Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "alzar" aquí tienes una selección de 20 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra alzar para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- No necesitas alzar mucho la voz.
- Ya están al alzar dijo la doncella.
- Dijo sin recatarse ya de alzar la voz.
- Así es que no podemos alzar mucho el gallo.
- Parece que hay misa, porque se oye la campanilla de alzar.
- La yegua respondió Primitivo sin alzar la voz no sirve para el camino.
- Porque seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo.
- ¡Muerta! dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en los ojos.
- Pero mis escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados.
- Lo que antes era como levantar una montaña, parecíale ya como alzar del suelo un pañuelo.
- En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la voz para hacerse oír.
- ¡Ya podía ella alzar su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y abrumara.
- Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y decir que ahí se las den todas.
- Como el pianito sigue blasfemando y los carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse oír.
- No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz dijo doña Lupe levantándose de su asiento, porque no se entere ese desventurado.
- Si el estado del enfermo permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora.
- Al llegar aquí, Don Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas y walses.
- En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían de hambre en Vetusta.
- Con sonrisa sarcástica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender Fortunata que por ella no había inconveniente en que la sociedad volviera al estado salvaje.
- ¡Gran lástima! Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos sino palomos grandes, que se hundía el aposento.