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Ejemplos de oraciones con la palabra estación

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra estación en el contexto de una oración.

Término estación: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "estación" aquí tienes una selección de 64 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra estación para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Llegaban de la estación.
  • Llego a la estación y tomo el billete.
  • ¿Sabe usted la estación de las Pulgas?
  • En la estación han visto cuatro monjas.
  • Pronto llegaremos a una estación de fonda.
  • Por lo pronto seguir a Tomás a la estación.
  • En la estación de Valencia le esperaba el padre.
  • A un hombre que pasó hacia la estación le dijo.
  • Soplaba un viento demasiado fresco para la estación.
  • Avanzó hacia la salida y dió la vuelta a la estación.
  • Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés.
  • Era la hora del correo y aquel el camino de la estación.
  • Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero.
  • Después de cenar tomó un coche y se fué a la estación.
  • No hace frío, observó Frígilis al llegar a la estación.
  • Había avisado en la estación su deseo de cambiar de clase.
  • XVIII Vuelvo de la estación de Atocha de despedir a Sarrió.
  • Pero aquello de llegar y en la misma estación coger el billete y zas.
  • De las dos viajeras del hotel, una se había marchado por la estación.
  • Dijo Santa Cruz a su mujer dos días después en la estación de Valencia.
  • Un poco después de media noche llegaron a una estación plagada de gente.
  • Entonces yo cojo mi equipaje, salgo de la estación y me voy a casa, ¿eh?
  • No sabes cómo me han marcado esos badulaques en la estación de las Pulgas.
  • Ha pasado otra estación y las viejas han descendido con sus cestas y sus sacos.
  • Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si descubrimos algo.
  • Además hay otras razones, que yo expuse en el consejo, y son que la estación avanza.
  • Cada pueblo del tránsito le parecía una estación de calvario para su estómago hambriento.
  • Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes se quedaran por allá.
  • En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un jefe de estación de ferrocarril.
  • Cruzamos vertiginosos ante una estación, y se oye un largo campanilleo, que se pierde rápidamente.
  • ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces.
  • Indudablemente, el jefe de la estación de Bargas puso una fecha atrasada al troquelarles sus billetes.
  • Mucho agradeció al buen caballero tales obsequios, que tenían mayor precio en la estación que corría.
  • En seguida de recibir el nombramiento, Andrés hizo su equipaje y se dirigió a la estación del Mediodía.
  • Dadas las despedidas, con sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la estación.
  • Cuando han arribado a la estación, Azorín, como es natural, ha sacado el billete y ha facturado sus bártulos.
  • Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar.
  • La estación, triste cabaña muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano o poco más distante.
  • ¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma.
  • Con un ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo.
  • Para llegar a ella había que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y seguir a Alcolea en coche.
  • ¡Sarrió ha llegado a Madrid sin que yo bajase a la estación a recibirle! Y se pasea por estas calles sin que yo le acompañe.
  • En la cuestión de bucólica, sí que no le ponía tasa, y le recomendaba que trajese siempre lo mejor y más adecuado a cada estación.
  • Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares.
  • Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estación solitaria, oigo, en el profundo reposo de la llanura, el tric trac del telégrafo, sonoro y presuroso.
  • Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido, impropio de la estación, porque todavía no había entrado Julio, aunque faltaban pocos días.
  • De la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas.
  • En la estación de Valencia mandó un telegrama a su familia, compró algo de comer y unas horas más tarde volvía para Madrid, embozado en su capa, rendido, en otro coche de tercera.
  • Y hacíale frente una enorme mata de hortensia, mustia y doblegada por las lluvias de la estación, graciosamente enfermiza, con sus mazorcas de desmayadas flores azules y amarillentas.
  • Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.
  • Sus piececitos se desencorvaban, y los dedos, antes retorcidos, el pulgar vuelto hacia arriba, los otros botoncillos de rosa hacia abajo, se habituaban a la estación horizontal que exige el andar humano.
  • Los vetustenses no se fían de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta fines de Abril próximamente.
  • Metiose en un negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada.
  • Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó.
  • Viii A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella, esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas.
  • Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos, quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la estación.
  • Vi Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de la emigración.
  • Doña Manuela continuaba haciendo sus compras, deteniéndose ante los productos raros y extraños para la estación que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entrañas jamás descansan y que el clima convierte en invernadero.
  • Entonces se dio cuenta de que estaba a pocos pasos de un tren que, conmoviendo el suelo, dando mugidos, por la chimenea y rugiendo por las válvulas de escape, salía de la estación, abofeteando a los más próximos con el viento de su rápido paso.
  • El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación, pero de cuatro o cinco onzas su precio en la Habana y por esto pensaba que podía usarlo todo el otoño.
  • En un decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar algunos minutos antes de la salida del tren mixto.
  • Después, en un prado anejo a la Ciudadela y del cual se había apoderado la villa, iba el tamborilero y la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que el toque del Ángelus terminaba con la zambra y los campesinos volvían a sus casas después de hacer una estación en la taberna.
  • Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente por su cuarto, que ofrecía el desorden del despertar, en torno de las dos camitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sábanas guardaban el calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida que exhalan las carnes sanas y virginales.
  • Por la noche, ¡con qué placer saltó al andén de la estación, hendiendo a codazos la muchedumbre que obstruía la salida! Con los zapatos llenos de polvo, llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que esparcían fresco perfume, pasó como un hombre satisfecho de la vida ante los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y corrió a la calle de Gracia, metiéndose en la escalerilla con un arranque de audacia que a él mismo le causaba asombro.