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Ejemplos de oraciones con la palabra casta

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra casta en el contexto de una oración.

Término casta: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "casta" aquí tienes una selección de 93 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra casta para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Y doña Casta.
  • Casta bufaba con esto.
  • Sí, lo sé por Casta.
  • De casta le viene al galgo.
  • ¿Qué casta de nieto era aquel?
  • A doña Casta y sus simpáticas hijas.
  • Voy al piano a recordar la Casta diva.
  • A la cárcel gritaba ronca doña Casta.
  • A la noche iremos a casa de doña Casta.
  • Y si en lo moral saca la casta, peor que peor.
  • Socórrale la señora, por ser de la casta que es.
  • Lo que más me choca es lo desmedrado de la casta.
  • ¿Has andado alguna vez en esta casta de aparejos?
  • Niñas dijo doña Casta, tocándoles en los hombros.
  • Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín.
  • El dependiente era para ella un ser de casta superior.
  • ¿Irá usted arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?
  • Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora.
  • Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte.
  • Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de la sangre.
  • Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas.
  • Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle.
  • Pero la casualidad vino a favorecer el anhelo de la casta esposa.
  • La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios.
  • Doña Casta no permitía aún al apreciable joven entrar en la casa.
  • Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con Barbarita.
  • Ii El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo.
  • Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
  • La fiesta consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba.
  • Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por Cándido Samaniego.
  • Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el establecimiento.
  • Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es pariente suya, y he de preguntarle.
  • Estarás muy cansada, siéntate decía doña Casta a su hija, armando el corrillo.
  • La casta burguesa se iba preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.
  • Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la otra le echaba.
  • Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto en la mirada casta y pura de Margarita.
  • Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se secreteó con Fortunata.
  • A no ser que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aquí madres sajonas.
  • Doña Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está contra ti.
  • Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con qué casta de gente se juntaba.
  • Y también influye el hábito arguyó Casta con la suficiencia y formalidad de un catador de vinos.
  • Pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta como al rey de Francia sanar lamparones.
  • Además, usted le dirá a doña Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza.
  • ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros.
  • La rama de los Moreno Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta y Guillermina Pacheco.
  • Por la noche, doña Casta se empeñaba en que todas habían de comer bellota, de la provisión que trajo.
  • En todo rigor de lógica no puede ser doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles.
  • Iv Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña Casta, donde debían reunirse para ir a paseo.
  • Por eso doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que fuese perdiendo el miedo al público.
  • Así sucede que Bilbao o Buenos Aires, Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos o León.
  • Se encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza para que la oyeran Maximiliano y Ballester.
  • Eligió un segundo de la finca inmediata, y sus balcones caían al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda de Samaniego.
  • Primero fue doña Casta Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas o que se lo creían ellas.
  • ¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua.
  • Dice que las Samaniegas están trinando contigo, y que la viejona aquella, doña Casta, no parará hasta no verte en el modelo.
  • Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
  • Pero allá en sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que perpetuase la casta y les alegrase a todos.
  • Sois los hijos, los sucesores de aquellos comerciantes de mi casta, viejos compañeros que antes morían que faltar a la honradez.
  • Y bien saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan.
  • Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva de la gente rica que iba hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta.
  • La Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.
  • Esta casta de perdidas que en Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas, apenas existe en España, donde son contadas.
  • Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el comedero.
  • Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con Don Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la chica de Ruiz Ochoa.
  • Era alta, ancha de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen vetusta.
  • Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de pasmo y asentimiento.
  • A la hora de este, volvió doña Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada.
  • A pesar de sus notables prendas, doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más lucrativo.
  • Ix La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su campaña reparadora en favor de su sobrina.
  • Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un año de práctica, tendría participación en las ganancias.
  • El Miércoles Santo enviole su tía con un recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con Aurora.
  • Y Mesía resignado, firme en su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el spirto gentil o la casta diva.
  • Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana.
  • Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno Isla, el cual, a pesar de ser Moreno rico, mantenía cierta comunicación de familia con aquella Moreno pobre, visitándola alguna vez.
  • Amigo Padilla, hoy mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se queda solo envenene a toda la parroquia.
  • Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas.
  • Y para llegar antes a las regiones del ideal que eran su propio ambiente, cantaba la Casta diva o el Spirto gentil o el Santo Fuerte, y pensaba en sus amores de niño o en alguna heroína de sus novelas.
  • Hizo emprender al rocín un trotecillo presuntuoso, cual si fuese un caballo de casta, y vio cómo después de pasar él se asomaban á la puerta Pimentó y todos los vagos del distrito con ojos de asombro.
  • Clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las paredes.
  • Sobre estos particulares habló largamente con Casta Moreno, que algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubín, y la viuda de Samaniego se hacía lenguas de Guillermina, conceptuándola sobrenatural.
  • ¡Ay, señor, y cómo le quiero bien! No se case sino con su gusto y mujer de casta, que le prometo que con ser yo no muy rica, no he querido casar mi sobrina, con haberle salido ricos casamientos, por no ser de calidad.
  • La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando gritos.
  • Por de contado, estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.
  • Por eso dijo doña Casta, un establecimiento montado como los mejores del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí, las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a comprar la última novedad.
  • A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a Aurora, y no quiso más cuentas con él.
  • Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono menos catilinario que los anteriores.
  • Pero su espíritu de mujer honrada y enferma sabía sobreponerse á esta impresión, y continuaba adelante con cierta altivez vanidosa, con un orgullo de hembra casta, consolándose al ver que ella, débil y agobiada por la miseria, aún era superior á otras.
  • Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero.
  • ¡Qué melodramáticos estamos y qué simples semos ! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a quien está casado con una mujer, que es la casta Susana, sí señor, me ratifico, la casta Susana, mujer que antes se dejaría descuartizar que mirarle a la cara a un hombre.
  • Si Ana, asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
  • ¡Y velle venir a mediodía la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar diciendo.
  • Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.
  • Y como no la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el clásico globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de novela, impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando su analogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinas de damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgaduras de iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, con randas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.