Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra benítez

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra benítez en el contexto de una oración.

Término benítez: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "benítez" aquí tienes una selección de 44 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra benítez para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Benítez lo consiente.
  • Ese Benítez me la ha salvado.
  • Ya sabes lo que dice Benítez.
  • Benítez puede estar satisfecho.
  • ¿qué tal vengo yo señor Benítez?
  • Aquel Benítez la estaba rejuveneciendo.
  • ¿No opina usted lo mismo, señor Benítez?
  • Benítez es enérgico, habla poco pero bien.
  • Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío.
  • Dentro de él estaba Benítez, el médico de Ana.
  • Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes.
  • Benítez felicitó a la Regenta por su notable mejoría.
  • Y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.
  • Benítez cuando se decide a hablar parece también un confesor.
  • Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía.
  • ¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte.
  • También le gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía.
  • Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que una.
  • Benítez desde que desapareció el peligro inminente, visitó menos a la viuda.
  • La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos de Benítez.
  • De don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible! No se pensó más en ello.
  • Benítez era joven, pero prefería hacer la digestión sentado y fumando un buen cigarro.
  • Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus remordimientos.
  • ¡Si yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo, repetir oraciones!
  • Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la desmedida afición.
  • Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y contestó con la misma sonrisa de antes.
  • Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda.
  • El Barón, Ripamilán, Bermúdez, que tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses ilustres.
  • Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía como condición indispensable para la salud de Ana?
  • Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.
  • Llamó a Benítez con toda el alma, y principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las prescripciones del médico.
  • Ha de estar cerca de Vetusta para que Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto a la ciudad en caso de apuro.
  • Ya le tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón, analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento.
  • El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se llamaba.
  • Ya sabe usted lo que ha dicho Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol.
  • Después de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir ante una revelación semejante.
  • En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento mezclado con los disparates plásticos de la fiebre.
  • A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.
  • Todos los extremos son malos, y Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma.
  • Y, sin embargo, ¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana sobre la verde alfombra ! El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador, Benítez y otros señores graves.
  • Benítez, el joven de pocas palabras y muchos estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas en que la aldea no ofrece ocupación mejor.
  • Tantas ideas y sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor que podía.
  • Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino.
  • La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar esa desgraciada.