¿Necesitas buscar frases que contengan las palabras don y juan aquí tienes ejemplos de oraciones con estas 2 palabras.
Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.
- Que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba riendo que con estos teje manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.
- Mi Isabelita vino al mundo el día mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la traída de aguas.
- Según él, lo que la Hacienda llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular, y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le pertenece.
- Mira, Juan, creo que tú y yo vamos a perder las amistades.
- Juan no dijo que sí ni que no.
- Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan para que se ahogaran.
- Isabel Cordero y Don Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.
- Después vinieron Prócida y las Vísperas Sicilianas, Don Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar, Massanielo, los Borgias, Lepanto, Don Juan de Austria, las galeras y los piratas, Cervantes y los padres de la Merced.
- ¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido que ver con el Gran Turco ni con la capitana de Don Juan de Austria?
- ¡Pájaros fritos! gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón.
- ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas.
- Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían las chufas.
- Juan se resistió a satisfacerla, alegando razones diversas.
- Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche, muertos de frío.
- Juan hablaba poco y parecía algo inquieto.
- Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda.
- Juan, por amor de Dios, sosiégate.
- Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando.
- ¿Habló Juan con verdad?
- Juan solía tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y también tenía caballo de silla.
- Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con seis amigos, a un palco alto de proscenio.
- Y Juan, que tenía talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la maternidad sin hijo.
- Don Baldomero II y Don Juan I tenían ropa para un siglo.
- Oíase desde el gabinete rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero, que acababan de entrar.
- ¡Si Don Juan Prim viviera.
- Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo.
- Porque no tenía duda de que Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer.
- Tal día y a tal hora Juan había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero muy pensativo.
- Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que le había puesto de mal humor.
- Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído.
- De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para estar descontenta.
- Creía firmemente que Juan no daría nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.
- Y ved lo que son las cosas, Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.
- Juan tenía temporadas.
- Porque Juan era la inconsecuencia misma.
- Pues señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo iba a qué quieres boca.
- Respecto a las perfecciones morales que toda la familia declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas.
- Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan lo tomara a risa.
- Pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a ella no le hacía maldita gracia.
- Pero ya había concluido el cuarto acto y Juan no parecía.
- Juan meneó la cabeza en señal de amenaza.
- Cuando Juan se hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella.
- En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que había de almorzar el enfermo.
- Preguntó Juan a su consorte al quedarse solos.
- Juan soltó la carcajada.
- Don Juan, y observe cómo se me mueve el párpado izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado.
- Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo bajo.
- afirmó Juan.
- Pero Juan, queriendo divertirse más, procuraba calmarle.
- El honor expresó Juan.
- Hombre, eso es muy grave, pero muy grave afirmó Juan, poniéndose más serio que un juez.
- Don Juan.
- Por fin, Juan hizo una seña a Blas.
- Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos desechados del señor Don Juan.
- Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro.
- A lo mejor, saltaba Juan con esto.
- Hay que ver la nobleza y arrogancia de su figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y balandranes de raso, y me lo ponen haciendo el duque de Gandía, al sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos.
- Y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que no se puede pasar sin ella.
- Si soy un verídico mulo, un buen Juan que no sabe matar un mosquito.
- Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el milagro del premio de Estupiñá.
- Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al verle.
- No había transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a hablar de una manera algo descompuesta.
- ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en aletargarse con la virtud de estos melindres.
- Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de hombre.
- Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un tierno infante en edad de lactancia, chilló así.
- Después de esta conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que Juan y Don Baldomero lo supieran.
- Sin cuidado ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller.
- No me fío yo de un parecido que puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré creyendo que a donde debe ir tu Pituso es a la Inclusa.
- Sólo se sirvió carne a Juan, que estaba ya mejor y pudo ir a la mesa.
- (Juan decía que sí con la cabeza y examinaba un pendiente de Jacinta).
- ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?
- Y en cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para salir, y se encaminaron a la morada de Benigna.
- Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía cuatro años.
- Veremos lo que dice Juan.
- La conversación era sosegada, y a veces parecía que Juan se reía.
- Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo.
- Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.
- Preguntó Juan a Ramón.
- Pero si yo también le quiero proteger afirmó Juan apreciando los sentimientos de su mujer y disculpando su exageración.
- Bien, bien por los hombres bravos gritó Juan en presencia de la fiera.
- Juan se apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada.
- Para inocentadas indicó Juan riendo, la que nos ha querido dar mi mujer.
- Juan le habló claro.
- Dice Juan que es manía.
- Yo, te digo la verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les gustan estos tapujos.
- Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales trastornan la sociedad.
- Porque Juan, desde que se puso bueno y tomó calle, dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los días del encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza imitaba el lenguaje de la inocencia.
- Pensaba primero en la institutriz de las niñas de Casa Muñoz, por ciertas cosillas que había visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una conversación de Juan con su confidente Villalonga.
- Dice Juan que se metió usted debajo de un banco.
- ¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?
- No, hombre, pierde cuidado replicó Juan poniéndose los botones de la pechera.
- ¡Sombrero! exclamó Juan en el colmo de la estupefacción.
- La portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo habían vivido un señor y una señora, guapetona ella durante dos días nada más.
- Con todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con repulsión.
- Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendo arreciar los síntomas del mal que padecía, y que principalmente se alojaba en su imaginación, mal de ánimo con mezcla de un desate nervioso acentuado por la contrariedad.
- Juan entonces se puso a tiritar, dando diente con diente.
- Juan Pablo, de veintiocho años.
- Juan Pablo era guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil en el decir, de inteligencia flexible y despierta.
- Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante.
- No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la vida.
- Pero en los primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio.
- Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro.
- El amigo era diputado de los que llamaban cimbros, y Juan Pablo, que era hombre de mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo creyó, y hágote empleado.
- Juan Pablo sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno, anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso, dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir.
- Y viéndole más entonado, Juan Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea el porvenir de los hombres.
- Y por aquella vez no había esperanzas para Juan Pablo, porque los suyos, los que él llamaba con tanto énfasis los míos, estaban por los suelos, y había lo que llaman racha en las regiones burocráticas.
- De resultas de esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante.
- Ii Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño siguiese la carrera de Farmacia.
- Juan Pablo estaba entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el resultado de aquellas desventajas.
- Al contrario, eran amigos de su padre, o de doña Lupe o de Juan Pablo.
- V Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín, por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura.
- En cuanto a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta.
- Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro.
- Mi hermano Juan Pablo se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona.
- Pero la calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con ella, son de muy poco tránsito.
- Había sido en su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto parecido remoto con Juan Pablo.
- IV Nicolás y Juan Pablo Rubín.
- Mas no quiso dar su brazo a torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que había en la familia.
- Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles, después la voz de su hermano Juan Pablo.
- Después, le pareció que Juan Pablo y su tía hablaban en el comedor.
- Si Juan Pablo salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones.
- Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón.
- Está tan malo el servicio en Madrid observó Juan Pablo, que no debe usted mirarle mucho los defectos.
- Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje indiferente y frío de Juan Pablo.
- En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén con que Juan Pablo recibiera la noticia de aquello.
- Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba triste.
- Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los suyos.
- Pero como presumía fuese cosa de política, no quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa extraña, liberal en toda la extensión de la palabra.
- La primera noticia que de la herencia tuvo Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.
- Juan Pablo, al llegar a Madrid, escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.
- He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo.
- Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no quiso doña Lupe volver a mentar a los carcundas delante de Juan Pablo.
- En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer.
- A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda por haber vivido ausente de él durante su niñez.
- Precisamente Nicolás fue quien metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y castillos.
- De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos, tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro.
- Propuso Juan Pablo satisfacerlo como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre, y se votó afirmativamente por unanimidad.
- Ambas familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.
- Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del crédito de Samaniego.
- La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo.
- No tenía las seducciones personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño.
- Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe.
- Vii Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.
- La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a la herencia.
- Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco, se fueron enzarzando, enzarzando hasta que.
- Gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz, que a mí no se me manda callar, ¿estamos?
- Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a su hermano.
- Juan Pablo no se dignó contestar.
- Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo.
- Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres pensaba, metiendo y sacando la aguja, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el tarambana de Juan Pablo.
- El danzante de Juan no merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos.
- Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.
- Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano.
- Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella.
- Al despedirse, diole Juan Pablo un fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.
- No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien.
- Juan Pablo, que no había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver de ella, buscaba un pretexto para retirarse.
- Pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la tranquilizadora cifra de doce.
- En efecto, le vio atravesar la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria.
- Anoche han puesto preso a Juan Pablo.
- Y aunque Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad.
- Tú verás a Don León Pintado, para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a Don Juan de Lantigua, que aunque es un señor muy neo, tiene influencia por su respetabilidad.
- Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a la cual había una alcoba perfectamente arreglada.
- ¡Pueblo!, eso es observó Juan con un poquito de pedantería.
- ¿Y Juan Pablo?
- No gustaba Juan que la conversación fuese llevada a este terreno.
- Al verle como un bulto, Juan sintió algo de miedo.
- FIN DE LA PARTE SEGUNDA Parte tercera I Costumbres turcas i Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del día o casi todas ellas en el café.
- Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, había cambiado de café bastantes veces en el espacio de cinco años.
- Equivalía esto a mudar de vivienda, y como todos los cafés de Madrid se parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en sí propio su domesticidad, y a los dos días de frecuentar un café, ya se encontraba en él como en familia.
- Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de emigración.
- Juan Pablo entraba a las ocho, cuando aún no había en el local más que tres o cuatro personas, y los mozos estaban de conversación sentados junto al mostrador.
- Juan Pablo entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una obligación sagrada.
- Juan Pablo y Feijoo pertenecían a esta categoría.
- Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus amigos el único que tan a deshora le acompañaba era Melchor de Relimpio.
- La mesa presidida por Juan Pablo Rubín era la segunda, entrando, a mano derecha.
- Descuide usted replicaba Juan Pablo con suficiencia.
- Dijo con rabia Juan Pablo.
- En este círculo fue donde se coló Juan Pablo, con su clerofobia y su pegadizo saber de teología y filosofía católica.
- Desde el día siguiente Juan Pablo trasladó sus reales a otro café.
- Entendía Juan Pablo que esto de ir corriéndola de mundo en mundo después que uno se muere es muy aceptable.
- Le preguntó una noche Juan Pablo.
- Por supuesto añadía, tiene que venir con la estaca de que habla el amigo Juan Pablo.
- Muchas veces renovó a Juan Pablo sus pagarés, y últimamente le había apremiado con cierta acritud.
- Pero con intención de aproximarse a Juan Pablo, ver lo que hacía y cruzar con él algunas palabras.
- Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era una buena pieza.
- Doña Nieves, bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro.
- La verdad es que todo esto, doña Nieves y las placeras sus amigas, las mujeres de equívoca decencia que iban allí acompañadas de madres postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras, aburrían a Juan Pablo soberanamente.
- En cambio, Feliciana y Olmedo iban con más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San Juan de Dios.
- Tocante a religiones y prácticas sociales que de ellas se derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos.
- Ved aquí por dónde doña Nieves y las placeras sus amigas, Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera simiente de aquel Evangelio al natural.
- Pero a ver, Don Juan Pablo, explíquese mejor.
- Lo que yo dijo y sostengo manifestó una de las samaritanas, tirando por la calle de enmedio, es que este Don Juan Pablo está guillado.
- ¿Pero es verdad, Don Juan Pablo, lo que usted nos cuenta?
- Juan Pablo miró al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofía.
- Ya cerca de las doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada.
- Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era demasiado fuerte para luchar con él.
- En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura.
- Juan la vio temblorosa y sin poder respirar.
- Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla.
- Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se apartó de ella para ir hacia la suya.
- ¡Pobre mujer! exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que empezaba por hacer a la otra digna de lástima.
- En tal situación prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su tesis y con los cubiletes en la mano, yo te planteo el problema a ti.
- Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no tenía complexión viciosa, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de él por haberla perdido.
- Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta los pájaros cuando los examinan de cerca.
