Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "francisca" aquí tienes una selección de 52 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra francisca para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Doña Francisca tenía razón.
- Doña Francisca tenía razón.
- Válgame Dios dijo Doña Francisca.
- Le dijo compasivamente Doña Francisca.
- Bueno, me alegro repuso Doña Francisca.
- Esto no se puede sufrir dijo Doña Francisca.
- Doña Francisca, haciéndose cruces, dijo así.
- ¿A usted qué le importa, señora doña Francisca?
- ¡Victoriosos! exclamó con desdén Doña Francisca.
- ¡Ah, señora Doña Francisca! ¡Bonito se puso aquello!
- Lo que ha de resultar ya lo sé yo observó Doña Francisca.
- Esto no es vivir continuó Doña Francisca agitando los brazos.
- ¡Jesús, María y José! exclamó Doña Francisca más muerta que viva.
- Cuando digo que voy a quemar todos esos papelotes añadió Doña Francisca.
- Marcial chilló Doña Francisca, ni qué nos importa si tienen cincuenta u ochenta?
- Eso sí que estuvo bueno dijo Doña Francisca mostrando algún interés en la narración.
- Le diré a usted cómo fue, señora Doña Francisca, para que vea las mañas de esa gente.
- Réstame hablar ahora del marinero, objeto del odio más vivo por parte de Doña Francisca.
- Entré en la sala, y Doña Francisca se adelantó hacia mí preguntándome con mortal ansiedad.
- Pero Doña Francisca, no convencida con tan endeble argumento, continuó chillando en estos términos.
- Si aquella falta hubiera sido cometida ante Doña Francisca, no me habría librado de una fuerte paliza.
- Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano.
- Que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco de césped la historia de Santa Juana Francisca.
- Bien digo yo añadió doña Francisca, que ese Príncipe de la Paz se está metiendo en cosas que no entiende.
- No decía Doña Francisca cosa alguna, aunque fuera insignificante, sin que él lo celebrara con risas inoportunas.
- ¡Qué batahola, señora Doña Francisca! Me alegrara de que usted lo hubiera visto para que supiera cómo son estas cosas.
- Ni aun viéndole tan abatido cejó Doña Francisca en su tarea de mortificación, y el día de mi llegada oí que le decía.
- Sí, eso, eso dijo Doña Francisca remedando el tono grandilocuente con que mi amo había pronunciado las anteriores palabras.
- Aquella noche Don Alonso y Marcial siguieron conferenciando en los pocos ratos que la recelosa Doña Francisca los dejaba solos.
- No pudo seguir, porque Doña Francisca, que sentía desbordarse el vaso de su enojo, apostrofó a todas las Potencias terrestres.
- Por éstas y otras razones, Doña Francisca pedía al cielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras europeas.
- V Para oponerse a la insensata determinación de su marido, Doña Francisca no se fundaba sólo en las razones anteriormente expuestas.
- Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen, devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo.
- Por esto se comprenderá que Doña Francisca tenía razones poderosas, además de la poca salud de su marido, para impedirle ir a la escuadra.
- En estas encerronas, que traían a Doña Francisca muy alarmada, nació el proyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el próximo combate.
- Pero cuidé de que no me viera Doña Francisca, la cual me habría hecho notar el irresistible peso de su mano si observara mis disposiciones belicosas.
- Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él mismo le había regalado.
- Se casaron, y el mismo día en que partieron para Medinasidonia, Doña Francisca me ordenó que fuera yo también allá para ponerme al servicio de los desposados.
- Doña Flora y Doña Francisca se aborrecían cordialmente, como comprenderá quien considere el exaltado militarismo de la una y el pacífico apocamiento de la otra.
- Ana había desaparecido otra vez, había entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero.
- Persistía Doña Francisca en la negativa, y Don Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para convencerla.
- Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal, Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para perfeccionarse, no al principio, sino más adelante.
- A pesar de que allí se me trataba con mimo, confieso que me cargaba a más no poder la tal Doña Flora, y que a sus almibaradas finezas prefería los rudos pescozones de mi iracunda Doña Francisca.
- Figúrese usted, señora añadió dirigiéndose a Doña Francisca para obtener su benevolencia, que salimos de Cádiz para auxiliar a la escuadra francesa que se había refugiado en Algeciras, perseguida por los ingleses.
- VI Recuerdo muy bien que al día siguiente de los pescozones que me aplicó Don Francisca, movida del espectáculo de mi irreverencia y de su profundo odio a las guerras marítimas, salí acompañando a mi amo en su paseo de mediodía.
- Si él entraba al fin, le era imposible a ella disimular su alegría, y luego se estaban charlando horas y más horas, siempre en presencia de Doña Francisca, pues a mi señorita no se le consentían coloquios a solas ni por las rejas.
- Ya saben que Don Alonso insistía en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defender la guerra contra el vergonzoso statu quo de Doña Francisca.
- Muy devota, aunque no con la santa piedad de mi Doña Francisca, y grandemente se diferenciaba de mi ama, pues así como ésta aborrecía las glorias navales, aquélla era entusiasta por todos los hombres de guerra en general y por los marinos en particular.
- ¡Si te viera ahora Doña Francisca! Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo.
- Después de comer, mi amo estaba en la galería contemplando una carta de navegación, y recorría con su vacilante dedo las líneas, cuando Doña Francisca, que algo sospechaba del proyecto de escapatoria, y además ponía el grito en el Cielo siempre que sorprendía a su marido en flagrante delito de entusiasmo náutico, llegó por detrás, y abriendo los brazos exclamó.
- ¡Cuánto me he reído después recordando aquella escena, y cuán cierto es, por lo que respecta a mis compañeros en aquel juego, que el entusiasmo de la ancianidad convierte a los viejos en niños, renovando las travesuras de la cuna al borde mismo del sepulcro! Muy enfrascados estaban ellos en su conferencia, cuando sintieron los pasos de Doña Francisca que volvía de la novena.
- Del E.) Entonces aquel insigne varón, que había derramado su sangre en cien combates gloriosos, sin que por esto se desdeñara de tratar confiadamente a su leal criado, sonrió ante mí, hízome seña de que me sentara, y ya iba a poner en mi conocimiento alguna importante resolución, cuando su esposa y mi ama Doña Francisca entró de súbito en el despacho para dar mayor interés a la conferencia, y comenzó a hablar destempladamente en estos términos.