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Ejemplos de oraciones con la palabra seco

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra seco en el contexto de una oración.

Término seco: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "seco" aquí tienes una selección de 66 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra seco para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Y aquí paró en seco.
  • ¡plaf! Y se te deja seco.
  • Ahora mismo le dejaba seco.
  • El palo seco era doña Camila.
  • La víctima exhaló un gemido seco.
  • ¿Había parado en seco su digestión?
  • Moriría antes seco, la familia no tendría pan.
  • El cauce del Turia estaba, como siempre, casi seco.
  • Y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.
  • De vez en cuando se oía el ruido de un golpe seco.
  • Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte.
  • Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco.
  • Era alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco.
  • Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco.
  • Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o pan seco.
  • Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco.
  • Le miré con tanto ahínco que se secó el pastel como un aojado.
  • A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco.
  • Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un bombardeo.
  • Enseñaba pediduras para dinero seco y pediduras para cadenas y sortijas.
  • La tarde era de verano, pesada, sofocante, de aire seco y lleno de polvo.
  • Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco, quieto y abrasado tostaba.
  • El enamorado Albizu era hombre de mucha fuerza y muy nervioso, flaco, alto, seco.
  • Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.
  • Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia.
  • El rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las lágrimas.
  • Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, rígido y sin sangre.
  • Luego avanzamos a lo largo del paseo de las Delicias, entre el ramaje seco del arbolado.
  • Luego se ha dirigido a Azorín y le ha estrechado la mano con un apretón seco y nervioso.
  • El cauce de un torrente seco dejaba ver su fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada.
  • Zalacaín y Bautista comieron un rancho de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco.
  • El aya aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada a él fuertemente.
  • Mascaba firme, bebía seco, y tenía los ojos fijos en el plato, cuando no en las vigas del techo.
  • Se acordó de que Ripamilán le había hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero.
  • En sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se difundían en reflejos por todo el rostro.
  • Empuñó las armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los prusianos le dejaron seco.
  • Venía la moza arremangada hasta el codo, con el pelo alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda.
  • Ése dice que a Suñer y a los revolucionarios no se les convence con razones, sino a trabucazo limpio y palo seco.
  • Ahogándose como ballena encallada en una playa y a quien el mar deja en seco, entró el arcipreste, morado de despecho y furor.
  • La otra pierna era un miembro repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando, seco, informe y sanguinolento.
  • Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una impertinencia.
  • Un vejete seco, encorvado, cuyas manos rojas y cubiertas de escamas temblaban al apoyarse en el grueso cayado, era Cuart de Faitanar.
  • Y cuando más descuidado está el cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, le apunta, tira, y me le deja seco.
  • Pero paró en seco al ver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por la libertad con que formulaba sus ilusiones.
  • Las palomas, que en el palomar de arriba saltan y corren, hacen sobre el techo con sus menudas patas un presto y entrecortado ruido seco.
  • A lo largo del paseo de las Delicias brillan, en la foscura, acá y allá, vacilantes, trémulas, entre el ramaje seco, las luces del gas.
  • Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
  • Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fábrica, y saludaban a Andrés con un adiós un poco seco, sin mirarle a la cara.
  • Desalmados que, aprovechándose de la obscuridad, empujaban á las muchachas solas al fondo de las regaderas en seco ó las hacían caer detrás de los pajares.
  • Me acostumbré a no hablar a usted más que de si me dolía o no la cabeza, de que se me había caído un botón, de si llovía o estaba seco y otras tonterías así.
  • Pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.
  • La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que no lo había hecho por ella.
  • La graciosa sevillana paró en seco, y las dos niñas abandonaron el salón seguidas del tío, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo al ver el aspecto de la mesa.
  • Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños como la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
  • Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna disposición, echole una buena reprimenda porque no se recataba del crudísimo viento seco del Norte que en aquellos días reinaba.
  • Su cuerpo no tenía forma de mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de palo o del propio muñón del hueso roto.
  • Era un señor muy seco y estirado, con chupa de treinta colores, muchos colgajos en el reloj, gran coleto, y una nariz muy larga y afilada, con la cual parecía olfatear a las personas que le sostenían la conversación.
  • De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la muñeca.
  • Cogidos a sus bridas corrían los criados de los molineros, atletas de ligera alpargata, despechugados y con los brazos al aire, que, a la voz de ¡alto!, se colgaban de las cabezadas, haciendo parar en seco a las briosas bestias.
  • Sobre la mesa aparecían las doradas naranjas de terso cutis, el panquemado de Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vértice nevado, y las bandejas de dulce seco, confitería indígena, sólida y empalagosa.
  • Aún tuvo que beber una segunda copa, obsequio del gitano, y al fin, cortando en seco su raudal de ofrecimientos y zalamerías, cogió el ronzal de su nuevo caballo, y con ayuda del ágil Monote, montó en el desnudo lomo, saliendo á paso corto del ruidoso mercado.
  • A la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la portada clásica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejanía, entre su delicada membratura, el ramaje seco de un álamo erguido en la llanura inmensa.
  • Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural.
  • Él, por una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba Don Francisco de Quevedo (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien conocimos en la tertulia del café, junto con el Pater y Pedernero).
  • Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo.
  • Cuando media hora después entraba solo por el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima pomarada de Pepe el casero.