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Ejemplos de oraciones con la palabra abuela

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra abuela en el contexto de una oración.

Término abuela: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "abuela" aquí tienes una selección de 74 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra abuela para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Vamos, acércate le dijo tu abuela.
  • Tu abuela sabía que yo estaba aquí.
  • Esto es un hospital me dijo tu abuela.
  • Él cedía, riendo, y mi abuela rabiaba.
  • ¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?
  • Sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdió.
  • Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos.
  • Debe estar enferma del estómago dijo tu abuela.
  • Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela.
  • Mi madre se pasaba casi todo el día con mi abuela.
  • Mi abuela, doña Celestina de Aguirre, no quería a mi padre.
  • Rita era un encanto con la dulleta de seda verdegay de la abuela.
  • No sabía mi madre el contrato que mi abuela había hecho con él.
  • Una abuela que había sido víctima del 2 de Mayo, y siete menores.
  • Mi abuela me dijo muchas veces, de chico, que yo salía a mi padre.
  • Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela.
  • Mi abuela y don Ciriaco decidieron enviarme a navegar como agregado.
  • Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también abuela.
  • Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tanto lejanos.
  • Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron.
  • Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela, convertida hoy en casa de pescadores.
  • De cada cosa de éstas, mi abuela, o mi tía Úrsula, podían hablar media hora.
  • El tío asegura que la heredé de mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre.
  • El hombre se turbó, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela, y murmuró.
  • Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de nuestra abuela.
  • Le acompañaba a Aguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde allí.
  • Mi abuela había dejado un caserío en Izarte, sobre las dunas de la playa de las Ánimas.
  • Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
  • La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones, que nunca se abrían.
  • Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele.
  • Encontrándose en presidio, se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.
  • El barco éste era La Constancia, fragata que mandó, durante mucho tiempo, el padre de mi abuela.
  • Ilustración Mi abuela poseía también un loro, Paquita, que dominaba el diálogo y el monólogo.
  • Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mi tía Úrsula y mi madre.
  • Yo me figuraba antes, recordando las exageraciones de mi abuela, que este cuadro tendría algún valor.
  • Recogí las cartas en el correo, y en la primera que leí mi madre me decía que la abuela había muerto.
  • Para mi abuela, las tres millas y media de costa que hay entre Lúzaro y Elguea separan dos mundos aparte.
  • Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre, a ponerse en contra de su marido.
  • Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, habían ido al Maillo, un pequeño balneario próximo a Alcolea.
  • Todos mis hijos han sido mecidos en los brazos de su abuela, y dentro de poco podrá mi madre mecer a su biznieto.
  • También tenía mi abuela una caja de música, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le daba cuerda.
  • Cuando estaban ellos en casa de mi abuela, íbamos juntos a un caserío de la familia, donde solían darnos cuajada.
  • Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo del nombre, y un amor extraordinario por su abolengo.
  • Así como mi abuela afirmaba la aristocracia de la marinería, el señor Cepeda afirmaba la aristocracia del escritorio.
  • IV LA CASA DE MI ABUELA Mi madre y yo vivíamos en una casa solitaria, a un cuarto de hora del pueblo, al lado de la carretera.
  • Al parecer, mi abuela recibió del cónsul de un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirre había muerto.
  • Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre, ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y chillona.
  • Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatro anduvieron de un lado a otro, disponiendo una porción de cosas.
  • Ilustración La casa de mi abuela se llamaba Aguirreche, en vascuence, Casa de Aguirre, y era, y sigue siendo, de las mejores del pueblo.
  • Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar esta broma inocente.
  • Ni mi madre, ni su hermana Úrsula, ni mi abuela, querían hablar del desaparecido, y este misterio y esta reserva excitaron mi fantasía.
  • ¡El ha nacido para padre y yo para abuela! ¡Ya salió aquello! ¡Sí, ya salió aquello! ¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso.
  • Otra causa de enemistad de doña Celestina para su yerno, provenía de ser mi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea.
  • Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan, registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papeles viejos.
  • Mas de repente, y cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así.
  • Estuvimos un momento, y después, mi abuela, la tía Úrsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la Iñure, nos dirigimos a la iglesia.
  • Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de esta para buscar los de su mamá verdadera.
  • Más avanzado que ninguna de las casas de Izarte, más al borde de las dunas estaba el caserío de mi abuela, un caserío negro, con un balcón corrido hacia el lado del mar.
  • No era fácil convencer a mi orgullosa abuela de que no tenía precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre apareciera o no apareciera en Lúzaro en el siglo xv.
  • Mi abuela y mi tía Úrsula se hallaban poseídas por la manía de poner el suelo brillante, y las dos, y una muchacha, solían estar encerándolo y frotándolo hasta dejarlo como un espejo.
  • Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus Recuerdos históricos de Lúzaro, y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de mi abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.
  • Había también en casa de mi abuela, encerrados en marcos de caoba, unos grabados ingleses que representaban la batalla naval entre la fragata inglesa Eurotas y la francesa Clorinda, en 1814.
  • Todos somos unos dijo alguna vez el gordo en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades democráticas, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos netos, de patente.
  • Precauciones, según propia afirmación, para no parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible satisfacción cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo de buena moza.
  • El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra, con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre.
  • Mi abuela daba una importancia tan extraordinaria a estas cosas, que yo creía que eran del dominio común, y que las hazañas de mi bisabuelo eran tan conocidas como las de Napoleón o las de Nelson.
  • En aquella época en que vivía mi abuela, solía verse Aguirreche casi siempre cerrada, lo que producía una impresión de tristeza, mitigada un tanto por las muchas flores que resplandecían en los balcones.
  • Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi abuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua y monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los canalones a chocar en las aceras.
  • Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel, jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y humanitarias del padre, encantaba a todos.
  • ¿Te acuerdas cuando por las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la voz al llegar a aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre, nuestra abuela, a las que no conocimos?
  • Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con esta aura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, me entregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitán de una fragata de la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.
  • Todas las mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, en procesión, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los señores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora, con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
  • , y una lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas en plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel Pardo, que según costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de la reina María Luisa, usaba el uniforme de su marido para montar diestramente a horcajadas.
  • Hacía muchos años, muchos en los tiempos que el tío Tomba, un anciano casi ciego que guardaba el pobre rebaño de un carnicero de Alboraya, iba por el mundo, en la partida del Fraile, disparando trabucazos contra los franceses, estas tierras fueron de los religiosos de San Miguel de los Reyes, unos buenos señores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos, dándose por satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, les recibiera la abuela, que era entonces una real moza, obsequiándolos con hondas jícaras de chocolate y las primicias de los frutales.