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Ejemplos de oraciones con la palabra revolución

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra revolución en el contexto de una oración.

Término revolución: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "revolución" aquí tienes una selección de 40 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra revolución para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Con esta revolución del alma.
  • ¿qué piensa usted de la revolución?
  • ¡Rayos y truenos! ¿y esa revolución?
  • Se hablaba sólo de revolución social.
  • La Revolución había derribado, había robado.
  • Pues a sortear y dirigir aquella revolución doméstica.
  • Mucho de revolución, de libertad, de derechos individuales.
  • , y ni con la revolución hemos conseguido minarles el terreno.
  • Me parece que la Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor.
  • Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a Guimarán.
  • Barbacana, moderado antes de la Revolución, se declaraba ahora carlista.
  • Vio cómo una revolución echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced.
  • No era el sentimiento puro y regular del orden, sino el hastío de la revolución.
  • Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plena revolución.
  • Un día de revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, cerca de la noche.
  • Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos.
  • Lo único que sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes de revolución y de paz.
  • Cuando estalló la Revolución de Septiembre, Guimarán tuvo esperanzas de que el librepensamiento tomase vuelo.
  • Las rocas, una tras otra, fueron desfilando por la plaza, produciendo cada una de ellas una verdadera revolución.
  • Para ellos, la ciencia, la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado de la música de Wagner.
  • Una señora vieja, amiga de la familia, le regaló unas ilustraciones y la historia de la Revolución francesa, de Thiers.
  • A eso se había reducido la revolución religiosa en Vetusta, como no se cuente a los que comían de carne en Viernes Santo.
  • Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el tipo más grande de la Revolución, era Saint Just.
  • No alababa el tiempo pasado por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la revolución no había traído nada bueno.
  • En los últimos años de la Revolución, Don Manuel Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y él lo aceptó como ayuda hasta que vinieran tiempos mejores.
  • La verdad es que si el pueblo lo comprendiese pensaba Hurtado, se mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que una utopía, un sueño.
  • El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la historia de su solitario espíritu.
  • Y la democrática masa de flores rojas y vulgares extendíase por todas partes, asaltaba las mesas, como un pueblo en revolución, tumultuoso y desbordado, cubierto de encarnados gorros.
  • Desde que se armó la revolución y andan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites en el país.
  • ¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros.
  • Seguía en tamaño las Recoletas, donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y huerto la sexta parte del barrio.
  • ¡Qué hermosa sería una revolución decía Andrés a su patrona, no una revolución de oradores y de miserables charlatanes, sino una revolución de verdad! Mochuelos y Ratones, colgados de los faroles, ya que aquí no hay árboles.
  • Había estado al principio en la guerra, luego se fué a una república americana, tomó parte en una revolución y después, expulsado de allí por rebelde, volvía al ejército carlista, en donde estaba ya violento y deseando marcharse.
  • Forzoso es reconocer, no obstante, que en la época de la revolución, la exaltación política, la fe en las teorías llevada al fanatismo, lograba infiltrarse doquiera, saneando con ráfagas de huracán el mefítico ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas.
  • FIN DE LA PRIMERA PARTE Parte segunda I Maximiliano Rubín i La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la revolución del 68.
  • Primero se hablaba de política, después de que la guerra se acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido guillotinadas muchas almas.
  • Algunas tardes, Andrés solía ir al café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la Inquisición.
  • Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría, voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
  • Y cada quince días o cada mes, se agitaban, se debatían, se querían resolver definitivamente cuestiones hondas, problemas que el legislador, el estadista y el sociólogo necesitan madurar lentamente, meditar quizás años enteros antes de descifrarlos, y que una multitud en revolución decide en pocas horas, mediante una acalorada discusión parlamentaria, o una manifestación clamorosa y callejera.
  • III La revolución vencida i Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible.