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Ejemplos de oraciones con la palabra sonreía

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra sonreía en el contexto de una oración.

Término sonreía: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "sonreía" aquí tienes una selección de 90 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra sonreía para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Se sonreía.
  • Doña Lupe se sonreía.
  • Todo, todo le sonreía.
  • Don Robustiano sonreía.
  • Paula sonreía y callaba.
  • Porque sonreía la señora.
  • Sonreía a sus pensamientos.
  • La huérfana sonreía siempre.
  • ¿De qué sonreía esta monja?
  • Moreno se sonreía tristemente.
  • Ana sonreía y aceleraba el paso.
  • Dolorcitas sonreía al verme turbado.
  • Mauricia se sonreía, cortada y confusa.
  • Sonreía como si le hiciesen cosquillas.
  • El farsante del vasco sonreía dulcemente.
  • Desde lejos noté que se sonreía al verme.
  • Al quinto día se sonreía mirando a su mujer.
  • Y don Álvaro sonreía y se acostaba temprano.
  • Y él sonreía con más socarronería que nunca.
  • Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía.
  • Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café.
  • Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía.
  • Pimentó sonreía socarronamente ante este triunfo.
  • En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonreía.
  • Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.
  • La mamá lo veía todo, pero sonreía con dulce tolerancia.
  • El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.
  • El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio.
  • ¡Tórnam la escopeta! Y Pimentó sonreía con cierta admiración.
  • Jesús sonreía a la mula y al buey en su cuna de heno color naranja.
  • Sonreía de todo corazón, sonreía a sus pensamientos, a sus planes.
  • Todo le sonreía, según la expresión común que le gustaba mucho usar.
  • Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.
  • Zalacaín sonreía, y Bautista le miraba con cierto mal disimulado pánico.
  • Luisito, con la inconsciencia de la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.
  • Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de acostarse.
  • Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su meditación.
  • Porque se sonreía, y tranquilo en apariencia, díjole en tono de seriedad cómica.
  • Algunas veces sonreía la familia recordando las amenazadoras palabras de Pimentó.
  • El labrador sonreía como una hiena, enseñando sus dientes agudos y blancos de pobre.
  • Sonreía a derecha e izquierda, contestaba con monosílabos, pero él pensaba en su brindis.
  • También lo sabía Celedonio, pero callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.
  • Con deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo con calma forzada.
  • Mientras Rosa, vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos apacibles.
  • Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no pudo menos de preguntarle.
  • Y al ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puesta en el exuberante pecho.
  • Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la boca, y decía con una calma de filósofo cínico.
  • Algunas veces, la pobre mujer sonreía, como si ante sus ojos moribundos pasasen seductoras visiones.
  • Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanándose por tranquilizarla.
  • ¡Está esto que arde! le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que sonreía y miraba al techo.
  • Pero el valentón sonreía bondadosamente, satisfecho de mostrarse prudente y paternal con este viejo rabioso.
  • Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella rubia y taimada, que sonreía discretamente.
  • Glocester al lado de aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque sonreía como siempre.
  • Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las más próximas a Fortunata notaron que esta se sonreía.
  • Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante.
  • Papitos hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonreía la muy tunanta, pensando sin duda, ¡aquí que no peco!
  • Era una criatura tímida, dulce, encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como pidiendo perdón.
  • Pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar conversación.
  • La Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico.
  • Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras sonreía ruborosa.
  • Sonreía Benigna, y si no hubiera sido por consideración a su querida hermana, habría dicho del Pituso lo que de las monedas que no sonaban bien.
  • Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se dignaba mirarla.
  • Ahora sonreía con bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.
  • Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con la cabeza.
  • Y sintiendo la tierna conmiseración de las almas grandes, sonreía dulce pero compasivamente al pensar en su madre, en sus hermanas y hasta en la misma Tónica.
  • En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta, partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde sobre su mano amarilla.
  • Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro de sus entrañas.
  • La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias, que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la candidata de mi madre, no me sonreía.
  • Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a ella, pero nunca quiso dárselos.
  • Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le quedaba de sus reflexiones de poco antes.
  • Pepe, no lejos del pozo, vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la cabeza y sonreía gozoso.
  • Y tan grande era la simpatía, que si aquel grandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, la beatita sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual y brillante.
  • Y Andresito sonreía, embelesado por la gracia con que el bebé le hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus poesías y acompañando sus palabras con gestos de píllete.
  • Batiste sonreía irónicamente mientras hablaba Pimentó, y éste, al fin, pareció confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar un hombre que no sentía miedo en su presencia.
  • Azorín ha visto que la monja gruesa le enseñaba el papel a la morena y que ésta sonreía con una sonrisa suave, con una sonrisa divina, enseñando sus blancos dientes, poniendo en éxtasis los ojos.
  • Era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá, doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales.
  • Ella le miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal, llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego.
  • El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo.
  • Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama, sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.
  • Y allí, sobre la cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos.
  • Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que aquello era posible, pero importaba menos.
  • Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello, don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a un interlocutor, invisible para Visita.
  • Y mirándole a la cara y viéndola tan consumida, con la piel terrosa, los ojos mayores y más vagos, la hermosa boca contraída siempre, menos cuando sonreía a su hija, calculaba que la señorita, por fuerza, debía saberlo todo, y una lástima profunda le inundaba el alma.
  • Y cuando, finalmente, aparecía Batiste, gritaban los pequeños de alegría, sonreía Teresa limpiándose los ojos, salía la hija á abrazar al pare, y hasta el perro saltaba junto á él, husmeándolo con inquietud, como si olfatease en su persona el peligro que acababa de arrostrar.
  • Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con Miss, cada vez más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían fantásticamente.
  • ¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! ¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales añadía para sí ni siquiera saben tener mala intención.
  • En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz.
  • Sonreía interiormente al apreciar sus preocupaciones, indignábase sin romper su silencio, y apenas terminaba el motivo de esta reunión de familia, escapaba para ir en busca de Tónica y de la pobre ciega, sintiendo el anhelo de purificarse, cual si las palabras de los suyos estuviesen agarradas a su piel como asquerosas manchas.
  • La niña, en el tibio bienestar del baño, sonreía, y Perucho, sosteniéndola por los sobacos, hablándola con tierna algarabía de diminutivos cariñosos, la columpiaba en el líquido transparente, le abría los muslos para que recibiese en todas partes la frescura del agua, imitando con religioso esmero lo que había visto practicar a Nucha.
  • Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la muerte.