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Frases que tengan las palabras: tenía y much

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Frases con: tenía y much

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  • Tenía Juanito entonces veinticuatro años.
  • Vestía con elegancia y tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado.
  • Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero botarate.
  • Pero no tenía aquella buena señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las criaturas que son objeto de él.
  • Pero Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas y sabía defenderse.
  • ¡Dios mío, qué soso era! Ya tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino que usted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie.
  • Los domingos, mi mamá tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo.
  • Todavía me acuerdo del miedo que te tenía.
  • No tenía más remedio que decirte algo.
  • Había empezado el padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo, constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15, uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería nacional y extranjera.
  • Afortunadamente para ellos, la casa tenía un crédito inmenso.
  • Con esto tenía lo bastante para no aburrirse.
  • Pero lo que tenía en más estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el leopardo y el unicornio.
  • Y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y picaba como la guindilla.
  • Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el fuerte olor de agua de Colonia o de los siete ladrones, que el pañuelo tenía.
  • La ferretera, algo corrida, tenía que guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente injustos.
  • Por último, las dos amiguitas y otras que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas, reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.
  • Pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil colores.
  • La mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para realizarlos.
  • Tenía un mirar leal y cariñoso, como el de un gran perro de aguas.
  • Pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no estando enamorada, tenía ganas de estarlo.
  • También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía alma para sacarla fuera.
  • Que los dos caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde y como debe descubrirse, en las ocasiones.
  • Don Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita cincuenta y dos.
  • Su cara tenía la frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más afeite que el agua clara.
  • Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano.
  • Parecía pelo empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni Cristo que lo fundó.
  • Don Baldomero no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal, ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le formaron a él.
  • ¡Efectos de la evolución educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir.
  • Pero lo más particular era que creyendo Don Baldomero que tal sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por deplorable tratándose de su hijo.
  • Mientras fue Don Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a quien se podría llamar Don Baldomero el Grande.
  • Para compensar las pérdidas de la quemazón, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, que tenía más pesquis que este.
  • Porque Madrid no tenía de metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula.
  • Era quizás Gumersindo la persona que en Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro.
  • Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma, confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo.
  • Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo.
  • Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si su capital no era grande, tampoco tenía deudas.
  • En tal situación y en los breves periodos que tenía libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado gobierno de aquella casa.
  • Era forzoso hacer el artículo, y aquella gran mujer, negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con su género a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía, ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar.
  • Llamábase Pepe Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su honradez probada.
  • Tenía un primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos horteras.
  • En cambio, había un Villuendas tabernero y otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado El Buen Gusto.
  • Estupiñá tenía un vicio hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás energías de su alma.
  • Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía lo que le pedían.
  • Por Navidad, cuando se empezaban a armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para estarse metido en aquel cuchitril oscuro.
  • Su afabilidad tenía tonos como este.
  • Como sus necesidades eran muy cortas, pues no tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba.
  • Dos caracteres principales tenía su entretenida charla, y eran.
  • Tal ascendiente tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho.
  • El niño y el viejo se entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar ninguna regla.
  • Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás con personas ordinarias y de baja estofa.
  • Creyó que era el Viático, y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una corta oración y dijo.
  • Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno.
  • Pasada aquella hora, desaparecía de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de tienda.
  • Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para defender el garbanzo, pues siempre hacía el papel de que trabajaba como un negro.
  • Tenía puerta para la escalera de la Cava, y usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.
  • La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.
  • Observó que el Delfín, cuya edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos.
  • Y cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el mayor de los sacrificios.
  • La mamá se la tenía guardada.
  • Pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un verdadero caso de infalibilidad.
  • Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él) habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.
  • Jacinta iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a su hijo y a su sobrina.
  • Porque si cada cual en sí tenía el desarrollo moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban en la edad del pavo, muy lejos de sospechar que su destino les aproximaría cuando menos lo pensasen.
  • Él, que tan atrevido era lejos del hogar paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas, se convirtieran en tálamo.
  • Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su elección.
  • Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
  • Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban.
  • Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
  • Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber.
  • Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para hacer llorar al público y otras para hacerle reír.
  • Tenía entonces la manía de lo popular.
  • Parecía que le adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra que andaba por dentro.
  • Iv Jacinta no tenía ninguna especie de erudición.
  • Por fin, en no sé cuál apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores, rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos.
  • Ya tenía deseos de ver a sus hermanas, a su papá y a sus tíos y suegros.
  • Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés.
  • Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia.
  • Fortunata no tenía educación.
  • Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas.
  • No, niña de mi alma replicó él sentado en el suelo sin descubrir el rostro, que tenía entre las manos.
  • Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia allá.
  • Tenía conciencia vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo.
  • Pero Segunda había traspasado la huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la escalerilla, una covacha a que daba el nombre de establecimiento.
  • Pero tenía sobre su alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la responsabilidad de su marido en aquella falta.
  • Cuando se vieron libres de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de tener ocasión de darle el par de galletas que se tenía ganadas.
  • Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.
  • Pero la vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.
  • Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes seductoras de su marido.
  • A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una cotorra.
  • Verdad que tenía el cabello casi enteramente blanco.
  • Y al año de casada, más aún a los dos años, deseaba ardientemente lo que no tenía.
  • ¡Pobre joven! Lo tenía todo, menos chiquillos.
  • ¡Y ella, que era rica, no tenía ni siquiera medio!
  • En esto reina cierta oscuridad, que no se disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número de eses que hizo cuando cogió la primera pítima de que la historia tiene noticia.
  • Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas en un solo andar desde el salón a la cocina.
  • Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente.
  • Pero el arreglo definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.
  • Juan solía tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y también tenía caballo de silla.
  • La nuera tenía el delicado talento de respetar esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la autócrata, mostrábase conforme.
  • Barbarita era administradora general de puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no fuese en los viajes de verano.
  • Y por dicha suya, no tenía que calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de familia.
  • El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea de Don Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después de acostados, todo lo que había visto en el Regio coliseo.
  • Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de teatro.
  • Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que no tenía gusto para nada.
  • Y Candelaria, que apenas tenía con qué vivir, ¡uno cada año!
  • De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez.
  • Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda, como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando menos se le espera.
  • Los verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías verdaderas de la maternidad.
  • Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza pasaban referentes a aquel tema de la maternidad.
  • Y Juan, que tenía talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la maternidad sin hijo.
  • Barbarita tenía la chifladura de las compras.
  • El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de Santiago.
  • Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le fuera la salvación del alma.
  • Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo para irlas desembuchando.
  • Barbarita tenía en la médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el género arreglado.
  • Por la ropa blanca y por la mantelería tenía la señora de Santa Cruz verdadera pasión.
  • Siempre tenía Don Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.
  • Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita, una silla baja.
  • Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se movía de allí ni tenía que ver con nadie.
  • La de Pacheco, que tenía buenas despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas las bromas sin enojarse nunca.
  • Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los hombres que dirigen los destinos del mundo.
  • Yo no tenía ya ni dinero ni quien me lo diera.
  • Ya estaba decidida, y no crean, alegre como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer.
  • Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel tumulto que en el salón había.
  • Tenía la misma edad que Don Baldomero.
  • Por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla.
  • Pero este, a quien su mujer tenía cogido del brazo, se negó a salir.
  • Porque no tenía duda de que Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer.
  • ¡Pero bueno era el otro para dejarse coger! Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas.
  • ¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que pasear y divertirse.
  • No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus expensas vive, y ella tenía dos.
  • Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para sistematizar y refinar sus dichas.
  • Juan tenía temporadas.
  • Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que no había farsa, ni vil interés ni estudio.
  • Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía tantos rincones y callejuelas.
  • Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían mucha falta.
  • Quería gustar también la virtud, no precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza misma tenía para él su picante.
  • Tenía cierto respeto ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no era él seguramente quien daba tres.
  • Una de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los hijos de familia en estos depravados tiempos.
  • Lo que hacía cavilar algo a Don Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45.
  • Respecto a las perfecciones morales que toda la familia declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas.
  • Vaya si las tenía.
  • Había estado todo el día y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña pequeña.
  • No tenía más que la camisa de finísima holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su mamá.
  • Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no tenía atadero.
  • Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace.
  • Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos parroquianos.
  • El Delfín no tenía paciencia para soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
  • Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!
  • En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del plan que tenía para la mañana siguiente.
  • Irían juntas a la calle de Mira el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones.
  • Cuando se durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.
  • Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con agujeros, o con orificios, como diría Aparisi.
  • Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de gorra y les preguntó que a quién buscaban.
  • Comparado con el segundo, el primero tenía algo de aristocrático y podría pasar por albergue de familias distinguidas.
  • Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos enteramente negras.
  • La Venus de Médicis tenía los párpados enfermos, rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de ella que con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre.
  • El Pitusín tenía el cabello negro.
  • De este modo tenía, a su parecer, el aspecto de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la quería comer.
  • El Pituso empezó a cansarse pronto de su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca gracia.
  • Por fin una mujer agitanada y con faldas de percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el pelo lacio y la tez crasa y de color de terra cotta, se pareció por allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para despercudir y chovelar a aquel ángel.
  • Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho todo una ese, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar.
  • Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido.
  • Me alegro de verle a usted tocayo le dijo Ido, a punto que las chuletas eran puestas sobre la mesa, porque tenía que comunicarle cosas de importancia.
  • Pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a la calle, entonces.
  • Pero cuando vino la judía Repóblica, se me había muerto mi Dimetria, y yo no tenía que comer.
  • ¡Pa chasco! A cuenta de que el hombre me debía de tener tirria, porque se remontó y dijo que él no tenía colocaciones.
  • Hay que declarar que parte de su mala reputación la debía a sus fanfarronadas y a toda aquella humareda revolucionaria que tenía en la cabeza.
  • Ido permaneció completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y desconfianzas.
  • Lo más peregrino es que aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro.
  • Si en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y metérselo por los ojos, la cosa era hecha.
  • No tenía él ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira, dentro de las cuales estaban las manos verdaderas.
  • Tenía un hombro al aire, y una de las nalgas estaba también a la intemperie.
  • Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el pequeño en brazos.
  • Viii A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella, esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas.
  • Esta tenía a sus dos niños descalcitos.
  • La otra no los tenía descalzos ni calzados, porque se le morían todos, y a ella le había quedado una angustia en el pecho que decían era una eroísma.
  • La de más allá tenía cinco hijos y vísperas, de lo que daba fe el promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo.
  • La falda la tenía remendada, pero aseadísima.
  • Vivía en una de las habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón más para que Jacinta simpatizase con ella.
  • Se hacía tarde, y Jacinta no tenía sosiego.
  • Ix Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él.
  • Ya tenía la boca abierta para soltar un conforme más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería cultivada en su mente armole una gritería espantosa.
  • ¡Si habrá usted creído que esta señora tenía un gran interés en apropiarse del niño! Es un capricho, nada más que un capricho.
  • Díjole Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo parlamento con el endivido, quien tenía al chico montado en el hombro, ensayándose sin duda para hacer el San Cristóbal.
  • El primogénito de los claques fue objeto de una serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de hacer el higuí en los Carnavales.
  • Ver partir a doña Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón.
  • Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si Guillermina había hecho algo.
  • Si tenía que salir, eso bien lo veía yo afirmó Samaniego con esa convicción que es resultado del gozo.
  • Tenía que salir.
  • Ya tenía su juguete.
  • Pero ella tenía sus razones para obrar así.
  • Pareciole que tenía algo de calentura.
  • De repente acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma se estremecía con el placer de su pueril venganza.
  • ¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado! añadió con incredulidad.
  • Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su suegra el lío que entre manos traía.
  • Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana por Rafaela en los bazares de Liquidación por saldo, a real y medio la pieza, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces.
  • Algunas, como Severiana, que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con un saludo afectuoso.
  • Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen cuidado de que la vieran.
  • Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para echarse a llorar.
  • Pues si lo reclama, no se lo daré manifestó Jacinta con una resolución que tenía algo de fiereza.
  • Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para marcharse, volvió junto a su nuera para decirle.
  • También Barbarita tenía buen ver.
  • Juanín tenía el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con él.
  • Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía cuatro años.
  • Jacinta tenía ya celos.
  • Tenía bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse.
  • El maldito tenía en aquella época la demencia de los castillos.
  • Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada.
  • Desde que se dio tierra al pequeñuelo, yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante.
  • Tan aterrorizada la tenía.
  • Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha.
  • Pero lo esgrimió con brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más.
  • Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír.
  • Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios independientes que la modestia y la subordinación no le permitían manifestar.
  • Vosotros que le azuzáis díjoles la tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.
  • Este es un capricho que yo tenía.
  • Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietina infantil que le entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo y tenía que refrenarse mucho para no irse hacia él y tirarle del pelo diciéndole.
  • Desgraciadamente tenía que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había dado.
  • Después me fui un rato al Real, y al salir ocurriome pasar por Praga a ver si estaba allí Joaquín Pez, a quien tenía que decir una cosa.
  • La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa.
  • Y esta idea le dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía sobre sí una grande, irreparable desgracia.
  • Mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma imaginación dañada, revestir a su mujer de formas que no tenía, y suponérsela más ancha de hombros, más alta, más mujer, más pálida.
  • Pero su amigo no la tenía.
  • No tenía sangre.
  • Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de ella este breve rótulo.
  • Pasados los veinte años, se vigorizó un poco, aunque siempre tenía sus arrechuchos.
  • En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras.
  • Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta carrera ni por otra alguna.
  • Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda la causa de que tuviera siempre la boca abierta.
  • ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar.
  • Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.
  • ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y hablaba dormido.
  • Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no representaba aún más de veinte.
  • Inclinábase el chico a economizar, y tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid.
  • Tenía su buena capa de embozos colorados.
  • Tenía Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos.
  • Bien era oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña, mucha fuerza muscular y una cabeza.
  • De todos los compañeros de Rubinius vulgaris, aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño que tenía algo de respeto.
  • Dábale él lo poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.
  • Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba a sus amigos a tomar un bacalao en su hotel, dándose unos aires de hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock.
  • ¡Si hasta le parecía que tenía talento.
  • Y ya la tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un cisco.
  • Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes.
  • El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.
  • Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el excelente chico había aprendido de doña Lupe.
  • Su naturaleza pobre no tenía exigencias.
  • Su espíritu las tenía grandes, y estas eran las que más le apremiaban.
  • Lo que sí podía sostener sin miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse.
  • Tenía sobre la imprenta ideas muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas aquellas letras tan iguales.
  • Les tenía por muy buenas personas, pero nada más.
  • Eso no tenía duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era pecado.
  • Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad.
  • Fortunata no ocultaba nada, eso bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de lo necesario para la prodigiosa cura.
  • Su madre tenía, como Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos.
  • Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años.
  • Me fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme.
  • El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su pintoresco lenguaje los hacía reverberar.
  • Era muy vicioso y le daba muchas jaquecas con tantismas incumbencias como tenía.
  • Una noche entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al Escorial.
  • Sin embargo, no las tenía todas consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado de los sentimientos de su querida.
  • Por mucho que se estirase el dinero sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más finitas que se pueden imaginar.
  • Si la Providencia no tenía en cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe?
  • Tenía que ser así, o todo lo que se habla de la Providencia es patraña.
  • Entraba siempre con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda copa.
  • Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes.
  • No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.
  • Tenía las carnes duras y apretadas, y la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera imaginar.
  • Fortunata no tenía criada.
  • Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino en sazón oportuna, se le vino a los labios.
  • V Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín, por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura.
  • Pero él ¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía?
  • Tenía una papelera antigua, negra y muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los pagarés de los préstamos.
  • Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró.
  • Era hombre de carácter siempre que su tía no le clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos años tenía doña Melitona.
  • Porque la mona aquella tenía días.
  • Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal criada y una calamidad.
  • Luego era una insolente, porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque misté.
  • Aquella noche estaba Papitos de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como otras veces.
  • Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera un estirón sería una criada inapreciable.
  • La chiquilla, después que le dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual tenía metida la mano izquierda como en un guante.
  • El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía mucha más fuerza que él.
  • Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.
  • Si yo encuentro la mujer que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella?
  • Era muy tarde y Papitos tenía que madrugar.
  • Fortunata aseguraba que aquella costumbre suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba.
  • Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta.
  • Daba mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario.
  • Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y ella le recomendó una chispita de paciencia.
  • De improviso, como si se levantara un fuerte viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes tenía la cola.
  • El aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable, porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su repugnancia.
  • ¡Vaya un moralista que me ha salido! pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue.
  • Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía prepararla para tan tremendo golpe.
  • , aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París.
  • Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato el sofoco que estaba pasando.
  • Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza, mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos que sus pasos eran como los de un gato.
  • Sólo doña Lupe, en virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo militar con visos clericales.
  • Torquemada había sido alabardero en su mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos, tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que adulteraba su grosería innata.
  • Le vendí hasta la lámina en que tenía el árbol genealógico.
  • Como tenía tanta confianza, iba a echar un cigarro.
  • Lo mismo que aquel tendero de la calle Mayor, aquel Rubio que tenía peletería, ¿se acuerda usted?
  • Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51.
  • ¡Buena ha sido, buena! exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el papel por entre los dedos.
  • Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa burlona.
  • En el balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la calle.
  • Aquel día doña Lupe tenía, más que nunca, materia larga de meditaciones.
  • Pues si le dijera yo que cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla.
  • Había sido en su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto parecido remoto con Juan Pablo.
  • Pero tenía cierta adustez jurídica en la cara, acentuada de líneas y seca de color.
  • ¡Yo que tenía la ilusión de casarle con Rufina o al menos con Olimpia!
  • Tenía un palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca con nerviosa presteza.
  • Tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia, porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo preciso.
  • Estaba excitadísimo y tenía el rostro encendido.
  • Veía una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su fuerza histórica, y si no le tenía miedo, era innegable que aquel repentino tesón la infundía algún respeto.
  • Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma?
  • Doña Lupe reflexionó mucho todo aquel día, y como tenía un gran sentido de la realidad, empezó a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos.
  • La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto fue una ciencia justiciera y acusadora.
  • Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto.
  • Pero el tal se lo tenía muy bien merecido.
  • En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad de la percibida por el deudor.
  • Tenía olfato seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas se metía hasta el fondo, se atracaba de deudor.
  • A esto no llegó ni podía llegar la de Jáuregui, porque tenía ciertas delicadezas de índole y de educación que se sobreponían a sus enconos de usurera.
  • No tenía malditas ganas de levantarse.
  • Pero no las tenía todas consigo.
  • No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase.
  • Salía a pedir y por eso tenía todos los malos hábitos de la vagancia.
  • Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras con cuchara.
  • A veces, hasta parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto.
  • Maxi se ponía tan nervioso, que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto.
  • Si tenía la personalidad legal, ¿cómo no tener la otra?
  • Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más plenitud de pulmones.
  • No tenía las seducciones personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño.
  • Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra.
  • Tenía puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba.
  • Pero el otro se las tenía tiesas.
  • Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.
  • Y bien mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas?
  • Tenía recetas charlatánicas para todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera que pasaba.
  • Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana.
  • Eran una de sus mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes se dirigían.
  • Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que tenía Maximiliano aquel día.
  • Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más, haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.
  • Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que importaba y tenía valor era la del alma.
  • Observando la cara que tenía Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos desagradable.
  • Ella en cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y quizás porque estaba contenta y excitada.
  • Después que se retiró su amante, se quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.
  • Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía apreciar el género a la vista.
  • Cómo tenía arreglada la casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador.
  • Sus impresiones no habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones favorables.
  • Pero estar muchos días sin verla y averiguarle las faltas, si las tenía, era imposible.
  • Pero como tenía su criterio formado y su invariable línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la visita pudiera resultar.
  • Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer callar a todos, dijo.
  • El único que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que le volvieron tarumba los ojos de una mujer.
  • Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.
  • Se le conocía en seguida que no hablaba como las personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates.
  • Pero con las amigas tenía que representar otros papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer en situación desairada o ridícula.
  • Cuidaba mucho de ponerse siempre muy alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.
  • él iba lejos, muy lejos, llevado del sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular y matemático.
  • La pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.
  • No tenía ella cariz de volverse santa en toda la extensión de la palabra, como diría doña Lupe.
  • Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son verdaderos adefesios como arte.
  • A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.
  • Adornada con sencillez rayana en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe.
  • La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su compañera.
  • Tenía un presentimiento vago de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín.
  • Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a la Iglesia y hacerse cura.
  • El motivo de aquella doméstica zaragata fue que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza.
  • Pero tenía la sangre requemada.
  • La culpa de todo la tenía el deán, que era un trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito.
  • Esta, que también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de revancha.
  • Se le ocurrió poner, colgado en el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la cosa falsa con que doña Lupe engañaba al público.
  • Pero no tenía ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya.
  • Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes.
  • Era Sor Natividad vizcaína, y tan celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad, ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado original o cosa así.
  • Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto.
  • Mauricia tenía días.
  • Su cuerpo no tenía forma de mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de palo o del propio muñón del hueso roto.
  • Cuando atravesaba el patio en dirección a la escalera, oyó el ja ja ja de Mauricia, que estaba asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta tenía en su parte superior.
  • Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.
  • Su acento había perdido la aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía tonos de dolor y de miseria, implorando caridad.
  • Pero la mujer aquella con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía esta tesis.
  • Se le permitía ir al departamento de Josefinas, y como tenía habitación aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus compañeras de encierro.
  • Pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa, sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos.
  • Lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud.
  • Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en la increíble tontería de llamar mona a una custodia.
  • Esto tenía más gracia.
  • Esto tenía más gracia todavía.
  • Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en el rostro y en los ademanes la decencia.
  • Veía la joven con gusto llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había desligado de los intereses y afectos mundanos.
  • Vi Con las Josefinas no tenía Fortunata relación alguna.
  • Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy bonita voz.
  • En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, que chillaba con los hervores del jabón.
  • Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes.
  • Ninguno de estos sitios tenía significación en sus recuerdos.
  • La manceba era la que deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía.
  • Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo paría un chiquillo todos los años, y ella.
  • Al oírlas, un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.
  • La artesa tardaba mucho en llenarse, porque el depósito tenía poca agua.
  • No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya tenía elegida la casita que iba a alquilar y le consultó acerca de los muebles que compraría, aquella presunción o sentimiento de su hogar honrado despertó en el ánimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida, se sintió impulsada hacia aquel hombre que la redimía y la regeneraba.
  • Ved, pues, por qué pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía miedo a los ratones.
  • Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras.
  • Una era Belén, que leía en su libro de rezos, y la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado.
  • Mauricia tenía un pañuelo en la mano.
  • Tenía Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus compañeras.
  • Parecía lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un estado medio entre la modorra y el éxtasis.
  • Mauricia se levantó y andando lentamente retirose a la habitación donde dormía y tenía su ropa.
  • Basta decir en elogio de la sancta simplicitas de esta señora, que en sus confesiones jamás tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado nunca.
  • Como el pobre Don León Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no había cristiano que los comprendiera.
  • Su rostro, a la claridad de la luna, tenía una belleza grandiosa que las circunstantes no supieron apreciar.
  • Metiose debajo de la cama, donde tenía un cofre.
  • No tenía más compañía en aquella soledad que las altas estrellas.
  • Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son.
  • Balbució Sor Marcela, lo tenía para mi mal del estómago.
  • Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre el suelo tenía una violencia y sonoridad excepcionales.
  • Tenía un pecho medio descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el brazo derecho.
  • Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó dos sonoras bofetadas.
  • Bramaba Mauricia, que ya tenía pocas fuerzas y había caído al suelo.
  • Y ella se les puso delante en actitud arrogantísima, alzó el brazo que tenía libre y les dijo.
  • El día señalado estaba ya muy próximo, y si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca.
  • Contole un día que ya tenía tomada la casa, un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía.
  • Como no tenía nada de gazmoño, la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos.
  • Pero como ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio solución mejor al problema de alojamiento.
  • Tenía que enseñarle todo, modales, lenguaje, conducta.
  • No tenía más compañía que la de Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la señorita, cuya hermosura admiraba tanto.
  • Era hombre muy humorístico y tenía una baraja de chistes referentes al tiempo.
  • Las botas miraban con envidia al sombrero por el lustre que tenía.
  • Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera mascando palitos de quina.
  • Pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la tranquilizadora cifra de doce.
  • Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando no tenía más remedio.
  • Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía de decir.
  • Pero la señora Patria no tenía sueño.
  • Ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria.
  • Pero así como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un dedo que señala.
  • Tenía la lengua blanca, mucha debilidad y ningún apetito.
  • De Feijoo, que era amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación.
  • Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió calle.
  • No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira.
  • Tradújose esta disposición de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos.
  • No le importaba trabajar como el obispo con tal de poseer lo que por suyo tenía.
  • Pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que el espectro huyó sin dejar rastro de sí.
  • Yo tenía contigo una deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia.
  • En miserable bodegón, en un sótano lleno de telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía.
  • Pero alguna idea vaga tenía de aquello.
  • En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó decir estas arrogantes palabras.
  • Dijo Santa Cruz pasmado, pues tenía a Fortunata por heterodoxa.
  • Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la boca, y él me lo daba, ahí tienes.
  • Pero Fortunata, siempre que tenía ocasión, íbase a él derecha.
  • Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín.
  • Para obtenerla, tenía Maxi que echarle memoriales, y lo que lograba era como limosna.
  • El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba mucho.
  • En efecto, tenía un brazo en cabestrillo.
  • Fortunata parecía que tenía sellada la boca.
  • Ya tenía el brazo bueno.
  • En la punta de aquella tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para adentro.
  • Pero aquella noche no tenía más remedio que decir sí a todo.
  • Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de que su mujer era punto menos que canonizable.
  • Pero a la tarde siguiente, Pseudo Narcissus odoripherus, fue a buscarle a la botica de Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de la Villa.
  • Y con desdén que tenía algo de lástima, hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una especie de hoyo o surco.
  • El médico de guardia conocía a Maxi, y después de curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.
  • Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y llamar un médico.
  • ¿Tenía fundamento esta sospecha?
  • ¿Tenía fundamento la sospecha?
  • Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas.
  • Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual.
  • La tertulia de la noche tenía su personal distinto de la del día, y eran pocos los que asistían a una y otra.
  • Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la Puerta del Sol, en que Rubín tenía por tertulios y amigos a Don Evaristo González Feijoo, a don Basilio Andrés de la Caña.
  • Era el único individuo de la tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero.
  • Tenía bigote blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa entre picaresca y bondadosa.
  • Tenía algún parecido con Cavour, de lo que provenían las bromas un tanto pesadas que le daban.
  • Y don Basilio, que tenía ciertas marrullerías de asno viejo, sacaba partido de su fisonomía engañosa y de aquel aire de hombre conspicuo que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y su nariz chiquita y prismática.
  • Dos fases tenía la vida de este hombre.
  • Después de expresar con un gran suspiro la lástima que tenía de este pobre país, seguía tomando su café con indolencia, pero con apetito, porque para Don Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo después frío al vaso.
  • Durante un par de semanas leyó mucho, devorando obras diferentes, y como tenía facilidad de asimilación y mucha labia, lo que leía por las mañanas lo desembuchaba por las noches en el café convertido en pajaritas.
  • Tenía la cara redonda, blanca y risueña, y cuando estaba sin sombrero parecía una mujer cincuentona, ama de canónigo.
  • Era doctor en Teología, y aunque había ahorcado los libros hacía mucho tiempo, algo recordaba, y tenía además grandes dotes de polemista.
  • A aquel círculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el tiempo tasado, porque a tal hora tenía que asistir a una junta para tratar de la erección del monumento a Jovellanos.
  • Hombre más atareado no se vio jamás en nuestro país, y como tenía tantas cosas en el caletre, para no olvidar muchas de ellas se veía obligado a apuntárselas con lápiz en los puños de la camisa.
  • Cuando no tenía que ir a la Sociedad Económica a defender su voto particular como individuo de la comisión informadora de reformas sociales, iba al Fomento de las Ciencias a dar su conferencia sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificación.
  • Tenía pintada en su cara la ansiedad más terrible.
  • Pero Ramsés II, cuyo verdadero nombre era Villaamil, no tenía más consuelo que aplicar su oreja seca y amarilla a la conversación, por si escuchaba algo de crisis o de trifulca próxima que diese patas arriba con todo.
  • Mas el usurero le daba las gracias, y si tenía ocasión le soltaba indirectas tan suaves como esta.
  • Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a desertar del local.
  • No tenía biblioteca, y un amigo le proporcionaba libros.
  • Pero como no tenía más público que la tertulia del café, con ese inocente auditorio tuvo que contentarse.
  • A veces se tenía que incomodar, porque le hacían observaciones estúpidas o socarronas.
  • ¡Vaya un lío que me arman ustedes! Una de las placeras que presentes estaban tenía muy abultado el seno.
  • Rubín estaba furioso, y sostenía que el Gobierno no tenía vergüenza si no fusilaba en el acto.
  • Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a todos los que entraron felicitándose del suceso.
  • Tenía un volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba.
  • Pero se equivocó, porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad, cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza centrífuga.
  • No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le ofrecía.
  • No tenía que calentarse mucho los sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su entendimiento una aptitud particular.
  • Ya vería ella qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria.
  • Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no tenía complexión viciosa, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de él por haberla perdido.
  • No tenía más remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra.
  • Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que a los pies tenía.
  • Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.
  • Por esto añadió la otra, yo quería hablar a la señorita para ver si doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la sujetaran.
  • Separáronse en el pasillo, porque Estupiñá tenía que ir hacia el comedor.
  • Su persona tenía tal aire inglés, que quien le viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume.
  • Lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar.
  • La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de timidez y más bien como ensayo.
  • Ciertamente que para vestirse tenía instintos de elegancia.
  • Pero lo que es chic no tenía.
  • ¡Aire, aire! Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no tenía.
  • Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía gran empeño en oponerse a ella.
  • Pensando en quién podría ser, estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía.
  • Tenía puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza, tan ajustado, que no se le veía más que el óvalo del rostro.
  • Vamos ahora a otra cosa dijo la joven, sacando de debajo del manto una mano, en la que tenía una carta.
  • Sólo se devuelve el dinero que se ha robado, y usted tenía derecho a que él le diera, no sólo eso, sino muchísimo más.
  • Como tenía clavada en su mente la injuria recibida, sin querer hablaba de ella.
  • Tenía los balcones llenos de macetas y se pasaba buena parte de la mañana cuidándolas.
  • De lo que sobre plantas se habló aquella tarde, coligió Don Evaristo que su amiga tenía gustos un poco desacordes con el gusto corriente.
  • Y como avanzara la noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien.
  • Que tenía que esconderme para comer a mi gusto.
  • ¿Qué salida tenía fuera de la propuesta por él?
  • Lo que tenía que llegar, por la sucesión infalible de las necesidades humanas, llegó.
  • Estaba muy agradecida al señor de Feijoo, que se portaba con ella como un caballero, y no tenía nada de quisquilloso, ni las impertinencias que suelen gastar los hombres.
  • Pero sí le tenía respeto, y el cariño apacible a que era acreedor por su hidalgo comportamiento.
  • Lo de la honradez, que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tenía sentido.
  • Fortunata tenía una despensa admirablemente provista, y en ropa y trapos gastaba muy poco.
  • Su domicilio tenía algo de convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arqueólogo, poseedor de colecciones maravillosas.
  • No se hacía ella de rogar, y como tenía la virtud de la franqueza, y no apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significación buena o mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba.
  • Fortunata tenía que gritar para que él se enterase de lo que decía.
  • La frente se apergaminaba, y tenía los ojos enrojecidos y llorones.
  • Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos, haciendo mucha fuerza en él.
  • Al llegar aquí, Don Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas y walses.
  • Pronto iba a ser de noche, y como Feijoo tenía horror a la oscuridad, su amiga encendió luz, que puso en la mesa de camilla, y cerró después las maderas.
  • ¡Qué ganas tenía de verte! Anoche me entró como una angustia.
  • Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche, tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni moverse por no turbar su descanso.
  • Decidido a hablar con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo.
  • Entre tanto, y supiera o no don Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva.
  • Hasta parecía que había engordado, que tenía más pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le habían quitado diez años de encima.
  • Desde entonces su cuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y comiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros.
  • Habían hecho un reglamento humorístico, del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo.
  • ¡Buen par de chiflados estáis los dos! dijo para sí Don Evaristo mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.
  • Pero tenía su espíritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le quisiera echar.
  • Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de sus cabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía si reír o echarse a llorar.
  • Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos.
  • Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada, tan bien hundida que no la podía desclavar.
  • Ya me puedo morir tranquilo, puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontería el alma que ya tenía entre sus uñas.
  • Mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo más sereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismo tiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimiento del mayor número.
  • Él aseguraba que no se moría de aquel arrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posible que Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas y muy peregrinas cosas.
  • Tenía un pequeño caudal repartido en diferentes préstamos hechos a amigos menesterosos.
  • Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas que tenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios, botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que había traído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando con puño de oro.
  • Así, pues, la gran doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un determinado sitio.
  • Cuando era preciso meditar, por el picor de una de esas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no hay medio de sacudirlas, o doña Lupe no meditaba, o tenía que hacerlo sentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en el caballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muy repantigado en un extremo de la alfombrita.
  • La meditación era mucho más honda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda, hasta más arriba de la muñeca, dentro de una media, y si las claraboyas de esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como los de una cárcel.
  • En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echaba hacia afuera, como para poner solución de continuidad al temeroso problema que tenía entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que le retuvo un instante la atención.
  • Porque ella tenía la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de las tales señoras en punto a buena crianza y modales.
  • Jáuregui le apreciaba mucho, y me decía que no tenía más contra que ser muy mujeriego.
  • Pues además, Fortunata, en el curso de la conversación, había dado a entender que tenía acciones del Banco, sin decir cuántas.
  • Tenía el muchacho la cabeza tan alborotada, que no pudo hacerse cargo de tales argumentos.
  • Hay un cadávere difunto allí en mitad de la gente gritó Papitos que tenía medio cuerpo fuera del balcón.
  • Otro motivo del terror que el teatro y los sitios públicos le inspiraban era encontrar caras conocidas, y este recelo la tenía como azorada y sobre ascuas durante la función.
  • Ningún motivo tenía para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente correcta.
  • Tiempo tenía de darse pisto con el abrigo, la capota y otras prendas.
  • Severiana tenía su cama en la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, el cuadrito de los dos corazones amantes, el de la Numancia en mar de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el Rastro por una bicoca.
  • Me tenía miedo.
  • Pero ella no tenía culpa.
  • En el fondo del patio se había establecido un sillero que hacía fondos de junco y tenía montones de ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar, los otros sin teñir, cortados y apilados.
  • A las niñas que debían salir al portal con velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la que tenía botas nuevas se las calzaba.
  • Ahora está bien preparada le dijo el clérigo que, por su alta estatura, tenía que encorvarse para hablar con ella.
  • Encima se puso un paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje.
  • Pero no las tenía todas consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor.
  • Fortunata, por no mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenía en pie delante de sí, cogiéndola de las manos.
  • Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella.
  • Más presente que la administración del Sacramento tenía el paso con su hija.
  • Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel encargo.
  • Tenía escalofríos, dolor de cabeza y ganas de bostezar a cada momento.
  • En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta, y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le trajera.
  • Pues con aquel dinero tenía bastante.
  • Razón tenía Don Evaristo.
  • Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con Barbarita.
  • Había vivido algún tiempo en Francia, dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitos independientes y mucho tino mercantil.
  • ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y con sus sentimientos?
  • Tenía el color arrebatado, estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos.
  • Cuando subió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color de cola.
  • Levantose temprano porque tenía que trabajar.
  • La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabeza buena, y que sería peor llevarle la contraria.
  • Pero no tenía más remedio que aceptarlo.
  • La cara la tenía muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes.
  • Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque tenía el estómago revuelto.
  • Pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su espíritu tenía, pensó en mudarse de ropa.
  • Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón negro por los hombros.
  • Aunque se tenía por desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida.
  • Yo no tenía el gusto de conocer a usted.
  • Ni remota sospecha tenía yo.
  • Tenía el pañuelo metido en el puño y este en la barba.
  • La mirada sola de la virgen y fundadora parecía extraerle la representación ideal que de sus propias acciones y sentimientos tenía aquella infeliz en su espíritu, como la tenemos todos, representación que se aclara o se oscurece, según los casos, y que en aquel resplandecía como un foco de luz.
  • Y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en aconsejármelas.
  • Pero tenía su escritorio en el entresuelo.
  • A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma, contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario.
  • Discurrió que lo mejor era diferir la conferencia para otro día, pretextando que tenía que salir.
  • Ya tenía la palabra en la boca para despedirla con buen modo, cuando se sintió ruido como de mano golpeando en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a Guillermina.
  • ¡pecado mortal! En fin que aquello se tenía que concluir.
  • Sentíase atada y sin libertad, y esto la ponía fuera de sí, destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tenía.
  • Tenía después una idea incierta de que la mano dura del inglés la había cogido por un brazo, apretándoselo tanto que aún le dolía al día siguiente.
  • Ofrecíase a hacer compras de que doña Lupe tenía necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita.
  • Hablando con verdad, lo que más disgustada tenía a doña Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo que pensaba o sentía.
  • ¡Tenía que ser, tenía que ser! dijo ella inclinando su cabeza sobre el hombre de él.
  • FIN DE LA PARTE TERCERA Parte cuarta I En la calle del Ave María i Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi por los garrafales errores en que este incurría.
  • Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía.
  • Poco tenía que andar por ella para ir a su casa.
  • Tenía ella los ojos encendidos como de haber llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena.
  • Fortunata le sintió reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella tenía su ropa, y después el comedor y la cocina.
  • Aun así, fue preciso sostener una lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que también aquel tenía gusto a arsénico.
  • Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.
  • Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se fue a la calle sin sombrero.
  • Tenía poco apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia considerable gasto de palabras tiernas.
  • Ni siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le echaban.
  • Tenía más entendimiento que su hermana.
  • Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.
  • Fenelón, que era hombre bonísimo y de inteligencia mercantil, tenía el defecto del chauvinisme.
  • Tenía nociones claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio bien montado, y hablaba el francés a la perfección.
  • El capital para la instalación de esta importante industria habíalo facilitado Don Manuel Moreno Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe Samaniego.
  • (Aurora tenía la costumbre de contar siempre por francos).
  • Ponía esta señora sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.
  • Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de él dependiera.
  • Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
  • En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación correspondiente, más o menos aparatosa.
  • Tenía su idea y para nada necesitaba de consejos ni de la protección de nadie.
  • Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono menos catilinario que los anteriores.
  • Valiéndose del sin fin de llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien examinadas, en la misma disposición que antes tenían.
  • Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba segura de dar con los billetes si los había.
  • Con su traje de verano, tenía el buen Don Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
  • Maxi se sentó en la mesilla en que tenía algunos libros y recado de escribir.
  • Tenía su semblante expresión seráfica.
  • Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada de lo que a su alrededor pasaba.
  • Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena.
  • Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía presentimientos de una nueva desgracia.
  • Si en la conversación, o en aquellas polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la timidez le ponía un freno.
  • Le dolía la cabeza y tenía náuseas.
  • Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se asustó.
  • No tenía niños este matrimonio, y mientras Don Francisco se pasaba la vida sacando a luz los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual tenía muy buena mano.
  • En cambio, Don Francisco de Quevedo no tenía más chiste que el que podría tener un caimán.
  • La viuda tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante empezó el secreto.
  • Yo tenía dieciocho años, él treinta y pico.
  • Tenía buena figura y unos aires de caballero como los tienen pocos.
  • Mamá tenía todavía ilusiones.
  • Le tenía miedo, y.
  • Responde la equivocación del narrador al quid pro quo del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que por aquel entonces tenía su espíritu, solía confundir las impresiones positivas con los recuerdos.
  • Médico de gran saber y aplicación, había alcanzado mucha fama y tenía una clientela brillantísima.
  • Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego.
  • Había allí un San José, cuadro grande, de familia, que como pintura valía poco, pero Moreno lo tenía en gran estima, porque estuvo muchos años en la alcoba donde él nació.
  • Todavía tenía la señal.
  • Y tenía en su cara tal expresión de abatimiento, que la santa se quedó como lela mirándole.
  • Creo que Dios te toca en el corazón dijo la dama guiñando los ojos, y poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la cual tenía el libro de misa y el rosario.
  • Salió Estupiñá como si Mercurio le hubiera prestado sus alados borceguíes, y a poco entró el doméstico, a quien su amo tenía también ocupado en la busca de ciertos encargos.
  • Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese.
  • Tenía la cara llena de cicatrices de viruelas.
  • Sin duda tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el pecho.
  • A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres.
  • ¡Ay, qué paso, hija! Yo tenía un miedo que no te puedo ponderar.
  • Hay que reconocer que ese hombre tenía que concluir de mala manera.
  • Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las casas de vecindad.
  • Estaba la otra tan violenta y tenía los nervios tan tirantes, que al apartar una silla la tiró al suelo, y al poner su manguito sobre la cómoda, dio contra un vaso de agua que en ella había.
  • Ello tenía que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines.
  • Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, llegó al sofá donde él estaba echado, y le preguntó si tenía ganas de comer, sin obtener respuesta.
  • Pero para ninguna de estas determinaciones tenía valor.
  • Maxi tenía la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecían carbones encendidos.
  • Una mano daba contra el suelo, y tenía la otra metida debajo del cuerpo, dando al brazo una vuelta que parecía inverosímil.
  • Después se supo que Papitos tenía la culpa, porque le había irritado, contradiciéndole estúpidamente.
  • Por cierto que la señora se conceptuaba infeliz entre todas las señoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre su alma tenía.
  • Ella tenía la culpa de la demencia de Maxi.
  • Naturalmente, el pobre chico tenía que morirse o perder la cabeza.
  • Llevándola a su gabinete le habló de la entrega de las cantidades que en su poder tenía.
  • Precisamente en los días últimos del año, cuando ocurrió lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y la tenía la señora en su cómoda, esperando una proporción, que Don Francisco tenía en tratos con un señor comandante.
  • Pero cuando se hizo cargo de ella, manifestó una inquietud que puso a la pobre doña Lupe en mayor aburrimiento del que tenía.
  • Era este la primera persona a quien tenía que consultar sobre la crítica situación en que se encontraba.
  • Las piernas las tenía casi completamente paralizadas, y salía a paseo en un cochecillo o sillón de ruedas, que empujaba su criado.
  • Al centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra.
  • Cuando entró Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley de variedad, y Don Evaristo tenía en la mano su bilboquet, saltando la bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo.
  • Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el cuarto entresuelo y después el segundo tenían ese revestimiento de una capa espiritual que es propio de los lugares consagrados por la religión o por la vida.
  • El cuarto que entonces tenía Segunda en aquella casa era uno de los más altos.
  • El gabinetito que ella había de ocupar tenía, como la sala, una gran reja para la Plaza Mayor.
  • Por cierto que todo esto tenía que comprarlo, pues de la casa matrimonial no había de sacar nada.
  • Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su tía.
  • Pero doña Lupe tenía más conchas que un galápago, y se hacía la tonta.
  • Pues saqué la cancamurria del Mesías que iba a venir, diciéndole que ella lo tenía en su seno y que el papá era el Pensamiento Puro.
  • Abrió la joven, y el gran Plácido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que tenía un sello.
  • ¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el liviano apetito.
  • Ella misma se arreglaba su comida, y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra.
  • ¡Qué deseos tenía de verla a usted.
  • Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.
  • Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre.
  • Y si razones tenía la Samaniega para retraerse, también ella las tenía para no rebajarse.
  • Aquella era nocturna y tenía algo de sonambulismo o de ideación enfermiza.
  • Y me le tenía en la oficina de sol a sol.
  • Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de café.
  • Poníase siempre en un ángulo, que tenía, por la disposición del local, honores de presidencia.
  • Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy distintos del gárrulo lenguaje de su amigo.
  • Ii Platón se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que tenía que ir a la calle del Arenal.
  • Oyoles la conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los concejales.
  • Conversando estuvieron largo rato, y la señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la casa.
  • Fuese hacia él, movido de lástima, y le preguntó lo que tenía.
  • Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él, diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en ello.
  • ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que arreglar?
  • Pero siendo lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza.
  • Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella desigual contienda más defensor que Don Basilio, quedó maltrecho.
  • Antes de ir al café había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le revolvió más la bilis.
  • La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática.
  • Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre sus dedos el andante cantabile molto expresivo, que si llega a coincidir con el allegro agitato, ni Dios pesca una letra de lo que hija y madre hablaron.
  • Que aquello no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni favoreció jamás los desvaríos de Fortunata.
  • No, el otro, el que había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar.
  • Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso.
  • ¡Pero qué callado se lo tenía! De todos lados de la cámara.
  • Y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra.
  • ¡Bonito genio tenía él.
  • No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las tenía todas consigo).
  • Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha evaporado.
  • Ballester era el corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros y que estos otros olvidaban.
  • Y como le era forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse.
  • Pero Don José lo rehusó, aunque buenas ganas tenía de aceptarlo.
  • Era domingo y ninguno de los dos tenía ocupaciones.
  • Pero ella no las tenía todas consigo, y le miró como quien se dispone a una defensa enérgica.
  • Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido.
  • Pero como su ademán no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.
  • No tenía ningún dato en qué fundarme.
  • No sé decir bien si soñé que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
  • Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir.
  • La Pitusa tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la almohada tenía, empezó a abanicarse.
  • Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo confirmaba, inundándola de luz.
  • Yo, que no tenía otro móvil que la justicia, cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.
  • Habló de si la joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
  • En la casa últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los labios no tenían color.
  • La puerta del entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.
  • Buenos días dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con mirada fugaz todas las caras que delante tenía.
  • Tenía que hablar contigo.
  • Tenía que hablarte dos palabras.
  • ¡Marcharse a paseo!, qué ganas de calle tenía.
  • Si tenía aquel chico un talento macho.
  • Híceme cargo de todo lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho siempre.
  • El regente mandó traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no tenía asco de nada.
  • Dímelo, dímelo prontito indicó ella, que sin saber por qué, esperaba de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás consoladoras.
  • Prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba, tenía espuma de saliva en los labios.
  • Tenía que hablarle.
  • Es que le tenía que hablar.
  • Insistía en que tenía leche.
  • Tenía yo ganas de que viniera para decirle una cosa.
  • Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que mentir para no darle la razón.
  • Sólo que tenía un poquito de duda.
  • Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la cabeza, se le había convertido en humo sin duda.
  • De ciertos atrevimientos que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se nos va a hacer santa.
  • Segunda, con determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad un par de copas) y probó a dárselo al chico.
  • No tenía voz, no le sonaba la voz, se le quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla pronunciar.
  • Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el techo.
  • Ahora recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados.
  • Xv Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía cierta corrección.
  • Pero cuando no quedaron allí más testigos que la santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó multitud de besos en su frente y mejillas.
  • La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la tenía en el pensamiento.
  • Ballester no se saciaba de contemplarla, observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por suyas, pero que no había devorado aún.
  • Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso.
  • Jacinta vivía consagrada a él en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le querían, incluso su padre.
  • También ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco.
  • Vivir todavía, no estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese falso, mala persona.
  • Tenía para mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle.
  • ¡Ay, hijo mío, si ya te tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar.
  • Tenía sus parroquianos la pobre mujer esparcidos en toda la ciudad.
  • De todo tenía la culpa el amo de la tierra, aquel don Salvador, que de seguro ardía en los infiernos.
  • Aquel tío avaro tenía la culpa.
  • No tenía mas que un deseo.
  • Y mientras ellas, que ya comenzaban á llamar la atención de los mozos de la huerta, asistían con pañuelos de seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas á las fiestas de los pueblecillos, ó despertaban al amanecer para ir descalzas y en camisa á mirar por las rendijas del ventanillo quiénes eran los que cantaban les albaes 2 ó las obsequiaban con rasgueos de guitarra, el pobre tío Barret, empeñado cada vez más en nivelar su presupuesto, sacaba, onza tras onza, todo el puñado de oro amasado ochavo sobre ochavo que le había dejado su padre, acallando así á don Salvador, viejo avaro que nunca tenía bastante, y no contento con exprimirle, hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del arrendamiento.
  • Pero las mismas víctimas del avaro le disuadían hablando de la importancia de don Salvador, hombre que se pasaba las mañanas en los Juzgados y tenía amigos de muchas campanillas.
  • Ya no tenía dinero para salir de apuros.
  • Fué varias veces á Valencia á la casa del amo para hablarle de sus antepasados, de los derechos morales que tenía sobre aquellas tierras, á pedirle un poco de paciencia, afirmando con loca esperanza que él pagaría, y al fin el avaro acabó por no abrirle su puerta.
  • Un día le avisaron que por la tarde iría el Juzgado á proceder contra él, á expulsarlo de las tierras, embargando además para pago de sus deudas todo cuanto tenía en la barraca.
  • Y sintiendo en su interior la ciega bravura del mercader moro que sufre toda clase de ofensas, pero enloquece de furor cuando le tocan su propiedad, Barret entró corriendo en su barraca, agarró la vieja escopeta que tenía siempre cargada detrás de la puerta, y echándosela á la cara plantóse bajo el emparrado, dispuesto á meterle dos balas al primero de aquellos bandidos de la ley que pusiera el pie en sus campos.
  • No tenía amigos.
  • Como tenía la acequia detrás de él, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo atrás, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos.
  • ¡Cuánta sangre tenía el tío ladrón! La acequia, al enrojecerse, parecía más caudalosa.
  • Un labrador habitante en otro distrito de la huerta, hombre que las echaba de guapo y nunca tenía bastante tierra, sintióse tentado por el bajo precio del arrendamiento y apechugó con unos campos que á todos inspiraban miedo.
  • Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenía por imposible.
  • El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza purpúrea.
  • Una indicación muy seria para que no fuese tonto y se volviera á su tierra, pues allí nada tenía que hacer.
  • Toda la huerta que tenía agravios que vengar estaba allí, gesticulante y ceñuda, hablando de sus derechos, impaciente por soltar ante los síndicos ó jueces de las siete acequias el interminable rosario de sus quejas.
  • Pero ¡gran cosa eran las multas para su reconcentrada cólera de hombre pacífico! Siguió protestando contra la injusticia de los hombres, contra el tribunal, que tenía por servidores á pillos y embusteros como Pimentó.
  • Tenía la hoja arrugada, y el tono verde, antes tan lustroso, era ahora de una amarilla transparencia.
  • El pobre padre no tenía en aquel momento más hijos en el mundo que su cosecha, el trigo enfermo, arrugado, sediento, que le llamaba á gritos pidiendo un sorbo para no morir.
  • ¿No tenía el deber de mantenerles?
  • Pero Batiste tenía la cólera firme de los hombres flemáticos y cachazudos, que cuando pierden la calma tardan mucho á recobrarla.
  • Con esto y tres sardinas que encontraría en el vasar tenía bastante.
  • Tenía tal facilidad para aprenderlo todo, que á las pocas semanas ganaba tres reales diarios, casi el máximum del jornal, con grande envidia de las otras.
  • No tenía en el mundo otros parientes que su abuelo.
  • Había entrado dos ó tres veces en su vida en casa de Copa, y los domingos, si tenía algunas horas libres, en vez de estarse en la plaza de Alboraya puesto en cuclillas como los demás, viendo á los mozos guapos jugar á la pelota, íbase al campo, vagando sin rumbo por la enmarañada red de sendas, y si encontraba algún árbol cargado de pájaros, allí se quedaba embobado por el revoloteo y los chillidos de estos bohemios de la huerta.
  • Y la muchacha, como si estuviera hilando un capullo, agarraba estos cabos sueltos de su memoria y tiraba y tiraba, recordando todo lo de su existencia que tenía relación con Tonet.
  • Él siempre tenía asuntos de su amo que le obligaban á marchar por la vega.
  • Pero aquella noche la muchacha se revolvió en la cama, inquieta, nerviosa, soñando mil disparates, viéndose en un camino negro, muy negro, acompañada por un perro enorme que le lamía las manos y tenía la misma cara que Tonet.
  • El endiablado ensueño aún la tenía trastornada.
  • En fin, que la mañana tenía para ella algo nuevo y extraordinario.
  • Se imaginó estar en pleno delirio, viendo extravagancias, y varias veces volvió la cabeza creyendo percibir en la obscuridad aquel perro que le lamía las manos y tenía la cara de Tonet, recuerdo que aún le hacía reir.
  • Algo tímido y encogido, eso sí, con la cabeza baja, como si las palabras que aún tenía por decir se le hubieran deslizado hasta el pecho y allí estuviesen pinchándole.
  • Roseta tenía siempre en su estudi algún nido, que decía haber encontrado en el camino.
  • Roseta guardaba el regalo en su cuarto, como si fuese la misma persona de su novio, y lloraba cuando sus hermanos, la gente menuda que tenía por nido la barraca, en fuerza de admirar á los pajaritos, acababan por retorcerles el pescuezo.
  • Tonet le tenía cierto respeto al señor Batiste, y se contentaba con emboscarse cerca del camino, para ver pasar á la hilandera ó seguirla después de muy lejos.
  • ¡pobre muchacha! no tenía amigas, y á la juventud hay que darle lo suyo.
  • La luenga caña que el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el cañaveral vecino, siendo una felicidad que el género resultase tan barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas de aquellos pequeños salvajes.
  • Manos escamosas, ásperas, conservando en las grietas de la piel la tierra de su huertecito, un cuadrado de hortalizas que tenía frente á la barraca, y muchas veces era lo único que llenaba su puchero.
  • Y la mujerona, que tenía cierto afecto á los tres hijos de Batiste porque pagaban todos los sábados, agarró de una mano al señor de Borrull, el cual salió de la escuela balanceándose sobre las tiernas piernecitas, llorando todavía del susto y enseñando algo más que el faldón por la abertura trasera de los calzones.
  • Había corrido mundo, tenía la deferencia de hablarle siempre en castellano, era entendido en hierbas medicinales, sin arrebatarle por esto sus clientes.
  • Yo tenía diez y ocho años, un morrión con un águila de cobre, que le quité á un muerto, y un fusil más grande que yo.
  • Pero el más pequeño, Pascualet, un chiquillo regordete y panzudo, que sólo tenía cinco años, y á quien adoraba la madre por su dulzura y su mansedumbre, prometiéndose hacerlo capellán, lloraba apenas veía á sus hermanos enzarzados en terrible pelea con los otros condiscípulos.
  • Y la madre tenía que curar á alguno de los mayores aplicándole una pieza de dos cuartos bien apretada sobre el chichón levantado por una piedra traidora.
  • La lucha no tenía fin hasta que pasaba algún carretero que enarbolaba el látigo, ó salía de las barracas algún viejo, garrote en mano.
  • Aún tenía la cabeza envuelta en trapos y la cara cruzada de chirlos, luego del descomunal combate que una mañana sostuvo en el camino con otros de su edad que iban como él á recoger estiércol en Valencia.
  • Ahora que tenía la mesa puesta, con aquel verde y jugoso mantel que olía á gloria.
  • Tenía que visitar á los amos, los hijos de don Salvador, y pedirles á préstamo un piquillo para completar la cantidad que iba á costarle la compra de un rocín que sustituyese al Morrut.
  • Batiste tenía que labrar una parte del terreno que aún conservaba inculto, preparando la cosecha de hortalizas, y él y su hijo engancharon el caballo, enorgulleciéndose al ver la mansedumbre con que obedecía y la fuerza con que tiraba del arado.
  • Su hija, llorando silenciosamente, tenía necesidad de contenerla, de sujetarla, para que no se arrojase sobre el pequeño ó se estrellara la cabeza contra la pared.
  • No tenía fuerzas para coger la escopeta caída á sus pies.
  • Cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por enemiga.
  • Pero su voluntad no tenía fuerzas.
  • Aquel hombre que le había desafiado, insultándole impunemente mientras le tenía metido en su barraca como una gallina.
  • La vega tenía el aspecto de siempre, pero á él le parecía más hermosa, más tranquilizadora, como un rostro ceñudo que se desarruga y sonríe.
  • él no debía partir el producto satisfaciendo arrendamiento alguno, pues tenía franquicia por dos años.
  • Roseta tenía dos faldas más y Batistet y los pequeños se pavoneaban los domingos vestidos de nuevo de cabeza á pies.
  • Tenía dos puertas.
  • Que nadie alardease de guapo dentro de su casa, pues antes de hablar ya había echado mano él á una porra que tenía bajo el mostrador, especie de as de bastos, al que le temblaban Pimentó y todos los valentones del contorno.
  • Pero tenía los ojos enrojecidos, brillaba en sus pupilas una chispa azulada é indecisa, semejante á la llama del alcohol, y su cara iba adquiriendo por momentos una palidez mate.
  • Ya tenía uno en el suelo.
  • No tenía miedo, pero maldecía la hora en que se le ocurrió entrar en la taberna, sitio extraño que parecía robarle su energía.
  • En su faja quedaban ya pocos cartuchos, y á sus pies, como montón de plumas ensangrentadas, tenía hasta dos docenas de pájaros.
  • El cielo, impregnado aún de la débil luz del crepúsculo, tenía un tono dulce de violeta.
  • Pasaban por las sendas las muchachas que regresaban de la ciudad, los hombres que volvían del campo, las cansadas caballerías arrastrando el pesado carro, y Batiste contestaba al ¡Bòna nit! de todos los que transitaban junto á él, gente de Alboraya que no le conocía ó no tenía los motivos que sus convecinos para odiarle.
  • Lo cierto era que alguien huía de él, fuese quien fuese, y nada tenía que hacer allí.
  • Aquel Pimentó tenía el pellejo duro, y arrojando sangre y barro iba tal vez á rastras hasta su barraca.
  • Pimentó no podía retornar contra él, pero tenía amigos.
  • Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible, las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen pronto lo que tenía.
  • Tenía fiebre, agitábase furioso, como si aún corriese por el cauce de la acequia cazando al hombre, y sus gritos asustaban á los pequeños y á las dos mujeres, que pasaron la noche de claro en claro, sentadas junto al lecho, ofreciéndole á cada instante agua azucarada, único remedio casero que lograron inventar.
  • Estaba seguro de que las dos balas de su escopeta las tenía aún en el cuerpo.
  • ¿Qué culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?
  • Ya no tenía, como antes, la cabeza rota.
  • Los hombres que son hombres deben mostrarse razonables! Él tenía la culpa de todo lo ocurrido.
  • La mancha se agrandaba, tenía una forma parecida á la puerta de su estudi, y salía por ella un humo denso, nauseabundo, un hedor de paja quemada que le impedía respirar.
  • Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma.
  • El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la espalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia que presiente la carga.
  • Mientras su mirada se perdía en el fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con la risita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le requemaba la sangre.
  • Quedaba por comprar el pavo, los turrones y otras cosas que tenía en memoria.
  • Mal iba todo, y la culpa la tenía el gobierno, un puñado de ladrones que no se preocupaban de la suerte del país.
  • Y en cuanto a su muletilla aunque le estaba mal el decirlo, gozaba el privilegio de poner nerviosa a doña Manuela, que tenía por tonto rematado a su antiguo dependiente.
  • Sobre el rumor del gentío, que encerrado y oprimido en tan estrecho espacio tenía bramidos de amor tempestuoso, destacábase el agudo chillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteo insolente del gallo, matón de roja montera, agresivo y jactancioso, y el monótono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en su muerte, sólo conseguía atraerse la atención de los compradores pobres.
  • II En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía una leyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, donde jamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.
  • Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primera guerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio se formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual, como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme velón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce.
  • A pesar de esto, la tal reunión era casi un club, que en épocas como aquélla tenía su carácter peligroso.
  • Sus padres habían muerto, pero ya se encargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre de primos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre él tan pronto como circuló por el lugar la nueva de que hacía fortuna y tenía una tienda en el Mercado.
  • No tenía mujer ni hijos.
  • Y si la turba de descarados pedigüeños no llegaba a decir que todo cuanto tenía su pariente les pertenecía de derecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapaces miradas de manifestar que éste era su pensamiento.
  • Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya no vestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes, operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundas meditaciones.
  • Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba la tienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones de hombre práctico a las del principal.
  • Tenía su puesto fijo en el banco de la Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando con urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa y rezando el centésimo rosario.
  • Éste era viudo y tenía dos hijos.
  • Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba al dinero.
  • Pero bastaba que el loco adorador de la tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera por vencido y asegurase que el muchacho tenía mucha gracia.
  • Tenía novias en los cuatro distritos de la ciudad.
  • Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso y económico, que tenía lo que él llamaba sangre comercial.
  • Un día se fijó en que Manolita tenía unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el terciopelo de a cuatro duros vara.
  • Su imaginación novelesca soñaba un rapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras mil barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales barrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño en presencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaración que tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.
  • Su primo Rafael había terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto arreglo en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta se susurraba si había una criatura de por medio.
  • éste no tenía gran empeño en conservar en casa una hija que ignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, según él decía.
  • Tenía en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto, dos cosas la entristecían.
  • Uno tras otro se cerraban los talleres montados a la antigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrial de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial tenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufrió grandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese a coronar su desesperada resistencia.
  • Desde por la mañana tenía que endosarse el chaqué y el sombrero de copa, para estar dispuesto a acompañar a la señora.
  • ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia de un ente desconocido.
  • Esto de que le mirasen como un pájaro raro no estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos pellizcos con que acogía sus desobediencias.
  • Misas a centenares, funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentos que afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas el doctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sido llamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentó la languidez de éste y su desesperado desaliento.
  • Su marido, en momentos de expansión amorosa, cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmas comprometedoras y tenía que pagar, so pena de ver sus bienes embargados.
  • Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a don Eugenio y cierta querencia a Las Tres Rosas, que era donde habían transcurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a los trece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la ventaja de comer y dormir en su casa.
  • Muchos frascos estaban desportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijo de gotas de esencia con los residuos de polvos.
  • Tenía su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella un principió de gordura, lo que la hacía parecer de más edad.
  • La que tenía en sus gustos algo de muchacho y aseguraba muy formal que sentía placer en hacer rabiar a los hombres.
  • Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil, tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su moño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella muñeca.
  • Aseguraba que tenía gran semejanza fisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difunto Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta, que no soltaba ni aun en las visitas.
  • Concha sí que tenía algo, pero ella nada.
  • Tenía manías, y la más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen de continua actividad.
  • Era el tío que llegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las palabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darse tiempo para pensar las contestaciones.
  • Demasiado bueno, si se tenía en cuenta el carácter raro del que estaba allá dentro.
  • / Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la distracción.
  • E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente tenía seis ojos, y ella dos solamente.
  • La fuente tenía una orla de rodajas de huevo cocido, y sobre la capa amarillenta que cubría el apetitoso animal, tres filas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y la espina.
  • Ahora sonreía con bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.
  • Decididamente, no tenía la cabeza bien.
  • Vestido de señorito, tenía algo de gitano.
  • Era un chico que tenía muy buenas relaciones.
  • ¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios.
  • Ya que en la familia se habían suavizado antiguas asperezas, a ella tenía que acudir en sus apuros.
  • No tenía un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca.
  • El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólica para salirse siempre con la suya.
  • Todos muy señores míos, pero que los oía mentar por vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de la calle donde ella tenía su modista.
  • Tenía algo que arreglar con Rafaelito.
  • Tan serias eran, que Rafaelito tenía frita a la mamá según propia expresión, pidiéndola cinco duros al día siguiente de los bailes.
  • El Carnaval tenía para él mala pata, y al susurro de la orquesta que sonaba abajo, salía bailoteando siempre la carta contraria y se llevaba al montecillo del banquero las pesetas de mamá.
  • Amparo también tenía sus disgustos.
  • Andresito no tenía un cuarto y no era socio de los círculos donde iba ella.
  • Ella se tenía la culpa, por no hacer caso de mamá, que decía que los de Las Tres Rosas eran unos ordinarios.
  • La idea de que ésta podía decir la verdad a sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda, a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas.
  • La tenía al alcance de su mano.
  • Estaba amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecía en él lo que tenía del padre y del abuelo.
  • Y Juanito callaba, a pesar de que tenía razones de sobra para responder.
  • Justamente había sabido el día anterior que Amparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentado un verdadero disgusto.
  • La consideración de que parte de aquel dinero era para pagar el abono de las tres butacas que la familia tenía en el Principal a turno impar le hizo decidirse.
  • Además, su posición en Las Tres Rosas tenía a Juanito pensativo y preocupado.
  • Pero cuando se tenía una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente información y un acertado golpe de vista, no había cuidado.
  • Buenos ejemplos tenía a la vista para convencerse de su error.
  • Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metió la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta mil duros, ni por cien mil.
  • Trabajaba de costurera a domicilio, y tenía tan buenas manos, que se la disputaban las parroquianas, señoritas de escasa fortuna, que acogían como una felicidad el confeccionar en sus casas vestidos iguales a los de las modistas.
  • Tónica así la llamaban sus parroquianas comía en casa de éstas, cosía once horas, cuando no tenía que salir para comprar tela, hilo o botones, y por la noche regresaba a su habitación de la calle de Gracia, un piso tercero de una casa vieja y pequeña, que las dos mujeres tenían como taza de plata, según expresión de las vecinas.
  • ¿Tenía, acaso, novia?
  • Pues hijo, debía creerla a ella, que, aunque joven, tenía experiencia.
  • La plazuela de las de Pajares tenía un vecindario bullicioso y alegre.
  • ¿Qué intención oculta tenía aquello?
  • En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo con mirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el cafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos para servir a todos.
  • ¿No tenía bastante con tantos desdenes?
  • Y se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que estaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza, asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que tenía en su repertorio para los casos de conquista.
  • Gracias a que era un vate aplaudido en la Juventud Católica y tenía ideas muy cristianas.
  • Tenía buenas espaldas, su cabeza morena no era de víctima, le colgaba del talle un espadín y además, según informes de Andresito, tenía entre sus amigotes fama de bruto.
  • Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener?
  • No tenía la costumbre de beber.
  • Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban al joven, sin dejar por esto de experimentar alegría.
  • Y por la noche, una Virgen que tenía en mi cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía.
  • Juanito tenía en los labios una pregunta audaz.
  • ¡Qué diablo! Ya estaban casi en la mitad del camino, cerca del Mercado, y él callaba, sin atreverse a decir lo que tan pensado tenía.
  • Tenía dinero.
  • Abandonaba la tienda a las horas en que aquélla tenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calle iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le viera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas, para que éstas aprendiesen a distinguir y no le tuvieran por un pazguato incapaz de tener novia.
  • Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las atenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los ¡hijo mío! dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una caricia.
  • Para tales comisiones se valía de doña Clara, que tenía amigos entre los prestamistas, y hacía las operaciones diciendo que los objetos eran de una señora distinguida cuyo nombre no podía revelar.
  • La viuda tenía la altivez de los grandes señores que creen de buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados.
  • Pues Rafael, el pobre muchacho, metido en el mundo elegante, nada sabía de las materialidades de la vida, ni tenía bienes propios como su hermano mayor.
  • Aborrecía a aquellos parientes del amo, sabiendo la poca estima en que éste los tenía.
  • Juanito tenía presente los enormes monos trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pájaros vistosos, a quienes no se podía quitar el polvo sin que cayesen las plumas.
  • Algo tenía que decirle a su tío.
  • Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido.
  • Los lujos y prodigalidades de la familia tenía que pagarlos él, ¡él, que en su casa había ocupado un lugar intermedio entre los criados y sus hermanos! No daría un céntimo.
  • Y los convidados de doña Manuela entraron en la casa, confundiéndose unas familias con otras, saludándose las mujeres con un tiroteo de besos y elogiando todas las cualidades de la posesión que la viuda de Pajares tenía en Burjasot.
  • La esplendidez del paisaje tenía como embobados a los convidados de doña Manuela, a pesar de ser todos ellos gente poco susceptible de entusiasmarse ante cosas que no fuesen útiles.
  • Pero a mamá no le parecía bien nuestro noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.
  • Tenía el alma atravesada, y si gastaba algo adornando a su familia, era para sostener su prestigio de bolsista de fuerza.
  • Tenía arranques de lirismo casero, se enternecía reuniendo toda la familia en la mesa, y él, por no contrariarla, permanecía en Burjasot, víctima de las contradicciones de su carácter, tan pronto atraído por la querencia a la cocina, como pensando en Tónica con la dulce nostalgia del enamorado.
  • Tenía esclavizada la fortuna, y a pesar de esto, ¡qué sencillo! ¡Con qué modesta afabilidad trataba a los pequeños! Era un señor pequeñín, enfermizo por el exceso de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cándida cuyo secreto sólo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la Compañía.
  • Andresito, entusiasmado por la fortuna del papá, tenía sus ambiciones.
  • Él, que en la cocina de su casa estremecíase hasta la raíz de los cabellos al menor roce con las fornidas fregonas, nunca había llegado a pensar que Tónica tenía algo más que su gracioso rostro.
  • Amaba, era amado, tenía fe en el porvenir, sentíase a cien leguas de las miserias de su familia, y para mayor felicidad, el tío don Juan, enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservándose dar su aprobación definitiva cuando conociese a Tónica.
  • Tenía el convencimiento de que ella lo sabía todo.
  • Ya que tenía dinero, mejor que guardarlo en el fondo del arca era emplearlo como cebo, para que la suerte mordiese en él.
  • Y la visita la hicieron una mañana que Tónica no tenía trabajo y su novio pudo abandonar Las Tres Rosas.
  • Y sin embargo, ya tenía ella que contar de los últimos años de matrimonio.
  • Y doña Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la relación de la pobre Teresa, que balbuceaba y tenía que hacer esfuerzos para no llorar.
  • Cuando entraron en la plazuela donde vivían, la vista de su casa, que con el portalón entornado, los balcones cerrados y la fachada obscurecida por la última luz de la tarde tenía cierto aspecto fúnebre, hizo revivir en la memoria de las tres el recuerdo del caballo.
  • Tenía orgullo en decir que era muy bravo y sólo por él se dejaba manejar, y ahora estaba allí tendido de costado sobre el estiércol, inmóvil como carne muerta, agitando alguna vez con ronco estertor el redondo pecho y levantando un poco la cabeza para lanzar en torno suyo la mortecina y lacrimosa mirada.
  • Aquel buena pieza, con sus infidelidades, no tenía derecho a exigirla cuentas por lo que pudiera hacer.
  • Igual era ella algunos años antes, cuando tenía fincas que vender o empeñar y arrojaba el dinero a manos llenas.
  • Ella no tenía carácter para sobrellevar con resignación la miseria.
  • Al fin pensaba ella para consolarse, el señor Cuadros, aunque ramplón y vulgarote, era un hombre aceptable, y no tenía que resignarse ella, como otras mujeres, a buscar la protección de un valetudinario repugnante.
  • Doña Manuela tenía dinero.
  • La tertulia tenía ya ultimado sus proyectos.
  • A un lado tenía a Teresa, tranquila y sin sentir la menor sospecha de infidelidad, y al otro a doña Manuela, orgullosa de la admiración que ella y sus niñas despertaban en una parte de la plaza.
  • Esta mitad de la plaza no tenía la regularidad monótona del tendido de sombra.
  • Vestía de blusa, pues la carretela de las señoras era de alquiler y tenía cochero propio.
  • No tenía igual poder sobre don Eugenio, su antiguo principal.
  • Secretos, en fin, que Juanito tenía por calumniosos, y que únicamente podía revelar un canalla como aquél.
  • él no tenía madre.
  • No tenía madre.
  • Esta vez desapareció por completo la confianza que Juanito tenía en la infalibilidad de su principal y del señor Morte.
  • No tenía miedo, como el poeta, a encontrarse con su dolor a solas, y caminaba por aquel lugar poco frecuentado, saboreando con gozo cruel el hondo pesar que, de vez en cuando, estallaba en ruidosos suspiros.
  • Tenía por suyo el paseo, la calma de la noche, el puro silencio que le envolvía.
  • Además, de seguir por cerca de los pabellones, estaba expuesto a encontrarse con su familia, con el señor Cuadros, con cualquiera otro que le hiciera acordarse de lo que él tenía empeño en olvidar.
  • Aún tenía salvación.
  • Tenía prisa en llegar a casa antes que su familia.
  • Y Cuadros tenía los ojos vidriosos, faltándole poco para romper a llorar.
  • Don Ramón tenía en su poder más de tres mil duros míos en títulos del Estado.
  • Primero la ruina del protector que sostenía el prestigio de la casa y la de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e inmediatamente aquella enfermedad extraña, rápida como el rayo, que mataba por anticipado al pobre joven, pues le tenía inmóvil e insensible como un cadáver, sin otra vida que aquella respiración angustiosa que parecía asfixiar a los demás.
  • El escaparate tenía un aspecto de vetustez y abandono.
  • Recibióme muy alegre diciendo que tenía cara de hombre agudo y de buen entendimiento.
  • Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo.
  • La edad no hay que tratar, biznietos tenía en tahonas.
  • Llegó a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, pidióme, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras.
  • Supo que había en Segovia un licenciado Cabra que tenía por oficio el criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para que le acompañase y sirviese.
  • La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas.
  • Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él.
  • Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino.
  • Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario.
  • Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.
  • Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatólas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera.
  • Llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía.
  • Divulgóse por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel y como no tenía otro hijo, desengañóse de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado.
  • Él, que no sabía lo que era, preguntóme que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga.
  • Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera.
  • Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que tenía.
  • Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca.
  • Yo pienso que las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía carne.
  • Tenía otras habilidades.
  • Callo las pensiones que tenía sobre los habares, viñas y huertos, en todo aquello de alrededor.
  • Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me tenía.
  • Hijo Pablos (que por el mucho amor que me tenía me llamaba así), las ocupaciones grandes de esta plaza en que me tiene ocupado Su Majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene malo el servir al Rey es el trabajo, aunque se desquita con esta negra honrilla de ser sus criados.
  • Veníale el sayo vaquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía aquella presencia, nadie le veía con los Cristos delante que no le juzgase por ahorcado.
  • Porque si hasta agora tenía como cada cual mi piedra en el rollo, agora tengo mi padre.
  • Vendí lo poco que tenía de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales.
  • Alquilé una mula y salíme de la posada, adonde ya no tenía que sacar más de mi sombra.
  • No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo.
  • En el campo denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.
  • Yo que vi la ocasión, metíme en medio y dije que no hablaba con él, y que así no tenía por qué picarse.
  • Iba yo entre mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego tener tanta que me desconociesen por ella.
  • Y así, me comenzó a recitar una comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén.
  • Yo le dije que si se las había visto él, y díjome que no había hecho tal por las órdenes que tenía, pero que iban en profecía los conceptos.
  • Pidióme que se la leyese si la tenía, muy congojado.
  • Y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía, y malos.
  • Calzaba dieciséis puntos de cara, que tantos tenía en una cuchillada que le partía las narices.
  • Tenía otros tres chirlos que se la volvían mapa a puras líneas.
  • Y como nosotros no sabíamos la habilidad que tenía de los dedos a la muñeca, creímoslo, y el soldado juró de no jurar más, y yo de la misma suerte.
  • Yo, que no tenía ya blanca, pedíle que me diese de cenar, y que pagase hasta Segovia la posada por los dos, que íbamos in puribus.
  • Entretúvonos el camino contando que estaba perdido porque había quebrado un cambio, que le tenía más de sesenta mil escudos.
  • Tenía mi buen tío su alojamiento junto al matadero, en casa de un aguador.
  • Yo le dije que no lo tenía de costumbre.
  • Dios sabe cuál estaba de ver la infamia de mi tío, el cual me dijo que había tenido ventura en topar con él en tan buena ocasión, porque comería bien, que tenía convidados unos amigos.
  • Traía la cara de punto, porque a puros chirlos la tenía toda hilvanada.
  • Yo que los vi que ya, en suma, multiplicaban, metí en paz la brega, desasí a los dos, y levanté del suelo al corchete, el cual estaba llorando con gran tristeza, eché a mi tío en la cama, el cual hizo cortesía a un velador de palo que tenía, pensando que era convidado.
  • Despachélos a todos uno por uno lo mejor que pude, acosté a mi tío, que aunque no tenía zorra tenía raposa, y yo acomodéme sobre mis vestidos y algunas ropas de los que Dios tenga que estaban por allí.
  • Md., vengo a decir que cobré y embolsé mi dinero, el cual mi tío no había bebido ni gastado, que fue harto para ser hombre de tan poca razón, porque pensaba que yo me graduaría con este, y que estudiando, podría ser cardenal, que como estaba en su mano hacerlos, no lo tenía por dificultoso.
  • Díjome, en viendo que los tenía.
  • He vendido hasta mi sepultura, por no tener sobre qué caer muerto, que la hacienda de mi padre Toribio Rodríguez Vallejo Gómez de Ampuero (que todos estos nombres tenía) se perdió en una fianza.
  • Aceptéla, no declarándole que tenía los escudos que llevaba, sino hasta cien reales solos, los cuales bastaron, con la buena obra que le había hecho y hacía, a obligarle a mi amistad.
  • Yo pensé que eran calzas, porque eran a modo de ellas, cuando él, para entrarse a espulgar, se arremangó, y vi que eran dos rodajas de cartón que traía atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de suerte que hacían apariencia debajo del luto, porque el tal no traía camisa ni gregüescos, que apenas tenía qué espulgar según andaba desnudo.
  • En lo cual conocí que era tan amigo de sus amigos, que no tenía cosa suya.
  • Y como yo era nuevo en el trato, no les cayó en gracia a mis tripas el alcotín y tenía hambre como si tal no hubiera comido.
  • Ya yo iba tosiendo y escarbando, por disimular mi flaqueza, limpiándome los bigotes, arrebozado y la capa sobre el hombro izquierdo, jugando con el decenario, que lo era porque no tenía más de diez cuentas.
  • Y porque el otro lo llevase mejor, que ni me había convidado ni le pasaba por la imaginación, de rato en rato le pegaba yo con la mozuela, diciendo que me había preguntado por él y que le tenía en el alma y otras mentiras de este modo, con lo cual llevaba mejor el verme engullir, porque tal destrozo como yo hice en el ante no lo hiciera una bala en el de un coleto.
  • Vino la olla y comímela en dos bocados casi toda, sin malicia, pero con prisa tan fiera, que parecía que aun entre los dientes no la tenía bien segura.
  • Tenía un coche sin caballos a la puerta.
  • Y como él no sabía nada de mar, porque no tenía de naval más del comer nabos, dijo, contando la batalla que había vencido el señor don Juan en Lepanto, que aquel Lepanto fue un moro muy bravo, como no sabía el pobrete que era nombre del mar.
  • Metióse el portero de por medio, viendo que un vejezuelo que allí estaba decía que aunque acudía al brodio, que era descendiente de los godos y que tenía deudos.
  • Tenía asolado medio reino.
  • Pues en lo que toca a mujeres, tenía seis hijos y preñadas dos santeras.
  • Y ya tenía para cada cosa su embuste y su trapaza.
  • Traía encima de muy buena camisa, jubón, ropa, saya y manteo, un saco de sayal roto, de un amigo ermitaño que tenía en las cuestas de Alcalá.
  • A cuál por asirle de alguna parte segura, por estar todo tan manido le agarraba el corchete de las puras carnes y aun no hallaba de qué asir, según los tenía roídos la hambre.
  • Había confesado este, y era tan maldito que traíamos todos con carlancas, como mastines, las traseras, y no había quien se osase ventosear, de miedo de acordarle dónde tenía las asentaderas.
  • Tenía la cara con tantas cuchilladas que a descubrirse puntos no se la ganara un flux.
  • Tenía menos las orejas y pegadas las narices, aunque no tan bien como la cuchillada que se las partía.
  • Menudeaban tanto las piedras y cascotes, que dentro de poco tiempo tenía el dicho don Toribio más golpes en la cabeza que una ropilla abierta, y no hallando remedio contra el granizo, viéndose sin santidad cerca de morir San Esteban, dijo que le dejasen salir, que él pagaría luego y daría sus vestidos en prendas.
  • Vino, metíle en un aposento, y empecéle a decir (después de haber tratado de la causa) cómo yo tenía no sé que dinero.
  • Dime por entendido y añadí otros cincuenta reales, y en pago me dijo que enderezase el cuello de la capa, y dos remedios para el catarro que tenía de la frialdad del calabozo, y últimamente me dijo, mirándome con grillos.
  • Tenía una ballena por mujer y dos hijas del diablo, feas y necias, y de la vida, a pesar de sus caras.
  • Y ni yo la tenía ni sabía quiénes eran.
  • Tenía miedo a los ratones.
  • Preciábase de manos y por enseñarlas siempre despabilaba las velas, partía la comida en la mesa, en la iglesia siempre tenía puestas las manos, por las calles iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro, en el estrado, de contino tenía un alfiler que prender en el tocado, si se jugaba a algún juego era siempre el de pizpirigaña, por ser cosa de mostrar manos.
  • Al fin, toda la casa tenía ya tan manoseada que enfadaba ya a sus mismos padres.
  • Contábales cuentos que yo tenía estudiados para entretener.
  • Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no había tal donaire como el mío.
  • Recibiéronme con la mayor alegría del mundo, diciendo que para qué les tenía escondido el ser señor de Valcerrado y Villorete.
  • Decían entrambos que eran demonios y que yo tenía familiar.
  • Preguntáronme si concertaba uno de plata que tenía en las manos.
  • Empecé a hablar muy recio de las cañas de Talavera y de un caballo que tenía porcelana.
  • Yo, que vi ocasión, dije que echaba menos mis pajes, por no tener con quien enviar a casa por unas cajas que tenía.
  • Y lo que más me tenía en duda era el hacer de él una casa o darlo a censo, que no sabía yo cuál sería mejor y de más provecho.
  • Pasóse la mañana en aderezar lo necesario, y a la tarde ya yo tenía alquilado mi caballito.
  • Llegáronse a mí las viejas a hacerme regalos, y holguéme de ver descubiertas las niñas, porque no he visto desde que Dios me crió tan linda cosa como aquella en quien yo tenía asestado el matrimonio.
  • La otra no era mala, pero tenía más desenvoltura, y dábame sospechas de hocicada.
  • Me perdone, que por Dios que le tenía, hasta que supe su nombre, por bien diferente de lo que es.
  • Riéronse todos mucho, y yo me esforcé para que no me desmintiese la color, y díjele que tenía deseo de ver aquel hombre, porque me habían dicho infinitos que le era parecidísimo.
  • Entendíalo yo entonces razonablemente, porque tenía más flores que un mayo y barajas hechas, lindas.
  • Pues andar a pie pareciera mal y más entonces, fuime a San Filipe y topéme con una lacayo de un letrado, que tenía un caballo y le aguardaba, que se había acabado de apear a oír misa.
  • Dije que no, aunque tenía estropeada una pierna.
  • Y la mayor y fundamento de las otras fue que cuando llegué a casa y fui a ver una arca, adonde tenía en una maleta todo el dinero que había quedado de mi herencia y lo que había ganado, menos cien reales que yo traía conmigo, hallé que el buen licenciado Brandalagas y Pero López habían cargado con ello y no parecían.
  • Ofrecíle mi persona para hacerle espaldas, mas él, que tenía trazado el deshacerme las mías, dijo que le importaba ir solo, que me fuese.
  • Disimulé tres o cuatro chichones que tenía y detúveme un rato, que no osé entrar en la calle, de miedo.
  • Tenía buena fama en el lugar y echábase a dormir con ella y con cuantos querían.
  • Tenía un bebedizo que llamaba Herodes, porque con él mataba los niños en las barrigas, y hacía malparir y mal empreñar.
  • Yo quedé algo aliviado de ver a mi buena huéspeda en el estado que tenía sus negocios.
  • Y así, no tenía otro cuidado sino el de levantarme a tiempo que la tirase mi naranja.
  • Tenía una potra muy grande, y atábase con un cordel el brazo por arriba, y parecía que tenía hinchada la mano y manca, y calentura, todo junto.
  • Tenía modo diferente para pedir los días de los santos.
  • Y era que este tal pobre tenía tres muchachos pequeños, que recogían limosna por las calles y hurtaban lo que podían.
  • Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había parecido bien la moza, concertéme por dos años con el autor.
  • Y más, que tenía yo conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso.
  • Que pasado un mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias buenas y enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían llegado a llamarme Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso, y por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar.
  • Tenía ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la compañía.
  • Para cada cosa tenía su precio, aunque, como había otras tiendas, porque acudiesen a la mía, hacía barato.
  • Tenía mi casa muy bien aderezada, porque había dado para tener tapicería barata en un arbitrio del diablo, y fue de comprar reposteros de tabernas, y colgarlos.
  • Yo tenía por costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el tablado.
  • Contentóme el papel, que realmente la monja tenía buen entendimiento y era hermosa.
  • Estaba con dos varas de gaznate más del que tenía cuando entré en los amores, a puro estirarme para ver, gran compañero del sacristán y monacillo y muy bien recibido del vicario, que era hombre de humor.
  • Todo esto me tenía revolviendo pareceres y casi determinado a dejar la monja, aunque perdiese mi sustento.
  • Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente, porque como yo tenía ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva pasta de mayor y de menor, y tenía la mano derecha encubridora de un lado pues preñada de cuatro paría tres, llevaba gran provisión de cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y ballestilla, y así, no se me escapaba dinero.
  • Y tenía razón, porque la cara era una cuera y él un cuero.
  • Empezaron, por bienvenido, a beber a mi honra, que yo hasta que la vi beber no entendí que tenía tanta.
  • La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura.
  • Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens.
  • Tenía una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos aristocráticos y plebeyos insoportable.
  • A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.
  • Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años.
  • Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia distinta.
  • El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud.
  • Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre.
  • Pero aquel día, sin duda el cura tenía prisa y le despachó sin dar gran importancia a sus pequeñas transgresiones morales.
  • Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre concluían marchándose Andrés a su cuarto o a la calle.
  • En los partidos avanzados tenía que haber necesariamente gentuza, según él.
  • En su teoría del dinero equivalente a mérito, llevada a la práctica, desheredado tenía que ser sinónimo de miserable.
  • El cuartucho tenía un aspecto de celda.
  • Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza pequeña, el pelo negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la mandíbula prognata.
  • Massó, especial en todo, tenía los estigmas de un degenerado.
  • Le daba grandes plantones, se burlaba de él, lo tenía como a un payaso.
  • Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de tarde en tarde.
  • Para ellos, la ciencia, la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado de la música de Wagner.
  • Su madre le tenía como a un niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.
  • Al salir de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.
  • Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, iba a estudiar Fisiología y creía que el estudio de las funciones de la vida le interesaría tanto o más que una novela.
  • La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café y al teatro y comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su tía, sino que tenía dos o tres más.
  • Le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia lo mixtificado que lo bueno.
  • De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más del tipo semita que del ibérico.
  • Tenía cierto tipo de aguilucho.
  • Pero le pareció demasiado esfuerzo para su cerebro y dejó Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer, que tenía para él el atractivo de ser un consejero chusco y divertido.
  • Andrés muchas noches tenía que ir a las dos o a las tres de la mañana en busca del médico y después salir a la botica.
  • Andrés le contó que tenía al hermano enfermo, y el otro intentó tranquilizarle y consolarle.
  • A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tenía un orgullo y una confianza en sí mismo extraordinaria.
  • Cuando ya tenía más confianza con él le decía.
  • Tenía un cuarto pequeño, desarreglado, y como estudiaba, cuando estudiaba, metido en la cama, solía descoser los libros y los guardaba desencuadernados en pliegos sueltos en el baúl o extendidos sobre la mesa.
  • Lamela tenía escondidas las botellas dentro de la chimenea, en el baúl, en la cómoda.
  • Luisito, que tenía la imaginación de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole a su hermano, un cuento que se llamaba.
  • Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, el espectáculo tenía que ser deprimente.
  • Claro que toda reforma en un sentido humanitario tenía que ser colectiva y realizarse por un procedimiento político, y a Julio no le era muy difícil convencer a su amigo de lo turbio de la política.
  • Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera moral del estudiante de Medicina estribaba en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera de esto, divertirse.
  • Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos, afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus indignos sacerdotes.
  • Como perdía en el juego con frecuencia, tenía muchos apuros.
  • En la primera página tenía un nombre.
  • No se atrevió Andrés a preguntar cómo era, qué cara tenía, aunque hubiese dado cualquier cosa por saberlo.
  • El hermano Juan era un hombre bajito, tenía la barba negra, la mirada brillante, los ademanes suaves, la voz melíflua.
  • Este callejón tenía dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de uno de ellos, del que estaba más cerca de la calle de Atocha, había establecido su cuchitril el hermano Juan.
  • Fueron todos al callejón en donde el hermano tenía su escondrijo.
  • Pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.
  • Tenía la cara amarillenta, de color de membrillo.
  • Tenía los ojos verdes, obscuros, sombreados por ojeras negruzcas.
  • Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía e ingenio de sobra.
  • Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y sobre todo menos espirituales, era más mujer, tenía deseo de agradar, hipocresía, disimulo.
  • Como tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable.
  • Esta rubia tenía su historia.
  • Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad.
  • Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una mujer barbuda.
  • La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica.
  • Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un niño.
  • Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor dramático que tenía dos hijas coristas.
  • Ninguna de las dos tenía condición para la escena.
  • Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y Ernestina estaba enredada con un revendedor.
  • Tenía los ojos desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de malicia.
  • No tenía ese repertorio vulgar de chistes oídos en el teatro.
  • A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas.
  • Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y la cara roja.
  • En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las cosas.
  • Yo tenía doce años.
  • Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.
  • Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se referían a su respetabilidad social.
  • Tenía una vida curiosa.
  • Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al egoísmo.
  • Aquella tenía los amantes a pares dijo la Venancia.
  • Yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de comunicación.
  • La puerta no tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza.
  • Pero a los quince días ya tenía otro amante.
  • Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos decía la vieja, convencida de que su argumento no tenía réplica.
  • VIII OTROS TIPOS DE LA CASA UNA de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés.
  • La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande, tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias.
  • Que no tenía para amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.
  • El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años.
  • El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal intencionados y tan rencorosos como él.
  • Esta gallega, la Paca, tenía de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado.
  • El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos.
  • Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete.
  • Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada.
  • La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una tertulia muy productiva.
  • IX LA CRUELDAD UNIVERSAL TENÍA Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de los vecinos de la casa de Lulú.
  • Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.
  • El del colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al patio.
  • Fué a ver al niño, apenas tenía fiebre, no le dolía el costado, respiraba con facilidad.
  • El padre, don Pedro, tenía unos primos en Valencia, y estos primos, solterones, poseían varias casas en pueblos próximos a la capital.
  • El carrito tenía por detrás una lona blanca y, al agitarse ésta por el viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo.
  • La casa apenas tenía fondo.
  • Andrés tenía que repasar las asignaturas de la licenciatura.
  • Tenía dinero, y tomó un billete de primera.
  • Alguna que otra vez tenía una ligera fiebre, pero se veía que mejoraba.
  • Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar que a jugar violentamente.
  • Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo.
  • El Chitano no tenía más tendencia que el robo.
  • Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba conociendo a la gente.
  • Luisito parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre.
  • El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una plazoleta que tenía en medio un farol.
  • La hermana, doña Isabel, tenía el color muy blanco, el pelo muy negro y la voz lacrimosa.
  • Pero no tenía un cuarto.
  • El médico, a quien tenía que sustituir, era un hombre rico, viudo, dedicado a la numismática.
  • Sabía poco de Medicina, y no tenía afición más que por la historia y las cuestiones de monedas.
  • El día entero lo tenía libre para pasear y para leer.
  • Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su sudor tenía un olor especial, como a ratón, del sudor del tuberculoso.
  • Tenía guardados sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los envió a su hermana Margarita.
  • Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos.
  • Entró en el andén, se acercó a los vagones, y en uno que tenía el cartel de no fumadores, se dispuso a subir.
  • él era un extranjero, una persona acomodada, con mucha plata, sí, señor, que había viajado por toda Europa, y toda América, y sólo en España, en un país sin civilización, sin cultura, en donde no se tenía la menor atención al extranjero, podían suceder cosas semejantes.
  • Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés.
  • Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar en aquel momento.
  • Esto, unido al vino muy alcohólico, tenía que producir una verdadera incandescencia interior.
  • El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis.
  • Tenía una casa hermosa, aparatos modernos, relaciones.
  • Y explicó que era una costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a rezar el rosario.
  • Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruída.
  • Después, en general, por la tarde no tenía necesidad de salir de casa.
  • Tenía sobre el portal un ancho balcón y una reja labrada a una callejuela.
  • La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega y la almazara.
  • Tenía un tipo de Dolorosa.
  • Tenía el vientre hinchado, y esta hinchazón del vientre se había complicado con una retención de orina.
  • La muchacha era hidrópica, tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones.
  • También creía que por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie de contribución por todas las enfermedades de Alcolea.
  • Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un viejo artrítico, que se pasaba la vida leyendo folletines.
  • El pueblo no tenía el menor sentido social.
  • El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, luego con veinte.
  • En Alcolea casi todos los ricos defraudaban a la Hacienda, y no se les tenía por ladrones.
  • Como buen epicúreo, Andrés no tenía tendencia alguna por el apostolado.
  • Sin saber nada, tenía la pedantería de un catedrático.
  • Tenía el convencimiento de que él era el único que hacía bien las cosas.
  • Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que sólo lo artificial es bueno, y pensó que tenía razón.
  • Tenía salones inmensos, mal decorados, espejos de cuerpo entero, varias mesas de billar y una pequeña biblioteca con algunos libros.
  • El pianista imitaba a Carreño y le tenía como modelo.
  • La crueldad de la vida en Alcolea, la explotación inicua de los miserables por los ricos, la falta de instinto social, nada de esto para él existía, y si existía tenía un carácter de cosa libresca, servía para decir.
  • Para él había gente que no tenía derecho a nada.
  • Un día le chocó ver que el librero tenía quince o veinte tomos con una cubierta en donde aparecía una mujer desnuda.
  • Intentó también un estudio poco humano y trajo de Madrid y comenzó a leer un libro de astronomía, la Guía del Cielo, de Klein, pero le faltaba la base de las matemáticas y pensó que no tenía fuerza en el cerebro para dominar esto.
  • Se iban acumulando en el organismo las substancias de desecho y esto tenía que engendrar productos de oxidación incompleta, el ácido úrico sobre todo.
  • Si quería vivir con una mujer tenía que casarse, someterse.
  • Tocaba el piano muy mal, calcaba las laminitas del Blanco y Negro y luego las iluminaba, y tenía unas ideas ridículas y falsas de todo.
  • No había árboles, el clima era duro, la gente tenía que ser dura también.
  • Tenía la cabeza bañada en sangre y había perdido el conocimiento.
  • Tenía la vieja una conmoción cerebral.
  • La prendería del tío Garrota tenía una escalera de caracol para el primer piso.
  • Se hizo una fotografía de las heridas de la cabeza producidas por la badila y se señalaron unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.
  • No tenía nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por decir que no y le salvaran por decir que sí, diría que no, porque esa era la verdad.
  • Sentía en la espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tenía temor de tocar con los pies el suelo.
  • Cierto que no tenía las proporciones bufo grandilocuentes del manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París.
  • Tenía una plaza en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara me la cedería a mí.
  • Tenía miedo de que no quisiera usted venir.
  • Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí.
  • Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía.
  • Este triste proletariado de la vida sexual tenía su honor de cuerpo.
  • Un cura tenía dos y las explotaba con una ciencia evangélica completa.
  • Lulú tenía una muchacha que despachaba y un chico para los recados.
  • Era aquel señor un farmacéutico que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruído.
  • No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones éticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible.
  • Iturrioz tenía razón.
  • Tenía un aire de insensibilidad y de estupor, que sólo un aluvión de miserias puede dar a una criatura humana.
  • Le habían quemado los dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad.
  • Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del corazón.
  • Uno de los desharrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le dijo con una afectación ridícula.
  • Antes tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona, pero ahora no.
  • La mujer, sin dientes, con el vientre constantemente abultado, tenía una indiferencia de animal para los embarazos, los partos y las muertes de los niños.
  • Tenía una palabra especial para designar las extravagancias de su marido.
  • Era una vieja muy fiel, que tenía cariño a Andrés y a Lulú.
  • Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le daba ganas de trabajar.
  • Al cabo de algún tiempo, no sólo tenía que hacer traducciones, sino estudios originales, casi siempre sobre datos y experiencias obtenidos por investigadores extranjeros.
  • Lulú tenía una idea absurda de su marido, lo consideraba como un portento.
  • Andrés contestó que no tenía un cuarto y sacó la llave de casa del bolsillo, que brilló como si fuera el cañón de un revólver.
  • Como andaba más al aire libre tenía un color sano.
  • Al levantarse Andrés al día siguiente, ya no tenía la serenidad de costumbre.
  • El hecho no tenía duda.
  • Tenía por él un cariño celoso e irritado.
  • La madre de Lulú comenzó a frecuentar la casa, y como tenía mala voluntad para Andrés, envenenaba todas las cuestiones.
  • IV TENÍA ALGO DE PRECURSOR CUANDO llegó el embarazo a su término, Lulú quedó con el vientre excesivamente aumentado.
  • Pero Andrés comenzaba a sospechar que aquello no tenía el aspecto de un parto normal.
  • Tenía la seguridad de que se iba a morir.
  • Este muchacho no tenía fuerza para vivir.
  • Tenía algo de precursor 343 Notas del Transcriptor.
  • Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años.
  • Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía.
  • ¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos! Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico.
  • Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome.
  • Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero.
  • Y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio.
  • También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz.
  • Mas turóme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido.
  • Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches.
  • Mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
  • Que aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía.
  • Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber tentado con la mano.
  • Y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla.
  • Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estómago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño.
  • Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta.
  • Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más.
  • Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque, y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca.
  • Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días.
  • Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar, como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro.
  • Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más.
  • Aquélla le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo.
  • Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto.
  • Más estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.
  • El un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos.
  • Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta.
  • Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines.
  • Preguntóme si tenía algo que adobar.
  • Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala muerte.
  • Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cierrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos.
  • Ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma, que quien quisiera propiamente della hablar, más corazas viejas de otro tiempo que no arcaz la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenía.
  • Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro metella de noche en la boca.
  • Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer.
  • La cual tenía la entrada obscura y lóbrega de tal manera que parece que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras.
  • Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa y, preguntando si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él.
  • Púseme de un cabo y él del otro y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa que, por no estar muy continuada a lavarse, no parecía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana que era menester.
  • El diablo del enjalma maldita la cosa tenía dentro de sí, que puesto sobre el cañizo todas las cañas se señalaban y parecían a lo proprio entrecuesto de flaquísimo puerco.
  • Y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad.
  • Mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí que, aunque en este pueblo no había caridad ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di que, antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo y más de otras dos en las mangas y senos.
  • Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad.
  • Sólo tenía dél un poco de descontento.
  • Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió.
  • Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rio tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar.
  • En este tiempo tenía ya yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa.
  • Porque desde el primer día que con él asenté, le conocí ser estranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía.
  • Señor dije yo si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba?
  • Sentóse el escribano en un poyo para escrebir el inventario, preguntándome qué tenía.
  • Porque tenía y buscaba modos y maneras y muy sotiles invenciones.
  • El aguacil puso mano a su espada, que en la cinta tenía.
  • Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya dellos tenía el pago.
  • Y hecho su sermón y despedido desde el púlpito, ya que se quería abajar, llamó al escribano y a mí, que iba cargado con unas alforjas, e hízonos llegar al primer escalón, y tomó al alguacil las que en las manos llevaba y las que no tenía en las alforjas, púsolas junto a sus pies, y tornóse a poner en el púlpito con cara alegre y arrojar desde allí de diez en diez y de veinte en veinte de sus bulas hacia todas partes, diciendo.
  • Hecho su inventario, pidió a los alcaldes que por caridad, porque él tenía que hacer en otra parte, mandasen al escribano le diese autoridad del inventario y memoria de las que allí quedaban, que, según decía el escribano, eran más de dos mil.
  • En todo no vio nadie lo susodicho sino yo, porque me subía par del altar para ver si había quedado algo en las ampollas, para ponello en cobro, como otras veces yo lo tenía de costumbre.
  • No tenía la menor intención de dar mis cuartillas a la imprenta.
  • Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo.
  • Tenía la cara expresiva, los ojos grises, la nariz aguileña, la barba recortada.
  • Por el contrario, tenía una fuerte tendencia a la sátira.
  • No era fácil convencer a mi orgullosa abuela de que no tenía precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre apareciera o no apareciera en Lúzaro en el siglo xv.
  • La casa tenía balcones a tres fachadas.
  • La Iñure tenía una hermana, la Joshepa Iñashi, que era, al mismo tiempo, cerora de la iglesia y mujer del sacristán.
  • Tenía el aspecto severo de esos antiguos caserones de piedra del país vasco.
  • La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones, que nunca se abrían.
  • Nada gozaba del honor de encontrarse allí si no tenía historia.
  • El dibujo tenía al pie esta inscripción.
  • Otro cuadro iluminado que gozaba gran estimación en la casa, era uno que tenía en medio la Rosa de los Vientos, y a los lados, todas las banderas, gallardetes y matrículas del mundo.
  • La chinita vestía una túnica azul y tenía un abanico en la mano.
  • La Iñure me contó que una vez, hace mucho tiempo, un loro que tenía un marino de Elguea lo denunció, y por él se supo que su amo había sido pirata.
  • También tenía mi abuela una caja de música, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le daba cuerda.
  • Tenía, para divertirme, unos juguetes viejos que habían pertenecido a mi madre y a mi tío.
  • Mi tía Úrsula, además de su biblioteca, formada por folletines ilustrados franceses, y de sus libros de aventuras marítimas, tenía otro fondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a mí tanto me cautivaban.
  • Yo le tenía que ver, tarde o temprano.
  • Tenía dos o tres tonadillas monótonas y unos cuantos versos monorrimos.
  • Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la Iñure, a la salida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tenía que marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por donde querían.
  • El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta.
  • Esta serpiente tenía garras de tigre, alas de buitre y cara de vieja.
  • Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tenía una gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna.
  • Tenía una pequeña muralla, y en vez de terminar en el Rompeolas, concluía en las mismas peñas.
  • En este muelle y a pocos pasos del Mentidero, tenía su taller el padre de Zelayeta.
  • Zelayeta sentía, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por los piratas, y, como tenía talento para ello, dibujaba los planos de los barcos en que íbamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas en donde pasaríamos el aprendizaje de Robinsones.
  • Tenía una hermosa cara noble, roja.
  • A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.
  • Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria.
  • Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los ojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.
  • También le daba mucha importancia a la Curcushada (los cuernos de la luna), que creía que tenía una gran relación con la vida de los hombres.
  • Sus cuentos no se diferenciaban gran cosa de las historias que él tenía por verdaderas.
  • Cuando se trataba de un barco, siempre tenía que explicar con detalles la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.
  • Yo, que, de muchacho, tenía cierto ascendiente sobre él, intentaba convencerle de que debía tomar aquel mundo fantástico como real, si quería, pero sin darle demasiada importancia.
  • Como tenía tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayeta y yo comprar un barco de juguete para ver cómo se hacían las maniobras, y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro constructor de aquella clase de barquitos.
  • Caracas tenía su tienda en la punta del muelle.
  • De tarde en tarde tenía que hacer algún modelo de barco de vela, para colgarlo en la iglesia de un pueblo próximo, y, cuando estaba concluído y pintado, los pescadores amigos desfilaban por el rincón aquel, para ver la obra maestra.
  • Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía.
  • Si el puerto no tenía nada que ver, en cambio la ría era muy bonita.
  • Zurbelcha tenía los nervios de acero, y una precisión de algo matemático.
  • Le faltaba la mano del mismo lado y tenía el rostro carcomido.
  • Tenía la ilusión de que, por una casualidad, pudiese quedar a flote.
  • El Cachalote tenía entre las costillas una rajadura como de un palmo de larga.
  • Tenía yo los pies y los pantalones mojados.
  • Por otra parte, el que tenía la llave de la cadena de la lancha era un señor que vivía en la primera casa de Izarte.
  • Don Ciriaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó si no tenía afición a la poesía o al baile.
  • Era un chico, y no tenía motivos mas que para estar contento.
  • Tenía una gran movilidad en la expresión y mucha gracia hablando.
  • Tenía la cara dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto y cerdoso.
  • La bella Hortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con un cualquiera.
  • Como iba diciendo, a pesar de que Menchaca tenía medios de comprobar que Hortensia era un carácter, no quiso verlo ni reconocerlo.
  • Y alguien encontró que la sirena del mascarón de proa tenía las facciones de la hermosa Hortensia.
  • Tenía sobre mí la ventaja de hablar castellano bien, y se valía de ella para humillarme.
  • Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, no era, ni mucho menos, un modelo de discreción, y a veces tenía salidas de patán que le regocijaban muchísimo.
  • Don Matías tenía sus manías.
  • Tenía el sentimiento del comerciante rico que considera a la mujer como el mejor medio de lucirse.
  • Aquel solemne y majestuoso idiota creía que, para ser marido y padre a la inglesa, tenía que mostrarse frío con su mujer y su hija.
  • Dolorcitas, como era natural, no tenía mucho cariño por su padrastro.
  • Yo me sentía otra cosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu, más concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todo expansión, palabras y muecas.
  • En aquellos tiempos era demasiado tímido para pensar así, no porque no lo creyese en el fondo, sino porque no tenía confianza en mí mismo para afirmar mis ideas categóricamente.
  • Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía derecho para hacer algún disparate.
  • Este paseo nocturno tenía algo de procesión.
  • Tenía que esperar a don Ciriaco para embarcarme.
  • Tenía ganas de pisar tierra española, de pasear por aquellas viejas murallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermoso golfo de Cádiz.
  • Yo tenía un poco más de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensia se desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba más que prosperar y gozar.
  • Tenía que hablar conmigo.
  • Al día siguiente me esperaría en una casa próxima, que tenía una puerta a otra calle, por donde yo entraría.
  • Estaba convencido de que en el fondo no tenía cariño por Dolores.
  • ¡Qué estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a la mujer como una criatura ideal! ¡Qué error mirar la riqueza y el fausto como felicidad! Se acercaba el momento de que la Bella Vizcaína tenía que partir.
  • Tenía la seguridad de que no me había de pasar nada.
  • Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida.
  • Tenía atravesado el pulmón.
  • El viejo capitán, que me tenía cariño, quería que su amigo pasara a mandar la Bella Vizcaína y yo ocupara la vacante en La Ciudad de Cádiz.
  • Muy raro tenía que ser.
  • Tenía veintiocho.
  • Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de un compañero que quería llevarme en su barco hasta Bilbao, y tomé la diligencia para Madrid.
  • Se recuerda claramente que en aquellos días no era uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y, sin embargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielo tener un azul más puro y más espléndido.
  • Me tenía destinada la hija de un propietario de Lúzaro, más vieja que yo, feúcha, flacucha y mística.
  • Pero, en el fondo, no tenía ideas religiosas.
  • Beracochea tenía fama de hereje.
  • Beracochea tenía una porción de minas denunciadas.
  • Pero no tenía gran curiosidad, y no hubiese ido por allí a no aconsejarme mi madre que fuera, aunque por otra causa.
  • La otra tenía un jardín abandonado, con dos cipreses secos, y luego una huerta, que se continuaba con un prado.
  • Recordé que aquel viejo era el mismo que encontramos Recalde y yo cuando, después de nuestra expedición al Stella Maris, anduvimos buscando al que tenía la llave de la lancha que solía estar atada en la punta del Faro.
  • Tenía las puertas y las paredes pintadas de verde, mostrador en el portal y a un lado un cuarto pequeño con una mesa de pino, blanca, un espejo cubierto con gasa y varias sillas.
  • El inglés daba lecciones de su idioma y solía ir todos los días a Elguea, donde tenía varios discípulos.
  • Tenía aire de hombre enfermo y abatido.
  • Una lámpara de aceite alumbraba un cuarto pequeño y modesto, que tenía un armario con cortinillas blancas.
  • La hija del capitán tenía los ojos como de haber llorado.
  • Llamé, y se presentó la muchacha rubia, ¡mi prima! Tenía los cabellos despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia.
  • Tenía la evidencia de que el viejo era Juan de Aguirre y de que Mary era mi prima.
  • Varias veces pregunté a Mary si tenía algún proyecto para el porvenir.
  • Yo intenté convencer a mi madre de que Mary no tenía edad para reflexionar.
  • Me pareció ser una excelente amiga para Mary y que la tenía mucho afecto.
  • Pero el capitán, con aquella admirable confianza que tenía en sus facultades intelectuales, no hizo caso.
  • El torrero tenía muy poco sueldo para alimentar nueve hijos, y los dos mayores trabajaban en el pueblo como aprendices.
  • Le expliqué cómo tenía que embarcarme, lo que ganaba, cuándo volvería, todo.
  • El corto tiempo que tenía licencia lo aprovechaba para llegar a Lúzaro y ver a mi madre y a Mary.
  • Yo tenía que vivir desesperado en el vapor.
  • Si tenía ocasión propicia, al llegar a Burdeos tomaba un vapor, aunque no fuese más que para pasar un día en Lúzaro.
  • Un viejo marino retirado, que tenía una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tío Juan, me dio nuevos datos acerca del padre de Mary.
  • Era una covachuela a más bajo nivel de la calle, que tenía unos escalones desde la acera.
  • Tenía la nariz larga, los ojos pequeños, las cejas como pinceles y un rictus sardónico en los labios.
  • Itchaso tenía preparada una botella de vino de Burdeos, añejo, que conservaba en el casco polvo y telarañas.
  • No tenía dinero, y antes de que viniese la odiosa quinta, decidí ir a Brest o a Saint Malô, con intención de pasar a Inglaterra y embarcarme para América.
  • Le dije a mi nuevo conocido que no tenía plaza en ningún barco, que deseaba ir a América, y le enseñé mis certificados de buena conducta.
  • De figura muy redonda, casi igual a proa que a popa, tenía una cubierta, sollado a proa para la marinería, cámaras en popa y todo lo demás preparado para bodega.
  • Como la generalidad de los barcos de entonces, no tenía puente.
  • El Dragón era de una Sociedad franco holandesa para la trata de negros, que tenía sus principales accionistas en Amsterdam, Saint Malô y Nantes.
  • Tenía la proa como un pico.
  • Su color era negro, con una faja blanca, y tenía portas fingidas para darse aires de barco de guerra.
  • El Dragón estaba autorizado, según decían, para usar cañones, y tenía tres de a seis pulgadas en la toldilla de popa y dos sobre el castillo de proa.
  • Tenía una mirada de través, con sus ojos encarnados, poco agradable.
  • Tenía en su camarote una virgen peruana, con dos ramas de romero bendito debajo.
  • Sabía poco, pero tenía mucha práctica.
  • Tenía una corredera antigua.
  • En su camarote tenía un reloj de arena.
  • Tenía una gran precisión en sus disposiciones, y su voz áspera de marino, formada de gritar en medio del mar y de las tempestades, parecía hecha para dominar a los hombres y a los elementos.
  • Tenía dos o tres maletas con aros de hierro y cofres de latón, que, según se decía, estaban llenos de preciosidades.
  • El cuarto de Nissen, el timonel, tenía un ventanillo, desde donde podía mirar la brújula, y una trampa que comunicaba con la cámara del capitán.
  • Zaldumbide tenía un chicote retorcido, con el cual él mismo daba un castiguillo.
  • Cada cual tenía su vicio.
  • Era el único que tenía la moral de un negrero o de un pirata.
  • Tenía muy mala suerte y era muy supersticioso.
  • Tenía unos dedos de hierro.
  • El más inocente de aquéllos tenía unas cuantas muertes, sobre la conciencia.
  • Dirigía a los holandeses Ryp, el cocinero de El Dragón, un hombre que tenía todo el cuerpo tatuado con la figura de los barcos en donde había servido.
  • Ryp Timmermans tenía como pinche un chino, el chino Bernardo.
  • Zaldumbide tenía el procedimiento de hacer como que no se enteraba de lo que pasaba cuando no podía dominar la situación.
  • Tenía unos cincuenta años.
  • Tenía bastante con sus recuerdos.
  • Tenía una buena voz, pero nos aburría tocando cosas tristes con su acordeón.
  • No tenía más defecto que el de ser ladrón.
  • Tenía barbuchas amarillas y deshilachadas, la expresión suspicaz y un color de manteca de Flandes.
  • El maestro Ewaldus tenía en su cuarto libros en todos los idiomas y hablaba muchas veces solo consigo mismo en latín.
  • El doctor Cornelius tenía un sistema extraño de espionaje en el barco.
  • Belzebuth, el gato negro del doctor Cornelius, tenía un odio feroz a Poll, y dos o tres veces estuvo a punto de matarlo.
  • Le echaba humo de tabaco, le llamaba y solía poner entre los barrotes de la jaula un trozo de madera, como si fuese el dedo, y Poll, que era rencoroso, se echaba sobre él y le daba un picotazo con su pico fuerte, y cuando se encontraba que no tenía presa, se recogía, burlado y huraño, ante las carcajadas del pillo del grumete.
  • No los tenía a todos en la misma cámara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con mamparos.
  • ¡Lástima de hombre! Tenía grandes condiciones de previsor y de organizador.
  • Tenía una cicatriz reciente, roja aún, en la cara, que le cogía desde la ceja de un lado hasta la comisura de la boca del otro, cortándole el labio superior.
  • Zaldumbide no tenía ninguna simpatía por los celestes, y se le había ocurrido que era más cómodo, en caso de necesidad, en vez de echar agua a los chinos, echar los chinos al agua.
  • La tripulación entera se echó sobre nosotros como perros y, gracias a que el piloto tenía la puerta de la sobrecámara abierta, pudimos refugiarnos allá y salvarnos.
  • Como he dicho, la sobrecámara de la toldilla tenía una trampa que daba a la cámara del capitán.
  • En este momento, alguien metió el cañón de la pistola por un ventanillo que tenía la puerta, y disparó un tiro adentro.
  • Nissen recordó que el doctor Cornelius tenía guardado en su armario un alambique.
  • Cuando supo que el portugués tenía la misma pretensión, le entró una cólera terrible, y juró que le había de calentar las orejas al intérprete.
  • El teniente mandó a un marinero que avisara al contramaestre, y, cuando vino éste, le dijo lo que tenía que hacer para llenar el aljibe con el agua de la lluvia.
  • A éste lo habían puesto una pipa en la boca y tenía el vientre hinchado.
  • Pero entonces el malayo se acercaba al portugués, hasta estrecharse con él, y le mordía en la muñeca, y el otro tenía que soltar la cabellera.
  • Tenía una ancha herida, por donde se iba desangrando.
  • La tripulación, enferma de vómito negro, tenía un aire lamentable.
  • No tenía familia y no sabía qué hacer ni en dónde fijar su residencia.
  • Tenía esperanzas de que hubiera viento, porque la espuma del mar resplandecía mucho en la obscuridad.
  • No las tenía todas conmigo.
  • Tenía un magnífico pailebot de recreo bastante grande, muy fino, hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.
  • Tenía miedo de caer al mar en un movimiento brusco.
  • Tenía fósforos.
  • Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.
  • El juez me interrogó por si sospechaba quién podía ser el secuestrador, pero yo declaré que no tenía ningún indicio.
  • Yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y marineros dispuestos a defenderme.
  • No tenía mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y no quise preguntarle más.
  • Ya hacía también aproximadamente un año que había muerto el padre de Mary, y tenía que entregar a Machín el sobre de mi tío Juan.
  • El caso fué que dijo que tenía que acompañarme.
  • Tenía la bocina en una mano y el anteojo en la otra.
  • La lancha no tenía timón.
  • Era un momento aquel por el cual yo tenía la certidumbre de que había de pasar alguna vez en mi vida.
  • A lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veía una barra negrísima, cuyo borde superior tenía un tinte cobrizo.
  • Me tenía que hablar.
  • Pasamos a un despacho con armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables.
  • Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele.
  • Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.
  • Ilustración IV EL FINAL DE LA SHELE Siempre que pensaba en la Shele siguió diciendo el médico viejo, tenía el presentimiento, muy lógico en el fondo, de que había de acabar mal.
  • Doña Celestina se inmutó porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos sentimientos.
  • Sir Wilkins no tenía por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los piratas.
  • Tenía algún parentesco con mi madre.
  • Todavía faltaba cerca de un mes para la salida de la fragata Maríbeles, donde tenía que embarcar.
  • Tenía que zarpar la fragata, y hubo que seguir adelante.
  • Tenía por norma la arbitrariedad más absoluta.
  • Tenía un armario forrado, donde guardaba sus riquezas, y una porción de baúles pequeños de latón, reforzados con barras de hierro.
  • Estaban convencidos de que, saliendo de su pueblo, el vender una familia de negros o de chinos, o el robar barcos, no tenía importancia.
  • Allen era un hombre afectivo, tenía un gran cariño por la familia y sufría al verla en la miseria.
  • Allen no sabía, no tenía certificados, y los skippers no le aceptaban.
  • Tenía espíritu de labrador.
  • Tenía una cicatriz que le desfiguraba por completo.
  • Me acerqué a un muro del castillo, que tenía grabado un elefante, y, siguiendo la visual del ojo, vi que entre dos grandes bloques de piedra se veía en aquella hora la sombra de una peña afilada, colocada a orillas del río.
  • Pasamos por delante del coronamiento de popa, que tenía tres pisos fuera del agua, con galerías y ventanas recargadas de adornos barrocos.
  • Tenía el propósito decidido de no protestar de nada, y eso me sirvió, porque algunos de nuestros compañeros, entre ellos Ugarte, además del despojo, tuvieron que sufrir el encierro.
  • Allí tenía uno que vivir diez años.
  • En caso de rebeldía se les mandaba azotar, se les ponían cadenas o se les llevaba al calabozo, el black hole (agujero negro), en donde se les tenía a pan y agua.
  • El marsellés tenía esa amargura y esa personalidad de los mediterráneos excesiva, aparatosa, unida al patriotismo petulante y exaltado de los franceses.
  • Estando solo era razonable, pero cuando tenía público se volvía loco.
  • Por las conversaciones de los demás compañeros, pude enterarme de que en el pontón funcionaba una logia masónica llamada Fe y Libertad, que tenía agentes para relacionarse con los presos de los demás pontones, y no sólo con los presos, sino también con algunos oficiales de la guarnición.
  • Además, tenía la esperanza de que, pasados dos o tres años, me llevarían a una colonia penitenciaria, donde la vida sería más soportable.
  • Tenía dinero, y pagaría lo que fuese.
  • Ugarte estaba enfermo, irritado por los castigos, y me excitaba preguntándome si es que tenía miedo.
  • Esta galería inferior tenía tres ventanas iluminadas.
  • Yo tenía un plano hecho por mí de memoria, recordando el que había en el cuerpo de guardia de los oficiales del pontón.
  • Aterramos en una playa desierta, próxima a un pueblecito que tenía su puerto.
  • En el fondo tenía razón.
  • Se hallaba ésta a un lado de la carretera y tenía delante una frondosa alameda de árboles altísimos.
  • Pero Ugarte, que no tenía esta preeminencia, se desesperaba y me molestaba continuamente.
  • Como era natural, el irlandés, encontrándose en su país, lo conocía mejor y tenía más simpatías que nosotros.
  • La posadera, una mujer enérgica, nos dijo que tenía el establecimiento lleno y no podía alojarnos.
  • El jardín tenía grandes olmos copudos, como haciendo centinela, y muchos rosales que aun conservaban marchitas rosas blancas.
  • Allen comenzó a contar en irlandés una narración arreglada a su gusto, que tenía aprendida de nuestro fingido naufragio.
  • Aquel castillo lo había comprado el capitán por muy poco dinero, y no tenía intención de arreglarlo.
  • Tenía varios armarios llenos de libros humedecidos, y sobre los armarios cuadros negros, agujereados y desgarrados.
  • La herida que tenía en la cara era leve.
  • La primera que encontré fue una que tenía una enseña con un caballo.
  • Le di el dinero que tenía y prometí pagarle más al llegar a Francia.
  • El capitán, sin duda, no tenía por costumbre ocuparse del barco, y se metió en su camarote a intoxicarse con whisky.
  • El hombre, que no tenía las ideas muy claras, hizo lo que le decía, y llegamos a Saint Malô.
  • Mi vida tenía un fin, un entusiasmo.
  • Pero mi mujer tenía poca salud.
  • Como decía, encontré al señor Smiles, que tenía un saloom bar en Liverpool.
  • El patrón de la goleta tenía la orden de esperarnos durante una semana cerca de la desembocadura del río, y, en el caso de que no apareciéramos, volver durante seis meses en el período de luna llena.
  • El cocinero supuso que Allen tenía la indicación exacta de dónde se encontraba el tesoro, y mandó registrarle.
  • Por este motivo les tenía algún odio.
  • Tenía entre los demás chicos el ascendiente de su audacia y de su temeridad.
  • Punto fuerte en la taberna de Arcale, tenía allí su centro de operaciones, allí peroraba, discutía y mantenía vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el propietario.
  • Vivía el viejo Tellagorri de una porción de pequeños recursos que él se agenciaba, y tenía mala fama entre las personas pudientes del pueblo.
  • No tenía veleidades místicas.
  • Tellagorri era un individualista convencido, tenía el individualismo del vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris.
  • Para esto siempre tenía que emplear el castellano.
  • Tellagorri lo tenía como acompañante para todo, menos para ir a la taberna.
  • El zaguán negro tenía un mostrador y un armario repleto de vinos y licores.
  • Tenía cuentas complicadas con todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y los días de fiesta añadía a sus oficios el de cocinero.
  • Tellagorri se sentía poco aficionado a las cosas de iglesia, tenía poca apición, como hubiera dicho él, y cuando bebía dos copas de más la primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas.
  • El tal vicario tenía la costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la mesa formando un montón, no muy grande, porque el sueldo no era mucho, de duros y de pesetas.
  • Tellagorri tenía una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban de la grosería.
  • La otra canción la tenía el viejo para los momentos solemnes, y era así.
  • Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o borracho, tenía otra canción bilingüe, en que se celebraba el abrazo de Vergara y que concluía así.
  • Tenía además este jardín, en el lado que se unía con la huerta, un bosquecillo de lilas y saúcos.
  • Tenía una gran galería de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado negro.
  • A ella se le antojaban extravagancias, porque desde niña tenía un instinto de orden y tranquilidad y le parecía mal que Martín fuese tan loco.
  • Soraberri recomendó eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzó a contar una historia, precisamente ocurrida en Oñate, pero al ir a especificar los que habían intervenido en su historia, se le olvidó la especie, y lo sintió, verdaderamente lo sintió, porque, según dijo, tenía la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, además, muy digno de mención.
  • Martín presenció todas estas maniobras con una curiosidad creciente, hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenía dinero.
  • Tenía Martín un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo de un carabinero.
  • El Cacho tenía un juego furioso de hombre pequeño é iracundo.
  • Había visto al vasco francés muchas veces bailando con la Ignacia y creía que tenía alguna inclinación por ella.
  • La Ignacia se echó a llorar, pero cuando Martín le dijo que Bautista se quería casar con ella y que tenía dinero, se secaron pronto sus lágrimas.
  • La muchacha, que no tenía gran inclinación por Carlos, al verle tan violento cobró por él desvío y miedo.
  • Tenía como socio a Capistun el Americano, hombre inteligentísimo, ya de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se sabía que era gascón.
  • Cuando se encontraba en una situación apurada, cercado por los carabineros, cuando se perdía en el monte, en medio de la noche, cuando tenía que hacer un esfuerzo sobre sí mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al decir.
  • Tenía Martín serenidad y calma.
  • La señora de Ohando tenía una casa en el barrio de Alzate y había ido a pasar allí una temporada.
  • Ninguno de la partida tenía mal aspecto ni aire patibulario.
  • Tenía Luschía una cara que siempre daba la impresión de verla de perfil, y la nuez puntiaguda.
  • Luschía tenía también sus lugartenientes.
  • Aquel hombre tenía algo de esa personalidad enigmática de los seres sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos.
  • Éste tenía aspecto de militar, de hombre amable y bien educado.
  • Martín y Bautista le preguntaron varias veces qué le pasaba para estar tan triste, si es que le dolían las muelas, si tenía las digestiones lentas, disgustos de familia o algún desorden en la vejiga.
  • Este apodo lo tenía muy merecido porque Joshé era hace años, y aun hace meses, el mozo más abandonado de la ciudad y de los contornos.
  • Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
  • Joshé no tenía ninguna malicia, toda su vida la había pasado pensando en la música, y de otras cosas nada sabía.
  • Lo primero que se le ocurrió a Cracasch, un día que se le figuró que ya tenía confianza con la familia de Arizmendi, fué, a los postres, imitar el ruido del tren.
  • Luego intentó cantar una canción que en la taberna tenía mucho éxito.
  • Joshé recordó a Arizmendi que tenía dentadura postiza, a su mujer que se ponía añadidos y a la hija mayor el novio con quien había reñido, y después de otra porción de cosas igualmente oportunas se marcharon las dos máscaras dando brincos.
  • Tenía tiempo.
  • Martín llegó a convencerse de que la buena señora tenía una imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas.
  • Tenía un juicio rápido, seguro y claro.
  • Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenían que ver y estar consultando a cada paso lo que podía comprometerles, Bautista, que tenía magnífica memoria, se la aprendió de corrido.
  • Martín y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenía razones para no querer compañía, porque, al notar que le seguían, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar.
  • Una, hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequeñita, que apenas tenía carne.
  • Luego sacaron el cocido, después una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al principio, Fernando se encontró con que, en vez de poner la trucha grande, la condenada del ama había puesto la pequeña, que no tenía más que raspa.
  • Rieron también de buena gana Martín y Bautista la manera de señalar del truhán, pero el campesino aseguró que él no tenía arte para estos cuentos.
  • Poco después, Fernando comía solo y tenía liebre y carnero de sobra.
  • Tenía Fernando de novia una chica muy guapa, pero Ichtaber, el Chato, al verla la empezó a cortejar y a decir si se quería casar con él, y, como era rico, ella aceptó.
  • Tenía un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua, pómulos salientes, la boina pequeña echada sobre los ojos, como si instintivamente quisiera ocultar su mirada.
  • Tenía la doble bestialidad de ser fanático y de ser carlista.
  • Siempre que tenía que decir andamos, decía andemos.
  • La sala tenía en medio un altar, iluminado con unas lámparas tristes de aceite.
  • Tenía dentro un papel que decía.
  • No tenía mas instrumento que un cortaplumas pequeño.
  • Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenía gran resistencia.
  • Tenía la absoluta seguridad de poderse escapar.
  • Tenía tal convencimiento Martín de que sólo a fuerza de audacia se salvaría, que se desnudó con rapidez, se puso el uniforme y la boina, luego se ciñó la espada, se echó el capote por encima y comenzó a bajar las escaleras, taconeando.
  • El coche, un landó viejo y destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda.
  • Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde tenía que dejar los caballos en Logroño.
  • La dijo que tenía loz ojoz como doz luceroz y que se parecía a la Virgen de Conzolación de Utrera, y le contó otra porción de cosas del repertorio de los almanaques.
  • Tú no sabes la gana que tenía de verte.
  • Sí se le ocurrió varias veces que se estaba portando como un bellaco, pero Linda ¡era tan encantadora! ¡Tenía por él tan grande entusiasmo! Le había hecho olvidar a Catalina.
  • Pero no era verdad, tenía ambición, amor al peligro y una confianza ciega en su estrella.
  • Pero tenía celos de él y además creía que le hacía traición, y lo mandó fusilar.
  • Éste, sentado a una mesa donde tenía planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutía con varias personas.
  • Y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.
  • Mi madre tenía un hermano, y si aquélla era buena, éste era malo y muy cruel por añadidura.
  • Hay que añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con la más desarrapada canalla, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que algunos años después, a pesar de la falta de todo estudio, hallábame en disposición de poder pasar por persona bien nacida.
  • Pero el 2 oírme llamar hombre me llenó de orgullo, y pareciéndome al mismo tiempo indecoroso negar mi valor ante persona que lo tenía en tan alto grado, contesté con pueril arrogancia.
  • Mi amo movió el brazo izquierdo con un gesto académico y guerrero, para probar que lo tenía expedito.
  • Deseoso de tomar parte en la conversación, para lo cual le autorizaba la confianza que tenía en la casa, abrió la puerta y se presentó en el cuarto de mi amo.
  • Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome en mis atribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si dándonos por convencidos se templaba el vivo ardor de su manía.
  • Y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinación de mi amo, que éste no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses, ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni al mar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa tempestad, ni al cielo, ni a la tierra.
  • No tenía miedo a cosa alguna creada por Dios, más que a su bendita mujer.
  • Unidos con la escuadra francesa, que tenía cuatro navíos, tres fragatas y un bergantín, salimos de Algeciras para Cádiz a las doce del día, y como el tiempo era flojo, nos anocheció más acá de punta Carnero.
  • A todo esto, las otras tres fragatas enemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada una de las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento.
  • Pues, señor, el comodón (quería decir el comodoro) inglés envió a bordo de la Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, el cual, sin andarse en chiquitas, dijo que anque no estaba declarada la guerra, el comodón tenía orden de apresarnos.
  • Nuestra fragata tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y bastantes muertos y heridos.
  • Los ingleses, sabiendo que yo no era bailarín, creyeron que tenía bastante con una.
  • Tenía, además de aquéllas, otra poderosísima, que no indicó en el diálogo anterior, quizá por demasiado sabida.
  • Pero la pícara se callaba lo principal, y lo principal era que tenía otro novio, a quien de veras amaba.
  • él se lo decía todo, y no se podía elogiar cosa alguna, porque al punto salía diciendo que tenía otra mejor.
  • Trataba de explicarme el derecho que tenían a la superioridad los que realmente eran superiores, y me preguntaba, lleno de angustia, si era justo que otros fueran nobles y ricos y sabios, mientras yo tenía por abolengo la Caleta, por única fortuna mi persona, y apenas sabía leer.
  • Viendo la recompensa que tenía mi ardiente cariño, comprendí que a nada podría aspirar en el mundo, y sólo más tarde adquirí la firme convicción de que un grande y constante esfuerzo mío me daría quizás todo aquello que no poseía.
  • Por esto se comprenderá que Doña Francisca tenía razones poderosas, además de la poca salud de su marido, para impedirle ir a la escuadra.
  • El futuro suegro de mi amita, Don José María Malespina, que no tenía parentesco con el célebre marino del mismo apellido, era coronel de Artillería retirado, y cifraba todo su orgullo en conocer a fondo aquella terrible arma y manejarla como nadie.
  • ¡Oh!, tenía mucha confianza conmigo.
  • La Reina tenía gran empeño en ello, y el Rey no dijo nada.
  • Ahí tiene usted un hombre cuyo padre fue mozo de mulas en la dehesa que mi suegro tenía en Extremadura.
  • Como tenía la conciencia de mi formalidad, estas burlas más bien me causaron orgullo que pena.
  • Hablando con ellos, yo me las echaba de hombre de pro, y como tal gasté en obsequiarles los pocos cuartos que tenía.
  • Pero mi amo era tolerante, y no me castigaba nunca, quizás porque tenía la conciencia de ser tan niño como yo.
  • Tenía más de cincuenta años.
  • Vestía con lujo, y en su peinado se gastaban los polvos por almudes, y como no tenía malas carnes, a juzgar por lo que pregonaba el ancho escote y por lo que dejaban transparentar las gasas, todo su empeño consistía en lucir aquellas partes menos sensibles a la injuriosa acción del tiempo, para cuyo objeto tenía un arte maravilloso.
  • Como no tenía hijos, ocupaban su vida los chismes de vecinos, traídos y llevados en pequeño círculo por dos o tres cotorrones como ella, y se distraía también con su sistemática afición a hablar de las cosas públicas.
  • Tenía el cuerpo pequeño, delgado y como enfermizo.
  • Y, sin embargo, según después supe, aquel hombre tenía tanto corazón como inteligencia.
  • Mas no me era posible entregarme a las delicias de aquel espectáculo, por tener que contestar a las mil preguntas de Doña Flora, que ya me tenía mareado.
  • Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir, de popa a proa.
  • 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desde la quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no tenía ningún buque del mundo.
  • Cuando se le reformó, agradándolo en 1796, se le abrieron 130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yo le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas.
  • Hasta el soldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto.
  • ¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando cada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que remataba la operación en poco tiempo.
  • El cielo limpio apenas tenía algunas nubes rojas y doradas por Levante.
  • Uno se lo daba al que tenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba rápidamente y sin trabajo cuanto se quisiera.
  • Por satisfacer mi curiosidad, pregunté al grumete que tenía al lado.
  • Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros, familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad.
  • Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado.
  • ¡Si te viera ahora Doña Francisca! Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo.
  • Él, por lo menos, creo que se consideraba próximo a morir de puro dolor, porque su herida no tenía la menor gravedad.
  • Don Juan Cisniega, teniente de navío, el cual no tenía parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido.
  • Pero estas dolorosas alternativas cesaron por la tarde, y a la hora en que fue unánime la idea de que si no trasbordábamos pereceríamos todos en el buque, que ya tenía quince pies de agua en la bodega.
  • Yo mismo me sentí transportado, y cuando mi nublado espíritu se aclaró un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi amo, el cual tenía mi cabeza entre sus manos con paternal cariño.
  • Desde que salimos de Cádiz dijo Malespina, Churruca tenía el presentimiento de este gran desastre.
  • Yo tenía bajo mi insignia como unos mil navíos, mayores todos que el Trinidad, y se movían a mi antojo con tanta precisión como los juguetes con que mis amigos y yo nos divertíamos en los charcos de la Caleta.
  • Medio hombre tenía más de sesenta.
  • Doña Francisca tenía razón.
  • ¡Cien varas! El Trinidad, que santa gloria haya, tenía setenta, y a todos parecía demasiado largo.
  • ¡Y el Trinidad no tenía más que 4.000! indicó un oficial, lo cual parecía excesivo.
  • Y aunque no tenía puesto en el buque, ni estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus compañeros, bastante atareados con el creciente temporal.
  • Sí, señor, comprendo perfectamente contesté a ver si se callaba, pues ni tenía humor de oírle, ni los violentos balances del buque, anunciando un gran peligro, disponían el ánimo a disertar sobre el engrandecimiento de la marina.
  • Y que por todo lo que les haya ofendido me castiguen, pues si no me confesé y comulgué este año fue por aquél de los malditos casacones, que me hicieron salir al mar cuando tenía el proeto de cumplir con la Iglesia.
  • Tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta.
  • La voz se ahogaba en mi garganta y no tenía valor para decir la fatal noticia.
  • Aunque tenía muy mala idea de la veracidad del viejo Malespina, jamás pude creer que se permitiera mentir en asuntos tan serios.
  • ¿Tenía yo razón o no la tenía?
  • Que antes que nada es la prudencia, y más conociendo, como conocía, que la escuadra combinada no tenía condiciones para luchar con la de Inglaterra.
  • Doña Francisca tenía razón.
  • Era que don Custodio tenía envidia.
  • Bismarck tenía razón.
  • Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia.
  • Tenía razón el delantero.
  • En efecto, su tez blanca tenía los reflejos del estuco.
  • Tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral.
  • Sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo.
  • Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poderío que tenía en la mano.
  • Tenía al Obispo en una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
  • ¿Qué habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la Encimada que él tenía allí a sus pies?
  • Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del ánimo.
  • Hacia el Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte, se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino.
  • A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos.
  • No era que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
  • Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores que ellas jamás alcanzaron.
  • El Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos.
  • Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido con traje talar muy pulcro y elegante.
  • Tenía los ojos cargados de una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha.
  • Tenía la boca muy grande, y al sonreír con propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja.
  • Sin embargo, pocas veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de pésame.
  • Y un poco también a olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso en la carrera del abismo.
  • Tal vez era la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que positivamente tenía el ilustre autor de Vetusta Transformada.
  • ¡Ocho días antes el Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de particular mientras la dama no se movía.
  • La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba a andar.
  • Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más, visto en su sombra.
  • Aunque era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático.
  • Además de la poesía tenía dos pasiones mundanas.
  • Su culto a la dama no tenía que ver nada con las exigencias del sexo.
  • Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte.
  • Algo tenía que decir al Arcipreste.
  • Ripamilán saboreaba la plática lasciva sólo por lo que tenía de gracejo.
  • Tenía que hacerle ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser peligrosas.
  • Era el de Mourelo el más cordial enemigo que tenía el Provisor.
  • Antes de la reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido los excesos de los libre pensadores improvisados en tabernas, cafés y congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada, porque tenía la manga ancha en ciertas materias.
  • No tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo.
  • Tenía cuatro altares en el centro.
  • El marido tenía en la cabeza una olla de grillos.
  • Iba a cuerpo y tenía mucho frío.
  • El examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde la víspera.
  • Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en tapiz miserable! Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el tocador.
  • Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos.
  • Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca de su oído.
  • La niña que saltaba del lecho a obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.
  • Tenía papá en Colondres y mamá también.
  • Aquella señora aya tenía criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña Camila, que le pegaba y decía.
  • Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los vestidos y el dinero y todo.
  • Había encontrado después del molino un bosque y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos llenos de llanto, pero cantaba de miedo.
  • ¡Buenas noches, tórtola mía! Y se acordó de las que tenía en la pajarera.
  • Cogió el único libro que tenía sobre la mesa de noche.
  • Cuando trabajaba como aficionado, había comprendido en los numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser poco menos que un maestro.
  • Aquel mismo don Álvaro que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la adoraba sin duda alguna, estaba segura.
  • La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía poco de tranquila.
  • Tomó un aya, una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía, hacía mal uso.
  • Era de tal índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
  • Pero poco a poco fue entrando en su espíritu una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones obligaba al aya.
  • Don Carlos no tenía más amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores.
  • Anita no tenía amigas.
  • A pesar de que Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante, en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como un buen animal doméstico.
  • A los diez tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos menos.
  • Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le caía sobre la cabeza.
  • No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba.
  • Como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios y en el santo obispo de Hiponax.
  • Él tenía sus obras porque el estilo no era malo.
  • Don Carlos tenía también el Cantar de los cantares, en la versión poética de San Juan de la Cruz.
  • En aquel momento todos los celajes del ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo.
  • No tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía.
  • No tenía quien le explicase cómo y dónde se pedían.
  • El doctor dijo que no tenía con quien entenderse.
  • Llorando y con las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas cristianas.
  • Tenía la chiquilla doce o catorce años, ¿verdad?
  • ¡Qué riqueza de datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la boca llena de agua.
  • Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía orgullosa a la nobleza vetustense.
  • Ella tenía razón contra todos, pero estaba debajo, era la vencida.
  • Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos aristocráticos.
  • Tenía cierta dignidad.
  • Tenía entonces la señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor Quintanar pasaba de los cuarenta.
  • Pero entre tanto Vetusta era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta, inmóvil.
  • Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas.
  • Es guapa, pero orgullosa decía la baronesa tronada, que tenía a su marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.
  • Había momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.
  • Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a leer la sentencia.
  • Frígilis tenía lágrimas en los ojos.
  • Toda fantástica aparición que rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al lado, era un delito.
  • A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto.
  • Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía fama de hábil y circunspecto.
  • Era un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno.
  • Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de Noé, si no era suyo.
  • En fin, en puridad, tenía.
  • Y miraba a los lados al decirlo tenía un precioso manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia.
  • Un comerciante, liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro de recreo un par de zapatos viejos.
  • El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los socios beneméritos.
  • Se llamaba Joaquín Orgaz y se timaba con todas las niñas casaderas de la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y tenía el gusto de ser mirado por ellas.
  • Tenía la cabeza pequeña, redonda y la frente estrecha.
  • Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada.
  • Afortunadamente tengo energía tenía muy buenos puños y a testarudo nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por supuesto.) Sin más que esto y leer La Correspondencia seré el Hipócrates de la provincia.
  • VII Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito Orgaz tenía mucho miedo.
  • Aunque era de Vetusta, no tenía el acento del país.
  • El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente del Casino.
  • Trabuco tenía que confesarse inferior a este que era su bello ideal.
  • No era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro para aquí, y don Álvaro para allá.
  • ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o deshonrada cuando menos.
  • Un millón, de los muchos que tenía, hubiera dado él por una victoria así.
  • ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las carboneras?
  • La llamó, pero Obdulia se disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación para hacer las empanadas de la merienda.
  • Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos de verdadero elegante, de tales propósitos.
  • Era blanco, sonrosado, pero sin rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha salud.
  • Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con tales ideas tenía que ser irresistible.
  • Precisamente tenía entre manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un personaje político que había conocido en los baños de Palomares.
  • Pero, aunque se lo ocultase a sí mismo, no las tenía todas consigo.
  • Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño tenía lágrimas en los ojos.
  • ¿Con que el escéptico redomado, el hombre frío, el dandy desengañado, tenía otro hombre dentro?
  • Pero no tenía afición a la política y más servía de adorno que de otra cosa.
  • Tenía siempre un favorito que era el jefe verdadero.
  • Vegallana tenía una gran pasión.
  • Tenía grandes amistades personales en las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la redonda.
  • Tenía todo el orgullo y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense, pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.
  • Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y medidas.
  • La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que ella creía casi universal en los maridos.
  • Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más amplia tolerancia.
  • La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo.
  • Para eso tenía carruajes.
  • En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de las muchas que tenía por los pueblos de la provincia.
  • Algunos padres timoratos oponían algunos argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués, pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la señora marquesa de Vegallana.
  • En aquella casa tenía el teatro de sus mejores triunfos.
  • Vegallana tenía en mucho la severidad de su despacho.
  • El Marqués tenía la vanidad de ser anticuario por su dinero.
  • Este los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero.
  • Además, el horno de la cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa.
  • Y eso que tenía tertulia, y se presentaban charadas y se corría por los pasillos.
  • Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses.
  • Seguía siendo aturdida, tenía fama de golosa y de gorrona según la expresión que se usaba en Vetusta como en todas partes pero nada más.
  • Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.
  • Aseguraba que tenía un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse.
  • Por toda la provincia tenía esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza de los montes.
  • Tenía cuarenta años muy bien cuidados.
  • Los dos personajes, a más de la robusta montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su tarea.
  • Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en lo que hoy era despensa.
  • Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma, arrancándoles reflejos de fingida pasión.
  • Pero cuando se veían a solas y alguno de ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes y consejeros, se lo decían todo, o casi todo.
  • Su política tenía que ser diferente.
  • Poco tiempo tenía la mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de pura fantasía y mala intención.
  • Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en la garganta, dijo con voz ronca y rápida.
  • Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas que saltaban de los de Visita.
  • Tenía que hacer.
  • Tenía la doncella algo más de veinticinco años.
  • O no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
  • ¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto?
  • La dama se acordó del Arcipreste, que tenía el don de parecerse a los pájaros.
  • ¡Qué hombre tan raro! ¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro temperamento?
  • No tenía datos, necesitaba conocer la mujer.
  • ¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa, llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus pequeños y.
  • Lo tenía a un palmo de su vestido.
  • Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas, suponiendo que el futraque tenía carpanta, o sea hambre.
  • Sólo ella no tenía amor.
  • Era una que tenía muchas murallas de colores diferentes.
  • Él no tenía fe alguna, ni bendita la falta, a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
  • ¿Qué tenía que echarse en cara?
  • Nada tenía ella que ver con don Álvaro.
  • Pero ¡ay! era una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual suspirar.
  • Se acordó del inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.
  • Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente, sin saber lo que miraba.
  • Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada.
  • Se arrepintió de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie cuadrado libre de estorbos.
  • Sentía un júbilo singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar como vasos sagrados de un culto desconocido.
  • ¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con lo que le sucedía a ella?
  • Un hombre que tenía la manía de la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir.
  • ¿Qué motivo racional de queja tenía ella?
  • Tenía veintisiete años, la juventud huía.
  • Y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano.
  • De todo aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos.
  • Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de impulsos de que no tenía conciencia.
  • ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes de este género?
  • ¡Cuántos años tenía que remontar en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole! Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la calle de Tras la cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a la calle a que daba la puerta del Parque.
  • ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo.
  • ¡Ahora, ahora! gritó Mesía con el único valor grande que tenía.
  • Tenía miedo.
  • ¿Qué diablos tenía su mujer?
  • Tenía los pies envueltos en un mantón viejo de su madre.
  • Tenía varios espías, verdaderos esbirros de sotana.
  • Tenía habilidad singular para desechar a los importunos sin desairarlos.
  • A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular, hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su mujer, con otros secretos más íntimos.
  • Y mientras su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía, acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo de aquella madeja de discordia.
  • Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir.
  • ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el templo cristiano?
  • ¿La tenía?
  • ¡Tenía tantas cosas en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.
  • Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.
  • ¿Qué tenía él que ver con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la Edad media.
  • El mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en el espejo, le parecía un otro yo que se había perdido, que había quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de Babilonia, pero libre, feliz.
  • Tenía la figura cortada a hachazos, vestía como una percha.
  • Tenía sesenta años, que parecían poco más de cincuenta.
  • Eso no, madre gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas, erizadas como dispuestas a la defensa.
  • ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso de la adulación.
  • Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de Vetusta.
  • Pero doña Paula tenía superior instinto.
  • Tenía el prestigio del amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres.
  • Podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y cuando no lo tenía se quejaba de la falta de carácter de los hombres importantes.
  • Si algún día su amistad con Ana Ozores llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería de los pecados cometidos.
  • Tenía el don de estar hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
  • Era el mayor contribuyente que tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII.
  • Pero si en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses entendían por tal.
  • Pero tenía otras muchas.
  • De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre majaderos y hombres de talento.
  • él no tenía valor para ir en persona.
  • La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente.
  • Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la casa.
  • Pero el Magistral tenía otros proyectos.
  • Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.
  • Pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía voluntad.
  • Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se abrasaba en fuego de amor a María Santísima.
  • Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después se regalaban, titulados así.
  • El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no se conocieran.
  • El actual regente que no era Quintanar había dicho, en confianza, a un oidor que el sermón no tenía miga.
  • Otro caballo de batalla tenía el Arcediano.
  • La verdad era que De Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
  • En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes.
  • Bastante tenía él en qué pensar.
  • Dejaba los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca.
  • ¡Era tan soso! Y tenía la manga muy estrecha y sin gracia.
  • Aquello de tener que mezclarse en la capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas pobres, tenía poca gracia.
  • El Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una grandísima cualquier cosa.
  • Gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que tenía enfrente.
  • Había habido un soplo, cosa de envidiosos, y el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de convertir el confesonario en escuela de seducción.
  • Tenía tanto de carbonero como de cura.
  • El mobiliario indecoroso, y tenía un olor de sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia.
  • De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre.
  • ¡Capellanías, bulas, medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el hermoso mundo con todo eso?
  • En lo más alto del frontispicio había en vez de un escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda.
  • Algunos millones más tenía don Frutos, pero al Vespucio de las Águilas ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.
  • No tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo actividad y conciencia en el ídolo.
  • De Pas tenía un proyecto.
  • El gobernador había consultado al Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la causa del orden, que era el señor alcalde.
  • ¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo! decía el Marqués, que tenía todos sus hijos ilegítimos en la aldea.
  • Ya tenía pretexto para volver a ser formal.
  • Pero esta vez se había improvisado aquella fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero, donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una fábrica de curtidos, montada a la antigua.
  • Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos.
  • Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no ser terco.
  • Visita aseguraba que aquel corazoncito no tenía puerta.
  • Don Álvaro tenía que inclinarse para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y pequeña de la dama.
  • Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad.
  • Y era muy diferente leer tan buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en palabras y movimientos.
  • Sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su cuerpo y en la que pensaba tal vez.
  • No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que iba naciendo entre ella y el Magistral.
  • Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las mujeres.
  • Cuando él tenía mucha influencia sobre una mujer, la prohibía confesarse.
  • El Marqués tenía el arte de saber darse tono a la pata la llana, como él decía en la prosa más humilde que habló aristócrata.
  • El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto.
  • Don Víctor tenía a su izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza, que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.
  • El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.
  • Ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera.
  • Pepa y Rosa vestidas de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia, rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre hojuelas.
  • Paco no se atrevía a pisar a su prima nueva, pero la tenía encantada con sus bromas de señorito fino, que vivió y la corrió en Madrid.
  • Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste, mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del Magistral, su ídolo.
  • Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba.
  • Tenía razón el Arcipreste.
  • El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena.
  • Y entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
  • Ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno, que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser debajo de una sotana.
  • Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador, tan airoso y bizarro.
  • Tan distinguido como decía Obdulia, que en esto tenía razón.
  • Tenía bastante carne, pero blanda.
  • La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que no lo había hecho por ella.
  • Fortaleza en que ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las tentaciones que empezaban a acosarla.
  • Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a cierta persona.
  • Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre Obdulia.
  • Bien sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos.
  • Y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla triste.
  • Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato, según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas escasas de ancho.
  • Pero antes de exponerse a otra pregunta inopinada, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores asegurando que tenía que hacer en Palacio.
  • No tenía nombre.
  • Tenía la convicción de que aquello era nuevo.
  • El Magistral tenía aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos ¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!
  • ¿Y él qué tenía que ver con todo aquello?
  • él no tenía nada que tapar en aquel asunto.
  • Ahora sólo tenía esta idea.
  • Cuando estaba delicado y tenía aquellas tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma.
  • Tenía razón Pitágoras.
  • Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que tenía que ser él.
  • Su servilleta tenía servilletero.
  • Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja.
  • Pero su hijo era de ella, debía cobrar los réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase produciendo.
  • Tenía los ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de razón, toda la codicia del pueblo junta.
  • Tenía una seriedad prematura, un juicio firme y frío.
  • Tenía fama de santo.
  • Y sin decir palabra se fue a su cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo desde la escalera.
  • Tenía su honor en las manos.
  • Fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso.
  • Volvió a Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía.
  • Pero su oficio tenía los peligros del domador de fieras.
  • El párroco de la Virgen tenía la imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad, su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a la mesa, después de comer bien y beber mejor.
  • Fue presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía influencia.
  • Acaso tenía razón.
  • Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos.
  • Él, aunque viviera con su madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el nombre de grandes.
  • Le tenía agarrado, como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño del comercio, sin miedo de una traición.
  • Tenía que parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de La Cruz Roja, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género, desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.
  • Doña Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas de puerco espín que tenía debajo del mentón afeitado.
  • Tenía facha de sabandija de sacristía.
  • Aquella tristeza ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada de hastío, de un hastío sin remedio, eterno.
  • Él dirá lo que quiera, pero está chiflado, pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad como la produce una esencia muy fuerte.
  • Sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.
  • La Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo.
  • Sequedades del ánimo repentinas, agrias y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel estado.
  • ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era aquella lucha con los vetustenses indómitos.
  • Ya pensaba que las tenía dentro del cerebro.
  • Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho talento y muchas cosas que explicar.
  • Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el ataque personal, como llamaba al más brutal y ejecutivo.
  • Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que tenía allí debajo.
  • Ideas y sentimientos que ella tenía aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras.
  • Como en la comedia que representan en el bosque los personajes del Sueño de una noche de verano, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta las deficiencias del lienzo y del cartón.
  • De aquello que don Víctor llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta.
  • Los abonados de esta otra bolsa eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo.
  • Empezó el segundo acto y Don Álvaro notó que por aquella noche tenía un poderoso rival.
  • Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia.
  • Y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase.
  • Edelmira, a pesar de no haber desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro.
  • Se abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas.
  • Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.
  • Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía.
  • ¡le tenía miedo!
  • El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio de ir al teatro disfrazado.
  • La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas, tampoco les había consentido asistir.
  • La culpa la tenía él que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a doña Ana.
  • Y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a una cita.
  • ¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer?
  • Humíllate y ya te ensalzarás, era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.
  • ¡Tenía enemigos! pensó, y le entraron vehementes deseos de defenderle contra todos.
  • Que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas de enamorado y atrevido.
  • Aquel plan, que no tenía preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su confesor.
  • No ocultó sino lo que ella tenía por causa puramente ocasional.
  • Pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde donde no podía oír más que un murmullo, no palabras.
  • Solía olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos.
  • Pidió luz para el despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo.
  • Tenía sus planes la rubia lúbrica.
  • A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para su uso particular.
  • Tenía horror a las corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña, que no tiene puertas.
  • Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación.
  • La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella.
  • El vetustense tenía la envidia, su oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?
  • Pero ni conocía de vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato que el del Casino.
  • Y, aunque temiendo los peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas.
  • De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas noticias tenía ya el confesor diligente.
  • La humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de día y de noche.
  • Allí estaban cubiertos de glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese el estudio serio de las matemáticas, de todas las matemáticas, que tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales.
  • No quería confesar que se tenía por derrotado.
  • El buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S.
  • Y el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los dedos.
  • Si sabía que no tenía un cuarto, porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se comprometía?
  • XIX Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las enfermedades de sus clientes a la Primavera médica, de la que no tenía muy claro concepto.
  • Al despertar al día siguiente, saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.
  • Le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón Somoza, la primavera médica.
  • Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.
  • La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa.
  • Ya no tenía compasión de la enferma.
  • Ahora no tenía la cándida fe de entonces.
  • En el Casino se sentaba a su lado, tenía la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal tiempo.
  • Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo.
  • Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el teatro de Calderón y Lope.
  • El placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más intenso que había saboreado en su vida.
  • Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio.
  • Este nuevo sentido de que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una fatiga.
  • Picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba la piel.
  • La del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos cumplidos.
  • Y dejaba el libro sobre la mesilla de noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal.
  • Cierto era que el tenía un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria.
  • Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de bienes nacionales.
  • Y don Pompeyo sentía remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese la doctrina racional, salvadora, que por tal la tenía.
  • Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir.
  • ¿Tenía un ideal?
  • Y en verdad, él no los tenía tampoco.
  • Guimarán juró tenía que parar en ello juró no poner jamás los pies en el Casino.
  • Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero protestaba en seguida contra aquellas metáforas y solecismos del lenguaje.
  • Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del sectario, la ira del apóstata.
  • La cabeza se tenía mal sobre los hombros.
  • Su lugarteniente Úrsula, el ama de llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa llegar a la cámara de su dueño.
  • Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo.
  • Tenía entre ellos amigos el Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico.
  • Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos.
  • ¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro.
  • Porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía tiempo.
  • En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia.
  • No tenía qué contestar.
  • Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas.
  • Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos.
  • Era dulce, cariñoso, tenía blanduras de padrazo.
  • Mi deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la pimienta.
  • Además, él, sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales reuniones.
  • Era un ejemplar nuevo, pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros.
  • Tenía un ídolo y era feliz entre sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro humano de que, por su desgracia, estaba hecha.
  • No veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la cabeza sobre las almohadas y dejarse desvanecer.
  • Sí, bien encendido tenía el suyo Ana.
  • No pareció el Tercer Abecedario, el Magistral no lo tenía tampoco.
  • La escribió sin que lo supiera Quintanar, que le tenía prohibidos toda clase de quebraderos de cabeza.
  • Y hasta en eso seguiremos, además de esos monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo suyo, consiguió apartarle del pecado.
  • Aquel confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos amores sacrílegos.
  • Habíale hechizado una mujer con malas artes, con un idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame.
  • También en esto imitaré a nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen padre, que ya tenía mucha.
  • Aunque algunos celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga, estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
  • Además, acabase aquello como acabase, él estaba seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban.
  • Tenía el torso de mujer, y debajo de la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas armoniosas, de seducción extraña.
  • Tenía los ojos azules claros.
  • No pudo terminar la historia de los Macabeos que tenía a su cargo.
  • Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha agua engomada.
  • ¿qué tenía él que ver con todo aquello?
  • Afortunadamente él tenía arte para todo.
  • Pero abriendo aquella ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer.
  • Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.
  • Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.
  • En su estado y en el tiempo en que vivía la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras.
  • Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada momento que tenía.
  • Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre, con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
  • Tenía horror al movimiento, a la variedad, a la vida.
  • A dos cosas tenía horror.
  • A veces tenía que clavar, serrar o cepillar.
  • Colgada de un clavo a la cabecera de su cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja.
  • Tenía sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía Ripamilán, pero dulces, suaves.
  • ¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro.
  • él tenía así.
  • Pero ¡Dios mío! ¡él no quería quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal.
  • Tenía sus dudas respecto de la infalibilidad pontificia.
  • Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será para mí!
  • Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga.
  • Ya sabes que tenía relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.
  • Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco, y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía enfermo.
  • Ana tenía celos.
  • Luego, tenía amor.
  • Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades, Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y bizantina, que era la que predominaba en Vetusta.
  • Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable.
  • Tenía enemigos.
  • ¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita, seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!
  • Aunque la pasión que él sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello) ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a dar no se sabía dónde.
  • La Regenta, sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve, que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar.
  • El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como siempre.
  • Sobre todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima.
  • XXII Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, contra el despotismo del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis.
  • Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones de la chica.
  • Dejaron de confesar con él algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de acero.
  • Aquella pájara, aquella Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco.
  • No, no tenía fuerza para oponerse al jesuitismo que había invadido su hogar.
  • Él respondía sonriendo, echando fuego por los ojos, que no tenía nada, que era aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable.
  • El Magistral que vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre, luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos que le parecían una especie de infidelidad.
  • Ana también tenía su secreto.
  • Ella tenía aquel libro, lo leyó.
  • Pero tenía esperanza.
  • Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien calzados.
  • En cuanto se cercioraba de la miseria y de la enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante.
  • Cierto que no podía ser pródigo con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo necesario.
  • Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía.
  • Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez, de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial, compuesta de dolor, locura, abyección y miseria.
  • El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo.
  • Carraspique, a quien en otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna autoridad sobre el enfermo.
  • Era verdad, tenía a S.
  • A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre.
  • Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro diablejo con rabo.
  • El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.
  • ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!
  • Para la de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy confusa idea.
  • Obdulia pensaba, aunque es claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba, que el hacer el oso, que era a lo que llamaba timarse Joaquín Orgaz, si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí tenía un cachet.
  • Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años.
  • Ella no sabía por qué pero le tenía enfadado.
  • A veces tenía miedo de volverse loca.
  • Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía todos los buenos propósitos de Ana la devota, la hermana humilde y cariñosa del Magistral.
  • Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido, la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella, a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de Belén y otros recuerdos análogos.
  • A que tenía derecho.
  • Y Ana se vio como un hermoso fantasma flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal límpido.
  • ¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! ¡Qué hombre! ¡qué ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!
  • Sin que lo viese ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos y llevó los puños crispados a los ojos.
  • El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por la pasión.
  • Casi todo lo que tenía que decir.
  • Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía dado su consentimiento.
  • Pero no estaba tan satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el arte de Terpsícore (otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco, como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera.
  • A su derecha tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una americana muy rica y muy perezosa.
  • Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que aquello era una corruptela, y era verdad.
  • Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un poco tarde al salón.
  • Ana al principio tenía sueño.
  • Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y le hacía el amor por todo lo alto, aunque a su madre no le gustaba, porque era feo engañar a una prima.
  • La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma.
  • Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía.
  • Sentía ella más que todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la tentación.
  • El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.
  • Tenía dos lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela almidonada de la pechera.
  • Tenía miedo del aire libre, quería un refugio, todo era enemigo.
  • Le asustaba la actividad, tenía miedo de cualquier resolución.
  • Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.
  • Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él.
  • Tenía celos, moría de celos.
  • Doña Petronila era la que no tenía perdón.
  • Pero la casa tenía también su poesía.
  • ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla! Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el corazón como un dardo envenenado.
  • ¿Qué tenía que ver la Iglesia con el Magistral?
  • Y después que el órgano dijo lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían de arriba como lluvia de flores frescas.
  • ¿qué pruebas tenía ella?
  • Aquel sol de Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del progreso definitivo de la Humanidad.
  • ¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor Magistral!
  • ¡De Guimarán! dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía los ojos cerrados.
  • Tenía que acabar así.
  • Y noche hubo en que, mientras velaba el dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a salvarle o morir con él.
  • Se sentó al lado del enfermo y por primera vez vio lo que tenía delante.
  • No, no sería él bobo, su madre tenía razón, había que sacar provecho.
  • Pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su enfermedad.
  • Esto último era lo más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima composición poética en que se cantaba la muerte del ateo felizmente restituido a la fe de Cristo.
  • Igual defecto tenía en los dedos de los pies.
  • Obdulia tenía la boca seca y los ojos inflamados.
  • ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas las calles de la Encimada, dándose en espectáculo a la malicia, a la envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y balcones aquel cuadro vivo que ella iba a representar?
  • Pero él no era más que un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse.
  • Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello, don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a un interlocutor, invisible para Visita.
  • Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que contestaba y que tenía delante de los ojos.
  • De todas suertes, Ana ya no le tenía lástima.
  • ¡Sólo el genio tenía aquellas revelaciones!
  • Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus estantes.
  • Tenía algo su traje del que luce Mefistófeles en el Fausto en el acto de la serenata.
  • La culpa la tenía él que había aceptado el convite.
  • Lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida.
  • No tenía bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza, según acostumbraba hacer en su casa.
  • Tenía razón don Víctor advirtió el barón ¿por qué no habían de haber ido los criados?
  • También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos.
  • Tenía razón Pepe.
  • Merecido tenía todo aquello.
  • La culpa de todo la tenía la odiosa, la repugnante sotana.
  • ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que él, don Álvaro, tenía dicho?
  • Obdulia decía que tenía un clavo en la sien.
  • No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que se reportase, que mirase quién era ella.
  • Tenía la Regenta este defecto, tal vez heredado de su padre.
  • Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo?
  • También tenía las mejillas húmedas.
  • A don Álvaro, que no tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio en que le venció el maldito De Pas.
  • Pero ahora le tenía debajo de los pies.
  • La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.
  • Quintanar tenía los ojos inflamados y las mejillas encendidas.
  • Tenía éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares.
  • Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado.
  • Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para ellas.
  • Mientras Visita recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de Salacia, que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su pasión irritada.
  • Siempre fue buena, pero antes tenía sus caprichos, ya recuerda usted.
  • Todos los extremos son malos, y Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma.
  • Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y en alma por toda la vida, según ella, pronto le disculpaba, reflexionando que el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de tristeza.
  • Ana, la pobre Ana, tenía derecho a una juventud eterna e inagotable.
  • ¡La tenía ahora tan vencida! Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero.
  • Además, el lugar que él pudiera encontrar, al cabo tenía que parecerle repugnante a ella.
  • La aventura de la liga y otras de que él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a aquella muchacha?
  • Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería ella?
  • Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de repente.
  • Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola tenía el cabo.
  • Entre tanto don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante del mundo, y de doña Paula singularmente.
  • ¿Pero quién tenía la llave de la puerta?
  • Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas.
  • Segura doña Ana de que don Álvaro saltaba por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices dentro de casa.
  • Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra.
  • Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la tranquilidad, tal vez la vida de varias personas.
  • Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra consentía en salir de la casa.
  • Una proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era.
  • Por lo demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la tenía, porque la ley era ley.
  • Hasta le consintió nuevas caricias de gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que le tenía maniático.
  • Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía los ojos humillados.
  • Pero tenía los ojos cerrados.
  • Y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento.
  • él atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.
  • ¿Quién le tenía sujeto?
  • Su madre no tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera.
  • ¡y aquella risa profunda, que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba.
  • Aquel era el único que tenía.
  • Cuando ya tenía las ideas más despejadas, reconoció imparcialmente que la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio.
  • Sin saber por qué sintió una angustia extraña, también él tenía nervios, por lo visto.
  • ¡Es Álvaro! pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo al extremo del cañón de la escopeta.
  • La tenía en sus manos, podía matarla, debía matarla.
  • Tenía mucho frío y mucho sueño.
  • Se despreció profundamente, pero más profundo que el desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor para matar a nadie, así, tan de repente.
  • Álvaro tenía que morir.
  • Frígilis tenía que encargarse de todo.
  • Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus manos todo.
  • Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía mejor sentido que él.
  • En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que hacer esfuerzos para no dar diente con diente.
  • Y ¡zas! el nombre que tenía aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el cerebro del pobre viejo.
  • Y él no tenía el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo.
  • Frígilis se detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río, como una pared obscura que subía hacia las nubes.
  • Y ¡cosa extraña! cuando allá en el parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el cartucho mortífero tenía carga de perdigón.
  • Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha.
  • Aquellos pajarracos no se comían, pero Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.
  • Sí, Kempis, a quien había olvidado, tenía razón.
  • Quintanar no tenía valor para subir a su casa.
  • Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición, para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la cita, si la tenía como era de suponer.
  • Además, Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle.
  • Tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle luz.
  • Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho de vengarse y no tenía el deseo.
  • él tenía el deseo, la necesidad de matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.
  • En aquellos momentos don Fermín tenía en la cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
  • Unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el Magistral en el alma.
  • Tenía fiebre.
  • Si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para tales casos.
  • Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía las razones que, desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los agravios y conformidad con la cruz.
  • Tenía la conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto.
  • Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo.
  • Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de tristeza.
  • Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de remordimientos.
  • Y Frígilis tenía que callar.
  • Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la Regenta, rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y precavido.
  • Pero él, merecido se lo tenía.
  • ¡Nauseabundo! Esto lo dijo el Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos.
  • Confesó que de noche tenía a veces miedo.
  • Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían atormentado también a la Regenta.
  • Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad fuerte.
  • La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una idea inmóvil, eterna.
  • Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.
  • Caían ya oblicuamente los rayos del sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.
  • Alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas.
  • Sus cejas se fruncieron, y arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó en sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o lastimadas.
  • Lo que es por esta vez, Perucho la tenía.
  • Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando en Primitivo un riesgo serio para su influencia.
  • Otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes y caudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria.
  • Harto tenía que hacer con ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, de suerte que el guía de Julián era Primitivo.
  • Tenía las cejas canas, y, de perfil, le sobresalían, como también las cerdas de un lunar.
  • Más bien tenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, a quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes.
  • Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastró hacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas y jabón.
  • Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos de reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas, con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más que la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y comadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros.
  • Al cabo Sabel tenía un alma, redimida por la sangre de Cristo igual que otra cualquiera.
  • Cuando tenía que sonar entera la orquesta, mangaba otra vez el punteiro en el fol.
  • Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para rechazar con la mano las fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los convidados unos a otros.
  • El señorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en la excursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues rara vez salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y el morral a la cintura.
  • Tenía aún el traje de fiesta con el cual la viera Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio.
  • Desviando entonces los brazos, apretando los puños, soltó una blasfemia, que hubiera horrorizado más a Julián si no supiese, desde aquella tarde misma, que acaso tenía ante sí a un padre que acababa de herir a su hijo.
  • El marqués tenía aún la escopeta en la mano.
  • Al fin calculó que se le abría camino para soltar lo que tenía atravesado en la garganta.
  • Tenía dispuesto su maletín.
  • Al fin tenía determinado dar ese paseo.
  • En su fachada severa desafinaba una galería de nuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso vicio de hacer obras.
  • La muchacha se volvió, pudiendo notarse que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridas de ordinario.
  • Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud de estudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacía caso, pues caminaba seria e indiferente.
  • Lo cual no dejó de dar en qué pensar al marqués de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en el número de los hombres fácilmente atraídos por las mujeres vivarachas, tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la expresaba en términos muy crudos.
  • Cuando el señorito Gabriel quedó sin mamá de pequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia del mundo, porque ella no era mucho mayor que él.
  • Ningún amigo íntimo tenía en Santiago don Pedro, aunque sí varios conocidos, ganados en el paseo, en casa de su tío o en el Casino, donde solía ir mañana y noche, a fuer de buen español ocioso.
  • El novio entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa, repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca.
  • ¿Qué culpa tenía el pobre inocente de las bellaquerías maternales?
  • Primitivo, por más señas, se mostró tan sumiso y respetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don de errar en el conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertos para el terreno especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando la desconfianza, y persuadiéndose de que ya no tenía el zorro intenciones de morder.
  • Descartarse de la hija lo tenía él por importante.
  • Tenía usted razón cuando me lo aseguraba el año pasado.
  • Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.
  • De esta vez tenía en la garganta una pera de ahogo.
  • Esforzábase en sostener la conversación, pero su sonrisa tenía la contracción de una mueca, y su ojo severo se volvía hacia la puerta muy a menudo.
  • No desmintiendo éstos la hospitalaria tradición campesina, hicieron pasar a los visitadores, quieras no quieras, al comedor, donde un mármol se hubiera reído también observando cómo la mesa del refresco, la misma en que comían a diario los dueños de casa, tenía dos escotaduras, una frente a otra, sin duda destinadas a alojar desahogadamente la rotundidad de un par de abdómenes gigantescos.
  • Pero al sonido mate de los cascos de las monturas en el piso herboso del patio, respondieron asmáticos ladridos y un mastín y dos perdigueros se abalanzaron contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el poco brío que les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos tenía más que un erizado pelaje sobre una armazón de huesos prontos a agujerearlo al menor descuido.
  • Su pescuezo, flaco, pedía a voces la golilla, y en vez de la vara que tenía en la mano, la imaginación le otorgaba una espada de cazoleta.
  • Él la hubiera preferido de la Leche y Buen Parto, pero no la tenía, ni se había acordado mucho de tal advocación hasta aquel instante.
  • Pero si no se le ocurría al marido, ¿quién tenía valor para insinuárselo?
  • Asegurábase que tenía la culpa el ron y una panadera de Cebre, con salud para vender y regalar cuatro doctores higienistas.
  • Reparó que la moza no llevaba pendientes y que tenía una oreja rota.
  • La herida se había curado, pero la oreja tenía ahora dos lóbulos en vez de uno.
  • La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios.
  • Estaba dormida, y tenía la calma, el dulce e insensible respirar que hace sagrado el sueño de los niños.
  • Tenía muchísimas, sí señor, y el que lo dudase sería un gran majadero.
  • Si todo esto había llegado a oídos de Nucha por conducto de su marido o de su padre, no tenía nada de extraño que suspirase así.
  • El ama tenía hechura, color e inteligencia de tonel.
  • Tales prendas, blanquísimas, adornadas con bordados y encajes, zahumadas con espliego, templaditas al sano calor de la camilla calor doméstico si los hay las tenía el capellán muchas veces en el regazo, mientras la madre, con la niña tendida boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la esponja por las carnes de tafetán, escocidas y medio desolladas por la excesiva finura de su tierna epidermis, las rociaba con refrescantes polvos de almidón y, apretando las nalgas con los dedos para que hiciesen hoyos, se las mostraba a Julián exclamando con júbilo.
  • La cabezuela blanda, cubierta de lanúgine rubia y suave por cima de las costras de la leche, tenía el olor especial que se nota en los nidos de paloma, donde hay pichones implumes todavía.
  • A aquel bollo blando, que aún parecía conservar la inconsistencia del gelatinoso protoplasma, que aún no tenía conciencia de sí propio ni vivía más que para la sensación, la madre le atribuía sentido y presciencia, le insuflaba en locos besos su alma propia, y, en su concepto, la chiquilla lo entendía todo y sabía y ejecutaba mil cosas oportunísimas, y hasta se mofaba discretamente, a su manera, de los dichos y hechos del ama.
  • Ya tenía un pantalón viejo, destinado a perecer en la demanda, y por nada del mundo renunciaría a sentir aquella onda tibia.
  • Tenía que marcharse de aquella casa echado por el feo vicio, por el delito infame.
  • Estaba visto que el señorito tenía que parar en esto.
  • Pues yo tenía una docena, todos marcados.
  • Era capaz, y demostrado lo tenía, de arrostrar cualquier riesgo grave, si creía que se lo ordenaba su deber.
  • Nadie acudía en su auxilio, y la lanza le tenía ya atravesado de parte a parte.
  • Tenía a la niña en brazos, y al ver llegar a Julián le hizo rápidamente seña de que ni chistase ni se menease, que el angelito andaba en tratos de aletargarse al calor del seno maternal.
  • Llegados al patín que cerraba el grave claustro, Nucha señaló a un pilar que tenía incrustada una argolla de hierro, de la cual colgaba aún un eslabón comido de orín.
  • De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mapamundi de remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca, que tenía de color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algún nuevo episodio tan verosímil como el de la liebre.
  • XXIII En el corazón de la tierna heredera de los Ulloas tenía el capellán, desde hacía algún tiempo, un rival completamente feliz y victorioso.
  • Tenía aquel cachidiablo la especialidad de los juguetes animados.
  • Con la cabeza baja, los labios temblones, la señora de Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las manos, los pañales de su hija, cuyo llorar tenía ya inflexiones de pena como de persona mayor.
  • Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tenía ideas políticas, dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en España.
  • En tales ocasiones, el secretario, calculando que hombre prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni omitía hacerse escoltar por sus seides más resueltos, pues no ignoraba que Barbacana tenía a sus órdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible Tuerto de Castrodorna.
  • Bien se dejaba comprender que Barbacana no tenía fe en el éxito.
  • Que, a pesar de la gran influencia de la casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y el de Trampeta, pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que disponía de numerosos votos seguros, pues muchísima gente le debía cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo del gran encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el asunto a rajatabla y sin contemplaciones.
  • No tenía don Pedro ideas políticas, aun cuando se inclinaba al absolutismo, creyendo inocentemente que con él vendría el restablecimiento de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por ejemplo, los vínculos y mayorazgos.
  • No obstante, apenas averiguó el comité que Julián tenía bonita letra cursiva, y ortografía asaz correcta, se echó mano de él para misivas de compromiso.
  • Tenía una escala y se encaramaba a lo más alto del retablo.
  • Cambia sus auciones, como usted me enseña (Trampeta tenía esta muletilla).
  • ¿Si no los tenía, los habrá pedido?
  • Algún fundamento tenía este recelo.
  • Iba la criatura saliendo de esa edad en que los niños parecen un lío de trapos, y sin perder la gracia y atractivo del ser indefenso y débil, tenía el encanto de la personalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos y conciencia de sus actos.
  • ¡En tan solemne y crítica ocasión, el capellán de los Pazos no tenía derecho a dormir ni a comer! Seguía reparando que algunos abades se mostraban con él así como airados o resentidos, en especial el arcipreste, el más encariñado con la casa de Ulloa.
  • Trampeta se agitó, hizo a sus adláteres preguntas referentes a la biografía del vigilante, y averiguó que tenía un pleito de tercería en la Audiencia, por el cual le habían embargado los bueyes y los frutos.
  • Si el señor marqués de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie de la cama y cruzarlo a latigazos.
  • Y respecto del Judas, ¿cómo quería usted que lo pudiésemos desenmascarar, si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tenía la bolsa en la mano?
  • ¿Las tenía disponibles?
  • Tenía la puerta su tranca y los cerrojos corridos, medida de precaución adoptada por la cocinera del abogado así que oyó estruendo de motín.
  • Mascaba firme, bebía seco, y tenía los ojos fijos en el plato, cuando no en las vigas del techo.
  • Él sólo tenía facultades para curar el espíritu.
  • Tenía Julián a la mano siempre un ejemplar de la Imitación de Cristo.
  • Los consuelos místicos que tenía preparados y atesorados, la teoría de abrazarse a la cruz.
  • ¿No le parece a usted como a mí que este casamiento tenía que salir mal?
  • He cuidado mucho a mi hermanito Gabriel, que era delicado de salud y no tenía madre.
  • Tenía a papá y a Gabriel con quien vivir siempre.
  • Ya ve usted que no tenía mucho por qué envidiarme mi hermana.
  • ¿Pensar en lo que el proyecto tenía de extraño, de inconveniente?
  • También él había tenido y tenía a cada instante miedo, miedo cerval, no sólo por la niña, sino por la madre.
  • Satisfecha esta concupiscencia, le apremió la otra, incitándole nada menos que a cobrarse por su mano de los dos cuartos prometidos, tomándolos del montón que tenía allí delante, a su disposición y albedrío.
  • Y todo esto lo tenía al alcance de su mano, como las obleas.
  • Porque es de advertir que Perucho tenía bastante de caco, y con la mayor frescura se apropiaba huevos, fruta, y, en general, cuantos objetos codiciaba.
  • El señorito tenía entonces la misma cara, idéntico tono de voz.
  • Tenía la maldita puerta el vicio de rechinar.
  • Este rey tenía una nené bunita bunita, como la frol de mayo.
  • Y el malo bribón del rey quería comerla, porque era el coco, y tenía una cara más fea, más fea que la del diaño.
  • Una de las cruces, más alta que las demás, tenía escrito en letras blancas un nombre.
  • Tenía delante una pareja hechicera, iluminada por el sol que ya ascendía aproximándose a la mitad del cielo.
  • Tenía aquí a mi lado una mosca y yo estaba completamente distraído.
  • Tenía razón en sus augurios.
  • Azorín lo siente y se explica ahora por qué el piano estaba lleno de polvo y por qué la lámpara eléctrica del gabinete no tenía bombillas.
  • No tenía apetito.
  • Era tan grande su dolor, que no tenía ganas ni siquiera de abrir la boca.
  • Camprodón tenía mucho talento.
  • Y gracias ha oído decir también Azorín que un hermano que tenía, y que se había pegado también a la sotana, se ha casado ya.
  • Ahí tiene usted otro hombre de los que no hicieron mucho ruido, y que, sin embargo, tenía un mérito positivo.
  • Tenía también una arrogante presencia.
  • También hice oposiciones (aunque no tenía la edad reglamentaria, y sólo por complacer a la familia, pues no era ésa mi vocación) a una relatoría vacante en la Audiencia de Valencia.
  • El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendió que tenía delante un enemigo, y, aparte de fundar La Revista Forestal, sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por mí y toda la escuela economista, delegó en el ilustrado y elocuente escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis artículos.
  • Por otra, continuaba al frente de mi despacho de abogado, que tenía abierto en Petrel, primero, y en Alicante después, el cual despacho llegó a adquirir tal prestigio que me fue preciso tener en él dos compañeros que me ayudasen, uno de ellos don José Maestre y Vera, presidente que ha sido de la Diputación y gobernador de Vizcaya.
  • No tenía a nadie.
  • Y como era pobre, no tenía dinero para comprarse ni alimentos ni medicinas.
  • Pero tenía un amigo periodista.
  • Y este periodista que, como es natural, tampoco tenía dinero publicó en su periódico un suelto en que demandaba la caridad para su amigo.
  • Otro era delgado y con la barba rubia, y el tercero, que no era grueso ni delgado, no tenía barba.
  • Ya ante el enfermo, el que no tenía barba bajó los ojos, cruzó las manos sobre el pecho y dijo.
  • ¡Yo tenía un bastón! Azorín y el maestro se quedan asombrados.
  • ¿Don Víctor tenía un bastón?
  • Yo tenía un bastón, ¿eh?
  • Era el día 20 y tenía que embarcarme en Barcelona el 21.
  • El portamantas que no tenía el bastón.
  • ¡qué no tenía el bastón!
  • Tenía los ojos grandes y los dientes muy blancos.
  • Yo tenía en Madrid un escritorio dice el.
  • Cuando venían a que yo escribiera una carta, yo tenía que encender una luz.
  • Luis Vives, que era un buen sujeto, que, como él mismo dice, se paseaba canturreando por los paseos de Brujas, aunque tenía una voz detestable, como él también añade.
  • Cuando tenía quince años me enamoré de un hombre que pasaba de los treinta, y él, como es natural, me consideraba una chiquilla.
  • Y lo que es el colmo de la tranquilidad, hasta no tenía nombre.
  • Y resulta que al mal humor que tenía antes se añade este otro.
  • Yo no he oído a nadie que tuviera la dulzura que tenía Martínez de la Rosa.
  • Cuando ha muerto no tenía más que una mísera cama y cincuenta reales.
  • Tenía una puertecilla angosta, todavía marcada en el muro.
  • Entonces tampoco la tenía.
  • Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía dicho que no fuesen a oirme.
  • Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba en su linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia inteligente de la casa en que se crió, que su hermana lo había sido en la suya, tan breve.
  • A tal punto, que su alegría sorprendió a cuantos la conocían, sin que faltara quien creyese que tenía muy poco de natural.
  • Cuando llegó Ramiro y se enteró de la pequeña disputa por lo del perro, no se atrevió a dar la razón ni a la una ni a la otra, declarando que la cosa no tenía importancia.
  • El embarazo fué molestísimo para la madre y tenía que descuidar más que antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía, encantada de que se los dejasen.
  • Le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o sobrina que de seguro tenía en el regazo.
  • Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz.
  • Tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.
  • Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, éste le dijo.
  • ¡Peor que incómoda! Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un ¡Ramirín! o ¡Rosita! o ¡Elvira! Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma.
  • Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado.
  • La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos trashumantes que de otra cosa.
  • Y le contó la declaración y proposición de Ramiro, y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para mejor consagrarse a los hijos de Rosa.
  • ¡Buena gana de gastar el dinero en tonto! había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus padres.
  • Y Ramiro tenía que someterse.
  • Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de alquiler, buscándole un pecho mercenario.
  • Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones.
  • ¡Una hija más! Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era con ésta con la que tenía sus confidencias.
  • No son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre.
  • Y tenía que defenderle de aquellas sus viejas tentaciones.
  • Ya no tenía qué hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva.
  • Y cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce recuerdo, casi borrado para la encamada.
  • Y entonces fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, pues tenía que cuidar a la que le había dado vida.
  • La que yo tenía siendo niña.
  • Ella tenía la llave de los cajoncitos secretos de la que se fué en carne y sangre.
  • ¡Cállate, zángano! Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas resonancias.
  • Poníase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello.