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Ejemplos de oraciones con la palabra manolita

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra manolita en el contexto de una oración.

Término manolita: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "manolita" aquí tienes una selección de 79 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra manolita para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • No puedo, Manolita.
  • Yo soy Manolita, para servir a usted.
  • Manolita conocía a los de Santa Cruz.
  • (Manolita, pídele perdón a Andrés).
  • Doña Manolita mostrose envidiosa y desconsolada.
  • Preguntó Elvira mirándole a Manolita a los ojos.
  • Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita.
  • Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose.
  • Y esa pobre Manolita debe alegrarte, porque a limpia.
  • Manolita, con sus brazos nervudos, manejaba los trastos.
  • ¡Esa Manolita! El otro día se lo decía yo a su hermano.
  • También pasaban cosas terribles con la señorita Manolita.
  • Y ella, la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara.
  • Y ésta es Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha.
  • Su odio provenía del poco aprecio que éste mostraba a Manolita.
  • Amaba a Manolita y no quería decir la verdad sobre su carácter.
  • Con Manolita hay que ser rígido y no permitirla que toque un ochavo.
  • Las mantenedoras de este torneo eran Rita y Manolita, las dos mayores.
  • Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decía.
  • Con Manolita cargaría por último el finchado señorito de la Formoseda.
  • Manolita no dejó de hacer al oído de su amiga esta observación picante.
  • No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas de Manolita.
  • A Manolita le sentaba a maravilla el uniforme de coronel, por su tipo hombruno.
  • Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña lo sentía.
  • Después viene la señorita Manolita y la señorita Marcelina, que son seguidas.
  • No era fácil comprender qué malos pasos de Napoleón habría aprendido Manolita.
  • Respecto a Manolita, no perdía ripio coqueteando con el señorito de la Formoseda.
  • Acerca de Carmen y Manolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba.
  • Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables familias venideras.
  • Di a Manolita decía Gertrudis a Caridad que no se afane tanto, que aún estará débil.
  • Carmen y Nucha solían ir delante, y las seguían Rita y Manolita, acompañadas por su primo.
  • Apenas si distinguía a sus sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita.
  • Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra cosa, es otra Manolita.
  • El carácter enérgico de Manolita se sublevó al convencerse de la nueva infidelidad de Rafael.
  • Y el de Manolita era tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de tierra.
  • Y le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa, tranquila y medrosica Manolita.
  • Pero Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que no la conocería nadie.
  • Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le volví a casar con la madre de Manolita.
  • Pues esta señorita dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teñir de una sonrisa estas palabras no es neutra.
  • Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita la que le recordó su declaración, aceptándola.
  • Pues no sabe usted lo mejor añadió Manolita, gozándose en el asombro de la otra, el cual más bien parecía espanto.
  • La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía.
  • De otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y Manolita.
  • Las tonterías ya nos las hemos dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer esto como se hace en los libros.
  • A menudo se arrimaba a Manolita un señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo y exageradas pretensiones de elegancia.
  • Varias veces, con su antigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar sus relaciones de amistad, buscando un final más íntimo.
  • El hijo del Fraile le toleraba, lo que no era poco, atendido su carácter, y en cuanto a Manolita, vivía pendiente de los labios de su primo.
  • Un día se fijó en que Manolita tenía unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el terciopelo de a cuatro duros vara.
  • Esto de que le mirasen como un pájaro raro no estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos pellizcos con que acogía sus desobediencias.
  • Pero bastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa del estudiante, una irónica protesta, algo que la desarmase, haciéndola prorrumpir en carcajadas.
  • Y habiendo tenido Manolita la buena ocurrencia de cegar momentáneamente a su primo arrojándole a la cabeza un chal, pudo evadirse también Rita, jefe nato del motín.
  • Aquí te queremos le replicaban Rita y Manolita, palmoteando triunfantes, porque aunque te empeñes, no hay medio de correr tras de nosotras, ni de hacernos barrabasadas.
  • Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la pobre Manolita cayó gravemente enferma.
  • Al borde del estanque que está al pie del aparato, había tres mujeres, Fortunata, Felisa y doña Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del agua próxima.
  • Volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita.
  • Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse en los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una columna, actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos.
  • Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella.
  • Pero a pesar de estas profanaciones artísticas, la iglesita estaba muy mona, como diría Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la fragancia de las flores naturales.
  • Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta sufría desdenes y horribles desaires de su marido.
  • Probablemente Manolita no tendría ni la más remota idea de la existencia del héroe de Austerlitz, pero esto no era obstáculo para que la canción en boca de Tellagorri tuviese muchísima gracia.
  • Cuando la comunidad salía de la capilla, doña Manolita, que había entrado de las últimas, sofocada, se acercó a la Superiora y le dijo que Mauricia estaba en la huerta sobre el montón de mantillo.
  • ¡oh tormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara los guantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir según ella decía acostumbrándose a los usos de la gente elegante.
  • Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y al porvenir que podía depararle otros y a sus negocios civiles, y Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar.
  • Manolita acogió burlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó de agradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber que es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.
  • Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste, en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba su corazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases.
  • Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles.
  • Doña Manolita era señora en regla, puesto que era casada, ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino su amistad.
  • Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión.
  • ¿Cómo divulgar que la señorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a don Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa frecuentaba?
  • Y de Manolita, de la hija de la muerte de la hospiciana, se decía que sin su decisión de casar segunda vez a Ramiro, sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima de él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito.
  • Aprovechando la ocasión propicia, acercáronse disimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba en la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por los hombros una chupa color tórtola, con guirnaldas de flores azules y amarillas.
  • En medio de aquel desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire de modestia que se ganaba todos los corazones.
  • Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien, doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.
  • Ser dueño de la voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.
  • Manolita decía de él que era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso adorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosa protección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismo existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un gozquecillo de mostrador.
  • V Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se hubieran verificado, sino la casualidad.
  • Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba al dinero.
  • Y eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre cuando aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la pequeñuela, por Manolita, pálido y frágil botoncito de rosa que hacía temer lo hiciese ajarse un frío o un ardor tempranos.
  • Otro, hizo la observación de que sus ojos eran ardientes ascuas, imagen del dominio común de todos los novelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar, revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don Manuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su exterior escultural otra frase cien veces leída, y el resultado de estas y otras observaciones fue confesarse a sí mismo que era esclavo de Manolita y la amaría hasta la muerte.