Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra palacio

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra palacio en el contexto de una oración.

Término palacio: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "palacio" aquí tienes una selección de 68 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra palacio para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Entró en palacio.
  • Se dirigió a Palacio.
  • Debía estar a las ocho en palacio.
  • Carraspique había corrido a Palacio.
  • El palacio de los Ozores era de don Carlos.
  • El general se alojaba en un palacio de la plaza.
  • ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a palacio!
  • No le faltaría una cama en el palacio de sus mayores.
  • Sor Patrocinio, sus manejos, su influencia en Palacio.
  • ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se llaman Palacio ?
  • Doña Paula pasaba gran parte del día y de la noche en palacio.
  • Pongan al llamado Maximiliano Rubín en un palacio o en un muladar.
  • La antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio.
  • Y otras muchas galas de esta calidad que hoy día se usan en palacio.
  • Enfrente se levanta un paredón ruinoso, resto de un antiguo palacio.
  • Se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir de una cueva.
  • Entonces me parece más solitario el bosque, más solitario el palacio.
  • Estoy a espaldas del palacio que muestra su fachada a la plaza principal.
  • El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los curas en el palacio viejo.
  • Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y mandar.
  • Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó a contar por los dedos).
  • Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una pajita y allá otra.
  • Hablaron de los negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más.
  • Dábame el lacayo prisa porque no saliese su amo y lo viese, que había de ir a palacio.
  • ¡Hora y media en la oficina! se dijo al salir del palacio, entre avergonzado y contento.
  • En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban, sin pagar renta, las solteronas.
  • La curia de Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de Toledo.
  • A la entrada de la ciudad, lindando con la huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco.
  • Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño tenía lágrimas en los ojos.
  • A lo lejos, entre unos cañaverales, al pie del palacio episcopal, unos patos se zambullen y nadan.
  • El palacio vetusto de los Coloma, virreyes de Cerdeña, muestra en lo alto sus dorados muros ruinosos.
  • Su padre, pocos meses antes de morir, había vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta.
  • Es decir, la fuente está un poco más hallá, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio desplomado.
  • Las cámaras situadas a popa eran un pequeño palacio por dentro, y por fuera una especie de fantástico alcázar.
  • Había tenido la dicha inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y el Rey habló con él.
  • Las solteronas, sin contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio para que no se derrumbara.
  • Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.
  • Y volviéndose del lado hacia donde caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y sollozos.
  • Después de cruzar salas y pasadizos llegó al salón claro, como se llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas particulares.
  • Era el palacio un apéndice de la Basílica, coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el siglo pasado y el presente.
  • Instaláronse en su residencia de verano, que era como un palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables que todos estaban.
  • Pero antes de exponerse a otra pregunta inopinada, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores asegurando que tenía que hacer en Palacio.
  • Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la Corralada.
  • El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso de goteras.
  • Era la justicia patriarcal y sencilla del buen rey de las leyendas saliendo por las mañanas á la puerta del palacio para resolver las quejas de sus súbditos.
  • Pasó después al palacio y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor.
  • ¡Oh, hay que protestar muy alto! ¡Sí, sí! ¡Esto es una iniquidad! ¡Hay que hacer una manifestación! Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio.
  • Sí, por desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba en el palacio de los Ozores.
  • El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes.
  • El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
  • Y aluego jui con el propio Don Pascual a Palacio, y Don Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos.
  • Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las Paulinas, otra.
  • Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del señor Provisor.
  • IX En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia, de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa hasta el tejado por las paredes.
  • No se conocía en todo el contorno, ni acaso en toda la provincia, casa infanzona más linajuda ni más vieja, y a cuyo nombre añadiesen los labriegos con acento más respetuoso el calificativo de Pazo, palacio, reservado a las moradas hidalgas.
  • Sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo.
  • Además, y esto Andrés no podía achacárselo a nadie más que a sí mismo, muchas veces, con Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la parada de Palacio o al Retiro, y después, por la noche, en vez de estudiar, se dedicaba a leer novelas.
  • Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.
  • Yo les he propuesto venirse a comer aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos.
  • El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la elegancia sólida consistía en fabricar muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos ciclopios, según su incorrecta expresión.
  • Habían dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga, mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la Encimada.
  • Pero esta vez se había improvisado aquella fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero, donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una fábrica de curtidos, montada a la antigua.
  • Recuerdo que una vez, estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era una, y tuve que capear, picar y matar una silla, lo cual divirtió mucho a toda la Corte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mío y siempre me decía que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas.
  • Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por moderaos.
  • En frente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media.
  • Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran Constantino, las del cónclave, como las llamaba Ripamilán, esperaban con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera, que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús.
  • Veremos si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse y ser buenos cristianos.
  • Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara, y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde al monte, que llamaba el clero del campo la santina, en la casa nueva todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.