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Ejemplos de oraciones con la palabra vinagre

Lista de frases en las cuales se puede ver cómo se usa la palabra vinagre en el contexto de una oración.

Término vinagre: Frases

Si quieres ver ejemplos de uso de la palabra "vinagre" aquí tienes una selección de 28 frases y oraciones donde se puede ver su aplicación en un texto.

En cada una de las frases aparece resaltada la palabra vinagre para que la puedas detectar fácilmente.

Para evitar saturar nuestro sistema sólo se mostrarán un máximo de 100 frases por palabra.

  • Agua, vinagre.
  • Que respire bien el vinagre.
  • Y pierna, del brazo de Vinagre.
  • El carmín, que tiene la acidez del vinagre.
  • Pero está tan verde, que es un puro vinagre.
  • Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
  • Don Fermín no hubiera extrañado que supiera a vinagre.
  • Si algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre.
  • ¡Emparejarse, como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno.
  • El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel calvario de su recato.
  • Sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas.
  • Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller con sal, aceite y vinagre.
  • Comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con vinagre o lo untaba con mostaza.
  • Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los pies descalzos de la Regenta.
  • Los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre y con más especias que un barco de Oriente.
  • Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los demás tienen cara de risa o cara de vinagre.
  • El saber que una vez al año, él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la espectación general, le llenaba el alma de gloria.
  • No llegaba a más su audacia que a poner un gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo, al Magistral.
  • Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona.
  • Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto.
  • Demasiado sabía Vinagre que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque existieran las había de llevar Jesús al Calvario.
  • ¡Señor mío! gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un cuchillo.
  • Todos los años va en el entierro de Cristo, Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas.
  • Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario, que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás días del año.
  • Pepinillos destilando vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas y transparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes de hojas, todo en verdes pámpanos de porcelana.
  • Y cuando Ana ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado, quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación.
  • ¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño (aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé a Somoza que se excusó.
  • ¡Ya llega, ya llega! murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.