Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra arroz

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra arroz en el contexto de una oración.

Término arroz: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "arroz" aquí tienes una selección de 30 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra arroz para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Arroz y tartana.
  • Mano al arroz con leche.
  • Y contó el lance del arroz con leche.
  • Digáis a un chino que os haga un arroz.
  • Había en el comedor una bandeja de arroz con leche.
  • Feliciana era de Valencia, y ponía muy bien el arroz.
  • ¿Le gustan a usted tanto las úes que se las come con arroz?
  • Tengo hoy un arroz con menudillos que es lo que hay que comer.
  • Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
  • Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del arroz.
  • Hoy les he dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen.
  • Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con leche a puñados.
  • Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera traído para el arroz.
  • Las mejillas se enrojecían, expeliendo en su dilatación la capa de polvos de arroz.
  • ¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche! Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.
  • En otros tiempos se vendía bien el vino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.
  • Y dejando caer su cuchara en la sartén de arroz, lloriqueó largamente, bebiéndose las lágrimas.
  • Ves estos caracoles le decía a Luisito, pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.
  • Esa fanfarronería, ese afán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama arroz y tartana, es ridículo.
  • Pero ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara dentro del arroz para servir a su futuro esposo.
  • De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola.
  • Luego una brecolera en el puesto de verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro huevos y una lata de pimientos morrones.
  • Mirábanse unos á otros con indecisión y extrañeza, hurgábanse las narices por hacer algo y acabaron todos por imitar á la madre, llorando sobre el arroz.
  • ¡Oh estupideces de la moda! A las dos incomodábalas su color pálido de arroz, aquel color puramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de la camelia.
  • Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con diente debajo de los polvos de arroz.
  • En aquel punto y hora, mientras corrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotaban las copas de tostado, llegaba a su periodo álgido la disputa, y se entreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.
  • Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el arroz con menudillos.
  • La viuda había empeñado y perdido para siempre un centenar de hanegadas de tierra de arroz que le producían muy buenos cuartos, para adquirir aquella ratonera brillante y frágil, a la que puso el título de Villa Conchita, no sin protestas ni rabietas de Amparo.
  • En alguna de aquellas casas de prostitución distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos, membrudos por el sport.
  • Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, de los que han derramado la poesía del arte sobre la prosa de la vida doméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la gran cocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panza reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la carne no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas mejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como ninfas con un sátiro atado, arrojándole entre el cuero y la camisa puñados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos después, cuando el gaitero y los demás músicos vinieron a reclamar su parva o desayuno, el guiso de intestinos de castrón, hígado y bofes, llamado en el país mataburrillo, ¡cuán digna de su pincel encontraría la escena de rozagante apetito, de expansión del estómago, de carrillos hinchados y tragos de mosto despabilados al vuelo, que allí se representó entre bromas y risotadas! ¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado en la sala de la rectoral?