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Ejemplos de oraciones con la palabra gritaba

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra gritaba en el contexto de una oración.

Término gritaba: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "gritaba" aquí tienes una selección de 96 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra gritaba para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Le gritaba.
  • Germán gritaba.
  • Ripamilán gritaba.
  • ¡Ciad! ¡Ciad! gritaba.
  • Somoza, furioso, gritaba.
  • Oyose una voz que gritaba.
  • ¡Fondo! gritaba el piloto.
  • Mentira, gritaba la honradez.
  • ¡músicaaaa! gritaba la gente.
  • ¡El arte no tiene sexo! gritaba.
  • No, no, gritaba el presentimiento.
  • ¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.
  • No te vayas, Shanti gritaba un viejo.
  • Ella corría, tiraba piedras, gritaba.
  • Reteniéndole contra el suelo, gritaba.
  • A la cárcel gritaba ronca doña Casta.
  • Gritaba Ronzal con su alabada energía.
  • ¡Bien! Corre, Martín gritaba Bautista.
  • Gritaba don Cayetano, asustado de veras.
  • Señor gritaba él yo no sirvo para eso.
  • Y de repente, cambiaba de aire y gritaba.
  • Gritaba el primogénito, descomponiéndose.
  • Bautista gritaba irónicamente a cada paso.
  • Creyó que una desconocida lengua le gritaba.
  • ¡Id allá, granujas! gritaba el comerciante.
  • Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.
  • Gritaba desde su alcoba el borracho moribundo.
  • Gritaba Obdulia recordando la fuerza del cochero.
  • Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el látigo.
  • El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba.
  • El Marqués gritaba desde la galería del primer piso.
  • Y poco después la voz del hijo, que gritaba burlonamente.
  • ¡Fuera, fuera! gritaba ella empujándole con ruda energía.
  • Teresina, el chocolate gritaba alegre, frotándose las manos.
  • ¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella.
  • Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba.
  • ¡Hombre, eso no! gritaba el chantre ¡ella está hecha una santa.
  • Yo reconozco gritaba el capellán ahogándose, que soy un mal sacerdote.
  • Pero, hombre, castigue usted a ese animal gritaba don Fermín al cochero.
  • No oía a don Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba.
  • No quería venderse al sofisma de la tentación que le gritaba en los oídos.
  • Y una voz interior severa y algo pedantesca gritaba después de todo aquello.
  • Su conciencia le gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer.
  • Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno, vestido con blusa azul, gritaba.
  • Como sigas así gritaba el buen comerciante, escandalizado, te pongo en la puerta y.
  • Ya era de día cuando los despertó una voz que gritaba desde la orilla de Colondres.
  • ¡Sálvamelo, sálvamelo! gritaba la madre, de rodillas, cerrando el paso al borrico.
  • ¡Señor gritaba el conserje si hoy es San Francisco de Paula! ¿Qué importa, animal?
  • Don Robustiano Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes.
  • ¡Ojo, señores míos, que yo les vigilo! gritaba don Joaquín como última advertencia.
  • Pero, señor gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el cargo de doña Paula.
  • Al mismo tiempo que lo pensaba le ponía la mano en el hombro al señor grueso, y gritaba.
  • Mamá gritaba Amparito desde la puerta de la calle, las de López, que vienen en su faetón.
  • ¡Bonjour Jacquot! o ¡Lorito real!, como hubiese dicho siendo francés o español, gritaba.
  • Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba el del Ayuntamiento.
  • ¡La cabalgata! ¡La cabalgata! gritaba la chiquillería corriendo por la calle de Caballeros.
  • Gritaba la Marquesa, reía a carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón.
  • Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oía una voz aguda como de Carnaval, que gritaba en vasco.
  • ¡Si yo no sé! ¡si yo no sé! gritaba el Obispo desesperado, temiendo por la vida del angelillo.
  • Señores míos gritaba á los audaces discípulos al mismo tiempo que requería la caña, todos aquí.
  • ¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo! gritaba Visita chupándose los dedos llenos de almíbar.
  • Pero, así y todo, al recordar ahora que en vano gritaba ¡Petra!, sentía una extraña y poética melancolía.
  • ¡Dejad esa lancha, granujas! Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecido gritaba.
  • Gritaba Fortunato horrorizado, con las manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar.
  • Gritaba poniendo la mano delante de la cara, mientras tímidamente el Ratón le castigaba con simulacros de azotes.
  • Este chiquillo gritaba como un pájaro, y su sudor tenía un olor especial, como a ratón, del sudor del tuberculoso.
  • Varios puntos entendidos con la casa iniciaban una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba.
  • Y volviéndose del lado hacia donde caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y sollozos.
  • En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal y era usurero con todos los sistemas políticos.
  • ¡Soy un miserable, soy un miserable! gritaba por dentro Quintanar mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos.
  • ¡Absurdo! ¡absurdo! gritaba don Víctor jamás se hizo cosa por el estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.
  • Si el gato de Anselmo mayaba abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba con timbre apagado y gutural.
  • Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no puede llamarse el Cristo, porque era un rotin, y blandiéndolo gritaba.
  • ¡Señor mío! gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo.
  • Andrés miraba al hombrecito que gritaba descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven rubio, irguiéndose, le dijo con voz violenta.
  • El dueño del establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se gritaba.
  • ¡Hasta la nit! gritaba la animosa muchacha pasando su brazo por el asa de la cestita, y cerraba la puerta de la barraca, echando la llave por el resquicio inferior.
  • Pero el terror era más grande que mis facultades de análisis, y me agarraba a las piedras hasta hacerme sangre en las manos, y gritaba frenéticamente como un loco.
  • ¡Renunciar! ¡A buena parte! Aquel mismo embrión de conciencia que en el fondo de su ser, donde todos tenemos escrita desde ab initio gran parte del Decálogo, le gritaba.
  • Pero según iba alejándose, estallaban á su espalda insolentes risas, y hasta oyó la voz de un mozalbete que, remedando el grave tono del presidente del tribunal, gritaba.
  • Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre, gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a aprender latín con el cura de Matalerejo.
  • ¡Esto es un telar! gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos, blasfemando, contra su costumbre.
  • ¡Tiorras, so tiorras! gritaba, e inclinándose con rápido movimiento, cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos con tanto vigor como buena puntería.
  • Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido que atender a doña Petronila que gritaba.
  • Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al mugir de la máquina humeante, gritaba.
  • La música seguía rugiendo la Marsellesa, y en la multitud, alguno de los ardorosos, trastornado por la ilusión y por el himno, creyendo que la cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmón.
  • Un alegre cascabeleo dominaba los ruidos de la plaza y las voces enérgicas del postillón en traje de la huerta, que gritaba ¡ arre ! ¡ arre ! manejando con rara maestría una docena de ramales.
  • Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas.
  • No se mueva usted, no se mueva usted gritaba don Víctor, haciendo aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.
  • Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el cerebro.
  • ¡Don Pompeyo, tiene usted razón! gritaba un perdido al despedirse de la última peseta ¡tiene usted razón, no hay Providencia! ¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas! Y salía furioso del Casino.
  • ¡Reírse de ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda la pollería gritaba.
  • Gritaba la Marquesa desde el Belvedere al Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia, corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.
  • Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica orilla del Soto, llamada por la voz del ex regente que gritaba.
  • Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado por los enemigos de todo progreso, en este siglo materialista y corrompido, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar en nombre de la humanidad ultrajada.
  • Los balcones estaban adornados con antiguas colgaduras de sólidos colores, las bocacalles vomitaban sin cesar nuevos grupos en el compacto gentío, y los pájaros que anidaban en los árboles del Mercado huían ante la granujería que, montada en las ramas, silbaba y gritaba a los de abajo, con la confianza del que está en su propia casa.