¿Necesitas buscar frases que contengan las palabras Pues y que aquí tienes ejemplos de oraciones con estas 2 palabras.
Estas son todas las frases que tienen TODAS las palabras que has indicado.
- No podía ser, pues, Don Baldomero, por razón de afinidades personales, sospechoso al poder.
- Los temas más sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para ellos, lo que para otros el trompo o la cometa.
- Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya.
- No tardó, pues, en aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer absolutamente nada.
- Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero botarate.
- Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir una palabra sino cuando alguien me ayudaba.
- ¡Dale!, ya pareció aquello respondía don Baldomero Pues yo te probaré.
- A este ilustre chino deben las españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana.
- Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso.
- Pues, ¿y los paquetes de clavos?
- ¿Pues y las agujas que había en su casa?
- Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los faldones.
- Callose, pues, como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de humilde aquiescencia.
- Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había felicidad semejante a la suya.
- Juntos siempre en el paseo, juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el otro no la ve también.
- Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo.
- Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel matrimonio sin par.
- Ved por dónde aquella señora se convirtió en sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus dudas, allá como Dios le daba a entender.
- También le cultivaba la memoria, descargándosela de fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba ella muy a gusto por aquellos derroteros.
- En la caja habían entrado ya los primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos.
- Se hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles, los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.
- Pues apechuguemos con las novedades dijo Isabel a su marido, observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán que todos los madrileños sentían de ser elegantes con seriedad.
- El quid estaba en colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no podía haber grandes ahorros.
- En tal situación y en los breves periodos que tenía libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado gobierno de aquella casa.
- , pues no fue bastante y tuve que traer diez varas más.
- Era esto un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
- También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta, de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles, que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni asomos de ellos había todavía.
- Pues dicen que los ingleses proyectan construir barcos de fierro.
- Cuando entraba le recibían con exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la conversación.
- Pues ya lo creo.
- La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya podían Arnaiz y su familia echarse a dormir.
- Era su fidelidad tan grande como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías quisieran, sin que se incomodase.
- Pertenecía, pues, Estupiñá a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares, cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero.
- Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida, el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio.
- Era forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida.
- Sus relaciones y estas aptitudes le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros.
- Como sus necesidades eran muy cortas, pues no tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba.
- Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel esmero de detalles que encantaba.
- Su posición junto a tan noble familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones que él sabía desempeñar con exactitud suma.
- El niño y el viejo se entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar ninguna regla.
- En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por repugnancia a introducir novedades en su guardarropa.
- Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que iban a estar en la gloria.
- Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para defender el garbanzo, pues siempre hacía el papel de que trabajaba como un negro.
- El ser todas de piedra, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles peldaños de palo, como cada hijo de vecino.
- El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que Don Plácido no estaba en su casa sino cuando dormía.
- Al pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su curiosidad.
- Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas palabras.
- No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos para instruirse.
- Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las sabía de memoria.
- Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
- Ningún tropiezo le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar.
- Respondía él que los de siempre, lo cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no aportaban ya por la casa.
- Pues nada, señora.
- Lentamente, pues, recobraba el Delfín su personalidad normal.
- Pues sí dijo ella, después de una conversación preparada con gracia.
- Pues a callar, y pon tu porvenir en mis manos.
- Cuando reveló sus planes a Don Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido lo mismo.
- Dijo Don Baldomero con muy buen juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos lugares dignos de ser vistos.
- Pues bueno.
- Pues te lo voy a contar, para que me quieras más.
- Pues señor.
- Pues bueno, allá voy.
- Pues una chica huérfana que vivía con su tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel.
- Pues señor.
- Pues señor.
- Pues señor.
- Pues lo mismo es el amor.
- Pues lo mismo están los benditos cuerpos.
- Pues señor.
- Pues no te quiero decir, hija de mi alma.
- Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les dejó ponerse babosos.
- ¡Toma, el algodón! ¿Pues y los tintes?
- ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo pasando por las tripas de la cabra?
- ¿Pues qué?
- Pues mira, si te figuras que voy a tener celos, te llevas chasco.
- Pues te lo voy a decir.
- Pues se llama.
- Pues te lo digo ahora.
- Pues como estabas ajumaíto, no eras responsable de lo que decías.
- Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.
- Pues señor.
- Pues señor.
- No había, pues, más remedio que hacer lo que hice, y salvarme.
- Pues debiendo salvarme, no había más remedio que lanzarme fuera del barco que se sumergía.
- Pues alguno de los cuatro pordioseaba.
- ¡Pues nada te quiero decir de las amas!
- Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su parentesco resulta algo lejano.
- Y por dicha suya, no tenía que calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de familia.
- Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos.
- Pues si no lo soy, mejor.
- Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a nadie ni siquiera mirarle.
- Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas.
- La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles.
- Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro tarascas.
- ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense, pásmense.
- Pues verán ustedes.
- Pues está usted adelantado de noticias.
- Pues yo.
- ¿Pues no las he de querer?
- Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una pajita y allá otra.
- Pues juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso.
- Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes que trabajan en el proyecto.
- ¿Pues qué, creen ustedes que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver estos apuros míos y no acudir a ellos?
- Pues no saldré.
- Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo digo, bien sabido me lo tendré.
- Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que no había farsa, ni vil interés ni estudio.
- Era, pues, para el Delfín una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil borrascas.
- Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.
- Por esta última razón no incurría en la humildad de confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o pudiera disfrutar en este bajo mundo.
- ¡La política, la política! ¿Pues no estamos viendo lo que es?
- Lo que hacía cavilar algo a Don Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45.
- Pues que lo preparen.
- Pues señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo iba a qué quieres boca.
- Pues de primera intención soltole a su enemigo un delirium tremens a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de respirar, un mane tegel fare.
- , pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía este que estaba usted algo peneque.
- Pues la voz pública se engaña gritó Ido alargando el cuello y accionando con energía.
- Pues como decía, el pobre Pitusín es muy salado.
- Vaya, pues me gusta.
- Pues pegarme un tiro, mamá.
- Pues es preciso comer.
- Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.
- Pues como de aquí a la Cibeles.
- Pasmábase la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy bien agasajado bajo el ala del mantón.
- ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la casa de Fernán Núñez?
- Pues lo primero que tienen ustedes que hacer indicó la Pacheco, es poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña pequeña.
- Pues estás bonito, Juanín díjole Ido.
- Pues quiero verle, quiero hablar con él.
- Pues oiga usted, al mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.
- Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa en construcción.
- Pues entra usted y pregunta por el guarda de la obra, que se llama Pacheco.
- Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de las uñas de Nicanora.
- Durmió, pues, tan mal que en realidad dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su contrabando.
- Pues también tú estás bueno.
- Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo.
- Pues na.
- Pues ellos tampoco.
- Su máscara de misantropía y aquella displicencia de genio perseguido eran natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su asiento, pues treinta años de tentativas y de fracasos son para abatir el ánimo más entero.
- ¿Pues cuándo he sido yo adúltero?
- Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí.
- Y le besó la mano, pues la cara era imposible por tenerla toda untada de caramelo.
- Pues tiene que ser de las caballerizas repoblicanas.
- ¿Pues el peinarse?
- Pues pintándose las cejas con un corcho quemado.
- Pues él tampoco.
- Pues como dije a la señora, si la señora quiere al Pituso, que se aboque con Castelar.
- Pues lástima, una lástima que no puede ponderarle, por lo grande que es.
- Pues usted es un infelizote que no ha tenido parte en ningún crimen ni en la invención de la pólvora.
- ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros.
- Pues nada, quédese usted con su angelito.
- ¿Pues qué se ha creído el muy majadero, que nos tragábamos la bola de que el Pituso es hijo del esposo de esta señora?
- Pues bien claro está que es pae natural replicó Izquierdo de mal talante, pae natural del hijo de mi sobrina, verbo y gracia, Juanín.
- Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana es la mía.
- Pues te lo diré.
- Pues ellos te ponen vestido de santo, o de caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato.
- Pues me los das, y si lo saco por menos, la diferencia es para mi obra.
- Oyó Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de la suerte loca no le hacía mucha gracia.
- Pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres pellizcaban algo.
- Pues hija, yo no tengo la culpa.
- Pues entonces replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas, yo quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa Cruz.
- Pues no harás nada de más, avariento.
- Pues prepárate.
- ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios.
- ¿Pues qué?
- Pues sí.
- Entonces sentía las cosquillas, pues no merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que la dominaba.
- Pues allá va.
- Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco.
- Bueno, pues me estaré quieto.
- ¿Pues no me he de alegrar?
- Pues nada, no se te conoce.
- Pues te digo que ya no hay día seguro.
- Pero ningún habitante de aquellas regiones de miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.
- A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía nerviosa.
- El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace siempre lo que nos conviene.
- Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos con que se había olvidado lo más importante.
- Y no paró aquí el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó helada a la infeliz Jacinta.
- Pues bien.
- Pues si lo reclama, no se lo daré manifestó Jacinta con una resolución que tenía algo de fiereza.
- V ¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la jurisdicción de la vigilia más rigurosa.
- Pues tienes bonito el delantal.
- Pues ella quería a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas.
- Pues nada, hija añadió después con resolución, a casa con él.
- ¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?
- Pues toma, aquí hay un negocio.
- Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto dijo el Delfín, disponiéndose a hacerlo.
- Pues si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te rieras.
- ¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de repente, plaf.
- Pues señor, no hay más remedio que ir allá.
- Pues sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando.
- Bueno, pues sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca.
- De los escombros de sus ilusiones deshechas sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último.
- Bueno, pues iré.
- Pues es guapo de veras.
- Pues digo lo mismo que Benigna.
- Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo mande.
- Pero no dando de puntapiés a la armonía del mundo, ¡pues bueno estaría!
- Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la familia.
- Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las dos.
- ¡Es tan mono! ¡Qué ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?
- Pues sí, esta casa es muy.
- Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección.
- En los últimos días de aquel infausto año, entráronle a Jacinta melancolías, y no era para menos, pues el desairado y risible desenlace de la novela Pitusiana hubiera abatido al más pintado.
- Había, pues, un amante.
- Pues he visto a quien menos puedes figurarte.
- Pues como te decía, habló Castelar.
- Pues anoche.
- Pues ¡hala!, ya lo tienes en perfecta explotación.
- Pues chico, ahí la tienes bien labrada.
- Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa.
- Pues verás.
- Pues ha mejorado mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo.
- Pues decía que eché a correr.
- Pues ya lo creo dijo el Delfín.
- Pues verás.
- Pues por no sé qué calle.
- Pues yo sí.
- En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la anaquelería.
- No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le limpiaron otra vez el comedero.
- Pues como dije, se iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer.
- Pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una significación.
- Cuando veía una mujer que pudiera ser ella, acortaba el paso por no aproximarse demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos del seguimiento.
- Pues señor.
- Pues el peso me parece que es menor en esta.
- ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y adelante.
- Por evitar este ruido inoportuno, Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba las orejas, no percibió nada, absolutamente nada.
- Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el excelente chico había aprendido de doña Lupe.
- El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más infame, más execrable y vil que se podía imaginar.
- Sí, despreciarle, repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección.
- Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen punto.
- Pues esto.
- Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez.
- Pues se trata de una mala noticia aseveró la viuda de Jáuregui, quiero decir, mala, precisamente mala no.
- Pues que vaya inmediatamente dijo Maximiliano dando una palmada sobre la cómoda.
- Pero no pasó de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que averiguar si su sobrino podía o no podía.
- Tomaba su revancha en los cuentos, pues sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador.
- Pues sí señor, me caso porque me da la gana.
- Determinó, pues, revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo midiera y pesara mejor sus palabras.
- Viii Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda cavilando, discurriendo sobre si el otro se acordaría o no de ella.
- Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el arroz con menudillos.
- ¡Pues si lo pierdes y tienes que volverlo a estudiar.
- , pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor.
- Pues estamos frescos.
- La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la justicia.
- Tía, pues yo.
- La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba peripecia a toda cobranza inesperada.
- Pues, finalmente, a los tres días me le vi en un faetón, como si tal cosa, y pasó por junto a mí y las ruedas me salpicaron el barro de la calle.
- ¿Pues creerá usted que encontró después quien le prestara?
- Con que ya sabes dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir.
- Púsose, pues, a zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera.
- Pues si le dijera yo que cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla.
- En todas sus aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el número uno de los maridos.
- Y no se vaya a creer que le faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un Don Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la dejaba vivir.
- Pues conmigo no juega.
- Pues así rompo yo una pared si me la ponen entre ella y yo.
- Pues tía, esto hay ?
- Pues yo no lo veo así, yo no lo veo así.
- Pues qué, las obras grandes y ¿cómo diré?
- Doña Lupe no se atrevió a retenerle, pues aunque su corazón se llenó de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno inexplicable la contuvo.
- Pues a sortear y dirigir aquella revolución doméstica.
- Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad.
- El joven observó que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un niño.
- Se acordaba de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que acostarse con niños.
- El carácter sacerdotal de su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran contra el neísmo, un cura siempre es una autoridad en cualquier familia.
- Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien segura.
- Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más antipático de sus sobrinos que con el más simpático.
- Había comido muy bien el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año.
- Pues nada, que no hay quien le apee respondió el clérigo, sumergiendo el primer bizcochito en el espeso líquido.
- Pues está usted aviada.
- Sí, señor, pues no faltaba más.
- Pues sí declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo, me falta valor para lanzarla a usted al mundo malo.
- Pues lo que yo necesito ahora agregó Rubín terciándose el manteo sobre las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos libres para una gran faena, es ver en usted señales claras de arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente.
- Pues serán.
- Pues podrán ser.
- Pues a su hermano de usted, tampoco.
- Pues lo mismo es, exactamente lo mismo.
- ¿Pues para qué estamos?
- Pues vamos a cuentas.
- Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba dijo el cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido inconveniente en tomar una friolera.
- Pues sí, pues sí.
- Pues nada, a purificarse tocan.
- ¿pues tú qué te crees?
- Pues lo mismo será con lo bueno.
- ¡Qué podrás tú disimular delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya.
- Pues la llevaremos atada de manos y pies dijo Maxi, riendo.
- Entraba de noche muy tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe, pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto de la casa.
- Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra culpa, por culpa de los curas.
- , pues ahí la tienes.
- Pues yo te digo.
- A Nicolás no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo, por grande que fuera, le podía privar de su más característica manifestación orgánica.
- Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo agradeceremos toda nuestra vida.
- Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues siendo el basilisco tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto y se empingorotó hasta un extremo increíble.
- Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios.
- Pero con las amigas tenía que representar otros papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer en situación desairada o ridícula.
- Pues en la hermosura de Fortunata.
- Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto se dice.
- Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa.
- Pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre.
- Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica.
- Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser Primer Cónsul.
- Pues allá se me vino con unos chismajos, porque yo hablaba entonces con el chico de Tellería y.
- Pues la cogí un día, la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me dio la gana.
- Pues otro día, estando en el Modelo.
- Pues volviendo a lo que decía.
- Pues que quise que no, aquí me metieron.
- Pues digo.
- Pues qué, ¿crees tú que Juanito no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí?
- Pues verás, él cayó con la pulmonía en Febrero, y en este entremedio conocí yo al chico con quien hablo.
- Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia.
- ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como si yo fuera una criminala ?
- Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.
- No creas que lo hago a escondidas de la Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio del deleite.
- Pues los hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden mantener.
- Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento.
- Pues los regaló Jacinta.
- Pues no sabe usted lo mejor añadió Manolita, gozándose en el asombro de la otra, el cual más bien parecía espanto.
- Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir.
- Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven.
- Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban por las noches, pues sus dormitorios eran distintos.
- Enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba extraordinariamente de su conversación íntima.
- Tú bien puedes hacer caso de lo que yo te diga, pues tengo yo mucha linterna.
- Bueno, pues tome usted una criatura para que no llore más.
- Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar a la realización cumplida y total de nuestros deseos.
- ¡Pues no se casaría si te hubieras conservado honrada, cuanti más, sosona, habiéndote echado tan a perder! Si es lo que Yo digo.
- Viii Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las traiga a cuento en una relación verídica y grave.
- Ved, pues, por qué pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía miedo a los ratones.
- Pues, hija arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.
- Pues dilo todo, rebaña bien.
- , pues allí.
- Basta decir en elogio de la sancta simplicitas de esta señora, que en sus confesiones jamás tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado nunca.
- Entró, pues, la tarasca en la iglesia y allí pudo andar sin tropiezo, porque la lámpara del altar daba luz bastante para ver el camino.
- Pues pudo ser, ¡qué peine!
- Más tarde celebraba don Hildebrando, cura francés de los de babero, el cual era lo contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increíble.
- Y estaba casi llena, pues apenas.
- Nombrábase Patricia, pero Torquemada la llamaba Patria, pues era hombre tan económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.
- Pues bien, ya podía anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio.
- Ella también saldría, pues sólo estaba allí por equivocación.
- Pues nada.
- Pues si desde que salí de las Micaelas no he vuelto a catarlo.
- , pues allá va.
- Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio.
- Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la casa en que vas a vivir.
- Pues yo.
- Pues ea.
- Pues sí dijo Fortunata animándose, ¿qué me importa a mí la trampa?
- Pues que le parta un rayo.
- Pues nada, le diré a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.
- Quita, quita, ¡qué asco! Pues chica, no pienses en salir de Madrid agregó la tarasca cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus rodillas.
- En el delirio de su febril insomnio, pensó que Don León la había engañado y que la Virgen se pasaba al enemigo, Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro y tanta Ave María.
- Y cuidado con dejar de tomarle la cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y no hay que fiar.
- ¡Ah!, ya parece que se retira el ladrón, pues ladrón debe de ser.
- Pues sí, la persona, el ladrón o lo que fuera, continuaba allí.
- Pues déjala.
- ¡Pues me gusta!
- Debió de penetrar la maldita gata aquella en el pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo de buenas a primeras.
- Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?
- Pues una friolera.
- Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno.
- Tocaría, pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr.
- Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió calle.
- Tradújose esta disposición de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos.
- Fijose en las casas del barrio de las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre cariñoso interés.
- Pues no.
- Pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más.
- Pues no señor, la mala otra vez.
- Pues no señor, sale Maxi y.
- Pues lo que es yo no miro para atrás.
- Pues sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji.
- ¿Pues y tú?
- Pues la manía era que Juanito no debía ser rico.
- , pues como lo que cuentan de que manetizan a una persona y hacen de ella lo que quieren.
- Dijo Santa Cruz pasmado, pues tenía a Fortunata por heterodoxa.
- ¿Pues no he de creer?
- Pues digo.
- , pues así.
- Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía.
- Pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda.
- Pues de Dios, de.
- Pues asegúrame que no la quieres.
- Pues le dieron el gran timo.
- ¡Pues si pariera.
- Pues esto.
- Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras.
- Pues él daría más, mucho más.
- Pues él se buscaría una coyuntura de ser heroico.
- Pues él se mataría a trabajar.
- Pues de comprar unas cosillas.
- Pues qué.
- Pues muy sencillo.
- El pobrecito estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu recibía algún alivio, se le inició la jaqueca.
- En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado terminantemente el celibato.
- Dijo Maxi en un tono que no pudo ser tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal clase.
- De repente rompió en aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar a gritos.
- La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala.
- ¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la discusión para el día siguiente.
- Pues me he enterado.
- Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata radicalmente reformada.
- Pues sépase usted que está condenada, y no le dé vueltas.
- Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio gritó el clérigo con gesto de menosprecio.
- Pues no señor, siempre aferradas a la ilusioncita.
- Tú te lo quieres, pues tú te lo ten.
- Teniendo todos la misma manía, cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un día y otro infaliblemente, noticias de crisis.
- Pues abrirle la cabeza a Don Basilio y sacarle toda la paja que hay dentro para venderla.
- Pues yo decía Don Basilio, cuando estaba en mi ramo, llegué a veinticuatro por mis pasos contados.
- Pues yo murmuraba una voz que parecía salida de una botella, voz correspondiente a una cara escuálida y cadavérica, en la cual estaban impresas todas las tristezas de la Administración española, sólo pido dos meses, dos meses más de activo para poderme jubilar por Ultramar.
- Pues bien.
- Pues, amigo mío replicó Don Basilio en el tono de un hombre superior que no quiere incomodarse, si usted no quiere ver la tostada, ¿yo qué le voy a hacer?
- Pues qué, si Don Carlos no fuera un necio, ¿no estaría ya en Madrid?
- Pues al tiempo.
- El móvil de esto no era simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos con qué apabullar a los curas de la mesa próxima, que sólo por ser curas, aunque sueltos, le eran antipáticos, pues odiaba a la clase entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte.
- Pues bien.
- , pues ahora lo verás.
- Pues amigo, una noche el ex capellán del vapor correo se lió la manta y le dio tal paliza a Rubín, que este hubo de salir con las manos en la cabeza.
- Rubín, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el más libre pensador de todos, se cayó del lado de Pedernero, buscaba camorra, empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa.
- La catástrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues habiéndose permitido Rubín algunas reticencias desfavorables a la reputación de la Virgen María, saltó Pedernero de su asiento, trémulo y descompuesto, en estado de horrible agitación, y lanzó a su contrario anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles.
- Pues entonces ya está usted fresco.
- Quería instruirse a todo trance, labor inmensa y difícil por carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le estorba el latín, no le permitió aprender más que las cuatro reglas y un poco de francés.
- ¡Cuánto mejor no era sembrar la nueva doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues el mismo Jesucristo ¿no escogió por discípulos a unos infelices pescadores, hombres rudos que no conocían ninguna letra, y a mujeres de mala vida?
- ¿Pues qué querías tú, seguir gozando y divirtiéndote por allá?
- Me concreto, pues, a negarle.
- Pues no faltaba otra cosa.
- Pues qué, ¿querías tú que las Cortes.
- No lo niegues, no me lo niegues, pues yo sé que es cierto.
- Bueno, pues es verdad.
- ¿Pues qué se ha figurado este tonto?
- ¡Pues tengo yo un olfato.
- , pues un cabello negro, grande.
- Pues verás.
- Pues ahora lo veremos.
- Bueno, pues voy al grano.
- Pues yo.
- Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.
- Bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como puedas.
- Pues a eso voy ahora.
- Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la cara bonita.
- Pues te diré.
- ¿Pues y leer?
- Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos.
- ¡Oh!, pues si pasamos al terreno político.
- Pues mire usted dijo Villalonga.
- De acuerdo estaban en lo principal, discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por una carta y él por una entrevista de despedida.
- ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas?
- Pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he estado toda la mañana en la cocina.
- Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad.
- Te vas, pues muy santo y muy bueno.
- Ii En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y baba tres horas seguidas, encender la luz cuando aún era día claro, apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil disparates en alta voz, lo mismo que si delirara.
- Pues nada más que entrar en la casa sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por el moño y.
- Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar.
- Pues porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras.
- Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real.
- , pues no faltaba más.
- Pues eso y nada.
- Pues nos haremos pléiticas dijo la señora de Rubín, ridiculizando la palabra para ridiculizar la idea.
- Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio.
- Pues digo.
- ¡Ah, si viera usted lo furioso que se ponía cuando le decía yo que me gusta un guisado de falda y pechos como los que se comen en los bodegones! Pues nada.
- Pues de cuerpo, ya quisieran parecérsele la mayor parte de los muchachos de hoy.
- Ii Pues lo que es hoy sí que no me quedo con esto dentro del cuerpo pensó mi hombre al otro día, entrando en la sala, hecho un sol de limpio y despidiendo, como todas las mañanas al salir de su casa, un fuerte olor a colonia.
- Pues ahora parece que están moviendo la cama de hierro.
- , pues coger el zorro, las escobas, una esponja grande y un cubo de agua.
- Pues ¡ay, hija mía!, la compadezco a usted.
- Pues ándese por ahí.
- Pues me parece que no he dicho ningún disparate.
- Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que usted tiene.
- Pues cuando se acabe, no tendrá usted más remedio que buscarse la vida como pueda.
- Pues nada.
- No por economía, pues bien podía él pagar una casa como la que Santa Cruz pagaba.
- No transijo, pues, con nada que sea apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que dañan al honor del prójimo, ni con nada que sea vil y cobarde.
- Pues vienes y me lo cuentas a mí, en mis barbas.
- Pero cogeré mi sombrero y me marcharé de tu casa, sin que eso quiera decir que te abandone, pues lo que haré será jubilarte, señalándote media paga.
- Al fin de la calle del Águila también desmerece mucho el vecindario, pues en la explanada de Gilimón, inundada de sol a todas las horas del día, suelen verse cuadros dignos del Potro de Córdoba y del Albaicín de Granada.
- En toda la casa no se oía ni el ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era hombre solo, y fuera de las noches de recepción, que eran muy contadas, creeríase que allí no vivía nada.
- No me vuelvo atrás de lo que esta expresión indica, pues el buen señor llegó a sentir por su protegida un amor entrañable, no todo compuesto de fiebre de amante, sino también de un cierto cariño paternal, que cada día se determinaba más.
- Pues aquella noche de que te hablo, estábamos acechando junto a un río, porque sabíamos que por allí habían de pasar los insurgentes.
- Pues yo sí.
- Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta, me gustó.
- Pues desde ayer noto no sé qué.
- De todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que pensar mucho en ti, que la tienes todavía para rato, pues ahora estás en la flor de tus años y en lo mejor de tu hermosura.
- Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos, haciendo mucha fuerza en él.
- Pues sobre que estoy sordo dijo el simpático viejo, la vecindad no nos deja oírnos.
- Pues hoy al mediodía subí a casa de las del cura dijo ella sonriendo y pasándole el brazo por encima de los hombros.
- Fortunata no pensaba más que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina.
- Pues todo se arreglará, hija, todo se arreglará.
- Pues con el sueñecito que he echado perdí la situación, chica, y al despertar, no me acordaba de que habías quedado ahí.
- La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún que antes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, pues aunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otra mejor.
- Decidido a hablar con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo.
- Pues hacía yo bonito papel.
- ¡Pues estoy yo bueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques.
- Pues no lo sé.
- Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella, pues yo estimaba muy conveniente esta vida común.
- Pues del salto se ha ido al café de Zaragoza.
- Yo le digo una cosa, pues a eso que tú llamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal.
- Decidió retirarse, descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía.
- Salieron, pues, juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el paso una figura macilenta y sepulcral.
- Pues si no lo deseara ¿cómo me había de meter yo en semejante negocio?
- Pues yo no.
- Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese cariño.
- Y con chiquillos, ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás, y no harás más tonterías.
- Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoo lo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceño fruncido y la vista fija en el suelo.
- Pues no te diré que estas sean todo.
- Lanzado, pues, el concepto más peligroso, siguió luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo.
- Pues no te digo más.
- Bueno, pues no necesito añadir nada más.
- ¿Pues no se me ocurrió volver allá para desdecirme?
- Doña Paca advirtió en él, juntamente con los síntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimo agüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malito estaba, señal era esto de la proximidad del fin.
- Creyeron los más que Don Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre pensador.
- Así fue en efecto, pues en todo el año 75 que corría no se murió el filósofo práctico.
- Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy una dama.
- Así, pues, la gran doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un determinado sitio.
- Pero no había más remedio que dar el salto del Norte al Sur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte del tiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerle recorrer dos veces al día los tres cuartos de legua que separan el barrio de Chamberí del de Lavapiés.
- Cargó, pues, la señora de Jáuregui con sus penates, y se instaló en un segundo de la calle del Ave María.
- Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tiene empleo no pone los pies en casa.
- Pues además, Fortunata, en el curso de la conversación, había dado a entender que tenía acciones del Banco, sin decir cuántas.
- ¡Pues si son estas las sobras.
- Pues nada.
- Pues a mí no me pasará lo que a Don Juan Prim, porque sé lo que digo.
- Pues volveré allá.
- Pues ya que está aquí, no se ha de marchar prosiguió doña Lupe en voz baja.
- Pues que aquí tenéis ocasión de deciros todas las perrerías que queráis o de daros todas las explicaciones que juzguéis convenientes.
- Hechos que los sabios presienten, que los expertos vaticinan sin poder decir en qué se fundan, y que llegan a ser efectivos sin que se sepa cómo, pues aunque se les sienta venir, no se ve el disimulado mecanismo que los trae.
- Pues anda dijo doña Lupe, que aquel día estaba de buen humor.
- ¡Pobre mujer! ¡Tener ese vicio! De veras lo siento, pues no hay otra como ella para correr alhajas.
- Pues esa buena pieza, en una de las tremendas borrascas que le produce el maldito vicio, fue recogida de la calle por los protestantes, que tienen su capilla y casa en las Peñuelas.
- Pues aguárdense ustedes, que falta lo mejor.
- Pues qué, ¿no era ella también dama ?
- Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la calle.
- Mauricia fue, pues, instalada en la segunda de las dos salitas.
- Doña Lupe creyó que no la reconocería, pues sólo se habían hablado una vez en la función del Asilo.
- Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio se agarra de cualquier cosa dijo la santa, acariciándole la barba.
- Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se tendrá por qué.
- ¿Pues y esta?
- Distancia infinita sin duda, y que en manera alguna podía acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera muchas obras de caridad, las dos almas no llegarían jamás a verse próximas.
- Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.
- Pues déjate que venga la otra.
- Pues qué, ¿también viene aquí esa?
- Pues chica, no seas pava.
- Pues lo vuelve usted a barrer.
- Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se pondrá en la escalera cuando pase el Santísimo y tocará la marcha real.
- Pues el Clavelero sanó.
- Fortunata y Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no había dormido nada la noche anterior.
- Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus visitas benéficas con un regimiento de señoras.
- No, pues yo no he de buscarte la lengua.
- ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro.
- Al farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y diversiones.
- Pues sí, perdonar.
- Pues a cuenta que lo mismo estarás tú, y Dios te dará lo tuyo.
- Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.
- ¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes?
- ¿Pues qué duda tiene?
- Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los perdona cuando una se arrepiente de verdad.
- Velaremos, pues, y no me hable usted de gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no vale tres cominos.
- La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe pensó de esta suerte.
- Cogiditos del brazo recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo cortesías aunque se encontrase en visita.
- Pues la custodia, hija, el Santísimo.
- Pues lo que yo sé es que no lo hacen todas.
- Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a venir el médico.
- Pues ese pobre hombre añadió la santa conteniendo la risa, desde que se entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido.
- Pues si yo le dijera quién soy, la haría temblar.
- Hízole, pues, la pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se encontraba delante de una casada.
- Pues yo también, si pudiera.
- Pues decía que tuve un niño y se me murió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que.
- ¿Pues no era esto una gran injusticia?
- Pues que lo sea.
- Pues ¿y doña Guillermina?
- Pues bien se había descompuesto aquel día.
- Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal, dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salir de casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste.
- ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajo cuidar enfermos y dármelas de muy católica?
- Pues si a mano viene me pondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos más podridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres, que de eso y de mucho más soy yo capaz.
- ¡Y ángel me soy! Pues para que lo sepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más que usted, mucho más.
- La peor de las medicinas era esta, pues gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos.
- Pues con aquel dinero tenía bastante.
- Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria y se me va de ella lo que más sé?
- Pues Leopoldo Montes, que está ahora en Gracia y Justicia.
- Siempre era de la opinión de ellas, pues aunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar su disentimiento.
- Sentía mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor trascendencia.
- Pues digo.
- Pues fue que.
- Pues estaríamos lucidos con esas ideítas, sí señor.
- ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua?
- Pues lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con apariencias de legalidad.
- Pues es claro, les duele.
- Pues no le digo a usted más.
- ¡Pobre Mauricia! dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase.
- Pues iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un réspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si me acompaña un poco.
- Volvió la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con ellos.
- ¿Cómo, pues, se podían confundir la que se señaló por sus vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo?
- Te advierto que de ninguna manera te has de librar de mí, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y te lo he de sacar.
- Pues que pase aquí.
- , pues si ha dado usted dos pesetas por él ha hecho un mal negocio.
- Pues doy, pues doy.
- Pues te quedas aquí.
- Pues que no me voy, que no me voy.
- Mucho la cohibía el temor de no saber usar términos en consonancia con los que emplearía la confesora, pues en todas las ocasiones difíciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la memoria las pocas enseñanzas de lenguaje y modales que había recibido en su corta y accidentada vida de señora.
- , pues una.
- Pues ayer refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el acento, pues ayer.
- Ni sé por qué me paré allí, pues ¿qué me importan a mí los tubos?
- Que sí quiere insistió la joven reteniéndola por ambas manos, pues la confesora hizo ademán de apartarse de ella.
- Pues la he engañado a usted, porque Jacinta está escondida en aquella alcoba.
- Pues no sé.
- ¿Pues tú qué creías?
- Pues irían también Don Baldomero y su hijo.
- Pues lo mismo hizo aquel día.
- ¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.
- Pues dispongo de una hora.
- Pues eso.
- ¿Pues qué duda tiene?
- Pues soñé que estaba yo en el laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en papeletas de un gramo.
- Pues qué, ¿no tengo yo oídos?
- Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si ella no lo consintiera?
- Pues esa víbora de Papitos, con su cara de mona.
- Aun así, fue preciso sostener una lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que también aquel tenía gusto a arsénico.
- Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su recelo furibundo.
- ¡Pues estamos divertidas! dijo doña Lupe a Fortunata, que daba suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.
- Pues vamos a darle de almorzar.
- Carambita, pues si yo tuviera una mujer así.
- ¿Pues no he de querer?
- Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas esperanzas había de segar en flor.
- ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una verdadera mina.
- Por eso dijo doña Casta, un establecimiento montado como los mejores del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí, las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a comprar la última novedad.
- Pues decía que en las cajas que están ahora en la Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de hacer sensación.
- Pues el faldón de bautizo, por ejemplo, que estamos arreglando con encaje valenciennes, no se podrá poner menos de quinientos francos.
- Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la cintura y ambas salieron al balcón de la sala.
- Por de contado, estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.
- Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con ellos.
- ¿Pues yo no veo lo que pasa?
- Pues en la mía poco habrá leído usted.
- Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.
- Pues decía.
- Pues decía.
- ¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera.
- En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación correspondiente, más o menos aparatosa.
- Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos pasos.
- Pues si tú hubieras venido a mí y me hubieras dicho.
- Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.
- Pues lo que es ahora, que quieras que no, tomo cartas en el asunto.
- Pues tiene que haber algo.
- Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes.
- Con su traje de verano, tenía el buen Don Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
- En cuanto vio llegar a su marido, fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser.
- Pues nada dijo, que estoy de enhorabuena.
- Pues qué, ¿has encontrado la panacea ?
- , hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?
- Pues no entrará, hijo, no entrará.
- Pues es preciso que tomes algo.
- Pues pongamos que sea la cosa en no.
- Fortunata iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho el taller y tienda.
- Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene también mañana con ellos.
- Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como quien dice, en mi garita de vigilancia.
- Pues más he de estarlo mañana.
- Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento.
- Maximiliano no le instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito de muerte y liberación.
- Presentábase aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas veces se había sentido con menos ganas de conversación.
- Pues charlaremos de cosas agradables.
- Pues yo creí que habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.
- Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el desprendimiento y la evasión.
- Pues lo primero es no tener horror a la muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.
- Pues las personas que por medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de tomar el portante.
- Pues le diré.
- ¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida.
- Pues mis aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo dispuesta.
- Pues que bien le pasean a usted la calle.
- Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba con una cara de mal humor.
- Pues trátele a la baqueta.
- Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí guardadito, virgen, créalo usted, virgen.
- Pues aquella tarde, después de mucho tiempo de entrar allí con las manos vacías, puso en las de Fortunata una esquelita.
- Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester doña Desdémona, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra.
- Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez.
- Pues a mí no me disgustaba.
- Pues como te digo, dejó de venir.
- ¿Pues creerás que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la corte por lo fino?
- Pues verás.
- Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues verás.
- Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos, cuando me veo al primo Moreno.
- Pues ahora, si de veras le gusto.
- ¿Pues qué cree ese?
- Pues ya cayó otro.
- Pues por aquí, los barrenderos me echan encima una nube de polvo.
- Pues digo.
- Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillándola).
- Bueno, pues ya puedes empezar.
- Pues esto está muy malo.
- ¡Pues no ha de tener que ver! dijo Moreno Rubio poniéndose serio y guardando su instrumento.
- Pues no señor.
- Pues no.
- ¿Pues no dice que qué me falta?
- Esto no le gusta, ¿pues para qué vive aquí?
- Pues cuando se volvía para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su ágil muleta, se le ponía otra vez delante, mostrándole la pierna.
- Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta viveza, que casi casi creía verle en su alcoba.
- ¿Pues por qué no?
- Pues un día que iba por la Plaza de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto.
- Pues luego vino el papá y estuvo dudando si pegarle o no.
- Pues tonto (avanzando hacia él), lo que yo hago es lo fácil, ¿qué más tienes que.
- ¿Pues no lo sabes?
- Pues esta noche he tenido aquí la visita de aquel hombre.
- Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los más madrugadores, los más impacientes por cumplir y santificarnos.
- Pues tía, para primer día de curso, no puedes quejarte.
- Pues ya lo creo dijo Plácido, para quien no había nunca dificultades tratándose de compras.
- Pues tráete una docena, los llevamos y decimos que esas son las moñas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr.
- Pues vamos despacio, más despacio si usted quiere.
- Pues allí me tendrá, haciéndole la competencia a Estupiñá.
- Bueno, pues no me iré.
- Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle.
- Pues si quieres volver mañana, yo vendré a llamarte.
- Y nos colaríamos todos indicó la hermana de Moreno, gozosa, pues le hacían mucha gracia aquellas bromas.
- Vaya, pues que entre sin decir nada a nadie.
- Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus palabras le producían mucho bien.
- Pues aunque creo que he de dormir, todavía no tengo ni pizca de sueño.
- Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su fealdad y su canto bonito, que creía estarla viendo y oyendo.
- Pues sí, en Abril vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que.
- ¿Pues qué te crees?
- A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres.
- Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré que la tengo por virtuosa.
- Pues para que te tranquilices de una vez dijo la otra sin mirarla.
- Pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de llegar a la otra punta.
- Pues bien, yo te lo prometo.
- Pues no faltaría más.
- Y haz el favor, para otra vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa.
- Pues estamos bien.
- ¿Pues qué?
- Pues sí, tía.
- Pues estás lucida.
- ¿Pues no ha tenido el atrevimiento de decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester?
- Pues yo os mandaré la comida indicó doña Lupe, poniendo la pantalla al quinqué y acortando la llama.
- Los huesos crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecían un trabajo de gimnasia, y luego volvió a sentarse, abrazando a su mujer y quedándose ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sofá) en actitud semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo muy bonito en décimas o quintillas.
- Pues yo sé una cosa que tú no sabes, aunque quizás lo presientes, y que seguramente sabrás muy pronto.
- Pues sí señor, ¡bonita noche! repetía doña Lupe, echando un suspiro por cada palabra.
- Devolvería, pues, lo que se le había entregado, con los aumentos que a su buena administración se debían.
- Cierto que esta devolución era para ella un trance doloroso, algo como la separación de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel guano, entregado a su dueño, pronto se perdería en el desorden y los vicios.
- Pero entre dos afrentas, prefiero que le haya dado por pregonar la verdad, pues así no hará catálogos la gente, ni tendrá nadie que decir si el chico es o no es.
- Vi La evasión (pues así debe llamársela) de su mujer, no fue notada por Maxi en los primeros días.
- Al centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra.
- Dijo el anciano riéndose más ¿Pues qué.
- Salió, pues, Fortunata de la triste visita con la impresión de haber perdido para siempre aquel grande y útil amigo, el hombre mejor que ella tratara en su vida y seguramente también el más práctico, el más sabio y el que mejores consejos daba.
- Ni aun su hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un año hacía que empezaban a emigrar las piezas unas tras otras.
- ¿Pues y la casa?
- ¡qué tipos!, pues ¿y mi tía?
- Por cierto que todo esto tenía que comprarlo, pues de la casa matrimonial no había de sacar nada.
- ¿pues qué es él más que un servilón de los de Santa Cruz?
- Y siguió echando términos de medicina por aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y con una idea tomada de aquí y otra de allá hacía unos pistos que eran lo que había que ver.
- Pues mira le respondió al fin haciendo un gesto campechano.
- Lo que restaba era que doña Lupe se prestase a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia.
- Empezó, pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto.
- Pues se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen en la liberación por el desprendimiento, y en que se debe dar la morcilla a la bestia.
- Pues que mi mujer me faltaba y estaba en cinta.
- Pues saqué la cancamurria del Mesías que iba a venir, diciéndole que ella lo tenía en su seno y que el papá era el Pensamiento Puro.
- Pues no está tan guillati como pensé, y lo que dijo antes revela más bien talento agudísimo.
- Pues mudarse.
- Pues si lo fuera de muchas.
- ¿Pues y las paredes?
- Pues para concluir.
- Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras.
- Daría yo cualquier cosa exclamaba invocando al Cielo, por saber esa verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la sabía se ha muerto.
- Pues no sé qué daría yo por salir de la duda.
- Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún.
- Pues ahora que le he visto suelto, voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor día.
- Pues cogerte y mandarte a la cárcel.
- Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín.
- ¡Oh!, ¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor?
- , pues a ese tarambana de Segismundo.
- Pero siempre le encargaba que no la descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad.
- V La razón de la sinrazón i La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de quicio.
- En Febrero ya le permitieron salir solo, pues no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la timidez y la docilidad.
- Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos.
- No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza vendría un ascenso.
- Pues desde que se puso a modelo sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba.
- Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93.
- Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a aquella gente.
- Oyoles la conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los concejales.
- A poco entró doña Desdémona preguntando por su marido, y pudo observar el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo.
- Pues es señal de que me estoy poniendo malo.
- Pues quíteme del campo de mi vida los hechos.
- Pues no me acuse usted si oye que he cometido un crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser esposos de una adúltera.
- ¡Pues no dice este judío Dio que hoy mata él!
- Pues aquí me tiene tan sano y tan bueno.
- Ya sé, pues, dónde está.
- Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas y con el papel de ellas entre las manos).
- Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos.
- Pues tomemos un coche y vamos a la Cava.
- Pues repito que eso del estado interesante es una papa dijo la viuda llena de confusión.
- Pues no volviendo a hablar de semejante asunto.
- Estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los números, pues estos son la pura esencia de la lógica.
- Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista dada a todos los demonios.
- Era el hombre de menos suerte que existía, pues nunca daba en el quid de la buena ocasión.
- Que salió Juan Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio de las olas, y ya no podía más, ya no podía más.
- La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática.
- Pues ya voy creyendo que ha sido sueño.
- Subió el pobre chico, y doña Desdémona le hizo esperar un ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse.
- Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber.
- Que aquello no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni favoreció jamás los desvaríos de Fortunata.
- ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso de mí, y se dejara llevar.
- Pues el día de mañana (pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas, ¿qué va a hacer esa infeliz?
- Algo la desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del vástago de Santa Cruz, partía del principio de que su sobrino desconocía en absoluto la verdad.
- Pues que le he de hacer el préstamo o se pega un tirito.
- Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa.
- Pues sí, gobernador de mi provincia.
- Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma del Rey.
- Pues toda la casa revuelta.
- Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le dijo que no la podía llevar.
- Pues estaría bueno que un gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal ejemplo.
- Pues eso sí que no lo logra usted.
- ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues verá usted.
- Pues resulta que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
- ¿Pues qué cree usted?
- Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?
- Y cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara le viera.
- Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos.
- Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas.
- Si la mujer falta, divorcio al canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni piedra.
- Aprende, pues.
- Pues una lección, una simple lección.
- Pues te lo voy a decir.
- ¿Pues qué querías tú.
- ¡Pues si yo les llego a ver.
- ¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo que decía).
- Pues iré contenta.
- La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener niñas en los ojos.
- Pues soy Josef.
- Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con la santísima.
- Pues qué, Don Plácido, ¿va a venir el Viático?
- Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería hacerlo a todo trance.
- Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario).
- Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló.
- Pues estamos lucidos añadió ella.
- ¡Pues si viera usted qué guapo está el Pituso ! ¿De veras?
- Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande no se le ocurrirá engañar a la gente.
- Pues propongo repitió ella, que vaya una comisión a la calle de Esparteros.
- Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están adoquinando y no se puede pasar, dije yo.
- Pues verá usted.
- ¿Pues no me ve?
- Pues sí, señora, estoy contenta.
- Pues yo tampoco.
- Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar.
- Yo debía, pues, dejar que obrase la lógica.
- Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él da a cada criatura lo que le conviene.
- El regente mandó traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no tenía asco de nada.
- Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le había puesto en cuidado.
- Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño, y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
- Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga afirmó Rubín con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían de hacer en ella.
- Pues si gana ella, mejor.
- Pues ya ves.
- Pues dímela pronto.
- Pues Ballester y doña Guillermina lo decían hace poco.
- Pues figúrate que yo te adoro a ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas a mí.
- Pues yo seré su discípulo.
- Pues me estaré hasta las doce o la una.
- Pues si te secas le contestó su tía, que hasta para consolar era regañona y desapacible, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos un ama, y a vivir.
- Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, Don Plácido, porque estoy en que se nos seca dijo la placera, gozosa de meter su cucharada en aquel asunto.
- Pues ahora están los dos callados.
- Pues silencio.
- Pues, digo, cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial penetraba en su casa.
- Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa.
- Pues no faltaba más.
- Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro Pituso ?
- Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.
- Pues ahora soy mucho más mala.
- Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di veinte duros para que comprara un revólver.
- ¿Pues no tiene la poca vergüenza de creer que tendrá hijos?
- Pues digo, si lo que Dios no quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le cayó la lotería.
- ¿Pues no es mío?
- Pues con todo su mérito y su santificación, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de en medio?
- Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela después de rechazada en la primera).
- Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a mí.
- ¿Pues qué duda tiene?
- Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una comedia.
- Pues ahí era nada.
- Pues nada, que la ministra esa quiere meter las narices, y ver a usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán.
- Pues tampoco a Maxi le quiero ver.
- Pues que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a Don Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si lo necesitara.
- Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas.
- ¿Pues qué se creía usted?
- Pues verás, La tía esa indecente, la Fenelona, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que tienes no es hijo de quien es, sino de Don Segismundo.
- Pues lo que es mañana temprano se dijo volviendo a la alcoba, mañana tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto.
- Los alaridos que la madre y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le enderezaba un cañón.
- ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora.
- ¿Pues no ves que las señoronas esas te hacen la rueda?
- Pues qué.
- Pues le suplico que le mire como hijo y que le tenga por natural suyo y del padre.
- Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si perdonamos nosotros antes.
- Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa.
- Estaba, pues, la señora, indecisa, sin resolverse a entusiasmarse.
- No podía apartar su pensamiento de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en desgracias comunes.
- Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento ingenioso.
- Xvi En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo constaba de dos o tres.
- Pues prométame tener juicio.
- ¿Pues acaso he perdido yo alguna vez ni tanto así del juicio?
- Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré.
- Pues no faltaba más.
- Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
- Y aunque causasen algún daño á los vecinos, estos los respetaban con cierta veneración, pues las siete plagas de Egipto parecían poca cosa á los de la huerta para arrojarlas sobre aquellos terrenos malditos.
- Y ahora ¡ay! pertenecían á don Salvador, un vejete de Valencia, que era el tormento del tío Barret, pues hasta en sueños se le aparecía.
- Gozaba en toda la huerta una fama detestable, pues rara era la partida de ella donde no tuviese tierras.
- Pues debía pagar más.
- Pues allí estaba él para ayudarle, demostrando con esto cuán injustos eran los que le odiaban y hablaban mal de su persona.
- Toda su altivez, su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el vejete pidiendo que no le abandonase, pues veía en él á su padre.
- Pues bien.
- Pero de nada le sirvió su cautela, pues una tarde en que regresaba solo á su casa, cuando aún no había terminado la roturación de sus nuevos campos, le largaron dos escopetazos, sin que viese al agresor, y salió milagrosamente ileso del puñado de postas que pasó junto á sus orejas.
- La mayor para el trigo, un cuadro más pequeño para plantar habas y otro para el forraje, pues no era cosa de olvidar al Morrut, el viejo y querido rocín.
- Una indicación muy seria para que no fuese tonto y se volviera á su tierra, pues allí nada tenía que hacer.
- La pena sentenciada inmediatamente, y nada de papeles, pues éstos sólo sirven para enredar á los hombres honrados.
- Parle vosté 8 dijo avanzando un pie la acequia más vieja, pues por vicio secular, el tribunal, en vez de valerse de las manos, señalaba con la blanca alpargata al que debía hablar.
- Pues esta era la verdad, aunque no podía presentar testigos.
- Creyó ver que hablaba con un hombre, el cual seguía la misma dirección que ella, aunque algo separado, como van siempre los novios en la huerta, pues la aproximación es para ellos signo de pecado.
- Esta devoción no les impedía que riesen cantando, y por lo bajo, entre oración y oración, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro arañazos á la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la rígida tiranía que reina en la familia labriega y obligadas por preocupación hereditaria á estar siempre ante los hombres con los ojos bajos, eran allí verdaderos demonios al verse juntas y sin freno, complaciéndose sus lenguas en soltar todo lo oído en los caminos á carreteros y labradores.
- Luego se apretó mucho el corsé, como si no le oprimiese aún bastante aquel armazón de altas palas, un verdadero corsé de labradora, que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues en la huerta valenciana es impudor que las solteras no oculten los seductores adornos de la Naturaleza para que nadie pueda pecaminosamente suponer en la virgen la futura maternidad.
- Luego la advirtió con voz lenta, un índice en alto y el acento imperativo, que en adelante cuidase de volver sola de la fábrica, pues de lo contrario sabría quién era él.
- Morenilla, nerviosa, de nariz arremangada ó insolente, orgullosa de ser única en su casa y de que su padre no fuese arrendatario de nadie, pues los cuatro campos que trabajaba eran muy suyos.
- Pues á su novio, el nieto del tío Tomba.
- Pero Roseta, más fuerte ó más furiosa, logró desasirse, é iba á arrastrar á su adversaria, tal vez á propinarla una zurra interior, pues con la mano libre pugnaba por despojarse de un zapato, cuando ocurrió algo inaudito, irritable, brutal.
- Agobiada por tantos golpes, ni caer pudo, pues las mismas apreturas de sus enemigas la mantenían derecha.
- Las paredes de dudosa blancura, pues la señora maestra, mujer obesa que vivía pegada á su silleta de esparto, pasaba el día oyendo y admirando á su esposo.
- La luenga caña que el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el cañaveral vecino, siendo una felicidad que el género resultase tan barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas de aquellos pequeños salvajes.
- Y en vano se pedían más explicaciones, pues para la ciencia geográfica de la huerta todo el que no habla valenciano es de la churrería.
- Y los pobres animales en vano protestaban con tiernos balidos, pues no los oía el pastor, ocupado en relatar con fruición la agonía del último francés matado por él.
- A la caída del sol soltaban los muchachos su último cántico, dando gracias al Señor porque les había asistido con sus luces, y recogía cada cual el saquillo de la comida, pues como las distancias en la huerta no eran poca cosa, los chicos salían por la mañana de sus barracas con provisiones para pasar el día en la escuela.
- Pues no done mes 17.
- Pues no doy más.
- ¡Ah! Pues mire usted, señor Bautista.
- Mas no tuvo Monote que echar de nuevo los bofes, pues Batiste se alejó fingiendo haber desistido de tal compra.
- Pero se salvó, pues de repente, las nubes rojas que la envolvían se rasgaron, al furor sucedió la debilidad, y viendo toda su desgracia, se sintió anonadado.
- Allí lloró y lloró, sintiendo con esto un gran alivio, acariciado por las sombras de la noche, que parecían tomar parte en su pena, pues cada vez se hacían más densas, ocultando su llanto infantil.
- Y cuando las pobres, hinchadas ya por esta inundación azucarada, se negaban á beber, las oficiosas comadres iban por turno echándose al gaznate los refrescos, pues también necesitaban que les pasase el disgusto.
- De ello corría peligro, pues cerca de su persona andaban muchos padres de los que le enviaban discípulos sin el lastre de los dos cuartos.
- él no debía partir el producto satisfaciendo arrendamiento alguno, pues tenía franquicia por dos años.
- Dos días antes había plantado en ellos maíz y judías, como muchos de sus vecinos, pues á la tierra no hay que dejarla descansar.
- Tenían sus apasionados, que se encargaban de ocupar el cuarto sitio en la partida, y al llegar la noche, cuando la masa de espectadores se retiraba á sus barracas, quedábanse allí viendo cómo jugaban á la luz de un candil colgado de un chopo, pues Copa era hombre de malas pulgas, incapaz de aguantar la pesada monotonía de esta apuesta, y así que llegaba la hora de dormir cerraba su puerta, dejando en la plazoleta á los jugadores después de renovar su provisión de aguardiente.
- Desde allí hasta el techo todas las paredes estaban dedicadas al sublime arte de la pintura, pues Copa, aunque parecía hombre burdo, atento únicamente á que por la noche estuviese lleno el cajón de su mostrador, era un verdadero Mecenas.
- Que nadie alardease de guapo dentro de su casa, pues antes de hablar ya había echado mano él á una porra que tenía bajo el mostrador, especie de as de bastos, al que le temblaban Pimentó y todos los valentones del contorno.
- Una cena que fuese digno final de la hazaña, pues en la misma noche seguramente quedaría terminada la apuesta venciendo al otro hermano.
- Y esta palabra bastó para que la entendieran, pues en casa de doña Manuela, la tienda era por antonomasia el establecimiento de Las Tres Rosas, y fuera de ella no se reconocía otra tienda en Valencia.
- Pero no era más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de pelo veíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y la sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento moral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos de voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño.
- Pues entonces bajará ella.
- Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues correspondió a ellas con una sonrisa.
- ¿para quién, pues, las fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de don Eugenio?
- A la familia, pues, debía lo que era.
- A las dos semanas chapurreaba el valenciano de un modo que hacía reír a las labradoras parroquianas de la casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para él, todos le querían y no sabía a quién atender, pues Melchor por aquí, Melchorico por allí, nunca le dejaban un instante quieto.
- La mañana pasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar sus aficiones a las cosas de la Iglesia.
- Pues bien.
- Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien, doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.
- Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias con una frialdad complaciente.
- A pesar de esto, doña Manuela no quería consultar su voluntad ni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todavía sentía algún afecto por aquel hombre.
- Se acabaron, pues, las locuras.
- Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo matrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falso cariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengar en el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.
- Las dos hijas estuvieron hasta los catorce años en un colegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doña Manuela v quería hacer de él una lumbrera médica como su padre.
- Nelet era un retoño digno de tal árbol, pues en el rostro pecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la tía Quica bajo su pañuelo de hierbas notábase la misma brutalidad jocosa y resuelta de su rústico vástago.
- Había venido únicamente por felicitar a la señora en sus días, y eso haciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermana menor, que vivía en una barraca inmediata a la suya.
- Aquel chico que andaba a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases, pues bien, ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra.
- Unos pantalones viejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les sirve.
- Pues sí, Manuela dijo el marido.
- Figuraba en todas las almonedas como comprador de fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajas antiguas o muebles raros siempre, se entiende, con considerable ventaja, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba en el enorme secrétaire del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de su alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos.
- Pues he sido puntual.
- Pues fuera el aria.
- Pues sí señora, eso.
- Pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia interesada.
- Y en cuanto a saber, algo sabía, pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejaba a todo el mundo con la boca abierta.
- Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña Manuela apenas lo probó.
- Rafaelito fumaba, costumbre detestable que irritó al tío, pues no podía comprender tales interrupciones en la digestión.
- Al fin, el tío, en vista de las protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad de solterón sabía un poco de todo.
- Es verdad que su fortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba ya enterrada en los garitos o entre las uñas de los usureros, pero esto no impedía que fuese un partido aceptable para las jóvenes de la clase media, que, colgadas de su brazo, podían entrar en un reducido círculo que ellas se imaginaban como el paraíso de la aristocracia.
- Algunas deudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de sus arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil reales, pues el invierno exige grandes gastos.
- ¡el sablazo! Pues hija, te equivocas.
- Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, y aunque mi misión ha terminado legalmente, me creo en el deber de defenderlo, pues es un bonachón al que engaña cualquiera.
- Lo aseguraba él, que era persona competente en tal materia, por ser poeta y no inédito, pues sus triunfos había alcanzado en la Juventud Católica.
- Levantábase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, pues era preciso dejar, dormir a las criadas, para que al día siguiente el cansancio no las entorpeciera en sus trabajos.
- ¡Reírse de ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda la pollería gritaba.
- Pues ella no podía darse tal placer.
- Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal.
- Al avalar el pagaré de su madre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz de hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan.
- Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metió la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta mil duros, ni por cien mil.
- Rendida del trabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a la lectura de novelas, devorándolas, sin predilección, pues bastaba para su gusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho.
- Sus hermanas le oían cantar paseando por las habitaciones, y ¡caso raro! él, tan despreocupado en materias de adorno, enfadóse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidió seriamente a la mamá que le comprase una corbata, pues la que llevaba era un asco, de deshilachada y mugrienta.
- Pues hijo, debía creerla a ella, que, aunque joven, tenía experiencia.
- Salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza veo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino que cualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero, hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tan pesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no me importune más, pues su testarudez la pago yo.
- Pues ahora verás.
- Pues eso se perdía.
- Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en el aire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en el portal, sordos y ciegos.
- Rezo cuando estoy triste, oigo misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante el mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no es tan pésimo como lo pintan los predicadores.
- No entendía de amoríos, pues sólo los había visto en las novelas.
- Ahora se trataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar o resignarse a que la situación de la familia se hiciese pública, pues los acreedores, gente grosera y sin entrañas, sin otra pasión que la del dinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una señora decente.
- Pues los tres mil duros he de tener a punto para el día siguiente de las Pascuas.
- Pues Rafael, el pobre muchacho, metido en el mundo elegante, nada sabía de las materialidades de la vida, ni tenía bienes propios como su hermano mayor.
- Pues no pienso salir hasta la tarde.
- Pues me futro en él y en los que le defienden.
- Pues que pague.
- Pues entonces dijo sonriendo el ladino viejo es que ella te ha pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo.
- Nada le debía, pues le entregaba íntegro el salario de la tienda, satisfaciendo con creces sus gastos.
- Pues figúrese usted añadió doña Manuela, que enrojecía de satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa.
- Pero cuando estaba en su casa no podía librarse de la querencia a la cocina, como decía Rafael, y allá iba a echar su párrafo, sin pasar nunca de ahí, pues Juanito era casto.
- Pues pregúntale qué piensa del tal don Ramón.
- Pues es como tu mamá.
- Trabajar mucho y ahorrar más, pues esto es lo que da salud.
- Y a pesar de que nadie en la casa se preocupaba de sus amoríos pues cuando más, merecían alguna burla de Amparito, siguió recatándose, como si temiera las maternales censuras.
- Quedamos, pues, en que iremos a ver a don Ramón.
- Eran curas en su mayoría, pues don Ramón, persona piadosa y amiga de hacer limosnas por mano de la Iglesia, figuraba como el banquero del clero, y en las sacristías su nombre alcanzaba gran prestigio.
- Pues compraremos Cubas.
- Podía hablar con entera franqueza, pues ya sabía el gran interés que le inspiraba todo lo de su casa.
- No hay que fiarse de ellos, y más si han sido tranquilos en su juventud, pues ya es sabido que el que no la hace a la entrada la hace a la salida.
- Y la verdad es que debía hablar a mi marido para abrirle los ojos, pues aunque resulte un malvado en casa, es un tonto fuera de ella.
- Pues esto es lo que ella hacía con el difunto doctor Pajares.
- Sólo una esperanza le restaba, pero no quería pensar en ella, pues en su interior elevábase como una voz de protesta.
- Lo que a usted le conviene, Manuela, es comprar el caballo cuanto antes, pues si las gentes las ven a ustedes paseando muchos días como hoy, harán maliciosos comentarios.
- El bolsista, saboreando su dicha, aseguraba mentalmente que Dios es muy bueno, y no sabía ya qué desear, pues la seguridad de que en breve sería millonario teníala por indiscutible.
- Vestía de blusa, pues la carretela de las señoras era de alquiler y tenía cochero propio.
- ¡Cristo! ¡pues apenas tiene la cosa importancia.
- El mismo banquero confesaba que esta vez se había equivocado, aunque no por ello dejaba de sonreír, asegurando que lo mismo que había ocurrido una alza contra todas sus previsiones, podía sobrevenir una baja, pues no todos los tiempos son iguales.
- Pues yo a la baja, como antes.
- Yo contenta, pues todos satisfechos.
- Pues hijo, no hay que echarlo todo a barato.
- Juanito pensaba ir en su busca como en otros tiempos, pues sus consejos eran como un baño de dignidad y rígida honradez, que le hacían resistir mejor la atmósfera de putrefacción moral de su casa.
- Pues entonces.
- Se veía con la imaginación vistiendo el trajecito escocés de su niñez, cuando su madre, con tocas de viuda, le llevaba a la Glorieta a que jugase con las niñas, pues su timidez y debilidad no le permitían alternar con los revoltosos muchachos.
- ¿Qué era, pues, lo que quedaba a aquella mujer?
- Pero la extrañeza del joven duró muy poco, pues el señor Cuadros hablaba con la verbosidad de la desesperación.
- Pues que los has perdido.
- Pues los has perdido también.
- Primero la ruina del protector que sostenía el prestigio de la casa y la de su hijo, con cuya fortuna contaba para casos extraordinarios, e inmediatamente aquella enfermedad extraña, rápida como el rayo, que mataba por anticipado al pobre joven, pues le tenía inmóvil e insensible como un cadáver, sin otra vida que aquella respiración angustiosa que parecía asfixiar a los demás.
- Entonces aún podías justificarte, pues al fin amabas algo a aquel perdis.
- Has perdido tu respetabilidad de mujer y ahora te hallas en los mismos apuros de antes, pues ese imbécil de Cuadros es hombre al agua.
- Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban.
- Ver, pues, con la cara de risa que ella oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.
- Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela, pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada.
- Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo.
- Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, determinéme de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad al niño.
- Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado.
- Pues ¿su aposento?
- A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más.
- Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias?
- Coman como hermanos, pues Dios les da con qué.
- Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.
- Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo.
- Pues ¿las mujeres?
- Pues padre, ¿ahí se está?
- Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
- Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
- Los viernes solía inviar unos güevos, con tantas barbas fuerza de pelos y canas suyas que pudieran pretender corregimiento u abogacía Pues meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario.
- Recibióme, pues, el huésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento.
- Nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo.
- Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
- ¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar! Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron.
- Supo, pues, don Diego el caso, y enojóse conmigo de manera que obligó a los huéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.
- Pues ¿quién ignora que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar el uno al otro?
- Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su amo, decía yo entre mí.
- Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije.
- Y por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del pueblo, pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras (que nunca se me olvidará la afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la chimenea de casa todo el año.
- En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta parte, han pasado por sus manos.
- Este, pues, me escribió una carta a Alcalá, desde Segovia, en esta forma.
- , pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí.
- Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V.
- Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
- Pues este libro las dice me respondió, que se llama Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros.
- Md., que no diga nada de todos los altísimos secretos que le he comunicado en materia de destreza, y guárdelo para sí, pues tiene buen entendimiento.
- Iba yo entre mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego tener tanta que me desconociesen por ella.
- Maldiga Dios dijo él tan mala gente como hay en ese pueblo, pues falta entre todos un hombre de discurso.
- Suene el lindo sacabuche, pues nuestro bien consiste.
- Pues oya V.
- Pues empezaré por uno donde la comparo a ese animal.
- ¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer con los que lo son.
- Y por cuanto el siglo está pobre y necesitado, mandamos quemar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos metales, como estatuas de Nabuco.
- ¿Pues qué otro?
- Padre, bien se echa de ver que no es soldado, pues me reprehende mi propio oficio.
- Hijo Pablos, mucha culpa tendrás si no medras y eres bueno, pues tienes a quién parecer.
- Pues aún no ha visto nada V.
- Pues, ¡decir que no tiene letras de oro! Pero más valiera el oro en las píldoras que en las letras, y de más provecho es.
- Sólo el don me ha quedado por vender y soy tan desgraciado que no hallo nadie con necesidad de él, pues quien no le tiene por ante le tiene por postre, como el remendón, azadón, pendón, blandón, bordón y otros así.
- Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas?
- Estudiamos posturas contra la luz, pues, en día claro, andamos las piernas muy juntas, y hacemos las reverencias con solos los tobillos, porque, si se abren las rodillas, se verá el ventanaje.
- Pues primero fue gregüescos, nieta de una capa y bisnieta de un capuz, que fue en su principio, y ahora espera salir para soletas y otras cosas.
- Pues ¿qué diré del modo con que de noche nos apartamos de las luces porque no se vean los herreruelos calvos y las ropillas lampiñas?
- Pues todo esto le puede faltar a un caballero, señor licenciado, pero cuello abierto y almidonado, no.
- Sucedió, pues, que vio desde lejos un hombre que le sacaba los ojos, según dijo, por una deuda, mas no podía el dinero.
- Renovada, pues, la memoria con la hora, volvíme al amigo y dije.
- ¡Cuerpo de Dios replicó con vos! Pues dan agora las doce ¿y tanta prisa?
- Pues fue con más prisa que un extraordinario el correo.
- Pues en lo que toca a mujeres, tenía seis hijos y preñadas dos santeras.
- Quiso, pues, el diablo, que nunca está ocioso en cosas tocantes a sus siervos, que yendo a vender no sé qué ropa y otras cosillas a una casa, conoció uno no sé qué hacienda suya.
- Por el siglo de mi agüelo, que no sois hombre, pues no le pelastes las barbas.
- Pues andar a pie pareciera mal y más entonces, fuime a San Filipe y topéme con una lacayo de un letrado, que tenía un caballo y le aguardaba, que se había acabado de apear a oír misa.
- Pues seguirlos, no sabía por dónde.
- Pues tratada en materia de afeites, cuervos entraban y les corregía las caras de manera que al entrar en sus casas, de puro blancas no las conocían sus maridos.
- ¿Pues villancicos?
- Pidámosle sin falacia al alto Rey sin escoria, pues ve nuestra pertinacia, que nos quiera dar su gracia, y después allá la gloria.
- Costáronme veinte y cinco o treinta reales y eran más para ver que cuantos tiene el Rey, pues por estos se veía de puro rotos y por esotros no se verá nada.
- Sucedió, pues, que a mi autor (que siempre paran en esto), sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron no sé por qué deudas y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desmembramos todos y echó cada uno por su parte.
- ¡Y verlos hablar quedito y de rezado! ¡Pues sufrir una vieja que riñe, una portera que manda y una tornera que miente! Y lo mejor es ver cómo nos piden celos de las de acá fuera, diciendo que el verdadero amor es el suyo, y las causas tan endemoniadas que hallan para probarlo.
- Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente, porque como yo tenía ya mis principios de fullero y llevaba dados cargados con nueva pasta de mayor y de menor, y tenía la mano derecha encubridora de un lado pues preñada de cuatro paría tres, llevaba gran provisión de cartones de lo ancho y de lo largo para hacer garrotes de morros y ballestilla, y así, no se me escapaba dinero.
- Estas bastan para saber que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las maulas que te callo.
- Yo, pues, con ese lenguaje y con estas flores, llegué a Sevilla con el dinero de las camaradas, gané el alquiler de las mulas y la comida y dineros a los huéspedes de las posadas.
- Verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
- Pues los tres vivimos cerca.
- ¡Mira, cállate! Pues ¿qué pasa?
- Pues si no, no puedes hacer nada.
- Pues hasta todos los puntos.
- ¡Yo! ¡Qué estupidez! ¿Pues no es tu querida?
- Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios.
- Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.
- ¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?
- Pues diga usted que es mi primo.
- Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.
- Pues yo quiero una explicación.
- La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran la señora Nieves, pues así se llamaba.
- Pues nada de eso nos parece justo, porque no nos conviene.
- Ves estos caracoles le decía a Luisito, pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.
- Pues no las he visto.
- Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.
- Pues al tenerle a Adán delante, le dijo.
- Pues te engañas.
- Pues subiremos aquí, a este cerrillo indicó el secretario.
- Pues yo quisiera comer legumbres.
- Ah, pues aquí me quedo dijo Andrés.
- Que el tío Fulano cogía un catarro fuerte, pues eran seis visitas para él.
- Que padecía un reumatismo, pues podían ser hasta veinte visitas.
- Pues vamos ahora a arreglarla.
- Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras.
- ¿Pues qué hace?
- Pues este Cañizo es un hombre feliz.
- Pues ya le avisaré a tiempo.
- Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio dijo ella en voz baja.
- Pues nada.
- Es verdad replicó Lulú, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más.
- Pues nada, lo que necesites dímelo.
- Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación dijo Andrés.
- Pues por este hombre no se puede hacer nada dijo Andrés.
- Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está muerto.
- Pues no la tengo.
- Se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí mismo.
- Pues bien.
- ¿Pues qué soy?
- Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la confluencia del instinto fetichista y del instinto sexual.
- Pues se hace otro decía cínicamente.
- Pues cásese usted, tenga usted hijos.
- Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.
- Porque si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben.
- Y pues V.M.
- Escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino por el principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.
- Tratado Primero Cuenta Lázaro su vida, y cuyo hijo fue Pues sepa V.M.
- Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó y no negó y padeció persecución por justicia.
- Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados.
- En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano.
- Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.
- Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, V.M.
- Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre.
- No diréis, tío, que os lo bebo yo decía, pues no le quitáis de la mano.
- Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.
- Mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía.
- Y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.
- Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado.
- Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más.
- Pues si deste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será sino fenecer?
- Pues, estando en tal aflición, cual plega al Señor librar della a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito.
- Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la mayor parte nunca de aquella carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cierrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos.
- Y pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa y al contrario con la hartura, y así era por cierto en mí.
- Pues estando una noche desvelado en este pensamiento, pensando como me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.
- Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejía de día, rompía yo de noche.
- El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, armaré por de dentro a estos ratopes malditos.
- Pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy frías y buscan calor.
- Pues ansí, como digo, metía cada noche la llave en la boca, y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella.
- Pues ha tornado en su acuerdo, placerá a Dios no será nada.
- Pues vente tras mí me respondió que Dios te ha hecho merced en topar comigo.
- Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, y cuando ansí como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansí.
- Pues esperado te he a comer, y de que vi que no veniste, comí.
- Agora pues, come, pecador.
- Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre.
- Con todo, parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello, y díjele.
- Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.
- Es señal que, pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida.
- Pues, estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase.
- Pues, estando en esta afligida y hambrienta persecución un día, no sé por cual dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia.
- Mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.
- Señor dije yo si él era lo que decís y tenía más que vos, ¿no errábades en no quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba?
- Pues te hago saber que yo soy, como vees, un escudero.
- Pecador de mí dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.
- ¿Pues por ventura no hay en mi habilidad para servir y contestar a éstos?
- Pues, estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja.
- Bien está dicen ellos, pues di todo lo que sabes, y no hayas temor.
- Y el alguacil y el escribano piden al hombre y a la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido, porque ellos alegaron no ser obligados a pagar, pues no había de qué ni se hacía el embargo.
- Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos, y bien se empleaba, pues el tiempo que había de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
- Así, como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha, pues, señalándose todo lo que podría contra mí, hacía mis negocios tan al revés, que los amos, que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese ansí, mas que mi amo me dejase y huyese de mí.
- Y pues es tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no lo disimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea desta manera.
- Bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.
- Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya dellos tenía el pago.
- Mas si en algo podría aprovechar para librarle del peligro y pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.
- Mas pues él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad perdone a éste que le ofendió poniendo en su santa fe obstáculo.
- Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le parecía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hazer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.
- Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los captivos cristianos que están en tierra de moros.
- Pues, por vida del licenciado Pascasio Gómez, que a su costa se saquen más de diez cautivos.
- Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por bien de que ella entrase y saliese, de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad.
- Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna, de lo que de aquí adelante me sucediere avisaré a vuestra merced.
- ¿Pues dónde está?
- Este peñón, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparece distinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequeña playa y unos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.
- Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú, porque a mí me pareces todavía un chiquillo.
- Pues eso, don Ciriaco, no me parece de tontos.
- Pues con su físico.
- Pues cuando le entregaron el pliego de historia del barco y leyó el nombre, Menchaca estuvo a punto de tener una congestión.
- Pues, hará cerca de veinte años.
- Pues ahora también me gusta.
- Pues hay que cenar a las siete.
- Pues se le despide a la chica.
- Pues mañana, haga la cena la muchacha o la hagas tú, se ha de cenar a las sietes.
- El criado trabajaba en el campo, y los domingos iban los tres al faro de las Ánimas, pues se trataban con el torrero y su familia.
- Pues bien.
- Pues como el de Quenoveva.
- Pues vamos a entrar en su casa.
- Pues si no tiene usted algo más importante que hacer, venga usted esta tarde a las cinco.
- Pues aunque hubiéramos vencido al último, estando armados como estábamos y ellos no, hubiese sido a costa de mucha gente.
- Pues en la otra verga está el doctor Cornelius.
- El capitán dijo que sería prudente que nos fuéramos a la ballenera, pues estos moros eran todos traidores.
- Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela.
- Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.
- Pues a esa hora allí estaré.
- Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella.
- Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle en este despacho.
- ¿Pues en qué estás pensando?
- ¡Ay, ené! Pues, ¿qué vas a hacer?
- Creo lo mismo que doña Celestina agregó el vicario, Pues vamos a ver quién nos convendría.
- Bueno, pues les llamaremos.
- Pues nada.
- Pues mejor.
- Pues desde ahora os advierto que me separaré del que no siga mis órdenes, sea en el camino, en el mar o en cualquier parte.
- Era, al mismo tiempo, posada y taberna con honores de club, pues allí por la noche se reunían varios vecinos de la calle y algunos campesinos a hablar y a discutir y los domingos a emborracharse.
- Pues es hombre listo, hombre de alguna portuna, tiene su fiano en casa.
- Pues conozco su historia, y López de Zalacaín ha sido y López de Zalacaín será, y si quiere usted mañana vaya usted a mi casa y le leeré a usted un papel que copié del archivo del Ayuntamiento acerca de esa cuestión.
- Pues dice así.
- Pues ahora te traeré las cerezas.
- Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya veréis lo que os cuenta.
- Pues que es antepasado de Martín.
- ¡Pero si no tiene dinero! Pues ahora lo ha encontrado.
- Pues ahora estamos a tiempo.
- Pues habéis de saber dijo Dantchari que José Cacochipi, el hijo menor de André Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, urbi et orbe por el apodo de Joshé Cracasch.
- Su madre le preparó ropa limpia y le advirtió que tuviera cuidado con lo que decía y que fuera prudente, pues la colocación podía ser un modus vivendi para él.
- Cacochipi fué a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenía amores, a disgusto de los padres, con un primo.
- ¡Pues si usted no es caballero, quién lo será! dijo ella.
- Pues entonces espera un momento.
- ¡Ah! Pues era el hombre más gracioso de toda esta provincia.
- Pues dice contestó Fernando que es muy pequeña, pero que ahí, en esa despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber mejores noticias de mis parientes.
- ¡Si me diérais de balde lo que sobre! Pues nada, todo lo que sobre para ti.
- Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapatería del difunto Ichtaber, el Chato de Tolosa, y no sé si vosotros sabréis, pero Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico.
- Pues, ¿qué es usted, si se puede saber?
- Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.
- Pues yo también soy español y todo eso me es muy antipático contestó Martín.
- Pues iré con usted.
- Pues no lo diga usted por ahí, porque le hacen a usted pedazos.
- Pues se refieren al Pretendiente.
- Pues es un consuelo.
- Pues ahora le traerán la comida.
- Pues toma por allá.
- Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.
- Pues hay que despertarle.
- Pues tenga usted cuidado no le haga daño.
- Pues, adiós.
- Pues lo voy a llamar.
- Pues cuente usted con ello.
- Pues yo estoy vivo, eso sí.
- Al llegar a este punto, Martín avisó a Briones que era conveniente que sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se encontrarían en terreno descubierto y desprovisto de árboles.
- Doy principio, pues, a mi historia como Pablos, el buscón de Segovia.
- Y los que no vivían como yo, me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la Providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu el buscar y coger, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo, mezclando así lo agradable con lo útil.
- La sociedad en que yo me crié era, pues, de lo más rudo, incipiente y soez que puede imaginarse, hasta tal punto, que los chicos de la Caleta éramos considerados como más canallas que los que ejercían igual industria y desafiaban con igual brío los elementos en Puntales.
- Pero quiero poner punto en esta parte de mi historia, pues hoy recuerdo con vergüenza tan grande envilecimiento, y doy gracias a Dios de que me librara pronto de él llevándome por más noble camino.
- Aquélla era época de grandes combates navales, pues había uno cada año, y alguna escaramuza cada mes.
- Pues nada menos que igual en todo a los contrabandistas que, procedentes del campo de Gibraltar, se veían en el barrio de la Viña con harta frecuencia.
- Con ellos me trasladé a Vejer de la Frontera, lugar de su residencia, pues sólo estaban de paso en Medinasidonia.
- Don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente.
- II En uno de los primeros días de Octubre de aquel año funesto (1805), mi noble amo me llamó a su cuarto, y mirándome con su habitual severidad (cualidad tan sólo aparente, pues su carácter era sumamente blando), me dijo.
- ¡Pues no faltaba más!
- Durante el diálogo que he referido, sin responder de su exactitud, pues sólo me fundo en vagos recuerdos, una tos recia y perruna, resonando en la habitación inmediata, anunciaba que Marcial, el mareante viejo, oía desde muy cerca la ardiente declamación de mi ama, que le había citado bastantes veces con comentarios poco benévolos.
- Curábale su esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de Jesús y María en boca de un devoto.
- Y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo.
- Dio, pues, en la flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la indudable derrota de sus mortales enemigos.
- Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista.
- Se me había olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos, usaba un vocabulario formado por los más peregrinos terminachos, pues es costumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura.
- Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, con nobleza, bandera izada y manos limpias.
- Pues por sí o por no dije, voy a avisarle al oficial que está de cuarto.
- Pues la causa de este desastre dijo Don Alonso, que gustaba de interesar a su mujer en tan dramáticos sucesos, fue la siguiente.
- ¿Pues y la captura de las cuatro fragatas que venían del Río de la Plata?
- Pues, señor, después de cincuenta días de navegación, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contábamos entrar en Cádiz al día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se nos presentan cuatro señoras fragatas.
- ¡pues mire usted que me gustó la franqueza!
- Pues, señor, el comodón (quería decir el comodoro) inglés envió a bordo de la Medea un oficialillo de estos de cola de abadejo, el cual, sin andarse en chiquitas, dijo que anque no estaba declarada la guerra, el comodón tenía orden de apresarnos.
- Pues entonces añadió mi ama, pueden ver la función desde la muralla de Cádiz.
- ¡Ah, si hicieran caso de lo que yo digo, el señor de Bonaparte armaría la guerra solo, o si no que no la armara! Es verdad dijo mi amo, que la alianza con Francia nos está haciendo mucho daño, pues si algún provecho resulta es para nuestra aliada, mientras todos los desastres son para nosotros.
- Ya se ve, ¡un hombre sin estudios! Mi hermano el arcediano, que es partidario del príncipe Fernando, dice que ese señor Godoy es un alma de cántaro, y que no ha estudiado latín ni teología, pues todo su saber se reduce a tocar la y a conocer los veintidós modos de bailar la gavota.
- Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación, pues la confianza con que por mi amo era tratado me autorizaba a ello.
- Mi respetable amo, el mutilado marinero, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus propios pensamientos.
- Pues bien.
- Esta hija se llamaba Rosita, de edad poco mayor que la mía, pues apenas pasaba de los quince años, y ya estaba concertado su matrimonio con un joven oficial de Artillería llamado Malespina, de una familia de Medinasidonia, lejanamente emparentada con la de mi ama.
- Pues bien.
- Como niños ambos, aunque de distinta condición, pronto nos tratamos con la confianza propia de la edad, y mi mayor dicha consistía en jugar con ella, sufriendo todas sus impertinencias, que eran muchas, pues en nuestros juegos nunca se confundían las clases.
- Teníamos la misma edad, poco más o menos, como he dicho, pues sólo excedía la suya a la mía en unos ocho o nueve meses.
- Estos tres años se pasaron sin sospechar nosotros que íbamos creciendo, y nuestros juegos no se interrumpían, pues ella era más traviesa que yo, y su madre la reñía, procurando sujetarla y hacerla trabajar.
- Pues un joven de gran familia pidió su mano, y mis amos se la concedieron.
- Así debió parecerle a mi amita, pues desde un principio mostró repugnancia hacia aquella boda.
- Pues siempre fue el templo lugar muy a propósito, por su poético y misterioso recinto, para abrir de par en par al amor las puertas del alma.
- Si él entraba al fin, le era imposible a ella disimular su alegría, y luego se estaban charlando horas y más horas, siempre en presencia de Doña Francisca, pues a mi señorita no se le consentían coloquios a solas ni por las rejas.
- Pues te juro que si me buscas, me encontrarás.
- Pues sépase que estaba muy triste, porque el señor de Malespina no había parecido aquel día, ni escrito carta alguna, siendo inútiles todas mis pesquisas para hallarle en la plaza.
- Llegó la noche, y con ella la tristeza al alma de Rosita, pues ya no había esperanza de verle hasta el día siguiente.
- Pasó al comedor, y todos se maravillaron de verle a tal hora, pues jamás había venido de noche.
- ¿Pues qué pasa?
- Pues me gusta.
- Pues a fe que es bonita la broma.
- ¿Pues para qué la han hecho?
- Quede, pues, cada cual en su lugar.
- Quisimos ser neutrales, pues aquel convenio a nada obligaba en la segunda guerra.
- Yo me alegro, pues de ese modo se verá quién puede y quién no puede.
- El cuerpo de infantería tampoco es un modelo, pues las plazas vacantes se han llenado con tropa de tierra muy valerosa, sin duda, pero que se marea.
- No tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues Don Alonso, una vez arreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al fin apareció el marinero diciendo.
- Pues en la segunda campaña, al mando del Conde de la Unión, también escarmenté de lo lindo a los republicanos.
- Pues bien podía usted sacarnos del apuro inventando un cañón que destruyera de un disparo la escuadra inglesa.
- ¡Qué faltos estamos, amigo Don José María dijo mi amo, de un buen hombre de Estado a la altura de las circunstancias, un hombre que no nos entrometa en guerras inútiles y mantenga incólume la dignidad de la Corona! Pues cuando yo estuve en Madrid el año último prosiguió el embustero, me hicieron proposiciones para desempeñar la Secretaría de Estado.
- Los hombres, las mujeres, los viejos, los niños, los perros, hasta las casas, pues mi imaginación juvenil observaba en ello no sé qué de personal y animado, se me representaban como seres sensibles.
- Quédese esto, pues, para las plumas de los novelistas, si es que la historia, buscadora de las grandes cosas, no se apropia tan hermoso asunto.
- Muy devota, aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular.
- Doña Flora, ya que no podía inspirar una pasión formal, ni quitarse de encima la gravosa pesadumbre de sus cincuenta años, no hubiera trocado aquel papel por otro alguno, pues el centro general de las noticias casi equivalía en aquel tiempo a la majestad de un trono.
- ¡Pues no falta más sino que esos señores con sus manos lavadas se fueran a llevar lo poco que tenemos! ¡Bonitos están los tiempos! Ahora cuesta todo un ojo de la cara.
- Habló luego de su barco, el San Juan Nepomuceno, al que mostró igual cariño que a su joven esposa, pues según dijo, él lo había compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de él uno de los primeros barcos de la armada española.
- Sus palabras hicieron en mí grande impresión, pues con ser niño, yo prestaba gran interés a aquellos sucesos, y después, leyendo en la historia lo mismo de que fui testigo, he auxiliado mi memoria con datos auténticos, y puedo narrar con bastante exactitud.
- Esta sola diferencia hacía comprender la diversa procedencia de los tripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevados allí por la matrícula o enganche voluntario, los otros eran gente de leva, casi siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres, y mal conocedora del oficio.
- ¿Pues a cuenta qué hemos de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos sale de dentro, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías?
- La ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi espíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estaba Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor.
- Me representaba, pues, a mi país como muy valiente.
- De poco servía ya mi escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por ser muchos, y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un poco de fuerza.
- Salimos del pañol, y vi que no éramos nosotros solos los que visitaban aquel lugar, pues todo indicaba que un desordenado pillaje había ocurrido allí momentos antes.
- Trabajosamente se enmendaron algunas averías con auxilio de los ingleses, que vigilaban todo, y según después comprendí, no perdían de vista a algunos de nuestros marineros, porque temían que se sublevasen, represando el navío, en lo cual los enemigos demostraban más suspicacia que buen sentido, pues menester era haber perdido el juicio para intentar represar un buque en tal estado.
- La situación no empeoraba, a pesar de que seguía el temporal con igual fuerza, pues se habían reparado muchas averías, y se creía que, una vez calmado el tiempo, podría salvarse el casco.
- Mis temores no fueron vanos, pues aún no estaba fuera la mitad de la tripulación cuando un sordo rumor de alarma y pavor resonó en nuestro navío.
- Para contar cómo me salvé, no puedo fundarme sino en recuerdos muy vagos, semejantes a las imágenes de un sueño, pues sin duda el terror me quitó el conocimiento.
- Pues bien.
- No quiero, pues, fastidiar a mis lectores repitiendo hechos que ya presenciamos a bordo del Trinidad, y paso a contarles otros enteramente nuevos y que sorprenderán a ustedes tanto como me sorprendieron a mí.
- Yo había perdido mi afición a andar por el combés y alcázar de proa, y así, desde que me encontré a bordo del Santa Ana, me refugié con mi amo en la cámara, donde pude descansar un poco y alimentarme, pues de ambas cosas estaba muy necesitado.
- Todos, hasta el de su muerte, pues es indudable que la presentía, seguro como estaba de no alcanzar la victoria.
- Creíamos que había de despertar para mandamos de nuevo, y tuvimos para llorarle menos entereza que él para morir, pues al expirar se llevó todo el valor, todo el entusiasmo que nos había infundido.
- Aquella noble vida se había extinguido a los cuarenta y cuatro años de edad, después de veintinueve de honrosos servicios en la armada, como sabio, como militar y como navegante, pues todo lo era Churruca, además de perfecto caballero.
- Pero en el punto en que concluyó aquella hazaña, comenzó a verse claro el peligro en que nos encontrábamos, pues el Santa Ana debía ser remolcado hasta Cádiz, a causa del mal estado de su casco.
- Nos quedamos, pues, solos, sin más amparo que el de la fragata que nos arrastraba, niño que conducía un gigante.
- En tanto, parece que la Providencia nos favorecía, pues el viento, propicio a la marcha que llevábamos, impulsaba a nuestra fragata, y tras ella, conducido amorosamente, el navío se acercaba a Cádiz.
- La intrepidez de los navíos españoles no tuvo más éxito que el rescate del Santa Ana, pues les cargó el tiempo y tuvieron que retroceder sin poder dar caza a los navíos ingleses que custodiaban al San Juan, al Bahama y al San Ildefonso.
- Pues es claro.
- Sé que se pondrá furiosa cuando vuelva, pues.
- Pues vete con esas razones a Paca, y verás lo que te contesta replicó él cada vez más agitado.
- Tiene mala andadura, gobierna mal y parece que está cojo, tuerto y manco como yo, pues si le echan la caña para aquí, él va para allí.
- Pero a pesar de esto y de su avanzada edad, que frisaba en los cincuenta y seis años, como se hallaba en buen estado, no parecía correr peligro alguno, pues si el vendaval era cada vez mayor, también el puerto estaba cerca.
- Grande fue su alegría encontrándole vivo, pues había salido de Cádiz porque la impaciencia le devoraba, y quería saber su paradero a todo trance.
- Pues bien.
- Pues en las guerras de la República francesa dijo un oficial andaluz que quería confundir a Don José María, se estableció que en las ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios, pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban todos como nuevos.
- Pues allí todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la presencié desde el Introito hasta el Ite misa est.
- Pues sepa usted que aquí traigo en la cabeza un proyecto grandioso, y tal que si algún día llega a ser realidad, no volverán a ocurrir desastres como éste del 21.
- Pues ahora me ocupo del modo de construir cañones de a 300.
- Añadió agarrándose para no rodar por el suelo, pues los balanceos del Rayo eran tales que muy difícilmente podía uno tenerse derecho.
- Pues bien.
- Sí, señor, comprendo perfectamente contesté a ver si se callaba, pues ni tenía humor de oírle, ni los violentos balances del buque, anunciando un gran peligro, disponían el ánimo a disertar sobre el engrandecimiento de la marina.
- Mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra, pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad naval de Cádiz.
- Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me está oyendo detrás de ti, y que me va a perdonar.
- Pues digo que siempre he sido cristiano católico, postólico, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento.
- Y que por todo lo que les haya ofendido me castiguen, pues si no me confesé y comulgué este año fue por aquél de los malditos casacones, que me hicieron salir al mar cuando tenía el proeto de cumplir con la Iglesia.
