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Ejemplos de oraciones con la palabra alonso

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra alonso en el contexto de una oración.

Término alonso: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "alonso" aquí tienes una selección de 71 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra alonso para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Don Alonso.
  • Dijo Don Alonso.
  • Señor Alonso Ramplón.
  • Digo que no y que no, Alonso.
  • El San Agustín se ha ido a pique contestó Don Alonso.
  • ¡Oh!, esto parece grave dijo Don Alonso con desaliento.
  • A fe, Alonso, que lo han pagado bien el Romo y el Garroso.
  • ¡Vive Dios! exclamó Don Alonso sin poder disimular su enojo.
  • El otro, que se llamaba Alonso, murió de una caída de caballo.
  • ¿Pero, mujer dijo tímidamente Don Alonso, no ves que es preciso?
  • Alto allá declaró Don Alonso, dando un fuerte puñetazo en la mesa.
  • Abrazole Don Alonso con mucho cariño, y él se sentó a nuestro lado.
  • Dijo Don Alonso animando a Marcial para que continuara sus narraciones.
  • Después le dijo al guardia marina Don Alonso Butrón, encargado de ella.
  • Del A.) Mi señor Don Alonso contestó a las últimas palabras de su mujer.
  • ¿Quién es este Alonso Álvarez pregunté que tanto se ha sentido su muerte?
  • Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al mal logrado Alonso Álvarez.
  • Don Alonso, algo acobardado, como de costumbre, siempre que la oía, le contestó.
  • Gabriel irá conmigo añadió Don Alonso, mirándome de un modo que infundía valor.
  • Dijo Don Alonso sin poder contener un arrebato de enojo, que sólo duró un instante.
  • Pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo Don Alonso, con quien había servido.
  • Don Alonso y su esposa corrieron a auxiliarla, ocultando su pesar en el fondo del alma.
  • III Don Alonso Gutiérrez de Cisniega pertenecía a una antigua familia del mismo Vejer.
  • Una sobre todo irreparable contestó el inglés con tanta congoja como la de Don Alonso.
  • Sin embargo, era preciso que me presentase a Don Alonso para darle cuenta de mi conducta.
  • Rendido de cansancio, y juzgando que Don Alonso podía necesitar de mí, fui a la cámara.
  • Cuando me levanté vi que Don Alonso estaba amabilísimo, y su esposa más irritada que de costumbre.
  • Mira, Alonso añadió deteniéndose ante su marido, me parece que ya os han derrotado bastantes veces.
  • Tú irás a Cádiz también dijo Don Alonso ansioso de despertar el entusiasmo en el pecho de su mujer.
  • Quejábamonos nosotros a don Alonso, y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir al estudio.
  • Ambos se asombraron de ver a Don Alonso, y mucho más cuando este les dijo que iba a Cádiz para embarcarse.
  • Me parece que un marinero se acercó a Don Alonso cuando yo le hablaba, y le asió con sus vigorosos brazos.
  • Hallábame ocupado en poner a Don Alonso una venda en el brazo, cuando sentí que apoyaban una mano en mi hombro.
  • Era la de Don José María Malespina, que vociferaba en el patio, llamando a su mujer, a Don Alonso y a mi amita.
  • Contestó Don Alonso a sus finuras con gravedad, y después quiso enterarse por él de los pormenores del combate.
  • Cargué la maleta, y en un santiamén Don Alonso, Marcial y yo salimos por la puerta del corral para no ser vistos.
  • Lleguéme a mucha gente a preguntar por Alonso Ramplón y nadie me daba razón de él, diciendo que no le conocían.
  • Entonces, Don Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo, que yacía mutilado en el piso del alcázar.
  • Los militares dijo Don Alonso, son esclavos de su deber, y la patria exige a este joven que se embarque para defenderla.
  • Los tres caminábamos lentamente, conforme al flojo andar de Don Alonso y a la poca destreza de la pierna postiza del marinero.
  • Aquella noche Don Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos.
  • Determinó, pues, don Alonso de poner a su hijo en pupilaje, lo uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado.
  • Pues la causa de este desastre dijo Don Alonso, que gustaba de interesar a su mujer en tan dramáticos sucesos, fue la siguiente.
  • El honor de nuestra nación está empeñado contestó Don Alonso, y una vez metidos en la danza, sería una mengua volver atrás.
  • Del A.) Don Alonso apretó los puños al oír aquel triste recuerdo, y no profirió un juramento de marino por respeto a su esposa.
  • Es que cuando mi señor Don Alonso y los oficiales del Santa Ana creen que el Rayo entrará esta noche, por fuerza tiene que entrar.
  • Don Alonso miró a Malespina, buscando en su semblante una expresión de protesta contra los insultos dirigidos a la noble artillería.
  • Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de enviar a su hijo a Alcalá a estudiar lo que le faltaba de la Gramática.
  • Mis ángeles tutelares fueron Don Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad.
  • Y por eso este apretón de manos ha puesto en mí tanta ufanía como en Alonso Quijano la liberación de los galeotes o la conquista del yelmo.
  • Pero tú no irás, Alonso, tú no irás, porque estás enfermo y porque has servido bastante al Rey, quien por cierto te ha recompensado muy mal.
  • Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre.
  • Don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente.
  • Según me ha referido Don Alonso, el francés ha dicho que si el enemigo se nos presenta a sotavento, formaremos la línea de batalla y caeremos sobre él.
  • Algo de esto me parece que indicó a mi amo, hablándole quedamente al oído, y Don Alonso debió de darle una lección de caballerosidad, porque le oí decir.
  • Llegábame de todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas.
  • No tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues Don Alonso, una vez arreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al fin apareció el marinero diciendo.
  • Persistía Doña Francisca en la negativa, y Don Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para convencerla.
  • ¡Señor, que nos ahogamos! Don Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel, que sin abandonar su actitud pronunció palabras tan ajenas a la situación como éstas.
  • Pero les falta esa simplicidad, esa visión humilde de las cosas, esa compenetración con la realidad que Alonso Quijano encontró sólo en su lecho de muerte, ya curado de sus fantasías.
  • Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqué con la mayor cortesía que hallándome al servicio de Don Alonso Gutiérrez de Cisniega, había venido a bordo en su compañía.
  • Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable estrépito de herrumbres, en dirección a Infantes, donde expiró Quevedo, hacia el antiguo y conocido campo de Montiel, por donde Cervantes hizo caminar a Alonso Quijano la vez primera.
  • Ya saben que Don Alonso insistía en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defender la guerra contra el vergonzoso statu quo de Doña Francisca.
  • Divulgóse por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel y como no tenía otro hijo, desengañóse de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado.
  • Y que había estado en Madrid tan cerca de Lope de Vega como lo estaba de mí, y que había visto a don Alonso de Ercilla mil veces, y que tenía en su casa un retrato del divino Figueroa, y que había comprado los gregüescos que dejó Padilla cuando se metió fraile, y que hoy día los traía, y malos.
  • En este tiempo vino a don Diego una carta de su padre, en cuyo pliego venía otra de un tío mío llamado Alonso Ramplón, hombre allegado a toda virtud y muy conocido en Segovia por lo que era allegado a la justicia, pues cuantas allí se habían hecho de cuarenta años a esta parte, han pasado por sus manos.
  • Don Alonso consiguió que Marcial fuese también trasladado, en atención a que su mucha edad le agravaba considerablemente, y a mí me hizo el encargo de acompañarles como paje o enfermero, ordenándome que no me apartase ni un instante de su lado, hasta que no les dejase en Cádiz o en Vejer en poder de su familia.
  • Que pasado un mes que había que estábamos en Toledo, haciendo comedias buenas y enmendando el yerro pasado, ya yo tenía nombre, y habían llegado a llamarme Alonsete, que yo había dicho llamarme Alonso, y por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar.
  • En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre.
  • Como notase en Don Alonso iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entonces pasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar a almirantes.
  • Solíamos contar a don Alonso cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás, metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.