Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "ateo" aquí tienes una selección de 37 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra ateo para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- ¿Ateo tú?
- Don Pompeyo era el ateo de Vetusta.
- Comparado con don Pompeyo Guimarán el ateo.
- Ni rico había sabido hacerse el infeliz ateo.
- Si le preguntaban qué opinaba del Ateo, decía.
- El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.
- El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas.
- Señor, es para que entre mi sobrino, que era muy ateo.
- Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.
- ¡ El Ateo llamaba al Magistral para que le ayudara a bien morir!
- Aquella sociedad la había fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia.
- Sólo que tú eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba.
- Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de abandonar el templo.
- Hasta las más recalcitrantes beatas pasaban al lado del Ateo sin echarle una mala maldición.
- Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces protestante, masón, judío, ateo.
- Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más de lo que la justicia manda.
- Todos le llamaban el Ateo, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de que no mordía.
- Señores interrumpió el ateo el fondo de mi alma lo traigo en la superficie para que el mundo se entere.
- Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho masón, republicano y por consiguiente ateo.
- Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros términos, la buena crianza estaba de más.
- Antes que usted naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es insultar mis canas, y mi consecuencia.
- Él, a pesar de las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta haciéndole morir en el seno de la Iglesia.
- ¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica.
- ¡Cuánto tengo que agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dándome esas pruebas de tu ateísmo, y los pobres te bendecirán.
- ¡Qué condicional, ni qué calabazas! gritó doña Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos miramientos con un ateo loco.
- ¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo! concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.
- Y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo extendió una mano y dijo interrumpiendo.
- ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán! Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral.
- Todo contribuía a deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún pulcra, correcta, intacta.
- Contra lo que esperaba el ateo, la conversación, al llegar el Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos serios que él creía propios de aquella solemnidad.
- Aquel sol de Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del progreso definitivo de la Humanidad.
- Los otros tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia de incalculable valor para la Iglesia.
- Y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo.
- Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga, incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón, deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para él, preciosa especie del ateo.
- ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos tragando polvo, dispersos y aniquilados!
- Esto último era lo más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima composición poética en que se cantaba la muerte del ateo felizmente restituido a la fe de Cristo.
- Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las circunstancias, teniendo a su lado al cura de cabecera, a don Fermín y a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.