Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra leía

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra leía en el contexto de una oración.

Término leía: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "leía" aquí tienes una selección de 76 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra leía para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Leía y escribía.
  • Leía sin saber qué.
  • En todas ellas se leía.
  • Tomaba el libro y leía.
  • Don Pompeyo no leía, meditaba.
  • él leía porque no podía vivir.
  • Ya queda dicho que él no leía libros.
  • Ana afirmó con la cabeza mientras leía.
  • En los ojos se les leía este pensamiento.
  • El capitán leía sentado cerca de la mesa.
  • Ana leía con el alma agarrada a las letras.
  • En el Casino leía los periódicos de La Costa.
  • Leía con deleite los Caracteres de La Bruyère.
  • Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo.
  • A su lado un grupo de obreros leía un periódico.
  • Leía muy mal y a trompicones, y no sabía escribir.
  • Leía muchos periódicos antes de convertirlos en cucuruchos.
  • En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las leía.
  • Por la noche, a pesar de que estaba prohibido tener luz, yo leía.
  • Porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía tiempo.
  • Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía.
  • Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario.
  • Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a Job y al dichoso Kempis.
  • Ripamilán leía ahora pausadamente, a ver si se enteraba el público.
  • Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no se enteraba de nada.
  • En un balcón del piso principal se leía este letrero a la luz de un farol.
  • En sus ojos se leía una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.
  • Julio leía novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio galantes.
  • Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el infierno con horror.
  • En el cristal del almacén, escrito con letras negras, se leía un nombre medio borrado.
  • Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a lo que leía.
  • Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya porque había agotado el pozo de la ciencia.
  • Cuando yo leía en la Juventud Católica, Selgas (1876) dijo una vez a Monasterio (el violinista).
  • Don Carlos era un libre pensador que no leía libros de santos, ni de curas, ni de neos, como él decía.
  • La Caña se largaba todos los días un articulazo que no leía nadie, criticando la gestión de la Hacienda.
  • A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con gran cuidado, sin ruido, por no distraerla.
  • Leía a su madre, con los ojos brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros del P.
  • Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimiento alguno de estos relatos, y los comentaba.
  • La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular deleite, condenó los versos por mojigatos.
  • Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban las líneas generales de los sistemas que iba desentrañando.
  • Después, el encargado, que leía un papel blanco, se lo ha devuelto a la monja y le ha dado dos billetes azules.
  • Entonces leía párrafos del libro de oro, que se le entraban en el alma a manera de hierro enrojecido en la carne.
  • El capellán leía el Año cristiano en alta voz, y poblábase el ambiente de historias con sabor novelesco y poético.
  • Ana vio y oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de un candelabro elástico clavado en la pared.
  • Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.
  • Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro.
  • Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba pálido también y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos.
  • Por la mañana estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios.
  • Y don Víctor leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.
  • Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en us y en i y en is.
  • Una era Belén, que leía en su libro de rezos, y la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado.
  • Leía todos los artículos de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
  • Leía en El Siglo Médico las vacantes de médicos rurales, se enteraba de qué clase de pueblos eran y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos pidiendo informes.
  • Leía con desesperación en los libros de Patología la descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.
  • El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en uno de cuyos balcones se leía.
  • Oh, si pudiese decir de él pensaba lo que Santa Teresa en una carta Gertrudis leía mucho a Santa Teresa decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de Ahumada.
  • Sus normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero las interpretaba a su modo.
  • Concluida la comida, y mientras Nicolás leía La Correspondencia o El Papelito en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar.
  • El ex subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que el alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido.
  • Ana leía sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria para que la corriente no la llevase.
  • Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.
  • Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos.
  • La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana, se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.
  • Durante un par de semanas leyó mucho, devorando obras diferentes, y como tenía facilidad de asimilación y mucha labia, lo que leía por las mañanas lo desembuchaba por las noches en el café convertido en pajaritas.
  • Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la memoria.
  • Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda, cuando una tarde, mientras Julián leía tranquilamente la Guía de Pecadores, sintió entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, que algo arreglaba en el cuarto.
  • Si no había teatro, y esto era muy frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas.
  • Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca, leía un periódico.
  • Petra discurría perfectamente en estas materias, porque leía folletines, la colección de Las Novedades, que dejara en un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso de descubrirse los amores de una señora casada.
  • Habíase enamorado de la hija del Fraile, no repentinamente y a la primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta fruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones que poco a poco había ido subiendo.
  • ¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de un parroquiano que leía La Correspondencia y de otro que hablaba del precio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo de individuos que tenían facha de matuteros o cosa tal.
  • En esto llegó La Correspondencia, y a las primeras ojeadas conspicuas que arrojó sobre las columnas de ella el buen Don Basilio, tropezó con la combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se restregó los ojos creyendo que leía mal.
  • Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente, algo arrugado el entrecejo, El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca de Jerusalén, del inmortal Calderón de la Barca.
  • Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino.
  • Y mientras se amaestraban infiriendo cortes ó poblando las cabezas da trasquilones y peladuras, el amo daba conversación á los parroquianos sentados en el banco del paseo, ó leía en alta voz un periódico á este auditorio, que, con la quijada en ambas manos, escuchaba impasible.
  • Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba en El Lábaro, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de haberlos leído.