Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "oírla" aquí tienes una selección de 20 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra oírla para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Me alegraba de oírla.
- Prefería oírla gritar.
- ¿Y lo mismo da oírla que no?
- Andrés fué a oirla con gusto.
- Pero Juanito se negaba a oírla.
- Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.
- Creyó ver a Segunda y oírla hablar con Encarnación.
- Púseme todo lo cerca posible, esperando oírla hablar.
- Parose un rato a oírla, y se le saltaron las lágrimas.
- Todos le alababan aquella habilidad, y formaban corro para oírla.
- Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios del Sur.
- Y lo mismo fue oírla, que sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.
- E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente tenía seis ojos, y ella dos solamente.
- Lo que le decía a usted, estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró Joaquinito a darme la gran peripecia.
- Tan singular era el efecto, que para mí el oírla cantar, sobre todo en presencia de otras personas, era casi una mortificación.
- Al oírla, yo me figuraba una tripulación de piratas al abordaje, trepando por las escalas de un barco, con el cuchillo entre los dientes.
- ¡a mí! La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos esposos se admiraron de oírla.
- Oyoles la conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los concejales.
- Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados, aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre, la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez, que el tiempo no pasara.
- De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oir que brotaba de un rincón de las entrañas de su espíritu y al oirla se hacía, santiguándose, una cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse los oídos íntimos de aquélla y de éste de Ramirín decíale ese tentador susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en Gertrudis, que en Rosa.