Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "eugenio" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra eugenio para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- ¿Don Eugenio.
- Dijo don Eugenio.
- Hombre, don Eugenio.
- Preguntó don Eugenio.
- Eugenio, ¿es mi amigo?
- ¿qué es de don Eugenio?
- ¡Ey! gritó don Eugenio.
- Usted bien lo sabe, Eugenio.
- Él opinaba como don Eugenio.
- Y don Eugenio guiñó el ojo.
- Eso no es verdad, don Eugenio.
- Don Eugenio García, una tortada.
- Interrumpió don Eugenio picarescamente.
- ¡Don Eugenio! exclamaron los dependientes.
- Don Eugenio andaba sin saber adonde dirigirse.
- En Las Tres Rosas sólo encontró a don Eugenio.
- Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma.
- Pero ahora el turno le correspondía a don Eugenio.
- Verdad es corroboró don Eugenio, harto compungido.
- Pero con el astuto don Eugenio no valían disimulos.
- Pero quédese usted a comer, don Eugenio dijo la señora.
- ¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro! gritó don Eugenio.
- Don Eugenio se llegó a la vidriera y soltó la carcajada.
- No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta.
- ¿Qué diría don Eugenio, que es la honradez personificada?
- Don Eugenio, aunque animado, no se las prometía tan felices.
- No tenía igual poder sobre don Eugenio, su antiguo principal.
- El granuja de don Eugenio le dejó desahogar, y luego añadió.
- Los tiempos cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios.
- Ii El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo.
- En esta reunión estaban todos los afectos y alegrías de don Eugenio.
- Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosa por otra.
- Y al palo, sí señor, ¡al palo! Don Eugenio no podía contener la risa.
- Cebre, según don Eugenio, hervía en indignación contra don Pedro Moscoso.
- Pero mientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda del Mercado.
- Don Eugenio estaba inspirado, oportuno, bullanguero, ocurrentísimo en una palabra.
- Don Eugenio me ha dado este papel, encargándome mucho que no tardase en entregarlo.
- El joven recordaba confusamente las grandezas que había oído de boca de don Eugenio.
- Hasta don Eugenio, el abad de Naya, me dijo que el muchacho había pedido sus papeles.
- El señorito de Limioso se acercó otra vez, levantó el visillo y llamó a don Eugenio.
- Al cabo, tanto insistió don Eugenio, que hubo de prometer, aplazando para el último día.
- En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martínez de la Rosa y de su malogrado Estatuto.
- Don Eugenio, viéndole animado, le porfiaba para que fuese a hacerles una visita al cazadero.
- Emprendieron los dos la marcha hacia las Alameditas de Serranos, paseo habitual de don Eugenio.
- Lo que yo quería, Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfado que tomé allá en la mesa.
- Si ese hombre es continuó don Eugenio quien tiene que evitar la ruina de Antonio, bien estamos.
- El día de San Vicente supo Juanito hasta dónde llegaba la indignación del venerable don Eugenio.
- Dumas padre, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto a su afán de leer.
- Eso es muy cierto respondió don Eugenio, que rara vez contradecía de frente a sus interlocutores.
- ¡Y cómo se reía don Eugenio de la manía novelesca de su Melchorico, como cariñosamente le llamaba.
- Delante de todos entró don Eugenio, que se echó en una butaca partiéndose a carcajadas y palmoteando.
- Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía con la mano señas de que faltaba lo mejor del cuento.
- Aquí alguien nos vende, articula el abad de Ulloa en voz bronca, mirando desconfiadamente a don Eugenio.
- ¿para quién, pues, las fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de don Eugenio?
- Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.
- Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener que limpiarse los lagrimales con el pañuelo de cuadros.
- Doña Manuela y las niñas pasaron al salón, donde estaba don Eugenio García, el fundador de Las Tres Rosas.
- Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen Fraile conocía perfectamente a su hija.
- El único que protestaba en la casa, revolviéndose furioso contra las desatinadas innovaciones, era don Eugenio.
- Fue un día a desahogar sus cuitas con don Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
- Hay que dar a la juventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermano o el bueno de don Eugenio.
- Don Eugenio, saludaba al paso aquellas caras que veía todas las tardes, sin interrumpir por esto la conversación.
- Si don Eugenio ponía cara de perro a las peticiones, surgía la protesta en la rapaz parentela que tanto le quería.
- Pero don Eugenio no había dejado de vivir un solo día en aquella casa, fuera de la cual no comprendía la existencia.
- Don Eugenio andaba, de puro excitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilación para saber noticias ciertas.
- Que aún dicen cosas más serias voceó don Eugenio, pegando su inquieta yegüecilla a la reverenda mula del arcipreste.
- Don Eugenio parecía una sibila, que, en nombre de la honradez y la mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias.
- De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hecho Julián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya.
- Por el camino preocupábanle las palabras de don Eugenio, la triste sonrisa con que había acompañado su última pregunta.
- ¡Te has lucido, Eugenio! Sesenta años de honradez inquebrantable, llegar a una edad a que pocos llegan, y todo ¿para qué?
- Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, más que de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino.
- Don Eugenio, al ver aguada la sobremesa, optó por levantarse, proponiendo a Julián que saliesen a tomar el fresco en la huerta.
- Don Eugenio sólo se consolaba yendo en busca del tío de Juanito, ante el cual mostraba su indignación por los negocios de Cuadros.
- Don Eugenio, el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose las caderas con ambas manos, quejándose y derramando lágrimas.
- Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del célebre banquero, que todos los días repetían los periódicos, pero Juanito se estremeció.
- Don Eugenio, que se sentía viejo y estaba dispuesto a traspasar Las Tres Rosas al dependiente predilecto, encargóse de hablar a su amigo el Fraile.
- Las contiendas entre don Eugenio y su antiguo dependiente los separaban, y a pesar de hacer la vida bajo el mismo techo, pasaban semanas sin hablarse.
- Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidad a pasar en Naya el día del patrón, aceptó de buen grado, comprometiéndose a no faltarle.
- Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de don Eugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero de San Juan.
- Ahora comprendía las palabras de don Eugenio, su sonrisa triste, la mirada de conmiseración con que había acompañado su rápida salida de la tienda.
- Allí se reunían una tía y dos primas de don Eugenio a quienes por ser muchachas y frescas no quería el párroco tener consigo a diario en la rectoral.
- Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan, don Eugenio García, fundador de la tienda de Las Tres Rosas, figuraba en primera línea.
- Agarrado don Eugenio al montecristo de su compañero, le explicó desde cerca algo que las alas del nordeste se llevaron aprisa, con estridente y burlón silbido.
- Mas en vez de hacerlo soñador excitaba sus instintos de economía, predominando en él las aficiones de su padre, lo que su tío y don Eugenio llamaban sangre comercial.
- Además, se hablaba de que el señor Cuadros había comprometido en su ruina los ahorros de don Eugenio, confiados a su custodia, y todos se compadecían del pobre viejo.
- En cuanto vea que el perro se para explicábale don Eugenio al novel cazador, que apenas sabía por dónde coger el arma mortífera, se prepara usted y le anima para que entre.
- Don Eugenio pertenecía a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibio entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la tercera de Ligeros.
- Al salir de casa de Barbacana, encontró el arcipreste en la cartería al juez y al escribano, y a la puerta a don Eugenio, desatando su yegua de una argolla y dispuesto a montar.
- Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba la tienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones de hombre práctico a las del principal.
- Hace dos semanas fue a casa de don Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se diese prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz de su vida.
- Pero ¡bah! ¡Quién hace caso de esa gente rancia! Y entre, los rancios no sólo figuraba su tío, sino don Eugenio, el fundador de Las Tres Rosas, que también manifestaba al joven gran descontento.
- Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificaciones y adelantos había experimentado aquella plaza, en la que nació a la vida del comercio y debía desarrollarse toda su existencia.
- Julián, no sabiendo qué hacer de su persona, quedóse pegado a don Eugenio, y le vio realizar dos proezas cinegéticas y meter en el morral dos pollitos de perdiz, tibios aún de la recién arrancada vida.
- Para evitar que se la jugasen, don Eugenio, valiéndose del derecho de intervención, sentó en la mesa a un labriego de los más adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un minuto de la urna.
- Don Eugenio, como si no entendiese, insistió, repitiendo cuanto acaba de oír en la cartería de Cebre, donde se bordaban con escandalosos comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la provincia.
- Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya no vestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes, operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundas meditaciones.
- Seguía las modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos hasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, como ella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre.
- En la plaza de la Constitución vio a don Eugenio, que miraba de lejos el milacre, apoyado en el viejo bastón y mostrando su carita de pascua por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el verano.
- Perdió de cuenta los cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientes viejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda, otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet.
- En dos o tres funciones a que asistió, figurósele que los curas le hablaban con acento hostil, que el arcipreste le examinaba frunciendo el entrecejo, y que únicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada cordialidad.