Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "jugaba" aquí tienes una selección de 31 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra jugaba para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Todo el mundo jugaba.
- Veía que me jugaba mi porvenir.
- Con este tribunal no jugaba nadie.
- Este jugaba misas como si fuera otra cosa.
- ¿De manera que tú eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?
- Se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y de piratas.
- Arraitz se jugaba las pestañas, y cuando no podía jugar, apostaba.
- Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.
- Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba.
- En esto, supimos que se jugaba en casa de un vecino boticario juego de parar.
- Algún magistrado sin vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa.
- Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza necesaria.
- Porque jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era famosa.
- Más adelante jugaba una partida de ajedrez, y ya se sabe lo pesado que es este juego.
- Lo cierto es que de niño jugaba a cantar misa, y de grande no paró hasta conseguirlo.
- Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano que los demás chicos, jugaba en la carretera.
- Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.
- Los espectadores más inmediatos miraban los naipes á cada uno por encima del hombro para convencerse de que jugaba bien.
- Le temblaban todos en la taberna de Copa, los domingos por la tarde, cuando jugaba al truco con los más guapos de la huerta.
- Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana, sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera.
- Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León.
- Una tarde que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.
- ¡Ay, quién estuviera en tu piel! Pero yo dijo el joven con la tenacidad del que se agarra a una esperanza, yo no sólo jugaba a la Bolsa.
- Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices! Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y picos.
- Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel, jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y humanitarias del padre, encantaba a todos.
- Un corro de granujillas del Mercado jugaba a las chapas frente a los pórticos, y el resto de la plaza estaba solitario, con las aceras limpias de cestones y toldos, tostándose sus baldosas con aquella luz intensa y deslumbrante que lo caldeaba todo.
- ¡Quién podría figurarse, al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y en las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el macho, el novillo y los dos cerdos! Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por su salud.
- Estupiñá se encargaba de traer estos peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de ocultis, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos tiempos juveniles.
- En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre.
- Preciábase de manos y por enseñarlas siempre despabilaba las velas, partía la comida en la mesa, en la iglesia siempre tenía puestas las manos, por las calles iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro, en el estrado, de contino tenía un alfiler que prender en el tocado, si se jugaba a algún juego era siempre el de pizpirigaña, por ser cosa de mostrar manos.
- Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara, y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde al monte, que llamaba el clero del campo la santina, en la casa nueva todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.