Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra supiera

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra supiera en el contexto de una oración.

Término supiera: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "supiera" aquí tienes una selección de 57 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra supiera para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Si lo supiera?
  • Si ella supiera.
  • ¡Si él supiera.
  • ¡Si ella supiera!
  • ¡Si mamá lo supiera.
  • ¡Ay, si usted supiera.
  • ¡Hostia!, si yo supiera.
  • ¡Si usted supiera, tío.
  • Que lo supiera su marido.
  • ¡Si este busto supiera explotarse.
  • Si él supiera que no podía ni hablar!
  • ¡Y si supiera usted qué buen hombre es!
  • Pero yo no he dicho que el mundo supiera.
  • El día que su padre supiera todo aquello.
  • Si supiera usted que tengo aquí una idea.
  • Según lo que supiera, así él debía hablar.
  • ¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana! dijo.
  • Contracayes sonrió como un oso que supiera hacerlo.
  • Don Fermín no hubiera extrañado que supiera a vinagre.
  • Algunos le había hecho tal vez, sin que el otro lo supiera.
  • Si ese remendón supiera su oficio, parecerían estos una gloria.
  • Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama.
  • Si no lo supiera no podría ahora decir si tu pelo es rubio o moreno.
  • Con una buena propinilla, Manuel no me habría ocultado lo que supiera.
  • Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le digo a su novio.
  • En cuanto alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia.
  • ¿No le habían hecho llevar cartas sin necesidad de que lo supiera don Víctor ?
  • Que lo supiera la hipócrita aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos.
  • A Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera por qué.
  • Es como si se pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el agua.
  • Así le había sorprendido su mujer, sin que él lo supiera nunca, la noche de Noche buena.
  • Si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre.
  • Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni supiera que estoy viva.
  • La escribió sin que lo supiera Quintanar, que le tenía prohibidos toda clase de quebraderos de cabeza.
  • Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada sin motivo.
  • Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de descanso, me dejaría volver a la cama.
  • Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección.
  • ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de una hora de palique en el cenador, y a obscuras?
  • Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!
  • ¡Qué batahola, señora Doña Francisca! Me alegrara de que usted lo hubiera visto para que supiera cómo son estas cosas.
  • ¿y qué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela del trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa?
  • Sin que se supiera cómo, llegó a ser un lugar común, verdad evidente para Vetusta, que Barinaga había muerto como un perro por culpa del Magistral.
  • Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche, sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba.
  • Celedonio era un monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un fusil, se le reiría en las narices.
  • A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.
  • Él no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer.
  • Era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá, doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales.
  • ¡Algún puto, cornudo, bujarrón y judío dijo en altas voces ordenó tal cosa! Y si supiera quién era yo le hiciera una sátira con tales coplas que le pesara a él y a todos cuantos las vieran de verlas.
  • ¡Qué ha de ser! Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera el mundo me llamaría cursilona, literata.
  • Entre tanto, y supiera o no don Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva.
  • Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole cuentos, dichos en voz baja y melodramática.
  • Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se decidió a tomar la pluma y publicar en el Lábaro un articulejo, sin firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática, maltratada por el periódico progresista, según el canónigo.
  • Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural.
  • Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el ataque personal, como llamaba al más brutal y ejecutivo.
  • III La revolución vencida i Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible.
  • También ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco.
  • Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real, muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte, diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid.