¿Necesitas buscar frases que contengan las palabras dios y mio aquí tienes ejemplos de oraciones con estas 2 palabras.
Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.
- Temía que Dios la castigase por su orgullo.
- ¡Dios mío, qué soso era! Ya tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino que usted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie.
- Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!, cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme a tu casa.
- Pero al fin no tenían más remedio que humillar su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían por Dios que las dejase catarlo más.
- , a no ser lo que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les chorrea por la corteza todo el azúcar.
- Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.
- Ved por dónde aquella señora se convirtió en sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus dudas, allá como Dios le daba a entender.
- A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los años.
- Dios me protege, que si no.
- Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo.
- Pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia, diciendo.
- Pasábanse el día entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas tácticas.
- Todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella bendita labia que Dios le había dado.
- Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en la iglesia de Daganzo de Abajo.
- ¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!
- Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que iban a estar en la gloria.
- Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.
- Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy dispuesto a la resistencia.
- Pero las consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor.
- Gracias a Dios, hombre.
- Lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?
- No te muevas, no me dejes solo, por Dios.
- ¡Oh! Dios mío.
- Juan, por amor de Dios, sosiégate.
- Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando.
- ¡Por Dios y por tu madre! dijo al fin movida del cariño y del miedo, no me cuentes más.
- ¡Dios mío, cómo me puse!
- He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
- Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les debe nada.
- Dios, que les diera tantos bienes, habíales privado de aquel.
- No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que no te dé más.
- Dios estaba ya chocho sin duda.
- Cuando Dios se los diera.
- Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que no tenía gusto para nada.
- ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los chiquillos que en número infinito tiene por allá?
- Vaya, quedaos con Dios decía doña Barbarita, levantándose de la silla a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.
- Plácido, Dios le guarde.
- Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la horca.
- Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer.
- ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!
- Gracias, Dios se lo pague.
- ¡Todo sea por Dios! exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo imperturbable a su trabajo.
- Por Dios, hijo decía Don Baldomero con inocencia, si eso no puede ser y sacaba a relucir los jamases de Prim.
- ¿De qué provendrá esto, Dios mío?
- Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y la suya puesta sobre las sábanas.
- Dios no sabe lo que se hace.
- Ese señor Dios será todo lo sabio que quieran.
- Ríete, por amor de Dios.
- Por Dios, tengan compasión de mí, háganme llevadera esta vida.
- Como Dios es mi padre, yo he de saber lo que hay de verdad en esto, y si.
- Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.
- Hija, por Dios, ve allá.
- Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué.
- Nada en gracia de Dios.
- Otras salían arrastrando zapatos en chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.
- ¡Qué tropa, Dios! exclamó la zancuda con indignación de celador de ornato público, que no causó efecto.
- ¡Bendito Dios!
- Pero, ¡re Dios!, señá Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas.
- ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han puesto!
- Dios les guarde, caballeros.
- Dios le guarde.
- ¡Vaya un amigo que me perdí! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo leitoral, ni Dios nos tosía, ni Dios, ¡hostia!
- ¡adúuultera! Hombre de Dios dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo, que aquel día no era pintura, sino costura, tú has comido, ¿verdad?
- Por Dios, papá dijo Rosita, que había entrado detrás de su padre, no nos asustes.
- ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura.
- Eran como los del Niño Dios pintado por Murillo.
- ¡Bendito Dios! exclamó Rafaela rompiendo a reír.
- Pero, hombre de Dios, ¿todavía les quiere usted más libres?
- Mi marido es bueno como los panes de Dios.
- Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo.
- ¡Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad.
- Manía tonta, porque cuando Dios no quiere darlos, Él se sabrá por qué.
- Por nada, sí, alma de Dios, y con agradecimiento encima.
- Y sin embargo, desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su para qué en este taller admirable del trabajo universal.
- Si no, Dios y San José les amargarán el premio.
- ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios.
- Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razón al Sr.
- Quédese con Dios.
- ¡Ay Dios mío! exclamó Benigna.
- Se puede asegurar que ni cuando el sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax.
- ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles la cabeza a las figuras del nacimiento.
- Seremos falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude.
- ¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy! exclamó Barbarita en tono de consternación.
- ¡Válganos Dios lo que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de la jofaina llena de agua para que nadase como un pato.
- Pero estaba de Dios que no pudieran salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban.
- Por Dios, no me digas eso murmuró Jacinta, después de una pausa en que quiso hablar y no pudo.
- ¡Ay Dios mío!, ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra de Izquierdo.
- ¡Ay, Dios mío, qué gracioso!
- ¡Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana.
- Gracias a Dios que estamos solos otra vez dijo el compinche después que la vio salir.
- ¡Ay Dios mío!, entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro violentísimo.
- ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido.
- Se la llevó Dios en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda.
- Dios las diera.
- Dios nos asista.
- Por Dios, ten mucho cuidado.
- ¡Gracias a Dios que encontraba en su camino una persona decente! Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las fuerzas creadoras de la Naturaleza.
- Has de ser mía ante Dios y los hombres.
- Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna aumentaba, sabe Dios cuánto.
- Todo sea por Dios murmuró por decir algo.
- Yo me caso, me caso, y me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios.
- El pobrecillo es un bendito de Dios.
- Dios me favorezca.
- ¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!
- ¡Dios, con la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a abrirle su amiga con semblante risueño.
- Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.
- Dios me perdone.
- Dios sabe lo que iba a contestar el acusado.
- No hay novedad, a Dios gracias.
- Quédate con Dios dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al saludo con un ju ju.
- Si no discurriera tanto como discurro, calentándome los sesos a todas horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha dado, ¿qué habría sido de ti, ingratuelo?
- Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted tan enojada es, según voy viendo, una acción noble, y mi conciencia me la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de mí diciéndome.
- Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado dijo Maximiliano con fe.
- En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y sabía dar a Dios lo que es de Dios y al César, etc.
- Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita.
- Todo sea por Dios se dejó decir Nicolás suspirando.
- Dios nos tenga de su mano.
- El Jueves salieron Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San Bernardino.
- ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas son estos curas.
- Si no tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios les decía, y no os habéis de condenar por malas, sino por puercas.
- Cállate ya por amor de Dios y no marees más.
- Tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres en el Cielo con tu patita coja.
- Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me perdone.
- La custodia, sabe usted, la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá.
- Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado.
- Belén ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir.
- No podías pedir a Dios que te cayera mejor breva.
- Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver.
- También decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y que Dios es hermosismo en sí y tal como el alma le ve.
- ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!
- Pues, hija arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.
- ¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una.
- Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te iluminará y te dará su gracia.
- No traía el niño Dios en brazos.
- No traía nene Dios.
- Porque hayas sido muy mala no vayas a creerte que Dios te niega su perdón.
- Ya sabrán quién es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios.
- ¡oh, mi re Dios de mi alma que yo.
- Por fin, gracias a Dios, pudo abrir la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote.
- Orgullo y alegría inundaron el alma de la atrevida mujer al mirar en su propia mano la representación visible de Dios.
- Y que el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras muchísimo más perversas se había valido Dios para sus fines.
- Dios nos dé paciencia.
- ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse loca.
- ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba respondía la tarasca con aullidos salvajes.
- Retírate por Dios, mira que está loca y no repara.
- Hija, hay que irse acostumbrando a hablar como Dios manda.
- Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios.
- Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían, confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le daba a entender.
- Vaya por Dios.
- Vaya por Dios repitió Patria, como si dijera.
- Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí.
- Sabe Dios hasta dónde.
- Dios no me hace caso.
- ¡Dios!, el otro.
- ¡bendito Dios!
- ¡Dios te lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.
- ¿Ese alma de Dios te da todo lo que necesitas?
- Pues de Dios, de.
- Dios no quiere y ella se empeña en que sí.
- Dios sabe lo que iba a decir.
- Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien y portarse mal todo es lo mismo.
- ¡qué ha pasado, Santo Dios!
- ¡Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más gordo.
- ¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de pensamiento.
- Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha prendado de cualquier pelagatos.
- Allá se entenderá usted con Dios.
- En nuestros cafés se habla de cuanto cae bajo la ley de la palabra humana desde el gran día de Babel, en que Dios hizo las opiniones.
- Dios nos asista.
- Esta tarde Romero Ortiz salió del ministerio a las cuatro, y al pasar en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, paró el coche, el amigo entró, y fueron.
- Y después, sabe Dios.
- En cambio, Feliciana y Olmedo iban con más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San Juan de Dios.
- Ved aquí por dónde doña Nieves y las placeras sus amigas, Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera simiente de aquel Evangelio al natural.
- ¿Y Dios?
- Re Dios, qué compromiso.
- Dios le conserve.
- Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de Dios.
- Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado, que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios.
- Porque si yo viera que coqueteaba con otros hombres, anda con Dios.
- Sabe Dios a qué hora vendrá.
- Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!
- Me refiero a la falta de maderas en los balcones y ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede usted pegar los ojos.
- Dios me lo perdone.
- Pero en fin, allá se entenderá con Dios.
- Quédate con Dios.
- Para pedirle a Dios chiquillos.
- Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!
- ¡Dios, con la que yo hice!, ¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era nada, cuando yo me ponía triste.
- ¡Ay, Dios mío! murmuró el buen Don Evaristo con hondísimo disgusto.
- ¿Y cuando se empeñaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceñidos, tan ceñidos que con ellos parece que enseña una todo lo que Dios le ha dado?
- ¡Ay Dios mío, a mi edad!
- Si hubiera caído en mis manos, en vez de caer en las de ese simplín, ¡qué facetas, Dios mío, qué facetas le habría tallado yo!
- Pidámosle a Dios que no te busque, por si acaso.
- ¡Ay de mí, que aún me falta un tramo! Dios nos asista.
- Pero en su frugal colación gozaba viendo comer a su protegida, cuyo apetito era una bendición de Dios.
- Por supuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna, quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios.
- Y volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de él emana.
- Señor Don Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de Villalonga le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle paso sino a cambio de una promesa.
- Entonces no veía a Dios en mí.
- Yo juro por Dios, en quien siempre he creído, que el cariño paternal es lo que me la hace derramar.
- Y con chiquillos, ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás, y no harás más tonterías.
- Yo creo en Dios dijo, y tengo acá mi religión a mi manera.
- Él aseguraba que no se moría de aquel arrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posible que Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas y muy peregrinas cosas.
- Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia.
- Me está haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la Santísima Trinidad.
- ¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra! dijo Don Evaristo llamándole cuando ya estaba en la puerta.
- Por Dios y todos los santos, no me olvide usted a ese desdichado.
- Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil, pidiendo a Dios que viviera.
- Y si el tal no se va a matar moros, sabe Dios si.
- ¡Dar una canonjía a un clérigo joven, que entra en su casa a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el café con los curas de caballería que andan por ahí sueltos y sin licencias! Pero en fin, allá te la dé Dios, y si pescas el turrón, hijo, buen provecho, y escribe en llegando, y no parezcas más por aquí, egoistón, tragaldabas.
- ¡Si comparado con sus hermanos, Maximiliano es un ángel de Dios y un talentazo.
- Dios mío, o dame una luz clara sobre esto, o quítame esta grillera de mi cabeza.
- Lo que está de Dios que sea, será.
- ¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso?
- ¡lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!
- ¡Dios que haces posible lo imposible! En la sala estaba Fortunata, en pie, lívida como los que van a ser ajusticiados.
- Maximiliano no cayó redondo por milagro de Dios.
- Estoy dejado de la mano de Dios.
- Y por Dios, no me des más jaquecas.
- Pero no me deis más jaquecas, por Dios, no me deis más jaquecas.
- Por Dios, no me deis más jaquecas.
- Por Dios, no me deis jaquecas.
- Aquel ascetismo y aquel ver a Dios en sí fueron nada más que obra fugaz de la tristeza, o quizás de las circunstancias, y existían en su mente como esas lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los apuros del examen.
- ¡Dios mío! se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla, ¡si parece un hombre.
- Mañana recibirás a Dios.
- Dios se lo pague a usted.
- Se necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y ayuda sujetarla.
- ¡Sabe Dios las misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con esta misma Mauricia tal vez.
- Calle por Dios, señora.
- Haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, y Dios verá.
- ¡Cosas del espíritu, que no las entiende más que Dios! Mauricia parecía melancólica y sosegada.
- No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y que reparta muchas caridades.
- Ii Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios, ya estaba allí la fundadora.
- No clavetee usted más, por Dios.
- Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar es de Dios.
- Pero cállese usted hombre, por amor de Dios esto se lo decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento.
- Por amor de Dios.
- Y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te pondrías donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandísima ladrona.
- ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro.
- Recibes a Dios, y ves a tu nena.
- No lo hacías así cuando recibías a Dios.
- Por Dios, vea usted de reducirla.
- Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?
- Pues a cuenta que lo mismo estarás tú, y Dios te dará lo tuyo.
- Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los perdona cuando una se arrepiente de verdad.
- Dios te oiga.
- En un puro delirio hasta que Dios amaneció.
- Dios se lo pagará.
- Quite usted allá, por Díos, hija.
- Por Dios, déjeme usted que la ayude.
- ¡Qué humanidad, Dios mío! Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauricia dormía profundamente.
- Dios se lo pagará a usted.
- ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán?
- Dios es testigo, y si no, pregúntale.
- Cerrando los ojos, invocó a Dios y a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella insana antipatía.
- ¡Y yo creí que le iba tomando cariño! ¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo.
- ¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile dijo doña Lupe, que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera boca.
- Por fin quiso Dios misericordioso que las Samaniegas se marcharan.
- Dios te lo pague, hija de mi vida.
- Estoy lucido, como hay Dios.
- Si Dios no quiere darnos una criatura, él se sabrá por qué lo hace.
- Guillermina estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a nosotros.
- Entonces Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza.
- Guillermina, alzando la voz, decíale que se abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una llorar.
- ¿Usted no sabe que Dios les casó y su unión es sagrada?
- Abra esos ojos, por amor de Dios.
- Llénese usted de paciencia, cumpla todos sus deberes, confórmese, sacrifíquese, y Dios la tendrá por suya, pero por muy suya.
- Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos embustes como dice.
- ¡Qué confusión, Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas.
- ¡Cuándo querrá Dios que acabes tu dichoso asilo, a ver si descansa el género humano! Mira, no sabes lo antipática que te haces con tus petitorios.
- ¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para nada.
- Jacinta por Dios dijo Moreno echando la firma al documento, y sáqueme de este Calvario.
- A ver, rico avariento, dé usted para la obra de Dios.
- ¡Si es un angelote, un bendito, un alma de Dios.
- ¡por Dios! ¿Pero qué le importa a usted?
- Calle, cállese por Dios.
- Por Dios.
- Con esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me vaya.
- ¡Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una farsa, una mentira.
- ¡Dios mío, qué sola estoy! ¡Por qué te me has muerto, amiga de mi alma, Mauricia!
- El carretero de la carne pone a Dios de vuelta y media.
- Gritos, leña, y el carromatero empeñado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la Virgen, a la hostia y al Espíritu Santo que no hay por dónde cogerlos.
- Dios nos tenga de su mano.
- Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor de la familia.
- ¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba discurriendo la combinación que le pondría al vestido.
- ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?
- ¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío! exclamó la joven, con semblante y ojos iluminados.
- Lo que tú tienes, nena negra, es toda la sal de Dios (besándola con romanticismo).
- Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted.
- ¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana! pensó la esposa.
- ¡Dios mío! ¿De qué le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas?
- ¡Qué conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!
- ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene defensa contra tanto enemigo.
- En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.
- ¿Qué infierno es este, Dios mío?
- Pero alma de Dios, si va ella contigo.
- Sabe Dios.
- Todo sea por Dios.
- ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una verdadera mina.
- ¡Dios, qué píldoras!
- ¡Gracias a Dios que haces algo de provecho! declaró doña Lupe, recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era enteramente febril.
- ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo siempre impersonal?
- ¡Hijo, por Dios! dijo Fortunata acercándose, no discurras esas cosas que dan dolor de cabeza.
- Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga de acá o venga de allá?
- ¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar mucho.
- Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga volviéndolos tontos.
- Hay una escena en que todos se desmayan, porque sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le fusilen.
- La moraleja de la obra es que sin religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de Dios, que es el alcaloide de la cursilería.
- ¡Vive Dios que pudo ser!
- Dios tenga compasión de mí.
- ¡Ay, Dios mío, era un cuchillo!
- Guarda eso, por Dios.
- El verdadero ojo de boticario, la bendición de Dios.
- Si no tengo sueño, a Dios gracias.
- Sabe Dios dijo para sí.
- Sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos.
- ¡Dios mío, qué hombre!, es absurdo.
- Buen cumplimiento nos dé Dios.
- El modelito, el ángel, la mona de Dios.
- Ya Dios las había hecho a todas iguales.
- Gracias a Dios que he subido el repecho.
- ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo que yo le decía anteayer a Don Alfonso.
- ¡Dios mío, lo que falta todavía!
- Pepe, por Dios, mira que esto es serio, muy serio.
- ¡Ay, Dios!, que no me oiga Guillermina.
- ¡Ay! Dios, si me muero, y el pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta gracia.
- Gracias a Dios que tomo una resolución.
- Te asombrarás si te digo que desde la madrugada se me ha metido aquí un sentimiento desconocido, algo como ganas de hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad.
- Creo que Dios te toca en el corazón dijo la dama guiñando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tenía el libro de misa y el rosario.
- Cree que si me quisieran yo me quedaría aquí, yo sería bueno, y por darte gusto a ti y a tus amigas, me haría muy religioso, muy amigo de Dios y de la Virgen.
- Yo le pido a Dios que me dé la más asquerosa de las enfermedades, y.
- Y yo te juro que te aburrirás más si no vuelves a Dios tus miradas.
- Ten un cuarto de hora de arrojo, y ofrécele a Dios lo que te queda de vida.
- ¿Por qué no dedicas tu dinero, tu actividad y todo tu espíritu a una obra grande y santa, no a una obra pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de Dios?
- Todo sea por Dios.
- Ser desgraciado y no volver los ojos a Dios es lo último que me quedaba que ver.
- Roe que te roe me estaré yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una peluca, le diré.
- Vaya por Dios.
- Y su Dios, aquel buen Señor que está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima, aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera.
- Quédese con Dios.
- Créete, como Dios es mi padre, que la mona del Cielo le quería también, y tenían sus citas.
- ¡Bendito Dios, qué cara me puso! ¡Ah!, el amor propio y la soberbia le salían a borbotones por la boca.
- Y yo no puedo vivir así, Dios mío.
- Justo castigo de Dios.
- ¡Si Dios quisiera que se pusiera bueno.
- Pero cómo va Dios a hacer nada que yo le pida.
- ¿Qué sería, Dios, qué sería?
- Dios, ¡qué hombre! ¿Será farsa todo esto de la locura?
- ¡Ay, qué miedo me ha entrado! Dios mío, líbrame de esta tribulación.
- Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios.
- Hasta sabe Dios cuándo.
- ¡Ay, Dios, qué malo era, y qué sucio y qué feo! Las puertas parecía qué tenían un dedo de mugre, el papel era todo manchas, los pisos desiguales.
- Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que hagamos?
- Dios la perdone.
- ¡Pero qué malo está esta noche! ¡Dios, qué malo!
- Maxi repitió hasta seis veces el Dios la perdone, y cuando entraron Leopoldo Montes y otro amigo, se calló.
- Por Dios Plácido, no les eches.
- Daría yo cualquier cosa exclamaba invocando al Cielo, por saber esa verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la sabía se ha muerto.
- ¡ay, Dios mío!, vio a su marido.
- ¡Ah!, gracias a Dios.
- Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy.
- ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!
- La mataré a ella y me mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos de Dios.
- Yo me alegro infinito de verte así, y le pido a Dios que te conserve.
- ¡Ay, Dios mío, si tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No merece que se le mate por delante.
- Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los medios para hacerla efectiva?
- ¡Que no vea yo esto, Dios!
- ¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo estampadas aquí las dos figuras.
- Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre sus dedos el andante cantabile molto expresivo, que si llega a coincidir con el allegro agitato, ni Dios pesca una letra de lo que hija y madre hablaron.
- ¡Qué lección para mi mujer! ¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible.
- Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria.
- ¡Dios! se decía.
- ¡Qué cuña, si no es para esto, qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me levanto la tapa de los sesos, como hay Dios.
- ¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo).
- Fuera de estas tonterías de la crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos se puede casar con semejante inutilidad.
- ¡No acabo de cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato.
- Como hay Dios, que se vuelve loca.
- Bien sabe Dios que esto que pienso, no es porque yo sea interesada.
- Diga lo que quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo que ha hecho.
- Porque Dios me dijo a mí.
- Dios me la quitó y me la volvió a dar tan completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la familia.
- ¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío.
- Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas.
- Dios me devolvió mi razón, y me la devolvió corregida y aumentada.
- ¡Dios mío! exclamó para sí Fortunata.
- Iv Tío, por Dios, tío, despierte usted volvió a decir Fortunata gritando.
- ¿Pero será verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas cosas que dice son farsa para tapar una mala idea?
- ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra.
- Nada, que era verdad, como hay Dios.
- Criatura más perfecta no ha echado Dios al mundo.
- Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo.
- Dios me la ha dado.
- Acatemos la voluntad de Dios.
- Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que disparates.
- Ahora me escabullo, y Dios me acompañe.
- Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios la que se arma allí.
- Aurora, ¡por Dios!
- ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora.
- ¡Dios nos asista!
- Buen entusiasmo nos dé Dios.
- ¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida! Pero qué, ¿no está esa diabla?
- ¡Ah!, ¡gracias a Dios.
- ¡Ángel de Dios!, hace dos horas que está rabiando.
- Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.
- Después que Dios me ha dado al hijo de la casa, no le guardo rencor a la otra.
- Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino diciéndole.
- Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando, y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro hombre, señora.
- Dios mismo había dispuesto su castigo y una lección tremenda.
- Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí.
- Dios es el único que castiga, ¿verdad, señora?
- Dios, realizando la justicia por medio de los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden ofrecer el mundo y la historia.
- Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él da a cada criatura lo que le conviene.
- Sólo Dios mata, y Él es quien siempre enseña.
- Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo.
- Es un don que recibí de Dios.
- Dios me perdone esta barbaridad que voy a decir.
- A donde quiera que mira una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos temerosa de Dios.
- Todo sea por Dios.
- ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande, que no creo que me lo perdone Dios.
- Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la pecadora.
- Dios es el que castiga.
- Pues digo, si lo que Dios no quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le cayó la lotería.
- Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie.
- De que se la lleve Dios.
- Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de Dios, ni nada, no comprende esto.
- Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto.
- ¡Que no venga, por Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?
- Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí, ser santa y querer a este hijo de Dios.
- Si no lo hago, Dios mío, me va a ser imposible ser ángel, y no podré tener santidad.
- ¡Ay, Dios mío! (echándose en la cama, acongojadísima).
- Pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío, que yo sea tan ángel como otra cualquiera.
- Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de nuestras entrañas.
- Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es como hay Dios.
- Hijo mío, Dios me quiere separar de ti.
- Hijo mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque Dios se lo manda.
- Dios la perdone y le dé lo que más le convenga.
- Hija mía, piense usted en Dios y en la Santísima Virgen.
- Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si perdonamos nosotros antes.
- Dios lo verá.
- No me la quite usted, por Dios.
- Está furioso el infeliz, y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con el cual quiere fusilar a las pobres Samaniegas y a otra persona que suele pasear por el barrio.
- También ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco.
- Ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a dónde.
- ¡Quia! Nada en gracia de Dios.
- Mataré, gozaré después de aquel amor inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.
- ¡Ay, Dios mío!, ya siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento vuelve.
- ¡Bendito sea Dios, bendito sea!
- Esto me lo dice mi razón, amigo Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como un faro espléndido.
- Porque el que sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de Dios!, que me la ha de pagar.
- Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me hizo tanto daño.
- Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
- La adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se transmiten a un ser de nuestra raza.
- Hay en él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en Dios y en las cosas divinas.
- 1 ¡Buen día nos dé Dios! ¡Bòn día! Y tras este saludo, cambiado con toda la gravedad propia de una gente que lleva en sus venas sangre moruna y sólo puede hablar de Dios con gesto solemne, se hacía el silencio si el que pasaba era un desconocido, y si era íntimo, se le encargaba la compra en Valencia de pequeños objetos para la mujer ó para la casa.
- Esparcíase por los campos la bendición de Dios.
- ¡Válgame Dios, y cómo se pierde una casa! ¡Tan bueno que era el pobre tío Barret ! ¡Si levantara la cabeza y viese á sus hijas!
- Diez años de abandono habían endurecido la tierra, haciendo brotar de sus olvidadas entrañas todas las plantas parásitas, todos los abrojos que Dios ha criado para castigo del labrador.
- No amaba menos á las cuatro muchachas, unos ángeles de Dios, que se pasaban el día cantando y cosiendo á la puerta de la barraca, y algunas veces se metían en los campos para descansar un poco á su pobre padre.
- Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal.
- ¡Que se lo llevase todo el demonio! Al fin era suyo, bien lo sabía Dios, y podía destruir su hacienda antes que verla en manos de ladrones.
- Y Dios premió su laboriosidad enviándole cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes, según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir pan á todas horas.
- Llovió poco, las cosechas fueron malas durante cuatro años, y Batiste no sabía ya qué hacer ni adónde dirigirse, cuando en un viaje á Valencia conoció á los hijos de don Salvador, unos excelentes señores (Dios les bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de arrendamiento por dos años, hasta que recobrasen por completo su estado de otros tiempos.
- ¡Por Dios, Batiste!
- Porque querían vivir trabajando, sin ofender á nadie, como Dios manda.
- Pero con la ayuda de Dios, han de salir ustedes de aquí como personas cumplidas, sabiendo presentarse en cualquier parte, ya que han tenido la buena suerte de encontrar un maestro como yo.
- ¡Qué modo de hablar, Dios mío! Parece que esto sea una taberna.
- ¡Usted lo pase bien! ¡Hasta mañana si Dios quiere! Acompañábales el maestro hasta la plazoleta del molino, que era una estrella de caminos y sendas, y allí deshacíase la formación en pequeños grupos, alejándose hacia distintos puntos de la vega.
- ¡Por Dios, que cuidasen de Pascualet ante todo!
- Una tarde, la pobre mujer de Batiste apeló á gritos á Dios y á los santos viendo el estado en que llegaban sus pequeños.
- ¡Y qué novia, Santo Dios! No había mas que oir á los parroquianos cuando parloteaban ante su mesa.
- ¡Mare de Dios! ¡Veinticinco duros!
- Treinta, y bien sabe Dios que nada gano.
- ¡Gran Dios! ¿qué había hecho él para padecer tanto?
- Dios, que lo ve todo, ya daría á cada cual lo suyo.
- ¡hay que resignarse! Nunca sabemos cuáles son los designios de Dios, y muchas veces, del mal saca el bien para las criaturas.
- Ayer hablaban pestes de usted y su familia, y bien sabe Dios que en muchas ocasiones les he censurado esa maldad.
- Había que dar gracias á Dios, que le permitía al fin vivir tranquilo en aquel paraíso.
- Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse.
- ¡Gran Dios.
- ¡Válgame Dios, cómo está todo! Comprendo que los pobres no puedan comer.
- ¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por una extraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos, como si alguien fuese a robarla.
- ¡Otra que Dios.
- Don Manuel, ¡por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o se deshonra mi tienda.
- Todo sea por Dios murmuraba suspirando dolorosamente.
- Que bien sabe Dios que a mí no me gustan estos negocios.
- ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia de un ente desconocido.
- ¡Ay, Dios.
- / El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su carita de Pascua estas atrocidades de la melancolía.
- Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañar dignamente a la gallina en su bajada al estómago.
- ¡Vive Dios, que le remordía la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero la cosa se había hecho para comer.
- ¡Qué bien se estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan abundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy agradables a los que tienen casa y cocinera.
- ¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que se encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y de los dos sobrinos! Todos estaban bien.
- ¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios.
- ¿Tú crees que una persona como Dios manda pone la firma, porque sí, al primer judío que se presenta?
- Pero ¡por Dios! que nada sepa la mamá.
- Dios sabe cuántas proposiciones habría perdido la niña por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de un novio, sin decidirse nunca a serlo.
- Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener?
- ¡Dios mío! ¡Qué cosas le diría aquel bruto de las dos estrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcón, a pesar de la música y de lo animada que estaba la plaza.
- ¡Dios mío.
- Pero ¡Dios mío! ¡qué diría la gente.
- ¡Ay, Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una familia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros.
- Pero ¡por Dios! ni una palabra a las niñas.
- Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y económica, la sangre de mis venas le daría.
- Y ahora ¡vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfonía de colores.
- ¡Vive Dios, que se estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía adormecerse! Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.
- Lolita, ¡por Dios! acepte usted esta rodajita de salchichón.
- ¡Gran Dios! No quiero pensarlo.
- Se sentía feliz y lloraba de alegría, de agradecimiento, satisfecha de sí misma, de la bondad con que la trataba Dios.
- ¡Dios mío! ¡Qué peso se quitaban de encima! Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentían una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de acaudalado y filantrópico banquero.
- San Vicente, con el índice imperioso, afirmando la unidad de Dios.
- Pero ¡ay, Dios! estremecíase al pensar lo que aquello le costaba y las terribles intranquilidades del porvenir, ¡Siempre el dinero como eterna pesadilla, amargándole la existencia, a ella que tanto había gastado! Juanito las dejó a la puerta de Las Tres Rosas, para ir en busca de su novia, y ellas, al subir a las habitaciones de los señores de Cuadros, encontráronse con una tertulia formada por todos los amigos de la casa.
