Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "plácido" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra plácido para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- ¿Don Plácido?
- Repitió Plácido.
- ¿verdad, Don Plácido?
- Deja marchar a Plácido.
- Plácido, Dios le guarde.
- Y Plácido, ¿qué es de él?
- Este era Plácido Estupiñá.
- ¿Sabe una cosa don Plácido?
- Vaya, Don Plácido, prepárese.
- Por Dios Plácido, no les eches.
- Segunda llamó, y Plácido no estaba.
- Don Plácido, ¿tiene usted pana azul?
- Voy a ver a Plácido te dejará pasar.
- ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?
- Vivía Plácido en la Cava de San Miguel.
- Pase, Don Plácido (sonriendo con gracia).
- Me parece que es Don Plácido el que sube.
- No, Don Plácido, así no, eso está muy mal.
- Usted póngalo todo muy clarito, Don Plácido.
- Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado.
- Ayer estuvo la Jacinta en casa de Don Plácido.
- Llame usted al médico indicó Plácido con ira.
- Don Plácido dijo Fortunata con mucha animación.
- Pues qué, Don Plácido, ¿va a venir el Viático?
- ¿Pero di, Plácido, tú no has tenido nunca novia?
- Aunque usted no quiera, Don Plácido, buenos días.
- Pero don Plácido, mire que se le va a hacer tarde.
- Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá.
- Plácido no había nacido para el presidio de una tienda.
- Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo adelante.
- Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de Don Plácido?
- Cuidado con las drogas, Plácido, y no hagas una barbaridad.
- Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg.
- Y el mismo Plácido Estupiñá no era un desconocido para él.
- Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía.
- Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona.
- Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido.
- Y cuando don Plácido le cuente que soy su inquilina, ¿qué dirá?
- Pero, tía, ¿no se ha tropezado usted en la escalera con Plácido?
- Hay en la vida de estas ciudades viejas algo de plácido y arcaico.
- Don Plácido, Don Plácido exclamó Segunda, descompuesta y furiosa.
- Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente.
- Aquel sueño plácido, Samaniego se lo trocaba en angustiosa pesadilla.
- Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.
- Subía del cuarto de Plácido a decir a Ballester algo referente al entierro.
- A ver, Plácido, ¿serías tú capaz de buscarme un vestido de torero completo?
- Y como el caballero no le dijese nada, Plácido se alejó rezando entre dientes.
- Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al sacristán de San Ginés.
- Plácido gritó Jacinta riéndose con mucha gana, es el que nos ha traído la suerte.
- ¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta entre nueve y diez.
- Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo para irlas desembuchando.
- Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a Don Plácido que le necesito.
- Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no poder reproducir aquí.
- Pues ya lo creo dijo Plácido, para quien no había nunca dificultades tratándose de compras.
- Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo en la derribada parroquia.
- Me lo contó mi tía, y Don Plácido es tan tirano, que no da una paletada de yeso aunque le fusilen.
- Tenía puerta para la escalera de la Cava, y usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.
- El cabeza larga, Abel, es tranquilo, plácido, inteligente, agricultor, matemático, hombre de ciencia.
- Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el hombre terrible, se le escapó esta frase.
- Dos, señora, dos dijo Plácido corroborando con igual número de dedos muy estirados lo que la voz denunciaba.
- Desde el simón en que iba con uno de los chicos, el gran Plácido le echó una mirada de indignación y desdén.
- Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando religiosamente a todo el mundo con las existencias.
- Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle, el infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.
- A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste delante del sereno, creyendo que era el Viático.
- Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese.
- ¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido dijo Don Baldomero a su nuera, que hasta se saca la lotería sin jugar!
- Ya he empezado yo a sacudirme las pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera la casa gratis.
- La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido enteró por el camino de cuanto había ocurrido.
- Y ahora que recuerdo, esta casa era de Don Manuel Moreno Isla, que el año pasado le dio la administración a Don Plácido.
- Su principal, que le conocía bien, hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando por su cuenta.
- ¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza.
- Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él.
- A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo.
- Usted dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente, corra a llamar a ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege.
- Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar como en broma un portal de los más bonitos, lo compró.
- Como que Plácido es todo de la casa, y desde chiquito no hace más que llevar recados de los señores, y servirles en mil menudencias.
- Cuando Don Bonifacio Arnaiz enfermó para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta que le dejó en la sepultura.
- Pero entró Plácido, sombrero en mano, y con ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había llegado doña Bárbara.
- Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa.
- Plácido la profesaba con no menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de infantería, y además no quitaba la vida a nadie.
- Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la baqueta.
- Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de él.
- El chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el hombre.
- Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, aunque esta fuese bajada del Cielo.
- Pues que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a Don Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si lo necesitara.
- Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, Don Plácido, porque estoy en que se nos seca dijo la placera, gozosa de meter su cucharada en aquel asunto.
- No quiero morirme sin hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo Don Plácido, ese mono del Cielo que su esposo de usted me dio a mí, equivocadamente.
- Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y aprovechara la lección para cuando le tocara.
- El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que Don Plácido no estaba en su casa sino cuando dormía.
- Por la mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad, Jacinta salió acompañada de Guillermina.
- No existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso apechugar con ciento veinte escalones, todos de piedra, como decía Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio.
- Y mientras tanto, la cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda brecha y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde.
- Se puede asegurar que ni cuando el sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax.
- Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes que consentir que nadie tocase al Delfín (así le solía llamar) en la punta del cabello.
- Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a ponerse a sus órdenes.
- Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en la iglesia de Daganzo de Abajo.
- Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el rosario y el libro de rezos en la mano.
- La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya podían Arnaiz y su familia echarse a dormir.
- Abrió la joven, y el gran Plácido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que tenía un sello.
- Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido.