Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "quevedo" aquí tienes una selección de 45 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.
En cada una de las frases aparece resaltada la palabra quevedo para que la puedas detectar fácilmente.
Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.
- La asiste Quevedo.
- De Quevedo, diciéndole.
- Esta mañana volvió Quevedo.
- De Quevedo sabe más que usted.
- Quedamos en que vendrá Quevedo.
- Me voy a permitir hablar a Quevedo.
- El San Leandro, de 74, mandado por Don José Quevedo.
- A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo.
- Su compañero Quevedo solía envolverse en formas hipócritas.
- Aquí, aquí en este cuartico es donde dicen que murió Quevedo.
- Fueron las Samaniegas con doña Desdémona, Quevedo y otros amigos.
- Xi El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre.
- Anoche, según me dijo Don Francisco de Quevedo, estaba algo excitada.
- Si de aquí a mañana Quevedo no varía de opinión, vendrá la nodriza.
- He visitado la casa en que, viejo, perseguido, amargado, expiró Quevedo.
- Me ha encargado decirle si quiere que le avise a Don Francisco de Quevedo.
- Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la opinión del señor de Quevedo.
- Su entristecido arqueo de cejas le prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo.
- En el fondo, esta actitud suya servía para citar trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo.
- En cambio, Don Francisco de Quevedo no tenía más chiste que el que podría tener un caimán.
- Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien, ordenaba que no se levantase.
- Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atrevía a decir mu, repitiendo las admirables razones de su amigo.
- Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo al farmacéutico en tono muy misterioso.
- Maxi, la señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme que le mande a usted subir un momento.
- El Pater y Quevedo tomaban la cuestión con calma, oponiendo a los ataques de Rubín argumentos evasivos en estilo joco serio.
- Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo, para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el ama.
- Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama, pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más.
- Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la semana que viene.
- Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente.
- Todos los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto físico.
- Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester doña Desdémona, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra.
- Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa que describe Quevedo en el Gran Tacaño.
- Y el pobre muchacho apretaba con mano crispada su junquillo, que para su imaginación era toledano acero, y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y Lord Byron.
- ¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a todos los que hacen delante de mí esta comedia! Todavía no hay nada, fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava.
- Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo.
- Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, la pájara mala dijo con acento de niño mimoso, enséñemela usted.
- El ex castrense se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que daría espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario.
- Lo primero en que doña Lupe puso su atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo.
- Por las mañanas, entre las estudiantinas y comparsas que corrían las calles, pasaban las familias ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles.
- Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable estrépito de herrumbres, en dirección a Infantes, donde expiró Quevedo, hacia el antiguo y conocido campo de Montiel, por donde Cervantes hizo caminar a Alonso Quijano la vez primera.
- Que Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que Don Francisco de Quevedo la asiste.
- Conversando estuvieron largo rato, y la señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la casa.
- Aceptada esta fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el otro volátil pláticas muy cariñosas.
- Él, por una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba Don Francisco de Quevedo (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien conocimos en la tertulia del café, junto con el Pater y Pedernero).
- Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hábil profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos.