Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "dudo" aquí tienes una selección de 25 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra dudo para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Yo lo dudo.
- Yo lo dudo.
- Juanito dudó.
- Dudó un momento.
- Pero yo dudo que tú.
- Si no dudo que estés bien.
- Dudo mucho que la encuentres.
- No lo dudo replicó Garmendia.
- ¡Oh!, yo dudo mucho que quieran.
- ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva.
- Lo que dudo es que usted tenga buena salud.
- Que se la pediría, no lo dudó un momento.
- Batiste no dudó que aquellas gentes se vengarían.
- El locutorio dudo por hoy, pero no deje de venirse V.
- Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
- Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa, Juanito mío.
- él, que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había sentido.
- En la punta de aquella tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para adentro.
- Llegó sin aliento al portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la calle.
- Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones de la chica.
- ¡Quién sabe lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que deben ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala.
- Yo les aseguro a ustedes, y no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mío, que le perdoné con toda mi alma y que elevé el pensamiento a Dios, pidiéndole que le perdonara todas sus culpas.
- Al día siguiente conté a mi madre la escena de la noche anterior en Bisusalde, y no sé si dudó de la veracidad de lo dicho por su presunto hermano, o si creyó que querría quitarnos parte de la herencia.
- Ix Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él.
- ¡quiá! ¡Ni que viviera uno entre salvajes, sin caridad ni religión! Pero en la tarde, cuando vió venir por el camino á unos señores vestidos de negro, fúnebres pajarracos con alas de papel arrolladas bajo el brazo, ya no dudó.