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Ejemplos de oraciones con la palabra aurora

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra aurora en el contexto de una oración.

Término aurora: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "aurora" aquí tienes una selección de 85 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra aurora para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Aurora es honrada.
  • Aurora, ¡por Dios!
  • Aurora, por ejemplo.
  • ¿Perdona usted a Aurora.
  • ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora.
  • ¿Pero qué es esto, Aurora?
  • De pronto se echó a reír Aurora.
  • Ya sé que tú y Aurora os pegasteis.
  • Murmuró Aurora con los ojos cerrados.
  • Aurora volvió en sí exhalando gemidos.
  • Parecía la aurora de las doradas guedejas.
  • Eso que te incomoda tanto, es cosa de Aurora.
  • Aurora convenía en que era una gran bribonada.
  • Los chillidos de Aurora se oían desde la calle.
  • Aurora parecía decir a su galán que no siguiese más.
  • Pero Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.
  • (Aurora tenía la costumbre de contar siempre por francos).
  • La Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche.
  • Balbució Aurora muy cortada, sin saber para dónde volverse.
  • Aurora se quedó trabajando un momento más, y decía para sí.
  • Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada.
  • Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó.
  • Los domingos, Aurora dice en su casa que va al obrador, y a donde va es a.
  • Pero como fue la indecente de Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo.
  • Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con Olimpia.
  • Las bodas aristocráticas menudeaban, y la pobre Aurora no podía desenvolverse.
  • (Aquí suspendió Aurora su trabajo, poniendo todo su espíritu en lo que relataba.
  • Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le tocó un brazo.
  • Aurora, al verla, se quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner.
  • Dos de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos de dolor.
  • Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se secreteó con Fortunata.
  • ¿Acerté a descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían, etcétera?
  • Apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando a su amiga con intención picaresca.
  • Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y en este una gran hebilla.
  • Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y Aurora lo hacían en el balcón.
  • La mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de mucha disposición para el trabajo.
  • Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera impedirlo, ni siquiera gritar.
  • Además, usted le dirá a doña Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza.
  • Después que apuró el platillo de la compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.
  • Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso delante de su amiga en la actitud más complaciente.
  • Cuando Aurora sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos hacia el Ave María.
  • Aurora y Fortunata se reían mirando a Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el diablo.
  • Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora.
  • Espera, te contaré dijo Aurora con cautela, asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para acecharlas.
  • Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres.
  • La conversación pasó de Maximiliano a las Samaniegas, mostrando Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella.
  • Xii Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, riéndole las gracias a doña Desdémona, se fueron al balcón.
  • Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.
  • Revelaba estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de charla sabrosa que las señoras mayores les permitían.
  • Y en el cielo hosco, sobre la gran ciudad, aparece emanación de los focos eléctricos como una tenue, difuminada claridad de aurora.
  • ¡Y cómo se parecía a esta tonta de Aurora Fenelón! Todo pasó, todo va cayendo atrás revolviéndose en la estela que deja el barco.
  • Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna.
  • Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió a decir.
  • ¡Aurora, Aurora es! exclamó la joven dando un salto en su lecho, y mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido una bofetada.
  • Y pudo Quintanar levantarse con la aurora y recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices, tordos, perdices, tórtolas y canarios.
  • Sólo faltaba Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase.
  • Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.
  • Se levantaba muy temprano, con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos, hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto.
  • Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida de trabajo, porque los encargos de trousseaux y ajuares se sucedían sin interrupción.
  • ¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada, para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es! ¿Habrá visto visiones Aurora?
  • A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres.
  • Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla, y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a este por las Samaniegas.
  • Siguió por la calle de Postas y Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa.
  • Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que allí había, por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avíos, se puso a cortar y a preparar.
  • Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle muerte, le quitaban a su hijo.
  • Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la aurora llena de resplandores.
  • Fortunata iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho el taller y tienda.
  • Maximiliano contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego, Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy adusta, la otra sentimental.
  • Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de las deslealtades y traiciones femeninas.
  • Pero todo se volvía contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga una saña implacable.
  • El Miércoles Santo enviole su tía con un recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con Aurora.
  • Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas, estaba disponiendo las piezas modelo que se habían de presentar en los primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa.
  • Al poco rato entró Aurora, la mayor de las Samaniegas, que era muy distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de carnes incoloras.
  • Un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas hacia Oriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan el horizonte hacia la parte del Puerto permanecían aún encendidos por el fuego de la pasada aurora.
  • Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de las ventanas, llevando telas en la mano.
  • Pero siempre le encargaba que no la descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad.
  • A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a Aurora, y no quiso más cuentas con él.
  • Después era Aurora sola la que cometía el nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
  • Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
  • Ambas familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.
  • ¡Qué fue el primer día en que una sonrisa borró la grave y cómica seriedad de la diminuta cara y entreabrió con celeste expresión el estrecho filete de los labios! No era posible dejar de recordar el tan traído como llevado símil de la luz de la aurora disipando las tinieblas.
  • Y por si no bastase tanto ruido, las hilanderas, según costumbre tradicional, cantaban á coro con voz gangosa el Padre nuestro, el Ave María y el Gloria Patri, con la misma tonadilla del llamado Rosario de la Aurora, procesión que desfila por los senderos de la huerta los domingos al amanecer.
  • La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios.
  • Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la cintura y ambas salieron al balcón de la sala.
  • Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido no pudieron tener empleo por no existir aquí grandes almacenes, y los que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida.