Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra comiéndose

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra comiéndose en el contexto de una oración.

Término comiéndose: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "comiéndose" aquí tienes una selección de 12 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra comiéndose para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Pero miserable, y comiéndose sus ahorros.
  • Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas.
  • Ido empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos.
  • Oi go, siii see ñoor, oi go tartamudeó la moza, comiéndose los sollozos.
  • Pensó con profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo.
  • ¡Pillo, tunante! pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las palabras la hiel que se le quería salir.
  • Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle.
  • Dio ella entonces algunos cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo.
  • Desde entonces su cuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y comiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros.
  • No se dejaba ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles, ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en los ojos.
  • Si alguien lo dudaba, allí estaban para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñez en los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y comiéndose los codos de hambre.
  • La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios.