Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "míos" aquí tienes una selección de 51 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra míos para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Dos mil míos.
- ¡Hijos míos.
- ¿Y los míos?
- Señores míos.
- Yo me voy, hijos míos.
- De los míos, ni uno solo.
- Bastante tengo con los míos.
- ¿no son casi todos colonos míos?
- Como un perro me dejaron los míos.
- ¡Y míos, sí! Pero si tú quisieras.
- Esos también son míos pensaba Gertrudis.
- Lo cual que todos los míos me han nacido muertos.
- Los míos me dejaron como un perro en medio de esa plaza.
- Aquellos tiempos, don Juaquín, aquellos tiempos míos eran otros.
- Allá está la aldea tranquila donde vivo, allá están los míos.
- Tan míos como los otros, como los de mi hermana, más míos aún.
- Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también.
- Y Primitivo, hasta que le dio la ventolera, siempre fue de los míos.
- Les llamaba hijos míos, asegurándoles que no se apuraba por tan poco.
- Yo, hijos míos les dijo, no quiero que padezcáis sinsabores por mi causa.
- Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio del fuego del Purgatorio.
- Don Ramón tenía en su poder más de tres mil duros míos en títulos del Estado.
- Estos curas se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes.
- Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a ella mal de mí.
- Era un viernes de Dolores, y las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí.
- ¡Ojo, señores míos, que yo les vigilo! gritaba don Joaquín como última advertencia.
- Señores míos gritaba á los audaces discípulos al mismo tiempo que requería la caña, todos aquí.
- No me expondría a que unos míos, es decir, de mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a ésos tengo.
- Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos.
- A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos que han seguido siendo amigos míos hasta ahora.
- ¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no tendrán madrastra! ¿Qué quieres decir con eso, Rosa?
- ¡Sus pecados! dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en la llama del quinqué ¡si yo tuviese que confesarle los míos!
- ¿Pues qué, creen ustedes que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver estos apuros míos y no acudir a ellos?
- ¡Ojalá pudiera yo entregarle los míos! Y ahora, cuando tú me traes esos absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser más.
- Concertáronse, y en entrando en la calle, topáronme, y disimularon de suerte los tres que jamás pensé que eran tan amigos míos como entonces.
- No son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban.
- Pero nada, ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
- El marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca después de comer.
- Todos muy señores míos, pero que los oía mentar por vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de la calle donde ella tenía su modista.
- ¡Vaya un modo de tragar, hijos míos! En una fonda estarían ya siendo objeto de críticas, y el dueño pondría mala cara al ver cómo ganaban el precio del cubierto.
- Le quiero como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de todo mi corazón.
- Su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes.
- Así que los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le regocijaba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más días.
- Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los captivos cristianos que están en tierra de moros.
- Y por aquella vez no había esperanzas para Juan Pablo, porque los suyos, los que él llamaba con tanto énfasis los míos, estaban por los suelos, y había lo que llaman racha en las regiones burocráticas.
- Porque sus ojos se clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre.
- ¡Oh, aquellos tiempos míos! Se estrenaba menos, era menor la variedad, pero se lucían cosas buenas y sólidas, que pasaban docenas de años en los roperos sin que hubiera polilla con valor para hincarlas el diente.
- ¡Mi vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos sin mancha que le di yo.
- No aguardó más don Diego, y volviéndose a su casa encontró con los dos caballeros del hábito y cadena amigos míos, junto a la Puerta del Sol, y contóles lo que pasaba y díjoles que se aparejasen y en viéndome a la noche en la calle, que me magullasen los cascos.
- En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, dábale de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, comprábale estampas, enseñábale a luchar, jugaba con él al toro, y entreteníale siempre.
- Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista.