Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "parque" aquí tienes una selección de 62 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra parque para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- Al parque.
- Volvió al parque.
- Salieron del Parque.
- ¿Andaría por el parque?
- Quiso bajar a la huerta, al Parque.
- ¿Cómo se podía entrar en el parque?
- El balcón del gabinete daba al Parque.
- Nada dijo de la escena rápida del parque.
- El Magistral pasó por el patio al Parque.
- Aunque el otro mirase hacia el parque no le vería.
- Frígilis llegaba al parque a la hora convenida, ladraba.
- Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí.
- Frígilis debía de estar ya en el Parque esperándole impaciente.
- Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar.
- Explicó lo mejor que pudo su presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.
- Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la misma hora.
- Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la calleja?
- ¿No se le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del Parque, una voz.
- Si pudiera viviría en un club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque.
- Estaba allí la Regenta, allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.
- Y los cuatro habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.
- Quintanar inventaba sofismas y hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque.
- Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había despedido el día anterior.
- La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios eucaliptus del Parque, plantados por Frígilis.
- Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el balcón, lleno de remordimientos.
- En la obscuridad del Parque no vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias.
- En aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle aparecer de pronto, como ante la verja del Parque.
- Se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa.
- Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un bulto por la calle solitaria pegado a la pared del Parque.
- Los días que no iban de caza, el señor Crespo se los pasaba recorriendo sus dominios, que así llamaba al parque de Quintanar.
- Una tarde, en su Parque, contemplaba a Frígilis que estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su operación.
- A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar.
- No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas.
- Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas.
- El miedo, el terror era como el de aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca, junto a la verja del parque.
- Tendió las manos al cielo, corrió por los senderos del Parque, como si quisiera volar y torcer el curso del astro eternamente romántico.
- ¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque la huerta de los Ozores.
- Los amigos se habían trasladado a una casa de la calle de Alcalá, la de Casa Irujo, que tiene ventanas al parque del ministerio de la Guerra.
- En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una orgía.
- Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él mismo le había regalado.
- Y ¡cosa extraña! cuando allá en el parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el cartucho mortífero tenía carga de perdigón.
- Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías de la gran puerta de hierro que era la entrada del Parque por la calle de Tras la cerca.
- A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para su uso particular.
- Salieron todos a la huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte del recinto.
- XVII Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció a la Regenta, que paseaba en el Parque, entre los eucaliptus de Frígilis, la visita del Sr.
- Dio orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en zapatillas, armado de escopeta.
- Si, como temía, don Víctor no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del placer.
- Y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por donde había saltado su enemigo.
- Podía don Álvaro, que no había visto a su víctima cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia.
- Pero otras veces, después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora larga solos a Anita y a su amigo.
- Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano sentaba bien, y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos.
- ¡Usted nunca me habla de sí mismo! le decía Ana con tono de reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos.
- Desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores.
- Sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que solían ir de caza.
- Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba, cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera perseguirla, atravesando la muralla del Parque.
- El miedo a las expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a los penitentes.
- Un tonel viejo arrimado al descuido a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes, sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las circunstancias.
- Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición, para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la cita, si la tenía como era de suponer.
- En un decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar algunos minutos antes de la salida del tren mixto.
- Llegó a quejarse don Tomás de que sus ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin necesidad de ladrar a nadie.
- Aquel encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno, aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de Zaragoza.
- ¡Cuántos años tenía que remontar en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole! Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la calle de Tras la cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a la calle a que daba la puerta del Parque.