Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "oigo" aquí tienes una selección de 42 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra oigo para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Ya oigo.
- No oigo.
- No oigo.
- Yo les oigo.
- No oigo nada.
- Yo oigo decir.
- Pero las oigo yo.
- Ya le oigo llorar.
- Veo, oigo y pienso.
- Te oigo por consideración.
- Para, mula, a ver si oigo mejor.
- Me parece que oigo aquellas finuras.
- Con el ruido del tren, no oigo el mío.
- Hay días que no le oigo el metal de voz.
- Bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones.
- Gracias que te oigo una expresión filosófica.
- Oigo sus resoplidos como los de una loba marina.
- Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza.
- Me pedís unos disparates que no sé cómo los oigo.
- Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os ocultéis.
- De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes.
- Y en la puerta, de pronto, oigo un persistente tarantaneo.
- De cuando en cuando oigo a lo lejos el sordo rumor de un coche.
- (Por segunda vez oigo que están llamando a la puerta, dan, dan.
- Aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí desconocidas.
- A mí me parece que, cuando la oigo, me aporrean los oídos con la mano del almirez.
- San Francisco el Grande oigo decir al viejo se parece al panteón que vimos en Roma.
- Por la mañana, cuando despierto en la Sierra y oigo pregonar el botijo e leche, me siento mal.
- ¡Cuánto me hace esperar! Paréceme que oigo trastazos como de dar con el zorro en los muebles.
- Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en un barreño, hace un ruido metálico.
- Yo me acerco pasito, lo cojo y lo tengo con las dos manos en tanto que oigo los versos con la boca abierta.
- En uno de los cuartos, tras la cortina, oigo un ronroneo tenue, y, a intervalos, un suspiro y el traqueteo rítmico de una silla.
- Y oigo en la lejanía tres campanas, que caen lentas, solemnes, y una voz casi imperceptible por la distancia, que grita en un plañido largo.
- Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estación solitaria, oigo, en el profundo reposo de la llanura, el tric trac del telégrafo, sonoro y presuroso.
- XIII EN INFANTES Cuando me despierto oigo en la calle, a través de las maderas cerradas, voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas, trinos de canarios, ladridos de perros.
- ¡Y estos hombres se vuelven locos cuando oyen un cañonazo! ¡Bonita gracia! A mí se me estremecen las carnes cuando los oigo, y si todos pensaran como yo, no habría más guerras en el mar.
- Rezo cuando estoy triste, oigo misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante el mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no es tan pésimo como lo pintan los predicadores.
- Fuime derecho a la iglesia, recé, y luego empecé a repasar todos los lazos y agujeros de la red con los ojos para ver si parecía, cuando Dios y enhorabuena, que más era diablo y en hora mala, oigo la seña antigua.
- Oigo, riendo, las riñas en vascuence de las mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio algunas palabras con los pescadores.
- Y cuando me despierto, mientras me desperezo un poco y recapitulo sobre lo que he de hacer durante el día, oigo un reloj que suena las diez en el piso de al lado, y después otro en el piso de abajo, y luego otro en el piso de arriba.
- Mientras Quintanar duerme la siesta (costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro la ventana y oigo el rumor de la lluvia sobre las hojas y el ruido de las alas de las palomas que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y saliendo por las ventanas angostas.
- Andaba yo tras de una perdiz agachadito, agachadito y el ratón se agachaba en efecto, siguiendo su inveterada costumbre de representar cuanto hablaba, porque no llevaba perro ni diaño que lo valiese, y estaba, con perdón de las barbas honradas que me escuchan, para montar a caballo de un vallado, cuando oigo ¡tras tris, tras tras!, ¡tipirí, tipirá!, el andar de una liebre.