Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "antonio" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra antonio para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- No, Antonio.
- ¡San Antonio!
- Adiós, Antonio.
- Querido Antonio.
- Querido Antonio.
- Créeme, Antonio.
- Oiga, don Antonio.
- ¿Que si está Antonio?
- Dice usted bien, Antonio.
- ¿qué quiere usted, Antonio?
- ¡Ay, Antonio! exclama Verdú.
- A casa de Don Antonio Cánovas.
- Don Pedro Antonio se ha muerto.
- Don Pedro Antonio estaba muy viejo.
- Mi situación, Antonio, es horrible.
- A ver, Juan Antonio, si se luce usted.
- Vaya, Juan Antonio, no más clavazón.
- Yo amo la Naturaleza, Antonio dice Verdú.
- Ahora no me cabe duda de quién es Antonio.
- (y bajando más la voz dije) Antonio Pérez.
- Los chicos tardarán en venir dijo don Antonio.
- ) Tú, querido Antonio, apenas me has conocido.
- Antonio es quien sostiene los gastos de la casa.
- ¡Vaya! ¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!
- Antonio las acompañará se apresuró a decir Teresa.
- Don Antonio sonrió al hacer doña Manuela la pregunta.
- Esto lo pondrá Juan Antonio por arriba haciendo cenefas.
- Apuntó don Antonio al notar el mutismo de su compañera.
- Lo que me sucede, querido Antonio, es muy extraordinario.
- Cuando usted hable con Antonio, muéstrese seria y altiva.
- Esta época, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra.
- Yo no puedo, yo no debo meterme en los negocios de Antonio.
- Al principio, Antonio era prudente y no exponía gran cosa.
- El nombre de don Antonio Cuadros estaba en todas las bocas.
- Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la doncella.
- Antonio sabe mucho y es capaz de hacerme ver que lo blanco es negro.
- ¡Pero tú, Antonio, me dirás, no tienes mala intención! Es verdad.
- Para hacer juego, propuso Juan Antonio poner al otro lado la Numancia.
- Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla a usted y a las niñas.
- No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien.
- Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rápidamente se enriquecía.
- Vete a ver lo que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato.
- ¡Cuánto he sufrido y cuánto sufro, querido Antonio! Mi vida ha fracasado.
- Don Antonio gana demasiado dinero para que puedan hacerle mella sus palabras.
- Y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que no se puede pasar sin ella.
- Pero don Antonio contestaba con risitas irónicas que desesperaban al pobre viejo.
- Bien es verdad que ya recelaba algo, en vista del despego con que la trataba su Antonio.
- Tiemblo al pensar lo que ocurriría si Antonio se arruinase en la Bolsa como otros tantos.
- Y don Antonio mostrábase arrepentido, dispuesto a no proteger más mujeres de tal calaña.
- Aquí nadie le conocía como borrajeador de papel, ni siquiera como un simple Antonio Azorín.
- Si ese hombre es continuó don Eugenio quien tiene que evitar la ruina de Antonio, bien estamos.
- ¡Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y aún me falta lo más importante.
- A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de las grandes solemnidades.
- Tu madre arruinándose y Antonio subiendo locamente camino de la suerte, son exactamente lo mismo.
- Anteayer, ¡San Antonio bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el ratón.
- Apenas me enteré de todo sentí ganas de irme a la cama, donde todavía estaba Antonio, para arañarle.
- El lindo ramillete era de don Antonio Cuadros y su señora, los propietarios de la tienda de Las Tres Rosas.
- Mas ansí ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene.
- La de Animas, la de la Purísima, la del Niño Jesús, la de San Antonio, la de San José, la de los Dolores.
- Juan Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de damasco, formando como un marco.
- Sin embargo, recapacita y dice que don Pedro Antonio padecía de muchos achaques y era natural que se muriera.
- Ya se sabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque con timidez, hacía sus operaciones.
- Habíase quedado con su hijo en Las Tres Rosas, y a todos los que buscaban a don Antonio les contestaban lo mismo.
- Las de Pajares salieron acompañadas por Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula Teresa.
- Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, a fuerza de repetidas, habían pasado a ser lugares comunes.
- Veía a su abuelito, Don Antonio Moreno, que todavía usaba chorreras, corbatín de suela y casaca a todas las horas del día.
- El teniente coronel de ejército Don José Graullé, el teniente de fragata Urías y el guardia marina Don Antonio de Bobadilla.
- Aunque don Antonio anda ahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendrá tres mil pesetas para favorecer a unos buenos amigos.
- Anoche, en el teatro Español, un chusco trató de dar una broma a nuestro distinguido compañero en la prensa don Antonio Azorín.
- Antonio se avergüenza de ser comerciante, y va por las tardes a la Alameda en un cochecillo ridículo, guiando como si fuese un cochero.
- Entonces la vieja piensa que ella padece también de asma y que bien puede suceder que un día le falte el aire como a don Pedro Antonio.
- Como había visto tan ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.
- Esperaría hasta fines de año, vendería el huerto de Alcira, y don Antonio le haría traspaso de la tienda por unos cuantos miles de duros.
- Embarcose más tarde para la expedición al estrecho de Magallanes en la corbeta Santa María de la Cabeza, que mandaba Don Antonio de Córdova.
- Todo aquello, aunque a don Antonio le estaba mal el decirlo, lo había dicho y repetido cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal.
- San Antonio, vestido de azul, mira extático, cruzados los brazos, a un niño que desciende entre una nube amarillenta y le ofrece un ramo de blancas azucenas.
- Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos de comida en la mano.
- El mismo don Antonio le había dicho que si no sobrevenía pronto la baja saltaría él a fin de mes con todos los jugadores que atendían los consejos del famoso banquero.
- Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez más atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirse dominado por una preocupación.
- Lo que hay, muchacho, es que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo ver con tranquilidad cómo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas aventuras.
- Según allí me dijeron, además del Trinidad, se habían ido a pique el Argonauta, de 92, mandado por Don Antonio Pareja, y el San Agustín, de 80, mandado por Don Felipe Cajigal.
- ¡Ay, Antonio! ¡Ay, Antonio! Ha llegado la unción hace un momento y han ido poniendo sobre sus ojos, sobre sus oídos, sobre sus labios, sobre sus manos, sobre sus pies los santos óleos.
- Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados.
- Después se asomó al balcón, y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan Antonio y dos vecinos.
- Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco, nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre débil.
- Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artista podía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen juntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuña de cabra.
- Y por fin, los retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al enemigo.
- Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa de don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban cierto aire monjil.
- Y ésta es la causa, Antonio, por qué en el verano, cuando ha pasado el chubasco y el sol luce de nuevo, vemos sobre las hojas de algunas plantas, las cucurbitáceas, por ejemplo, unas pequeñas y brilladoras eflorescencias salinas.
- Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa, Antonio Cuadros, sucesor de García y Peña, colgaban largas cortinas formadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicados borlajes y apretadas filas de madroños.
- Entre tanto, y supiera o no don Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva.
- Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del Siglo y de Levante.
- Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros, se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio, que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa.
- ¡Mi Antonio, un hombre tan serio, con esa mala piel! ¡Ay, doña Manuela de mi alma, yo creo que me va a dar algo! Y la pobre mujer, no pudiendo resistir más, cubríase con el abanico los lacrimosos ojos, mientras doña Manuela le recomendaba la serenidad.
- ¿Cómo divulgar que la señorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a don Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa frecuentaba?
- Frente a la ventana y formando ángulo recto con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración proyectada.
- Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos de veinte palabras mezcló varias veces el debe y el haber, viose interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.
- El precio del traspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían el vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras profundas, y en el piso superior magníficas habitaciones.
- Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel encargo.
- También esperaba que fuese Andresito, el hijo de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, que cursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía de Juanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tan ocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto.