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Ejemplos de oraciones con la palabra delfín

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra delfín en el contexto de una oración.

Término delfín: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "delfín" aquí tienes una selección de 99 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra delfín para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • ¿Es un enorme delfín?
  • Pues ya lo creo dijo el Delfín.
  • Dijo el Delfín, ¿le esperamos?
  • Añadió el Delfín muy cariñoso.
  • Insinuó el Delfín con severidad.
  • ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad?
  • Ya dije que el Delfín prometió pensarlo.
  • Al Delfín se le quitó un peso de encima.
  • El Delfín tocó en los cristales, diciendo.
  • El bote saltaba como un delfín sobre las olas.
  • Lo primero que expresó el Delfín fue alegría.
  • Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín tampoco.
  • Pensó que nada debía decir por el pronto al Delfín.
  • Así viven y se educan las sociedades dijo el Delfín.
  • Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.
  • El Delfín se oprimía con la mano el costado izquierdo.
  • Zalamero, que iba a Gobernación, quiso llevarse al Delfín.
  • Lentamente, pues, recobraba el Delfín su personalidad normal.
  • Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante.
  • Replicó ella ofreciendo al Delfín lo que en el cascarón quedaba.
  • Preguntó el Delfín que sentía el ardor de una curiosidad febril.
  • ¡qué alma tienes! gritó el Delfín cuando vio entrar a su esposa.
  • Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la humanidad.
  • Y se precipitó en los brazos del Delfín, lanzando este grito salvaje.
  • él veía el pulpo entre las peñas o el delfín nadando entre las olas.
  • Vino Don Amadeo, y el Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle.
  • El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto donaire.
  • Reconozco prosiguió el Delfín, que vales mucho más que yo, como corazón.
  • Replicó el Delfín buscando las callejuelas de una explicación algo enojosa.
  • El Delfín afectaba una gravedad y un seso propios de su talento y reputación.
  • Me acuerdo, sí dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con Maximiliano.
  • Me alegro dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las escaleras arriba.
  • Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo Delfín.
  • Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto dijo el Delfín, disponiéndose a hacerlo.
  • El hombre de la costa no ha querido que sea un delfín, ni un tiburón, ni una ruina.
  • Jormiguita para cuando vengan los malos tiempos dijo el Delfín con benévola ironía.
  • El Delfín se acercó y poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo.
  • Ii Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre enteramente desocupado.
  • Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de seriedad, prosiguió.
  • A la izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio de aquel comercio.
  • IX Una visita al Cuarto Estado i Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo.
  • Oye una cosa dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas nociones de aquel espíritu.
  • ¡La mía! replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de su amor propio, la mía.
  • Ii Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un tazón de té con coñac.
  • El Delfín se encajó una capa de esclavina corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería.
  • Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en estúpido embrutecimiento.
  • Una noche que hacía mucho frío, entró el Delfín en su casa no muy tarde, en un estado lamentable.
  • Esto no era palabrería, y en las pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.
  • Y era verdad, porque el Delfín hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.
  • Era, pues, para el Delfín una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil borrascas.
  • Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas que más le encantaban en ella.
  • Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el Delfín, celebraron mucho la gracia.
  • Algo le habría gustado a Don Baldomero que el Delfín diera a conocer sus eximios talentos en la política.
  • Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y arrugando el billete que estaba en ellas.
  • Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que ninguna Restauración había prevalecido.
  • Vivir todavía, no estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese falso, mala persona.
  • El sol cabrillea sobre las espumas, y al anochecer algún delfín destaca su cuerpo y sus aletas negras en el agua.
  • ¡Qué gusto ser bebé ! murmuró el Delfín, ¡sentirse en los brazos de la mamá, recibir el calor de su aliento y.
  • El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar a un homicidio, abusando de su superioridad.
  • ¡pobre nena ! Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño.
  • Pero el Delfín guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando advertía conatos de sondaje, íbase más abajo todavía.
  • El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran.
  • Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la causa de su hilaridad para obtener esta respuesta.
  • Sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que el público y la familia ponían al glorioso Delfín.
  • El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos.
  • El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de sus carnes.
  • Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia.
  • ¡Una santa!, ¡una santa! repitió Ido, con la barba pegada al pecho y echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz.
  • El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo, hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que estaba.
  • Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna, por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del cielo.
  • No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos, suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de peligro.
  • A Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfín, y andaba desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo confirmase.
  • Barbarita le mandó en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.
  • Movida de este afán, así que se marcharon Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron ambos la cuestión de la ruptura.
  • Observó que el Delfín, cuya edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos.
  • De aquellos mil duros que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria.
  • Cerciorose el compinche de que la esposa se había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domésticos.
  • Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices.
  • La posada era una casita pequeña, retirada de la carretera, con un arco en medio, sobre el cual se balanceaba una muestra que representaba un delfín de colores chillones.
  • El Delfín no tenía paciencia para soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
  • Nada, enteramente primitiva pensaba el Delfín, el bloque del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja perder por refinarlos demasiado.
  • Pero al tener conciencia, el tener un sentido moral muy elevado añadió el Delfín dominando la suerte, como lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti.
  • Pero se equivocó, porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad, cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza centrífuga.
  • Cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida.
  • Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso de recibirlos que deseoso de ellos.
  • Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella visita, esta historia no se habría escrito.
  • Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta los medios de su propia reparación.
  • Antes de las doce, todo estaba en silencio, y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara.
  • El pícaro del Delfín hacía beber a Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino muy divertido, y al fin consiguió con el Champagne lo que con el Jerez no había conseguido.
  • Bebió el Delfín muchas cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener.
  • A mayor abundamiento, en aquella época del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros, que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces se plantaba en la dehesa.
  • El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el cuarto del Delfín.
  • IV Perdición y salvamento del Delfín i Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones nuevas y algunas mañas que le desagradaron.
  • Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes que consentir que nadie tocase al Delfín (así le solía llamar) en la punta del cabello.
  • Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios independientes que la modestia y la subordinación no le permitían manifestar.
  • Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se daba aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le había enseñado a conocerle, y ya se sabía, cuando el Delfín se mostraba muy decidor de frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su argumentación paradójica, picos pardos seguros.
  • Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería, Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el establecimiento de huevos de la Cava.
  • Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento ingenioso.
  • La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.