Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra frutos

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra frutos en el contexto de una oración.

Término frutos: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "frutos" aquí tienes una selección de 62 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra frutos para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Don Frutos abrió la boca.
  • Don Frutos no perdía función.
  • Que lo dijera don Frutos Redondo.
  • Don Frutos se dio por satisfecho.
  • ¿no me regalan sus mejores frutos?
  • Don Frutos se bañaba en agua de rosa.
  • Puedes comer todos los frutos del jardín.
  • Preguntó don Frutos Redondo el americano.
  • Con don Frutos hubiera sido tal vez otra cosa.
  • No sabía cómo explicarlo el pobre don Frutos.
  • ¿Y si se hubiera casado con don Frutos Redondo?
  • En sus bolsillos y seno, nidos, frutos y gusanos.
  • Los árboles mostraban sus ramas cargadas de frutos.
  • Le acompañaban Paco Vegallana y don Frutos Redondo.
  • Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro.
  • No hay regla sin excepción, decía don Frutos el americano.
  • Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal.
  • Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo.
  • Todo aquel cieno que revolvía, le daba hermosos y abundantes frutos.
  • Vuelta a leer, y cada vez el libro sabrá mejor, y dará más frutos.
  • Señores ¿qué importa lo que quiera don Frutos ni lo que prefiera Ronzal?
  • Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de don Frutos.
  • Es que yo no soy un mal barbero, señor mío gritó don Frutos tengo algo que perder.
  • Y han venido, en efecto, muchos, porque como son tierras nuevas, rinden copia de frutos.
  • Y usted tiene razón y don Frutos confunde la avena con la Habana, donde hizo su fortuna.
  • Apretaba con el cuerpo del vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza.
  • De todas partes quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por ejemplo.
  • Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le hacían a él batirse.
  • Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de Vetusta, doce años antes.
  • Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es decir, con muchos más millones.
  • Objetaba el americano don Frutos, en voz baja también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas.
  • Aquellas tierras habían sido maldecidas por los pobres, y no podían dar mas que frutos de maldición.
  • Porque ha bebido mucho! Ese Juanito decía el coronel a don Frutos el americano me parece un gran pedante.
  • Don Frutos Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el Imparcial del Casino.
  • Hombre, a propósito de sabios dijo don Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado.
  • Como frutos de oro, colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardín de las Hespérides.
  • Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja, don Frutos, Orgaz y otros caballeros.
  • Estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que el Don Juan Tenorio carecía de la miga suficiente.
  • Si Ronzal será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura sin recuerdo de lo presente.
  • Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.
  • Algunos banqueros, un título y dos americanos, de los cuales el principal era Don Frutos Redondo, sin duda alguna.
  • Él ama al anís con locura, junta sus tallos a sus tallos, acaricia sus hojas, besa sus olorosos frutos pubescentes.
  • El nuevo pretendiente era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de Matanzas con cargamento de millones.
  • Ahora búsquela usted sin h exclamó don Frutos, ya muy serio, queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.
  • Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña, mis hórreos les surten de pan.
  • ¡No veo la tostada! decía Don Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio.
  • (Atención general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una pistola cargada, y otra no cargada.
  • Dejad que envejezca, es decir, que se seque, y entonces cogedlo y veréis cómo sus frutos despiden una fragancia exquisita, que es como un recuerdo delicado de sus pasadas ilusiones.
  • Don Frutos expuso sus creencias con una palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las cláusulas.
  • Ana contempló a don Frutos, el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre, como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi negra, muy espesa y con espuma.
  • Trampeta se agitó, hizo a sus adláteres preguntas referentes a la biografía del vigilante, y averiguó que tenía un pleito de tercería en la Audiencia, por el cual le habían embargado los bueyes y los frutos.
  • Pero de cuantos podrían recordarle aquella vergüenza, sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger los frutos.
  • Y por supuesto, quería don Frutos ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si no, ¡vaya una gracia! ¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la haz de la tierra?
  • El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en él con extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, que había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la primavera.
  • Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no creían en virtud de mujer nacida salvo Don Frutos, que conservaba frescas sus creencias, y despreciaban el amor consagrándose con toda el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos.
  • Se figuró que el jefe del partido liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos bonitos, sonorosos, pero sin miga, según aseguró don Frutos en el palco de la marquesa.
  • Por toda la provincia tenía esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza de los montes.
  • Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres distinguidas de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy rancios cristianos.
  • Algunos millones más tenía don Frutos, pero al Vespucio de las Águilas ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.
  • A pesar de Don Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de Don Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más distinguida, la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los hombres de mundo (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por el jefe del partido liberal dinástico.
  • Sin poder él remediarlo, mientras el aire fresco el viento había cambiado del mediodía al noroeste le llenaba los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás Vespucios de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los pájaros.
  • Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y además un banquero y varios jóvenes de la bolsa de Mesía, trasnochadores abonados del Casino.