Palabras

Ejemplos de oraciones con la palabra temía

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra temía en el contexto de una oración.

Término temía: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "temía" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra temía para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Temía.
  • Me lo temía.
  • No les temía.
  • Temía caerse.
  • Lo que se temía.
  • Ella se lo temía.
  • Temía el ridículo.
  • Eso ya me lo temía yo.
  • Temía á los de arriba.
  • Era lo que temía Andrés.
  • Temía otra vez el ataque.
  • ¡Bien temía don Fermín!
  • Salió lo que yo me temía.
  • Lo que yo me temía, a pares.
  • La temía sin saber por qué.
  • Temía arriesgar demasiado creo.
  • No le temía, ni a él ni a nadie.
  • Esto ¡ay!, lo temía más que nada.
  • Temía el ataque, estaba muy nerviosa.
  • Temía por la cabeza de aquella chica.
  • Temía estar rodeada de lo sobrenatural.
  • Acostado Maxi, sucedió lo que se temía.
  • Lo que yo me temía murmuró el capitán.
  • Se moría de sed, pero temía beber agua.
  • ¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía.
  • Temía que me recibieran mal o fríamente.
  • Temía a su madre, al mundo, a la justicia.
  • Temía que Dios la castigase por su orgullo.
  • La soledad, no siendo a toda luz, la temía.
  • Temía que hubiese algo de conmoción cerebral.
  • Temía también una reprensión del prebendado.
  • Frígilis no temía lo presente si no lo futuro.
  • Era un género de soledad a que Gertrudis temía.
  • Lo que más temía era las soledades de su sobrino.
  • Le sabía mal la boca y temía los amagos de la jaqueca.
  • Se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.
  • Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía.
  • Temía el escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto.
  • Ansiaba poder leer la carta, y temía ruborizarse delante de su madre.
  • Temía los remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre.
  • Lo que él temía era encontrar cerrada la puerta del dormitorio de Nucha.
  • No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, a lo pintado.
  • Temía no comer con bastante finura y revelar demasiado su escasa educación.
  • Mas por me haber dicho que había comido, temía me no aceptaría el convite.
  • El capitán le temía y no le dejaba andar con nada delicado, porque lo rompía.
  • Sí, lo que yo temía, no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar.
  • En general envidiaba a los curas con quienes confesaban sus queridas y los temía.
  • Y lo que él temía no era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez.
  • El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una reprimenda paternal.
  • Temía que se cansase, que se enfriase al atravesar los salones, al bajar al claustro.
  • Temía que, al volver, me iba a encontrar a Uguarte y a Allen luchando a brazo partido.
  • Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a Don Álvaro que no le temía.
  • Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la comitiva, como decía Petra.
  • Temía que su mujer descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura.
  • Que a él había de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser tarde.
  • Por cualquier cosa, con cualquier motivo, temía que este abismo se abriera de nuevo a sus pies.
  • Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro! ¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!
  • En aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle aparecer de pronto, como ante la verja del Parque.
  • Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y que la estimaran en poco, sabedoras de su pasado.
  • Yo temía que, de descansar, se apoderara de ellos la atonía y pereciéramos todos en aquellos parajes inhospitalarios.
  • Sabía que le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque temía para su hijo la caída de Salomón.
  • Allí estaba, oyendo con fingida complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía, presente y ausente.
  • Temía que el adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos otros de menos mérito físico y moral.
  • Temía Fortunata aquella visita por diferentes motivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos de Mauricia.
  • Y lo que más temía doña Paula era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese algún delito escandaloso.
  • Temía estas expansiones en que se toma por amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se querría recoger.
  • Como temía que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.
  • Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a Jesús.
  • Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
  • Temía encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada.
  • ¡Qué pesadez la de aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados! Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima.
  • Ya no temía lo que pudiera decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.
  • Pero dentro de la barraca era donde temía encontrar á la desgracia, eterna compañera de su existencia, esperándole para clavar en él sus uñas.
  • Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera, pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su posición.
  • Contrariábala mucho tener que decir las cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y hasta el embajador con toda su gente extranjera.
  • Quería demostrar á toda aquella gente que no la temía, y así como le había abierto la cabeza á Pimentó, era capaz de andar á tiros con toda la huerta.
  • El capellán asistía al drama, temía un desenlace trágico, sobre todo desde la famosa señal en las muñecas, que no le salía de la acalorada imaginación.
  • Pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto del Campo, y la niña se temía que la tenacidad del antiguo novio detuviera una declaración que tanto esperaba.
  • Temía por su cosecha, por el trigo, que era la esperanza de la familia, y cuyo crecimiento seguían todos los de la barraca silenciosamente con miradas ávidas.
  • Se temía el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que eran muchos en aquellas costas, huían de todo buque, temiendo encontrar en cada uno un crucero inglés.
  • Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos ridículo hacerse el interesante, según el estilo que empleaban los vetustenses para tales materias.
  • Temía los escándalos que ocasionan lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico.
  • La de los Pavos temía que entre ella y su sobrina quedase aquella relación, aquel cable telegráfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez más pura y la inmoralidad.
  • Si, como temía, don Víctor no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del placer.
  • No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella, doña Paula, se valía para estrujar el Obispado.
  • No quería volver a las andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo rompía con el Provisor.
  • Por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que decía y hacía era leña que echaba en una hoguera.
  • Temía sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la arrastrase a otra locura como la del viernes Santo.
  • Temía que hubiese descubierto sus amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don Víctor su secreto.
  • Por fin llegó el instante de la despedida, que Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de la casa.
  • Pero lo que ella temía era que el Provisor, por hacer guerra al otro las razones de pura moralidad no se le ocurrían a la del Banco empleara su grandísimo talento en convertir a la Regenta y hacerla beata.
  • Nunca se había visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba, pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien puede aplastar, en último caso, de una puñada.
  • ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
  • Fortunata no pensaba más que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina.
  • Aquel ser vaporoso que se le aparecía de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.
  • Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de dejarse ir.
  • Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.
  • El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la elegancia sólida consistía en fabricar muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos ciclopios, según su incorrecta expresión.
  • Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo.
  • ¡estarán en la casa del leñador! No creía el Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte, combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra, con las escenas también campestres en que temía groseramente ver enredada a la Regenta.