Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "abad" aquí tienes una selección de 55 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra abad para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- ¿eh, señor abad?
- Refunfuñó el abad.
- Y usted, señor abad de Ulloa.
- Como un pellejo gruñó el abad.
- Los chupa, los chupa afirmó el abad.
- , pregunta el abad de Naya al centinela.
- También nos hará compañía el Abad de Naya.
- El rapaz sale de punta murmuró el abad de Ulloa.
- ¡Éste no se anda con requisitos! exclamó el abad.
- ¿usted piensa como el abad de San Clemente de Boán?
- Ya se sabe, ya se sabe masculló el abad en voz bronca.
- Buenos! tartamudeó el abad de Naya reventando de risa.
- Julián sacó del libro del abad una jaqueca tremebunda.
- Ea, descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa.
- ¿Hace mucho que no duerme en este cuarto el señor abad?
- El señor abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.
- Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se valía sin él.
- Hombre gruñó el abad de Boán, usted poco habla, pero bueno.
- El que no bebe, no es hombre pronunció el abad sentenciosamente.
- ¡El vino, hombre! ¡El vaso de tostado! ¡ Mama ! exclamó el abad.
- ¡Qué dirían el señor Arcipreste y el abad de Boán! ¿Y Barbacana?
- Pero Abad, mándales el vino a esos casacones para que nos dejen en paz.
- Aquí está el abad de Naya, que puede responder de que se lo profeticé.
- Todo eso de Cortes era, según dicho del abad de Boán, una solemnísima farsa.
- Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con el abad y el señorito.
- Y al abad de Ulloa, en cambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar mariquita.
- Hasta don Eugenio, el abad de Naya, me dijo que el muchacho había pedido sus papeles.
- Tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con la simonía.
- Es cosa de gusto aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo que restaba de yema en su plato.
- Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasiva de puro desdeñosa, rectificó.
- Con el embullo de estos acontecimientos, apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.
- Aquí alguien nos vende, articula el abad de Ulloa en voz bronca, mirando desconfiadamente a don Eugenio.
- No es seguro, no es seguro, no es seguro vociferó el abad de Naya, que se divertía más que en un sainete.
- Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.
- Primitivo, obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su pitillo con un misto de cartón.
- Respondió gozoso el eclesiástico, tratando de echar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad.
- Fue un día a desahogar sus cuitas con don Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
- El abad de Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por su desmedida afición al jarro y a la escopeta.
- El abad picaba con la uña una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una punta al borde de los labios.
- El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso, que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota.
- Don Eugenio, el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose las caderas con ambas manos, quejándose y derramando lágrimas.
- Me arrodillo así el ratón medio se hincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando en la palma de la mano, con perdón, zampo la leche.
- Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla el señor abad de Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién vaya allá por ella.
- Porque para el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer un hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas.
- El abad de Boán, nacido con más vocación de guerrillero que de misacantano, apretaba con júbilo la pistola, olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera relinchado de gozo.
- Aquí llegaban de su plática, y el auditorio, que se componía, además del abad de Naya, del de Boán y del señorito de Limioso, guardaba el silencio de la humillación y la derrota.
- Los muebles no pecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rincones permanecían señales evidentes de los hábitos del último inquilino, hoy abad de Ulloa, y antes capellán del marqués.
- Pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo de lujo los enseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una palangana de hojalata, a la cual servía de palanganero el poyo.
- ¡Qué trazas de mujercita tiene ese cura! ¡Qué poquito estuche ! Lo que es éste no cogerá el trabuco, aunque lleguen a levantarse las partidas con que anda soñando el jabalí del abad de Boán.
- Ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso de Boán, ni el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvía las discusiones políticas a gritos, alzando el índice de la mano derecha como para invocar la cólera del cielo.
- El Arcipreste, a quien en Santiago conocían por el apodo de Sobres de Envelopes, a causa de una candorosa pregunta en mal hora formulada en una tienda, había sido en otro tiempo, cuando simple abad de Anles, el mejor instrumento electoral conocido.
- Juzgando a las gentes con quienes había trabado conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de la caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués.
- El abad de Boán los descorrió impetuosamente, el Tuerto sacó la tranca, giró la llave en la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados, chispeantes los ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes.
- Los únicos documentos que encontró fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y arrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para él solo, o con palabras más enigmáticas aún, el balance de sus pagos.
- Desocupó en seguida las sillas de cuero, y explicó muy acalorado que aquello estaba revueltísimo aclaración de todo punto innecesaria y que semejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio, administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos pecadoras había venido el archivo a parar en lo que Julián veía.