Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra roseta

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra roseta en el contexto de una oración.

Término roseta: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "roseta" aquí tienes una selección de 60 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra roseta para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Roseta se mostraba tranquila.
  • Roseta se mostró más locuaz.
  • Roseta aún le confundió más.
  • Casi soltó su cántaro Roseta.
  • Roseta marchaba sola hacia la ciudad.
  • Roseta hasta creyó que iba á llorar.
  • Temblaba de inquietud la pobre Roseta.
  • Roseta era la más callada y laboriosa.
  • Roseta y su madre prorrumpieron en gemidos.
  • A Roseta, el miedo le daba un apetito feroz.
  • Una noche experimentó Roseta cierto alivio.
  • Teresa y Roseta dieron un grito de regocijo.
  • Desapareció Roseta bajo los amenazantes brazos.
  • Roseta alzó los hombros con expresión de indiferencia.
  • Pero se detuvo y acabó por reñir dulcemente á Roseta.
  • Lo del casamiento hacía volver á Roseta á la realidad.
  • Roseta era da toda la familia la más parecida á su padre.
  • Roseta comenzó á arreglarse para ir con su madre á misa.
  • Y Roseta, ¡pobre muchacha! era la que se mostraba más triste.
  • Roseta, con los chicos, se había ido al baile de la alquería.
  • Causó estupefacción en el primer momento la presencia de Roseta.
  • Nunca le adivinaron á Roseta en su casa los terrores pasados en el camino.
  • Más cerca aún de la ciudad que en los otros días, salió al encuentro de Roseta.
  • Roseta se colgaba de su cuello, suspirando amorosamente, con los ojos todavía húmedos.
  • Roseta tenía siempre en su estudi algún nido, que decía haber encontrado en el camino.
  • Y sin embargo, Roseta aquella noche cenó y se acostó pensando en el nieto del tío Tomba.
  • Roseta, más animosa, rasgó la gruesa y áspera camisa hasta dejar el hombro al descubierto.
  • (Sonrisa de Roseta y un grasies murmurado tenuemente.) ¿Se había divertido mucho el domingo?
  • Ahora eran sus hijas las que perseguían á la pobre Roseta, como si la infeliz tuviese culpa alguna.
  • Una vez que Tonet rozó involuntariamente la cintura de Roseta, ruborizóse como si fuese él la muchacha.
  • Mientras tanto, Roseta se peinaba con calma, para deshacer á continuación su obra, poco satisfecha de ella.
  • En las primeras semanas, Roseta veía con cierto terror la llegada del anochecer, y con él la hora de la salida.
  • La firmeza del padre surgió de pronto en Roseta, trémula, balbuciente de rabia y con los ojos veteados de sangre.
  • Roseta tenía dos faldas más y Batistet y los pequeños se pavoneaban los domingos vestidos de nuevo de cabeza á pies.
  • En los crepúsculos de invierno, obscuros y muchas veces lluviosos, salvaba Roseta temblando más de la mitad del camino.
  • Los pequeños ya no asistieron á la escuela, Roseta dejó de ir á la fábrica y Batistet no daba un paso más allá de sus campos.
  • Al distinguir á Batiste en medio del camino, el hombre fué retrasando su marcha y quedó lejos cuando Roseta llegó junto á su padre.
  • Saludó Roseta á dos ó tres que eran de su fábrica, y apenas si le contestaron, apretando los labios y con un retintín de desprecio.
  • Roseta iba de un lado á otro fingiendo ocupaciones para no llamar la atención, esperando de un momento á otro el estallido de la cólera paternal.
  • Después de la famosa riña en la fuente de la Reina, la huerta entera estuvo varios días hablando de los amores de Roseta con el nieto del tío Tomba.
  • Hasta le pareció á Roseta que se mordía nerviosamente la lengua para castigarla por su atrevimiento, y se pellizcaba en los sobacos por haber ido tan lejos.
  • Bajó Roseta á la fuente, y después de llenar el cántaro, sacó, al incorporarse, su cabeza por encima del muro, lanzando una mirada ansiosa por toda la vega.
  • Pero no pudo repetirlo la morenilla, porque antes de que llegase á abrir la boca, recibió un puñetazo en ella, al mismo tiempo que Roseta hundía la otra mano en su moño.
  • Un brazo de Roseta se había apoyado en su hombro izquierdo, en el mismo sitio donde sufrió el desgarrón de la uña de acero, y en el que ahora sentía un peso cada vez más abrumador.
  • En la plaza de Alboraya, al entrar y al salir de la iglesia, Roseta, levantando apenas sus ojos, escudriñó la puerta del carnicero, donde la gente se agolpaba en torno á la mesa de venta.
  • Después, Teresa, mujer hacendosa, preguntó á su marido por el resultado del viaje, quiso ver el caballo, y hasta la triste Roseta olvidó sus pesares amorosos para enterarse de la adquisición.
  • Allí cayó Roseta con su cántaro, sin haber encontrado al novio en el camino, á pesar de que anduvo lentamente, volviendo con frecuencia la cabeza, esperando á cada momento que saliese de una senda.
  • Al amanecer le vió Roseta en el camino, casi oculto tras el tronco de una morera, mirándola con zozobra, como un niño que teme la reprimenda y está arrepentido, dispuesto á huir al primer gesto de desagrado.
  • Y mientras la madre daba una vuelta en la cama, dulcemente acariciada por el calor del estudi, proponiéndose dormir media hora más junto al enorme Batiste, que roncaba sonoramente, Roseta seguía sus evoluciones.
  • Teresa la mujer y Roseta la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente.
  • Roseta guardaba el regalo en su cuarto, como si fuese la misma persona de su novio, y lloraba cuando sus hermanos, la gente menuda que tenía por nido la barraca, en fuerza de admirar á los pajaritos, acababan por retorcerles el pescuezo.
  • V Todos los días, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de Batiste, y con los ojos hinchados por el sueño, extendiendo los brazos con gentiles desperezos que estremecían todo su cuerpo de rubia esbelta, abría la puerta de la barraca.
  • Pero Roseta, más fuerte ó más furiosa, logró desasirse, é iba á arrastrar á su adversaria, tal vez á propinarla una zurra interior, pues con la mano libre pugnaba por despojarse de un zapato, cuando ocurrió algo inaudito, irritable, brutal.
  • Y con la terrible majestad del padre latino, señor absoluto de sus hijos, más propenso á infundir miedo que á inspirar afecto, empezó á andar seguido por la trémula Roseta, la cual, al acercarse á su barraca, creía marchar hacia una paliza segura.
  • Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
  • Salieron todas corriendo en diversas direcciones, con los cántaros en la cabeza, y al poco rato no se veía en las cercanías de la fuente de la Reina mas que á la pobre Roseta, con el pelo suelto, las faldas desgarradas, la cara sucia de polvo y sangre, caminando llorosa hacia su casa.
  • Chillaba la garrucha del pozo, saltaba ladrando de alegría junto á sus faldas el feo perrucho que pasaba la noche fuera de la barraca, y Roseta, á la luz de las últimas estrellas, echábase en cara y manos todo un cubo de agua fría sacada de aquel agujero redondo y lóbrego, coronado en su parte alta por espesos manojos de hiedra.
  • Pero este alejamiento no podía prolongarse para los novios impacientes, y un domingo por la tarde, Roseta, inactiva, cansada de pasear frente á la puerta de su barraca y creyendo ver á Tonet en todos los que pasaban por las sendas lejanas, agarró un cántaro barnizado de verde, y dijo á su madre que iba á traer agua de la fuente de la Reina.
  • Y Roseta, que ya no era inocente después de su entrada en la fábrica, dejaba correr su imaginación hasta los últimos límites de lo horrible, viéndose asesinada por uno de estos monstruos, con el vientre abierto y rebañado por dentro lo mismo que los niños de que hablaban las leyendas de la huerta, á los cuales unos verdugos misteriosos sacaban las mantecas, confeccionando milagrosos medicamentos para los ricos.
  • Mientras las bandas de muchachas despeinadas salían de la fábrica á la hora de comer para engullirse el contenido de sus cazuelas en los portales inmediatos, hostilizando á los hombres con miradas insolentes para que les dijesen algo y chillar después falsamente escandalizadas, emprendiendo con ellos un tiroteo de desvergüenzas, Roseta quedábase en un rincón del taller sentada en el suelo, con dos ó tres jóvenes que eran de la otra huerta, de la orilla derecha del río, y maldito si les interesaba la historia del tío Barret y los odios de sus compañeras.