resentimientos, al verle de pie y con las posaderas libres, le aplicó en ellas un pellizco traidor.
  • Todos sabían que llegando el viejo con su ganado había un par de horas de asueto.
  • Ambos emprendían una interminable conversación, y los discípulos abandonaban los bancos para oirles de cerca ó iban á jugar con las ovejas que rumiaban la hierba de los ribazos cercanos.
  • En fin, que resultaba la única persona de la huerta capaz de alternar con él.
  • Primero llegaban las ovejas á la puerta de la escuela, metían la cabeza, husmeaban curiosas é iban retirándose con cierto desprecio, convencidas de que allí no había más pasto que el intelectual y valía poco.
  • Después se presentaba el tío Tomba caminando con seguridad por aquella tierra conocida, pero con el cayado por delante, único auxilio de sus moribundos ojos.
  • El tío Tomba que hasta por las sendas iba siempre conversando con sus ovejas, hablaba al principio con lentitud, como hombre que teme revelar su defecto.
  • Yo tenía diez y ocho años, un morrión con un águila de cobre, que le quité á un muerto, y un fusil más grande que yo.
  • ¡Mentira, todo mentira! ¡Donde estaba el padre Nevot no podía existir otro! Había que verlo con el hábito arremangado, sobre su jaca, con sable corvo y pistolas.
  • Aguardar la pelota, y cuando viene bien, jugarla con fuerza.
  • Delataba con su malicia senil un pasado de luchas en la huerta, de emboscadas y astucias, un completo desprecio por la vida de sus semejantes.
  • Al rendirse Valencia al mariscal Suchet, le habían llevado prisionero, con unos cuantos miles más, á una gran ciudad.
  • ¡Qué país! Allá los hombres van con unos sombreros blancos y felpudos, casacas de color con los cuellos hasta el cogote, botas altas como las de la caballería.
  • Las mujeres con unas faldas como fundas de flauta, tan estrechas, que se les marca todo lo que queda dentro.
  • Las tiraban del rabo, cogíanlas de las piernas, obligándolas á andar con las patas delanteras, las hacían rodar por los ribazos ó intentaban cabalgarlas colocándose de un salto sobre sus sucios vellones.
  • Y los pobres animales en vano protestaban con tiernos balidos, pues no los oía el pastor, ocupado en relatar con fruición la agonía del último francés matado por él.
  • Y para demostrarlo con el ejemplo, movía la caña que era un gusto, introduciendo á golpes en el redil de la sabiduría á todo el rebaño de pilletes juguetones.
  • Con permiso de usted, tío Tomba.
  • A la caída del sol soltaban los muchachos su último cántico, dando gracias al Señor porque les había asistido con sus luces, y recogía cada cual el saquillo de la comida, pues como las distancias en la huerta no eran poca cosa, los chicos salían por la mañana de sus barracas con provisiones para pasar el día en la escuela.
  • Tres semanas que no traen ustedes el estipendio prometido, y así no es posible la instrucción, ni puede procrear la ciencia, ni combatirse con desahogo la barbarie nativa de estos campos.
  • El que mañana llegue con las manos vacías no pasará de esa puerta.
  • Cuidado con robar fruta, hacer pedreas ó saltar acequias.
  • Y plantado en la plazoleta, seguía mucho rato con la vista al grupo más numeroso, que se alejaba camino de Alboraya.
  • Los dos mayorcitos sabían defenderse, y con arañazo más ó menos, hasta salían en ciertas ocasiones vencedores.
  • Pero el más pequeño, Pascualet, un chiquillo regordete y panzudo, que sólo tenía cinco años, y á quien adoraba la madre por su dulzura y su mansedumbre, prometiéndose hacerlo capellán, lloraba apenas veía á sus hermanos enzarzados en terrible pelea con los otros condiscípulos.
  • Muchas veces los dos mayores llegaban á casa sudorosos y llenos de polvo, como si se hubieran revolcado en el camino, con los pantalones rotos y la camisa desgarrada.
  • Los enemigos, hijos ó sobrinos de los que en la taberna juraban acabar con Batiste, iban acortando el paso, para hacer menor la distancia entre ellos y los tres hermanos.
  • Comenzaban por caracolear en torno á los tres hermanos, á perseguirse riendo pretexto malicioso inspirado por la instintiva hipocresía de la infancia, para empujarles al pasar, con el santo deseo de arrojarlos en la acequia que bordeaba el camino.
  • Los perros barraqueros salían con ladridos feroces, atraídos por el estrépito de la lucha, y las mujeres, en las puertas de sus casas, levantaban los brazos al cielo, gritando indignadas.
  • Los agresores huían, se desbandaban, y arrepentidos de su hazaña al verse solos, pensaban aterrados, con el fácil cambio de impresiones de la infancia, en aquel pájaro que lo sabía todo y en lo que les guardaba don Joaquín para et día siguiente.
  • Teresa le acostó en su cama al ver que el pobrecillo seguía temblando entre sus brazos, agarrándose á su cuello y murmurando con voz semejante á un balido.
  • ¡Señor! ¡dadnos paciencia! Toda aquella gentuza, grandes y chicos, se habían propuesto acabar con la familia.
  • Era día de mercado de animales en el cauce del río, y llevaba en la faja, como una gruesa protuberancia, el saquito de arpillera con el resto de sus ahorros.
  • Aún tenía la cabeza envuelta en trapos y la cara cruzada de chirlos, luego del descomunal combate que una mañana sostuvo en el camino con otros de su edad que iban como él á recoger estiércol en Valencia.
  • El padre, con gesto fosco y severas ojeadas, le recordaba mudamente que debía mostrarse indiferente, ya que sus penas eran un atentado á su autoridad paternal.
  • Después de la famosa riña en la fuente de la Reina, la huerta entera estuvo varios días hablando de los amores de Roseta con el nieto del tío Tomba.
  • Y como todo esto, en concepto del ventrudo patrón, era una deshonra para su establecimiento, al escuchar las murmuraciones de las comadres volvía á enfurecerse, amenazando con su cuchilla al tímido criado, ó increpaba al tío Tomba para que corrigiese al pillete de su nieto.
  • Tonet partió sumiso, con los ojos húmedos, como uno de los borregos que tantas veces había llevado á rastras hasta el cuchillo de su amo.
  • En la barraca quedaba la pobre muchacha ocultándose en su estudi para gemir, haciendo esfuerzos por no mostrar su dolor ante la madre, que, irritada por tantas contrariedades, se mostraba intratable, y ante el padre, que hablaba de hacerla pedazos si volvía á tener novio y daba que hablar con ello á los enemigos del contorno.
  • Al pobre Batiste, tan severo y amenazador, lo que más le dolía de todas sus desgracias era el desconsuelo de la pobre muchacha, falta de apetito, amarillenta, ojerosa, haciendo esfuerzos por mostrarse indiferente, sin dormir apenas, lo que no impedía que todas las mañanas marchase puntualmente á la fábrica, con una vaguedad en las pupilas reveladora de que su pensamiento rodaba lejos, de que estaba soñando por dentro á todas horas.
  • Ahora que tenía la mesa puesta, con aquel verde y jugoso mantel que olía á gloria.
  • Se acostó un día sobre la paja, negándose á salir, mirando á Bastiste con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del amo los votos y amenazas de la indignación.
  • Y cuando unos tíos repugnantes llegaron en un carro para llevarse su caballo á la Caldera 16, donde convertirían su esqueleto en hueso de pulida brillantez y sus carnes en abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un adiós interminable al pobre Morrut, que se alejaba con las patas rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el enfermito.
  • Recordaba á sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de la cola al Morrut, el cual aguantaba con dulce pasividad todos los juegos de los chicos.
  • Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos flancos y gritando ¡arre! ¡arre! con infantil balbuceo.
  • Con la muerte de esta pobre bestia creía Teresa que iba á quedar abierta una brecha en la familia por donde se irían otros.
  • Que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín camino del cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la huerta agarrado á sus crines, á paso lento, para no derribarlo! Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias, barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó á los arrabales de la ciudad y pasó el puente de Serranos.
  • Un par de sillones con asiento de esparto y brazos pulidos por el uso, un anafe en el que hervía el puchero del agua, los paños de dudoso color y unas navajas melladas, que arañaban el duro cutis de los parroquianos con rascones espeluznantes, constituían toda la fortuna de estos establecimientos al aire libre.
  • Y mientras se amaestraban infiriendo cortes ó poblando las cabezas da trasquilones y peladuras, el amo daba conversación á los parroquianos sentados en el banco del paseo, ó leía en alta voz un periódico á este auditorio, que, con la quijada en ambas manos, escuchaba impasible.
  • Después venía el navajeo cruel, los cortes, que aguantaba firmemente el cliente con la cara manchada de sangre.
  • Batiste fué afeitado con bastante suerte, mientras escuchaba, hundido en el sillón de esparto y teniendo los ojos entornados, la lectura del maestro, hecha con voz nasal y monótona, sus comentarios y glosas de hombre experto en la cosa pública.
  • Serenidad para no dejarse engañar por la astuta gitanería que pasaba ante él con sus bestias, descendiendo luego por una rampa al cauce del río.
  • Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un campamento en el centro del cauce, y á lo largo de la ribera de piedra, puestas en fila, estaban las bestias á la venta.
  • Mulas negras y coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes agitadas por nerviosa inquietud.
  • Caballos de labor, fuertes pero tristes, cual siervos condenados á eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos á todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal que las mantenía atadas al muro.
  • Caballos tristes, cuyo pellejo parecía agujerearse con lo anguloso de la descarnada osamenta.
  • Mulas cegatas, con cuello de cigüeña.
  • Toda la miseria del mercado, los náufragos del trabajo, que, con el cuero rayado á palos, el estómago contraído y las excoriaciones inflamadas por las moscas verdosas y panzudas, esperaban la llegada del contratista de las corridas de toros ó del mendigo, que aún sabrían utilizarlos.
  • Más allá de los puentes, al través de sus arcos de piedra, veíanse los rebaños de toros, con las patas encogidas, rumiando tranquilamente la hierba que les arrojaban los pastores, ó andando perezosamente por el suelo abrasado, sintiendo la nostalgia de las frescas dehesas, plantándose fieramente cada vez que los chicuelos les silbaban desde los pretiles.
  • En torno á cada caballería cuya venta se estaba ajustando se formaban grupos de gesticulantes y parlanchines labriegos en mangas de camisa, con una vara de fresno en la diestra.
  • Los gitanos, secos, bronceados, de zancas largas y arqueadas, zamarra con remiendos y gorra de pelo, bajo la cual brillaban sus ojos con resplandor de fiebre, hablaban sin cesar, echando su aliento á la cara del comprador como si quisieran hipnotizarle.
  • ¡si parece una señorita! Y el labriego, insensible á las melosidades gitanas, encerrado en sí mismo, pensativo é incierto, miraba al suelo, miraba á la bestia, se rascaba el cogote, y acababa diciendo con energía de testarudo.
  • Para concertar los chambos y solemnizar las ventas buscábase el amparo de un sombrajo, bajo el cual una mujerona vendía bollos adornados por las moscas ó llenaba pegajosas copas con el contenido de media docena de botellas alineadas sobre una mesa de cinc.
  • Al fin se detuvo ante un rocín blanco, no muy gordo ni lustroso, con algunas rozaduras en las piernas y cierto aire de cansancio.
  • ¡Monote! Sácalo de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea.
  • Y el aludido Monote, un gitanillo con el trasero al aire por las roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió el caballo del ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena seguido de la pobre bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas veces repetida.
  • Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno á Batiste y el gitano, que seguían con sus miradas la marcha del animal.
  • Guando volvió Monote con el caballo, el labriego lo examinó detenidamente.
  • Ya ha visto usted con qué salero bracea.
  • Sus infortunios como carretero le habían hecho conocer las bestias, y se reía interiormente de algunos curiosos que, influídos por el mal aspecto del caballo, discutían con el gitano, diciendo que sólo era bueno para enviarlo á la Caldera.
  • Su aspecto triste y cansado era el de los animales de trabajo que obedecen con resignación mientras pueden sostenerse.
  • Se quedaría con él.
  • Batiste aguantó el disparo con calma, como hombre acostumbrado á tales discusiones, y sonrió socarronamente.
  • El gitano extendió sus brazos con teatral indignación, retrocedió algunos pasos, se arañó la gorra de pelo ó hizo toda clase de extremos grotescos para expresar su asombro.
  • Esta vez aún fué más viva y gesticulante su protesta al ver que el labrador no se ablandaba con la rebaja y á duras penas le ofrecía dos duros más.
  • Vagó por el mercado, mirando de lejos otros animales, pero vigilando siempre con el rabillo de un ojo al gitano, el cual, fingiendo igualmente indiferencia, le seguía, le espiaba.
  • El aire, encajonado entre los pretiles, no se conmovía con la más leve ráfaga.
  • Y cuando la cuenta estuvo completa no pudo librarse de ir con el gitano al sombrajo para convidarle á una copa y dar unos cuantos céntimos á Monote por sus trotes.
  • Se ha santiguao con la mano derecha, y la Virgen ha salió á verle.
  • Aún tuvo que beber una segunda copa, obsequio del gitano, y al fin, cortando en seco su raudal de ofrecimientos y zalamerías, cogió el ronzal de su nuevo caballo, y con ayuda del ágil Monote, montó en el desnudo lomo, saliendo á paso corto del ruidoso mercado.
  • Hizo emprender al rocín un trotecillo presuntuoso, cual si fuese un caballo de casta, y vio cómo después de pasar él se asomaban á la puerta Pimentó y todos los vagos del distrito con ojos de asombro.
  • La alfalfa mostrábase lozana, con un perfume que hizo dilatarse las narices del caballo.
  • Al oir el trote del rocín, salió Batistet con la cabeza cubierta de trapos, para apoderarse del ronzal mientras su padre desmontaba.
  • La acarició, metióle sus manos entre los morros, y con el ansia de tomar posesión de ella, puso un pie sobre el corvejón, se agarró á la cola y montó por la grupa como un moro.
  • Batiste entró en la barraca, blanca y pulcra como siempre, con los azulejos luminosos y todos los muebles en su sitio, pero que parecía envuelta en la misma tristeza de una sepultura limpia y brillante.
  • Su mujer salió á la puerta del cuarto con los ojos hinchados, enrojecidos, y el pelo en desorden, revelando en su aspecto cansado varias noches pasadas en vela.
  • Y el niño siempre igual, con una fiebre que devoraba su cuerpecillo cada vez más extenuado.
  • La madre lloraba automáticamente, y los demás, con una expresión triste, seguían dedicándose á sus habituales ocupaciones.
  • El niño quedó abandonado en el camón del estudi, revolviéndose con los ojos empañados por la enfermedad, y balando débilmente.
  • ¡Mare! mare! Teresa, mientras tanto, examinaba con rostro grave la compra de su marido, calculando detenidamente si aquello valía treinta duros.
  • Y los dos pequeños, con repentina confianza, tirábanle de la cola y le acariciaban el vientre, rogando en vano al hermano mayor que los subiera sobre su blanco lomo.
  • Decididamente, gustaba á todos este nuevo individuo de la familia, que hociqueaba el pesebre con extrañeza, como si encontrase en él algún lejano olor del compañero muerto.
  • Batiste tenía que labrar una parte del terreno que aún conservaba inculto, preparando la cosecha de hortalizas, y él y su hijo engancharon el caballo, enorgulleciéndose al ver la mansedumbre con que obedecía y la fuerza con que tiraba del arado.
  • Batiste, al entrar en el estudi é inclinarse sobre la cama, se agitó con un estremecimiento de frío, algo así como si acabasen de soltarle un chorro de agua por la espalda.
  • únicamente su pecho continuaba agitándose con penoso estertor.
  • Lo único que brillaba en su cabeza eran los pelitos rubios, tendidos sobre las almohadas, y en esta madeja rizosa quebrábase con extraña luz el resplandor del candil.
  • Y junto á la cama estaba Batiste, absorto, apretando los puños, mordiéndose los labios, con la vista fija en aquel cuerpecito, al que tantas angustias y estremecimientos costaba soltar la vida.
  • ¡Recristo! Un animal tan necesario para él como la propia vida y que le había costado empeñarse con el amo.
  • En la vega, que azuleaba bajo el crepúsculo, no se oía mas que un ruido lejano de carros, el susurro de los cañares y los gritos con que se llamaban de una barraca á otra.
  • Batistet se quedó junto al caballo, intentando restañarle la sangre con su pañuelo de la cabeza.
  • Sintió miedo viendo á su padre correr por el camino con la escopeta preparada, ansioso de dar desahogo á su furor matando.
  • ó instintivamente, con esa previsión moruna atenta á suponer en el enemigo toda clase de malas artes, resguardó su cuerpo con el tronco de una higuera gigantesca que sombreaba la barraca de Pimentó.
  • Las maderas se estremecieron con este martilleo loco.
  • Fué poco á poco retrocediendo hasta llegar al camino y se sentó en un ribazo con la escopeta á sus pies.
  • Allí lloró y lloró, sintiendo con esto un gran alivio, acariciado por las sombras de la noche, que parecían tomar parte en su pena, pues cada vez se hacían más densas, ocultando su llanto infantil.
  • Sintió que le tocaban con la punta de un palo.
  • Tentó con el palo la escopeta que estaba á sus pies, y volvió la cabeza, como si buscase en la obscuridad la barraca de Pimentó.
  • Hablaba con lentitud, con una tristeza reposada, como hombre acostumbrado á las miserias de un mundo del que pronto había de salir.
  • Y el padre allí, creyendo estar sentado en un ribazo, cuando en realidad donde estaba era con un pie en el presidio.
  • Quién fué el primero que se decidió á pasar el puentecillo que unía el camino con los odiados campos.
  • La muerte del pequeño se había transmitido rápidamente por todo el contorno, gracias á la extraña velocidad con que circulan en la huerta las noticias, saltando de barraca en barraca en alas del chismorreo, el más rápido de los telégrafos.
  • Más de una mujer revolvióse en la cama, turbando con su inquietud el sueño de su marido, que protestaba indignado.
  • Pero cada uno, con hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la enconada persecución, cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño.
  • Y al fin, dormíanse con el propósito de deshacer al día siguiente todo el mal causado, de ir por la mañana á ofrecerse á la familia, á llorar sobre el pobre niño.
  • Y entre las nieblas del sueño creían ver á Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con ojos de reproche á los que tan duros habían sido con él y su familia.
  • Y entrando en el estudi, le contemplaron todavía en la cama, el embozo de la sábana hasta el cuello, marcando apenas el bulto de su cuerpo bajo la cubierta, con la cabeza rubia inerte sobre el almohadón.
  • Batiste, sentado en una silleta de esparto en medio de la barraca, miraba con expresión estúpida el desfile de estas gentes que tanto lo habían maltratado.
  • De la crisis de la víspera había salido anonadado, y miraba todo esto con indiferencia, como si la barraca no le perteneciese ni el pobrecito que estaba en la cama fuese su hijo.
  • Hociqueaba con hostilidad toda la procesión de faldas entrante y saliente, y gruñía como si deseara morder, conteniéndose por no dar un disgusto á sus amos.
  • Batistet ponía mal gesto á todas aquellas tías que tantas veces se burlaron de él cuando pasaba ante sus barracas, y acabó por refugiarse en la cuadra, para no perder de vista al pobre caballo y continuar curándole con arreglo á las instrucciones del veterinario, llamado en la noche anterior.
  • Los dos pequeños, satisfechos en el fondo de una desgracia que atraía sobre la barraca la atención de toda la vega, guardaban la puerta, cerrando el paso á los chicos que, como bandadas de gorriones, llegaban por caminos y sendas con la malsana y excitada curiosidad de ver al muertecito.
  • Y con el valor del que está en su casa, amenazaban y despedían á unos, dejaban entrar á otros, concediéndoles su protección según les habían tratado en las sangrientas y accidentadas peregrinaciones por el camino de la escuela.
  • La aparición de una mujercilla débil y pálida pareció animar con una ráfaga de penosos recuerdos á toda la familia.
  • Y lloró con toda su alma, inclinándose sobre el muertecito, rozando apenas con sus labios la frente pálida y fría, como si temiese despertarle.
  • Batiste hasta se estremeció viendo cómo la pobre Pepeta abrazaba á Teresa y su hija, confundiendo sus lágrimas con las de éstas.
  • Y con un instinto de ser superior nacido para el mando y que sabe imponer la obediencia, comenzó á dar órdenes á todas las mujeres, que rivalizaban por servir á la familia antes odiada.
  • Ella iría á la ciudad con dos compañeras, para comprar la mortaja y el ataúd.
  • Y el matón, que aquel día se mostraba pensativo, oyó á su mujer sin réplica alguna y sufrió el tono imperioso con que le hablaba, mirando al mismo tiempo el suelo, como avergonzado.
  • A las diez de la mañana, cuando Pepeta con sus dos compañeras regresó de Valencia, estaba la barraca llena de gente.
  • Algunos hombres de los más cachazudos, hombres de su casa, que apenas habían tomado parte en la cruzada contra los forasteros, formaban corro con Batiste en la puerta de la barraca.
  • Dentro, mujeres y más mujeres estrujándose en torno á la cama, abrumando á la madre con su charla, hablando algunas de los hijos que babían perdido, instaladas otras en los rincones como en su propia casa, repitiendo todas las murmuraciones de la vecindad.
  • Y las criaturas, agarradas á sus faldas, lloraban y aturdían con sus gritos, queriendo unas volver á casa, pidiendo otras que les enseñasen el albaet.
  • Algunas viejas se habían apoderado de la alacena, y á cada momento preparaban grandes vasos de agua con vino y azúcar, ofreciéndolos á Teresa y á su hija para que llorasen con más desahogo.
  • Pero los ruegos de su hija y la voluntad de Pepeta pudieron más, y escoltada por muchas mujeres, salió de la barraca con el delantal en la cara, gimiendo, tambaleándose, sin prestar atención á las que tiraban de ella disputándose el llevarla cada una á su casa.
  • Primeramente colocó en el centro de la entrada la mesita blanca de pino en que comía la familia, cubriéndola con una sábana y clavando los extremos con alfileres.
  • Un hábito de gasa tejida con hebras de plata, unas sandalias, una guirnalda de flores, todo blanco, de rizada nieve, como la luz del alba, cuya pureza simbolizaba la del pobrecito albat.
  • Lentamente, con mimo maternal, fué amortajando el cadáver.
  • Oprimía el cuerpecillo frío contra su pecho con arrebatos de estéril pasión, introducía en la mortaja los rígidos bracitos con escrupuloso cuidado, como fragmentos de vidrio que podían quebrarse al menor golpe, y besaba sus pies de hielo antes de acoplarlos á tirones en las sandalias.
  • La guirnalda, un bonete de flores blancas con colgantes que pendían sobre las orejas.
  • La piadosa mano de Pepeta, empeñada en tenaz batalla con la muerte, tiñó las pálidas mejillas con rosado colorete.
  • Volvían á caer, cubriendo los ojos mates, entelados, sin reflejo, con la tristeza gris de la muerte.
  • ¡Infeliz Obispillo! Con su guirnalda extravagante y su cara pintada estaba hecho un mamarracho.
  • Más ternura dolorosa inspiraba su cabecita pálida, con el verdor de la muerte, caída en la almohada de su madre, sin más adornos que sus cabellos rubios.
  • Los dos hermanos pequeños contemplaban á Pascualet asombrados, con devoción, como un ser superior que iba á levantar el vuelo de un momento á otro.
  • Las mujeres llegaban con el traje de los días de fiesta, puestas de mantilla para asistir al entierro.
  • Las muchachas disputábanse con tenacidad ser de las cuatro que habían de llevar al pobre albaet hasta el cementerio.
  • Aquella tarde, con motivo del infausto suceso palabras de él, no había escuela.
  • Doña Josefa, con un vestido algo raído de lana y gran mantilla de un negro ya amarillento, entró solemnemente en la barraca, y después de algunas frases vistosas pilladas al vuelo á su marido, aposentó su robusta humanidad en un sillón de cuerda y allí se quedó, muda y como soñolienta, contemplando el ataúd.
  • Sus manazas de cultivador las llevaba enfundadas en unos guantes negros que habían encanecido con los años, quedando de color de ala de mosca, y las movía continuamente, deseoso de atraer la atención sobre sus prendas de las grandes solemnidades.
  • Hoy entran en esta casa con la misma confianza que en la suya y les abruman bajo tantas muestras de cariño.
  • Muy brutos, eso sí, capaces de las mayores barbaridades, pero con un corazón que se conmueve ante el infortunio y les hace ocultar las garras.
  • Calló un buen rato, añadiendo luego, con el fervor de un comerciante que ensalza su mercancía.
  • Por allí andaba Pimentó, que acababa de llegar de la taberna con cinco músicos, tranquila la conciencia después de haber estado durante algunas horas junto al mostrador de Copa.
  • Dentro sonaban lamentos, consejos dichos con voz enérgica, un rumor de lucha.
  • Y pugnaba con la madre por apartarla del ataúd, por obligarla á que entrase en el estudi y no presenciase el terrible momento de la salida, cuando el albat, levantado en hombros, alzase el vuelo con las blancas alas de su mortaja para no volver más.
  • A la salida del pueblo estaba aguardando el señor vicario con el sacristán y los monaguillos.
  • Cuatro muchachas con hueca falda, mantilla de seda caída sobre sus ojos y aire pudoroso y monjil, agarraron las patas de la mesilla, levantando todo el blanco catafalco.
  • Era el perro despidiendo al pobre albaet, lanzando un quejido interminable, con los ojos lacrimosos y las patas estiradas, cual si quisiera prolongar el cuerpo hasta donde llegaba su lamento.
  • Preparaban éstos sus instrumentos para saludar al albaet apenas transpusiese la puerta, y entre el desorden y el griterío con que se iba formando la procesión gorjeaba el clarinete, hacía escalas el cornetín y el trombón bufaba como un viejo gordo y asmático.
  • Después, rompiendo el gentío, aparecieron las cuatro doncellas sosteniendo el blanco y ligero altar sobre el cual iba el pobre albaet, acostado en su ataúd, moviendo la cabeza con ligero vaivén, como si se despidiese de la barraca.
  • La barraca, vomitando lejos de ella su digestión de gentío, quedó muda, sombría, con ese ambiente lúgubre de los lugares por donde acaba de pasar la desgracia.
  • Batiste, solo bajo la parra, sin abandonar su postura de oriental impasible, mordía su cigarro, siguiendo con los ojos la marcha de la procesión.
  • ¡Bien emprendía el pobre albaet el camino del cielo de los inocentes! La vega, desperezándose voluptuosa bajo el beso del sol primaveral, envolvía al muertecito con su aliento oloroso, lo acompañaba hasta la tumba, cubriéndolo con impalpable mortaja de perfumes.
  • Los viejos árboles, que germinaban con una savia de resurrección, parecían saludar al pequeño cadáver agitando bajo la brisa sus ramas cargadas de flores.
  • Nunca la muerte pasó sobre la tierra con disfraz tan hermoso.
  • Desmelenadas y rugientes como locas, moviendo con furia sus brazos, aparecieron en la puerta de la barraca las dos infelices mujeres.
  • ¡Auuu! ¡auuu! aullaba el perro, tendiendo el hocico con un quejido interminable que crispaba los nervios y parecía agitar la vega bajo un escalofrío fúnebre.
  • Las escalas enrevesadas del cornetín, sus cabriolas diabólicas, parecían una carcajada metálica de la muerte, que con el niño en sus brazos se alejaba á través de los esplendores de la vega.
  • El padre, siempre silencioso é impasible, recibía las visitas, estrechaba manos, agradecía con movimientos de cabeza los ofrecimientos y las frases de consuelo.
  • Por la puerta abierta y lóbrega llegaba como un lejano susurro la respiración cansada de la familia, todos caídos, como muertos de la batalla con el dolor.
  • Habían estado bajo su techo, borrando con sus pasos la maldición que pesaba sobre las tierras del tío Barret.
  • Y al tener de repente la visión clara de su desgracia, al pensar en el pobre Pascualet, que á tales horas estaba aplastado por una masa de tierra húmeda y hedionda, rozando su blanca envoltura con la corrupción de otros cuerpos, acechado por el gusano inmundo, él, tan hermoso, con aquella piel fina por la que resbalaba su callosa mano, con sus pelos rubios que tantas veces había acariciado, sintió como una oleada de plomo que subía y subía desde el estómago á su garganta.
  • Un sol africano lanzaba torrentes de oro sobre la tierra, resquebrajándola con sus ardorosas caricias.
  • Doblegábanse los nispereros con el peso de los amarillos racimos cubiertos de barnizadas hojas.
  • Registraban los muchachos con impaciencia las corpulentas higueras, buscando codiciosos las brevas primerizas, y en los jardines, por encima de las tapias, exhalaban los jazmines su fragancia azucarada, y las magnolias, como incensarios de marfil, esparcían su perfume en el ambiente ardoroso impregnado de olor de mies.
  • Y hasta los viejos rocines mostraban los ojos alegres, marchando con mayor desembarazo, como fortalecidos por el olor de los montes de paja que, lentamente, como un río de oro, iban á deslizarse por sus pesebres en el curso del año.
  • A la caída de la tarde llenábanse las tabernas de hombres enrojecidos y barnizados por el sol, con la recia camisa sudosa, que hablaban de la cosecha y de la paga de San Juan, el semestre que había que entregar á los amos de la tierra.
  • Únicamente la madre delataba con repentinas lágrimas y algún profundo suspiro el fugaz recuerdo del pequeño.
  • Algo fríos y recelosos, eso sí, pero todos cambiaban su saludo con la familia.
  • Bien había pagado esta ventaja con largos meses de alarma y de coraje y con la muerte del pobre Pascualet.
  • En su interior notábase inmediatamente el revoloteo de las planchadas cortinas cubriendo las puertas de los estudis, los vasares con pilas de platos y con fuentes cóncavas apoyadas en la pared, exhibiendo pajarracos fantásticos y flores como tomates pintadas en su fondo, y sobre la cantarera, semejante á un altar de azulejos, mostrábanse, como divinidades contra la sed, los panzudos y charolados cántaros, y los jarros de loza y de cristal verdoso pendientes en fila de los clavos.
  • Todo exige un principio, y si los tiempos eran buenos, á este dinero se uniría otro y otro, y ¡quién sabe si al llegar los chicos á la edad de las quintas podría librarlos con sus ahorros de ir á servir al rey como soldados! La reconcentrada y silenciosa alegría de la madre notábase también en Batiste.
  • Cada vez deseaba abarcar más con su trabajo, y aunque era algo pasada la sazón, pensaba remover al día siguiente la parte de terreno que permanecía inculta á espaldas de la barraca, para plantar en ella melones, cosecha inmejorable, á la que su mujer sacaría muy buen producto llevándolos, como otras, al Mercado de Valencia.
  • Pasaban las viejas por las sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silleta en un brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos, sobre los tejados del pueblo.
  • Sonaban á lo lejos, como una tela que se rasga, los escopetazos contra las bandas de golondrinas que volaban á un lado y á otro en contradanza caprichosa, silbando agudamente, como si rayasen con sus alas el cristal azul del cielo.
  • Batiste desperezábase con voluptuosidad, dominado por el bienestar tranquilo de que parecía impregnado el ambiente.
  • Roseta, con los chicos, se había ido al baile de la alquería.
  • Se dirigían todos á casa de Copa, para ver de cerca la famosa porfía de Pimentó con los hermanos Terreròla, dos malas cabezas lo mismo que el marido de Pepeta, que habían jurado igualmente odio al trabajo y pasaban el día entero en la taberna.
  • Empezaron el viernes al anochecer, y aún estaban los tres en sus silletas de cuerda el domingo por la tarde, jugando la centésima partida de truque, con el jarro de aguardiente sobre la mesilla de cinc, dejando sólo las cartas para tragarse las sabrosas morcillas que daban gran fama al tabernero Copa por lo bien que sabía conservarlas en aceite.
  • Todo el contorno parecía tener la vista fija en la taberna, esparciéndose con celeridad prodigiosa las noticias sobre el curso de la apuesta.
  • Y seguía con mirada de envidia á todos los que marchaban hacia la taberna.
  • Allí estaban, en cuerpo de camisa, con pantalones de pana, ventruda faja negra y pañuelo á la cabeza en forma de mitra, todos los hombres del contorno.
  • Los viejos se apoyaban en gruesos cayados de Liria, amarillos y con arabescos negros.
  • Batiste se fijó por primera vez detenidamente en la famosa taberna, con sus paredes blancas, sus ventanas pintadas de azul y los quicios chapados con vistosos azulejos de Manises.
  • Allí estaban los tesoros de Copa, de los cuales hablaban con unción y respeto todos los borrachos de la huerta.
  • Atravesando con su vista las viejas duelas, apreciaba la calidad de la sangre que contenían.
  • Era el sumo sacerdote de este templo del alcohol, y al querer obsequiar á alguien, sacaba, con tanta devoción como si llevase entre las manos la custodia, un vaso en el que centelleaba el líquido color de topacio con irisada corona de brillantes.
  • Tenían las paredes zócalos de ladrillos rojos y barnizados, á la altura de un hombre, con una orla terminal de floreados azulejos.
  • Bien era verdad que no podía volverse la vista á ningún lado sin tropezar con alguna obra maestra, cuyos rabiosos colores parecían alegrar á los parroquianos, animándoles á beber.
  • Cazadores con escopetas que parecían escobas y majos andaluces, con el trabuco sobre las piernas, montados en briosos corceles que tenían aspecto de ratas.
  • Muchos sostenían que la preponderancia de la casa sobre las otras tabernas de la huerta se debía á estos asombrosos adornos, y Copa maldecía las moscas que empañaban tanta hermosura con el negro punteado de sus desahogos.
  • Allí las estrellas de pastaflora, las tortas de pasas, los rollos escarchados de azúcar, las magdalenas, todo con cierto tonillo obscuro y motas sospechosas que denunciaban antigüedad, y el queso de Murviedro, tierno, fresco, de suave blancura, en piezas como panes, destilando todavía suero.
  • Además, contaba Copa con su cuarto despensa, donde estaban en tinajas grandes como monumentos las verdes aceitunas partidas y las morcillas de cebolla conservadas en aceite.
  • Al final de la taberna abríase la puerta del corral, enorme, espacioso, con su media docena de fogones para guisar las paellas.
  • Batiste, escudriñando la taberna, se fijó en el dueño, hombrón despechugado, pero con una gorra de orejeras encasquetada en pleno estío sobre su rostro enorme, mofletudo, amoratado.
  • Batiste, después de mirar furtivamente desde la puerta al tabernero, que con la ayuda de su mujer y un criado despachaba á los parroquianos, volvió á la plazoleta.
  • Obsequiábanse unos á otros con puñados da cacahuetes y altramuces.
  • En platos cóncavos de loza servían las criadas da la taberna las negras y aceitosas morcillas, el queso fresco, las aceitunas partidas, con su caldo en el que flotaban olorosas hierbas.
  • Toda esta gente, comiendo, bebiendo y gesticulando, levantaba el mismo rumor que si la plazoleta estuviese ocupada por un avispero enorme, y en el ambiente flotaban vapores de alcohol, un vaho asfixiante de aceite frito y el penetrante olor del mosto, mezclándose con el perfume de los campos vecinos.
  • Algunos espectadores estaban sentados en el suelo, con la mandíbula apoyada en ambas manos, la nariz sobre el borde de la mesilla y la vista fija en los jugadores, para no perder detalle del famoso suceso.
  • Vió Batiste á Pimentó y á sus contrincantes sentados en taburetes de fuerte madera de algarrobo, con los naipes ante los ojos, el jarro de aguardiente al alcance de una mano y sobre el cinc el montoncito de granos de maíz que equivalía á los tantos del juego.
  • A cada jugada, alguno de los tres agarraba el jarro, bebía en él reposadamente y lo pasaba á los compañeros, que lo iban empinando igualmente con no menos ceremonia.
  • Y seguía la partida, sin que por ello los de la apuesta dejasen de hablar con los amigos, bromeando sobre el final de la lucha.
  • No le gustaba, pero un hombre debe probar todas las cosas, y volvió á animarse con las mismas reflexiones que le habían llevado hasta la taberna.
  • (nadie sabía cuántos) y discutían con sus amigos sobre la próxima cena.
  • Dos días de aguardiente á todo pasto, con sus dos noches pasadas en turbio, empezaban á pesar sobre él.
  • Se iban cerrando sus ojos y dejaba caer pesadamente la cabeza sobre su hermano, el cual pretendía reanimarle con tremendos puñetazos en los ijares, dados en sordina por debajo de la mesa.
  • Y discutía la cena con sus admiradores.
  • La bufonada provocó grandes risotadas, y Pimentó, para asombrar más á sus admiradores, ofreció el manjar infernal al Terreròla que aún se sostenía firme, mientras él, por su parte, lo iba devorando con la misma indiferencia que si fuese pan.
  • Y seguía firme, impasible, cada vez más pálido, con los ojos entumecidos y rojos, preguntando si Copa había ya matado un par de pollos para la cena y dando instrucciones sobre el modo de guisarlos.
  • Batiste le miraba con asombro y al mismo tiempo sentía un vago deseo de irse.
  • Además, Pimentó le miraba con demasiada frecuencia, con sus ojos molestos y extraños de borracho firme.
  • Ahora ya no era tan rico como en los años anteriores, cuando la dueña de sus tierras se conformaba con no cobrarle el arrendamiento.
  • Y con la esperanza de pasar inadvertido, permaneció inmóvil, como subyugado por una impresión que no era de miedo, pero sí de algo más que prudencia.
  • Los admiradores de Pimentó le hacían repetir el procedimiento de que se valía todos los años para no pagar á la dueña de sus tierras, y lo celebraban con grandes risotadas, con estremecimientos de maligna alegría, como esclavos que se regocijan con las desgracias de su señor.
  • Sabía que con esto se acreditaba de pillo.
  • Y después de este curso breve de filosofía rústica, apelaba al segundo argumento, que era sacar de su faja una tagarnina de tabaco negro, con una navaja enorme, y comenzaba á picarla para liar un cigarrillo.
  • La vista de la navaja daba escalofríos á la señora, la ponía nerviosa, y por eso mismo el socarrón cortaba el tabaco con lentitud y tardaba en guardársela, repitiendo siempre los mismos argumentos del abuelo para explicar su retraso en el pago.
  • La mamá sentíase inquieta con la presencia de este bárbaro de negra fama, que olía á vino y hablaba accionando con la navaja.
  • Y allá iba dos veces al año, para manchar el piso con sus alpargatas cubiertas de barro y repetir que las cadenas son para los hombres, haciendo molinetes con la navaja.
  • Era una venganza de esclavo, el amargo placer del mendigo que comparece con sus pestilentes andrajos en medio de una fiesta de ricos.
  • Todos los labriegos reían, comentando la conducta de Pimentó para con su ama.
  • Y el valentón apoyaba con razones su conducta.
  • Pimentó, hablando con vehemencia de su trabajo, mostraba tal impudor, que algunos sonreían.
  • Pero alguna vez trabajaba, de tarde en tarde, y esto era bastante para que las tierras fuesen con más justicia de él que de aquella señorona gorda de Valencia.
  • Que fuese agarrada al arado con todas sus arrobas de carne, y las dos chicas de los lacitos uncidas y tirando de él, y entonces sería su legítima dueña.
  • Hasta su ama se atrevía con él ¡con él, que era el terror de todos los propietarios de la huerta!, y en su visita de San Juan habíase burlado de su dicho de las cadenas y hasta de la navaja, anunciándole que se preparase á dejar las tierras ó pagar el arrendamiento, sin olvidar los atrasos.
  • Veritat 23 decían en todo el corro, apoyando las razones de Pimentó con furiosas cabezadas.
  • Todos reconocían que sus amos habían cambiado al recordar los detalles de su última entrevista con ellos.
  • Las amenazas de desahucio, la negativa á aceptar la paga incompleta, la expresión irónica con que les habían hablado de las tierras del tío Barret, otra vez cultivadas á pesar del odio de toda la huerta.
  • Y ahora, repentinamente, después de la dulce flojedad de diez años de triunfo, con la rienda á la espalda y el amo á los pies, venía el cruel tirón, la vuelta á otros tiempos, el encontrar amargo el pan y el vino más áspero pensando en el maldito semestre, y todo por culpa de un forastero, de un piojoso que ni siquiera había nacido en la huerta, descolgándose entre ellos para embrollar su negocio y hacerles más difícil la vida.
  • ¡Y en qué momento resurgía esta animosidad! Brillaban los ojos, fijos en él con el fuego del odio.
  • ¡Vesten! dijo con imperio á Batiste, avanzando una mano amenazante hasta rozar su rostro.
  • Le ordenaban con amenaza de muerte que abandonase sus tierras, que eran como la carne de su cuerpo.
  • Que perdiese para siempre la barraca donde había muerto su chiquitín, y en la cual cada rincón guardaba un recuerdo de las luchas y alegrías de la familia en su batalla con la miseria.
  • Y rápidamente se vió otra vez con todos sus muebles sobre el carro, errante por los caminos, en busca de lo desconocido, para crearse otra existencia, llevando como tétrica escolta la fea hambre, que iría pisándole los talones.
  • Lo dijo con la cabeza, con su sonrisa de desprecio, con una mirada de firmeza y de reto que fijó en todo el corro.
  • Pero encima de la línea de cabezas empezó á moverse un brazo nervudo empuñando un taburete con asiento de esparto, el mismo tal vez en que estuvo hasta poco antes Pimentó.
  • Para el forzudo Batiste era un arma terrible este asiento de fuertes travesaños y gruesas patas de algarrobo, con aristas pulidas por el uso.
  • Y antes de que pudieran todos retroceder un nuevo paso, ¡plaf!, sonó un ruido de puchero que estalla y cayó Pimentó con la cabeza rota de un taburetazo.
  • Y mientras tanto, el causante de toda la zambra, Batiste, permanecía inmóvil, con los brazos caídos, empuñando todavía el taburete con manchas de sangre, asustado de lo que acababa de hacer.
  • Pimentó, de bruces en el suelo, se quejaba con lamentos que parecían ronquidos, saliendo á borbotones la sangre de su rota cabeza.
  • Con la fraternidad del ebrio, acudió Terreròla el mayor en auxilio de su rival, mirando hostilmente á Batiste.
  • Los más pacíficos huían por las sendas, volviendo atrás la cabeza con malsana curiosidad.
  • Así salió de la plazoleta, mirando con ojos de reto al grupo que rodeaba al caído Pimentó.
  • Viéndose en el camino, á cierta distancia de la taberna, echó á correr, y cerca ya de su barraca arrojó en una acequia el pesado taburete, mirando con horror las manchas negruzcas de la sangre ya seca.
  • Otra vez tuvo que aislarse en la barraca con su familia, vivir en perpetuo vacío, como un apestado, como una fiera enjaulada á la que todos enseñaban el puño desde lejos.
  • Las mujeres, sabedoras de lo ocurrido gracias á la pasmosa rapidez con que en la huerta se transmiten las noticias, salían al camino para ver de cerca al bravo marido de Pepeta y compadecerle como á un héroe sacrificado por el interés de todos.
  • Las mismas que horas antes hablaban pestes de él, escandalizadas por su apuesta de borracho, le compadecían, se enteraban de si su herida era grave, y clamaban venganza contra aquel muerto de hambre, aquel ladrón, que, no contento con apoderarse de lo que no era suyo, todavía intentaba imponerse por el terror atacando á los hombres de bien.
  • Mucho le dolía el golpe, andaba apoyado en sus amigos, con la cabeza entrapajada, hecho un Ecce homo, según afirmaban las indignadas comadres.
  • Pero hacía esfuerzos para sonreir, y á cada excitación de venganza contestaba con un gesto arrogante, afirmando que corría de su cuenta el castigar al enemigo.
  • Pimentó contaba con risotadas brutales cómo se había roto él mismo la cabeza volviendo de la taberna, á consecuencia de su apuesta, que le hizo andar con paso vacilante, chocando contra los árboles del camino.
  • La familia, como medroso caracol, se replegó dentro de la vivienda, huyendo del contacto con la huerta.
  • El padre era el único que salía, mostrándose tan confiado y tranquilo por su seguridad, como cuidadoso y prudente era para con los suyos.
  • Vivía en continuo contacto con su arma, la pieza más moderna de su casa, siempre limpia, brillante y acariciada con ese cariño de moro que el labrador valenciano siente por su escopeta.
  • Cada vez que veía á su marido limpiando los dos cañones del arma, cambiando los cartuchos ó haciendo jugar la palanca para convencerse de que se abría con suavidad, pasaba por su memoria la imagen del presidio y la terrible historia del tío Barret.
  • Y cuando, finalmente, aparecía Batiste, gritaban los pequeños de alegría, sonreía Teresa limpiándose los ojos, salía la hija á abrazar al pare, y hasta el perro saltaba junto á él, husmeándolo con inquietud, como si olfatease en su persona el peligro que acababa de arrostrar.
  • Mientras llevase pendiente del brazo el magnífico pájaro de dos voces, como él llamaba á su escopeta, podía marchar con tranquilidad por toda la huerta.
  • Le volvían la espalda con desprecio, se inclinaban sobre la tierra y trabajaban febrilmente hasta perderle de vista.
  • El único que le hablaba era el tío Tomba, el pastor loco, que le reconocía con sus ojos sin luz, como si oliese en torno de Batiste el ambiente de la catástrofe.
  • Batiste acogía con una sonrisa la cantilena del viejo.
  • Familiarizado con el peligro, nunca lo había temido menos que ahora.
  • Quería demostrar á toda aquella gente que no la temía, y así como le había abierto la cabeza á Pimentó, era capaz de andar á tiros con toda la huerta.
  • Metido en tan peligroso empeño, hasta abandonó sus campos, pasando los días en los senderos de la huerta con pretexto de cazar, pero en realidad para exhibir su escopeta y su gesto de pocos amigos.
  • Los pájaros tejían con su inquieto vuelo una caprichosa contradanza, reflejada por las tranquilas charcas con orlas de juncos.
  • Este barranco, que cortaba la huerta como una grieta profunda, sombrío, de aguas estancadas y putrefactas, con orillas fangosas junto á las cuales se agitaba alguna piragua medio podrida, era de un aspecto desolado y salvaje.
  • Nadie hubiera sospechado que detrás de los altos ribazos, más allá de los juncos y los cañares, estaba la vega con su ambiente risueño y sus verdes perspectivas.
  • Recogió Batiste los manojos de pájaros, colgándolos de su faja, y con sólo dos saltos subió el ribazo, emprendiendo por las sendas el regreso á su barraca.
  • Brillaban las estrellas, y en la inmensa huerta sonaban los mil ruidos de la vida campestre antes de extinguirse con la llegada de la noche.
  • La gente tropezaba con él en las sendas sin darle las buenas noches.
  • Entraba en tierra extranjera, y como soldado que se prepara á combatir apenas cruza la frontera enemiga, Batiste buscó en su faja las municiones de guerra, dos cartuchos con bala y postas fabricados por él mismo, y cargó su escopeta.
  • Volvióse rápidamente, y á la difusa luz de las estrellas creyó ver un bulto negro saliendo del camino con silencioso salto y ocultándose detrás de un ribazo.
  • Instintivamente se agachó, queriendo confundirse con la lobreguez del suelo, no presentar blanco al enemigo.
  • Y en el mismo momento brilló un segundo fogonazo, sonó otra detonación, confundiéndose con los ecos aún vivos de la primera, y Batiste sintió en el hombro izquierdo un dolor de desgarramiento, algo así como una uña de acero arañándole superficialmente.
  • ¡Cristo! ¡Ara t pille! 27 27 ¡Cristo! ¡Ahora te pillo! Se lanzó por entre las cañas, bajó casi rodando la pendiente de una de las orillas de la acequia, y se vio metido en el agua hasta la cintura, los pies en el barro y los brazos altos, muy altos, para impedir que se le mojase la escopeta, guardando avaramente los dos tiros hasta el momento de dispararlos con toda seguridad.
  • ¡á él! Y empezó una carrera loca en el profundo cauce, andando á tientas en la sombra, dejando perdidas las alpargatas en el légamo del lecho, con los pantalones pegados á la carne, tirantes, pesados, dificultando los movimientos, recibiendo en el rostro el bofetón de las cañas tronchadas, los arañazos de las hojas rígidas y cortantes.
  • Pero ahora con más fuerza, como si extremara la huída espoleado por la desesperación.
  • Y así continuó la cacería humana, á tientas, en la obscuridad profunda, hasta que en una revuelta de la acequia salieron á un espacio despejado, con los ribazos limpios de cañas.
  • Los ojos de Batiste, habituados á la lobreguez de la bóveda vegetal, vieron con toda claridad á un hombre que, apoyándose en la escopeta, salía tambaleándose de la acequia, moviendo con dificultad sus piernas cargadas de barro.
  • No t escaparás! 28 rugió Batiste, disparando su segundo tiro desde el fondo de la acequia con la seguridad del tirador que puede apuntar bien y sabe que hace carne.
  • Batiste quiso alcanzarle, pero con tanta precipitación, que fué él quien, dando un paso en falso, cayó cuan largo era en el fondo de la acequia.
  • Creyó morir, quedar enterrado en aquel lecho de fango, y al fin, con un esfuerzo poderoso, consiguió enderezarse, sacando fuera del agua sus ojos ciegos por el limo, su boca que aspiraba anhelante el viento de la noche.
  • En la tierra seca se marcaban algunas manchas negruzcas, y las tocó con las manos.
  • Pero en vano buscó al contrario, con el deseo de contemplar su cadáver.
  • Por él ladraban todos los perros de la huerta con desesperados aullidos.
  • Entreabríanse las puertas de alquerías y barracas, arrojando negras siluetas que ciertamente no salían con las manos vacías.
  • Con silbidos y gritos entendíanse los convecinos á grandes distancias.
  • Y los hombres salían de sus casas dispuestos á todo, con la abnegación y la solidaridad de los que viven en pleno campo.
  • Ya veía su vivienda, con la puerta abierta é iluminada y en el centro del rojo cuadro los bultos negros de su familia.
  • La madre, con su fino oído de mujer inquieta y alarmada por la tardanza del marido, había oído lejos, muy lejos, los cuatro tiros, y el corazón le dió un vuelco, como ella decía.
  • Toda la familia se había lanzado á la puerta, devorando ansiosa el obscuro horizonte, convencida de que las detonaciones que alarmaban la vega tenían alguna relación con la ausencia del padre.
  • Roseta se colgaba de su cuello, suspirando amorosamente, con los ojos todavía húmedos.
  • Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible, las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen pronto lo que tenía.
  • Pero el herido no estaba para sufrir lamentaciones y protestó con rudeza.
  • ¡moverse! el caso no era para estar todos mirándole con la boca abierta.
  • Las dos mujeres atajaron como pudieron la hemorragia, vendaron la herida, y Batiste respiró con satisfacción, como si ya estuviese curado.
  • La buena mujer abría los ojos con expresión de espanto, suspiraba pensando en el peligro arrostrado por su marido y lanzaba miradas inquietas á la cerrada puerta de la barraca, como si por ella fuese á filtrarse la Guardia civil.
  • Batistet, en tanto, con una prudencia precoz, cogía la escopeta y á la luz del candil la secaba, limpiando sus cañones, esforzándose en borrar de ella toda señal de uso reciente, por lo que pudiera ocurrir.
  • Los chicos, con los ojos enrojecidos por el insomnio, permanecían inmóviles en el corral, sentados sobre el estiércol, siguiendo con atención estúpida todos los movimientos de los animales encerrados allí.
  • ¡Cuánta gente! Todos los del contorno pasaban por el camino con dirección á la barraca de Pimentó.
  • Y todos con la cara fosca, hablando á gritos, entre enérgicos manoteos, lanzando tal vez desde lejos miradas de odio á la antigua barraca de Barret.
  • Su marido acogía con gruñidos estas noticias.
  • Con paso vacilante, entumecido por el reposo, salió de la barraca, sentándose bajo el emparrado, en un banco de ladrillos.
  • ¿Qué culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?
  • Batiste vió arremolinarse la gente en la puerta de la barraca lejana, y luego muchos brazos levantados con expresión de dolor, manos crispadas que se arrancaban el pañuelo de la cabeza para arrojarlo con rabia al suelo.
  • Sintió el herido que toda su sangre afluía á su corazón, que éste se detenía como paralizado algunos instantes, para después latir con más fuerza, arrojando á su rostro una oleada roja y ardiente.
  • Fué una sensación de debilidad, como si de repente le abandonaran sus fuerzas, y se metió en su barraca, no respirando normalmente hasta que vió la puerta con el cerrojo echado y encendido el candil.
  • En la obscuridad del estudi y todavía despierto, vió surgir una figura pálida, indeterminada, que poco á poco fué tomando contorno y colores, hasta ser Pimentó tal como le había visto en los últimos días, con la cabeza entrapajada y su gesto amenazante de terco vengativo.
  • Y las manchas, después de flotar caprichosamente, se buscaban, se amalgamaban, y otra vez veía á Pimentó aproximándose á él lentamente, con la cautela feroz de una mala bestia que fascina á su víctima.
  • Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente, dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.
  • ¡Perdónam, Pimentó! gemía el herido con voz infantil, aterrado por la pesadilla.
  • Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama, sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.
  • Intentaba enternecerlo llamándole Tòni, con familiar cariño, en vez de designarle por su apodo.
  • Y pareciéndole aún poco, con sólo su mirada arrebató los trapos y vendajes de su herida, que volaron y se esparcieron.
  • ¡ Pimentó, perdónam! Tal era su dolor, que los estremecimientos, subiendo á lo largo de su espalda hasta la cabeza, erizaban sus rapados cabellos, haciéndolos crecer y enroscarse con la contracción de la angustia.
  • Le arrastraba con sobrehumana ligereza, lo llevaba volando ó nadando no lo sabía él con certeza, á través de un elemento ligero y resbaladizo, y así iban los dos vertiginosamente, deslizándose en la sombra, hacia una mancha roja que se marcaba lejos, muy lejos.
  • Ahora volvía á verse en la cama con la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.
  • Teresa abrazó á su hija, que, olvidando el peligro, estremecíase de vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un ribazo, apelotonándose con la preocupación del pudor, apoyando la barba en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los pies.
  • Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de llamas.
  • De su incendiada cubierta elevábase una espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendio tomaba transparencias de rosa.
  • Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en aquel infierno.
  • La techumbre se vino abajo estruendosamente, aquella erguida techumbre que los vecinos miraban como un insulto, y del enorme brasero subió una columna espantosa de chispas, á cuya incierta y vacilante luz parecía gesticular la huerta con fantásticas muecas.
  • Pasó con prodigioso salto por encima de la familia, galopando furiosamente á través de los campos.
  • Iba instintivamente en busca de la acequia, y cayó en ella con un chirrido de hierro que se apaga.
  • Ya sólo quedaban en pie las paredes y la parra, con sus sarmientos retorcidos por el incendio y las pilastras que se destacaban como barras de tinta sobre un fondo rojo.
  • Batistet, con el ansia de salvar algo, corría desaforado por las sendas, gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas, que parecían parpadear con el reflejo del incendio.
  • Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni una voz que dijera.
  • Teresa, atolondrada por el peligro, quiso ir á ella á implorar socorro, con la esperanza que infunde el ajeno auxilio, con la ilusión de algo milagroso que se ansia en la desgracia.
  • Su marido la detuvo con una expresión de terror.
  • Y todos, con resignación oriental, sentáronse en el ribazo, y allí aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de frente por el brasero que teñía sus rostros con reflejos de sangre, siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.
  • A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado, envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.
  • Un mocetón de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal jocosidad, luciendo con tanta satisfacción como embarazo los pesados borceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad con los del campo.
  • El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la espalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia que presiente la carga.
  • Pero no se preocupaba de ella, atenta únicamente a mirar con ceño a los transeúntes demasiado curiosos o a pasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa.
  • Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los Santos Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en los cimientos, las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalateros establecen sus tiendas desde fecha remota.
  • Arriba, la fachada de piedra lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos berroqueños al nivel de los tejados, y como final, el campanil triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y descompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, a guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájaro fabuloso, el popular pardalòt con su cola de abanico.
  • La torre del reloj, cuadrada, desnuda, monótona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y éstos exhibiendo los ventanales con sus bordados pétreos.
  • Las portadas que rasgan el robusto paredón, con sus entradas de embudo, compuestas de atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable procesión grotescas figurillas de hombres y animales en todas las posiciones estrambóticas que pudo discurrir la extraviada imaginación de los artistas medievales.
  • En las esquinas, ángeles de pesada y luenga vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con visible esfuerzo los escudos de las barras de Aragón y las enroscadas cintas con apretados caracteres góticos de borrosas inscripciones.
  • Arriba, en el friso, bajo las gárgolas de espantosa fealdad que se tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas sobre el perfil enérgico, feroz y barbudo.
  • Y rematando la robusta fábrica, en la que alternan los bloques ásperos con los escarolados y encajes del cincel, la apretada rúa de almenas cubiertas con la antigua corona real.
  • Frente a la Lonja, el Principal, pobrísimo edificio, mezquino cuerpo de guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que digieren el insípido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se extiende por la plaza.
  • A la derecha, las dos entradas de los pórticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas pintadas de amarillo rabioso.
  • En el lado opuesto, la calle de las Mantas, como un portalón de galera antigua, empavesada con telas ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra de los altos balcones.
  • En torno de la plaza, cortados por las bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes con rótulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas, drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como título del establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos animales vulgares guarda la escala zoológica.
  • La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos, temblones al menor soplo del viento, y bañados por el rojo sol con una transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los muros de la Lonja a los cestones de caña de las verduleras, y su vaho de hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una temperatura siempre cálida, hacía recordar las ferias africanas, un mercado marroquí con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y el nervioso oleaje de los compradores.
  • Doña Manuela contemplaba con fruición este espectáculo.
  • Pero era tan arrogante y bien plantada, unía a su elevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba cierta ilusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la hermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta y juvenil.
  • Acicalábase como una niña, guardando con su cuerpo atenciones que no había tenido en su juventud.
  • Acogíala con un gesto de rústico desprecio, un fruncimiento de labios desdeñoso.
  • Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenzó a andar hendiendo la muchedumbre al través, contestando dignamente con sus brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su corpachón a la señora y la criada.
  • Algunos, al mirar atrás, tropezaban rudamente con los mástiles de los toldos, y más de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del agitado mar de cabezas.
  • Sobre el zumbido confuso y monótono que producían los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la plaza, destacábanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos y rechinantes unos, como chillido de pájaro pedigüeño, graves y foscos otros, como si ofreciesen la mercancía con mal humor.
  • Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la familia fabrica durante el año.
  • Eran los seres pacienzudos, honradotes y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de churros, título entre compasivo e infamante.
  • Robustos, cargados de espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y miseria, vélaseles pasar lentamente con su traje de paño burdo, estrecho pañizuelo arrollado a las sienes, y entre éste y el abierto cuello de la camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y ojillos de inocente malicia.
  • Y soñando con la inmensa felicidad de volver a casa con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la mujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cada minuto su grito melancólico como una queja.
  • Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente menuda que, con un dedo en la boca o hurgándose las narices, contemplaba respetuosamente los pastorcillos de Belén y los Reyes Magos hechos de barro y colorines, estrellas de latón con rabo, pesebres con el Niño Jesús, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.
  • La escarola con tonos de marfil.
  • Doña Manuela comenzó sus compras, emprendiendo con las vendedoras una serie de feroces regateos, más por costumbre que por economía.
  • Nelet, levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los manojos de frescas hortalizas, mientras la señora no dejaba tranquilo un solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con repugnancia calderilla verdosa y mugrienta.
  • Y atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros.
  • Un martilleo estridente, un incesante trac trac del latón aporreado salía de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas con candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios romanos.
  • La multitud abrió paso, y veloces, con ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de muchachas despeinadas, greñudas, en chancleta, con la sucia faldilla casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para abatir obstáculos, un par de medias de algodón, tres limones, unos manojos de perejil, peines de cuerno, los artículos, en fin, que pueden comprarse con pocos céntimos en cualquier encrucijada.
  • Aquel rebaño sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y la locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, los parias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipio la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y la gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, como los rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera, empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendo para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que obstruía la plaza.
  • Doña Manuela también rió un poco, siguiendo con la vista la ruidosa persecución que se alejaba, y entró después en el mercado de casquijo, buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruición en Navidad, olvidándolas durante el resto del año.
  • Los compradores codeábanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto sable, paseaban por entre el gentío buscando caras bonitas.
  • Andábase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto redondas y de altos bordes, en las cuales amontonábanse, formando pirámide, las lustrosas castañas de color de chocolate y las avellanas, que exhalaban el acre perfume de los bosques.
  • Era un señor entrado en años, con un sombrero de cuadrada copa, de forma tan rara, que debía pertenecer a una moda remota, si es que tal moda había existido.
  • Visanteta dio con un codo al cochero y le habló al oído.
  • Era don Juan, el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa, aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia el tío.
  • Mientras su mirada se perdía en el fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con la risita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le requemaba la sangre.
  • Y al decir esto miró al vendedor con tanta indignación como si fuese un enemigo del sosiego público.
  • Pero el palurdo, inmóvil y con las manos metidas en la faja, no se dignó reparar en la ferocidad agresiva del avaro.
  • Muchas gracias si uno puede comer sopas de ajos y tiene con qué pagarlas.
  • Vamos, cállate dijo doña Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya su irritación.
  • Soy pobre, pero aún tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con orden y economía, sin querer aparentar más de lo que realmente se tiene, lo pasa cualquiera tan ricamente.
  • Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlona que fijaba en su hermana.
  • El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía hablar con sinceridad.
  • ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana?
  • El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a don Juan que la seriedad irritada de momentos antes.
  • Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a corta distancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos.
  • No todos son tan ricos como tú, marquesa, ni pueden ir a la compra con un par de criados.
  • Allí estaba toda la aristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapas y las matronas de tez tostada y espléndidas carnes, con su aderezo de perlas y pañuelo de seda de vivos colores.
  • En lechos de hojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos y tomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales.
  • Todo apetitoso y exótico, pero tan caro, que al oír sus precios retrocedían con asombro los buenos burgueses que por espíritu de economía iban al Mercado con la espuerta bajo la raída capa.
  • Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguían con dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto que se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plena tarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva.
  • Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente, y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillares pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculos asomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos que recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar un Herodes exterminando la inocencia.
  • ¡Un señor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porquerías! Doña Manuela lanzó una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso, que el sátiro retrocedió, levantando el embozo de la capa con sus audaces manos.
  • ¡ Tío morra !, repitiendo la frase un sinnúmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiere enterar a todo el mundo de su ruda castidad.
  • La gente parábase entre asombrada y curiosa, el cochero reía abriendo sus quijadas de a palmo, y el vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con él, escurríase discretamente entre el gentío.
  • Era que la amazona de la huerta, al sentir el primer pellizco del viejo pirata, había contestado con una bofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba su virtud.
  • Las manzanas amarillas con la transparencia lustrosa de la cera.
  • Las naranjas doradas formando pirámides sobre un trozo de arpillera, y los melones mustios por una larga conservación, estrangulados por el cordel que los sostenía días antes de los costillares de la barraca, con la corteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nieve y la empalagosa dulzura de la miel.
  • A un extremo del mercadillo, cerca del Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas y morenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras, como bonetes de paje.
  • La muchedumbre se agitó con nervioso oleaje, despidiendo gritos y carcajadas.
  • Ahora, las chicuelas que vendían sin licencia corrían perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vez el rebaño de la miseria, greñudo, sucio, con las ropas caídas, pasó azorado y veloz con triste chancleteo, arrollándolo todo, mostrando la palidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz.
  • Podían regresar los dos a casa y volver Nelet con la espuerta vacía.
  • Doña Manuela detúvose al llegar frente a la tienda y abarcó su exterior con una ojeada.
  • Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa, Antonio Cuadros, sucesor de García y Peña, colgaban largas cortinas formadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicados borlajes y apretadas filas de madroños.
  • Fajas obscuras, matizadas a trechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres.
  • Pañuelos de seda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percales estampados, mostrando pájaros fantásticos y ramajes quiméricos con rabiosos colorines que conmovían placenteramente a las bellezas de la huerta.
  • Un maniquí vestido de labradora, con tres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a los transeúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.
  • El mismo aspecto de otros tiempos, aunque con cierto aire de restaurada frescura.
  • Dependientes con el pelo aceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo, y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro del Mercado, abrumándolos con irritantes exigencias.
  • El que así hablaba era un hombre fornido, de áspero bigote, estrecha frente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con las puntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajo una sonrisa bondadosa.
  • Estaba ocupado en vender un tapabocas a dos mujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era de admirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufría a las feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante ¿media hora.
  • Doña Manuela atendía con interés las palabras de los compradores y no volvió la cabeza para ver quién abría la puertecilla de la garita a la que pomposamente llamaban despacho y saltaba velozmente el mostrador.
  • Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos de veinte palabras mezcló varias veces el debe y el haber, viose interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.
  • Otro día vendré con menos prisa.
  • Todo aquello, aunque a don Antonio le estaba mal el decirlo, lo había dicho y repetido cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal.
  • Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa de don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban cierto aire monjil.
  • Los años y el frecuente trato no habían podido borrar el recuerdo de la época en que Teresa era criada en aquella tienda y el escándalo de los señores al verla casada con el dependiente principal.
  • En presencia de doña Manuela revelábase siempre la antigua criada, y aceptaba como una confianza inaudita que la señora la tratase con las mismas consideraciones que a un igual.
  • ¡Cuánto me alegro de verla! Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que se sentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor a decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como modelo de finura y bien decir.
  • Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplando a su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese un amante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajado billete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador.
  • Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues correspondió a ellas con una sonrisa.
  • Pero no estudia ni hace nada de provecho dijo el comerciante, con la inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.
  • Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda de un hombre eminentísimo.
  • Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su presencia hizo variar la conversación.
  • También esperaba que fuese Andresito, el hijo de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, que cursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía de Juanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tan ocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto.
  • Y después de haber nombrado al hijo de la casa, volvía a insistir sobre los amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandes familias, que asistían a sus reuniones y organizaban fiestas con las que se pasaba alegremente el tiempo.
  • El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tienda de Las Tres Rosas, don Eugenio García, el decano de los comerciantes del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, como él decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero, contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo de la honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y cachazudo.
  • En los días que hacía buen tiempo paseaba por la Alameda con un par de curas tan viejos como él, y cuando llovía o el viento era fuerte, no salía de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda con su gorra de seda, su capita azul y su bastón muleta, para echar un párrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyas excelencias eran el tema obligado de la conversación.
  • Nunca dice adonde va, y eso que, aunque me esté mal el decirlo, aquí se le traía con las mayores consideraciones.
  • Doña Manuela se levantó al ver en una de las puertas a Nelet, que volvía de casa con la espuerta vacía.
  • La esposa de Cuadros recibió con satisfacción infantil los dos sonoros besos de doña Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron con amorosa mirada a la gallarda señora en su marcha entre el gentío del Mercado.
  • Allí estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de aves muertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayéndoles como faldones de dorada casaca las rubias mantecas.
  • Las salchicherías exhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de seca longaniza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes.
  • Las tocinerías tenían el frontis adornado con pabellones de morcilla y la blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirámides de sorbetes, y los despachos de los atuneros exhibían los aplastados bacalaos que rezuman sal.
  • Y la señora y su cochero, empujados rudamente por la corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a un túnel, viéndose en el Clòt, en la plaza Redonda, que parecía un circo con su doble fila de balcones.
  • Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquella atmósfera de sofocación y estruendo las tranquilas llanuras de la Mancha o las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caña del conductor, estaban los pavos, con sus pardas túnicas y rojas caperuzas, graves, melancólicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudos cardenales y moviendo filosóficamente su moco inflamado, para lanzar siempre el mismo cloc cloc cloc prolongado hasta lo infinito.
  • Tres pares de perdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando sus polonesas encarnadas.
  • Después compró el pavo, un animal enorme que Nelet cogió con cariño casi fraternal, después de tentarle varias veces los muslos con una admiración que estallaba en brutales carcajadas.
  • ¡Fuera de allí! La señora deseaba salir del Clòt, donde la gente se codeaba con la mayor grosería y por dos veces había estado su velo próximo a rasgarse.
  • Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para librar al pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando los postres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal.
  • Allí estaba el de Jijona, con sombrerón de terciopelo, traje de paño negro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata.
  • Al lado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el pelo estirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por la espalda sobre la pañoleta de vistosos colores.
  • La mesa blanca, de inmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de áspera película conteniendo el harinoso turrón, los cajones de peladillas y las uvas puntiagudas, hábilmente conservadas, lustrosas y transparentes, como de cera, y con un delicado color de ámbar.
  • Las vendedoras importantes encendían sus grandes reverberos de latón, y las pobres huertanas contentábanse con una vela de sebo resguardada por un cucurucho de papel.
  • ¡Mira, Nelet! Y la señora permaneció algunos instantes contemplando el aspecto fantástico de la plaza con tan original iluminación.
  • El mísero rebaño pasó ante doña Manuela con triste chancleteo, y la señora no pudo reprimir un movimiento de repulsión ante aquellas cabelleras greñudas y encrespadas que servían de marco a rostros escuálidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza.
  • ¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por una extraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos, como si alguien fuese a robarla.
  • Pero esto no impidió que la señora siguiese con la mirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba, anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y de general alegría.
  • Y el padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras y rodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como si pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un criadico.
  • Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con un par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho para volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses.
  • Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación de una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurría entre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salía montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.
  • Si alguien lo dudaba, allí estaban para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñez en los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y comiéndose los codos de hambre.
  • Pero él lo ostentaba con cierta satisfacción, como queriendo hacer de ello un título de gloria.
  • ¡Hubiera querido veros como yo, para que supierais lo que es sufrir! Y siempre que podía asegurar una docena de veces que nada debía a nadie y comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo y satisfecho.
  • Aprendiz siempre hambriento, dependiente después en una época en que los mayores sueldos eran de cincuenta pesos anuales, a fuerza de economías miserables consiguió emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, que veían en él un legítimo aragonés capaz de convertir las piedras en dinero, fundó Las Tres Rosas, tiendecilla exigua que en diez años se agrandó hasta ser el establecimiento de ropas más popular de la plaza del Mercado.
  • Cómo un motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo las tiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores, atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbrado pasaban del aceite al petróleo y de éste al gas.
  • Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primera guerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio se formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual, como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme velón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce.
  • Don Eugenio pertenecía a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibio entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la tercera de Ligeros.
  • Cuando era preciso se calaba el chacó, martirizaba el pecho con el asfixiante correaje, y servía a la nación y a la libertad, yendo a pasar la noche en el Principal, donde comía melones en verano, se calentaba al brasero en invierno, en la santa y pacífica compañía de algunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidándose de la marcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando de las fábricas de Alcoy o del precio del azúcar y de la seda.
  • Todo esto sin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto con frecuencia para dar un vistazo a sus casas.
  • Se comenzaba a decir con expresión respetuosa don Baldomero cada vez que se nombraba al general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.
  • Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cual hordas hambrientas que con la mirada querían devorarlo todo.
  • Y tras estos preámbulos entraban en materia con la petición de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sarga para vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables.
  • Entonces era de ver la indignación con que tíos y hermanos acogían lo del abandono.
  • ¿ Pus si no le hubiesen abandonado sería él ahora comerciante con tienda abierta?
  • Producto de una de estas invasiones de vándalos con pañizuelo y calzón corto fue el entrar como aprendiz en la tienda de Las Tres Rosas un chicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente cierto afecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en él como en un espejo.
  • La vieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valerse de ungüentos para despoblar de bestias sanguíneas el bosque de cerdas polvorientas que se empinaban sobre el cráneo del muchacho, y concluido el exterminio, el amo lo entregó al brazo secular de los aprendices más antiguos, los cuales, en lo más recóndito del almacén y sin pensar que estaban en enero, con un barreño de agua fría y tres pases de estropajo y jabón blando, dejaron al neófito limpio de mugre de arriba a abajo y con una piel tan frotada que echaba chispas.
  • Con esto, el mísero zagalillo de las montañas de Teruel se convirtió en un aprendiz listo, aseado y trabajador, que, según las profecías de los dependientes viejos, llegaría a ser algo.
  • Con sus borceguíes lustrosos, una chaqueta vieja del amo arreglada chapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos como clavos y las orejas llenas de sabañones en todo tiempo, era Melchorico el aprendiz más gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertas para llamar a los compradores reacios.
  • Aquel acólito del culto de Mercurio, por su empaque desenfadado atraíase la mala voluntad de los pilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enteras ante la relamida figurilla llamándole ¡ churriquio ! con irritante tono de mofa, hasta que algún dependiente les amenazaba con la vara de medir.
  • Empleó los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo en el cauce del río, o paseando gratis arrellanado como un príncipe en las estriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidores latigazos.
  • Los tirones de oreja y los palos con la vara de medir lo habían puesto erguido, borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a ser patiabierto, propio de todos los de su tierra.
  • Cuantos tomos enormes, roídos por el corte y forrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendas del Mercado, eran atraídos por sus manos, como si éstas fuesen un imán, y devorados rápidamente, unas veces por la noche, después de cerrar las puertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechando ausencias de don Eugenio, en el fondo del almacén, a la dudosa claridad que se cernía en aquel ambiente cálido, impregnado del vaho de los tejidos y el tufo de la tintura química.
  • Había leído más de veinte veces Los tres mosqueteros, y el fruto que sacó de esta lectura fue que los aprendices se burlasen de él viéndolo un día en el almacén, envuelto en un guiñapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contoneándose como si fuese el mismo D Artagnan con todas sus jactancias de espadachín.
  • Y a pesar de que don Eugenio le enviaba a misa lodos los domingos y a comulgar por trimestre, hízose un tanto irreligioso, y en su interior comenzó a mirar con desprecio a los curas pacíficos y bromistas que visitaban por la noche el establecimiento para jugar a la brisca con el principal.
  • Y cuando cayó en sus manos El conde de Montecristo, paseábase por la trastienda, mirando los fardos apilados con la misma expresión que si en vez de paños, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas de oro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, para comprar el mundo.
  • Él, que no había consultado otro libro en su vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidas de Cataluña, Aragón y Castilla, miraba al principio con cierto respeto el afán de lectura del muchacho.
  • Pero después, al notar las extravagancias de su torcida imaginación, le acribilló con burlas y le colgó el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubiese leído la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedor una litografía detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y en camisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino.
  • Podían atestiguarlo los pescozones con que don Eugenio había saludado a su querido dependiente un lunes en el almacén, cuando vio a Melchor que, recordando el drama El jorobado, se creía un Lagardére, y con una vara de medir ensayaba la gran estocada de Nevers, acribillando los fardos de un modo que hacía temblar por la integridad de los géneros.
  • Junto a la imaginación exaltada del dependiente debía existir una enorme cantidad de sentido práctico capaz de sofocar todas las fantasías y caprichos, y a esto se debió, sin duda, que Melchor se reprimiera en sus románticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar la lectura de novelas, se dedicara con más asiduidad a sus quehaceres.
  • De joven había sido novicio en una orden religiosa, pero ahorcó los hábitos el año 8 para batirse contra el francés, sacrificio que no le libró de ser conocido con el apodo de el Fraile entre los comerciantes y las gentes de su industria.
  • Bastábale entrar en su alcoba para presentar en cartuchos de onzas cuanto dinero se le pedía, y a pesar de esto, fuera de los días de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de color castaña y el sombrero de seda, nadie le había visto con otro traje que un eterno pantalón de cuadros, chaqueta de fustán, chaleco de terciopelo rameado y gorra de ancho plato.
  • Tenía su puesto fijo en el banco de la Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando con urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa y rezando el centésimo rosario.
  • Don Manuel murmuraba el pedigüeño con voz misteriosa y arrodillándose cerca del Banco, necesito al momento seis mil reales.
  • Aunque sea al veinte decía el infeliz con esfuerzo supremo.
  • Pero aunque en ello entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el Banco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por ser desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.
  • El fabricante y el dueño de Las Tres Rosas eran antiguos amigos, y hasta se murmuraba que el primero había ayudado a éste con una generosidad extraña en los primeros tiempos de su comercio.
  • Él era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pañuelos y piezas de seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerradura complicada, que databan del siglo anterior, y él también quien subía a los porches, donde con un tric trac ensordecedor movíanse los telares y volaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo y telarañas.
  • El Fraile, avaro y sin entrañas hasta con sus hijos, sentía gran debilidad por el estudiante, tal vez por el contraste entre su carácter austero y regañón y la alegría desenfadada de aquel cabeza a pájaros.
  • Parecía imposible que éste soportase las travesuras del estudiante, que traía revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas, entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas veces en su cuarto ciertos compañeros de Facultad tan levantiscos como él, que al menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacían temblar los viejos pavimentos del caserón ensayándose a saltos en el manejo de la pandereta.
  • Regalábale una sotana nueva, y al punto la rasgaba en dos, quedándose con la parte del pecho y dando el espaldar a algún compañero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardos cubriendo con el manteo la desnuda trasera.
  • Se amaban desde niños, pero con un amor extraño, incomprensible y preñado de incidentes.
  • ¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba tener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el Fandanguito de Cádiz, entonando después melancólicamente el ¡ Triste Chactas.
  • Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de cuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cada uno de sus individuos.
  • Juan, primogénito del Fraile, simpatizaba con él como a cofrade en la orden del continuo trabajo y la conquista del céntimo.
  • Manolita decía de él que era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso adorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosa protección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismo existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un gozquecillo de mostrador.
  • Melchor correspondía a este desprecio con una antipatía profunda.
  • Ser dueño de la voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.
  • Habíase enamorado de la hija del Fraile, no repentinamente y a la primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta fruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones que poco a poco había ido subiendo.
  • Un día se fijó en que Manolita tenía unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el terciopelo de a cuatro duros vara.
  • Su imaginación novelesca soñaba un rapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras mil barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales barrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño en presencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaración que tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.
  • Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste, en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba su corazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases.
  • Manolita acogió burlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó de agradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber que es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.
  • Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita la que le recordó su declaración, aceptándola.
  • Su primo Rafael había terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto arreglo en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta se susurraba si había una criatura de por medio.
  • El asunto se arregló con prontitud.
  • Subía a la hora de comer, para reír como un loco con las gracias de Juanito y revolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, para satisfacer las tiránicas exigencias de aquel monigote que traía revuelta toda la casa.
  • Salía cuando quería, bajaba a la tienda algunas veces, como quien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes y caras nuevas, y era dueña absoluta de todo el dinero de la casa, con gran descontento de don Eugenio y del avaro Fraile.
  • Con Manolita hay que ser rígido y no permitirla que toque un ochavo.
  • A la mujer hay que tratarla con entereza.
  • ¿No cerraba con regulares ganancias el inventario del año?
  • Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias con una frialdad complaciente.
  • Y ella, aprovechando la tolerancia cariñosa del marido, gastaba con furor que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado.
  • Seguía las modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos hasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, como ella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre.
  • El andar a pie por las calles, signo, según ella, de pobreza y de degradación, y la vulgaridad de su marido, que se revelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con que bromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos de mostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unas faldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias.
  • Varias veces, con su antigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar sus relaciones de amistad, buscando un final más íntimo.
  • No se borraba fácilmente de su memoria el recuerdo de una infidelidad, y acogió siempre al médico con una frialdad burlona.
  • La industria de la seda iba arruinándose con la competencia que la hacían los franceses.
  • Uno tras otro se cerraban los talleres montados a la antigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrial de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial tenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufrió grandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese a coronar su desesperada resistencia.
  • Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros e inmuebles cada uno de los hijos del Fraile, y mientras el primogénito se quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto a aumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salir de su estado de tendera.
  • Los que tienen en su casa gran patio con ancho portalón y los que entran por estrecha escalerilla o por obscura trastienda.
  • Y con el imperio y la concisión de la señora absoluta que no admite réplicas, expuso a su marido el futuro plan de vida.
  • Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros, se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio, que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa.
  • El precio del traspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían el vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras profundas, y en el piso superior magníficas habitaciones.
  • Todo se realizó tal como lo dispuso doña Manuela, y ésta, a los pocos días, recordaba como un sueño la estancia de seis años en la tienda del Mercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por la Alameda y teniendo un lacayo a sus órdenes para enviar recaditos a las nuevas amigas, esposas de magistrados y militares, señoras a las cuales, por ser rica, trataba con aire protector.
  • ¡oh tormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara los guantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir según ella decía acostumbrándose a los usos de la gente elegante.
  • ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia de un ente desconocido.
  • Esto de que le mirasen como un pájaro raro no estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos pellizcos con que acogía sus desobediencias.
  • ¡Pobre don Melchor! ¡Cuan caro le costaba ser esposo de una mujer hermosa y rica! Aburríase con el trato de unas personas a las que no podía entender, su esposa sólo le hablaba para proporcionarle nuevos tormentos, y únicamente se sentía feliz cuando, puesto de veinticinco alfileres, huía de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos.
  • Aparentaba gran conformidad con su nueva posición.
  • Pero con el astuto don Eugenio no valían disimulos.
  • De seguro que ahora, siendo rico, levantándote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas con envidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis de la mañana y echabas un párrafo con las criadas que van a la compra.
  • Tú no puedes tirar con una vida así.
  • Y estas profecías fúnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragonés, espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco.
  • Su buen humor había desaparecido junio con los colores de su cara.
  • Y al fin, un año después de abandonar la tienda, murió sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad.
  • Misas a centenares, funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentos que afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas el doctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sido llamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentó la languidez de éste y su desesperado desaliento.
  • Pero al fin era su primo, y trataba con tanto cariño al huérfano Juanito, con tales cosas sabía alegrar al pequeñín, que éste no podía pasar sin el tío Rafael.
  • Vendió el carruaje y los caballos, y doña Manuela, que tan exigente se mostraba en materia de ostentación con su primer esposo, acató servil y gustosa las órdenes del segundo.
  • Ignoraba que aquel hombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuera de ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida de calavera, tal como la había soñado en su juventud.
  • Mantenía queridas costosas por pura ostentación y emprendía viajes divertidos por toda España con audaces compañeros de bureo.
  • Contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de las gentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote, prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de la usura, buscando préstamos con intereses aplastantes.
  • Con su buen instinto de hombre práctico, puso orden en aquel maremágnum.
  • Vendió fincas, canceló hipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que querían ver correr los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudo decir a su hermana.
  • Se acabaron las berlinitas y los demás gastos con los que se aparenta lo que no se tiene.
  • Esa fanfarronería, ese afán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama arroz y tartana, es ridículo.
  • Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo matrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falso cariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengar en el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.
  • El pobre hijo de Melchor, con su carácter apocado y dulce y su afán de cariño, era el paria de la casa.
  • El doctor, viéndole siempre callado, contemplando a su madre con estúpida adoración, había declarado que el niño era tan bruto como su padre, y cuando más, podría servir para el comercio.
  • Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a don Eugenio y cierta querencia a Las Tres Rosas, que era donde habían transcurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a los trece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la ventaja de comer y dormir en su casa.
  • Pero llegó el momento en que las niñas se convirtieron en unas señoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguas compañeras de colegio, y doña Manuela sintió el afán de ostentación de toda madre que tiene hijas casaderas.
  • ¡Que rabie ese rancio! decía doña Manuela, indignada al saber la furia con que su hermano había acogido tales reformas.
  • ¿Cree que toda la vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y un vestido viejo?
  • Muchos frascos estaban desportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijo de gotas de esencia con los residuos de polvos.
  • La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas de las dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, como tiples de ópera en el momento de volverse locas y cantar el aria final.
  • Hubieran resultado insignificantes a no ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía gran parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad insolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenue y azul, aureola de pasión.
  • En la casa gozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba con ciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas.
  • Pero fuera de esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las arqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela.
  • La que se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlar con las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar en las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba riéndose toda una semana.
  • Conflictos que terminaban siempre yendo la pequeña en busca de la mamá, llorando, con la mejilla roja de un bofetón o un par de pellizcos en los brazos.
  • Concha en el balcón, Amparo corría por la casa cantando como una alondra, y doña Manuela arrellanábase en su butaca con aire de soberana que acaba de administrar recta justicia.
  • Las dos ofrecían un seductor grupo mirándose en el espejo del tocador, despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada por una valiente ablución de agua fría.
  • Sus cabelleras, fuertemente retorcidas, apelotonábanse sobre la testa con la forma del peinado frigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espalda nacarada, cubierta de una película tenue y fina de melocotón sazonado, la nuca morena, de un delicioso color de ámbar, erizada de pelillos rebeldes y rizados que parecían estar puestos allí para estremecerse nerviosamente con los suspiros de amor.
  • Tenemos caras de muertas, se decían todas las mañanas al mirarse al espejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargados de plomo, el bermellón que teñía levemente las mejillas y los lóbulos de las orejas.
  • ¡Adiós! ¡ya no quedaba una gota de piel de España ! La mamá, con la manía de embellecerse que la había acometido a última hora, era una calamidad para las niñas.
  • La toilette acabó con poca alegría.
  • Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil, tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su moño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella muñeca.
  • Y con un retoque al peinado y a la cara, un bouquet en el pecho y dos tirones al talle para que no hiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al público.
  • La mamá estaba en el salón hablando con doña Clara, una señora antipática y ordinaria que la visitaba con frecuencia, y las niñas, huyendo de tal visita, pasaron al comedor.
  • Sobre la mesa veíanse, formando círculo, varias bandejas con pasteles de espuma, blancos en su base, destilando almíbar, dorados suavemente en sus dentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del que enviaba el dulce recuerdo.
  • En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminuta perra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal y las patas de alambre, parecía escapada de una tienda de juguetes.
  • Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesión de Miss, y Concha la dejó caer, con tan mala fortuna, que chocando sobre la mesa aplastó un par de pasteles, y manchada con la espuma del merengue emprendió una furiosa carrera hacia el salón.
  • Pero al ver la extraña figura que presentaba Miss con sus pegotes de merengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinchó su lindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarró del talle de Concha, dándola un sonoro beso.
  • ¡Qué cara va a poner mamá cuando la vea entrar en el salón con esa facha.
  • Allá fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas de camisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de un sacrificador, en abrirle el gañote a un robusto capón que sostenía Visanteta por las patas.
  • Las dos hermanas, inclinadas y recogiéndose las faldas entre las piernas para evitar rozamientos con el suelo grasoso, contemplaban atentamente el degüello, contaban las convulsiones de la agonía y seguían las últimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida, erizada de pelos coagulados, hasta que caían en una cazuela.
  • Y para completar sus gracias agitaba el capón en el aire como si incensase el rostro de las dos criadas, lo que las hacía correr asustadas por toda la cocina, con gran algazara de las señoritas.
  • La broma cesó al aparecer doña Manuela, vestida con una bata de seda negra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba su apostura de reina de teatro.
  • El muy tacaño, a pesar de sus millones, se había contentado con media docena de pasteles.
  • Pero doña Manuela adivinaba que eran de Juanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cariño como sí fuese su novia.
  • Nelet salió rápido de la cocina, y haciéndolo retemblar todo con sus zapatos, corrió a abrir.
  • ¡el ama! gritó Amparito con ingenua alegría.
  • Precedida de Nelet, entró en el comedor, balanceándose y atronándolo todo con sus chillones ¡buenos días!, una labradora gruesa y hombruna.
  • Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo.
  • Abrumó a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que la arrebataron una parte del colorete.
  • ¡Quién podría figurarse, al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y en las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el macho, el novillo y los dos cerdos! Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por su salud.
  • Aquel chico que andaba a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases, pues bien, ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra.
  • Regalos de pobre, pero que ofrecía con la mejor voluntad del mundo.
  • Rosquillas de una pasta con cierto dejo amargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar.
  • La señora dio las gracias, con una risita de conejo.
  • Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena de pasteles que Miss había aplastado en su caída, y además le dio un duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia.
  • Era el mismo viejecillo de siempre, regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y la cabecita blanca y sonrosada.
  • Aseguraba que tenía gran semejanza fisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difunto Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta, que no soltaba ni aun en las visitas.
  • Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunas palmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurando que cada vez estaba más gorda y hermosota.
  • Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejez tranquila y honrada, bromeando, riéndose y dejando escapar agudos chillidos por entre sus encías desdentadas.
  • La visita se prolongó una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda de su bastón, púsose en pie.
  • Me voy, hijas mías dijo con expresión melancólica, a pesar de su carita siempre alegre.
  • A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de las grandes solemnidades.
  • Teresa, con vestido negro de seda, grueso y crujiente, sólido aderezo con más oro que piedras, mantilla de blonda y los dedos cargados, como siempre, de sortijería barata.
  • Él, de levita atrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alas microscópicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro.
  • Quédense ustedes a comer con nosotros.
  • Tenía manías, y la más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen de continua actividad.
  • Iba a pueblos distantes, andando siempre con una regularidad mecánica.
  • El cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante el paleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastón de su juventud, una caña vieja y resquebrajada, con puño redondo de marfil que casi era una bola de billar.
  • Hablábase con misterio e interés de las preciosidades que amontonaba en sus polvorientos salones.
  • Figuraba en todas las almonedas como comprador de fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajas antiguas o muebles raros siempre, se entiende, con considerable ventaja, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba en el enorme secrétaire del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de su alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos.
  • De este mueble también se hablaba con respeto en casa de doña Manuela.
  • Sortijones con brillantes como lentejas.
  • Mi hermano es un ente raro, un extravagante, que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en aquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si los hubiera de llevar a la fosa.
  • Yo no viviría con tranquilidad.
  • Dicen que por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unas pistolas viejas.
  • El papá había muerto siendo magistrado, y esto bastaba para que en casa de doña Manuela, con el afán de grandezas que todos sentían, no designasen a la familia por su apellido, sino por el título del difunto.
  • Los señores de Cuadros sentían una oculta satisfacción al rozarse con las amistades de doña Manuela, que para ellos eran gente de la clase más elevada.
  • Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se dignaba mirarla.
  • Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de que estaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que a ella le parecía la última palabra del buen tono.
  • Era el tío que llegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las palabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darse tiempo para pensar las contestaciones.
  • El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana, fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpes de bastón en cada peldaño.
  • Pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonadura maciza, enorme, con diamantes antiguos de gran valía, y en los dedos sortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de los suntuosos marqueses del pasado siglo.
  • Y mostraba su reloj, una joya rococó, que con sus esmaltes mitológicos hacía pensar en las fiestas pastoriles de Versalles.
  • Tras él subía la escalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores.
  • Y se dejó besar por su hijo, que después corrió al comedor con el ramo, y no encontrando un jarrón capaz de sostener aquella pirámide de flores lo colocó entre dos sillas.
  • La una le quitaba el sombrero, la otra tomaba su bastón, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendo ligeramente al ver el chaqué, que quedaba al descubierto, y que con sus cortos faldones dábale el aspecto de un pájaro desplumado.
  • Representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentación de una herencia, y aunque lo encontraban poco simpático, por su carácter y la ruindad de sus regalos, sonreíanle y le adulaban, con gran contento de la mamá.
  • Con los hijos de Pajares mostraba siempre cierta ironía, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana.
  • La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida, y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios y escalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puñetazos al piano.
  • Y el travieso bebé decía esto con tonillo irritado, levantando el puño.
  • Era ordinario, y su mayor placer consistía en charlar con las criadas.
  • Visanteta acababa de tender el mantel adamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza de ebanistería moderna, tallada a máquina, que con su color obscuro imitaba al roble de un modo discreto.
  • Y continuó la conversación entre el ama y la sirvienta, mientras ésta, con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos de su saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plata Meneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charolada blancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copas esbeltas, casi aéreas, con su pie azul, y tan frágiles, que sobre el mantel no trazaban sombra alguna.
  • Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y sus contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a conciencia el salario.
  • / El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su carita de Pascua estas atrocidades de la melancolía.
  • Vorrei moriré !, repetía la muchacha con acento de desesperación, saltando su voz sobre los trémolos del piano.
  • ¡Vaya una gracia la de aquella chica! Cogía las servilletas adamascadas, rígidas por el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez de prestidigitador.
  • Sólo en una casa como la suya había una criada capaz de arreglar la mesa con tanto arte.
  • Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando a sus palabras con gruñidos, seguía trabajando.
  • Pepinillos destilando vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas y transparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes de hojas, todo en verdes pámpanos de porcelana.
  • Por esto doña Manuela dijo con expresión dolorosa.
  • Con lo puesto hay bastante.
  • / Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la distracción.
  • Bueno exclamó Concha con rudeza.
  • Y volvió a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendo un pie con nervioso temblorcillo.
  • Pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia interesada.
  • Con tales desarreglos se pierde el estómago, y eso en la vejez es llamar a la muerte.
  • Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en el extremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la izquierda la silla destinada a Rafael.
  • La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón de plata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos.
  • Todos comían con apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro, era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.
  • La cabeza charolada a fuerza de cosmético, partida por una raya que con rectitud geométrica iba desde la frente a la nuca.
  • Miraba con insolente fijeza, y cuando escuchaba a alguien, lo hacía con aire protector y desdeñoso.
  • Y en caso de duda, bastaba con preguntarlo a su mamá.
  • ¿Quién llevaba con más garbo que él el gabán sin costuras, ancho y deforme como un saco?
  • ¿Quién, en verano, iba más mono con el trajecito de franela y la marinera de paja?
  • Por ahora, era un muchacho distinguido, con buenas relaciones.
  • Y en cuanto a saber, algo sabía, pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejaba a todo el mundo con la boca abierta.
  • Bajo su frente calva, adornada con las dos puntitas lustrosas del peinado, había algo, así como bajo los hombros de su americana había algo también.
  • Al entrar saludó al tío con cierto desparpajo, sin querer fijarse en la sonrisita del viejo, y después se excusó con la mamá.
  • Y hacía una relación de periódico de modas ante sus hermanas, que prestaban oído sin dejar de engullir, y la mamá, que admiraba el talento de observación de su hijo y la gracia con que se burlaba de los defectos.
  • En la una, las patatas amarillentas, los reventones garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que se deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su olorcillo amargo.
  • Y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera, con su complicada filamenta y su brillante jugo.
  • Pero allí estaban en su casa, podían atracarse hasta el gañote con todo lo que iría viniendo, y nadie podría ir a contarle al vecino cómo se las arreglaban para hacer por la vida.
  • La jugosa pechuga, el cuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazón chorreando grasa, que chupaba doña Manuela con un regodeo de gata golosa.
  • Y como si olvidase las antiguas preocupaciones, miraba con igual cariño a todos los que estaban en la mesa, sin pensar si eran hijos del antipático Pajares y si su hermana era una derrochadora.
  • Nelet, con la gravedad de un maître d hôtel, muy circunspecto desde que veía en la mesa al tío millonario, sacó de la cocina el plato del día, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arrancó a todos un grito de admiración.
  • Era una merluza de más de tres libras, que parecía de plomo brillante, con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo de lechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanillos cortados en forma de rosas.
  • Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano.
  • Y al poco rato, la blanca carne de la merluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos.
  • Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito.
  • Ahora sonreía con bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.
  • Lomo de cerdo y longanizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visanteta una gracia especial, que hacía a todos mojar el pan en la roja salsa.
  • Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña Manuela apenas lo probó.
  • Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar con la presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados.
  • Llovía, y la gente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado.
  • Un soberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.
  • Don Juan contemplábalo con miradas de amor.
  • Pero a pesar de esto, era tan excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo entre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando con lentitud y emprendiéndola después con los huesos.
  • Pero esto pasó sin gran éxito, atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandó Juanito.
  • Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su hermana por tenerle contento.
  • Doña Manuela, con la majestuosa nariz inflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por la húmeda frente.
  • Pero para su hermana era un detalle de suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo que acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese un niño.
  • Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y compararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarse en la criadita.
  • ¡Mire usted que pensar un hombre de su carácter y sus años que estaría mejor servido con una chica así que con su vieja Vicenta.
  • El Chartreuse, con su calor de falsa juventud, hace pensar locuras.
  • Un chico elegante, hijo de una gran familia arruinada, uno de esos vástagos inútiles y perniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesía a las dos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con sus locuras y despilfarres el egoísmo y la rapacidad de sus antecesores.
  • Era un muchacho guapo, moreno, con nariz aguileña, barba negra y lustrosa.
  • Una de esas cabezas gallardas, audaces y de enérgica belleza varonil que se ven con frecuencia en las tribus bohemias.
  • En su porte y en su traje notábase la tendencia flamenca amalgamada con la fría corrección burguesa.
  • La educación del hogar confundíase con las costumbres de una vida de estúpidas aventuras.
  • Junto a este hermoso ejemplar de la burguesía próximo a la decadencia, Andresito Cuadros, el hijo del dueño de Las Tres Rosas, aparecía empequeñecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimiento rápido y ese aire aviejado de todos los hijos únicos, a quienes las atenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse.
  • Docto y pedantuelo, algo engreído con los sobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse oír en casa como un oráculo, asombrábase de que fuera de ella no le rindieran tributos de admiración, y esto le producía tal cortedad, que muchos le tenían por tonto.
  • Rafael voceaba en la puerta del salón para que trajeran pronto el café a sus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupación, jugueteaba con la traviesa Miss, cuyos movimientos iban acompañados por el repicante cascabeleo de su pequeño collar.
  • Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente.
  • Acosábalo con atenciones, y hasta había logrado hacerle tragar una copa de coñac.
  • Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que estaba de su mérito como cocinera.
  • El ceño de la habilidosa muchacha se dilató por primera vez en todo el día, y los tres salieron apresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de sus empellones y correteos.
  • ¡Mire usted que tirar tres duros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?
  • Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchó con expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándose en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña.
  • Él lo creía todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestión.
  • Pero había que quedar con dignidad, sostener la honra de la casa, ahora que las niñas iban siendo casaderas, y esto, ¡ay, Juanito mío! esto exigía grandes apuros y no menores sacrificios.
  • Pero a veces se tropieza con escollos insuperables y no sabe una cómo salir a flote.
  • Un gruñido dio a entender a doña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados.
  • Algunas deudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de sus arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil reales, pues el invierno exige grandes gastos.
  • ¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que don Juan salió de su turbada digestión.
  • Y al ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puesta en el exuberante pecho.
  • Con que firmes por mí, salgo de apuros.
  • Eso sólo lo hacen las locas como tú, que has firmado más papel que un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cómo tu nombre anda por el mundo en pagarés siempre renovados, con condiciones que sólo admiten las personas tramposas y sin crédito.
  • ¡quia! éste formaba parte de las fieras, a quienes domina la música, y con gran pesar de su hermana no salía de su indignación.
  • ¡Quia, hija mía! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital no se sostiene un carruaje ni el boato que tú gastas.
  • Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna.
  • Querías tu salón y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro, y con el pretexto de que las niñas crecían y era preciso pollear y mentir, bajaste a este piso, y bajó la renta también aumentando los gastos.
  • Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienes el pobre papá cantaba la antigua copla.
  • / Arròs y tartana, casaca a la moda, ¡ y ròde la bola a la valensiana ! / Y como si la cancioncilla del tío fuese la señal para que comenzase la música de las niñas, éstas atronaron el salón con el tecleo del piano y los gorjeos esforzados.
  • Don Juan cobró ánimos con este estrépito.
  • Al ver que los muchachos sólo atendían al piano, siguió hablando, pero levantó más la voz, con gran alarma de su hermana.
  • Pero dinero, ¡ni un céntimo! Doña Manuela levantó la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardiente y las mejillas rubicundas.
  • Gracias por la limosna dijo con ironía.
  • Me acuerdo mucho de la atención con que seguiste mis consejos.
  • Pero su demanda no le autorizaba para aburrirla con tanto sermoneo.
  • Me pones nerviosa con tus groserías.
  • Se hundió él en su sillón, mirando a los chicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido y las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese erisipela.
  • Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con Miss, cada vez más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían fantásticamente.
  • Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcón, mirando a la calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes.
  • El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólica para salirse siempre con la suya.
  • Ya lo había dicho él en un soneto y media docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto en Amparito.
  • Él la adoraba con la inmensa pasión de los grandes poetas.
  • Además, un novio no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que ella era hija de un doctor famoso según afirmaba la mamá, y los padres de Andresito eran unos ordinarios también según doña Manuela, confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponía conquistar el chico lo allanaría todo.
  • Y cuando con más calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, la niña le interrumpió, diciéndole con su tonillo bromista, como quien accede a tomar parte en un juego.
  • Rafaelito era socio de todos los círculos distinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en una habitación con luces verdes, guardada y vigilada como antro de conspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan los aficionados en torno de las cuatro cartas del monte.
  • En la madrugada, cerca de las cuatro, oía chirriar los pesados portones, entraba el carruaje en el patio, con gran estrépito, y él saltaba de la cama metiéndose los pantalones.
  • Las hermanitas, vestidas unas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y que todavía estaban por pagar.
  • Y la mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar del cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía a cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba con el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores.
  • La mamá era siempre para él un ídolo, un ser superior, y los hermanos, al verlos tan elegantes, le hacían recordar la época en que él, pequeño, pero avispado por el desvío maternal, les servía de niñera cuidadosa, llevándolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegación sus infantiles caprichos.
  • Y después de aspirar ese perfume fantástico de un mundo desconocido que su familia parecía traerle entre los pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volvía a la cama, para dormir tres horas más y emprender después el camino de la tienda, mientras la mamá y los hermanos roncaban su primer sueño con la fatiga propia de las noches de baile.
  • ¡Reírse de ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda la pollería gritaba.
  • ¡ni esto! Bailaba con ella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y salía del salón, para no reaparecer hasta la hora del galop final.
  • Tenía algo que arreglar con Rafaelito.
  • Y mucho cuidadito con meterse en sitios malos.
  • Sólo una vez consiguió que Andresito se esperase hasta las dos, pero al día siguiente sospechó con fundamento que en Las Tres Rosas habían estado a la espera, tras la puerta, unos ásperos bigotes y una vara de medir, para dar las ¡buenas noches! en las costillas al bailarín rezagado.
  • Y luego, aunque se quede usted sólita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitación de tantos pollos amables, porque si el señor sabe que se ha bailado, pone un hocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en que le pone a una de pérfida, perjura e infiel, que no hay por dónde cogerla.
  • Los ciegos y ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo que se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de pescadores u odaliscas, mal pergeñados, con mugrientos trajes de ropería.
  • Muchachos con pliegos de colores voceaban las décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras, colecciones de disparates métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar alaridos de alegre escándalo en la Alameda.
  • En la puerta del Mercado vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer la imaginación de los escultores de la Edad Media, unas con los músculos contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo por la mejilla.
  • Otras con una frente inmensa, espantosa.
  • Caras de esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes.
  • Narices que son higos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con un cascabel en la punta.
  • Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante en la manga el lazo de la Facultad, corrían las calles como un rebaño loco, asediando a los transeúntes para sacarles el dinero en nombre de la caridad.
  • A espaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en el salón con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro la camisa y la cara.
  • Llevaba ramos para la mamá y las niñas, y estuvo locuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intentó como los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le parecía muy interesante.
  • Y pasaba la tribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblemente grotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas de madera pintada con manchas de bermellón en la corva hoja.
  • Revueltos con ellos, iban los disfraces de siempre.
  • Mamarrachos con arrugadas chisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes.
  • Diablos verdes silbando con furia y azotando con el rabo a los papanatas.
  • Gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado a fajas como una cebra.
  • Payasos ágiles, viejas haraposas con una repugnante escoba al hombro, y los tíos de ¡al higuí! golpeando la caña y haciendo saltar el cebo ante el escuadrón goloso de muchachos con la boca abierta.
  • Toda esta invasión de figurones que trotaba por la ciudad, voceando como un manicomio suelto, dirigíase a la Alameda, pasaba el puente del Real envuelta con el gentío, y así que estaban en el paseo, iban unos hacia el Plantío para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con la mayor facilidad.
  • Rafaelito habíase disfrazado de clown, y con otros de su calaña ocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacían diabluras y saludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tiro de sus voces aflautadas.
  • Un buen mozo con negro dominó, montando un caballo de alquiler, marchó toda la tarde como pegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mamá y Amparo miraban las máscaras.
  • ¡tiene usted por ese mundo tantos pagarés renovados y con intereses que no siempre se cobran.
  • ¡Si usted encontrase una persona con garantías que quisiera avalar su firma.
  • ¡Persona con garantías.
  • No era tan fácil encontrar esto, que los prestamistas pedían con tanta sencillez.
  • Allí estaba su hermano, que solamente con una palabra podía sacarla del apuro.
  • La idea de que ésta podía decir la verdad a sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda, a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas.
  • Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantías que ella necesitaba.
  • La escuchó, como siempre, embelesado, deleitándose con el eco de su voz, y la madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito se diese cuenta de lo que decía.
  • Estaba amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecía en él lo que tenía del padre y del abuelo.
  • Lo llevó vestido hasta los veinte años con los desechos de su padrastro.
  • Cuidado, Juan, con decirle una palabra.
  • No quería adquirir compromisos con unas personas así.
  • Justamente había sabido el día anterior que Amparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentado un verdadero disgusto.
  • ¡Casar a Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que había sido criada de doña Manuela! No.
  • La familia no había llegado aún tan bajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona.
  • Ya se sabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque con timidez, hacía sus operaciones.
  • Decididamente, no quería pedir préstamos a una gente inferior, que la trataría con desdeñosa confianza al conocer sus apuros.
  • Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo incómoda con la toilette de teatro y estremeciéndose de impaciencia, mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del patio y los tirones que daba a la galerita.
  • Se congregaba para cruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos niñas pasaban el día siguiente hablando con entusiasmo del do de pecho del tenor y de los vestidos escotados de las del palco 7.
  • De los diamantes de la tiple y de la facha ridícula del director de orquesta, un tío melenudo, con gafas de oro, que en los momentos difíciles braceaba como un loco, se levantaba del sillón y parecía querer pegarles a los músicos, a los artistas y hasta al público.
  • Allí permaneció toda la noche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra, fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella música era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie ni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta, los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el nirvana, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un ratero les hurtase el bolsillo.
  • Y el pobre muchacho, siguiendo la corriente de la lógica, pensaba con horror si todas las señoras que allí estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas de mujer feliz, habrían tenido que pedir prestado como su madre.
  • El recuerdo de esta noche quedó en la memoria de Juanito con una impresión de calor asfixiante y aburrimiento inmenso.
  • La mañana pasábala don Antonio conferenciando con los corredores en la trastienda, leyendo los despachos bursátiles de los periódicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertos amigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento y hablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los céntimos.
  • Vivía inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanes notábase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida de hablar de millones y más millones con tanto desprecio como si fuesen pañuelos de dos pesetas docena.
  • Las cosas de la tienda tratábalas ahora con indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos sólo de una capacidad vulgar.
  • Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cada vez que éste le consultaba, respondía con displicencia.
  • Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de comerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabeza con el escalofrío de la ambición.
  • Daba sus órdenes a los corredores, se acostaba tranquilo y al día siguiente levantábase con la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno.
  • Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tienda ante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre que tiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.
  • Y todo porque con unas cuantas operaciones tímidas, yendo a la zaga de otros más expertos, había ganado mil duros.
  • Entre las parroquianas de la casa había una joven que los dependientes designaban con el apodo de la beatita.
  • Era una criatura tímida, dulce, encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como pidiendo perdón.
  • Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda por molestarla sus exagerados cumplimientos, ese afán de decir a toda parroquiana, con voz automática, que es muy bonita, para despachar mejor la mercancía.
  • Y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a Juanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía el menor atrevimiento.
  • Discutían con gravedad el precio y la clase de las telas.
  • Y tan grande era la simpatía, que si aquel grandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, la beatita sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual y brillante.
  • Iba con frecuencia a Las Tres Rosas, por ser los géneros baratos, y Juanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y uniéndola con otra tres días después, se enteró de quién era.
  • Vivía con una amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinte años de un señor enfermo y malhumorado, que al morir le legó una renta de dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre.
  • Juanito miraba a la joven con tierna simpatía.
  • Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo caído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada siempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de los transeúntes.
  • La cara redondita y pálida, la nariz algo corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas, que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea.
  • Tónica, al entrar, no hacía caso de las palabras de los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tímido como ella, que muchas veces le enseñaba las muestras con manos temblorosas.
  • Y acostumbrada al lenguaje de las madres sin ventura, de las mártires del amor, de todas aquellas señoras pálidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba en las obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto sabor sentimental de novela por entregas.
  • Por un lado, la mamá con sus sofoquinas y pellizcos, ordenándole que rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser una proporción desventajosa y denigrante para la familia.
  • La mamá le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aquí, que no pensase más en mi persona.
  • Me asomo al balcón, y ¡cataplum! allí está en la esquina mi hombre, con una cara tan desmayada, que da risa.
  • Salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza veo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino que cualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero, hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tan pesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no me importune más, pues su testarudez la pago yo.
  • En los bailes de Carnaval había conocido a Fernando, un teniente de artillería, esbelto, con cintura de señorita, que en el teatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacas buscando ocasión de saludarla con gracia marcial que encantaba a Amparito.
  • Desde una semana antes, la granujería corría las calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo a gritos, con monótona canturía, ¡ Una estoreta velleta.
  • Gente de pura sangre valenciana, que vivía estrechamente con el producto de sus pequeñas industrias, pero a la que nunca faltaba humor para inventar fiestas.
  • La paternidad de la idea fue del dueño del cafetín establecido frente a la casa de doña Manuela, un sujeto panzudo y flemático, que gozaba en el barrio fama de chistoso y había heredado el apodo de Espantagosos, sin duda porque alguno de sus antecesores no estaba en buenas relaciones con la raza canina.
  • Era una vergüenza para los vecinos de la plaza no levantar en ella una falla que compitiese con las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad, y la proposición del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda la gente de los pisos bajos.
  • El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse de San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algo que bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objeto dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la falla.
  • Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al pensar en fiestas y bullicios.
  • Primero, los moros, en los ruidosos alalíes con que solemnizaban sus festividades, gozaban en hacer grandes hogueras.
  • En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevábase todo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra.
  • Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitas rojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buque empavesado.
  • A trechos, en las paredes, mostrábanse, clavados, grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante los cuales el público de las primeras horas obreros que iban al trabajo, criadas, barrenderos, etc.
  • Las dos hermanas reían contemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimiento de batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automática y grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una muda sinfonía, que causaba gran algazara en el gentío.
  • Amparito se sintió tan entusiasmada, que hasta envió una sonrisa amable al cafetín de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitas tras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en días de gran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco, estaba en la puerta sentada ante un fogón, con el barreño de la masa al lado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas, que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo.
  • La tal falla iba a acabar con todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricaba los buñuelos por arrobas.
  • Toda la familia de doña Manuela se entusiasmó con el aspecto de la falla.
  • Y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el brillante aspecto que presentaría su salón, bailando las niñas y sus amiguitas, mientras las mamas pasarían al comedor a tomar un chocolate digno del esplendor de la familia.
  • La brillante pollada del balcón agitábase con gran algazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo.
  • Con el anhelo de su libertad, iban de una parte a otra sin saber por qué.
  • De repente, una, por hacer algo, corría a la sala, y todas la seguían con alegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco rato iniciábase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo las devolvía otra vez al espectáculo de la plaza.
  • En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo con mirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el cafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos para servir a todos.
  • En un ángulo de la plaza estaba la tribuna de la música, un tablado bajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorines manchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en que se habían ostentado.
  • Rústicos gañanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja de general y ros vistoso con pompón de rabo de gallo, andaban con cierta dificultad como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto de la semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas, mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas las costuras de la guerrera.
  • Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban íntimamente agarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa, chocando muchas veces contra el tablado de la música.
  • ¡Adiós el invierno! La primavera se acercaba con sus tibias caricias, y en los balcones sonreían las muchachas, mirando de soslayo a los que se detenían para contemplarlas.
  • Para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna, ella, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, le mirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos.
  • ¿Y aún seguía allí, tieso como un poste, importunándola con sus miraditas?
  • ¿No tenía bastante con tantos desdenes?
  • Y se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que estaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza, asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que tenía en su repertorio para los casos de conquista.
  • Y ella, con cierta sonrisilla irónica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunas veces la mirada para ver si el posma seguía allí.
  • Y el pobre muchacho apretaba con mano crispada su junquillo, que para su imaginación era toledano acero, y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y Lord Byron.
  • Pero se fijó con insistencia en el teniente.
  • Pero bien mirado, era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muías de su batería.
  • Un autor que había provocado delirios de entusiasmo con aquella oda dulcísima a la Virgen.
  • / Un hombre que tantas lindezas sabía fabricar, no se peleaba con aquel mozo de cordel.
  • Se retiraría a un desierto, sería fraile, pero no como aquellos barbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjas al cuello, sino con arreglo a figurín.
  • Frailecillo blanco y melancólico, vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como si filase el lamento tierno, interminable, de las almas heridas.
  • Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por poética selva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre el pecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa.
  • Los infames se habían metido en el salón, y estarían en aquel instante arrullándose, con la primera delicia del amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo.
  • Abajo, solo con su desesperación.
  • Un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacer llorar y toser a los monigotes de la falla Y lo primero que vio al volver de sus ensueños fue un par de viejos que, asomados a la puerta del cafetín, le miraban con sonrisa burlona.
  • Eran dos buenos parroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriosos y lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda.
  • Con el sucio pañuelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos ante el mostrador de Espantagosos.
  • Pero las rarezas de aquel señorito que hablaba solo y miraba al balcón de enfrente llamaron su atención, y con la cariñosa insolencia de los borrachos alegres, pusiéronse a contemplarle, riendo de sus gestos dolorosos.
  • Andresito seguía tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernas entumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto.
  • Concha, la hermana, coqueteando con Roberto.
  • Estaban en la misma puerta del cafetín, jugueteando como dos chavales, dándose golpecitos en el abdomen y obsequiándose mutuamente con buñuelos, que acompañaban de latines y signos en el aire, como si se administrasen la comunión.
  • Miraban al trasluz el aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les hipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrando las sílabas trabajosamente.
  • ¡Que le fueran a él con Ayuntamientos! Había trabajado como un perro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertas de los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quería llevar atado, y lo sufrió todo.
  • Le desacreditaban el establecimiento con sus feas palabras.
  • Y miraban fieramente al cafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con la indignación de una ofensa irreparable y mortal.
  • Con altivez de grandes señores, arrojaron su puñado de cobre sobre el mostrador, como abofeteando al dueño.
  • Y decían esto con desdén olímpico, como si tuviesen a mano todos los millones del Banco de España en calderilla.
  • En torno de la falla agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con visera amarilla y de blusas blancas.
  • Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con las húmedas nances casi juntas, asomábanse a la puerta del cafetín con risita maligna al pensar que molestaban al dueño.
  • El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofrades braceaban y se desgañitaban en torno de la falla pidiendo un poco de calma, mientras un compañero se introducía en el cuadrado de lienzo con dos botellas de petróleo.
  • ¡Que toquen la Marsellesa ! gritó un vozarrón anónimo con acento imperioso.
  • Venga la Marsellesa ! repitieron miles de voces con expresión amenazante, como si alguien se negase por anticipado a sus exigencias.
  • El fuego jugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas.
  • Los monigotes, firmes y en pie, ardían como grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas.
  • Andresito recordaba los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de Nerón.
  • Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los organizadores de la falla con pesados puntales, golpeaban el armazón de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para que cayeran en el rojo cráter.
  • La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antes presenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída de los monigotes en la hoguera.
  • La falla se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y un torbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de los tejados.
  • La gente, tostada, con las ropas humeantes, retirábase a las inmediatas calles.
  • Los de los pisos bajos cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el ambiente abrasador, saltaban con estrépito.
  • Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leños ennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas.
  • La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras fallas.
  • Y Andresito, desde la plaza, veía los trajes claros y los bouquets de las amigas pasar por el iluminado balcón, moviéndose con el ritmo del baile.
  • La falla seguía ardiendo, con sus estallidos de leña vieja, que sonaban como tiros.
  • La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados, que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo al lado opuesto envueltos en las chispas.
  • Pero la pareja de pobres hombres era impotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinación de sonreír con tolerancia y retirarse a un portal.
  • Andresito seguía con mirada triste las evoluciones de aquellas bulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamas como si tal cosa, sacudiéndose las chispas como los perros.
  • Algunos chuscos arrojaban en la hoguera manojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo de chispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosas curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de trabucazo.
  • Era Amparito, que acometía con su vocecita de seda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y los berridos burlones de la pillería, a quien le hacían gracia los lamentos musicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.
  • Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento y vacilante.
  • Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y el eterno pañuelo de hierbas en la mano.
  • Soltáronse del brazo y saltaron la falla, uno tras otro, con una agilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales reían y hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón.
  • Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacían sonreír con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones.
  • Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por la última crepitación de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor, llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad, esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada y estremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que se quebraba al llegar a lo más alto de la romanza, ahogándola con sus aplausos los complacientes convidados de la mamá.
  • El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en él con extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, que había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la primavera.
  • Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de Las Tres Rosas.
  • Enterábase de dónde trabajaba, y con una astucia de las más torpes, salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche al regresar a su casa.
  • Las exigencias de sus parroquianas, los consejos de las señoritas, que eran las hijas de su difunta protectora, y hasta las dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella, sirviéndola de madre.
  • Con estas confidencias, Juanito iba penetrando lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio, a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle.
  • En aquella época, llevarla a la capilla de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las diversiones, y rezaba con tal devoción, que las viejas beatas se la comían a besos, asegurando que iba para santa.
  • ¡Qué época aquélla! decía la joven con ligera sonrisa.
  • Ahora la recuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia.
  • Preguntó el joven con visible ansiedad.
  • Pero vacilando, diola curso, al fin, con voz de agonizante.
  • Tónica contestó con una carcajada.
  • Se necesita mucho corazón para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y que lleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma.
  • Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad.
  • Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se le quedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobre escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser esposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega.
  • Parecía imposible que un mocetón con unas barbas que causaban espanto fuese tímido como un seminarista.
  • ¡Y pensar que todos tenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que se declaró a Amparo con la mayor facilidad.
  • A las ocho la vio salir, andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecía esparcir tinieblas.
  • Y comenzó a andar con timidez al lado del joven, que no se sentía menos conmovido.
  • Rozaba al andar un lado de su busto, se sentía envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veía cerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando la brillante dentadura con graciosas sonrisas.
  • Pero la maldita timidez retardaba con ridículos pretextos su declaración.
  • Y mientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas para que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de enagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban los charcos con una graciosa ligereza de pájaro.
  • Obligábanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza del trabajo ni un solo instante.
  • Se mordían los labios con rabia y dudaban de su laboriosidad cuando no podía convertir en vestido flamante un guiñapo viejo.
  • Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cien leguas de lo que decía.
  • Y al mismo tiempo miraba atrás, viendo con gozo que el transeúnte importuno había desaparecido.
  • Tónica vivía en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras.
  • Y mientras atravesaban el Mercado con pasos tímidos, resbalando en el barro pegajoso que cubría las losas, el joven oía a Tónica con la falsa atención del cómico en la escena, que finge escuchar mientras piensa en lo que va a decir.
  • ¡Qué manera de explotar aquellas señoras a la pobre Tónica! ¡Era insufrible! Y mientras matizaba con sus exclamaciones la relación de la joven, pensaba con alarma que ya estaban en la calle de Gracia y él todavía guardaba en el cuerpo, completamente inédita, la declaración que tanto le inquietaba.
  • ¡Tónica! Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven calló, mirando en derredor, como si les amenazase un peligro.
  • No siendo así, no consentiría que me acompañase con tanta frecuencia, lo que puede dar lugar a suposiciones.
  • Eran unas señoras de las que viven con verdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros.
  • ¿y qué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela del trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa?
  • El pobre muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamente el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo a meter una varilla por los ojos de la joven.
  • La última sonrisa de Tónica revoloteaba delante de él con sus alas de oro, alumbrándole el camino.
  • Sentíase impregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez, como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frágil que podía desprenderse al acelerar su marcha.
  • Pero a pesar de esto, el joven, con instintiva confianza, creía en su felicidad, y aquella noche fue la primera de satisfacción y calma, después de las rabietas e inquietudes que le había producido la timidez de su carácter apocado.
  • Para salir de esta vida, quiero vivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten.
  • No era verdad que ella corriese tantos peligros casándose con él.
  • Podría casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos ni protestas.
  • Y el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su situación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos, que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda.
  • Se creía muy honrada con merecer su atención.
  • Pero le permitía seguir hablando con ella, como amigos más que como novios, y si el tiempo demostraba que sus caracteres se comprendían y compenetraban, entonces.
  • Y atropelladamente, habló de su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de su felicidad.
  • Tendrían niños, muchos niños, porque él, con sus gustos de joven tímido, adoraba los muñecos.
  • Pero paró en seco al ver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por la libertad con que formulaba sus ilusiones.
  • Abandonaba la tienda a las horas en que aquélla tenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calle iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le viera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas, para que éstas aprendiesen a distinguir y no le tuvieran por un pazguato incapaz de tener novia.
  • Por ella, por Tónica, reñía con la planchadora, él, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unos cuellos duros y lustrosos como el mármol.
  • Y con gran asombro de las hermanitas, se emancipaba de la dirección de la mamá, siempre tacaña con él, y se hacía un traje igual a los de su hermano Rafael.
  • Ya había conseguido que Tónica le llamase Juanito, y no señor Peña, con aquel acento ceremonioso que hacía reír.
  • Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las atenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los ¡hijo mío! dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una caricia.
  • ¡Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligida demanda, el sablazo maternal, acompañado con lágrimas y conmovedoras lamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educación de los hijos.
  • Y la petición fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tarde en que Juanito, después de comer de prisa, iba a salir para avistarse con Tónica antes de entrar en la tienda.
  • Ya no eran diez o doce mil reales los que ponían a su mamá con agua al cuello.
  • Le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y bondadosos se velasen con lagrimones de ira.
  • Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre.
  • El honor de la familia no podía quedar a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados por doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince mil pesetas por un préstamo de once mil.
  • Y nada con que pagar, absolutamente nada.
  • Preguntó con expresión dolorosa.
  • Doña Manuela contestó con altivez.
  • Doña Manuela experimentó gran extrañeza al tropezar con una tenacidad que nunca había supuesto en su hijo.
  • No, mamá decía tímidamente, pero con firmeza.
  • Encogíasele el corazón al verla tan hermosa, tan señora, con los ojos llorosos y la frente surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para sacarla de la situación.
  • Sus amores con Tónica, aquella luna de miel ideal, el afán de acompañarla a todas partes, hablando de su porvenir, le tenían tan distraído, que si no olvidó sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el día siguiente.
  • Y cuando él se excusaba con sus ocupaciones en la tienda, estremecíase ante el gesto de dolor de doña Manuela.
  • Tónica saldría de casa con su vieja amiga.
  • Las gentes vestidas de negro, con aire solemne.
  • El profundo silencio turbábanlo de vez en cuando los tercetos de ciegos que, agarrados del brazo y golpeando el suelo con sus garrotes para orientarse, iban por el arroyo sin miedo a ser atropellados, prorrumpiendo en lamentaciones poéticas que, en tono quejumbroso, relataban la pasión y muerte del Redentor.
  • Los soldados, con uniforme de gala y las manos yertas dentro de los guantes de algodón, iban a visitar las estaciones, turbando el general silencio con el arrastre acompasado de sus pies e impregnando el ambiente de ese olor de salud, mezcla de carne sudada, cuero y lana burda.
  • Imágenes manchadas con brochazos de sangriento bermellón, la corona de espinas sobre las lacias y polvorientas melenas que agitaba el viento, una caña entre las manos y a los pies una bandeja con céntimos y un viejo pedigüeño.
  • Se veía muchacho pelón jugando con los chicos de la vecindad los días en que su tío lo convidaba a comer en aquel portal inmenso, obscuro, rezumando humedad por entre su empedrado de guijarros.
  • Los recuerdos de la niñez seguían despertándose en él a la vista de la vieja escalera con su pasamano de caoba, rematado por un leoncito borroso y gastado, y de sus peldaños de azulejos del siglo anterior, en los cuales veíanse navios sobre un mar morado, con banderas más grandes que el casco, embozados de gruesas pantorrillas blancas con sombrero de picos y huertanas con cestos de frutas, todo en colores tostados y chillones.
  • Le saludó con una sonrisa de su boca obscura y desdentada, y como de costumbre, no preguntó por su mamá ni sus hermanas.
  • Él las conocía perfectamente, y subsistían en su memoria con todos sus detalles estrambóticos.
  • Aquel ambiente rancio, húmedo, cargado de polvo, que con la diaria limpieza mudaba de sitio sin salir de la casa, y expulsado por la escoba de los rincones iba a caer un poco más allá.
  • La afición de don Juan a visitar almonedas, comprándolo todo con tal que fuese barato, había convertido su casa en una prendería.
  • Los armarios colosales se contaban a docenas, todos de roble viejo, con tallas tan complicadas como sus enormes cerraduras.
  • Sobre la puerta de la escalera destacábase una testa de toro disecada, con unas astas que daban frío.
  • Juanito tenía presente los enormes monos trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pájaros vistosos, a quienes no se podía quitar el polvo sin que cayesen las plumas.
  • Adquisiciones de almoneda, que convertían en un arca de Noé el gran salón, con su techo al fresco, donde jugueteaban amorcillos descoloridos y macilentos por la pátina de un siglo entero, y con sus enormes consolas doradas sobre las cuales se ostentaban grupos de frutas contrahechas, uvas y melocotones, cuya cera perdía los vivos colores bajo la capa de los años.
  • Y don Juan, abandonando la ratonera, rué hacia su sobrino con la sonrisa paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y malhumorado con todos.
  • Creo que desde que eras un chicuelo y subías a enredar con tus compinches.
  • No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas.
  • Mira! Y al mismo tiempo que señalaba a un extremo del vasto taller, cogió un pedazo de madera y lo arrojó con fuerza al lugar donde se agitaba el terrible roedor.
  • Y mientras decía esto, por no estar inactivo, cogía de un telar la cazuela llena de granos, lanzando con voz de falsete un ¡ pul ! ¡ pul.
  • interminable, y arrojaba puñados al suelo, arremolinándose en torno de él las gallinas y palomos, escandalosas, agresivas, disputándose aquel maná con furiosos picotazos.
  • Las ventanas, con sus cerraduras enmohecidas y arriba unos enrejados por los que lanzaba el sol barras de luz en cuyo interior danzaba un mundo de moléculas.
  • Y el viejo se conmovía, coloreábase su tez, gesticulaba con entusiasmo, y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos.
  • Con hombres así no había miedo a ser robado, y la confianza entre amos y obreros era completa.
  • Ahora continuó, apoyando sus palabras con pataditas nerviosas, ahora, todo muerto por culpa del maldito Lyón, de esos gabachos que con sus máquinas endiabladas nos han arruinado.
  • Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animándose con la imaginación, hacía ademanes tan enérgicos como incorrectos para manifestar el desprecio que le merecía el progreso condenado.
  • Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto, venga el señor Progreso y lo eche a perder con su afán de revolucionarlo todo.
  • Callaría si el arte de la seda hubiese ganado algo con nuestra ruina.
  • Aquello acabó, y ahora sólo queda la sedería de Lyón, mírame y no me toques, algodón malo, géneros que no duran un año, porquerías con las que van tan orgullosas estas señoritas del día.
  • Y el sobrino contestaba a todo con afirmativas cabezadas, muy preocupado en su interior por el modo como expondría la pretensión que le llevaba allí.
  • Se visten como los hombres, con lanilla inglesa.
  • Van feas como demonios con esos colores de enterrador, apagados, sombríos.
  • Y en el verano gastan, cuanto más, percal de tres reales, con lo que creen ir tan elegantes.
  • ¡Oh, aquellos tiempos míos! Se estrenaba menos, era menor la variedad, pero se lucían cosas buenas y sólidas, que pasaban docenas de años en los roperos sin que hubiera polilla con valor para hincarlas el diente.
  • ¡Todo se ha perdido! ¡Adiós, cortinajes de damasco! ¡Abur, seda chinesca! Ahora adornan los salones con unas telas ásperas, de tejido burdo y borroso.
  • Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los mongólicos ojos echando chispas, se movía y braceaba furioso, como si arrojara su indignación a la cara de un ser invisible.
  • Pero no era el avaro hombre capaz de entregarse por mucho tiempo a esta indignación con arranques líricos.
  • Pero le turbaban tanto los ojos interrogantes de éste, la calma con que esperaba su respuesta, que se le embrollaban sus pensamientos y no sabía cómo empezar.
  • ¿qué es lo que quieres decirme con todo esto?
  • El viejo dijo esto con un acento que no daba lugar a dudas.
  • Y si no tiene con qué hacerlo, que sufra las consecuencias.
  • He jurado no tenderle la mano aunque la vea con agua al cuello.
  • Y metiéndose la uña del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza, produciendo un chasquido.
  • Si eres tan imbécil que te dejas explotar por tu madre, no cuentes con el cariño de tu tío.
  • Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido.
  • Nada le debía, pues le entregaba íntegro el salario de la tienda, satisfaciendo con creces sus gastos.
  • ¡Qué hermosa estaba! Con sus ojazos lagrimeantes y tiernos, parecía la Virgen que tiene el corazón erizado de espadas.
  • Sería un mal hijo si correspondía con el desdén al cariñazo maternal que le mostraba la buena señora tan pronto como se veía en apuros de dinero.
  • Te lo devolveré pronto dijo la arrogante señora abrazando a Juanito y mojándole el rostro con sus lágrimas.
  • Y lo decía con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se ven salvados, que confían ciegamente en el porvenir y creen mejorar su fortuna en lo futuro.
  • Y los convidados de doña Manuela entraron en la casa, confundiéndose unas familias con otras, saludándose las mujeres con un tiroteo de besos y elogiando todas las cualidades de la posesión que la viuda de Pajares tenía en Burjasot.
  • Un edificio construido por contrata, tan bonito como frágil, con sus tejados rojos y escalinatas con jarrones de yeso, situado en el centro de un jardincillo excavado en las rocas, con dos docenas de árboles tísicos que gemían melancólicamente, martirizadas sus raíces por la capa de dura piedra que encontraban a pocos palmos del suelo.
  • A pesar de su aspecto de decoración de ópera, que tanto entusiasmaba a doña Manuela, el tal chalet no pasaba de ser una casa de vecindad, enclavado como estaba entre otras construcciones de la misma clase, todas frágiles y pretenciosas, con sus jardincillos como sábanas, y sobre la verja, en letras doradas, los campanudos títulos de Villa Teresa, Villa María, etcétera, según fuese el nombre de la propietaria.
  • Los hotelitos había que llamarlos así, para no disgustar a doña Manuela, ocupando la suave pendiente de una colina yerma, eran un magnífico mirador, desde el cual se abarcaba la vega con todas sus esplendideces.
  • Al frente, Burjasot, prolongada línea de tejados con su campanario puntiagudo como una lanza.
  • Docenas de muchachos ocupados en dar vuelo a sus cometas con grotescos figurones pintados, que al remontarse moviendo los inquietos rabos hacían el efecto de parches aplicados al azul cutis del infinito y daban al paisaje un aspecto chinesco de abanico o de pañolón de Manila.
  • En casa de doña Manuela, las señoras, despojadas de sus sombreros y mantillas, y los hombres fumando con la confianza del que está en su propio domicilio, contemplaban desde los balcones la alegría popular.
  • Bastábales volver un poco la cabeza, y su vista caía sobre la inmensa vega, silenciosa y esplendente, con sus tonos verdes de infinitos matices, que deslumhraban, abrillantados por el sol de la primavera.
  • A lo lejos, el mar, como una cenefa azul, corríase por todo el horizonte con su lomo erizado de velas puntiagudas como blancas aletas.
  • Godella con su obscuro pinar, que avanza como promontorio sombrío en el oleaje verde de la huerta.
  • Y por encima de esta barrera, en último término, la sierra de Espadan, irregular, gigantesca, dentellada, mostrando a las horas de sol un suave color de caramelo, surcada por las sombras de hondanadas y barrancos, decreciendo rápidamente antes de llegar al mar, y ostentando en la última de sus protuberancias, en el postrer escalón, el castillo de Sagunto, con sus bastiones irregulares, semejantes a las ondulaciones de una culebra inmóvil y dormida bajo el sol.
  • Yo he vivido en Granada cuando mi difunto estuvo en aquella Audiencia, y su vega no tiene comparación con ésta.
  • ¡Qué ha de tener! dijo el señor López el bolsista con expresión doctoral.
  • Pues figúrese usted añadió doña Manuela, que enrojecía de satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa.
  • Mientras tanto, las niñas de la casa, las de López y las magistradas paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto, a quien estaba esperando.
  • Sabía de buena tinta que la traviesa Amparito había tronado con el artillero.
  • Pero a pesar de esto, el bebé le había recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se agarró del brazo de sus amigas, dejándole con la palabra en la boca.
  • Para ocultar su despecho, fingía contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios.
  • Poco le faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emoción, murmuraba con expresión pedantesca.
  • El joven repetía con obstinación su frase, como el que, acostado, masculla sin cesar la misma oración para aturdirse y coger el sueño.
  • Allí estaba la sinfonía, una verdadera pieza clásica con su tema fundamental.
  • Y él percibía con los ojos el misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus maravillosas funciones.
  • Los inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de la viola de amor o románticas frases del violoncelo.
  • Y en el fondo, la inmensa faja de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal que, a la sordina, lanzaba un lamento interminable.
  • Como en la orquesta salta el pasaje fundamental de atril en atril para ser repetido por todos los instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde eterno jugueteaba en la sinfonía del paisaje, subía o bajaba con diversa intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago como los gemidos de los instrumentos de cuerda, tendíase sobre los campos voluptuoso y dulzón como los arrullos de los instrumentos de madera, se extendía azulándose sobre el mar con la prolongación indefinida de un acorde arrastrado del metal, y así como el vibrante ronquido de los timbales matiza los pasajes más interesantes de una obra, el sol, arrojando a puñados su luz, matizaba el panorama, haciendo resaltar unas partes con la brillantez del oro y envolviendo otras en dulce penumbra.
  • Y Andresito, con la imaginación perturbada, iba siguiendo el curso de la sinfonía extraña que sólo sonaba para sus ojos.
  • Los caminos, con su serpenteante blancura, eran los intervalos del silencio.
  • Y el muchacho, sonámbulo, embriagado por la Naturaleza, hipnotizado por la extraña contemplación, movía la cabeza ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnífico para puesto en verso, tarareaba la célebre obertura con tanta fe como si fuera el propio Tannhauser escandalizando con su himno a la corte del landgrave.
  • Al ver al pobre muchacho solo y gesticulando como un imbécil, había llamado a la niña para que lo llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le había mandado que rompiese con él toda clase de relaciones.
  • Reúnete con la gente joven.
  • Juanito habíase metido en el piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de la casa con las de las familias invitadas.
  • Andresito y el bebé quedábanse rezagados, andaban lentamente y se detenían para recalcar sus palabras con gestos vehementes.
  • Me la pegaste con el artillero, te burlaste de mí.
  • ¡Mi papá! exclamó Andresito con terror infantil, como si temiese una mano de azotes por la travesura.
  • Con esa cara de pascua, y tiene más ponzoña que una víbora.
  • Por eso tuve tanto gusto en hacerte rabiar con el teniente.
  • Y si me disparas algún soneto, te frotaré los hocicos con él, ¿sabes, niño?
  • Y Andresito sonreía, embelesado por la gracia con que el bebé le hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus poesías y acompañando sus palabras con gestos de píllete.
  • ¡Oh, qué criatura! Había que creerla y él se lo tragaba todo a ojos cerrados, incluso la afirmación de que sus relaciones con el teniente sólo fueron para aumentar sus rabietas.
  • Unas perchas, según Amparito, a las que caían rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con que las obsequiaba el papá a cada operación afortunada en la Bolsa.
  • La alegría del campo, al verse libres de la mirada interrogante y severa de las mamas, convertíalas en niñas revoltosas, y a pesar de sus altos peinados, de sus faldas largas y ajustadas, correteaban, enseñando sus lindos pies y aleteando con sus enaguas como una bandada de pájaros.
  • Los ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecían enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acariciándose los inflamados rostros, besándose ruidosamente, parecía notarse algo de desprecio por los hombres que iban detrás.
  • Rafael, su amigo y Andresito caminaban lentamente, con cachaza filosófica, mirando el hermoso grupo, sin intentar mezclarse en él.
  • La afición de sus antecesores los montañeses de Aragón a las hembras fornidas, duras, oliendo a bestia bravía y con las manazas agrietadas por el esparto y la tierra de fregar.
  • Adoraba como un idealista las zafias beldades con su olor a limón y tierra, gozaba oyendo sus conversaciones, prestábalas con el mayor gusto pequeños servicios, aguantaba sus groserías e impertinencias, todo a cambio de poder estarse en un rincón, tímido y sonriente, contemplando los brazos hercúleos, los ojazos insolentes y las piernas como columnas, marcadas por el discreto zagalejo.
  • Al caer la tarde, comenzó a sonar un piano viejo en el piso alto del chalet, éste se conmovió con el taconeo de una agitada mazurca.
  • Entre aplausos y risas bailó con Amparito, mientras su hijo los contemplaba enternecido, renegando tal vez en su interior de su condición de poeta soñoliento y enemigo de superfluidades, que no le permitía aprender cómo se mueven las zancas en el vals, ¡El mismo demonio era el señor Cuadros, a pesar de sus años y del enorme bigote! Así lo declaraban doña Manuela y Teresa, sonrientes, reconciliadas y puestas ambas al mismo nivel.
  • ¡Vive Dios, que se estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía adormecerse! Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.
  • Señores, tendrán ustedes que perdonar decía doña Manuela con aire de castellana hospitalaria.
  • Estamos en el campo y hay que conformarse con lo que traigan.
  • Todos contestaban con un ¡oh! de protesta, mientras se acomodaban la servilleta en el pescuezo.
  • Era la cocina indígena, con todo su esplendor de las fiestas tradicionales.
  • El lomo de cerdo, con las primeras habas de la cosecha, tiernas y jugosas, formando un puré, cuyo olorcillo causaba en el estómago una sensación voluptuosa.
  • Los lagostinos, con casaquillas de escarlata y la puntiaguda caperuza, doblándose como clowns rojos sobre un lecho de excitante salsa.
  • Los pollos, despedazados, hundidos en el rosado caldo del tomate, y después las rodajas de salchichón a centenares, un jamón entero cortado en gruesas lonjas, y una enorme pirámide de huevos cocidos, con la cáscara teñida de rojo o amarillo.
  • Todo con una abundancia capaz de anonadar al estómago más animoso.
  • Sólo las magistraditas y las perchas de López comían con cierto dengue y lanzaban miradas escandalizadas cuando veían en sus copas dos dedos de vino.
  • ¡no me deje usted feo! Y procediendo como niñas buenas y bien educadas, incapaces de desear la fealdad del prójimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando con superioridad satisfecha a las amigas.
  • ¡Cómo ensanchaba el alma ver a la familia con sus amigos celebrando la Pascua tradicional! Era verdad que la fiesta resultaba costosa.
  • La mamá lo veía todo, pero sonreía con dulce tolerancia.
  • Nelet había encendido la lámpara del comedor, y los moscardones y mariposas del vecino jardín, atraídos por la luz, aleteaban nerviosamente, chocando con la pantalla de porcelana.
  • Sobre la mesa aparecían las doradas naranjas de terso cutis, el panquemado de Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vértice nevado, y las bandejas de dulce seco, confitería indígena, sólida y empalagosa.
  • Peras verdosas con la dureza del azúcar petrificado, limoncillos de las monjas de Sagunto, trozos de melón, yemas envueltas en rizados moñetes de papel, todo destilando azúcar y atrayendo a los insectos que revoloteaban en torno de la luz.
  • Y eran de ver las señoritas tapándose la cara con las manos, chillando como gallinas asustadas, por miedo a que les golpeasen encima de las cejas, y los aplausos y vivas con que se acogía la travesura de alguna joven cuando era ella la que agredía a los audaces pollos.
  • Y algunas veces el estruendo venía de abajo, de la cocina, donde sonaban el vozarrón de Nelet y las corridas medrosas de las criadas, con chillidos de protesta débil.
  • Las personas mayores la emprendieron con el dulce, y el señor Cuadros descorchó frascos de licor de colores vivos e infernales, que hacían retorcer el estómago.
  • Doña Manuela hizo prometer a sus amigos que la honrarían con su visita en los dos restantes días de la Pascua, y comenzaron los preparativos de marcha.
  • Bien habían bromeado con Nelet y el cochero del señor López.
  • Frente a los Silos, la multitud arremolinábase en la obscuridad, asaltando a brazo partido las plataformas de los tranvías o regateando con los cazurros tartaneros.
  • Brazos en alto, bastones enarbolados, una guitarra estrellándose quejumbrosamente en una cabeza, y cuando la calma se restablecía, saludábase con sonrisas y aplausos irónicos a la ristra de valientes que, sin paciencia para esperar, emprendían la marcha carretera abajo, cogidos del brazo, moviéndose con torpe balanceo, como si estuvieran sobre la cubierta de un buque en día de gran marejada, charlando incoherentemente o soltando sus vozarrones para entonar los estrambóticos y lánguidos corales que inspira la musa amílica.
  • Era cosa decidida, y el bebé siempre contestaba con el mismo tono burlón a sus recriminaciones.
  • Ya podía hablar con él a todas horas, sin miedo al ridículo de una intimidad falta de garantía.
  • La mamá mostrábase con él amable y cariñosa como jamás la había visto.
  • Tenía arranques de lirismo casero, se enternecía reuniendo toda la familia en la mesa, y él, por no contrariarla, permanecía en Burjasot, víctima de las contradicciones de su carácter, tan pronto atraído por la querencia a la cocina, como pensando en Tónica con la dulce nostalgia del enamorado.
  • Quiso resarcirse del breve paréntisis en su vida de amante, y esperó a Tónica en las calles, sosteniendo con ella largas pláticas que la hacían llegar tarde a casa de las parroquianas, enterándose con minuciosidad de las tardes que había pasado en melancólica calma leyendo novelas sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la modesta merienda.
  • Sus pláticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos ánimos para trabajar.
  • Y él, que hasta entonces había vivido tranquilo e indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el porvenir, sentíase ambicioso, soñaba con una gran posición comercial, que compartiría con Tónica, y miraba la tienda de Las Tres Rosas con el mismo cariño del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya.
  • Realizaba jugadas con éxito sorprendente, y así como aumentaba su fortuna, transformábase en persona.
  • Cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en las riñas de alcistas y bajistas, con expresión de superioridad.
  • Enganchaba la charrette e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que supieran más de cuatro que él también, aunque le estuviera mal el decirlo, era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más vale en estos tiempos.
  • Y hasta en su misma casa introducía reformas radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad mediocre a la ostentación aparatosa.
  • Seducido por los guisos de fonda que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no podía avenirse con el talento culinario de su Teresa, y había tomado una cocinera procedente de una gran casa.
  • En competencia con su mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas.
  • Sólo que las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos.
  • Rompía los ojales del chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y él, que antes cuidaba de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos o a la tentación de entrar en algún café, sacaba ahora, a tuertas y a derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para pagar un refresco un papelote de mil pesetas.
  • El veterano del comercio escandalizábase, y había que oírle las pocas veces que conseguía entablar conversación con el dueño de la tienda, siempre atareado, viviendo en su casa como en una fonda.
  • Pero don Antonio contestaba con risitas irónicas que desesperaban al pobre viejo.
  • Los tiempos cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios.
  • Y el señor Cuadros repetía con expresión pedantesca estos y otros lugares comunes que había oído en la Bolsa de boca de ciertos pillos de levita, que con la dichosa lucha por la existencia justifican rapiñas legales que merecen un grillete.
  • Podía esperar sentado a que todas las personas honradas se coligasen, según él decía, para acabar con los negocios bursátiles.
  • Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del célebre banquero, que todos los días repetían los periódicos, pero Juanito se estremeció.
  • Colocaba los capitales ajenos con la mayor seguridad.
  • Tenía esclavizada la fortuna, y a pesar de esto, ¡qué sencillo! ¡Con qué modesta afabilidad trataba a los pequeños! Era un señor pequeñín, enfermizo por el exceso de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cándida cuyo secreto sólo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la Compañía.
  • Dos veces había estado en la tienda buscando al principal, y se dignó hablar con Juanito afectuosamente, como si fuese uno de la clase, enterándose con benevolencia paternal de sus proyectos para el porvenir.
  • Eso de arrojar la fortuna al viento, con la esperanza de una ganancia loca, quedaba para los tontos que se creen poseedores de infalibles secretos.
  • Aquello sólo era una racha de fortuna, la terrible benevolencia de la fatalidad con los jugadores novatos.
  • La fiesta del santo popular verificábase con el aparato de costumbre.
  • En los puntos más céntricos de la ciudad habíanse levantado los altares, enormes fábricas de madera y cartompiedra que llegaban a los tejados, con decoración gótica o corintia, erizados de mecheros de gas, y en su parte media la repisa, en la que se ostentaba el diplomático de Caspe con su hábito de dominico y un dedo en alto entre cirios y flores.
  • Abajo, la plataforma del escenario, donde se representaban los milacres, piezas dramáticas, cándidas y sencillas como sus versos lemosines, cuyo argumento, girando en torno del mismo punto, trata siempre de las querellas feudales entre Centelles y Vilaraguts, de la conversión de los moros de Granada o de alguna treta de los impíos contra el elocuente apóstol, todo sazonado al final con el necesario milagro del santo y el correspondiente sermón en endecasílabos.
  • Orgullosos de lucir el bonete con pluma y tirar de la espada cuando lo requería el milacre.
  • Y era de ver la atención con que escuchaba la predicación de San Vicente, representado siempre por un muchacho paliducho, pedante y melancólico, y las carcajadas con que celebraba las majaderías del motilón, personaje bufo que pasaba el tiempo tragando pan, sorbiendo rapé, sonándose las narices en un pañuelo como una sábana y agujereado como una criba, y diciendo estupideces subidas de color, todo para mayor edificación de los devotos del santo.
  • Juanito, a las tres de la tarde, había ido a ponerse en acecho cerca de la casa de Tónica, esperando que ésta saliese con Micaela para ver los altares.
  • El pobre señor acogió a Juanito con una sonrisa de gozo.
  • Mis amigos han salido con sus familias, y yo no tengo a nadie en este mundo.
  • Por el camino hablaba el viejo de su situación con tono melancólico.
  • Algunas madres de la vecindad, con su tropel de muñecos voceadores, y grupos de curas y aficionados a la clase sacerdotal, destacando sobre el verde la mancha negra de sus trajes, hablando con misterio de lo malos que están los tiempos, del prisionero del Vaticano y del verdadero rey que vive en Venecia.
  • Juanito le oía con la deferencia y el respeto que inspiran ochenta años.
  • Después de tantísimos años de probidad comercial, de prosperidad lenta pero segura, no puedo conformarme con esta vida de agitación y sobresalto que noto en torno mío, ni menos ver con tranquilidad una ganancia inmoral y estrepitosa.
  • Dijo el joven con tono conciliador.
  • Es la fiebre de la época, y la juventud es la que con más calor apadrina las ideas nuevas.
  • Y yo también dijo el viejo con gran calor, yo también los quiero con toda mi alma.
  • Lo que hay, muchacho, es que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo ver con tranquilidad cómo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas aventuras.
  • Lo mismo soy yo con Las Tres Rosas.
  • ¡Bah! objetó Juanito con juvenil confianza.
  • ¡Y qué bien sabe hacerlo el muy ladrón! Se confiesa a menudo, entrega cantidades en las sacristías, diciendo que las ha cobrado de más por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se murmura si es él ese ramoso sujeto que, con el incógnito de Un cualquiera, envía dinero a la Junta de Instrucción Obrera cuando ésta sufre apuros.
  • Juanito sentía inquietud y molestia ante la rudeza con que el viejo destrozaba el ídolo de su admiración, pero calló por respeto.
  • En mis tiempos, antes de gastar un ochavo le dábamos cien vueltas, pero nos contentábamos con lo nuestro y vivíamos felices.
  • Viven pendientes de un hilo con el afán de acaparar dinero.
  • Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quieren pasar a amos.
  • Antes soñaba con que su hijo fuese abogado, y ahora mira impasible cómo abandona los estudios y se entera con gusto de sus progresos en la equitación.
  • Dice que con la herencia que él le dejará, para nada necesita la carrera.
  • Quiere hacer de él un hombre a la moda, y quién sabe si tendrá pensado casarle por lo menos con la princesa de Asturias.
  • Y reía al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintiera elevado por encima de todas las miserias.
  • En fin, hijo mío, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a los viejos hay que tolerarles.
  • Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja.
  • El viejo hablaba melancólicamente, como si viese ya la ruina del brazo con la muerte rondando en torno de él.
  • VII Los domingos, a las siete de la mañana, salía Juanito de su casa con el alegre desembarazo del colegial que en día de fiesta todo lo ve de color de rosa.
  • La mamá y las hermanitas le contemplaban con asombro.
  • Ahora la música le arañaba en lo más hondo del pecho, y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas cuando Amparito se arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón, en un puño.
  • Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecían incubar en él un nuevo ser, y de la ruda cáscara del antiguo dependiente, con la inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía un hombre nuevo, en el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.
  • Allí permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras hermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con el devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadas emperejiladas, que, doblándose al peso de las cestas, metíanse entre la varonil barrera para comprar un mazo de flores.
  • Pero bajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos de flores, entre las cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notábase una frescura de subterráneo, el vaho húmedo de las baldosas regadas con exceso.
  • Sobre las mesas pintadas de verde amontonábanse las flores como si fuesen comestibles, o agrupadas en pirámides, sobre una base de papel calado, erguíanse formando ramos monumentales con los colores en caprichosos arabescos.
  • Hermosas unas, con la esplendidez de las vírgenes morenas.
  • Viejas y arrugadas otras, con esa fealdad de bruja que es final rápido e inesperado de la belleza de las razas meridionales.
  • Acostumbradas todas ellas a la vida común con las flores, tratábanlas con confianza ruda y desdeñosa.
  • Recortaban cruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, o aprisionaban sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera el perfume que en son de protesta les arrojaban al rostro.
  • Las azucenas, con su túnica de blanco raso, erguíanse encogidas, medrosas, emocionadas, como muchachas que van a entrar en el mundo y estrenan su primer traje de baile.
  • Los pensamientos, gnomos de los jardines, asomaban entre el follaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de morado terciopelo.
  • Formaban una original pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por estar cerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distinción adquirido en la niñez y llevando su cesta con la desenvoltura de una colegiala que comete una travesura.
  • él la cargaba con el ramo más hermoso que veía, seguíala en su correteo por el Mercado, de puesto en puesto, y después la acompañaba hasta su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos, que consideraban a Juanito como un conocido y se hacían lenguas, especialmente las mujeres, del gancho de la costurerilla, una mosquita muerta que había sabido pescar un novio rico, según aseguraban los mejor informados de la calle.
  • Juanito, poco a poco, había logrado estrechar sus relaciones con Tónica.
  • El dependiente había entablado amistad con Micaela, una criatura insignificante que pasaba por el mundo como un fantasma, anulada la voluntad, lamentándose de no vivir, como en su juventud, en la servidumbre doméstica.
  • Sentía una tierna simpatía por aquella mujer casi ciega, con sus ojazos claros siempre inmóviles, como si experimentara eterno asombro.
  • Y mientras Tónica le llamaba por su nombre, ella, con sus costumbres de criada antigua, nombrábale siempre señor de Peña, ceremoniosamente, a estilo de comedia.
  • ¡Qué tardes tan hermosas las de aquella primavera! Salían de casa a la hora en que correteaban por las calles los grupos de criadas, con sus faldas almidonadas y al cuello el ondeante pañuelito de seda, seguidas por los soldados de caballería, de escandalosas espuelas, torpe paso y embarazados por el sable, como si fuese un pesado garrote.
  • Iban donde va la gente que no quiere gastar dinero, y se les veía por el pretil del río, camino de Monte Olivete, los dos jóvenes delante, hablando tranquilamente, mientras se acariciaban con la mirada, y detrás Micaela, con aire de inconsciente, abismada en el crepúsculo eterno que la envolvía y levantando la cabeza, sin sentir la menor molestia por los rayos del sol que se quebraban en sus ojazos hermosos y muertos.
  • Y al fin descargas cerradas, mientras el colombaire se agitaba como un energúmeno, con la fiebre de la destrucción, y rugía ¡ a ell, a ell ! como si su voz fuese el ladrido de toda una jauría.
  • Los curiosos, enardecidos por el tiroteo, seguían con mirada ansiosa al pájaro que lograba escapar.
  • Henchíase el moquero de Tónica de cacahuetes y altramuces, y volvían a emprender la marcha, siempre por la orilla del río, más agreste ahora, con filas de seculares álamos y verdes cañares, que se estremecían rumorosos al viento con un quejido triste.
  • Tónica era un espíritu práctico, que, en medio de sus escapes de pasión, no olvidaba el porvenir con todas sus miserias y monotonías.
  • Y la linda costurera, con su aire grave de mujer formal, con la misma expresión vaga y soñolienta que si hablase de amor, marcaba punto por punto el programa de su vida futura.
  • ¡qué felicidad hablar de los negocios devorando el clásico puchero con el buen apetito que da la actividad! Dependientes pocos y buenos, tratados como de la familia, comiendo todos en la misma mesa, a estilo patriarcal.
  • Y entonces tendrá que ver que al digno comerciante don Juan Peña, cuando suba a almorzar, se le cuelguen de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y no le dejen tragar bocado con tranquilidad.
  • Estas marcas del diario trabajo las adoraba Juanito como cuarteles de nobleza, y las yemas de los rosados dedos, ligeramente encallecidas, chupábalas con tanta delicia como si fuesen caramelos.
  • Tónica, con dulce coquetería, extendía sus manos, dejándoselas besar.
  • Si alguna vez, al saltar un ribazo, quedaba al descubierto algo de su blanca media, veía cómo Juanito volvía a otro lado su mirada con cierta expresión de sorpresa y disgusto.
  • Él, que en la cocina de su casa estremecíase hasta la raíz de los cabellos al menor roce con las fornidas fregonas, nunca había llegado a pensar que Tónica tenía algo más que su gracioso rostro.
  • Mientras los novios, sentados en los pendientes ribazos, con los cañares a la espalda, hablaban del porvenir, acariciándose castamente, y en pleno idilio daban fin al puñado de altramuces, Micaela permanecía inmóvil, con la mirada mate fija en el sol, que, como una bola candente, resbalaba por la inmensa seda del cielo sin quemarla, y al acercarse en su descenso majestuoso al límite del horizonte, se sumergía en un lago de sangre.
  • Veía con los oídos.
  • La veía en el cielo, justamente ganado con sufrimientos y miserias, vestida de blanco, como van los bienaventurados, y desde allí, asomándose a una ventana de nubes, lanzaba una sonrisa como una bendición sobre los dos jóvenes, que parecía decir.
  • Se sentía feliz y lloraba de alegría, de agradecimiento, satisfecha de sí misma, de la bondad con que la trataba Dios.
  • Juanito miraba con asombro no exento de envidia a la pobre mujer casi ciega, que saldría del mundo tan inocente como había entrado, después de arrastrar la más monótona y abrumadora de las existencias, siempre amarrada a la argolla de la domesticidad, sumisa y automática, y que todavía sentíase dominada por el agradecimiento, como si la vida de descanso puramente animal que ahora gozaba fuese una felicidad de que no se consideraba digna.
  • Por la noche, ¡con qué placer saltó al andén de la estación, hendiendo a codazos la muchedumbre que obstruía la salida! Con los zapatos llenos de polvo, llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que esparcían fresco perfume, pasó como un hombre satisfecho de la vida ante los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y corrió a la calle de Gracia, metiéndose en la escalerilla con un arranque de audacia que a él mismo le causaba asombro.
  • El día de la Virgen fue con Tónica y su amiga a la primera misa en la capilla de los Desamparados.
  • La multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcíase por la plaza hasta la fuente, adornada con un ridículo templete que parecía de confitería.
  • Oirían la primera misa en la capilla de los Desamparados, porque a doña Manuela, como buena valenciana, le parecía que ninguna misa del resto del año valía tanto como aquélla y después tomarían chocolate en un huerto de fresas, bajo un toldo de plantas trepadoras, recreándose el olfato con el olor de los campos de flores y el humillo del espeso soconusco.
  • Doña Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendió fijando los ojos en Tónica con expresión curiosa e interrogante.
  • Podía casarse con una criada de la casa, sin que doña Manuela sintiera un leve roce en aquella susceptibilidad tan despierta para los otros hijos.
  • La buena señora llegó por fin a darle a entender con palabras sueltas lo que él se recelaba.
  • Desde la noche que subió a casa de Tónica, fue estrechando su intimidad con las dos mujeres.
  • Si él se sintiera con fuerzas bastantes, sería de ellos.
  • Y decía esto con la fiebre de explotación adquirida en la tienda oyendo a los bolsistas, fiebre que comunicaba a las dos mujeres, que le escuchaban como un oráculo.
  • Y Tónica le escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido, los labios apretados, como si dentro de su cabecita se agitase una idea tenaz, mientras Micaela abría sus muertos ojazos con la expresión de una niña que oye un cuento de hadas.
  • Eran ocho mil reales, amasados trabajosamente entre las dos mujeres, arañados al jornal de Tónica y a la pobre pensión de Micaela, adquiridos a fuerza de alimentarse con arroces insípidos los más días de la semana, remendar los trajes hasta que se deshilachaban de puros viejos y pasar las veladas a obscuras para evitar el gasto de luz.
  • Añadió con marcada indecisión no sé hasta qué punto convendrá a ustedes exponer un dinero que tanto les cuesta.
  • Los clientes aguardaban con resignación el turno.
  • Juanito y las dos mujeres, después de una hora de espera viendo las entradas y salidas de los clientes, que andaban con aire discreto, como influidos por aquel ambiente de seráfica calma, fueron admitidos a la presencia del gran hombre.
  • Abriendo una mampara negra, entraron en el despacho, pieza empapelada de obscuro, con estantes de carpetas verdes y grandes cromos franceses de santos y santas, que parecían acicalados y perfumados para asistir a un baile.
  • Allí, tras la mesa ministro, sobre la cual todo estaba arreglado con nimia pulcritud, mostrábase el famoso banquero.
  • Habíalo imaginado majestuoso, imponente, y veía un hombre raquítico, amarillento, cargado de espaldas, con la cabeza cana y un bigote recortado, que parecía despegarse de su rostro clerical.
  • Hablaba golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo más notable del rostro, por su expresión extremadamente bondadosa y atenta.
  • Siéntense dijo con su voz reposada, que marcaba grandes pausas entre sílaba y sílaba.
  • El dependiente estaba ruborizado y se expresaba con dificultad, impresionado por la mirada del grande hombre.
  • Don Ramón acogió con noble modestia las expresiones de confianza de su admirador, y pareció enternecerse con las pocas palabras de Tónica y su amiga rogándole se dignase aceptar su dinero.
  • Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio, para que me decida a hacer algo por ustedes.
  • Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpeándose las manos con expresión satisfecha, como si le bastara un simple guiño para que las dos mil pesetas se multiplicaran en millones.
  • Y don Ramón les acompañó hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa de padre a sus tres clientes.
  • ¡Aquel hombre era un santo! Lo mismo decían los que estaban en la antesala, gente menuda, con blusa unos y chaqués raídos otros, todos hombres de fe, que llevaban sus ahorros al santuario de la honradez, y mientras aguardaban el turno cuchicheaban, haciéndose lenguas de sus virtudes.
  • ¡Qué hombre aquél! No ya el dinero, sino la propia sangre se le podía dar con entera confianza.
  • ¡Dios mío! ¡Qué peso se quitaban de encima! Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentían una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de acaudalado y filantrópico banquero.
  • VIII La vela del Corpus, con sus anchas listas azules y blancas, sombreaba desde los altos mástiles la plaza de la Virgen.
  • Pesados armatostes lavados y brillantes, pero con cierto aire de vetustez, luciendo en sus traseras, cual partida de bautismo, la fecha de construcción.
  • Recordaban aquellas enormes fábricas de madera pintada, con su lanza semejante a un mástil de buque y sus ruedas cual piedras de molino, las carrozas sagradas de los ídolos indios o los carromatos simbólicos que güelfos y gibelinos llevaban a sus combates.
  • La gente pasaba revista con una curiosidad no exenta de ternura a la fila de rocas, como si su presencia despertara gratos recuerdos.
  • San Vicente, con el índice imperioso, afirmando la unidad de Dios.
  • San Miguel, con la espada en alto, enfurecido, amenazando al diablo sin decidirse a pegarle.
  • El Padre Eterno, con sus barbas de lino, mirando con torvo ceño a Adán y Eva, ligeritos de ropa como si presintiesen el verano, sin otra salvaguardia del pudor que el faldellín de hojas.
  • La Virgen, con la vestidura azul y blanca, el pelo suelto, la mirada en el cielo y las manos sobre el pecho.
  • Y al final, lo grotesco, lo estrambótico, la bufonada, fiel remedo de la simpatía con que en pasadas épocas se trataban las cosas del infierno, la roca Diablera.
  • Pintón coronado de verdes culebrones, con la roja horquilla en la diestra, y a sus pies, asomando entre guirnaldas de llamas y serpientes, los Pecados capitales, horribles carátulas con lacias y apolilladas greñas, que asustaban a los chicuelos y hacían reír a los grandes.
  • Y todos estos carromatos, legados de la piedad jocosa de pasadas generaciones, eran admirados por el gentío, que, con un entusiasmo puramente meridional, se regocijaba pensando en la fiesta de la tarde, cuando las muías empenachadas se emparejasen en la aguda lanza y los carromatos conmoviesen las calles con sordo rodar, exuberantes las plataformas de arremangados mocetones disparando una lluvia de confites sobre el gentío.
  • El primer sol de verano abrillantaba como espejos las barnizadas tablas de los carromatos, doraba los mástiles, esparcía un polvillo de oro en la plaza, daba al gigantesco toldo una transparencia acaramelada, y este cuadro levantino, fuerte de luz, dulcificábase con el tono blanco de la muchedumbre, vestida de colores claros y cubierta con los primeros sombreros de paja.
  • Primero pasaron los portadores de las banderolas, con sus dalmáticas de seda con las barras aragonesas y altas coronas de latón sobre melenas y barbazas de estopa.
  • Tras ellos el cura municipal, el famoso capellán de las rocas, jinete en brioso caballo encaparazonado de amarillo, el manteo de seda descendiendo desde el alzacuello a la cola del caballo, y enseñando la limpia y blanca tonsura al saludar con el bonete al público de los balcones.
  • Y seguían detrás las dansetes, escuadrones de pillería disfrazada con mugrientos trajes de turcos y catalanes, indios y valencianos, sonando roncos panderos e iniciando pasos de baile.
  • Las banderas de los gremios, trapos gloriosos con cuatro siglos de vida, pendones guerreros de la revolucionaria menestralía del siglo xvi.
  • Los Pecados capitales, con estrambóticos trajes de puntas y colorines, como bufones de la Edad Media, y al frente de ellos la Virtud, bautizada con el estrambótico nombre de la Moma.
  • Jardineros municipales a pie, con grandes ramos.
  • Detrás, presidiendo la comitiva, como muda invitación hecha al público para asociarse a la fiesta, iban en las carrozas municipales media docena de señores de frac, tendidos en los blasonados almohadones, llevando sobre el vientre, como emblema concejil, la roja cincha y saludando al público con un sombrerazo protector.
  • Un pelotón de gañanes con la cara tiznada, gabanes de arpillera con furias pintadas, y coronados de hierba, que cerraban la marcha, repartiendo zurriagazos entre los curiosos que ocupaban la primera fila con sus garrotes de lienzo, más ruidosos que ofensivos.
  • Las de Pajares dejaron que se alejase la cabalgata con su estruendo de tamboriles y dulzainas y siguieron su marcha por las calles cubiertas con espesa capa de arena para el paso de las rocas.
  • Y más aún ahora que el afortunado bolsista había amueblado a gusto de los tapiceros, y con una brillantez vulgar propia de café o de fonda, sus habitaciones, antes tan lóbregas como desmanteladas.
  • Doña Manuela y las niñas aceptaron con entusiasmo el ofrecimiento.
  • A las tres salía la familia con dirección al Mercado.
  • Concha y Amparito llamaban la atención con sus vestidos de vivos colores y las capotitas de paja, que hacían lucir sobre su cabeza toda una pradera de flores y musgo.
  • Pero ¡ay, Dios! estremecíase al pensar lo que aquello le costaba y las terribles intranquilidades del porvenir, ¡Siempre el dinero como eterna pesadilla, amargándole la existencia, a ella que tanto había gastado! Juanito las dejó a la puerta de Las Tres Rosas, para ir en busca de su novia, y ellas, al subir a las habitaciones de los señores de Cuadros, encontráronse con una tertulia formada por todos los amigos de la casa.
  • La esposa de Cuadros, que respondía a sus amigas con sonrisas de conejo y parecía muy preocupada por pensamientos tristes y misteriosos, abalanzóse a doña Manuela, saludándola con apretado abrazo y sonoros besos.
  • Mientras tanto, las niñas de Pajares, las de López el famoso bolsista y otras amiguitas posesionábanse de los balcones, convirtiéndolos en pajareras con su charla graciosa y sus ruidosas risas.
  • Los balcones estaban adornados con antiguas colgaduras de sólidos colores, las bocacalles vomitaban sin cesar nuevos grupos en el compacto gentío, y los pájaros que anidaban en los árboles del Mercado huían ante la granujería que, montada en las ramas, silbaba y gritaba a los de abajo, con la confianza del que está en su propia casa.
  • El sol de verano caldeaba la muchedumbre, por entre la cual paseaban las chiquillas despeinadas y en chanclas, con el cántaro en la cadera, pregonando el agua fresca, y los mocetones de brazos hercúleos y arremangados, con pañuelo de seda en la cabeza, sosteniendo a pulso las pesadas heladoras y ofreciendo a gritos la horchata y el agua de cebada.
  • En los balcones abríanse, como flores gigantescas, sombrillas de brillantes colores, agitábanse grandes abanicos con aleteo de pájaro, y abajo la muchedumbre removíase inquieta, chocando con las apretadas filas de sillas que orlaban el arroyo.
  • Un alegre cascabeleo dominaba los ruidos de la plaza y las voces enérgicas del postillón en traje de la huerta, que gritaba ¡ arre ! ¡ arre ! manejando con rara maestría una docena de ramales.
  • Trotaban, arrastrando los pesados armatostes, las docenas de muías gordas y lustrosas salidas de las cuadras de los molinos, con los rabos encintados, las cabezas adornadas con vistosas borlas y entre las orejas tiesos y ondulantes penachos.
  • Cogidos a sus bridas corrían los criados de los molineros, atletas de ligera alpargata, despechugados y con los brazos al aire, que, a la voz de ¡alto!, se colgaban de las cabezadas, haciendo parar en seco a las briosas bestias.
  • En las plataformas iban los de la Lonja, tratantes en trigo, molineros, gente campechana y amiga del estruendo, que, en mangas de camisa, botonadura de diamantes y gruesa cadena de oro en el chaleco, arrojaban a los balcones con la fuerza de proyectiles los ramilletes húmedos y los cartuchos de confites duros como balas, con más almidón que azúcar.
  • En los balcones, las señoritas cubríanse el rostro con el abanico, temerosas al par que satisfechas de que las acribillasen con tan brutales obsequios.
  • En un balcón, completamente solas, estaban doña Manuela y la señora de Cuadros, cobijándose ambas bajo la misma sombrilla, afectando mirar a los transeúntes y hablando en voz baja con tono grave y misterioso.
  • La viuda de Pajares mostrábase maternal y daba consejos a su amiga con cierta altiva superioridad.
  • Podía hablar con entera franqueza, pues ya sabía el gran interés que le inspiraba todo lo de su casa.
  • ¡Vaya con el señor de Cuadros! ¡Quién iba a imaginarse una cosa así.
  • Lo mismo le había ocurrido a ella con el doctor.
  • Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufrió tanto como yo con aquel hombre endemoniado.
  • Bien es verdad que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su Antonio.
  • Preguntó la viuda con curiosidad ansiosa.
  • Pero ¡qué carta, doña Manuela! ¡Qué cosas tan indecentes había en ella! Parece imposible que hombres honrados y con hijos puedan leer tales porquerías.
  • La portera me la enseñó estando en su balconcito, con una bata muy lujosa, que bien puedo decir que me la ha robado a mí.
  • Pero con unos ojos de desvergonzada, que es sin duda lo que les gusta a los hombres.
  • ¡Mi Antonio, un hombre tan serio, con esa mala piel! ¡Ay, doña Manuela de mi alma, yo creo que me va a dar algo! Y la pobre mujer, no pudiendo resistir más, cubríase con el abanico los lacrimosos ojos, mientras doña Manuela le recomendaba la serenidad.
  • Cuando usted hable con Antonio, muéstrese seria y altiva.
  • Las bandas militares atronaban las calles inmediatas con sus ruidosos pasodobles, y rompiendo el gentío pasaban los regimientos, con los uniformes cepillados y brillantes, moviendo airosamente al compás de la marcha los rojos pompones de gala y las bayonetas, doradas por los últimos resplandores del sol.
  • Otros con uniforme de Maestranzas y Órdenes de caballería, vestimentas extrañas, con el sombrero apuntado y la casaca de vistosos colorines, que daban a sus poseedores el aspecto de pájaros exóticos.
  • Doña Manuela, con aire maternal, daba consejos a la desconsolada esposa.
  • Pues esto es lo que ella hacía con el difunto doctor Pajares.
  • En el extremo de la plaza aparecieron las banderolas con las rojas barras de Aragón, y sonaron dulzainas pausada y majestuosamente, tañendo las melancólicas danzas del tiempo de los moriscos.
  • Detrás iban los enanos, con sus enormes cabezas de cartón, que miraban a los balcones con los ojos mortecinos y sin brillo.
  • Y era de ver el entusiasmo con que aplaudía el público los prodigios de equilibrio de los portadores sosteniéndolas enhiestas sobre la palma de la mano, moviéndolas a compás del redoble de los enormes y viejos tambores que hacían sonar los toques de los tercios obreros en la guerra de las Germanías.
  • Un desfile de más de cien imágenes con sus correspondientes cofradías y asilos.
  • Más de un millar de cabezas que pasaban por debajo de los balcones con la raya partida y el pelo aceitoso o rizado.
  • Unos, desnudos, con las carnes ensangrentadas y sin otra defensa del pudor que unas ligeras enagüillas.
  • Otros, vestidos con pesados ropajes de pedrería y oro.
  • Pasaban los mártires con el rostro contraído por un gesto de fiero dolor, los místicos con los brazos extendidos y los ojos velados por el éxtasis de la felicidad.
  • Y tan pronto aparecía un santo con dorada mitra o rizada sobrepelliz, como lucía otro sobre su cabeza el acerado casco de guerrero.
  • En larga fila, contestando a las cuchufletas y carcajadas del gentío con burlescos saludos, aparecían las figuras más salientes del gran poema bíblico.
  • David, con corona de latón, barba de crin y el floreado manto barriendo los adoquines, avanzaba pulsando los bramantes de su arpa de madera.
  • Detrás venía Josué, un mozo de cordel vestido de centurión romano, apuntando con una espada enmohecida a un sol de hoja de lata y caminando a grandes zancadas como un pájaro raro.
  • Y cerraban el desfile las heroínas bíblicas, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento, que salvaban al pueblo de Dios cortando cabezas o perforando sienes con un clavo, representadas todas ellas por mancebos barbilampiños, embadurnadas las mejillas con albayalde y bermellón y vestidos con trajes de odaliscas.
  • Desfilaban los cleros parroquiales con sus áureas cruces.
  • Los seminaristas con la frente baja y los ojos en el suelo, cruzadas las manos sobre el pecho.
  • Y en toda la extensión de la plaza, a la luz de los cirios, que brillaban con más fuerza en el crepúsculo, veíanse dos filas interminables de deslumbrante blancura, compuestas por los rizados roquetes y las albas de ricas blondas.
  • Entre esta oleada de blanca espuma, pasaban llevadas en andas las reliquias en sus ricas urnas, las imágenes de plata con una ventana en el pecho, tras cuyo vidrio marcábase confusamente el cráneo del bienaventurado.
  • Desfilaban los veinticuatro ancianos con albas vestiduras y blancas barbas, sosteniendo enormes blandones que chisporroteaban como hogueras, escupiendo sobre el adoquinado un chaparrón de ardiente cera.
  • Seguíanles las doradas águilas, enormes como los cóndores de los Andes, moviendo inquietas sus alas de cartón y talco, conducidas por jayanes que, ocultos en su gigantesco vientre, sólo mostraban los pies calzados con zapatos rojos.
  • Y cerraba la marcha el apostolado, todos los compañeros de Jesús, con trajes de ropería, en los que eran más las manchas de cera que las lentejuelas.
  • E intercalados entre ellos, niños con hachas de viento, vestidos como los indios de las óperas, pero con aletas de latón en la espalda, para certificar que representaban a los ángeles.
  • Desfilaban los invitados, una avalancha de cabezas calvas o peinadas con exceso de cosmético, una corriente incesante de pecheras combadas y brillantes como corazas, de negros fracs, de condecoraciones anónimas y de un brillo escandaloso, de uniformes de todos los colores y hechuras, desde la casaca y el espadín de nácar del siglo pasado hasta el traje de gala de los oficiales de marina.
  • Arriba, en los balcones, la curiosidad señalaba con el dedo a los personajes conocidos que se mostraban a la luz de los cirios, y las cabezas erguidas de algunos invitados cruzaban saludos con las señoras, sin perder por esto el gesto de gravedad propio de las circunstancias.
  • Estallaban luces de colores, y a su resplandor, tan pronto blanco como rojo, veíanse a lo lejos, terminando la doble fila de cirios, los sacerdotes con capas de oro, manejando los incensarios, con un continuo choque de cadenillas de plata, en el fondo de una nube de azulado y oloroso humo.
  • El poético aparato del culto católico imponíase a la muchedumbre con toda su fuerza sugestiva.
  • Las mujeres llevábanse las manos a los ojos, humedecidos sin saber por qué, y las viejas golpeábanse con furia el pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un ¡Señor, Dios mío! que hacía volver con inquietud la cabeza a los más próximos.
  • Y el sol de oro, mostrándose en medio de tal aparato, enloquecía a la muchedumbre levantina, pronta siempre a entusiasmarse por todo lo que deslumbra, e inconscientemente, lanzando un rugido de asombro, empujábanse unos a otros, como si quisieran coger con sus manos el áureo y sagrado astro, y los soldados que guardaban el palio tenían que empujar rudamente con sus culatas para conservar libre el paso.
  • Los otros bolsistas aprobaban con movimientos de cabeza, y su esposa le miró con asombro y escándalo al mismo tiempo.
  • Y por fin, con un tránsito obscuro de la luz a la sombra, pasaba la negra masa de la tropa, en la cual los instrumentos de música lanzaban amortiguados destellos y los filos de las bayonetas y los sables brillaban como hilillos de luz.
  • Cuando ya la procesión había salido de la plaza y la escolta de caballería conmovía el adoquinado con su sordo pataleo, los señores de Cuadros y sus amigos abandonaron los balcones, entrando en el salón, profusamente iluminado.
  • Pero había que repetir la frase sacramental, las excusas de rúbrica, y mientras todos aseguraban que no tenían sed y preguntaban con enfado a los dueños de la casa por qué se molestaban, la lengua, seca por el calor, parecía pegarse al paladar, y los ojos se iban tras las tazas de filete dorado que contenían el humeante chocolate, las anchas copas azules, sobre las cuales erguían los sorbetes sus torcidas monteras rojas o amarillas, y las maqueadas bandejas cubiertas de dulces.
  • Y a los pocos minutos ya estaban amigablemente en torno de la mesa, con el mantel cubierto de migajas de bizcocho, las jícaras de chocolate vacías y clavando barquillos en las entrañas de los sorbetes.
  • Doña Manuela hablaba con el señor Cuadros, Teresa la había colocado junto a su marido, con la esperanza de lograr su catequización.
  • La viuda hablaba con su antiguo dependiente, sonriendo.
  • La viuda, siempre sonriente, se asombraba de sus frases de doble sentido, de los guiños picarescos con que acompañaba sus palabras, y hasta le parecía ¡oh poder de la ilusión! que había en su persona un perfume extraño que comenzaba a crispar los nervios de doña Manuela, algo del ambiente de aquella mala piel de la calle del Puerto, que el protector se había traído sin duda a su hogar honrado.
  • Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la bondadosa amiga.
  • Del señor Cuadros, de aquel honrado padre de familia que contestaba a sus palabras con melosos gestos y parecía medirla de arriba abajo con sus ojos encandilados.
  • No adivinaba ni aun remotamente que su marido, por una aberración extraña, en la que entraba por mucho el amor propio, comenzaba a entusiasmarse con la belleza algo marchita de la esposa de su antiguo principal.
  • Además, el porvenir de su hija, de su Amparito, estaba allí, y la viuda lanzaba una mirada de ansiedad maternal al extremo de la mesa, donde estaba la niña junto a Andresito, recibiendo con gestos de gatita mimosa los dulces y las palabras de su novio.
  • Rafael estará con sus amigos.
  • Y en vez de indignarse por la crueldad con que mentía e intentaba engañar a su mujer, la viuda comenzaba a encontrarlo simpático, viendo en él como una resurrección de su segundo marido, de aquel doctor calavera al que tanto había amado.
  • Ya la pobre mujer la rogaba con su mirada que aceptase, como si fuese para ella una esperanza que su marido prolongase la conversación con la viuda.
  • Las de Pajares salieron acompañadas por Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula Teresa.
  • ¡Dios mío, que se ablandara el corazón de aquel hombre, para que no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos! Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la gorrita de seda, el cual acogió con gesto huraño a su antiguo dependiente.
  • Delante, las dos niñas con Andresito.
  • Subieron con ellas, permanecieron de visita más de una hora, cantó Amparito para obsequiar a su futuro suegro, y cuando salieron a la calle, el padre y el hijo marchaban como compañeros unidos fraternalmente por una común empresa.
  • Una tarde de verano, con el cielo limpio de nubes, y en lo más alto, como un jirón de vapor tenue y apenas visible, la luna, esperando pacientemente que le llegase el turno para brillar.
  • Las largas filas de rosales, los macizos de plantas, toda esa jardinería mutilada y corregida por las tijeras del hortelano, reverdecía con el soplo cálido de la tarde y se cubría de flores, uniendo sus simples perfumes a la estela de esencias que dejaban las señoras tras su paso.
  • Las torres de los guardas erguían sus caperuzas de barnizadas tejas por encima de los árboles, y a los dos extremos del paseo, empequeñecidas por la distancia, destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentes con sus figuras mitológicas ligeras de ropa.
  • A todo galope de los briosos caballos bajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilaban lentamente, con paso de procesión, las familias endomingadas.
  • Un zumbido de avispero sonaba en el paseo, tan silencioso y desierto por las mañanas, y algunas familias ingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de los que pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rígidos sombrerazos a cuantas cabezas asomaban por las ventanillas de los carruajes.
  • Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en torno el pajizo olor de las cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiaba a toda la línea de brutos briosos, que parecían contestar con nerviosos pataleos a este llamamiento de libertad.
  • Los cocheros, enfundados en sus blancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus caras afeitadas y carrilludas de cómicos obesos o párrocos bien conservados, y miraban con cierto desprecio a toda aquella muchedumbre que les obligaba a pasar unas cuantas horas de tedio.
  • La ligera berlina, con sus ruedas rojas o amarillas.
  • Parecía existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente que paseaba a pie y aquellas cabezas que asomaban a las ventanillas, contrayéndose con una sonrisa siempre igual cuando recibían el saludo de las personas conocidas.
  • Grupos de jinetes mezclados con jóvenes oficiales de caballería caracoleaban por entre los carruajes, tendiéndose algunas veces sobre el cuello de sus cabalgaduras para hablar al través de una portezuela.
  • Las de Pajares contemplaban con nostalgia de desterradas el paso de los carruajes.
  • Las niñas, a pesar de sus elegantes trajes, creían que todos se fijaban en ellas para sonreír compasivamente, y doña Manuela marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco más o menos como Napoleón en Santa Elena después de la denota.
  • Ahora, la fatalidad, según ella decía, complacíase en agobiarla con nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que la restaban para sostener su prestigio.
  • No se trataba de un cólico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente del prestigio de la familia, revolcábase abajo, en la obscura y húmeda cuadra, quedando panza arriba y con las patas agitadas por un temblor convulsivo.
  • Vamos, niñas, ¡a paseo! Y salieron de casa con el propósito de ir a cualquier parte menos a la Alameda.
  • Las niñas contestaron con mohines graciosos a los saludos de los amigos, y la mamá, altiva y majestuosa, cobijándolo todo con su mirada de protección.
  • Pero en su interior ¡cuántos tormentos! Si alguna amiga las saludaba desde su carruaje con expresión cariñosa, las tres creían adivinar cierto asomo de lástima, y enrojecían bajo la capa de blanquete que cubría sus mejillas.
  • Y seguían mirando con nostalgia y despecho la larga fila de carruajes, experimentando la misma impresión de nuestros bíblicos padres ante las puertas del Paraíso cerradas para siempre.
  • Y en todos, bien fuese por el color, por la cabeza o por la grupa, encontraban cierto parecido con el otro que ocupaba su memoria.
  • Roberto del Campo, que iba con algunos amigos, las saludó con la más seductora de sus sonrisas.
  • Hasta llegaron a pensar con escalofríos de terror si a su s espaldas las señalarían irrisoriamente con el dedo.
  • Y siempre el maldito caballo ocupando su pensamiento, viéndolo con los ojos de la imaginación tal como estaba en su cuadra al salir ellas de paseo, panza arriba, estirando convulsivamente las patas.
  • Vámonos, niñas dijo la mamá con una expresión en que vibraban el dolor y la cólera.
  • Las niñas apoyaron a la mamá con gesto de aprobación.
  • Y las tres emprendieron una retirada desastrosa, anonadadas, vencidas, como si acabasen de sostener una batalla con la consideración pública, quedando derrotadas y maltrechas.
  • Al subir la rampa del puente del Real tuvieron que apartarse del borde de la acera, limpiándose con los pañuelos de blonda el polvo que levantaban las ruedas de un carruajillo descubierto que corría con velocidad insolente, arrollándolo todo.
  • A su lado iba Teresa, desbordando sus carnes blanduchas sobre el banquillo de terciopelo azul, moviendo con cierta incomodidad su cabeza, como si le molestase la capota, recargada de rosas y follaje, regalo de su marido.
  • Sus antiguos criados en carruaje, ensuciándola con el polvo de las ruedas, y ella, la hija de un millonario, la viuda del doctor Pajares, a pie y humillada por unas gentes a las que siempre había tratado con cierto desprecio.
  • Cuando entraron en la plazuela donde vivían, la vista de su casa, que con el portalón entornado, los balcones cerrados y la fachada obscurecida por la última luz de la tarde tenía cierto aspecto fúnebre, hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo.
  • Y después de asomar su cabeza con cierta zozobra por la puerta de la cuadra, entraron en el antro obscuro y maloliente, recogiéndose las faldas y hundiendo sus elegantes botinas en la blanda y húmeda capa de estiércol.
  • A la luz de un farolillo colocado junto al pesebre, los trajes azul y rosa de las niñas, sus sombreritos de flores, las joyas relumbrantes de la mamá, causaban el efecto de una aparición sobrenatural, que contrastaba con las paredes sucias, el techo empavesado de polvorientas telarañas, los montones de estiércol y el olor punzante y molesto de cuadra sucia.
  • El pobre muchacho, a pesar de su rudeza, contemplaba a Brillante con asombro doloroso, frunciendo el ceño como si quisiera cerrar el paso a las lágrimas.
  • Tenía orgullo en decir que era muy bravo y sólo por él se dejaba manejar, y ahora estaba allí tendido de costado sobre el estiércol, inmóvil como carne muerta, agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa mirada.
  • Al ver a las señoritas se adelantó algunos pasos, hablando con tono compungido.
  • Aquella mirada desmayada y vidriosa, fija con expresión agradecida en el grupo de mujeres, acabó con la falsa serenidad de éstas, y estallaron los sollozos y las exclamaciones de desconsuelo.
  • Pero así y todo, había que reconocer lo que aquel pobre animal representaba para la familia, las ilusiones que se llevaba con su muerte.
  • ¡Adiós, Brillante ! ¡Adiós, fortuna que huyes para siempre! Y las tres mujeres, con el cerebro embotado por el choque de confusos pensamientos, arrastrando sus hermosas faldas, que olían a cuadra, subieron lentamente la escalera, como agobiadas por el dolor.
  • Y hasta había llegado a unir su linda cabeza de bebé con las negras narices de la bestia, cubriéndolas de besos.
  • Necesitaba dinero para reponer esta pérdida, que tanto podía influir en el prestigio de la familia, y para satisfacer ciertos compromisos que, como de costumbre, la agobiaban con gran urgencia.
  • ¡Y pensar que ella, que había derrochado tantos miles de duros y vivía con cierta ostentación, pasaba angustias por unos cuantos miles de reales.
  • ¡Ah, maldito avaro! Necesario era todo su mal corazón para dejar a una hermana en el sufrimiento, pudiendo remediar sus penas con algunos de los papelotes mugrientos que a fajos dormían en el viejo secrétaire de su alcoba.
  • Bastantes veces la había humillado con rotundas negativas.
  • Le habían cambiado su hijo, según ella decía con el tono quejumbroso de una madre resignada.
  • Una parte de su capital lo invirtió su eminente protector en papel del Estado, y con la otra, que era la más exigua, comenzó sus jugadas de Bolsa, siempre a la zaga de Cuadros y sin atreverse a imitar sus golpes de audacia.
  • Sus ocho mil duros se doblarían y triplicarían en muy poco tiempo, y entonces podría pagar las deudas maternales y casarse con Tónica.
  • Pero mientras tanto, que no contase su madre con él.
  • La quería mucho, seguía adorándola con un respeto casi religioso.
  • Aquel buena pieza, con sus infidelidades, no tenía derecho a exigirla cuentas por lo que pudiera hacer.
  • Cuadros, a pesar de su fortuna, no dejaba de ser el antiguo dependiente, el marido de la criada Teresa, un pobre diablo al que ella había tratado siempre con desprecio.
  • Y doña Manuela, embriagándose con la energía de su resolución, pensaba en la miseria como en una cosa desconocida, pero que iba pareciéndole grata por ser la salvación de su honor.
  • También duquesas, princesas y hasta reinas se habían visto en la miseria, arrostrándola con dignidad.
  • Parecía que el cadáver tendido abajo, en la suciedad de la cuadra, estaba allí, sobre la mesa, mirando con los ojos vidriosos e inmóviles a sus antiguos amos.
  • Y el señor Cuadros hablaba del dinero con expresión de desprecio echando atrás la cabeza y sacando el vientre como si lo tuviera forrado con billetes de Banco.
  • Las niñas hablaban con Andresito cerca del piano, y doña Manuela, serena y en posesión de sí misma, miraba fijamente a su antiguo dependiente.
  • La escandalizaba el desprecio con que aquel hombre hablaba del dinero, y recibía como un sangriento sarcasmo la suposición de que cuatro o cinco mil reales nada significaban para ella.
  • Ahora reaparecía la altivez de su carácter, estremeciéndose al pensar en la mortificante lástima con que se hablaría de su ruina.
  • Ella no tenía carácter para sobrellevar con resignación la miseria.
  • Y sostenida por el pernicioso ejemplo de aquellas mujeres a las que tanto había censurado, miró a su antiguo dependiente con ojos en que se revelaba un impudor razonado y tranquilo.
  • Y en su credulidad de calavera viejo e inocente echaba el cuerpo atrás con cierto orgullo, como si estuviera convencido de que sus prendas personales habían influido en tan asombrosa conquista.
  • Terminó la visita a media noche, y cuando el padre y el hijo se dirigían hacia la puerta, acompañados por las señoras de la casa, doña Manuela cambió sus últimas palabras con el señor Cuadros.
  • Y el señor Cuadros salió de la casa satisfecho de sí mismo, bufando de satisfacción, contoneándose como un joven y mirando con cierta lástima a su hijo, que caminaba al lado de él tímido y encogido.
  • ¡Ah! ¡Si en vez de los cincuenta y pico tuviera él los años de aquel pazguato, cuánta guerra había de dar en el mundo! Al día siguiente, el señor Cuadros fue puntual A las tres de la tarde entraba en casa de doña Manuela, y se sorprendió agradablemente al ver que la señora estaba sola en el salón, vestida con la más elegante de sus batas y el rostro retocado con los más finos menjurjes del tocador de las niñas.
  • Ella fue la que oyó las risas apagadas de la señora y el arrastre de algunos muebles, como si fueran empujados con violencia.
  • Comenzaron a pagarse las cuentas con regularidad.
  • Sabía que su marido había roto definitivamente con Clarita, aquella mala piel que vivía en la calle del Puerto.
  • Un alma caritativa le había hecho saber que aquella perdida le engañaba, burlándose de él con los chicos de la Bolsa.
  • Las primeras ganancias, adquiridas con dulce facilidad, le habían cegado y sólo pensaba en ser millonario, en esclavizar la fortuna, riéndose ahora de aquellos tiempos en que soñaba con Tónica la existencia monótona y tranquila de rutinarios burgueses, amasando ochavo tras ochavo un capital para pasar tranquilamente la vejez.
  • Gozar viendo cómo la pobre costurerilla se convertía, bajo la dirección de su vanidosa suegra, en señora elegante, con gran casa, carruaje y los demás adornos de la riqueza.
  • Su tío don Juan no hablaba ya con él.
  • Juanito, eres un imbécil dijo el avaro con los labios trémulos por la rabia, erizándosele el bigote de cepillo.
  • Vendiendo el huerto para hacerte dueño de Las Tres Rosas y casarte con esa chica, que, según tengo entendido, es buena persona, hubieras dado gusto a tu tío.
  • La ruptura con su tío entristeció a Juanito.
  • Cuando a fin de mes, cobraba las diferencias, decíase con extrañeza.
  • Siempre que Juanito se encontraba en la tienda con el viejo comerciante, éste le lanzaba miradas tan pronto de compasión como de desdén.
  • Algunas veces hasta llegaba a murmurar con tono de reproche.
  • Y el viejo le volvía la espalda, con la confianza de que los hechos vendrían en apoyo de sus pronósticos.
  • Arriba, sobre los tejados, cubriendo la plaza como un toldo de apelillado raso que transparentaba infinitos puntos de luz, el cielo del verano con su misteriosa y opaca transparencia.
  • En los corrillos de la plaza partíanse enormes sandías, y las mujeres, con el moquero sobre el pecho para librarse de manchas, devoraban las tajadas como medias lunas, chorreándoles la boca rojizo zumo.
  • En una puerta susurraba la guitarra con melancólico rasgueo, contestándole desde otra el acordeón con su chillido estridente y gangoso.
  • Y los ruidos de la plaza, el reír de las gentes, los gritos que se cruzaban entre los corrillos y la música popular, entraban con el fresco de la noche en el salón de las de Pajares, sirviendo de sordo acompañamiento a la conversación de la tertulia.
  • Las niñas, con Andresito, hacían planes para la próxima feria.
  • Y no contento con las largas conversaciones que allí sostenía con su novia, todavía por las mañanas, a la hora en que Amparo estaba en el tocador, las criadas en el Mercado y la mamá en la cama, subía la escalera, y en el rellano, ante la puerta entreabierta de la habitación, hablaba más de una hora con Conchita, hasta que se levantaba doña Manuela y comenzaba el movimiento de la casa.
  • Y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponíanse deslumbar al público con su elegancia.
  • Las niñas tenían preparados sus trajes de manola, y un sinnúmero de veces se habían ensayado ante el espejo para aprender a colocarse con naturalidad y buen gusto la blanca mantilla de blonda.
  • En cuanto a las dos mamas, pensaban lucir obscuros trajes de seda, con costosas mantillas negras, regaladas a las dos por el señor Cuadros.
  • Por la mañana arremolinábase la gente, con empujones y codazos, en torno de los revendedores que en la plaza de San Francisco voceaban las de sol y de sombra.
  • Y como si la ciudad acabase de sufrir una invasión, tropezábase en todas partes con gentes de la huerta y de los pueblos.
  • Unos con pantalones de pana y manta multicolor.
  • Y otros, los tipos socarrones de la Ribera, vestidos de paño negro y fino, la chaqueta al hombro, dejando al descubierto la blanca manga de la camisa, los botines de goma entorpeciéndoles el paso, y en la mano un bastoncillo delgado, casi infantil, movido siempre con insolencia agresiva.
  • El gentío presentaba igual aspecto en todas las calles, como si la ciudad entera se hubiese vestido con arreglo al mismo patrón.
  • Las jacas pamplonesas, cubiertas con inquietos borlajes y repiqueteantes cascabeles, pasaban como rayos por entre el gentío tirando de las tartanillas de colores claros, de los coches señoriales y de los carruajes ingleses, en cuyos bancos erguíanse como cimbreantes flores las muchachas vestidas de rosa o azul, con el rostro realzado por el marco de blanca blonda.
  • La gente menuda, los del tendido de sol, pasaban en grupos, con la enorme bota al hombro y un garrote de Liria en la mano, oliendo a vino y vociferando, como si comenzasen a sentir la borrachera de insolación que les aguardaba en la plaza.
  • Los babiecas ávidos de emociones agolpábanse frente a las fondas donde se alojaban las cuadrillas, esperando pacientemente la salida de los toreros para poder tocar con respeto los alamares del diestro.
  • La gente abría paso con curiosidad cada vez que algún picador empaquetado sobre la silla y con el mozo a la grupa pasaba montado en su jaco huesoso y macilento, que le llevaba hacia la plaza con un trotecillo cochinero.
  • Doña Manuela en el sitio preferente, empolvada y retocada con tal arte, que su rostro producía cierta impresión asomando por entre los festones de la negra blonda.
  • Y frente a ella, las niñas, graciosísimas como un cromo de revista taurina, con zapatito bajo, medias caladas, falda de medio paso con red cargada de madroños y mirando atrevidamente bajo la nube blanca que envolvía sus adorables cabezas, cerrándose sobre el pecho con un grupo de claveles.
  • No había más que verlas en el palco abanicándose con negligencia, mientras una gran parte de los señores del tendido, puestos de pie y volviendo la espalda al redondel, las miraban fijamente, con ojos de deseo.
  • Parecía un muchacho con su trajecito claro, corbata roja y el enorme cigarro, al que conservaba la sortija de papel, para que todo el mundo se enterase de su precio.
  • Cumplía con la conciencia y con el placer.
  • En el fondo del palco estaban el hijo de Cuadros y los dos de doña Manuela, con los gemelos en la mano, contemplando el aspecto de la plaza.
  • Las puertas de los palcos abríanse con estrépito, y aparecían en las barandillas, cubiertas con los colores nacionales, las mantillas blancas, las caras risueñas, los peinados con flores.
  • Las tintas rabiosas de los trajes de la huerta, las blancas manchas de los grupos en mangas de camisa, los pantalones rojos de los soldados, los enormes quitasoles de seda granate que parecían robados de una antigua sacristía, los gigantescos abanicos de papel moviéndose con incesante aleteo, las botas de vino que a cada instante se alzaban oblicuamente sobre las cabezas, los gritos, las protestas porque se hacía tarde, todo daba a aquella parte de la plaza un aspecto de locura orgiástica, de brutalidad jocosa.
  • Por detrás de la barrera iban los chulos de la plaza, con sus blusas rojas, abrumados bajo el peso de las capas de brega, repugnantes andrajos manchados de sangre.
  • Y por los tendidos, haciendo prodigios de equilibrio, filtrándose por entre el compacto gentío, avanzaban los vendedores de gaseosas con el cajón al hombro, pregonando la limonada y la cerveza, y los tramusers con un capazo a la espalda, llenando de altramuces y cacahuetes los pañuelos que les arrojaban desde las nayas y devolviéndolos a tan prodigiosa altura con la fuerza de un proyectil.
  • Pero la salida de la cuadrilla las enardecía, y movíanse nerviosamente en sus asientos al ver el desfile de jacarandosas figurillas, que, a la luz del sol, destacábanse sobre la arena del redondel como ascuas de oro con el brillo de sus alamares.
  • Pero apenas comenzó la parte brutal del espectáculo y cayeron pesadamente como sacos de arena los infelices peleles forrados de amarillo, mientras el caballo escapaba, pisándose en su marcha los pingajos sangrientos como enormes chorizos, las jóvenes volvieron la cabeza con un gesto de asco y no quisieron mirar al redondel.
  • La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada, ruidosa como una invasión.
  • Todos parecían cansados y caminaban con cierta lentitud y ensimismamiento, como el que acaba de ser víctima de un engaño o ve defraudadas sus ilusiones.
  • Los únicos que mantenían la algazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salían por las puertas del sol golpeándose amigablemente con las arrugadas botas y las vacías calabazas, dando a entender a gritos que el contenido de aquéllas se hallaba en lugar seguro y servía para algo.
  • Las dos familias, sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entre los jinetes de la Guardia Civil que mantenían el turno en el desfile de los coches, fueron en busca de los suyos, teniendo las mamas y las niñas que recoger sus faldas de seda, y manchándose las medias con el barro de la carretera recién regada.
  • Y ofrecía un cuadrado de papel azul con el cierre intacto.
  • ¡Bah! dijo el señor Cuadros con indiferencia.
  • Pero inmediatamente palideció, dio una patada en el suelo y soltó unos cuantos pecados gordos, de aquellos que hacían ruborizar a Teresa y fruncir el gesto a doña Manuela, intransigente con tales groserías.
  • Ya ves, Juanito dijo con precipitación el maestro.
  • Y montó en el cochecillo, nervioso e impaciente, con el deseo de llegar cuanto antes a casa para dejar a la familia y correr en busca del infalible protector.
  • Él era soldado fiel de don Ramón y le seguía a ciegas, convencido de que con un hombre así, de tropezón en tropezón, más tarde o más temprano se llegaba a la victoria.
  • Con el error del banquero, quedaba lo mismo que antes de entrar en la Bolsa.
  • Y con tantos ánimos se sentía, que consolaba a Juanito, el cual, sin perder tanto como su maestro, mostrábase aterrado por el suceso.
  • Y con estas seguridades, dadas enérgicamente, aunque sin saber con qué fundamento, el señor Cuadros conseguía serenar a Juanito.
  • El pobre viejo, al saber el gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraña actitud, aproximándose a su antiguo dependiente para darle consejos con tono paternal.
  • A vivir como Dios manda, con tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero hablarte.
  • Una noche, al retirarse después de acompañar a Tónica y su amiga en su paseo por la feria, encontróse en la puerta de casa con su hermano Rafael, que se llevaba el pañuelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba.
  • Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y las narices sucias de sangre.
  • El joven elegante, admiración y orgullo de la mamá, olía a vino, y con palabrotas de las más soeces explicaba lo que acababa de ocurrirle.
  • Se había peleado con un amigo, dándose de bofetadas y palos en medio del puente del Real cuando iban a la feria a última hora.
  • No quiso decir más, aceptando con gruñidos de borracho los cuidados paternales de Juanito, que hizo todo cuanto supo para curarle las contusiones.
  • Al día siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud lo ocurrido.
  • Y los calaverillas de la Bolsa, que sabían lo de la riña, le enteraron con una exactitud cruel.
  • Intimidades repugnantes con su novia cuando por la mañana hablaban en la escalera.
  • Su amigo había contestado a las confidencias con una bofetada, y después ocurrió la riña, de la que Rafael salió tan malparado.
  • Conmovíale el valor con que había defendido a Concha, y no pudo callar ante la interesada el entusiasmo que sentía por Rafaelito.
  • Y la joven se expresaba con serenidad, con frescura, como si se tratase de la honra de otra y aquel Roberto fuese un infeliz a quien calumniaban.
  • Aparentó indignarse en el primer momento, pero al fin dijo, con aquel tono de inmensa bondad que tan bien le sentaba.
  • Por esto, él, que hasta entonces había tratado a distancia y con cierto despego a su hermano, sentía un recrudecimiento de cariño fraternal.
  • ¡Cómo sentía ahora su rompimiento con el tío don Juan! El viejo, a pesar de su tacañería y sus manías, era un hombre puro y recto.
  • Comía con la mamá y las hermanas a la misma hora, pero las escuchaba como si fuesen seres extraños encomendados a su observación.
  • El pobre muchacho se sentía sin fuerzas para seguir viviendo con la familia.
  • Y él era un intruso, el resultado de un encuentro de la fuerza, cándida y sumisa, con la corrupción moral, hermosa y deslumbrante.
  • Él sólo era el hijo de Melchor Peña, con toda la inocencia, la hombría de bien, la ruda dignidad del montañés de Aragón.
  • El mismo don Antonio le había dicho que si no sobrevenía pronto la baja saltaría él a fin de mes con todos los jugadores que atendían los consejos del famoso banquero.
  • El infeliz joven, poco avezado a los azares del juego, e incapaz de ocultar las terribles impresiones de la ruina, sintió ganas de llorar en plena Bolsa, ante los corredores y los alcistas, que sonreían con un gozo feroz viendo la agonía de sus contrincantes.
  • Juanito no quiso oír más, y salió a buen paso con dirección a su casa.
  • Por el camino preocupábanle las palabras de don Eugenio, la triste sonrisa con que había acompañado su última pregunta.
  • La mirada del joven examinó rápidamente el salón, fijándose con estúpida tenacidad sobre el sofá, como si viese en él algo extraño que le atraía sin explicarse la causa.
  • Era una chaqueta blanca arrojada con descuido, y que causaba en el joven la misma impresión de esos rostros que siendo amigos tardan mucho en reconocerse.
  • Llevóse la mano a la frente como si fuera a arañarse con cruel impulso, y sus ojos se dilataron con espanto.
  • Sintió una bola extraña que se le atascaba en la garganta, y en un instante pasaron por su imaginación, como relámpagos lívidos, todas las escenas de novela que había leído, con sus terribles descubrimientos y sorpresas aplastantes.
  • Ahora comprendía las palabras de don Eugenio, su sonrisa triste, la mirada de conmiseración con que había acompañado su rápida salida de la tienda.
  • Y abrumado por la sorpresa, permaneció erguido, con los ojos desmesuradamente abiertos, apoyando su espalda en la pared, como si temiera desplomarse.
  • Tal vez chocó con demasiada rudeza contra la pared.
  • Ya sabía quién le apretaba con tanta crueldad la garganta.
  • Se ahogaba en las calles tortuosas, con sus paredes que parecían aproximarse para cerrarle la marcha.
  • Estaba en las Alamedas de Serranos, y marchaba con la cabeza inclinada, los brazos a la espalda.
  • A lo lejos, tras las cortinas de los árboles que circuían el verdoso estanque, sonaba el canto de un corro de niñas confundiéndose con el juguetón parloteo de los traviesos gorriones.
  • / Yo me quería casar, yo me quería casar con un mocito barbero.
  • Eran los recuerdos del pasado, que contrastaban penosamente con su situación actual.
  • Se veía con la imaginación vistiendo el trajecito escocés de su niñez, cuando su madre, con tocas de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las niñas, pues su timidez y debilidad no le permitían alternar con los revoltosos muchachos.
  • ¡Cuan hermosa estaba con sus negras tocas! Juanito la veía al través de los años como una Máter dolorosa, acariciando dulcemente su cabeza de niño y pensando en el doctor Pajares, a pesar de su reciente viudez.
  • No tenía miedo, como el poeta, a encontrarse con su dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en ruidosos suspiros.
  • La madre aparecía a los ojos del hijo tal como era, con toda su fealdad moral.
  • Y Juanito pensaba con rabia en su antiguo ídolo como el devoto que pierde la fe, y en la imagen milagrosa que antes le arrancaba lágrimas de emoción ve sólo un miserable leño.
  • Ante él alzaban sus pesadas moles cilíndricas las dos torres de la puerta de Cuarte, con la rojiza costra acribillada por los profundos agujeros de las granadas francesas y las de las insurrecciones republicanas.
  • Pensaba con envidia que allí dentro, en las mazmorras lóbregas y húmedas, se estaría muy bien, rodeado de absoluto silencio, lejos del mundo, sin pesares que turban la existencia.
  • Permaneció mucho tiempo mirando fijamente aquellos colosos de argamasa, hasta que por fin se dio cuenta de que algunos chicuelos del barrio formaban círculo en torno de él, contemplándolo con curiosidad, tomándole, sin duda, por uno de esos viajeros que para el vulgo han de ser forzosamente ingleses.
  • Pero en cambio, veía siempre, con una tenacidad desesperante, la blanca chaqueta arrugada brutalmente como la sábana del lecho después de una noche de placer, y luego.
  • Sentíase avergonzado por tener tal madre y adorarla, sin embargo, con la dulce ceguera del cariño.
  • El tétrico conductor, con su librea negra y mugrienta, pasó, rociando de injurias al distraído y amenazándole con su látigo.
  • Sus ojos estaban fijos en el féretro blanco y dorado que se mecía con el traqueteo de las ruedas, dejando en su memoria la impresión de una nubecilla surcada por rayos de sol.
  • Mejor que en los calabozos que antes contemplaba con envidia.
  • Vendería, aunque fuese con pérdida, esta parte segura de su capital.
  • Pagaría las deudas importantes que había contraído por salvar a su madre, y con lo que le quedase se establecería modestamente, sería el dueño de Las Tres Rosas o de una tienda más pequeña, casándose en seguida con Tónica.
  • Y cuando con más entusiasmo forjábase la ilusión de la tranquilidad patriarcal, un silbido estridente rasgó los aires, como si Mefistófeles, desde las nubes, contestase con su carcajada chillona a los hermosos planes de virtud doméstica.
  • Frente a él perfilábase sobre el cielo de pálido azul la plaza de Toros, con su contorno de circo romano.
  • Algo le decía ahora con acento imperioso.
  • Olvidaba las ilusiones de futura felicidad que se había forjado momentos antes, y el ataúd coquetón, aquel féretro de raso blanco y bordados de oro, parecía brillar ante él, como un astro que le iluminase con su camino.
  • De pronto, Juanito se sintió cogido por los brazos, zarandeado y empujado hacia atrás con tal fuerza, que estuvo próximo a caer.
  • El que le hablaba era el guardavía, un mocetón de blusa azul con iniciales rojas.
  • Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que, conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las válvulas de escape, salía de la estación, abofeteando a los más próximos con el viento de su rápido paso.
  • El guardavía mirábale con ojos interrogantes, en los que era visible la sospecha de un intento de suicidio.
  • Los curiosos agolpados a ambos lados de la vía daban a entender lo mismo con sus palabras.
  • Pasó por el lugar donde había encontrado el fúnebre cortejo, y no pensó ya en aquel ataúd blanco que le obsesionaba con la más amarga de las seducciones.
  • Desde el pretil veíanse rebaños de obscuras ovejas, que al compás perezoso de las esquilas iban en busca del corral, mientras que por la parte de arriba, por la carretera polvorienta, marchaban también en retirada los rebaños del trabajo, gentes de espalda encorvada y blusa vieja, con la cara sudorosa y el saco de herramientas a la espalda.
  • Hubo momentos en que su imaginación, lanzada en el camino de la insensatez, hízole pensar que, como en los cuentos fantásticos, un colosal murciélago le abanicaba con sus alas, para chuparle la sangre después de dormido.
  • De pronto, vio plantadas ante él, mascullando palabras ininteligibles y extendiendo vergonzosamente las manos, dos niñas entecas, dos cabezas con el pelo revuelto y erizado como espantables Medusas, mostrando las piernas enflaquecidas y desnudas por debajo de los guiñapos que las servían de faldas.
  • Tal vez algún día, con más vergüenza que aquellas infelices, tendría que tender la mano a las gentes, sintiendo calor en el rostro y en el estómago el cruel arañazo del hambre.
  • Y como para sellar su pacto con la desgracia futura, cogió entre sus manos las desmelenadas cabecitas, besándolas en las sucias mejillas, en los labios cubiertos de costras.
  • Sus ojos cándidos y virginales deshonráronse con una viva chispa de malicia.
  • Cansada del trabajo, sostenía en un brazo la pesada cesta y un chicuelo mofletudo que se agitaba con nerviosa alegría, mientras tiraba con la otra mano de un galopín de cinco años que se obstinaba en no andar por habérsele desatado el zapato.
  • La mujercita saludó con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su mismo banco el pequeño y la cesta, encorvóse penosamente para atar el zapato de su hijo mayor.
  • Al alejarse el tierno grupo, las lágrimas habían asomado a sus ojos, y no hacía ningún esfuerzo por contenerlas, sintiendo al llorar una sensación voluptuosa, como si sus pulmones, con extraordinaria dilatación, hubiesen expelido aquel nudo que le oprimía la garganta.
  • Con el sombrero caído a sus pies y la cabeza apoyada en una mano, dejando que las lágrimas resbalasen a lo largo de su antebrazo.
  • Los últimos transeúntes que pasaron fueron unas buenas mozas con la cesta al brazo, moviendo al andar bizarramente sus fuertes caderas.
  • Tras el desahogo del llanto, quedó fatigado, con los miembros entumecidos, como si acabase de hacer una larga marcha.
  • No supo si había dormido o si el tiempo pasó con extraordinaria rapidez.
  • Cantaban las ranas con una monotonía desesperante.
  • En el inmediato estanque conmovíanse con estremecimientos voluptuosos las plantas verdosas que extendían sus palmitos a flor de agua, y a lo lejos, como un eco, sonaban los ladridos de los perros del arrabal.
  • Y miraba a los astros con ojos interrogantes, como inquilino que escoge la mejor habitación para trasladarse a ella.
  • Pasaban misteriosas parejas por detrás de los macizos de árboles, unidas por dulce intimidad, con paso recatado, cuchicheando levemente y buscando un lugar a propósito para aislarse de otros a quienes la cita nocturna llevaba también allí.
  • Le sorprendió la rapidez con que había transcurrido el tiempo y continuó su camino, dispuesto a vagar sin rumbo fijo.
  • Al llegar al puente del Real pasó por entre los tranvías y carruajes, que, parados en la obscuridad, parecían mirar al gentío con los encarnados y redondos ojos de sus faroles.
  • Destacábanse los grupos de soldados, con los roses enfundados de blanco.
  • Y pasaban las labradoras con su traje de fiesta, arrastrando tras sí un racimo de chiquillos llorones y cansados, precedidas por los maridos en mangas de camisa, chaleco negro y el garrote de Liria en la mano, mirando a todos con fijeza, como si temiesen que los señoritos se burlasen de la familia.
  • En la entrada de la Alameda apelotonábase el gentío, y por entre la masa de espaldas arqueadas y codos en punta pasaban las floristas con su cesto de mimbres erizado de ramilletes y las chicuelas desgreñadas, con el cántaro en la cadera y el turbio vaso en la mano, pregonando.
  • Por el lado opuesto, por la avenida central, donde estaban establecidos los pabellones de baile, marchaba la gente distinguida, con parsimonia, como en una procesión, mirando con el rabillo del ojo a los que estaban en las compactas filas de sillas, o deteniéndose un instante para contemplar las parejas que danzaban en los pabellones.
  • Juanito, confundido entre este público e insensible a las cosas de este mundo, lo encontraba todo feo y ridículo con su pesimismo feroz.
  • Aquellos pabellones, que vistos con un poco de buena voluntad a la luz artificial recordaban los palacios deslumbrantes de las leyendas, parecíanle ridículas barracas.
  • Y luego, ¡qué asco le producían los imbéciles que en aquellos salones al aire libre bailaban como monigotes, sin advertir que el gentío se divertía con sus saltos! En uno de aquellos pabellones estaría su hermano Rafael.
  • Y el muy imbécil tal vez se divertiría, tal vez estarían con él las hermanitas, y todos juntos mirarían con desprecio a la gente que se pasea por bajo, sin pensar que de allí podría salir un acusador anónimo que les gritara.
  • Además, de seguir por cerca de los pabellones, estaba expuesto a encontrarse con su familia, con el señor Cuadros, con cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que él tenía empeño en olvidar.
  • Huyó de aquellos sitios, dirigiéndose al final de la feria, donde estaban los restaurants al aire libre, las buñolerías apestando el ambiente con el aceite frito de sus fogones, y las rifas, cuyos dueños atraían con furiosos gritos a la gente, prometiendo una fortuna.
  • El teatro mágico, La mujer gorda, Los perros sabios, con órganos a la puerta que hacían sonar una música extravagante, propia de una fiesta de caníbales.
  • Juanito, con los nervios excitados, acabó por huir, refugiándose en los jardinillos a la inglesa que la gente llama el Plantío.
  • ¡Bien les había dejado el célebre banquero con su pretendida infalibilidad! Su principal, el señor Cuadros, podía tenerse por hombre al agua.
  • Eran unos tres mil duros, y con esta cantidad pensaba encontrar la salvación.
  • Se casaría con Tónica, buscaría una tienda modesta y emprendería otra vez la conquista azarosa y difícil del dinero, teniendo por maestro a don Eugenio y siguiendo los procedimientos lentos y rutinarios del comercio a la antigua.
  • No sería millonario, no soñaría con palacios en el Ensanche y brillantes trenes de lujo.
  • Pero al llegar a la vejez se pasearía por una tienda acreditada, con zapatillas bordadas, gorro de terciopelo y la prosopopeya de un honrado patriarca, viendo a los hijos talludos tras el mostrador, como activos dependientes, y a Tónica, hermosa a pesar de los años, con el pelo blanco y los ojos de dulce mirada animándole el arrugado rostro.
  • Y así como antes el dolor le hacía llorar, ahora suspiraba con angustia a causa de la alegría.
  • Juanito, con la atención de un muchacho, seguía las vertiginosas curvas de aquellas veloces rayas de fuego en el obscuro espacio.
  • Cuando comenzaron a arder con gran estruendo los fuegos artificiales en un extremo de la feria, él no abandonó su asiento.
  • Las mujeres, puestas de pie sobre las sillas, miraban con nerviosa curiosidad la nube de humo erizada de relámpagos que se acercaba, dejando tras sí un ambiente cargado de azufre y voladoras pavesas.
  • Y cuando el estruendo llegaba frente a ellas, cubríanse los rostros con los abanicos, hundían la cabeza en el pecho, o sin dejar de reír, llevábanse las manos a los oídos, como si no pudieran resistir el trueno continuo, cuya intensidad subía o bajaba, llegando en algunos instantes, con la violencia de la explosión, a hacer el vacío, dejando sin aire los pulmones.
  • La fiebre levantina enloquecía a los nietos de los rífenos, y eran muchos los que, con la blusa chamuscada, sacudiéndose la lluvia de pavesas, corrían siguiendo la marcha del fuego, deteniéndose para silbar al pirotécnico cuando la traca se cortaba, apagándose por algunos segundos.
  • Con la violencia de las explosiones saltaban hechos añicos los globos de vidrio del alumbrado de gas.
  • Allí estaban su familia y la del señor Cuadros, pero todos silenciosos, ceñudos, con la cabeza inclinada, como si en la vecina alcoba hubiese un muerto al que velaban.
  • Fue a preguntar, pero el señor Cuadros le atajó poniéndose en pie y avanzando con los brazos abiertos, con expresión paternal y desesperada.
  • Pero la extrañeza del joven duró muy poco, pues el señor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperación.
  • Unos decían que era un farsante que había huido para comerse en el extranjero los millones robados a sus clientes con la hipócrita comedia de su sencillez y su filantropía.
  • Juanito quedó clavado en el suelo por el asombro, con los ojos desmesuradamente abiertos, mirando a un lado y a otro, sin ver nada.
  • ¡échale un galgo! ¡Dios sabe dónde estará ahora! Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible noticia, pero su principal siguió hablando.
  • No tengo la cabeza para cuentas, pero he calculado a la ligera lo que debo a los corredores, y ni con la tienda ni con mis fincas tendré para pagar la mitad.
  • No era su próxima degradación lo que más lamentaba, sino la pérdida de los placeres con que le había tentado la riqueza improvisada.
  • ¡Ay, quién estuviera en tu piel! Pero yo dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una esperanza, yo no sólo jugaba a la Bolsa.
  • Espera sentado tus tres mil duros exclamó con brutalidad.
  • Ahora se ha descubierto que el tal don Ramón no compraba papel, y cuando le daban una cantidad con tal destino la dedicaba a la Bolsa, cuidando de entregar los intereses al cliente, como si en realidad existiesen los títulos.
  • Toda la noche la pasó tendido en su cama como una masa inerte, con la pesada cabeza hundida en las sábanas, el rostro envejecido, la barba alborotada y los ojos cerrados.
  • Primero la ruina del protector que sostenía el prestigio de la casa y la de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e inmediatamente aquella enfermedad extraña, rápida como el rayo, que mataba por anticipado al pobre joven, pues le tenía inmóvil e insensible como un cadáver, sin otra vida que aquella respiración angustiosa que parecía asfixiar a los demás.
  • Contemplaba a Juanito con igual expresión que cuando era hijo único y gozaba de todas sus caricias.
  • Con los ojos enrojecidos por un sordo lloriqueo, iba la madre de un punto a otro de la alcoba cumpliendo lo dispuesto por los médicos, preparando los sinapismos que aplicaba por debajo de las sábanas a las míseras piernas del enfermo.
  • Rafaelito habíase retirado a su cuarto en la madrugada, y las hermanas permanecían clavadas en sus sillas, bostezando de cansancio, con un gesto de extrañeza y de miedo, como si presintieran que la muerte rondaba por la puerta de la alcoba.
  • A sus preguntas contestaban con palabras que nada prometían.
  • Pero apenas estaban fuera de la alcoba, meneaban la cabeza con triste expresión, como afirmando que nada les quedaba que hacer allí.
  • En sus oídos sonaban estas palabras como si acabasen de ser pronunciadas, y veía aún el gesto de repugnancia con que las había acompañado.
  • Quedábase unos instantes inmóvil ante el lecho, contemplando fijamente al enfermo, como si en su rostro enrojecido e inmóvil pudiera leer algo de lo que pensaba al rechazarla con tanta vehemencia.
  • Entreabría los párpados del enfermo y se fijaba en el ojo amarillento, opaco, sin vida, no pudiendo encontrar en él un rastro del pensamiento que con tanto interés buscaba.
  • Su rompimiento con él fue un arrebato de su carácter atrabiliario.
  • Entró en la alcoba del enfermo con el ademán soberbio, el cónico sombrero encasquetado y lanzando a su hermana una mirada de desprecio.
  • El estertor fatigoso, la inmovilidad del enfermo, las sombras cadavéricas que se extendían sobre el rostro, marcando sus huecos con triste negrura y haciendo destacar fúnebremente el perfil de la nariz, acabaron con la serenidad del pobre viejo, arrancándole un grito que parecía salirle del alma.
  • Al fin has salido con la tuya.
  • ¡Yo! gritó doña Manuela poniéndose en pie, con llamaradas en los ojos y la majestuosa nariz agitada por la indignación.
  • Primero le hiciste firmar pagarés, contraer deudas, y luego, su imbécil principal y tú, con el hambre del dinero, lo habéis metido en esa ladronera que llaman Bolsa.
  • ¡Juan! gritó doña Manuela avanzando un paso con ademán imponente, extendiendo las crispadas manos como si fuera a arañarle.
  • Don Juan subrayó con tanta expresión estas palabras, que su hermana dio un paso atrás, palideciendo y bajando las amenazantes manos.
  • Troné contigo cuando siendo viuda tuviste aquello con el doctor Pajares.
  • Y doña Manuela lloraba, efectivamente, sin saber con certeza si sus lágrimas las arrancaba el estado de su hijo, los insultos de su hermano o aquella última noticia de la desaparición de Cuadros.
  • El viejo continuaba hablando junto al lecho del enfermo, excitado por la indignación, con voz sorda unas veces y gritando otras, de modo que cubría aquel estertor angustioso.
  • Y volviéndose hacia el enfermo, díjole con expresión de ternura, como si pudiera oírle.
  • No tardaré en reunirme con él.
  • Y don Juan, enternecido por los recuerdos, gimoteaba inclinado sobre aquella cabeza lívida, en cuya frente caían las lágrimas del viejo, mezclándose con el agónico sudor.
  • Doña Manuela gritó horrorizada, cubriéndose el rostro con las manos.
  • Y tan grande era su turbación, que hasta le pareció más ruidoso aquel estertor de agonía, como si el moribundo contestase afirmativamente con su fatigoso ronquido.
  • Tu hijo se muere, sin que tengas la certeza de que marcha a un mundo mejor con su inocencia limpia de toda sospecha, creyendo en su madre como yo creí siempre en la nuestra.
  • ¡Ay, infeliz! Te compadezco, pienso con horror en las noches que pasarás cuando esta cama esté vacía y creas oír en las habitaciones los pasos de Juanito.
  • El viejo habíase sentado en una silla baja, apoyando su espalda en el lecho, y con la cabeza inclinada parecía sumido en dolorosa reflexión.
  • Doña Manuela, lloriqueando, fijaba sus ojos con expresión interrogante en el implacable hermano, como si le pidiera misericordia.
  • Transcurrió más de una hora sin que el silencio de la alcoba se interrumpiera con otro ruido que el estertor angustioso y continuo del enfermo.
  • Doña Manuela levantábase para pasar una mano por la frente sudorosa del enfermo, cada vez más fría, y volvía a ocupar su asiento, mirando a lo alto con una expresión desesperada.
  • Don Juan palidecía como si sufriera los movimientos dolorosos de aquel cuerpo inerte, y miraba a su hermana con la misma expresión que si fuese ella la que martirizara al enfermo.
  • Entraron en la alcoba Amparo y Conchita, y al ver a su tío, con el instinto de jóvenes precoces y conocedoras del mundo, se aproximaron a él, besándole en la frente.
  • Esto causó cierta impresión en el viejo, y mientras las niñas, de pie junto a la cama, contemplaban con el ceño fruncido y los labios apretados la agonía del pobre enfermo, don Juan dijo a su hermana en voz muy baja y titubeando como si se arrepintiera de su debilidad.
  • Pero a la vista de esas pobres chicas me siento débil y no quiero que mi conciencia cargue con un remordimiento.
  • No tengo ahora la cabeza para cuentas, pero creo que arreglando tus negocios todavía salvaré algún piquillo de tu embrollada fortuna, y con esto y lo que yo os daré podréis vivir como viven esas personas honradas y modestas a las que llamáis cursis despreciativamente.
  • Hasta Visanteta y la remilgada criadita lloriqueaban en la cocina al pensar que no verían más al señorito campechano que alternaba con ellas, complaciéndose en obedecer sus mandatos.
  • El desfile de levitas negras y tupidos velos, el paso por aquella casa de los amigos y conocidos, todos con la enguantada mano tendida, un gesto de amargura en el rostro y la palabra de resignación guardada cuidadosamente para tales casos.
  • La única nota tierna de aquella ceremonia fría y rutinaria fue el llanto de dos mujeres enlutadas que entraron con timidez, apoyadas la una en la otra.
  • La más joven contemplaba fijamente, con estupor doloroso, la alborotada barba del cadáver.
  • Y don Juan, empujando dulcemente a Tónica y Micaela, las sacó del salón, mostrando con ellas una solicitud paternal.
  • Ya estaba allí la parroquia, ¡Abajo el muerto! Y en el salón sonaron los golpes del martillo sobre las tachuelas del féretro, que el eco repetía con extraña sonoridad.
  • Los partidarios de la baja, mustios y desalentados, y los que ganaban siempre, los corredores y sus ayudantes, gente joven y amiga de Juanito, recordando con cierto enternecimiento las bromas que se permitían con aquel barbudo de corazón de niño.
  • Aquellos señores, sin acordarse del motivo que les obligaba a andar por las calles en procesión, hablaban de los negocios, de la fuga de Morte, con gran estallido de fin de mes, y de la desesperada situación de los discípulos del famoso banquero.
  • Había huido el día anterior, con el convencimiento de que no podía pagar sus deudas, avergonzado sin duda de su ruina.
  • Habíase quedado con su hijo en Las Tres Rosas, y a todos los que buscaban a don Antonio les contestaban lo mismo.
  • A las dos de la tarde entraban en Las Tres Rosas unos cuantos señores con papeles bajo el brazo, seguidos por un alguacil.
  • ¡Qué aspecto el de Las Tres Rosas ! Parecía la tienda un ser animado que acogía la desgracia con un gesto de resignado dolor.
  • Y hasta el emblema de la casa, aquel maniquí vestido de labradora, parecía mirar al través de los cristales la extensa y alegre plaza con ojos de muerto.
  • En las puertas de todas las tiendas aparecían las cabezas curiosas de los dependientes, con la misma expresión que si presenciasen el último acto de un drama.
  • Un hombre salió de la trastienda con paso acelerado, como si le persiguieran.
  • Y el pobre octogenario, con su arrugado rostro de una palidez de marfil, tembloroso y flácido, sin el bastón muleta que le ayudaba ordinariamente en su marcha, los ojos inyectados de sangre y los ademanes descompuestos, parecía un pobre loco.
  • Pasó por entre los dependientes de la tienda y del Juzgado, atropellándolos con su débil cuerpo, que parecía fortalecido y vibrante por la indignación.
  • Y empujando con el pie una puerta entreabierta, salió de la tienda.
  • Un corro de granujillas del Mercado jugaba a las chapas frente a los pórticos, y el resto de la plaza estaba solitario, con las aceras limpias de cestones y toldos, tostándose sus baldosas con aquella luz intensa y deslumbrante que lo caldeaba todo.
  • Le temblaban las piernas, pasaban tenues nubecillas ante sus ojos y veía confusamente a los dueños de las tiendas, que le seguían con un gesto de compasión o le llamaban con amistosas señas.
  • Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal.
  • Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria.
  • Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras.
  • Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día.
  • Divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.
  • Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo canas, empreñaba piernas con pantorrillas postizas.
  • Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras.
  • Poblaba quijadas con dientes.
  • Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.
  • Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís.
  • Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente que he podido.
  • Dijo ella con grande cólera.
  • Yo os he sustentado a vos, y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero.
  • Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada.
  • Yo, con esto, por no desmentirle di muy bien la lición aquella mañana.
  • Teníalos a todos con semejantes caricias obligados.
  • Favorecíanme demasiado, y con esto creció la envidia en los demás niños.
  • Llegábame de todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas.
  • Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios.
  • Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvíme a ella y roguéla me declarase si le podía desmentir con verdad o que me dijese si me había concebido a escote entre muchos o si era hijo de mi padre.
  • Yo con esto quedé como muerto y dime por novillo de legítimo matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y salirme de en casa de mi padre.
  • Disimulé, fue mi padre, curó al muchacho, apaciguólo y volvióme a la escuela, adonde el maestro me recibió con ira hasta que, oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo considerando la razón que había tenido.
  • En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre.
  • Así que los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más días.
  • Corrióse tanto el hombre que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro dando gritos.
  • Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que mandándome el día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo (advierta V.
  • Con esto fui yo muy contento.
  • Llegáronse otras y con ellas pícaros, y alzando zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey.
  • Mas tal golpe me le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una (hablando con perdón) privada.
  • Llegó a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras.
  • Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determinéme de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad al niño.
  • El gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad.
  • Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas.
  • Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa.
  • Era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa.
  • Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo.
  • A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más.
  • Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje.
  • Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón.
  • Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo.
  • Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo.
  • ¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo.
  • Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo.
  • Coman como hermanos, pues Dios les da con qué.
  • Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije.
  • Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón.
  • Pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición.
  • Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.
  • Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas.
  • Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.
  • El desventurado atajóse, y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro.
  • Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara.
  • Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre.
  • Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos.
  • Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas, y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez.
  • Y con esto diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza.
  • Era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa.
  • El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que aquel día.
  • Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegóse al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar.
  • Metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas.
  • Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta.
  • ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros?
  • Y a esto respondieron los rufianes, no hablando con ellos.
  • Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo.
  • Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron.
  • Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves.
  • Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra hizo gente.
  • Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
  • No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros.
  • Éstos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.
  • Quedamos asustados con el gasto.
  • Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatólas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera.
  • Hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjaguar la boca con un poco de vino, que él traía bota.
  • Y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar.
  • Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres.
  • Con estas y otras cosas, llegamos a la villa.
  • Con esto no nos valían plegarias.
  • Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos y despidió al criado porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en la ropilla.
  • Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe.
  • Ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido.
  • ¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá muerto?
  • Los viernes solía inviar unos güevos, con tantas barbas fuerza de pelos y canas suyas que pudieran pretender corregimiento u abogacía Pues meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario.
  • Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel viendo venir rescatados por la Trinidad sus compañeros.
  • Recibióme, pues, el huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento.
  • Diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo.
  • Y con esto (¡mire V.
  • Y con esto todos se apartaron tapándose las narices.
  • Yo estaba cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo tomaban la puntería.
  • Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera.
  • ¡Baste, no le déis con el palo! Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían.
  • Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que tenía.
  • Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba.
  • Vino mi amo y como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojóse y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo.
  • Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más cólera, dijo.
  • Y con esto empecé a llorar.
  • Y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.
  • Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
  • Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos en todas las espaldas.
  • Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo.
  • ¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así! Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre.
  • Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños.
  • Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme.
  • Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca.
  • ¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna.
  • Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
  • Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra.
  • Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.
  • De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos.
  • No sé si salí con ello, pero yo aseguro a V.
  • Yo estaba jugando con los otros criados, y oílos gruñir, y dije al uno.
  • Iban y sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien.
  • Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una santa.
  • Bendecía las ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón.
  • Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su amo, decía yo entre mí.
  • Ella debía de decir lo mismo porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se descubriera la hilaza.
  • Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr o arrebatar.
  • Yo, como iba cargado, vi que aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver una esquina, sentéme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto y empecé a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre.
  • Arrancaron con esto y fuéronse.
  • Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible, y más por estar el confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta.
  • Él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y la pasé y saqué en la espada y me fui con ella.
  • Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien él había tenido palabras.
  • Decían los compañeros que yo solo podía sustentar la casa con lo que corría, que es lo mismo que hurtar, en nombre revesado.
  • Yo, como era muchacho y oía que me alababan el ingenio con que salía de estas travesuras, animábame para hacer muchas más.
  • Cada día traía la pretina llena de jarras de monjas, que les pedía para beber y me venía con ellas.
  • Señalóse cuál había de ser, y fuimos juntos, yo delante, y en columbrando la justicia, lleguéme con otro de los criados de casa, muy alborotado, y dije.
  • Con esto, el corregidor dio un salto hacia arriba, y dijo.
  • Entren sin espadas, y uno a uno, que ellos están en los aposentos y traen pistoletes, y en viendo entrar con espadas, como saben que no la puede traer sino la justicia, dispararán.
  • Con dagas es mejor, y cogerlos por detrás los brazos, que demasiados vamos.
  • Cuadróle al corregidor la traza, con la codicia de la prisión.
  • Y al entrar todos quedéme atrás el postrero, y en entrando ellos mezclados con otra gente que entraba, di cantonada y emboquéme por una callejuela que va a dar a la Vitoria, que no me alcanzara un galgo.
  • ¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el corregidor?
  • Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un Cristo en la otra y un compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías.
  • Y con tanto, se fueron desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen, y el corregidor de ahorcarle fuese quien fuese.
  • Con estas y otras cosas, comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos.
  • Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me llamaba así), las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus criados.
  • Vuestro padre murió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo.
  • Veníale el sayo vaquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante que no le juzgase por ahorcado.
  • Iba con gran desenfado mirando a las ventanas y haciendo cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle.
  • Quedó con una gravedad que no había más que pedir.
  • Dicen que representará en un auto el día de la Trinidad, con cuatrocientos de muerte.
  • Vista ésta, os podéis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica, seréis singular en el arte de verdugo.
  • Díjome que me acomodaría con otro caballero amigo suyo para que le sirviese.
  • Y con tanto, al otro día, él se fue a Segovia harto triste, y yo me quedé en la casa disimulando mi desventura.
  • Quemé la carta porque, perdiéndoseme acaso, no la leyese alguien, y comencé a disponer mi partida para Segovia, con fin de cobrar mi hacienda y conocer mis parientes para huir de ellos.
  • Vendí lo poco que tenía de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales.
  • Al fin, yo salí tan bienquisto del pueblo que dejé con mi ausencia a la mitad de él llorando y a la otra mitad riéndose de los que lloraban.
  • Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando pasado Torote, encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido, que aun estando a su lado no me veía.
  • Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera todo sosegado.
  • Pero allá se verá, que agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.
  • , pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí.
  • Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces mirándome a la cara, me dijo.
  • Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.
  • Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás.
  • Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando.
  • Eso me dijo era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática.
  • Y para que lo creáis, en Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas.
  • Apeámonos en una posada y al apearnos me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular en el suelo.
  • Pensé con esto perder el juicio.
  • Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil.
  • No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón, y como yo me estaba quedo, parecían tretas contra olla que se sale.
  • No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas a lo águila imperial, la cara con un per signum crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano y una daga con más rejas que un locutorio de monjas.
  • Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no hablaba con él, y que así no tenía por qué picarse.
  • Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.
  • Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.
  • Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él.
  • Despertóme a mí, y no contento con esto, bajó el huésped para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagital por la cuerda.
  • Y con esto se subió y me dijo que si me quería levantar vería la treta tan famosa que había hallado contra el turco y sus alfanjes.
  • De lo que le sucedió hasta llegar a Madrid, con un poeta.
  • Y ya que estaba apartado, volvió con gran prisa, y llamándome a voces, estando en el campo donde no nos oía nadie, me dijo al oído.
  • Con esto caminé más de una legua que no topé persona.
  • Yo no pude con esto tener la risa, que a borbollones se me salía por los ojos y narices, y dando una gran carcajada, dije.
  • Y si yo salgo con hacerla representar, será cosa famosa.
  • Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a que él no hubiese hecho algún disparate, que cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría.
  • Y así, con licencia de V.
  • ¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer con los que lo son.
  • Ítem, advirtiendo los grandes bochornos que hay en las caniculares y nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas, a fuerza de los soles y estrellas que gastan en hacerlas, les ponemos perpetuo silencio en las cosas del cielo, señalando meses vedados a las musas, como a la caza y pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.
  • Ítem, habiendo considerado que esta secta infernal de hombres condenados a perpetuo concepto, despedazadores del vocablo y volteadores de razones, han pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitados con este mal que las hemos hecho del que nos hicieron en la manzana.
  • Lo que es hallarse un hombre con ochocientas mil coplas de contado y oír eso?
  • Ítem, advirtiendo que después que dejaron de ser moros (aunque todavía conservan algunas reliquias) se han metido a pastores, por lo cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus ánimas encendidas, y tan embebecidos en su música que no pacen, mandamos que dejen el tal oficio, señalando ermitas a los amigos de soledad.
  • ¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío dijo en altas voces ordenó tal cosa! Y si supiera quién era yo le hiciera una sátira con tales coplas que le pesara a él y a todos cuantos las vieran de verlas.
  • Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas, de puro vieja, y con tantas cazcarrias que para enterrarle no era menester más de estregársela encima.
  • El manteo, se podían estercolar con él dos heredades.
  • Pero advirtiendo con ojos de piedad a que hay tres géneros de gentes en la república tan sumamente miserables que no pueden vivir sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales públicos de esta arte, con tal que puedan tener carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes, limitando a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan las trazas con papeles o cintas, y a los de ciegos, que no sucedan en Tetuán los casos, desterrándoles estos vocablos.
  • Y mandándoles que, para decir la presente obra, no digan zozobra, y a los de sacristanes, que no hagan los villancicos con Gil ni Pascual, que no jueguen del vocablo, ni hagan los pensamientos de tornillo, que mudándoles el nombre, se vuelvan a cada fiesta.
  • Hombre soy yo que he estado en un aposento con Liñán, y he comido más de dos veces con Espinel.
  • Quiso Dios que porque no fuese pensando en mal, me topase con un soldado.
  • Y con esto, comidos de piojos y huéspedas, nos volvemos en este pelo a rogar a los moros y herejes con nuestros cuerpos.
  • Yendo en estas conversaciones, topamos en un borrico un ermitaño, con una barba tan larga que hacía lodos con ella, macilento y vestido de paño pardo.
  • Saludamos con el Deo gracias acostumbrado y empezó a alabar los trigos y en ellos la misericordia del Señor.
  • Rióse mucho el soldado de la pregunta, y el ermitaño de su desnudez, y con tanto llegamos a la falda del puerto, el ermitaño rezando el rosario de una carga de leña hecha bolas, de manera que a cada avemaría sonaba un cabe.
  • Yo iba mirando tanto el rosariazo del ermitaño, con las cuentas frisonas, como la espada del soldado.
  • ¡Oh, cómo volaría yo con pólvora gran parte de este puerto decía, y hiciera buena obra a los caminantes! No hay tal como hacer buenas obras decía el santero.
  • Retiraba el ladrón con las ancas de la mano que era lástima.
  • Dormimos todos en una sala con otra gente que estaba allí porque los aposentos estaban tomados para otros.
  • Yo me acosté con harta tristeza, y el soldado llamó al huésped y le encomendó sus papeles en las cajas de lata que los traía, y un envoltorio de camisas jubiladas.
  • Aquí fue ella, que se levantó el soldado con la espada tras el huésped, en camisa, jurando que le había de matar porque hacía burla de él, que se había hallado en la Naval San Quintín y otras, trayendo servicios en lugar de papeles que le había dado.
  • Topamos con un genovés, digo con uno de estos antecristos de las monedas de España, que subía el puerto con un paje detrás, y él con su guardasol, muy a lo dineroso.
  • Trabamos conversación con él.
  • Porque, como oyen decir que muerde por muy poco, han dado en dejarla con el ombligo en naciendo.
  • En estas pláticas vimos los muros de Segovia, y a mí se me alegraron los ojos, a pesar de la memoria, que con los sucesos de Cabra me contradecía el contento.
  • Enternecíme, y entré algo desconocido de como salí, con punta de barba, bien vestido.
  • Venía una procesión de desnudos, todos descaperuzados, delante de mi tío, y él, muy haciéndose de pencas, con una en la mano tocando un pasacalles públicas en las costillas de cinco laúdes, sino que llevaban sogas por cuerdas.
  • Yo, que estaba notando esto con un hombre a quien había dicho, preguntando por él, que era yo un gran caballero, veo a mi buen tío que echando en mí los ojos (por pasar cerca), arremetió a abrazarme, llamándome sobrino.
  • No volví a despedirme de aquel con quien estaba.
  • Fuime con él, y díjome.
  • Aquí te podrás ir mientras cumplo con esta gente.
  • Entramos en un aposento tan bajo que andábamos por él como quien recibe bendiciones, con las cabezas bajas.
  • Colgó la penca en un clavo, que estaba con otros de que colgaban cordeles, lazos, cuchillos, escarpias y otras herramientas del oficio.
  • Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos.
  • En esto entró por la puerta, con una ropa hasta los pies morada, uno de los que piden para las ánimas, y haciendo son con la cajita, dijo.
  • Arremangóse el desalmado animero el sayazo, y quedó con unas piernas zambas en gregüescos de lienzo, y empezó a bailar y decir que si había venido Clemente.
  • Dijo mi tío que no, cuando, Dios y enhorabuena, devanado en un trapo y con unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo, un porquero.
  • Conocíle por el (hablando con perdón) cuerno que traía en la mano.
  • Saludónos a su manera, y tras él entró un mulato zurdo y bizco, un sombrero con más falda que un monte y más copa que un nogal, la espada con más gavilanes que la caza del Rey, un coleto de ante.
  • ¡Vive Dios! dijo el corchete, que se lo pagué yo sobrado a Juanazo en Murcia, porque iba el borrico con un paseo de pato y el bellaco me los asentó de manera que no se levantaron sino ronchas.
  • Con virgo están mis espaldas.
  • Sesenta me dieron los de hoy y llevaron unos azotes de amigo, con penca sencilla.
  • Parecieron en la mesa cinco pasteles de a cuatro, y tomando un hisopo, después de haber quitado las hojaldres, dijeron un responso todos, con su requiem aeternam, por el ánima del difunto cuyas eran aquellas carnes.
  • Ellos comieron, pero yo pasé con los suelos solos, y quedéme con la costumbre, y así, siempre que como pasteles, rezo una avemaría por el que Dios haya.
  • ¡Qué mulata está la olla! Ya mi tío estaba tal, que alargando la mano y asiendo una, dijo con la voz algo áspera y ronca, el un ojo medio acostado y el otro nadando en mosto.
  • Trujeron caldo, y el de las ánimas tomó con entrambas manos una escudilla, diciendo.
  • El porquero que vio que el otro se le caía encima, levantóse, y alzando el instrumento de hueso, le dio con él una trompetada.
  • Asiéronse a puños, y, estando juntos los dos y teniéndole el demandador mordido de un carrillo, con los vuelcos y alteración, el porquero vomitó cuanto había comido en las barbas del de la demanda.
  • Yo que los vi que ya, en suma, multiplicaban, metí en paz la brega, desasí a los dos, y levanté del suelo al corchete, el cual estaba llorando con gran tristeza, eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de palo que tenía, pensando que era convidado.
  • Quité el cuerno al porquero, el cual, ya que dormían los otros, no había hacerle callar, diciendo que le diesen su cuerno, porque no había habido jamás quien supiese en él más tonadas y que le quería tañer con el órgano.
  • Y fuese, en lugar de ir a la puerta, a la ventana, y como vio estrellas, comenzó a llamar a los otros con grandes voces, diciendo que el cielo estaba estrellado a mediodía, y que había un gran eclís.
  • Con estas vilezas y infamias que veía yo, ya me crecía por puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros.
  • A la mañana traté con mi tío de reconocer mi hacienda y cobrarla.
  • El aposento estaba, parte con las enjaguaduras de las monas, parte con las aguas que habían hecho de no beberlas, hecho una taberna de vinos de retorno.
  • Md., vengo a decir que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con este, y que estudiando, podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso.
  • Partía aquella mañana del mesón un arriero con cargas a la Corte.
  • Pero volvamos a las cosas que el dicho de mi tío hacía, ofendido con la carta que decía en esta forma.
  • Yo iba caballero en el rucio de la Mancha, y bien deseoso de no topar nadie, cuando desde lejos vi venir un hidalgo de portante, con su capa puesta, espada ceñida, calzas atacadas y botas, y al parecer bien puesto, el cuello abierto más de roto que de molde, el sombrero de lado.
  • Md., señor licenciado, en ese borrico con harto más descanso que yo con todo mi aparato.
  • Vendrá en el que trae detrás con regalo, aquellos vuelcos que da inquietan.
  • Burla dijo él, con las cachondas de la mano, vaya, porque no entiendo eso de los criados.
  • Y aclaróseme tanto en materia de ser pobre, que me confesó, a media legua que anduvimos, que si no le hacía merced de dejarle subir en el borrico un rato no le era posible pasar adelante, por ir cansado de caminar con las bragas en los puños.
  • Y espantóme lo que descubrí en el tocamiento, porque por la parte de atrás, que cubría la capa, traía las cuchilladas con entretelas de nalga pura.
  • Y con todo, hay muy pocas letras con oro.
  • Sólo el don me ha quedado por vender y soy tan desgraciado que no hallo nadie con necesidad de él, pues quien no le tiene por ante le tiene por postre, como el remendón, azadón, pendón, blandón, bordón y otros así.
  • Confieso que, aunque iban mezcladas con risa, las calamidades del dicho hidalgo me enternecieron.
  • Yo vi el cielo abierto, y en son de entretenimiento para el camino, le rogué que me contase cómo y con quiénes y de qué manera viven en la Corte los que no tenían, como él, porque me parecía dificultoso en este tiempo, que no solo se contenta cada uno con sus cosas, sino que aun solicitan las ajenas.
  • Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes nombres.
  • Entrará uno a visitarnos en nuestras casas, y hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos.
  • Todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello de día.
  • Es de ver uno de nosotros en una casa de juego con el cuidado que sirve y despabila las velas, trae orinales, cómo mete naipes y solemniza las cosas del que gana, todo por un triste real de barato.
  • Estudiamos posturas contra la luz, pues, en día claro, andamos las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con solos los tobillos, porque, si se abren las rodillas, se verá el ventanaje.
  • Y después de todo, los aprovechamos para papel, y en el papel escribimos, y después hacemos dél polvos para resucitar los zapatos, que de incurables, los he visto hacer revivir con semejantes medicamentos.
  • Pues ¿qué diré del modo con que de noche nos apartamos de las luces porque no se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampiñas?
  • Pero por no gastar con barberos, prevenimos siempre de aguardar a que otro de los nuestros tenga también pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro, conforme lo del Evangelio.
  • Pero si alguna vez vamos dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo de fuera, haciendo cortesías porque nos vean todos y hablando a los amigos y conocidos aunque miren a otra parte.
  • Si es en el muslo, contamos que vimos un soldado atravesado desde tal parte a tal parte, y señalamos con las manos aquellas que nos comen, rascándonos en vez de enseñarlas.
  • Y lo que más es de notar es que nunca nos enamoramos sino de pane lucrando, que veda la orden damas melindrosas, por lindas que sean, y así, siempre andamos en recuesta con una bodegonera por la comida, con la huéspeda por la posada, con la que abre los cuellos por los que trae el hombre.
  • Y aunque, comiendo tan poco y bebiendo tan mal no se puede cumplir con tantas, por su tanda todas están contentas.
  • Y después de haberle vuelto de una parte a otra, es de sustento, porque se cena el hombre en el almidón con sus fondos en mugre, chupándole con destreza.
  • Y al fin, señor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener más faltas que una preñada de nueve meses, y con esto vive en la Corte.
  • Y ya se ve en prosperidad y con dineros, y ya en el espital.
  • Pero, en fin, se vive, y el que se sabe bandear es rey, con poco que tenga.
  • Tanto gusté de las extrañas maneras de vivir del hidalgo, y tanto me embebecí, que divertido con ellas y con otras, me llegué a pie hasta las Rozas, adonde nos quedamos aquella noche.
  • Cenó conmigo el dicho hidalgo, que no traía blanca y yo me hallaba obligado a sus avisos, porque con ellos abrí los ojos a muchas cosas, inclinándome a la chirlería.
  • Ofrecióme favor para introducirme en la Corte con los demás cofrades del estafón, y posada en compañía de todos.
  • Aceptéla, no declarándole que tenía los escudos que llevaba, sino hasta cien reales solos, los cuales bastaron, con la buena obra que le había hecho y hacía, a obligarle a mi amistad.
  • Compréle del huésped tres agujetas, atacóse, dormimos aquella noche, madrugamos, y dimos con nuestros cuerpos en Madrid.
  • Preguntó por los amigos, y respondió, con un chillido crespo, que habían ido a buscar.
  • Hablamos un rato, y sacó un guante con diez y seis reales, y una carta, con la cual, diciendo que era licencia para pedir para una pobre, los había allegado.
  • Que en mi hato, aunque caminéis a cualquiera parte, nunca saldréis de la Mancha, que parece que hago caravanas para lechuza u que retozo con algunos candiles.
  • Yo dijo mi buen amigo vengo del camino con mal de calzas, y así me habré menester recoger a remendar.
  • Preguntó si había algunos retazos, que la vieja recogía trapos dos días en la semana por las calles, como las que tratan en papel, para acomodar jubones incurables, ropillas tísicas y con dolor de costado de los caballeros.
  • En esto estábamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su vestido pardo, con un sombrero prendidas las faldas por los dos lados.
  • Supo mi venida de los demás y hablóme con mucho afecto.
  • Quién tal pensara!) la ropilla de pardo paño la delantera, y la trasera de lienzo blanco, con sus fondos en sudor.
  • No pude tener la risa, y él, con gran disimulación, dijo.
  • Yo apostaré que no sabe por qué traigo este sombrero con la falda presa arriba.
  • Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de paño, larga hasta el medio valón y su capa de lo mismo, levantando el cuello porque no se viese el anjeo, que estaba roto.
  • Este venía dando voces con el otro, que traía valona por no tener cuello, y unos frascos por no tener capa, y una muleta con una pierna liada en trapajos y pellejos por no tener más de una calza.
  • No jure a Dios dijo el otro, que en llegando a casa no soy cojo, y os daré con esta muleta mil palos.
  • Si daréis, no daréis, y en los mentises acostumbrados, arremetió el uno al otro y asiéndose se salieron con los pedazos de los vestidos en las manos a los primeros estirones y no fue mucho.
  • Recibí el recado y con él doce pañizuelos, y respondí a su madre, que los inviaba a algún hombre de aquel nombre.
  • Solo se le contradijo lo del sonar con ellos, mandándole que los entregase a la vieja, para honrar la comunidad haciendo de ellos unos cuellos y unos remates de mangas que se viesen y representasen camisas, que el sonarse estaba vedado en la orden, si no era en el aire, u de saetilla a coz de dedo.
  • No se desnudaron los más, que con acostarse como andaban de día, cumplieron con el precepto de dormir en cueros.
  • Ya estaba yo tan hallado con ellos como si todos fuéramos hermanos (que esta facilidad y dulzura se halla siempre en las cosas malas).
  • Otro pedía guía para ponerse el jubón, y en media hora se podía averiguar con él.
  • El cuello y los valones me quitaron y en su lugar me pusieron unas calzas atacadas, con cuchilladas no más de por delante, que lados y trasera eran unas gamuzas.
  • Md., si le mirase uno, ha de ir volviéndose con él, como la flor del sol con el sol.
  • Si fueren dos y miraren por los lados, saque pies, y para los de atrás traiga siempre el sombrero caído sobre el cogote, de suerte que la falda cubra el cuello y descubra toda la frente, y al que preguntare que por qué anda así respóndale que porque puede andar con la cara descubierta por todo el mundo.
  • Diéronme una caja con hilo negro y hilo blanco, seda, cordel y aguja, dedal, paño, lienzo, raso y otros retacillos, y un cuchillo.
  • Con esta caja puede ir por todo el mundo, sin haber menester amigos ni deudos.
  • Y así, empecé mi jornada, saliendo de casa con los otros, aunque por ser nuevo me dieron, para empezar la estafa, como a misacantano, por padrino el mismo que me trujo y convirtió.
  • Salimos de casa con paso tardo, los rosarios en la mano.
  • A los hombres, quitábamos el sombrero, deseando hacer lo mismo con sus capas a las mujeres hacíamos reverencias, que se huelgan con ellas y con las paternidades mucho.
  • Andábamos haciendo culebra de una acera a otra por no topar con casas de acreedores.
  • Esto pudo hacer mientras el otro venía, que aún no le había visto, por estar ocupado en chismes con una vieja.
  • Con esto vaya el hombre descuidado de comer hoy.
  • Poca fe tienes con la religión y orden de los caninos.
  • Renovada, pues, la memoria con la hora, volvíme al amigo y dije.
  • Si vos no lo sentís, no es mucho, que criado con hambre desde niño, como el otro rey con ponzoña, os sustentéis ya con ella.
  • ¡Cuerpo de Dios replicó con vos! Pues dan agora las doce ¿y tanta prisa?
  • Adiós dije yo, que no son tan cortas mis faltas que se hayan de suplir con sobras de otros.
  • Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi flaqueza, limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro izquierdo, jugando con el decenario, que lo era porque no tenía más de diez cuentas.
  • Yo me iba determinando a quebrar el ayuno, y llegué con esto a la esquina de la calle de San Luis, adonde vivía un pastelero.
  • Asomábase uno de a ocho tostado, y con aquel resuello del horno tropezóme en las narices, y al instante me quedé del modo que andaba como el perro perdiguero con el aliento de la caza, puestos en él los ojos.
  • Le miré con tanto ahínco que se secó el pastel como un aojado.
  • Yo que iba haciendo punta a uno, Dios que lo quiso, topo con un licenciado Flechilla, amigo mío, que venía haldeando por la calle abajo, con más barros que la cara de un sanguino y tantos rabos que parecía chirrión con sotana, pulpo graduado o mercader que cargaba para Italia.
  • Eso me pesa a mí replicó, y si no fuera por ser tarde, y voy con prisa a comer, me detuviera más, porque me aguarda una hermana casada y su marido.
  • Fuime con él y empecéle a contar que una mujercilla que él había querido mucho en Alcalá sabía yo dónde estaba, y que le podía dar entrada en su casa.
  • Yo cogí la ocasión y convidéme, diciendo que yo era de casa y amigo viejo, y que se me hiciera agravio en tratarme con cumplimiento.
  • Y porque el otro lo llevase mejor, que ni me había convidado ni le pasaba por la imaginación, de rato en rato le pegaba yo con la mozuela, diciendo que me había preguntado por él y que le tenía en el alma y otras mentiras de este modo, con lo cual llevaba mejor el verme engullir, porque tal destrozo como yo hice en el ante no lo hiciera una bala en el de un coleto.
  • Vino la olla y comímela en dos bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan fiera, que parecía que aun entre los dientes no la tenía bien segura.
  • Pues fue con más prisa que un extraordinario el correo.
  • Y estando hablando con él a una ventana, hice que me llamaban de la calle, y dije.
  • Topóme otras muchas veces y disculpéme con él contándole mil embustes que no importan para el caso.
  • Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que piden prestado sobre sus caras, tapadas de medio ojo, con su vieja y pajecillo.
  • Ellas se cegaron con esto y con unos cien escudos en oro que yo saqué de los que traía, con achaque de dar limosna a un pobre que me la pidió.
  • Pareciólas irse, por ser ya tarde, y así me pidieron licencia, advirtiéndome con el secreto que había de ir el paje.
  • Yo les ofrecía en prendas los cien escudos, y dijéronme su casa, y con intento de estafarme en más se fiaron de mí y preguntáronme mi posada, diciendo que no podía entrar paje en la suya a todas horas, por ser gente principal.
  • Y acuérdome que cuando salimos de la tienda llamé uno de los pajes, con gran autoridad con la mano.
  • Y con tanto, acomodé los criados ajenos como buen caballero.
  • Entré y hallé al soldado de los trapos con una hacha de cera que le dieron para acompañar un difunto y se vino con ella.
  • Había sido capitán en una comedia y combatido con moros en una danza.
  • Pasábamos con él lindos ratos.
  • Quitáronselo a los otros mendigos para dárselo, y ellos, con el enojo, siguiéronle, y vieron que en un rincón detrás de la puerta estaba sorbiendo con gran valor, y sobre si era bien hecho engañar por engullir y quitar a otros para sí, se levantaron voces y tras ellas palos y tras los palos chichones y tolondrones en su pobre cabeza.
  • Embistiéronle con los jarros, y el daño de las narices se le hizo uno con una escudilla de palo que se la dio a oler con más prisa que convenía.
  • ¡Miren el todo trapos, como muñeca de niños, más triste que pastelería en Cuaresma, con más agujeros que una flauta y más remiendos que una pía y más manchas que un jaspe y más puntos que un libro de música (decía un estudiantón de estos de la capacha, gorronazo), que hay hombre en la sopa del bendito santo que puede ser obispo o otra cualquier dignidad, y se afrenta un don Peluche de comer! ¡Graduado estoy de bachiller en artes por Sigüenza!
  • En que prosigue la misma materia, hasta dar con todos en la cárcel.
  • Entró Merlo Díaz, hecha la pretina una sarta de búcaros y vidros, los cuales, pidiendo de beber en los tornos de las monjas, había agarrado con poco temor de Dios.
  • Mas sacóle de la puja don Lorenzo del Pedroso, el cual entró con una capa muy buena, la cual había trocado en una mesa de trucos a la suya, que no se la cubriera pelo al que la llevó, por ser desbarbada.
  • Usaba éste quitarse la capa como que quería jugar, y ponerla con las otras, y luego, como que no hacía partido, iba por su capa y tomaba la que mejor le parecía y salíase.
  • Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme cercado de muchachos con lamparones, cáncer y lepra, heridos y mancos, el cual se había hecho ensalmador con unas santiguaduras y oraciones que había aprendido de una vieja.
  • Hablaba del Niño Jesús, entraba en las casas con Deo gracias, decía lo del Espíritu Santo sea con todos.
  • Un rosario con unas cuentas frisonas.
  • Al descuido hacía que se le viese por debajo de la capa un trozo de disciplina salpicada con sangre de las narices.
  • Con estas cosas, traía el pueblo tal, que se encomendaban a él y era como encomendarse al diablo.
  • Con esto cogía mucha limosna y entrábase en las casas que veía abiertas.
  • Si le topaban, tocaba la campanilla y decía con una voz que él fingía muy penitente.
  • Dejóla el alguacil en la cárcel y vino a casa, y halló en ella a todos mis compañeros y a mí con ellos.
  • Traía media docena de corchetes, verdugos de a pie, y dio con todo el colegio buscón en la cárcel, adonde se vio en gran peligro la caballería.
  • Busquéle las manos, y como sus palmas estaban hechas a llevar semejantes dátiles, cerró con los dichos veinte y seis, diciendo.
  • Dejo de contar la risa tan grande que en la cárcel y por las calles había con nosotros, porque como nos traían atados y a empellones, unos sin capas y otros con ellas arrastrando, eran de ver unos cuerpos pías remendados y otros aloques de tinto y blanco.
  • Y sobre si le viene muy ancho o no (como si me hubieran tomado la medida con el bacín), tuvimos palabras.
  • El alcaide, sospechando que se le iban algunos vasallos, subió corriendo, armado, con toda su cuadrilla.
  • Yo me disculpaba con decir que en toda la noche me habían dejado cerrar los ojos.
  • Recibiéronme con arbórbola y placer los amigos.
  • ¿Qué te arriesgas, pobrete, con el que ha de hacer humo?
  • Había confesado este, y era tan maldito que traíamos todos con carlancas, como mastines, las traseras, y no había quien se osase ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas.
  • Este hacía amistad con otro que llamaban Robledo y por otro nombre el Trepado.
  • Tenía la cara con tantas cuchilladas que a descubrirse puntos no se la ganara un flux.
  • No se podrá creer la notable alegría con que aguardaban su despacho.
  • Todos estos, mohínos de ver que mis compañeros no contribuían, ordenaron a la noche de darlos culebra de cáñamo, con una soga dedicada al efecto.
  • Los bellacos, porque no se oyesen sus aullidos, cantaban todos juntos y hacían ruido con las prisiones.
  • Allí fue el ver cómo, con la fuerza que hacían, les sonaban los huesos.
  • Consintiéronselo, y a pesar de los otros, que se defendían con él, descalabrado y como pudo se levantó y pasó a mi lado.
  • Los otros, por presto que acordaron a hacer lo mismo, ya tenían las chollas con más tejas que pelos.
  • Empezaron luego a sentir el abrigo de la manta, porque había piojo con hambre canina, y otro que en un brazo ayuno de ellos quebraba ayuno de ocho días.
  • Torné a repasarle las manos al carcelero con tres de a ocho y sabiendo quién era el escribano de la causa enviéle a llamar con un picarillo.
  • Fuese con esto y volvióse desde la puerta a pedirme algo para el buen Diego García, el alguacil, que importaba acallarle con mordaza de plata y apuntóme no sé qué del relator, para ayuda de comerse cláusula entera.
  • Un relator, señor, con arcar las cejas, levantar la voz, dar una patada para hacer atender al alcalde divertido, hacer una acción, destruye a un cristiano.
  • Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales, y en pago me dijo que enderezase el cuello de la capa, y dos remedios para el catarro que tenía de la frialdad del calabozo, y últimamente me dijo, mirándome con grillos.
  • Ahorre de pesadumbre, que con ocho reales que dé al alcaide, le aliviará.
  • La mujer, recelando alguna gran pesadumbre, se llegó a él, y le enfadó tanto con las acostumbradas importunidades, que dijo.
  • ¿Qué ha de ser, si el bellaco ladrón de Almendros el aposentador, me ha dicho, teniendo palabras con él sobre el arrendamiento, que vos nos sois limpia?
  • ¿Y con esa paciencia lo decís, buenos tiempos?
  • Ejecutoria tengo en el pueblo, tocante a entrambos, con letras de oro.
  • Alegráronse con el nuevo pariente y cobraron ánimo con lo de la ejecutoria.
  • Yo, de rato en rato, salía muy al descuido con decir.
  • ¡Joan de Madrid, el mayor! Su padre de Joan de Madrid fue casado con Ana de Acevedo, la gorda.
  • Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de comer y cama en su casa, y el escribano, solicitado de él y cohechado con el dinero, lo hizo tan bien, que sacaron a la vieja delante de todos en un palafrén pardo a la brida, con un músico de culpas delante.
  • Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla, con muy buena ropa, a tres moradores.
  • Al fin, preguntó por don Ramiro, un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con el Rey.
  • Vine yo con gran disimulación, y en entrando, me dieron la cédula diciendo.
  • Y una noche, para confirmarlas más en mi riqueza, cerréme en mi aposento, que estaba dividido del suyo con sólo un tabique muy delgado, y sacando cincuenta escudos estuve contándolos en la mesa tantas veces que oyeron contar seis mil escudos.
  • Fue esto de verme con tanto dinero de contado, para ellas, todo lo que yo podía desear, porque dieron en desvelarse para regalarme y servirme.
  • Cantaba mal, y siempre andaba apuntando con él el catalán, el cual era la criatura más triste y miserable que Dios crió.
  • Yo lo sabía todo y a veces lo oía, pero no me hallaba con ánimo para responder.
  • Decía lo de me abraso, trataba de penar, ofrecíame por esclavo, firmaba el corazón con la saeta.
  • Con esto me fui y volví a casa de allí a un rato.
  • Recibiéronme con la mayor alegría del mundo, diciendo que para qué les tenía escondido el ser señor de Valcerrado y Villorete.
  • Con esto, la muchacha se remató, codiciosa de marido tan rico, y trazó de que la fuese a hablar a la una de la noche por un corredor que caía a un tejado donde estaba la ventana de su aposento.
  • Con esto y con los palos y puñadas que me dieron, daba aullidos.
  • Yo, triste, que me había visto moler a palos delante de mi dama, y me vi llevar preso sin razón y con mal nombre, no sabía qué hacerme.
  • Hincábame de rodillas y ni por esas ni por esotras bastaba con el escribano.
  • Prosigue el cuento, con otros varios sucesos.
  • No cerré los ojos con toda la noche, considerando mi desgracia, que no fue dar en el tejado sino en las manos del escribano, y cuando me acordaba de lo de las ganzúas y las hojas que había escrito en la causa, echaba de ver que no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano.
  • Unas veces me determinaba a rogárselo por Jesucristo, y considerando lo que le pasó con ellos vivo, no me atrevía.
  • En esto estábamos, él dándome y yo casi determinado de darle a él dineros, que es la sangre con que se labran semejantes diamantes, cuando incitados y forzados de los ruegos de mi querida, que me había visto caer y apalear, desengañada de que no era encanto sino desdicha, entraron el portugués y el catalán, y en viendo el escribano que me hablaban, desenvainando la pluma, los quiso espetar por cómplices en el proceso.
  • Pero por no confesar que los había recibido lo dejé y me fui con ellos, dando las gracias de mi libertad y rescate.
  • Entré en casa con la cara rozada de puros mojicones y las espaldas algo mohínas de los varapalos.
  • Traíame afrentado con estos equívocos.
  • Y para no pagar comida, cama ni posada, que montaba algunos reales, y sacar mi hato libre, traté con un licenciado Brandalagas, natural de Hornillos, y con otros dos amigos suyos, que me viniesen una noche a prender.
  • Temblaron todas, por lo que yo me había hecho nigromántico con ellas.
  • Con esto no chistó alma terrena.
  • Di traza con los que me ayudaron de mudar de hábito y ponerme calza de obra y vestido al uso, cuellos grandes y un lacayo en menudos.
  • Animáronme a ello, poniéndome por delante el provecho que se me seguiría de casarme con la ostentación, a título de rico, y que era cosa que sucedía muchas veces en la Corte.
  • Y aún añadieron que ellos me encaminarían parte conveniente y que me estuviese bien, y con algún arcaduz por donde se guiase.
  • Llegáronse dos caballeros, cada cual con su lacayo.
  • Yo solté la prosa y con mil cortesías los detuve un rato.
  • Yo les dije que en huir de un padre y madre que me querían casar contra mi voluntad con mujer fea y necia y mal nacida, por el mucho dote.
  • Y yo, señoras, quiero más una mujer limpia en cueros que una judía poderosa, que por bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de cuatro mil ducados de renta, y si salgo con un pleito que traigo en buenos puntos, no habré menester nada.
  • ¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y mujer de casta, que le prometo que con ser yo no muy rica, no he querido casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no ser de calidad.
  • En esto, las doncellicas remataron la conversación con pedir algo de merendar a mis amigos.
  • Yo, que vi ocasión, dije que echaba menos mis pajes, por no tener con quien enviar a casa por unas cajas que tenía.
  • Y, con tanto, se apartó el coche, y yo y los compañeros comenzamos a caminar a casa.
  • Ellos, que me vieron largo en lo de la merienda, aficionáronse, y por obligarme me suplicaron cenase con ellos aquella noche.
  • Híceme algo de rogar, aunque poco, y cené con ellos, haciendo bajar a buscar mis criados y jurando de echarlos de casa.
  • Acostámonos con estas determinaciones.
  • Yo confieso que no pude dormir en toda la noche con el cuidado de lo que había de hacer con el dote.
  • En que se prosigue lo mismo, con otros sucesos y desgracias que le sucedieron.
  • Recibiéronme ellas con mucho amor y ellos llamándome de vos, en señal de familiaridad.
  • Yo comencé a decir que me había visto tan ocupado con negocios de Su Majestad y cuentas de mi mayorazgo, que había temido el no poder cumplir.
  • En esto, llegó el repostero con su jarcia, plata y mozos.
  • No sabía, pero como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas, sino para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo que acostarse con Aristóteles o Séneca o con un libro, procúrolas de buenas partes para el arte de las ofensas.
  • Llegó la niña, y prendiómelo con un alfiler de plata y dijo la madre que enviase el cuello a su casa al otro día, que allá lo aderezaría doña Ana, que así se llamaba la niña.
  • Levantaron los manteles y, estando en esto, vi venir un caballero con dos criados por la huerta adelante, y cuando no me cato, conozco a mi buen don Diego Coronel.
  • Yo me estaba hablando con el repostero, y los otros dos, que eran sus amigos, estaban en gran conversación con él.
  • Yo entendí la letra y dije que mi voluntad era y sería de servirlas con mi poco posible en todas partes.
  • Yo decía con unos empujoncillos de risa.
  • Yo y los otros dos nos despedimos y don Diego se entró con ellas en el coche.
  • Preguntólas que qué era la merienda y el estar conmigo, y la madre y tía dijeron cómo yo era un mayorazgo de tantos ducados de renta y que me quería casar con Anica.
  • Y con tanto, me despedí y vine a mi casa.
  • Contéles cómo me había topado con don Diego y lo que me había sucedido.
  • Envié los amigos delante, entraron en la pieza, y dijeron si gustarían de jugar con un fraile que acababa de llegar a curarse en casa de unas primas suyas, que venía enfermo y traía talegos como el brazo y una calza de doblones.
  • Con esto, ellos quedaron ciertos del caso y creída la mentira.
  • Vinieron los acólitos y ya yo estaba con un tocador en la cabeza por disimular la corona y fingir la enfermedad.
  • Sahuméme con paja y afeitéme de tercianas, con una color de cera amarilla, y mi hábito de fraile, unos antojos y mi barba, que por ser atusada no desayudaba.
  • Di baratos y con mi ¡Loado sea Nuestro Señor!, me despedí, encargándoles que no recibiesen escándalo de verme jugar, que era entretenimiento y no otra cosa.
  • Consoléme con esto algo de lo sucedido, y a la mañana me levanté a buscar mi caballo y no hallé por alquilar ninguno, en lo cual conocí que había otros muchos como yo.
  • Pues andar a pie pareciera mal y más entonces, fuime a San Filipe y topéme con una lacayo de un letrado, que tenía un caballo y le aguardaba, que se había acabado de apear a oír misa.
  • Habíanme dicho las mañas y quise porfiar con él.
  • Y lo peor fue que, volviéndose a mí, dijo que me apease con Dios, muy enojado.
  • Y yo, por hacer la deshecha, quedéme hablando desde la calle con don Diego y dije.
  • No se puede creer qué duro es de caderas, y con mala silla fue milagro no matarme.
  • Y con todo parece que se siente V.
  • La muchacha quedó satisfecha y con lástima de mi caída, mas el don Diego cobró mala sospecha de lo del letrado, y fue totalmente causa de mi desdicha, fuera de otras muchas que me sucedieron.
  • Y la mayor y fundamento de las otras fue que cuando llegué a casa y fui a ver una arca, adonde tenía en una maleta todo el dinero que había quedado de mi herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía conmigo, hallé que el buen licenciado Brandalagas y Pero López habían cargado con ello y no parecían.
  • Al fin, por no perder también el casamiento, que ya yo me consideraba remediado con el dote, determiné de quedarme y apretarlo sumamente.
  • Porque yo apretaba en lo del casamiento, por papeles, bravamente, y él, acosado de ellas, que tenían deseo de acabarlo, andando en mi busca, topó con el licenciado Flechilla, que fue el que me convidó a comer cuando yo estaba con los caballeros, y este, enojado de cómo yo no le había vuelto a ver, hablando con don Diego, y sabiendo cómo yo había sido su criado, le dijo de la suerte que me encontró cuando me llevó a comer y que no había dos días que me había topado a caballo muy bien puesto, y le había contado cómo me casaba riquísimamente.
  • No aguardó más don Diego, y volviéndose a su casa encontró con los dos caballeros del hábito y cadena amigos míos, junto a la Puerta del Sol, y contóles lo que pasaba y díjoles que se aparejasen y en viéndome a la noche en la calle, que me magullasen los cascos.
  • No bien me aparté de él con su capa, cuando ordena el diablo que dos que lo aguardaban para cintarearlo por una mujercilla, entendiendo por la capa que yo era don Diego, levantan y empiezan una lluvia de espaldarazos sobre mí.
  • Huyeron y yo quedéme en la calle con los cintarazos.
  • En fin, a las doce, que era a la hora que solía hablar con ella, llegué a la puerta.
  • Y emparejando, cierra uno de los que me aguardaban por don Diego, con un garrote conmigo, y dame dos palos en las piernas y derríbame en el suelo.
  • Y como no sabía lo que era, aunque sospechaba por las palabras que acaso era el huésped de quien me había salido con la traza de la Inquisición, o el carcelero burlado, o mis compañeros huidos.
  • Levantáronme, y viendo mi cara con una zanja de un palmo y sin capa ni saber lo que era, asiéronme para llevarme a curar.
  • He aquí a la mañana amanece a mi cabecera la huéspeda de casa, vieja de bien, arrugada y llena de afeite, que parecía higo enharinado, niña si se lo preguntaban, con su cara de muesca, entre chufa y castaña apilada, tartamuda, barbada y bizca y roma.
  • Tenía buena fama en el lugar y echábase a dormir con ella y con cuantos querían.
  • A buenos ojos, lindos bailes con las niñas y dormidillos, cerrándolos, y elevaciones mirando arriba.
  • Tenía un bebedizo que llamaba Herodes, porque con él mataba los niños en las barrigas, y hacía malparir y mal empreñar.
  • ¡Qué cosa es que me digan a mí que has desperdiciado mucha hacienda sin saber cómo, y que te han visto aquí ya estudiante, ya pícaro, y ya caballero, y todo por las compañías! Dime con quién andas, hijo, y diréte quién eres.
  • Cada oveja con su pareja.
  • Anda, bobillo que si te inquietaban mujeres, bien sabes tú que soy yo fiel perpetuo en esta tierra de esa mercaduría, y que me sustento de las posturas, así que enseño como que pongo, y que nos damos con ellas en casa, y no andarte con un pícaro y otro pícaro, tras una alcorzada y otra redomadona, que gasta las faldas con quien hace sus mangas.
  • Yo que vi que había acabado la plática y sermón en pedirme, que, con ser su tema, acabó en él y no comenzó, como todos hacen, no me espanté de la visita, que no me la había hecho otra vez mientras había sido su huésped, si no fue un día que me vino a dar satisfacciones de que había oído que me habían dicho no sé qué de hechizos y que la quisieron prender y escondió la calle.
  • Como me vieron en la cama y a ella conmigo, cerraron con ella y conmigo y diéronme cuatro o seis empellones muy grandes y arrastráronme fuera de la cama.
  • Y con todo mi trabajo me reía de lo que los picarones decían a la Guía.
  • Y así, para no hacer más gasto no teniendo dinero, determiné de salirme con dos muletas de la casa, y vender mi vestido, cuellos y jubones, que era todo muy bueno.
  • Hícelo y compré con lo que me dieron un coleto de cordobán viejo y un jubonazo de estopa famoso, mi gabán de pobre, remendado y largo, mis polainas y zapatos grandes, la capilla del gabán en la cabeza, un Cristo de bronce traía colgando del cuello, y un rosario.
  • Cosíme sesenta reales que me sobraron en el jubón, y con eso me metí a pobre fiado en mi buena prosa.
  • Anduve ocho días por las calles, aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de plegarias.
  • Que me veo y me deseo! Esto decía los días de trabajo, pero los días de fiesta comenzaba con diferente voz, y decía.
  • ¡Un aire corrupto en hora menguada trabajando en una viña, me trabó mis miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean, loado sea el Señor! Venían con esto los ochavos trompicando y ganaba mucho dinero.
  • Y ganara más si no se me atravesara un mocetón mal encarado, manco de los brazos y con una pierna menos, que me rondaba las mismas calles en un carretón y cogía más limosna con pedir mal criado.
  • Decía con voz ronca, rematando en chillido.
  • Dormía en un portal de un cirujano, con un pobre de cantón, uno de los mayores bellacos que Dios crió.
  • Tenía una potra muy grande, y atábase con un cordel el brazo por arriba, y parecía que tenía hinchada la mano y manca, y calentura, todo junto.
  • Poníase echado boca arriba en su puesto, y con la potra defuera, tan grande como una bola de puente, y decía.
  • Y vine a tener tanta amistad con él, que me descubrió un secreto con que en dos días estuvimos ricos.
  • Iba a la parte con dos niños de la cajuela en las sangrías que hacían de ellas, y tomé el mismo arbitrio, y él me encaminó la gentecica a propósito.
  • Halléme en menos de un mes con más de doscientos reales horros.
  • Y últimamente me declaró, con intento que nos fuésemos juntos, el mayor secreto y la más alta industria que cupo en mendigo, y la hicimos entrambos.
  • Dábannos el hallazgo, y veníamos a enriquecer de manera que me hallé yo con cincuenta escudos, y ya sano de las piernas, aunque las traía entrapajadas.
  • Y apenas el hombre me conocía con la cuchillada, y no hacía sino santiguarse de mi per signum crucis.
  • Al fin, me hizo amistad, por mi dinero, de alcanzar de los demás lugar para que yo fuese con ellos.
  • A esta mujer ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?
  • Pero sin pasión, que no me mueve ninguna, se puede gastar con ella cualquier dinero, porque tales carnes no tiene el suelo, ni tal juguetoncica.
  • Y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar en la danza con ellos.
  • Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había parecido bien la moza, concertéme por dos años con el autor.
  • Hícele escritura de estar con él y diome mi ración y representaciones.
  • Y con tanto, llegamos a Toledo.
  • Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba, que los acomodaba bien con mi voz.
  • Al segundo, empezámosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que, si no, a manos de mal membrillo, tronchos y badeas, acabo.
  • Tomámoslas para verlas, llevámonoslas y con añadir una necedad y quitar una cosa bien dicha, decimos que es nuestra.
  • No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella, por hallarme con algún natural a la poesía.
  • Y más, que tenía yo conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso.
  • Y con esto y la farsanta y representar pasaba la vida.
  • Que pasado un mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias buenas y enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían llegado a llamarme Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso, y por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar.
  • Al fin, animado con este aplauso, me desvirgué de poeta en un romancico y luego hice un entremés y no pareció mal.
  • Comenzaba con chirimías, había sus ánimas de purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su bu, bu al salir, y rri, rri al entrar.
  • Fui el primero que introdujo acabar las coplas como los sermones, con aquí gracia y después gloria, en esta copla de un cautivo de Tetuán.
  • Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi aspiraba ya a ser autor.
  • Subía una moza con la vianda y dejábamela allí.
  • Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba subiendo por la escalera, que era angosta y oscura, con los platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes gritos componiendo mi comedia.
  • Va a huir y con la turbación písase la saya y rueda toda la escalera, derrama la olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle diciendo que mataba un oso a un hombre.
  • Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desmembramos todos y echó cada uno por su parte.
  • Yo, si va a decir verdad, aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, ya que me veía con dineros y bien puesto, no traté de más que de holgarme.
  • Fuéronse, y yo, que entendí salir de mala vida con no ser farsante, si no lo ha V.
  • Regalábame la mujer con cuidado y habíame dicho que sólo sentía que fuese farsante, porque yo había fingido que era hijo de un gran caballero, y dábala compasión.
  • No resta agora sino perseverancia que se mida con la que yo tendré.
  • Comí y púseme el vestido con que solía hacer los galanes en las comedias.
  • Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego empecé a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era diablo y en hora mala, oigo la seña antigua.
  • Estaba con dos varas de gaznate más del que tenía cuando entré en los amores, a puro estirarme para ver, gran compañero del sacristán y monacillo y muy bien recibido del vicario, que era hombre de humor.
  • Fuime a las vistas, y allá, con ser una plazuela bien grande, era menester enviar a tomar lugar a las doce, como para comedia nueva.
  • Cuál, sin pestañear, mirando con su mano puesta en la espada y la otra con el rosario, estaba como figura de piedra sobre sepulcro.
  • Cuál, con la boca más abierta que la de mujer pedigüeña, sin hablar palabra, la enseñaba a su querida las entrañas por el gaznate.
  • Otro, pegado a la pared, dando pesadumbre a los ladrillos, parecía medirse con la esquina.
  • Otro, con una cartica en la mano, a uso de cazador con carne, parecía que llamaba halcón.
  • Cuál, para dar picón, pasaba por el terrero con una mujer de la mano.
  • Y cuál hablaba con una criada echadiza que le daba un recado.
  • Porque las vistas era una torrecilla llena de rendijas toda, y una pared con deshilados, que ya parecía salvadera y ya pomo de olor.
  • En invierno acontece con la humedad nacerle a uno de nosotros berros y arboledas en el cuerpo.
  • Un paloteadico con los dedos.
  • Al fin, yo llamaba ya señora a la abadesa, padre al vicario y hermano al sacristán, cosas todas que con el tiempo y el curso alcanza un desesperado.
  • Empezáronme a enfadar las torneras con despedirme y las monjas con pedirme.
  • Si hablaba, solía, porque no me oyesen los demás que estaban en las rejas, juntar tanto con ellas la cabeza, que por dos días siguientes traía los hierros estampados en la frente, y hablaba como sacerdote que dice las palabras de la consagración.
  • Cuando yo vi que las unas por el un santo y las otras por el otro trataban indecentemente de ellos, cogiéndola a mi monja, con título de rifárselos, cincuenta escudos de cosas de labor, medias de seda, bolsicos de ámbar y dulces, tomé mi camino para Sevilla, temiendo que si más aguardaba había de ver nacer mandrágoras en los locutorios.
  • Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente, porque como yo tenía ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva pasta de mayor y de menor, y tenía la mano derecha encubridora de un lado pues preñada de cuatro paría tres, llevaba gran provisión de cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y ballestilla, y así, no se me escapaba dinero.
  • Guarda el naipe de tocamientos, raspados o bruñidos, cosa con que se conocen los azares.
  • Y por si fueres pícaro, lector, advierte que en cocinas y caballerizas pican con un alfiler u doblan los azares, para conocerlos por lo hendido.
  • Si tratares con gente honrada guárdate del naipe, que desde la estampa fue concebido en pecado, y que con traer atravesado el papel, dice lo que viene.
  • Estas bastan para saber que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te callo.
  • Dar muerte llaman quitar el dinero, y con propiedad.
  • Yo, pues, con ese lenguaje y con estas flores, llegué a Sevilla con el dinero de las camaradas, gané el alquiler de las mulas y la comida y dineros a los huéspedes de las posadas.
  • Díjome que me había de ir a cenar con él y otros camaradas, y que ellos me volverían al mesón.
  • Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de ellos, con cuatro zapatos de gotoso por caras, andando a lo columpio, no cubiertos con las capas sino fajados por los lomos.
  • Las conteras en conversación con el calcañar derecho.
  • Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron, con voces mohínas, sisando palabras.
  • Y con esto, se levantaron todos y me abrazaron, y yo a ellos, que fue lo mismo que si catara cuatro diferentes vinos.
  • Vino pescado y carne, y todo con apetitos de sed.
  • Y a mi compañero, con estas cosas, se le desconcertó el reloj de la cabeza y dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz.
  • ¡Vamos, que me retientan los dimoños! Con esto salimos de casa a montería de corchetes.
  • Llegamos a la calle de la Mar, donde encaró con nosotros la ronda.
  • Y así, propuse de navegar en ansias con la Grajal hasta morir.
  • Rondábanos la puerta, pero, con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados.
  • Yo que vi que duraba mucho este negocio y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte.
  • ¡Hola, chico! Hurtado se volvió y se encontró con su compañero de Instituto Julio Aracil.
  • Este muchacho y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdén de los demás estudiantes, en su mayoría palurdos provincianos, que manifestaban la alegría y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas.
  • Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens.
  • Desde el suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero de un teatro.
  • No estaba aún el catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos, alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con el bastón.
  • El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales.
  • Yo suplico a los que están al lado de ese asno, que rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben ser mortales de necesidad.
  • Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dió por terminada la clase retirándose haciendo un saludo ceremonioso y los chicos aplaudieron a rabiar.
  • Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica.
  • Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva.
  • Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy poca afabilidad.
  • El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.
  • Los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir llevando a sangre y a fuego amores y desafíos.
  • Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como un prestidigitador.
  • Al bajar por la escalera de la gradería los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones.
  • Alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dió dos toques de atención.
  • Usted decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le temblaba la perilla por la cólera, ¿cómo se llama usted?
  • Alias Frascuelo decía alguno, entendido con él.
  • Él hubiese querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor.
  • Dirigía la casa despóticamente, con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio.
  • Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con gente de posición y con algunos aristócratas, y administraba la casa de la calle de Atocha, donde vivían.
  • Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia distinta.
  • Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre.
  • Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo con la idea de acercarse al confesonario.
  • Después, cuando murió su madre, en algunas ocasiones su padre y su hermana le preguntaban si había cumplido con Pascua, a lo cual él contestaba que sí indiferentemente.
  • Aquel abandono y el andar con los chicos de la calle despabiló a Andrés.
  • Andrés no cedía en lo que estimaba derecho suyo, y se plantaba contra su padre y su hermano mayor con una terquedad violenta y agresiva.
  • Además suponía que con el dinero se podía todo.
  • Andrés recordaba el caso frecuente de muchachos imbéciles, hijos de familias ricas, y demostraba que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones del Banco de Inglaterra, en una isla desierta, no podría hacer nada.
  • Muchas veces se oía llegar desde el patio una voz de trueno con acento catalán, que decía.
  • ¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada! ¡Qué estúpidas discusiones! decía Margarita con un mohín de desprecio, dirigiéndose a su hermano Andrés.
  • Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con entusiasmo del marqués y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía de una absoluta bajeza.
  • Don Pedro, a pesar de sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilísimo con los de fuera y sabía sostener las amistades útiles.
  • Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy complaciente con ella.
  • A la niña la peinaban con un moño recogido en medio de la cabeza muy pequeño.
  • Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos ex bailarinas y las elogiaba mucho.
  • Únicamente a las horas de comer Andrés se reunía con su familia.
  • La casa era grande, con esos pasillos y recovecos un poco misteriosos de las construcciones antiguas.
  • Andrés pidió a Margarita le cediera un armario y lo llenó de libros y papeles, colgó en las paredes los huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor Iturrioz, y dejó el cuarto con cierto aire de antro de mago o de nigromántico.
  • Decía que estudiaba mejor con aquel silencio.
  • Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana y hacían largas excursiones por estas tejavanas y saledizos, robaban de las cocinas, y un día, uno de ellos se presentó con una perdiz en la boca.
  • Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su hermano, observaba las maniobras de los gatos, miraba la calavera con curiosidad.
  • Además, y esto Andrés no podía achacárselo a nadie más que a sí mismo, muchas veces, con Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la parada de Palacio o al Retiro, y después, por la noche, en vez de estudiar, se dedicaba a leer novelas.
  • Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin ningún asombro por su parte, en la última, en el examen de Química.
  • Andrés decidió estudiar con energía durante el verano.
  • Pronto se olvidó de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana con un anteojo la gente que salía en las casas de la vecindad.
  • Un chico que vivía enfrente de estas muchachas solía echarlas un rayo de sol con un espejito.
  • Pero, en fin, ya no es tiempo de eso, te recomendaré, vete con esta carta a casa del profesor.
  • Pero se encontró, con gran sorpresa, que le habían aprobado.
  • Una blusa negra con mangas de hule y vivos amarillos.
  • El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio del médico.
  • Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con verdadera fruición.
  • Uno de los que lo sentían con más fuerza, era un catalán amigo de Aracil, que aún estudiaba en el Instituto.
  • Con las piltrafas, según decía, abonaba unos tiestos o los echaba al balcón de un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.
  • Su wagnerismo entusiasta e intransigente que contrastaba con la indiferencia musical de Aracil, de Hurtado y de los demás.
  • Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos que vivían en Madrid, se reunían poco con los estudiantes provincianos.
  • Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos y de los libros, Andrés iba formando su espíritu con el aporte de conocimientos y datos un poco heterogéneos.
  • Su biblioteca aumentaba con desechos.
  • Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el tipo más grande de la Revolución, era Saint Just.
  • De esta manera, Andrés Hurtado se sentía distinto cuando hablaba con sus condiscípulos en los pasillos de San Carlos y cuando soñaba en la soledad de su cuartucho.
  • Con ellos debatía las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía así apreciar y comparar sus puntos de vista.
  • A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado cómo divergía en gustos y en ideas de su amigo Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba tan de acuerdo.
  • Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo todo, la vaguedad de la música hace que los envidiosos y los canallas, al oir las melodías de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen con delicia de la acritud interna que les produce sus malos sentimientos, como un hiperclorhídrico al ingerir una substancia neutra.
  • Había también algunos grupos de familia, de esos que se atornillan en una mesa, con gran desesperación del mozo, y unas cuantas muchachas de aire equívoco.
  • La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido, y la mirada de jabalí.
  • Después de vivir con un sargento, el padre de la muchacha, se había casado con un relojero alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su mujer, la había echado de su casa a puntapiés.
  • Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del sábado hablando mal de todo el mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del café, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minué de Mozart.
  • Varias noches, Andrés entraba en algún café cantante con su tablado para las cantadoras y bailadoras.
  • Pero aquellos especialistas de café, hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban a dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían repugnantes.
  • El otro un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas por cortinas verdes.
  • Durante algún tiempo, tuvo como una mujer extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.
  • Un día la oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror desapareció.
  • Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la vida leyendo libros de ciencia recreativa.
  • Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad.
  • Fuera de aquellos momentos, en los demás, el estudio, las discusiones, la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el espíritu.
  • Por las mañanas iba con Margarita y Luisito al Retiro, y allí corrían y jugaban los tres.
  • En estos días otoñales duraba todavía la feria de septiembre en el Prado, delante del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las barracas con juguetes, los tíos vivos, los tiros al blanco, y los montones de nueces, almendras y acerolas, había puestos de libros en donde se congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear los viejos volúmenes llenos de polvo.
  • Hurtado solía pasar todo el tiempo que duraba la feria, registrando los libracos entre el señor grave, vestido de negro, con anteojos, de aspecto doctoral, y algún cura esquelético, de sotana raída.
  • Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, hecho con recortes de obras francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo.
  • El hombre aparecía, según el autor, como un armario con una serie de aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros, como los negociados de un ministerio.
  • Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida.
  • Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil.
  • Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se hacía simpático.
  • Julio vivía con unas tías viejas.
  • Llegó a confesar a Hurtado, que le molestaba pasear con gente de más estatura que él.
  • Julio aprendía con gran facilidad todos los juegos.
  • La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que tenía dos o tres más.
  • Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van dando vueltas a un camino circular con una decisión inquebrantable e inútil.
  • Que una cómica, por hacer un papel importante, se entendía con un empresario viejo y repulsivo.
  • Soñaba con viajar por el Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros países que visitaría serían Egipto y el Asia Menor.
  • Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres obtenibles por una cantidad de dinero.
  • Miraba los bienes de la tierra con ojos de tasador judío.
  • Sin embargo, cuando Aracil llegaba a Madrid, los dos se reunían siempre con él.
  • Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca.
  • Todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.
  • Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi con entusiasmo.
  • Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.
  • Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar la conversación al terreno que deseaba, y expuso la fórmula de la vida de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el autor.
  • Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta.
  • Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario.
  • Pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos.
  • La palabrería de Letamendi produjo en Andrés un deseo de asomarse al mundo filosófico y con este objeto compró en unas ediciones económicas los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.
  • Veía que con un esfuerzo de atención podía seguir el razonamiento del autor como quien sigue el desarrollo de un teorema matemático.
  • ¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?
  • Aquello era, con relación a la filosofía, lo que son los específicos de la cuarta plana de los periódicos respecto a la medicina verdadera.
  • En cada autor francés se le figuraba a Hurtado ver un señor cyranesco, tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal.
  • Viendo que no le gustaban los libros modernos volvió a emprender con la obra de Kant, y leyó entera con grandes trabajos la Crítica de la razón pura.
  • IX UN REZAGADO AL principio de otoño y comienzo del curso siguiente, Luisito, el hermano menor, cayó enfermo con fiebres.
  • Leía con desesperación en los libros de Patología la descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.
  • Andrés adquirió con este primer ensayo de médico un gran escepticismo.
  • Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre débil.
  • Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le contó sus amores con toda clase de detalles.
  • A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad.
  • Pero esto no le impedía emborracharse y andar de crápula con frecuencia.
  • Toda la cuestión social se resolvía con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazón.
  • Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que un loro.
  • Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado.
  • ¡Hombre! Sí añadía con gran misterio.
  • Iba con la señora de compañía.
  • Cuando ya tenía más confianza con él le decía.
  • El gallego se reía con su risa bonachona.
  • Los amores de un estudiante gallego con la reina de las cacatúas.
  • Pensaban presentarse los tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia.
  • Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.
  • El médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo, con unas largas patillas blancas.
  • Lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a aquellas desdichadas acogidas allí y las maltrataba de palabra y de obra.
  • Era una mujer que debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio.
  • El animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con sus alumnos.
  • La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vió que cogían a su gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.
  • ¡Canalla! ¡Idiota! exclamó Hurtado, acercándose al médico con el puño levantado.
  • La otra, la de Lamela, con su idealismo práctico, y, por último, la lectura de Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, que le inducía a la no acción.
  • Cuando exponía sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil le salía al encuentro con su buen sentido.
  • La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado de intelectualidad, contemplaban la escena con una mirada compasiva y piadosa.
  • De libretistas, con seis duros al mes, pasaban a internos de clase superior, con nueve, y luego a ayudantes, con doce duros, lo que representaba la cantidad respetable de dos pesetas al día.
  • Usted piensa en todo menos en lo que es Medicina le dijo a Andrés con severidad.
  • Solía contar con gracejo historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios.
  • Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus indignos sacerdotes.
  • Como perdía en el juego con frecuencia, tenía muchos apuros.
  • Era el diario de una monja, una serie de notas muy breves, muy lacónicas, con algunas impresiones acerca de la vida del hospital, que abarcaban cinco o seis meses.
  • Había allí una narración tan sencilla, tan ingenua de la vida hospitalesca, contada con tanta gracia, que le dejó emocionado.
  • Este hombre, que no se sabía de dónde había venido, andaba vestido con una blusa negra, alpargatas y un crucifijo colgado al cuello.
  • En este cuchitril se encerraba con un perrito que le hacía compañía.
  • Llamaron e inmediatamente apareció el hermano con su blusa negra.
  • Y el hombre desapareció tras de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se presentó al poco rato con un paquete de café, otro de azúcar y otro de galletas.
  • Pero ir a buscar lo sucio, lo triste, deliberadamente, para convivir con ello, le parecía una monstruosidad.
  • I LAS MINGLANILLAS JULIO Aracil había intimado con Andrés.
  • Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba a sentir más estimación por Hurtado que por Montaner.
  • Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía cosas extraordinarias, maravillosas.
  • Yo estoy arreglado con Niní, con la mayor.
  • Tú te puedes entender con la chiquita.
  • ¿Pero arreglado hasta qué punto estás con ella?
  • ¿Te vas a casar con ella después?
  • Pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.
  • Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.
  • Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.
  • Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Niní, y Andrés sostuvo la conversación con Lulú y con su madre.
  • La frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa entre irónica y amarga.
  • Aprovecharse, como Julio, de la miseria de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla cuando le conviniera, le parecía una mala acción.
  • Pero tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con una pequeña tragedia de lloros y de lamentos, en que doña Leonarda chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que le disgustaba.
  • Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios.
  • Antoñito era un andaluz con una moral de chulo.
  • Unas las pobres, para divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su dinero, a ser posible.
  • Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia de anglo sajón.
  • Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.
  • Porque hace un momento añadió Julio con ironía doña Leonarda me ha dicho.
  • Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla.
  • En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco.
  • A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso.
  • Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha.
  • ¡Vaya usted con Dios, guerrera! Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.
  • Le preguntó ella con descaro.
  • ¿Por qué no ha querido usted bailar con él?
  • ¡Que se vaya a paseo! Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar al lado de Lulú.
  • Me hace usted mucha gracia dijo ella de pronto, riéndose, con una risa que le daba la expresión de una alimaña.
  • III LAS MOSCAS ANDRÉS salió a la calle con un grupo de hombres.
  • VIRGINIA GARCÍA COMADRONA CON TÍTULO DEL COLEGIO DE SAN CARLOS ( Sage femme.
  • Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos hombres.
  • Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo.
  • Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de niña bastante ridículos.
  • La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica.
  • A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.
  • El director de El Masón Ilustrado, que se reunió con Andrés, le dijo con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado.
  • Había echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos.
  • Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban al spoliarium.
  • Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo.
  • Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director de El Masón Ilustrado, comenzaron a subir una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con fósforos.
  • Pero el padre no creía más que en el arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.
  • Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada con un revendedor.
  • Era un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.
  • Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el director de El Masón Ilustrado, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca.
  • Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.
  • Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director de El Masón Ilustrado.
  • IV LULÚ LA conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo de intimar algo más con la muchacha.
  • ¡Jesús! ¡Qué palabras! A mí me vino un día siguió diciendo Lulú preguntándome si quería ir con ella a casa de un viejo.
  • Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú.
  • Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres sensuales.
  • Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.
  • Con esto, unido a la pequeña pensión de doña Leonarda, vivía la familia.
  • Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy silenciosa.
  • Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una picardía admirable.
  • Un cocinero de Cádiz, muy afamado, a las mujeres las compara con el guisado, y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser marineras, el de la ¿Niña qué?
  • Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.
  • Ten en cuenta que tu padre fué un personaje decía doña Leonarda con énfasis.
  • Así como encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana.
  • No podía tener amigas de su edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades.
  • No le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja enferma de la guardilla.
  • Entre aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el techo o alguno de los agujeros de la estera.
  • Me tienes loca con ese estribillo.
  • Pero al poco tiempo volvía con la canción.
  • Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas en la conversación.
  • Usted, que ha conocido a mi marido decía con voz lacrimosa.
  • Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.
  • Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú decía doña Leonarda, con cierto retintín.
  • No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes.
  • Sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas.
  • Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.
  • ¿De veras se iría usted con un hombre?
  • Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.
  • En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo.
  • Estaría deshonrada añadió con voz campanuda.
  • VI MANOLO EL CHAFANDÍN UNA amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.
  • La señora Venancia vivía con su hija y su yerno, un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.
  • Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.
  • La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana, borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la vecindad.
  • Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de Manolo.
  • Doña Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.
  • ¿Por qué te mezclas con esa gente?
  • Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas.
  • Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran cadena de reloj de plata.
  • Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora no es una zorra.
  • Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el suelo.
  • Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire.
  • Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más fuerza que de ordinario.
  • VII HISTORIA DE LA VENANCIA LA escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe.
  • Andrés fué a oirla con gusto.
  • La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella.
  • Muchas veces iba a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y se iba con él.
  • Un día contó la planchadora estaba la duquesa con su querido en la alcoba.
  • Yo la atranqué con el palo de una cortina.
  • Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso, con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba.
  • Pero la señora Venancia, con su extraña filosofía, no aceptaba esta opinión.
  • La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos pretextos, enviando cartas lacrimosas.
  • Muchas veces, al anochecer, se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y sorprendía al transeunte con una narración trágica, expresada en tonos teatrales.
  • Que no tenía para amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.
  • El transeunte a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener muchos hijos de veinte años, cuanto con tanta frecuencia se le moría uno.
  • Era chato, muy delgado, algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la barba y ojos de besugo.
  • El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal intencionados y tan rencorosos como él.
  • Él mismo se cortaba el pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenían alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones.
  • Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un príncipe decía el pobre.
  • Se sentaba en los bancos, entablaba conversación con la gente.
  • El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos.
  • El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo.
  • Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.
  • Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos, los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho, hacía estragos en los corazones femeninos.
  • El dinero que el tío Miserias había arrancado a los desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.
  • Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba.
  • Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia.
  • Luego, sin saber a punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos transcendentales.
  • Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.
  • Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de tierra donde tenían sus plantas.
  • Hacia el Oeste, el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus inmediaciones.
  • Venía a charlar un rato con usted.
  • Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.
  • Para mí la consecuencia es fácil contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano.
  • El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.
  • Es lo que tiene de bueno la filosofía dijo Andrés con amargura.
  • Estas antipatías de gente maleante ¿no están admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo de pus azul con la bacteridia carbuncosa?
  • Ahí están las avispas, que hacen lo mismo, arrojando al spoliarium que sirve de despensa para sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les dan con el aguijón en los anglios motores.
  • ¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?
  • ¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?
  • El del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.
  • Se preguntaba con angustia.
  • Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía el costado, respiraba con facilidad.
  • Luisito, con la inconsciencia de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.
  • Andrés recogió un pañuelo manchado con sangre y lo llevó a que lo analizasen al laboratorio.
  • Pero unido a la ligera hemoptisis, indicaba con muchas probabilidades una tuberculosis incipiente.
  • ¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena! No importa.
  • ¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y con tonterías.
  • Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyectó el nuevo remedio.
  • Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio adormecido.
  • Al amanecer se despertó, con las manos y los pies helados.
  • Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el río Júcar profundo, de lenta corriente.
  • En las estaciones los hombres y las mujeres, vestidos con trajes claros, hablaban a gritos, gesticulaban, corrían.
  • Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos, barracas blancas con el techado negro, alguna palmera que pasaba en la rapidez de la marcha como tocando el cielo.
  • En una media hora la tartana embocaba la primera calle del pueblo, que aparecía con su torre y su cúpula brillante.
  • El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta azul muy grande y tres ventanas muy chicas.
  • Se asomó al portal próximo y una vieja, con la tez curtida y negra por el sol, le dió la llave, un pedazo de hierro que parecía un arma de combate prehistórica.
  • Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente sobre sus goznes, y entró en un espacioso vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia el jardín.
  • Por el arco del vestíbulo se salía a una galería ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada de verde.
  • Este huerto, con varios árboles frutales desnudos de hojas, se hallaba cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo dividían en cuatro parcelas iguales.
  • En la pared del fondo se veía un cuadro de azulejos blancos y azules con figuras que representaban a Santo Tomás de Villanueva vestido de obispo, con su báculo en la mano y un negro y una negra arrodillados junto a él.
  • ¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas aquel cielo tan azul, tan puro! Unos momentos después, una campana de son agudo comenzó a tocar.
  • Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por las noches, regaba con creosota.
  • A veces aparecían manchas de hormigas con alas en la tierra o costras de pulgones en las plantas.
  • No le dejaba que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se reuniera con los chicos de la calle.
  • Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral de la puerta, con un libro en la mano, veía pasar los carros por la calle cubierta de una espesa capa de polvo.
  • Los carreteros, tostados por el sol, con las caras brillantes por el sudor, cantaban tendidos sobre pellejos de aceite o de vino, y las mulas marchaban en fila medio dormidas.
  • Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés con un adiós un poco seco, sin mirarle a la cara.
  • Solía ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo en el aire, y vestía con colores un poco chillones, pero que hacían muy bien en aquel ambiente claro y luminoso.
  • Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano que los demás chicos, jugaba en la carretera.
  • ¡Ous, figues! Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada momento decía.
  • El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos.
  • El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con una cesta al brazo.
  • Ves estos caracoles le decía a Luisito, pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.
  • El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo.
  • Pero con un real, no te bastaría para muchos días.
  • Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.
  • El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una plazoleta que tenía en medio un farol.
  • Había en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.
  • Se trató del asunto de que Margarita y sus hermanos pasaran allí una temporada, y los solterones aceptaron la idea con placer.
  • Los cuartos estaban pavimentados con azulejos relucientes y resbaladizos y tenían escalones para subir y bajar, salvando las diferencias de nivel.
  • Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tíos.
  • Les hubiera estropeado la vida con gusto.
  • Y esas cosas vivas, que son malas, mueren con la luz.
  • Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con aquella vegetación jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.
  • Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol.
  • Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con sus tíos.
  • Sus paredes se hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos.
  • Se veían casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas.
  • En las cercas de los terrados se sostenían barreños con tierra, en donde las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y anchas paletas.
  • El cimborrio de la catedral, aéreo y delicado, y luego aquí y allá una serie de torrecillas, casi todas cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes reflejos.
  • Andrés las seguía con la vista.
  • Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía Júpiter.
  • Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia médica le dijo a Andrés, burlonamente.
  • El numismático le dijo que si quería vivir en su casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se quedó allí en compañía de una criada vieja.
  • En aquella aldea se encontraba admirablemente, con una serenidad y una alegría desconocidas para él.
  • Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un día el cartero le entregó un sobre manoseado, con letra de su padre.
  • Había tenido una meningitis tuberculosa, con dos o tres días de un período prodrómico, y luego una fiebre alta que hizo perder al niño el conocimiento.
  • Andrés recordaba haber visto en el hospital a un niño, de seis a siete años, con meningitis.
  • Recordaba que en unos días quedó tan delgado que parecía translúcido, con la cabeza enorme, la frente abultada, los lóbulos frontales como si la fiebre los desuniera, un ojo bizco, los labios blancos, las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado.
  • A pesar de que Andrés pretendía representarse el aspecto de Luisito enfermo, no se lo figuraba nunca atacado con la terrible enfermedad, sino alegre y sonriente como le había visto la última vez el día de la marcha.
  • Tenía guardados sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los envió a su hermana Margarita.
  • Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un grueso bastón.
  • Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de acero para los neumáticos de los automóviles.
  • Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.
  • Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo que trabajaría con entusiasmo.
  • Vivir con el máximum de independencia.
  • Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse.
  • ¿Qué se hace con la vida?
  • Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos.
  • Este reflejo unido, contrastado, con las imágenes reflejadas en los cerebros de los demás hombres que han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo, es nuestro mundo.
  • Y esas sensaciones e imágenes las ha ido usted valorizando desde niño con las sensaciones e imágenes de los demás.
  • III EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA YA la ciencia para vosotros dijo Iturrioz no es una institución con un fin humano, ya es algo más.
  • Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros.
  • Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
  • Pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte.
  • ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida! ¡Claro, eran optimistas.
  • ¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza.
  • El se encontró con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia.
  • Creer en los átomos como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un aissaua de Marruecos que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, son seres refinados y cultos.
  • Las relaciones obtenidas con el metro o con el arco, exactas.
  • La ciencia no tiene nada que ver con eso.
  • ¿Es que supones, como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará el amor de uno mismo con el amor de los demás?
  • Pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad.
  • Con nuestras fuerzas vamos siendo dueños del mundo.
  • El burguesismo crece con la democracia.
  • Creo que hay que vivir con las locuras que uno tenga, cuidándolas y hasta aprovechándose de ellas.
  • Creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que hay que afirmar con fuerza.
  • Si yo me sintiera con energía, ¿sabes lo que haría?
  • Una milicia como la que inventó Loyola, con un carácter puramente humano.
  • ¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?
  • Venus había salido en el Poniente, de color anaranjado, y poco después brillaba Júpiter con su luz azulada.
  • Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz melosa y acento americano.
  • Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo, con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.
  • él era un extranjero, una persona acomodada, con mucha plata, sí, señor, que había viajado por toda Europa, y toda América, y sólo en España, en un país sin civilización, sin cultura, en donde no se tenía la menor atención al extranjero, podían suceder cosas semejantes.
  • Andrés miraba al hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio, irguiéndose, le dijo con voz violenta.
  • Para viajar se necesita educación, y viajando con españoles no se habla mal de España.
  • No necesito oirlas contestó el otro con voz seca, y se tendió en el diván como para manifestar el poco aprecio que sentía por su compañero de viaje.
  • El, con su intelectualismo, pensó qué clase de tipo sería el hombre bajito, vestido de negro.
  • Las actrices, con un guardapolvo gris.
  • Los actores, con sombreros de paja y gorritas, se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que consideran el mundo como suyo.
  • En frente, hacia el pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas mortecinas.
  • En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al brazo.
  • Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar en aquel momento.
  • Por la cancela se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra.
  • Aquí abajo le pondremos a usted y le llevó a una habitación bastante grande, con una ventana a la calle.
  • De las vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul, colgaban telas de araña plateadas.
  • En el patio seguía cantando el canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas y tristes.
  • El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis.
  • El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y los ojos vivos.
  • Era un hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, de aire poco inteligente.
  • Pasaron por la plaza, con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus puestos de cosas de hierro y esparto.
  • Siguieron por una calle ancha, de caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.
  • De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando dibujos.
  • Algunas calles extraviadas, con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas pequeñas, parecían de un pueblo moro.
  • Las galeras de cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.
  • El cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo.
  • En el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en medio.
  • Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad.
  • La enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el silencio.
  • Las rejas, con sus cruces, daban una impresión de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento.
  • III PRIMERAS DIFICULTADES ANDRÉS Hurtado habló largamente con el doctor Sánchez, de las obligaciones del cargo.
  • La comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía digestiones pesadas.
  • Con aquel régimen de carne y con el calor, Andrés estaba constantemente excitado.
  • Allí estaba en relación con los viajeros, en sitio muy céntrico.
  • Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontón pintado de azul y una galería tapiada en el primer piso.
  • Fueron Andrés y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.
  • La mujer abrió una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada a la callejuela que se llamaba de los Carretones.
  • Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva patrona.
  • La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega y la almazara.
  • Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba mucho.
  • Por las tardes, después de las horas de bochorno, se sentaba en el patio a hablar con la gente de casa.
  • El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, con facha de degenerado, cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio colgante.
  • Con un primer detalle adjudicó Andrés sus simpatías y antipatías en la casa.
  • El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó al patio.
  • Pepinito entonces, asustó al pájaro con el pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó sobre él y le hizo arrancar un quejido.
  • Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.
  • Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto de pedantería y de superioridad del hombre que se encuentra por encima de todo sentimentalismo.
  • Durante bastantes años estuvo, con relación al médico antiguo, en una situación de inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre comenzó a crecerse y a pensar que ya que él tuvo que sufrir las chinchorrerías del médico anterior, era lógico que el que viniera sufriera las suyas.
  • Tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón del vientre se había complicado con una retención de orina.
  • El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, mientras animaba al caballo con la fusta.
  • Ahora la hidropesía se ha complicado con la retención de orina.
  • Preguntó el padre con voz colérica.
  • Las convulsiones se sucedían con más fuerza.
  • Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar con un especialista.
  • Otro, que con el mismo jarabe decía que se ponía a la muerte.
  • Daba mucha agua con jarabe.
  • En la época del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin consultarse los unos a los otros, comenzó a cambiar el cultivo de sus campos, dejando el trigo y los cereales, y poniendo viñedos.
  • El pueblo aceptó la ruina con resignación.
  • Con aquel régimen de guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden admirable.
  • El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, luego con veinte.
  • El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante, hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador.
  • Se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos.
  • Andrés discutía muchas veces con su patrona.
  • Andrés trataba de convencerla, de que el daño hecho con el robo a la comunidad, era más grande que el producido contra el bolsillo de un particular.
  • Al atravesar el corralillo se encontraba con la patrona, que dirigía alguna labor de la casa.
  • La niña hacía encaje de bolillos con hilos y unos alfileres clavados sobre una almohada.
  • Cuando explicaba algo bajaba los párpados, con un aire de suficiencia tal, que a Andrés le daban ganas de estrangularle.
  • Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el lagar a la antigua, con su viga para prensar, las chanclas de madera y de esparto que se ponen los pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.
  • Le mostraron las piletas donde va cayendo el mosto y lo recogen en cubos, y la moderna bodega capaz para dos cosechas con barricas y conos de madera.
  • Todavía en el fondo se abría un anchurón con doce grandes tinajones.
  • Tenía salones inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo entero, varias mesas de billar y una pequeña biblioteca con algunos libros.
  • Andrés llegó a intimar bastante con los dos.
  • Este buen hidalgo había llegado a identificarse con la vida antigua y a convencerse de que la gente discurría y obraba como los tipos de las obras españolas clásicas, de tal manera, que había ido poco a poco arcaizando su lenguaje, y entre burlas y veras hablaba con el alambicamiento de los personajes de Feliciano de Silva, que tanto encantaba a Don Quijote.
  • Pero no soy, aunque me pesa, y su merced lo habrá podido comprobar con el arrayán de su buen juicio, más que un pobre, cuanto humilde aficionado al trato de las Musas, que labora con estas sus torpes manos en amenizar las veladas de los socios, en las frigidísimas noches del helado invierno.
  • Únicamente ocurría, que tanto don Blas como él, habían tomado la costumbre de hablar de esta manera enfática y altisonante hasta familiarizarse con ella.
  • Don Blas le invitó a Hurtado a ir a su casa y le mostró su biblioteca con varios armarios llenos de libros españoles y latinos.
  • Le llevaron a cenar a una venta y le dieron a propósito unas migas detestables, que parecían de arena, diciéndole que eran las verdaderas migas del país, y don Blas las encontró tan excelentes y las elogió de tal modo y con tales hipérboles, que llegó a convencer a sus amigos de su bondad.
  • El manjar más insulso, si se lo daban diciendo que estaba hecho con una receta antigua y que figuraba en La Lozana Andaluza, le parecía maravilloso.
  • Otra cosa que le encantaba a don Blas era citar los pueblos con sus nombres antiguos.
  • ¡Pensar que este hombre y otros muchos como él viven en esta mentira, envenenados con los restos de una literatura, y de una palabrería amanerada es verdaderamente extraordinario! En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo, y pensaba.
  • Creía en el fondo que se escribía para demostrar ingenio, no para exponer ideas con claridad, y que la investigación de un sabio se echaba abajo con una frase graciosa.
  • El que sí le era antipático e insoportable era un jovencito, hijo de un usurero, que en Alcolea pasaba por un prodigio, y que iba con frecuencia al casino.
  • Decía que él contemplaba todo con una sonrisa irónica y piadosa.
  • Varias veces el joven, que contemplaba todo con una sonrisa irónica y piadosa, invitó a Hurtado a discutir.
  • Pero Andrés rehuyó la discusión con aquel hombre que, a pesar de su barniz de cultura, le parecía de una imbecilidad fundamental.
  • Un día le chocó ver que el librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta en donde aparecía una mujer desnuda.
  • Novelas pornográficas, torpes, con cierto barniz psicológico hechas para uso de militares, estudiantes y gente de poca mentalidad.
  • Llevarse a una mujer sin casarse con ella, era más difícil que raptar a la Giralda de Sevilla a las doce del día.
  • Para alternar con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada, prefería pasar el tiempo en su cuarto, en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.
  • ¡Pero que con qué gusto hubiera cerrado los libros si hubiera habido algo importante que hacer.
  • Creyó, como Schopenhauer, que el que lea con atención Los Nueve Libros de Herodoto, tiene todas las combinaciones posibles de crímenes, destronamientos, heroísmos e injusticias, bondades y maldades que puede suministrar la historia.
  • Recorrer con el pensamiento esos cráteres de la Luna y el mar de la Serenidad.
  • Pero no sabía por dónde empezar, ni manejaba suficientemente el mecanismo del lenguaje para expresarse con claridad.
  • Si quería vivir con una mujer tenía que casarse, someterse.
  • Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, que no salían más que los domingos a la iglesia, vestidas como papagayos, con un mal gusto exorbitante, había algunas, quizá muchas, agradables, simpáticas.
  • Era casi imposible hablar con ellas.
  • Andrés se hubiera casado con cualquiera, con una muchacha sencilla.
  • De no casarse, Andrés podía transigir e ir con los perdidos del pueblo a casa de la Fulana o de la Zutana, a estas dos calles en donde las mujeres de vida airada vivían como en los antiguos burdeles medioevales.
  • Se levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos, hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto.
  • Entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con bardales de cambroneras, y en el vértice de la colina había un molino de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y sus brazos chirriantes, que a Andrés le dejaba siempre sobrecogido.
  • Se encontró con una mujer privada de sentido, y asistida por unos cuantos vecinos que formaban un grupo alrededor de ella.
  • Después más regularmente, y la mujer respiró con relativa facilidad.
  • En este momento llegó el juez con el actuario y dos guardias, y fué interrogando, primero a los vecinos y después a Hurtado.
  • Le dejaron solo y Andrés subió con el juez.
  • Que él le dió con la badila en la cabeza.
  • En el interrogatorio se puso en claro que el tío Garrota era borracho, y hablaba de matar a uno o de matar a otro con frecuencia.
  • Con estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en un estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente encontrado en su estómago, y presa de manía suicida, había comenzado a herirse ella misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba la superficialidad de las heridas, que apenas interesaban el cuero cabelludo, y después, en vista del resultado negativo para producirse la muerte, había abierto la ventana y se había tirado de cabeza a la calle.
  • Se estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vió no coincidían con los dedos del prendero.
  • El periódico de la capital que defendía a los Mochuelos, escribió un artículo con el título ¿Crimen o suicidio?
  • Ese hombre iba con lealtad.
  • Pero él iba con honradez.
  • Se despidió de don Blas Carreño y del juez y tuvo un violento altercado con Sánchez, quien, a pesar de ver que el enemigo se le iba, fué bastante torpe para recriminarle con acritud.
  • Hacía un día tempestuoso con vagos relámpagos, que brillaban entre dos nubes.
  • Replicó ella con seriedad fingida.
  • Lo malo que tiene usted siguió diciendo Andrés es que está usted casada con un hombre que es un idiota, un imbécil petulante, que le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted le engañaría con cualquiera.
  • Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés replicó Dorotea con voz ahogada.
  • Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota.
  • Andrés, con lucidez, comprendió que no debía discutir este punto.
  • Murmuró Dorotea con voz ronca.
  • No, no murmuró ella con espanto, y, levantándose rápidamente, huyó del cuarto.
  • Sentía en la espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tenía temor de tocar con los pies el suelo.
  • Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada en las manos, hasta que oyó el ruido del coche que venía a buscarle.
  • Un mozo entró en el cuarto y cargó con el baúl y la maleta y los llevó al coche.
  • SEXTA PARTE La experiencia en Madrid I COMENTARIO A LO PASADO A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos.
  • Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.
  • Con dos de sus barcos pueden echar a pique toda nuestra escuadra.
  • Con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.
  • Pero con una moral imposible.
  • ¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente con conciencia?
  • Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada que ganar con la maquinaria social que, a cambio de cogerle al hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria y hambre para la vejez, y que aún así la defienden.
  • No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria.
  • Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba.
  • Yo no he intentado presentarme como ser superior replicó Andrés con viveza.
  • Cada hombre no es una estrella con su órbita independiente.
  • El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo.
  • Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo, se encontró con Montaner.
  • Me pasaba el día entero hablando con ella.
  • He estado con Julio Aracil.
  • ¿Con Julio?
  • Ahora, además, como te decía, tiene una clínica que ha puesto con dinero del suegro.
  • Luego me he pasado en la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene que asociarse con un muchacho valenciano que se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que cuando me necesite me llamará.
  • Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con su periódico de carnicería y con su mujer que los domingos le da langosta.
  • Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot se entienda con su mujer.
  • Se casó con ella por su dinero.
  • La gente tiene una idea estúpida de las cosas dijo Aracil con voz colérica.
  • No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con las lágrimas en los ojos.
  • Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades ridículas?
  • III FERMÍN IBARRA UNOS días después, Hurtado se encontró en la calle con Fermín Ibarra.
  • ¿Con qué medios?
  • Políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.
  • Había millonario que le había dicho que él no podía exponer dinero sin base, que después de hechas las pruebas con éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al cincuenta por ciento.
  • IV ENCUENTRO CON LULÚ UN amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había prometido encontrar un destino para Andrés.
  • Andrés la contempló con gusto.
  • Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan graciosa.
  • Yo me estaría charlando con gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo.
  • ¡Qué lobo! El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda, al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés se levantó y se fué.
  • Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar satisfecho dijo doña Leonarda con tono desdeñoso y agrio.
  • Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche y se puso a leerlo.
  • Lulú siguió hablando con Andrés.
  • Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría con Niní.
  • Me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.
  • Que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre.
  • Que no te casas con Niní porque no tienes medios.
  • Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí.
  • Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.
  • ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre?
  • Ella había localizado su vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba.
  • Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía.
  • Las mujeres le miraban con asombro.
  • De la conversación con aquellas mujeres sacaba Andrés cosas extrañas.
  • Un cura tenía dos y las explotaba con una ciencia evangélica completa.
  • Era una tienda bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de niño, gorritos rizados y camisas llenas de lazos.
  • Me dijo que usted había dicho una vez, cuando era estudiante, que casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangután.
  • ¿Y qué debía hacer yo con un hombre que paga así la estimación que yo le tengo?
  • Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía con Lulú y su madre en el café de la Luna.
  • Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.
  • ¿Qué quiere usted decir con eso?
  • La casa donde viven se comunica con otra.
  • Este eunuco, por lo que me han contado las mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene aterrorizadas.
  • El burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas.
  • Según me han dicho en esa casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.
  • De ese fermento malsano, complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad, vienen todos los males.
  • Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.
  • VIII LA MUERTE DE VILLASÚS CON pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por influencia de Julio Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad para la asistencia facultativa de gente pobre.
  • Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad.
  • La ley es siempre más dura con el débil.
  • Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado.
  • Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras confusas.
  • Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un niño en brazos, se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un enfermo.
  • De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.
  • Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco, como le llamaban en la casa, había pasado tres días con tres noches vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.
  • Le preguntó uno de ellos a Andrés, con impertinencia.
  • Todos aquellos desharrapados que debían ser bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores con el cadáver.
  • Le habían quemado los dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad.
  • Se acercó al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó.
  • Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo en la mano derecha y la colilla en los labios.
  • Uno de los desharrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le dijo con una afectación ridícula.
  • Explíquese usted claro, don Andrés replicó ella con severidad.
  • Los contrarios se curan con los contrarios.
  • Los semejantes se curan con los semejantes.
  • El moreno con la morena, el rubio con la rubia.
  • Ella contempló durante un momento a Andrés, con una mirada enigmática, y luego se echó a reir.
  • Pero la naturaleza necesita vestir este deseo con otra forma más poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.
  • Por eso alguno ha dicho, con razón.
  • Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven hablando con Lulú.
  • En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con él.
  • Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios.
  • Yo creo que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.
  • Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.
  • Si yo la quisiera a usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría usted?
  • Lulú enrojeció violentamente, luego palideció y se tapó la cara con las manos.
  • ¿Pero eso se puede saber con anterioridad?
  • Se casó con un idiota borracho, que no podía sostenerse a sí mismo porque no sabía trabajar.
  • La mujer, sin dientes, con el vientre constantemente abultado, tenía una indiferencia de animal para los embarazos, los partos y las muertes de los niños.
  • Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir con Lulú y con Andrés.
  • Que vaya con tu hermana y con don Prudencio.
  • Lulú, después de vacilar un poco, se entendió con su antigua amiga y vecina la Venancia y la llevó a su casa.
  • Coma usted con nosotros le decía Andrés.
  • Hubiera sido imposible convencer a la vieja de que se podía sentar a la mesa con sus amos.
  • Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante para vivir con lo que ganaba él, que podían dejar la tienda.
  • Cada vez trabajaba con más gusto.
  • Aquel cuarto grande le daba la impresión de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en algún sitio lejano.
  • Andrés hacía sus trabajos con gran cuidado y calma.
  • Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo a sus pies.
  • Una noche que se les hizo tarde, al volver del Canalillo, se encontraron en un callejón sombrío, que hay cerca del abandonado cementerio de la Patriarcal, con dos hombres de mal aspecto.
  • Lulú seguía con la tiendecita.
  • Iba y venía del obrador a su casa, unas veces de mantilla, otras con un sombrero pequeño.
  • Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar a Iturrioz, y éste también a menudo pasaba un rato en el despacho de Andrés.
  • Se preguntaba Andrés con inquietud.
  • Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco tiempo volvió de nuevo con más fuerza.
  • La tristeza de no tener el hijo, la sospecha de que su marido no quería tenerlo, hacía llorar a Lulú a lágrima viva, con el corazón hinchado por la pena.
  • Lulú lloraba, le abrazaba, le besaba con la cara llena de lágrimas.
  • Dos meses más tarde, Lulú, con la mirada brillante, le confesó a Andrés que debía estar embarazada.
  • Estaba haciendo un estudio sintético de las aminas, y trabajaba con toda su fuerza para olvidarse de sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus ideas.
  • IV TENÍA ALGO DE PRECURSOR CUANDO llegó el embarazo a su término, Lulú quedó con el vientre excesivamente aumentado.
  • Andrés la contemplaba con lágrimas en los ojos.
  • Preguntó Lulú con ansiedad.
  • Tuvo que extraerla con la mano.
  • Su organismo no reaccionaba con la necesaria fuerza.
  • Andrés la miraba con los ojos secos.
  • Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido.
  • Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia, que a Andrés le sorprendió.
  • Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.
  • Encuentro con Lulú 291 V.
  • Las letras itálicas se denotan con el caracter de subrayado.
  • Porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben.
  • Que confesando yo no ser más santo que mis vecinos, desta nonada, que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.
  • Escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino por el principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.
  • De manera que con verdad puedo decir nacido en el río.
  • En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida.
  • Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía.
  • Mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
  • De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar.
  • Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía.
  • ¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos! Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico.
  • Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras que pormandado de mi madre a un herrero vendí.
  • Criado te he y con buen amo te he puesto.
  • Un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer.
  • Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían creían.
  • Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.
  • Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario.
  • Si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre.
  • Mas con todo su saber y aviso le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más y mejor.
  • Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero, que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja.
  • Y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio.
  • Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches.
  • Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y ansí bebía seguro.
  • Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía.
  • Mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
  • Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía.
  • Y él con aquello nunca otra cosa hacía.
  • Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos.
  • Y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más.
  • A cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia.
  • Con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.
  • Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante.
  • Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo.
  • Y como iba tentando si era allí el mesón, adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de un cuerno, y con un gran sospiro dijo.
  • Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.
  • Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.
  • Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber tentado con la mano.
  • Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo.
  • Y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla.
  • Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño.
  • De manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.
  • ¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida.
  • Mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír.
  • Que con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda.
  • Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo.
  • Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.
  • Yo te digo dijo que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tú.
  • Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba.
  • Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más.
  • Acojámonos a la posada con tiempo.
  • Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande.
  • Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme dél venganza), creyóse de mí y dijo.
  • Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio muerto y hendida la cabeza.
  • Tratado Segundo Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó Otro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa.
  • Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con éste un Alejandro Magno, con ser la mesma avaricia, como he contado.
  • No sé si de su cosecha era, o lo había anexado con el hábito de clerecía.
  • Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque, y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca.
  • Algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran.
  • Que me parece a mí que aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara.
  • Y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo.
  • Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar, como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro.
  • A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre.
  • Y aunque algo hubiera, no podia cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía.
  • No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él veví o, por mejor decir, morí.
  • Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la extrema unción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oracion, y con todo mi corazón y buena voluntad rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.
  • El primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura.
  • Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines.
  • Comenzó a probar el angélico caldedero una y otra de un gran sartal que dellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones.
  • Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida.
  • Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso.
  • Pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos.
  • Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta de montero, y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada.
  • Y con aquél pasé aquel día, no tan alegre como el pasado.
  • Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo.
  • Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.
  • ¡Oh, Señor mío! dije yo entonces, ¡a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán poco turan los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura.
  • Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos y tablillas dio fin a sus obras, diciendo.
  • Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los que mi amo creyó ser ratonados, y dellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgremidor diestro.
  • Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta, siempre, noche y día, estaba pensando la manera que ternía en sustentar el vivir.
  • Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.
  • Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando como me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.
  • Levantéme muy quedito y, habiendo en el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y por do había mirado tener menos defensa le acometí con el cuchillo, que a manera de barreno dél usé.
  • Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis pajas, en las cuales reposé y dormí un poco, lo cual yo hacía mal, y echábalo al no comer.
  • Venida la noche y su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo, y cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche.
  • Y va ya tal que, si andamos más con él, nos dejará sin guarda.
  • Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca, lo cual era para mí singular auxilio.
  • Porque, puesto caso que yo no había menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas del queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo.
  • Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabacera, desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra.
  • A los vecinos despertaba con el estruendo que hacía, y a mí no me dejaba dormir.
  • êbase a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo, porque le decían que de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas donde están criaturas y aun mordellas y hacerles peligrar.
  • Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca.
  • Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer.
  • Porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.
  • Pues ansí, como digo, metía cada noche la llave en la boca, y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella.
  • Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó a mí con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra.
  • Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe, que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.
  • Como sintió que me había dado, según yo debía hacer gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a mí y dándome grandes voces, llamándome, procuró recordarme.
  • Mas como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me había hecho, y con mucha priesa fue a buscar lumbre.
  • Y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera que debía estar al tiempo que silbaba con ella.
  • Fue luego a proballa, y con ella probó el maleficio.
  • Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar.
  • Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor.
  • Tratado Tercero Cómo Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y, poco a poco, con ayuda de las buenas gentes di comigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde con la merced de Dios dende a quince días se me cerró la herida.
  • Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden.
  • En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía, y llegamos a una casa ante la cual mi amo se paró, y yo con él.
  • Con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara.
  • Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa.
  • No, señor dije yo, que aún no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.
  • Allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor.
  • Y con todo, disimulando lo mejor que pude.
  • Y con esto acabamos casi a una.
  • Y mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo, y desque hubo bebido convidóme con él.
  • Púseme de un cabo y él del otro y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa que, por no estar muy continuada a lavarse, no parecía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana que era menester.
  • Mas ¡maldito el sueño que yo dormí! Porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no había libra de carne.
  • Y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad.
  • Y sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo.
  • Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana.
  • Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.
  • Tornóla a meter y ciñósela y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo.
  • Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto pueda entrar.
  • Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir.
  • ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes ignoran! ¿A quién no engañara aquella buena disposición y razonable capa y sayo y quién pensara que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir de la halda del sayo?
  • Hago la negra dura cama y tomo el jarro y doy comigo en el río, donde en una huerta vi a mi amo en gran recuesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta, antes muchas tienen por estilo de irse a las mañanicas del verano a refrescar y almorzar sin llevar qué por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quién se lo dé, según las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos del lugar.
  • Pero como sintieron dél que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago.
  • Yo, que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné, con mucha diligencia, como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné a casa, de la cual pensé barrer alguna parte, que era bien menester, mas no hallé con qué.
  • Con baja y enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me parecía.
  • Mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí que, aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di que, antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo y más de otras dos en las mangas y senos.
  • Volvíme a la posada y al pasar por la tripería pedí a una de aquellas mujeres, y diome un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.
  • Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele.
  • Este pan está sabrosísimo y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.
  • Con almodrote decía es éste singular manjar.
  • Con mejor salsa lo comes tú, respondí yo paso.
  • Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.
  • Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido y buscando mejoría, viniese a topar con quien no solo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener.
  • Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad.
  • Y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal.
  • Mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste de haber mancilla.
  • Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir.
  • Al cual con toda su pobreza holgaría de servir más que a los otros por lo que he dicho.
  • Que quisiera yo me no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad.
  • El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
  • Y fue, como el año en esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el Ayuntamiento que todos los pobres estranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes.
  • A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento.
  • Que de la laceria que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.
  • ¡Y velle venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar diciendo.
  • Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución un día, no sé por cual dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia.
  • Y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo.
  • ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por Nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno.
  • Porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían.
  • Arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venían luego a par del lecho una que debía ser mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres.
  • ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y obscura, a la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije.
  • ¿Por qué cierras la puerta con tal furia?
  • Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa.
  • De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra.
  • Porque desde el primer día que con él asenté, le conocí ser estranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía.
  • Paréceme, señor le dije yo que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo y que tienen más.
  • Mas servir con éstos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla y si no.
  • Andá con Dios os dicen.
  • Ya cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria.
  • Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas.
  • Nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese.
  • No me matar por no hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir, donde lo oyese, con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba.
  • Si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para la encender la ira y que pareciesen en favor del culpado.
  • Y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el señor se puede descuidar.
  • Y con éstos los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría.
  • Ellos me préguntaron por él y díjele que no sabía adónde estaba y que tampoco había vuelto a casa desde que salió a trocar la pieza, y que pensaba que de mí y de ellos se había ido con el trueco.
  • Y helos do vuelven luego con ellos, y toman la llave, y llámanme, y llaman testigos, y abren la puerta, y entran a embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda.
  • Señores, éste es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese escudero, y no sabe dél más que vuestras merecedes, sino cuánto el pecadorcico se llega aquí a nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él.
  • Finalmente, después de dadas muchas voces, al cabo carga un porquerón con el viejo alfamar de la vieja, aunque no iba muy cargado.
  • Tratado Cuarto Cómo Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le acaeció con él Hube de buscar el cuarto, y éste fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente.
  • Éste me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más.
  • Tratado Quinto Cómo Lázaro se asentó con un buldero, y de las cosas que con él pasó En el quinto por mi ventura di, que fue un buldero, el más desenvuelto y desvengonzado y el mayor echador dellas que jamás yo vi ni ver espero ni pienso que nadie vio.
  • Y si sabía que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo que más con dineros que con letras y con reverendas se ordena, hacíase entre ellos un Santo Tomás y hablaba dos horas en latín.
  • Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba cómo por mal se las tomasen, y para aquello hacía molestias al pueblo e otras veces con mañosos artificios.
  • Y porque todos los que le veía hacer sería largo de contar, diré uno muy sotil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia.
  • Estaba dado al diablo con aquello y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo, para otro día de mañana despedir la bula.
  • Mas como la gente al gran ruido cargase y la casa estuviese llena della, viendo que no podían afrentarse con las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo a mi amo que era falsario y las bulas que predicaba que eran falsas.
  • De manera que tras que tenían mala gana de tomalla, con aquello de todo la aborrecieron.
  • Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, desque hizo oración, levantóse y con voz alta y pausada cuerdamente comenzó a decir.
  • Yo vine aquí con este echacuervo que os predica, el cual engañó y dijo que le favoreciese en este negocio y que partiríamos la ganancia.
  • Y agora, visto el daño que haría a mi conciencia y a vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creáis ni las toméis, y que yo directe ni indirecte no soy parte en ellas, y que desde agora dejo la vara y doy con ella en el suelo.
  • Y si algún tiempo éste fuere castigado por la falsedad, que vosotros me seáis testigos como yo no soy con él ni le doy a ello ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad.
  • Apenas había acabado su oración el devoto señor mío, cuando el negro alguacil cae de su estado y da tan gran golpe en el suelo que la iglesia toda hizo resonar, y comenzó a bramar y echar espumajos por la boca y torcella, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquel suelo a una parte y a otra.
  • Finalmente, algunos que allí estaban, y a mi parecer no sin harto temor, se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas a los que cerca dél estaban.
  • Mas pues él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad perdone a éste que le ofendió poniendo en su santa fe obstáculo.
  • Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar con los clérigos comenzaban a cantar con voz baja una letanía.
  • Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.
  • Mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conocí como había sido industriado por el industrioso e inventivo de mi amo.
  • Y hecho su sermón y despedido desde el púlpito, ya que se quería abajar, llamó al escribano y a mí, que iba cargado con unas alforjas, e hízonos llegar al primer escalón, y tomó al alguacil las que en las manos llevaba y las que no tenía en las alforjas, púsolas junto a sus pies, y tornóse a poner en el púlpito con cara alegre y arrojar desde allí de diez en diez y de veinte en veinte de sus bulas hacia todas partes, diciendo.
  • Porque no renieguen nuestra santa fe y vayan a las penas del infierno, siquiera ayudadles con vuestra limosna y con cinco paternostres y cinco avemarías, para que salgan de cautiverio.
  • Hecho esto, él se despedió con mucha paz y amor, y ansí nos patrimos deste lugar.
  • ¿Qué os parece, como a estos villanos, que con solo decir Cristianos viejos somos, sin hacer obras de caridad, se piensan salvar sin poner nada de su hacienda?
  • Y, ya que hubo acabado la misa y echada la bendición, tomóla con un pañizuelo, bien envuelta la cruz en la mano derecha y en la otra la bula, y ansí se bajó hasta la postrera grada del altar, adonde hizo que besaba la cruz, e hizo señal que viniesen adorar la cruz.
  • Después, al partir, él fue con gran reverencia, como es razón, a tomar la santa cruz, diciendo que la había de hacer engastonar en oro, como era razón.
  • Con que le dieron otra cruz vieja que tenían antigua de plata, que podrá pesar dos o tres libras, según decían.
  • Y ansí nos partimos alegres con el buen trueque y con haber negociado bien.
  • Yo ansí lo hice porque me cumplía, aunque, después que vi el milagro, no cabía en mí por echallo fuera, sino que el temor de mi astuto amo no me lo dejaba comunicar con nadie, ni nunca de mí salió, porque me tomó juramento que no descubriese el milagro.
  • ¡Cuántas destas deben hacer estos burladores entre la inocente gente! Finalmente, estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé también hartas fatigas, aunque me daba bien de comer a costa de los curas y otros clérigos do iba a predicar.
  • Tratado Sexto Cómo Lázaro se asentó con un capellán, y lo que con él pasó Después desto, asenté con un maestro de pintar panderos para molelle los colores, y también sufrí mil males.
  • Fueme tan bien en el oficio que al cabo de cuatro años que lo usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para me vestir muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubón de fustán viejo y un sayo raído de manga tranzada y puerta, y una capa que había sido frisada, y una espada de las viejas primeras de Cuéllar.
  • Tratado Séptimo Cómo Lázaro se asentó con un alguacil, y de lo que le acaeció con él Despedido del capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso.
  • Con esto renegué del trato.
  • Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre sino los que le tienen.
  • En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de Sant Salvador, mi señor, y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya.
  • Y así me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido.
  • Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo deso, y aun, por más de tres veces me han certificado que, antes que comigo casase, había parido tres veces, hablando con reverencia de V.M., porque está ella delante.
  • Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros, y después tomóse a llorar y a echar maldiciones sobre quien comigo la había casado, en tal manera que quisiera ser muerto antes que se me hobiera soltado aquella palabra de la boca.
  • Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad.
  • Si sois amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar.
  • Mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero, y la amo más que a mí.
  • Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco.
  • Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.
  • Estuve ausente de Lúzaro una semana para llevar mi segundo hijo al colegio, y al volver de mi viaje me encontré con que El Correo había pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo consideraba más interesante.
  • Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de mi vida y con diferentes estados de ánimo.
  • Una vez, un juramentado de Filipinas vino a mí, con el yatagán levantado, a cortarme la cabeza.
  • Lo inaudito para mis panegiristas o para mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mi manera de ser.
  • Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla con la Naturaleza.
  • Al que de niño se entrega a su poder con el alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.
  • Todavía se veían en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas greco romanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.
  • En aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja, una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.
  • ¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amable sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te verán más! ¡Oh, días de calma! ¡Oh, momentos de indolencia! ¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a luz de la luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas! III TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO Tengo que hablar de mí mismo.
  • Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mí con el mérito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lúzaro.
  • Veía con la imaginación levantarse Lúzaro sobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes a un lado y a otro llenos de maizales y de robles.
  • Otro, el del mar, en que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vivido con el corazón frío y la retina impresionada.
  • Por mis informes debía ser un tipo parecido a mí, con el mismo fondo de pereza y de tedio marineros.
  • Sentía una gran estimación por las gentes del Norte, noruegos y dinamarqueses, con quienes había convivido.
  • Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre, a ponerse en contra de su marido.
  • Cuando mi padre llegaba a Lúzaro se reunía con otros pilotos, marineros y pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba y alborotaba, en su compañía, por las calles.
  • El bazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha del severo barco con sus velas y sus anclas.
  • Doña Celestina, en su fuero interno, debía suponer que las demás familias de Lúzaro, exceptuando dos o tres, habían nacido, como los hongos, entre la hierba, o que quizá sus individuos estaban modelados con el fango del río.
  • De vivir hoy, ¡cómo se hubiera indignado la buena señora con las ideas del médico joven que tenemos en Lúzaro! Este médico es hijo de un camarada de mi infancia, del piloto José Mari Recalde.
  • Se ha metido en el osario del Camposanto, y allí anda, ayudado por el enterrador, llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados, pesándolas y haciendo con ellas una porción de diabluras.
  • ¡Lástima que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda! No te preocupes por eso le suelo decir yo, riendo.
  • Pero como no lo es, le recomiendo que tenga usted cuidado con sus hijos y con sus hijas.
  • No les permita usted que se casen con individuos de cabeza redonda.
  • Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda.
  • Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de su pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia.
  • Yo, como tú, no me casaría con mi hijo.
  • Las puertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por las rendijas y chimeneas, gimiendo de una manera fantástica, y las ráfagas de lluvia azotaban furiosamente los cristales.
  • Vestía siempre de negro, con pañuelo del mismo color en la cabeza, atado con las puntas hacia arriba, como es uso entre las viudas del país.
  • Pero, en cambio, se expresaba en vascuence con una rapidez vertiginosa, en tono de persona que reza.
  • Cuando yo iba a casa de la Joshepa Iñashi, con la Iñure, solíamos meternos en la cocina y hacíamos hostias pequeñas y grandes, echando un poco de harina y agua en una plancha y calentándola al fuego.
  • Mi madre se pasaba casi todo el día con mi abuela.
  • Pero no quería ir a vivir con ella, conociendo de sobra el carácter dominador y absorbente de doña Celestina.
  • El color negro, el tejado muy saliente, una fila de balcones muy espaciados, con los hierros llenos de florones y adornos.
  • El zaguán, pintado de azul, era obscuro, con las paredes desconchadas y salitrosas.
  • La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones, que nunca se abrían.
  • Estos cuartos, de paredes encaladas, con las vigas del techo al descubierto y el piso con grandes tablas obscuras, ya combadas por el tiempo, estaban vacíos.
  • Las sillas de damasco rojo, los dos o tres veladores de laca, el espejo, el cuadro con la ejecutoria de los Aguirres, el arca.
  • Del techo de aquella sala colgaba una fragata de marfil y de ébano, con todos sus palos, sus velas y sus cañones correspondientes.
  • Representaba un barco luchando con las olas en medio de un temporal.
  • La fragata española La Constancia, al mando de su capitán don Blas de Aguirre, al amanecer del día 3 de febrero de 1793, en el meridiano de la isla Rodrigo, atormentada con mares gruesas del nordeste y sudeste, corriendo un huracán en su viaje de Manila a Cádiz, en el que perdió todos los gallineros de la toldilla, vasijería, cubas y varias tablas de obra muerta.
  • Ilustración A los lados de La Constancia se veían dos grabados en color, con sus respectivas leyendas.
  • En el primero se veían los dos buques, con las velas desplegadas, que iban acercándose.
  • Recuerdo también un octante antiguo muy grande y muy pesado, de cobre, con la escala para marcar los grados, de hueso.
  • Sobre la consola solían estar dos cajas de té de la China, una copa tallada en un coco y varios caracoles grandes, de esos del mar de las Indias, con sus volutas nacaradas, que uno creía que guardaban dentro un eco del ruido de las olas.
  • El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba en la mano un huevo de avestruz, pintado de rojo.
  • Desde entonces le miraba con rabia, y, de cogerlo por mi cuenta, le hubiera atracado de perejil hasta enviarlo a decir sus relaciones al paraíso de los loros.
  • También tenía mi abuela una caja de música, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le daba cuerda.
  • En Aguirreche, en su cuarto, la tía Úrsula guardaba libros e ilustraciones con grabados, españoles y franceses, en donde se narraban batallas navales, piraterías, evasiones célebres y viajes de los grandes navegantes.
  • La tía Úrsula solía contar la cosa más insignificante con una solemnidad tal, que me maravillaba.
  • Me habló también, con orgullo, de los marinos y capitanes vascos.
  • De Blas de Lezo, tuerto y con una sola pierna, batiéndose constantemente y venciendo, con unos pocos barcos, la escuadra poderosa del almirante inglés Vernon en Cartagena de las Indias.
  • Con frecuencia terminaba sus narraciones con estos versos de Concha, en su Arte de Navegar.
  • Por tierra y por mar profundo Con imán y derrotero, Un vascongado el primero Dió la vuelta a todo el mundo.
  • Y aunque estos versos no tuvieran relación alguna con lo contado, por el tono solemne con que los recitaba mi tía Úrsula, me parecían un final muy oportuno para cualquier relato.
  • Miraba con envidia los chicos descalzos del muelle.
  • En la cubierta, de pergamino, decía, con letras ya desteñidas y rojizas.
  • Ilustración Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y los emparentados con ella habían sido marinos y viajeros, para explicar sus correrías, intercaladas en las amarillentas páginas, se veían cartas de navegar antiguas, bastante raras.
  • En estos mapas, el mar se simbolizaba con una ballena echando un surtidor de agua, un galeón y varios delfines.
  • Los montes, por árboles, y los países salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y una flecha.
  • Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimiento alguno de estos relatos, y los comentaba.
  • Cuando comencé a escribir, a mi tía Úrsula se le ocurrió dictarme párrafos del gran libro de la familia, y todavía conservo, por casualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhábil mano, con letras desiguales, que dice así.
  • El capitán de barco, Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuando volvía de Cádiz de cargar un galeón de mercaderías, se encontró en alta mar con el corsario francés Juan Florín, cuyo nombre espantaba a cuantos salían al mar.
  • Al divisar el galeón del capitán guipuzcoano, como el francés le atacara con brío, Irizar se defendió en su barco, valientemente.
  • Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitán Irizar volvió a Cádiz, como correspondía a su fina lealtad.
  • Yo aprendí a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventuras de la familia.
  • Varias veces leí las aventuras asombrosas de este hombre, que en el manuscrito se contaban con todos sus detalles.
  • No contaba Lope más que con barcas apenas útiles para la navegación fluvial.
  • Resistió en alta mar, cerca del Ecuador, dos terribles temporales en sus ligeras embarcaciones, y fué bordeando con ellas las costas del Brasil, de las Guayanas y de Venezuela.
  • Sintiendo quizá remordimientos en su corazón endurecido, llamó a su presencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con él.
  • De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban a Lope más que ciento cincuenta, y de éstos, muchos iban, por días, desertando.
  • Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegó fuego, y luego se refugió, con su hija y algunos compañeros fieles, en las proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.
  • Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron acorralando al capitán vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.
  • Y cuando sintió, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pecho y le quitaba la vida, gritó, saludando a su matador, con una feroz alegría.
  • Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus Recuerdos históricos de Lúzaro, y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de mi abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.
  • Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mi familia existía cierta reserva al referirse a mi tío Juan.
  • Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nada a mi madre, la Iñure me contó que mi tío Juan se había hecho pirata, que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en la espalda.
  • De noche me figuraba ver a mi tío en su calabozo, lamentándose, desnudo, con las letras grabadas en la espalda, que se destacaban de un modo terrible.
  • Yo me vestí rápidamente, y salimos los dos al camino con la Iñure.
  • Estuvimos un momento, y después, mi abuela, la tía Úrsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la Iñure, nos dirigimos a la iglesia.
  • En el suelo se entreveían una porción de objetos, trozos de madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, y cestas con paños negros.
  • Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatro anduvieron de un lado a otro, disponiendo una porción de cosas.
  • Anduve detrás de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada, hasta que vino el viejo Irizar, con su traje negro y su sombrero de copa, y me tuve que sentar junto a él en el banco del centro.
  • Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luz resplandeció todo el retablo churrigueresco, dorado, retorcido, con sus columnas salomónicas y sus racimos de uvas.
  • Pero me parecía que allí dentro debía de estar agazapado el tío Juan con sus cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.
  • Yo miraba por todas partes, a pesar de que el viejo Irizar me exhortaba a que estuviera con más devoción.
  • ¡Qué fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paños negros rezaban con toda su alma.
  • Luego, el cura se acercó al catafalco a rezar sus responsos y lo roció varias veces con agua bendita.
  • Todas las mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, en procesión, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los señores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora, con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
  • Estaba persuadido de que un día vería a un señor con el aspecto de marino de los libros de mi tía Úrsula, con patillas, botas altas, levitón y sombrero de hule con cintas colgantes.
  • Hablaría con aquel señor y resultaría mi tío Juan.
  • Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó mi espíritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia, con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar mayor.
  • Una vieja medio loca, la Curriqui, vestida con una falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar lo que pasaba en Belén.
  • ¡Miradla qué facha! Quiere venir con nosotros a Belén.) Y la Curriqui seguía.
  • (Si quieres venir con nosotros a Belén, tendrás que quitarte esa falda vieja.) El público de pescadores y de chicos celebraba estos detalles naturalistas.
  • La Curriqui volvía el día de Reyes a su escenario de Aguirreche, con una capa blanca y una corona de latón, a cantar otras canciones.
  • Este día, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonaban villancicos con voces agudas y roncas, acompañándose de panderos y de zambombas.
  • Nos solía pegar con furia.
  • Pero si se intenta volver con la imaginación a la época, se comprende que los primeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentables de la vida.
  • No es fácil que los de mi época, al retrotraerse con la memoria a los tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y los maestros que nos amargaron los primeros años de la existencia.
  • Lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más débil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que el hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el consentimiento de sus padres.
  • A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos que han seguido siendo amigos míos hasta ahora.
  • Pero él se opuso con todas sus fuerzas.
  • ¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus ojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horribles brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente repugnantes.
  • En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno velozmente, y yo fuí avanzando en mi camino, con tal rapidez que llegué en poco tiempo a gozar de completa libertad.
  • Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde.
  • Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir al arenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los pies descalzos.
  • Los domingos mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, después de hacerme una serie de advertencias y recomendaciones.
  • Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal.
  • Para hacer nuestras excursiones solíamos reunimos a la mañanita en el muelle, pasábamos por delante del convento de Santa Clara, y por una calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos a un callejón formado por las tapias de unas huertas.
  • Luego cruzábamos maizales y viñedos y salíamos más arriba, en el monte, a descampados pedregosos con helechos y hayas.
  • Aun se notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de los cañones.
  • El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una gran serpiente con alas, la Egan suguia.
  • Las olas rompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos salvajes, con las crines al aire.
  • ¡Con qué interés!¡Con qué entusiasmo! Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros, cubierta de lapas.
  • Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos con otros, sus ensenadas y sus golfos.
  • Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi abuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua y monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los canalones a chocar en las aceras.
  • Había casas de pescadores con balcones, ventanas y galerías de madera, adornados por colgaduras formadas por camisetas encarnadas, medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.
  • Entre las casas de a lo largo del muelle de Cay luce, antes, como ahora, había algunos almacenes de carbón, y una fila de tabernas en donde los pescadores se reunían y se reúnen a beber y a discutir, y que destilaban, sobre todo los domingos, por su única puerta, una tufarada de sardina frita, de atún guisado con cebolla, y de música de acordeones.
  • El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con un aprendiz, y, mientras él torneaba, solían sentarse a la puerta, a charlar, algunos amigos.
  • Llegó a domesticar un gavilán pequeño, y el pájaro, cuando se hizo grande, reñía con todos los gatos de la vecindad.
  • Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen abultado, las manos grandísimas, siempre metidas en los bolsillos de los pantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los ataba.
  • Llevaba una gorra de punto con una borla en medio.
  • Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja.
  • A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.
  • Preguntaba alguno con ansiedad.
  • Alguna sirena decía el padre de Zelayeta, con ironía.
  • Pero nunca dió con arena ni con roca.
  • Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él no quería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y sobrenaturales de que estaba llena.
  • Le bastaba con decir que un hombre, entrando en ella, salía, si es que salía, como loco.
  • Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los ojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.
  • Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba.
  • ) Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar la pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad.
  • Pero creo que no le consideraba a la altura de la Egan suguia, la gran serpiente alada del Izarra, con sus alas de buitre, su cara siniestra de vieja y su aliento infeccioso.
  • Nos hablaba, también, Yurrumendi de esos pulpos gigantescos con sus inmensos tentáculos, que pueden hacer naufragar una fragata.
  • También le daba mucha importancia a la Curcushada (los cuernos de la luna), que creía que tenía una gran relación con la vida de los hombres.
  • Este perdido, borracho, blasfemador y cínico pirata, anda, con un equipaje de canallas, haciendo fechorías por el mar.
  • Otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en una jaula y con los ojos vaciados.
  • ¡Cántela usted! Y él cantaba con su voz ronca de marino, formada por los fríos, las nieblas, el alcohol y el humo de la pipa.
  • Al oírla, yo me figuraba una tripulación de piratas al abordaje, trepando por las escalas de un barco, con el cuchillo entre los dientes.
  • Solíamos andar, como él, balanceándonos con las piernas dobladas y los puños cerrados, y fumábamos en pipa, aunque yo, por mi parte, a los dos chupadas no podía con el mareo.
  • Ilustración El asunto se reducía a un marinero, buena persona, aunque un poco borracho, que se encontraba con un viejo mendigo zarrapastroso y sucio.
  • En unos era una bolsa, de donde salía todo lo que se deseaba con decir unas cuantas frases sacramentales.
  • Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios, documentar sus narraciones con una exactitud matemática, y así decía.
  • Cuando se trataba de un barco, siempre tenía que explicar con detalles la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.
  • Últimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la Curcushada, en combinación con la vejez y con el alcohol, le trastornaron un poco.
  • Hubiéramos preferido ir, como los chicos del muelle, a pescar con algún viejo marinero.
  • Afortunadamente, después del curso con don Gregorio Azurmendi, que nos explicaba matemáticas vestido de frac y corbata blanca, llegaron las vacaciones de verano.
  • Pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con un pescador, fuera de las puntas.
  • Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes, al ir a ver cuándo concluía Caracas nuestro barco.
  • Joshepe Tiñacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasan la vida en el puerto con las manos en los bolsillos.
  • Al llegar Joshepe Tiñacu a casa, se paraba, y, con voz suave e insinuante, solía decir a su mujer.
  • La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho, entonces, entraba en su casa.
  • Pero cuando pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se ponía a gritar con todas sus fuerzas.
  • Con el Cachalote no andábamos más que por el puerto y por la ría.
  • Un día nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos el miedo y entrábamos y salíamos del puerto con el Cachalote, aunque hubiera mucho oleaje.
  • El viento soplaba con furia, llevando en sus ráfagas gotas de agua.
  • La niebla iba ocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida claridad que parecía irradiar de las aguas.
  • De pronto, tras de un golpe furioso de viento, salió el sol, iluminando con una luz cadavérica el mar lleno de espuma y de color de barro.
  • Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que intentaba acercarse a la goleta encallada.
  • A veces los remeros daban una pasada para atrás, con el objeto de no avanzar, sin duda esquivando alguna roca.
  • Esperamos con ansiedad, registrando el horizonte con la mirada.
  • El atalayero, desde las rocas, fué dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha pasó sin dificultad.
  • De los dos hombres, uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra.
  • Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendió con ellos.
  • No pudieron explicar lo que había pasado con los demás marineros.
  • Sin duda la tripulación del barco, dándose cuenta del peligro antes que el capitán, se apoderó del bote, que chocó con algún arrecife y se fué a pique.
  • Vestía el cadáver, traje de marinero, compuesto de elástica de lana de punto y pantalón y chaleco con botones amarillos.
  • El horizonte se presentaba nublado, con algunos agujeros, en cuyo fondo brillaba el azul del cielo.
  • Yo me acordaba de las fantasías de Yurrumendi acerca de la sima que hay en aquel sitio en el mar, y me veía bajando al insondable abismo con una velocidad de veinticinco millas por minuto.
  • El viento soplaba con fuerza, en ráfagas violentas.
  • El aspecto de la goleta con los mástiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en el corazón, era triste, lastimoso.
  • Zelayeta y yo, creo que hubiéramos vuelto a Lúzaro con mucho gusto, pero nada dijimos.
  • Las olas saltaban sobre las peñas con tal fuerza que, al caer la espuma en copos blancos como nieve líquida, nos calaba la ropa.
  • Zelayeta se puso a proa con el bichero, y Recalde y yo, unas veces remando y otras empujando contra las rocas, avanzamos despacio.
  • De pronto, Zelayeta gritó, mientras apretaba con el bichero.
  • Con un trozo de amarra pude defenderme y hacerlas huír.
  • Fué lástima que no tuviéramos el cañón de la cueva del río para saludar con salvas nuestra primera conquista.
  • Con las emociones y el cansancio se nos había abierto el apetito.
  • El agua entraba por las aberturas de la proa del Stella Maris, se tendía por el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suave murmullo.
  • A veces, un golpe de mar violento hacía estremecerse a todo el barco, y, entonces, los hierros y argollas, la rueda del timón y la obra muerta, rechinaban como con una protesta de malhumor.
  • Con la marea alta saldremos más fácilmente dijo Recalde.
  • Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto.
  • Me veía como aquel marinero del Stella Maris, que el mar había arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.
  • Miraba con terror el suelo del bote, que se iba llenando de agua.
  • Me puse a trabajar con el achicador, con brío, y conseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.
  • Muy poco contesté yo, con un estoicismo siniestro.
  • Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para que no saltaran los tapones del bote.
  • Miraba con una curiosidad redoblada.
  • La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de árbol carcomido en el borde.
  • Avanzamos con precaución, afirmando el paso.
  • Rugían furiosas, con su voz ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecía una algarabía infernal de clamores y de lamentos.
  • Pero estaba atada con una cadena.
  • Primero encontramos un hombre alto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba y que no pareció entendernos.
  • Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, donde estaba un señor con una niña.
  • Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el señor se levantó y habló con el hombre alto.
  • Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con gran estimación.
  • Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con esta aura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, me entregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitán de una fragata de la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.
  • Don Ciriaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, con mi abuelo, y era justo hiciese por mí lo que uno de mi familia había hecho por él.
  • Mi viaje como agregado fué desde Liverpool a la Habana, en el bergantín Caridad, con el capitán Urdampilleta.
  • A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciriaco en Cádiz, en la Bella Vizcaína.
  • Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando palabras filipinas.
  • Salimos de Filipinas en marzo, y, en vez de volver por el estrecho de la Sonda, fuimos con la monzón del sudoeste a entrar en el mar de las Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt y el estrecho de Ombay.
  • Al doblar el Cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta tempestad, que por poco no nos arrastra hacia los escollos del continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo borrascas y tiempos duros.
  • En el camino mi capitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmente a la señora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primero con Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda, un almacenista, socio del primer marido.
  • Llegamos cerca de la Aduana, y don Ciriaco se detuvo delante de una casa grande, con miradores.
  • Un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con el suelo también de mármol, el techo encristalado y las galerías con arcadas.
  • Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y, recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejos y medallones.
  • Nos recibió con gran amabilidad.
  • Don Ciriaco estuvo muy cortesano con ella.
  • Don Ciriaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte de Versalles.
  • Con don Ciriaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser ocurrente.
  • El suelo era de mármol, los salones vastísimos, con techos pintados e historiados.
  • Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don Ciriaco.
  • Yo estuve hablando con doña Hortensia, que se mostró muy amable conmigo.
  • Me despedí de todos, y salí con don Ciriaco, entusiasmado.
  • La bella Hortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con un cualquiera.
  • La muchacha, nada tímida, al ver su abandono, vendió las joyas que le había regalado el amante y se presentó con su hija en Cádiz.
  • Hortensia fué a Filipinas, encontró a Menchaca y le obligó a casarse con ella.
  • Menchaca era un hombre exaltado, brutal, atrevido, con ideas geniales, capaz de cosas buenas y de cosas malas.
  • Después estúdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien.
  • Menchaca se había asociado con este don Matías Cepeda que has visto.
  • Pues con su físico.
  • ¿Con su físico?
  • Sí, con su físico.
  • Luego se casó con la dueña, y ésta, al morir, le instituyó heredero único, con lo que quedó viudo y riquísimo.
  • Cepeda era naturalmente tímido con su dinero.
  • Menchaca, cuando se instaló en Cádiz, tuvo la veleidad de poner casa a una muchacha de Puerto Real, y de pasear con ella en coche y regalarla trajes y joyas.
  • Entonces fué cuando se comenzó a hablar de que Hortensia se entendía con el socio de su marido, con Cepeda.
  • No era posible que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquella idea de bautizar así el barco, con el fin de mortificar a su socio.
  • La situación del matrimonio seguía difícil y sin mejorar, cuando un día Menchaca, jugando con unas pistolas, no se sabe si inadvertida o intencionadamente, se pegó un tiro en la sien y cayó muerto.
  • Al año Hortensia celebró su matrimonio con don Matías Cepeda.
  • Iba con el corazón en un puño.
  • Mi paisana y su hija Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.
  • El encuentro con don Matías me preocupaba.
  • Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como con cierto alarde de no darme importancia.
  • Es una idea estólida y mezquina, muy frecuente en España, creer que se demuestra superioridad burlándose de una persona ingenua con frases de doble sentido que dejan estupefacto al que ignora su significado.
  • El señor Cepeda no podía discurrir, razonar con libertad.
  • No contaba con el suficiente número de ideas para comparar y obtener juicios propios.
  • Eso no es así decía, por ejemplo, al exponer yo una opinión cualquiera, y te contestaré con lo que dijo Periquito Sánchez a don Juan Martínez en Cádiz, en el año de 27.
  • Y don Matías seguía así con una velocidad de galápago, hasta contar una anécdota de una vulgaridad aplastante.
  • Don Matías solía estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando no andaba por el almacén, por entre hileras de sacos y de cajas, dando órdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.
  • Aquel solemne y majestuoso idiota creía que, para ser marido y padre a la inglesa, tenía que mostrarse frío con su mujer y su hija.
  • Pero estos anglómanos del Mediodía, con su mezcla de tiesura y de mandanga, me parecen bastante cómicos.
  • Todos los domingos, después de almorzar, don Matías, con su levita, sus guantes, su sombrero de copa y sus botas siempre crujientes, se marchaba al Casino Moderado, y no volvía hasta el anochecer.
  • Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba.
  • Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con una amiga suya, María Jesús.
  • Debían ser algo como el juego de un oso con dos monitas.
  • Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidad vertiginosa.
  • Además, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso con esa respetable y honesta señora que se llama la Gramática.
  • Luego, más tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sino que le gustaba darme celos.
  • Realmente no sé si estaba enamorado, pero sí que pensaba en Dolorcitas a todas horas, con una mezcla de angustia y de cólera.
  • Si ella hubiese hablado un día con un joven y otro día con otro sin hacer caso de mí, quizá no me hubiera hecho efecto.
  • Pero veía que sus coqueterías me las dedicaba expresamente con intención de mortificarme, y esto me sublevaba.
  • El disgusto de uno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otro a gusto de uno, todo caía sobre mí con una pesadumbre de plomo.
  • Allá lejos, Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseríos blancos.
  • Luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta el Puerto de Santa María, y en el fondo, los montes de Jerez y de Grazalema, violáceos al anochecer, con una línea recortada y extraña en el horizonte.
  • Veíamos la entrada de alguna fragata o de algún bergantín que venía con el atoaje.
  • Veíamos las baterías con sus cañones, avanzábamos por el adarve a mirar por los huecos de las almenas.
  • Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta próxima y me marchaba a San Fernando con el espíritu angustiado y lleno de una extraña amargura.
  • Hubiese querido hablar con abandono y ligereza, saber hacer chistes y comparaciones y echármelas de Tenorio.
  • Entrar en una de esas tiendas de montañés a tomar pescado frito y a beber vino blanco, ver cómo patea sobre una mesa una muchachita pálida y expresiva, con ojeras moradas y piel de color de lagarto.
  • Oír a un chatillo, con los tufos sobre las orejas y el calañés hacia la nariz, rasgueando la guitarra.
  • Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el vocablo.
  • En libros, en dramas y en toda clase de escritos se ha exaltado con fruición la más estúpida y fría mezquindad, como la única virtud del hombre.
  • Me sentía como una rueda de reloj suelta que no engrana con otra.
  • No veía que alternaba con gente orgánica y moralmente encanijada.
  • Los pueblos lejanos, con sus casas blancas.
  • No me sentía alegre, sino agresivo, con gana de hacer una brutalidad cualquiera.
  • A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero ladeado y una flor roja en el ojal.
  • Me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.
  • Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, caídos y lacios como los de un chino.
  • Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una tienda de montañés próxima a la Puerta del Mar.
  • Sí, me mira usted con una cara.
  • Al salir el capitán tropezó con un marinero que entraba, y estuvo a punto de caer al suelo.
  • Creí que el hombre se caía al agua con su traje de etiqueta y su flor en el ojal.
  • Pero no, se mantuvo firme y saltó al bote con agilidad.
  • Luego, me saludó con el sombrero en la mano, con gran reverencia.
  • Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada.
  • Don Ciriaco muchas veces me decía, con una exasperación alegre que le era característica.
  • Realmente, la naturaleza es pródiga con el hombre egoísta y con la mujer voluble e insensible.
  • Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía que iba a casarse con el hijo del marqués de Vernay, un señor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrática.
  • En las ciudades arcaicas y tradicionales, los individuos que creen formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con más o menos razón.
  • Al mismo tiempo, y refiriéndose a Dolorcitas, dijo que ésta se casaría con un hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese poner los ojos demasiado alto.
  • En cambio, si negocia con estos géneros en grande, es un comerciante.
  • Con las drogas sucede lo contrario.
  • La primera vez que comprendí claramente las pretensiones aristocráticas de la familia de Dolorcitas, fué hablando con un empleado del almacén de don Matías, a quien yo llamaba el Almirante.
  • Muchos domingos, al llegar a casa de doña Hortensia me encontraba con que no había nadie, y solía entrar en el almacén.
  • El almacén era inmenso, con bóvedas en donde se apilaban sacos, barricas, toneles y cajas.
  • A la entrada estaba el escritorio, con su pantalla y sus ventanillas con letreros.
  • Les faltaba el título para la decoración de la familia, y habían hablado con el viejo marqués de Vernay, y en principio la boda estaba concertada.
  • Varias veces hablé por la reja con Dolores.
  • Supe que no era yo el único que hablaba con Dolorcitas por la reja y que un joven guardia marina iba muchas noches a charlar con ella.
  • Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegué a realizar, y a mediados del mes de julio me quedé sorprendido con la entrada en la bahía de Cádiz de la Bella Vizcaína.
  • Por cierto que antes de llegar a las Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a una le llamamos con el apellido de don Ciriaco, isla Andonaegui, y a la otra, isla de Santiago Andía.
  • Yo recuerdo que marqué el punto con la brújula con una gran emoción.
  • Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un sol espléndido.
  • Allí estaban Chipiona y Cádiz con sus casas blancas como huesos calcinados.
  • Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me acordé de mis paseos con Dolorcitas y de mi época de estudiante en San Fernando.
  • El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin alero, la catedral con sus dos torres y su cúpula dorada, las azoteas con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de pared blancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de las casas árabes.
  • Tenía ganas de pisar tierra española, de pasear por aquellas viejas murallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermoso golfo de Cádiz.
  • Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas me dijo don Ciriaco, con su tono zumbón.
  • Ya le quisiera yo ver al capitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa.
  • Conque, ¡ojo a la brújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón! La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.
  • Los consejos de don Ciriaco hicieron que no acudiese con frecuencia a casa de Hortensia.
  • Había entre los marineros de la Bella Vizcaína un chico de Cádiz, a quien llamaban el Morito, porque había estado en Tánger y solía llevar con frecuencia un fez rojo en la cabeza.
  • Este muchacho solía estar con frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar.
  • Realmente yo no estaba enamorado, porque discurría fríamente, con tranquilidad completa.
  • Mis relaciones con Dolores se averiguarían en seguida, por muchas precauciones que tomáramos, y don Matías me echaría a la calle en cuanto se enterara.
  • Después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con los tifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de Buena Esperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que le dice a uno que le quiere! ¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por el corazón! Era una situación extraordinaria.
  • La gente me señalaba disimuladamente con el dedo.
  • Si alguien me hubiera dicho que no era el rey, el czar, el emperador, el niño mimado de la suerte, le hubiera mirado con olímpico desprecio.
  • Yo hubiera querido identificarme con ella, saber sus pensamientos más íntimos, penetrar en su alma.
  • Y esta sola pregunta, expresada con acritud, bastó para hacerme desgraciado.
  • Se hicieron los preparativos con extraordinaria reserva.
  • El marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca después de comer.
  • Era un tipo de teatro, con patillas, faja encarnada y calañés.
  • Pero un día iba en una de esas canoas que cruzan la bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman guilalos, cuando entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un bergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó.
  • Yo no le he visto repuso el capitán, pero he conocido gente que ha hablado con él.
  • El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convenciera y añadió con indiferencia.
  • Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el pelo rubio y los ojos ribeteados.
  • Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación con temporales y borrascas, llegamos a Cádiz.
  • Estuve una semana en la corte, y el primer día, al llegar al Prado, vi en un coche a Dolorcitas con su marido.
  • Él quizá no me conoció, pero ella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.
  • Ilustración LIBRO TERCERO LA VUELTA AL HOGAR I LA HERIDA Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejados rojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellas en hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.
  • La carretera descarnada, con las piedras al descubierto.
  • Se destaca por su magnitud, con las ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos con corchos y anzuelos.
  • Ahí siguen todas esas viejas casas bien agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de pedruscos.
  • ¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos! ¡Qué existencias más inmóviles! Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me figura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.
  • Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre, ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y chillona.
  • Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho y artesonado.
  • Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros recuerdos fueran eternas.
  • Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escaleras de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbas carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas.
  • Desde allí se disfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contra las olas.
  • Consta solamente de dos barracas negras, formadas por maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.
  • Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de ribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando las tablas, barrenándolas y armando después las costillas.
  • Shempelar, interiormente entusiasmado con su obra, anda muy fosco, riñendo a todo el mundo.
  • Alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias, gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrán, que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con virutas y pedazos de tablas viejas.
  • Luego, todos van cogiendo alquitrán con los candiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos en el fango como patos.
  • Oigo, riendo, las riñas en vascuence de las mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio algunas palabras con los pescadores.
  • El Gulf Stream, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó el mayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa con oblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España, dos corrientes.
  • La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias, que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la candidata de mi madre, no me sonreía.
  • Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus respectivos esposos, todos los días del año.
  • Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la hija del confitero de la plaza, muñequita con los ojos azules, muy modosita y formal.
  • Pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene que estar con el niño.
  • Y la Cashilda, mientras decía esto, le miraba a Recalde sonriendo, con sus ojos azules.
  • Este caso ocurrido con mi camarada, ejemplo de la energía femenina luzarense, no me inducía a casarme, ni aun con la espiritual Barbarita.
  • Garmendia no se atrevía a mostrarse francamente volteriano, y procedía en la conversación con insidia, por frases sueltas, por observaciones al parecer cándidas.
  • Los que más se indignaban con él eran dos carlistas cerrados, venidos del interior de la provincia.
  • Garmendia les sacaba fuera de quicio con sus observaciones, al parecer ingenuas, pero de doble fondo.
  • Son unos canallas añadió Argonz, con los ojos fuera de las órbitas.
  • Lo que hay que hacer aquí es salir al campo con el fusil, y a todo liberal que se encuentre, ¡fuego! Y por la espalda añadió el otro, con la cara inyectada de rabia.
  • El relojero era de estos hombres que a todo el mundo dan la razón, y, con su lente en el ojo derecho, movía la cabeza, en señal de asentimiento, a cuanto decían sus contertulios.
  • En mis tiempos de chico, hablaba mucho de minerales y de filones de hierro un señor que se llamaba don Juan Beracochea, de quien la gente solía burlarse porque andaba con un criado suyo haciendo excursiones por los montes próximos, y decía que los alrededores de Izarte valían una millonada.
  • Beracochea era hombre con tipo de mosquetero.
  • Llevaba un bastón grueso, cuyo mango era un martillo, y volvía de sus paseos con los bolsillos llenos de piedras.
  • él decía con orgullo que su padre había sido uno de los primeros suscriptores a la célebre Enciclopedia metódica de Diderot.
  • Se entendió con la sobrina de Beracochea, formaron una sociedad y comenzaron a ganar dinero.
  • Juan Machín se casó con una mujer rica de Bilbao.
  • No sabía mi madre el contrato que mi abuela había hecho con él.
  • En el combate del mar con la tierra, en unas partes el mar roe la costa, transformándola en acantilado, haciéndola desmoronarse.
  • La duna se defiende con sus hierbas, con sus algas.
  • Se siente ese silencio del mar lleno del gemido agudo del viento, del grito áspero de las gaviotas, de la voz colérica de la ola, que va en aumento hasta que revienta en la playa y se retira con el rumor de una multitud que protesta.
  • Las olas, de un color de arcilla, llegan con meandros dislocados de espuma a dejar en la playa una curva plateada, y la resaca hace hervir la arena al contacto del mar.
  • Las gaviotas juegan por encima de las olas, se meten en las concavidades abiertas entre unas y otras, descansan sobre las espumas, se acercan a la playa a mirar con sus ojos grises, en donde se refleja la luz apagada del día, y lanzan ese grito salvaje parecido al áspero chirriar de la lechuza.
  • Es un líquido cargado de sales, movido por el viento con un ritmo mecánico en su circulación, y, sin embargo, da la impresión de una fuerza espiritual de algo infinito.
  • Los días de viento sur, los promontorios lejanos se ven con una claridad diáfana, y la costa de Francia y la de España se dibujan como en un plano en el mar.
  • Entonces es la época de los grandes temporales, de las mareas vivas, con el flujo y el reflujo muy grandes.
  • Ilustración V Frayburu Y con la suavidad del mar en la playa, contrasta la violencia de las olas en la punta del Faro, hacia el lado del Izarra, en los arrecifes de Frayburu.
  • Abajo, al mismo pie del promontorio, hay una sima con fondo de roca, y allí el agua, casi siempre inmóvil, poco agitada, es de un color sombrío.
  • Toda esta serenidad, toda esta placidez se cambia en agitación y en violencia cerca de la costa, junto al acantilado del Izarra, con sus lajas pizarrosas, negras, hendidas, y sus rocas diseminadas como monstruos marinos entre las aguas.
  • Vienen a lo lejos las olas como manadas de caballos salvajes, adornados con crines de plata, empujándose, atropellándose.
  • Pero como si les faltara la confianza en su dominación, la confianza en su justicia, vuelven atrás con el clamor de un ejército derrotado, en láminas brillantes, en hilos de agua, en blancos espumarajos.
  • En los días de oleaje, Frayburu desaparece como tragado por las espumas, y vuelve a surgir por instantes con su color negro, su piel de monstruo marino y la franja de meandros de plata que lo ribetea.
  • La imaginación fabrica cosas extrañas con las nubes y con las rocas, con lo más impalpable y con lo más duro.
  • En ese alto acantilado, paredón gigantesco, pizarroso, con vetas blancas, las hornacinas se abren como esperando una imagen.
  • Un hombre iba con un carro por el arenal, aguijoneando la yunta.
  • Pregunté al boyero por dónde se subía más de prisa a Bisusalde, y me mostró el camino, que, al principio, más que camino, era una escalera formada por tres o cuatro tramos hechos con vigas y que terminaba en una cuesta en zig zag.
  • Más avanzado que ninguna de las casas de Izarte, más al borde de las dunas estaba el caserío de mi abuela, un caserío negro, con un balcón corrido hacia el lado del mar.
  • La otra tenía un jardín abandonado, con dos cipreses secos, y luego una huerta, que se continuaba con un prado.
  • Había ido a Elguea con su hija.
  • Me dirigí hacia el pueblo, formado por quince o veinte casas agrupadas en derredor de la iglesia, y me detuve en una venta del camino, con el objeto de almorzar, y de paso a enterarme de la clase de gente que vivía en Bisusalde.
  • Tenía las puertas y las paredes pintadas de verde, mostrador en el portal y a un lado un cuarto pequeño con una mesa de pino, blanca, un espejo cubierto con gasa y varias sillas.
  • Contiguo a la venta había un soportal con una fragua.
  • El hombre de Bisusalde a quien llamaban el capitán era un marino inglés, que vivía con su hija, muchacha de catorce o quince años, y un criado, llamado Allen.
  • Había una cueva pequeña en las dunas con una puerta.
  • El criado trabajaba en el campo, y los domingos iban los tres al faro de las Ánimas, pues se trataban con el torrero y su familia.
  • Pero que con aquella vida al aire libre se estaba haciendo una muchacha muy robusta.
  • Al pararse bajaba la cabeza hasta dar con la barba en el pecho.
  • Al pasar por delante de mí me miró con un aire completamente salvaje.
  • Una lámpara de aceite alumbraba un cuarto pequeño y modesto, que tenía un armario con cortinillas blancas.
  • El capitán se levantó al verme, con aire de alarma.
  • De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba con sus ojos azules obscuros, con una expresión de temor y desconfianza, como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño a su padre.
  • Me levanté molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y, saludando a los tres con frialdad, me volví a Lúzaro.
  • Con gran curiosidad leí la carta, que decía así.
  • Si se decide a salir por la noche, a la salida del pueblo, en la herrería de Aspillaga, le esperará un amigo con un caballo.
  • Me contestó con monosílabos, y, en vista de que no manifestaba muchas ganas de hablar, enmudecí.
  • El viento silbaba y gemía con alaridos violentos.
  • La puerta se hallaba abierta y en el umbral se encontraban la hija del inglés en compañía de una muchacha morena, desgarbada, con los pies desnudos.
  • El capitán se hallaba en un sillón, envuelto en un capote azul, viejo y raído, con los ojos cerrados.
  • Al oír mis pasos se incorporó y murmuró con voz apagada.
  • Era delgada, esbelta, con las mejillas doradas por el sol.
  • Afuera, el viento silbaba con furia, haciendo retemblar puertas y ventanas.
  • Me miró con atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente.
  • ¡Y por qué no habérmelo dicho antes! El viejo me miró con cierta sorpresa.
  • ¿Juras que reconocerás como pariente a mi hija María de Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecerás con todos tus medios?
  • La muchacha miraba a su padre y me miraba a mí con honda amargura.
  • Salí del cuarto y bajé con Mary al raso del caserío.
  • En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo.
  • La luna, en creciente, aparecía envuelta en nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar.
  • Según le dijo una mujer de Izarte, la chica llevaba una vida salvaje, corría por las peñas, andaba tirando piedras, y muchas veces había ido con la hija del torrero, una muchacha igualmente salvaje, a pescar calamares.
  • Si había ido a pescar calamares con la hija del torrero, probablemente no sería por capricho, sino más bien por necesidad.
  • Unos días después de esta conversación encontré a Mary en su casa, con la hija del torrero, la muchacha amiga suya, con la que iba a pescar detrás del Izarra.
  • Era fuerte, valiente, tímida, tostada por el sol y por el aire del mar, con las cejas un poco juntas.
  • Bajamos a la vivienda por una escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados.
  • ¡Un señorito! decían aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad inmensa.
  • Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitín, que al verse preso y en presencia mía empezó a llorar y patear, con tal rabia, que tuvo que dejarlo.
  • En la pared había un mapamundi, el plano del faro, en papel azul, clavado con tachuelas.
  • Sobre la mesa se veía un barquito que, sin duda, el torrero estaba tallando con un cortaplumas.
  • Pero el capitán, con aquella admirable confianza que tenía en sus facultades intelectuales, no hizo caso.
  • Urbistondo pescaba desde el faro con un aparejo que le habían regalado, y vendía su pesca.
  • Iba con alguno de sus hermanos, en lancha, a coger calamares.
  • Yo le di las gracias a este hombre, de una generosidad tan absurda, que con poco sueldo y nueve hijos todavía quería cargarse con una persona más, y, al ver su insistencia, accedí.
  • Bajé, y me encontré a la muchacha, despeinada, con las piernas desnudas, envuelta en una falda hecha jirones.
  • Quenoveva me escuchó con gran atención para no perder palabra.
  • Unos días después, Allen se presentó en mi casa con una pretensión extraña.
  • Su tío de usted y yo me dijo con mucho misterio sabíamos dónde hay un tesoro escondido.
  • Tomé el devocionario, escrito en inglés, y vi que varias letras estaban marcadas con lápiz.
  • Volví a insistir con mi madre para que recogiese a la huérfana, pero ella se negó en redondo.
  • Entonces fuí a ver a Cashilda, la mujer de Recalde, e hice un convenio con ella de pagarle un tanto por tener en su casa a Mary, siempre que la muchacha se portara bien.
  • Llevaba en un estuchito forrado de raso un anillo de oro con unas perlas para Quenoveva, que me había costado ocho duros, y en un paquete unos juguetes para los chicos de Urbistondo.
  • Respecto a los juguetes, Urbistondo opinó que para el primer día bastaba con que los chicos los vieran únicamente.
  • Ella marchaba al mismo paso que yo, con una agilidad de campesina.
  • Además añadió con la voz preñada de lágrimas, su madre de usted no me quiere.
  • Sólo mi padre me quería y yo voy a reunirme con él.
  • Y la chica, en un momento de arrebato, se acercó al acantilado con intención de tirarse al mar.
  • Mary la dije agarrándola enérgicamente y zarandeándola con furia.
  • ¡Cuidado con hacer necedades! La muchacha comenzó a sollozar con inmensa amargura.
  • Ahí, mi querida Mary le dije yo, hay, según dicen, una gran serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama Egan suguia.
  • Envenena con el aliento y se come a los chicos.
  • ¿Quiere usted que vaya a Lúzaro y venga con un paraguas?
  • Mi madre sabía que el médico de Elguea había certificado la muerte de su presunto hermano a nombre de Tristán de Ugarte, y quería creer que el parentesco con el capitán de Bisusalde era un engaño.
  • Un viejo marino retirado, que tenía una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tío Juan, me dio nuevos datos acerca del padre de Mary.
  • Le habían dicho que allí, en Burdeos, se hacían los mejores y más baratos, y que la gente de Bayona y de la costa vasco francesa se entendía para esto con un comerciante vascongado.
  • En el cristal del almacén, escrito con letras negras, se leía un nombre medio borrado.
  • Hablé yo con un hombre joven que nos salió al encuentro, y que no comprendía el vascuence.
  • El capitán, paisano mío, no sabía el francés, y quería entenderse directamente con el comerciante.
  • Era un hombre viejo, encorvado por la cintura, con el pelo blanco y la pipa en la boca.
  • Al decirle su hijo que éramos vascos, levantó los brazos al aire con grandes extremos.
  • Luego, mirándome con fijeza, me preguntó.
  • Tristán de Ugarte era el nombre con que el médico de Elguea había extendido la partida de defunción de mi tío, y El Dragón el nombre del barco en donde había navegado Juan de Aguirre, según me contó Francisco Iriberri.
  • ¿Con quién vivía?
  • Con su hija y con un criado, alto, rojo.
  • El viejo Itchaso me esperaba, e, inmediatamente de llegar, me pasó a un cuarto pequeño con una ventana que daba al muelle.
  • Pero los arrendadores nos daban goletas viejas sin condiciones marineras, llenas de agujeros tapados con estopa.
  • No tenía dinero, y antes de que viniese la odiosa quinta, decidí ir a Brest o a Saint Malô, con intención de pasar a Inglaterra y embarcarme para América.
  • Yo no conocía a nadie, y me alegré de relacionarme con alguien que pudiese darme una orientación.
  • Un barco de carga con gran bodega, una verdadera urca holandesa, de aquellas que llamaban urcas mayores.
  • Comparado con los de hoy, aquel barco daría rísa.
  • El bauprés, muy levantado sobre el castillo, a la antigua usanza, con su red para que no cayesen los marineros al andar por las cuerdas.
  • Su color era negro, con una faja blanca, y tenía portas fingidas para darse aires de barco de guerra.
  • Parecía una dama holandesa, blanca y rolliza, vestida de negro, que marchaba contoneándose con gracia por el mar.
  • El Dragón era un buen barco, un barco seguro, en el que uno se podía confiar, con una arboladura gallarda y muchas velas de cuchillo.
  • En el espacio comprendido desde el palo del centro y el último, llevábamos una barca grande, de éstas que llaman balleneras, con cubierta, y encima de ella un botecillo.
  • El capitán lo era, lo mismo que su camarilla o guardia negra, con quien se entendía en vascuence.
  • Tenía una mirada de través, con sus ojos encarnados, poco agradable.
  • En la cabeza, una gorrita, y los días de frío, un gabán viejo con esclavina.
  • Tenía en su camarote una virgen peruana, con dos ramas de romero bendito debajo.
  • Ante esta imagen rezaba con un rosario de cuentas gruesas.
  • En El Dragón no se verificaban operaciones con el sextante.
  • Zaldumbide hacía la estima calculando el punto de situación en que se hallaba el barco, la dirección que se debía seguir según las indicaciones de la aguja náutica, y las distancias medidas con la corredera.
  • Cuando subía a la toldilla, seguido de Old Sam, el contramaestre, que refrendaba las órdenes con los silbidos del pito, se veía a un hombre sabiendo mandar.
  • El Viejo así lo creía, y hablaba con su Dragón más que con su gente.
  • La única distracción de Zaldumbide era jugar con Marí Zancos, una mona que le había regalado un capitán español.
  • Tenía dos o tres maletas con aros de hierro y cofres de latón, que, según se decía, estaban llenos de preciosidades.
  • La cámara del capitán y la del teniente se hallaban bajo cubierta y tenían ventanas con rejas.
  • Gobernaba siguiendo el rumbo con una precisión admirable.
  • Era una bitácora grande, con caperuza de cristal y dos lámparas de cobre a los lados para iluminar la rosa de noche.
  • Con los compases de Thompson y las barras de Flindrs.
  • El cuarto de Nissen, el timonel, tenía un ventanillo, desde donde podía mirar la brújula, y una trampa que comunicaba con la cámara del capitán.
  • El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro horas, dividiéndose en guardias de babor y estribor, y Tommy, el grumete, avisaba con campanadas cuando se tenían que renovar los de un lado y los de otro.
  • Para llegar a su camarote era necesario pasar por nuestra cámara, en donde dormíamos gentes de su confianza, y luego seguir por un pasillo en zig zags, forrado de hierro, con agujeros pequeños y redondos para disparar por ellos en caso de ataque.
  • Zaldumbide tenía un chicote retorcido, con el cual él mismo daba un castiguillo.
  • Cuando Zaldumbide se encontraba alegre y con ganas de pasar el rato, pegaba él mismo.
  • Cuando estaba displicente, pegaba Demóstenes el negro, un marinero que con frecuencia hacía de verdugo.
  • Yo me figuro que Zaldumbide debía quedarse con más de la mitad de la ganancia en cada expedición.
  • Cuando se metía en el camarote, pasaba el tiempo jugando con sus monedas de oro, en compañía de la mona Mari Zancos.
  • Luego os encontraréis con más dinero decía.
  • Unas horas después, en la cubierta, encontramos a un portugués vestido sólo con un pantalón y una camisa.
  • ¿Qué hacemos con este hombre?
  • Otra vez habíamos llegado a la Barbada con un cargamento de bultos de madera de ébano.
  • En seguida nos alejamos del puerto, y al día siguiente volvimos a hacer el desembarco de los fardos con perfecta tranquilidad.
  • Solía ir con mucha frecuencia, aunque hiciera frío, desnudo de medio cuerpo arriba.
  • Y cuando llegaba a un puerto se gastaba el dinero con ellas.
  • El capitán le temía y no le dejaba andar con nada delicado, porque lo rompía.
  • Dirigía a los holandeses Ryp, el cocinero de El Dragón, un hombre que tenía todo el cuerpo tatuado con la figura de los barcos en donde había servido.
  • Rompía las monedas con los dientes, y hasta rompía el cristal.
  • Cosa que él agarrara con los dientes no había manera de quitársela.
  • La tripulación, borracha, no hacía caso de los silbidos del contramaestre, y marchábamos expuestos a chocar con otro barco o con algún bajo cualquiera.
  • Era un viejo ex presidiario que no hablaba con nadie ni se mezclaba en nada.
  • Tenía bastante con sus recuerdos.
  • El y Old Sam eran los únicos a quienes el capitán pagaba con exactitud la soldada.
  • Un reloj inglés que teníamos en la cámara nos acompañaba en nuestro encierro, dando las horas con campanadas muy agudas.
  • Era un buen muchacho, grandullón, con los ojos azules y el pelo de color rojo, pesado, pero excelente persona.
  • Tenía una buena voz, pero nos aburría tocando cosas tristes con su acordeón.
  • Decía que nada era comparable con la emoción de robar.
  • Después de verificar esta bella sustracción con una maravillosa habilidad, don José llamó en casa del juez, denunció el hecho, dió una pista falsa y se fué del pueblo sin que nadie le molestara.
  • Cuando se le preguntaba si, como hombre religioso, no sentía remordimientos por este robo, decía que no, porque lo había hecho con reservas mentales y sentido un gran propósito de enmienda.
  • Pero otros decían que lo único que había hecho era teñirles la piel con una mezcla de alquitrán, sebo y nuez vómica.
  • Siempre con el sistema del Hombre del Gallo.
  • Su único amigo era un gato negro, Belzebuth, con el que andaba por todas partes llevándolo en el hombro.
  • No quería trabajar y trataba con un desprecio profundo a la marinería.
  • Zaldumbide mismo le miró a Tom con simpatía.
  • Little Tommy hacía juegos malabares con Demóstenes, el negro, y con Chim, el malayo.
  • Chim y Tommy representaban con frecuencia una parodia de Guillermo Tell.
  • Chim sabía jugar con los cuchillos con una gran habilidad.
  • Tommy se ponía delante de la puerta de la cocina con una manzana en la cabeza.
  • Le echaba humo de tabaco, le llamaba y solía poner entre los barrotes de la jaula un trozo de madera, como si fuese el dedo, y Poll, que era rencoroso, se echaba sobre él y le daba un picotazo con su pico fuerte, y cuando se encontraba que no tenía presa, se recogía, burlado y huraño, ante las carcajadas del pillo del grumete.
  • Con esta tropa salíamos de Amsterdam en mayo, pasábamos en junio a la altura de las Canarias y cruzábamos por delante de las islas de Cabo Verde.
  • A él no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque estuviese teñido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien organizado.
  • El, con el doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba los músculos y las articulaciones.
  • No los tenía a todos en la misma cámara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con mamparos.
  • ¡Qué imbéciles! ¿Cómo quiere compararse un marinero con un negro?
  • Lo reemplazo con otro en cualquier parte.
  • Con nosotros no tenían gran cosa que hacer los tiburones.
  • Después, Zaldumbide, al tenerlos en el barco, les hablaba, porque sabía algo del bantú y del mandigo, y les decía, en aquella infame algarabía negra, que les iba a llevar o un país en donde no harían más que tomar el sol y comer habichuelas con tocino.
  • No les alimentaba con mijo y manteca de palma, como los demás negreros.
  • Al revés, había negro que, salido de la prisión, al verse en el barco con cierta libertad y sin ser golpeado, consideraba al capitán como a un bienhechor.
  • Zaldumbide contaba con Tommy, que era el gracioso.
  • Luego, cuando el pequeño Tommy venía con un sombrero de copa hasta las orejas y la nariz pintada de encarnado, andando con los piernas para adentro.
  • Cuando imitaba al capitán y al doctor Cornelius, entonces los negros comenzaban a reír, enseñando los dientes y soltando la quijada hasta el punto de que Tommy solía empujarles la mandíbula con cuidado para que la cerraran.
  • Después se sacaba la bomba, que era un tonel con una piel estirada, en donde se tocaba con las manos como en un tam tam, y bailaban los negros.
  • Primero, no había siempre negros que llevar, y luego era indispensable tener mucho cuidado con la limpieza.
  • Cuando no teníamos mucho tiempo ni gran seguridad, avanzábamos sobre un banco de arena, en la marea alta, y en la baja, cuando se retiraba el agua, limpiábamos con una escoba de brezo lo que se podía.
  • Si contábamos con tiempo, buscábamos un sitio tranquilo y desierto, hasta encontrar un buen agarradero para anclas.
  • Sacábamos la ballenera y el bote, los anclábamos, los uníamos con tablones, formando una balsa, y a ésta la lastrábamos con los cañones.
  • Después, al mismo tiempo, con los cabrestantes empezábamos a estirar las amarras atadas al palo mayor y a las dos anclas, hasta conseguir que el barco se tumbase por una banda y descubriera la quilla.
  • Nosotros los vascos, en un período largo seguimos siendo los mismos, hasta que en uno de los viajes se fué Ugarte, el piloto, y lo sustituyó otro, con el mismo nombre y apellido.
  • Zaldumbide, que conocía bien a la gente, le trataba con gran consideración, y el piloto y el capitán se reemplazaban en las guardias, como iguales.
  • Al momento, el intérprete, el doctor Cornelius y Zaldumbide iban a tierra con la chalupa.
  • El Dragón entraba en el río despacio, navegando sólo con las velas triangulares del foque y alguna del palo de proa.
  • Luego le decía al piloto las brazas con que contábamos.
  • Cuando el fondo disminuía, el contramaestre subía al castillo de proa, y quedaba de guardia con el martillo en la mano, esperando la orden para dejar caer el ancla.
  • El nuevo Tristán y yo presenciamos el embarque, el primero que hicimos con este piloto.
  • Enderezamos el rumbo hacia el Cabo de Buena Esperanza, y con unos días borrascosos, luchando con la corriente del Cabo de las Agujas, pasamos al Atlántico, y tras de muchas penalidades llegamos a Angola y fondeamos en la Bahía de los Elefantes, nuestro puerto de refugio.
  • Con un cargamento tan ligero subimos hacia el norte con los alisios, teniendo que echar varias veces algunos viejos negros al mar para regalo de los tiburones, y, al pasar cerca de la isla de la Ascensión, estuvimos a pique de ser cazados por un crucero inglés.
  • El capitán y el doctor Cornelius conferenciaron con los representantes de la Compañía, y por la noche se nos anunció que zarpábamos para China.
  • Salió el bote para levar el ancla, el cabrestante comenzó a chirriar para levantarla, las velas se tendieron en los palos, y unos momentos después zarpábamos con viento fresco.
  • Podía volver a ocurrir el mismo conflicto con el agua.
  • Los marineros fueron a ver al capitán enardecidos, como locos, con los ojos inyectados, fuera de las órbitas.
  • El capitán repitió varias veces que no había agua, que se contentaran con la media ración.
  • Dicho esto se sentó cerca de la ballenera a charlar con el doctor Cornelius.
  • Lo contemplábamos con una enorme desesperación cuando vino Arraitz, uno de los nuestros, corriendo a decirnos que el chino Bernardo había abierto la escotilla de la bodega a los coolies, y que salían todos sublevados.
  • Les avisamos con un grito.
  • Pero, al llegar él solo hasta unas cubas que había delante de la cocina, uno de los marineros le tiró el cuchillo, con tal acierto, que se lo clavó en la garganta.
  • Tristán, el de la cicatriz, debía haber hecho causa común con los sublevados.
  • Frans Nissen, indiferente a todo, con una brújula pequeña de mano, seguía en la rueda del timón.
  • Vaciamos en la cubierta una damajuana llena de brandy, que sacamos de nuestra cámara, y decidimos traerla con agua.
  • Fuimos avanzando los cuatro con cautela, estudiando el camino.
  • Pasamos con grandes precauciones por delante del camaranchón de la cocina.
  • Llegamos a la bomba de proa que comunicaba con el otro aljibe, la hicimos funcionar, y trajimos diez o doce litros de agua.
  • En uno de los viajes, Burni, señalando con el cañón del rifle, nos dijo.
  • A la luz pálida del alba se veía el cadáver de Zaldumbide, colgado de una verga, balanceándose con los movimientos del barco.
  • Se lo advertimos al teniente y a Nissen, y éste, con su habitual laconismo, nos dijo.
  • Ilustración Invitamos a Tommy a venir con nosotros, pero dijo que no, que se estaba divirtiendo mucho para meterse en un rincón.
  • Poco después, el cocinero Ryp vino con la misma proposición.
  • El teniente mandó a un marinero que avisara al contramaestre, y, cuando vino éste, le dijo lo que tenía que hacer para llenar el aljibe con el agua de la lluvia.
  • Y, como no podía marcharse con facilidad por los agujeros, se formaba una ola que rodaba a derecha e izquierda, y entraba en las cámaras.
  • Vengo con Sam Cooper, el contramaestre, y con Tommy, que quieren hablar con el piloto.
  • Toda la parte de la cubierta entre el alcázar de popa y el castillo de proa estaba llena de celestes, revueltos unos con otros.
  • Chim, el malayo, estaba con los holandeses.
  • Se jugó a cara y cruz con una moneda y salieron elegidos Chim, el malayo, y Silva Coelho.
  • Los dos hombres desafiados eran fuertes, astutos y manejaban el cuchillo con habilidad.
  • Pero entonces el malayo se acercaba al portugués, hasta estrecharse con él, y le mordía en la muñeca, y el otro tenía que soltar la cabellera.
  • El malayo se inclinó sobre el herido como un chacal, y le hundió el cuchillo en el pecho, con tal fuerza, que la punta de acero se clavó en la tabla de la cubierta.
  • Al día siguiente se comenzó a limpiar la cubierta con los lampazos.
  • Salían de la bodega en grupos de treinta, con su hatillo, entraban en la ballenera y los llevábamos hasta un arenal de la playa, y cuando había una braza de fondo o algo menos, echábamos toda la chinería al agua.
  • Encontramos algunos barcos balleneros, con los que nos pusimos al habla, y nos indicaron la situación exacta en que nos encontrábamos.
  • Estaba formada por hombres harapientos, verdaderos esqueletos amarillos, con pañuelos y trapos en la cabeza.
  • Al día siguiente el vómito negro se desarrolló en El Dragón con una gran violencia.
  • De pronto, el español don José se indignó con aquella inhumanidad, y dijo que Cristo nos mandaba cuidar de los enfermos y consolar a los tristes.
  • Don José, con gran sorpresa nuestra, se metió en la enfermería a cuidar a los enfermos.
  • Tristán, el de la cicatriz, fué a ver al capitán, y le propuso que se modificaran los libros de a bordo, se cambiara el nombre del barco y nos quedáramos con él.
  • Pasamos días muy angustiosos, ateridos de frío, y estuvimos a punto de chocar con un enorme banco de hielo que venía flotando, al que tomamos al principio, entre la niebla, por un barco con las velas desplegadas.
  • El capitán consultó con el teniente y con el contramaestre.
  • Entregar El Dragón a los ingleses, que, con cualquier pretexto, nos ahorcarían, era un disparate.
  • Si el barco era sospechoso de piratería, se quedaban con la presa.
  • Doce hombres treparon con ímpetu por los palos para largar todas las velas y arrastraderas.
  • Las lonas, cuadradas y triangulares, se extendieron para coger el mayor viento, los anillos chirriaban, las vergas eran estiradas con fuerza.
  • Tristán, el de la cicatriz, propuso que contestáramos con el fuego de uno de nuestros cañones.
  • Navegábamos con una gran lentitud.
  • El navío se encontraba en aquel momento en mejor situación que nosotros, y pudo acercarse con relativa rapidez.
  • Una de las velas se rajó en dos pedazos y cayó echa un montón de pingajos, con un trozo de astilla que dió en la cabeza a uno de nuestros hombres y lo dejó muerto.
  • El de la cicatriz y Old Sam bajaron con un berbiquí, un cortafrío y un mazo a la bodega, y se les oyó golpear por dentro largo rato.
  • Ryp, el cocinero, registró los armarios de Zaldumbide y vino ayudado por dos amigos con tres cofres de latón.
  • Llegar a una de aquellas islas con cajas llenas de oro, podía parecer sospechoso.
  • Una costa baja, de arena que brillaba al sol, con alguna colina de trecho en trecho.
  • El castillo aquél era de piedra labrada y de torres con arcos.
  • Habíamos acabado esta operación, cuando se presentaron media docena de moros, sarnosos, desharrapados, armados con fusiles antiguos.
  • Nos metimos en la barca y remamos con furia hacia el centro del río.
  • Arraitz le dió a uno tal golpe en la cabeza con la culata del rifle, que los sesos saltaron por el aire.
  • Salimos de allá con la intención de coger la isla de Lanzarote.
  • A la luz de la linterna, el capitán, con la brújula, estudiaba el plano.
  • Nos fueron interrogando a todos, y todos contamos, poco más o menos, la misma historia, con los mismos detalles, haciendo lo posible para evitar nuestra responsabilidad.
  • Los demás, los marineros, fuimos tratados con poca severidad, obligados únicamente a hacer las faenas penosas.
  • Dejó de hablar el viejo y se me quedó mirando con sus ojos grises.
  • Ella no le hacía por ahora el menor caso, pero él la perseguía y la asediaba cada vez con más ahinco.
  • El barrio entero de pescadores se hallaba preocupado con tal persecución.
  • No había brisa aún, el mar estaba tranquilo, las estrellas brillaban con un gran fulgor.
  • A lo lejos brillaba con intermitencias la luz roja del Cabo Higuer.
  • De pronto la vela se agitó temblorosa, se distendió como con un latigazo.
  • Ilustración Pasamos por delante de Biarritz, con sus rocas, y comenzamos a avanzar por delante de esa línea de dunas blancas que forma la costa vasco francesa hasta llegar al promontorio pizarroso de Socoa.
  • El grumete trajo una cazuela de patatas con bacalao, y comimos todos fraternalmente.
  • Con la respiración rítmica de un buen monstruo dormido, el agua, soñolienta, reflejaba la costa con todos sus detalles en la claridad de aquella tarde perezosa y espléndida.
  • Yo miraba estas aguas sin pensamiento, con una vaga tristeza.
  • A lo lejos veíamos vagamente los pueblos y el mar, muy azul, con un azul de Prusia, cerca de la costa.
  • La languidez de la tarde había acabado con mi impaciencia.
  • Serían las cinco o cinco y media cuando el mar comenzó a rizarse con olas redondas, blandas, que fueron tomando anchura y cuerpo con rapidez.
  • El cielo, obscuro y sombrío, fue aclarándose, y la luna, amarilla, enorme, apareció por encima de un montón de nubes y comenzó a iluminar fantásticamente los acantilados negros de la costa y a brillar con reflejos y cabrilleos en las olas.
  • Salí de casa, y en la carretera me encontré con el médico viejo.
  • Está correctísimo con ella y la trata con gran consideración.
  • A pesar de las palabras del médico viejo no me tranquilicé, y, con esta tendencia que se tiene a aumentar el propio mal, le pedí informes de Machín.
  • Juan Machín se fué a Bilbao y se confundió con los holgazanes y perdidos de baja estofa que pueblan de noche el barrio de Miravilla.
  • Ya machucho, a los cuarenta años, se ha casado con una señorita rica y remilgada, pero parece que está harto de su gazmoñería.
  • Al llegar a mi casa le dije a mi madre que me casaba con Mary.
  • Por la tarde, después de comer, cuando fuí a casa de Recalde a buscar a mi novia, me encontré con Quenoveva.
  • Pero no quise discutir con Mary.
  • Fuimos Mary, la mujer de Recalde con su hijo y Genoveva con toda la chiquillería de Urbistondo.
  • Brillaban dentro las luces, resplandecían los ex votos y el barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.
  • Genoveva miraba a Agapito melancólicamente con el rabillo del ojo.
  • ¡Bravo, Shanti! ¡Bravo! me gritaban los viejos pescadores, que se acercaron a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
  • Yo, saltando pesadamente con la gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de Agapito, tan serios y tan graves, éramos un insulto a las tradiciones más veneradas del país.
  • Por eso dijo Voltaire, con razón, que el pueblo vasco es un pequeño pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos.
  • Después de cada baile, en que yo me cubría de gloria con gran risa de Mary, dábamos una vuelta por la Alameda.
  • La Cashilda dejó a su niño, el futuro antropólogo, en casa, y fuimos luego Quenoveva con Agapito, la Cashilda, Mary y yo a dar un último paseo al Rompeolas.
  • Yo necesitaba estar solo para saborear mi felicidad, y en vez de ir al casino o a mi casa, me marchaba al Rompeolas, me sentaba en el pretil con las piernas para afuera y miraba el mar a la luz de la luna o a la luz de las estrellas, retorciéndose en torbellinos furiosos.
  • ¿Con qué objeto?
  • Los dos hombres, dejándome a mí atado y con la boca tapada, cogieron cada uno un remo y, apalancando en las paredes y remando, llevaron el barco hasta las puntas.
  • Comenzamos a navegar con gran velocidad.
  • La noche estaba muy negra, el viento soplaba con furia, nubarrones obscuros se extendían por el cielo y dejaban espacios más claros, donde brillaba un grupo de estrellas.
  • Luego pensé con frialdad.
  • No sé cómo pudo atracar Machín en la roca, en aquella obscuridad, con la terrible marejada.
  • Puedes hacer reflexiones durante una temporada añadió, dirigiéndose a mí con ironía.
  • Hoy me contento con dejarte aquí para que vayas madurando tus ideas.
  • Los dos marineros se metieron en el agua, me cogieron, el uno de los hombros y el otro de los pies, y con grandes esfuerzos me subieron a una meseta de la roca y me dejaron tendido entre malezas y zarzales.
  • Lo abrí y corté la cuerda con que me habían atado los pies.
  • Ilustración No me atrevía a levantarme y a ver la extensión de roca con que contaba.
  • Me parecía que con sólo un paso me faltaría el terreno o que la peña donde descansaba estaría en una pendiente tan grande que con moverme un paso podría caerme.
  • Cuando comenzó a amanecer sentí que mi corazón se aligeraba, y mi pecho respiró con desahogo.
  • Entonces me acordé del recurso que el atalayero solía emplear para comunicarse con los pescadores a gran distancia.
  • No quería gastar los fósforos en intentar encender hierbas demasiado húmedas, y fui cortando las zarzas y los hierbajos más secos con el cortaplumas, y los puse en una concavidad de la roca resguardada del viento.
  • ¡Qué afecto más extraño debía producir desde lejos esta roca solitaria, con su penacho de humo en el aire! A ver si los que ven el humo creen que es algo diabólico y no se atreven a venir pensaba yo.
  • La misma mañana envió una carta a Mary, citándola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre.
  • El, con su dinero y su influencia, podía hacerme mucho daño.
  • Contaba con una policía espontánea que vigilaba mis pasos.
  • Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto para mí.
  • Desaté el paquete, le quité el papel, y apareció una caja de metal con su asa, y en ésta una llave sujeta por un cordón.
  • La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa.
  • A la mañana siguiente, cuando pasó Samson, el cochero, le pregunté si recordaba las señas de un hombre con una caja, que había venido en el coche el día anterior.
  • Pero no recordaba más que de un carnicero con una cesta y de una mujer con un saco.
  • Indudablemente, aquí, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la caja con la llave.
  • Garmendia mandó un recado a Zapiain, el relojero, pidiéndole un taladrador de metales, y cuando volvió el mancebo de la botica con él, nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados.
  • El duelo de Shanti Andía, y contaba mis amores con Dolorcitas en Cádiz y mi desafío con el marido, todo arreglado de tal manera, dicho con tal perfidia, que yo aparecía como un miserable completo.
  • Machín nos miró con aire sombrío, nos saludó y nos dijo.
  • Machín levantó la cabeza, asombrado del tono del médico, dispuesto, sin duda, a replicar con violencia.
  • Yo también tengo que hablar con usted dijo el doctor, con severidad.
  • V LA TEMPESTAD Unos días después, una mañana de octubre, me desperté con el ruido furioso del viento.
  • Amanecía una mañana imponente, con un temporal deshecho.
  • Recorrí el muelle luchando con las ráfagas de aire y subí al cobertizo del atalayero en el Rompeolas.
  • El viejo, con su gorra calada hasta las orejas, envuelto en el sudeste, se asomaba a una de las ventanas de la atalaya.
  • El viejo me explicó con detalles varias costumbres de pescadores, que yo ignoraba.
  • Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el fallo a votación, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos ranuras.
  • Llegaban rítmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos llenaban de agua al viejo atalayero y a mí, y salían por la escalera de piedra con un ruido de catarata.
  • Algunas veces golpeaban la pared del cobertizo de tal modo que parecía que un puño revestido por un guantelete de hierro llamaba con fuerza.
  • El atalayero, con la bocina, les mandó pararse, y, cuando vió la ocasión propicia, gritó.
  • Salté al bote, y Larragoyen, con una galantería marina, me dijo que dirigiera yo.
  • Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia.
  • Nos acercamos a las puntas, y el atalayero con la bocina nos mandó detenernos.
  • Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente cansada y anhelante, me parecía peligroso.
  • A veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del atalayero con su bocina.
  • Estábamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme estupor, vimos la goleta de Machín, que venía, saliendo de las puntas, con el foque hinchado, como un cisne fantástico, rasando el agua.
  • El pailebot salió de las puntas y dió una larga vuelta, con una rapidez inaudita.
  • Machín, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzó sobre las olas amarillas de la barra, allí donde se confundían el cielo y el mar, y pasó él y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto en la cumbre de una montaña de agua, como casi atravesándola por en medio.
  • En aquel momento los chicos de la escuela volvían de rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiración.
  • Vino con nosotros una hermana de Agapito, que estaba sirviendo en Lúzaro.
  • Yo me separé de las tres muchachas y fuí a ver al gran Urbistondo, que me explicó sus ideas acerca del sentimentalismo de las mujeres con una seriedad un tanto cómica.
  • Alguno llegó a manifestar la sospecha de si Machín no habría salido con su barco con la idea de hacernos naufragar.
  • Después se cantaron otros muchos zortzicos y luego vino un muchacho con un acordeón, que trenzaba, sin parar, la música más heterogénea.
  • Un vals se convertía en una habanera, y ésta aparecía al final con las notas de La Marsellesa o de un himno cualquiera.
  • Cuando ya no podíamos con nuestra alma, abandonamos el Guezurrechape, y nos fuimos a casa.
  • Tengo que hablar con usted me dijo.
  • Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran curiosidad.
  • Yo le contemplaba con marcada impaciencia.
  • El siguió mirándolo todo con atención.
  • Machín estuvo con ella muy amable.
  • Yo estaba inquieto con aquella visita incomprensible.
  • Entonces, ¡adiós! Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.
  • Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en la goleta.
  • Yo aun no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia considerado y mimado.
  • Al escribir esta carta se veía que Machín habla arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas.
  • Ilustración LIBRO SEXTO LA SHELE I HABLA EL MÉDICO VIEJO Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa.
  • Pasamos a un despacho con armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables.
  • ¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a ti?
  • Al principio me oía irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza.
  • Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.
  • Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
  • Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar café a Aguirreche.
  • Cuando me quieran contestaba ella con gracia.
  • Estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa pequeña galería de cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele.
  • Yo continué con mis preguntas.
  • Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?
  • ¡Para qué negarme la verdad! ¡Tú has tenido amores con él, y lo que te pasa es la consecuencia natural.
  • III LA VENTA DE LA TERNERA Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele.
  • Pero comprendí que era inútil y que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
  • Antes consultaría con Juan replicaba yo.
  • De manera decía doña Celestina con voz imperiosa que yo le doy a la Shele cuatro onzas y dos vacas.
  • ¿Con esto estamos ya conformes?
  • La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas.
  • ¡Que venga la Shele! Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
  • Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
  • Bueno, señora contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
  • Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años hubiese sabido que la Shele vivía tranquila y feliz con su marido.
  • La encontré, la primera vez que fui a visitarla, muy quebrantada y con un principio de fiebre.
  • ¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuído.
  • En el momento de darle el Viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.
  • Luego dijo, con voz iracunda.
  • Por cierto que no sé qué hacer con él.
  • LIBRO SÉPTIMO EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE I RESOLUCIÓN DESESPERADA He sido educado con una gran severidad de principios.
  • Con frecuencia teníamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del golfo de Tonkín, como con los piratas moros que pululan por aquellas latitudes, y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosos.
  • Estos praos o paraos suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que navegan a vela y a remo, y llevan varios hombres armados con fusiles.
  • La mayoría tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos praos grandes, de tres palos, que llevan una toldilla sólida con cristales y están defendidos con una porción de cañones.
  • No es fácil que un barco de comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen grandes condiciones marineras.
  • Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se retiró, ya viejo, a Sidney.
  • Tenía algún parentesco con mi madre.
  • Yo, un marino que venía de las soledades del mar de la China con gran deseo de vivir.
  • De sospecharlo, me hubiera decidido a volver y a casarme con ella, saltando por todo.
  • Cuando supe esto, me figuré que, como dice todo el mundo, las mujeres son volubles e ingratas, y pensé que la Shele me había olvidado con la ausencia.
  • Escribí a uno de los amigos de Lúzaro preguntándole lo ocurrido con ella.
  • En una me decía que la Shele se había casado, o, mejor dicho, la había casado mi madre con el hijo de Machín, un mozo estúpido y borracho, a cuyo padre habían tenido que dar dinero y tierras para permitir que su hijo se casara con la Shele, que estaba embarazada.
  • Yo le dije que a mí, por el contrario, me faltaba la vida agitada como la que llevaba en el Asia con sir Wilkins.
  • En el barco en donde yo estoy no te van a tomar con mis papeles y con mi nombre.
  • Y si tú quieres entrar en El Dragón como piloto y con mi nombre, ahora mismo le escribo al capitán, que es un paisano.
  • Dejé salir La Maríbeles, y unos días después iba a Batavia y entraba en El Dragón con una absoluta inconsciencia.
  • Me preguntó dónde había navegado, y me expuso con gran claridad todos los peligros que corría al entrar en El Dragón.
  • Me hizo observar que las dos estaban blindadas y tenían las ventanas con rejas.
  • El capitán Zaldumbide me trataba con mucha atención.
  • Lo reclamaba con todas sus fuerzas.
  • Tenía un armario forrado, donde guardaba sus riquezas, y una porción de baúles pequeños de latón, reforzados con barras de hierro.
  • Alguna vez me permití bromear acerca de sus tesoros, y él me dijo con gran sigilo.
  • Veía con desesperación el momento en que la miseria desharía su pobre hogar y llevaría a sus hermanas a aquellos antros horribles del placer barato, en donde los marinos del mundo entero se emborrachan con whisky, al lado de una mujer rubia y pintada.
  • Estos enganchadores acogen en su casa a los marinos sin empleo, les dan de comer y hasta algún dinero, y cuando viene un capitán que le falta marinería, se entiende con el enganchador, escoge sus hombres y paga las deudas con los anticipos de la soldada del marinero.
  • Poco tiempo después, Nissen, una noche regó con petróleo la cama y el cuarto del oficial y les pegó fuego.
  • Marchando por el Pacífico, hacia el sur, nos encontramos con un barco desmantelado que nos hizo señales y nos preguntó si llevábamos médico.
  • Alguno encontró en el cuarto del médico un frasco con polvos de quina.
  • Pasamos por el Cabo Deseado y el de la Desolación, con un frío muy intenso y tiempo claro.
  • Varias veces estuvimos a punto de chocar con grandes bloques de hielo que venían flotando.
  • Con tiempos horribles y borrascas salimos de la bahía de Nassau, atravesamos el Estrecho de Le Maire.
  • El puerto era un fiordo flanqueado por montañas altísimas, con rocas desnudas y siniestras.
  • Aquí pudimos reponernos, y cuando la tripulación ya se encontró con fuerzas, nos pusimos en derrota, camino de Europa.
  • Huimos en la ballenera, y creo que al cocinero y a algún otro se le ocurrió apoderarse de los cofres de Zaldumbide y llevarlos con nosotros.
  • Pero con aquella impedimenta me pareció peligroso tocar en tierra.
  • Comenzamos a navegar con rumbo al norte, hacia las Canarias.
  • Los marineros se habían entendido con unos moros para cambiarles un rifle de los que llevábamos por dos corderos.
  • Teníamos que sacar el agua con las gorras.
  • Luchamos durante dos días con la lluvia, y a la mañana del tercero vimos la isla de Lanzarote como una nube.
  • Bajamos, con las esposas en las muñecas, y nos sentamos en la barca.
  • Venía custodiándonos un oficial con varios soldados.
  • Las aguas amarillentas se confundían en la penumbra con el cielo.
  • Pasamos por delante del coronamiento de popa, que tenía tres pisos fuera del agua, con galerías y ventanas recargadas de adornos barrocos.
  • Obedecí y me dieron unos pantalones raídos, un chaleco viejo y una chaqueta con un número grande en la espalda.
  • Cuando me encontré con Allen sobre cubierta, los dos vestidos de pontoneros, nos miramos atentamente y nos dimos la mano.
  • ¡Una vida! Tenían que pasar primaveras, veranos e inviernos en aquella cárcel flotante, siempre a la vista de un mar gris, de unos pantanos llenos de fango, sin más comunicación con el mundo exterior que el ruido de las olas y el grito áspero de las gaviotas y de los patos salvajes.
  • Al amanecer, a la hora de diana, me levantaba con las ropas húmedas y el pelo mojado.
  • Cada cual buscaba el entretenimiento más en armonía con sus gustos e inclinaciones.
  • Ugarte y un marsellés nos fastidiaban con frecuencia, Ugarte era el eterno descontento.
  • Tiboulen necesitaba que se ocuparan de él con cualquier motivo, y reñía con los compañeros de prisión y dirigía mil ridiculas amenazas a los carceleros.
  • Alrededor del barco corría una galería baja, a flor de agua, con las ventanas tan próximas una a otra, que era imposible que pasara nadie ni nada por delante sin que lo vieran los centinelas.
  • Además, como flotaban otros pontones en esta entrada del mar, unos se vigilaban a otros, y varias lanchas con gente armada recorrían las proximidades de los viejos navíos, de noche.
  • Por las conversaciones de los demás compañeros, pude enterarme de que en el pontón funcionaba una logia masónica llamada Fe y Libertad, que tenía agentes para relacionarse con los presos de los demás pontones, y no sólo con los presos, sino también con algunos oficiales de la guarnición.
  • Guardaba los trozos de tocino que daban en el rancho, les ponía una mecha con un poco de estopa y me servían para alumbrarme.
  • Un marinero holandés de la tripulación de El Especulador, un barco pirata que dió mucho que hablar en su tiempo, entabló negociaciones con él, y se comprometió a cederle una mina después de terminada.
  • Ugarte comenzó a mostrarse más dócil con la esperanza de la fuga.
  • De aquí había que subir a la toldilla, que ocupaba casi la mitad posterior del barco, descolgarnos por las galerías de la cámara del comandante con una cuerda, y echarnos al mar.
  • Era en invierno, y quedamos los tres convenidos en permanecer con la cabeza tapada, como si tuviéramos frío.
  • Ibamos labrando por la noche cuatro ranuras en forma de cuadro, que al terminar el trabajo se cubrían con alquitrán.
  • Cuando estuvo acabado, Allen se sentó varias veces en la parte de afuera de la pared agujereada por nosotros a tocar el acordeón, y con el dedo untado en alquitrán fué tapando las rendijas que podían verse.
  • Aceptada la idea, decidimos fabricarlas con unas tablas finas.
  • No se desconfió de la petición, y Allen hizo seis tablas delgadas, aunque bastante resistentes, que guardaba con autorización de un vigilante en la toldilla de popa.
  • Estas tablas tenían pie y medio de ancho por tres de largo, y llevaban en medio agujeros disimulados con cera para sujetarlas a los pies.
  • En esto, un sábado, pocos días después de Reyes, Allen vio en la costa, a gran distancia, con un catalejo de uno de los pontoneros, un botecillo atado a una punta, sin duda dejado por algún cazador de patos salvajes.
  • Después, era la costumbre que volviese el master con algunos guardianes y mirase si todos estábamos en nuestras hamacas.
  • Pasada la lista, nos desnudamos Allen, Ugarte y yo, e hicimos líos con la ropa y los envolvimos en la tela impermeable.
  • Dejamos las gorras poco más o menos como los demás días, y cuando entró el master nos echamos en el suelo los tres, abrimos el boquete, pasamos primero los fardeles con las ropas y luego nosotros, como por una gatera, y salimos a cubierta.
  • Comencé a frotarme con aquello, y él me embadurnó la espalda.
  • Con esta capa de grasa desapareció el frío.
  • Allen corrió por la toldilla y vino al poco rato, deslizándose con nuestras sandalias de madera.
  • A los lados de la popa del pontón, en las aristas, había chaflanes con vidrieras llenas de adornos barrocos.
  • Ugarte se fué con decisión a una de las aristas del chaflán de popa, y clavó con fuerza una de las limas en la juntura.
  • Debajo, todavía estaba la galería inferior con sus centinelas, pero en esta parte de popa era donde había menos vigilancia.
  • Ugarte comenzó a nadar con brío.
  • Nos sustituímos llevando el fajo de tablas, que nos servía para nadar con menos fatiga.
  • Y cayendo y levantándonos, con barro hasta la coronilla, llegamos a tocar tierra firme en una punta arenosa.
  • Si vierais lo ridículos que estáis con ese caparazón de barro, negro como el de un cangrejo, no os pondríais a reñir.
  • Nos lavamos lo mejor que pudimos, frotándonos con manojos de hierbas para quitarnos la capa de grasa y barro que nos cubría, y nos pusimos la ropa.
  • El bote estaba atado con una cadena.
  • Tardábamos mucho, Ugarte, siempre impaciente, bnscó una piedra, vino con ella, y dio tal golpe en el candado, que lo hizo saltar.
  • Cuando les hice observar esto, Ugarte y Allen se sacaron la chaqueta y con la punta de la lima quitaron los infamantes números.
  • El país que se nos presentaba ante la vista era una tierra desolada, con colinas bajas y pantanos cerca de la costa.
  • Fuimos arrancándolas con la punta de la lima, y esto nos sirvió de comida para todo el día.
  • No quisimos entrar en el pueblecito con aquellas trazas, y subimos por el arenal, y escalando unas dunas, sin que nos viera nadie, nos metimos en el cementerio de la aldea, y tendidos entre dos sepulcros, resguardados del viento, pudimos descansar y dormir.
  • El viento frío soplaba con fuerza.
  • Pasamos por delante de una casita pobre con dos ventanas iluminadas.
  • Y entró y volvió al poco rato con un pan y un trozo de cecina.
  • Por la mañana, raspamos el nombre del barco, que se llamaba Betty, y le bautizamos con el de Rosa, de la matrícula de Bangor, el pueblo de Allen.
  • La mañana del miércoles nos encontrábamos ya a bastante distancia del pontón para no temer que diesen con nosotros.
  • Luchamos con vientos fuertes durante tres días.
  • Allen iría a la aldea próxima con los cuatro o cinco chelines que nos quedaban para ver si podía agenciarse víveres.
  • Con tal de que no sean ingleses, los acepto.
  • Después pensamos en lo que haríamos con el queche.
  • Esperó, con grandes protestas.
  • Con el primer dinero que tuve compré una chaqueta, un morral y unas botas grandes con polainas.
  • Ugarte, cuando se vio con su traje nuevo, dijo que teníamos que marcharnos.
  • Yo hubiese preferido ir con Allen y dejar a Ugarte.
  • Los árboles se despojaban de sus hojas rojizas y amarillas, cubriendo el campo con ellas.
  • Con ellos llegamos a una venta del camino que se llamaba la Campana Azul.
  • Si veía algo que consideraba peligroso, en la primera casa marcaba una cruz con carbón.
  • La posada era una casita pequeña, retirada de la carretera, con un arco en medio, sobre el cual se balanceaba una muestra que representaba un delfín de colores chillones.
  • Un viejo loco que vive con su hija.
  • La casa de Sandow era un viejo castillo guarnecido con una torre cuadrada de piedra gris, cubierta de hiedras.
  • Subimos por la antigua escalera, hasta llegar a un salón con cierto aire entre abandonado y señorial, un cuarto sin luz, húmedo y frío.
  • El capitán Sandow era un viejo flaco y cetrino, con barba blanca.
  • Su hija, una muchacha delgada y muy pálida, con el pelo negro y los ojos azules.
  • Le escuchamos atentamente, nos invitó a cenar, cenamos con él y, al retirarnos, nos dijo.
  • Había que marchar con cuidado por los escalones húmedos, resbaladizos y rotos, y bajar la cabeza para no tropezar.
  • El jardín era un jardín abandonado, con un estanque misterioso y sombrío, a cuyas orillas los chopos, desprendiéndose de sus hojas, durante años rodearon de láminas de plata.
  • Era éste un cuarto fantástico, grande, con el techo artesonado, abierto en muchas partes.
  • Por una puerta de cuarterones, apolillada, con la cerradura roñosa, se salía a una galería llena de nidos de murciélagos y de golondrinas.
  • Al final había una bóveda con ventanas pequeñas en las gruesas paredes.
  • Yo encontraba a la hija del capitán cierto parecido con Diana Vernon, aunque Ana Sandow era más melancólica que la heroína de Walter Scott.
  • Ana vivía a merced de los caprichos de su padre, viejo loco y egoísta, que no la dejaba hablar con nadie.
  • El viejo capitán no quería que su hija se casara ni que tuviera amistades con nadie.
  • Por este motivo se había encerrado en aquel castillo, amenazando con la expulsión a los criados si dejaban entrar personas extrañas a la casa.
  • Ugarte vio que la señorita de la casa me manifestaba simpatía, y, llevado por uno de sus movimientos de rabia y de envidia, escribió al capitán Sandow, diciéndole que yo iba entablando amistades con su hija, que los tres éramos piratas, que veníamos escapados de los pontones.
  • No sé qué quieres decir con eso murmuró Ugarte.
  • Para no tener relación el uno con el otro, Ugarte me hablaba en castellano y Allen en inglés.
  • Era una choza, con las paredes y el tejado cubiertos por completo de hiedra, con dos ventanas con cortinillas rojas, iluminadas por la luz interior.
  • Parecía aquella cabaña la cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con sus dos ojos encarnados.
  • Ya tanto me dijo y me insultó, que le pregunté con sorna.
  • Y en el paroxismo de la cólera empezó a insultarme con furia, a decirme que estaba deseando que me muriera, porque era su bestia negra.
  • Después Allen, como loco, siguió golpeando el cadáver, la mesa, con una furia de elefante herido, hasta que rompió el banco y se quedó con un trozo de madera en la mano, contemplándolo como un sonámbulo que despierta.
  • El viento contrario me impedía avanzar, un viento húmedo cargado con efluvios de mar.
  • La primera que encontré fue una que tenía una enseña con un caballo.
  • Le dije que sí, me llevó a un cuarto, y vino poco después, con un gran calentador, a templar la cama.
  • Me desperté antes del amanecer con un sobresalto.
  • Encontrándome solo, sin la compañía de Allen y de Ugarte, me sentía más enérgico y con mayor miedo de ser preso.
  • Hablé con el capitán para que me llevara, y tuve que vencer su resistencia.
  • Hicimos un viaje horrible, con tiempo malísimo y mar borrascoso.
  • El capitán, sin duda, no tenía por costumbre ocuparse del barco, y se metió en su camarote a intoxicarse con whisky.
  • A la hora, apareció borracho, con la nariz roja y balbuceando, y en vista del temporal, intentó cambiar de rumbo y marchar a refugiarse a Inglaterra.
  • El muerto aparecía con el nombre de Juan de Aguirre, y yo, de quien se ignoraba el paradero, como Tristán de Ugarte.
  • Como toda esta zona francesa de Normandfa y de Bretaña tiene su principal comercio con Inglaterra, y a mí no me convenían los aires de la pérfida Albión, tardé mucho en encontrar empleo, hasta que lo hallé en un almacén del Havre.
  • El capitán Sandow estaba cada vez más brutal y más despótico con su hija.
  • Allen se concertó con ella, y un día, con gran asombro por mi parte, les vi a los dos venir hacia mi casa.
  • Mi vida con Ana hubiera sido feliz.
  • Cuando ella murió me decidí a dejar Francia y a volver a Lúzaro con mi hija y con Allen, que no quería separarse de mí.
  • Bajaron de las diligencias, entraron en la cocina de la posada, y, mientras cenaban, preguntaron con gran interés por don Santiago Andía.
  • El otro, sonriendo con una sonrisa insinuante, me dijo en castellano, con acento andaluz.
  • Sí, señor, con mucho gusto.
  • Aquí alquilamos una goleta, con tripulación y todo, y nos dirigimos al río Nun.
  • Dejamos el bote atado a un árbol de la orilla, y escondiéndonos entre las peñas con grandes precauciones, subimos el cerro, hasta llegar al castillo arruinado.
  • No nos habíamos topado con nadie.
  • Estábamos Smiles y yo mirándole con ansia, cuando vimos que dos hombres blancos se arrastraban por detrás de un muro a observar lo que hacía Allen.
  • Ambos llevaban más de un año buscando el tesoro, pero no daban con él.
  • Renegaron de su religión, y, convertidos al mahometismo, se casaron con moras, y eran los jefes de un aduar establecido en un pequeño oasis con unos cuantos pozos salobres, un bosquecillo de palmeras y acacias espinosas y arganes.
  • Era éste un conjunto de cabañas miserables, hechas con palos, piedras y barro, cubiertas unas con hierbas y otras con un tejido especial formado por pelo de camello o de cabra.
  • Aquellos bigardos se pasaban la vida con un fusil al hombro, charlando.
  • Los moros nos hubieran hecho pedazos con mucho gusto, pero Ryp nos protegió.
  • Entonces quiso pactar con él y convinieron en que, si Allen encontraba los cofres enterrados, se hicieran dos partes.
  • ¿Quieres que te diga dónde está el tesoro, para quedarte con él y luego matarme?
  • Nosotros, Smiles y yo, le decíamos que se entendiera con Ryp.
  • Yo, por mi parte, estaba deseando salir de allí, aunque fuera con las manos vacías.
  • Smiles y yo echamos a correr, temiendo que siguieran con nosotros.
  • Nos guarecimos los dos en una grieta de la arena y estuvimos así escondidos horas y horas, con el oído atento.
  • No habiendo encontrado el tesoro, nos buscarían con más ahinco.
  • ¿Con qué objeto?
  • Efectivamente, la luna salió, iluminando la playa con una fuerza tal que se veían todos los montículos y piedras.
  • Después vimos a la luz de la luna que el barco se acercaba a nosotros con las velas desplegadas.
  • Yo pensaba que con la relación de nuestras fatigas y con la muerte de Allen, la familia de mi novia se habría curado del deseo de encontrar tesoros, pero fue todo lo contrario.
  • Fuimos al Nun con una tropa de quince hombres armados.
  • Me repugnaba quedarme con ellas.
  • Hoy, con sus cincuenta años y los cabellos grises, me parece más encantadora que nunca.
  • Le gusta estar siempre en la cocina hablando con las muchachas y con mis hijas, echando leña al fuego y murmurando contra mi mujer.
  • Muchas mañanas, con el buen tiempo, me levanto muy temprano y sigo el camino abandonado, escuchando el rumor de los campos.
  • Yo le solía escuchar con las lágrimas en los ojos.
  • Allí cuento yo mis aventuras, y las adorno con detalles sacados de mi imaginación.
  • ¡Oh, gallardas arboladuras! ¡Velas blancas, muy blancas! ¡Fragatas airosas, con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer, que ya no os volveré a ver más! Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos.
  • Esta muralla sigue a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al río se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del ábside fuera de su recinto, y después escala una altura y envuelve la ciudad por el Sur.
  • Hay todavía, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y espadañas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y románticas arboledas, malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas.
  • Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupación de casas decrépitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las circunda.
  • La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su barandado de hierro.
  • Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus constelaciones de flores pequeñas y simples las almenas, las aspilleras y los matacanes.
  • Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad, con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros de las huertas.
  • En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo posteriormente, no se sabe con qué objeto, un arco de medio punto.
  • La ciudadela sombría, envuelta entre grandes árboles, prolongada después por el pueblo con sus muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y guerrero.
  • Las dos filas de casas bañadas por el río son casas viejas con galerías y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar, ristras de ajos y de pimientos.
  • Esta es una encrucijada lóbrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su gran portón coronado por el escudo de la villa, y por un caserón enorme en cuyo bajo se halla instalado el almacén de Azpillaga.
  • Y en las ventanas, que hacen de escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de pesca, con su corcho rojo y sus cañas, redes sujetas a un mango, marcos de hojadelata, santos de yeso y de latón y estampas viejas, sucias por las moscas.
  • A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire clerical, unas mangas azules y su boina.
  • Los labradores, por la mañana, salen al campo con sus yuntas.
  • Después, en un prado anejo a la Ciudadela y del cual se había apoderado la villa, iba el tamborilero y la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que el toque del Ángelus terminaba con la zambra y los campesinos volvían a sus casas después de hacer una estación en la taberna.
  • A la izquierda del camino, antes de la muralla, había hace años un caserío viejo, medio derruído, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la piedra arenisca de sus paredes desgastada por la acción de la humedad y del aire.
  • Vivió en esa obscuridad psicológica normal entre la gente del campo, y pasó de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta inconsciencia.
  • Al morir su marido, quedó con dos hijos Martín y una niña menor, llamada Ignacia.
  • No sabía de ella más si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las paredes, lo cual no le animaba a entrar.
  • Así que cuando algunos chiquillos de los caseríos de extramuros entraban en la calle y comenzaban a pedradas con los ciudadanos, Martín era de los más encarnizados en el combate.
  • Nadie se ocupaba de él, no compartía con los demás chicos la escuela y huroneaba por todas partes.
  • Su abandono le obligaba a formarse sus ideas espontáneamente y a templar la osadía con la prudencia.
  • Un día, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia rica que dejaba por limosna el caserío a la madre de Martín, señalándole con el dedo, gritó.
  • Ohando contestó con un puñetazo, se agarraron los dos y cayeron al suelo, se dieron de trompicones, pero Martín, más fuerte, tumbaba siempre al contrario.
  • ¡De dónde ha salido este chico así! decía, y experimentaba al pensar en él un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el asombro y la desesperación de la gallina, cuando empolla huevos de pato y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando valientemente.
  • Marqués era el perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto con las ideas, preocupaciones y mañas de su amo, que era como él.
  • A pesar de su título aristocrático, Marqués, no simpatizaba ni con el clero ni con la nobleza.
  • Sin embargo, Tellagorri dió con la vereda para escalar aquel rincón y, en este sitio recóndito y soleado, puso una verdadera plantación de tabaco, cuyas hojas secas vendía al tabernero Arcale.
  • Sabía pescar al martillo, procedimiento que se reduce a golpear algunas losas del fondo del río y luego a levantarlas, con lo que quedan las truchas que han estado debajo inmóviles y aletargadas.
  • Decía que nada gustaba tanto a las nutrias como un periódico con buenas noticias, y aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del río, estos animales salen a leerlo.
  • Para Tellagorri, los perros si no hablaban era porque no querían, pero él los consideraba con tanta inteligencia como una persona.
  • Yo le saludo con más respeto a un perro de aguas, que al señor párroco.
  • Cuando no tenían, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con Marquesch al monte.
  • ¡Viejo cochino! ¡Cobarde! Marqués contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecía una quejumbrosa protesta, movía la cola como un péndulo y se ponía a andar en zig zag, olfateando por todas partes.
  • Martín se divertía muchísimo con estos espectáculos.
  • El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los enrojecía y los coloreaba con un tono de cobre.
  • Cerca del pueblo, algunos pescadores de caña, se pasaban la tarde sentados en la orilla y las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el río, sacudían las ropas y cantaban.
  • No se reunía con ellos.
  • Era, al mismo tiempo, posada y taberna con honores de club, pues allí por la noche se reunían varios vecinos de la calle y algunos campesinos a hablar y a discutir y los domingos a emborracharse.
  • A un lado estaba la taberna, con mesas de pino largas que podían levantarse y sujetarse a la pared, y en el fondo la cocina.
  • Tenía cuentas complicadas con todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y los días de fiesta añadía a sus oficios el de cocinero.
  • Y hacía, al decir esto Tellagorri, una reverencia cómica, y continuaa con voz gangosa.
  • Tenía además este jardín, en el lado que se unía con la huerta, un bosquecillo de lilas y saúcos.
  • Se veían esculpidos en él dos lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el fondo.
  • En el lenguaje heráldico, el lobo indica encarnizamiento con los enemigos.
  • A juzgar por el blasón de los Ohandos, estos eran de una familia antigua, feroz con los enemigos.
  • Tenía una gran galería de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado negro.
  • Enfrente se erguía un monte de dos mil pies, según el mapa de la provincia, con algunos caseríos en la parte baja, y en la alta, desnudo de vegetación, y sólo cubierto a trechos por encinas y carrascas.
  • Por un lado, el jardín se continuaba con una magnífica huerta en declive, orientada al mediodía.
  • Cuando iba a la escuela con su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia, todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demás chicas querían siempre andar con ella y decían que, a pesar de su posición privilegiada, no era nada orgullosa.
  • No hables con ese ladrón.
  • Los Ohandos eran dueños de un jardín próximo al río, con grandes magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas.
  • Cuando Catalina solía ir allí con la criada a coger flores, Martín las seguía muchas veces y se quedaba a la entrada del seto.
  • Llevaba cada una un cestito de flores, hacían una escobilla con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lápidas en donde estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con rosas y con azucenas.
  • Si no eres tonto tú, te casarás con ella replicaba Tellagorri.
  • Uno de los vecinos que con más frecuencia paseaba por la acera de la muralla era un señor viejo, llamado don Fermín Soraberri.
  • Durante muchísimos años, don Fermín desempeñó el cargo de secretario del Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retiró, cuando su hija se casó con un labrador de buena posición.
  • El señor don Fermín Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con los párpados edematosos y la cara hinchada.
  • Solía llevar una gorrita con dos cintas colgantes por detrás, una esclavina azul y zapatillas.
  • Y el señor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes ojos turbios, y decía.
  • Casi todos los días el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los árboles frutales.
  • Al comenzar a verle acompañado de Martín, el señor Soraberri se extrañó y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y reblandecido.
  • Al último le dijo, con su majestuosa lentitud.
  • Tellagorri dijo que iría y, efectivamente, al día siguiente, pensando que quizá lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se presentó con Martín en su casa.
  • Encargó a su hija que trajese un vaso de vino para Tellagorri, entró él en su despacho y volvió poco después con unos papeles viejos en la mano.
  • Leído esto, Soraberri tosió, escupió y comenzó esta relación con gran solemnidad.
  • E dícese que la causa della foe sobre envidia é a cual valía mas, é ficieron muchos malheficios é los de Zalacaín quemaron vivo al senyor de Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo é porque no dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martín López de Zalacaín, home muy andariego.
  • Como vos sabedes yo so contado aquí por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas en toda esta tierra y paresce que los d Ohando a vos han traído por la mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la pelea peleada con lealtad en el Somo é como el cuibdaba matar a mi, yo a el.
  • En esta sazon venya dicho Martín López encima de su cavallo como esforzado cavallero é antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe ferido de una saeta que le entró por un ojo é cayo muertto del cavallo en medio del prado.
  • Soraberri recomendó eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzó a contar una historia, precisamente ocurrida en Oñate, pero al ir a especificar los que habían intervenido en su historia, se le olvidó la especie, y lo sintió, verdaderamente lo sintió, porque, según dijo, tenía la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, además, muy digno de mención.
  • Trabó inmediatamente conversación con el jefe de la caravana, y después de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era francés y domador de fieras, Tellagorri se lo llevó a la taberna de Arcale.
  • Martín se enteró también de la llegada de los domadores con sus fieras enjauladas, y a la mañana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo fué dirigirse al prado de Santa Ana.
  • Sólo una niña de pocos meses quedó en la carreta choza jugando con un perro.
  • Era sombrío, joven, con aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote alargado en las puntas por una especie de patillas pequeñas y la expresión de maldad siniestra y repulsiva.
  • El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazó con una cuerda un círculo en la tierra y en el centro plantó un palo grande, de cuya punta partían varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en el suelo.
  • Le indicó éste que había una en la taberna de Arcale, la sacaron de allí y con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campaña de forma cónica.
  • Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron dejando entre ellos un espacio que servía de puerta al circo, y encima y a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados.
  • Uno representaba varios perros lanzándose sobre un oso, el otro una lucha entre un león y un búfalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a un tigre que les esperaba en la rama de un árbol como si fuera un jilguero.
  • A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una campanilla.
  • Este ruido cesó a una señal imperiosa del domador, que con su instrumento de viento en el brazo izquierdo se acercó a una escalera de mano próxima a la entrada, subió dos o tres peldaños, tomó una varita y señalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo con voz enfática.
  • Verán ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros que saltan sobre él y acaban por sujetarle.
  • ¡Adelante, señores! ¡Adelante! Y volvió a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el viejo ayudante redoblaba en el tambor.
  • Martín presenció todas estas maniobras con una curiosidad creciente, hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenía dinero.
  • Se tendió en el suelo y estaba así con la cara junto a la tierra cuando se le acercó la chica haraposa del domador que tocaba la campanilla a la puerta.
  • Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas, había diez o doce perros flacos y sarnosos.
  • Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la cabeza protegida por una cubierta de cuero.
  • El domador obligó a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta.
  • Tras de éste soltó otro perro y luego otro y otro, con lo cual el público se comenzó a cansar.
  • Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenían que morderles la cola.
  • El domador era un verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso babeaba y gemía con unos gemidos ahogados.
  • Lo que siguió fué más agradable, la mujer del domador, vestida con un traje de lentejuelas, entró en la jaula del león, jugó con él, le hizo saltar y ponerse de pie, y después Linda dió dos o tres volatines y vino con un monillo vestido de rojo a quien obligó a hacer ejercicios acrobáticos.
  • El domador le contemplaba con una sonrisa feroz.
  • Martín, al poco rato, volvió con la boina llena de cerezas.
  • La Linda las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presentó el domador de nuevo.
  • No, no te escapes dijo el domador con una sonrisa que quería ser amable.
  • Luego, el hombre le preguntó quién era, y él al saber su parentesco con Tellagorri, le dijo.
  • El número sensacional era la lucha de la Linda con el oso.
  • La chiquilla se presentó desnuda de medio cuerpo arriba y con unos pantalones de percal rojo.
  • Linda se abrazó al oso y hacía que luchaba con él, pero el domador tiraba a cada paso de una cuerda atada a la nariz del plantigrado.
  • Viendo semejante fracaso el domador, poseído de una rabiosa furia, entró en la jaula, mandó salir a la mujer y empezó a latigazos con el león.
  • El viejo ayudante metió, por entre los barrotes de la jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con tan poca fortuna, que la palanca se enganchó en las ropas del domador y en vez de protegerle le inmovilizó y le dejó entregado a la fiera.
  • Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de ellas, una vieja de un caserío lejano que hacía diez años que no había estado en Urbia, la otra, la madre de Martín, que además de las magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada, según dijo el médico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido al choque de la bala disparada por una persona desconocida.
  • CAPÍTULO VII CÓMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS A la muerte de la madre de Martín, Tellagorri, con gran asombro del pueblo, recogió a sus sobrinos y se los llevó a su casa.
  • La señora de Ohando dijo que era una lástima que aquellos niños fuesen a vivir con un hombre desalmado, sin religión y sin costumbres, capaz de decir que saludaba con más respeto a un perro de aguas que al señor párroco.
  • Martín frecuentó la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que sacar Tellagorri antes del año porque se pegaba con todos los chicos y hasta quiso zurrar al pasante.
  • Se jactaba de ser un poco bárbaro y vestía un tanto majo, con la elegancia garbosa de los antiguos postillones.
  • La señora de Ohando y Catalina se los hacían con mucha frecuencia, y le recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces alhajas.
  • Zalacaín fué a Francia y volvió a pie, por la parte de Navarra, con un vecino de Larrau.
  • Cuando Martín volvió triunfante, muerto de fatiga y con sus dos jabalíes, el pueblo entero le consideró como un héroe.
  • ¿Y qué tiene que ver ese López con tu sobrino?
  • Pero Tellagorri, con tal procedimiento de abstinencia, languidecía y se iba poniendo triste.
  • Éste le dió la razón al borracho, y no sólo le recomendó que bebiera todos los días un poco de aguardiente, sino que le recetó una medicina hecha con ron.
  • No abandones a tu hermana, ten cuidado con ella.
  • Ni con los blancos, ni con los negros.
  • ¡Al comercio, Martín! ¡Al comercio! Venderás a los liberales y a los carlistas, harás tu pacotilla y te casarás con la chica de Ohando.
  • Cuando yo me muera, registra mi jergón y encontrarás en esta punta de la izquierda un calcetín con unas monedas de oro.
  • Con el motivo de ver a su hermana, Martín fué varias veces a casa de Ohando y habló con Catalina y doña Águeda.
  • Pronto notó Martín que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos más había aumentado que disminuído.
  • Zalacaín sonreía, y Bautista le miraba con cierto mal disimulado pánico.
  • Al principio, el Cacho se defendía bien y remataba el juego con golpes furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzó a hacer faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualó.
  • El Cacho se tiraba contra la pelota con ira, hacía una falta y se indignaba.
  • Pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y echaba la culpa de todo a su zaguero.
  • ¡Eso es! El juego terminó con el triunfo completo de Zalacaín y de Urbide.
  • Carlos Ohando se acerco a Martín, y le dijo con mal ceño.
  • Había dejado su oficio de cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.
  • Un día, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fué a buscarle y le contó que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos, el señorito de Ohando.
  • Si doña Águeda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el escándalo dejaría a la muchacha en una mala situación.
  • Había visto al vasco francés muchas veces bailando con la Ignacia y creía que tenía alguna inclinación por ella.
  • Te escucho dijo el francés mientras maniobraba con la pala.
  • ¿Te casarías con ella?
  • La Ignacia negó los rumores que habían llegado hasta su hermano, pero al último confesó que Carlos la pretendía, pero con buen fin.
  • ¡Con buen fin! exclamó Zalacaín.
  • La Ignacia se echó a llorar, pero cuando Martín le dijo que Bautista se quería casar con ella y que tenía dinero, se secaron pronto sus lágrimas.
  • La idea del casamiento con Bautista no soló consoló a la muchacha, sino que pareció ofrecerle un halagador porvenir.
  • Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con gran entusiasmo.
  • Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, con alguien que se encontraba en la huerta.
  • Cuando Carlos comprendió que era con Martín con quien hablaba, sintió un dolor agudísimo y una impresión sofocante de ira.
  • Martín le había impedido conquistar a la Ignacia y deshonraba, además, a los Ohandos siendo el novio de su hermana, hablando con ella de noche.
  • Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto lógico, natural.
  • Se cerró la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento Carlos se llevó la mano a la frente y pensó con rabia en la magnífica ocasión perdida.
  • ¡Qué soberbio instante para concluir con aquel hombre que le estorbaba! ¡Un tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no crecería más, no ambicionaría más, no intentaría salir de su clase.
  • Al día siguiente, Carlos buscó una escopeta de dos cañones de su padre, la encontró, la limpió a escondidas y la cargó con perdigones loberos.
  • Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era difícil hacer puntería de noche, optó por los perdigones gruesos.
  • Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se acentuó de tal manera, que doña Águeda, para evitar agrias disputas, envió de nuevo a Carlos a Oñate y ella se dedicó a vigilar a su hija.
  • Lo mismo Capistun que Martín, tenían como punto de descanso el pueblo de Zaro, próximo a San Juan del Pie del Puerto, donde vivía la Ignacia con Bautista.
  • ¡Firmes! ¡Siempre firmes! Y hacía lo necesario en aquel momento con decisión.
  • Y en los coches de Elizondo, por los Alduides, por San Estéban de Baigorri, por Añoa, viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes é insignias de mando.
  • Generalmente, Martín y Capistun se entendían con el de Bayona, pero algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau.
  • Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos, Carlos Quirlis, queriéndole traer aquí.) Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz y sangrienta, en Madrid, políticos y oradores se dedicaban con fruición a los bellos ejercicios de la retórica.
  • Martín quería hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompañaron.
  • Martín contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y ésta le facilitaba el poder hablar con Catalina.
  • ¡Abaco el extranquero! Zalacaín pensaba en el giro que tomaría aquella guerra así iniciada y en lo que podría influir en sus amores con Catalina.
  • CAPÍTULO II CÓMO MARTÍN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magníficas mulas cargadas con grandes fardos.
  • Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar.
  • Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras quedaba Capistun con ellas, Martín y Bautista se echaron uno a un lado y el otro al otro, para ver si encontraban cerca algún refugio, cabaña o choza de pastor.
  • Martín empujó la puerta, sujeta con un clavo, y entró dentro del chozo.
  • Bautista fabricó en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel rincón.
  • Capistun llevaba una calabaza llena de aguardiente de Armagnac y, mezclándolo con agua que calentaron, bebieron los tres.
  • El propietario de Saint Palais con el barón Lesbas d Armagnac, de Mauleon.
  • Y como de allí, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para reinar en España y en Francia, soñaban con que Carlos VII triunfaría en España, acabaría con la maldita República Francesa, daría fueros a Navarra, que sería el centro del mundo y, además, restablecería el poder político del Papa en Roma.
  • ¡Qué emociones debían de ser aquéllas! Y Bautista y Martín soñaban con el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos húmedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca.
  • Que tú y yo robamos con el libro de cuentas.
  • Entre robar en el camino, o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino.
  • Para mí las ciudades están hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes dijo Martín con violencia.
  • Decidieron como más práctico que Capistun, con las cuatro mulas, se volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde habían pasado la noche.
  • Bautista y Martín sabían la reputación del Cura y su enemistad con algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por allí las gentes del ensotanado cabecilla.
  • A un lado de la chimenea, había un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de plata.
  • Aquel orden parecía algo absurdo y extraordinario, contrastado con la agitación exterior.
  • Catalina, llorando, contó que su madre estaba muy enferma, su hermano se había ido con los carlistas y a ella querían meterla en un convento.
  • ¡Catalina! ¡Catalina! ¿Con quién hablas?
  • Zalacaín la contempló absorto y luego abrió la puerta de la casa, la cerró despacio y, al encontrarse en la calle, se vió con un espectáculo inesperado.
  • Bautista discutía a gritos con tres hombres armados, que no parecían tener para él muy buenas disposiciones.
  • Con su rápido instinto de comprender la situación, Martín se dió cuenta de que no había más remedio que someterse y dijo a Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad.
  • El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme destrozado y una pipa de barro en la boca.
  • Cuando estuvieron las dos víctimas atadas y con las espaldas desnudas, el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remangó el brazo y cogió una vara.
  • El otro, el antiguo lugarteniente del Cura, calló y comenzó a recibir los palos con un estoicismo siniestro.
  • Luschía se puso a hablar con Zalacaín.
  • El hombre oía y, de cuando en cuando, volviéndose al ejecutor de sus órdenes, decía con voz gangosa.
  • Casi todos llevaban traje negro, boina azul pequeña y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de carnero, que les envolvían las piernas.
  • Su apodo procedía de su oficio de capataz de los que dan la señal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina.
  • Gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo corto, un pañuelo en el cuello, un chaquetón negro con todos los botones abrochados y un garrote entre las piernas.
  • ¿Con qué comité os entendíais?
  • Con Bayona.
  • Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari y conocido también por el mote de el Estudiante, que formaba parte de la partida, recordó la canción de Vilinch, que se llama la Canción del Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragón, tuvo que cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla.
  • Se abrió la puerta y entró un viejo mendigo envuelto en una anguarina parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo.
  • ¿O es que tú crees que su hipóstasis es consustancial con la hipóstasis del Padre o la del Hijo?
  • Los dos comenzaron con el estribillo.
  • Dantchari hablaba en castellano con esa pedantería clásica de los curas y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de cuando en cuando alguna palabra en latín entre personas que ignoran en absoluto este idioma.
  • Su madre le preparó ropa limpia y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía y que fuera prudente, pues la colocación podía ser un modus vivendi para él.
  • Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
  • Joshé, muy extrañado con tal exabrupto, fué al cuarto del chico, donde dió su primera lección de solfeo.
  • A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las hermanas y quiso alegrarles un poco.
  • Lo primero que se le ocurrió a Cracasch, un día que se le figuró que ya tenía confianza con la familia de Arizmendi, fué, a los postres, imitar el ruido del tren.
  • Joshé creía que, cuando él se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia rompería a reir a carcajadas, pero fué todo lo contrario, porque el señor Arizmendi, mirándole con ojos terribles, le dijo.
  • Un día, apareció a dar la lección con la cara pintada con varios lunares y no hizo efecto.
  • El chico no se anduvo en retóricas y el domingo de Carnaval tomó los mejores trajes que encontró y fué con ellos a la confitería.
  • Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su discípulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de golpes.
  • Joshé recordó a Arizmendi que tenía dentadura postiza, a su mujer que se ponía añadidos y a la hija mayor el novio con quien había reñido, y después de otra porción de cosas igualmente oportunas se marcharon las dos máscaras dando brincos.
  • De pronto, se le acercó Arizmendi y con voz más que severa, iracunda, en un terrible ab irato, le dijo.
  • Cuando no se sabe portarse como una persona, no se debe alternar con los demás.
  • Se encerró en su casa y empezó a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi y en la voz suave y la eloquendi suavitatem con que le saludaba por las mañanas cuando le decía.
  • Joshé veía que la muchacha le miraba con buenos ojos.
  • Necesitaba respirar, tomar aire y salió de Tolosa y tomó el camino de Anoeta y pasó Anoeta y luego Irura y cruzó Villabona y fué andando, andando, hasta que se topó con la partida del Cura, que iba a conquistar, viribus et armís, la gloria.
  • Uno de la partida le dió el alto y le hizo descender de las sublimidades amatorio musicales en que se hallaba sumido, presentándole el sencillo dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.
  • Tal era la historia de Joshé Cracasch, que contó Dantchari, el Estudiante, con algunos latinajos más de los que pone el autor.
  • Martín y Bautista se quedaron con el Cura y el Jabonero, porque el cabecilla y su teniente no tenían bastante confianza en ellos.
  • El Cura, el Jabonero y los siete u ocho hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.
  • Bajen ustedes y no alboroten dijo Egozcue con finura.
  • Anchusa y Luschía llevaron los caballos y no quedaron con el cura más que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacaín y Joshé Cracasch.
  • Vosotros é indicó a Bautista, Zalacaín, Joshé Cracasch y otros dos hombres armados id con la señora, la señorita y este viajero.
  • La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos.
  • Sin duda, sabía los procedimientos usados por el cura con las mujeres.
  • A algunas solía desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba.
  • No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martín le dió un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos.
  • El extranjero y Martín tenían cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos.
  • El extranjero, Martín y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshé Cracasch.
  • Ella sola o con usted.
  • El extranjero y Martín esperaron, luego fueron retrocediendo sin disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a correr con toda la fuerza de sus piernas.
  • Pronto se reunieron con la señora y su hija.
  • Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver apurados exclamó Martín.
  • La señora, al oirle, lanzó nuevos gemidos y comenzó a lamentarse, con grandes sollozos, de haber escapado.
  • Con la mano ensangrentada cogió el fusil y, apoyándose en las piedras, apuntó y disparó.
  • Hizo un esfuerzo para moverse y se sintió muy débil y con un ligero dolor en el muslo.
  • ¡Eh! gritó con voz apagada.
  • Con que ahora siga usted durmiendo.
  • La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su madre.
  • Cuatro días ha estado usted con una fiebre altísima.
  • Es raro dijo Martín no me parece usted la misma que vino en la carretera con nosotros.
  • Bautista, al ver a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo irónicamente, se fué a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios.
  • Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martín.
  • Era de Logroño, donde vivía con su madre.
  • Doña Pepita, la madre de Rosita, era una señora romántica, con unas ideas absurdas.
  • Al decidir la aventura que terminó con la detención de la diligencia y al oir las observaciones de su hija al malhadado proyecto, había contestado.
  • ¡Canallas! Y ahí vimos a ese arrogante don Carlos, con sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego que escaparse corriendo hacia Vera.
  • Bautista, con las ganancias del contrabando, había extendido sus tierras.
  • Al día siguiente, muy temprano, se levantó Martín y con Ospitalech tomó el tren para Bayona.
  • Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro.
  • Ospitalech era dependiente del señor Levi Alvarez y contó a su principal cómo Martín se brindaba a realizar la expedición difícil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas.
  • Martín y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenía razones para no querer compañía, porque, al notar que le seguían, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar.
  • Hablaron con él y el hombre les confesó que había estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguían.
  • Esta partida, días antes, había apaleado bárbaramente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con unos cuantos de aquellos foragidos.
  • El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas.
  • Sí las hay, sí replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.
  • El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, euliyac (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos.
  • Un día Fernando fué a casa del señor cura de Amezqueta, que era amigo suyo y le convidaba a comer con frecuencia.
  • Luego sacaron el cocido, después una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al principio, Fernando se encontró con que, en vez de poner la trucha grande, la condenada del ama había puesto la pequeña, que no tenía más que raspa.
  • Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anécdota, se echó a reir con una risa aguda y comunicó su risa a todos.
  • Yo no sé de dónde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y con tanta carne.
  • ¡Era un perro de aguas más hermoso! Dicho esto salió del comedor, y al volver tenían una cazuela con liebre.
  • Tenía Fernando de novia una chica muy guapa, pero Ichtaber, el Chato, al verla la empezó a cortejar y a decir si se quería casar con él, y, como era rico, ella aceptó.
  • Solían verse la muchacha y el viejo en la zapatería, y el granuja de Ichtaber, para estar más libre, mandaba a Fernando, con cualquier pretexto, a la trastienda.
  • Fué a ver a su novia y habló con ella.
  • Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con pieles, huele muy mal.
  • Entonces le apuntó a ella con el fuelle y metió por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor.
  • Cuando Fernando miró después, Ichtaber el Chato estaba con la mano en sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.
  • Luego Fernando siguió dándole al fuelle con intermitencias, hasta que se cansó.
  • Pero Fernando le jugó la misma pasada con el fuelle, y el zapatero decía a sus amigos.
  • Allí, en vez de las historias del buen truhán Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir, contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goñi, un caballero navarro que, después de haber matado a su padre y a su madre, engañado por el Diablo, se fué de penitencia al monte con una cadena al pie, hasta que, pasados muchos años y siendo don Teodosio viejo, se le presentó un dragón, y ya iba a devorarle, cuando apareció el arcángel San Miguel y mató al dragón y rompió las cadenas al caballero.
  • Entre los jefes había muchos extranjeros con flamantes uniformes austríacos, italianos y franceses, un tanto carnavalescos.
  • Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compañía con un teniente que les ordenó detenerse.
  • Entró Bautista en la casa con las caballerías, y el extranjero y Martín fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les dieron alojamiento.
  • Llevaron a Martín a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo había una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas negras de humo.
  • Sin duda los huéspedes mataban las chinches quemándolas con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores rastros.
  • La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me dan un recibo y luego se les ocurre quitármelo, con prenderme están al cabo de la calle.
  • El sargento se acercó al grupo y, encarándose con uno de ellos, dijo.
  • Era el general un hombre alto, flaco, de unos cincuenta años, de barba negra, con el brazo en cabestrillo.
  • Llevaba una boina grande de gascón con una borla.
  • Preguntó el general con voz fuerte.
  • A la puerta se encontró con el extranjero.
  • Una vez cerca de un río, yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos que lavaban sus camisas en el agua.
  • A bayonetazos acabamos con todos dijo el hombre sonriendo, luego añadió hipócritamente Dios nos lo habrá perdonado.
  • Martín consideró que no convenía que le viesen hablar con su cuñado, y para decir lo hecho por él la noche anterior escribió en un papel su entrevista con el general.
  • En el balcón de una casa pequeña, enfrente de la iglesia de San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.
  • Sabía que el Cacho le odiaba y que colocado en una posición superior, podía vengar sus antiguos rencores con toda la saña de aquel hombre pequeño, violento y colérico.
  • Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.
  • Pues iré con usted.
  • A un lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con escudos y figuras tallados.
  • Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro y se pararon a contemplarla.
  • A Martín le pareció aquella portada de piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo grotesca, pero el extranjero aseguró que era magnífica.
  • Una vieja limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba a voz en grito.
  • La vieja se acercó al extranjero y a Martín y entabló conversación con ellos.
  • En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de que vendrá don Carlos con ayuda de Dios.
  • Y la vieja, después de mirarle con curiosidad, siguió barriendo las escaleras.
  • Hablé con él cuando el bombardeo de Irún, y no se puede usted figurar nada más plano y más opaco.
  • Explicó su estancia en un pueblo, con el batallón metido en una iglesia, sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no comiendo más que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y dió tales detalles, que todo el mundo reía a carcajadas.
  • Jefes y soldados íbamos con gran dolor de corazón a cantar nuestra canción de las habichuelas a la pequeña garita del señor cura.
  • Y para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas viejas solteronas y por la mañana le daban chocolate con agua, por la tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.
  • Martín y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con Asenchio Lapurrá y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que resultaban en la conversación del francés y del vasco.
  • Martín se reía a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurrá.
  • Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente que se encaminaba hacia la iglesia.
  • Bajó a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos alcobas.
  • La sala tenía en medio un altar, iluminado con unas lámparas tristes de aceite.
  • En la alcoba próxima se oían quejas, alternando con voces de ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Jesús mío! ¡Qué demonio será esto! pensó Martín.
  • Se volvió a tender en la cama, pero con los lamentos no se pudo dormir y le pareció mejor levantarse.
  • Al entrar en la alcoba, Martín levantó el brazo, con lo que iluminó el rostro del enfermo y el suyo.
  • El Señor está con dos Reverendos Padres le advirtió un oficial.
  • Esperó Martín a que despachara el Señor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbón, con su aire de hombre bien cebado, salió de la ermita, rodeado de su Estado Mayor.
  • En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energúmeno, comenzó a arengar a las tropas.
  • ¿Qué quieres decir con eso?
  • Martín volvió a la posada, comió con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba en la puerta de la tapia esperando.
  • Marchó a su casa y sin pensar en espionajes entró en la posada a ver a Bautista y le abrazó con entusiasmo.
  • CAPÍTULO XII EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE Entregaron los serenos a Martín en manos del alcaide, y éste le llevó hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.
  • El alcaide se fué, dejando a obscuras a Martín, y vino poco después con un jergón y las mantas pedidas.
  • Con esta firme decisión, comenzó a pensar un plan de fuga.
  • La puerta, además de ser fuerte, se cerraba por fuera con llave y cerrojo.
  • Daba el ventanillo a la plaza de la fuente, en donde el día anterior se había encontrado con el extranjero.
  • La reja, era alta, pequeña, con tres barrotes sin travesaño.
  • Contaba así con una especie de plano inclinado para llegar a la reja.
  • Subió por él deslizándose, se agarró con la mano izquierda a un barrote y con la derecha armada del cortaplumas, comenzó a roer la madera del marco.
  • El carcelero le llevó la cena, y Martín le preguntó con empeño si no habían dispuesto nada respecto a él, si pensaban tenerlo encerrado sin motivo alguno.
  • Si gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para escaparme.
  • Contempló el bulto con una sonrisa, luego subió a la reja, ató un cabo de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echó fuera poco a poco.
  • Cuando toda la cuerda quedó a lo largo de la pared, pasó el cuerpo con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y comenzó a descolgarse resbalándose por el muro.
  • Iba marchando volviéndose para mirar atrás, cuando vió a la luz de un farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro.
  • Efectivamente, no sólo no se fueron, sino que llamaron en la casa con dos aldabonazos.
  • Apareció de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de fuera sin abrir.
  • Al pasar por el primer piso vió en un cuarto muy lujoso, y extendido sobre un sofá, un uniforme de oficial carlista, con su boina y su espada.
  • Tenía tal convencimiento Martín de que sólo a fuerza de audacia se salvaría, que se desnudó con rapidez, se puso el uniforme y la boina, luego se ciñó la espada, se echó el capote por encima y comenzó a bajar las escaleras, taconeando.
  • Se encontró con la vieja de la noche anterior, y al verla la dijo.
  • ¡Muchas gracias! Martín salió a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigió a la posada en donde vivía Bautista.
  • ¿De dónde sales con ese uniforme?
  • Martín se sentó a la mesa y escribió con lápiz en un papel.
  • Ven inmediatamente en el coche con mi amigo Zalacaín.
  • Después de escribir el papel, Martín se paseó con impaciencia por el cuarto.
  • Dos horas larguísimas tuvo que estar esperando con angustias de muerte.
  • El coche, un landó viejo y destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda.
  • Le hicieron pasar al locutorio y se encontró allí con Catalina y una monja gruesa, que era la superiora.
  • La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, preguntó.
  • Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo dijo el demandadero con voz gangosa.
  • No, iré con Catalina.
  • Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.
  • Desenganchó Martín los caballos y fué con ellos a la venta.
  • La muchacha guardó el duro en el delantal, y ella misma sacó dos caballos de la cuadra y fué con ellos cantando alegremente.
  • Si tú eres aragonesa yo soy navarra y con sal.
  • Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde tenía que dejar los caballos en Logroño.
  • ¡También usted es posma! exclamó ella con desgarro.
  • Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa sal replicó Martín.
  • Preguntó la superiora con presteza.
  • Se había roto una correa y tuvieron que arreglarla, haciéndole un agujero con el cortaplumas.
  • ¡Qué horror! Por eso debes comprender, hombre linfático, que cuando se encuentra uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterías ni con rezos.
  • Bautista subió al pescante y el demandadero con él.
  • El coche pasaba con la rapidez de una exhalación, y pronto dejó de oirse detrás el ruido de pisadas de caballos.
  • Al acercarse a él, el coche tropezó con una piedra, se soltó una de las ruedas, la caja se inclinó y vino a tierra.
  • Martín fué tratado con mucha consideración por su uniforme.
  • Un sargento viejo, andaluz, se amarteló con la superiora y comenzó a echaría piropos de los clásicos.
  • A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzó a reirse con una risa contenida.
  • Martín y Bautista se miraban con cierto cómico estupor.
  • Amigo Zalacaín, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer con ellas.
  • La casa de la señora de Briones estaba en una calle céntrica, con soportales.
  • Rosita y su madre recibieron a Martín con grandes muestras de amistad.
  • La aventura de su llegada a Logroño con un una señorita y una monja había corrido por todas partes.
  • Pero luego se olvidaba con la conversación.
  • Rosita sacó la guitarra y cantó algunas canciones, acompañándose con ella, y luego, como en honor de Martín, entonó un zortzico con letra castellana, que comenzaba así.
  • Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.
  • Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de criado, se paró ante él y le dijo.
  • Yo, por mi parte, no contestó ella riendo, con una risa zumbona.
  • ¿De manera que tú eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?
  • Luego, Linda contó las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un señor rico le sacó del circo y le brindó con su protección.
  • Ahora este señor, título, con grandes posesiones en la Rioja, quería casarse con ella.
  • De conocer Martín la Odisea es posible que hubiese tenido la pretensión de comparar a Linda con la hechicera Circe y a sí mismo con Ulises, pero como no había leído el poema de Homero no se le ocurrió tal comparación.
  • Una semana después del encuentro con Linda, al pasar por los soportales de la calle principal de Logroño se encontró con Bautista que venía hacia él indiferente y tranquilo como de costumbre.
  • ¿Cuándo hablaste tú con ella por última vez?
  • Me dormí y me desperté muy tarde y me encontré con que la monja y Catalina se habían marchado y tú no habías venido.
  • Martín, al encontrarse con Bautista y hablar con él, se sintió fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzó a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria.
  • Sin duda la monja recuperó su ascendiente sobre Catalina en vista de la falta de Martín y la convenció de que volviera con ella al convento.
  • Averiguaron en la venta de Asa que días antes un coche con la monja intentó pasar a Laguardia, pero al ver la carretera ocupada por el ejército liberal sitiando la ciudad y atacando las trincheras retrocedió.
  • Al salir de Yécora, un hombre famélico y destrozado les salió al encuentro y habló con ellos.
  • Si estos señores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia pueden venir con nosotros advirtió el oficial.
  • Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo más con mi cuñado Bautista.
  • Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con árboles que circunda el pueblo.
  • Sujetó Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un ángulo de un torreón, v subió Martín a pulso, con el palo en los dientes.
  • Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del Mercadal.
  • Bautista le esperaba con el alma en un hilo.
  • Y el ejército, con el general al frente, entraba en la ciudad.
  • Los domingos, después de la misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunían en la sidrería y en el juego de pelota.
  • Las mujeres iban a la iglesia, con un capuchón negro, que rodeaba su cabeza.
  • Se celebró la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y luego la fiesta en la casa de Bautista.
  • (Los recién casados están muy alegres, porque hoy se han hecho dueños, uno de otro, en la iglesia.) La fiesta acabó, con la mayor alegría, a la media noche, en que se retiraron todos.
  • CAPÍTULO II EN EL CUAL SE INICIA LA DESHECHA Con la proclamación de la monarquía en España, comenzó el deshielo en el campo carlista.
  • La batalla de Lácar no hizo más que enriquecer el repertorio de las canciones de la guerra con una copla que más que para soldados parecía escrita para el coro de señoras de una zarzuela, y que decía así.
  • En Lácar, chiquillo, Te viste en un tris, Si don Carlos te da con la bota Como una pelota, Te envía a París.
  • Con el fracaso del sitio de Irún y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados empezaron a dudar del triunfo de la causa.
  • Con la proclamación de Sagunto, la desconfianza cundió por todas partes.
  • La nieve cubría el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.
  • Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veían casas de campo derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja, árboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.
  • Con los techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas herméticamente.
  • Por los cristales empolvados se veían los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes.
  • Sólo quedaba un rincón de la antigua cocina con cubierta.
  • Martín y Bautista se hallaban en relación con una casa de Bayona, y fueron a Añoa con sus carros.
  • Había también cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porción de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.
  • Martín con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Añoa y se alojaron en la venta.
  • Éste, sentado a una mesa donde tenía planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutía con varias personas.
  • El general discutió con Briones y con el otro ayudante.
  • El general se levantó de la silla en donde estaba sentado y se acercó con Zalacaín a uno de los balcones.
  • Pues cuente usted con ello.
  • Contó a Bautista su conversación con el general.
  • A media noche, se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se presentó Catalina con su hijo en brazos.
  • Me han asegurado que quieres ir con el ejército a subir a Peñaplata.
  • Y Martín, con sus palabras, llegó a infundir ánimo en su mujer, acarició al niño, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazó a ésta y, montando a caballo, desapareció por el camino de Elizondo.
  • Se reunió con Briones y ambos se pusieron a la cabeza de la columna.
  • Sobre el pueblo, las cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los primeros rayos del sol.
  • Pero usted, amigo Zalacaín, es el que avanza con rapidez, si sigue así.
  • Briones, con su tropa, y Martín subían por el monte a duras penas.
  • En la cuneta de la carretera se veía a un muerto medio desnudo, sin botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos.
  • Catalina se acercó a su hermano con los brazos abiertos.
  • Luego con un gesto de ira y de desprecio añadió.
  • Martín tomó la mano de su mujer y con un esfuerzo último se la llevó a los labios.
  • Así se habían estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.
  • El extranjero con la gente de la fonda le atendieron.
  • Y Catalina, con su hijo, marchó a Zaro a vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.
  • A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco franceses, hay una gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos de la pasión.
  • Estas cruces bárbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un carácter sombrío y trágico a las aldeas vascas.
  • En el vértice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el grueso tronco rodeado por un banco de piedra.
  • Una de las caras que forman la plaza es grande, con pórtico espacioso, alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes.
  • En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequeña, humilde, con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.
  • En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro.
  • Pían los pájaros con algarabía estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.
  • Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades, las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol.
  • En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz escrito con letras negras dice en vasco.
  • Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos.
  • Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad poco más o menos.
  • Y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.
  • La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo más rudo, incipiente y soez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caleta éramos considerados como más canallas que los que ejercían igual industria y desafiaban con igual brío los elementos en Puntales.
  • Y por esta diferencia, uno y otro bando nos considerábamos rivales, y a veces medíamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas, que manchaban el suelo de heroica sangre.
  • Cuando tuve edad para meterme de cabeza en los negocios por cuenta propia, con objeto de ganar honradamente algunos cuartos, recuerdo que lucí mi travesura en el muelle, sirviendo de a los muchos ingleses que entonces como ahora nos visitaban.
  • Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara pronto de él llevándome por más noble camino.
  • Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras, con, rudamente talladas, a que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con mucha decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta.
  • Para que todo fuera completo, cuando venía algún cuarto a nuestras manos por cualquiera de las vías industriales que nos eran propias, comprábamos pólvora en casa de la tía Coscoja de la calle del Torno de Santa María, y con este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval.
  • Se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación.
  • Cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo de color encontrado en los basureros.
  • Yo me figuraba que las escuadras se batían unas con otras pura y simplemente porque les daba la gana, o con objeto de probar su valor, como dos guapos que se citan fuera de puertas para darse de navajazos.
  • Pues nada menos que igual en todo a los contrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se veían en el barrio de la Viña con harta frecuencia.
  • Me lo figuraba caballero en un potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el correspondiente trabuco.
  • Según mis ideas, con este pergenio, y seguido de otros aventureros del mismo empaque, aquel hombre, que todos pintaban como extraordinario, conquistaba la Europa, es decir, una gran isla, dentro de la cual estaban otras islas, que eran las naciones, a saber.
  • Yo había formado esta geografía a mi antojo, según las procedencias más frecuentes de los barcos, con cuyos pasajeros hacía algún trato.
  • Pero no quiero cansar al lector con pormenores que sólo se refieren a mis particulares impresiones, y voy a concluir de hablar de mí.
  • El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto, era mi madre.
  • Mi madre debió padecer mucho con las atrocidades de su hermano, y esto, unido al trabajo tan penoso como mezquinamente retribuido, aceleró su fin, el cual dejó indeleble impresión en mi espíritu, aunque mi memoria puede hoy apreciarlo sólo de un modo vago.
  • Transcurridos tantos años, recuerdo aún, como se recuerdan las medrosas imágenes de un mal sueño, que mi madre yacía postrada con no sé qué padecimiento.
  • Creo que después me sacaron de allí, y con estas indecisas memorias se asocia la vista de unas que daban pavorosa claridad en medio del día, el rumor de unos rezos, el cuchicheo de unas viejas charlatanas, las carcajadas de marineros ebrios, y después de esto la triste noción de la orfandad, la idea de hallarme solo y abandonado en el mundo, idea que embargó mi pobre espíritu por algún tiempo.
  • Junteme con la gente más perdida de aquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada, y no sé cómo ni por qué motivo fui a parar con ellos a Medinasidonia, donde hallándonos cierto día en una taberna se presentaron algunos soldados de Marina que hacían la leva, y nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo.
  • Mi buena estrella me llevó a cierta casa, cuyos dueños se apiadaron de mí, mostrándome gran interés, sin duda por el relato que de rodillas, bañado en lágrimas y con ademán suplicante, hice de mi triste estado, de mi vida, y sobre todo de mis desgracias.
  • Con ellos me trasladé a Vejer de la Frontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban de paso en Medinasidonia.
  • Don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente.
  • Sin duda mis pocos años, mi orfandad y también la docilidad con que les obedecía, fueron parte a merecer una benevolencia a que he vivido siempre profundamente agradecido.
  • Hay que añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la más desarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos años después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame en disposición de poder pasar por persona bien nacida.
  • Como aquellos viejos verdes que creen despertar su voluptuosidad dormida engañando los sentidos con la contemplación de hermosuras pintadas, así intentaré dar interés y lozanía a los mustios pensamientos de mi ancianidad, recalentándolos con la representación de antiguas grandezas.
  • ¡Maravillosa superchería de la imaginación! Como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó, así miro con curiosidad y asombro los años que fueron.
  • Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación.
  • Cercano al sepulcro, y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega, y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día.
  • II En uno de los primeros días de Octubre de aquel año funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto, y mirándome con su habitual severidad (cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente blando), me dijo.
  • No supe al principio qué contestar, porque, a decir verdad, en mis catorce años de vida no se me habíapresentado aún ocasión de asombrar al 1 mundo con ningún hecho heroico.
  • Pero el 2 oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado, contesté con pueril arrogancia.
  • ¡Ay, Alonsito, has llegado a los setenta y ya no estás para fiestas! Me parece que aún estoy viendo a aquella respetable cuanto iracunda señora con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba.
  • Y su belleza respetable habría sido perfecta, y la comparación con la madre de la Virgen exacta, si mi ama hubiera sido muda como una pintura.
  • Según la carta que acabo de recibir de ese buen Churruca, la escuadra combinada debe, o salir de Cádiz provocando el combate con los ingleses, o esperarles en la bahía, si se atreven a entrar.
  • Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto académico y guerrero, para probar que lo tenía expedito.
  • Pero Doña Francisca, no convencida con tan endeble argumento, continuó chillando en estos términos.
  • ¡Qué tormento! ¡Ni un día de reposo! Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho de Madrid que en dos palotadas me lo manda qué sé yo a dónde, a la Patagonia, al Japón o al mismo infierno.
  • ¡Ah!, si todos hicieran lo que yo digo, ¡qué pronto las pagaría todas juntas ese caballerito que trae tan revuelto al mundo! Mi amo miró sonriendo una mala estampa clavada en la pared, y que, torpemente iluminada por ignoto artista, representaba al Emperador Napoleón, caballero en un corcel verde, con el célebre redingote embadurnado de bermellón.
  • Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buen hora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí.
  • A fe que debían haberte hecho almirante cuando menos, que harto lo merecías cuando fuiste a la expedición de África y me trajiste aquellas cuentas azules que, con los collares de los indios, me sirvieron para adornar la.
  • Yo hice un gesto que indicaba mi conformidad con tan heroico proyecto.
  • Juró que si volviera a nacer, no se casaría con ningún marino.
  • Durante el diálogo que he referido, sin responder de su exactitud, pues sólo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando en la habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oía desde muy cerca la ardiente declamación de mi ama, que le había citado bastantes veces con comentarios poco benévolos.
  • Curábale su esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de Jesús y María en boca de un devoto.
  • Caritativa y discreta, pero con el más arisco y endemoniado genio que he conocido en mi vida.
  • Y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo.
  • Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que la escuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses, produjo en él cierta excitación que parecía rejuvenecerle.
  • Pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo Don Alonso, con quien había servido.
  • Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista.
  • Historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas.
  • Marcial había navegado en el Conde de Regla, en el San Joaquín, en el Real Carlos, en el Trinidad, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al parecer derrotados con honra o destruidos con alevosía, sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval de España.
  • Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio hombre había asistido a otras muchas, tales como la expedición a la Martinica, la acción de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en la noche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María, en 5 de octubre de 1804.
  • Y como la hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criado de la casa, resultando de esta unión un nieto, Medio hombre se decidió a echar para siempre el ancla, como un viejo pontón inútil para la guerra, y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz.
  • Y en efecto, Marcial no hacía otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto, para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algún juramento, propio del oficio.
  • Como notase en Don Alonso iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entonces pasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar a almirantes.
  • IV Señor Marcial dijo ésta con redoblado furor.
  • Después añadió con expresión de júbilo.
  • Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos, y éstos en nombres, sin consultar con la Academia.
  • Asimismo aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél y los miembros de éste.
  • Yo creo, aunque no lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundo tristeza.
  • A los almirantes extranjeros los llamaba con estrafalarios nombres, ya creados por él, ya traducidos a su manera, fijándose en semejanzas de sonido.
  • Y siguiendo un sistema lingüístico enteramente opuesto, designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de Monsieur Corneta, nombre tomado de un sainete a cuya representación asistió Marcial en Cádiz.
  • En fin, tales eran los disparates que salían de su boca, que me veré obligado, para evitar explicaciones enojosas, a sustituir sus frases con las usuales, cuando refiera las conversaciones que de él recuerdo.
  • Hay que tener en cuenta dijo mi amo con placer, viendo mencionado su tema favorito, que si el almirante Córdova hubiera mandado virar a babor a los navíos San José y Mejicano, el Sr.
  • De eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobra a babor, hubiéramos salido victoriosos.
  • ¡Victoriosos! exclamó con desdén Doña Francisca.
  • ¡No! dijo Medio hombre enérgicamente y cerrando el con gesto amenazador.
  • Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, con nobleza, bandera izada y manos limpias.
  • Unidos con la escuadra francesa, que tenía cuatro navíos, tres fragatas y un bergantín, salimos de Algeciras para Cádiz a las doce del día, y como el tiempo era flojo, nos anocheció más acá de punta Carnero.
  • Me acuerdo que estaba yo en el castillo de proa hablando con mi primo Pepe Débora, que me contaba las perradas de su suegra, y desde allí vi las luces del San Hermenegildo, que navegaba a estribor como a tiro de cañón.
  • Pero en aquella trapisonda no vimos que con el primer disparo nos habían soplado a bordo unas endiabladas materias comestibles (combustibles quería decir), que cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo fuego.
  • Entonces nos quedamos todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco con que nos batíamos era el mismo San Hermenegildo.
  • No tuvimos tiempo de andar con palabreo.
  • El fuego estaba ya ras con ras con la Santa Bárbara, y esta señora no se anda con bromas.
  • Disparó sus dos andanadas, puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzando al mismo tiempo para librarse de la contestación.
  • Entonces el capitán inglés nos habló con su bocina y nos dijo.
  • Lo cierto del caso es que no metimos en un puño a aquellos herejes por mor de que el demonio fue y pegó fuego a la Santa Bárbara de la Mercedes, que se voló en un suspiro, ¡y todos con este suceso, nos afligimos tanto, sintiéndonos tan apocados.
  • Nuestra fragata tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y bastantes muertos y heridos.
  • A pesar de esto, seguíamos la cuchipanda con el inglés.
  • Pero carta va, carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaron con el dinero, y me parece que cuando a mí me nazca otra pierna, entonces el Rey de España les verá la punta del pelo a los cinco millones de pesos.
  • Los ingleses, sabiendo que yo no era bailarín, creyeron que tenía bastante con una.
  • En un pueblo que llaman Plinmuf (Plymouth) estuve seis meses en el pontón, con el petate liado y la patente para el otro mundo en el bolsillo.
  • Nada más que a ver decía el héroe con mirada suplicante.
  • ¡Mujer! exclamó con aflicción mi amo.
  • Mis vasallos queridos no están aquí para que ustedes se diviertan con ellos.
  • Métanse ustedes en faena unos con otros si quieren juego.
  • Yo, aunque tonta, bien sé lo que hay aquí, y es que el Primer Cónsul, Emperador, Sultán, o lo que sea, quiere acometer a los ingleses, y como no tiene hombres de alma para el caso, ha embaucado a nuestro buen Rey para que le preste los suyos, y la verdad es que nos está fastidiando con sus guerras marítimas.
  • ¡Ah, si hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra solo, o si no que no la armara! Es verdad dijo mi amo, que la alianza con Francia nos está haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra aliada, mientras todos los desastres son para nosotros.
  • Entonces, tontos rematados, ¿para qué se os calientan las pajarillas con esta guerra?
  • Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias y del comercio español en América.
  • Mas acontece con frecuencia que los hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad madura, y cuando predomina sobre todas las facultades la razón.
  • Cuando ésta fue a la parroquia para asistir a la novena, según su piadosa costumbre, los dos marinos respiraron con libertad como escolares bulliciosos que pierden de vista al maestro.
  • Encerráronse en el despacho, sacaron unos mapas y estuvieron examinándolos con gran atención.
  • Luego leyeron ciertos papeles en que había apuntados los nombres de muchos barcos ingleses con la cifra de sus cañones y tripulantes, y durante su calurosa conferencia, en que alternaba la lectura con los más enérgicos comentarios, noté que ideaban el plan de un combate naval.
  • Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas.
  • Con su cabeza, el balance de los barcos combatientes.
  • Con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique.
  • Con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal.
  • Con un ligero silbido, el mando del contramaestre.
  • Con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón.
  • Con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate.
  • Y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad, quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo, y dando natural desahogo a esa necesidad devoradora de meter ruido que domina el temperamento de los chicos con absoluto imperio.
  • Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me autorizaba a ello.
  • Remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al mismo tiempo profería, ahuecando la voz, los retumbantes monosílabos que más se parecen al ruido de un cañonazo, tales como ¡bum, bum, bum!
  • ¡Qué viene! exclamó Marcial con terror.
  • Pero yo, bien porque la sangre juvenil no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación con frases como éstas, pronunciadas con el mayor desparpajo.
  • Ella se llegó a mí furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería, que me hizo ver las estrellas.
  • Ya ves añadió mirando a su marido con centelleantes ojos.
  • Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano.
  • Esta hija se llamaba Rosita, de edad poco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los quince años, y ya estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillería llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente emparentada con la de mi ama.
  • La singular expresión de su rostro, a la de ningún otro parecida, es para mí, por la claridad con que se ofrece a mi entendimiento, como una de esas nociones primitivas, que parece hemos traído de otro mundo, o nos han sido infundidas por misterioso poder desde la cuna.
  • Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos con la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en nuestros juegos nunca se confundían las clases.
  • Desde muy niña acostumbraba a cantar el olé y las cañas, con la maestría de los ruiseñores, que lo saben todo en materia de música sin haber aprendido nada.
  • La nota, que repercutía sobre sí misma, enredándose y desenredándose, como un hilo sonoro, se perdía subiendo y se desvanecía alejándose para volver descendiendo con timbre grave.
  • Pero yo era pequeñuelo y raquítico, mientras ella se desarrollaba con mucha lozanía, y así, al cumplirse los tres años de mi residencia en la casa, ella parecía de mucha más edad que yo.
  • Sus grandes ojos más vivos, si bien con la mirada menos errátil y voluble.
  • Pero ninguno de estos accidentes me confundió tanto como la transformación de su voz, que adquirió cierta sonora gravedad bien distinta de aquel travieso y alegre chillido con que me llamaba antes, trastornándome el juicio, y obligándome a olvidar mis quehaceres, para acudir al juego.
  • Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante mí con traje bajo.
  • Estaba serio como un hombre que ha sido vilmente engañado, y mi enojo contra ella era tan grande, que en mis soliloquios probaba con fuertes razones que el rápido crecimiento de mi amita era una felonía.
  • Lo que más me aturdía era ver que con unas cuantas varas de tela había variado por completo su carácter.
  • Aquel día, mil veces desgraciado, me habló en tono ceremonioso, ordenándome con gravedad y hasta con displicencia las faenas que menos me gustaban.
  • ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de olé, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón con su blanda manecita! ¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer, y yo continuaba siendo niño! No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos.
  • Ya no volví a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi enamorada rapacidad, desarrollando con lozanía sus hojas y con todo lujo su provocativa fragancia.
  • Desde entonces Rosita andaba con la mayor circunspección y gravedad.
  • Ahora me río considerando cómo se me partía el corazón con aquellas cosas.
  • Este joven vino a casa acompañado de sus padres, que eran una especie de condes o marqueses, con un título retumbante.
  • La religiosidad de mis amos se escandalizó tanto con aquel hecho, que no pudieron disimular su enojo, y Rosita fue la víctima principal.
  • Era un señor muy seco y estirado, con chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y una nariz muy larga y afilada, con la cual parecía olfatear a las personas que le sostenían la conversación.
  • Mis amos le recibieron con agasajo, lo mismo que a su hijo, que con él venía.
  • En vista del despego con que ella me trataba, perdí la confianza.
  • Entre tanto, yo observaba con atención los indicios del amor que la dominaba.
  • Al menor rumor que indicase la aproximación de alguno, se encendía su hermoso semblante, y sus negros ojos brillaban con ansiedad y esperanza.
  • Desde que le veía entrar sentía mi sangre enardecida, y siempre que me ordenaba algo, hacíalo con los peores modos posibles, deseoso de significarle mi alto enojo.
  • Durante el paseo, mi amo, después de haber asegurado con su habitual aplomo que si el almirante Córdova, en vez de mandar virar a estribor hubiera mandado virar a babor, la batalla del 14 no se habría perdido, entabló la conversación sobre el famoso proyecto, y aunque no dijeron claramente su propósito, sin duda por estar yo delante, comprendí por algunas palabras sueltas que trataban de ponerlo en ejecución a cencerros tapados, marchándose de la casa lindamente una mañana, sin que mi ama lo advirtiese.
  • Mi amo, que siempre era complaciente con su mujer, lo fue aquel día más que nunca.
  • No decía Doña Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin que él lo celebrara con risas inoportunas.
  • Por no sé qué fútil motivo, riñó con Marcial, intimándole la inmediata salida de la casa.
  • Y durante la comida, aunque éste celebraba todos los platos con desusado calor, la implacable dama no cesaba de gruñir.
  • Llegada la hora de rezar el rosario, acto solemne que se verificaba en el comedor con asistencia de todos los de la casa, mi amo, que otras veces solía dormirse, murmurando perezosamente los Pater noster, lo cual le valía algunas reprimendas, estuvo aquella noche muy despabilado y rezó con verdadero empeño, haciendo que su voz se oyera entre todas las demás.
  • Las paredes de la casa hallábanse adornadas con dos clases de objetos.
  • Después de comer, mi amo estaba en la galería contemplando una carta de navegación, y recorría con su vacilante dedo las líneas, cuando Doña Francisca, que algo sospechaba del proyecto de escapatoria, y además ponía el grito en el Cielo siempre que sorprendía a su marido en flagrante delito de entusiasmo náutico, llegó por detrás, y abriendo los brazos exclamó.
  • Llegó la noche, y con ella la tristeza al alma de Rosita, pues ya no había esperanza de verle hasta el día siguiente.
  • Hablando con imparcialidad, diré que era un joven realmente hermoso, de presencia noble, modales airosos, mirada afable, algo frío y reservado en apariencia, poco risueño y sumamente cortés, con aquella cortesía grave y un poco finchada de los nobles de antaño.
  • Traía aquella noche la chaqueta faldonada, el calzón corto con botas, el sombrero portugués y riquísima capa de grana con forros de seda, que era la prenda más elegante entre los señoritos de la época.
  • Debo de haber dicho que Malespina era oficial de Artillería, pero no que estaba de guarnición en Cádiz y con licencia en Vejer.
  • Como la escuadra carece de personal añadió, han dado orden para que nos embarquemos con objeto de hacer allí el servicio.
  • A ti todo te parece bien con tal que sea para los dichosos barcos de guerra.
  • En el próximo combate alcanzará usted mucha gloria e ilustrará su nombre con alguna hazaña que quede en la historia para ejemplo de las generaciones futuras.
  • Sí, eso, eso dijo Doña Francisca remedando el tono grandilocuente con que mi amo había pronunciado las anteriores palabras.
  • Imposible pintar con palabras ni por escrito lo que vi en el semblante de mi señorita cuando aquellas frases oyó.
  • Señor prosiguió mirando al Cielo con ademán de pitonisa, no creo ofenderte si digo que maldito sea el que inventó los barcos, maldito el mar en que navegan, y más maldito el que hizo el primer cañón para dar esos estampidos que la vuelven a una loca, y para matar a tantos pobrecitos que no han hecho ningún daño.
  • Verdaderamente dijo Malespina, nuestra unión con Francia ha sido hasta ahora desastrosa.
  • ¡Si creerá él que se gobierna una nación tocando la guitarra! Después de la paz de Basilea continuó el joven, nos vimos obligados a enemistarnos con los ingleses, que batieron nuestra escuadra en el cabo de San Vicente.
  • Este desastre no habría sido de grandes consecuencias, si después la Corte de España no hubiera celebrado con la República francesa el tratado de San Ildefonso, que nos puso a merced del Primer Cónsul, obligándonos a prestarle ayuda en guerras que a él solo y a su grande ambición interesaban.
  • Pero él con tanta energía solicitó nuestra cooperación, que para aplacarle, tuvo el Rey que convenir en dar a Francia un subsidio de cien millones de reales, lo que equivalía a comprar a peso de oro la neutralidad.
  • Nuestra marina quedó al arbitrio del Primer Cónsul, ya Emperador, quien, aspirando a vencer por el engaño a los ingleses, dispuso que la escuadra combinada partiese a la Martinica, con objeto de alejar de Europa a los marinos de la Gran Bretaña.
  • Con esta estratagema pensaba realizar su anhelado desembarco en esta isla.
  • Mas tan hábil plan no sirvió sino para demostrar la impericia y cobardía del almirante francés, el cual, de regreso a Europa, no quiso compartir con nuestros navíos la gloria del combate de Finisterre.
  • Dícese que Napoleón está furioso con su almirante, y que piensa relevarle inmediatamente.
  • Lo indudable prosiguió Malespina, es que la escuadra inglesa anda cerca y con intento de bloquear a Cádiz.
  • El cuerpo de infantería tampoco es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de tierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea.
  • Que esos caballeros, sin dejar de decir que han alcanzado mucha gloria, volverán a casa con la cabeza rota.
  • Despidiose a toda prisa de mis amos, que le abrazaron con el mayor cariño, y se fue.
  • Tan grande era su dolor, que los cariñosos padres no pudieron calmar su espíritu con ingeniosas razones, ni atemperar su cuerpo con los cordiales que traje a toda prisa de la botica.
  • Cuando ésta se fue a misa con Rosita, advertí que el señor se daba gran prisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir, entre las cuales iba su uniforme.
  • Marcial no cabía en sí de gozo, y mi amo, que al principio manifestó su alborozo casi con menos gravedad que yo, se entristeció bastante cuando dejó de ver el pueblo.
  • ¡Y ella tan ajena a esto! ¡Qué dirá cuando llegue a casa y no nos encuentre! A mí se me ensanchaba el pecho con la vista del paisaje, con la alegría y frescura de la mañana y, sobre todo, con la idea de ver pronto a Cádiz y su incomparable bahía poblada de naves.
  • Recibió la noticia con pesadumbre el hijo.
  • El futuro suegro de mi amita, Don José María Malespina, que no tenía parentesco con el célebre marino del mismo apellido, era coronel de Artillería retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo aquella terrible arma y manejarla como nadie.
  • El general Ricardos me situó en una colina con cuatro piezas, mandándome que no hiciera fuego sino cuando él me lo ordenara.
  • Los franceses forman la línea con gran perfección.
  • Tomé bien la puntería con una de las piezas, dirigiendo la mira a la cabeza del primer soldado.
  • Yo, con todo hice un gran destrozo cargando una pieza con las llaves de la iglesia.
  • ¡Qué diablura! murmuró mi amo recreándose con tan chuscas invenciones.
  • Todos los días comía con Pitt, con Burke, con Lord North, con el general Conwallis y otros personajes importantes que me llamaban el chistoso español.
  • Pero nunca pudo aprender más que otro toro y vengan esos cinco, frase con que me saludaba todos los días cuando iba a almorzar con él pescadillas y unas cañitas de Jerez.
  • Conservábase muy bien con un específico que inventé, cuya receta tengo en casa.
  • La comida y los frecuentes tragos con que la roció excitaron más aún la vena inventora del viejo Malespina, quien por todo el camino siguió espetándonos sus grandes paparruchas.
  • El Conde de Aranda, como usted sabe, condenó desde el principio esta funesta guerra con la República.
  • En efecto continuó el mentiroso, y si aquel hombre eminente defendió con tanto calor la paz con los republicanos, fue porque yo se lo aconsejé, convenciéndole antes de la inoportunidad de la guerra.
  • Malespina soltando unas bolas como templos, y mi amo oyéndolas con santa calma, pareciendo unas veces enfadado y otras complacido de escuchar tanto disparate.
  • Con éstas y otras cosas nos anocheció en Chiclana, y mi amo, atrozmente quebrantado y molido a causa del movimiento del fementido calesín, se quedó en dicho pueblo, mientras los demás siguieron, deseosos de llegar a Cádiz en la misma noche.
  • Mientras cenaron, endilgó Malespina nuevas mentiras, y pude observar que su hijo las oía con pena, como abochornado de tener por padre el más grande embustero que crió la tierra.
  • Y como éste era mucho más cómodo y expedito desde Chiclana a Cádiz que en el tramo recorrido, llegamos al término de nuestro viaje a eso de las once del día, sin novedad en la salud y con el alma alegre.
  • En cuanto pude disponer de un rato de libertad, después que mi amo quedó instalado en casa de su prima, salí a las calles y corrí por ellas sin dirección fija, embriagado con la atmósfera de mi ciudad querida.
  • Corría por las calles con gran ansiedad, como si en un minuto quisiera verlas todas.
  • Pero algunas me recibieron con injurias, recordando las proezas de mi niñez y haciendo comentarios tan chistosos sobre mi nuevo empaque y la gravedad de mi persona, que tuve que alejarme a toda prisa, no sin que lastimaran mi decoro algunas cáscaras de frutas lanzadas por experta mano contra mi traje nuevo.
  • Hablé con cuantos marineros hallé al paso, diciéndoles que yo también iba a la escuadra, y preguntándoles con tono muy enfático si había recalado la escuadra de Nelson.
  • Sin poder resistir la tentación, y compelido por la misteriosa atracción del mar, cuyo elocuente rumor me ha parecido siempre, no sé por qué, una voz que solicita dulcemente en la bonanza, o llama con imperiosa cólera en la tempestad, me desnudé a toda prisa y me lancé en él como quien se arroja en los brazos de una persona querida.
  • Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como tal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía.
  • Y luego que hubimos charlado un poco, me hicieron beber una copa de aguardiente que al punto dio con mi pobre cuerpo en tierra.
  • Tuve, por tanto, que librarme de sus manos con la ligereza de mis pies, dejando para mejor ocasión el desahogo de mis sentimientos.
  • Su recinto me pareció encantador, y jamás he recorrido las naves de templo alguno con tan religiosa veneración.
  • El personaje de cera que yo creía mi perfecto retrato estaba allí colgado, y ocupaba su puesto con la gravedad de las cosas santas.
  • Habíamos ido a residir en casa de la prima de mi amo, la cual era una señora, a quien el lector me permitirá describir con alguna prolijidad, por ser tipo que lo merece.
  • También recuerdo que al hablar hacía con los labios un mohín, un repliegue, un mimo, cuyo objeto era, o achicar con gracia la descomunal boca, o tapar el estrago de la dentadura, de cuyas filas desertaban todos los años un par de dientes.
  • Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, y como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso.
  • Muy devota, aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular.
  • Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos, traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones como ella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de las cosas públicas.
  • En todas las ciudades populosas, y especialmente en Cádiz, que era entonces la más culta, había muchas personas desocupadas que eran depositarias de las noticias de Madrid y París, y las llevaban y traían diligentes vehículos, enorgulleciéndose con una misión que les daba gran importancia.
  • Por esto, hablando con su primo en el día de nuestra llegada, le decía la vieja.
  • ¡Qué carácter! Si yo fuera hombre y casado con mujer semejante, reventaría como una bomba.
  • Y como Bonaparte anda metido con los austriacos, mientras él no decida.
  • ¡Oh!, yo no soy para eso dijo mi amo con su habitual modestia.
  • ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manos lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están los tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara.
  • Yo no sirvo para el combate dijo mi amo con tristeza.
  • Era un hombre como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal expresión de tristeza, que era imposible verle sin sentir irresistible inclinación a amarle.
  • No usaba peluca, y sus abundantes cabellos rubios, no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta, y estaban inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la época exigía.
  • Su barba, afeitada con esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía.
  • Hablaron luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o no salía la escuadra, y el marino se expresó largamente con estas palabras, cuya substancia guardo en la memoria, y que después con datos y noticias históricas he podido restablecer con la posible exactitud.
  • La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lance de honor si antes no les ponemos en paz.
  • Es preciso que confesemos con dolor la superioridad de la marina inglesa, por la perfección del armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la unidad con que operan sus escuadras.
  • Nosotros, con gente en gran parte menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que descontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a la defensiva dentro de la bahía.
  • Sus palabras hicieron en mí grande impresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellos sucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo, he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar con bastante exactitud.
  • Advirtiendo el indiscreto estupor con que yo contemplaba la habilidad del maestro, verdadero arquitecto de las cabezas, Doña Flora se rió mucho, y me dijo que en vez de pensar en ir a la escuadra, debía quedarme con ella para ser su paje.
  • Añadió que debía aprender a peinarla, y que con el oficio de maestro peluquero podía ganarme la vida y ser un verdadero personaje.
  • No me sedujeron tales proposiciones, y le dije con cierta rudeza que más quería ser soldado que peluquero.
  • A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a más no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas prefería los rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca.
  • Su intempestivo cariño, sus dengues, la insistencia con que solicitaba mi compañía, diciendo que le encantaba mi conversación y persona, me impedían seguir a mi amo en sus visitas a bordo.
  • Mi disgusto llegó a la desesperación cuando vi que Marcial venía a casa y que con él iba mi amo a bordo, aunque no para embarcarse definitivamente.
  • Esto me era insoportable, tanto más cuanto que yo soñaba con poner en ejecución cierto atrevido proyectillo, que consistía en ir a visitar por cuenta propia uno de los navíos, llevado por algún marinero conocido, que esperaba encontrar en el muelle.
  • Salí con la vieja, y al pasar por la muralla deteníame para ver los barcos.
  • Alguno de ellos era poeta, o, mejor dicho, todos hacían versos, aunque malos, y me parece que les oí hablar de cierta Academia en que se reunían para tirotearse con sus estrofas, entretenimiento que no hacía daño a nadie.
  • Lo que primero atrajo mis miradas fue la extrañeza de sus bastones, que eran unos garrotes retorcidos y con gruesísimos nudos.
  • El peinado consistía en un artificioso desorden, y más que con peine, parecía que se lo habían aderezado con una escoba.
  • Las casacas, altísimas de talle, casi barrían el suelo con sus faldones.
  • Sus calzones listados se atacaban a la rodilla con un enorme lazo, y para que tales figuras fueran completos mamarrachos, todos llevaban un lente, que durante la conversación acercaban repetidas veces al ojo derecho, cerrando el siniestro, aunque en entrambos tuvieran muy buena vista.
  • La conversación de aquellos personajes versó sobre la salida de la escuadra, alternando con este asunto la relación de no sé qué baile o fiesta que ponderaron mucho, siendo uno de ellos objeto de grandes alabanzas por lo bien que hacía trenzas con sus ligeras piernas bailando la gavota.
  • Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesia del Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicó lindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tan devotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas que revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora.
  • Continuó la charla más vivamente, porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entre todos se armó tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas, mezcladas con algún verso insulso, que no puedo recordarlas.
  • ¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora para trasladarse definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarme en tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba con su insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche insistió en que debía quedarme para siempre a su servicio?
  • Su prima, haciendo mimos con la boca, fingió cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consintió al fin.
  • Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con cierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me parecían tan pequeñitos desde la muralla.
  • El inquieto entusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando contemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más que otro alguno fascinaba mi atención.
  • Tampoco se parecen nada a los buques guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos, monótonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión, por lo cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes.
  • Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar, hasta un extremo exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas, aunque pertenezcan a las más inasociables categorías.
  • Viendo más tarde las catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, y observando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutil fábrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por la utilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menos de traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en mi larga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas.
  • Cierto inexplicable idealismo, algo de histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación de líneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han determinado esta asociación extravagante, que yo me explico por la huella de romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la niñez.
  • Aquel coloso, construido en La Habana, con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis años de honrosos servicios.
  • Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqué con la mayor cortesía que hallándome al servicio de Don Alonso Gutiérrez de Cisniega, había venido a bordo en su compañía.
  • En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque, Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don Baltasar Hidalgo de Cisneros.
  • Esto alegró mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en el castillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el próximo combate.
  • Tal sociedad me agradaba más que la de mi interesante tío, porque los colegas de Medio hombre no se permitían bromas pesadas con mi persona.
  • Con los primeros hacía yo mejores migas que con los segundos, y asistía a todas las conferencias de Marcial.
  • Ver cómo se altera, cómo palidece y se asusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdén a todos los que digan.
  • Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido, cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar la maniobra.
  • Se izaron las grandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido, arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía.
  • Manejaban otros las brazas, prontos a la voz del contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el aire con espantosa algarabía.
  • Los pitos, la campana de proa, el discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de los motones.
  • Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó a deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse comparativamente, observando la traslación imaginaria de los buques mercantes anclados y del paisaje.
  • El mar azul estaba tranquilo, y sobre este mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes, emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede presentarse ante humanos ojos.
  • No andaban todos los bajeles con igual paso.
  • La claridad del día, la frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecía agitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban el más imponente cuadro que puede imaginarse.
  • El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores, salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba tan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en aquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Genaro.
  • Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música misteriosa el son de las campanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazara charlatana de las campanas de un gran pueblo.
  • Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios sobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados, animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.
  • Este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velas con tenacillas.
  • El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a gran distancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que se confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos.
  • Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos, para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre.
  • Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana.
  • ¿Pues a cuenta qué hemos de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos sale de dentro, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías?
  • Siempre di cuando fuimos con ellos, siempre di cuando salimos destaponados.
  • Dios y la Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses por siempre jamás amén.
  • La noche fue serena y navegábamos con viento fresco.
  • Yo estaba tan orgulloso de encontrarme a bordo del Santísima Trinidad, que me llegué a figurar que iba a desempeñar algún papel importante en tan alta ocasión, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros, haciéndoles ver que yo estaba allí para alguna cosa útil.
  • X Al amanecer del día 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por esta causa los navíos estaban muy distantes unos de otros.
  • Como el viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación poco diestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni con precisión.
  • Con este motivo, y observando las maniobras de los barcos más cercanos, Medio hombre decía.
  • Bastante haremos nosotros con defendernos como podamos.
  • ¡Las doce del día! exclamaba con ira el marinero aunque no se atrevía a hacer demasiado pública su demostración, ni estas conferencias pasaban de un pequeño círculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable curiosidad, me había injerido.
  • Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una escotilla, me hizo colocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de poco más o menos.
  • Es para la sangre me contestó con indiferencia.
  • Miré a los marineros, que con gran algazara se ocupaban en aquella faena, y por un instante me sentí cobarde.
  • Uno se dirigía hacia nosotros, y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, un gran navío con insignia de almirante.
  • Lo quecon frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que después he sabido, pudo darme a conocer la formación de nuestra escuadra.
  • ¡En facha, en facha! exclamó Marcial, lanzando con energía un juramento.
  • Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros, familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad.
  • La persuasión de la victoria estaba tan arraigada en mi ánimo, que me inspiraban cierta lástima los ingleses, y les admiraba al verles buscar con tanto afán una muerte segura.
  • Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma.
  • Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto.
  • Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
  • Me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje.
  • La cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos.
  • Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado.
  • Me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad.
  • Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida.
  • Mientras trababa combate con este el Santa Ana, el Victory se dirigía contra nosotros.
  • Los cañones se servían con presteza, aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de algunos cabos de cañón.
  • Se contentaba con vigilar el servicio de la cartuchería, y con su voz y con su gesto alentaba a los que servían las piezas.
  • Parecía que el navío de Nelson iba a caer en nuestro poder, porque la artillería del Trinidad le había destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana.
  • Yo, puesto en el lugar donde creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba desde el alcázar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y marineros con su ronca vocecilla.
  • Pero, dejando a un lado mi humilde persona, voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el Victory.
  • El Trinidad le destrozaba con mucha fortuna, cuando el Temerary, ejecutando una habilísima maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su compañero de nuestras balas.
  • La línea de la escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo sucedió el más terrible desorden.
  • El Agustín, el Herós y el Leandro se batían lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras el Trinidad, lo mismo que el navío almirante, sin poder disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria imposible, sino movidos por el afán de perecer con honra.
  • Mirándolos, mi imaginación no podía menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse, desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al abordaje con ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje para tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle.
  • Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos.
  • Las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban con angustia los que luchaban.
  • De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer, agonizaba con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel cuerpo glorioso, retemblaba al golpe de las balas.
  • Crujían sus cuadernas, estallaban sus baos, rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores de sus tripulantes.
  • La expansión de los gases desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación.
  • Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido, y luego lo escupía con furia fuera del portalón, como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.
  • Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo.
  • Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo arriba, con tal presencia de ánimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto valor.
  • Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente, la acción enérgica, permanecía en su puesto dirigiendo aquella acción desesperada que no podía ganarse ya.
  • Tan horroroso desastre había de verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba el heroísmo.
  • Tal vez no me hubiera fijado en esta circunstancia, si habiendo salido de la cámara, impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que con acento terrible me dijo.
  • Esto diciendo, cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba casi ileso.
  • El considerarme, no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa tragedia, disipó por un instante el miedo, y me sentí con grandes bríos, al menos con la firme resolución de aparentarlos.
  • ¡Ah! decía yo para mí con orgullo.
  • Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo.
  • Corrí a buscar el agua, y cuando se la traje, bebió con ansia.
  • Pareció tomar con esto nuevas fuerzas.
  • En aquel pasajero letargo, seguí oyendo el estrépito de los cañones de la segunda y tercera batería, y después una voz que decía con furia.
  • Me sentí despertar, y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofás de la cámara, con la cabeza oculta entre las manos en ademán de desesperación y sin cuidarse de su herida.
  • Yo le consolé como pude, diciendo que si la acción no se había ganado, no fue porque yo dejara de matar bastante ingleses con mi cañoncito, y añadí que para otra vez seríamos más afortunados.
  • Saliendo afuera en busca de agua para mi amo, presencié el acto de arriar la bandera, que aún flotaba en la cangreja, uno de los pocos restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie.
  • El de aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo.
  • ¡A las bombas! Todos los que podíamos acudimos a ellas y trabajamos con ardor.
  • Como cuento con que el lector benévolo me ha de perdonar que apunte aquí mis impresiones, diré que aquello me hizo pensar un poco.
  • Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones.
  • Me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.
  • Los oficiales ingleses que habían entrado allí trataban a los nuestros con delicada cortesía, y según entendí, querían trasbordar los heridos a algún barco enemigo.
  • Contestó Don Alonso a sus finuras con gravedad, y después quiso enterarse por él de los pormenores del combate.
  • Gravina se ha retirado con algunos navíos contestó el inglés.
  • Ha muerto contestó el inglés con tristeza.
  • ¡Oh! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto Churruca! exclamó mi amo con angustiosa perplejidad.
  • Antes bien, indica el consorcio fecundo de la delicadeza de sentimientos con la energía de carácter.
  • Mi amo lloró como hombre, después de haber cumplido con su deber como marino.
  • Mas reponiéndose de aquel abatimiento, y buscando alguna razón con que devolver al inglés la pesadumbre que este le causara, dijo.
  • Una sobre todo irreparable contestó el inglés con tanta congoja como la de Don Alonso.
  • Y con tan poca entereza como mi amo, el oficial inglés no se cuidó de disimular su inmensa pena.
  • Cubriose la cara con las manos y lloró, con toda la expresiva franqueza del verdadero dolor, al jefe, al protector y al amigo.
  • He cumplido con mi deber.
  • Sus navíos se habían mezclado con los nuestros, y como la contienda era a tiro de fusil, el buque enemigo que nos batía ocultaba la vista del resto de la escuadra, además de que el humo espesísimo nos impedía ver cuanto no se hallara en paraje cercano.
  • Al anochecer, y cuando aún el cañoneo no había cesado, distinguíamos algunos navíos, que pasaban a un largo como fantasmas, unos con media arboladura, otros completamente desarbolados.
  • Y cuando la luz de un fogonazo lejano iluminaba a trechos aquel panorama temeroso, notábamos que aún seguía la lucha con encarnizamiento entre grupos de navíos aislados.
  • Vino la noche, y con ella aumentó la gravedad y el horror de nuestra situación.
  • Pero, por el contrario, desencadenáronse con furia los elementos, como si el Cielo creyera que aún no era bastante grande el número de nuestras desdichas.
  • El anciano estaba herido de poca gravedad, y aunque una bala le había llevado el pie derecho, como este no era otra cosa que la extremidad de la pierna de palo, el cuerpo de Marcial sólo estaba con tal percance un poco más cojo.
  • En seguida empinó una botella y bebió con delicia.
  • Trabajosamente se enmendaron algunas averías con auxilio de los ingleses, que vigilaban todo, y según después comprendí, no perdían de vista a algunos de nuestros marineros, porque temían que se sublevasen, represando el navío, en lo cual los enemigos demostraban más suspicacia que buen sentido, pues menester era haber perdido el juicio para intentar represar un buque en tal estado.
  • En un lado de la cámara yacían, cubiertos con el pabellón nacional, los oficiales muertos.
  • Don Juan Cisniega, teniente de navío, el cual no tenía parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido.
  • Envueltos en su bandera, y con una bala atada a los pies, fueron arrojados al mar, sin que esto, que ordinariamente hubiera producido en todos tristeza y consternación, conmoviera entonces a los que lo presenciaron.
  • Las personas a quienes interesa saben que hay un rincón de tierra donde existen aquellos restos, y pueden marcarlos con una losa, con una cruz o con una piedra.
  • Los marineros muertos eran arrojados con menos ceremonia.
  • No sé por qué el cuerpo de aquel desgraciado fue el único que les movió a perder con tal descaro el respeto a la muerte, y decían.
  • Cerré los ojos con espanto, y no los abrí hasta que el violento salpicar del agua me indicó que había desaparecido para siempre ante la vista humana.
  • La sangre que corría por mis venas era su sangre, y esa voz interna que nos incita a ser benévolos con las faltas de los nuestros, no podía permanecer callada después de la escena que pasó ante mis ojos.
  • Yo les aseguro a ustedes, y no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mío, que le perdoné con toda mi alma y que elevé el pensamiento a Dios, pidiéndole que le perdonara todas sus culpas.
  • Pero con tan poca fortuna como en la noche anterior.
  • La situación no empeoraba, a pesar de que seguía el temporal con igual fuerza, pues se habían reparado muchas averías, y se creía que, una vez calmado el tiempo, podría salvarse el casco.
  • Por esta razón trabajaban con tanto ahínco en las bombas noche y día, permitiéndonos descansar algún rato.
  • Durante todo el día 22 la mar se revolvía con frenesí, llevando y trayendo el casco del navío cual si fuera endeble lancha de pescadores.
  • Pero inflamándose la ola como al impulso de profundo torbellino, levantaba aquél su orgullosa proa, adornada con el león de Castilla, y entonces respirábamos con la esperanza de salvarnos.
  • Iriartea y Cisneros recibieron aquella noticia con calma y serenidad, demostrando que no hallaban gran diferencia entre morir en la casa propia o ser prisioneros en la extraña.
  • Comenzó precipitadamente el trasbordo con las lanchas del Trinidad, las del Pince y las de otros tres buques de la escuadra inglesa.
  • Mas aunque se trató de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de donde estaban sin mortificarles, y algunos pedían con fuertes gritos que los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudecía sus dolores.
  • ¡a las lanchas, a las lanchas!, exclamaron algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación, corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que volvían.
  • No se pensó más en los heridos, y muchos de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con delirante extravío, buscando un portalón por donde arrojarse al mar.
  • ¡Señor, que el barco se va a pique! exclamé de nuevo, no ya pintando el peligro, sino suplicando con gestos y voces.
  • Y yo busqué con ansiosos ojos a Marcial, y le llamé con toda la fuerza de mis pulmones.
  • Me parece que un marinero se acercó a Don Alonso cuando yo le hablaba, y le asió con sus vigorosos brazos.
  • Yo mismo me sentí transportado, y cuando mi nublado espíritu se aclaró un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi amo, el cual tenía mi cabeza entre sus manos con paternal cariño.
  • Eran los pobres heridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre el abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse, comunicándose con los ojos la angustia de los corazones.
  • ¡Cómo presenciarían aquellos infelices el crecimiento de la inundación! ¡Qué dirían en aquel momento terrible! Y si vieron a los que huían en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, ¡con cuánta amargura gemirían sus almas atribuladas! Pero también es cierto que aquel atroz martirio las purificó de toda culpa, y que la misericordia de Dios llenó todo el ámbito del navío en el momento de sumergirse para siempre.
  • Todos callábamos, y los más fijaban una triste mirada en el sitio donde se suponía que nuestros compañeros abandonados luchaban en aquel instante con la muerte en espantosa agonía.
  • Yo miraba a los ingleses, remando con tanta decisión como los nuestros.
  • Con estos pensamientos, decía para mí.
  • Echar al agua a los ingleses y poner la proa a Cádiz o a la costa, aun con la probabilidad casi ineludible de perecer ahogados en la travesía.
  • El Santa Ana, amparado sólo por el Fougueux, francés, tuvo que batirse con el Royal Sovereign y otros cuatro ingleses.
  • Según allí refirieron, la lucha había sido horrorosa, y los dos poderosos navíos, cuyos penoles se tocaban, estuvieron destrozándose por espacio de seis horas, hasta que herido el general Álava, herido el comandante Gardoqui, muertos cinco oficiales y noventa y siete marineros, con más de ciento cincuenta heridos, tuvo que rendirse el Santa Ana.
  • Estaban tristes y tranquilos, soportando con gravedad la pena del vencimiento y el bochorno de hallarse prisioneros.
  • Un detalle advertí también que llamó mi atención, y fue que los oficiales ingleses que custodiaban el buque no eran, ni con mucho, tan complacientes y bondadosos como los que desempeñaron igual cargo a bordo del Trinidad.
  • Por el contrario, eran los del Santa Ana unos caballeros muy foscos y antipáticos, y mortificaban con exceso a los nuestros, exagerando su propia autoridad y poniendo reparos a todo con suma impertinencia.
  • Yo había perdido mi afición a andar por el combés y alcázar de proa, y así, desde que me encontré a bordo del Santa Ana, me refugié con mi amo en la cámara, donde pude descansar un poco y alimentarme, pues de ambas cosas estaba muy necesitado.
  • Me volví y encaré con un joven alto, embozado en luengo capote azul, y al pronto, como suele suceder, no le reconocí.
  • Mas contemplándole con atención por espacio de algunos segundos, lancé una exclamación de asombro.
  • Abrazole Don Alonso con mucho cariño, y él se sentó a nuestro lado.
  • Con vergüenza lo confieso.
  • Pero diré también en descargo mío que aquella pena fue una sensación momentánea y fugaz como un relámpago, verdadero relámpago negro que obscureció mi alma, o mejor dicho, leve eclipse de la luz de mi conciencia, que no tardó en brillar con esplendorosa claridad.
  • Después de este combate moral vi a Malespina con gozo porque estaba vivo, y con lástima porque estaba herido.
  • Y aún recuerdo con orgullo que hice esfuerzos para demostrarle estos dos sentimientos.
  • Pero las fuerzas de los enemigos se duplicaron con la ayuda del Dreadnoutgh, del Thunderer y del Poliphemus, después de lo cual fue imposible toda resistencia.
  • Hallándose el Príncipe de Asturias con todas las jarcias cortadas, sin palos, acribillado a balazos, y habiendo caído herido el general Gravina y su mayor general Escaño, resolvieron abandonar la lucha, porque toda resistencia era insensata y la batalla estaba perdida.
  • En un resto de arboladura puso Gravina la señal de retirada, y acompañado del San Justo, el San Leandro, el Montañés, el Indomptable, el Neptune y el Argonauta, se dirigió a Cádiz, con la pena de no haber podido rescatar el San Ildefonso, que ha quedado en poder de los enemigos.
  • Cuénteme usted lo que ha pasado en el Nepomuceno dijo mi amo con el mayor interés.
  • Yo creo que esta certeza y la imposibilidad material de evitarlo, sintiéndose con fuerzas para ello, perturbaron profundamente su alma, capaz de las grandes acciones, así como de los grandes pensamientos.
  • Hizo que se pusieran de rodillas, y dijo al capellán con solemne acento.
  • Cumpla usted, padre, con su ministerio, y absuelva a esos valientes que ignoran lo que les espera en el combate.
  • En nombre de Dios, prometo la bienaventuranza al que muera cumpliendo con sus deberes! Si alguno faltase a ellos, le haré fusilar inmediatamente, y si escapase a mis miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar, sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de sus días miserable y desgraciado.
  • Esta arenga, tan elocuente como sencilla, que hermanaba el cumplimiento del deber militar con la idea religiosa, causó entusiasmo en toda la dotación del Nepomuceno.
  • Avistados los ingleses, Churruca vio con el mayor desagrado las primeras maniobras dispuestas por Villeneuve, y cuando éste hizo señales de que la escuadra virase en redondo, lo cual, como todos saben, desconcertó el orden de batalla, manifestó a su segundo que ya consideraba perdida la acción con tan torpe estrategia.
  • El grande espíritu de nuestro heroico jefe parecía haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, así como los disparos, se hacían con una prontitud pasmosa.
  • Entre tanto, Churruca, que era nuestro pensamiento, dirigía la acción con serenidad asombrosa.
  • Aquel hombre, débil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no parecía nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infundía a todos misterioso ardor, sólo con el rayo de su mirada.
  • Volvía al alcázar de popa, cuando una bala de cañón le alcanzó en la pierna derecha, con tal acierto, que casi se la desprendió del modo más doloroso por la parte alta del muslo.
  • Le vi esforzándose por erguir la cabeza, que se le inclinaba sobre el pecho, le vi tratando de reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez, mientras con voz apenas alterada, exclamó.
  • Y era que le conservaba así la fuerza del espíritu, apegado con irresistible empeño a la vida, porque para él en aquella ocasión vivir era un deber.
  • Dirigió algunas palabras a su cuñado Ruiz de Apodaca, y después de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el pensamiento a Dios, cuyo nombre oímos pronunciado varias veces tenuemente por sus secos labios, expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido.
  • Firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida.
  • Aquí terminó Malespina, el cual fue oído con viva atención durante el relato de lo que había presenciado.
  • XIV Buena parte de la noche se pasó con la relación de Malespina y de otros oficiales.
  • Excuso decir que en aquel reñido combate forjado dentro de mi propio cerebro, derroté a todos los ingleses habidos y por haber, con más facilidad que si sus barcos fueran de cartón, y de miga de pan sus balas.
  • Yo tenía bajo mi insignia como unos mil navíos, mayores todos que el Trinidad, y se movían a mi antojo con tanta precisión como los juguetes con que mis amigos y yo nos divertíamos en los charcos de la Caleta.
  • Todo se acabó, cuando abrí los ojos y advertí mi pequeñez, asociada con la magnitud de los desastres a que había asistido.
  • Me incorporé en el canapé donde había dormido, atendí con todo cuidado, y, en efecto, un atronador grito de viva el Rey hirió mis oídos, no dejándome duda de que el navío Santa Ana se estaba batiendo de nuevo.
  • De Álava, viendo que se aproximaban algunos navíos españoles, salidos de Cádiz, con objeto de represar los buques prisioneros y salvar la tripulación de los próximos a naufragar, se dirigió con lenguaje patriótico a su abatida tripulación.
  • Esta respondió a la voz de su jefe con un supremo esfuerzo.
  • Este singular atrevimiento, uno de los episodios más honrosos de la jornada de Trafalgar, se llevó a cabo en un buque desarbolado, sin timón, con la mitad de su gente muerta o herida, y el resto en una situación moral y física enteramente lamentable.
  • Pero éste era socorrido oportunamente por el Asís, el Montañés y el Rayo, tres de los que se retiraron con Gravina el día 21, y que habían vuelto a salir para rescatar a los apresados.
  • Aquellos nobles inválidos trabaron nueva y desesperada lucha, quizás con más coraje que la primera, porque las heridas no restañadas avivan la furia en el alma de los combatientes, y éstos parece que riñen con más ardor, porque tienen menos vida que perder.
  • Sensible es que hecho tan heroico no haya ocupado en nuestra historia más que una breve página, si bien es verdad que junto al gran suceso que hoy se conoce con el nombre de Combate de Trafalgar, estos episodios se achican, y casi desaparecen como débiles resplandores en una horrenda noche.
  • Su mano trémula había recogido el botafuego de las de un marinero herido, y con la debilitada vista de su ojo derecho, buscaba el infeliz el punto a donde quería mandar la bala.
  • Cuando la pieza se disparó, se volvió hacia mí, trémulo de gozo, y con voz que apenas pude entender, me dijo.
  • Pero ¿qué fuerza podía tener aquel barco para remolcar otro tan pesado como el Santa Ana, y que sólo podía ayudarse con las velas desgarradas que quedaban en el palo del trinquete?
  • ¿Qué sería de nosotros si los ingleses, como era de suponer, se reponían de su descalabro y volvían con nuevos refuerzos a perseguirnos?
  • Pronto pondríamos el pie en suelo seguro, y si llevábamos la noticia de grandes desastres, también llevábamos la felicidad a muchos corazones que padecían mortal angustia creyendo perdidos para siempre a los que volvían con vida y con salud.
  • A todas éstas se venía la noche encima con malísimo aspecto.
  • El cielo, cargado de nubes negras, parecía haberse aplanado sobre el mar, y las exhalaciones eléctricas, que lo inflamaban con breves intervalos, daban al crepúsculo un tinte pavoroso.
  • La mar, cada vez más turbulenta, furia aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable voracidad pedía mayor número de presas.
  • Los despojos de la más numerosa escuadra que por aquel tiempo había desafiado su furor juntamente con el de los enemigos, no se escapaban a la cólera del elemento, irritado como un dios antiguo, sin compasión hasta el último instante, tan cruel ante la fortuna como ante la desdicha.
  • Yo participé de la general tristeza, y en mis adentros consideraba cuán fácilmente se burla el destino de nuestras previsiones mejor fundadas, y con cuánta rapidez se pasa de la mayor suerte a la última desgracia.
  • La ola mansa que golpea el buque con blando azote, se trueca en montaña líquida que le quebranta y le sacude.
  • Un día sereno trae espantosa noche, o por el contrario, una luna que hermosea el espacio y serena el espíritu suele preceder a un sol terrible, ante cuya claridad la Naturaleza se descompone con formidable trastorno.
  • No, es algo más, repuso Don Rafael con tristeza, y señaló a su costado derecho cerca de la cintura.
  • ¡Oh!, esto parece grave dijo Don Alonso con desaliento.
  • Álava mandó que se le preguntase a la fragata Themis si creía poder entrar en Cádiz, y habiendo contestado rotundamente que no, se hizo igual pregunta al Rayo, que hallándose casi ileso, contaba con arribar seguramente al puerto.
  • Respondí procurando calmar su agitación, la cual era tan grande, que no le dejaba ver la inconveniencia de consultar con un mísero paje cuestión tan grave.
  • Veo que tú eres una persona razonable añadió sintiéndose consolado con mi aprobación.
  • Pues vete con esas razones a Paca, y verás lo que te contesta replicó él cada vez más agitado.
  • Con que adiós, Gabrielillo.
  • Cuidado con lo que le dices a Paca.
  • Estaba rezando, y movía las cuentas del rosario con mucho disimulo, porque no quería que le vieran ocupado en tan devoto ejercicio.
  • Don Rafael y Marcial, como los demás oficiales heridos, fueron bajados en brazos a una de las lanchas, con mucho trabajo, por robustos marineros.
  • Mas, al fin, aunque hubo momentos en que a mí me parecía que la embarcación iba a desaparecer para siempre, llegamos al costado del Rayo, y con muchísimo trabajo subimos la escala.
  • Pregunté con mucho afán.
  • Corneta, que cargue el diablo con él.
  • Cuando le dejamos allí con los demás oficiales heridos, escuché una voz que reconocí, aunque al punto no pude darme cuenta de la persona a quien pertenecía.
  • En cuanto lo supe y me enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos cuantos navíos, fui a ver si entre ellos venía el San Juan, donde estabas tú.
  • Pero yo soy hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se había dispuesto la salida de algunos navíos con objeto de recoger los desmantelados y rescatar los prisioneros, determiné salir pronto de dudas, embarcándome en uno de ellos.
  • Mas nada consolador me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca había muerto, y que su navío, después de batirse con gloria, había caído en poder de los enemigos.
  • ¡Figúrate cuál sería mi ansiedad! ¡Qué lejos estaba hoy, cuando rescatamos al Santa Ana, de que tú te hallabas en él! A saberlo con certeza, hubiera redoblado mis esfuerzos en las disposiciones que di con permiso de estos señores, y el navío de Álava habría quedado libre en dos minutos.
  • Los oficiales que le rodeaban mirábanle con sorna oyendo el último jactancioso concepto de Don José María.
  • Por sus risas y cuchicheos comprendí que durante todo el día se habían divertido con los embustes de aquel buen señor, quien no ponía freno a su voluble lengua, ni aun en las circunstancias más críticas y dolorosas.
  • Don José María, que tal oyó, aseguró que, por el contrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con la conversación.
  • Pues en las guerras de la República francesa dijo un oficial andaluz que quería confundir a Don José María, se estableció que en las ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios, pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban todos como nuevos.
  • ¿Cómo puede ser que con música y baile se curen las heridas?
  • Sí, señores añadió mirando con gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oían.
  • ¡Hombre, de a 300! exclamaron los oficiales con aspavientos de risa y burla.
  • Con arreglo a ella, yo construiría un barco de hierro de 7.000 toneladas.
  • Y aunque no tenía puesto en el buque, ni estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus compañeros, bastante atareados con el creciente temporal.
  • Él solo habría derrotado con cuatro o cinco tiros los treinta navíos ingleses.
  • Manifesté con timidez, arguyéndole más bien por cortesía que porque el asunto me interesase.
  • Para evitar el efecto de la artillería enemiga, yo forraría mi barco con gruesas planchas de acero.
  • Con este medio, podría atacar, sin que los proyectiles enemigos hicieran en sus costados más efecto que el que haría una andanada de bolitas de pan, lanzadas por la mano de un niño.
  • ¿Dónde iría a parar la escuadra inglesa con todos sus Nelsones y Collingwoodes?
  • Pero en caso de que se pudieran hacer aquí esos barcos dije yo con viveza, conociendo la fuerza de mi argumento, los ingleses los harían también, y entonces las proporciones de la lucha serían las mismas.
  • Don José María se quedó como alelado con esta razón, y por un instante estuvo perplejo, sin saber qué decir.
  • Mas su vena inagotable no tardó en sugerirle nuevas ideas, y contestó con mal humor.
  • Los buques se fabricarían con el mayor sigilo y sin decir palotada a nadie.
  • Se meten por donde quieren, hacen astillas con el empuje de su afilada proa a los barcos contrarios, y con un par de cañonazos.
  • No quise hacer más objeciones, porque la idea de que corríamos un gran peligro me impedía ocupar la mente con pensamientos contrarios a los propios de tan crítica situación.
  • Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del tiempo.
  • Yo observé con afán los rostros de oficiales y marineros, por ver si encontraba alguno que indicase esperanza.
  • No era posible volverse más que a Dios, ¡y Éste estaba tan poco propicio con nosotros desde el 21!
  • El viento y el mar, que corrían con impetuosa furia de Sur a Norte, lo arrastraban, sin que la ciencia náutica pudiese nada para impedirlo.
  • El empuje de la ola al avanzar y la violencia con que se arrastra al retirarse son tales, que ninguna fuerza humana puede vencerlos.
  • El Rayo hizo nuevos disparos, y esperamos socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto, pereceríamos todos con el navío.
  • Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante.
  • Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz conmovida.
  • Pero él, moviendo la cabeza con triste ademán, parecía presagiar alguna desgracia.
  • Yo le curé como pude, consolándole con palabras de esperanza.
  • Antes bien inclinaba la cabeza con gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos.
  • Malespina no necesitaba de mí, mientras que Marcial, casi considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía, diciéndome.
  • Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la mar, les recogía.
  • Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios.
  • ¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial! exclamé con vivo dolor.
  • Exclamé con angustia, viendo que me dejaban.
  • Grité con todas mis fuerzas.
  • Bajo mis pies, que pataleaban con ira, el casco del Rayo se quebraba en pedazos, y sólo se conservaba unida y entera la parte de proa, con la cubierta llena de despojos.
  • El anciano se incorporó con muchísimo trabajo, apoyado en su mano.
  • Levantó la cabeza y recorrió con su turbada vista el lóbrego espacio que nos rodeaba.
  • Con el propósito firme de subirme a él cuando el casco acabara de hundirse, miré aquel árbol orgulloso en que flotaban trozos de cabos y harapos de velas, y que resistía, coloso desgreñado por la desesperación, pidiendo al cielo misericordia.
  • Así, al modo de perro o gato, no necesita de que un cura venga y le dé la solución, sino que basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios.
  • Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con quien confesarse, debe decir lo que tiene en la conciencia al primero que encuentre.
  • Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me está oyendo detrás de ti, y que me va a perdonar.
  • Y que por todo lo que les haya ofendido me castiguen, pues si no me confesé y comulgué este año fue por aquél de los malditos casacones, que me hicieron salir al mar cuando tenía el proeto de cumplir con la Iglesia.
  • De los palos que le daba a mi mujer hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados estuvieron, porque era más mala que las churras, y con un genio más picón que un alacrán.
  • Tú no tienes pecados, y vas a andar finiqueleando con los ángeles divinos.
  • Con que ánimo, chiquillo, que esto se acaba.
  • Dentro de un ratito estaremos libres de pesadumbres, yo dando cuenta a Dios de mis pecadillos, y tú contento como unas pascuas danzando por el Cielo, que está alfombrado con estrellas, y allí parece que la felicidad no se acaba nunca, porque es eterna, que es como dijo el otro, mañana y mañana y mañana, y al otro y siempre.
  • Algunos hombres estaban en derredor mío, observándome con interés.
  • Poco a poco fui volviendo a la vida, y con ella al recuerdo de lo pasado.
  • Pregunté por el Santa Ana, y me dijeron que había llegado felizmente a Cádiz, por cuya noticia resolví ponerme inmediatamente en camino para reunirme con mi amo.
  • ¿Pero quién le metió a salir a la mar con un cargamento de más de sesenta años?
  • A mi casa me voy con mi mujer y mis hijos, pues ya he cumplido, y dentro de unos días me han de dar la licencia.
  • Lo cierto es que nos envolvió y nos dividió y nos fue rematando barco a barco de tal modo, que no podíamos ayudarnos unos a otros, y cada navío se veía obligado a combatir con tres o cuatro.
  • ¿Pero usted cree que se acobardó, ni que anduvo con ungüentos ni parches?
  • Como su carácter era algo arrebatado y su genio vivo, daba las órdenes gritando y con tanto coraje, que si no las obedeciéramos porque era nuestro deber, las hubiéramos obedecido por miedo.
  • Con esto concluyó el entusiasmo, si no la lucha.
  • Pero como el camino se hacía largo y pesado, yo intenté trabar de nuevo la conversación, y principié contándole lo que había visto, y, por último, mi traslado a bordo del Rayo con el joven Malespina.
  • He visto con estos ojos al padre de ese joven, quejándose amargamente, y refiriendo los pormenores de la desgracia con tanta angustia que partía el corazón.
  • Prefirió con todo dar la vida al mayor número, aun sacrificando la de su hijo en beneficio de muchos, y así lo hizo.
  • No pueden ustedes figurarse qué alborotado estaba el vecindario con la noticia de los desastres de la escuadra.
  • Presencié escenas de frenética alegría, mezcladas con lances dolorosos y terribles desconsuelos.
  • Las esperanzas se desvanecían, las sospechas se confirmaban las más de las veces, y el número de los que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bien pequeño, comparado con el de los que perdían.
  • En honor del pueblo de Cádiz, debo decir que jamás vecindario alguno ha tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el amplio pabellón de la caridad.
  • Con Gravina, en el Príncipe de Asturias, habían vuelto a Cádiz el Montañés, de 80, comandante Alcedo, que murió en el combate en unión del segundo Castaños.
  • A excepción de los cuatro navíos que se retiraron con Dumanoir sin entrar en fuego, mancha que en mucho tiempo no pudo quitarse de encima la marina imperial, nuestros aliados se condujeron heroicamente en la batalla.
  • Unos se retiraron con Gravina.
  • El mismo Napoleón mandó a los periódicos que no se hablara del asunto, y cuando se le dio cuenta de la victoria de sus implacables enemigos los ingleses, se contentó con encogerse de hombros diciendo.
  • Mi corazón, al aproximarme a la casa de Doña Flora, palpitaba con tanta fuerza, que a cada paso me detenía para tomar aliento.
  • La inmensa pena que iba a causar anunciando la muerte del joven Malespina, gravitaba sobre mi alma con tan atroz pesadumbre, que si yo hubiera sido responsable de aquel desastre, no me habría sentido más angustiado.
  • No tardé en reconocer el rostro de Doña Flora, más pintorreado aquel día que un retablo, y ferozmente desfigurado con la alegría que mi presencia causó en el espíritu de la excelente vieja.
  • Los dulces nombres de pimpollo, remono, angelito, y otros que me prodigó con toda largueza, no me hicieron sonreír.
  • Entré en la sala, y Doña Francisca se adelantó hacia mí preguntándome con mortal ansiedad.
  • Repitieron la pregunta, y entonces vi a mi amita que salía de una pieza inmediata, con el rostro pálido, espantados los ojos y mostrando en su ademán la angustia que la poseía.
  • ¿Con que ha muerto ese caballerito?
  • Le dijo mi amo con asombro.
  • Después una viva alegría sucedió a la anterior tristeza, y, por último, cuando la fuerte emoción les permitió reflexionar sobre el engaño, me interpelaron con severidad, reprendiéndome por el gran susto que les había ocasionado.
  • El lector no comprenderá el origen de la equivocación que me hizo anunciar con tan buena fe la muerte del joven.
  • Adornó su leyenda con detalles tan peregrinos, tan interesantes y a la vez tan verosímiles, que muchos se lo creyeron.
  • Diríase que su alma, perdida la última ilusión, había liquidado toda clase de cuentas con el mundo y se preparaba para el último viaje.
  • La definitiva ausencia de Marcial le quitaba el único amigo de aquella su infantil senectud, y no teniendo con quién jugar a los barquitos, se consumía en honda tristeza.
  • Y ahora nos hemos quedado sin escuadra, sin marinos, y nos quedaremos hasta sin modo de andar si seguimos unidos con los franceses.
  • Pero Villeneuve, que estaba decidido a ello, por hacer una hombrada que le reconciliase con su amo, trató de herir el amor propio de los nuestros.
  • Que antes que nada es la prudencia, y más conociendo, como conocía, que la escuadra combinada no tenía condiciones para luchar con la de Inglaterra.
  • Y cuando ésta salió, observé que el pobre anciano rezaba con tanta piedad como en la cámara del Santa Ana la noche de nuestra separación.
  • Murió mucho después de que su hija se casara con Don Rafael Malespina, acontecimiento que hubo de efectuarse dos meses después de la gran función naval que los españoles llamaron la del 21 y los ingleses Combate de Trafalgar, por haber ocurrido cerca del cabo de este nombre.
  • Fui por la noche, y durante mi viaje solitario iba luchando con mis ideas y sensaciones, que oscilaban entre aceptar un puesto en la casa de los novios, o rechazarlo para siempre.
  • Así lo hice, venciendo los halagos de Doña Flora, que trató de atarme con una cadena formada de las marchitas rosas de su amor.
  • Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole.
  • Pero perdía con estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña.
  • Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al badajo formidable de la Wamba, la gran campana que llamaba a coro a los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades y privilegios.
  • El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe.
  • Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela.
  • Si Bismarck fuera canónigo y dinidad (creía que lo era el Magistral) en vez de ser delantero, con un mote sacao de las cajas de cerillas, se daría más tono que un zagal.
  • ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.
  • Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene.
  • ¡Mia tú el Papa, que manda más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro de carcas (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro.
  • Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión.
  • Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable badajo.
  • Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos, con cien matices.
  • Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre.
  • Los castañedos, robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos obscuros.
  • Aquel verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle.
  • El roce de la tela con la piedra producía un rumor silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio.
  • Sus ojos eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y trataba.
  • Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada, como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral pública.
  • Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior, obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y vigilancia.
  • Al notar la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad estereotipada en los labios.
  • En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de rapé, lo más notable era la suavidad de liquen.
  • Pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes, como es siempre la carne informe.
  • Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir, amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta de la nariz claudicante.
  • Celedonio contestó con una genuflexión como las de ayudar a misa.
  • Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro.
  • Indudablemente aquello era un cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante como él.
  • Era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y hacía con él puntería.
  • No iba con su personilla aquel disparo.
  • Tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral.
  • Sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo.
  • Con aquel anteojo se veía un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María.
  • Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los cuerpos.
  • Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta.
  • De Pas había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos.
  • Como recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado en su fantasía.
  • Se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo necesitaba más cerca.
  • Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poderío que tenía en la mano.
  • Era una especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus ilusiones de la infancia con la realidad presente.
  • Aspiraba con voluptuosidad extraña el ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le rodeaban.
  • Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.
  • El Magistral veía a sus pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios.
  • Seguía en tamaño las Recoletas, donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y huerto la sexta parte del barrio.
  • Pero el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan sólidas ni tan grandes.
  • Hacia el Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino.
  • No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques, cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana.
  • Y mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal.
  • Los trabajadores sucios, negros por el carbón y el hierro amasados con sudor.
  • Los que escuchaban con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad, federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra tumba.
  • Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era con robustas raíces, como con cadenas de hierro.
  • El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la Colonia, la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con reflejos acerados.
  • Parecía un pájaro de los bosques de América, o una india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.
  • La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se quedan y edifican despiertos.
  • La religión con las formas aprendidas en la infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que veían en sueños al otro lado del mar.
  • Por todo lo cual el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía.
  • Si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones hechas, las factorías establecidas han dado muy buen resultado, y no desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.
  • Y tal puerta cochera hubo que hizo llorar con sus discursos patéticos.
  • Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana, redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros, descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra.
  • En cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro, cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba juego de damas, blanco y negro.
  • El manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento, tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real.
  • Algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un cadáver.
  • En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas, sujetos con cadenillas de hierro.
  • De uno de estos escondites salió, al pasar el Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas encendidas con un tinte cárdeno.
  • El Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos.
  • Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido con traje talar muy pulcro y elegante.
  • Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber de cierto en el fondo de tantas calumnias.
  • Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida con hábito del Carmen.
  • Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con cuatro bóvedas altas.
  • Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas pluviales en los armarios.
  • El Palomo, con una sotana sucia y escotada, cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo.
  • Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos, repugnantes para el estómago principalmente.
  • Se acercó a un grupo que en el otro extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado.
  • Sin embargo, cinco minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con la boca abierta escuchaban al arqueólogo.
  • Tenía la boca muy grande, y al sonreír con propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja.
  • Era una sonrisa llena de arrugas, que equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que Bermúdez quería pasar por el hombre más espiritual de Vetusta, y el más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada.
  • Pues debe advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribían por entonces en París.
  • Él se encargaba unas levitas de tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
  • Pero le sucedió con ella lo mismo que con las solteras.
  • Con los ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías que tomaba de la Biblia y otros libros orientales.
  • Este joven sentimental y amante del saber se cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso, aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o dos miradas.
  • Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka) repetían.
  • A luchar con la tentación al aire libre.
  • A cansar la carne con paseos interminables.
  • Entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire puro.
  • ¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él decía para sus adentros.
  • Y por fin se acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos, ánimos fuertes.
  • Solía volver a sus novelas de la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo.
  • A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el cuerpo.
  • ¡Memento homo! decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas.
  • Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había tocado con una rodilla en una pierna.
  • él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella no lo había retirado.
  • Le espero con.
  • Le espero con unos amigos de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona inteligente.
  • ¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme! Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en realidad de verdad estilo de Bermúdez para descansar, con una reacción proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un cuarto de hora.
  • El Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar.
  • Pronto las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de que había infestado la sacristía desde el momento de entrar.
  • Era el olor del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio soñaba algunas veces.
  • Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas.
  • A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos.
  • Era menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables.
  • Después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda, como diciéndole.
  • Todo esto quiso decir con los ojos.
  • ¡Qué guapo está! dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.
  • Pero su prudente esposo, considerando que Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por allí se pasaba sin hacer aspavientos.
  • Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo.
  • Con gran pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como si a una hoguera la echasen petróleo.
  • , y pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares, decía ue en vez de oi y otros adefesios.
  • Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º y 4.º de una de sus Vetustas y ya iba a terminar con el epílogo que copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo.
  • Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro.
  • Y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de esta suerte.
  • Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica para los mortales despojos.
  • Con la majestad de cuyo depósito creció tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía, digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga, Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas et sic de coeteris.
  • Mientras Obdulia felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.
  • Uno tras otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de cada día.
  • Era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en nariz larga y corva.
  • Terciaba el manteo a lo estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un anteojo con el dedo pulgar y el índice.
  • Como el interlocutor solía ser más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia.
  • No a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo y candoroso culto de los treinta años.
  • Su culto a la dama no tenía que ver nada con las exigencias del sexo.
  • Sentía desde su juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención, cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto.
  • Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas, bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes.
  • Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás, había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.
  • El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que con alguna silla.
  • De todas maneras, figurándose con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en petit comité según decía terciar el manteo, colocar la teja debajo del brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.
  • Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.
  • Encontrábase en la calle, por ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia.
  • Le llamaba con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y decíale.
  • Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios.
  • Y aun así y todo decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia aun así y todo no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo.
  • Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte.
  • El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes.
  • Si llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el Palomo hacía un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a su casa.
  • Era un poco torcido del hombro derecho don Restituto por lo demás buen mozo, casi tan alto como el pariente del ministro, y como este defecto incurable era un obstáculo a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado.
  • Iba con los de la feria y volvía con los del mercado.
  • Disimulaba la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que no incurría nunca.
  • Pero con usted no tengo inconveniente en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida.
  • Hablaba en voz baja, con misterio.
  • Allí estaba, oyendo con fingida complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía, presente y ausente.
  • Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al Deán y barrenaba con un dedo la frente.
  • Yo sé la vida que llevaba esta señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad.
  • Sólo el Provisor se contentó con sonreír, inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo de los oídos.
  • El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se interesaba de veras con la crónica.
  • El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.
  • Sufría sus impertinencias con calma.
  • El Obispo era un bendito, Glocester un taimado con más malicia que talento.
  • Precisamente el trabajo de maquiavelismo más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas relaciones con el déspota, pasar como partidario suyo y minarle el terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.
  • La Regenta, muy principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas incompatibilidades.
  • Pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.
  • En cuanto a la advenediza tuvo que perdonar y contentarse con ser.
  • Pero ya la moda había cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral que se iba con pies de plomo era preferido.
  • Sin embargo, unas por costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.
  • Por esto acechaba la sucesión del Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente.
  • ¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del otro, había visto, mirando de soslayo, dos señoras.
  • Había vuelto a pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en persona.
  • Con el Obispo no había que contar.
  • Tampoco había que contar con él.
  • Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del confidente.
  • Y separándose un poco, para ver el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de los labios.
  • Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.
  • Las personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio.
  • ¿Era que aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar cuándo vendría a favorecerle con su visita?
  • ¿Era que con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una de tantas?
  • El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general con todo el culto.
  • Quedaban los tres y el Palomo, que abría y cerraba cajones con estrépito y murmuraba.
  • ¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor Arcediano.
  • Saludó con el torcido tronco, haciéndose un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello morado y blanco.
  • El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros expedientes por el estilo.
  • Entonces se detuvo, volvió a mirar con ahínco, dio un paso dentro de la capilla.
  • Yo hablé con ellas.
  • ¡Al Espolón! gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del Magistral y con la otra la teja.
  • Pero si no fue desaire repetía el Provisor dejándose llevar, y con el rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo inundaba.
  • Las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.
  • En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de la bóveda.
  • En el retablo de la Capilla mayor han admirado y gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir, del cincel de un Grijalte.
  • Empero aquí, señores, forzoso es confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme.
  • Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo hacía en elocuencia liquefacta.
  • El desgraciado ya confundía a los califas de Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más de ochocientos, si las columnas o los califas.
  • El orden dórico, el jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al arco de medio punto.
  • Y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y cortés señora de pueblo.
  • Cartelas, medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas.
  • Quería dar la batalla al libertino y escogía, con un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
  • Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al espejo.
  • Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.
  • El Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta facilitó la entrevista.
  • Estas visitas las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez.
  • Se saludaban siempre con la mayor amabilidad.
  • Las calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador en don Víctor.
  • Doña Ana jamás había hablado a solas con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a verle de cerca.
  • Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con cierto tono frío, y algo distraído al parecer.
  • Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes apretados hasta causarle un dolor sordo.
  • La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de satín granate.
  • La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio dorada, con pabellón blanco.
  • Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en tapiz miserable! Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el tocador.
  • Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez podía representársela.
  • Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella blandura suave con los brazos tendidos.
  • Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había conservado desde la niñez.
  • Pero no se atrevía a andar en la obscuridad y pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.
  • Aquella blandura de los colchones era todo lo maternal con que ella podía contar.
  • Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre.
  • El perro se tendía al sol, con la cabeza entre las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
  • Sábado, sábado, morena, cayó el pajarillo en trena con grillos y con cadenaaa.
  • Se acostó, acercó la luz y se puso a leer con la cabeza hundida en las almohadas.
  • Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de examen decía pase la memoria por los lugares que ha recorrido, se acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca con aquel Germán, su amigo.
  • Él la abrigaba solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la barca.
  • Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría, detrás de las nubes.
  • Vivía en Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con el mar por allá arriba, por el arenal.
  • Vivía con una señora que se llamaba aya y doña Camila.
  • Un perro le había cerrado el paso al atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño.
  • Un poco de pan con manteca mojado en lágrimas.
  • Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que habían hecho no habían conseguido moverla.
  • Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.
  • Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a ella, pero nunca quiso dárselos.
  • Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó unas cosas que ella no sabía lo que eran.
  • Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron, a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.
  • Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto de hora de rebelión.
  • Ya no se veía más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas.
  • Y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
  • No veía bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí, estaba mala, iba a darle el ataque.
  • Al mismo tiempo que por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente, el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la mano.
  • Era el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato nervioso de costumbre.
  • Volvió Petra con la tila.
  • Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse.
  • Respiró con fuerza.
  • Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala contigua esperando órdenes.
  • ¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque la huerta de los Ozores.
  • ¡Con mil amores! contestó el ex regente buscando en su corazón la fibra del amor paternal.
  • Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con la escopeta al hombro.
  • Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.
  • Y después de depositar otro beso, por propia iniciativa, en la frente de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano.
  • Con la izquierda levantó el cortinaje granate.
  • Volviose, saludó a su esposa con una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del caserón de los Ozores.
  • Añadió la rubia azafranada, con ojos provocativos.
  • Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera.
  • El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, con los hombros encogidos.
  • Toda la noche se hubiera estado el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la mirada.
  • A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador.
  • Pero él ¡con qué deleite hubiera saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico, dulce al cazador, de la perdiz huraña! No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar el deseo de una separación en cuanto al tálamo quo ad thorum.
  • Fue acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio mejor avenido del mundo dividió el lecho.
  • Y pudo Quintanar levantarse con la aurora y recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices, tordos, perdices, tórtolas y canarios.
  • Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos, con todo lo demás del argumento.
  • Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.
  • Honra habladora, así con la espada como con la discreta lengua.
  • Cuando trabajaba como aficionado, había comprendido en los numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser poco menos que un maestro.
  • Encendía un fósforo con una bala a veinticinco pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por el estilo.
  • Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos.
  • El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los pensamientos.
  • Más de dos años hacía que ella lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.
  • Sí, ella le pondría a raya helándole con una mirada.
  • Iba tocado con gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello.
  • Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores.
  • Cansado de casamatas, cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas.
  • Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin cuento, honrada y pobre.
  • Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
  • Que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la suerte de su hija.
  • Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que se necesitaba para conspirar con progresistas.
  • No le faltaba talento, era apasionado y se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se distinguía por lo original ni por lo prudente.
  • Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
  • Pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba poco.
  • Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre que se casaba con la servidumbre.
  • Emigró Ozores y doña Camila juró odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había conseguido casarse con aquel estuco.
  • Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales concupiscencias.
  • Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha.
  • La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa que centelleaba en su cerebro.
  • Solía comer con los pastores.
  • Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el jugo de las flores, con material para su poema.
  • Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida.
  • En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro clavado en la cabeza.
  • Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían ser una madre, según la lógica poética de Anita.
  • Pero los libros que llegaban a sus manos, no le hablaban de aquellas cosas con que soñaba.
  • Donde había enumeraciones fatigosas de ríos y montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus pinos altísimos y soberbios troncos.
  • Y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido, triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.
  • Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de reina consorte, con arranques de amazona.
  • Era de tal índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
  • Y se la devoraba con los ojos.
  • La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza virginal de Anita se fue desvaneciendo.
  • Pero poco a poco fue entrando en su espíritu una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones obligaba al aya.
  • Recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido culpable de todo aquello que decían.
  • Cuando ya nadie pensaba en tal cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas culpas, de todo iba desconfiando.
  • ¡Con qué tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar, y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos religiosos.
  • Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús procuró explicársela con un beso de madre.
  • Pero en cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.
  • Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la educación omnilateral y armónica, como la entendía él.
  • Vean ustedes, yo entrego a mi hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos.
  • La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas aventuras y sin la férula de un aya semi inglesa.
  • Soñaba con la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia ardiente que ella se figuraba como un nido de amores.
  • Pero como de abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún placer, por ideal que fuese.
  • A pesar de que Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante, en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como un buen animal doméstico.
  • Fuera por lo que fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos libre pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez pasos.
  • Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres.
  • El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que habla mucho de la mujer en general.
  • Prefirió retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que se lo pedía con las manos en cruz.
  • Los seis meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia subsiguiente.
  • Pero de cuantos podrían recordarle aquella vergüenza, sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger los frutos.
  • Esta vez se mandó con el maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.
  • Dejó caer el plumero con que sacudía el polvo.
  • Ana salió con el libro debajo del brazo.
  • Fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que brillaban como lanzas de acero.
  • Ana leía con el alma agarrada a las letras.
  • Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta, soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles.
  • Se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro, recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de palmeras que llegaban a las nubes.
  • Sólo con recordar la dulzura de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía amar al universo entero en aquel obispo.
  • No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos, porque contaba con la ignorancia del concurso.
  • Si su razón se resistía a los argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y con ella el albedrío.
  • La devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo en mujer.
  • Y hablaba con la Virgen de aquella manera.
  • Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos que ella conocía bien.
  • Pavorosos acantilados a la derecha caían a pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que llegaban a lo alto como ruidos subterráneos.
  • Subía con una ansiedad apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.
  • Era una cañada entre dos lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos del árbol que le daba nombre.
  • Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y escribió con lápiz en la primera página.
  • De cada concepto amoroso y rítmico brotaban enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.
  • Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial.
  • Y con los ojos abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral y pasar sobre su frente.
  • La enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la edad.
  • Propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la claridad y los pormenores que empleaba el doctor.
  • El lecho la sujetaba con brazos invisibles.
  • La noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de frío.
  • El doctor dijo que no tenía con quien entenderse.
  • Llorando y con las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas cristianas.
  • La quinta que ellas habían imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas utilidades.
  • Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar con lo que ella valía.
  • Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana.
  • Representa una alianza nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló en mal hora con sangre plebeya.
  • Estaba conforme con todo.
  • Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
  • ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?
  • Pálida como una muerta, con dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó todo el diálogo de sus tías.
  • Lo malo sería que aquella muchacha hubiera seguido con vida tan disoluta.
  • Que con tal de ser en adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese.
  • De aquellos amores le habían quedado varias canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma acompañaba con la guitarra.
  • El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con un amante.
  • Estos eran muy finos, muy galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las hijas de los americanos y de los pasiegos ricos.
  • Pero aunque se quisiera apencar apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza, con algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar a una Ozores, aunque se muriese por ella.
  • Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno, ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo.
  • Ellos determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero al volver la salud no volvieron con ella.
  • Había notado con tristeza que aquella fe suya era demasiado vaga.
  • En algunos momentos de reflexión serena examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones.
  • Pero poco después de comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más despacio y con armónico movimiento.
  • Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el alma y una plácida pereza en el cuerpo.
  • Las tías le permitían levantarse tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas.
  • Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas ideales de sus visiones turgentes.
  • Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se despedía de la señora de sus pensamientos diciendo.
  • Ahorita vuelvo, con un balanceo de hamaca en los diminutivos.
  • En su casa había muy poco dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
  • Doña Águeda con unos ojos dulzones, inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
  • Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la sobrinita de sus pecados, como ella decía.
  • Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo mejor de lo más barato.
  • La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo al mundo.
  • ¡Es la Venus del Nilo ! decía con embeleso un pollastre llamado Ronzal, alias el Estudiante.
  • La honraba con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la caballeriza y hasta la casa de un potentado.
  • Les atraería la hermosura de Ana, pero no se casarían con ella.
  • Por guapa no se casaría con un noble.
  • Era preciso abdicar, dejarla casarse con un ricacho plebeyo.
  • En el gran mundo de Vetusta decía doña Anuncia es preciso un ten con ten muy difícil de aprender.
  • Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en que era indispensable dar instrucciones a la chica.
  • Exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra la tertulia de su predilección.
  • Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia.
  • Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con ten.
  • Oye, Anita dijo con voz meliflua la perfecta cocinera.
  • Un ten con ten especial.
  • Un ten con ten, eso.
  • Sobre todo en el trato con los hombres.
  • Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse en lo más mínimo.
  • Otra cosa muy distinta dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella, por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.
  • Por nada de eso, ni aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni escandalizarte, ni darte por ofendida.
  • Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna cosa.
  • Tú no te has de casar con ninguno de ellos.
  • Doña Águeda y después su hermana trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella hermosura que consideraban obra suya.
  • Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la observación en cabeza ajena.
  • Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.
  • Como entonces ya no había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de las sábanas.
  • Pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume.
  • Comprendía aquellos ardores que con miradas unos, con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de Vetusta.
  • Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita.
  • Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver, una baraja o una botella de aguardiente.
  • ¿Con que indecentes, libres?
  • La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos.
  • Que no se le mezclase a ella lo humano con lo divino.
  • A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito.
  • Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
  • ¿Y quién se casa con una literata?
  • Al principio se le había figurado que ella, con un poco de arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote.
  • La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con sus tías por la carretera de Madrid.
  • Frío con elegancia.
  • La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con plumero y capitanes de forajidos.
  • ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas, en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y un caballero que se la comía con los ojos.
  • Ana le trató con mucha amabilidad.
  • La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.
  • A don Tomás le llamaban Frígilis, porque si se le refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia, sino por filosofía, y exclamaba sonriendo.
  • Admitió el trato de Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones que había impuesto a don Cayetano.
  • Pues si tampoco amaba a don Víctor, tampoco debía casarse con él.
  • No era con Jesús con quien iba a vivir, sino con hermanas más parecidas de fijo a sus tías que a San Agustín y a Santa Teresa.
  • Algo se supo en el círculo de la nobleza de las veleidades místicas de Anita, y las que la habían llamado Jorge Sandio no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el nuevo antojo.
  • Pero esto era poco para creerse con vocación de santa.
  • El nuevo pretendiente era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de Matanzas con cargamento de millones.
  • Venía dispuesto a edificar el mejor chalet de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta.
  • Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y terminada la conferencia compareció Anita.
  • Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que vamos a hacerte contestaras con una negativa.
  • Contaba con su sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
  • La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos siglos.
  • Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es decir, con muchos más millones.
  • Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.
  • Hay que darla decía con un pie en el estribo y la cabeza dentro del coche.
  • Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso abandono.
  • No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre.
  • Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno de ser querido.
  • Todos los que habían producido en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran cualquier cosa menos proporciones.
  • No estaba en Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y escogida.
  • Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo.
  • Más adelante había otra sala más lujosa, con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como decían los mozos.
  • Se le figuraba que en aquel antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito.
  • Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.
  • Porque jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era famosa.
  • Se ayuda con el tresillo.
  • Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza necesaria.
  • Estos libros se habían comprado con motivo de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
  • Con ocasión de esta medida radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho.
  • Volvía el conserje con las manos en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.
  • En cuanto al papel de cartas que desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad.
  • Escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más contradictorias.
  • Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en seguida con un desengaño más en el alma.
  • Y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las composiciones, la finura del mundo.
  • Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal parte se ha escapado con los fondos.
  • Era que los señores del billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos.
  • Se acercaba al estante con mucha cautela.
  • Pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser elegido presidente de un Ateneo de infantería, y vístose en la necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de la patria, ser un erudito.
  • Empezó a llamar la atención de los vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le antojaba contraste de la artillería y la literatura.
  • En cuanto él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le antojaba obra suya todo aquello.
  • En cuanto a las infames que comerciaban con su cuerpo, como decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del Lábaro, ¿cómo no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones de este género en la prensa local?
  • Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le habían pronosticado una cesantía.
  • Y después de ímprobo trabajo, volvía, como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde las pesetas ganadas.
  • Que casó con.
  • Esta conversación terminaba siempre con una frase.
  • También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento, sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.
  • A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más grato palique el silencio.
  • En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal y era usurero con todos los sistemas políticos.
  • Malicioso, y enemigo de los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.
  • De Pas iba con el Arcipreste y la Regenta con Visitación.
  • Todos los del corro se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el respaldo en la mesa, dijo.
  • Y, vamos a ver preguntó el señor Foja, el ex alcalde ¿qué tiene que ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el Magistral y la confesión?
  • El mediquillo vestía pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre las sienes.
  • Se llamaba Joaquín Orgaz y se timaba con todas las niñas casaderas de la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y tenía el gusto de ser mirado por ellas.
  • Había acabado la carrera aquel año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica.
  • Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.
  • Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo.
  • Yo soy muy inglés en todas mis cosas decía con énfasis sobre todo en las botas.
  • Hablar con Ronzal, verle a él animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte, daba escalofríos.
  • Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.
  • Oía con atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría.
  • Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos invasores.
  • En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.
  • ¡Este va a reina! exclamó clavando con los suyos los ojos del adversario.
  • ¡Eso es! dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió halagado con la suposición.
  • Se había dicho allí con más o menos prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el señor Ronzal.
  • Pues miente quien tal diga gritó Trabuco muy disgustado con la noticia.
  • Estaba hablando con los señores del dominó en la sala contigua.
  • Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro.
  • Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida.
  • En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.
  • Dijo el alcalde, con su malicia de siempre.
  • No me venga usted a mí con cuentos.
  • Y en cuanto a sus relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y conozco a su hija desde que era así media vara protesto contra todas esas calumniosas especies.
  • Mesía le miró aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable sonrisa.
  • Y el día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre saldrá de aquí con la sotana entre piernas.
  • Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal.
  • Usted decía que se escribe con h.
  • A mí no me venga usted con circunloquios.
  • Búsquelo usted primero con h dijo Ronzal con voz de trueno a Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de aplastar al de Pernueces.
  • ¡Qué callada! ¡qué callada! Orgaz, solemnemente, buscó avena con h.
  • Será que la busca usted con b.
  • Búsquela usted con v de corazón.
  • Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con h.
  • Si usted tiene un diccionario en que lleva h la avena, con su pan se lo coma.
  • Y usted tiene razón y don Frutos confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna.
  • ¡Tal vez con la Regenta! pensó el de Pernueces.
  • ¿con que tiene usted en asedio a la viudita?
  • Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas partes creo que se daban unos.
  • Con que allí las tienes, con los brazos al aire.
  • Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire y los brazos un todo al fresco.
  • Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta, ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco tanto como su intimidad con don Álvaro.
  • Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño a las que le costaban su dinero.
  • Su literatura se había reducido a la Historia de la prostitución por Dufour, a La Dama de las Camelias y sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.
  • La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta.
  • ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal a Paco.
  • Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de sus emociones.
  • Este señaló el corazón con ademán joco serio.
  • ¡Puf! hizo con los labios Paco.
  • Lo poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros.
  • Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a solas, ¿dónde podía ser?
  • ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía incombustible la carne flaca aquella hembra?
  • Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con tales ideas tenía que ser irresistible.
  • Ahora con su cuenta y razón.
  • Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un estudiante tímido que ama platónicamente.
  • A no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos con seguridad del secreto.
  • Bien lo había conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y en el sistema de ataque.
  • Le veía a veces mirarla con fijeza y pensaba.
  • Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores.
  • Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino, constante y platónico amador de su gentileza.
  • Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno, y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.
  • Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios.
  • ¿Con que el escéptico redomado, el hombre frío, el dandy desengañado, tenía otro hombre dentro?
  • ¡Quién lo pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si es no es romántico!
  • Y 2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo romántico, una pasión verdad, compatible con su afición a las formas amplias y a las turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.
  • Pero ¡bah! con un poco de imaginación.
  • Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía, apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la casa.
  • Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la muerte.
  • Contaba los pasos y los millares los señalaba con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana.
  • Y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.
  • Soñaba con las calles de Nueva York que nunca había visto y si le sacaban este argumento.
  • Su devoción consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer, mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran conservas.
  • Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después, y últimamente con raso basteado, capitoné que ella decía, en almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le antojaban impúdicas.
  • Y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada artísticos.
  • El sofá de panza anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a todos los vientos.
  • Si no había teatro, y esto era muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas.
  • A mí con esas.
  • Su mano tropezó con una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer estaba seguro y sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra.
  • Aquella escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas vivían con ella, había desaparecido.
  • Aquellas lugareñas linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba el turno de ir a Vetusta.
  • Desde niñas se acostumbraban a mirar como temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de lo mejorcito de la capital.
  • Las muchachas animaban por algunas semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos.
  • En la tertulia de la Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud.
  • Los liberales avanzados, los que no se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.
  • Algún canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia, aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí mucho tiempo.
  • A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con gran cuidado, sin ruido, por no distraerla.
  • Este criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas.
  • Si alguno se propasa, las conozco, me avisarán con una bofetada sonora.
  • Cuando se había tratado de sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin rodeos.
  • Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no tomaba ninguna precaución.
  • Madres tienen, decía, o con su pan se lo coman.
  • Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores.
  • En la seriedad de las sillas panzudas y de los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una garantía del eterno silencio que les recomendaba.
  • ¡Mi celda! decía el Marqués con afectación.
  • Pues Bedoya, al que le aducía este argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los viera, subía con él al segundo piso.
  • Se encerraba en el salón de antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba cierta parte escondida de un pie del mueble.
  • Allí había hecho él varios agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la silla.
  • Quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y.
  • ¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay que decirle una palabra! Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa a Obdulia aquella tarde.
  • Con las cuerdas al aire.
  • Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y trato sencillísimo era en casa de los demás.
  • Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase.
  • Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo era con cuenta y razón.
  • Era insoportable con su alegría intempestiva.
  • Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco.
  • Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir esto.
  • Y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón despedazado.
  • ¡Indudablemente Vegallana sabía ser un gran señor!, pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que cría la provincia.
  • Y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz imperiosa.
  • Aquello no valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén mal disimulado.
  • Colás, ponte a la disposición de esas señoras dijo Pedro con voz solemne.
  • Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la merienda de Visita.
  • Quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad, y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad práctica.
  • Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de la ciencia.
  • No de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo.
  • El cocinero estuvo a punto de caer de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.) Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los dulces y sustanciales amores.
  • Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los caseros que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces.
  • ¡Antes había olvidado a don Saturnino, que yacía en el lecho del dolor con sendos parches de sebo en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de aquella tarde arqueológica! La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas.
  • Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas y sin tropezar con nada.
  • Sabía el Marquesito andar por la cocina a obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.
  • Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito.
  • Un movimiento brusco de la dama, que traía falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un gusto nuevo.
  • Siempre había considerado el joven aristócrata como una antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana con velos, sobre el desnudo puro.
  • Pero aquellos cuadros rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.
  • Para la viuda, uno de los placeres más refinados era una sesión alegre con uno de sus antiguos amantes.
  • Con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada con que la miraba el señor Obispo.
  • Siempre hablaba con alguna golosina en la boca.
  • Pedro notó que guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la urraca ladrona.
  • Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones humorísticas que ya no hacían reír.
  • Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no?
  • La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el espíritu de aquella loca al positivismo vulgar, y había atajado las demasías eróticas de su fantasía juvenil.
  • Esto es, atendía con gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.
  • ¡Bah! decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba interés al ocaso de su hermosura.
  • Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.
  • Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste.
  • Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.) Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa.
  • Y como ella no hace lo que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y poleas las enaguas y la falda.
  • Parece que está acariciando a un niño con la barba redonda y pura.
  • ¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!
  • Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en la garganta, dijo con voz ronca y rápida.
  • Parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.
  • Ese estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el de los gallos en injerto, no es un hombre.
  • Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como decía Cármenes en el Lábaro.
  • No salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.
  • Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con entusiasmo.
  • Puedes marcharte con una tajada y dejar el pez en el agua.
  • Ya sabes que cuando se casó cesaron, que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora.
  • Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre todo.
  • Con esas?
  • (Parecía que hablaba con lengua metálica.) Tontina.
  • Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que se pegaban al riñón.
  • Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.
  • Venía con cara de sonreír a sus ideas.
  • Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de dudas y vacilaciones.
  • Saludó con su aire grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su admirador y mortal enemigo.
  • ¿Con el Magistral, por supuesto?
  • Sí, con él.
  • ¡Ana, sube, anda, tonta! gritó la viuda mientras devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza.
  • Saludó con graciosa sonrisa y siguió adelante.
  • Un momento se habían encontrado sus ojos con los de Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces.
  • Le habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar el contacto de aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado, confundido con el deseo.
  • Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina.
  • Gritó al oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla.
  • ¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!
  • Vamos, Petra! Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como una mística que solicita favores celestiales.
  • Procuraba disimular el acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación insoportable.
  • Los prados, de un verde fuerte, con tornasoles azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo.
  • Ana entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por aquella frescura del suelo.
  • Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie, varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas las hojas solitarias de sus extremos.
  • Iba tomando cierta confianza al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser calladas.
  • ¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse con la absolución encima.
  • Aunque situado en una hondonada, desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos.
  • El sol sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.
  • Flotaban dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata.
  • Daba vueltas, barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre, pizpireta.
  • Ana siguió el vuelo de la lavandera con la mirada mientras pudo.
  • Le había dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al pie de la letra, algo parecido a esto.
  • Hija mía, ni aquellos anhelos de usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de prudencia.
  • ¿que todo el río va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y que todo va a ser para usted?
  • Pero, por esto ¿va a tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la arena?
  • Ella se había visto con su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no arrojase la pepita de oro.
  • Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial.
  • Había abierto su corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas.
  • También ella había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con los demás.
  • El Provisor había sonreído con la voz.
  • No bastaba una conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y descuidadas era querer sanar de veras.
  • No se trataba de cumplir con una fórmula.
  • Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de ponerse en cura.
  • Pero, una vez escogido, era preciso considerarle como lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se desvanecen.
  • Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y se atrevió a mirarla con insolencia.
  • Decía el pobre hombre que se sabía de memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su eterno.
  • ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
  • Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero, personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había.
  • Y con todo, debió haber especificado más en aquella parte de la confesión.
  • Podía pasar la noche pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor dignamente.
  • ¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa, llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus pequeños y.
  • Ese pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro, radiante de la virtud.
  • La Regenta recordó las carracas de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.
  • El sapo la miraba con una impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.
  • Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.
  • Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de inquisidor.
  • Petra pensaba casarse con él, pero más adelante cuando fuera más rico y ella más vieja.
  • De vez en cuando iba a verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para calentarse en la vejez.
  • En vez de subir por la calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de galerías con cristales de colores chillones y discordantes.
  • Costureras, chalequeras, planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros, zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras con estridente sonsonete.
  • Imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia.
  • Poco a poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la pobretería, como decían los tertulios de Vegallana.
  • Las muchachas reían sin motivo, se pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los grupos de obreros crecía la algazara.
  • Los remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con las mejillas ardiendo.
  • En general, se movía aquella multitud con cierto orden.
  • Algunos señoritos se mezclaban con los grupos de obreros.
  • Niñas de catorce años, con rostro de ángel, oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír como locas.
  • Los mozalbetes más osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y respeto.
  • ¡Olé, salero! ¡Viva tu mare! se atrevió a gritar un andaluz con acento gallego.
  • Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la chusma, en la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor.
  • Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno, vestido con blusa azul, gritaba.
  • El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos cerrados.
  • Corre, Petra, corre dijo con voz muy débil.
  • Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador.
  • Con un ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo.
  • Pero pronuncian el castellano con suficiente corrección.
  • Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda.
  • ¡Oh, le estoy cansando a usted! dice Visitación a un rubio con cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de percal.
  • Y además lo hago con la mejor voluntad.
  • El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de una nevada.
  • Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.
  • Un paseo, cogido por los cabellos, es un placer delicado, intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la honrada clase media española.
  • Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la calle del Comercio.
  • Y niña casadera que tiene para ocho días con una flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales, detrás del cristal que azota la lluvia incansable.
  • Con la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas, costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros, estudiantes y militares de la reserva.
  • ¡Oh! ¡quién le hubiera puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.
  • Para tener idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su físico, hay que figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar chispas.
  • Confiaba en su experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado con el prestigio de su belleza corporal.
  • No conozco seductores corcovados ni enanos decía, encogiéndose de hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas cosas.
  • Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas técnico escandalosas.
  • Yo he leído añadía don Álvaro en casos tales que ha habido princesas y reinas encaprichadas y metidas con monos, así como suena, monos.
  • Como en él lo principal era el político, transigía con la religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia y el Estado.
  • Sin embargo, bueno era ilustrarse, fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo.
  • También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con papel de color de azafrán.
  • Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos.
  • Él también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras circunstancias.
  • Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba hablando con el Marquesito.
  • En materia de amor la criada no creía en las clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia.
  • Así hablaba Obdulia con los hombres.
  • Y dijo con el tono de una galantería vulgar, obligada.
  • ¿Si jamás este hombre me habrá mirado con amor.
  • Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo ¡ay! ¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo! ¿serían ilusiones mías, nada más que ilusiones?
  • Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia.
  • ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse tentar! La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de vacío.
  • ¡Una hermosísima mujer! añadió el materialista en sus adentros al mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.
  • Para hablar necesitaba humedecer con la lengua los labios.
  • ¡Qué monísima! ¡qué monísima! Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin alarde de atrevimiento.
  • Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra, buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como lluvia benéfica en el alma de la Regenta.
  • Es mía pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba en el día del triunfo.
  • Yo volveré luego con mamá a buscarte.
  • Hoy vas al teatro con nosotros.
  • En fin, ya arreglarás eso con mamá.
  • Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy humilde.
  • La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con estrépito.
  • Con mil amores, si no fuera.
  • ¡El arte es una religión! advirtió don Víctor consultando el reloj, temeroso de perder lo de Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.
  • Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con colores de lagarto.
  • La doncella se comía con los ojos a la señora.
  • ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?
  • Nada tenía ella que ver con don Álvaro.
  • ¿En cazar con liga o con reclamo como su marido?
  • Don Víctor siempre con ella.
  • Brooke se había casado con una gitana del Albaicín.
  • A veces ráfagas vivas movían como sonajas de panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre metálico.
  • Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas, melancólicas.
  • La luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo.
  • ¿Y si se hubiera casado con don Frutos Redondo?
  • Con don Frutos hubiera sido tal vez otra cosa.
  • Y si Redondo se incomodaba, tendría que batirse con Mesía.
  • Ana contempló a don Frutos, el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre, como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi negra, muy espesa y con espuma.
  • A cada paso tropezaba con un mueble.
  • Dio un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de avanzada para evitar un choque.
  • Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían la carne con fuerza.
  • Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando.
  • Siguieron su movimiento y Ana sintió un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con el piso.
  • No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.
  • Sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con estrépito por el suelo.
  • Llegó Petra con luz.
  • Si estos inventores no hubieran sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la Regenta.
  • Que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.
  • Se contentó con decir.
  • Apenas mordería con fuerza ese demonio de guillotina.
  • Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta.
  • Después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas.
  • Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su irresponsabilidad.
  • Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que deshonran.
  • ¡Qué diría Petra para sus adentros! ¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?
  • Los árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas.
  • Comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía Petra.
  • ¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con lo que le sucedía a ella?
  • ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda, sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido.
  • Le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor.
  • Pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia.
  • Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que pasaban con alas rápidas delante de la luna.
  • Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la carne, derechos de la hermosura.
  • La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros, en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo.
  • Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un bulto por la calle solitaria pegado a la pared del Parque.
  • ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel paraíso.
  • Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se le ocurriría a su debido tiempo.
  • Sus mayores triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor insólito, una seguridad absoluta.
  • Dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás, por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído llamándole.
  • ¡Atrévete, atrévete con la verdadera virtud.
  • ¡Ahora, ahora! gritó Mesía con el único valor grande que tenía.
  • La lucha vulgar de la vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo, la prosa, la fatigaban.
  • Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un conjuro a su pensamiento.
  • Ana se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.
  • ¡Alma mía, con mil amores!
  • Y yo, por último, opino lo mismo, y estoy resuelto esto lo dijo con mucha energía estoy resuelto a que termine la vida de aislamiento.
  • Volvemos a Vetusta, casi pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este caserón y no hay quien te saque al sol en un año.
  • La Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara con ella para sacarte de tus casillas.
  • Pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con Tirso de Molina (representando).
  • , etc., cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y botánico, y otras no menos respetables.
  • Preguntó don Víctor con expresión de no comprender.
  • Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera.
  • ¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita! decía entre suspiros Quintanar, con las manos en la cabeza.
  • Pronto descansaban todos en la casa, menos Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano, espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.
  • ¿Contarían con ella?
  • Y con una delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar, oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo.
  • La sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el brillo triste del paño muy rozado.
  • Aquel traje sórdido, que tal contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al aproximarse la hora de las visitas probables.
  • Entonces vestía don Fermín un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre.
  • Casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela gris.
  • Él viste bien, eso sí, con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser insignificante.
  • Doña Paula con su hábito negro de Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está vestida para todo el año.
  • ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su reloj de música sin música y sin cuerda?
  • ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con que el bazar, como lo llama, de La Cruz Roja, tenga sótanos y el Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de comercio?
  • Con alguna calumnia.
  • Venga usted acá, viborezno libre pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles.
  • ¿No es usted otro libelo infamatorio con lengua y pies que viera yo cortados de los muchos que sacrifican la honra del Magistral?
  • Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías cuyo soy el depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito?
  • ¿Mis rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver con la curia eclesiástica?
  • De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo le dejo con la palabra en la boca.
  • Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas.
  • No señores, no es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy generoso, y robaba con exposición de la vida.
  • Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro, rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción.
  • Pero la voluntad no obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le asediaban.
  • Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.
  • Don Fermín le había dicho usted es el único que podrá entenderse con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba contándome sus aprensiones morales.
  • Ella, en cuanto le indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que yo no daba más de mí.
  • Pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro.
  • Y como no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él aquí volvió a reír don Cayetano lo mejor será que ustedes se entiendan.
  • Relacionaba las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble.
  • Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban con él o no confesaban con nadie.
  • A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular, hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su mujer, con otros secretos más íntimos.
  • Muchas veces, en las casas donde era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo.
  • Primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después espiando la confesión, que duraba, duraba escandalosamente.
  • Al pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el confesonario, cubierta con la mantilla.
  • Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con aquella señora, había sido un anuncio de la realidad.
  • Allí, por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a sacrificarse en Jesús.
  • Confirmábase la doctrina que los griegos profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba y definía, sacro approbante Concilio, que el Romano Pontífice, quum ex cathedra loquitur, goza plenamente, per assistentiam divinam, de aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su Iglesia.
  • Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él.
  • En Madrid había llamado mucho la atención predicando en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta.
  • Los periódicos le habían comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada, legos.
  • La Iglesia es así, pensaba De Pas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado ya del Papa infalible.
  • La palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos bruscos.
  • Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía.
  • La condición de dormir cerca del señorito, por si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca.
  • Le dijo la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.
  • Como están con las cuentas del trimestre.
  • También tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que yacían sobre las sillas y en el suelo.
  • Mientras Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para seguir trabajando o meditando.
  • Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.
  • De Pas cumplía con estos deberes rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen.
  • Entró de nuevo con ellos y una toalla limpia.
  • Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla.
  • El Magistral seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su pensamiento estaba muy lejos.
  • La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre la cama.
  • Bien está, señorito, bien está respondió la criada, muy seria, con voz gangosa y tono de canto llano.
  • Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.
  • Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, calamo currente, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan de ataque.
  • Amor anafrodítico, incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños.
  • ¿Qué tenía él que ver con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la Edad media.
  • Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le quedaba de sus reflexiones de poco antes.
  • El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil.
  • Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras.
  • Quedó satisfecho, con la conciencia de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante y escultural.
  • Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el suelo, con la expresión de los santos de cromo.
  • Petra se presentó sola en el despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa en los labios.
  • Era una joven que se había obstinado en confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y paciencia.
  • Pero el Magistral la había alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo impidiesen.
  • Si otra vez viene usted con un recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera.
  • Con toda confianza.
  • Dijo con voz temblorosa y ruborizándose.
  • Por ahora se contentó con despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío.
  • Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña con ribetes blancos.
  • Doña Paula la midió con los ojos, sin disimulo.
  • Petra se repuso y, casi con altanería, contestó.
  • En la puerta de la escalera la recibió con afable sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas, como las señoritas de Vetusta.
  • Preguntó doña Paula en cuanto se vio a solas con su hijo.
  • ¡Jesús, qué carta! exclamó doña Paula con los ojos clavados en su hijo.
  • Con su madre no disputaba.
  • Es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa herencia?
  • ¿Con que Glocester?
  • Por eso todos piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.
  • Glocester, don Custodio, Foja, don Santos y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida desacreditándote.
  • Tú (vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo, como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo.
  • Eso no, madre gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas, erizadas como dispuestas a la defensa.
  • Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora me mortifica.
  • Tenía el prestigio del amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres.
  • Podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y cuando no lo tenía se quejaba de la falta de carácter de los hombres importantes.
  • Adiós, madre dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse con la pregunta sacrílega.
  • Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.
  • ¡Él que con los demás era un hombre que solía convertirse en león!
  • La madre había hablado de las calumnias con que le querían perder.
  • Por un acto de fe, aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la vida.
  • Yo soy de miel con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido.
  • Yo vendo la Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del templo a los mercaderes.
  • Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que en Vetusta.
  • Si algún día su amistad con Ana Ozores llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería de los pecados cometidos.
  • Iba con las mejillas encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
  • Tenía el don de estar hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
  • Parecía olfatear con los ojos.
  • Le preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la mirada, como quien anda a minas.
  • Carraspique frisaba con los sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de gobierno.
  • Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral.
  • Todas habían hecho su primera confesión con don Fermín.
  • (Con voz misteriosa y agria.) Está ahí el médico.
  • El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma.
  • Vestía con el arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en su porte su buena posición social.
  • Era una hermosa figura que se defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía.
  • Curaba con buenas palabras.
  • ¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano?
  • No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los profanos no se les ha de asustar con griego y latín.
  • Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia.
  • Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
  • En fin, a usted se le puede hablar con franqueza, porque es una persona ilustrada.
  • Miró a todos los rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo.
  • ¡A la novena, al sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el Paseo de Verano.
  • No se habla con nadie.
  • Las niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían allí con las Madres y las compañeras.
  • ¡Vade retro! Se le despide con cajas destempladas.
  • Después el rosario con su coronilla, un padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial.
  • Como artículo de lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester.
  • Y, en cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor, cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal.
  • ¡Oh, señor de Pas, fácil victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos.
  • El hogar un cuartel místico, con chistes de cura por todo encanto, resuelven libremente meterse monjas, para gozar un poco de.
  • El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo, dijo.
  • El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.
  • La ciencia ofrece la salud de Rosita con aires de aldea, allá junto al mar.
  • Saludó con una cabezada al Magistral y salió murmurando.
  • Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las palabras de su primo que había oído desde lejos.
  • El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo.
  • En la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
  • Ronzal, comparado con otros.
  • Con Mesía, por ejemplo, es un buen cristiano.
  • Comparado con don Pompeyo Guimarán el ateo.
  • Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia, les llegaba al alma a los amos de la casa.
  • No hablaba con la sublime unción de otras veces.
  • Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar algo con ira.
  • Con emplastos de cal y sinapismos de barro parecía un inválido de la arquitectura.
  • Cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y parterres de flores mustias.
  • Y después de un corredor cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala donde los familiares del Obispo jugaban al tute.
  • Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y sonrió.
  • Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.
  • Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también, de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en columnas salomónicas.
  • De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria.
  • Los otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.
  • Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.
  • ¡Jamás habían podido contar para nada con el Obispo! ¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad?
  • Con gran escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su virtud y casi le atribuyeron milagros.
  • En cierta ocasión, cuando hacía su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña, jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó una madre desesperada con su hijo en los brazos.
  • ¡Sí, sí, tú que eres santo! replicaba la madre con alaridos.
  • De memoria hubiera podido repetir cuanto han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto, del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros.
  • En estilo romántico que irritaba al Arcipreste y en estilo familiar con frases de cariño paternal, filial y fraternal.
  • Y si notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un mitrado, le reprendía con acritud.
  • No es eso, hijo mío, no es eso respondía el Obispo sofocado, con ganas de meterse debajo de tierra.
  • ¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro sombrero de teja cortito, abierto, felpudo.
  • Todos los viernes de Cuaresma la Real Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.
  • El regente que no era Quintanar con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador, preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
  • Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre Voltaire.
  • Amigo, esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.
  • ¡Con qué sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!, según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la idolatría.
  • ¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis! repetía encarándose con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente.
  • Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con tales cuchufletas.
  • El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo, arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo.
  • Sólo allá, en el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre.
  • El sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza.
  • El Obispo hablaba con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito.
  • ¡Dios mío! ¡Dios mío!, exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos.
  • Gritaba Fortunato horrorizado, con las manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar.
  • La inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su corazón.
  • La verdad era que De Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
  • En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes.
  • Leía con deleite los Caracteres de La Bruyère.
  • De los libros de Balmes sólo admiraba El Criterio y ¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique! en las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena.
  • ¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! ¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales añadía para sí ni siquiera saben tener mala intención.
  • Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y virtudes y sus consecuencias.
  • De vez en cuando, para conservar su fama de sabio entre las personas ilustradas de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes.
  • Se burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica.
  • La vanidad del predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola.
  • Cuando traía entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su a+b teológico racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor, con entusiasmo.
  • Y De Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de allí con jaqueca y diciendo.
  • Secchi y otros cinco o seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus sermones de costumbres y él también prefería agradar a las señoras.
  • Pintaba a veces, con rasgos dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que lo peor era para él.
  • Aquello de tener que mezclarse en la capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas pobres, tenía poca gracia.
  • ¡Si tratara con señoritas!
  • Aquel humilde Obispo a quien el Provisor en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.
  • El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.
  • , quería decir la mirada del Magistral, que saludó a las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente.
  • ¡Unas señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era nuevo.
  • Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la virtud, organizado por cierto circulo filantrópico.
  • El círculo se llamaba La Libre Hermandad, nombre feo, poco español y con olor nada santo.
  • En tal sociedad había una junta de caballeros y otra agregada de damas protectrices (gramática del Presidente del círculo.) La Libre Hermandad se había fundado con ciertos aires de institución independiente de todo yugo religioso, y su primer presidente fue el señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que no comulgaba jamás.
  • Las niñas de las Escuelas Dominicales y los chiquillos del Catecismo, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, y lo de Venid y vamos todos con flores a María, inventaron un cantar contra el Círculo.
  • Con la dimisión de don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas protectrices ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo guerra sin cuartel.
  • Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que presidiera el solemne reparto de premios aquel año.
  • Sin embargo, Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de este.
  • Visitación se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le mareaba con aquel atolondramiento que a él se le ponía en la boca del estómago.
  • Pero, señoras mías dijo De Pas hablemos con formalidad un momento.
  • La de Páez iba con la cabeza baja.
  • Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque.
  • Primero su madre tratándole como a un chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían.
  • Y sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia suya, la de don Fermín.
  • Gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que tenía enfrente.
  • El alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino tinto y sudor grasiento.
  • Pero gracias a los ruegos del notario había consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado, que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen partidario de la causa óptima.
  • Saludó el cura con un gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.
  • Hablaba con el lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente.
  • Y como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil.
  • Don Fermín, recordando de repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y encarándose con el párroco que también se levantó como si fueran a atacarle dijo con voz áspera.
  • ¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi Expositio juris Pontificii que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran copia de datos.
  • Con la palabra de V.
  • Y al fin, pálido, pero con voz ya serena.
  • Pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aquí.
  • Y en cuanto a su crimen execrable, yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él le comunicará lo que resolvamos.
  • Y no conté con mi mal humor.
  • Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza.
  • Está empeñado con todo el clero.
  • Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus ingleses.
  • ¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?
  • ¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de ser natural de la diócesis.
  • ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos! ¡bestias, nada más que bestias! El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel ambiente de necedad.
  • El Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo parecía.
  • El mobiliario indecoroso, y tenía un olor de sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia.
  • Los empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.
  • Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor de un desaire.
  • Los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían, contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban.
  • Era una oficina como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de hipocresía impasible y cruel.
  • Los más se volvieron a él, pero el jefe se contentó con poner una mano delante de la cara como rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un expediente de mansos.
  • ¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con distintos collares.
  • Sin pensarlo, contra su propósito, se encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios intereses y los de su señora madre.
  • Con cien nombres de la disciplina, muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos, puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna cuestión del dinero.
  • Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con pulcritud aparente exquisita.
  • ¿No era él un curial que se hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con la codicia la sed de ambiciones fallidas?
  • Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró con fuerza.
  • Huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre anchas losas.
  • El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.
  • ¡Capellanías, bulas, medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el hermoso mundo con todo eso?
  • Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de bucólica religiosa.
  • Sin poder él remediarlo, mientras el aire fresco el viento había cambiado del mediodía al noroeste le llenaba los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás Vespucios de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los pájaros.
  • Aquellas águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la alfombra de su despacho.
  • Algunos millones más tenía don Frutos, pero al Vespucio de las Águilas ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.
  • Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión.
  • Cuantos jóvenes elegantes, de buena posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a todos con una fórmula invariable.
  • Renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el alma.
  • Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba el príncipe ruso por ironía hasta que salía con las manos en la cabeza.
  • Buscó al Magistral con buenos modos, como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró.
  • Este se hizo el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles para la carne.
  • Casar a Olvido con quien él quisiera.
  • él, lo pensaba con orgullo, había nacido para aquello.
  • El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo.
  • Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con ellos.
  • El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo.
  • No con el gesto.
  • Con cierta coquetería epicena.
  • ¡Anda, papá! sujétale decía Olvido con voz suplicante, arrastrando las sílabas que parecían salir de la nariz.
  • De todas suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con gaudeamus, ni él estaba invitado ni.
  • Con todo.
  • Es que la Regenta come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque a ella la miran como una de la familia.
  • Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata, el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana, que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz temblorosa.
  • En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban dentro carcajadas.
  • Sí, señora, azules con listas blancas respondía Paco, batiendo palmas.
  • La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la calle.
  • Cerca de ella, triunfante, en pie, con un abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente, ostentaba Glocester su buena figura torcida.
  • Con la mano izquierda sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia Fandiño.
  • Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en el claustro.
  • Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús.
  • Accionaba con el abanico cerrado sobre su cabeza y llamaba señor mío al Arcediano.
  • Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según malas lenguas, quería el estanco para una su ex concubina.
  • El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que buscaban por los rincones la petaca del ex regente que Edelmira y Paco habían escondido.
  • Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo, también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo.
  • Si quería decir algo a la Regenta, a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la boca, sin poder remediarlo, distraídas.
  • Le saludó con la finura que le era característica y se dispuso a acompañarle al salón.
  • Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal, porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada prima.
  • Hizo como que no los veía, y con un poco de fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón.
  • Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de respeto y estimación.
  • Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo.
  • Gritó la Marquesa incorporándose un poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos negros.
  • El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como aspa de molino sin aire.
  • En efecto, su discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que nadie lo echase de menos.
  • Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa alegría.
  • Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos amigos, su imaginación estaba fuera.
  • En aquel momento entró Visitación en el gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y con permiso de aquellos señores a la Marquesa y a Obdulia.
  • Las tres rodearon al Magistral y con permiso de los señores que ya no eran más que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes, tuvieron con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral, mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban.
  • En los murmullos de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con él, aunque honestamente señaladas.
  • Glocester, que fingía atender a lo que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a los del grupo.
  • Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación, corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban a los marqueses, y los jóvenes se despidieron.
  • Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación, doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán, Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v.
  • A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez, enamorado de la viuda, rabiar en silencio.
  • Por otra parte añadió el ex regente me alegro de que don Fermín coma con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea empecatada de ir a reconciliar esta tarde.
  • Pero ya veras como al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus amigos íntimos.) Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al mitrado y a mi amigo Joaquín.
  • Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al señor Magistral.
  • Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa.
  • Por la mañana había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando.
  • Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se vistiera, como Dios manda, y saliese con ellos.
  • Ana disputó con su marido.
  • Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de comer en casa del Marqués.
  • Miró a su marido, algo asustada, pero Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión.
  • Con esa figura, y ese aire, y ese talento social!
  • Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel hombre.
  • Pero habló con más confianza.
  • En un tono familiar que nunca había empleado con ella.
  • Ana trataba a todo Vetusta, pero con los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones.
  • Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el brillo y originalidad de las ideas.
  • Reía con franca jovialidad, abriendo bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta.
  • Ana, mientras oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo.
  • Don Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible.
  • Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra vetustense.
  • Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces de mando los preparativos de la comida.
  • Hola, hola dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y colorada Edelmira mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con ese caballero?
  • Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.
  • Obdulia hablaba con el Magistral y Joaquinito Orgaz.
  • El Marqués discutía con Bermúdez, que inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las afirmaciones del magnate.
  • Se trataban poco y con mucho cumplido.
  • Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía.
  • Cuando le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás, sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que esperar su presencia.
  • Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados la tarde anterior.
  • Recordó todo lo que se habían dicho y que había hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno, grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo del alma.
  • No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que iba naciendo entre ella y el Magistral.
  • Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín, quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse.
  • Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
  • Cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda.
  • En general envidiaba a los curas con quienes confesaban sus queridas y los temía.
  • En los momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba a la hembra siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas, secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria.
  • Ni él se atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar semejantes atropellos.
  • Sí, este cura quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.
  • Decía Ana con humilde voz, suave, temblorosa.
  • No señora respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre flores.
  • (el Magistral se puso levemente sonrosado, y le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen.
  • Quería decir el Magistral que cuando ella gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia, buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu.
  • Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que ya no reconciliaría Ana aquella tarde.
  • Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la aristocracia provinciana.
  • Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo.
  • En cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras, jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y un gran sofá arrimado a un testero.
  • También adornaban las paredes, allí donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples industrias que tienen relación con el comer bien.
  • La castellana en el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre su cabeza.
  • Don Víctor tenía a su izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza, que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.
  • El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San Pedro, que a la dama le parecía ignominioso.
  • Los convidados en tanto se entretenían con los variados, ricos y raros entremeses.
  • Vegallana empezaba siempre con sus sardinas.
  • Preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que con los labios.
  • Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir.
  • Comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con vinagre o lo untaba con mostaza.
  • Sus vecinos conocían sus caprichos de la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de la casa.
  • Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.
  • ¡Señor mío! gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo.
  • Pero así se manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol, que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las ventanas del patio.
  • Pepa y Rosa vestidas de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia, rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre hojuelas.
  • Reían, gritaban ya, se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio de antífrasis.
  • Pepa y Rosa cuando entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que dejaban allá dentro.
  • Se asomaba a veces a la puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas, disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos.
  • Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más.
  • Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando yo te he puesto a su lado con el mejor propósito.
  • Pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a entender que era tambor de marina y que seguía dominando en ella el criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior.
  • Paco no se atrevía a pisar a su prima nueva, pero la tenía encantada con sus bromas de señorito fino, que vivió y la corrió en Madrid.
  • Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante pareja.
  • Procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de telón rápido y con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante hombre y en tales circunstancias.
  • De Pas respondía con mal disimulado despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis.
  • Y aquella mañana, al acercarse a ella para decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado estilo Feuillet pasado por la sacristía Obdulia le había vuelto la espalda y no una vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que non erat hic locus, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.
  • Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco, según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón.
  • Jamás le había mirado con los ojillos arrugados con que ella creía encantar.
  • El Marqués en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su espíritu de reformista de cal y canto.
  • Aparte de que él no era un fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra los intereses locales.
  • El Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.
  • ¡Bravo, paisano! gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña en la mano.
  • Visitación llegó a levantarse de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban ideas poco ortodoxas.
  • ¡Bien, bien! gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y a los acordes de la marcha real (decía el ex regente), que tocaba allá dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor con una corona de azahar.
  • Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita, mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los ojos brillantes y las mejillas encendidas.
  • La casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y aplauso de toda Vetusta católica.
  • Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías es una santa y poco menos que el Metropolitano.
  • Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca.
  • El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel incienso, detrás del cual habría tantas talegas.
  • Con mil amores.
  • Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos, Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a imitar muy a lo vivo los juegos infantiles.
  • El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena.
  • Y entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
  • Y entonces precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro.
  • La ceñida levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo, que relucía al sol, cayendo hasta la tierra.
  • Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella, reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo.
  • Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos tanto, a su modo, como una pasión de otro género.
  • Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero.
  • En uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo, procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía tener.
  • Tuvo la culpa Paco decía Visitación, ceñidas con una cuerda las piernas, por encima del vestido.
  • No grites, hija decía la Marquesa, que ya no la miraba por no molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás.
  • No va con usted nada respondió don Álvaro.
  • Con deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo con calma forzada.
  • ¡Ay, no, no! no se baje usted gritó la viuda con espanto.
  • ¿Quiere usted que yo levante este armatoste con los dos encima y a pulso?
  • Eso es inútil observó el Magistral con una voz muy dulce.
  • Insinuó entonces el Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.
  • Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura con el traje talar.
  • Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo.
  • ¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera! Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente.
  • Recordaba Mesía que muchas veces (especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él dicho, v.
  • Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas.
  • Lo llamaban la Góndola y el Familiar y con otros apodos.
  • Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a cierta persona.
  • Detrás iba la Góndola, atronando al vecindario con horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y voces y carcajadas que sonaban dentro.
  • Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y al Arcipreste.
  • No por su contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los abanicos.
  • ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.
  • Le pesaba, por un lado y por otro no la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana.
  • Claro, como allí cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.
  • Don Fermín le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre.
  • Don Fermín ¿por qué no viene usted con nosotros?
  • Si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a ponerse en ridículo.
  • Por lo mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar con obscuros vetustenses.
  • No debo ir con ustedes.
  • Y ella se había confesado con él.
  • Y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.
  • La blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó mirando con chispas de que él no se dio cuenta.
  • Es usted muy desabrido dijo la Marquesa, permitiéndose un tono familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.
  • Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano.
  • Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa, ya lo sabía él.
  • La Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.
  • No saludaba con las dos, porque la izquierda se la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.
  • Pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
  • Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico.
  • En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón.
  • Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la invasión de la Vetusta elegante.
  • No tuvieron inconveniente, o lo disimularon, en codearse con damas y caballeros.
  • Yo no comprendo que pueda ser cosa inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas las señoritas majas del pueblo.
  • Sin embargo, las que había bastaron para comentar con abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios ojos cada cual le acababan de ver al lado de la Regenta.
  • Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado a comer con ellos.
  • Indicó Glocester sonriendo con malicia.
  • En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a voces.
  • Los dos clérigos le saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.
  • El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.
  • Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.
  • Parecía aquella sonrisa con que siempre le veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su rostro.
  • ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria.
  • ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él otras veces ostentaba con majestuoso talante.
  • No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los cortes de la sotana.
  • Al mismo Ripamilán, con toda su respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto que para sacarlo se había necesitado una cuerda.
  • El Magistral tenía aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!
  • Señora necesito que mi madre sepa que no como hoy con ella?
  • Con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!
  • ¿Y él qué tenía que ver con todo aquello?
  • Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que le reprendiese por su condescendencia con las señoras protectrices de la Libre Hermandad.
  • ¿Con Carraspique habrás comido?
  • ¡No, señor! ¿Con Páez?
  • Y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con más fuerza de la necesaria.
  • El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos.
  • El agua de las fuentes monumentales murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en que yacía el paseo triste, solitario.
  • Al acercarse al pilón de la fuente de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus ansias en el chorro bullicioso, incitante.
  • Por lo que pudiera valer el reloj del Ayuntamiento, que no había podido secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.
  • Un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo.
  • ¡Naranjas, rediós! aulló el pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a latigazos con sus compañeros.
  • Y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo.
  • ¡Zurriágame la melunga! gritó entusiasmada la madre, ¡castañas de catalunga! Y todos corrieron, mientras el vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.
  • Gritaba poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el Ratón le castigaba con simulacros de azotes.
  • Uno con dos caballos y otro con cuatro con cascabeles.
  • Quedó solo don Fermín con un murciélago que volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas diabólicas.
  • Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de silencio profundo.
  • ¡Las estrellas! ¡qué pocas veces las había mirado con atención desde que era canónigo!
  • Ya sonaban más cerca, con cierto compás.
  • Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero, espiando todos los ruidos.
  • A veces se mezclaban con él otros que parecían gritos, fragmentos de canciones.
  • ¡No venía la Regenta en el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!
  • Se acordó de su cita con la Regenta.
  • En la pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna mágica.
  • El Magistral recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor.
  • La dama desconocida, de espalda a la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible, hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla por los hombros.
  • XV En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula, con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.
  • Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes.
  • Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con dos cubiertos.
  • Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con que velaba su hijo.
  • Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente con el pañuelo.
  • Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller con sal, aceite y vinagre.
  • Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato, que era una ensalada.
  • Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un pensamiento que debía de ver ella en el suelo.
  • Y acarició a la criada con los ojos.
  • Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad que usaba muy pocas veces.
  • Teresina quedó a solas con su amo y mientras le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró discretamente.
  • Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso, le miró desde arriba con gesto de indignación.
  • Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las sílabas.
  • He comido con los marqueses de Vegallana.
  • ¡Basta, Fermo, basta de disimulos! gritó con voz ronca la de los parches.
  • Has paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has apeado en el Espolón.
  • ¡eres un loco! Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una banda para las sienes.
  • No he hablado con ella tres veces.
  • Que esto no tiene nada que ver con todas esas otras calumnias de antaño.
  • ¡Sí, madre del alma! ¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?
  • Tú predicas, tú alucinas al mundo con tus buenas palabras y buenas formas.
  • Sí, un tonto con toda tu sabiduría.
  • Ya no se reñía, se discutía con calor, pero sin ira.
  • En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la ayuda de un jornal.
  • Aquellos hombres que salían de las cuevas negros, sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos.
  • En las minas, y en las fábricas que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en la cabeza un cesto con un poco de tierra.
  • La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que los suyos lo lloraban ausente.
  • Pellizcaba a las amigas con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del corral.
  • Despreciaba la pobreza de su casa y vivía con la idea constante de volar.
  • Se acabó el ir y venir con el cesto de tierra.
  • Detrás de ella salió una sombra, con gorro de dormir y en mangas de camisa.
  • Ella decía no con la cabeza.
  • Era un joven que predicaba moralidad, castidad, sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo.
  • A la primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo que le pedían.
  • Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo, sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por anchos pilares a dos o tres varas del suelo.
  • Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con él.
  • De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable.
  • Todos los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con buenas peluconas.
  • Siempre había tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo.
  • Y volvió a su proyecto de casarse con el ama del cura.
  • ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la castidad firme! ¡Un momento de debilidad te pierde, pecador.
  • Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con gran prosopopeya.
  • Pocos años necesitó, a pesar de la prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la bancarrota.
  • Paula que había dominado a dos curas, y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido.
  • Tomó vacas en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del pastoreo, en los más empinados vericuetos.
  • Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre, gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a aprender latín con el cura de Matalerejo.
  • Se consagró a la caza y perseguía corzos, jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se atrevía.
  • Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en unas angarillas improvisadas con ramas de roble.
  • Murió con gloria el artillero, pero su viuda se encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte, dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás.
  • Le hizo estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por el difunto.
  • Ya no temía lo que pudiera decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.
  • El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su madre.
  • El seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en su espíritu.
  • La energía de Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.
  • A veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía.
  • él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo en los libros de la ciencia que le había de hacer señor.
  • En cualquier otra industria que emprendiese, con sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba ganando allí.
  • Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo repleto, la sed y el hambre excitadas.
  • Por eso no había prendido ya fuego a la taberna con todos los ladrones dentro.
  • Leía a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros del P.
  • Todo hubiera sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con la ganzúa de la caridad.
  • Pero Paula le amenazó con abandonarle.
  • ¡y él era un ingrato! A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque dominase y ganara riquezas y honores.
  • El mundo entero, y su madre con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa aquella amistad inocente.
  • No sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos, sublimes.
  • Él, aunque viviera con su madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el nombre de grandes.
  • El oír con deleite, como oía, aquella música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso.
  • Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la boca, y decía con una calma de filósofo cínico.
  • Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones de doncella cerca del señorito.
  • Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón.
  • Se casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida de haber estirado mucho la cuerda observó que el novio estaba muy contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.
  • Y él sonreía con más socarronería que nunca.
  • Y él, muy satisfecho con el engaño del ama que había sido en su provecho, rabiaba por decir algo.
  • Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el rostro del otro para encontrar el secreto.
  • Desde niño se había acostumbrado don Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la plata.
  • El violín volvió a rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar como las estrellas.
  • El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el arroyo.
  • Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente.
  • ¡ladrones! Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír sin ser visto.
  • Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y dijo con voz grave.
  • Vete, déjame con esta ralea de bandidos.
  • ¡Miserables! decía con voz patética, de bajo profundo ¡miserables!
  • Eso, eso, a comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas (iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás, con otros artículos.
  • Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa sardónica.
  • ¡Ja, ja, ja! venía a decir, con la garganta y las narices.
  • Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa escuchó también con atención profunda.
  • Mas la idea de que la alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso.
  • El Magistral, desde su balcón, escondido en la obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.
  • A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del sereno y de Barinaga.
  • ¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito.
  • Entró don Santos en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera lentamente, respirando con fatiga.
  • Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror.
  • De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes.
  • ¡Ya estará durmiéndola! Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de turbar el silencio de la noche.
  • ¡Sus pecados! dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en la llama del quinqué ¡si yo tuviese que confesarle los míos!
  • TOMO II XVI Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo.
  • Al mediar Noviembre suele lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje del invierno.
  • Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.
  • Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo.
  • Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad.
  • Las campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche.
  • Aquella maldad impune, irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de molestar, creíala descargada sobre su cabeza.
  • Venía con orla de luto.
  • Las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!
  • ¡y qué desconsolador era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos.
  • Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de todos sus males a Vetusta, a sus tías, a Don Víctor, a Frígilis, y concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.
  • Al más filósofo vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene con los otros.
  • Aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco.
  • ¡Qué mujer era Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito le ayudaba, el bendito Don Víctor ayudaba también sin querer.
  • Se enteró bien de las tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí, mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la otra.
  • Por lo menos verla padecer con la tentación.
  • Él dirá lo que quiera, pero está chiflado, pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad como la produce una esencia muy fuerte.
  • Aunque en la primer ocasión oportuna Don Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa fortuna.
  • Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo Octubre.
  • Veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos, saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de lejos, vista a sangre fría.
  • Don Álvaro había notado que por este camino poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.
  • Respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la brisa.
  • Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que luego se van dando pisto al Casino con sus demasías, no tiene nada de particular, porque.
  • Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo.
  • Me está comparando con los árboles y me encuentra pequeño.
  • Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las noches con él.
  • ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del enemigo?
  • Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.
  • Pronto volvía la fe, que se afanaba en conservar y hasta fortificar con el terror de quedarse a obscuras y abandonada si la perdía volvía a desmoronar aquella torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina religiosa.
  • Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado, si daba un mal paso.
  • Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir.
  • Sequedades del ánimo repentinas, agrias y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel estado.
  • Aunque la curiosidad le quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus conjeturas.
  • De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que tuvo con su amiga fuera de la Iglesia.
  • Veía con placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida virtuosa mediante la consabida higiene espiritual, que a escudriñar lo pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él las había llamado hablando de estas cosas.
  • Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.
  • Cada palabra iba cubierta con un velo.
  • La interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas.
  • En plata, que doña Ana soñaba con un hombre.
  • ¿con quién soñaba la Regenta?
  • ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era aquella lucha con los vetustenses indómitos.
  • Esta ambición de algunos momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía, quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.
  • Pero lo que es de Vetusta con razón se podía asegurar que era el peor de los poblachones posibles.
  • Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía, jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa.
  • Era el animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear, revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela.
  • Ana estaba locuaz, hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el caballo también comprendían al jinete.
  • Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el ataque personal, como llamaba al más brutal y ejecutivo.
  • Después de tantas conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos idénticos.
  • En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía de paseo con sus tías.
  • Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió para Granada con su esposo.
  • Y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.
  • Pensaba esto y casi lo decía con los ojos.
  • Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro.
  • Que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían.
  • Parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo, de gracia y fuerza.
  • Y fue un motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.
  • ¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la vida que se complace en sí misma.
  • Los otros, los que tocaban las campanas y conmemoraban maquinalmente a los muertos que tenían olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de preocupaciones absurdas.
  • Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino, encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según frase suya, no solía prodigar.
  • No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar volviendo un poco la cabeza al humilde infante.
  • Hola, hola, hipógrifo violento que corriste parejas con el viento dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos del Príncipe de nuestros ingenios o de algún otro de los astros de primera magnitud.
  • A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales nos da por fin Don Juan Tenorio ?
  • Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con aquella disertación académica.
  • Porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.
  • Pero dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable! Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.
  • Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan con doña Inés de Pantoja.
  • Pues el amor no se anda con libros de caballerías, y unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria.
  • Cuando se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos los requisitos del punto de honor.
  • Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con diente debajo de los polvos de arroz.
  • A veces los telones y bastidores se hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo inverosímil a todas luces.
  • Las que son o se tienen por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan los de las demás.
  • únicamente cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad.
  • Las partes de por medio suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno con ropa de verano, muy ajustada por lo general.
  • Pero no faltan clases enteras, la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan en teatros caseros el difícil arte de Talía, y con grandes resultados según El Lábaro y otros periódicos locales.
  • Pero además hacía algunas semanas que se hablaba mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas partes.
  • Visitación y Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban prudente reserva.
  • Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza, en casi todas partes.
  • Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.
  • Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las mujeres de Vetusta.
  • Esta idea que no aplicaba con entera fe a los demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba.
  • Aquellos ocho años de juventud sin amor, sin fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y tener en qué fundar la predilección con que la miraba.
  • Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría, voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
  • Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera.
  • Pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno.
  • No saldré de allí con menos honor que tengo.
  • A este le gustaba el verso, el verso y tente tieso como él decía, y se declaraba a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, inteligente de primera fuerza, en achaques de comedias y dramas.
  • ¿qué voy yo ganando con eso?
  • Así es que a semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos de poesía.
  • Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no creían en virtud de mujer nacida salvo Don Frutos, que conservaba frescas sus creencias, y despreciaban el amor consagrándose con toda el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos.
  • Las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres corrompidas de pueblos grandes.
  • Bailarinas de desecho, cantatrices inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.
  • Trabuco era el núcleo de la que se llamaba la otra bolsa y había procurado rivalizar en elegancia, sans façon y mundo con los de Mesía.
  • Los abonados de esta otra bolsa eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo.
  • Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos.
  • De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban con aires de desafío.
  • Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las preocupaciones del recato.
  • No había salido de Vetusta ningún dramaturgo ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera.
  • Pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por el suelo con motivo de un desestero.
  • Pero a mí no me vengan ustedes con música.
  • Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los Vegallana o quien allí estuviera convidado.
  • Y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad ceremoniosa.
  • Señores, yo me debo a la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, en una palabra, desacredita el partido conservador dinástico de Vetusta.
  • Perales, el imitador de Calvo, saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en escena que no era de empeño.
  • El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres almohadones en un palco contiguo al de Mesía.
  • Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía con un desdén gracioso y elegante.
  • Era el cómico alto, rubio aquella noche flexible, elegante y suelto, lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta.
  • Le había oído decir con énfasis musical las décimas de La vida es sueño, le había admirado en El desdén con el desdén, declamando con soltura y gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así.
  • A su propia conveniencia dirige amor su fatiga, luego es clara consecuencia que ni con amor se obliga ni con su correspondencia.
  • Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con voz trémula por la emoción.
  • Cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué paraba la apuesta de don Juan y Mejía.
  • De cuando en cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que ella notó y le agradeció.
  • Los preparativos diabólicos de la gran aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de tinteros.
  • Y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello desde palcos y butacas.
  • Comparar aquella Edad media soñada ella colocaba a Don Juan Tenorio en la Edad media por culpa de Perales con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel instante, era un triste despertar.
  • Hasta Don Álvaro parecíale entonces mezclado con la prosa común.
  • ¡Cuánto más le hubiera admirado con el ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!
  • Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás cualidades artísticas.
  • Hubo un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver el rostro al palco de Vegallana con disimulo.
  • Era muy guapa, y con el hábito blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la figura, interesaba profundamente.
  • Decía los versos de doña Inés con voz cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba llevar por la pasión cierta porque se trataba de su marido y llegaba a un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran capaces de apreciar en lo mucho que valía.
  • Clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las paredes.
  • La carta de don Juan escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba su bujía al papel.
  • Imposible gozar mayor ventura que saborearle con todos sus venenos.
  • Ana se comparaba con la hija del Comendador.
  • ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su presencia!
  • Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.
  • Se figuró que el jefe del partido liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos bonitos, sonorosos, pero sin miga, según aseguró don Frutos en el palco de la marquesa.
  • Apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que estaba diciendo él coincidía con las propias ideas.
  • Estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que el Don Juan Tenorio carecía de la miga suficiente.
  • Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello.
  • En punto de caramelo (frase simbólica en el pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió.
  • Por estas consideraciones, que le estaban dando vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus rodillas.
  • Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima.
  • Se abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas.
  • Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los acontecimientos de su propia vida.
  • Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe en el objeto amado, natural en todo gran amor.
  • Don Álvaro sólo observó que el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar.
  • Como se había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz.
  • El pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le hizo temblar.
  • Ana vio de repente, como a la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con una pistola en la mano, enfrente del cadáver.
  • Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.
  • Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.
  • Paco necesitaba que le distrajeran a Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira.
  • Mesía, que tantas veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir con su deber.
  • Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima, andando el tiempo, o poco había de poder él.
  • Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en nuestros dominios.
  • Mire usted decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don Álvaro mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico.
  • De modo que le mataría con arma blanca.
  • Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le había alarmado un poco.
  • Pero le vio entre los primeros disparates del ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano.
  • Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro.
  • Ana afirmó con la cabeza mientras leía.
  • La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una cruz morada sobre la fecha, decía así.
  • Con estas ideas.
  • Con esta revolución del alma.
  • Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía.
  • Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión.
  • Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba.
  • Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.
  • Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán, disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y manotadas al aire.
  • Su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo, que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos los Santos.
  • Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar.
  • Los deberes sociales replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las palabras, pausadas y subrayadas los deberes sociales, con permiso de usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos.
  • No me venga usted con autores alemanes.
  • Él se la había dado para decirle que no debía confesar por las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público de las beatas con atención exclusiva.
  • ¡estaba con jaqueca!
  • Humíllate y ya te ensalzarás, era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.
  • En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.
  • Ana preguntó el motivo con los ojos.
  • Y algunas veces, cuando usted tenga muchas cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los que no me toca confesar.
  • Aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.
  • El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente ( él era un médico del espíritu ) se resistía a tomar la medicina.
  • Su virtud de usted no peligra ni mucho menos con lo hecho.
  • Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas para entender todo lo que quiere decir.
  • Ana escuchaba con la boca un poco abierta.
  • Aquel señor hablando con la suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.
  • Ya no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo, sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los caballeros en los tranvías de Nueva York.
  • Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones expuestas, habló la Regenta a borbotones.
  • Como solía de tarde en tarde, y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de sus poéticas ideas.
  • La locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del Magistral como un riego de agua perfumada.
  • Aunque ella no explicaba con exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.
  • Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.
  • Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios.
  • El Magistral, procurando vencer la exaltación que le había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.
  • Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras.
  • Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted la presencia de Dios.
  • O a la monja en casa del libertino y en sus brazos, usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos sacrílegos amantes.
  • Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral, pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a donde los justos llegan por muy diferentes pasos.
  • Dispénseme si hablo con esta severidad.
  • Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad aquella pendiente que le ponía en el camino.
  • Hay que ser beata, es decir, no hay que contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano, creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus pequeños y comineros.
  • Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.
  • La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer ruido.
  • Acababa de apostar con Frígilis que él hacía tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la prueba.
  • Quintanar miró con ojos penetrantes de puro distraídos a Petra.
  • Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más cartuchos.
  • En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a entender con lo de la vida beata.
  • Si otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la perfección moral aquellas prácticas piadosas.
  • Iría penetrando los misteriosos encantos de la oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente devoción profunda.
  • Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.
  • Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para perfeccionarse, no al principio, sino más adelante.
  • Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del mundo?
  • El Magistral se puso en pie, como si le hubieran pinchado, y dijo con voz de susto.
  • Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.
  • Con mucho gusto.
  • ¡Disimulan, disimulan conmigo!, pensó Petra con rabia.
  • Con mucho gusto.
  • En la puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que pasara él para cerrar.
  • De Pas la acarició con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo.
  • Petra le miró cara a cara y sonrió con la mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.
  • ¿Estás contenta con los señores?
  • Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier ruido.
  • Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.
  • A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para su uso particular.
  • Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo hasta los ojos.
  • Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los granos.
  • Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un mantón viejo del ama.
  • Pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.
  • Y ahora me encuentro la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este guante de canónigo.
  • Con vestidos de cierto color.
  • XVIII Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como latigazos furibundos, como castigo bíblico.
  • Para estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su esposa.
  • Quintanar compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.
  • Por fortuna, la Regenta dejaba al buen esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones.
  • No era que Anita se los impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador que les aburría con sermones que no entendían.
  • Comprendió además que él necesitaba con el tiempo crear una familia, y entró en la carrera judicial a regañadientes.
  • Quiso la suerte, y quisieron las buenas relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una edad en que todavía se sentía capaz de representar el Alcalde de Zalamea con toda la energía que el papel exige.
  • Pero ni conocía de vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato que el del Casino.
  • Se entendía con los jardineros.
  • Y más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño.
  • Era de ver el arte con que sus bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno, inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de espuma de Holanda.
  • Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera.
  • El contraste del calorcillo y la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña Rufina.
  • ¡qué delicia para un alma tierna, a su modo, como la de la señora Marquesa! Yo no soy sentimental decía ella a Don Saturnino Bermúdez, que la oía con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a oreja yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería.
  • Aquellas encinas feudales se carbonizaban con majestuosos chirridos.
  • A su calor no se contaban antiguas consejas, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder por fuerza en todo hogar señorial, pero se murmuraba del mundo entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza prosaica y sensual que, según Bermúdez, era la característica del presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética.
  • Cada cual se iba al agujero de costumbre y era de oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa de Visita los que la favorecían una vez por semana honrando sus salones, que eran sala y gabinete.
  • Eran de oír las carcajadas, las bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con estrépito las duchas de los tremendos serpentones de hojalata.
  • Este fervor religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta última.
  • Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran Constantino, las del cónclave, como las llamaba Ripamilán, esperaban con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera, que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús.
  • La Regenta no subía la cuesta, persistía en sus peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación absolutamente indispensable para dar un paso en firme.
  • Por ahora en este punto basta con sus antiguas devociones.
  • Y, aunque temiendo los peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas.
  • De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas noticias tenía ya el confesor diligente.
  • Pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda negra torcido, junto a una oreja.
  • Vivaracho, inquieto, lleno de pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante hombre.
  • Estos pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable, brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante dandy la tarde memorable de Todos los Santos.
  • Llegaba a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes.
  • Y sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto, sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y aquellos injertos.
  • Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra.
  • Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca servilleta.
  • Cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias.
  • Paco, con la boca llena, pero no por modo grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.
  • Y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista de Frígilis por esos montes.
  • Se sentía ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por él.
  • Creía con fe inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima, casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro cuarto de hora.
  • Quintanar, en cambio, le abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado, como él decía, de aquel hermoso figurín.
  • ¿Por qué no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?
  • Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo.
  • Ocho días había estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde dichosa había pasado acaso para siempre.
  • Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver.
  • ¿Cómo había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?
  • El mísero empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa.
  • Recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo comparaba con la resistencia de Ana y.
  • Con un camisolín de su mujer, que simulaba bien o mal un cuello marinero.
  • Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la del Banco, por más que ella le hurgaba.
  • Con Paco únicamente desahogaba, y pocas veces.
  • La inercia de Ana le presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.
  • Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento.
  • Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando, había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de las huertas.
  • Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el libro con desdén sobre un banco.
  • Poco después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor, con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don Tomás Crespo, el del tapabocas.
  • Ana había desaparecido otra vez, había entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero.
  • Y los cuatro habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.
  • En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese, presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba.
  • Por que sí, por que él lo necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien, que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén sobre los bancos de la huerta.
  • ¿Era esa razón suficiente para salir con el enemigo al campo?
  • Pero entonces ¿con quién soñaba?
  • Supongamos que sueña con.
  • Entró en la sacristía y amenazó al Palomo con la cesantía, porque el gato había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa.
  • Y el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los dedos.
  • Revolvió expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que no daba un cuarto para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.
  • Señor le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un gorro catalán en la mano ¡señor, que este año nos morimos de hambre! ¡que no da para borona la costera del besugo!
  • Y encogió los hombros irritado también con aquella obsesión de estúpido.
  • Repasaba las cuentas de la Madre del Amor Hermoso, con sus ojazos de color de avellana asomados a los cristales de unas gafas de oro.
  • El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga, ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.
  • Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra.
  • Se acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones.
  • Una criada, de hábito negro también, entró con una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de decir con voz de monja acatarrada.
  • Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una voz que se parecía a la del gato blanco.
  • Vendré a esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me impongan.
  • Usted es buena, el Señor está con usted.
  • Pero es material, no tiene nada que ver con el alma.
  • ¡Habló usted de un modo! Hablé con el alma.
  • La Primavera médica fue la que postró en cama, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la cabeza llena de fuegos artificiales.
  • La cocinera, Servanda, iba y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia.
  • Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él.
  • Miró a Visita con torvo ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo.
  • No sabía medicina, pero sabía con quién trataba.
  • Y cerrando puertas con estrépito salió, no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos.
  • Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la carabina de Ambrosio todo uno.
  • Las cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo para quejarse de alguno.
  • A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor, chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de cuero.
  • Detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela.
  • Eterna fidelidad le juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido.
  • Con la humedad que traía de las marismas roció la frente de su esposa.
  • Le enojaba la luz, tropezaba con los muebles, olía al monte.
  • Y cerca de Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud queriendo contagiar con sus emanaciones a la enferma.
  • Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en que temblaba el llanto.
  • Te personas en casa de don Tomás, y le pides de mi parte, con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes?
  • Todos los cazadores son así, pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente.
  • Por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora de una compañía de zarzuela, que era un género híbrido, sin embargo, él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto color local en Marina, y sabor de época en El Dominó Azul, sin contar con los amores contrarios del Juramento, que eran cosa delicada.
  • Pero ¿y la expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el ferrocarril económico de Occidente?
  • ¿Y las partidas de dominó con el Ingeniero jefe en el Casino?
  • Y, como en desagravio, para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta.
  • Despertó con la cabeza llena de proyectos, como solía.
  • La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas, creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de sus estudios físico químicos, siempre era verde o amarillo), las equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad.
  • Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.
  • Repetía allí Quintanar con voz trémula y muy bajo.
  • Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación.
  • Que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara.
  • Una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en el corazón.
  • No le gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa que sepan, y en rigor no pueden saber.
  • Al saber que había pasado seis días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.
  • Unos caldos insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de soplar.
  • Al recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era quien era.
  • Veía al médico muy preocupado con el tronco y sin pensar en los dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo.
  • Don Víctor, que no se fiaba de su memoria, siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al médico importaba saber de estos pormenores.
  • Llegó a ser para él tan divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo.
  • Esperaba con afán la visita del médico, primero para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita.
  • De la vida monótona de casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes.
  • También le gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía.
  • Su egoísmo candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz agridulce de la paciencia y de la formalidad.
  • El médico tuvo que entenderse con Petra.
  • Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer voluptuoso, tragando aire a dos carrillos.
  • Volvió a componer sus maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta.
  • Prefería dejarle tranquilo allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y absurdo de los padecimientos nerviosos.
  • Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera.
  • Lloró con los ojos cerrados.
  • Era una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma, serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto con abrazos del deseo.
  • Y Ana, con irresistible ímpetu de fe ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el lecho, toda blanca.
  • Y ciega por el llanto, las manos juntas temblando sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa.
  • Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía sin darle tormento.
  • Creía en el Infierno como en todo lo que mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho creo a ciegas, tomando las palabras y la resolución de creer por la creencia.
  • ¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas ligerezas que ya le pesaban como plomo!
  • Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con tibias caricias de un Abril de Vetusta.
  • La memoria, firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.
  • Era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco, según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad creciente.
  • Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses.
  • En rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con inefable gozo la Regenta.
  • Ella le miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego.
  • Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo.
  • Contando con el sigilo de usted.
  • En arcas y armarios guardaba don Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que había lucido en mejores tiempos.
  • Parecía un perro con maza.
  • Yo la manejaba con mucha mayor verosimilitud y naturalidad.
  • Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el teatro de Calderón y Lope.
  • ¿Si se contentaba con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por amiga?
  • Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio.
  • Basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se está fuera, en la orilla.
  • Que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había arrimado en su vida.
  • Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar.
  • Y en tal gusto coincidía con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría infantil.
  • Se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico.
  • Reparaba las siluetas de árboles, gallinas, patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral, en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas, que más se adivina que de ella se da testimonio.
  • Se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana negra al respetable concurso.
  • Detrás el humo de las fábricas en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de castaños y robles.
  • Las colinas de un verde obscuro y la niebla, por fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos.
  • Se filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese.
  • Se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño.
  • Y Mesía resignado, firme en su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el spirto gentil o la casta diva.
  • Aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le olvidase decir con Góngora.
  • En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo, se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre pausadamente.
  • En su voz había arrullos amorosos para el campo que describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores.
  • A veces hablaba con Ana don Álvaro y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su paciencia y de su martirio.
  • Figúreselo usted con la teja en la mano.
  • Ni permitía a don Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la virtud, exigía.
  • La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía.
  • Era mejor vivir como todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos, pero que, al fin, llenan las horas.
  • Que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco de césped la historia de Santa Juana Francisca.
  • Ella comprendió que estaba siendo una ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.
  • Pero él había seguido hablando de su despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y en el aliento.
  • Casi todos los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro, y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo.
  • Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas plásticas, teatrales gracias a la salud que volvía a rodar con la sangre, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se complacía en creer intensos, punzantes.
  • ¡Oh! ¡qué diferencia entre aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!
  • Y dejaba el libro sobre la mesilla de noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal.
  • Él en este mundo era principalmente un altruista, palabreja que, preciso es confesarlo, no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer las obras de Comte.
  • Y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas casaderas.
  • Pero ¿con quién?
  • Era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos.
  • Se contentó con decir.
  • Los avanzados se contentaban con atacar al clero, contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y amas de cura.
  • En esta amena conversación entraban también con gusto algunos conservadores muy ortodoxos.
  • Señores, decía a gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión.
  • Yo me contento con pasar la vida eterna mano sobre mano.
  • Con esta cuestión de la inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha con las salvedades de rúbrica.
  • Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías.
  • ¡Este era el estado del libre examen en Vetusta! pensaba Guimarán con tristeza mezclada de orgullo.
  • Algunas veces tropezaba la maza de un taco con el abdomen de don Pompeyo.
  • Está usted dispensado, joven respondía el pensador rascándose la barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.
  • Salió ganando la Iglesia, porque los infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma.
  • En figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad, y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta.
  • Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la madera de un libre pensador, pero mal educado.
  • ¡Ese es panteísta! decía con desdén.
  • Para negar a Dios con la constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico.
  • Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo con benevolencia.
  • Y con un poco de burla, en que había algo de caridad, le decía.
  • Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano.
  • Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en las grandes solemnidades.
  • Pero, hombre le decía Ronzal, con deseos de pegarle ¿qué le importa a usted que el Casino cuelgue e ilumine?
  • Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos años tropezó con don Santos Barinaga en el Restaurant y café de la Paz, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de vino.
  • Empezaba, como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además esto no se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas, coincidía en él aquel desprecio de los ordenados in sacris con la afición desmesurada al alcohol en sus varias manifestaciones.
  • El gas amarillento y escaso parecía llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las cocinas.
  • Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en aquel espíritu lleno de pasión.
  • Don Pompeyo se contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión positiva.
  • Pero don Santos si no bebía no daba pie con bola, no entendía palabra de lugares teológicos.
  • En la esquina de una calleja se despedían con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y cuatro hijas que le adoraban.
  • Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con nieblas en el pensamiento y en los ojos.
  • Y de la faringe del borracho salían, como arrullos de tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona, inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía.
  • Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula.
  • En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de los canónigos de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la catedral sobre todo, perdían con aquellas algaradas (frase de Glocester).
  • Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta.
  • ¿qué tenemos con esas visitas?
  • Ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas, pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un mucho.
  • Muchos vecinos ya esperaban con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a presenciar la escena.
  • Con tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al clero en masa.
  • Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía.
  • Era el primer hombre ¡y con faldas ! que le ponía el pie delante.
  • ¡el primer rival que le disputaba una presa, y con trazas de llevársela!
  • Se encuentra con que la señora tiene fiebre.
  • Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin obstáculo, y estaba solo con ella.
  • Durante la primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con Ana.
  • Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre no luchaba él.
  • No le miraba jamás, y las pocas palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón.
  • Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento obligatorio.
  • Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es sentirse bien.
  • Oh, amigo mío replicó el Magistral, sonriendo con mucha amabilidad la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar del alimento.
  • Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda, mucha carne a la inglesa.
  • Un día llegó Ana al extremo de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida.
  • Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres.
  • No había más que acabar con él ayudando a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano eclesiástico.
  • Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con el Provisor.
  • Y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas.
  • Sonriente, esbelto, armonioso al andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría.
  • Eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con fúnebres colgaduras.
  • Y mirando a las damas que iban y venían, unas elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del cura a la hembra.
  • Se celebraría la restauración de Guimarán con una buena cena.
  • Acogió a los comisionados con la amabilidad que le distinguía y ocultando mal la sorpresa.
  • Señores pudo decir al cabo con voz temblorosa si un juramento solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o siete amigos.
  • ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días, para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de la población?
  • Y las personas, los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones, como yo las suyas.
  • Y no iré con ustedes, aunque bien quisiera.
  • Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros, se restituiría al Casino.
  • ¡Con mil amores! Esa es la palabra.
  • Se ha acordado por el elemento vencedor, por los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete.
  • Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa bien puesta.
  • De blanco mate con filete de oro.
  • El centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna miss de circo ecuestre.
  • Los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre y con más especias que un barco de Oriente.
  • Sonreía a derecha e izquierda, contestaba con monosílabos, pero él pensaba en su brindis.
  • Hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado.
  • Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años, el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano, exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el capitán Bedoya.
  • Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había moral de ninguna clase y también se puso de pie.
  • El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin entenderla.
  • Y pesetas rectificó Juanito Reseco con voz aguda, estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender.
  • Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones, coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón.
  • Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco con cariño y voluptuosa calma.
  • No lo había sentido hasta que la Regenta le había humillado con su resistencia.
  • Entonces habló, sin poder remediarlo, para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia.
  • Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con una pulgada de ceniza.
  • Inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con silencio de iglesia.
  • Joaquín Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro.
  • Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel, jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y humanitarias del padre, encantaba a todos.
  • La llenaba con su hermosa presencia.
  • Los amores con Angelina (o quien fuera, pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto.
  • Y poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete debajo del cual hay un brasero.
  • Después hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que parecía la misma inocencia.
  • Renunciar a una victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos, entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un cursi.
  • Y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes, despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida, fuerte, invencible.
  • Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo del señorito, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella.
  • Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro.
  • Del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro.
  • Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria.
  • Y entonces don Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero de la Tabla Redonda.
  • Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca.
  • Don Frutos expuso sus creencias con una palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las cláusulas.
  • Y por supuesto, quería don Frutos ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si no, ¡vaya una gracia! ¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la haz de la tierra?
  • ¡Señores gritó Joaquín si en la otra vida no hay cante o es cante adulterado, renuncio al más allá! Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un baile flamenco con perfección clásica.
  • No faltaron jaleadores, y sonaban las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de chulo.
  • Me han embriagado con sus herejías.
  • Con sus blasfemias.
  • Y lo que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el caldo gordo del clero.
  • ¡Bravo!¡bravo! Y si por alguien se ha creído que yo puedo fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí.
  • Y creo llegado el momento de que se hable con alguna formalidad.
  • Guerra a esa parte del clero que comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la Cruz Roja.
  • Abrió la puerta de su casa con su llavín.
  • Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la cena, de la dichosa cena.
  • Pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las andadas, acudir a los gaudeamus mensuales en que se daría cuenta de los trabajos de la sociedad innominada que había fundado inter pocula.
  • Foja participó que se había entendido en secreto con el Arcediano, don Custodio y otros enemigos capitulares (así dijo) del Provisor.
  • Dígame usted con franqueza.
  • Tras una pausa preguntó, con tono quejumbroso.
  • Mire usted, prefiero el invierno con todas sus borrascas y su agua eterna.
  • Lo dejó sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.
  • A Mesía le latió el corazón y se le apretó la garganta, con lo que se asustó no poco.
  • Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a la tentación de años y años.
  • Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la puerta.
  • Había teatro, paseos concurridos, con música, forasteros.
  • La Regenta sentía más la soledad con tal compañía.
  • Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.
  • Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo, cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi voluptuoso en aquella soledad.
  • Incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y fresca.
  • Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con esperanza de salud y alegría para todos.
  • Pero recobraba el sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído, creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.
  • Ana penetraba con la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra borrosa y apelmazada.
  • Su educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza después de tantos años.
  • En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era uno de sus caprichos de convaleciente.
  • Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos relucientes y las mejillas como brasas.
  • Doña Paula miraba a su hijo y a Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco.
  • Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular, bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco.
  • Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían con más besos.
  • Y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica mística.
  • Y como la alegría le inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la lontananza por Oriente.
  • Y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de clérigos, con casullas y capas pluviales.
  • Sí, hermano mío, hermano muy querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto, sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo.
  • Y hasta en eso seguiremos, además de esos monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo suyo, consiguió apartarle del pecado.
  • Habíale hechizado una mujer con malas artes, con un idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame.
  • No con pasión que quite a Dios cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le deben.
  • Además, acabase aquello como acabase, él estaba seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban.
  • Cuando pensaba así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba, al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de escuela Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu.
  • No quería más que hundir el alma en aquella pasión innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo, menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.
  • Aquella que gozaba en una mañana de Mayo cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres ocultos y encogidos en su cuna de pétalos.
  • Con miedo de ser visto.
  • Sintió placer de niño con el contacto fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal.
  • Como no olía a nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.
  • Cuando el botón ya no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad refinada de que él no se daba cuenta.
  • Don Fermín le habló con caricias en la voz.
  • De Pas se acercó al facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un centímetro por lado.
  • En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta, partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde sobre su mano amarilla.
  • Hacía un fresco agradable en la iglesia y el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino, misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso.
  • Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos ocultos se dijo.
  • Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa.
  • Los pocos fieles esparcidos por la Iglesia son beatas que rezan con devoción.
  • A veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores.
  • Los catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que vienen con propósitos profanos.
  • Prefería pasear por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo que acaben en lección moral o religiosa.
  • También los catequistas alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de tales.
  • Y detrás de estas las señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias, mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de malicia disimulada.
  • Y los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban, entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad quinti esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los del kirschen o del ajenjo.
  • Una joven de quince años, catorce oficialmente, se adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma.
  • La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le convenía.
  • Sus compañeras, los catequistas, el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente de su voz metálica.
  • El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza, por fuera, y él por dentro, por el alma.
  • Apretaba con el cuerpo del vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza.
  • El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela con chascarrillos morales y apólogos joco místicos.
  • De todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus relaciones con la fiel y querida amiga.
  • Volvió su pensamiento a la Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.
  • ¿qué tenía él que ver con todo aquello?
  • Lo había dejado, no por sentirse con pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación.
  • Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las maquinaciones de los conjurados del Casino.
  • Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de modo que el otro no lo echó de ver siquiera.
  • Quintanar contaba con el gobernador.
  • Para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho con un brasero.
  • La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra.
  • El Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora en Anita.
  • Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se debía a la convalecencia de que en rigor no había salido.
  • Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre, con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
  • Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la verdad que ella palpaba.
  • Ana recordaba la vida de unos mosquitos muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento.
  • Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido.
  • Y él, un poco asustado, con una emoción como creía que la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de puntillas, con un respeto supersticioso.
  • Me basta con una buena tronada para reconocer que hay un más allá y un Juez Supremo.
  • Llamaba con una aldabonada suave.
  • Subía la escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste.
  • Si el gato de Anselmo mayaba abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba con timbre apagado y gutural.
  • Quintanar lo forró con bayeta negra, como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don Víctor.
  • Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo leve.
  • Pero, hombre, parece que hablas con sordina.
  • Después se secaban las raíces, el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas, venían al suelo con la leña seca.
  • ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata bobalicona con que engañaba a todos.
  • Allí guardaba con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles que podían comprometerla.
  • Jamás había hecho tanta sensación ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como Ana con su hábito y su beatería.
  • Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas propias.
  • Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral había prohibido tales tormentos sabrosos.
  • La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, lícitos todos, que empleó con arte de maestro.
  • Con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía ¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones! Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo negocio.
  • Aunque ella hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor de atrición que claramente manifestaba su marido.
  • Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.
  • Confesaron los dos con el Magistral.
  • Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería.
  • Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle despedirse.
  • Su seno se hinchó con un suspiro.
  • Y la carne flaca tropezó con el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su amiga para que lo llevase sobre el pecho.
  • Venía alegre, vaporosa, y con las apariencias de un torbellino.
  • La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido, había encendido chispas en sus ojuelos, y ¡ea! venía con afán de abrazar ella también.
  • Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió.
  • El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción.
  • A mí con santidades, pensó.
  • Ya sabes que tenía relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.
  • Se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del andén.
  • Bueno, pues, cátate que nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón con cama y demás.
  • Conoció la turbación de Ana, y con gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del pulvisés o sea de la ceniza universal.
  • Su vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido por la conciencia, sin pensar en sanción divina.
  • Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás exclamó en voz alta, hablando con las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en calma.
  • Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en cruz.
  • Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla.
  • Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades, Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y bizantina, que era la que predominaba en Vetusta.
  • Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un estilo que podría llamarse humorismo piadoso.
  • Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable.
  • ¡Usted nunca me habla de sí mismo! le decía Ana con tono de reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos.
  • El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más fresco todavía, contestó.
  • Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en manos del clérigo.
  • Él, elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo ocupaciones más serias.
  • Don Fermín dijo, primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella.
  • La confesión del Magistral se pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar algo.
  • Aunque la pasión que él sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello) ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a dar no se sabía dónde.
  • En tratándose de cosas espirituales ya se sabía que no había que contar con él.
  • Algún magistrado sin vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa.
  • Pero huía de ella, acogíase a la piedad, y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas.
  • Los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.
  • Aquel tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa de la joven.
  • La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en reluciente jícara de china con ramitos de oro.
  • Abría la boca de labios finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua, húmeda y colorada.
  • En ella depositaba el bizcocho don Fermín, con dientes de perlas lo partía la criada, y el señorito se comía la otra mitad.
  • Con esta perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester.
  • Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los de depósito que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el común enemigo.
  • Pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse con tan miserable comidilla?
  • Aplastemos, con la lengua, al coloso, no al médico de Termasaltas por ejemplo.
  • Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido cohonestarse (así decía) con una buena alimentación.
  • Movía la cabeza con gesto de compasión y se dignaba explicar aquello.
  • ¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol?
  • Harto tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos.
  • Poco a poco gritó Ripamilán en eso estoy yo conforme con la ciencia y con el señor Somoza su legítimo representante.
  • No sé si un clavo saca otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de vino en el cuerpo que sangre en las venas.
  • Me sobra y me basta con la ciencia que es, en definitiva, mi religión.
  • Chomel admite, y con él todo el que tenga dos dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es imprescindible la administración de los espirituosos.
  • Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en latín y le dejo bizco.
  • Cuente con nuestro humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta hasta los pelos, como se dice vulgarmente.
  • Ha fallecido en su celda del convento de las Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el nombre de sor Teresa.
  • ¿Es muy higiénico que ciertos roedores se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a poco y con influencia deletérea y pseudo religiosa, la paz de las familias, la tranquilidad de las conciencias?
  • Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se decidió a tomar la pluma y publicar en el Lábaro un articulejo, sin firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática, maltratada por el periódico progresista, según el canónigo.
  • Dejaron de confesar con él algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de acero.
  • Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la Cruz Roja.
  • Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo.
  • Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.
  • La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad, al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de madona.
  • Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó el Magistral que el converso se le rebelaba.
  • Pero se metía a interpretar a su modo los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros disparates.
  • Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar.
  • Quintanar acabó por comparar el poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los jesuitas en el Paraguay.
  • Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él.
  • Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético.
  • Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina.
  • Resuelto a que su amistad con aquel ángel hermoso no acabase de mala manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos y dejos repugnantes.
  • El Magistral que vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre, luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos que le parecían una especie de infidelidad.
  • En vano pensaba esto, porque agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia.
  • Quería que le consolase el reflexionar que por ella era todo aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza, se encenagaba él en antiguos charcos.
  • La castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado, eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro.
  • Y volvía De Pas, para evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria.
  • Desechaba aquellos pensamientos con todas sus fuerzas, pero volvían.
  • A la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía apenas se les dejaba suelta la rienda un momento.
  • Además, Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral.
  • De esto habló un día con el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma.
  • Arma poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo calumniosa.
  • Fue como una pasión poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto sensible, algo finito, una criatura.
  • Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita, con cuidados de madrastra que representa la comedia de la segunda madre.
  • El pobre don Santos Barinaga, víctima del monopolio escandaloso de la Cruz Roja, muere de hambre en los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados, patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del culto.
  • Pero el que se burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote.
  • Guimarán estaba muy satisfecho con aquella misión delicada e importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas convicciones por su parte.
  • ¿Con que está arriba don Pompeyo?
  • Preguntó don Santos con voz débil, sin más energía que la de una ira impotente.
  • Preguntó don Custodio, con muy buenos modos.
  • Mire usted como yo hablo con toda tranquilidad.
  • ¡Qué condicional, ni qué calabazas! gritó doña Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos miramientos con un ateo loco.
  • Esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es con quien queremos entendernos.
  • Don Santos ha delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada.
  • Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario.
  • Todo eso y mucho más dijo el Gran Constantino queremos tratarlo con el interesado.
  • Y verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos.
  • Yo me basto y me sobro para despedir con buenos modos a estos señores.
  • Cierto que no podía ser pródigo con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo necesario.
  • Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también.
  • La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel año noviembre.
  • El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los Sacramentos.
  • Pidió, suplicó, se puso de rodillas con las manos en cruz, lloró.
  • Hable usted con su papá decía Guimarán por toda contestación.
  • Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez, de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial, compuesta de dolor, locura, abyección y miseria.
  • Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce, hablaba con el acento del país muy pronunciado.
  • Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y sincero creyente Don Francisco Carraspique.
  • No quiero nada con la Iglesia.
  • Con aguardiente.
  • Esta tarde le traeré yo, con toda solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a solas un rato.
  • ¡El pan del cuerpo! gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado cuando podía.
  • Don Antero, el cura, se paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo rechinar el piso.
  • Guimarán con los brazos cruzados también, entre la alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo.
  • Y con voz dulcemente majestuosa y llena de lágrimas, exclamó.
  • El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en la cámara roja, cubierta de damasco.
  • Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín con los ojos arrasados en lágrimas.
  • Don Fermín padecía, pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una venganza.
  • El Magistral al llegar a este pasaje de sus reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie.
  • El Obispo, saliendo de su oratorio, con las manos en cruz, se acercó al Provisor.
  • Don Santos es un borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura.
  • Don Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios.
  • Carraspique, único testigo de la escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su energía.
  • Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de salvar a don Santos, se atrevió a decir.
  • Preguntó el Magistral con un tono y una mirada que parecían navajas de afeitar.
  • El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a espiar al enemigo.
  • El ex alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.
  • Mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija.
  • Quien está arriba es don Antero, el cura de la parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree cumplir con su deber.
  • También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen.
  • Y como no va con él la cosa.
  • A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de la capa.
  • Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró en masa al mediquillo impertinente con desprecio.
  • Se discutió si el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la administración del cementerio.
  • Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.
  • Con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga.
  • ¡Oh, hay que protestar muy alto! ¡Sí, sí! ¡Esto es una iniquidad! ¡Hay que hacer una manifestación! Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio.
  • Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc.
  • Con letras grandes.
  • El Magistral lo miró con terror.
  • Lo habían olvidado en la sala, cerrada con llave por don Pompeyo.
  • Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando Padrenuestros.
  • Deje usted, deje usted había advertido Foja con mal gesto.
  • Requiescat in pace, decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada oración.
  • Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal calzados.
  • Las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos condenaban el atrevimiento de enterrar a un cristiano (sinónimo de hombre) sin necesidad de curas.
  • ¡ Anday, judíos! exclamaba una moza del partido azotando con un zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y canteros.
  • La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus varillas.
  • Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo de desprecio.
  • Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con las fauces del viento que soplaba por la espalda.
  • Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo.
  • No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros.
  • ¡A ver, dónde está Foja! gritó don Pompeyo, que no se encontraba con ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical.
  • A latigazos lo despedía el viento con disciplinas de agua helada.
  • No tuvo inconveniente en emprender por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.
  • Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro diablejo con rabo.
  • Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario.
  • De trecho en trecho, colgado de un clavo en algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las tinieblas que volvían a dominar poco más adelante.
  • Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.
  • El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime, recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos años.
  • A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce, risueña, en que rebosaba una caridad universal.
  • Por consiguiente, el organista hacía muy bien en declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes bulliciosos a cielo abierto.
  • Servían de atriles para la Epístola y el Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas.
  • El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.
  • Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en us y en i y en is.
  • El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas de música retozona.
  • Ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento interpretaba el brindis de la Traviata y el Miserere del Trovador.
  • Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la emprendió con la mandilona.
  • Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas, sobre las alas del águila de hierro.
  • El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos cruzados sobre la panza.
  • Cerca de él y haciendo guardia estaban dos acólitos con los ciriales.
  • A derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con paso solemne acólitos con sendas hachas de cera.
  • Para la de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy confusa idea.
  • Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla, con la cabeza metida entre las rejas.
  • La joven, roja como una cereza, con los ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.
  • El sueño traía impíos disparates, ideas que eran profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con que brindaba la realidad ambiente.
  • Y para la viuda las cosas con cachet eran las mejores.
  • En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos cristianos, estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz, Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la misa del gallo.
  • Habían empezado por emborracharle con un licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había convertido el estómago en algo así como una perfumería.
  • Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años.
  • Con una compañía de borrachos matriculados?
  • Las hachas de los acólitos dejaron a Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que con los ojos medio cerrados, semi dormido, con la cabeza inclinada, y cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.
  • Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus luces soñolientas.
  • Y se le antojó vestido de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso.
  • El órgano se despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio.
  • A que no llegaban las suaves pláticas del misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas sobre el vientre, rodeado de monaguillos.
  • Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó.
  • ¡Buenas noches, buenas noches! dijo el Magistral con tono de mal humor, casi con ira.
  • Pensar, pensar en el enemigo, gozar con recuerdos vitandos.
  • ¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre, llamarle, consolarle.
  • Al ver al Provisor escapar y embozarse con tanto garbo, pensó la criada.
  • La necesidad del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una vaguedad tierna, anhelante.
  • ¿Con quién habla ese hombre?
  • Pero aquella noche había tenido frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro.
  • Y, con cierto miedo de que su marido se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor, entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos.
  • Y don Víctor leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.
  • Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero.
  • Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido, la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella, a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de Belén y otros recuerdos análogos.
  • Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el lecho.
  • Repitió exaltado don Víctor, que se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones.
  • Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica.
  • En un rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas.
  • Y más exaltada en su cólera por la frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la almohada.
  • No topó con el suyo.
  • Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa, con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego.
  • Terminadas las horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete, muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano.
  • Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas.
  • Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal cortada, recibía a su mundo devoto como si estuviese ella de cumpleaños.
  • Pero sonriéndoles y saludando con la mano les dijo, desde la puerta.
  • Déjela usted dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta siempre le sonaba bien.
  • ¡Estoy tan cansado! dijo él y suspiró con mucha tristeza.
  • El ataque se presenta con otros síntomas.
  • Yo soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.
  • Tu rival, con fuerza.
  • Yo no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a pedradas.
  • Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas manos la besó con estrépito en la frente.
  • Y llegaron Ana y el obispo madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al comenzar el día el Evangelio de San Lucas.
  • Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires.
  • Y el otro ¿anda con él?
  • Pues pasado iré a la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
  • El día anterior, el domingo se había discutido con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus salones aquel año.
  • Con él iba la pulla.
  • Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no.
  • Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con lo mejorcito.
  • Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el infierno con horror.
  • Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca.
  • Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes relaciones como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre con la espada en la mano.
  • Pero ya no tenemos aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un para rayos en casa.
  • Con gran sorpresa del enérgico marido que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay (alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él esperaba.
  • Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía dado su consentimiento.
  • Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver.
  • De todos modos entró en el salón triunfante con su pareja.
  • La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera mal, a su querida Anita.
  • ¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina! le decía a la Regenta cara a cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según don Saturnino Bermúdez, era una belleza ojival.
  • A los dos minutos aquellos violines y violas, clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes, como se prometía decir en El Lábaro del día siguiente Trifón Cármenes, el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón si le favorecía.
  • Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña de su padre la obligó a favorecer a Trifón, aunque se propuso no contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos.
  • Mientras la de Páez daba a entender con su aire melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y las genuflexiones de Trifón.
  • A su derecha tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una americana muy rica y muy perezosa.
  • Otros hacían alardes de desidia, de escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac, según ellos.
  • Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las bromas de los envidiosos sin frac que le decían.
  • (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático, muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza.
  • Anita contestaba con sonrisas.
  • De pronto apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con flores de trapo por arriba y por abajo.
  • Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.
  • Las del barón se humanizaban, las niñas de la clase media olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada, demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus vagos anhelos.
  • Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté.
  • Ana saludaba a diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que en aquella confesión de don Álvaro.
  • Preguntó con voz temblorosa Anita.
  • En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su arrogante figura.
  • Allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal, que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso que en cualquier otro sitio.
  • Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba tímidamente una mano.
  • En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza.
  • Todas las damas le felicitaron por su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa.
  • Y Visitación le tapaba la boca con las manos.
  • Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se servían sobre las mesas de billar.
  • Gritaba Ronzal con su alabada energía.
  • Café con leche.
  • ¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho.
  • Y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina! En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta.
  • En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que fueran.
  • Además, esperaba que la ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la ministra le prepararían el terreno.
  • En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada ( tan atrasada estaba aquella señora ), pero vino a dar a entender, como pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por muchos.
  • Pero como en la anatomía humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no se dio por satisfecho porque pensó.
  • Mas cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso, que no lo recordaba igual en su vida.
  • Pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya estaba juzgando crimen, caída, perdición.
  • Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona, familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.
  • Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida.
  • El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.
  • En cuanto Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a la Regenta a la cama.
  • A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó.
  • Y al acostarse, al dejar en una percha una prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro, como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano.
  • El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta.
  • Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.
  • El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con angustias de muerte.
  • Doña Paula le miraba como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin conocer que moría desesperado.
  • Esperó paseando por la sala, con las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre.
  • El gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de quejido.
  • Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.
  • El sofá donde solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos.
  • La música de las palabras se mezclaba con el aroma de la flor en mística composición.
  • Podían estar conspirando los otros con el tiempo y contra él.
  • Dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con raíces, en medio de la sala.
  • Después pensó en aquella hermosura exterior incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo, solo él con un cuerpo adorado.
  • ¿qué pasó con ese hombre?
  • Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban, con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que era ocultar lo más hondo de su pensamiento.
  • Bailé con él.
  • Bailé con él porque quiso mi marido.
  • Bailando con él.
  • No le seguían ni con los ojos.
  • Una idea con todas sus palabras había sonado dentro de ella, cerca de los oídos.
  • Sí, enamorado como un hombre, no con el amor místico, ideal, seráfico que ella se había figurado.
  • Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.
  • Su padre, don Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y varios amigotes ateos, o progresistas.
  • Todo esto que había oído sin entenderlo volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas lecciones de la experiencia.
  • Ya no forraba el martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el estrépito era horrísono.
  • Así pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta al patio.
  • Cuando volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado, sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse siendo canónigo.
  • Se concebía el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado con alzacuello morado!
  • Además la honradez protestaba también con su repugnancia instintiva.
  • Oh, si alguna vez volvía ella a hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja.
  • Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad.
  • Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva.
  • No había abusado de su amistad con don Víctor, no había insistido.
  • La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con ruido.
  • Con champaña.
  • A don Fermín le quiero con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos.
  • Don Víctor con su Frígilis y todos los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a cuestas.
  • De todas suertes Ana comenzó a trabajar en casa con afán.
  • A cuidar a don Víctor con esmero.
  • ¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente, insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora?
  • La cama era inútil hacérsela con esmero porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas y poner el embozo a su gusto.
  • Empezaba Marzo con calores de Junio.
  • Después volvía el invierno, como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia interminable.
  • Saludó como diciendo con los ojos.
  • Vaya usted con Dios.
  • Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera.
  • Los árboles floridos padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire libre, sin albergue, sin paraguas siquiera.
  • Vetusta se entregó con reduplicado fervor a sus devociones.
  • Las flores de amor y alegría que sembrara el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano con la garganta y las narices y hablaba de Gomogga y citaba las grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas.
  • Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que le pinchaban el alma.
  • ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla! Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el corazón como un dardo envenenado.
  • ¿Qué tenía que ver la Iglesia con el Magistral?
  • ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!
  • El sacristán y el acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera, colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño.
  • Pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la Virgen se hizo.
  • Se desparramaban por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, se timaban, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas, mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban relaciones.
  • ¡Madre, dame pan! Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y dulce.
  • ¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no, no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies.
  • Estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las penas del mundo, amar entre lágrimas.
  • ¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste, qué solo le había dejado!
  • Porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el deseo esta era la verdad porque ella era pecadora ¿había de serlo también el hermano de su alma, el padre espiritual querido?
  • ¿No habían estado mil veces solos, muy cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?
  • Hacia la puerta sonaba el tic, tac, de las monedas con que Visitación y la Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad distraída.
  • En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y suspiros ahogados.
  • Una resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de manía.
  • Donde quiera que hay una cruz con un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está allí colgado.
  • Y tranquila, segura de sí misma, volvió su pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música triste con un arranque de suicida.
  • Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con todos aquellos espíritus frívolos y no volvió a poner los pies en el Casino.
  • Aquellos infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la calumnia con que querían perderle.
  • ¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor Magistral!
  • Mejor era callar, vivir en paz con todos.
  • La torre estaba iluminada con vasos y faroles a la veneciana.
  • Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía extenderse a sus anchas por toda la plazuela.
  • Las chalequeras, los armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero con la Vetusta elegante del Espolón y de los bailes del Casino.
  • Y para colmo del escándalo, según don Pompeyo, so capa de celebrar una fiesta religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos licenciados de seminario como él los llamaba con pésima intención, ¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!
  • Y separando los ojos de aquella podredumbre en fermento, de aquella gusanera inconsciente, volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con un punto de luz roja señalaba al cielo.
  • Y apretando los dientes para que no chocasen los de arriba con los de abajo.
  • No prosigas, Agapita querida dijo el enfermo con voz meliflua, débil, mimosa.
  • El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos.
  • Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se dirigió a la puerta con paso firme.
  • Pero la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre que adoraba a su modo al hijo.
  • Y noche hubo en que, mientras velaba el dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a salvarle o morir con él.
  • Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la doncella, con voz gutural, estrangulada.
  • Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con énfasis al cochero.
  • Rompió el sobre con dedos que temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se confundían enganchadas unas con otras.
  • Cogió con mano febril la blusa azul del cochero que volvió la cabeza.
  • Si está don Víctor, que no lo quiera Dios, basta con que Ana me mire, con que me vea allí.
  • Todas las hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro relucía con una palidez que parecía sobrenatural.
  • Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De Pas.
  • Que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara al Magistral y sólo al Magistral.
  • Yo quiero reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que muera.
  • Pero ha de ser con ayuda del señor don Fermín.
  • Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de ustedes.
  • ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su confesor, que creía en él con fe ciega!
  • Al recordar esto, con todos los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que le temblaban las piernas.
  • De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le venía a las manos.
  • Ana más humilde que nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural.
  • Mientras hablaba con don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba todo un plan para sacar provecho de su victoria.
  • Se le atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y esputo de flema decía con voz débil.
  • Y además, puede contarse con su bondad infinita.
  • ¡Ah, don Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted ha hecho y piensa hacer!
  • Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el ex alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín.
  • Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las circunstancias, teniendo a su lado al cura de cabecera, a don Fermín y a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.
  • Somoza mantuvo su opinión con energía heroica.
  • Pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su enfermedad.
  • Y Trifón corría, se encerraba con su elegía y continuaba escribiendo.
  • Con voz meliflua y tenue decía.
  • Volvía a escape a la redacción, anhelante, había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y la poesía quedar sin el último pergeño.
  • Y escribía con pulso febril.
  • La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo con aquella pública manifestación de simpatía.
  • En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo.
  • Le convirtieron con opio.
  • El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la jota Aragonesa.
  • Volvía la Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con Visitación.
  • Ana llevará túnica talar morada, de terciopelo, con franja marrón foncé.
  • No, ras con ras.
  • El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.
  • Vamos a ver, Quintanar preguntó la Marquesa con verdadero interés y mucha curiosidad.
  • A lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.
  • Todos los años va en el entierro de Cristo, Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas.
  • Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
  • Pero, señores, señores, digo yo repetía doña Rufina ¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?
  • El cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener otra explicación con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió encerrarse en el silencio.
  • Se le había ocurrido aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los Dolores, oyendo el Stabat Mater de Rossini, figurándose con calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies de su hijo, dum pendebat filius, como decía la letra.
  • La paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con silencio solemne.
  • Se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.
  • Jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y también procesiones.
  • Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la frente.
  • Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino del Calvario, un cumplido caballero.
  • En cuanto a él lucía deslumbradora bota de charol, con perdón de la propiedad histórica.
  • Detrás de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué, impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que pudiera.
  • Se puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle, y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.
  • Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de ensueño.
  • No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos, preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.
  • A cumplir con el oficio.
  • Después venían en las filas clérigos con manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también.
  • Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo, con cara de muerta como él.
  • El choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo.
  • Don Fermín no presidía este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo triunfo.
  • Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa.
  • él llevaba allí, a su lado, prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta.
  • Iba la Regenta edificando al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a él sólo.
  • ¿Que los Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión?
  • ¿Qué serían, cómo serían en adelante sus relaciones con Ana?
  • Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el topetazo de su mirada con la de don Álvaro.
  • De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba por vencido.
  • Doña Rufina suspiraba con aires de compasión.
  • Va a estar en cama ocho días con los pies hechos migas.
  • Sin contar añadía Joaquín Orgaz con que esto se presta a exageraciones y abusos.
  • ¡Emparejarse, como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno.
  • Procuró ceñir con los brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de sollozo.
  • Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.
  • Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor.
  • Con mil amores, mia sposa cara.
  • Mayo se despide con una espléndida noche dijo Ana, apoyándose con fuerza en el brazo de su marido.
  • ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con todos sus accesorios?
  • Pues esto con acompañamiento de un buen cuarteto.
  • Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho hacia la luna, con una flor entre los dedos.
  • Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con la cabeza.
  • Y se atragantó con la risa.
  • La orquesta se eriza de espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus clarinetes.
  • Pues dile que mañana muy temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor Crespo.
  • Una hora después don Víctor dormía en una alcoba espaciosa, estucada, con dos camas.
  • En el gabinete contiguo Ana escribía con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el papel satinado.
  • Me siento capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y demás interioridades, sin asco ni miedo.
  • Hablo de mi temor a la locura con Quintanar como de la manía de un extraño.
  • Si no me prohibiera usted filosofar, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la atmósfera saludable.
  • El régimen respetado con religiosa escrupulosidad.
  • A Frígilis que venga con usted o antes.
  • Ya le tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón, analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento.
  • ¿Para qué me hubiera querido mi hermano mayor del alma, sin el alma, o con el alma obscurecida por la locura?
  • Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa de mi buen humor, a juzgar por el tono con que lo dice.
  • A las ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con cierto orgullo enfático la serre.
  • Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios.
  • La leyó con cariño de artista.
  • ¡Qué ha de ser! Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera el mundo me llamaría cursilona, literata.
  • Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí.
  • Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la boca.
  • La vida común con sus horas de hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas.
  • Ella, sorprendida, sin sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles, inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la mutua displicencia.
  • Víctor ha salido con Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa el casero de los marqueses recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque de encinas que mi marido llama siempre seculares.
  • ¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño (aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé a Somoza que se excusó.
  • Pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba.
  • Él lo niega, dice que todo aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis pensamientos y desaires.
  • Con un dedo.
  • Cualquier murmuración iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.
  • Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa, se derretía dentro de su alma.
  • Prefería esto al tormento del análisis irreverente a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las ideas y las frases de la santa.
  • Cierto que de Pas no había vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni celos, ni amor, ni cosa parecida.
  • Ana le observaba con miradas de inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no pudo notar síntomas de pasión mundana.
  • A pesar de todo seguía confesando a menudo con don Fermín.
  • Temía sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la arrastrase a otra locura como la del viernes Santo.
  • Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca.
  • Y tras esto el vértigo, el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos.
  • Llamó a Benítez con toda el alma, y principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las prescripciones del médico.
  • ¡con mil amores.
  • Creyó haber cumplido con su deber en este punto.
  • Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su hijo.
  • Allí hemos dormido, cada cual con entera independencia, más de veinte personas advirtió Álvaro.
  • Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana siguiente con este pensamiento.
  • Y como un acompañamiento musical que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa esperanza que era como un sabor con perfumes.
  • Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en los recuerdos.
  • Los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente como cabello movido por el viento.
  • Se abrió la gran puerta de la cerca vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la quintana vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio del palación cerrado y vacío.
  • Por mi gusto nos hubiéramos quedado a vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y soportales con columnas.
  • Las ruedas vuelven a callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura exótica.
  • Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.
  • En el piso bajo, salón, billar, gabinete biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol blanco.
  • Una galería con cierre de cristales rodea todo el edificio.
  • Tendida en la pila, con la mano en el grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves.
  • Así la salud volverá con más fuerza.
  • Está todo en silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas venideras.
  • Corro al salón a tocar la donna é movile, con el dedo índice, mi único dedo músico.
  • ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un dedo! Quintanar es feliz.
  • Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la quintana, se mete en la danza y toca la trompa con maestría.
  • Ayer, al morir el día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza.
  • Ana leía sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria para que la corriente no la llevase.
  • Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica orilla del Soto, llamada por la voz del ex regente que gritaba.
  • Llenaban grandes cestas, forradas con hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes.
  • Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja blanca del canastillo.
  • Pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence siempre.
  • Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago.
  • Oh, si le fuera lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí, iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía.
  • Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa, luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás, sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo esbelto.
  • La saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela.
  • La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un refresco delicioso que improvisó con arte.
  • Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que preguntó.
  • ¡Qué calor, don Fermín! decía la rubia, enjugando el sudor de la frente con pañuelo de batista barata.
  • Mucho, rubita, mucho respondía el Magistral, desabrochándose el maldito balandrán y soplando con fuerza.
  • Y con tu permiso.
  • La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas, alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes campestres, de recuerdos amables.
  • El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa amarga entre los labios.
  • Y encarnada como su saya bajera, se atrevió a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.
  • Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la comitiva, como decía Petra.
  • Pepe, no lejos del pozo, vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la cabeza y sonreía gozoso.
  • La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados, no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del pozo.
  • Con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera.
  • Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro y don Víctor.
  • Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no quería correr con aquellos locos.
  • Yo les he propuesto venirse a comer aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos.
  • El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los curas en el palacio viejo.
  • En el momento de entrar él, don Víctor (con una montera picona en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán, rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos brillantes que el humo del cigarro cegaba.
  • Obdulia, Visita y Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres.
  • Deja, luego decía Paco, que gozaba mucho con las canciones antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima.
  • Un encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía una oratoria especial de la que él no se sentía capaz.
  • Y, sin embargo, ¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana sobre la verde alfombra ! El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador, Benítez y otros señores graves.
  • Por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado.
  • Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.
  • Un estímulo fuerte, algo que le ocupe la atención con.
  • Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y contestó con la misma sonrisa de antes.
  • No tenía bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza, según acostumbraba hacer en su casa.
  • Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y mandar.
  • El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas grandes de aldea, verdes, de percal.
  • ¡al monte! ¡al monte! Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
  • Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa y puso pálidos a los más valientes.
  • No ve usted que con ellos está doña Ana.
  • Pero ¿no podría ir Pepe con algún criado.
  • Con Anselmo.
  • Es una cabaña rústica, que el Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más espeso del monte.
  • Salió con un paraguas bajo el brazo y dejó caer el otro a los pies de don Víctor.
  • Y sonreían con discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la conducta del Magistral.
  • Yo voy a rezar con permiso de ustedes.
  • ¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.
  • De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex regente, que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.
  • Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.
  • ¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en nombre de la humanidad! De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría.
  • Dos ideas llevaba clavadas en el cerebro con clavos de fuego.
  • ¡estarán en la casa del leñador! No creía el Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte, combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra, con las escenas también campestres en que temía groseramente ver enredada a la Regenta.
  • ¡Pero ese hombre está loco!, pensaba Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a veinte pasos otra vez.
  • Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz dulce y suplicante advirtió.
  • Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos.
  • Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su amor propio y le obligó a torcer por la derecha.
  • Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía, tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.
  • ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín, Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?
  • Don Álvaro sabe mucho de estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado trazas para quedarse a solas con ella.
  • Paco y Joaquín no habrán puesto obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y Edelmira respectivamente.
  • Y vuelta a correr cuanto podía, tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y telarañas mojadas.
  • Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso.
  • Gritó don Víctor, que descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.
  • Mire usted lo que me encontrado aquí dijo y sacó del bolsillo, entre dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.
  • ¡Una liga de mi mujer! contestó aquel marido tranquilo como tal, pero sorprendido con el hallazgo por lo raro.
  • Desde que ha engordado con los aires de la aldea.
  • Con la leche.
  • Todo aquello, que había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica, ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el cerebro con botonazos de jaqueca.
  • Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los llamó de lejos, entre los árboles.
  • Fui con el carro y el toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de Chinto está allí, a los cuatro pasos.
  • La noche, según había anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta.
  • Ya no se disculpaba con los sofismas del maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada.
  • Con unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo.
  • El Magistral daba diente con diente.
  • ¡Esto sólo se arregla con rayos!
  • Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.
  • Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo.
  • Entró con él la Regenta para ayudarle.
  • En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus aprensiones.
  • Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa.
  • La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.
  • ¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!
  • La pasión, que ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía.
  • Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del clérigo.
  • Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro de sus entrañas.
  • Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad.
  • También se metió en el coche el gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses.
  • Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos por el corredor del primer piso.
  • Edelmira, maestra ya en el arte de divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y reía y gozaba con estrépito.
  • Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno, la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con los treinta.
  • Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que había encontrado en la meditación religiosa.
  • Pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza?
  • Bastaba con que le oyera.
  • Si se burlaba de él, etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal débil y montaraz herido, se quejó.
  • Se quejó con un sonido gutural, hondo, mimoso, de víctima noble, suave.
  • Edelmira y Paco espalda con espalda, como se baila a veces la muñeira, sobre todo en el teatro, medían sus fuerzas.
  • Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima, que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás.
  • Al cabo Edelmira venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con las manos apoyadas en los hombros del contrario.
  • Visita se atrevió a medir con la Regenta sus fuerzas.
  • A don Álvaro, que no tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio en que le venció el maldito De Pas.
  • Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y Visita, dejaron de correr y enredar.
  • Y muy serios, con la melancolía del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que yacían desgarradas por el cielo.
  • Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de Favorita y de Sonámbula y Joaquín salió por malagueñas, como él decía.
  • En su voz había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco.
  • Por fortuna Joaquín se conformaba con el accèsit.
  • Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del cuerpo y del alma.
  • Se acercó a Mesía, consiguió entablar conversación particular con él.
  • Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención muda, intachable.
  • Pocas veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal mis demasías.
  • Bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer.
  • Pidió consejo a Mesía respecto de su conducta futura con Petra.
  • Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural.
  • Buena está Obdulia para dormir con nadie dijo Visita que venía del cuarto contiguo al de Ana.
  • Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de acostarse.
  • Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las ventanas y las contraventanas.
  • Mesía con un mohín le suplicó que esperase.
  • Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al interior de la alcoba.
  • Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra y se instaló en el puerto mejor de la provincia, La Costa, villa floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a la moda.
  • La mayor parte de los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.
  • Y como perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía su poder espiritual claudicante con puntales de tolerancia y estribos de paciencia.
  • La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia eclesiástica.
  • No quería volver a las andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo rompía con el Provisor.
  • ¡Qué contento estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya.
  • Y eso que tanto tono sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular.
  • Y a pesar de tanta intimidad, de aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de fijo.
  • Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico, de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era deshonesto y grosero.
  • Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como una malva.
  • No recordaba don Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba gozando entonces.
  • Sentía el mareo de la caída en las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las generalidades, los sucesos de su vida.
  • Ana se encontraba, sin buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro, apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada semana.
  • Aquellos chicos, como seguía llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años, aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón de sus primaveras y sus otoños.
  • Aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos, cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.
  • En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una flor.
  • Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su polka.
  • Y en seguida cerró el piano con ímpetu.
  • Las figuras de los cromos finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa gracia violentas y amaneradas.
  • El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.
  • Carcajadas y el run, run de una guitarra tañida con timidez y cierto respeto a los amos.
  • Este rumor se mezclaba con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio populoso lejano.
  • Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su juventud, allá en la Almunia de don Godino.
  • Y con suprema resolución, casi con ira pensó.
  • Con aquella fe en sus corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro.
  • ¡Ana! ¡Jesús! XXIX El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros.
  • La gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes sirenas de abultado seno de yeso.
  • Don Víctor se contentó con pintar de un blanco gris discreto, como él decía, todas aquellas cornisas, volutas, acantos, escocias y hojarasca.
  • Seguía con la mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la mesa.
  • Ana y Álvaro se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.
  • ¡Gracias a Dios! dijo su marido, respirando con fuerza.
  • Usted dirá respondió tranquilamente Álvaro, chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre de enturbiar el aire cuando le convenía.
  • , pensó con un vago recelo, que no se explicaba siquiera.
  • Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en todo.
  • ¿Ha amenazado con decir?
  • Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva, más soberbia, más insolente?
  • ¡Pues no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana! Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó.
  • Temía que hubiese descubierto sus amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don Víctor su secreto.
  • Álvaro seguía pensando Ana había hecho mal en revelarle aquellas miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y repugnantes del viejo.
  • Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la constancia.
  • Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en el amor mismo.
  • Ana se entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí, hambre atrasada.
  • Muchas veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la boca con la mano y le decía en éxtasis de amor.
  • Recordaba con escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no eran necesarias.
  • Sin embargo, si los obstáculos del orden puramente moral, los escrúpulos místicos, como se decía Álvaro con frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a fuerza de pasión, los inconvenientes materiales, las precauciones del miedo opusieron dificultades de más importancia.
  • A la chica se le ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en circunstancias de prodigar.
  • Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el gallo vetustense ya no podía ser manirroto.
  • Y como si esto en vez de un placer, en vez de una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de Vetusta le pagaba el servicio con amores de señorito que eran los que ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío que siempre la había dominado.
  • Teresina, a quien esperaba para muy pronto una colocación de señorona allá en cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo, Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua.
  • Cierto es que el Provisor le prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar.
  • Cuando se convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se sublevaron dentro de ella saltando como sierpes.
  • Aquella aventura que le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión por la Regenta.
  • ¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque?
  • Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía.
  • De modo que si don Álvaro podía decir con razón.
  • Con esta no había que contar.
  • Para mayor seguridad don Víctor compró un reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la cita.
  • Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor.
  • Hizo también con disimulo fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo.
  • Un tonel viejo arrimado al descuido a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes, sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las circunstancias.
  • Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la pastora?
  • Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio.
  • Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos, más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las propinas y encareciendo las caricias, pero al fin amores señoritos, que la tenían orgullosa.
  • Que sería lo que necesitaba el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a desafiar a don Álvaro.
  • Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse y se había quedado solo en el comedor para dar el ataque a Petra y proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de amos.
  • Con toda la diplomacia que pudo emplear un hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio, ofreció a la doncella la nueva posición, que sería divertidísima, y lucrativa como pocas.
  • Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con altivez, con insolencia.
  • Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo.
  • Y llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante.
  • Que ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y chiflao que era una compasión.
  • ¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo.
  • Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre.
  • Dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza inclinada sobre el pecho.
  • Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada.
  • Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa.
  • Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la criada.
  • Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo que jamás hubiera creído.
  • En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra cuyos cristales apoyó la frente.
  • La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del cristal helado.
  • él atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.
  • Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la rubia que enjugaba lágrimas villanas.
  • Yo no quiero ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo.
  • Vendrás a esta casa, Petra dijo la voz de caverna, con esfuerzos inútiles por ser dulce.
  • Ha de verlo él, repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista.
  • Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto.
  • De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado.
  • Venció con gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón importuno.
  • El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba.
  • Y con todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía.
  • No podían ser las ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día.
  • Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela.
  • Dio dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar sobre un montón de tierra.
  • No se contentaba con adivinarle.
  • Así no se podía vivir, con aquel cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el cuerpo y el alma no se podía vivir.
  • Aquella amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel malquistarle con el señor Magistral.
  • Sin querer, pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían, se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio.
  • Aquella desgracia que había acabado con la felicidad para siempre.
  • Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad, recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas.
  • Pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente, sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los lazos del cariño, de la costumbre.
  • Con una espada lo mataría, aquello era más noble, más digno de él.
  • Después de hablar con alma humana de tan vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es, de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza.
  • En cuanto alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia.
  • En su cerebro estalló la palabra grosera con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su deshonra.
  • Y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y barrió el dolor tierno.
  • Y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si era esto lo que procedía.
  • El mismo Quintanar cerró la verja con su llave.
  • En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que hacer esfuerzos para no dar diente con diente.
  • Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como nunca se le veía en Vetusta.
  • ¡Soy un tal, soy un tal! y se lo decía a sí mismo con todas sus letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los presentes.
  • A la derecha campos de maíz, ahora vacíos, enseñaban la tierra, negra con la humedad.
  • Entre las manchas de las tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto.
  • Sobre los castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja subterránea.
  • Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel desierto de aire.
  • Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano.
  • Quintanar, sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de la casa.
  • Después midió el paso del tren con los de cierta polka.
  • él mismo, vestido de canónigo con traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y a la Regenta.
  • Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con bigote y perilla.
  • él, don Víctor, se había adelantado a las baterías para decir con voz cascada.
  • Todas las butacas estaban llenas de cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con ondulaciones de culebra.
  • El verde de los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas, sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día, difusa y como cernida a través de las nubes delgadas.
  • Frígilis se detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río, como una pared obscura que subía hacia las nubes.
  • Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar las apretadas filas.
  • Sí, cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas rojas con la escarcha blanca de la hierba.
  • Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor.
  • Aquellos pajarracos no se comían, pero Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.
  • Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo.
  • Se le vislumbraba detrás de un toldo blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de aceite sobre un papel.
  • La filosofía de Frígilis, aquel pensador agrónomo que despreciaba la sociedad con sus falsos principios, con sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía verdadera, la sabiduría única, eterna.
  • Vetusta quedaba allá, detrás de montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo?
  • Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga, fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes, los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?
  • Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban riéndose con estridentes chillidos.
  • ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa?
  • Sí, se apoyaba el pobre viejo con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.
  • Y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y no se asuste.
  • Perdonarla es transigir con la deshonra.
  • Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te acordarás, creí hacer la felicidad de ambos.
  • ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a Mesía?
  • ¿Quién te asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
  • O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el telégrafo.
  • Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a su amigo estremecerse.
  • Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia respetado y tal vez querido.
  • Y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto.
  • Hasta llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y enérgico al par, a subir aquella escalera.
  • Contestó el otro con voz débil.
  • Sí, señor, con Crespo.
  • El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la puerta por donde salía Anselmo.
  • Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos y pasmados.
  • Por la mañana había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y levantarse y salir.
  • Había salido de las calles y había paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados.
  • Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar la sotana con las rodillas.
  • Los mato a los dos porque olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que ubi irritatio ibi fluxus, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su carne divina era carne humana.
  • La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la basura corriente y encauzada.
  • Y al llegar aquí era cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral, airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
  • No, era más noble sacar de una vaina un puñal y herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre perfumado.
  • Desde que doña Paula vio que no estallaba un escándalo, que don Fermín mostraba discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones.
  • Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella reputaba decencia.
  • Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se quedó solo, se movía mucho.
  • Y se transformó el clérigo en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y varonil, lleno de juventud todavía.
  • La hoja relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una expresión de armonía con la pasión del clérigo.
  • Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador montañés.
  • Yo no puedo asesinar con un puñal a ese infame.
  • Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él.
  • Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable acceso.
  • Dijo don Víctor preguntando con el tono especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
  • Nada, ¡pero aún estamos a tiempo! contestó el marido burlado, puesto en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa en medio de la plaza.
  • Sí, por desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba en el palacio de los Ozores.
  • Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de protesta.
  • Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo, aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía in fraganti en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin miramientos, con justicia pronta.
  • Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía las razones que, desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los agravios y conformidad con la cruz.
  • Cansado ya por los esfuerzos anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad vulgaridades de sermón de aldea.
  • Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana.
  • Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió ceder.
  • Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que consiente.
  • El cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de muerte, ya estaba cargado hasta la boca.
  • Pero al salir, al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como sacerdote de ópera, exclamó.
  • ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que otra vez.
  • Sus ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba escalofríos.
  • Aquel ser vaporoso que se le aparecía de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.
  • ¡Qué fácil era asesinar con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con bala, ni con palabras fulminantes.
  • Se retiró sin acercarse a su marido, que no la buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse todas las noches.
  • La había cargado con postas.
  • Fue, con la prisa que pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose borrosa en el cielo negro.
  • Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades.
  • Dijo Ronzal con ceño adusto, aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a una indiscreción.
  • Los mozos encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con el de la noche.
  • El Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado a cualquiera.
  • El cajero había recibido un arañazo en el cuello, porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de degollar al contrario.
  • Pues yo exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz temblorosa yo no hago nada de eso.
  • El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los tendría.
  • ¡Miren Frígilis! Tiene mucha confianza con Álvaro, que le respeta mucho.
  • Frígilis no tuvo más remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los periódicos, en la calle.
  • Que así como se alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana, le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una espada o una pistola en la mano.
  • ¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él había robado la honra?
  • Anoche parecía resuelto o poco menos a una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera.
  • A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él, hubiese llamado a Ronzal.
  • Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos, angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le cuidaba solícita.
  • Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones filosófico religiosas.
  • Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje negro cerrado, elegante y pulquérrimo.
  • Era robusto, la sangre bulló dentro con energía.
  • El instinto de conservación despertó con ímpetu.
  • Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el dulce sueño de los niños.
  • Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo.
  • Por Dios, don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.
  • Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino.
  • Y después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de labrador y decía con voz ronca.
  • ¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su crimen, de la muerte de Quintanar, de la ceguera de la pasión.
  • En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento mezclado con los disparates plásticos de la fiebre.
  • Cuando el cuerpo débil volvió a sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.
  • Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen.
  • Olvido, paz, silencio interior, conversación con el mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir.
  • Unos a otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos vetustenses el íntimo placer que les causaba aquel gran escándalo que era como una novela, algo que interrumpía la monotonía eterna de la ciudad triste.
  • La envidia que hasta allí se había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez de sus carnes.
  • Y ¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las ligerezas de la juventud.
  • ¡y otras! Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas mujeres.
  • Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes.
  • Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa.
  • ¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara se ha de presentar en público?
  • Ya se hablaba de sus amores reanudados con la Ministra de Palomares.
  • Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones.
  • Nada, nada de trato con la hija de la bailarina italiana ! El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la Barcaza.
  • La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar esa desgraciada.
  • En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle gracia al punto de crochet y al de media.
  • Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda.
  • Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico.
  • Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
  • Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir a su pobre amiga en su misma casa.
  • Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas.
  • Allí, con el menor aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta y acudir al menor peligro.
  • La pobre estará mal de recursos y con la ayuda de Frígilis.
  • Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino vendiendo tierras en la Almunia.
  • Relativamente decía el Marqués que con la gota que le empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro como un carbón.
  • Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con lo de la Almunia.
  • Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó, cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta.
  • Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la vida, deseo de actividad.
  • Una mañana despertó pensando que aquel año no había cumplido con la Iglesia.
  • Sí, iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la capilla de la Victoria que estaba allí cerca.
  • Pero aquella piedad mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le parecía la religión compatible con el marasmo de su alma.
  • Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa.
  • ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas.
  • Hablando con todo lo que contenía a los recuerdos de la Regenta!
  • Iba a confesar con cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había comprendido por culpa de la propia torpeza.
  • Ana oró, con fervor, como en los días de su piedad exaltada.
  • Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante.
  • Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada, no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.
  • Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura, otras sonriendo de placer entre las lágrimas.
  • El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.
  • Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una escena trágica inminente.
  • La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía.
  • Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga.
  • El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima.
  • Y después clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la capilla.
  • Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar siquiera.
  • Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas.
  • Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
  • Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope.
  • Aunque cubierto de amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos.
  • Inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
  • Preguntó con inquietud el clérigo.
  • Pero el jaco, que no desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y atravesados donde hacían menos falta.
  • Adelantaban poco a poco, y ya salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana.
  • Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien, nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios desiertos.
  • Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra, límite de dos montes.
  • Una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos, medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba.
  • Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecía monumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo de fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero, en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol, era poético y hermoso.
  • Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por tu Santísima Cruz redimiste al mundo, y de paso que rezaba, su mirada buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle.
  • Poco duró la contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced a la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror.
  • Protegían sus piernas recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo.
  • El pelo cortado al rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada con cuerdas.
  • Menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era semejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unas botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las arrugas.
  • El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.
  • Exclamó, encarándose con su interlocutor es el señor marqués?
  • Repuso éste evasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en viva curiosidad.
  • Y sin embargo, despedía su arrogante persona cierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con lo afable y llano de su acogida.
  • El señor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre.
  • Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelo muy planchado y doblado, un Semanario chico, y por último una cartera de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una carta que entregó al marqués.
  • El abad picaba con la uña una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una punta al borde de los labios.
  • Primitivo, descansando la culata de la escopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba sus ojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora.
  • Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas y salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo allá en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara de niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la compostura ascética de las facciones.
  • ¿Y no acertaba usted con los Pazos?
  • Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía.
  • Primitivo, obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su pitillo con un misto de cartón.
  • Y luego mucho de alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.
  • Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil.
  • Después de cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano con piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de cubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega.
  • Y desde allí llegaron presto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que ardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un mediano monte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, de tiempo en tiempo, con rama menuda.
  • Adornaban la elevada campana de la chimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura, y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo para calentarse oyendo hervir el negro pote, que, pendiente de los llares, ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.
  • A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un instante con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego, pues no bien advirtió que venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde.
  • El marqués se encaró con la moza.
  • Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayor imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión, reprendiendo a la muchacha.
  • Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza.
  • Pero al entrar el grupo canino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha fraternidad.
  • Y el marqués que vigilaba la operación, no dándose por satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue distribuyendo en las cubetas.
  • Sus cejas se fruncieron, y arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó en sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o lastimadas.
  • ¿Y tú, para qué vas a meterte con ella?
  • ¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios! respondió el marqués, con no sé qué inflexiones de orgullo en el acento.
  • En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo.
  • Una fuente de chorizos y huevos fritos desencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo.
  • Es cosa de gusto aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo que restaba de yema en su plato.
  • Con el café, ciertos días señalados, no me disgusta el anisete.
  • A falta de tirabuzón, se descorcharon con un cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos ad hoc.
  • Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con el abad y el señorito.
  • Sabel, por su parte, a medida que el banquete se prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridad mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacían bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.
  • Por no mirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que envalentonado con aquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta llegar a introducirse entre las rodillas del capellán.
  • ¡Éste no se anda con requisitos! exclamó el abad.
  • Sus mejillas despedían lumbre, y dilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño.
  • ¿Piensa que el rapaz no puede con lo que tiene dentro?
  • ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.
  • Perucho abrió los párpados y miró alrededor con asombro, y su cara se sonroseó.
  • Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos.
  • Primitivo, de pie también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y socarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un momento.
  • Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.
  • A la cama con él en seguida.
  • Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceaban inertes, a cada movimiento de su madre.
  • Cuando terminó el convite y se pensó en dormir, reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con el cual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al piso alto, y ascendía a la torre en rápido caracol.
  • A la puerta del cuarto se despidió el marqués, deseándole buenas noches y añadiendo con brusca cordialidad.
  • ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la noche al abrigo de un vallado! Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el chaleco una estampa grabada, con marco de lentejuela, que representaba a la Virgen del Carmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de depositar el velón.
  • Juzgando a las gentes con quienes había trabado conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de la caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués.
  • Con que.
  • Mientras se vestía, examinaba la estancia con algún detenimiento.
  • Alumbrábanla tres ventanas guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios cuanto abastecidas de remiendos de papel pegados con obleas.
  • Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtud espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta.
  • Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud aprendidos de su madre, que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par de calcetines una manzana camuesa cogió fama de seminarista pollo, máxime cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara.
  • Quedóse parado delante de la palangana, en mangas de camisa y sin saber qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad de refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de aire, y abrió la vidriera.
  • Al pie mismo de la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra con cenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran espejo, que no era sino la superficie del estanque.
  • Como para renovarlo, entreoyó detrás de sí rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio a Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara, con la otra, en plato de peltre, un púlpito de agua fresca y una servilleta gorda muy doblada encima.
  • Venía la moza arremangada hasta el codo, con el pelo alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda.
  • De suerte que celebraba el sacrificio esmerándose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba, anonadándose cuando consumía, siempre con recogimiento indecible.
  • Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su vez quiso mostrarle un poco de caritativo interés.
  • Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una pantalla con la mano, Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol, arrojaba piedras al estanque.
  • Al fin articuló con pausa.
  • Antes de dar con el marqués, recorrieron el capellán y su guía casi toda la huerta.
  • Aquella vasta extensión de terreno debía haber sido en otro tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la jardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia.
  • Las armas de la casa, trazadas con mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni la vista más lince distinguiría rastro de los lobos, pinos, torres almenadas, roeles y otros emblemas que campeaban en el preclaro blasón de los Ulloas.
  • Y, sin embargo, persistía en la confusa masa no sé qué aire de cosa plantada adrede y con arte.
  • Obstruido por el limo, el estanque parecía charca fangosa, acrecentando el aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer fueron cenadores y bancos rústicos se habían convertido en rincones poblados de maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maíz, a cuya orilla, como tenaz reminiscencia del pasado, crecían libres, espinosos y altísimos, algunos rosales de variedad selecta, que iban a besar con sus ramas más altas la copa del ciruelo o peral que tenían enfrente.
  • Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el último vástago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbando distraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo.
  • Exclamó con desconsuelo sincerísimo.
  • Es la más grande del país añadió con orgullo.
  • Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme caserón, donde penetraron por la puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el claustro formado por arcadas de sillería, cruzaron varios salones con destartalado mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pinturas maltrataba la humedad, no siendo más clemente la polilla con el maderamen del piso.
  • Pararon en una habitación relativamente chica, con ventana de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotísimas, y asombraban la vista grandes estanterías de castaño sin barnizar, que en vez de cristales tenían enrejado de alambre grueso.
  • El marqués de Ulloa, deteniéndose en el umbral y con cierta expresión solemne, pronunció.
  • Tomólo Julián con respeto, y al abrirlo, sobre la primera hoja de vitela, se destacó una soberbia miniatura heráldica, de colores vivos y frescos a despecho de los años.
  • Por medio de su pañuelo doblado, la limpiaba Julián del moho, tocándola con manos delicadas.
  • Desde niño le había enseñado su madre a reverenciar la sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado, dorado, le parecía cosa muy veneranda, digna de compasión por haber sido pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas.
  • La verdad es que él no entendía gran cosa de papelotes, pero con buena voluntad y cachaza.
  • Lo roto se pega con cuidadito con unas tiras de papel transparente.
  • Y el marqués se terció la carabina y dejó para siempre jamás amén a su capellán bregar con los documentos.
  • IV Y el capellán lidió con ellos a brazo partido, sin tregua, tres o cuatro horas todas las mañanas.
  • Las correderas, perseguidas en sus más secretos asilos, salían ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin gran repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose los oídos para no percibir el ¡ chac ! estremecedor que produce el cuerpo estrujado del insecto.
  • Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución, triunfó Julián en su batalla con aquellas alimañas impertinentes, y en los estantes, ya despejados, fueron alineándose los documentos, ocupando, por efecto milagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde no cupieron jamás.
  • Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de plomo, quedaron apartadas, envueltas en paños limpios.
  • Volvió a su sitio el volumen, con los labios contraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le hería o escandalizaba.
  • Los únicos documentos que encontró fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y arrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para él solo, o con palabras más enigmáticas aún, el balance de sus pagos.
  • Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sería imposible orientarse en semejante caos de papeles.
  • Quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa.
  • Dijo esto el marqués con aquella entonación vehemente y sombría que adoptaba al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes que fuesen.
  • Y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo su collar de cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas codornices.
  • Al enviudar la madre de don Pedro, el mayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita de distinción, trasladando sus reales al pueblo.
  • Una de las habilidades de don Gabriel fue hacer partijas con su hermana cogiéndole mañosamente casi toda su legítima, despojo a que asintió la pobre señora, absolutamente inepta en materia de negocios, hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba con sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de ir poniendo en onzas de oro, de las más antiguas, de premio.
  • Y como la señora se negase, después de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja, mientras unos cuantos proponían que se calentase aceite para freírle los pies.
  • Eran veinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.
  • Se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentes conocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba cargo público, y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con la familia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de las costumbres de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres, y de la insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la más valiosa moneda de oro.
  • Pero tres o cuatro años después de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gota que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que ya se susurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero de Cebre.
  • Y habiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios de malísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sí por completo.
  • La necesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había sido causa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa.
  • Con motivo de los susodichos censos, el señorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre.
  • O la señora no había atesorado más desde el robo, o lo había ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.
  • Pero más le llenó de confusión encontrar entre los papelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas, sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.
  • Vaya usía muy dichoso, señor marqués, don Pedro sentía un cosquilleo grato en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora.
  • él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente las nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercer con inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, no podía.
  • Harto tenía que hacer con ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, de suerte que el guía de Julián era Primitivo.
  • El respeto adulador con que trataban al señorito, el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían al capellán, se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada por fórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad, indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sin pestañas.
  • Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre que mandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto de criado con ribetes de mayordomo.
  • No sentía ya las efusiones de devoción que al principio, y sí una especie de caridad humana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor, especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba su instintiva ternura.
  • Le dolía verle revolcarse constantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en el estiércol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón de las vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierba destinada al pienso de la borrica.
  • Para realizarlo se acomodaba en la vasta mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesos troncos.
  • Descalzas y pisando de lado, como recelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por una especie de mandilón de picote.
  • Sofocada por la llama, con los brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de las adulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos de caldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en la esquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar el hirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara.
  • Al salir cogían aparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con su rebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o lacón rápidamente escondido en un justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de las ristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a las faltriqueras.
  • La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba más tiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas de estopa, entrevista por Julián la noche de su llegada a los Pazos.
  • Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artista podía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen juntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuña de cabra.
  • Y con todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad encubierta por parte del cazador.
  • Al paso que adelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones, dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del sol y del aire.
  • Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián, el diablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vida en el cuarto.
  • El papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con él cucuruchos.
  • Las arenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes y collados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo el dedo de golpe.
  • Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo en limpio de semejante hereje.
  • Pero se complicaron con otra cosa bastante más desagradable.
  • Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos de reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas, con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más que la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y comadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros.
  • Cúbrase usted, mujer murmuró con voz sofocada por la vergüenza.
  • De todos modos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no más púdica que las vacas.
  • Julián recordaba a su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y suave, con su casabé abrochado hasta la nuez, sobre el cual, para mayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra.
  • Lo que más extrañeza y susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no se recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeada que equivalía a una declaración de guerra.
  • De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hecho Julián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya.
  • El abad de Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por su desmedida afición al jarro y a la escopeta.
  • Porque para el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer un hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas.
  • Tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con la simonía.
  • Con los demás curas de las parroquias cercanas tampoco frisaba mucho Julián.
  • Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidad a pasar en Naya el día del patrón, aceptó de buen grado, comprometiéndose a no faltarle.
  • ¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tarde hermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese, deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardó mucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tan oportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de la gaita, bombo y tamboril, a la luz de los fachones de paja de centeno encendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijos patronales.
  • Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral, cantando y atruxando como locos, y con ellos descendió Julián.
  • Recogidas las mangas de su chaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostenía la bandeja con vasos.
  • El gaitero, vestido de pana azul, en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo punteiro caía sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosa con un pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las luces que alumbraban la casa del cura permitían distinguir su cara guapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillas castañas.
  • ¡A la salud del señor abade y la compaña! y, después de echárselo al coleto, aún murmuró con mucha política, pasándose el revés de la mano por la boca.
  • Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a la sazón con los preparativos de la fiesta y asistía impávido a los preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y huerto.
  • Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto que el patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, que allí estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su estática sonrisilla, su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra, y la siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola.
  • La cruz y los estandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en la estrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de seda en la cabeza en forma de burelete, se ofrecían a llevar las insignias sacras.
  • Después de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse breves instantes frente al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia, y fue pujado, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muy engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmesí.
  • La misa empezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás festejos.
  • Más de una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijado incensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas, soltando un humo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecía suavizarse el desentono del introito, la aspereza de las broncas laringes eclesiásticas.
  • El gaitero, prodigando todos sus recursos artísticos, acompañaba con el punteiro desmangado de la gaita y haciendo oficios de clarinete.
  • Así podía acompañar la elevación de la hostia con una solemne marcha real, y el postcomunio con una muñeira de las más recientes y brincadoras, que, ya terminada la misa, repetía en el vestíbulo, donde tandas de mozos y mozas se desquitaban, bailando a su sabor, de la compostura guardada por espacio de una hora en la iglesia.
  • Y el baile en el atrio lleno de luz, el templo sembrado de hojas de hinojos y espadaña que magullaron los pisotones, alumbrado, más que por los cirios, por el sol que puerta y ventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes, pero satisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueño en sus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la cándida palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal, nada inspiraba la augusta melancolía que suele imperar en las ceremonias religiosas.
  • Julián se sentía tan muchacho y contento como el santo bendito, y salía ya a gozar el aire libre, acompañado de don Eugenio, cuando en el corro de los bailadores distinguió a Sabel, lujosamente vestida de domingo, girando con las demás mozas, al compás de la gaita.
  • Esta fornida guisandera, un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademán brioso, había vuelto la casa de arriba abajo en pocas horas, barriéndola desde la víspera a grandes y furibundos escobazos, retirando al desván los trastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable ejército de guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, con rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica despensa, atestada de dádivas de feligreses.
  • Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, de los que han derramado la poesía del arte sobre la prosa de la vida doméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la gran cocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panza reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la carne no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas mejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como ninfas con un sátiro atado, arrojándole entre el cuero y la camisa puñados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos después, cuando el gaitero y los demás músicos vinieron a reclamar su parva o desayuno, el guiso de intestinos de castrón, hígado y bofes, llamado en el país mataburrillo, ¡cuán digna de su pincel encontraría la escena de rozagante apetito, de expansión del estómago, de carrillos hinchados y tragos de mosto despabilados al vuelo, que allí se representó entre bromas y risotadas! ¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado en la sala de la rectoral?
  • Ante la mesa y sus apéndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando asiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos de preferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de Loiro la persona más respetable en años y dignidad de todo el clero circunvecino, que no había asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas del gentío en la misa, y a Julián, en quien don Eugenio honraba a la ilustre casa de Ulloa.
  • La monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas.
  • Y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen, afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues apenas había otra cosa.
  • Para llegar al número prefijado, no había recurrido la guisandera a los artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares bautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles y engañifas.
  • Pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes, con cebollas, con patatas y con huevos.
  • ¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de magia apareciese allí un cocinero francés empeñado en redactar un menú, en reducirse a cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y en conceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el ama del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderas también.
  • Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para rechazar con la mano las fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los convidados unos a otros.
  • Y el cacique Barbacana, con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga, díjole desdeñosamente una verdad como un templo.
  • En aquel punto y hora, mientras corrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotaban las copas de tostado, llegaba a su periodo álgido la disputa, y se entreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.
  • Boán, que con mucho disimulo me estás echando abajo la gracia.
  • Si adelanta usted un poquito más nos vamos a encontrar con el libre albedrío perdido.
  • ¡mira que te marchas con Pelagio! Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.
  • Es punto opinable, ¡ quoniam ! A mí no me vengas a asustar tú con concilios ni concilias.
  • Y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando se incorporó difícilmente, con ambas manos puestas tras los oídos, vertiendo sangre por la cara, a fin de dirimir, si cabía lograrlo, la contienda.
  • El señorito de Ulloa entraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos cascabeles acompañaban su aparición con jubiloso repique.
  • Se encomió su palmito, y al mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si la conversación se relacionase con él.
  • El huerto, en cambio, permanecía en su tranquilo y poético sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba las últimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje de las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, se tendieron ambos presbíteros, no sin que don Eugenio, sacando un pañuelo de algodón a cuadros, se tapase con él la cabeza, para resguardarla de las importunidades de alguna mosca precoz.
  • Pero a mí me están embromando también a cada rato con las primas.
  • , y hay que aguantar, que no lo hacen con mala intención.
  • El de Naya aprobó con la cabeza como quien reconoce la fuerza de una observación.
  • Pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que lucía la desigual dentadura era suave e irónica protesta contra tanta rigidez.
  • También usted se apura ahí por una chanza, por una tontería, lo mismo que si ya todo el mundo le señalase con el dedo.
  • Con esa muchacha, ¿eh?
  • A mí se me figura que nadie piensa mal de usted con Sabel.
  • El marqués no inventó la pólvora, es cierto que no, y la moza se distraerá con los de su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la gaita de hoy.
  • Pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela en sus barbas, con el mismo capellán.
  • Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con los ojos abiertos de par en par.
  • Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener que limpiarse los lagrimales con el pañuelo de cuadros.
  • ¿Autorizar con mi presencia un amancebamiento?
  • ¿Un buen mozo, con patillas?
  • ¡Dios sobre todo! murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
  • En una esquina, Perucho, con los puños metidos en los ojos, sollozaba.
  • Sin reparar lo que hacía, arrojóse Julián hacia el grupo, llamando al marqués con grandes voces.
  • , señor don Pedro! Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopeta empuñada por el cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y las manos agitadas por temblor horrible.
  • O te levanto con la escopeta! Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalando entrecortados ayes.
  • Tenía aún el traje de fiesta con el cual la viera Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio.
  • Y el padre resurgía, maldiciéndose a sí propio, apartando los rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y atándolo con cuidado indecible sobre la descalabradura.
  • ¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a pasarte las horas en las romerías sacudiéndote, perra! Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permanecía parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el cual debía tener alguna dolorosa contusión.
  • En voz baja y lastimera, pero con suma energía, pronunció sin mirar al señorito.
  • , y ciertas cosas acabarían con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento es el golpe que le tocó al chiquillo.
  • Pero si quiere que le hable con el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está bien maltratar así a nadie.
  • ¡Ja, ja! Yo la he visto, con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el de no haberle roto una pierna, para que no baile más por unos cuantos meses! Guardó silencio el capellán, sin saber qué responder a la inesperada revelación de celos feroces.
  • La gente es maliciosa, y pensará que usted trata con esa chica.
  • Nos está prohibido severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernos cómplices de él.
  • El marqués se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.
  • Señor marqués, con franqueza, ¿no le pesa de vivir así encenagado?
  • A esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba una rama del castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos.
  • , y cuando pienso en que esa tunanta me aborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acuden descalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes de aplastarle los sesos como a una culebra! Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y se admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.
  • ¡Sólo está contenta entre los demás labriegos, con la hechicera que le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me detesta.
  • Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña, mis hórreos les surten de pan.
  • Se compran con mi dinero, eso sí, pero luego se dan a parcería y no se me rinden cuentas jamás.
  • Pero con el tiempo.
  • Pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo haría si quisiese.
  • Apartándose usted de aquí algún tiempo, no sería difícil que Sabel se casase con persona de su esfera, y que usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad, una esposa legítima.
  • ¿Piensa usted que no sueño todas las noches con un chiquillo que se me parezca, que no sea hijo de una bribona, que continúe el nombre de la casa.
  • ¡Vale más ir a presidio que llevar esta vida! VIII Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios que brotaban en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto.
  • Y calculando así, miraba contristado el paisaje ameno, el huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón del soto, la verdura de los prados y maizales, la montaña, el limpio firmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulce soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vida toda.
  • Afeitado también, aunque sin detrimento de su barba, que brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a ropa limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongo azul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo y diferente, con veinte grados más de educación y cultura que el anterior.
  • Allá en el fondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con las orejas gachas y el ojo amortiguado.
  • Por lo que hace al marqués, quedóse suspenso un instante, y de súbito, agarrando al pastor por los cabellos, se los mesó y refregó con furia, exclamando.
  • Vas con el señorito.
  • Sorprendióse el marqués y miró a su montero con desconfianza.
  • Subió don Pedro a su habitación y volvió con la escopeta al hombro.
  • Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a sus sayas.
  • Le había encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y flores silvestres.
  • Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la más leve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y trébedes.
  • Don Pedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián, aguardó dos minutos en la puerta, quizás con la ilusión recóndita de ser detenido por la muchacha.
  • Aunque departiendo con Julián acerca de la sorpresa que se le preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba llover porque el cielo se había encapotado, no descuidaba el marqués observar algo que debía interesarle muchísimo.
  • Murmuró el marqués, hablando con los dientes apretados.
  • Si el tiro de éste salía, la bala se cruzaría casi con otra bala justiciera.
  • Oyó el marqués el roce del follaje al bajarse el cañón que amenazaba a Julián, y Primitivo salió del soto, blandiendo su vieja escopeta certera, remendada con cordeles.
  • ¿Se viene usted con nosotros por fin hasta Cebre?
  • ¡Claro, con bala era más escandaloso, más alarmante para la justicia.
  • IX Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevaban trazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.
  • Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que les decía campechanamente.
  • ¡Aquí está la más lista de la familia! Y adelantándose con los brazos abiertos fue para abrazarla.
  • Pero ella, hurtando el cuerpo, le tendió una manecita fresca, recién lavada con agua y colonia.
  • Apareció el señor de la Lage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro abrazó a su tío, que le llevó casi en volandas al salón.
  • Se ahogaba con los trajes de paseo.
  • ¡Muchacho, muchacho! ¿A dónde vas con tanto doblar?
  • Lo que es con tu padre, ni esto.
  • Respondió con igual amabilidad la prima.
  • Costábale trabajo resolverse, y permanecía refugiada en el rojo dosel de la cortina, cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, que rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas trenzas.
  • Pero antes se queden para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con el teniente que está de guarnición, con el comerciante que medra midiendo paño, con el médico que toma el pulso.
  • ¿Conformaban las primitas con las opiniones de su padre?
  • Lo cierto es que, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel, cada niña se escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento al forastero y platos selectos para la mesa.
  • Y la prima se levantaba y echaba a correr con su plato en las manos, para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y el juego se celebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso más gracioso del mundo.
  • En cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban en los términos de una cordialidad mesurada, presenciando y riendo las bromas, pero sin tomar parte activa en ellas, con la diferencia de que en el rostro de Carmen, la más joven, se notaba una melancolía perenne, una preocupación dominante, y en el de Nucha se advertía tan sólo gravedad natural, no exenta de placidez.
  • Al resolverse a emprender el viaje, receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdices blancas que nunca había cazado.
  • Animado, y con la cálida sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el pañuelo.
  • La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por romanticismos.
  • Era un muchacho como de diecisiete años, rapado, con uniforme de alumno de la Academia de artillería, parecidísimo a Nucha y a Carmen cuanto puede parecerse un pelón a dos señoritas con buenas trenzas de pelo.
  • Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el retrato, con tan apasionada ternura, que allá en Segovia el pobre alumno, víctima quizá de los rigores de la cruel novatada, debió sentir en la mejilla y el corazón una cosa dulce y caliente.
  • De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda contestó el primo echando a Rita una miradaza que ella resistió con intrepidez notoria, y pagó sin esquivez alguna.
  • Pareciéronle, y con razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso, húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre sus sitios públicos.
  • El padre cubría la retaguardia conversando con algún señor mayor, de los muchos que existen en el pueblo compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar más que en otras partes la gente provecta.
  • A menudo se arrimaba a Manolita un señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo y exageradas pretensiones de elegancia.
  • Respecto a Manolita, no perdía ripio coqueteando con el señorito de la Formoseda.
  • Rita, siempre animada y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, pues don Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradores correspondía con ojeadas vivas y flecheras.
  • Dormían en habitaciones contiguas Julián y el marqués, pues Julián, desde su ordenación, había ascendido de categoría en la casa, y mientras la madre continuaba desempeñando las funciones de ama de llaves y dueña, el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de importancia, y era tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban matices de protección, al menos con gran amabilidad y deferencia.
  • Y para casarse, no es cosa de broma que la mujer las gaste con el primero que llega.
  • Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches, don Pedro le apretó para que cantase.
  • Si he de casarme, quiero al menos saber con quién y cómo.
  • Con razón se diría que salí de un soto para meterme en otro.
  • Pero sin manualizarme con los señores, porque mi clase era otra muy distinta.
  • Y mi madre, que era muy piadosa, no me permitió jamás juntarme con las señoritas para jugar ni nada.
  • ¡Ya usted me comprende! Con el señorito Gabriel sí que tuve algún trato.
  • Lo que es con las señoritas.
  • ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien! ¡A ver con qué cara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas.
  • ¡Que si le habían contado! ¡Pues no habían de contarle! Desde su llegada, la venerable dueña que regía el llavero en casa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder a la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves y religiosos pueden conferirse.
  • Misía Rosario no lo iba a charlar con otras comadres envidiosas, eso no.
  • Pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor don Vicente el canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a la más alta dignidad que cabe en la tierra, ¿quién le vedaba el gustazo de juzgar a su modo la conducta del amo y las señoritas, de alardear de discreción, censurando melosa y compasivamente algunos de sus actos que ella si fuese señora no realizaría jamás, y de oír que personas de respeto alababan mucho su cordura, y conformaban del todo con su dictamen?
  • ¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse contra viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie, hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe de los Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todas partes a modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que era un materialista, metido en sociedades secretas?
  • ¿Cómo divulgar que la señorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a don Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa frecuentaba?
  • , me quedaría con la señorita Marcelina.
  • Cuando el señorito Gabriel quedó sin mamá de pequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia del mundo, porque ella no era mucho mayor que él.
  • De día, de noche, siempre con el chiquillo en brazos.
  • Con que beatita, ¿eh?
  • Y tal fue en efecto el resultado inmediato de aquella conferencia donde, con mejor deseo que diplomacia, había intentado Julián presentar la candidatura de Nucha.
  • Desde entonces el primo gastó con ella bastantes bromas, algunas más pesadas que divertidas.
  • Con placer del niño voluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner colorada a Nucha, en arañarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidas e indiscretas familiaridades que ella rechazaba enérgicamente.
  • Las sobremesas eran para él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel, que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes (costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuas inconveniencias del primo con la prima.
  • El pobre Julián, con los ojos fijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de Caín.
  • Y cuando don Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capellán, juzgando que consolaba a la señorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y le hablaba de cosas santas y apacibles, de alguna novena o función de iglesia, a las cuales Nucha asistía con asiduidad.
  • Y con todo, al crecer el imperio que ejercía en sus sentidos la prima mayor, se fortalecía también la especie de desconfianza instintiva que infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento y coquetería suele confundir con la depravación.
  • ¡Es que a veces ostentaba una desenvoltura! ¡Se mostraba con él tan incitadora.
  • Tendía la red con tan poco disimulo.
  • Además, no es lo mismo distraerse con una muchacha cualquiera que tomar esposa.
  • Y don Pedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que tuvo amorosos tratos, aún en la más honesta y lícita forma, con otro que con su marido.
  • Allí se le embromaba mucho con su prima, comentándose también la desatinada pasión de Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galería, con el adorador apostado enfrente.
  • Siempre alerta, el señorito estudiaba el tono y acento con que nombraban a Rita.
  • Pues en las ciudades pequeñas, donde ningún suceso se olvida ni borra, donde gira perpetuamente la conversación sobre los mismos asuntos, donde se abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones épicas, a menudo tiene una muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezas insignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su autora con palma al sepulcro.
  • Además, las señoritas de la Lage, por su alcurnia, por los humos aristocráticos de su padre, y la especie de aureola con que pretendía rodearlas, por su belleza, eran blanco de bastantes envidillas y murmuraciones.
  • Hombre era para pronunciar con suma formalidad y gran reposo.
  • A todas horas reían fraternalmente con el primo y una ráfaga de alegría juvenil trocaba la vetusta casa en alborotada pajarera.
  • Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando llamaron a la puerta con grandes palmadas.
  • Era Rita, en chambra, con un pañuelo de seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta.
  • Blandía en la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada de servir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir la sangre con mayor ímpetu.
  • Contestó don Pedro devorándola con el mirar.
  • Con las antiguallas que allí se pudrían, pudiera escribirse la historia de las costumbres y ocupaciones de la nobleza gallega, desde un par de siglos acá.
  • Farolillos con que los pajes alumbraban a sus señoras al regresar de las tertulias, cuando no se conocía en Santiago el alumbrado público.
  • Faldas adornadas con caireles.
  • Todo andaba por allí revuelto con otros chirimbolos análogos, que trascendían a casacón desde mil leguas, y entre los cuales distinguíanse, como prendas más simbólicas y elocuentes, los trebejos masónicos.
  • , y una lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas en plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel Pardo, que según costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de la reina María Luisa, usaba el uniforme de su marido para montar diestramente a horcajadas.
  • Te vamos a vestir con espadín y chupa.
  • Manolita, con sus brazos nervudos, manejaba los trastos.
  • Rita era un encanto con la dulleta de seda verdegay de la abuela.
  • Aprovechando la ocasión propicia, acercáronse disimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba en la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por los hombros una chupa color tórtola, con guirnaldas de flores azules y amarillas.
  • Y ellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles y cachivaches esparcidos aquí y acullá, procuraban buscar la puertecilla angosta, para evitar represalias.
  • Mas los puños de don Pedro dieron cuenta fácilmente de la endeble trinchera de un par de sillas, que vinieron al suelo con estrépito.
  • Penetró en un cuarto completamente oscuro, y por instinto alargó las manos a fin de no tropezar con los muebles.
  • Tanteó el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó en sus brazos sin decir palabra, con ánimo de repetir el castigo.
  • Con las señoritas no se hacen estas brutalidades.
  • Pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente y secar el llanto con su pañuelo.
  • Sí, con tal que no vuelvas a las andadas respondió con sencillez y firmeza Nucha.
  • Marchóse con estas despachaderas el marqués, y a la hora de la cena estuvo taciturno y metido en sí, haciendo caso omiso de las zalamerías de Rita.
  • Aquella noche el marqués no dejó dormir a Julián, entreteniéndole hasta las altas horas con larga y tendida plática.
  • Don Manuel Pardo mejoraba en tercio y quinto a su primogénito Gabriel, que entre la mejora, su legítima y el vínculo, vendría a arramblar con casi toda la casa de la Lage.
  • Estremecióse de placer don Manuel Pardo viendo al sobrino entrar en su despacho una mañana, con la expresión indefinible que se nota en el rostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia.
  • Con Manolita cargaría por último el finchado señorito de la Formoseda.
  • Si no hallaba marido, viviría con Gabriel cuando éste, acabada la carrera, se estableciese según conviene al mayorazgo de la Lage.
  • Con tan gratos pensamientos, don Manuel abrió los oídos para mejor recibir el rocío de las palabras de su sobrino.
  • Exclamaba don Pedro gozando en sus adentros con la mortificación y asombro del viejo hidalgo.
  • Salió la corta edad de la muchacha, su delicada salud, y hasta su poca hermosura alegó el padre, sazonando la observación con alusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal gusto de no preferirla.
  • Luego, encarándose con el marqués, le interrogó.
  • ¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena! Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí, trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que denunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer, conferencias con amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa que apaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de una cortina, todas las dramáticas menudencias que acompañan a un grave suceso doméstico.
  • Se aseguró que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en la mesa, y lo confirmó ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el primo seguía detrás con don Manuel y Nucha.
  • La novia lloró bastante con el obsequio de su niño, púsolo en el dedo meñique de la mano izquierda, y allí se le reunió el otro anillo que en la iglesia le ciñeron.
  • Un refresco a la antigua española, con almíbares, sorbetes, chocolate, vino generoso, bizcochos, dulces variadísimos, todo servido en macizas salvillas y bandejas de plata, con gran etiqueta y compostura.
  • Dos candelabros con bujías, altos como mecheros de catafalco, solemnizaban el comedor.
  • El novio entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa, repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca.
  • Pero al despedirse los convidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las buenas noches, mientras matronas y doncellas, besando con estrépito a la desposada, le chillaban al oído.
  • , celebrando tan trivial observación con afectadas risas, y mirando a Nucha como para aprendérsela de memoria.
  • Cuando todos fueron saliendo, don Manuel Pardo se acercó a su hija, y la oprimió contra el pecho colosal, sellándole la frente con besos muy cariñosos.
  • Sentía desbordarse en su alma la paternidad, y al tomar de la mano a Nucha para conducirla a la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia Rosario con un candelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba a pronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimales áridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabría al mismo tiempo su boca.
  • Y como no la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el clásico globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de novela, impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando su analogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinas de damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgaduras de iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, con randas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.
  • Cuando el padre se retiraba ya, murmurando Adiós, Nuchiña, hija querida, la novia le asió la diestra y se la besó humildemente, con labios secos, abrasados de calentura.
  • Tomo II XII Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la boda, cuando don Pedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lo urgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos para adoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera, mientras no iban a vivirla sus dueños.
  • Con todo.
  • Pero es un bribón redomado y taimadísimo, que no se para en barras con tal de lograr sus fines.
  • Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible y metido en agua, que casi no había consentido majar, ni segar el maíz, ni vendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandes faenas agrícolas.
  • Julián iba perdiendo el miedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó al crucero con verdadera efusión religiosa.
  • Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues era sumamente afectuoso para los perros.
  • Y mientras el padre reconocía así su autoridad superior, la hija le servía diligente y humilde, con pegajosa dulzura de animal doméstico que implora caricias.
  • Respondió Primitivo con la mayor naturalidad del mundo.
  • Con el gaitero de Naya, el Gallo.
  • A menudo venían a conferenciar con el mayordomo, en actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, de Castrodorna, de Boán, de puntos más distantes todavía.
  • No poseía Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba, pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase la mala administración de Primitivo, en proporción al daño inmenso que estuvo a punto de causarle Sabel.
  • Fue un día a desahogar sus cuitas con don Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
  • Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan de confirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales.
  • Con el embullo de estos acontecimientos, apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.
  • XIII Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro y cuñadas, don Pedro echó de menos su huronera.
  • Discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino.
  • Y al dar tales consejos a su yerno, los entreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignoraba de cuanto sucedía en la vieja madriguera de los Ulloas.
  • Sus criados respetuosos, a veces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos, todo se le figuraba a don Pedro sátira viviente del desarreglo de los Pazos, de aquella vida torpe, de las comidas sin mantel, de las ventanas sin vidrios, de la familiaridad con mozas y gañanes.
  • Los altercados de don Pedro con su tío iban agriándose, y vino a envenenarlos la discusión política, que enzarza más que ninguna otra, especialmente a los que discuten por impresión, sin ideas fijas y razonadas.
  • El tío le rebatía con acritud y calor, alzando al cielo las gigantescas manos.
  • Hay que juzgar con la experiencia, con la sensatez.
  • Tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo regular, y después de algún descompasado grito o frase dura, había instantes de armado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban y Nucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblaba muy despacio las servilletas de todos deslizándolas en las anillas.
  • Don Pedro se levantaba de repente, rechazando su silla con energía, y, haciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino, donde las mesas de tresillo funcionaban día y noche.
  • Compostela es pueblo en que nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto se mofarían de él y qué chacota se le preparaba, si se averiguase con certeza que no estaba fuerte en ortografía ni en otras ías nombradas allí a menudo.
  • Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las botas rojas y el cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lectura de autor moderno, en la Biblioteca de la Universidad o en el gabinete del Casino.
  • La sangre se le requemaba por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le pedía con mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas de espinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montés! No podía sufrir la nivelación social que impone la vida urbana.
  • Hacía un frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo, se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido la interpeló con poca blandura.
  • El carruaje brincaba en los baches de la salida, y el mayoral, con voz ronca, animaba al tiro.
  • Aquél con su cara de metal, enigmática y dura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima sonrisa.
  • Nucha le saludó con no menor cordialidad.
  • Iba éste a montar, cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha, y era una mula alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, de esos que por formar en el centro una especie de comba, más parecen hechos para despedir al jinete que para sustentarlo.
  • Preguntó don Pedro, deteniéndose antes de montar, con un pie en el estribo y una mano asida a las crines de la yegua, y mirando al cazador con desconfianza.
  • A mí no me vengas con eso.
  • Nucha permanecía indecisa, recogiendo el vestido con la diestra, sin soltar de la otra el saquillo de viaje.
  • Y apretando contra sí a su mujer, con amorosa protección, exclamó a gritos.
  • Don Pedro tomó en brazos a su esposa y la sentó en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.
  • Primitivo me juró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya.
  • Interrogó el marqués con ironía.
  • Ya podían venirme a mí con ésas.
  • El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó.
  • Exclamó con aquella misma irradiación que habían tenido sus pupilas en Cebre.
  • ¡Imposible! gritó el marqués con toda su alma.
  • La veneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el trato, cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances fisiológicos que a las demás hembras del mundo.
  • La total inocencia, que se pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo interior, no había menguado con el matrimonio.
  • La bondad con que agradecía la atención más leve, pagándola con frases compuestas, pero sinceras.
  • Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo que había logrado contribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, e indispensable a la concertada marcha de la sociedad.
  • El matrimonio cristiano, lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende juntamente, con admirable sabiduría, a fines espirituales y materiales, santificando los segundos por medio de los primeros.
  • Y a los pocos días la cocinera, cansada de aldea, se despidió con malos modos, y Sabel quedó en su sitio, sin que mediasen más fórmulas para el reemplazo que asir el mango de la sartén cuando la otra lo soltó.
  • Y con todo, al capellán no le llegaba la camisa al cuerpo.
  • Parecía que con la joven señora entraban en cada rincón de los Pazos la alegría, la limpieza y el orden, y que la saludaba el rápido bailotear del polvo arremolinado por las escobas, la vibración del rayo de sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las espesas telarañas no lo habían dejado penetrar desde años antes.
  • Y con todo eso, las malditas gallinas no daban nada de sí.
  • Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras del cuerpo las manos, en las cuales venía ya el plato que apetecía el ama de casa, pues los huevos que el chico acababa de ocultar se le habían roto con la prisa, y la tortilla estaba allí medio hecha, batida por lo menos.
  • Nucha sintió lástima, imaginándose que sollozaba con desconsuelo.
  • Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin soltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor.
  • Él porfiaba en taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés cautivo y sujeto.
  • Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños como la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
  • Perucho contestó el pilluelo con sumo desenfado.
  • ¡El nombre de mi marido! exclamó la señorita con viveza.
  • Con que los vendes, ¿eh?
  • ¡Ni atándolo, señorita, ni atándolo! Y está más sano que una manzana con la vida que trae.
  • Julián estaba con el alma en un hilo, temiendo que de semejante aproximación resultase alguna catástrofe.
  • Y Nucha entretanto se divertía infinito con su protegido.
  • Alguno de los perros favoritos del marqués se incorporaba a la comitiva siempre, y dos mozos, vestidos con la ropa dominguera, la más bordada faja, el sombrero de fieltro nuevecito, empuñando varas verdes que columpiaban al andar, iban de espolistas, encargados de tener mano de las monturas cuando se apeasen los jinetes.
  • Abrió la puerta la criada en pernetas, que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar los volantes del traje con el mango de la sombrilla, echó a correr despavorida hacia el interior de la casa, clamando como si anunciase fuego o ladrones.
  • Y siendo ésta tan angosta que no cabían dos personas de frente, la señora de Moscoso pasaba los mayores trabajos del mundo intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen señor, que subía dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado.
  • Nucha tropezó con una mesa, a tiempo que el juez repetía.
  • Traía un pendiente desabrochado, y no habiéndole llegado el tiempo para calzarse, escondía con mil trabajos, entre los volantes pomposos de la falda de seda, las babuchas de orillo.
  • Aunque Nucha no pecaba de burlona, no pudo menos de hacerle gracia el atavío de la jueza, que pasaba por el figurín vivo de Cebre, y a hurtadillas sonrió a Julián mostrándole con imperceptible guiño los collares, dijes y broches que lucía en el cuello la señora, mientras ésta a su vez devoraba e inventariaba el sencillo adorno de la recién casada santiaguesa.
  • La visita fue corta, porque el marqués deseaba cumplir aquel mismo día con el Arcipreste, y la parroquia de Loiro distaba una legua por lo menos de la villita de Cebre.
  • Se despidieron de la autoridad judicial tan ceremoniosamente como habían entrado, con los mismos requilorios de brazo y acompañamiento y muchos ofrecimientos de casa y persona.
  • Por la escalera de anchos peldaños y monumental balaústre de piedra bajaba dificultosamente, con la lentitud y el balanceo con que caminan los osos puestos en dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme, que lo parecía más viéndola así reunida.
  • Las triples roscas de la papada y el rollo del pestorejo aureolaban con formidable nimbo de carne las faces moradas de puro inyectadas de sangre espesa.
  • Pensaban con regocijo en que al día siguiente se les preparaba otra excursión del mismo género, sin duda igualmente divertida.
  • Una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explicó difícilmente que las señoritas iban en la feria de Vilamorta, y sabe Dios cuándo volverían de allá.
  • En la cumbre amarilleaba a la luz del sol poniente un edificio prolongado, con torre a la izquierda, y a la derecha un palomar derruido, sin techo ya.
  • No se conocía en todo el contorno, ni acaso en toda la provincia, casa infanzona más linajuda ni más vieja, y a cuyo nombre añadiesen los labriegos con acento más respetuoso el calificativo de Pazo, palacio, reservado a las moradas hidalgas.
  • Apaciguáronse los perdigueros a la voz del señor de Ulloa, con quien habían cazado mil veces.
  • Su entristecido arqueo de cejas le prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo.
  • Donde quiera que se encontrase aquel cuerpo larguirucho, aquel gabán raído, aquellos pantalones con rodilleras y tal cual remiendo, no se podía dudar que, con sus pobres trazas, Ramón Limioso era un verdadero señor desde sus principios así decían los aldeanos y no hecho a puñetazos, como otros.
  • Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a bajarse de la borrica, en la naturalidad galante con que le ofreció no el brazo, sino, a la antigua usanza, dos dedos de la mano izquierda para que en ellos apoyase la palma de su diestra la señora de Ulloa.
  • Y con el decoro propio de un paso de minueto, la pareja entró por el Pazo de Limioso adelante, subiendo la escalera exterior que conducía al claustro, no sin peligro de rodar por ella.
  • Y no alcanzando, sin duda, los medios de los Limiosos a echar piso nuevo, se habían contentado con arrojar algunas tablas sueltas sobre los pontones y las vigas, y por tan peligroso camino cruzó tranquilamente el señorito, sin dejar de ofrecer los dedos a Nucha, y sin que ésta se atreviese a solicitar más firme apoyo.
  • Cada tablón en que sentaban el pie se alzaba y blandía, descubriendo abajo la negra profundidad de la bodega, con sus cubas vestidas de telarañas.
  • Ante el estrado, en semicírculo, magníficos sitiales escultados, con asiento de cuero también.
  • Las dos ancianas se irguieron y tendieron a Nucha los brazos con movimiento tan simultáneo que no supo a cuál de ellas atender, y a la vez y en las dos mejillas sintió un beso de hielo, un beso dado sin labios y acompañado del roce de una piel inerte.
  • Comprendió que la guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían uno de los sitiales, y apenas se hubo sentado en él, conoció con terror que el asiento se desvencijaba, se hundía.
  • Y con el instinto de la mujer encinta, se puso de pie, dejando que la última prenda del esplendor de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre.
  • Su voz se había timbrado con notas graves.
  • La colocación de sus manos, extendidas sobre el vientre como para protegerlo, completaba la analogía con las pinturas de tan tierno asunto.
  • Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con su esposa durante aquella temporada de expectación.
  • Llámeme usted si para algo me necesita, señor marqués murmuró con desmayada voz.
  • A eso de las diez reconoció Julián que sus rodillas hormigueaban con insufrible hormigueo, que se apoderaba de sus miembros dolorosa lasitud, que se le desvanecía la cabeza.
  • Era Sabel, a quien el capellán miró con sorpresa, pues hacía bastante tiempo que no se presentaba allí.
  • En el comedor encontró Julián al marqués cenando con apetito formidable, como hombre a quien se le ha retrasado la pitanza dos horas más que de costumbre.
  • Preguntó con afán.
  • Respondió el señorito embaulando y mascando con colérica avidez.
  • Descargó un porrazo con el vaso en la mesa, y añadió sentenciosamente.
  • No sabía éste qué hacer de su persona, y pensó que lo mejor era emprender de nuevo plática con los santos.
  • En la antesala de la cocina se dio de manos a boca con Máximo Juncal, el médico de Cebre, con bufanda de lana gris arrollada al cuello, chaquetón de paño pardo, botas y espuelas.
  • Mas con todo.
  • Precedido de don Pedro, echó a andar látigo en mano y resonándole las espuelas, de modo que la imagen bélica que acababa de emplear parecía exacta, y cualquiera le tomaría por el general que acude a decidir con su presencia y sus órdenes la victoria.
  • Reapareció a poco pidiendo una taza de café bien caliente, pues con la prisa de venir se encontraba en ayunas.
  • Don Pedro, de humor algo fosco y con las facciones hinchadas por el insomnio, quiso a toda costa saber si había peligro.
  • No, señor contestó Máximo desliendo el azúcar con la cucharilla y echando ron en el café.
  • Veíase que era mozo inteligente, de bastante lectura y determinado a lidiar con las enfermedades ajenas.
  • Aquel fanático de la higiene no predicaba con el ejemplo.
  • Asegurábase que tenía la culpa el ron y una panadera de Cebre, con salud para vender y regalar cuatro doctores higienistas.
  • Don Pedro chupaba también con ensañamiento su cigarro y rumiaba las palabras del médico, que por extraño caso, atendida la diferencia entre un pensamiento relleno de ciencia novísima y otro virgen hasta de lectura, conformaban en todo con su sentir.
  • Acordábase mucho, mucho, con extraños remordimientos casi incestuosos, del robusto tronco de su cuñada Rita.
  • Ella es la que se empeña en eso dijo con despecho el marqués.
  • Supóngase que la muchacha se encuentre mejor avenida con su honrada pobreza que con todos esos beneficios y ventajas que usted dice.
  • ¿Con que usted no tiene ideas políticas?
  • A otro perro con ese hueso, padre Julián.
  • Todos los pájaros de pluma negra vuelan hacia atrás, no andemos con cuentos.
  • ¿Está usted conforme con la libertad de cultos?
  • ¿Está usted de acuerdo con Suñer?
  • ¡Vaya unas cosas que tiene el señor don Máximo! ¿Cómo he de estar de acuerdo con Suñer?
  • Ése dice que a Suñer y a los revolucionarios no se les convence con razones, sino a trabucazo limpio y palo seco.
  • Y por lo mismo que es hombre como todos puede tener intereses bastardos, puede querer vivir holgazanamente explotando la tontería del prójimo, puede darse buena vida con los capones y cabritos de los feligreses.
  • , y ni con la revolución hemos conseguido minarles el terreno.
  • Con que por fas o por nefas.
  • Con Barbacana es preciso concluir, pues corresponde con las juntas carlistas de la provincia para llevar el país a fuego y sangre.
  • Yo no puedo añadió con cierta melancolía prestarle a la señorita otro auxilio.
  • Marchóse, dejando al médico sorprendido de encontrar un cura que rehuía entrar en políticas discusiones, que por aquellos días reemplazaban a las teológicas en todas las sobremesas patronales, y celebró su misa con gran atención y minuciosidad en las ceremonias.
  • , parecióle que las cadenas de dolor que ligaban a la pobre virgencita que aún entonces se la representaba como tal el capellán se rompían de golpe, dejándola libre, gozosa y radiante, con la más feliz maternidad.
  • El médico no intentó disputar más, porque a su vez empezaba a hallarse preocupado con la flema del heredero de los Moscosos.
  • Probábalo su misma manía de la higiene y su culto de la salud, culto infundido por librotes modernos que sustituyen al Dios del Sinaí con la diosa Higia.
  • La yegua recordará toda la vida, con temblor general de su cuerpo, aquella jornada memorable en que tuvo que sufrir a la vez el peso del actual representante de los Moscosos y el de la nodriza del Moscoso futuro.
  • Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca, y las floridas carnes de su arremangado brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su pelo, la melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecían contrastar con la situación, con la mujer que sufría atroces tormentos, medio agonizando, a corta distancia de allí.
  • Entonces recordó habérsela partido él mismo, al aplastar con la culata de su escopeta el zarcillo de filigrana, en un arrebato de brutales celos.
  • Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza en el cerrado puño.
  • Estoy convencido dijo enfáticamente de que semejantes cosas sólo les pasan a las señoritas educadas en el pueblo y con ciertas impertinencias y repulgos.
  • Que les vengan a las mozas de por aquí con síncopes y desmayos.
  • Contestó la moza con solicitud.
  • Refirió de su profesor en la clínica de Santiago, que al entrar en el cuarto de las parturientas y ver la estampa del santo con sus correspondientes candelicas, solía gritar furioso.
  • El alto reloj de pesas dio, con fatigado son, la medianoche.
  • Y empezó a subir con buen ánimo la cuesta arriba de la oración.
  • Quería rezar con devoción, tener conciencia de lo que pedía a Dios.
  • Moisés orando con los brazos levantados, porque, de bajarlos, sería vencido Israel.
  • Quitó la almohada, quedándose con las rótulas apoyadas en el santo suelo.
  • Que percibimos confundidas con el zumbar de los oídos y el ruido de péndulo gigante de las arterias, próximas a romperse.
  • En su cara lucía el júbilo del triunfo mezclado con el sudor de la lucha, que corría a gotas medio congeladas ya por el frío del amanecer.
  • El marqués se paseaba por la habitación ceñudo, contraído, hosco, con esa expresión torva y estúpida a la vez que da la falta de sueño a las personas vigorosas, muy sometidas a la ley de la materia.
  • Encogióse despreciativamente de hombros el marqués, como amenguando el mérito del facultativo, y murmuró no sé qué entre dientes, prosiguiendo en su paseo de arriba abajo y de abajo arriba, con las manos metidas en los bolsillos, el pantalón tirante cual lo estaba el espíritu de su dueño.
  • Juncal rompió a reír, secándose con la toalla.
  • ¡Qué trazas de mujercita tiene ese cura! ¡Qué poquito estuche ! Lo que es éste no cogerá el trabuco, aunque lleguen a levantarse las partidas con que anda soñando el jabalí del abad de Boán.
  • XVIII Largos días estuvo Nucha detenida ante esas lóbregas puertas que llaman de la muerte, con un pie en el umbral, como diciendo.
  • Sonrió con dulzura al capellán, y le señaló una silla.
  • La encuentro a usted con muy buen semblante, señorita dijo el capellán mintiendo como un bellaco.
  • Le daba vergüenza referir lo de la noche en vela, el desmayo, la fuerte impresión moral y física sufrida con tal motivo.
  • Oyéronse pasos como de estatua colosal que anda, y entró la mocetona color de tierra, muy oronda con su vestido nuevo de merino azul ribeteado de negro terciopelo de tira, con el cual se asemejaba a la gigantona tradicional de la catedral de Santiago, llamada la Coca.
  • Aguardaba el ama en pie, y él se había sentado con la chiquilla en brazos.
  • Abría los ojos con travesura incomparable.
  • Estornudaba con redomada picardía.
  • Apretaba con su manita el dedo de cualquiera, tan fuerte, que se requería el vigor de un Hércules para desasirse.
  • Manías del señor de Juncal, que aplica la higiene a todo, y vuelta con la higiene, y dale con la higiene.
  • Puede que me encontrase mejor de lo que estoy, y no tuviese que pasar un siglo clavada en este sofá, con el cuerpo sujeto y la imaginación loca y suelta por esos mundos de Dios.
  • ¿Con usted?
  • ¡Con su padre!
  • Y, en realidad, si Julián fuese capaz de amostazarse, habría de qué con las noticias que traía Máximo.
  • Julián se limitaba a deplorar tamaños excesos, y a desear que las cosas se arreglasen, lo cual no daba tela a Máximo para armar una de sus trifulcas favoritas, tan provechosas al esparcimiento de su bilis y tan fecundas en peripecias cuando tropezaba con curas ternes y carlistas, como el de Boán o el Arcipreste.
  • El capellán leía el Año cristiano en alta voz, y poblábase el ambiente de historias con sabor novelesco y poético.
  • Desposáronla sus padres con un caballero llamado Valeriano y se efectuó la boda con muchas fiestas, regocijos y bailes.
  • Seguía el relato de la mística noche nupcial, de la conversión de Valeriano, del ángel que velaba a Cecilia para guardar su pureza, con el desenlace glorioso y épico del martirio.
  • La narración, detallada y dramática, refería el interrogatorio del juez, las respuestas briosas y libres de los mártires, los tormentos, la flagelación con nervios de buey, el ecúleo, las uñas de hierro, las hachas encendidas aplicadas al costado.
  • Y el caballero de Cristo estaba con un corazón esforzado y quieto, con semblante sereno, con una boca llena de risa (como si no fuera él sino otro el que padecía), haciendo burla de sus tormentos y pidiendo que se los acrecentasen.
  • Nucha escuchaba con atención, apoyada la barba en la mano.
  • También pasaban cosas terribles con la señorita Manolita.
  • Juncal la pulsaba atentamente, le ordenaba alimentos muy nutritivos, la miraba con alarmante insistencia.
  • Cuidábala con febril actividad.
  • Con semejante mostrenco Sabel se la echaba de principesa, modelo de delicados gustos y selectas aficiones.
  • Como todo es relativo en el mundo, para la gente de escalera abajo de la casa solariega el ama representaba un salvaje muy gracioso y ridículo, y se reían tanto más con sus patochadas cuanto más fácilmente podían incurrir ellos en otras mayores.
  • En el valle donde se asienta la parroquia de que el ama procedía valle situado en los últimos confines de Galicia, lindando con Portugal las mujeres se distinguen por sus condiciones físicas y modo de vivir.
  • Que si hoy no pueden hacer la guerra sino a sus maridos, destripan terrones con la misma furia que antes combatían.
  • El bueno de Julián, testigo de estas faenas, iba enterándose poco a poco de los para él arcanos misteriosos del aseo y tocado de una criatura, llegando a familiarizarse con los múltiples objetos que componen el complicado ajuar de los recienes.
  • Tales prendas, blanquísimas, adornadas con bordados y encajes, zahumadas con espliego, templaditas al sano calor de la camilla calor doméstico si los hay las tenía el capellán muchas veces en el regazo, mientras la madre, con la niña tendida boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la esponja por las carnes de tafetán, escocidas y medio desolladas por la excesiva finura de su tierna epidermis, las rociaba con refrescantes polvos de almidón y, apretando las nalgas con los dedos para que hiciesen hoyos, se las mostraba a Julián exclamando con júbilo.
  • Delirios impuestos por la naturaleza con muy sabios fines, explicaba Juncal.
  • ¡Qué fue el primer día en que una sonrisa borró la grave y cómica seriedad de la diminuta cara y entreabrió con celeste expresión el estrecho filete de los labios! No era posible dejar de recordar el tan traído como llevado símil de la luz de la aurora disipando las tinieblas.
  • Figúrese usted que para hacerse la raya al peinarse apoya el peine en la barbilla y lo va subiendo por la boca y la nariz hasta que acierta con la mitad de la frente.
  • Me he empeñado en que no coma con los dedos, y ¿qué conseguí?
  • Ahora come la carne asada con cuchara.
  • Consolidó su amistad con la pequeñuela un suceso que casi debería pasarse en silencio.
  • ¡Qué acontecimiento! Nucha y él lo celebraron con algazara y risa, como si fuese lo más entretenido y chusco.
  • Julián brincaba de contento y se cogía la cintura, que le dolía con tantas carcajadas.
  • El presbítero empezaba a querer a la niña con ceguera, a figurarse que, si la viese morir, se moriría él también, y otros muchos dislates por el estilo, que cohonestaba con la idea de que, al fin, la chiquita era un ángel.
  • No se cansaba de admirarla, de devorarla con los ojos, de considerar sus pupilas líquidas y misteriosas, como anegadas en leche, en cuyo fondo parecía reposar la serenidad misma.
  • Acordábase de que había soñado con instituir en aquella casa el matrimonio cristiano cortado por el patrón de la Sacra Familia.
  • Le inquietaba ver que Sabel recibía otra vez su antigua corte de sultana favorita, y que la Sabia y su progenie, con todas las parleras comadres y astrosos mendigos de la parroquia, pululaban allí, huyendo a escape cuando él se acercaba, llevando en el seno o bajo el mandil bultos sospechosos.
  • Trataba el bueno del capellán de comulgarse a sí propio con ruedas de molino, diciéndose que aquello no significaba nada.
  • Bajó con esperanzas de encontrarla en la cocina, y al pasar ante la puerta del gran despacho próximo al archivo, donde se había instalado don Pedro desde el nacimiento de su hija, vio salir de allí a la moza, en descuidado traje y soñolienta.
  • ¡Buena misa sería la que dijese, con la cabeza hecha una olla de grillos! Hasta reprimir los amotinados pensamientos que le acuciaban, hasta adoptar una resolución firme y valedera, Julián no se atrevía ni a pensar en el santo sacrificio.
  • A otra parte, pues, con la música.
  • ¡Mire usted que estaba encariñado con la tal muñeca! Se le llenaron de lágrimas los ojos.
  • Bien decían en el Seminario murmuró con despecho que soy muy apocado y muy.
  • Con riesgo de la vida debí barrer esa canalla, si no por buenas, a latigazos.
  • ¿Por qué el hombre ha de dejar que lo pesque el diablo con tan tosco anzuelo y cebo tan ruin?
  • Poseyendo la perla de las mujeres, el verdadero trasunto de la mujer fuerte, una esposa castísima (este superlativo se le ocurrió al doblar cuidadosamente la sotana nueva), ¡ir a caer precisamente con una vil mozuela, una sirviente, una fregona, una desvergonzada que se va a picos pardos con el primer labriego que encuentra!
  • Suspiró hondamente, y abriendo otra vez el maletín, notó que la seda del sombrero de canal se estropeaba con la tapa.
  • A las diez o poco más comía la chiquita su sopa y era la risa del mundo verla con el hocico embadurnado de puches, empeñada en coger la cuchara y sin acertar a lograrlo.
  • Pero en aquel punto respiraba con tal desahogo por haber encontrado una solución, que sus manos temblaban, deshaciendo con alegre presteza el embutido de calcetines y ropa blanca y dando amable libertad al canal y manteo.
  • Y mirándole a la cara y viéndola tan consumida, con la piel terrosa, los ojos mayores y más vagos, la hermosa boca contraída siempre, menos cuando sonreía a su hija, calculaba que la señorita, por fuerza, debía saberlo todo, y una lástima profunda le inundaba el alma.
  • Mozas que hilaban, otras que mondaban patatas, oyendo las chuscadas y chocarrerías del tío Pepe de Naya, vejete que era un puro costal de malicias, y que, viniendo a moler un saco de trigo al molino de Ulloa, donde pensaba pasar la noche, no encontraba malo refocilarse en los Pazos con el cuenco de caldo de unto y tajadas de cerdo que la hospitalaria Sabel le ofrecía.
  • En pie, delante de ellos, la señora María la Sabia, extendiendo el dedo negro y nudoso cual seca rama de árbol, los consultaba con ademán reflexivo.
  • Aquel rey de bastos, con hopalanda azul ribeteada de colorado, los pies simétricamente dispuestos, la gran maza verde al hombro, se le figuraría bastante temible si supiese que representaba un hombre moreno casado don Pedro.
  • ¡Pues qué sucedería si después, cuando la vieja barajó los naipes y, repartiéndolos en cuatro montones, empezó a interpretar su sentido fatídico, pudiese él oír distintamente todas las palabras que salían del antro espantable de su boca! Había allí concordancias de la sota de bastos con el ocho de copas, que anunciaban nada menos que amores secretos de mucha duración.
  • Reuniones de la sota de espadas con la de copas patas arriba, que encerraban tétricos augurios de viudez por muerte de la esposa.
  • Todo esto, dicho por la sibila en voz baja y cavernosa, lo escuchaba solamente la bella fregatriz Sabel, que con los brazos cruzados tras la espalda, el color arrebatado, se inclinaba sobre el oráculo, que más parecía provocarla a curiosidad que a regocijo.
  • La jarana con que en el hogar se celebraban los chistes del señor Pepe impedía que nadie atendiese al silabeo de la vieja.
  • En un santiamén recogió los naipes, y el capellán bajó, algo confuso de su espionaje involuntario, pero tan preocupado con lo que creía haber sorprendido, que ni se le ocurrió censurar el ejercicio de la hechicería.
  • Aquel hato de bribones se contentaría con explotar al señorito y a la casa, con hacer rancho de ella, con mandar anulando en su dignidad y poderío doméstico a la señorita.
  • Dio cuerda a su velón, y apoyando los codos sobre la mesa intentó leer en las obras de Balmes, que le había prestado el cura de Naya, y en cuya lectura encontraba grato solaz su espíritu, prefiriendo el trato con tan simpática y persuasiva inteligencia a las honduras escolásticas de Prisco y San Severino.
  • Su temperamento linfático no poseía el secreto de ciertas saludables reacciones, con las cuales se desecha todo vano miedo, todo fantasma de la imaginación.
  • Pero no de hacerlo con ánimo sereno, con el hermoso desdén del peligro, con el buen humor heroico que sólo cabe en personas de rica y roja sangre y firmes músculos.
  • Volvía a su conferencia con Balmes cuando.
  • Nucha de pie, pero arrimada a la pared, con el rostro desencajado de espanto, los ojos no ya vagos sino llenos de extravío mortal.
  • Que se escapa! Comprendió entonces el alucinado capellán lo que ocurría, con no poca vergüenza y confusión suya.
  • Su carrera era tan rápida, que inútilmente trataba el señorito de alcanzarla con la bota.
  • De repente Nucha se adelantó, y con voz entre grave y medrosa repitió ingenuamente lo que había dicho mil veces en su niñez.
  • Pero notó que Nucha, cerrando los ojos y apoyándose en la pared, se cubría la cara con el pañuelo.
  • ¡Os crían con más mimo! En mi vida he visto tal.
  • Apenas le otorgó sus favores el sueño, vino con él una legión de pesadillas a cual más negra y opresora.
  • Empezó a soñar con los Pazos, con el gran caserón.
  • Mas, por extraña anomalía propia del estado, cuyo fundamento son siempre nociones de lo real, pero barajadas, desquiciadas y revueltas merced al anárquico influjo de la imaginación, no veía la huronera tal cual la había visto siempre, con su vasta mole cuadrilonga, sus espaciosos salones, su ancho portalón inofensivo, su aspecto amazacotado, conventual, de construcción del siglo XVIII.
  • El huerto con bojes y estanque era ahora ancho y profundo foso.
  • El portalón se volvía puente levadizo, con cadenas rechinantes.
  • Indudablemente, Julián había visto alguna pintura o leído alguna medrosa descripción de esos espantajos del pasado que nuestro siglo restaura con tanto cariño.
  • Un caballero con visera calada, todo cubierto de hierro.
  • Y aunque ni un dedo de la mano se le descubría, con el don adivinatorio que se adquiere soñando, Julián percibía al través de la celada la cara de don Pedro.
  • De repente sintió que se le posaba en el hombro una lechuza feísima, con greñas blancas.
  • ¡Qué asombro! ¡Era la sota de bastos, la mismísima sota de bastos, muy sucia, muy pringosa! Al pie del muro la esperaba el caballo de espadas, una rara alimaña azul, con la cola rayada de negro.
  • ¡qué caballo de espadas! No era sino San Jorge en persona, el valeroso caballero andante de las celestiales milicias, con su dragón debajo, un dragón que parecía araña, en cuya tenazuda boca hundía la lanza con denuedo.
  • Verdad es que entoldaban la bóveda celeste nubarrones de plomo con reflejos lívidos, y que el viento, sordo unas veces y sibilante otras, doblaba los árboles con ráfagas repentinas.
  • El capellán bajó la escalera de caracol con ánimo de decir su misa, que a causa del mal estado de la capilla señorial acostumbraba celebrar en la parroquia.
  • Al regresar y acercarse a la entrada de los Pazos, un remolino de hojas secas le envolvió los pies, una atmósfera fría le sobrecogió, y la gran huronera de piedra se le presentó imponente, ceñuda y terrible, con aspecto de prisión, como el castillo que había visto soñando.
  • El edificio, bajo su toldo de negras nubes, con el ruido temeroso del cierzo que lo fustigaba, era amenazador y siniestro.
  • Julián penetró en él con el alma en un puño.
  • Inclinada sobre la criatura, Nucha le echaba el aliento para mejor adormecerla, y arreglaba con febriles movimientos el pañolón calcetado que envolvía, como el capullo a la oruga, aquella vida naciente.
  • Pestañeó la niña dos o tres veces, y luego cerró los ojitos, mientras su madre no cesaba de arrullarla con una nana aprendida del ama, una especie de gemido cuya base era el triste, ¡ lai.
  • Pues de noche, cuando me quedo sola con la niña.
  • La ropa que cuelgo me representa siempre hombres ahorcados, o difuntos que salen del ataúd con la mortaja puesta.
  • Otras, al contrario, les veo la cara con todas sus facciones, la boca muy abierta y haciendo muecas.
  • Y cuando crujen las ventanas con el viento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas del otro mundo que se quejan.
  • ¿Usted se figura que soy como el ama, que dice que ha visto en realidad la Compaña, con su procesión de luces allá a las altas horas?
  • Murmuró con apagada voz.
  • Dice Pedro explicó la señorita que estuvo ahí la cadena con que tenían sujeto sus abuelos a un negro esclavo.
  • Añadió entreabriendo los labios con cándido asombro.
  • Rodó el carro del trueno, pausado al principio, después ronco y formidable, como una voz hinchada por la cólera, y Nucha retrocedió con espanto.
  • No replicó Nucha con energía.
  • No obstante, Nucha, con paso resuelto, fue derecha al caos húmedo y medroso, y, con la voz ahogada y conmovida de los que acaban de obtener un gran triunfo sobre sí mismos, gritó.
  • Salió muy animada, satisfecha de su resolución, vencedora en la lucha cuerpo a cuerpo con el caserón que la asustaba.
  • Un cirio bastante largo aún, de cera color de naranja, con muchas lágrimas y un pábilo que chisporroteaba y no acababa de arder.
  • Rugía con creciente ira el viento, y la tronada se había situado sobre los Pazos, oyéndose su estruendo lo mismo que si corriese por el tejado un escuadrón de caballos a galope o si un gigante se entretuviese en arrastrar un peñasco y llevarlo a tumbos por encima de las tejas.
  • ¡Con cuánto fervor empezó el capellán a guiar el Trisagio misterioso! Anonadándose ante la cólera divina, cuya violencia sacudía y hacía retemblar a los Pazos como si fuesen una choza, pronunciaba.
  • Sus manos crispadas arrancaban los corchetes de su traje, o comprimían sus sienes, o se clavaban en los almohadones del sofá, arañándolos con furor.
  • Déle aire con este papel aunque sea.
  • XXI Notóse días después alguna mejoría en el estado general de la señora de Ulloa, con lo cual el capellán revivió y se le animó también el marchito semblante.
  • Se bromeó, se contaron de antemano las perdices que habían de sucumbir, se saborearon por adelantado las provisiones que se llevaban al monte, y se remojó previamente el gaznate con jarros de un tinto añejo que daba gloria.
  • Formaban círculo los cazadores, y a sus pies dormían enroscados los perros, con un ojo cerrado y otro entreabierto y de párpado convulso.
  • A veces, cuando se aplacaban las risotadas y las frases chistosas, se oía a los canes tocar la guitarra, espulgarse a toda orquesta, ladrar por sueños, sacudir las orejas y suspirar con resignación.
  • Andaba yo tras de una perdiz agachadito, agachadito y el ratón se agachaba en efecto, siguiendo su inveterada costumbre de representar cuanto hablaba, porque no llevaba perro ni diaño que lo valiese, y estaba, con perdón de las barbas honradas que me escuchan, para montar a caballo de un vallado, cuando oigo ¡tras tris, tras tras!, ¡tipirí, tipirá!, el andar de una liebre.
  • , ¡con perdón de las barbas!, con mi escopeta más agarrada que la Bula.
  • ¡Era, con perdón, la descarada de la liebre, que brincó por riba de mí y me tiró patas arriba! La aclaración produjo verdadero delirio.
  • Don Eugenio, el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose las caderas con ambas manos, quejándose y derramando lágrimas.
  • Hecho a apretarse la cintura con una cuerda, a la manera de los salvajes, en las muchas ocasiones en que le faltaba un mendrugo de pan que roer, el mísero ratoncillo era dichoso cuando le tocaba cazar con gente de pro, de la que se lleva al cazadero botas henchidas de lo añejo, lacones cocidos y cigarros.
  • Las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y tono ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
  • De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mapamundi de remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca, que tenía de color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algún nuevo episodio tan verosímil como el de la liebre.
  • Pues verán, verán cómo encontró con la horma de su zapato donde menos se lo pensaba.
  • Castrelo a decir que no con la cabeza.
  • Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía con la mano señas de que faltaba lo mejor del cuento.
  • El ratón reía con una especie de hipo agudo.
  • Bico de rato, ¿no te has tropezado tú nunca con ningún tigre?
  • Brilláronle los ojuelos, limpió el labio con la bocamanga de la mugrienta chaqueta, y declaró con acento sincero y candoroso.
  • Me arrodillo así el ratón medio se hincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando en la palma de la mano, con perdón, zampo la leche.
  • ¡A escotar! Me meto por el monte arriba, y llegando a donde hay unos tojos más altos que un cristiano, me tumbo así (con perdón) y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera (reparen bien) sobre la yerba.
  • , ¡con perdón! ¿Pero no que el izquierdo?
  • ¡eran de metérseme por la boca, con perdón de las barbas honradas! Aunque se armó gran algazara, la moderó algún tanto el cura de Boán recordando las diversas ocasiones en que se oían contar casos análogos.
  • Mañana por la mañanita nos lo llevamos con nosotros.
  • XXII Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con diente, caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco de las bromas de los cazadores, porque iba vestido de modo asaz impropio para la ocasión, sin zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o defensivas de ninguna especie.
  • Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo, sus ijares se estremecían de impaciencia, de cuando en cuando se volvía para cerciorarse de que le acompañaba el cazador.
  • El hidalgo animal parecía preguntar con los ojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
  • Entonces Chonito, clavando en el capellán una mirada casi humana, llena de desprecio, volvió grupas y se alejó corriendo a todo correr, sin dignarse oír las imperativas voces con que lo llamaban.
  • Pero para la liebre, vestida con su abrigado manto de suave y tupido pelo, era noche de festín, noche de pacer los tiernos retoños de los pinos, la fresca hierba impregnada de rocío, las aromáticas plantas de la selva.
  • Tendidos boca abajo, cubierto con un papel el cañón de la carabina a fin de que el olor de la pólvora no llegue a los finos órganos olfativos de la liebre, aplican el oído al suelo, y así se pasan a veces horas enteras.
  • Pero el cazador, con el dedo ya en el gatillo, se contiene y no dispara.
  • Al primer hálito de la hembra que se destaque del olor de la resina exhalado por los pinares, los fogosos perseguidores se lanzarán de nuevo y con más brío, ciegos de amor, convulsos de deseo, y el cazador que los acecha los irá tendiendo uno por uno a sus pies, sobre la hierba en que soñaron tener lecho nupcial.
  • Rondaba la cuna incesantemente, poniéndose en riesgo notorio de recibir algún pescozón del ama, y, como no le expulsasen, se estaba buena pieza con el dedito en la boca, absorto y embelesado, más parecido que nunca a los amorcillos de los jardines que dicen con su actitud.
  • Entonces la pequeña saciaba su anhelo, tirando a su sabor del pelo ensortijado, metiendo los dedos de punta por boca, orejas y nariz, todo acompañado del mismo gorjeo, y entreverado con chillidos de alegría cuando, por ejemplo, acertaba con el agujero de la oreja.
  • Cuando tal sucedía a su niña, Nucha solía emplear con buen resultado el talismán de la presencia de Perucho.
  • Él se estaba quieto, inmóvil, con los ojos muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan hermoso, que daban ganas de comérselo.
  • Reía con los labios, con el mirar, con los pies bailarines, que descargaban pataditas menudas en el muslo de Perucho.
  • Presentábase a lo mejor con una rana atada por una pata, perneando en grotescas contorsiones, o llegaba ufanísimo con un ratón acabadito de nacer, tan chico y asustado, que daba lástima.
  • Julián transigía con estas intimidades, mientras no sorprendió el secreto de otras harto menos inocentes.
  • Desde que madrugando había visto a Sabel salir del cuarto de don Pedro, dábale un vuelco la sangre cada vez que tropezaba al chiquillo y notaba el afecto con que lo trataba Nucha a veces.
  • A trueque de estar con la nena replicó Nucha, se deja él bañar aunque sea en pez hirviendo.
  • La niña, en el tibio bienestar del baño, sonreía, y Perucho, sosteniéndola por los sobacos, hablándola con tierna algarabía de diminutivos cariñosos, la columpiaba en el líquido transparente, le abría los muslos para que recibiese en todas partes la frescura del agua, imitando con religioso esmero lo que había visto practicar a Nucha.
  • Ocurría la escena en un salón de los más chicos de la casa, dividido en dos por descomunal y maltratadísimo biombo del siglo pasado, pintado harto fantásticamente con paisajes inverosímiles.
  • árboles picudos en fila que parecían lechugas, montañas semejantes a quesos de San Simón, nubarrones de hechura de panecillos, y casas con techo colorado, dos ventanas y una puerta, siempre de frente al espectador.
  • ¡Largo de aquí! decía más pálida que nunca y con los ojos llameantes.
  • Con la cabeza baja, los labios temblones, la señora de Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las manos, los pañales de su hija, cuyo llorar tenía ya inflexiones de pena como de persona mayor.
  • Insensible como un espartano al mal físico, Perucho sólo pensaba en la injusticia cometida con él.
  • Volvió Julián con el ama, pero la criatura tardó bastante en consolarse al pecho.
  • Nucha, con andar automático, salió del retrete formado por el biombo y se acercó a la ventana, haciendo seña a Julián de que la siguiese.
  • Y, demudados ambos, se contemplaron algunos minutos silenciosamente, ella preguntando con imperiosa ojeada, él resuelto ya a engañar, a mentir.
  • En momentos de apuro, los resuelve el instinto con seguridad maravillosa.
  • Al cabo Nucha pronunció con sordo acento.
  • Sólo con ver su cara de usted.
  • Articuló en voz baja, mi niña abrazada con él! Aunque usted diga y jure y perjure.
  • Sonrió con amargura y añadió.
  • Aquí no cuento con otro amigo.
  • Señorita exclamó el capellán con fuego, quisiera librarla de todos los disgustos que pueda tener en el mundo, aunque me costase sangre de las venas.
  • Por último articuló dando con los nudillos en los vidrios de la ventana.
  • Nucha se volvió, con los ojos secos y los nervios domados ya.
  • Forzoso es reconocer, no obstante, que en la época de la revolución, la exaltación política, la fe en las teorías llevada al fanatismo, lograba infiltrarse doquiera, saneando con ráfagas de huracán el mefítico ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas.
  • Los curas, al terminar las funciones, entierros y misas solemnes, se demoraban en el atrio, discutiendo con calor algunos síntomas recientes y elocuentísimos, la primer salida de aquellos famosos cuatro sacristanes, y otras menudencias.
  • El señorito de Limioso, tradicionalista inveterado, como su padre y abuelo, había hecho dos o tres misteriosas excursiones hacia la parte del Miño, cruzando la frontera de Portugal, y susurrábase que celebraba entrevistas en Tuy con ciertos pájaros.
  • Antagonistas perpetuos, su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino con la pérdida y muerte del uno.
  • Era además hombre que prefería servirse de medios legales y manejar el código, diciendo que no hay tan seguro modo de acabar con un enemigo como empapelarlo.
  • En cambio Trampeta, si justificando su apodo no desdeñaba los enredos jurídicos, solía proceder con más precipitación y violencia que Barbacana, asegurando la retirada menos hábilmente.
  • Trampeta poseía en desquite gran fertilidad de ingenio, suma audacia, expedientes impensados con que salir de los más graves compromisos.
  • Trampeta, para ejecutarla en persona y con fortuna.
  • Barbacana, con la superioridad de su inteligencia, y aun de su instrucción, comprendía dos cosas.
  • Segunda, que cuando se le antojase pasarse con armas y bagajes al campo opuesto, conseguiría siempre hundir a Trampeta.
  • Trampeta, con actividad vertiginosa, hacía la cama al candidato del gobierno.
  • Muy a menudo iba a la capital de provincia, a conferenciar con el gobernador.
  • Y con esto y con las facultades latas de que se hallaba investido, declaró, puesta la mano en el pecho, que respondía de la elección de Cebre.
  • El candidato era una excelente persona de Orense, instruido, consecuentísimo tradicionalista, pero sin arraigo en el país y con fama de poca malicia política.
  • Sus mismos correligionarios no estaban a bien con él, por conceptuarle más hombre de bufete que de acción e intriga.
  • Éste vivía casi bloqueado en su domicilio, porque Trampeta, envalentonado con la embriaguez del poder, profería amenazas, asegurando que Barbacana recibiría su pago en una corredoira (camino hondo).
  • El candidato de la Junta se retiraba de buen grado, y en su lugar Barbacana apoyaba, con el nombre de independiente, a don Pedro Moscoso, conocido por marqués de Ulloa.
  • Todo lo arma decía él ese cerdo cebado del Arcipreste, unido al faccioso del cura de Boán e instigando al usurero del mayordomo de los Pazos, el cual a su vez mete en danza al malcriado del señorito, que está enredado con su hija.
  • ¿No ha respondido usted de la elección, con cualquier candidato que se presentase?
  • ¿quién contaba con semejante cosa del otro mundo?
  • Que, a pesar de la gran influencia de la casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y el de Trampeta, pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que disponía de numerosos votos seguros, pues muchísima gente le debía cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo del gran encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el asunto a rajatabla y sin contemplaciones.
  • No tenía don Pedro ideas políticas, aun cuando se inclinaba al absolutismo, creyendo inocentemente que con él vendría el restablecimiento de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por ejemplo, los vínculos y mayorazgos.
  • Hizo caricias a su hija y ordenó se le pusiese un traje nuevo, con bordados, para que la viesen así las señoritas de Molende, que se proponían no contribuir con menos de cien votos al triunfo del representante de la aristocracia montañesa.
  • Él también porque los candidatos noveles tienen su época de cortejos en que rondan la diputación como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y tratan de lucir sus prendas físicas cuidó algo más de su persona, lamentablemente desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba entonces en el apogeo de su belleza, más bien masculina que varonil, las muñidoras electorales se ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso.
  • Se veía correr a Filomena y a Sabel por los salones adelante, llevando y trayendo bandejas con tostado jerez y bizcochos.
  • Abajo, en la cocina, Primitivo obsequiaba a sus gentes con vino del Borde y tarterones de bacalao, grandes fuentes de berzas y cerdo.
  • Se retejó con bastante celeridad, y con la misma un pintor, pedido a Orense, pintó y doró el retablo y los altares laterales, de suerte que la capilla parecía otra, y don Pedro la enseñaba con orgullo a los curas, a los señoritos, a la caciquería barbacanesca.
  • Con tal motivo, refugiados en la capilla solitaria, no llegaba hasta ellos el barullo del club electoral.
  • A veces Nucha no hacía más que mandar la maniobra, sentada en una silleta baja con su niña en brazos (no quería apartarla de sí un instante).
  • No se atrevía a preguntar nada acerca de asuntos íntimos, ni a averiguar si la señorita había tenido con su esposo conversación decisiva respecto a Sabel.
  • A veces la besaba con tal frenesí, que la criatura rompía en llanto.
  • Otras se quedaba embelesada mirándola con dulce e inefable sonrisa, y entonces Julián recordaba siempre las imágenes de la Virgen Madre, atónita de su milagrosa maternidad.
  • Y éste, arrastrándose por el suelo, olvidando sus travesuras diabólicas, sus latrocinios, su afición al establo, se emboscaba a la entrada de la capilla para ver salir a la nena y hacerle mil garatusas, que ella pagaba con risas de querubín, con júbilo desatinado, con el impulso de todo su cuerpecillo proyectado hacia adelante, impaciente por lanzarse de brazos del ama a los de Perucho.
  • Semejante espectáculo dio al traste con la prudencia del capellán.
  • Pero con la intención, señorita, soy grande como una montaña.
  • ¡Quisiera, se lo digo con el corazón, que me mandase, que me mandase! Hacía estas protestas esgrimiendo un paño untado de tiza contra las sacras, cuyo cerco de metal limpiaba con denuedo, sin mirarlo.
  • Nucha empezó a colocarla con la destreza y delicadeza graciosa que demostraba en el desempeño de todos sus domésticos quehaceres.
  • Julián, entre embelesado y afligido, seguía con la vista el arreglo de las azules flores en los tarros de loza, el movimiento de las manos enflaquecidas al través de las hojas verdes.
  • Con lucidez repentina, el capellán retrocedió dos años, escuchó de nuevo los quejidos de una mujer maltratada a culatazos, recordó la cocina, el hombre furioso.
  • Las señoritas de Molende, el juez de Cebre, el cura de Ulloa, conducidos por don Pedro, que los traía allí con objeto de que admirasen los trabajos de restauración.
  • XXV Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien las maneja, a puro cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del espíritu, pues los odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las ardientes promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable.
  • Acerca de los inconvenientes prácticos del sistema parlamentario estaban muy de acuerdo la yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven nuevamente adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban las caballerizas de los Pazos de Ulloa.
  • ¿Pues no decía usted gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos de mandar al infierno al gran secretario que la elección no sería muy costosa.
  • ¡Qué marqués ni qué calabazas! interrumpió con impaciencia el Gobernador.
  • Preguntó el gobernador, que a su pesar se divertía con los chismes del secretario.
  • Con permiso de usted lo diré yo mismo.
  • Comprendo, comprendo articuló con viveza el Gobernador.
  • Trampeta miró al funcionario con la mezcla de asombro y de gozosa ironía que las personas de educación inferior muestran cuando oyen a las más elevadas decir una simpleza gorda.
  • Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al judío, con perdón, de Barbacana, conseguiría lo que quisiese ¿eh?
  • Porque Barbacana va con los curas a donde lo lleven.
  • ¡Me caso con Dios! Mientras no hundamos a Barbacana, no se hará nada en Cebre.
  • Trampeta se quedó un rato pensativo, y con la cuadrada uña del pulgar, quemada del cigarro, se rascó la perilla.
  • Lo que le pilla como hipoteca y lo que le mama corriendo con los gastos electorales y presentándole luego, como usted me enseña, las cuentas del Gran Capitán.
  • Pero no daba con el cabo de la madeja.
  • No andemos con circunloquios.
  • Al cabo levantó la faz, con el orgullo de un gran estratégico, seguro siempre de inventar algún ardid para burlar al enemigo.
  • Mire usted dijo, hasta la fecha Barbacana no ha podido acabar con este cura, aunque me ha jugado dos o tres buenas.
  • ¡Se gana! Mientras el secretario cabildeaba con la primera autoridad civil de la provincia, Barbacana daba audiencia al Arcipreste de Loiro, que había querido ir en persona a tomar noticias de cómo andaban los negocios por Cebre, y se arrellanaba en el despacho del abogado, sorbiendo, por fusique de plata, polvos de un rapé Macuba, que acaso nadie gastaba ya sino él en toda Galicia, y que le traían de contrabando, con gran misterio y cobrándole un dineral.
  • , y, al gritar, dio el más soberano puntapié a la urna, que era un puchero, haciéndola volar en miles de pedazos, desparramando las cédulas y logrando, con tan sencillo expediente, que su candidato triunfase.
  • Cumplió don Eugenio el encargo diligentemente, y a poco ambos eclesiásticos, envueltos en cumplidos montecristos, atados los sombreros por debajo de la barba con un pañuelo para que no se los llevase el viento fuerte que corría, bajaban el repecho de la carretera al sosegado paso de sus monturas.
  • Don Eugenio, como si no entendiese, insistió, repitiendo cuanto acaba de oír en la cartería de Cebre, donde se bordaban con escandalosos comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la provincia.
  • El travieso y maleante clérigo gozaba lo indecible viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con la mano en la oreja a guisa de embudo, o introduciendo rabiosamente el fusique en las narices.
  • Pero con las elecciones.
  • Si no se oye nada con este vendaval.
  • Lo que es a mí, ya me amenazó el secretario con formarme siete causas y meterme en chirona.
  • Agarrado don Eugenio al montecristo de su compañero, le explicó desde cerca algo que las alas del nordeste se llevaron aprisa, con estridente y burlón silbido.
  • Cargue el diablo con el viento.
  • , ¡y calumniarla, y para más con un ordenado de misa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos de por aquí, que se venden tres al cuarto! ¡Pero cómo está el mundo, Naya, cómo está el mundo! Pues también añaden.
  • , que para eso bastante tengo con el viento maldito.
  • En dos o tres funciones a que asistió, figurósele que los curas le hablaban con acento hostil, que el arcipreste le examinaba frunciendo el entrecejo, y que únicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada cordialidad.
  • Esto le fatigaba tanto más cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar a Nucha muy a menudo, reparando a hurtadillas si estaba más delgada, si comía con buen apetito, si se notaba algo nuevo en sus muñecas.
  • Arreglada ya la capilla, sólo en la habitación de su madre podía verla, y allí fue, no bastándole el beso robado en el corredor, cuando el ama lo cruzaba con la nena en brazos.
  • Ya ejecutaba con indecible monería ese movimiento cautivador entre todos los de los niños pequeños, de tender no sólo los brazos, sino el cuerpo entero, con abandono absoluto, hacia la persona que les es simpática.
  • Actitud que las nodrizas llaman irse con la gente.
  • Ningún sonido articulado salía aún de su boca, pero sabía expresar divinamente, con las onomatopeyas que según ciertos filólogos fueron base del lenguaje primitivo, todos sus afectos y antojos.
  • Decía la misa con el alma elevada, como la diría en tiempos de martirio.
  • La idea de no ver más a nené durante meses o años, de no tenerla en las rodillas montada a caballito, de quedarse allí, frente a frente con Sabel, como en oscuro pozo habitado por una sabandija, le era intolerable.
  • Los Pazos eran un jubileo, un ir y venir de adictos y correveidiles, un entrar y salir de mensajes, de órdenes y contraórdenes, que le daban semejanza con un cuartel general.
  • Julián se tropezaba con curas sofocados, respirando bélico ardor, que le hablaban de los trabajos, pasmándose de ver que no tomaba parte en nada.
  • ¡En tan solemne y crítica ocasión, el capellán de los Pazos no tenía derecho a dormir ni a comer! Seguía reparando que algunos abades se mostraban con él así como airados o resentidos, en especial el arcipreste, el más encariñado con la casa de Ulloa.
  • En un colegio, las capas de los electores del marqués se rociaron de aguarrás y se les prendió fuego disimuladamente por medio de un fósforo, con que los infelices salieron dando alaridos, y no aparecieron más.
  • Para evitar que se la jugasen, don Eugenio, valiéndose del derecho de intervención, sentó en la mesa a un labriego de los más adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un minuto de la urna.
  • El alcalde se levantó con solemnidad.
  • No, señor, responde éste con tal acento de sinceridad, que no consentía sospecha.
  • Trampeta, con las manos en los bolsillos, ríe a socapa.
  • Y llegado el instante crítico, cuando los ulloístas se juzgaban ya dueños del campo, inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas con quienes se contaba en absoluto, habiendo respondido de ellas la misma casa de los Pazos, por boca de su mayordomo.
  • Y trémulo, con los espejuelos torcidos y el fusique oprimido en el crispado puño izquierdo, se enjugó el sudor con un pañuelo de hierbas.
  • ¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa flema! ¿O no sabe lo que pasa?
  • No atestiguo con muertos.
  • ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar.
  • Si el señor marqués de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie de la cama y cruzarlo a latigazos.
  • ¡Su propio mayordomo! No sé cómo pudo usted estarse así con esa flema.
  • Al pronunciar la palabra guardarlas, el cacique se daba una puñada en el pecho, cuya concavidad retumbó sordamente, lo mismo que debía retumbar la de san Jerónimo cuando el santo la hería con el famoso pedrusco.
  • De aquí no salen añadió con torvo acento, y aquí no pierden el tiempo, que todavía nadie se la hizo a Barbacana sin que algún día se la pagase.
  • Sartenes rascadas con tenedores y cucharas de hierro.
  • Trébedes repicados con varillas de hierro, y, por cima de todo, la lúgubre y ronca voz del cuerno, y la horrenda vociferación de muchas gargantas humanas, con esa cavernosidad que comunica a la laringe el exceso de vino en el estómago.
  • Por entonces aún ignoraban los electores campesinos ciertos refinamientos, y no sabían pedir del vino que hierve y hace espuma, como algunos años después, contentándose con buen tinto empecinado del Borde.
  • Al través de las vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el sonido de los hórridos instrumentos y descompasada gritería, vaho vinoso, el olor tabernario de aquella patulea, ebria de algo más que del triunfo.
  • El otro, inmóvil y cubierto con gruesa nube blanca, semejaba hecho de cristal cuajado.
  • Mirando al aparecido fijamente, pareció ofrecérselas con leve enarcamiento de cejas.
  • El arcipreste, que había perdido los bríos con la obesidad y los años, sobresaltóse mucho.
  • El señorito de Limioso, no desmintiendo su vieja sangre hidalga, aguardaba sosegadamente, sin fanfarronería alguna, pero con impávido corazón.
  • El abad de Boán, nacido con más vocación de guerrillero que de misacantano, apretaba con júbilo la pistola, olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera relinchado de gozo.
  • Señalaban a la puerta, indicaban con ademanes elocuentes lo fácil que sería echarla abajo y entrar.
  • Pero los borrachos, que no por estarlo perdían la cautelosa prudencia, el saludable temor que inspira el cacique al labriego, se hacían los desentendidos, limitándose a berrear, a herir cazos y sartenes con más furia.
  • únicamente su ojo verdoso se encendió con fosfórica luz, y miró a Barbacana, como pidiéndole permiso de tomar parte en la empresa.
  • Barbacana hizo con la cabeza señal afirmativa, pero le indicó al mismo tiempo que guardase la navaja.
  • Tiene razón exclamó el hidalgo de Limioso, enderezando la cabeza y dilatando las ventanillas de la nariz con altanera expresión, muy desusada en su lánguida y triste faz.
  • Al contrario, pasó a otra estancia y volvió con un haz de junquillos, palos y bastones.
  • El abad de Boán los descorrió impetuosamente, el Tuerto sacó la tranca, giró la llave en la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados, chispeantes los ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes.
  • No habrían transcurrido cinco minutos cuando Barbacana, que por detrás de los visillos registraba el teatro del combate, sonrió silenciosamente, o más bien regañó los labios, descubriendo la amarilla dentadura, y apretó con nerviosa violencia la barandilla de la ventana.
  • Fustigaba el hidalgo de Limioso con menos crueldad, pero con soberano desprecio, como se fustigaría a una piara de marranos.
  • El cura de Boán sacudía estacazo limpio, con regularidad y energía infatigables.
  • ¡Anda, tinaja, cuba, mosquito! ¡Toma, toma, para que vuelvas otra vez, pellejo, odre! ¡Ve a dormir la mona, cuero! ¡A la taberna con tus huesos, larpán, tonel de mosto! ¡A la cárcel, borrachos, a vomitar lo que tenéis en esas tripas! Limpia estaba la calle.
  • ¡como quien malla en centeno! exclamó respirando con placer el de Boán.
  • Ahora en el Ayuntamiento los avergüenza Trampeta, y capaz es de venir acá en persona con los incircuncisos a darle un susto al señor Licenciado (así llamaban a Barbacana familiarmente sus amigos).
  • Me basta con este mozo añadió señalando al Tuerto, agazapado otra vez en su rincón.
  • Tres héroes de la gran batida, y el arcipreste con ellos, salieron a caballo hacia la montaña.
  • No iban cabizbajos, a fuer de muñidores electorales derrotados, sino llenos de regocijo, con gran cháchara y broma, celebrando a más y mejor la somanta administrada a los borrachines cencerreadores.
  • Barbacana se quedó solo con el Tuerto.
  • No replicó el capellán, pero pocos días después, volviendo de Naya, se tropezó con el médico.
  • Ni aun ésas le servían, pues Nucha no se confesaba con él.
  • Pues no ha de ser así resolvía el capellán con esfuerzo.
  • Con ella se va a la felicidad única y verdadera.
  • Y por el estrecho sendero que conducía al lugar del suplicio, iba subiendo lentamente Jesús, con la cruz a cuestas, y el rostro vuelto hacia un fraile que allá en lontananza se echaba otra cruz al hombro.
  • Había oído algunas veces que Dios concede lo que se le pide mentalmente en el acto de consagrar la hostia, y con muchas veras le pedía llegar al punto de que su cruz.
  • Este hecho tan sencillo le privó de rezar con sosiego.
  • Perucho, que ayudaba a misa con desembarazo notable, se dedicaba a apagar los cirios, valiéndose de una luenga caña.
  • Preguntó con imperioso acento, extraño en ella.
  • El corazón le latía con sordo ruido.
  • Si lo saben aquí, me encerrarán con llave.
  • Hablemos con tranquilidad.
  • Habiendo tomado aliento, habló con cierto reposo.
  • Hablemos con calma, con juicio.
  • ¡Estoy harta de tener calma! exclamó con enfado Nucha, como el que oye una gran simpleza.
  • ¡Usted lo verá! Así que la dejo con el ama, estoy en brasas.
  • Pensé en confesarme con usted, pero.
  • Detúvose de pronto, y careándose con Julián, le preguntó.
  • Papá me aconsejó que, de todos modos, me casase con el primo.
  • Pronunció con entusiasmo.
  • La señorita hablaba con sosiego melancólico.
  • Tenía a papá y a Gabriel con quien vivir siempre.
  • Mire usted murmuró con asomos de amarga sonrisa que siempre me suceden a mí desgracias por cosas de que no tengo la culpa.
  • Yo no tengo que ver con nada de eso.
  • He determinado marcharme e irme a vivir con mi padre.
  • El diminutivo cariñoso usado por la señorita, la febril resolución con que hablaba, le vencieron.
  • Él cargaría con la niña, dormidita y arropadísima también.
  • Por si acaso llevaría en el bolsillo un tarro con leche caliente.
  • Ni la Purísima de sueltos tirabuzones y traje blanco y azul, ni el san Antonio que hacía fiestas a un niño Jesús regordete, ni el san Pedro con la tiara y las llaves, ni siquiera el arcángel san Miguel, el caballero de la ardiente espada, siempre dispuesto a rajar y hendir a Satanás, revelaban en sus rostros pintados de fresco el más leve enojo contra el capellán, ocupado en combinar los preliminares de un rapto en toda regla, arrebatando una hija a su padre y una mujer a su legítimo dueño.
  • ¡su abuelo le había prometido otros dos si le avisaba cuando la señora se quedase en la capilla después de oída la misa! Raciocinando con sorprendente rigor matemático, calculó que pues perdía dos cuartos por un lado, era urgente ganarlos por otro.
  • Apenas concibió tan luminosa idea, sintió que las piernas le bailaban, y echó a correr con toda la velocidad posible en busca de su abuelo.
  • Atravesando la cocina, colóse en la habitación baja donde despachaba Primitivo, y empujando la puerta, le vio sentado ante una gran mesa antigua, sobre la cual se encrespaba un maremágnum de papelotes cubiertos de cifras engarrapatadas, de apuntes escritos con letra jorobada y escabrosa, por mano que no debía ser diestra ni aun en palotes.
  • La mesa y el cuarto en general atraían a Perucho con el encanto que posee para la niñez lo desordenado y revuelto, los sitios en que se acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montón de objetos es un mundo desconocido, un depósito de tesoros inestimables.
  • Cuando el nieto entró, la cara pulimentada y oscura de Primitivo podía confundirse con el tono bronceado de un acervo de calderilla o montaña de cobre, de la cual iban saliendo columnitas, columnitas que el mayordomo alineaba en correcta formación.
  • Que la señora estaba en la capilla, con el señor capellán.
  • Y que se me deben dos cuartos por la noticia o cosa análoga, pero no le dio lugar a ello su abuelo, alzándose del sillón con la agilidad de bicho montés que caracterizaba sus movimientos todos, no sin que al hacerlo produjese un tempestuoso remolino en el mar de calderilla, y la caída de algunas torres que, con sonoro estrépito, se rindieron a la gran pesadumbre.
  • Era una la de comerse las obleas, que con su provocativa blancura y encendido rojo le estaban convidando desde un bote de hojalata, y aun cuando sería más glorioso para nuestro héroe vencer el goloso capricho, la sinceridad obliga a declarar que alargó el dedo humedecido en saliva, y fue pescando una, dos, tres, hasta zamparse cuantas encerraba el bote.
  • Por un ochavo le vendían bramante suficiente para el trompo, y le surtía el cohetero de pólvora en cantidad con que hacer regueritos.
  • Por un ochavo se procuraba tiras de mistos de cartón, groseras aleluyas impresas en papel amarillo, gallos de barro con un pito en parte no muy decorosa.
  • Por fin hizo presa en un puñado de ochavos, y entonces apretó el puño fortísimamente, con la intensidad propia de los niños, que temen siempre se les escape la dicha por la mano abierta.
  • Porque es de advertir que Perucho tenía bastante de caco, y con la mayor frescura se apropiaba huevos, fruta, y, en general, cuantos objetos codiciaba.
  • Pero, con respeto supersticioso de aldeano, que sólo juzga propiedad ajena el dinero, jamás había tocado a una moneda.
  • ¿Fue una gota de la sangre de Moscoso, que realmente corría por sus venas y que, con la misteriosa energía de la transmisión hereditaria, le guió la voluntad como por medio de una rienda?
  • Lo cierto es que el rapaz abrió la mano, separando mucho los dedos, y los ochavos apresados cayeron entre los restantes, con metálico retintín.
  • No por eso hay que figurarse que Perucho renunciaba a sus dos cuartos, los ganados honradamente con la agilidad de sus piernas.
  • No hurtarás, le dijo con no menor energía.
  • Casualmente tropezó con él en la cocina, donde preguntaba algo a Sabel en queda voz.
  • Dialogaba con su hija, y, a lo que Perucho pudo comprender, ésta explicaba que el señorito había salido de madrugada a tirar a los pollos de perdiz, y suponía que anduviese hacia la parte del camino de Cebre.
  • Que el capellán está con la señora encerrado en la capilla y que te echaron de allí para quedar solos.
  • Volaba, con los puños apretados, haciendo saltar guijarros y tierra al golpe de sus piececillos encallecidos por la planta.
  • Para obtenerlos era menester buscar a su abuelo, y avisarle del encuentro con el señorito.
  • Trepaba por un murallón medio deshecho ya, amparo de un viñedo colgado, por decirlo así, en la falda abrupta del monte, cuando del otro lado del baluarte que escalaba creyó sentir rumor de pisadas, que la finura de su oído no confundió con las del cazador.
  • Y con el instinto cauteloso de los niños hijos de la naturaleza y entregados a sí mismos, se agachó, quedando encubierto por el murallón de modo que sólo rebasase la frente.
  • Por mucho que le aguijonease el deseo de sus cuatro cuartos, no se atrevía a descolgarse del murallón, temiendo hacer ruido y que le apuntasen con el cañón de aquel arma, cuya ancha boca debía, de seguro, vomitar fuego y muerte.
  • Antes que pudiera entrar a cuentas con el miedo, ocurrió un nuevo incidente.
  • Sin duda, con su vista de águila había distinguido al señorito, y le seguía intentando darle alcance.
  • Iba Primitivo distraído, con el propósito de reunirse a don Pedro, y no miraba a parte alguna.
  • El hombre emboscado se incorporaba, con su único ojo centelleante y fiero.
  • De modo que, sobreponiéndose el instinto y el hábito al azoramiento y trastorno, penetró en el sagrado lugar con actitud respetuosa.
  • Recostada en el altar se encontraba la señora de Moscoso, con un color como una muerta, los ojos cerrados, las cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo.
  • Mientras el capellán, con las manos cruzadas y la fisonomía revelando un espanto y dolor tales que nunca había visto Perucho en rostro humano expresión parecida, imploraba, imploraba al señorito, a la señorita, al altar, a los santos.
  • , y de repente, renunciando a la súplica, se colocaba, encendido y con los ojos chispeantes, dando cara al marqués, como desafiándole.
  • ¿Quién sabe si, luego que acabase con su mujer y con don Julián, se le ocurriría al señorito quitar la vida a la nené?
  • Lo que importaba era obrar con celeridad y no arredrarse ante obstáculo alguno.
  • Llegado que hubo a las habitaciones altas, residencia de los señores, de tal manera supo amortiguar el ruido de sus pisadas, que el oído más fino lo confundiría con el susurro del aire al agitar una cortina.
  • La empujó con suavidad de gato que esconde las uñas.
  • Éste, conteniendo hasta el respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso el andar de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una sorpresa.
  • Lo estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de agarrarse con manos y pies al ir ascendiendo.
  • La energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de palo, bruñidas ya con el uso.
  • Mirábale, y, sonriendo regocijadamente, le pasaba las manos por la cara, gorjeaba, se bababa, y miraba con curiosidad alrededor.
  • Tan pronto le daba una en la mano, como alzaba con muchas una especie de pirámide.
  • Con todo, estaba de buen humor, gracias a la compañía de Perucho.
  • Disfrutemos de este bien que siempre nos han dado con tasa.
  • Por último, recelando cansarla, la cogió en brazos, se sentó a la turca, y comenzó a mecerla y arrullarla blandamente, con tanta suavidad, precaución y ternura como pudiera su propia madre.
  • Pero que en breve empezó a sentir el frío, y con la rapidez que revisten en los niños muy chicos los cambios de temperatura, los piececillos se le quedaron casi helados.
  • Al punto lo advirtió Perucho, y echándoles repetidas veces el aliento, como había visto hacer a la vaca con sus recentales, los envolvió en mantillas y pañolón, y nuevamente llegó a sí a la criatura, meciéndola.
  • El más glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfacción a Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que había salvado a la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo, donde nadie daría con ella.
  • A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas al pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de dulces.
  • Con todo, algo medroso y tétrico debía pesar sobre su imaginación, según el cuento que empezó a referir en voz hueca a la nené, lo mismo que si ella pudiese comprender lo que le hablaban.
  • Y va el pagarito y con el bico le saca un ojo, y el rey queda chosco.
  • Y va el pagarito y se casó con la nené, y estaba siempre cantando unas cosas muy preciosas, y tocando la gaita.
  • La música de las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados.
  • Se los frotó con los dedos, bostezó, luchó algunos minutos con el sueño invasor.
  • Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo, y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla con el cuerpo.
  • Verse acusado, por un marido, de inteligencias culpables con su mujer, por un marido que se quejaba de ultrajes mortales, que le amenazaba, que le expulsaba de su casa ignominiosamente y para siempre.
  • Cómo ensilló con sus propias inexpertas manos la yegua.
  • No olvida en Santiago, donde su llegada se glosa, donde su historia en los Pazos adquiere proporciones leyendarias, donde el éxito de las elecciones, la partida del capellán, el asesinato del mayordomo, se comentan, se adornan, entretienen al pueblo casi todo un mes, y donde las gentes le paran en la calle preguntándole qué ocurre por allá, qué sucede con Nucha Pardo, si es cierto que su marido la maltrata y que está muy enferma, y que las elecciones de Cebre han sido un escándalo gordo.
  • No olvida cuando el arzobispo le llama a su cámara, a fin de inquirir qué hay de verdad en todo lo ocurrido, y él, después de arrodillarse, lo cuenta sin poner ni quitar una sílaba, encontrando en la sincera confesión inexplicable alivio, y besando, con el corazón desahogado ya, la amatista que brilla sobre el anular del prelado.
  • En vísperas de fiesta y tiempo de oblata le obsequian con leche de cabra, queso de oveja, manteca en orzas de barro.
  • Cuando Julián tiene que salir a las altas horas de la noche para llevar los sacramentos a algún moribundo, se ve obligado a cubrirse con coroza de paja y a calzar zuecos de palo.
  • El sacristán va delante, alumbrando con un farol, y entre la oscuridad nocturna, las encinas parecen fantasmas.
  • La mitra alternaba con los señores de Ulloa en la presentación del curato, y el arzobispo había querido manifestar así al humilde párroco, enterrado diez años hacía en la montaña más fiera de la diócesis, que la calumnia puede empañar el cristal de la honra, no mancharlo.
  • Algunos rasgos de su fisonomía delicada se marcaban, se delineaban con mayor firmeza.
  • Habíase vuelto muy indulgente con los demás, al par que severo consigo mismo.
  • Parecíale que alguna persona muy querida, muy querida para él, andaba por allí, resucitada, viviente, envolviéndole en su presencia, calentándole con su aliento.
  • Era un lugar sombrío, aunque le faltasen los lánguidos sauces y cipreses que tan bien acompañan con sus actitudes teatrales y majestuosas la solemnidad de los camposantos.
  • Sobre la verja se inclinaba añoso olivo, donde nidaban mil gorriones alborotadores, que a veces azotaban y sacudían el ramaje con su voleteo apresurado.
  • Y hacíale frente una enorme mata de hortensia, mustia y doblegada por las lluvias de la estación, graciosamente enfermiza, con sus mazorcas de desmayadas flores azules y amarillentas.
  • Parecía que era sustancia humana pero de una humanidad ruda, primitiva, inferior, hundida hasta el cuello en la ignorancia y en la materia la que nutría y hacía brotar con tan enérgica pujanza y savia tan copiosa aquella flora lúgubre por su misma lozanía.
  • Y en efecto, en el terreno, repujado de pequeñas eminencias que contrastaban con la lisa planicie del atrio, advertía a veces el pie durezas de ataúdes mal cubiertos y blanduras y molicies que infundían grima y espanto, como si se pisaran miembros flácidos de cadáver.
  • Y entre la verdura húmeda, surcada del surco brillante que dejan tras sí el caracol y la babosa, torcíanse las cruces de madera negra fileteadas de blanco, con rótulos curiosos, cuajados de faltas de ortografía y peregrinos disparates.
  • Allí se detuvo el insecto, y allí también Julián, con el corazón palpitante, con la vista nublada, y el espíritu, por vez primera después de largos años, trastornado y enteramente fuera de quicio, al choque de una conmoción tan honda y extraordinaria, que él mismo no hubiera podido explicarse cómo le invadía, avasallándole y sacándole de su natural ser y estado, rompiendo diques, saltando vallas, venciendo obstáculos, atropellando por todo, imponiéndose con la sobrehumana potencia de los sentimientos largo tiempo comprimidos y al fin dueños absolutos del alma porque rebosan de ella, porque la inundan y sumergen.
  • No echó de ver siquiera la ridiculez del mausoleo, construido con piedras y cal, decorado con calaveras, huesos y otros emblemas fúnebres por la inexperta mano de algún embadurnador de aldea.
  • Allí estaba, sola, abandonada, vendida, ultrajada, calumniada, con las muñecas heridas por mano brutal y el rostro marchito por la enfermedad, el terror y el dolor.
  • Y si de chiquitín se parecía al Amor antiguo, la prolongación de líneas que distingue a la pubertad de la infancia le daba ahora semejanza notable con los arcángeles y ángeles viajeros de los grabados bíblicos, que unen a la lindeza femenina y a los rizados bucles asomos de graciosa severidad varonil.
  • En cuanto a la niña, espigadita para sus once años, hería el corazón de Julián por el sorprendente parecido con su pobre madre a la misma edad.
  • Mientras el hijo de Sabel vestía ropa de buen paño, de hechura como entre aldeano acomodado y señorito, la hija de Nucha, cubierta con un traje de percal, asaz viejo, llevaba los zapatos tan rotos, que puede decirse que iba descalza.
  • Las manchas amarillentas de los rastrojos contrastan con la verdura de los pámpanos.
  • Entre el follaje, allá en el fondo, surge la casa con sus paredes blancas y sus techos negruzcos.
  • Sus copas matizan con notas claras la tierra jalde.
  • A los almendros suceden los viñedos, que cierran con orla de esmeralda el manchón azul de una laguna.
  • Entre los viñedos destacan las manchas amarillentas de las tierras paniegas y las manchas rojizas de las tierras protoxidadas con la labranza nueva.
  • Los pinos cantan con un manso rumor sonoro.
  • El débil sol rasero ilumina el borde de los ribazos y guarnece con una cinta de verde claro el verde oscuro de los viñedos bañados en la sombra.
  • Y en la lejanía el dorado castillo refulge con un postrer destello y desaparece.
  • La artesa, ancha, larga, con sus dos replanos en los extremos, reposa junto a la pared, colocada en recias estacas horizontales.
  • En las paredes cuelgan tres cernederas y cuatro cedazos de espesa urdimbre a diminutos cuadros blancos, rojos y pardos, con blancas cintas entrecruzadas que refuerzan la malla.
  • Y entre los dos balcones hay un gran cuadro de azulejos resguardado con un estrecho colgadizo.
  • El tiempo ha ido echando abajo las losetas, y entre anchos claros aparecen el remate de una cruz, una alada cabeza de ángel, el busto del Padre con su barba blanca y el brazo extendido.
  • El tercer cuerpo tiene una diminuta ventana y un balconcillo rebozado con el follaje de una parra que deja caer su alegría verde sobre la puerta de la casa.
  • La entrada es ancha y empedrada, jaharradas de yeso las paredes, con pequeñas vigas el techo.
  • El cuarto cuerpo tiene cuatro ventanas que dan luz a una espaciosa cámara, con vigas borneadas en el techo, colgada de ristras de pimientos y de horcas de cebollas y ajos, llena de simples mantenimientos para la comida cotidiana.
  • Tiene cuatro altares laterales con lienzos.
  • Tiene uno central con cuatro columnas jónicas.
  • En la sacristía cuelga un diminuto espejo con marco de talladas hojas de roble, y un aguamanil blanco rameado de azul pone en la pared su nota gaya.
  • En un armario reposan antiguas casullas, bernegales con coronas de oro abiertas sobre el cristal, un cáliz con un blasón en el pie y una leyenda que dice.
  • Junto a la cochera está el aljibe, ancho, cuadrado, con una bóveda que se hincha a flor de tierra.
  • Sus sarmientos se enroscan y agarran con los zarcillos al encañado, cuelgan profusos los racimos, y los redondos pámpanos anchos forman un toldo de suave color presado sobre las aguas quietas.
  • El agua nace en un montecillo propincuo, corre por subterráneos atanores de barro, surte de un limpio caño, cae transparente con un placentero murmurio en la ancha pila.
  • Hay espaciosas salas con toscas cornucopias, con viejos grabados alemanes, con pequeñas litografías en las que se explica cómo Matilde, hermana de Ricardo de Inglaterra, antes de pronunciar su voto, etc.
  • Hay una biblioteca con cuatro mil volúmenes en varias lenguas y de todos los tiempos.
  • Hay una pequeña alacena que hace veces de archivo, con papeles antiguos, con títulos de las Universidades de Orihuela y Gandía, con cartas de desposorio, con ejecutorias de hidalguía, con nombramientos de inquisidores.
  • Hay viejas cámaras con puertas cuadradas, con cerraduras chirriantes, con techos inclinados de retorcidas vigas, con lejas anchas, con armarios telarañosos que encierran un espejo roto, un velón, una careta de colmenero.
  • Con largas cañas colgadas del techo, de las que en otoño penden colgajos de uvas, melones reverendos, gualdos membrillos, manojos de hierbas olorosas.
  • Hay graneros oscuros, sosegados, silenciosos, con largas filas de alhorines hechos de delgadas citaras.
  • Hay un tinajero para el aceite con veinte panzudas tinajas, cubiertas con tapaderas de pino, enjalbegadas de ceniza.
  • Hay una gran bodega, con sus cubos, sus prensas, sus conos, sus largas ringleras de toneles.
  • Hay una almazara, con su alfarje de molón cónico, y su ancha zafa, y su tolva.
  • Hay dos cocinas con humero de ancha campana.
  • Hay una cuadra con mulas y otra con bueyes.
  • Hay un corral con pavos, gallos, gallinas, patos, y otro con cerdos, negros, blancos, jaros.
  • Cuatro, seis olmos gayan la plazoleta con su follaje.
  • Las palomas giran con su aleteo sonoro.
  • Y un acridio misterioso chirría con una nota larga, hace una pausa, chirría de nuevo, hace otra pausa.
  • Las sillas son ligeras, frágiles, con el asiento de rejilla, con la armadura negra y pulimentada, con el respaldo en arco trilobulado.
  • Los pies delanteros son ligeras columnillas negras con capiteles clásicos de hueso, con sencillas bases toscanas.
  • En la segunda pared, correspondiente al balcón, cuelga una fotografía de Doña Mariana de Austria, de Velázquez, con su enorme guardainfante y su pañuelo de batista.
  • Y esta pluma es como un símbolo de esta mujer altiva, desdeñosa, con su eterno gesto de displicencia que perpetuó Velázquez, que perpetuó Carreño, que perpetuó Del Mazo.
  • En primer término, una baja techumbre con sus simétricas ringlas de tejas, corre de punta a punta.
  • Más lejos aparece otra huerta con sus bancales y su noria.
  • Y en el fondo, el Seminario con sus dos cuerpos formidables, trepados por infinitas ventanas, cierra hoscamente la perspectiva.
  • Es de tafilete rosa, con la punta agudísima y con el tacón altísimo de madera, aforrado en piel.
  • Tiene la cara bordada al realce, con seda blanca.
  • Sus mejillas están secas, arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con melancolía a quien frente por frente a él va embujando palabras en las cuartillas.
  • Tamiza la luz una persiana verde, y una tenue cortina blanca de hilo vuelve a tamizarla y la difluye con claridad suave.
  • Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco.
  • Una cama de hierro, un lavabo de mármol con su espejo, una cómoda con ramos y ángeles en blanca taracea, una percha, tres sillas, un sillón de reps verde.
  • Que algunas veces, cuando por incidencia habla, mueve la pierna con la punta del pie apoyada en tierra.
  • Esta moza tan meticulosa y apañada piensa Azorín me recuerda esas mujeres que se ven en los cuadros flamencos, metidas en una cocina limpia, con un banco, con un armario coronado de relucientes cacharros, con una ventana que deja ver a lo lejos un verde prado por el que serpentea un camino blanco.
  • Y todas cantan con una algarabía de ritmos sonorosos.
  • Es decir, son explotadoras, lo cual sucede, por ejemplo, con las orobancas, que crecen sobre ajenas raíces.
  • Con sus mañas los hortelanos persuaden a las plantas silvestres a que dejen sus parajes bravíos.
  • O lo que es lo mismo, de hosco y solitario se cambia en sociable, y como tal da gusto con su presencia a las salsas y asaborea gratamente las conservas.
  • Crea el lector que es empresa ardua, pero, con todo, intentaremos decir algo.
  • Se la puede arrancar, perseguir con el arado y la azada.
  • Algunos pueblos remotos se dice que la adoraban, y los soldados romanos la comían para ganar fortaleza con que vencer a los pueblos extraños.
  • Esta planta, tan ufana con su agradable aroma, parece una mujer bonita.
  • Él ama al anís con locura, junta sus tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos pubescentes.
  • Pero con ser tan humilde, guarda esta hierba una ambición secreta y de tal magnitud, que casi se puede afirmar que es una monstruosidad.
  • Los sociólogos las estudian con gran cuidado.
  • Tiene dos palpos, como minúsculos abanicos de plumas blancas, que él mueve a intervalos con el movimiento rítmico de un nadador.
  • Luego ha dado una vuelta con el discreto desdén de un hombre de mundo.
  • Ron, sin pensarlo, ha dado un topetazo con una mosca que se hallaba muy tranquila en medio de la caja.
  • Inmediatamente ha retrocedido con cautela hasta separarse de la mosca cinco centímetros.
  • Luego, lentamente, con suavidad, avanza un centímetro.
  • Pero como es un saltador afectuoso, le da de cuando en cuando golpecitos con los palpos sobre la espalda, como queriendo convencerla de su teleología.
  • Ello es que sus patas han cesado de moverse y que Ron se la lleva a un ángulo, donde permanece quieto con ella un gran rato.
  • Después de comer, Ron se pasa los palpos por la cara, como limpiándosela, con el mismo gesto que los gatos.
  • Ron pasea por la caja, camina boca arriba por el cristal, se deja caer y cae de pie con suave movimiento elástico.
  • De cuando en cuando se frota los ojos con los palpos, con gesto inteligentísimo.
  • ¿Qué ha sucedido con esta tejenaria?
  • Lo primero que ha hecho esta araña es fabricar una tela en medio de la caja, seguramente con la esperanza de que en ella caiga una mosca, cosa asaz absurda, porque las moscas son para Ron, según su filosofía teleológica.
  • Azorín ha observado que en una ocasión, para evitar decepciones, Ron se ha aproximado con discreción a un cadáver y ha alargado una pata y lo ha tocado ligeramente para averiguar si estaba muerto o vivo.
  • Los palpos los tiene también negros y sin plumas, con una rayita blanca en la base.
  • Cuando se encuentra con alguna, huye azorado.
  • Decididamente ha pensado Azorín, es muy niño aún este saltador para atreverse con una mosca.
  • La casa de Azorín tiene una fachada pequeña, jaharrada de albo yeso, con dos ventanas diminutas.
  • La entrada de la casa está pavimentada con grandes losas cuadradas.
  • Y hay también una tinaja con una tapadera de palo, y un pequeño lebrillo puesto en un soporte que está clavado en el centro de un pintoresco cuadro de azulejos, y una toalla limpia que cuelga de la pared y flamea al viento que se cuela del patio.
  • En el umbral de una puerta aparece una vieja vestida de negro con una sillita en la mano.
  • Y la campana vuelve a llamar con golpes menuditos.
  • Se abre un balcón con estrépito de cristales.
  • Y en el horno cercano comienza el rumor de comadres que entran y salen con sus tableros en la cabeza.
  • Y una campana tañe a lo lejos con lentas, solemnes vibraciones.
  • Van las mozas con sus cántaros a coger el agua en las fuentes de rojo mármol, donde los caños caen rumorosos.
  • Y de cuando en cuando, al pasar junto a un portal, se oye el traqueteo ligero de los bolillos con que las niñas urden la fina randa.
  • No era discreto negarse, tanto más, cuanto este amigo es un excelente pianista, y Azorín se ha regodeado ya por adelantado con unos cuantos fragmentos de buena música.
  • Y, por último, los dedos seguros y expertos del pianista han hecho brotar las notas enérgicas, altivas, con que comienza el conocido concierto de Chopín en mi menor.
  • Hay ya en la vida sensaciones delicadas que no pueden ser expresadas con los vocablos corrientes.
  • Y parece que todo el mundo se viene encima cuando hay que ponerse en contacto con la multitud y salir a evacuar un negocio en que es preciso hablar, insistir, volver, porfiar.
  • Se habla de la tristeza española, y se habla con razón.
  • Este comedor tiene las paredes cubiertas con papeles que representan un bosque, una catarata cruzada por un puentecillo rústico, una playa de doradas arenas, en las que aparece encallada una barquichuela.
  • En un ángulo hay una rinconera con un loro disecado.
  • En el otro ángulo hay otra rinconera con un despertador que siempre marcha con su tic tac monótono.
  • En el fondo luce un huerto con frutales y palmeras.
  • Detrás viene un clérigo con el Viático.
  • Pero esta tarde está tan triste por las emociones recibidas, que no tiene gusto de hablar con nadie.
  • El loro la mira con sus ojos de vidrio.
  • Con estas ideas se ha quedado dormida.
  • Se apoya en un bastón de color de avellana, con el puño de cuerno, en forma de pata de cabra.
  • El viejo va y viene con pasito ligero y menudo por el escenario, entra en los cuartos de los cómicos, sube al telar, desciende al foso.
  • Después el viejo da con el libro en una mano fuertes golpes y llama.
  • La realidad escénica padecerá con este detalle.
  • Luego vuelve rápidamente, con su paso menudo.
  • El viejo, con un gesto rápido, se quita la cadena.
  • Y como desea echar una última ojeada a la escena, inclina la cabeza y se pone los lentes con un movimiento rápido.
  • Dígalo usted con brío, con cierto énfasis.
  • Otro levanta la mano y golpea con ella abierta la vuelta del cayado.
  • Entonces el viejo más viejo da dos golpes en el suelo con el cayado, y se levanta.
  • Después de dicho esto, el clérigo da un paseo por la estancia con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y se asoma distraídamente a una ventana tarareando una copla.
  • Por eso, mientras por una parte no lee el Diccionario filosófico ni el Emilio, por otra no deja de venir todas las tardes a charlar un rato con este clérigo.
  • Las palmeras se recortan con sus ramas péndulas en el azul luminoso.
  • Pero se la ama más, se la ama fervorosamente, se la ama con pasión intensa.
  • Dos monaguillos vestidos con sus cotas rojas han tomado sendos faroles opacos, sucios, goteados de cera.
  • El clérigo se ha puesto una estola y los tres, con el sacristán, han salido a la iglesia.
  • A veces Azorín se figura que éste es uno de aquellos místicos españoles que tan tremendas privaciones conllevaban con la cara risueña.
  • Y si no le pegaban un bofetón al mozo cacoquímico, como hizo San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el procedimiento me parezca contraproducente).
  • Con esta escasa renta ha de mantener a su madre y a una hermana.
  • Hace un momento, y mientras el señor con quien hablaba sacaba la petaca, yo he visto que él también se llevaba la mano al bolsillo.
  • Y como éste era un pequeño sentimiento, que pensando y repensándolo podía hacerse mayor como ocurre con todos, ha decidido dejar el sillón y salir a la iglesia.
  • El sacristán, también arrodillado, invita a los fieles con voz plañidera a que consideren el lugar donde unas piadosas mujeres, viendo al Señor que le llevaban a crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado.
  • El edificio consta de dos pisos, con balcones de piedra torneada.
  • Los montantes de las puertas cierran con vidrieras de colores.
  • Enfrente está el gabinete de lectura, con una agradable sillería gris y estantes llenos de esos libros grandes que se imprimen para ornamentación de las bibliotecas en que no lee nadie.
  • A la derecha hay un gran salón vacío (porque no hace falta tanto local), y a la izquierda otro gran salón igual al anterior, donde los socios se reúnen con preferencia.
  • Mesas cuadradas y redondas, de mármol, se hallan esparcidas acá y allá alternando con otras de tapete verde.
  • Cuando estábamos los dos estudiando en Madrid, fuimos un día a verle con una carta de recomendación.
  • Era un señor grueso, alto, con la cara llena, todo afeitado.
  • Muchas de las cosas que aquellos hombres recomendaban, luego se han tenido que realizar, porque todo el mundo ha reconocido que eran convenientes y se podían atajar con ellas muchos males.
  • Este viejo oye en silencio estas añoranzas del tiempo luengo, y dice después, dando golpes con el bastón, poniéndose los lentes con un gesto rápido.
  • Un reloj suena con diez metálicas vibraciones.
  • Es un viejo menudito, con una barba blanca que termina en una punta corta un poco doblada hacia arriba, envuelto en una capa parda.
  • Es uno de esos viejos que llevan el pañuelo del bolsillo siempre doblado cuidadosamente y de cuando en cuando lo sacan y lo pasan con suavidad por la nariz.
  • Azorín ha sonreído con benevolencia.
  • Sin embargo, he escrito otras y con ellas volveré a Madrid.
  • ¡Oh, no no, tampoco! Entonces el viejo ha movido la cabeza como conformándose con su desgracia, y ha exclamado tristemente.
  • Ha columbrado, confusamente, entre sus recuerdos de niño, como una visión única, una sala ancha, un poco oscura, empapelada de papeles grises a grandes flores rojas, con una sillería de reps verde, con una consola sobre la que hay dos hermosos ramos bajo fanales, y entre los dos ramos, también bajo otro fanal, una muñeca que figura una dama a la moda de 1850, con la larga cadena de oro y el relojito en la cadera.
  • En uno de los sillones laterales está un señor vestido con un traje blanquecino, con un cuello a listitas azules, con un sombrero de jipijapa que tiene una estrecha cinta negra.
  • Este señor recuerda Azorín se yergue, entorna los ojos, extiende los brazos y comienza a declamar unos versos con modulación rítmica, con inflexiones dulces que ondulan en arpegios extraños, mezcla de imprecación y de plegaria.
  • Y yo veo a este señor de pie, con los ojos alzados, con los brazos extendidos, con la cabeza enhiesta.
  • Yo me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo los versos con la boca abierta.
  • Luego que acaba de recitar este señor, charla ligero con mi madre.
  • Indudablemente, éste es el señor amable, éste es el señor voluble, éste es el señor ardoroso que recitaba versos aquel día, allá en mi niñez, en una sala húmeda con una sillería de reps verde.
  • Y no tengo más remedio, para luchar con el mal, que escribir.
  • Y con tal motivo, en nombre de mis compañeros igualmente premiados (don Víctor Balaguer, don Teodoro Llorente, don Wenceslao Querol y don Fernando León y de Vera), y en nombre propio, pronuncié un discurso que me valió calurosos plácemes.
  • En esos mismos Juegos florales se ofreció una pluma de oro a la mejor Memoria histórico filosófica acerca de la expulsión de los moriscos y sus consecuencias en el reino de Valencia, a cuyo premio también opté, presentando una Memoria con el lema El tiempo es la mejor prueba de la justicia.
  • Mi trabajo suscitó en el seno del jurado una discusión importantísima, de la cual se ocupó mi hermano Julio en la carta que con tal motivo dirigió al barón de Mayals.
  • Con la venida de la Casa de Austria a España decía yo se inauguró un sistema de intolerancias contrario a las doctrinas de paz y caridad y verdadera libertad proclamadas por Jesucristo.
  • Estando en Valencia, algún tiempo después, me casé con una joven distinguidísima.
  • El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendió que tenía delante un enemigo, y, aparte de fundar La Revista Forestal, sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por mí y toda la escuela economista, delegó en el ilustrado y elocuente escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis artículos.
  • Lanzose Navarro Reverter al combate, remitiendo a Las Provincias una serie de artículos en que intentaba demostrar que la medida desamortizadora que yo había propuesto bastaba por sí sola para, si se realizaba, acabar con lo poco que quedaba en España de arbolado en los montes públicos.
  • Maissonnave quería que la Diputación le subvencionase un ferrocarril de Alicante a Alcoy con varios millones.
  • Maissonnave lo tomó como una ofensa personal, y me desafió, ¡a mí, que, como el don Diego de Flor de un día, mataba las golondrinas con bala y era digno rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis creencias religiosas no me permitían batirme.
  • En primer lugar, porque la Diputación debía muchos miles de duros por obligaciones de beneficencia, carreteras, etc., y en segundo, porque con el hospital de Elda bastaba.
  • También escribí en Alicante, con motivo de la restauración de la iglesia de San Roque, mi poesía La erección de un templo.
  • Al poco tiempo de celebrado este certamen trasladé mi domicilio a Madrid, renunciando a mi cargo de vicepresidente de la Diputación, con el objeto de dedicarme exclusivamente a la práctica del foro.
  • No cumpliría con un deber que a la vez imponen los fueros de la cortesía y el homenaje que las rectas conciencias rinden a la verdad, si al comenzar este trabajo, la Comisión no hiciese público el sentimiento de consideración que debe al que fue su dignísimo vicepresidente, don Pascual Verdú, el cual renunció su cargo en Julio último, no por disentimiento con sus compañeros, sino por tener que trasladar su residencia a Madrid.
  • Esta última sociedad me honró con el cargo de presidente de la sección de Derecho.
  • Y ésta es la carta que ha recibido Azorín una página de nuestra historia contemporánea, un fragmento vivo, auténtico, con detalles vulgares, con rasgos épicos ¡en la realidad todo va junto! de nuestra vida de provincias literaria y política.
  • Petrel se asienta en el declive de una colina, solapado en la fronda, a la otra banda del valle de Elda, dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde, gris, azul, de la campiña.
  • El camino desciende en empinados recuestos, culebrea entre rapadas lomas, toca en un huertecillo de granados, se acosta a un plantel de oliveras, empareja con un azarbe de aguas tranquilas, pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, en las huertas frescas y amenas de Elda.
  • Espaciosos cuadros de hortalizas ensamblan con plantaciones de viñedos.
  • Y los anchos y redondos nogales ponen con su penumbra, sobre el verde claro de la alfalfa, grandes círculos de azulado verdoso.
  • Y es una sola industria, que hace trabajar a todos los obreros en lo mismo, que los conforma con iguales aptitudes, que mueve toda la actividad del pueblo en una orientación idéntica.
  • Y ellos gritan, bravuconean, cantan la eterna romanza de Marina, hacen sonar con garbo sus monedas sobre los mármoles.
  • Los obreros han insistido con no menos cortesía.
  • Después de levantarse ha sonreído con discreción.
  • De estos tres hombres, uno era grueso y con la barba negra.
  • Otro era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni delgado, no tenía barba.
  • El mal es grave, pero, en mi humilde juicio, puede curarse con resignación de una parte y caridad de otra.
  • Al llegar aquí, el de la barba negra levantó la cabeza, les miró con desprecio y arguyó en esta forma.
  • Y entonces este hombre sonrió con una sonrisa divina, y los miró con una mirada dulce, y cogió sus manos, y las estrechaba blandamente contra su pecho.
  • Hay casas viejas con balcones de madera tosca, y casas modernas con aéreos balcones que descansan en tableros de rojo mármol.
  • Hay una plaza grande, callada, con una fuente en medio y en el fondo una iglesia.
  • A la derecha, la escalera asciende con su barandilla de forjados hierros.
  • El despacho es de paredes blancas, con dos armarios llenos de libros, con una mesa de columnillas salomónicas, con anchos fraileros acá y allá adornados de chatones lucientes.
  • Comme l amour vient aux garçons, y representa un mozuelo ensimismado, compuestito, que se aleja con una muchacha hacia un baile.
  • Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo de plata, relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio de afeitar con su palangana de collete, su jarro, su bola para jabón, seis macerinas y una bandeja cuadrada.
  • Una parra lo anubla con fresco toldo.
  • Al final, una cancela deja ver por entre sus varillajes, festoneados de encendidos geranios, una sombrosa huerta de naranjos, de higueras con sus brevas adustas, de ciruelos con sus doradas prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas.
  • Sobre la mesa hay un vaso con leche y unos bizcochos.
  • Luego se lo lleva a la boca, poniendo la muñeca casi a la altura de la frente, con el metacarpo diagonal y los dedos caídos, en un gesto de supremo cansancio.
  • Verdú viste con traje oscuro, holgado.
  • Y en un rincón, ensimismado, encogido, triste, muy triste, callado siempre, un viejo que viene invariablemente todas las tardes, se acaricia con un gesto automático sus claras patillas blancas.
  • Otras, una antigua gorra con dos cintitas detrás colgando.
  • Su chaleco aparece siempre con los cuatro botones superiores desabrochados.
  • La cadena es de plata, gorda y con muletilla.
  • Todo menos esos gordos capones que traen del campo y a los cuales él les pasa con amor y veneración la mano por el buche.
  • Sarrió vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua transparente.
  • Y un momento estas tres niñas blancas, gallardas, con sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza caída, semejan esas bellas mujeres desmelenadas de Rafael en su Pasmo, de Ghirlandajo en su San Zenobio.
  • Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el día, con sus bolillos, urdiendo fina randa.
  • Las tres tienen las manos pequeñas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uñas combadas.
  • Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean, mientras ríen, mientras cantan alguna vieja tonada melancólica.
  • Y el agua de la fuente cae con un manso susurro interminable.
  • Entonces el agua se lamenta de los desdenes de la sal, le reprocha su inconstancia, la amenaza con olvidarla.
  • Y la sal, enternecida, hace un esfuerzo por salir de su prisión y se une en un abrazo con su amada.
  • ¡Ah! exclama en ese tono con que se dicen estas cosas en las comedias ¡ah! ¿Conque estás hablando de amores con la sal?
  • Viste un traje nuevo con remembranzas viejas, y hay en toda ella, en sus gestos, en su andar, en sus arreos, un aire de esas figuras que dibujaba Gavarni, tan simples, tan elegantes, tan simpáticas, con la cabeza inclinada, con el pelo en tirabuzones, con las manos finas y agudas cruzadas sobre la falda, que cae en tres grandes alforzas sobre los pies buidos.
  • Este monóculo ha sido el origen de su amistad con Azorín.
  • Entonces el joven, lentamente, se ha llevado la mano al pecho, ha cogido otro monóculo, se lo ha puesto y ha mirado a Orsi con cierta conmiseración altiva.
  • Orsi inclina la cabeza con unción.
  • Un mozo discurre con una bandeja.
  • Su mano izquierda se abate con un gesto instintivo, todo vuelve al silencio.
  • Bottesini logró hacer con el violón lo que Sarasate con el violín.
  • Azorín y Orsi miran a Sarrió con visibles muestras de ansiedad.
  • Esta tarde, en el despacho, ante el huerto florido, Verdú iba y venía como siempre con su paso indeciso.
  • Pero los jóvenes la acogen desde el primer momento con entusiasmo, y los viejos cuando la fuerza del uso general les pone en el trance de admitirla, es decir, cuando ya está sancionada por dos o tres generaciones.
  • Lope de Vega, el más furibundo, el más brutal, el más enorme de todos los modernistas, puesto que rompe con una abrumadora tradición clásica, será, sin duda, aplaudido por los viejos cuando se representa una obra suya, ¡una obra que es un insulto a Aristóteles, a Vida, a López Pinciano y a la multitud de gentes que creían en ellos, es decir, a los viejos de aquel entonces! Imitad a los clásicos se dice a los jóvenes no intentéis innovar.
  • Un bastón con el puño de vuelta, con una chapa de plata, ¿eh?
  • Con una chapa de plata que hacía un ruido sordo al caminar.
  • Mi bastón con el puño de vuelta.
  • Se encuentra metido en su despacho, bajo la lámpara que pone en su cabeza vivos reflejos, ante un libro que lee y relee con visibles muestras de un interés profundo.
  • Justicia, amor, belleza, o sencillamente un bastón con una chapa de plata.
  • Y el cielo se encendía con violentos resplandores de incendio.
  • Y luego dice con voz larga y suave.
  • Al lado de la cama un clérigo lee con voz queda en un libro.
  • Y de pronto el maestro se agita nervioso, abre anchos los ojos y grita con angustia.
  • Entonces Azorín se ha inclinado sobre Verdú y ha pronunciado con voz lenta y sonora.
  • Tiene viejas casas de piedra con escudos y balcones voladizos.
  • Tiene una iglesia con filigranas del Renacimiento, con una soberbia reja dorada, con una torre puntiaguda.
  • Lo hay en esas fondas silenciosas, con comedores que se abren de tarde en tarde, solemnemente, cuando por acaso llega un huésped.
  • En esos obradores de sastrería que al pasar se ven por los balcones bajos y en que un viejo maestro, con su calva, se inclina sobre la mesa, y cuatro o seis mozuelas canturrean.
  • En esos conventos con las celosías de madera ennegrecidas por los años.
  • En esas comadres que van a los hornos con sus mandiles rojos y verdes, o en esos anacalos que van a recoger el pan a las casas.
  • En esos niños que se dirigen con sus carteras a la escuela y se entretienen un momento jugando en una esquina.
  • En esas devotas con sus negras mantillas que sacan una enorme llave y desaparecen por los zaguanes oscuros.
  • Esta última hablaba animadamente con el encargado de los billetes.
  • Entonces se han separado de la taquilla y las cuatro, con las cabezas juntas, cuchicheaban.
  • Azorín ha visto que la monja gruesa le enseñaba el papel a la morena y que ésta sonreía con una sonrisa suave, con una sonrisa divina, enseñando sus blancos dientes, poniendo en éxtasis los ojos.
  • Y se han perdido a lo lejos, con una maleta raída, con dos saquitos de lienzo blanco, con un paraguas viejo.
  • Sarrió, puesto que era para él, ha abierto el sobre, después que se ha marchado el viejo, y ha visto que dentro había una cartela con un escudo.
  • Pero mejor será que digamos que es el del propio Sarrió, toda vez que la tarjeta pone en el centro, con letras doradas, su nombre y apellidos.
  • El traje es de verano también, y la chaqueta, abrochada y subida, oculta el cuello juntamente con un pañuelo de seda.
  • Porque este viejo va de una parte a otra, por los pueblos, repartiendo sus cartelas con las armas de los apellidos.
  • En algunas casas no le dan nada y se quedan con la tarjeta, que ya a él no le puede servir, puesto que ha estampado en ella el nombre del agraciado.
  • Pero era preciso, porque yo estaba ya un poco enfermo con la humedad.
  • Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma, mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando atentamente hasta sus menores gestos.
  • Azorín, alto, inquieto, nervioso, vestido de negro, con un bastón que lleva diagonal, cogido cerca del puño a modo de tizona.
  • Sarrió, bajo, gordo, pacífico, calmoso, con su chaleco abierto y su gran hongo de copa puntiaguda.
  • Las grúas suenan con ruido de cadenas.
  • Se desliza rápido, en la lejanía, un laúd con su vela latina y sus dos foques.
  • Y rasga los aires una bocina ronca con tres silbidos largos y luego con tres silbidos breves.
  • El humo difumina con un trazo fuliginoso el cielo diáfano.
  • Luego se ha dirigido a Azorín y le ha estrechado la mano con un apretón seco y nervioso.
  • Pero ese pedazo de conversación que oímos al paso y en que suena nuestro nombre, esa carta anónima que nos felicita, ese lector entusiasta como este Bellver que estrecha rápidamente nuestra mano con efusión, con sinceridad, y luego se marcha.
  • Y un día, en nuestra soledad y en nuestra pobreza, un desconocido se acerca a nosotros y nos estrecha con entusiasmo la mano.
  • Y entonces nos creemos felices y consideramos compensados con este minuto de satisfacción nuestros largos trabajos.
  • XIII ORIHUELA Van y vienen por las calles clérigos con la sotana recogida en la espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeños cajones y cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, niños con el traje galoneado de oro, niñas, de dos en dos, con uniformes vestidos azules.
  • Hay una diminuta catedral, una microscópica obispalía, vetustos caserones con la portalada redonda y zaguanes sombríos, conventos de monjas, conventos de frailes.
  • A la entrada de la ciudad, lindando con la huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco.
  • Entran y salen en las iglesias mujeres con mantillas negras, hombres que remueven en el bolsillo los rosarios.
  • Yo imagino, Sarrió, que usted ya se regodea con las pechugas de esos patos.
  • Y he aquí, querido Sarrió, que usted se regocija, allá en las intimidades de su espíritu, con una hecatacombe de esos patos, que son la alegría de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo que Dios ha creado.
  • Entiende lo que lee, y escribe atinadamente y con cierta mesura de las cosas que opugna.
  • El obispo es uno de esos hombres espirituales que cuando comen lo hacen como a pesar de ellos, con discreción, dando a las elegantes razones que se cruzan entre los comensales, más importancia que a las viandas.
  • Pero les falta esa simplicidad, esa visión humilde de las cosas, esa compenetración con la realidad que Alonso Quijano encontró sólo en su lecho de muerte, ya curado de sus fantasías.
  • El obispo come un poco separado de la mesa, con ademanes distraídos, como olvidándose a veces de que ha de continuar en la tarea de engullir las viandas.
  • Naturalmente, no da con ello.
  • Del mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son ahora dulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los han adobado con sus manos piadosas.
  • Pepita mira a Azorín con sus bellos ojos azules.
  • Primero se oyen unas lecciones lentas, monótonas, con una monotonía sedante, melancólica.
  • Y la tonada recomienza con el mismo brío, para volver a apagarse y comenzar de nuevo.
  • De cuando en cuando cruza la plaza una mujer con un tablero en la cabeza, cubierto con un mandil a rayas rojas y azules.
  • Otras veces se llega a la fuente una moza, una de estas mozas blancas, con grandes ojeras, y llena un cántaro de agua.
  • Llueve, llueve con un agua menudita durante días enteros.
  • Él estrecha todas las manos, acoge todas las demandas, contesta con una sonrisa todos los enfados.
  • Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de escribir.
  • XIX Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus dedos sutiles.
  • ¡Qué pena la mía cuando un día me preguntó con cara burlona si me gustaban las muñecas, porque pensaba comprarme una! Me puse roja de indignación y, a pesar del cariño que le profesaba, confieso que de buena gana le habría dado un cachete.
  • O mejor dicho, si algo figuraba era como amigo de él, como acompañante del hombre bueno, como un sujeto cuyo único mérito consiste en ir constantemente con otro meritísimo.
  • El que va con Sarrió.
  • Y le ha mirado fijamente con sus anchos ojos azules.
  • Parecía que con su mirada le acariciaba y le decía mil cosas sutiles que Azorín no podría explicar aunque quisiera.
  • Pues del mismo modo Azorín no acertaría a explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.
  • París es una ciudad donde se vive febrilmente, donde las mujeres son pérfidas, donde las multitudes corren por las calles con formidable estruendo.
  • Y al despedirse, mientras Azorín estrechaba la mano de Pepita, esta mano tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uñas combadas, Pepita ha dicho.
  • Delante de ellos va una tartana con el equipaje de Azorín.
  • Luego, con tiento, una cesta.
  • Algunos días voy al Retiro, que es un gran jardín con muchos árboles.
  • Los troncos se yerguen desnudos, negruzcos, con manchas de líquenes verdosos.
  • Por eso, Pepita, mi tarea es más fácil, porque hago mis artículos con entera tranquilidad, sin apresurarme, sin aturdirme, poniendo esas pequeñas gotas de hiel donde quiero ponerlas.
  • Con un adarme de ingenio y otro de audacia se les asombra a todos.
  • He de hablar mucho con gentes a quienes apenas estimo.
  • En el sombrero de copa, yo he visto escrito en el forro blanco, con lápiz.
  • Lleva en el dedo índice de la mano izquierda un anillo con un sello de oro.
  • Entra en la tribuna de la prensa y se sienta con mucho cuidado, levantándose el gabán, sosteniendo en alto el sombrero.
  • Hace veinte años que viene todas las tardes, con el mismo sombrero en que pone.
  • Redón, con el mismo gabán que se levanta escrupulosamente al sentarse.
  • Por eso sonríe con su aire bondadoso y clava su mirada en el fondo de su sombrero.
  • ¡No se comprará otro! Y como este sombrero, que tiene un forro blanco con un letrero que dice.
  • Redón, le recuerda tantas cosas, él le pasa la manga con amor por la copa.
  • Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja un poco inclinado, tosiendo, pasándose suavemente la mano por su barba blanca.
  • La iglesia es vieja, con las paredes amarillas y desconchadas, con una torre puntiaguda.
  • Y en el tallo tenían prendido con un alfiler un papelito con un letrero que decía.
  • Son cosas tan etéreas que no hay palabras humanas con que expresarlas.
  • Todo el día he estado con él.
  • Pasa de cuando en cuando un obrero, con blusa azul, cabizbajo, presuroso, las manos en los bolsillos, liada la cara en bufanda recia.
  • Pasa una moza con el mantón subido, pálida, ornados los ojos de anchas ojeras lívidas.
  • Pasa un muchacho con un enorme fajo de carteles bajo el brazo.
  • Y un coche se desliza ligero, con alegre tintineo, sobre el asfalto.
  • A lo lejos, la enhiesta chimenea de una fábrica difumina, con denso humacho negro, el cielo radiante, de azul pálido.
  • En la puerta dos mujeres pleitean con el mozo.
  • Y las dos miran al mozo, mientras hablan, con sus ojuelos grises, diminutos, un poco ingenuos, un tilde picarescos.
  • ¿Has puesto eso con gobierno para que no se manchen los monos?
  • Y silba la locomotora con un silbido largo y bronco.
  • Se remueve el tren con chirridos de herrumbres y atalajes mohosos.
  • Las piezas del alcacel temprano ensamblan, en mosaico infinito, con los cuadros de los barbechos hoscos.
  • Y el tren silba y corre, con formidable estrépito de trastos viejos, por la campiña solitaria.
  • Otra, las puntas del pañuelo cogidas en la boca, echa hacia atrás la testa y mira de cuando en cuando con los ojillos entornados.
  • Ha pasado otra estación y las viejas han descendido con sus cestas y sus sacos.
  • Un gallo canta lejano con un cacareo fino y metálico.
  • En lo alto lucen dos balconcillos desfondados, con los vidrios de las maderas rotos y sucios.
  • Y un momento permanezco ante este rótulo, en la plaza desierta, perplejo, mohino, temeroso, con la maleta en vilo.
  • Hay junto a la pared un grande y blanco arcaz con la cebada igual que en las novelas picarescas.
  • Cuelga de las paredes la espetera, con sus sartenes y sus cazos.
  • En la chimenea, de ancho humero, puestos en el hogar ante el montón de brasas, cuatro o seis diminutos pucheros borbollean con imperceptible rezongeo y dejan escapar ligeras nubecillas blancas.
  • Un labriego, al sol, sobre un poyo de adobes rojos, duerme con la cabeza sobre el pecho y los brazos caídos.
  • En la oscuridad, una mozuela duerme con un niño en los brazos.
  • En el fondo, cogiendo un lado, se yergue un caserón disforme, a medias destruido, con saledizos balcones recios, firmes los anchos sillares de los muros, afiligranado el blasón que campea sobre la puerta.
  • A los otros costados de la plaza se muestran los bajos porches, con columnas de piedra unas, de madera otras, gastadas, carcomidas, con capiteles dóricos, con capiteles jónicos, combadas las zapatas.
  • Pasa un perro rojo con las gruesas orejas cercenadas, y luego otro perro blanco, y luego otro perro a planchas blancas y negras, y luego otro perro negro el que he visto en el patio de la posada, esbelto y fino.
  • Un mendigo, con redondo y ancho sombrero tieso, vestido de buriel pardo, discurre al sol, agachado sobre su palo.
  • Pasa ligero, con menudo paso afirmado de viejo hidalgo, la capa al aire, un señor de largos bigotes grises y hongo apuntado.
  • La torre, cuadrilátera, se perfila con su chapitel puntiagudo y gris en la diafanidad del cielo azul.
  • Gruñe de nuevo y avanza otra vez con un corto trotecillo nervioso.
  • Es de sólida e irregular mampostería, trepado por numerosos agujeros, con arcos y ventanas cegados, con altas celosías de madera negruzca.
  • La campiña se aleja con sus bancales de sembradura.
  • La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una cortina, sin ventanas, con la sola luz de la puerta.
  • Me encuentro sentado ante una mesa cubierta con un mantel pequeño.
  • Un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la estancia.
  • Otro perro fino, negro, luciente el de esta mañana y de todas las horas asoma su agudo hocico por la puerta y luego se cuela con pasito mesurado.
  • La mesonera trae un cuenco de recia porcelana con diminutos pedazos de carne frita.
  • Ya en lo alto, llegamos a un angosto pasillo, torcemos luego a la izquierda, y nos hallamos en un cuarto reducido, con tres mesas de mármol y un ventanillo microscópico.
  • A lo lejos destaca el pueblo con sus techumbres negras y las manchas blancas de las fachadas.
  • Torrijos cuenta con 2.923 habitantes.
  • Las escasas tierras de huerta son regadas con aguas sacadas de los pozos.
  • Los artes con que se extrae de ellos el agua son norias primitivas.
  • Y por la carretera, recta y solitaria, entre las ringlas de olmos desnudos, me encuentro al galgo negro y enjuto, que camina ligero, resignado, con cierto aire de jovialidad melancólica, hacia el poblado triste.
  • Brillan sobre el arroyo débiles franjas de luces que arrojan los portales, y por las callejuelas tortuosas, en todo el pueblo, con clamorosa greguería de gruñidos graves, agudos, suplicadores, iracundos, corren los cerdos.
  • Viven con gran atuendo.
  • Lo primero que ha hecho es vestirse con un hábito de viuda, es decir, con un manto de paño negro común y unas tocas blancas gruesas.
  • Sin embargo, un día le enteran de que allá, muy lejos, en Roma, cuando llevan el Sacramento a los enfermos no lo llevan con la reverencia que es razón.
  • Eso no puede continuar de ese modo! Y decide construir en un templo de Roma una suntuosa capilla, a la cual dota de espléndidos ornamentos para que el Señor sea llevado con decoro.
  • Delante de mí, sentado a esta mesa con pegajoso mantel de hule, en el diminuto comedor de paredes rebozadas con cal azul, hay un señor silencioso y grave.
  • Muestra en su gesto y en sus ademanes como un desdén altivo, como un enojo reprimido hacia esta comida sórdida e indigesta que, poco a poco, con lentitud desesperante, nos van sirviendo.
  • Por la estrecha ventana veo un patio con el brocal de un pozo desgastado, y en las paredes, empotradas, cuatro o seis columnas con capiteles dóricos.
  • ¡Qué diferencia exclamo entre estos pueblos inactivos de la Meseta y los pueblos rientes y vivos de Levante! Entonces mi compañero, que ha callado, como yo, durante toda la comida, me mira fijamente, como asombrado de que haya quien hable así en Torrijos, y replica con voz lenta y enérgica.
  • El problema catalanista, en el fondo, no es más que la lucha de un pueblo fuerte y animoso con otro pueblo débil y pobre, al cual se encuentra unido por vínculos acaso transitorios.
  • Las vigas son unas enormes palancas que, con un peso a uno de sus extremos, oprimen la pasta de aceituna molida, colocada en los cofines cerca del otro extremo, casi en el punto de apoyo.
  • En cambio, Logroño, la capital de la región, cuenta con 24 vigas y 35 prensas de husillo, a más de 3 hidráulicas.
  • Maqueda cuenta con 250 hectáreas de olivares.
  • Usando vigas, la extracción del aceite se prolonga doble tiempo que se tardaría con la prensa.
  • La que se retira de las vigas, en cambio, queda con una parte considerable de aceite que no es utilizado.
  • Contemplar el mismo paisaje que columbraron Cervantes o Lope, posar en los mismos mesones, charlar con los mismos tipos castizos arrieros e hidalgos, peregrinar por los mismos llanos polvorientos y por las mismas anfractuosas serranías.
  • Maqueda es un pueblecillo caduco, con un formidable castillo gualdo, con los restos de una alcazaba y la osamenta de una iglesia arruinada.
  • Vocea con voz plañidera un vendedor de periódicos.
  • Y las portezuelas se cierran con estrépito, a intervalos.
  • Un señor embozado en amplia capa parda mira con fúlgidos ojuelos sobre el embozo.
  • En un ángulo frente al viejo, una joven, trajeada con hábito franciscano, permanece inmóvil.
  • La tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los ámbitos oscuros.
  • La casa es de dos pisos, enjalbegada de yeso blanco, con rejas coronadas por elegantes cruces de Santiago.
  • Sobre el dintel, una ventanilla aparece cerrada por diminuta reja, formada con una redonda cruz santiaguesa.
  • De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas entreabiertas el patio clásico con las columnas dóricas y el zócalo azul, con el evónimus raquítico y el canapé de enea.
  • Se destacan las afiligranadas rejas con la blancura de los muros.
  • Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable estrépito de herrumbres, en dirección a Infantes, donde expiró Quevedo, hacia el antiguo y conocido campo de Montiel, por donde Cervantes hizo caminar a Alonso Quijano la vez primera.
  • Por los cristales veo, enfrente, una ringla de casas bajas enjalbegadas, con las ventanas diminutas, con unos soportales vetustos formados por pilastras de piedra.
  • Camino por las blancas calles de altibajos solados con guijarros.
  • De cuando en cuando aparece un caserón enorme, dorado, negruzco, rojizo, con la portalada monumental de sillería.
  • Otras dos columnas a una y otra banda del hueco rematan en un clásico frontón triangular con las cornisas de enroscadas volutas.
  • A la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la portada clásica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejanía, entre su delicada membratura, el ramaje seco de un álamo erguido en la llanura inmensa.
  • Pasan labriegos con sus largas cabazas amarillentas, de cogulla a la espalda.
  • Luego, de tarde en tarde, una vieja, vestida de negro, arrugada, seca, pajiza, abre una puerta claveteada con amplios chatones enmohecidos, cruza el umbral, desaparece.
  • Una mendiga, con las sayas amarillentas sobre los hombros, exangüe la cara, ribeteados de rojo los ojuelos, se acerca y tiende su mano suplicante.
  • Y a todas horas, por todas las calles, van y vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con cántaros.
  • Al otro se destaca, recia, la iglesia de sillares rojizos, con su fornida y cuadrilátera torre achatada, y enfrente, en la ringla de casas de dos pisos, corta la blanca fachada, de punta a punta, todo a lo largo, un balcón de madera negruzca, sostenido por gruesas ménsulas talladas, y encima, en el piso segundo, se destaca, salediza, una vetusta galería.
  • A uno y otro lado se alzan los negros caserones con sus rejas gruesas y balcones volados.
  • Y otra iglesia, también ruinosa, también cerrada para siempre, muestra su fachada con medallones y capiteles clásicos.
  • Andando, andando, doy con el campo.
  • Un viejo camina con su borrico, cargado con los cántaros, hacia la fuente.
  • Y después añade con tristeza.
  • Y entonces el viejo a quien yo he preguntado mueve la cabeza con su gesto característico y replica filosóficamente.
  • Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin árboles, con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una sentencia irremediable.
  • El patio aún subsistente es pequeñuelo, empedrado de guijos, con cuatro columnas dóricas, con una galería guarnecida con barandado de madera.
  • Y esta puerta franquea una reducida estancia, cuadrada, de paredes lisas, húmeda, de techo bajo, con una diminuta ventana.
  • Contaba el pueblo en 1575 con 1.300 vecinos.
  • Contaba entonces la Alhambra con una población densa de caseríos y granjas.
  • Y en 1575 existían en sus dominios las aldeas de Laserna, con 15 o 16 casas.
  • La Nava, con 15.
  • El Cellizo, con 10.
  • Pozo de la Cabra, con 15.
  • La Moraleja, con 12.
  • Santa María de las Flores, con 12.
  • Chozas del Aguila, con 8.
  • ¿Cómo era posible que teniendo los señores lejos sus tierras las cultivasen con el amor y la atención con que, en el caso de verse libre de sus prejuicios antieconómicos, las hubiesen cultivado bajo su inmediata dependencia?
  • Y cuando hayamos ensamblado y considerado todos estos motivos de ruina que han convergido sobre este pueblo, como sobre infinidad de tantos otros, todavía habremos de juntar a ellos, como calamidad suprema, otra poderosísima que inaugura la Casa de Austria, con Felipe II, y persevera con intensidad ascensional hasta estos tiempos.
  • ¿Cómo con esta pobreza pudiera mantenerse tan complicada y costosa máquina administrativa?
  • Delante tengo la inmensa llanura de roja arena que se pierde en el infinito con suaves ondulaciones.
  • Parece ser que una simple decisión del gobierno acabará con él.
  • Pasan por las calles largas procesiones de penitentes, Cristos lacios y sanguinosos, Vírgenes con espadas de plata.
  • Entran, salen, discurren por las calles devotas con mantillas negras, hombres con capas amplias, que se quejan, que sollozan, que hablan de angustias, que piensan en la muerte.
  • Y la idea de la muerte, eterna, inexorable, domina en estos pueblos españoles, con sus novenas y sus tañidos fúnebres, con sus caserones destartalados y su ir y venir de devotas enlutadas.
  • La entraña de un país no puede renovarse de un día para otro con un simple real decreto.
  • Ya se pensó en esto (con más valentía que ahora) en el siglo XVII.
  • Era un señor grueso que salía cargado con unos paquetes de un ultramarinos.
  • ¡Sarrió! Y entonces el hombre gordo ha vuelto la cara, una cara con ojos pequeños y ribeteados de rojo, y he visto tristemente que no era Sarrió.
  • ¡Y no lo veo! Y como ya es de noche y me siento fatigado por el precipitado trajín, por el viaje, por el cansancio, me retiro a casa con ánimo de acostarme.
  • Procuro no molestar con el ruido de mis pasos.
  • ¿Quién será éste que aplaude con tal saña?
  • Pero Sarrió está disgustado con este sombrero.
  • Excusamos decir la algazara que con tal motivo se promovió en la elegante sala del Español.
  • ERA a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con ella, a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba Ramiro.
  • Mas tuvo que contenerse al tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban mudamente de seriedad.
  • Con esta pareja no se juega, parecía decir con sus miradas silenciosas.
  • Con que te lo sea a ti, basta.
  • Dile, pues, que sí y no andes con más coqueterías, que eso es feo.
  • Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa, dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural.
  • Además se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo ¿para qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos?
  • Con esos ojazos tristes los de mi hermana, los de mi madre, Dios las tenga en su santa gloria! ¡Esos ojazos de luto que se le meten a uno en el corazón.
  • Muy serios, sí, pero riéndose con el rabillo.
  • ¡no diga usted más bobadas, tío! ¡El demonio de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con su hermana, a oirme aquel sermoncete.
  • Pero nada, ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
  • Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba para protección y guía con su hermana.
  • Esta chica o hace un gran matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en la cara.
  • Y un día fué Gertrudis la que, después que Rosa se levantó de la mesa fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le dijo.
  • Porque como es hombre de vergüenza y de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha comprometido ya.
  • II ¿PERO qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa?
  • ¡sí o no! Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz tartamudeó.
  • ¡pareces un confesor! Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo.
  • Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la otra, con la hermana.
  • Dijo con labios que le temblaban.
  • Nací con esa gravedad encima, dicen.
  • Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.
  • ¡Tula! ¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu mujer y madre de tus hijos.
  • Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?
  • Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así?
  • Y con tu consejo.
  • ¡Yo haré una buena tía, y basta! Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolución, exclamó.
  • Me has dicho que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella.
  • Si la quieres, a casarte con ella, y si no la quieres, estás de más en esta casa.
  • III DON Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa.
  • A comer con ellos alguna vez.
  • Allí está, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una silla de respeto.
  • Te darán antojos replicó con más firmeza.
  • Y al oir en respuesta un susurrado ¡sí! abrazó a su hermana con una efusión de que ésta no la creía capaz.
  • Recojiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa lo lavó y envolvió en sus pañales.
  • Y al ir a besar a aquel rollo de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla, encendida, con la de Gertrudis.
  • Poco después ponía Gertrudis cuidadosamente el niño al lado de la madre, que parecía dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve.
  • Pero Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana.
  • Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento.
  • A la vez extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se le mostraba esquivo.
  • Y cojiendo a su marido, echándole los brazos al cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento que se lo quemaba.
  • Colgóle al cuello desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con su Niño en brazos.
  • Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía.
  • Gertrudis le amortajó después de haberle lavado quería que fuese limpio a la tumba con el mismo esmero con que había envuelto en pañales a sus sobrinos recién nacidos.
  • Y a solas en el cuarto con el cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo.
  • Es verdad, sí dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas, como sencillo no he conocido otro.
  • ¿Qué quieres decir con eso, Tula?
  • El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra, con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre.
  • ¡Y ahora, Rosa, el rosario! Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años, con dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de su madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro padrenuestro y otra avemaría por el alma del recién bienaventurado.
  • Besaron, primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y abrazáronse luego con los ojos ya enjutos.
  • ¡a darnos muchos hijos! Y ahora le respondió Rosa te vendrás a vivir con nosotros, por supuesto.
  • Pero te vendrás con nosotros.
  • Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con el niño ya levantado, pero no así sus padres.
  • Y hasta consiguió llevárselos más de un día a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja criada que fué de don Primitivo, y donde los retenía.
  • Y los pequeñuelos se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave.
  • Como no te veo con afición a ello.
  • Le tomó del brazo con sus dos manos y se incorporó y levantó trabajosamente.
  • Luego, tendiéndole un brazo por el hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en éste con ella y cojiéndole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fué lentamente, así apoyada en él y gimoteando.
  • Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un hilito de voz febril, le dijo cojiéndole la mano.
  • ¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no tendrán madrastra! ¿Qué quieres decir con eso, Rosa?
  • Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú le faltas.
  • ¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no.
  • Vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño! Pero, Tula.
  • Encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón era el derecho, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo.
  • Un milagro, Virgen Santísima gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas.
  • Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendida ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo.
  • Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón.
  • Rosa no era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recojida y mansa.
  • Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz.
  • Tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.
  • Aquel cojerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le decía.
  • ¡Calla, déjale que hable! Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles.
  • ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?
  • ¡había vencido! Y entonces fué cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  • No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma.
  • No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios.
  • Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta.
  • No podía juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de veras y por entero suya también.
  • Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios en flor entreabiertos vió al amor hecho carne que vive.
  • ¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía.
  • Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en premio, diciéndose.
  • Mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos apacibles.
  • En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz.
  • Quería abrirse con las uñas la garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire.
  • Luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en la cama donde había concebido y parido sus tres hijos.
  • Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el niño.
  • Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre.
  • En sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una congojosa sensación de vacío.
  • Y tendía la mano, recorriendo con ella la otra mitad de la cama, apretándola algunas veces.
  • Sí añadió ella, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de los chicos.
  • No le dejaba dar el pecho al pequeñito delante del padre de éste, y le regañaba por el poco recato y mucha desenvoltura con que se desabrochaba el seno.
  • Hay que acostarse con sueño.
  • Así me pasó con mi tío y así me ha pasado con mi hermana, con tu Rosa.
  • Y evitaba luego encontrarse a solas con su cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
  • Es que yo soy chico y tú no eres más que chica oyó que le decía un día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.
  • Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.
  • No sabes bien con cuánta pena te lo digo, pero no pueden continuar nuestras relaciones.
  • Me cuesta mucha pena porque sé que habría llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que sufrirás con esto.
  • Casándote con él, con Ramiro.
  • Ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con otro menos.
  • Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse.
  • Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un hogar sin misterios.
  • No quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos.
  • Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia?
  • ¿Es justo que me reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero de un alma llena de cuerpo?
  • Lo primero que se le ocurrió a la tía fué ver si con su boca, chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con el de ciertas culebras.
  • Su cabeza reñía con su corazón, y ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de su espíritu.
  • ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría.
  • Y si lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme.
  • Jamás, ni aun allí donde no los conocían es decir, allí menos se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con su cuñado, solos los dos.
  • Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado.
  • Los niños, descalzos, entreteníanse, después del baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo e indeciso que por la arena desaguaba en el mar.
  • Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia veraniega y parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con su cuñada.
  • Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre, con los que era mayor allí la convivencia.
  • Gertrudis sufría al ver la atención con que los pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del averío.
  • XII AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual.
  • Sus normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero las interpretaba a su modo.
  • No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre Alvarez, su congoja.
  • Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de carne y de sangre con él.
  • Y es dura con él, muy dura.
  • ¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre.
  • Muchas veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma.
  • Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de tener hijos con él, ¿no es así?
  • Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me habría casado con él para tenerlos.
  • Casarte con ella.
  • ¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una hospiciana?
  • Cásate con ella, te he dicho.
  • Rosa, tu mujer, te dice por mi boca que te cases con la hospiciana.
  • La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
  • No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir.
  • O, mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso.
  • Consúltalo siquiera con el padre Alvarez.
  • Lo he consultado con Rosa.
  • Sí, tú si no te casas con ella.
  • ¡Gertrudis! Cásate con ella, y se acabó.
  • XIV UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana.
  • Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a comer con los de casa?
  • Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y sobre todo con los niños.
  • ¿Por qué le tratas con ese cariñoso despego y como a una carga?
  • Y Ramiro muy malhumorado con ello.
  • Como si uno no tuviese bastante con los otros.
  • Cargará con cinco.
  • Con todos los que Dios me mande.
  • Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don Ramiro volverá a quedar libre y miró fijamente con sus ojillos grises a Gertrudis.
  • Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos golpecitos añadió con un suspiro.
  • Esta cuñadita contaba con volver a tenerle libre a su cuñado.
  • Tú me casaste con Rosa.
  • ¡Adiós, mi Tula!, rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro.
  • Le amortajó como lo había hecho con su tío, cubriéndole con un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle ésta, y luego, quebrantada por un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento su boca a la boca fría de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida.
  • Su tío, el buen sacerdote que les crió, cumplió su misión en este mundo, protegió con su presencia la crianza de ellas.
  • Sí, también Ramiro hizo su travesía, aunque a remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y sufrió, pero con noble sufrir, y pecó y purgó su pecado.
  • Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crías, y bregando, para la última, con amas.
  • Tengo que estar alerta se decía Gertrudis para cuando en él se despierte el hombre, el macho más bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento.
  • Le observo a usted singularidades que me hacen temer que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
  • Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos.
  • Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
  • Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy claro, y es usted la que me atrae.
  • ¿No le he tratado con demasiada dureza?
  • Y volvió a santiguarse, esta vez con verdadero temblor.
  • Y seguían en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso.
  • Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza.
  • Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo desde París, donde los compran.
  • Y la tía Tula, con su voz más seria y delante de todos, le contestó.
  • La cual, sumisa siempre como una res, y ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fué con el hombre, fué con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis.
  • Y fué Gertrudis la que le obligó a casarse con aquélla, quien se plantó en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo.
  • ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió la muerte de su hijo.
  • ¿Y qué tiene que ver esto con aquello?
  • Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de alquiler, buscándole un pecho mercenario.
  • Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera, pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición.
  • Y así es como se vió desde un principio en conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que cambiar de ellas cada cuatro días.
  • Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual.
  • Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra éste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba aquélla pidiendo alimento.
  • Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella mancha era inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían dolorosamente con ello.
  • Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones.
  • Y así satisfacía aquella ansia por saber que desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase alguna vez con Eva.
  • Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría.
  • Años después, ya mayor Ramirín, y cuando el polvo que fué la carne de su tía reposaba bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo cinco poliedros regulares.
  • , sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué bonito! ¡Y no puede ser de otro modo, tiene que ser así!, y al decirlo me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella misma había construído, con sus santas manos, que eran prodigiosas para toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley de los cinco poliedros regulares.
  • ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la demostración.
  • Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de veras le dirigiese.
  • Una con mi hermana, otra vez con otra.
  • Nada de eso de hablo con Fulana.
  • ¡Una hija más! Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era con ésta con la que tenía sus confidencias.
  • ¡Claro, como criada con biberón! El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan poco.
  • Y como si viese con los dedos, añadía.
  • ¿Crees que no podrías con eso?
  • ¡Ah!, yo tengo la culpa se dijo Gertrudis, yo que con esto de la parejita de mi ensueño me he descuidado de esa pobre avecilla.
  • Y cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce recuerdo, casi borrado para la encamada.
  • Volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita.
  • Toda la casa vió con asombro la revelación de aquella niña.
  • Con Rosita y Elvira basta.
  • Ella tiene la sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti yo te casé con mi hijo.
  • Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le volví a casar con la madre de Manolita.
  • XXII LA tía Tula no podía ya más con su cuerpo.
  • El alma le revoloteaba dentro de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las nubes.
  • Allá arriba, estando con ellos soñaba sabré cómo es, y si es niño o niña.
  • Sacó el brazo de la cama, lo alargó como para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó con los claros ojos empañados, le dijo.
  • ¡La verdad! Si con ello consiguiera.
  • De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca.
  • Que por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que voy cayendo y no saldré flotando.
  • ¡Si no lloro! y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la medicina.
  • El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía.
  • Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza.
  • Y hasta las alas se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él.
  • En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con fango.
  • Sí, con fango.
  • Les queman con estiércol ardiente.
  • Les lavan con porquería.
  • No, sino que empezó a vivir en la familia, e irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con la vida eterna de la familiaridad inmortal.
  • De un lado, Rosita, la hija mayor de Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada y no con su hermano, no con Ramiro.
  • De otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y Manolita.
  • Ella guardaba, con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la Tía, y algunas cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo.
  • La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron trasmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías.
  • Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías.
  • Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos chiquillos.
  • Pues no repitas con la Tía le arguyó Enrique aquello del Evangelio de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos.
  • ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles una intención que les falta?
  • Poníase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello.
  • Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en ella, ya reventará! Y la preocupada sufría con ello.
  • A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido.
  • Yo no sé, Manuela le decía a ésta Caridad, su cuñada qué hacer con Rosa.
  • Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro.
  • ¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito! Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro mi hermano, sino siempre.
  • Con el acento que ahora le pones la tía aquí eres ahora tú.
  • Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio que se te presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese celos, no a dárselos tú.
  • No te tapes así la cara con las manos.
  • Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia inmortal, le dijo.