- ¡Válgame Dios, y qué cosas me contó! Toda la calle se fija en ella y se burla de su lujo y sus pretensiones.
- Y cerraban el desfile las heroínas bíblicas, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento, que salvaban al pueblo de Dios cortando cabezas o perforando sienes con un clavo, representadas todas ellas por mancebos barbilampiños, embadurnadas las mejillas con albayalde y bermellón y vestidos con trajes de odaliscas.
- Las mujeres llevábanse las manos a los ojos, humedecidos sin saber por qué, y las viejas golpeábanse con furia el pecho, entre suspiros de agonizante, lanzando un ¡Señor, Dios mío! que hacía volver con inquietud la cabeza a los más próximos.
- Que Dios nos conserve a todos la salud, para ver la procesión.
- ¡Dios mío, que se ablandara el corazón de aquel hombre, para que no la martirizase escandalizando a la familia y los amigos! Abajo, en la cerrada tienda, encontraron a don Eugenio, siempre con la gorrita de seda, el cual acogió con gesto huraño a su antiguo dependiente.
- ¡Gran Dios, qué tarde! ¡Se acordarían de ella toda la vida! Era la primera vez que iban a pie a la Alameda.
- ¡Dios mío! ¿Cómo estará el pobre Brillante ?
- El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba mentalmente que Dios es muy bueno, y no sabía ya qué desear, pues la seguridad de que en breve sería millonario teníala por indiscutible.
- A vivir como Dios manda, con tranquilidad y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre de provecho, y sin repetir ciertas locurillas de las que no quiero hablarte.
- ¡Dios mío! ¡qué gente aquélla! ¿Y era su hermana la joven que permanecía tranquila ante suposiciones ofensivas para su dignidad?
- Que ocurra lo que Dios quiera.
- Sentía deseos de pedir a Dios que hiciese un milagro, que le convirtiese en uno de aquellos niños, destinados a ser bestias de carga para el bienestar de sus semejantes, pero que al menos tenían una madre que los amaba sin distinguirlos y no se vendía a pesar de su miseria.
- ¡échale un galgo! ¡Dios sabe dónde estará ahora! Juanito fue a preguntar algo, con la timidez del que espera una terrible noticia, pero su principal siguió hablando.
- ¿Qué hago, Dios mío, qué hago.
- ¡Dios sabe lo que pasó en aquellos momentos ante sus ojos, fijos, sin luz y desmesuradamente abiertos como los de un ciego! De pronto, doña Manuela abandonó su asiento al ver a su hijo vacilar, llevándose las manos al pecho y retroceder como si buscase apoyo.
- Pero ¿cuándo se cansaría Dios de enviar desgracias sobre ella?
- ¡Cállate por Dios.
- Dios le tenga en el cielo.
- Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.
- Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan celosos de mi bien.
- Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios.
- Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo.
- ¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado decía yo, que tal amenaza has hecho a mis tripas! Echó la bendición, y dijo.
- Coman como hermanos, pues Dios les da con qué.
- Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.
- Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles.
- ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde! Y empezó a santiguarse.
- Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo.
- Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra?
- Dios sabe cuán corridos íbamos.
- Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe.
- Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso.
- Nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo.
- ¡Juro a Dios que ma.
- ¡Justicia de Dios! Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama.
- ¡Cuerpo de Dios y cómo hiede! Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.
- ¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado! Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir.
- Dios sabe lo que a mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero yo entiendo que los pasteleros de esta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a cuatro.
- Respondedme luego, y entre tanto, Dios os guarde.
- Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número.
- Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás.
- Maldiga Dios dijo él tan mala gente como hay en ese pueblo, pues falta entre todos un hombre de discurso.
- ¡Hablara yo para mañana! Por Dios, que entendí que hablaba conmigo, y es sólo contra los poetas hebenes.
- Md., y Dios le perdone el susto que me dio.
- Quiso Dios que porque no fuese pensando en mal, me topase con un soldado.
- Estas me dieron dijo defendiendo a París, en servicio de Dios y del Rey, por quien veo trinchado mi gesto, y no he recibido sino buenas palabras, que agora tienen lugar de malas obras.
- Lea estos papeles me dijo, por vida del licenciado, que no ha salido en campaña, ¡voto a Cristo!, hombre, ¡vive Dios!, tan señalado.
- ¡Voto a Dios!, ni lo que García de Paredes, Julián Romero y otros hombres de bien, ¡pese al diablo! Sé que entonces no había artillería, ¡voto a Dios!, que no hubiera Bernardo para un hora en este tiempo.
- Sí, ¡juro a Dios! El ermitaño le reprehendió que no jurase tanto, a lo cual dijo.
- No juren decía, que a mí, porque me encomendaba a Dios, me ha sucedido bien.
- Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos.
- Dijo mi tío que no, cuando, Dios y enhorabuena, devanado en un trapo y con unos zuecos, entró un chirimía de la bellota, digo, un porquero.
- ¡Vive Dios! dijo el corchete, que se lo pagué yo sobrado a Juanazo en Murcia, porque iba el borrico con un paseo de pato y el bellaco me los asentó de manera que no se levantaron sino ronchas.
- Ellos comieron, pero yo pasé con los suelos solos, y quedéme con la costumbre, y así, siempre que como pasteles, rezo una avemaría por el que Dios haya.
- Sobrino, por este pan de Dios que crió a su imagen y semejanza, que no he comido en mi vida mejor carne tinta.
- Dios bendijo la limpieza, y alzándola para sorberla, por llevarla a la boca, se la puso en el carrillo, y volcándola, se asó en caldo y se puso todo de arriba abajo que era vergüenza.
- Despachélos a todos uno por uno lo mejor que pude, acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra tenía raposa, y yo acomodéme sobre mis vestidos y algunas ropas de los que Dios tenga que estaban por allí.
- Tras haberme Dios hecho tan señaladas mercedes como quitarme de delante a mi buen padre y tener a mi madre en Toledo, donde, por lo menos sé que hará humo, no me faltaba sino ver hacer en V.
- Sirva al Rey y a Dios.
- Por Dios, señor, si V.
- Pero ya, señor licenciado, sin pan y carne no se sustenta buena sangre, y por la misericordia de Dios, todos la tienen colorada y no puede ser hijo de algo el que no tiene nada.
- Md., que le quiero servir de maestresala, que solía, Dios le tenga en el cielo (y nombramos un señor muerto, duque o conde), gustar más de verme partir que de comer.
- , que no hay más pelo en ellas que en un guijarro, que es Dios servido de dárnosle en la barba y quitárnosle en la capa.
- Grandes gracias di a Dios viendo cuánto dio a los hombres en darles industria, ya que les quitase riquezas.
- La mitad me debéis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais, ¡juro a Dios.
- No jure a Dios dijo el otro, que en llegando a casa no soy cojo, y os daré con esta muleta mil palos.
- ¡Cuerpo de Dios replicó con vos! Pues dan agora las doce ¿y tanta prisa?
- Ya os he dicho que a nadie falta Dios.
- Yo que iba haciendo punta a uno, Dios que lo quiso, topo con un licenciado Flechilla, amigo mío, que venía haldeando por la calle abajo, con más barros que la cara de un sanguino y tantos rabos que parecía chirrión con sotana, pulpo graduado o mercader que cargaba para Italia.
- Dios es mi padre, que no come un cuerpo más presto el montón de la Antigua de Valladolid, que le deshace en veinte y cuatro horas, que yo despaché el ordinario.
- Fuime por las calles de Dios, llegué a la puerta de Guadalajara, y sentéme en un banco de los que tienen en sus puertas los mercaderes.
- Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que piden prestado sobre sus caras, tapadas de medio ojo, con su vieja y pajecillo.
- Entró Merlo Díaz, hecha la pretina una sarta de búcaros y vidros, los cuales, pidiendo de beber en los tornos de las monjas, había agarrado con poco temor de Dios.
- En nombrando al demonio, decía Dios nos libre y nos guarde.
- Juraba el nombre de Dios unas veces en vano y otras en vacío.
- Al fin, de los mandamientos de Dios, los que no quebraba hendía.
- Dios es Dios, que te vendimie de camino.
- Vale Dios que no me podrá decir que soy judía como él, que de cuatro cuartos que tiene, los dos son de villano y los otros ocho maravedís de hebreo.
- ¿Así sentís la honra de doña Ana Moráez, hija de Esteban Rubio y Joan de Madrid, que sabe Dios y todo el mundo?
- Voto a Dios dije yo que el bellaco que tal dijo es un judío, puto y cornudo.
- Y no quisiera más renta al servicio de Dios que la que tiene a más de dos mil ducados.
- Cantaba mal, y siempre andaba apuntando con él el catalán, el cual era la criatura más triste y miserable que Dios crió.
- ¡Voto a Dios que esto no se puede hacer conmigo y que a no ser Vs.
- Y yo, señoras, quiero más una mujer limpia en cueros que una judía poderosa, que por bondad de Dios, mi mayorazgo vale al pie de cuatro mil ducados de renta, y si salgo con un pleito que traigo en buenos puntos, no habré menester nada.
- Llegáronse a mí las viejas a hacerme regalos, y holguéme de ver descubiertas las niñas, porque no he visto desde que Dios me crió tan linda cosa como aquella en quien yo tenía asestado el matrimonio.
- Me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su nombre, por bien diferente de lo que es.
- Y lo peor fue que, volviéndose a mí, dijo que me apease con Dios, muy enojado.
- ¡Fieles cristianos y devotos del Señor! ¡Por tan alta princesa como la Reina de los Ángeles, Madre de Dios, dalde una limosna al pobre tullido y lastimado de la mano del Señor! Y paraba un poco, que es de grande importancia, y luego añadía.
- ¡Acordaos siervos de Jesucristo, del castigado del Señor por sus pecados! ¡Dalde al pobre lo que Dios reciba! Y añadía.
- Dormía en un portal de un cirujano, con un pobre de cantón, uno de los mayores bellacos que Dios crió.
- ¡Ah, señora hermosa, sea Dios en su ánima! Y las más, porque las llamase así, le daban limosna y pasaban por allí aunque no fuese camino para sus visitas.
- Llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que lo había sido mío del estudio en Alcalá, y había renegado y metídose al oficio.
- Al segundo, empezámosla y quiso Dios que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que, si no, a manos de mal membrillo, tronchos y badeas, acabo.
- Díjome que jurado a Dios, que no era suyo nada de la comedia, sino que de un paso tomado de uno y otro de otro, había hecho aquella capa de pobre, de remiendo, y que el daño no había estado sino en lo mal zurcido.
- Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego empecé a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era diablo y en hora mala, oigo la seña antigua.
- Por esta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre Tuerto.
- Como era su dios, su ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese parecido mal.
- Lamela creía en el amor y en Dios.
- X PASO POR SAN JUAN DE DIOS SIN gran brillantez, pero también sin grandes fracasos, Andrés Hurtado iba avanzando en su carrera.
- Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio Aracil asistir a unos cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el hospital de San Juan de Dios.
- La visita en San Juan de Dios fué un nuevo motivo de depresión y melancolía para Hurtado.
- Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de Dios.
- Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
- ¡Vaya usted con Dios, guerrera! Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.
- ¿Qué vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?
- Dios y la libertad.
- ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
- Y Dios, seguramente, añadió.
- En una época de guerras dió a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería.
- ¿Y qué hay que hacer, Dios mío?
- Por la noche el doctor Sánchez aseguró en el casino que era indudable que el tío Garrota había tirado por la ventana a su mujer, y que el juez y Hurtado tendían a salvarle, Dios sabe por qué.
- ¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a confundir! dijo ella riendo.
- ¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted diciendo! Son las verdades de la despedida.
- ¿Por qué se habrá muerto, Dios mío?
- Paso por San Juan de Dios 69 XI.
- Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años.
- Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados.
- En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano.
- Procura ser bueno, y Dios te guíe.
- Y fue ansí, que después de Dios éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.
- Sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz.
- Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.
- Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.
- Y ansí pasamos adelante hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a Dios nunca allá llegáramos, según lo que me sucedía en él.
- ¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida.
- Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.
- Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme dél venganza), creyóse de mí y dijo.
- No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber.
- Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne, ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara! Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís.
- ¡Tal te la dé Dios!, decía yo paso entre mí.
- Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran.
- Y aunque algo hubiera, no podia cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía.
- Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me hartaban.
- Deseaba y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo.
- Y cuando alguno de éstos escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo, y el que se moría otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas.
- Pues, estando en tal aflición, cual plega al Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito.
- Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz.
- Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el ángel había llevado.
- ¡Nuevas malas te dé Dios!, dijo yo entre mí.
- Tanto, que otra cosa no hacía en viéndome solo sino abrir y cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que ansí dicen los niños.
- Mas el mesmo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio.
- Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo.
- Plega a Dios que no me muerda decía yo, que harto miedo le tengo.
- Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.
- Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor.
- Tratado Tercero Cómo Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él Desta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza y, poco a poco, con ayuda de las buenas gentes di comigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde con la merced de Dios dende a quince días se me cerró la herida.
- ¿Y adónde se hallará ése decía yo entre mí si Dios agora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?
- Andando así discurriendo de puerta en puerta, con harto poco remedio, porque ya la caridad se subió al cielo, topóme Dios con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden.
- Pues vente tras mí me respondió que Dios te ha hecho merced en topar comigo.
- Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que le oí, y también que me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.
- Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios.
- ¡Bien te he entendido! dije yo entre mí ¡maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre! Púseme a un cabo del portal y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.
- Así plega a Dios dijo el pobre de mi amo.
- Sabrosísimo pan está dijo, por Dios.
- Pasemos como podamos y mañana, venido el día, Dios hará merced.
- Maldíjeme mil veces ¡Dios me lo perdone! y a mi ruin fortuna, allí lo más de la noche, y (lo peor) no osándome revolver por no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.
- Con baja y enferma voz e inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me parecía.
- Pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios.
- Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo, y ansí Él me ayude como ello me parece bien.
- Que, si a Dios place, presto nos veremos sin necesidad.
- Tanta lástima haya Dios de mí como yo había dél, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día.
- Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque, como comencé a comer y él se andaba paseando llegóse a mí y díjome.
- Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.
- Mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo que, con dárselo Dios a ambos, al uno de mano besada y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre, aquéllos es justo desamar y aquéste de haber mancilla.
- Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir.
- Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano.
- Porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían.
- Mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.
- Mas ¡vótote a Dios!, si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo.
- Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona.
- Mantenga Dios a vuestra merced.
- ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir, como si fuese quienquiera?
- ¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro dije yo decirle que le mantenga Dios?
- Y ansí, de aquél de mi tierra que me atestaba de mantenimiento nunca más le quise sufrir, ni sufriría ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que Manténgaos Dios me diga.
- Andá con Dios os dicen.
- Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese y que mil servicios le hiciese, porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas.
- Por Dios, que está bueno el negocio dijeron ellos.
- Señores, éste es un niño inocente, y ha pocos días que está con ese escudero, y no sabe dél más que vuestras merecedes, sino cuánto el pecadorcico se llega aquí a nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y a las noches se iba a dormir con él.
- Señor Dios, a quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y a quien nada es imposible, antes todo posible, tú sabes la verdad y cuán injustamente yo soy afrentado.
- Mas si en algo podría aprovechar para librarle del peligro y pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.
- Buenos hombres, vosotros nunca habíades de rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado.
- Y fue que mi amo predicó dos o tres sermones y do a Dios la bula tomaban.
- Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los captivos cristianos que están en tierra de moros.
- Como el pueblo las vio ansí arrojar, como cosa que se daba de balde y ser venida de la mano de Dios, tomaban a más tomar, aun para los niños de la cuna y para todos sus defuntos, contando desde los hijos hasta el menor criado que tenían, contándolos por los dedos.
- Subióse al pie del altar y de allí decía cosas maravillosas, diciendo que por la poca caridad que había en ellos había Dios permitido aquel milagro y que aquella cruz había de ser llevada a la santa iglesia mayor de su Obispado.
- Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa.
- En el cual el día de hoy vivo y resido a servicio de Dios y de vuestra merced.
- Pregonero, hablando en buen romance, en el cual oficio un día que ahorcábamos un apañador en Toledo y llevaba una buena soga de esparto, conocí y caí en la cuenta de la sentencia que aquel mi ciego amo había dicho en Escalona, y me arrepentí del mal pago que le di por lo mucho que me enseñó, que, después de Dios, él me dio industria para llegar al estado que ahora estó.
- Y mejor les ayude Dios que ellos dicen la verdad.
- Y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco.
- El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.
- Gracias a Dios, en mi familia ha habido también muchos ahorcados.
- Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba.
- Le parecía que gastar carbón, pudiendo navegar a vela, era una estupidez, y cuando veía que soplaba un buen viento, creyendo hacer un obsequio a la Compañía, mandaba apagar los fuegos, largaba las velas y se lanzaba a navegar como Dios manda.
- Sabe Dios de quién.
- En estas condiciones solíamos navegar a la buena de Dios.
- En aquellos momentos se consideraba el San Juan de Dios de los negros.
- Si sospechó y se valió de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya perdonado.
- Se salía de estos peligros a la buena de Dios.
- La Providencia nos estaba favoreciendo, y blasfemar así era desafiar a Dios.
- Pero Dios mío, ¿adónde nos llevan?
- Defendía la conducta del cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella, y le parecía poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza, tratándose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su religión.
- A bayonetazos acabamos con todos dijo el hombre sonriendo, luego añadió hipócritamente Dios nos lo habrá perdonado.
- En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de que vendrá don Carlos con ayuda de Dios.
- En la alcoba próxima se oían quejas, alternando con voces de ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Jesús mío! ¡Qué demonio será esto! pensó Martín.
- ¡Por Dios! No nos sorprendan.
- ¡De rodillas! ¡Por Dios, Martín ¡Déjale! gritó Catalina.
- Afortunadamente Dios ha querido que en esto sólo nos parezcamos.
- El muelle era una escuela ateniense para despabilarse en pocos años, y yo no fui de los alumnos menos aprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco dejé de sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofrecía ancho campo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juan de Dios.
- Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara pronto de él llevándome por más noble camino.
- Pero tú estás hecho un trasto viejo, que no sirves para maldita de Dios la cosa.
- Dios me perdone.
- ¿No es esto tentar a Dios?
- Si él quiere volver a embarcarse con su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buen hora, y Dios quiera que no vuelva a parecer por aquí.
- Dijo mil pestes del Emperador, de nuestro amado Rey, del Príncipe de la Paz, de todos los signatarios del tratado de subsidios, y terminó asegurando al valiente marino que Dios le castigaría por su insensata temeridad.
- Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen, devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo.
- Y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo.
- No tenía miedo a cosa alguna creada por Dios, más que a su bendita mujer.
- Todos jurábamos como demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedo para contestar al ataque.
- Nosotros jurábamos, gritábamos insultando a Dios, a la Virgen y a todos los santos, porque así parece que se desahoga uno cuando está lleno de coraje hasta la escotilla.
- Válgame Dios dijo Doña Francisca.
- Si se estuvieran quietecitos en sus casas como Dios manda.
- Pero Dios quiso que no me fuera a pique tan pronto.
- Un físico inglés me puso esta pierna de palo, que es mejor que la otra, porque aquélla me dolía de la condenada reúma, y ésta, a Dios gracias, no duele aunque la echen una descarga de metralla.
- Quiera Dios no pierdas también la otra.
- ¡Y he de morirme sin tener ese gusto! ¡Bonito gusto, hombre de Dios! ¡Ver cómo se matan esos locos! Si el Rey de las Españas me hiciera caso, mandaría a paseo a los ingleses y les diría.
- Esta alianza con Francia, y el maldito tratado de San Ildefonso, que por la astucia de Bonaparte y la debilidad de Godoy se ha convertido en tratado de subsidios, serán nuestra ruina, serán la ruina de nuestra escuadra, si Dios no lo remedia, y, por tanto, la ruina de nuestras colonias y del comercio español en América.
- Y de ello tienen ustedes la culpa continuó engrosando la voz y poniéndose muy encarnada, sí señor, ustedes que ofenden a Dios matando tanta gente.
- ¡Hombre de Dios! Cuando digo que tú me andas buscando.
- Mejor pensaras en las cosas de Dios, que al fin y al cabo no eres ningún niño.
- ¡Qué hombre, Santo Dios, qué hombre! No pasó de esto.
- Pero, Don Rafael, no vaya usted, por Dios.
- Pero Dios querrá preservarle a usted, señor Don Rafael, para que vuelva sano y salvo.
- En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas, más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarme regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo, reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a otras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición al merodeo.
- Recé un rato de rodillas acordándome de los padecimientos y de la muerte de mi buena madre, que ya gozaba de Dios en el Cielo.
- Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo, Dios mío!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento.
- Quiera Dios.
- Dios y la Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses por siempre jamás amén.
- Lo que digo es que Dios nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús.
- A pesar del distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes momentos que precedieron al primer cañonazo, la idea de Dios estaba en todas las cabezas.
- Y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era Padre nuestro ni Ave María, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces.
- Las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban con angustia los que luchaban.
- Pero viendo a nuestro comandante comprendí que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para expresar aquella grandeza de alma que me parecía favor rara vez otorgado por Dios al hombre miserable.
- Me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.
- ¡Vive Dios! exclamó Don Alonso sin poder disimular su enojo.
- Bendito sea Dios.
- Yo les aseguro a ustedes, y no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mío, que le perdoné con toda mi alma y que elevé el pensamiento a Dios, pidiéndole que le perdonara todas sus culpas.
- Después supe que se había portado heroicamente en el combate, sin que por esto alcanzara las simpatías de sus compañeros, quienes, reputándole como el más bellaco de los hombres, no tuvieron para él una palabra de afecto o conmiseración, ni aun en el momento supremo en que toda falta se perdona, porque se supone al criminal dando cuenta de sus actos ante Dios.
- Dios la preferencia a los heridos.
- Eran los heridos que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndose anegados por el agua, que ya invadía aquel sitio, clamaban pidiendo socorro no sé si a Dios o a los hombres.
- ¡Cómo presenciarían aquellos infelices el crecimiento de la inundación! ¡Qué dirían en aquel momento terrible! Y si vieron a los que huían en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, ¡con cuánta amargura gemirían sus almas atribuladas! Pero también es cierto que aquel atroz martirio las purificó de toda culpa, y que la misericordia de Dios llenó todo el ámbito del navío en el momento de sumergirse para siempre.
- ¿Para qué son las guerras, Dios mío?
- En nombre de Dios, prometo la bienaventuranza al que muera cumpliendo con sus deberes! Si alguno faltase a ellos, le haré fusilar inmediatamente, y si escapase a mis miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar, sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de sus días miserable y desgraciado.
- Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfía.
- Dirigió algunas palabras a su cuñado Ruiz de Apodaca, y después de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el pensamiento a Dios, cuyo nombre oímos pronunciado varias veces tenuemente por sus secos labios, expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido.
- ¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo hombre!
- Los despojos de la más numerosa escuadra que por aquel tiempo había desafiado su furor juntamente con el de los enemigos, no se escapaban a la cólera del elemento, irritado como un dios antiguo, sin compasión hasta el último instante, tan cruel ante la fortuna como ante la desdicha.
- La desgracia de Malespina no fue la única después del rescate, y Dios quiso que otra persona para mí muy querida sufriese igual suerte.
- La suerte dijo, me ha traído a este buque, y en él estaré hasta que Dios decida si nos salvamos o no.
- Yo presumí por sus últimas palabras que mi amo había perdido el seso, y viéndole rezar me hice cargo de la debilidad de su espíritu, que en vano se había esforzado por sobreponerse a la edad cansada, y no pudiendo sostener la lucha, se dirigía a Dios en busca de misericordia.
- No era posible volverse más que a Dios, ¡y Éste estaba tan poco propicio con nosotros desde el 21!
- Pero Dios quiso que oyera los cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia.
- Puesto que Dios lo quiere, aquí hemos de morir los dos.
- Así, al modo de perro o gato, no necesita de que un cura venga y le dé la solución, sino que basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios.
- Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me está oyendo detrás de ti, y que me va a perdonar.
- Pero ahora me pesa de no haberlo hecho, y digo, y declaro, y perjuro, que quiero a Dios y a la Virgen y a todos los santos.
- Pero pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo les perdono, y así mismamente perdono a los franceses, que nos han traído esta guerra.
- Yo amo a Dios y estoy tranquilo.
- Dentro de un ratito estaremos libres de pesadumbres, yo dando cuenta a Dios de mis pecadillos, y tú contento como unas pascuas danzando por el Cielo, que está alfombrado con estrellas, y allí parece que la felicidad no se acaba nunca, porque es eterna, que es como dijo el otro, mañana y mañana y mañana, y al otro y siempre.
- Cerré los ojos y pensé en Dios.
- ¡Ahí está! Gracias a Dios.
- Si cuando está de Dios una cosa.
- ¡Pero qué singulares cosas permite Dios para sus fines! Había pasado, como he dicho, un cuarto de hora desde que di la noticia, cuando una ruidosa y chillona voz hirió mis oídos.
- ¿Ves cómo te ha castigado Dios?
- Quiera Dios que estos señores no nos den un mal pago.
- ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.
- En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.
- Y estaba seguro de que en tal momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de que les hablaba.
- ¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me invita! Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a casa de doña Obdulia.
- Entre aquellos cuadros había una copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro de Murillo San Juan de Dios, del Hospital de incurables de Sevilla.
- ¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones?
- De todas maneras, figurándose con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en petit comité según decía terciar el manteo, colocar la teja debajo del brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.
- Sólo el Provisor se contentó con sonreír, inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo de los oídos.
- ¡Así Dios me valga, son ellos! dijo pasmado.
- Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros.
- ¡Oh, si no fuera porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!
- ¡blasfemando así de Dios y sus santos! Ea, se había cansado.
- Pero juro a Dios que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en décimas calderonianas.
- Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas, que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista italiana, su cuñada indigna.
- El coronel contestó que por Dios y todos los santos continuasen viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la misma finca, que sin ellas se vendría a tierra.
- Diga usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.
- Creyó en una gran injusticia que era la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los impulsos de espontánea alegría.
- María Santísima era la Madre de Dios, en efecto.
- Pero hombre, buena Batrania te dé Dios.
- Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.
- Como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios y en el santo obispo de Hiponax.
- En aquel momento todos los celajes del ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo.
- Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin palo ni piedra.
- La Virgen está conmigo pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza las caricias de la mano invisible de Dios.
- Tan profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de Dios.
- Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
- Pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen conventos, a Dios gracias.
- En cuanto él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le antojaba obra suya todo aquello.
- Y la otra había muerto porque Dios había querido.
- En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre.
- ¡diablos coronados! Dios la perdonara.
- El fogón era un dios y él su Pontífice Máximo.
- Y sin embargo, bien lo sabía Dios, ella le había sido fiel a Mesía, por supuesto.
- Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa daba por supuesto que había algo traía complicaciones que ofrecían novedad para la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros caminos solitarios sabían.
- Hija mía, ni aquellos anhelos de usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de prudencia.
- Hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma.
- Por Dios, señora.
- ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de pensar en aquello! Se volvía loca.
- Déjame, déjame por Dios ser así.
- ¡Dios mío! ¡qué es esto! gritó en prosa culta ¿quién ha causado esta devastación.
- ¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.
- ¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita! decía entre suspiros Quintanar, con las manos en la cabeza.
- ¡y válgate Dios por salón! A la moda del rey que rabió.
- Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea usted un boquirroto y mire más lo que dice.
- Don Víctor es como Dios le hizo.
- Dios lo dé.
- ¡Dios me perdone! pero creo que le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no las enamora.
- ¡Basta, madre, basta por Dios! Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual.
- Pues vive Dios, que lo hemos de ver.
- Allí sabe Dios lo que les pasa.
- Dios nos libre.
- Dios está satisfecho por lo visto.
- ¡Sí, don Fermín, por Dios! exclamó doña Lucía, juntando las manos segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si usted le lleva el consuelo de su palabra.
- La creía de Dios, sólo de Dios.
- En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno, suceda lo que Dios quiera.
- La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan.
- Al decir Dios misericordioso pero justo aquella lengua imitaba el susurro del aura entre las flores.
- Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se podía admirar y amar una obra de Dios.
- Desde el seminario, y ya había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las alabanzas de la Madre de Dios.
- Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, y será mejor.
- ¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos?
- Si eso es una bendición de Dios.
- ¡Dios mío! ¡Dios mío!, exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos.
- ¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, el de todos! ¡Era Dios!
- La inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su corazón.
- Y el verbo se hizo carne en lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de un altar.
- Las niñas de las Escuelas Dominicales y los chiquillos del Catecismo, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, y lo de Venid y vamos todos con flores a María, inventaron un cantar contra el Círculo.
- No porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase! sino porque le gustaba mucho el estilo cortado.
- Creía firmemente que Dios era una invención de los curas.
- Por lo menos en la Isla no había Dios.
- Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en el claustro.
- Gracias a Dios, señor perdido.
- Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se vistiera, como Dios manda, y saliese con ellos.
- ¡Oh, por Dios, señor Marqués!
- No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos.
- Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto.
- Sabe Dios dónde parecerá.
- ¡Por Dios! ¡por Dios!
- Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está dejado de la mano de Dios.
- ¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios! Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el Magistral pasó al lado de los murmuradores.
- ¡Sabría Dios cuántas serían ya! Aquel Glocester y su don Custodio habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.
- ¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño.
- ¡Va a estallarme la frente! ¡Madre, por Dios! sosiéguese usted.
- ¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted.
- Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó de sus padres.
- él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo en los libros de la ciencia que le había de hacer señor.
- ¡Ministro de Dios!
- ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús.
- No pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra.
- Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se recobraba.
- Estaba segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y consejos.
- Creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres.
- Aquellos ocho años de juventud sin amor, sin fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras, rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y tener en qué fundar la predilección con que la miraba.
- Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un alma hermana, un espíritu supra vetustense capaz de llevarla por un camino de flores y de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba aprovecharlo.
- En el mismo instante en que ella, de una en otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal que abarcaba al Creador y a la criatura.
- Los deberes sociales replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las palabras, pausadas y subrayadas los deberes sociales, con permiso de usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos.
- ¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita, esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella?
- Sin perjuicio de continuar en el templo la buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.
- Pero a Dios gracias se quiere y se puede curar.
- Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.
- Que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin límites y una fe que era una evidencia.
- Aquel llanto que era al principio muy amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.
- Había llegado a pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca.
- Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios.
- Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted la presencia de Dios.
- O a la monja en casa del libertino y en sus brazos, usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos sacrílegos amantes.
- Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.
- Y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle.
- La vida de una monja puede caer en la rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para satisfacer las ansias de un alma ardiente.
- Verá usted decía el Magistral como llega un día en que no necesita a Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios.
- Volverán a ser para usted las que ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.
- Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo.
- Por ejemplo, algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y aparentes visiones de Dios en idea.
- ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del diablo.
- A dónde se ha de llegar, eso Dios lo dirá después.
- Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.
- ¡Ira de Dios! De noche digo.
- Buen canónigo te dé Dios.
- Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.
- ¡Pero buena conversación te dé Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a Visita.
- Sabe Dios dónde estarían.
- Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar?
- Hay noches que, desvelada en la cama, procuro alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia.
- Y a veces se me antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por probarme a mí misma la presencia de Dios?
- Dos veces la había sacado a ella de peligros puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó.
- No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte aquí, por Dios, Quintanar.
- Por amor de Dios.
- Aquí no hay perdices! ¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la maté yo.
- Él no estaba alarmado, bien lo sabía Dios.
- ¡Sabe Dios lo que sería aquello!
- Él creía que sí, que había habitantes en todos los astros, la generosidad de Dios lo exigía.
- ¡Qué gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el autor de todo.
- ¡Cuánta elocuencia en un letrero! ¡Estás sola! pues ¿y Dios?
- El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón.
- ¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma! Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro.
- Pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento mecánico?
- Se hablaba de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios.
- Ella comprendió que estaba siendo una ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.
- Sabía que ella, de entregarse a Dios, se entregaría de veras.
- ¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios, sólo de Dios.
- Bien sabía Dios que sí.
- Esto de que bien lo sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en Dios.
- La cuestión es (y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios.
- Dios sobre todo.
- Allí oía el nombre de Dios a cada momento, pero en términos que no le parecían nada filosóficos.
- Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia.
- Para negar a Dios con la constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico.
- ¡Mi razón me dice que no hay Dios.
- ¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?
- Estaba entregada a Dios.
- El que jura, pone a Dios por testigo.
- Pero usted no cree en Dios.
- Podía haber nobleza y no haber Dios.
- Pues sabe que en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal.
- La cuestión de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve.
- Además Dios era misericordioso, hacía la vista gorda.
- Pero era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda esperanza, todo proyecto de conquista.
- Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras, de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en Dios y por Dios.
- Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la carne.
- Pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo.
- Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras, sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a millones de millones de leguas a mi modelo inmortal.
- Yo, más débil, recibí más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y prefiere que no le llame si no hermano mío.
- No con pasión que quite a Dios cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le deben.
- A veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para salvarme.
- Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la verdad que ella palpaba.
- ¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era de ellas, era de Dios, era cosa prestada.
- Porque el vivir era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí mismo.
- Que Anita se nos hace santa, si Dios no lo remedia.
- El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra.
- La idea de Dios, la emoción profunda, intensa que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían, no se borraban.
- Pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la creación infinita.
- Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en Dios.
- Ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido.
- Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios el alma de su don Víctor, que venía también a ser su padre.
- En la muerte no quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos.
- Pero ¡Dios mío! ¡él no quería quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal.
- Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como Director de la gran fábrica de la inmensa arquitectura, que en la pura contemplación de su Idea.
- Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un solo instante, ni siquiera para compadecerle.
- Era un favor especial de Dios.
- Estaban además el castigo, la cólera de Dios, el infierno.
- Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás exclamó en voz alta, hablando con las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en calma.
- Pues bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes.
- ¡Buena la haríamos si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni usted han de agradecerlo.
- Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro! ¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!
- Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el Santo Dios, Santo Fuerte, que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también.
- Harto tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos.
- ¡sabía Dios lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se lo iba a llevar la trampa.
- ¡infame, si me levanto! Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese usted.
- ¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino de ti y de tu clerigalla.
- Sólo por milagro de Dios.
- Creo en Dios.
- Que así me salve Dios.
- ¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!
- Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes.
- Don Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios.
- ¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así me salve Dios muero de hambre!
- No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros.
- No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos frescos.
- Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su obra maravillosa, el Universo.
- El Hijo de Dios había nacido en la tierra y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y se ennoblecía.
- Hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles, que Dios había venido al mundo.
- En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se olvidaban.
- ¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en una cuna y acababa en una cruz.
- ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!
- Señores, ¿en qué quedamos, es que ha nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?
- Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía.
- Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de aquellas almas en gracia de Dios.
- Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.
- Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno.
- ¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran.
- Dios me libre.
- ¡Y por Dios, Anita, que no se te ocurra negarte.
- Quiera Dios.
- Por Dios y por las once mil.
- En fin, señora, me veo sin mí, sin Dios y sin vos, sin vos porque no os poseo.
- Dios, el mismo Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic tac, como el del insecto que late en las paredes y se llama el reloj de la muerte.
- Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido.
- A nuestro hablar sin fin de Dios, del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba.
- Sí, quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.
- Aquello no era la capilla, a Dios gracias.
- Por Dios, Fermín! Ana dio un paso atrás.
- Y usted esta noche no creía en Dios.
- ¡En mi Dios! Fermín, caridad.
- Yo sin Dios.
- Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana.
- ¡Quintanar, por Dios! Basta de broma.
- Basta por Dios, basta.
- No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le había dado.
- Don Fermín había procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la espiritualidad vaga y soñadora.
- El Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.
- Vaya usted con Dios.
- Dios lo diera.
- ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!
- Pero entendámonos, aunque don Carlos tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona los pecados de que la conciencia acusa a todos.
- Don Álvaro estará prohibido, sea Dios como sea.
- Dios ha querido iluminarme otra vez.
- Si está don Víctor, que no lo quiera Dios, basta con que Ana me mire, con que me vea allí.
- Yo quiero reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que muera.
- He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño Dios.
- Dios en una cuna.
- Yo me he pasado la vida pensando en Dios, hablando de Él.
- Era necesario para obtener el perdón de Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría y eso pensaba él también diese un ejemplo edificante de piedad.
- Quiero el perdón de Dios y el de usted.
- Los designios de Dios son inescrutables.
- ¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por una demagoga, por una Suñera.
- ¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este, un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante.
- Déjese usted de versos, alma de Dios.
- ¡Ira de Dios! ¡eso sí que no!
- No pensaba ni en Dios, ni en Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para restaurar la fama del Magistral.
- Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino del Calvario, un cumplido caballero.
- Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.
- A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado.
- Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí.
- Dios les haga felices y les conserve los pies secos.
- Dios, como decía ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían pánico.
- ¡Hija, por Dios!
- ¡Y sí era hombre vive Dios que era hombre, y tanto y más que el otro.
- Dios te lo pague, Petrica.
- Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los huesos y darles un romantismo.
- La más hermosa de la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya, completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que Dios le había otorgado a él.
- ¡Gracias a Dios! dijo su marido, respirando con fuerza.
- ¡Dios mío! ¿ha notado él?
- Eso no, Álvaro, por Dios no, eso nunca.
- Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios, que al fin religión era también el interés del prójimo, pero.
- Habla, por Dios.
- Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa.
- A recibir a Dios!
- Algunas veces parecerá que Dios te deja, otras veces serás mortificado por el prójimo.
- (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes perdón de Dios.
- Sabe Dios lo que haría.
- ¡Dios mío! ¿qué es esto?
- Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios.
- Pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de Dios, aunque la tenga a los del mundo.
- (Orgaz palidece ante la idea de que aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me bato yo.
- Don Álvaro pensó en Dios sin querer.
- Vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable.
- Por Dios, hija, va usted a enfermar otra vez.
- Por Dios, don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.
- ¡Oh, no, por Dios.
- No! por Dios me dejen.
- No sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica, alma.
- ¡La imprudencia, la torpeza! ¡Eso! ¡Eso! ¡Pobre don Víctor! Sí, pobre, y Dios le haya perdonado.
- La visión de Dios.
- Ana pidió de todo corazón a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había pintado Mesía el infame.
- Creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que el infierno.
- Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada, no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.
- Quería encontrar al Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios, quería fe, quería caridad.
- En Cebre he dejado la diligencia y me dieron esta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.
- Buenas nochiñas nos dé Dios, se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar por dónde.
- ¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios! respondió el marqués, con no sé qué inflexiones de orgullo en el acento.
- ¡Por Dios y por la Virgen! imploró Julián.
- A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de la gracia de Dios que él solicitaba muy de veras, la endeblez de su temperamento linfático nervioso, puramente femenino, sin ardores ni rebeldías, propenso a la ternura, dulce y benigno como las propias malvas, pero no exento, en ocasiones, de esas energías súbitas que también se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en estado normal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.
- Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla el señor abad de Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién vaya allá por ella.
- ¡Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya me habrán causado, y cómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero.
- Señorito murmuró, ¿y por qué no nos dedicamos a ordenar esto como Dios manda?
- Y habiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios de malísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sí por completo.
- ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios a aquel muñeco! Todos los días, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián lo lavaba así antes de la lección.
- En aquellas regiones vírgenes no se conocía, loado sea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto, varonil y clásico como la olla.
- Bien sabe Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habré mirado a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.
- ¡Dios sobre todo! murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
- ¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había ocurrido a mí?
- ¡Me valga Dios y los santos de la corte celestial! También a mí se me acaba la cuerda.
- ¡Cómo ha de ser! Dios nos lleva y trae según sus fines.
- No, no era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del paraíso.
- ¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que me quede aquí entretanto.
- ¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quien soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hasta Cebre! Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.
- Eso sería, ¡vive Dios!, profanación indigna.
- La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios.
- Que si le habían contado a Julián, ¡Dios bendito! Pero una cosa era que se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese repetir.
- Por Dios, no saque usted consecuencias de mi poca habilidad para explicarme.
- Dios delante.
- Dios sobre todo.
- Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible y metido en agua, que casi no había consentido majar, ni segar el maíz, ni vendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandes faenas agrícolas.
- Bendito seas, Dios mío pensaba para sí, pues me has permitido cumplir una obra buena, grata a tus ojos.
- Dios mío, gracias.
- Las cosas en orden, la salvación segura! Una vez más dio gracias al Dios bondadoso que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsión humana no cree posible removerlos siquiera.
- O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa, o aunque la tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aquí vendrá para ti, a fe de Pedro Moscoso.
- Hace dos semanas fue a casa de don Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se diese prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz de su vida.
- Dios no me ha de jugar tan mala pasada.
- Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo que había logrado contribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, e indispensable a la concertada marcha de la sociedad.
- ¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas, pequeño?
- El mismísimo enemigo malo, ¡Dios me perdone! No le tenga lástima, señorita.
- Una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explicó difícilmente que las señoritas iban en la feria de Vilamorta, y sabe Dios cuándo volverían de allá.
- Julián bendecía a Dios todos los días.
- , si llamasen como Dios manda.
- Por cierto que la borona que amasaba no hubiera tenido tiempo de cocerse cuando el chiquillo berreaba ya diciendo a su modo que él era de Dios como los demás y necesitaba el sustento.
- ¡Dios le alumbre! Hable claro.
- Y para serlo del modo que requeriría el camino de perfección en que debemos entrar al ordenarnos de sacerdotes, se necesita, aparte de nuestros esfuerzos, que la gracia de Dios nos ayude.
- Probábalo su misma manía de la higiene y su culto de la salud, culto infundido por librotes modernos que sustituyen al Dios del Sinaí con la diosa Higia.
- Quería rezar con devoción, tener conciencia de lo que pedía a Dios.
- Alzó los ojos, buscando a Dios más allá de las estampas y de las vigas del techo.
- ¡Santita de Dios! murmuró apoyando los labios muy quedamente en la gorra, por no atreverse a la frente.
- Puede que me encontrase mejor de lo que estoy, y no tuviese que pasar un siglo clavada en este sofá, con el cuerpo sujeto y la imaginación loca y suelta por esos mundos de Dios.
- En fin, misia Rosario pedía a Dios paciencia para tantas tribulaciones (las de la casa de Pardo eran para misia Rosario como propias).
- Y las manitas, cuyo pellejo rellenaba ya suave grasa, y cuyos dedos se redondeaban como los del niño Dios cuando bendice.
- Son hijos de Dios lo mismo que esta pobre pequeña de aquí.
- ¡Bah! No abundan tanto los crímenes por esos mundos, a Dios gracias.
- ¡Dios santo! Sí, era la escena misma, tal cual se la había figurado él.
- Pero lo mismo que habemos de dar cuenta a Dios nuestro Señor de nuestras auciones, me pasó lo que les voy a contar.
- ¡Así Dios me salve y me dé la gloria como es verdad! clamó el hocico de ratón, poniendo el semblante más compungido del mundo.
- Las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y tono ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
- , ¡y durmiendo como una santa de Dios! ¿Pero roncar, no roncaba?
- En su pucho roto y agujereado almacenaba lagartijas, mariposas y mariquitas de Dios.
- ¡Válgame Dios! Señorita, a usted le va mal.
- ¡Por amor de Dios y su madre santísima! El contacto de aquellas palmas febriles, la súplica, turbaron al capellán de un modo inexplicable, y sin reflexionar exclamó.
- Por Dios.
- Por Dios, señorita, no me responda que no.
- El hijo será de quien Dios disponga, señor gobernador.
- ¡Me caso con Dios! Mientras no hundamos a Barbacana, no se hará nada en Cebre.
- Pero a jugarlas no me gana él ni Dios.
- Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dará cuenta de ellos.
- ¡Canalla de incircuncisos ésos, sin más Dios ni más ley que su panza! Aseguran que la noticia viene por persona de la misma casa.
- Las elecciones le infundían esperanzas de que, si el señorito, elegido diputado, salía de la huronera, de entre la gente inicua que lo prendía en sus redes, era posible que Dios le tocase en el corazón y mudase de conducta.
- Julián ponía a Dios por testigo de que deseaba esto último, si bien al pensar qué podía suceder le entraba una hipocondría mortal.
- ¡Qué elecciones aquéllas, Dios eterno! ¡Qué lid reñidísima, qué disputar el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género de zancadillas y ardides! Trampeta parecía haberse convertido en media docena de hombres para trampetear a la vez en media docena de sitios.
- ¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos embromados?
- Y lo peor es que también me falta virtud, porque yo debía aceptar gustoso todos los padecimientos de la señorita, creer que Dios se los envía para probarla, para acrecentar sus méritos, para darle mayor cantidad de gloria en el otro mundo.
- Había oído algunas veces que Dios concede lo que se le pide mentalmente en el acto de consagrar la hostia, y con muchas veras le pedía llegar al punto de que su cruz.
- Por Dios le pido que se sosiegue.
- Buena confesión te dé Dios.
- Bien sabe Dios que no puse nada de mi parte para que Pedro se fijase en mí.
- ¡Cualquiera que sea el instrumento, lo dirige la mano de Dios! Desvía la yegua, se persigna, se aparta, se aleja definitivamente, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver el negro bulto, sobre el fondo verde de la hierba y la blancura gris del paredón.
- Y así pasa el tiempo, uniformemente, sin dichas ni amarguras, y la placidez de la naturaleza penetra en el alma de Julián, y se acostumbra a vivir como los paisanos, pendiente de la cosecha, deseando la lluvia o el buen tiempo como el mayor beneficio que Dios puede otorgar al hombre, calentándose en el lar, diciendo misa muy temprano y acostándose antes de encender luz, conociendo por las estrellas si se prepara agua o sol, recogiendo castaña y patata, entrando en el ritmo acompasado, narcótico y perenne de la vida agrícola, tan inflexible como la vuelta de las golondrinas en primavera y el girar eterno de nuestro globo, describiendo la misma elipse, al través del espacio.
- ¡Válgame Dios! ¡Pues no daba ahora en el dislate de creer que la señora de Moscoso vivía, a pesar de haber leído su esquela de defunción! Tan rara alucinación era, sin duda, causada por la vuelta a Ulloa, después de un paréntesis de dos lustros.
- Aquí hacen las cenizas de Primitibo Suarez, sus parientes y amijos ruegen a Dios por su alma.
- ¡Todo sea por Dios! Este viejo ha venido esta mañana en el tren.
- Sin embargo, en Lágrimas hice un esfuerzo, y acudí a Dios, demandándole que no permita acabe en tal estado.
- El cardenal Belarmino dice que el agua es una de las escalas para subir al conocimiento de Dios.
- ¡Dios lo habrá acogido en su santo seno! Suscipe Dómine, servum tuam in locum sperandoe sibi salvationis a misericordia tua.
- San Bernardo era también amigo de los animalillos que Dios cría.
- Y he aquí, querido Sarrió, que usted se regocija, allá en las intimidades de su espíritu, con una hecatacombe de esos patos, que son la alegría de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo que Dios ha creado.
- EL ORIGEN DE LOS POLÍTICOS Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios, vivió durante unos cuantos años contenta y satisfecha.
- Dios también estaba contento.
- Entonces estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios para pedirle que les quitase la inteligencia.
- Dios, como es natural, se quedó estupefacto ante tal embajada, y estuvo a punto de hacer un escarmiento severísimo.
- Dicho esto, el buen Dios sonrió en su bella barba blanca y despidió a sus hijos, que partieron contentos.
- Dios guarde a usted me contesta.
- ¿Para qué si no te hizo Dios tan guapa?
- Dios te hizo para el mundo y el hogar.
- Con esos ojazos tristes los de mi hermana, los de mi madre, Dios las tenga en su santa gloria! ¡Esos ojazos de luto que se le meten a uno en el corazón.
- Pero nada, ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
- Pero qué hermosa la ha hecho Dios, Dios sea alabado se decía.
- Dios sabe para qué la guardo.
- Y da gracias a Dios que podamos así repartirnos el trabajo.
- ¡Ya acabó! Dios la tenga en su gloria.
- No, la oración no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios.
- Dios te lo pague, Tula.
- Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y mira bien por qué lo hago.
- Pero, por Dios, Tula.
- Pero, por Dios y se le quebró la voz.
- ¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar mejor que éste?
- Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que Dios la tuviese en su gloria.
- ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra?
- ¡Por Dios! suplicó Ramiro.
- Por Dios, señora suplicaba la Manuela, no me avergüence así.
- Con todos los que Dios me mande.
- ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Dios se lo pagará! ¡Es una santa! Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclinó a ella, la besó en la frente y le puso su mejilla a que se la besase.
- Tuvo a Dios de padre! ¿Y madre?
- Y luego se figuraba que a aquella pobre hospiciana, cuyo sentido de vida no comprendía, le quitó Dios la vida de un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.
- Por Dios, Tula.
- ¡Eso no puede ser, padre! Y si Dios le llamase por ese camino.
- Los juicios de Dios, señora.
- Los juicios de Dios son claros.
- Cálmese, señora, por Dios, cálmese.
- Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.
- ¡Por Dios, madre! ¿Qué?
- Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste.
- Por Dios, madre.
- ¡Por Dios, Manuela! R.
- ¿Qué mal hay en servir a Dios?
- En servir a Dios, no, no hay mal ninguno.
- Pero es que si tú entrases monja no sería por servir a Dios.
- Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes.
- ¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones.
- Por Dios, Manuela, por la memoria de tía Tula, cállate ya.