Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra secas

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra secas en el contexto de una oración.

Término secas: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "secas" aquí tienes una selección de 25 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra secas para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Don Pedro Moscoso a secas.
  • Secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer.
  • Praschcu echó unas cuantas brazadas de ramas secas.
  • Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.
  • El aire venía en ráfagas secas, como salidas de un horno.
  • La Venancia era una de estas viejas secas, limpias, trabajadoras.
  • Hojas secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial.
  • En el balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la calle.
  • La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así.
  • Cuando se calentó el hornillo de la roca, ardían lo mismo las hierbas secas que las verdes.
  • Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas secas a la entrada del cenador.
  • Las mesas de comida barata, donde cenaban chorizos crudos y morcillas secas los soldados y los labradores.
  • Pero sólo le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la arena de los senderos.
  • La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer ruido.
  • ¡Esas palomas! o ¡Fuego en ellas! y en una ocasión el mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente que se llamaba a secas.
  • Pues si te secas le contestó su tía, que hasta para consolar era regañona y desapacible, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos un ama, y a vivir.
  • Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y sus contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a conciencia el salario.
  • ¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato! y el amor filial le arrancaba dos lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en aquellas fuentes secas por tantos años.
  • Sus mejillas están secas, arrugadas, y sus ojos, puestos en anchos y redondos cajos, miran con melancolía a quien frente por frente a él va embujando palabras en las cuartillas.
  • Sin embargo, Tellagorri dió con la vereda para escalar aquel rincón y, en este sitio recóndito y soleado, puso una verdadera plantación de tabaco, cuyas hojas secas vendía al tabernero Arcale.
  • Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener entre los desesperados que se ahorcan y despeñan, y que como a tales no las enterrasen en sagrado a las mujeres que se enamoran de poeta a secas.
  • La niña que saltaba del lecho a obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.
  • Al regresar y acercarse a la entrada de los Pazos, un remolino de hojas secas le envolvió los pies, una atmósfera fría le sobrecogió, y la gran huronera de piedra se le presentó imponente, ceñuda y terrible, con aspecto de prisión, como el castillo que había visto soñando.
  • Huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre anchas losas.
  • Y entre el trigo y el estrado, sentadas en tallos (asientos de tronco de roble bruto, como los que usan los labriegos más pobres), dos viejas secas, pálidas, derechas, vestidas de hábito del Carmen, ¡hilaban! Jamás había creído la señora de Moscoso que vería hilar más que en las novelas o en los cuentos, a no ser a las aldeanas, y le produjo singular efecto el espectáculo de aquellas dos estatuas bizantinas, que tales parecían por su quietud y los rígidos pliegues de su ropa, manejando el huso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor cuando ella entró.