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Ejemplos de oraciones con la palabra elocuencia

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra elocuencia en el contexto de una oración.

Término elocuencia: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "elocuencia" aquí tienes una selección de 31 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra elocuencia para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Saboreaba el triunfo de su elocuencia.
  • Su elocuencia era espontánea, ardiente.
  • En tales momentos su elocuencia era sincera.
  • Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia.
  • ¡Cuánta elocuencia en un letrero! ¡Estás sola! pues ¿y Dios?
  • La elocuencia era aquello, hablar así, que se viera lo que se decía.
  • En aquel momento, Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir.
  • La elocuencia de Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito.
  • Primitivo no desarrolló mucha elocuencia para apoyar la demostración del Arcipreste.
  • La elocuencia del Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito.
  • Él también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras circunstancias.
  • Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y elocuencia de don Saturnino.
  • Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se le ocurriría a su debido tiempo.
  • Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia.
  • La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios, lícitos todos, que empleó con arte de maestro.
  • Y además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de su elocuencia, seguro de haber producido efecto.
  • No oía al jesuita, oía la elocuencia silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares y millares de pueblos.
  • Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él.
  • ¡Tanto le había ablandado el alma la elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro! Mucho más grande que nunca.
  • Aquella elocuencia de ayer era falsa, no me salía del alma, yo no soy el vir bonus, yo soy lo que dice el mundo, lo que dicen mis detractores.
  • Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos por respuesta.
  • El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de sus gestos y acento.
  • Los ojos apagados casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de experiencia.
  • Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo hacía en elocuencia liquefacta.
  • Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la carne, derechos de la hermosura.
  • Volvió su pensamiento a la Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.
  • Pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí, y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.
  • ¡Qué poéticas, qué nobles, qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo! ¿A quién dominaba él?
  • Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía las razones que, desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los agravios y conformidad con la cruz.
  • ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación.
  • ¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo de los cirios y de las lámparas.