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Ejemplos de oraciones con la palabra infierno

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra infierno en el contexto de una oración.

Término infierno: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "infierno" aquí tienes una selección de 68 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra infierno para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Y era el infierno.
  • En el infierno los tendrá.
  • Infierno o Cielo, y nada más.
  • Debía ser la boca del infierno.
  • ¿Qué infierno es este, Dios mío?
  • Si no me quieres, te irás al Infierno.
  • Lo principal era que no hubiese infierno.
  • En el Infierno le ajustarán a usted las cuentas.
  • El Infierno es de hielo y nada más que de hielo.
  • El Infierno ya no era un dogma englobado en otros.
  • ¡El infierno! Nunca había pensado en él despacio.
  • ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza.
  • Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique.
  • En unas honduras del alma, o del cuerpo, o del infierno.
  • Y comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno.
  • Estaban además el castigo, la cólera de Dios, el infierno.
  • El fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego.
  • A Rubín se le hacía acíbar el café y la tertulia un infierno.
  • Sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del infierno.
  • ¿Y aquellos subterráneos y sus larvas eran imitación del infierno?
  • El infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término.
  • Con esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me vaya.
  • Era a semejante hora la rectoral de Naya un infierno culinario, si es que los hay.
  • ¡Oh Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don Fermín?
  • Es la puerta del infierno dijo en vascuence, en voz baja, y se santiguó varias veces.
  • El espectáculo que ofrecía el interior del Santísima Trinidad era el de un infierno.
  • Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el infierno con horror.
  • Veía que me condenaba a puñados y que me iba al infierno por sólo el sentido del tacto.
  • Señor, quítame estos carros de piedra y cascote que me hunden en el Infierno, y todos diremos.
  • ¡te comería! No me digas que no te coja, porque te cojo, aunque me muera y me eches al infierno.
  • Te andan dentro de ellos todas las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno.
  • ¿Pero quién, pero quién es el demonio del Infierno que ha mandado vayan a bordo los oficiales de tierra?
  • Los campos secos de Sagunto recordábalos como un infierno de sed, del que afortunadamente se había librado.
  • Aún veía la boca del infierno, que era igual á la puerta de su cuarto, arrojando humo y rojizo resplandor.
  • Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto.
  • Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
  • Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.
  • ¡Qué canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los tontos, ahí debieras ir tú de cabeza.
  • Consideré cuán caro me costaba el infierno, que a otros se da tan barato y en esta vida, por tan descansados caminos.
  • La idea del infierno se desvanecía, como mueren las vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror.
  • Eran unos libertinos que renegaban en sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del miedo del infierno.
  • Me han engañado, me han embaucado, no he puesto en la calle a esa moza desvergonzada, se han reído de mí y ha triunfado el infierno.
  • En fin, que semejante escena daba una idea de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los chiquillos del Demonio.
  • La idea de la soledad después de aquello, le parecía a la Regenta más horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.
  • Era la vergüenza, que hacía arder en su interior un fuego de infierno, que enrojecía su rostro y aceleraba la circulación de su sangre.
  • Creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que el infierno.
  • Otras veces, multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado.
  • Su catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo contrario.
  • ¡Pobre don Melchor! La riqueza purgábala como un delito, y su vida de rentista ocioso y de acompañante en paseos y ceremonias resultábale un infierno.
  • Y no tuvo escrúpulo en asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.
  • ¿Pues no decía usted gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos de mandar al infierno al gran secretario que la elección no sería muy costosa.
  • Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en aquel infierno.
  • Y al final, lo grotesco, lo estrambótico, la bufonada, fiel remedo de la simpatía con que en pasadas épocas se trataban las cosas del infierno, la roca Diablera.
  • Vi en las pesadillas de la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso, donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir.
  • Conservaba el miedo al infierno Quintanar, pero no quería prescindir por completo de las ventajas positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra.
  • Porque no renieguen nuestra santa fe y vayan a las penas del infierno, siquiera ayudadles con vuestra limosna y con cinco paternostres y cinco avemarías, para que salgan de cautiverio.
  • ¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.
  • ¡Qué vana se le antojaba ahora a la Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste del mundo! ¡Había infierno! Era así.
  • Ya no le atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino.
  • ¡Qué tormento! ¡Ni un día de reposo! Se casa una para vivir con su marido, y a lo mejor viene un despacho de Madrid que en dos palotadas me lo manda qué sé yo a dónde, a la Patagonia, al Japón o al mismo infierno.
  • ¡Si había hecho un sinfín de mapas y había descubierto no sé qué tierras que están allá por el mismo infierno! ¡Y hombres así los mandan a una batalla para que perezcan como un grumete! Le contaré a usted lo que pasó en el Bahama.
  • ¡por un don Juan de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y hueca!
  • Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el sello formidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infierno consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire y posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo.
  • ¡Y qué horrorizado se quedaba oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para castigarles.
  • Creía en el Infierno como en todo lo que mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho creo a ciegas, tomando las palabras y la resolución de creer por la creencia.
  • Y ni podía dejar de hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese, era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna consecuencia, y se conformaba, tal era su idea, con ir al infierno.
  • Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada, no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno.
  • Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la locura, la aprensión de perder el juicio.