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Ejemplos de oraciones con la palabra pepita

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra pepita en el contexto de una oración.

Término pepita: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "pepita" aquí tienes una selección de 61 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra pepita para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • V Pepita.
  • II Pepita.
  • VI Pepita.
  • Querida Pepita.
  • Pepita, Pepita.
  • Pepita, me marcho.
  • Y yo marcho, Pepita.
  • Pepita, Lola, Carmen.
  • Pepita no desea nada.
  • Tú eres ingenua, Pepita.
  • Pepita levanta los ojos al cielo.
  • TERCERA PARTE I A PEPITA SARRIÓ.
  • Pero es preciso estar aquí, Pepita.
  • La elegancia, Pepita, es la sencillez.
  • Yo creo que los hombres no la oyen, Pepita.
  • ¡Qué terrible es esto, Pepita! III Pepita.
  • Pepita ha querido saber dónde se iba Azorín.
  • Pepita se ha vuelto sobresaltada y ha exclamado.
  • Pepita mira a Azorín con sus bellos ojos azules.
  • Usted, Pepita, es sencilla y natural espontáneamente.
  • Y Pepita ha bajado sus hermosos ojos limpios y azules.
  • Pepita ha proferido una ligera exclamación de terror.
  • Cuando ocurre esto, es que estoy de mal humor, Pepita.
  • Doña Pepita era la causante de la desdichada aventura.
  • ¡Pero qué muchacho! decía doña Pepita, haciéndose cruces.
  • Pepita le pregunta Azorín, ¿qué quisiera usted en el mundo?
  • Rosita Briones y su madre doña Pepita le mimaban y le halagaban.
  • Sí, Pepita, ésta es una iglesia a quien no dejan vivir en su soledad.
  • A las diez, Pepita toca el piano, cuyas notas resuenan sonoras en la plaza.
  • Azorín ha añadido, tras breve pausa en que contemplaba los ojos de Pepita.
  • XIX Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus dedos sutiles.
  • Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aquí sobre una silla.
  • Yo, Pepita, no podía decirte lo que he sentido cuando he tocado estas naranjas.
  • Doña Pepita le puso a Zalacaín delante de su hijo como un salvador, como un héroe.
  • Doña Pepita, la madre de Rosita, era una señora romántica, con unas ideas absurdas.
  • ¡Ay, Azorín, a París, y qué lejos que está eso! Tiene razón Pepita en asustarse.
  • Pepita, este hombre a quien esta muchacha quiso despreció frívolamente un gran tesoro.
  • Yo, en realidad, Pepita, no pienso nada de la mayor parte de los libros que se publican.
  • Doña Pepita le abrazó y Rosita le estrechó la mano varias veces y le dijo imperiosamente.
  • XVIII Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo así como unos vislumbres que fascinan.
  • Pues del mismo modo Azorín no acertaría a explicar lo que dice Pepita con sus miradas suaves.
  • Ha estado un momento pensándolo, y como Pepita continuaba mirándole ansiosa, ha dicho al fin.
  • Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros, pero ella no desea nada.
  • Por la mañana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en sus mosaicos pintorescos.
  • Pepita le ha dicho si estaba constipado y él ha contestado que sí, que había cogido un enfriamiento en el tren.
  • Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el día, con sus bolillos, urdiendo fina randa.
  • Doña Pepita dijo que su hija había tenido el capricho de aprender la guitarra é incitó a Rosita para que cantara.
  • Estos recuerdos, Pepita, yo los he encontrado más dulces y más buenos que las tortadas que había dentro de la cesta.
  • Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de Pepita Jiménez, le llamaban sus amigos y los que no lo eran, Juanito Valera.
  • Don Lorenzo Sarrió me ha encargado que le entregue a usted esta cesta, y Pepita, Lola y Carmen me han dado para usted muchos recuerdos.
  • ¡Allí estaban sus dos cuartos! ¡Menuda pepita de aquel gran criadero de metal! Lleno de esperanza, alzó la voz cuanto pudo, y dio su recado.
  • Y he aquí que Pepita le saca una taza de caldo, y Sarrió va a buscar una botella de buen vino, y Lola y Carmen aprestan otras cosas para que coma.
  • De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de la lengua y se mojan los labios.
  • ¡Mi personalidad ha desaparecido, se ha disgregado en diálogos insubstanciales y artículos ligeros! Y yo no creo, Pepita, que haya un tormento mayor que éste.
  • Y al despedirse, mientras Azorín estrechaba la mano de Pepita, esta mano tan blanca, tan carnosita, tan suave, con sus hoyuelos, con sus uñas combadas, Pepita ha dicho.
  • Nos pueden robar nuestra hacienda, nos pueden robar la capa y el gabán, ¡pero robarnos nuestro espíritu! ¿Comprendes tú, Pepita, que haya una cosa más terrible que ésta?
  • Y Azorín ha contestado que sí, que sí que le escribirá a Pepita una carta muy larga desde París, contándole las andanzas de su cuerpo y las terribles perplejidades de su espíritu.
  • Por eso, Pepita, mi tarea es más fácil, porque hago mis artículos con entera tranquilidad, sin apresurarme, sin aturdirme, poniendo esas pequeñas gotas de hiel donde quiero ponerlas.
  • Si usted, hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego, como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro, pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?
  • Pero, por esto ¿va a tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la arena?
  • Ella se había visto con su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no arrojase la pepita de oro.