- Lo último que Juan dijo fue esto.
- En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de ordenanza.
- Juan entró.
- Es grande amigo de Juan Pablo.
- ¿Y quién es Juan Pablo?
- Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última vez.
- Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía.
- Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de desesperación.
- Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos.
- Este año me llevó Juan dos veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprendía pegándomela con algún trasto.
- Juan me decía que no sirvo para nada, y que no me merezco el palmito que tengo.
- O a casa con su marido, o a la calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algún primo con quien ir tirando.
- Pondré singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo Rubín, que fue quien me presentó a ti, en la calle, ¿te acuerdas?
- A Jacinta y a Juan no les había hablado nunca.
- Esta mañana estuvo Juan Pablo a verme y le eché una chinita.
- Esmerose ella en esto, y cuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras cosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo, planteándole la cuestión resueltamente.
- Decidido a hablar con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo.
- Entre tanto, y supiera o no don Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva.
- Cuando Feijoo entró en el café de Madrid, Juan Pablo no había llegado aún, y decidió esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar.
- Al ir hacia el café había preparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo.
- Uno rato estuvo mi hombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que las personas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su plan lógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver en su cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el café le producía.
- Juan Pablo había recibido de Feijoo algunos préstamos a plazo indefinido.
- Juan Pablo no era de estos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso inglés, en ese estado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dan todas las largas que él quiere tomarse.
- También charló Juan Pablo de política, diciendo con mucho tupé que el Gobierno estaba de cuerpo presente, y que la situación duraría.
- ¡Se da unos atracones de filosofía!, y me parece que dijo Juan Pablo que era filosofía espiritualista.
- La mejoría se acentuó tanto, que Don Evaristo atreviose a salir de noche, y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo.
- ¡Ah!, ¿buscaba usted a Juan Pablo?
- Por fin, distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a la escalera de caracol por donde se sube al billar.
- La indivudua eran el amor de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no histórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la encía superior.
- Argüía sofocado Juan Pablo.
- Decidió retirarse, descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía.
- ¡Pero qué ideas las de Juan Pablo! Parece mentira.
- Con el ajetreo que traía aquellos días, en los cuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias con Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desalado detrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad.
- Ya ves el bueno de Don Juan Prim qué lucido ha quedado con sus jamases.
- Pues a mí no me pasará lo que a Don Juan Prim, porque sé lo que digo.
- ¿crees tú, que el mejor día no te vuelve a querer tu Don Juan?
- Frente a la ventana y formando ángulo recto con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración proyectada.
- A ver, Juan Antonio, si se luce usted.
- Esto lo pondrá Juan Antonio por arriba haciendo cenefas.
- Vaya, Juan Antonio, no más clavazón.
- Para hacer juego, propuso Juan Antonio poner al otro lado la Numancia.
- Juan Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de damasco, formando como un marco.
- Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados.
- Y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al enemigo.
- Vete a ver lo que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato.
- Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel encargo.
- Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos de comida en la mano.
- Juan Pablo no lo sabe todavía.
- Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando él salía, y hablaron.
- Después se asomó al balcón, y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan Antonio y dos vecinos.
- Al mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevándola dentro del portal del Fiel Contraste, le dice.
- Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no está ya de capa sino con un gabán muy majo.
- ¡Tanto tiempo sin vernos! exclamó Juan pasándole el brazo por la espalda.
- Creo que van a San Juan de Luz.
- Siempre he sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo.
- Usted es de la escuela de mi hermano Juan Pablo.
- Que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras sí a la señora humanidad.
- Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehusó.
- Para tratar de esto y acordar lo más conveniente, llamó a Juan Pablo, que a la sazón había pasado de Penales a Sanidad, y podría tal vez poner a su hermano en Leganés, en un departamento de distinguidos, con pago de media pensión o quizás sin pagar un cuarto.
- Y después de todo, ¿a mí qué me importa que herede la finca Juan o Pedro?
- Poco después, mirando para la acera de la Casa Panadería, alcanzó a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de limpia botas, y leyendo un periódico mientras le daba lustre al calzado.
- Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo que se debía hacer, y por fin el primogénito dijo que intentaría aplicar a su hermano un buen sistema terapéutico, antes de recurrir al extremo de encerrarle en un manicomio.
- Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un muerto.
- Pero como saltase en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, se le veía caer en sombrías meditaciones y en un mutismo tétrico del cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar.
- Juan Pablo no supo qué contestarle.
- Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa.
- Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y le dijo.
- Conviene apuntar, antes de pasar adelante, que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la ciencia que llaman financiera.
- Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su tía.
- Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofía, dijo lo siguiente.
- Empezó a tomar su café, y en tanto Juan Pablo se decía con tristeza.
- Juan Pablo discurría así.
- Al principio, cuando no le sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de notar lo bien concertados que eran sus juicios.
- Pero Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo delicadísimo y muy enojoso.
- No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza vendría un ascenso.
- Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima), y además porque la sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza.
- Respetando a Juan, Pedro y Diego.
- Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista dada a todos los demonios.
- Que salió Juan Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio de las olas, y ya no podía más, ya no podía más.
- Iv En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en el café del Siglo las teorías más disolventes.
- Con admiración de todos, Juan Pablo se lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza de la madre.
- Creeríase que Juan Pablo las estrujaba con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.
- ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno de la cabeza?
- En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió de la casa el pobre hombre más muerto que vivo.
- Mas convencido de que no era error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.
- Digo del café, vino gente a felicitar al gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la lotería.
- Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del golpe de suerte que había tenido Juan Pablo.
- Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
- La verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la mona del Cielo el puesto que ella me había quitado a mí.
- Iii El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo y algunos más.
- Juan Evaristo Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la familia cristiana.
- Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo.
- Y después de saludar a Segunda como si fuera esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo.
- Hágalo por mi amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí, sépalo usted, y me constituyo en su tutor.
- Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina tiró de la campanilla para decir a la criada.
- Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho de ver al filósofo otra vez allí.
- Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.
- Pero la leche no parecía, por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas expresiones de tan poco valor en la práctica.
- Se le nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando vino al mundo Juan Evaristo.
- El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.
- Mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala.
- Jacinta hacía girar todo este ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de Juan Evaristo.
- Llegó San Juan, y ni un céntimo.
- IX Había llegado San Juan, la mejor época del año.
- A la caída de la tarde llenábanse las tabernas de hombres enrojecidos y barnizados por el sol, con la recia camisa sudosa, que hablaban de la cosecha y de la paga de San Juan, el semestre que había que entregar á los amos de la tierra.
- Todos los años, por Navidad y por San Juan, emprendía el camino de Valencia, tòle, tòle, para ver á la propietaria de sus tierras.
- ¡Ah, no, doña Manuela! Pimentó era exacto cumplidor de sus deberes, y como arrendatario debía visitar á su ama en Navidad y en San Juan, para demostrarle que si no pagaba no por eso dejaba de ser su humilde servidor.
- A toda aquella gente, que aún guardaba el mal sabor de la paga de San Juan, le hacía mucha gracia ver tratados á sus amos tan cruelmente.
- Hasta su ama se atrevía con él ¡con él, que era el terror de todos los propietarios de la huerta!, y en su visita de San Juan habíase burlado de su dicho de las cadenas y hasta de la navaja, anunciándole que se preparase á dejar las tierras ó pagar el arrendamiento, sin olvidar los atrasos.
- ¡Qué tiempos tan dichosos los transcurridos siendo ella dueña de la tienda de Las Tres Rosas ! Si el dinero es la felicidad, nunca había tenido tanta como en los últimos años que pasó entre mantas e indianas, sedas y percalinas, arrullada a todas horas por el estrépito del Mercado y viendo por las mañanas, al levantarse, el pardalót de San Juan.
- Y atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros.
- ¡Juan! exclamó doña Manuela.
- Era don Juan, el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa, aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia el tío.
- Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvíanse en sus profundas cuencas rodeadas de grietas.
- Además continuó don Juan, ¿para qué quiero yo eso?
- Juan, toda la vida serás un miserable.
- Tal vez por esto don Juan cambió de conversación.
- Que vengan contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante sonrisa.
- El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a don Juan que la seriedad irritada de momentos antes.
- Y tras estas palabras, que debían encerrar mortificante intención, don Juan se despidió, como si deseara que su hermana quedase furiosa contra él.
- Cuando vivía el padre de éste señalando a Juan y yo era sólo primer dependiente! Entonces, aunque me esté mal el decirlo, todos los años, al hacer el inventario, quedaban dos o tres mil duritos para guardar.
- Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su presencia hizo variar la conversación.
- Adiós, Juan.
- Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan, don Eugenio García, fundador de la tienda de Las Tres Rosas, figuraba en primera línea.
- Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de don Eugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero de San Juan.
- Se comenzaba a decir con expresión respetuosa don Baldomero cada vez que se nombraba al general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.
- La mañana pasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar sus aficiones a las cosas de la Iglesia.
- Pero aunque en ello entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el Banco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por ser desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.
- Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba al dinero.
- Como un Don Juan, cuyo cariño le disputaban ocultas y poderosas rivales.
- Juan, primogénito del Fraile, simpatizaba con él como a cofrade en la orden del continuo trabajo y la conquista del céntimo.
- Quien más murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermano austero, huraño y de pulcra rectitud.
- Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen Fraile conocía perfectamente a su hija.
- El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfacción para don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de sus desgracias, hijas de la imprevisión.
- La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de su hermana y se dignase ocuparse en sus asuntos.
- Estas predilecciones irritaban a don Juan, que había sentido un afecto fraternal por su primer cuñado, trabajador infatigable como él y amigo del ahorro.
- Don Juan también hablaba, y había que oírle.
- Allí estaba la del tío don Juan.
- Venía de oír misa de San Juan, su querida parroquia.
- Don Juan, el tío de las señoritas, aquel erizo intratable, había accedido a comer en casa de su hermana, y eran de ver los preparativos.
- Hoy tenemos a la mesa a mi hermano Juan.
- ¡Vaya un señor raro el tal don Juan! Para él no existían teatros ni diversiones.
- Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsa risita, que recordaba la de los conejos.
- Don Juan fue casi llevado en triunfo al salón por sus sobrinas.
- Juan, quédate en el salón mientras yo voy a la cocina a vigilar los preparativos.
- Preguntó don Juan a Amparo.
- Ante tal suposición, le faltó el tiempo para correr en busca de don Juan.
- Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía la pena molestarse.
- Don Juan hizo el mismo gesto de antes.
- Pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia interesada.
- Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en el extremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la izquierda la silla destinada a Rafael.
- Todos comían con apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro, era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.
- Era el tiranuelo de la casa, y a este privilegio unía el de excitarle la bilis a su tío don Juan siempre que se ponía en su presencia.
- Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encías a derecha e izquierda como una cabra vieja, y sus ojillos alegrábanse al ver comer a la familia, y especialmente a Juanito.
- Pero él, don Juan Fora, propietario y paseante perpetuo, sostenía que nada hay como la cocina casera y el comer en familia.
- Pero ¡cuán desmañado era! Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmovía.
- Don Juan comenzaba a mostrarse más alegre.
- ¡Ole por la cocinera! Don Juan encontró de mal gusto la felicitación, pero admiró la obra.
- Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano.
- Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña Manuela apenas lo probó.
- Don Juan contemplábalo con miradas de amor.
- Juan, come ese pedazo le decía su hermana.
- Bebe más, Juan.
- Después, la clásica sopada, sin la cual don Juan no comprendía los banquetes.
- También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas, que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago.
- Pero para su hermana era un detalle de suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo que acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese un niño.
- Don Juan dábase cariñosas palmaditas en el vientre.
- Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y compararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarse en la criadita.
- Le prometió a Juan venir a la hora del café.
- Y éstas mirábanle como un ser extraordinario, como un Don Juan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencas que, por sus desdenes, se habían tragado cajas de fósforos, y de hermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tan adorable.
- Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente.
- Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan.
- Hay que seguir las costumbres, Juan.
- ¿Qué le pasaba a don Juan?
- ¿duermes, Juan?
- Su Juan, a quien ella siempre había querido tanto, respetando sus sabios consejos.
- Tú no me abandonarás en este apuro, ¿verdad, Juan?
- Tú me prestarás esa cantidad, y yo te la devolveré a San Juan, cuando cobre los otros arriendos.
- ¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que don Juan salió de su turbada digestión.
- Además, ella prometía devolverlos a San Juan.
- ¡Adiós digestión! Ahora sí que don Juan salía de la placentera calma, despertando de su amodorramiento.
- Y además, ¿qué era aquello de la paga de los arriendos y de devolver los ocho mil reales el día de San Juan?
- Tal vez el piano amansase a don Juan.
- Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna.
- Don Juan cobró ánimos con este estrépito.
- Llegarás, llegarás repuso don Juan sin perder la calina.
- Cállate, Juan.
- Su amiga doña Clara, la corredora de los prestamistas, de la que don Juan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares.
- En cuanto a las amenazas de don Juan, que había previsto el caso, se burlaba de ellas.
- Cuidado, Juan, con decirle una palabra.
- Y descartados don Juan y el comerciante, doña Manuela volvió a la carga.
- Al avalar el pagaré de su madre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz de hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan.
- Y Juan, no atreviéndose a nombrar a su tío, dejó de proponer soluciones.
- Don Juan estaba arriba, en los porches, dando de comer a los palomos y a las gallinas.
- La afición de don Juan a visitar almonedas, comprándolo todo con tal que fuese barato, había convertido su casa en una prendería.
- Y don Juan, abandonando la ratonera, rué hacia su sobrino con la sonrisa paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y malhumorado con todos.
- La melancolía del joven parecía comunicarse a don Juan, que ya no arrojaba granos a sus aves.
- Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos, como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado.
- Y a pesar de que las gallinas y las palomas picoteaban en torno de él, quitando grandeza a la escena, don Juan parecía un personaje bíblico, un profeta desesperado gimiendo lamentaciones ante las ruinas de la ciudad amada.
- Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido.
- ¡Cómo se reía don Juan de las fortunas de los bolsistas! Buen provecho.
- Se levantaría a la misma hora que él, y mientras Juan vigilase la limpieza de la tienda, ella ayudaría a la criada en lo de arriba.
- Y entonces tendrá que ver que al digno comerciante don Juan Peña, cuando suba a almorzar, se le cuelguen de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y no le dejen tragar bocado con tranquilidad.
- Amaba, era amado, tenía fe en el porvenir, sentíase a cien leguas de las miserias de su familia, y para mayor felicidad, el tío don Juan, enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservándose dar su aprobación definitiva cuando conociese a Tónica.
- Esta indiferencia anonadaba a Juan.
- Todas las extraordinarias visiones del soñador de Patmos, cuantas alucionaciones había consignado el evangelista Juan en su Apocalipsis, pasaban ante el gentío, sin que es Le, después de contemplarlas tantos años, adivinase su significación.
- Revivía la sangre comercial de su padre, el instinto acaparador de su tío don Juan.
- Y miraba igualmente los cromos baratos que adornaban las paredes del salón, sustituyendo a dos grandes cuadros heredados de su padre, obra de Juan de Juanes, por los cuales le habían dado lo preciso para vivir durante un mes.
- Su tío don Juan no hablaba ya con él.
- Y además, en sus cálculos de comerciante, siempre había figurado la esperanza de ser el heredero de don Juan.
- ¡Cómo sentía ahora su rompimiento con el tío don Juan! El viejo, a pesar de su tacañería y sus manías, era un hombre puro y recto.
- Decía bien su tío don Juan.
- La mujercita saludó con una dulce sonrisa a Juan, y dejando sobre su mismo banco el pequeño y la cesta, encorvóse penosamente para atar el zapato de su hijo mayor.
- Don Juan había jurado en todos los tonos no volver a poner los pies en la casa de su hermana.
- Soy el tío Juan.
- ¡Juan! gritó doña Manuela avanzando un paso con ademán imponente, extendiendo las crispadas manos como si fuera a arañarle.
- Don Juan subrayó con tanta expresión estas palabras, que su hermana dio un paso atrás, palideciendo y bajando las amenazantes manos.
- Y don Juan, enternecido por los recuerdos, gimoteaba inclinado sobre aquella cabeza lívida, en cuya frente caían las lágrimas del viejo, mezclándose con el agónico sudor.
- De pronto debió arrepentirse don Juan de su debilidad.
- Tan visible era su desesperación, que don Juan calló, compadecido de su hermana.
- Don Juan palidecía como si sufriera los movimientos dolorosos de aquel cuerpo inerte, y miraba a su hermana con la misma expresión que si fuese ella la que martirizara al enfermo.
- Esto causó cierta impresión en el viejo, y mientras las niñas, de pie junto a la cama, contemplaban con el ceño fruncido y los labios apretados la agonía del pobre enfermo, don Juan dijo a su hermana en voz muy baja y titubeando como si se arrepintiera de su debilidad.
- Nadie las conocía, pero iban acompañadas por don Juan.
- No, no te acerques, niña dijo bondadosamente don Juan.
- Y don Juan, empujando dulcemente a Tónica y Micaela, las sacó del salón, mostrando con ellas una solicitud paternal.
- Había llegado frente a San Juan, y su mirada, cada vez más indecisa y obscura, se fijó en la célebre veleta, en el pajarraco que doraba el sol, dándole el brillo de un ave del Paraíso.
- Sea usted honrado, trabaje usted mucho, para verse arruinado, sin otro recurso que pedir limosna en la puerta de San Juan a los hijos de mis amigos.
- Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal.
- Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés la suma.
- Celebraba mucho la memoria del señor don Juan, y oíle decir yo muchas veces de Luis Quijada que había sido honra de amigos.
- Y como él no sabía nada de mar, porque no tenía de naval más del comer nabos, dijo, contando la batalla que había vencido el señor don Juan en Lepanto, que aquel Lepanto fue un moro muy bravo, como no sabía el pobrete que era nombre del mar.
- Tuve ocasión para dar en esto porque una a cuya petición había yo hecho muchos villancicos se aficionó en un auto del Corpus de mí viéndome representar un San Juan Evangelista (que lo era ella).
- Y determinéme el día de San Juan Evangelista, porque acabé de conocer lo que son las monjas.
- Los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir llevando a sangre y a fuego amores y desafíos.
- X PASO POR SAN JUAN DE DIOS SIN gran brillantez, pero también sin grandes fracasos, Andrés Hurtado iba avanzando en su carrera.
- Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio Aracil asistir a unos cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el hospital de San Juan de Dios.
- La visita en San Juan de Dios fué un nuevo motivo de depresión y melancolía para Hurtado.
- Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de Dios.
- Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
- Un tipo misterioso y extraño del hospital, que llamaba mucho la atención, y de quien se contaban varias historias, era el hermano Juan.
- El hermano Juan cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos.
- El hermano Juan era un hombre bajito, tenía la barba negra, la mirada brillante, los ademanes suaves, la voz melíflua.
- Este callejón tenía dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de uno de ellos, del que estaba más cerca de la calle de Atocha, había establecido su cuchitril el hermano Juan.
- Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle algo de comer y de beber.
- Estamos de guardia, hermano Juan dijo uno de los internos.
- El hermano Juan era el tipo raro del hospital.
- A pesar de su caridad y de sus buenas obras, este hermano Juan era para Andrés repulsivo.
- Así que cuando veía al hermano Juan, sentía esa impresión repelente, de inhibición, que se experimenta ante los monstruos.
- La buena señora manifestaba unas ínfulas aristocráticas grotescas, y recordaba los tiempos en que su marido había sido subsecretario e iba la familia a veranear a San Juan de Luz.
- El tal Victorio era un Don Juan de casa de préstamos.
- Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?
- Ahí tienes el caso del hermano Juan.
- Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca, leía un periódico.
- El segundo, don Juan, era hombre que quería pasar por joven, de aspecto muy elegante y pulcro.
- Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés, que era extensa.
- IV LA HOSTILIDAD MÉDICA DON Juan Sánchez había llegado a Alcolea hacía más de treinta años de maestro cirujano.
- Don Juan era un manchego apático y triste, muy serio, muy grave, muy aficionado a los toros.
- El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante, hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador.
- Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la antigua Alce.
- Paso por San Juan de Dios 69 XI.
- Donde no, a tercero día hacíamos Sant Juan.
- ¡Sant Juan y ciégale! Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo.
- El arca de Noé de mi tío Juan era un arca melancólica.
- El capitán de barco, Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuando volvía de Cádiz de cargar un galeón de mercaderías, se encontró en alta mar con el corsario francés Juan Florín, cuyo nombre espantaba a cuantos salían al mar.
- Por ambas partes corrió la sangre en abundancia, y después de la refriega, Martín Pérez de Irizar apresó a Juan Florín, a sus barcos y a toda su gente.
- Juan Florín quiso dar veinte mil duros al capitán Irizar por su rescate.
- El emperador don Carlos, nuestro Señor, mandó que fuese ahorcado Juan Florín, el pirata, y que el capitán Martín Pérez de Irizar pusiera en su escudo, para eterno recuerdo, el galeón, el arpón y la bandera ganados en la batalla.
- VII EL FUNERAL DE MI TÍO JUAN Una impresión de la infancia que me causó gran efecto, fué el funeral de mi tío Juan de Aguirre.
- Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mi familia existía cierta reserva al referirse a mi tío Juan.
- Nuestra criada la Iñure, que era muy supersticiosa, me aseguró que el tío Juan no había muerto.
- Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nada a mi madre, la Iñure me contó que mi tío Juan se había hecho pirata, que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en la espalda.
- Al parecer, mi abuela recibió del cónsul de un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirre había muerto.
- Pero me parecía que allí dentro debía de estar agazapado el tío Juan con sus cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.
- Por la noche, la Iñure me aseguró de nuevo que mi tío Juan no había muerto.
- Hablaría con aquel señor y resultaría mi tío Juan.
- Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó mi espíritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia, con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar mayor.
- Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contra cualquier Juan Florín que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas.
- José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo.
- Eso no es así decía, por ejemplo, al exponer yo una opinión cualquiera, y te contestaré con lo que dijo Periquito Sánchez a don Juan Martínez en Cádiz, en el año de 27.
- VI EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia tanto me preocupó.
- ¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?
- Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.
- ¿Juan de Aguirre y Lazcano?
- Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía, y estaba, según me dijeron, en Ilo Ilo.
- Varios nos confirmaron que, efectivamente, habían oído hablar hacía unos quince años de un Juan de Aguirre, propietario en Ilo Ilo y antiguo marino.
- Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendo el comercio de negros y de chinos hasta que fué apresada su urca por un crucero inglés.
- Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan, registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papeles viejos.
- Pregunté a mi madre si conocía al retratado, y me dijo que era su hermano Juan, pero tan raro, que casi no le conocía.
- En un paquete de cartas amarillas leí una firmada Juan.
- Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su familia y yo, de chico, asistimos a su funeral.
- Dirigía los trabajos un tal Juan Machín, hijo de Lúzaro, a quien se recordaba haber conocido holgazaneando por el pueblo.
- En mis tiempos de chico, hablaba mucho de minerales y de filones de hierro un señor que se llamaba don Juan Beracochea, de quien la gente solía burlarse porque andaba con un criado suyo haciendo excursiones por los montes próximos, y decía que los alrededores de Izarte valían una millonada.
- En esto apareció Juan Machín, en compañía de unos ingleses.
- Juan Machín se casó con una mujer rica de Bilbao.
- Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el que desapareció.
- ¡Usted es Juan de Aguirre! Sí.
- Uno, que entregues este sobre a Juan Machín, el minero.
- ¿Juras que entregarás esta carta a Juan Machín, el minero, dentro de un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?
- Tenía la evidencia de que el viejo era Juan de Aguirre y de que Mary era mi prima.
- Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y entró el torrero, Juan Urbistondo.
- Mi tío Juan había muerto.
- La cuestión del nombre de mi tío Juan de Aguirre, que a veces me preocupaba, se aclaró en Burdeos.
- Un viejo marino retirado, que tenía una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tío Juan, me dio nuevos datos acerca del padre de Mary.
- Tristán de Ugarte era el nombre con que el médico de Elguea había extendido la partida de defunción de mi tío, y El Dragón el nombre del barco en donde había navegado Juan de Aguirre, según me contó Francisco Iriberri.
- En aquellos momentos se consideraba el San Juan de Dios de los negros.
- No tardaron en encontrar lo que yo pedía, y, efectivamente, me enviaron una relación de cómo se había apresado la ballenera de este brick barca sospechoso de piratería, a la altura de las Canarias, y una lista de la tripulación, en la cual se encontraban los nombres de Juan de Aguirre y Tristán de Ugarte.
- LIBRO QUINTO JUAN MACHIN, EL MINERO I MALA NOTICIA Todas las preocupaciones que me servían para olvidarme un poco de mis inquietudes amorosas fueron pronto desechadas al recibir una carta de Genoveva, la hija de Urbistondo.
- Genoveva me decía que Juan Machín, el poderoso minero de Lúzaro, galanteaba a Mary.
- Juan Machín se fué a Bilbao y se confundió con los holgazanes y perdidos de baja estofa que pueblan de noche el barrio de Miravilla.
- En la fe de bautismo de Mary aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano.
- Ya hacía también aproximadamente un año que había muerto el padre de Mary, y tenía que entregar a Machín el sobre de mi tío Juan.
- En general ninguno quería creer en la buena intención de Juan Machín al socorrernos.
- Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.
- Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de nuestra abuela.
- Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
- ¿Y al señorito Juan?
- Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?
- ¿Le escribimos a Juan?
- ¡Escríbale usted al señorito Juan! Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia.
- Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco.
- Antes consultaría con Juan replicaba yo.
- Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
- Es perder el tiempo hablar de Juan.
- LIBRO SÉPTIMO EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE I RESOLUCIÓN DESESPERADA He sido educado con una gran severidad de principios.
- Yo me llamo desde ahora Juan de Aguirre.
- El muerto aparecía con el nombre de Juan de Aguirre, y yo, de quien se ignoraba el paradero, como Tristán de Ugarte.
- Esto decía el manuscrito de mi tío Juan de Aguirre.
- Juan Machín no ha aparecido.
- Pero no tengo que recordarla como mi tío Juan de Aguirre, ni como el héroe de Walter Scott, muerta, sino que la veo viva, a mi lado.
- Lo mismo Capistun que Martín, tenían como punto de descanso el pueblo de Zaro, próximo a San Juan del Pie del Puerto, donde vivía la Ignacia con Bautista.
- Allá estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta.
- CAPÍTULO VII CÓMO MARTÍN ZALACAÍN BUSCÓ NUEVAS AVENTURAS Una noche de invierno llovía en las calles de San Juan de Luz.
- En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban.
- He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aquí a caballo.
- En el balcón de una casa pequeña, enfrente de la iglesia de San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.
- Había ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una porción de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.
- Se sacó la caja y se la colocó en el coche que habían mandado de San Juan del Pie del Puerto.
- El muelle era una escuela ateniense para despabilarse en pocos años, y yo no fui de los alumnos menos aprovechados en aquel vasto ramo del saber humano, así como tampoco dejé de sobresalir en el merodeo de la fruta, para lo cual ofrecía ancho campo a nuestra iniciativa y altas especulaciones la plaza de San Juan de Dios.
- En la plaza de San Juan de Dios compré algunas golosinas, más que por el gusto de comerlas, por la satisfacción de presentarme regenerado ante las vendedoras, a quienes me dirigí como antiguo amigo, reconociendo a algunas como favorecedoras en mi anterior miseria, y a otras como víctimas, aún no aplacadas, de mi inocente afición al merodeo.
- Habló luego de su barco, el San Juan Nepomuceno, al que mostró igual cariño que a su joven esposa, pues según dijo, él lo había compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de él uno de los primeros barcos de la armada española.
- Oye, Juan añadió dirigiéndose a un marinero de feroz aspecto, súbeme a este galápago a la verga mayor para que se pasee por ella.
- ¿Cómo pueden venir a ayudarnos el San Juan y el Bahama, que están a la cola, ni el Neptuno ni el Rayo, que están a la cabeza?
- Don Juan Cisniega, teniente de navío, el cual no tenía parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido.
- Don Joaquín de Salas y Don Juan Matute, también tenientes de navío.
- Cinco navíos ingleses de la división de Collingwood se dirigieron contra el San Juan.
- Volvieron los dos navíos que nos habían atacado primero, y el Dreadnoutgh se puso al costado del San Juan, para batirnos a medio tiro de pistola.
- Viendo que no era posible hostilizar a un navío que por la proa molestaba al San Juan impunemente, fue él mismo a apuntar el cañón, y logró desarbolar al contrario.
- La consternación de que yo estaba poseído desde que recibí en mis brazos al héroe del San Juan, no me impidió observar el terrible efecto causado en los ánimos de todos por aquella desgracia.
- Rindiose el San Juan, y cuando subieron a bordo los oficiales de las seis naves que lo habían destrozado, cada uno pretendía para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto.
- Quisieron que el comandante accidental del San Juan decidiera la cuestión, diciendo a cuál de los navíos ingleses se había rendido, y aquél respondió.
- A todos, que a uno solo jamás se hubiera rendido el San Juan.
- El número de heridos a bordo del San Juan era tan considerable, que nos transportaron a otros barcos suyos o prisioneros.
- Los navíos que nos habían rescatado, esto es, el Rayo, el Montañés y el San Francisco de Asís, quisieron llevar más adelante su proeza, y forzaron de vela para rescatar también al San Juan y al Bahama, que iban marinados por los ingleses.
- La intrepidez de los navíos españoles no tuvo más éxito que el rescate del Santa Ana, pues les cargó el tiempo y tuvieron que retroceder sin poder dar caza a los navíos ingleses que custodiaban al San Juan, al Bahama y al San Ildefonso.
- En cuanto lo supe y me enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos cuantos navíos, fui a ver si entre ellos venía el San Juan, donde estabas tú.
- A bordo del Rayo, donde me embarqué esta mañana, pregunté por ti, por el San Juan.
- Según las indicaciones que iban haciendo los marineros, junto a quienes estaba yo, pasábamos frente al banco de Marrajotes, de Hazte Afuera, de Juan Bola, frente al Torregorda, y, por último, frente al castillo de Cádiz.
- Entre aquellos cuadros había una copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro de Murillo San Juan de Dios, del Hospital de incurables de Sevilla.
- Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
- Don Carlos tenía también el Cantar de los cantares, en la versión poética de San Juan de la Cruz.
- Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita para improvisar oraciones.
- Versos a lo San Juan, como se decía ella, le salían a borbotones del alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados.
- Notaba Anita, excitada, nerviosa y sentía un dolor extraño en la cabeza al notarlo una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.
- Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San Juan de la Cruz no valía nada.
- Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que la Regenta es una fortaleza inexpugnable.
- Y eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía gritó Orgaz hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera de sí al bárbaro de Pernueces.
- Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción ronzalesca.
- Y el verbo se hizo carne en lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de un altar.
- Porque aquel señor Mesía se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don Fermín a sospechar si tendría propósitos non sanctos el célebre don Juan de Vetusta.
- ¡y qué desconsolador era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos.
- A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales nos da por fin Don Juan Tenorio ?
- Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a Quintanar que obligase a su esposa a ver el Don Juan.
- Pero dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable! Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso, absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.
- Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan con doña Inés de Pantoja.
- Cuando se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos los requisitos del punto de honor.
- En aquel momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable padre.
- Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del paraíso que aplaudía entusiasmado.
- Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con voz trémula por la emoción.
- Cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué paraba la apuesta de don Juan y Mejía.
- Anita comenzó a comprender y sentir el valor artístico del Don Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de Zorrilla.
- Los desvelos de Ciutti, las trazas de Don Juan.
- Ana se sentía transportada a la época de Don Juan, que se figuraba como el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido.
- Comparar aquella Edad media soñada ella colocaba a Don Juan Tenorio en la Edad media por culpa de Perales con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel instante, era un triste despertar.
- La carta de don Juan escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba su bujía al papel.
- Y don Juan.
- ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su presencia!
- ¡Hablar del Don Juan Tenorio como si se tratase de un estreno! ¡Si el Don Juan de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!
- Estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que el Don Juan Tenorio carecía de la miga suficiente.
- La robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja, palabras que parecían chispas de fragua.
- ¿Sucumbiría ella como doña Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor?
- La quinta de don Juan, la barca debajo del balcón.
- Don Juan, don Juan, yo lo imploro de tu hidalga condición.
- El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa.
- El pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le hizo temblar.
- ¡ahí es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al Don Juan Tenorio, en vez de rezar por los difuntos.
- Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.
- Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan.
- Y usted me dirá entonces si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le arrancaba el bueno de don Juan Tenorio.
- A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no despreciara tales hablillas, abroquelado en el santuario de su conciencia, hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro.
- El verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como puede.
- Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el cerebro.
- Memorias de Juan García, podría decir algún chusco.
- ¡al monte! ¡al monte! Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
- El maduro don Juan que, como él decía, était déjà sur le retour, se sentía transformado por la juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita.
- No le faltaban motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
- ¡por un don Juan de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y hueca!
- Pero al día siguiente, ayer por la mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío.
- De suerte que polillas, gusanos y arañas, acosadas en todas partes, hallaron refugio a la sombra del risueño Arouet y su enemigo el sentimental Juan Jacobo, que también dormía allí sosegadamente desde los años de 1816.
- A veces meditaba en ello interrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros de San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio.
- Soy un majadero, un Juan Lanas.
- Yo recuerdo, por ejemplo, que don Juan Pedro Muchada era un gran hacendista.
- Yo a quien conocí y traté, porque era gran amigo de mi padre observa otro contertulio, fue a don Juan Manuel Montalbán y Herranz.
- Don Juan Pedro Muchada recomendaba en su libro la formación de sociedades cooperativas para obreros.
- El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendió que tenía delante un enemigo, y, aparte de fundar La Revista Forestal, sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por mí y toda la escuela economista, delegó en el ilustrado y elocuente escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis artículos.
- Maissonnave lo tomó como una ofensa personal, y me desafió, ¡a mí, que, como el don Diego de Flor de un día, mataba las golondrinas con bala y era digno rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis creencias religiosas no me permitían batirme.
- A pesar de tanto trabajo, aún me quedaba tiempo para asistir a las veladas literarias del excelente literato y cronista de la provincia don Juan Vila y del inspirado poeta Alejandro Harssem, barón de Mayals.
- ¡A nuestro excelente amigo don Juan Férriz! Tú te ríes, pero tú ya lo sabías.
- Don Juan traía una cesta enorme, que ha puesto encima de la mesa.
- Después don Juan me ha dicho.
- Don Juan me ha estado hablando de lo que por ahí ocurre, que es lo mismo de siempre.
- Parador Nuevo de la Plaza de Juan el Botero Paja suelta, agua dulce.
- Oh, si pudiese decir de él pensaba lo que Santa Teresa en una carta Gertrudis leía mucho a Santa Teresa decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de Ahumada.
- Me temo por la pobre muchacha vaticinó don Juan, el médico, un viudo que menudeaba sus visitas.
- ¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan le interrumpió Gertrudis.
- Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
- Temo complicaciones al corazón sentenció don Juan.
- Claro, ¡los pesares y disgustos! ¿Pero se morirá, don Juan?
- Sálvele, don Juan, sálvele, como sea.
- Eso es lo de menos, don Juan.
- XVII GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un día hallarse dispuesta a cambiar de médico.
- Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo último que dirá en esta casa.
- Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
- Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
- Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.
- Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
- ¿le he entendido, don Juan?
- Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea incapaz de hacerlos.
- Pero cuando supo que don Juan se remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más el corazón.