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Ejemplos de oraciones con la palabra teresa

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra teresa en el contexto de una oración.

Término teresa: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "teresa" aquí tienes una selección de 100 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra teresa para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Santa Teresa.
  • Santa Teresa.
  • Entró Teresa.
  • Un beso, Teresa.
  • ¡Teresa! ¡Teresa!
  • Obras de Santa Teresa.
  • Obras de Santa Teresa.
  • No llore usted, Teresa.
  • Teresa no le comprendía.
  • ¿Hace bien doña Teresa?
  • Teresa se alegrará de verla.
  • ¿Qué había sido Santa Teresa?
  • ¡Amunt! 31 31 ¡Teresa! ¡Teresa!
  • Doña Teresa cavila y se desazona.
  • Creo que Sor Teresa está algo peor.
  • Teresa y su hija no pensaron en comer.
  • ¡rey de sa mare! 21 gemía la pobre Teresa.
  • Teresa y Roseta dieron un grito de regocijo.
  • Teresa debía saber dónde estaba su marido.
  • Por lo demás, él iría a ver a Sor Teresa.
  • La santa doctora, la divina Teresa de Jesús.
  • Ya parece que doña Teresa está medio sosegada.
  • ¡Hasta Teresa anda en ello! ¡Dos veces a palacio!
  • ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído?
  • ¡Anima mehua! 22 gemían la pobre Teresa y su hija.
  • Antonio las acompañará se apresuró a decir Teresa.
  • Teresa estaba tan triste como al morir el pequeñuelo.
  • Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.
  • Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores.
  • Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa Teresa.
  • La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra.
  • En cuanto a Santa Teresa había concluido por no poder leerla.
  • Era Pepeta queriendo separar á Teresa del cadáver de su hijo.
  • Había dormido como Teresa ahora, a cuatro pasos del Magistral.
  • Teresa acercaba el rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa.
  • Sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del infierno.
  • Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada momento que tenía.
  • Ella se llama doña Teresa Enríquez y él don Gutierre de Cárdenas.
  • Si te hicieses monja solía decirle llegarías a ser otra Santa Teresa.
  • ¡La juventud! ¡Oh, qué gran cosa! Ya conozco yo eso, ¿verdad, Teresa?
  • Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba.
  • La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a la misma Santa Teresa.
  • Y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura, de Ausias March y Teresa.
  • Ahora es Sor Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.
  • Teresa se resistió á abandonar á su hijo aunque sólo fuera por breve rato.
  • Además, Teresa no había ascendido un solo peldaño en la escala de la vanidad.
  • Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora, respondía el arqueólogo.
  • Santa Teresa vivió muchos años sin encontrar quien pudiera guiarla como ella quería.
  • El cura habló a la chicuela, y aseguró a Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes.
  • Veinte años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no parecía.
  • Ni Santa Rita de Casia, amiga Teresa, sufrió tanto como yo con aquel hombre endemoniado.
  • Teresa atisbaba la vega por la puerta entreabierta, volviendo después al lado de Batiste.
  • Y lo mismo las de Pajares que Teresa, proponíanse deslumbar al público con su elegancia.
  • Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo de Santa Teresa.
  • Ni en su tiempo ni siglos ainde, yo creo que no serán muchos los que imiten a doña Teresa.
  • Ella, en lugar de Teresa, daría un disgusto al esposo infiel echándole en cara su conducta.
  • ¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo sus recios empujones.
  • Agua, trapos, hilas, la botella de árnica que Teresa guardaba como milagroso remedio en su estudi.
  • Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad que usaba muy pocas veces.
  • Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa Teresa y algunos místicos.
  • Las criadas robaban arriba, en las mismas narices de doña Teresa, aturdida por tan radicales cambios.
  • Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues correspondió a ellas con una sonrisa.
  • Ahora volvía á verse en la cama con la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.
  • En cambio, asistí al centenario de Santa Teresa y en su honor publiqué en La Unión Católica una poesía.
  • Iba á llevarse el montoncito de ochavos recogido por Teresa para comprar alpargatas nuevas á los pequeños.
  • Al anochecer, cuando ya iban á retirarse, les llamó á grandes gritos Teresa desde la puerta de la barraca.
  • Pasen ustedes decía doña Teresa rodando en torno de sus amigas, que no se decidían a abandonar los asientos.
  • Por la noche, después de la cena, llegaban el señor Cuadros, Teresa y su hijo, y comenzaba la alegre reunión.
  • Se contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa.
  • ¡Casar a Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que había sido criada de doña Manuela! No.
  • Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la infinita distancia y no emprendemos el camino.
  • Se han echado encima hambres, crueles carestías, guerras, y doña Teresa ha tenido materia en que ejercitar su virtud.
  • Batistet y los pequeños empezaron á llorar y Teresa continuó los alaridos como si su esposo se hallase en la agonía.
  • Las de Pajares salieron acompañadas por Andresito y don Antonio, siguiéndolas con su vista ansiosa la crédula Teresa.
  • La mano de Santa Teresa, al escribir, era guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la saborea.
  • Al mediodía, Teresa, escapándose casi á viva fuerza del cautiverio en que la guardaban las vecinas, volvió á la barraca.
  • Con la muerte de esta pobre bestia creía Teresa que iba á quedar abierta una brecha en la familia por donde se irían otros.
  • Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.
  • Teresa gimoteaba tras el abanico, y doña Manuela, a pesar de su curiosidad, en fuerza de mirar a la plaza acabó por distraerse.
  • No era con Jesús con quien iba a vivir, sino con hermanas más parecidas de fijo a sus tías que a San Agustín y a Santa Teresa.
  • XXI Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos de la Vida de Santa Teresa escrita por ella misma.
  • Batiste hasta se estremeció viendo cómo la pobre Pepeta abrazaba á Teresa y su hija, confundiendo sus lágrimas con las de éstas.
  • Doña Manuela hablaba con el señor Cuadros, Teresa la había colocado junto a su marido, con la esperanza de lograr su catequización.
  • Y Teresa enviaba una sonrisa sin expresión a su antigua señora, como suplicando que no abandonase la tarea de catequizar a su esposo.
  • Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad.
  • Santa Teresa había trabajado por la piedad de su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido más piadoso todavía.
  • Sí, quiero que mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.
  • ¡Mare! mare! Teresa, mientras tanto, examinaba con rostro grave la compra de su marido, calculando detenidamente si aquello valía treinta duros.
  • Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se dignaba mirarla.
  • Mientras tanto, Teresa, sin dejar de atender a los convidados y de abrumarles con obsequios, no quitaba los ojos de su marido y de la bondadosa amiga.
  • ¡Pobre Teresa! Tal vez se imaginaba que las palabras de doña Manuela conmovían al descarriado, haciéndole entrar en el camino del arrepentimiento.
  • Aunque algunos celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga, estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
  • Pero Teresa, aunque daba por muy acertadas todas las palabras de su amiga, asustábase ante la suposición de tener que reñir al marido por su conducta.
  • Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo más que de la influencia deletérea del Magistral y de la muerte de sor Teresa.
  • Y la buena Teresa, a pesar de su encono, sentíase dominada por la admiración que profesaba a su marido, aquel modelo, aunque le estuviera mal el decirlo.
  • ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.
  • Y doña Manuela, como persona inteligente en el asunto, escuchaba la relación de la pobre Teresa, que balbuceaba y tenía que hacer esfuerzos para no llorar.
  • Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en aquel infierno.
  • Teresa le acostó en su cama al ver que el pobrecillo seguía temblando entre sus brazos, agarrándose á su cuello y murmurando con voz semejante á un balido.
  • Todo era dicha y tranquilidad en casa de doña Manuela, y el contento de la familia repercutía en Las Tres Rosas, donde la sencilla Teresa considerábase feliz.