Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "evaristo" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra evaristo para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Pero Don Evaristo.
- ¡Ah!, es Don Evaristo.
- A casa de Don Evaristo.
- Dijo gozoso don Evaristo.
- Razón tenía Don Evaristo.
- Era el de Don Evaristo Feijoo.
- No, porque Don Evaristo la reñiría.
- Don Evaristo, a mí no me la da usted.
- Don Evaristo, usted crea lo que quiera.
- Puede que sea verdad lo que dice Don Evaristo.
- Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado.
- Dijo Don Evaristo inclinándose para verle la cara.
- Ya en este terreno, Don Evaristo se descubrió más.
- Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo.
- La acompañaré a usted dijo Don Evaristo con bondad.
- Retirose la dueña, y Don Evaristo volvió a su tema.
- Que Don Evaristo se moría pronto era cosa indudable.
- Don Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de milicia.
- Expansión que Don Evaristo se permitía algunas veces.
- Hablaremos a Villalonga dijo Don Evaristo embozándose.
- Al quedarse otra vez solo, Don Evaristo arrugó el ceño.
- Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
- Era un suponer, Don Evaristo manifestó Rubín desdiciéndose.
- Le ha dado otra vez el canuto ese bergante decía Don Evaristo.
- ¡Ah!, como guapa, ya lo es agregó Don Evaristo con cierto entusiasmo.
- ¡Ay, Dios mío! murmuró el buen Don Evaristo con hondísimo disgusto.
- Hola, Don Evaristo dijo deteniéndose un instante a estrecharle la mano.
- Como Don Evaristo se preciaba de saber algo de medicina, tomole el pulso.
- Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.
- Vamos, que no será tanto dijo para sí don Evaristo, subiéndose el embozo.
- A veces sentía Don Evaristo gran regocijo oyéndola, a veces verdadero terror.
- Me la comería pensó Don Evaristo, que la contemplaba embobado, sin decir nada.
- Por mi parte añadió Don Evaristo, haré todo lo que pueda para que esto cuaje.
- Ii Don Evaristo González Feijoo merece algo más que una mención en este relato.
- Luego Don Evaristo pareció instantáneamente asaltado por una idea que le inquietaba.
- Sí, ya se conoce que es usted más tierna que el requesón dijo Don Evaristo, meditando.
- Como le convenía retirarse temprano, no fue Don Evaristo aquella noche al indicado café.
- Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, la boca, el diente menos.
- Rara vez, al entrar, encontraba ya allí a Don Evaristo González Feijoo o a Leopoldo Montes.
- ¡No se haga usted más tonta de lo que es! indicó Don Evaristo arrugando también su nariz.
- ¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra! dijo Don Evaristo llamándole cuando ya estaba en la puerta.
- Con este sistema de cautela y recato, les iba tan bien que Don Evaristo no cesaba de congratularse.
- Al siguiente día, Don Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien encontró peinándose sola.
- Don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá, y con voz clara y firme le habló de esta manera.
- Creyeron los más que Don Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre pensador.
- Se le nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando vino al mundo Juan Evaristo.
- Y para que veas si sé yo hacer las cosas y me intereso por ti le dijo un día Don Evaristo tuteándola ya.
- Algo dijo que llevó al ánimo de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se veía en un mal paso.
- Lo que más me carga dijo Don Evaristo con rabia, dando un puñetazo en el brazo del sillón, es que la vista.
- Viii La primera vez que Don Evaristo visitó a su dama después de esta entrevista, abrazola gozoso, y le dijo.
- Dijo Don Evaristo mirándola de un modo que parecía indicar agradecimiento de las caricias que al micho hacía.
- Una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y un joven en quien al pronto reconoció Don Evaristo a Maximiliano.
- Dos días después, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar llegó el criado con una breve esquelita, llamándola.
- Don Evaristo llegó en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mandó que le hiciera un chocolatito para las cinco.
- Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina tiró de la campanilla para decir a la criada.
- Jacinta hacía girar todo este ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de Juan Evaristo.
- Don Evaristo vivía, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un caserón aristocrático de la calle de Don Pedro.
- V El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo González Feijoo, a quien era indiferente este o el otro establecimiento.
- No olvidó por esto Don Evaristo a sus parientes, que eran dos sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada.
- Un instante después Ramsés II pasó junto a Don Evaristo, deslizándose por entre las mesas y sillas como sombra impalpable.
- IV Un curso de filosofía práctica i Dos o tres veces fue Don Evaristo al siguiente día a enterarse de la salud de Fortunata.
- Si Fortunata, empezando por conformarse, acabó por sentirse bien, Don Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida.
- Hágalo por mi amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí, sépalo usted, y me constituyo en su tutor.
- La mejoría se acentuó tanto, que Don Evaristo atreviose a salir de noche, y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo.
- El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.
- Maximiliano saludó a Don Evaristo, preguntándole con mucho interés por su salud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza.
- La suma que poseía Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma, porque así lo había dispuesto Don Evaristo.
- Mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala.
- A poco de instalada en su nuevo domicilio, Don Evaristo le compró una buena máquina de Singer, con lo que ella se entretenía mucho.
- Pero lo más particular era que a la misma Fortunata, al mes de aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de Don Evaristo.
- ¡Buen par de chiflados estáis los dos! dijo para sí Don Evaristo mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.
- Pero la leche no parecía, por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas expresiones de tan poco valor en la práctica.
- Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de dirigirse a su nueva morada, encaminó sus pasos a la de Don Evaristo.
- De lo que sobre plantas se habló aquella tarde, coligió Don Evaristo que su amiga tenía gustos un poco desacordes con el gusto corriente.
- Con aquella sonrisa, que parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto, contestaba Don Evaristo mejor que con palabras.
- Don Evaristo dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquella espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las hojas de los libros.
- Aquí Don Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le decía.
- Al llegar aquí, Don Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas y walses.
- Iii Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad, las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de Don Evaristo González Feijoo.
- Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, Don Evaristo no desplegó los labios.
- Iii El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo y algunos más.
- Dispénseme usted, amigo Don Evaristo dijo Fortunata apareciendo en la puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y pañuelo liado a la cabeza.
- Después llamó la atención de Don Evaristo la facha de un hombre que iba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animada por arte de brujería.
- Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho de ver al filósofo otra vez allí.
- Señor Don Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de Villalonga le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle paso sino a cambio de una promesa.
- Juan Evaristo Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la familia cristiana.
- Y después de saludar a Segunda como si fuera esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo.
- Y no se vaya a creer que le faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un Don Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la dejaba vivir.
- Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la Puerta del Sol, en que Rubín tenía por tertulios y amigos a Don Evaristo González Feijoo, a don Basilio Andrés de la Caña.
- Le preguntó Don Evaristo, que casi todas las noches le hacía la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino porque de aquella interrogación salía casi siempre una plática agradable.
- Que Don Evaristo es un cristiano rancio, y que cuando le administraron, recibió al Señor con una edificación y una santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco y baba.
- El mismo Don Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y que el género y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas alturas.
- Pero no habían pasado diez minutos cuando entró Don Evaristo, con su criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.
- Cuando entró Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley de variedad, y Don Evaristo tenía en la mano su bilboquet, saltando la bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo.
- En el principal y segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos alborotaban tanto en la calle, la gritería era espantosa y Don Evaristo y su amiga tuvieron que callarse, mirándose y riendo.
- ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tan fresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre, después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen, concluyendo por renunciar a ello.
- La música, los aplausos, las voces y el murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, que el buen Don Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondo al suelo si permanecía allí un cuarto de hora más.
- Despidiose Don Evaristo, dejando al pobre chico en tal grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver en su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el respetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo.
- El hombre que como usted prosiguió don Evaristo, no se deja engatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer el bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!, mirando para el cielo, no para la tierra.
- Y Don Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado, saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la Providencia ha concedido a la iniciativa humana.