Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra ramiro

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra ramiro en el contexto de una oración.

Término ramiro: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "ramiro" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra ramiro para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Dijo Ramiro.
  • No, Ramiro, no.
  • Preguntó Ramiro.
  • , Ramiro Cuadrado.
  • Sí, lo sé, Ramiro.
  • ¡Ramiro no es así!
  • ¿No es así, Ramiro?
  • ¿No es así, Ramiro?
  • Y él, el otro, Ramiro.
  • Así es asintió Ramiro.
  • Era Ramiro, que le dijo.
  • Le preguntó luego Ramiro.
  • No pienses en eso, Ramiro.
  • ¡Por Dios! suplicó Ramiro.
  • ¿Ya estás ahí tú, Ramiro?
  • Y Ramiro tenía que someterse.
  • De la madre del primer Ramiro.
  • Y me daba tanta pena de Ramiro.
  • Casándote con él, con Ramiro.
  • ¿Crees que tendrá Ramiro celos?
  • ¡vete! ¡Déjame! Ramiro se fué.
  • Y Ramiro muy malhumorado con ello.
  • Y bien, ¿qué te parece de Ramiro?
  • ¡Claro que sí! Pues bien, Ramiro.
  • Ramiro está muy bien, es hijo solo.
  • Y ahora, Ramiro, a cuidar de éstos.
  • La enfermedad de Ramiro se agravaba.
  • ¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro.
  • No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.
  • El corazón de Ramiro se puso al galope.
  • Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas.
  • El pobre Ramiro estaba más muerto que tú.
  • Ramiro quiso hacer que le llamase señorita.
  • La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro.
  • Que como Ramiro volverá a pensar en casarse.
  • ¿Podía haberse muerto viviendo él, Ramiro?
  • Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.
  • Eso de amor decíase Ramiro ahora sabe a libro.
  • Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro.
  • Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica.
  • Dineros y amor mal se encubren, señor don Ramiro.
  • A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
  • O, mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso.
  • Díjele que era don Ramiro de Guzmán y rióse mucho.
  • Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo.
  • Ramiro se unió alguna vez a este juego de los niños.
  • Complacíase en acusar a éste, a Ramiro, de egoísta.
  • Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice.
  • ¡Pero señora! clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba.
  • Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre, sus defectos.
  • Y ahora añadió Ramiro, a pesar de esto Ricardo quiere verte.
  • III DON Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa.
  • Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio.
  • ¡Sí, Ramiro, sí! exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole.
  • Gertrudis estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela.
  • Y ahora, Ramiro le dijo su cuñada ya puedes decir que tienes mujer.
  • Soñaba lo que habría sido si Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa.
  • ¡Hasta mañana no podrá venir, señorita! Mira, Tula empezó Ramiro.
  • ¡Adiós, mi Tula!, rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro.
  • ¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso.
  • Bien sabe aquí Manuela dijo Ramiro que nunca he pensado en abandonarla.
  • Es que Gertrudis la guarda para sí sola dijo Ramiro sin saber lo que decía.
  • Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le dijo.
  • Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.
  • O por lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse el uno al otro.
  • A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar enamorado de ella.
  • Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a Ramiro.
  • Eres una santa, Gertrudis le decía Ramiro, pero una santa que ha hecho pecadores.
  • Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque me quieren.
  • Los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues que te empeñas, de zángano.
  • Porque Ramiro, viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo.
  • Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la otra, con la hermana.
  • Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños remordimientos y de furias súbitas.
  • En los trances del ahogo miraban sus ojos, desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro.
  • Ahí te dejo mis hijos, los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro hijo.
  • XIV UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana.
  • ¡hombre al fin! Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que decía así.
  • Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
  • Al fin, preguntó por don Ramiro, un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con el Rey.
  • Además, te lo confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado miedo siempre.
  • ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría.
  • Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que nunca al albedrío de Gertrudis.
  • Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran en el suelo, sobre la yerba montañesa, Gertrudis le contestó.
  • ¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela fué criado por ésta, por su madre.
  • Ella tiene la sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti yo te casé con mi hijo.
  • De un lado, Rosita, la hija mayor de Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada y no con su hermano, no con Ramiro.
  • Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.
  • Y a fuerza de paciente astucia logró sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de servicio.
  • Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
  • ¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo celos, no.
  • ¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito! Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro mi hermano, sino siempre.
  • II ¿PERO qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa?
  • Y ella, la tía, vació su corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del padre de sus hijos, de su pobre Ramiro.
  • Ni la de su tío, ni la de su hermana, ni la de Ramiro horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el centro de su alma.
  • De otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y Manolita.
  • Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento.
  • Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón.
  • Así oyó de la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego.
  • Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más.
  • ¡Qué barbaridad! Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así.