- Pero pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo les perdono, y así mismamente perdono a los franceses, que nos han traído esta guerra.
- Sentí un frío intensísimo, y sólo este accidente me dio a conocer la propia existencia, pues ningún recuerdo de lo pasado conservaba mi mente, ni podía hacerme cargo de mi nueva situación.
- Necesitaba, pues, emprender la marcha inmediatamente para recorrer lo más pronto posible tan largo proyecto.
- Pues de ésta me despido prosiguió el marinero.
- ¡y luego se espantan de que nos venzan los ingleses! Pues no digo nada del armamento.
- A mi casa me voy con mi mujer y mis hijos, pues ya he cumplido, y dentro de unos días me han de dar la licencia.
- Pues no podrá usted quejarse, amiguito, si le tocó ir en el Rayo, navío que apenas entró en acción.
- Pues si la corto por dos puntos distintos, y les cojo entre dos fuegos, no se me escapa ni tanto así de navío.
- Del A.) Pues verá usted.
- Pues ese fue de los que perecieron en la segunda lancha, que no pudo tocar a tierra.
- En Cádiz pude conocer en su conjunto la acción de guerra que yo, a pesar de haber asistido a ella, no conocía sino por casos particulares, pues lo largo de la línea, lo complicado de los movimientos y la diversa suerte de los navíos, no permitían otra cosa.
- ¿Pues no he de entender?
- Pues aguardad un poco, y os diré algo más en otro libro.
- Tú pués más que toos los delanteros, menos yo.
- Pues, claro.
- Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene.
- Pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés.
- Sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo.
- Pues debe advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y psicológicas que se escribían por entonces en París.
- Pues era don Saturnino Bermúdez, doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en filosofía y letras y bachiller en ciencias.
- La mujer era el sujeto poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto.
- Pues bien, oiga usted el secreto.
- Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al Deán y barrenaba con un dedo la frente.
- Pues a eso voy interrumpió triunfante don Cayetano.
- No, pues él tampoco dejaba el puesto.
- Nuevas sin duda, pues no sabían que aquella tarde no se sentaba don Fermín.
- El Arcipreste renunciaba a la Regenta, ¿pues qué dignidad seguía?
- Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo de don Fermín.
- En nombre del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia! Pues oiga usted se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su esposo.
- Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia azafranada.
- Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos.
- Tomó un aya, una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía, hacía mal uso.
- La hipocresía de doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo, su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa.
- Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las conspiraciones cuestan caras al que las paga.
- Que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba en peligro inminente, el honor de los Ozores.
- Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y reservada, de una prudencia exagerada para sus años.
- Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña, huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre de su sobrina moribunda.
- ¡Bah! Pues claro.
- Pues mira la inocencia.
- ¿Pues, Obdulita?
- Pero una vez que el siglo estaba metalizado y las muchachas no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los Ozores, pues lo traían de raza.
- Pues que no sean ellos atrevidos.
- Pues hijo mío, serán ustedes un matrimonio sans culotte.
- Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese caramelo puesto al sol.
- Pues es lo mismo, el alma.
- Pues si tampoco amaba a don Víctor, tampoco debía casarse con él.
- Pues cada día le encontraría más gracia.
- Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que vamos a hacerte contestaras con una negativa.
- Pues miente usted.
- Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.
- Pues yo sé más que todos ustedes vociferó un pollo que imitaba a Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.
- Pues tiene mucho que ver.
- Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le enterasen.
- Pues miente quien tal diga gritó Trabuco muy disgustado con la noticia.
- Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de don Fermín.
- Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que hay en la biblioteca.
- Pues ese es el que manda.
- Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien reyes, ya sabes, mi primo, según él.
- Pues también en los palacios y en los templos.
- Pues tampoco fue a casa.
- Pues bien, había empezado a minar aquella fortaleza.
- Pues que imitara sus vicios.
- Pues Bedoya, al que le aducía este argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los viera, subía con él al segundo piso.
- Pues me lo llevo.
- Pues a ver, a ver, que se pague.
- Vigilaba el servicio del comedor desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.
- Pues bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas.
- Pues eso parece, sólo que mucho mejor.
- Pues el Magistral en seguida.
- Pues así todas las artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud.
- Pues ya que me he molestado, como tú dices, no será en vano.
- Pues para cazar gorriones no es.
- Pues guerra a los nervios ¡caracoles! Sí.
- Pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con Tirso de Molina (representando).
- El catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato, muy barato.
- Pues ¿y la casa?
- Pues si don Santos le maldice porque le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá por lo de la usura.
- Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él.
- ¿Pues entonces?
- Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima el peso que me toca?
- Pues que pase.
- ¿pues qué hay, Fulgencia?
- Pues vive Dios, que lo hemos de ver.
- Pues eso.
- Pues vámonos a vivir metiditos en un.
- ¡Antes muerta! Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una Carraspique.
- , pues ya lo creo.
- Pues bien decía Glocester allí no se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca.
- Pues hoy no puedo ir.
- ¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas! gritó Contracayes, no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había previsto aquel choque de dos malos genios.
- Bueno, pues me voy.
- El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la elegancia sólida consistía en fabricar muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos ciclopios, según su incorrecta expresión.
- ¡Pues no señor! no son azules.
- Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped.
- Pues que la dejasen divertirse, salir.
- Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.
- ¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?
- ¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted?
- Sí, ríanse ustedes clamó Obdulia pues el lance es gracioso.
- Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y le tiro por el balcón.
- ¿pues se veía algo?
- No, pues lo que es que le temo no quiero que lo conozca.
- ¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo.
- ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella indumentaria.
- ¡Pues eso digo yo! gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir andando.
- Pues estaba en ascuas.
- Pues da señas.
- Pues claro.
- Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.
- ¿pues no son amarillas las naranjas?
- Pues no es eso.
- Pues ellos dirán que hace dos meses, dos años, lo que quieran.
- Pues dirán que ahora se ha descubierto.
- Pues mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro.
- Pues eso.
- El de ella, también, pues estaba segura de que llegaría a ser una señora.
- Pues hasta vende hostias.
- ¡Pues venga! Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.
- Pues bien, ese dinero es mío.
- Pues bien.
- Pero ni siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza.
- Pues el amor no se anda con libros de caballerías, y unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria.
- Pues más varonil es la del bajo decía Foja.
- Pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que si mi mujer hipótesis absurda me faltase.
- Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la pistola.
- Pues bien, como decía, al cómplice lo traspasaba.
- Pues yo lo sé por quien la ha visto.
- Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.
- Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional (sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un poco.
- Pues bien prosiguió don Fermín nosotros necesitamos toda la verdad.
- Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan.
- Pues bien, ella de una en otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada.
- Decía que hay que aprovechar esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud.
- Pues todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida, aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de una mujer piadosa, de una.
- Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino.
- ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de una hora de palique en el cenador, y a obscuras?
- ¿Pues no se trataba de ponernos en cura?
- Pues el cuerpo quiere aire libre, distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se necesite y que indicarán las circunstancias.
- Pues si a una no le diera la gana.
- ¿Pues no dice que es un guante de canónigo?
- ¿Pues de quién es?
- Pues claro.
- Pues nada menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes como coraceros.
- Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, había arrojado el libro con desdén sobre un banco.
- ¿Pues no te quejabas ya anoche?
- Sí, hija, sí, pues no faltaba más.
- Pues no temas, no.
- Pues allí estaban aquellas letras doradas.
- ¡Cuánta elocuencia en un letrero! ¡Estás sola! pues ¿y Dios?
- Bueno decía don Víctor pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted desprecia mis colecciones.
- Sí ¡pues entonces! ¿por qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una madre, la fidelidad de un perro?
- Pues bastaba.
- ¡Peor sería eso que dicen que dice Alancardan, o san Cardan, o san Diablo! pues.
- Pues don Pompeyo le respetaba.
- Pues explíquemelo usted.
- ¡Pues tal día hará un año! Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se borró de la lista del Casino.
- Es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de objetos del culto.
- Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda, mucha carne a la inglesa.
- Pues lo mismo debía de suceder trocados los sexos.
- Pues claro que puede usted pisar.
- Los amores con Angelina (o quien fuera, pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto.
- ¡Admitido! ¡Aprobado! Pues bien prosiguió Juanito.
- ¡Caballerito! Pues yo soy otro.
- Pues sabe que en el mundo civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal.
- (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin saberlo.
- ¡ni pensarlo! Pues qué, ¿tengo mala cara?
- Pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la realidad.
- ¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este simoníaco!
- Pues así era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para volver a la sombra de que se vino.
- Pues toma el Kempis, la Imitación de Cristo.
- Pues entonces, ¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?
- Pues bueno.
- Bueno, pues, cátate que nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón con cama y demás.
- Pues bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes.
- Pues no hable usted.
- Pues cállese usted.
- Pues sonsoniche.
- Pues por eso pregunto.
- ¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor.
- Pues bien, a ese precio ¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las medicinas que necesita?
- Pues no será.
- Pues sí será.
- ¿pues ha muerto ya?
- Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado.
- Pues usted no habla mal ni poco.
- Así pues, se convino que se rezaría y se rezó.
- ¡qué sé yo! Bien, pues si todavía se obstina.
- Pues pasado iré a la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
- ¡Magnífico! ¡Magnífico! Pues nada, a trabajar, a trabajar.
- Pues sí señor ¡que vendrá!
- Ea, pues, me atrevo, se lo digo.
- Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté.
- Pues adelante.
- Pues ya se vería lo que iba a hacer la Regenta.
- Pues usted dirá.
- Pues yo, ¿qué he dicho?
- ¿Pues le parece a usted poco?
- ¿Pues no he de saber?
- Pues claro, hijas, ahí está la gracia.
- Pues allí tenían prueba de lo contrario.
- Pues él descalzaba los más floridos pies del pueblo y los arrastraba por el lodo.
- Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye.
- Pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo el Marqués.
- Pues esto con acompañamiento de un buen cuarteto.
- Pues es verdad que se oye dijo Quintanar.
- Pues bueno, la aldeana, como es natural también, coge un cuchillo.
- Pues dile que mañana muy temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor Crespo.
- Bastante hago si le escribo, pues prohibido me lo tienen.
- Oh, pues por música que no quede.
- Pues bastante buena moza eres.
- Pues nada, ya no hay nada de aquello.
- Pues no hay por qué.
- Pues es bien claro.
- Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso, y que ella le decía que ya había salido el carro.
- ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?
- ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que él, don Álvaro, tenía dicho?
- ¿pues qué más dicha podía él ambicionar?
- Pues es indispensable.
- ¿Pues qué tiene?
- Vaya, vaya, pues buenas noches.
- ¡pues, no señor! pásmese usted.
- ¡Pues no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana! Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó.
- Pues no hay más solución.
- Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba.
- Pues la misma ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero capaz de morir de placer sin miedo.
- Así pues no había miedo.
- Pues silencio.
- Pensó Petra pues que padezca.
- Pues me echan.
- Pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable.
- Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en mi vida.
- Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no.
- Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe.
- Pues eso quiero saber.
- Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades.
- Pues yo dijo el ex alcalde a la justicia me atengo.
- Pues yo exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz temblorosa yo no hago nada de eso.
- Pues ésa había sido la primera solución.
- Lo único original allí era que Fulgosio juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando sin apuntar y entre dos primerizos, pues primerizo era también Mesía a pistola, sería la carabina de Ambrosio.
- Pues un coche, un coche.
- No hay razón para que tenga límites esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces.
- ¡Oh, no, eso no! Pues si no hemos de suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige otra vez.
- Pues yo la veo muy tranquila a ratos.
- Sí, pues por eso.
- Caían ya oblicuamente los rayos del sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.
- Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por tu Santísima Cruz redimiste al mundo, y de paso que rezaba, su mirada buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle.
- No ciertamente en la tonsura, borrada por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues los duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad.
- Pues te cayó la lotería.
- Pues ahora ya no se perderá usted.
- A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un instante con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego, pues no bien advirtió que venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde.
- Los días de caza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte no había medio de llevarlo.
- La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la guardó incólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no pecar una vez que pecar una sola.
- Pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo de lujo los enseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una palangana de hojalata, a la cual servía de palanganero el poyo.
- Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.
- Pues así no puede seguir exclamaba el capellán.
- ¿Qué significaban pues el garabato y la cruz?
- La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigo empezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por las casas nobles en que entran.
- Labor inútil, pues olfateando por todas partes abusos y desórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y de gramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos.
- Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos de reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas, con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más que la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y comadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros.
- Y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen, afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues apenas había otra cosa.
- Grande fue su terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platos, los veintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la más abundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba mucho.
- A bien que ya le observaban menos, pues la conversación se calentaba.
- El señorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en la excursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues rara vez salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y el morral a la cintura.
- Pues séame franco.
- No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene como una rosa.
- Pues repárelo.
- Pues dicen si la acompaña o no por los caminos.
- Pues a hacer la cena en seguida.
- El capellán cobró ánimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir cosas difíciles.
- ¿Pues no lo he de comprender?
- Pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a sus espaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
- En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojó siniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues preguntó impaciente.
- ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que esté herrada?
- ¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quien soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hasta Cebre! Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.
- ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.
- Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la más leve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y trébedes.
- Así pues, don Manuel, que se desdeñaría de tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso inmediatamente hacer cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el Sandoval de la zarzuela.
- Pues claro.
- Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.
- Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud de estudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacía caso, pues caminaba seria e indiferente.
- Rita, siempre animada y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, pues don Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradores correspondía con ojeadas vivas y flecheras.
- Dormían en habitaciones contiguas Julián y el marqués, pues Julián, desde su ordenación, había ascendido de categoría en la casa, y mientras la madre continuaba desempeñando las funciones de ama de llaves y dueña, el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de importancia, y era tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban matices de protección, al menos con gran amabilidad y deferencia.
- La conversación ofrecía pocos lances, pues siempre versaba sobre el mismo proyecto.
- Pues usted debe conocer perfectamente a Rita.
- ¡Que si le habían contado! ¡Pues no habían de contarle! Desde su llegada, la venerable dueña que regía el llavero en casa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder a la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves y religiosos pueden conferirse.
- Las sobremesas eran para él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel, que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes (costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuas inconveniencias del primo con la prima.
- Acerca de Carmen y Manolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba.
- Pues en las ciudades pequeñas, donde ningún suceso se olvida ni borra, donde gira perpetuamente la conversación sobre los mismos asuntos, donde se abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones épicas, a menudo tiene una muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezas insignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su autora con palma al sepulcro.
- Sofá que pudiera llamarse tribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las más afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de más detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo, maestro en la ciencia del mal saber.
- Conducía al desván empinadísima escalera, y no era el sitio muy oscuro, pues recibía luz de tres grandes claraboyas, pero sí bastante bajo.
- En cuanto note algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al oído, pues no soy quién para aconsejar a mi padre.
- , ¡como si fuese cuestión de vida o muerte! Pues así.
- Lo que es Nucha no le hacía a él peso en casa, pues la gobernaba a las mil maravillas.
- Bendito seas, Dios mío pensaba para sí, pues me has permitido cumplir una obra buena, grata a tus ojos.
- Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues era sumamente afectuoso para los perros.
- Ambas cosas le produjeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedad moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino irritación y sorda cólera, hija de la secreta convicción de su inferioridad.
- Y no sólo fue trabajo perdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y le infundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo.
- El cronista, pues, hizo su oficio desentrañando la genealogía entera y verdadera de las casas de Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el título de Ulloa no correspondía ni podía corresponder sino al duque de tal y cual, grande de España, etc.
- Pues ellas murmuró el señorito me parece que no te echarán memoriales para que vuelvas.
- ¡Pues y el nuestro, el de Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como los perros que llevo a cazar.
- Pues yo.
- ¡No me he de acordar! Pues la señora del juez.
- Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras del cuerpo las manos, en las cuales venía ya el plato que apetecía el ama de casa, pues los huevos que el chico acababa de ocultar se le habían roto con la prisa, y la tortilla estaba allí medio hecha, batida por lo menos.
- Pues mira díjole Nucha cariñosamente, de aquí en adelante me los vas a vender a mí, que te pagaré otro tanto.
- Pues hay que encargarle unos zuecos bien fuertes, de álamo.
- Pero al sonido mate de los cascos de las monturas en el piso herboso del patio, respondieron asmáticos ladridos y un mastín y dos perdigueros se abalanzaron contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el poco brío que les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos tenía más que un erizado pelaje sobre una armazón de huesos prontos a agujerearlo al menor descuido.
- Su devoción había vuelto, no a renacer, pues no muriera nunca, pero sí a reavivarse y encenderse.
- Era Sabel, a quien el capellán miró con sorpresa, pues hacía bastante tiempo que no se presentaba allí.
- Reapareció a poco pidiendo una taza de café bien caliente, pues con la prisa de venir se encontraba en ayunas.
- ¿Pues no he de saber?
- Que yo necesito tu hija, ¡zas!, pues contra tu voluntad te la cojo.
- Volvió en breve, e instalándose ante la copa mostró querer reanudar la conversación política, a la cual profesaba desmedida afición, prefiriendo, en su interior, que le contradijesen, pues entonces se encendía y exaltaba, encontrando inesperados argumentos.
- Con Barbacana es preciso concluir, pues corresponde con las juntas carlistas de la provincia para llevar el país a fuego y sangre.
- Apuró a Sabel reclamando la cena, pues traía un hambre feroz.
- Puede decirse que lleva cuarenta y ocho horas sin probar alimento, pues me confesó que antes de avisar a su marido, mucho antes, ya se sintió mal y no pudo comer.
- Las renovó, y colocó una almohada en el suelo para arrodillarse en ella, pues lo más molesto siempre era el dichoso hormigueo.
- Pues ahí la tenemos, sana y salva.
- Pues usted respondió ella lánguidamente está algo desmejorado.
- Aran, cavan, siegan, cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros de cariátide enormes pesos y viven, ya que no sin obra, por lo menos sin auxilio de varón, pues los del valle suelen emigrar a Lisboa en busca de colocaciones desde los catorce años, volviendo sólo al país un par de meses, para casarse y propagar la raza, y huyendo apenas cumplido su oficio de machos de colmena.
- , qué llenita se va poniendo! En materia de desnudeces infantiles, Julián no era voto, pues sólo conocía las de los angelotes de los retablos.
- Pues bien, el santo grupo estaba disuelto.
- A otra parte, pues, con la música.
- Extraño no, pues vivía unido espiritualmente a la familia por el respeto, por la adhesión, por la costumbre.
- Mientras sostenía este monólogo, iba sacando de un cajón de la cómoda prendas de ropa blanca, a fin de hacer su equipaje, pues como todas las personas irresolutas, solía precipitarse en los primeros momentos y adoptar medidas que le ayudaban a engañarse a sí propio.
- Pues yo tenía una docena, todos marcados.
- Nada aconteció aquel día que lo diferenciase de los demás, pues allí la única variante solía ser el mayor o menor número de veces que mamaba la chiquitina, o la cantidad de pañales puestos a secar.
- ¡Pues qué sucedería si después, cuando la vieja barajó los naipes y, repartiéndolos en cuatro montones, empezó a interpretar su sentido fatídico, pudiese él oír distintamente todas las palabras que salían del antro espantable de su boca! Había allí concordancias de la sota de bastos con el ocho de copas, que anunciaban nada menos que amores secretos de mucha duración.
- Pero aun en este mismo existía diferencia notable, pues Julián distinguía claramente que se habían animado los emblemas de piedra, y el pino era un árbol verde en cuya copa gemía el viento, y los dos lobos rapantes movían las cabezas exhalando aullidos lúgubres.
- Y levantándose en puntas de pie, Nucha depositó a su hija en la cuna muy delicada y cuidadosamente, pues la chiquilla era tan lista en opinión de su madre que distinguía al punto la cuna del brazo, y era capaz de despertar del sopor más profundo si se enteraba de la sustitución.
- Pues yo contestó Nucha era antes muy valiente.
- Pues de noche, cuando me quedo sola con la niña.
- Pues mire usted que juraría haberlo visto.
- Para éstos se establecía turno pacífico, pues nadie renunciaba a soltar su correspondiente bola, y crecían en magnitud conforme se enredaba la plática.
- Que las zantellas ! Pues señor.
- Pues verán, verán cómo encontró con la horma de su zapato donde menos se lo pensaba.
- Pues ni zorro, ni lobo, ni jabalí.
- Pues, señor, ya ustedes comprenderán que en el Casino se armó una gresca.
- Pues sería.
- Pues déjame mamar de la vaquiña, que rabio de sed.
- XXII Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con diente, caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco de las bromas de los cazadores, porque iba vestido de modo asaz impropio para la ocasión, sin zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o defensivas de ninguna especie.
- En tales ocasiones, el secretario, calculando que hombre prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni omitía hacerse escoltar por sus seides más resueltos, pues no ignoraba que Barbacana tenía a sus órdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible Tuerto de Castrodorna.
- Que, a pesar de la gran influencia de la casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y el de Trampeta, pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que disponía de numerosos votos seguros, pues muchísima gente le debía cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo del gran encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el asunto a rajatabla y sin contemplaciones.
- Deseaba el gobernador triunfar en Cebre sin apelar a recursos extraordinarios y arbitrariedades de monta, pues sabía que, si no era probable que jamás se levantasen allí partidas, en cambio la sangre humana manchaba a menudo mesas y urnas electorales.
- XXV Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien las maneja, a puro cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del espíritu, pues los odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las ardientes promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable.
- ¡Buenas cosas pensaban ellos de las elecciones allá en su mente asnal y rocinesca, mientras jadeaban exánimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo bañado en sudor! ¡Pues qué diré de la mula en que Trampeta solía hacer sus excursiones a la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de tan flaca como se había puesto.
- Día y noche estaba el insigne cacique atravesado en la carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba más dudosa, más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar, prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se largaba de entre las manos.
- ¿Pues no decía usted gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos de mandar al infierno al gran secretario que la elección no sería muy costosa.
- Pues se los ha facilitado el mayordomo, el Primitivo, el suegro de cultis.
- ¡Corriente! Pues facilítenos usted la manera de hundirlo.
- Pues por esta vez contestaba el arcipreste, manoteando y bufando para desenredarse de la esclavina del montecristo, que el viento le envolvía alrededor de la cara, por esta vez, les hemos de hacer tragar saliva.
- Pues aún murmuran cosas peores gritó el de Naya.
- , ¡y calumniarla, y para más con un ordenado de misa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos de por aquí, que se venden tres al cuarto! ¡Pero cómo está el mundo, Naya, cómo está el mundo! Pues también añaden.
- Pues mientras el cura de Boán y aun el de Naya atendían sobre todo al triunfo político, el arcipreste miraba principalmente al esplendor del hidalgo solar, al buen nombre de los Moscosos.
- Trampeta en persona, que daba sus vueltas por allí, llegó a impacientarse viendo al inmóvil testigo, pues ya otra olla rellena de papeletas, cubiertas a gusto del alcalde y del secretario de la mesa, se escondía debajo de ésta, aguardando ocasión propicia de sustituir a la verdadera urna.
- Destacó, pues, un seide encargado de seducir al vigilante, convidándole a comer, a echar un trago, recurriendo a todo género de insinuaciones halagüeñas.
- Pues yo explicó el hidalgo, si supiese que habían de ser tan cobardes y echar a correr sin volvérsenos siquiera, a fe que no me tomo el trabajo de salir.
- Ni aun ésas le servían, pues Nucha no se confesaba con él.
- Pues no ha de ser así resolvía el capellán con esfuerzo.
- ¿Por qué temes, pues, tomar la cruz, por la cual se va al reino?
- Toma pues tu cruz, y sigue a Jesús.
- Tembláronle los labios y las manos se le enfriaron, pues creyó llegado el terrible momento de la confesión.
- Por mí no pensaría en irme, pues no estoy buena y se me figura que.
- ¡su abuelo le había prometido otros dos si le avisaba cuando la señora se quedase en la capilla después de oída la misa! Raciocinando con sorprendente rigor matemático, calculó que pues perdía dos cuartos por un lado, era urgente ganarlos por otro.
- La mesa y el cuarto en general atraían a Perucho con el encanto que posee para la niñez lo desordenado y revuelto, los sitios en que se acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montón de objetos es un mundo desconocido, un depósito de tesoros inestimables.
- ¡Tremendo conflicto! Pero regocíjense el cielo y los hombres, pues venció el espíritu de luz.
- No lo tuvo por difícil, pues recordaba aproximadamente el punto del bosque donde Primitivo quedaba.
- Éste, conteniendo hasta el respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso el andar de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una sorpresa.
- La nené se entretenía en derribarla o forjarse la ilusión de que la derribaba, pues realmente una patada de Perucho hacía el milagro.
- ¡Válgame Dios! ¡Pues no daba ahora en el dislate de creer que la señora de Moscoso vivía, a pesar de haber leído su esquela de defunción! Tan rara alucinación era, sin duda, causada por la vuelta a Ulloa, después de un paréntesis de dos lustros.
- Pues bien.
- Pues Azorín, mirando a este viejo, ha puesto también cara triste.
- Se debía haber continuado el sistema de conciliación inaugurado por don Jaime el Conquistador, y se tomaron medidas humillantes y vejatorias, que dieron por resultado la exasperación de los ánimos, las situaciones violentas y, por fin, la expulsión, que se realizó de la manera más cruel, pues muchos murieron de hambre y de sufrimientos en los desiertos de África, si es que no eran robados y muertos en el camino.
- También hice oposiciones (aunque no tenía la edad reglamentaria, y sólo por complacer a la familia, pues no era ésa mi vocación) a una relatoría vacante en la Audiencia de Valencia.
- Me escribió Rebagliatto, gran cacique de aquella ciudad, y a más, íntimo de mi padre, pues se querían como hermanos.
- Pues imagínese usted a Calvo y Vico fundidos en uno, y no llegará en cien leguas al encanto que produce oír leer a este hombre.
- ¡Pues yo voy a castigarte! Y entonces el sol, que es un hombre terrible, manda un rayo feroz contra el agua.
- Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma, mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando atentamente hasta sus menores gestos.
- Pues bien.
- Pues bien.
- Pues del mismo modo Azorín no acertaría a explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.
- Pues bien.
- ¡Pues que tenga buena mano! exclama uno de los mozos.
- Pues bien.
- ¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
- Pues así, hija, ya puedes prepararte.
- Dile, pues, que sí y no andes con más coqueterías, que eso es feo.
- Dile, pues, que sí.
- Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa, dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural.
- Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos para tomar un consejo.
- Pues tampoco yo le conozco.
- Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo.
- ¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó! ¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto.
- Pues bien, los casaremos, no sea que se vuelva él.
- ¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme! ¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?
- Pues mira.
- ¡Pues mira, no! ¿le quieres?
- Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?
- ¡Pues qué duda cabe! y al decirlo le temblaba el cuerpo todo.
- Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así?
- ¡Claro que la quiero! Pues la querrás más todavía.
- ¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad! No tienes que decirme más verdad le atajó severamente.
- Ibase, pues, de cuando en cuando a hacerles compañía.
- Pues mira, Rosa, me parece que debes regalar el perrito, porque el que le mates me parece una crueldad.
- Bueno, pues no insisto.
- ¿Pues para qué os habéis casado?
- ¡Lo que es por la edad! ¿Pues por qué ha de quedar?
- Pues no lo dudes.
- Pues que.
- ¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no.
- ¡Pues yo sí! Quién sabe.
- No es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo.
- Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros.
- Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta.
- ¡Papá! Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal.
- Pues bien, sí, es cierto.
- ¡Eso nunca! Pues yo sólo así me lo explico.
- Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir aquí por eso.
- Bueno, pues.
- ¡Claro está! Pues mira, voy a meterme en política.
- Pues habíale enseñado a llamarla así.
- ¿Pues no dices que lo eres tú.
- Buscó un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar compañeros de tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua compañía de los suyos.
- ¡Peor que incómoda! Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un ¡Ramirín! o ¡Rosita! o ¡Elvira! Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma.
- Gustamos de bañarnos en su luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero sentimos que no se puede llegar a ella.
- Pues bien, mira, Tula.
- Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.
- ¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.
- No hablemos ya más, padre, que no podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes.
- ¡Claro que sí! Pues bien, Ramiro.
- ¿Qué, pues?
- Pues tu hijo no se criará en él.
- Pues ella.
- Pues es tu hijo, un hijo más.
- Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la Naturaleza, que es muy sabia.
- Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo.
- Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser.
- ¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar! ¡Pues cállese usted! Me callo.
- Pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía.
- XVI APENAS, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los niños eran incapaces de darse cuenta de lo que había pasado, y Manuela, la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se quería morir.
- Pues muy claro.
- Pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le hable claro.
- Pues vuélvase usted a casar.
- Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta regularmente rico.
- Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que los necesita y los busca y los adora.
- ¿Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre?
- ¡Pues yo sí! Como no te expliques.
- Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones.
- Pues lo parece.
- Pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí me pareces alegre.
- ¡Pues basta! Por lo menos a mí me alegras.
- ¡Pues son tus ojos.
- Pues tú no te casaste, mamita.
- Y entonces fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, pues tenía que cuidar a la que le había dado vida.
- Pues yo he oído decir que lo sabía todo.
- Y lo sabré mejor que aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo de aquí abajo.
- Bueno, ¿pues qué dijo?
- Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en tus cosas.
- Pues si deliro.
- La tradición del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de trasmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen.
- Pues no repitas con la Tía le arguyó Enrique aquello del Evangelio de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos.
- Pues esta señorita dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teñir de una sonrisa estas palabras no es neutra.
- Pues no faltaba más.
- Pues no lo entiendo.
- Los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues que te empeñas, de zángano.
- Pues a mí apenas si me despertó.
- Pues yo sí.
- ¿Pues por qué?
- ¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones.
- ¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana?
- Pues, hija, rascarse.